Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 30 Cruzando el infierno


N&N New York News

"Terry Grandchester arrestrado por posesión y distribuición de drogas."


The Morning Whisper

"Arrestan a la debutante estrella juvenil Terry Grandchester tras encontrar gran cantidad de cocaína en la habitación de su prestigioso colegio."


Today's News

"En condición crítica compañera del cantante Terry Grandchester por sobredosis de cocaína."


Las noticias corren como el viento y me alcanzan aún en éstas cuatro paredes. Ésta no fue la forma en soñé aparecer en primera plana jamás. Estoy caminando por el infierno... llevo a penas cuarenta y ocho horas en éste maldito lugar. Cuarenta y ocho horas sin saber de Candy, sin saber si hay esperanzas de que yo salga algún día de aquí. ¡Maldita Eliza Leagan! Maldito yo por no haber escuchado las advertencias de Candy. Lo estoy pagando caro.

—¡Fiiuuu! Qué tenemos aquí, la estrellita. ¿Qué te parece si nos cantas algo?— Trato de ignorar ese comentario y me quedo recostado de la pared en la cancha de baloncesto. Me siento muerto en vida y sinceramente, no tengo ganas ni de partirle la cara al imbécil que me provoca. El tipo debe estar en sus treinta. Calvo y en su cara, brazos y cabeza parece no caber un tatuaje más. Por su acento creo que es latino.

—Vamos, cántanos algo. Aquí te presto el micrófono.— Señaló su entrepierna en un gesto obsceno que estuvo a punto de hacerme vomitar.

—Lamentablemente, no tienes lo que me inspira a cantar.

—¡Woooo!— Agitan los demás, yo sonrío de lado, presintiendo que llevo todas las de perder, pero no puedo evitarlo. Los abucheos de sus compañeros y mi osadía no le hicieron gracia al calvo.

—O tal vez tú sí tengas lo que me gusta a mí para cantar.— Se me acercó demasiado, me empujó y trató de retenerme contra la pared, su aliento dragonezco casi me desmaya.

—¡Vete a la mierda!— Lo empujé con brusquedad y tambaleó varias veces. El tipo no es muy fornido y además, es mucho más bajo que yo.

—Aquí no está papito, niño lindo. Vamos a darle la bienvenida a la estrella.

Perdí la cuenta de cuántos puñetazos recibí, tantas patadas. Me duele cada hueso, cada poro de la piel. A penas puedo abrir los ojos y a duras penas ponerme en pie. En cuarenta y ocho horas, no queda ni la mitad de lo que fui.

—Tú no encajas aquí, muchacho. ¿Qué fue lo que hiciste?— Me pregunta el doctor de la cárcel mientras desinfecta mis heridas y no pude evitar emitir un rugido, me arden las heridas. No contesté la pregunta, presiento que no tiene caso, nadie me cree. Ni siquiera la libertad bajo fianza quedó sobre la mesa, estoy perdido.

—Joder, Grand, no manches. ¿Pos qué te pasó?— Mi compañero de celda es mexicano, me agrada el tipo y sobre toda la forma en que mezcla el inglés con el español.

—La fiesta de bienvenida, carnal.— Sonrió ante la reciente palabra mexicana que aprendí de él mostrándome un par de dientes de oro.

—No estarás mucho tiempo aquí, güey. Los de tu clase, son inocentes.— Me dice refiriéndose al dinero de mi familia y luego se acuesta en su cama, se pone a leer la biblia.

...

—Ya estás de alta, mi amor. ¿Quieres que te ayude con tu baño?

—No, gracias, mamá.— Me levanto con pesadez de la camilla y suspiro profundo. Me miro en el espejo, mi pelo es un desastre. Mis ojos están hinchados de tanto llorar a Terry, de la desesperación de no tenerlo junto a mí y mi palma arde tanto, la letra "T" brilla menos cada vez. Me siento tan débil como ese tenue fulgor. Un ataque de náuseas me recordó que no estoy sola en ésto.

—Lo siento tanto, cariño. Pronto se te pasarán.— Mi madre sostiene mi cabeza y acaricia mi cabello mientras yo vomito lo poco que he consumido en el inodoro. Quisiera estar con Terry ahora, en éstos momentos. La angustia me baña de lágrimas de sólo imaginarme su reacción cuando se entere que pronto seremos tres. Tengo tanto miedo.

—¿Dónde está papá?— Pregunto llorando. No hizo falta la respuesta de mi madre, el pesar en sus ojos me lo dijo todo.

—Él... tenía algo que hacer...— Asiento y no pude evitar derramar un par de lágrimas. Nunca en mi vida me había sentido tan perdida y desesperada.

—Dale tiempo, Candy. Tu padre te adora más que a nada, es sólo que... nada nos prepara nunca para éstas situaciones...— Vuelvo asentir y hago un gesto para que me deje sola en el baño y poder asearme.

Pongo el algua de la ducha lo más caliente que puedo soportar porque tengo tanto frío en el alma, sin Terry, sin el amor de mi padre. Sus palabras, su decepción por mí y dejo que mis lágrimas se mezclen con el agua que me acaricia. No recuerdo la última vez que lloré tanto desde la muerte de Anthony. Cuando tomo la pasta de jabón y comienzo a lavar mi vientre, tomo una pausa. Como si hiciera un gran descubrimiento. Mi bebé. Está ahí, dentro de mí, conmigo. Me froto muy suave con el jabón e imagino que son las manos de Terry acariciando a su hijo. Lloro con más fervor ante la poca fe de que eso sea posible. Me aterra que Terry rechaze a su bebé. Me dolió bastante el rechazo visceral de mi padre, el rechazo de Terry sería algo que no podré soportar.

—Voy a cuidarte y defenderte con mi vida, mi amor. Aún si tuviera que elegir entre tú y tu papá...— Me parto en llanto en ese momento. Trato de no llorar, sé que eso le hace daño a mi bebé, pero se me hace imposible tragarme todo el dolor aunque lo intento.

—¿Ya estás lista?— Asiento luego de darme un último vistazo en el espejo. Tengo un holgado pantalón largo de algodón, zapatillas deportivas, una camiseta y una chamarra. El frío de noviembre es implacable. Me hice una coleta, algunos flecos de mi melena están desaliñados y mi cara está tan pálida, mis pecas a penas se ven. Me acuerdo de Terry... y vuelvo a llorar en silencio porque lo extraño a morir. Quisiera que esté aquí, aunque fuera para burlarse de mí.

Voy con mi madre en el auto, mis pensamientos sumergidos en la carretera, me gusta cuando son interrumpidos al recordar que estoy esperando un bebé. Trato de imaginarlo, si será un niño con el pelito lacio y los ojos azules como Terry. O tal vez sea una niña, con el pelo rizo y pequitas o tal vez... tal vez se parezca a los dos o puede que tal vez... sean dos. Dos gemelitas como Gia y Mia...

—Llegamos, Candy.— Fui devuelta a la realidad. Mi madre me guía de la mano hasta dentro de casa, como si yo no pudiera hacerlo sola, como si quisiera protegerme hasta del aire que respiro.

—Buenos días, papi...— Me atrevo a saludarlo y sonrío con debilidad, guardando una vaga esperanza para obtener algo de simpatía de su parte. Que vuelva a mirarme como antes.

—Si te sientes mejor, ve pensando en otra escuela. No aceptan alumnas embarazadas en tu colegio.— Su sequedad fue un chaparrón de agua fría sobre mi alma. Asentí cabizbaja y subí la escalera hacia mi habitación.

El Scooby Doo que Terry ganó para mí está esperándome sobre mi cama. Lo abrazo y lloro como nunca. Me fijo en el detalle de los ojos de ese peluche, se ven tristes, como yo. Me pongo de pie un instante para contemplarme en el espejo, me quito la chamarra y me alzo la camiseta. Sonrío al contemplar mi vientre plano, me comienzo a imaginar cuando esté creciendo. Paso mis dedos por mi ombligo y juego con las diminutas "T" y "G" de oro que cuelgan de mi piercing, me lo tendré que quitar pronto.

—Candy... ¿se puede?

—Entra, mamá.— Le aviso, cubriéndome pronto el vientre con la camiseta otra vez.

—Tienes visita...

—¡Karen!— Me lanzo a sus brazos y comienzo a llorar. Mi madre sabiamente se retira y nos deja solas.

—Candy... no llores, amiga. No llores, no te hace bien.

—Ya... ¿ya te enteraste?

—Sí. Felicidades...— Me sonríe con dulzura, pero está llorando igual que yo.

—Aquí no están muy contentos con la noticia...— Sonrío con ironía.

—Eso es ahora en lo que se hacen a la idea. Luego... se querrán adueñar del bebé como todos los abuelos.— Nos sentamos ambas en mi cama.

—No lo creo, Karen... no sabes todas las cosas que me ha dicho mi papá... no puede ni siquiera mirarme y cuando lo hace, es tan...— Me parto en llanto y se me acorta la voz.

—Candy... dale tiempo. ¿Quién no querría a un bebé tan hermoso?— Ella acaricia mi vientre por un segundo y sonríe antes de abrazarme.

—Terry. Él sería el primero en rechazarlo.— Mi llanto se hizo más desgarrador al reconocer ese gran temor.

—No digas eso, Candy. Terry a veces dice cosas fuera de lugar, le gusta hablar de más, pero no lo creo capaz de no querer a su hijo.— Ella acaricia mi pelo. Karen es una verdadera amiga y ante mi gran dolor, sus caricias me confortan.

—Pensará que me embaracé a propósito. Me va odiar cuando se entere...

—¡Por supuesto que no!— Terry te ama, Candy. Y si te ama, amará también a ese niño. Sabes que tienes todo nuestro apoyo, amor es lo que más tendrá éste príncipe o princesita.— Vuelve acariciar mi vientre y surge en mí la esperanza de que Terry quiera al bebé.

—Tienes razón. Tal vez me estoy ahogando en un vaso de agua...

—¿Y qué se siente? ¿Te sientes diferente?— Me pregunta con su típica emoción, tocando mi vientre con sus dedos, palpándolo.

—Todavía nada, son a penas seis semanas, pero... el sólo hecho de saber que está dentro de mí me provoca una sensación maravillosa. Es como un cosquilleo cada vez que recuerdo que estoy embarazada y... de pronto se me aceleran los latidos.— Karen me escucha fascinada mientras le describo mi experiencia. Tocan a mi puerta.

—Lamento interrumpirlas, niñas...—Mi madre entró sonriente con una bandeja de galletas. Galletas de chocolate chips, recién hechas, mi sentido del olfato es mucho más agudo y se me hace la boca agua. Casi lloro de emoción. Bien lo diche el dicho, madre sólo hay una.

—Mmm... ¿Hay para mí también, verdad?— Pregunta Karen, pero ya tenía una galleta en sus manos.

—Por supuesto. Hay para los tres.— Mi madre me guiñó un ojo y casi lloro de emoción otra vez. Incluyó a mi bebé.

—Mami, la leche... ¡buah!— Me dio asco el olor de la leche hervida, pero por fortuna no llegué a vomitar.

—Oh, no te preocupes, mi amor. ¿Quieres jugo?

—Refresco.

—No, Candy, no es saludable ingerir soda en el embarazo. ¿Te gustaría un té de anís? Le hará bien a tu barriguita.

—Sí, pero por favor... llévate ésto. ¡Buah!— Le quité el vaso de leche a Karen de las manos y se lo di a mi mamá para que se lo llevara lo más lejos posible de mí.

—Al menos tu madre ya se hizo a la idea. ¿Ves cómo éste príncipe ya trae locas a las chicas?

—Aún no sabemos si es príncipe o princesa.

—Bueno, es verdad. Debería ser una niña. Sí, eso es. Una niña que haga lo que le de la gana con Terry y lo tenga a sus pies, como sus hermanas. ¡Te imaginas! Ay, la peinaría tan mona... le compraría moños y lazos enormes... vestidos de boutique, a la última moda... ¿sabes que hay boutiques para bebés fashionistas? ¡Candy!

—Eh... lo siento... ¿qué?— Pregunto de pronto desconcertada y abriendo mis ojos de súbito.

—Bueno, me iré a casa para que puedas dormir...

—¡No! ¿Podrías quedarte conmigo ésta noche? Por favor...

—Bueno... pero es que no traje nada...

—Yo te presto. Por favor... no me dejes sola...

...

Una semana después por fin voy a visitar a Terry. Tengo muchas emociones distintas dentro de mí. He podido escuchar su voz por teléfono, pero no es lo mismo. Necesito verlo, abrazarlo, sentirlo. Trato de prepararme emocionalmente para verlo... sé que será fuerte la impresión, pero prefiero eso que no verlo jamás.

—Quiero que de verdad estén preparadas para verlo. Especialmente tú, Candy... las impresiones fuertes no te convienen...

—Estoy lista, señor Grandchester.

—Y yo.— Leia sonríe apretadamente y vamos siendo conducidas al área de visita. Mis latidos son cada vez más fuertes, desbocados. Puedo sentir a Terry cuando estoy cada vez más cerca. Mi palma arde, pero no duele, más bien es una calidez exquisita que me reconforta. Me quedo sorprendida por un instante. La "T" y la "J" se unieron y brillan juntas. Cuando alzo la vista nuevamente, tengo a Terry de frente.

—¡Terry!— Brinqué hacia él como una desesperada.

—¡Candy!— Me abraza fuerte y me besa todo el rostro con la misma desesperación, siento que me muele los huesos, extrañé tanto todo eso. Entonces me fijo verdaderamente en él. Fue un milagro no desmayarme nuevamente. Su cara... está toda amoratada, los labios partidos y... su pelo está corto. Está muy corto y me dan unas ganas tan inmensas de llorar. Están maltratándolo y me duele tanto, me siento morir e intento pelear con mis emociones y mis lágrimas, por nuestro bebé.

—¡Dios! ¿Pero qué te hicieron?— Leia lo abraza llorando, parece no querer soltar a su hijo y Terry la aprieta fuerte como hizo conmigo.

—No llores, mamá. Hubieras visto cómo quedaron los otros.— Sonrió de lado. Extrañaba tanto esa preciosa sonrisa, extraño todo de él.

—Leia, vamos a dejarlos solos.

—Pero...

—¡Ven!— El señor Grandchester se la lleva a rastras y nos quedamos a solas. De pie, mirándonos uno al otro sin poder decir nada, nuestros ojos hablan.

—¿Me extrañaste?— Me toma del rostro y me mira con sus ojos azules inquisitivos, impaciente por mi respuesta y tratando de descubrir alguna cosa en los míos.

—No tienes idea de cuánto, Terry.— Lo vuelvo abrazar y esa vez me fue imposible no llorar.

—No llores, mi amor, por favor.— Me suplica luchando contra su propio llanto, enjugando mis lágrimas con sus pulgares y mirándome directo.

—Es que... mira cómo estás. ¿Quién te hizo ésto?— Paso suave mis dedos por sus labios lastimados y por los moratones de su rostro. Llorando pasé mi mano por su pelo corto, extrañando sentir sus suaves mechones entre mis dedos.

—Lo que te prometí.— Saca de su bolsillo un mechón de su cabello amarrado por una liguilla.

—Terry...

—Me costó que me dejaran conservarlo para ti.

—Te volverá a crecer muy pronto. Cuando salgas de aquí.— Lo vuelvo abrazar y quisiera que el mundo se detuviera por siempre mientras estoy en sus brazos.

Quisiera que se detuviera el mundo mientras la tengo entre mis brazos. Quiero tenerla así por siempre contra mi cuerpo, sentir el suyo pequeñito y frágil. Me quiebro en dos al sentir sus lágrimas mojando mi uniforme. Ella no merece ésto. Yo no la merezco, no merece el sufrimiento que le estoy dando. Ella es pura luz y yo la estoy arrastrando a mi oscuridad. Debí dejarla en paz. No haberme acercado nunca, no haberla tocado y embarrarla en éste lodo infernal en el que me voy hundiendo más cada vez.

—¿Cómo te va en la escuela?— Le pregunto y la siento tensarse.

—Me apunté en otra escuela. Es que... no puedo volver a ese lugar donde comenzó todo este infierno...

—Tienes razón...

—También estuve haciendo diligencias para escoger la universidad en donde pienso estudiar... ya pronto será la graduación.

La veo sonreir, pero una gran tristeza la nubla. Sus hermosos ojos están hinchados, tiene ojeras, está algo pálida y más delgada de lo que recuerdo. A pesar de eso, hay un brillo intenso en sus pupilas. Algo que la hace más bella. Mi palma comienza arder con intensidad y me la miro por un momento. Veo mis letras "C" y "J" unirse, o tal vez sean sólo ideas mías.

—Estoy indecisa, ambas universidades me parecen geniales. Apliqué para ambas.— La veo hablar de su futuro con tanta emoción, como si de pronto hubiera olvidado donde estamos y me siento feliz por ella. Me siento miserable a la vez. ¿Quién soy yo para truncarle su futuro? No puedo ser egoísta y obligarla a esperar el milagro que me sacará de aquí. Tengo que dejarla ir. Ella no merece estar en éste lugar, no merece esas ojeras ni desvelos por mi causa, no merece aferrarse a un perdedor como yo.

—Candy...

—¿Sí?— Se me hace un nudo en la garganta. No es fácil para mí dejarla ir, pero la amo demasiado como para retenerla en éste infierno. Me está sonriendo ampliamente. No sé cómo haré ésto.

—¿Te duele la panza?— Le pregunto al ver que en varias ocaciones se la ha frotado. Se pone algo nerviosa. ¿Será que presiente mis intenciones?

—No... es que... bueno, me duele un poco, sí. Ha de ser por los nervios.— Respiro profundo y trato de recuperar el valor que tenía segundos antes, pero es tan difícil combatir contra su sonrisa... y con éste amor tan grande y profundo que siento.

—Candy... ¿tú sabes que te amo más que a mi vida, verdad?

—Sí. Yo también te amo, Terry. Con todo mi corazón.— Me dio otro abrazo fuerte y se quedó nuevamente recostada en mi pecho, beso su pelo y me empapo de su aroma tan dulce, tan única y vienen a mi mente los recuerdos de la última noche que la tuve entre mis brazos, durmiendo muy cerquita de mi pecho y en ocaciones, yo sobre ella, refugiado en su cuerpo pequeñito y caliente.

—Sabes que yo haría cualquier cosa por ti, ¿verdad?

—Ujum.—Murmura muy bajito, sin despegarse de mí y yo quisiera fundirla por siempre en mi piel.

—Yo daría mi vida por ti si fuera necesario, Candy. Tú felicidad es lo más importante para mí...— Aunque eso signifique dejarte ir... pensé, pero no tuve el valor de decirlo, aún no.

—Soy feliz contigo.— Me responde y siento que no puedo más. El nudo que se ha formando en mi garganta me duele y me apedaza cada vez más.

—Candy, mírame, por favor.— Le pido y ella deshace el abrazo para mirarme con sus ojitos aterrados, como presintiendo algo malo, porque en seguida se comenzaron a cristalizar.

—No puedo hacerte feliz en éstos momentos... ¿entiendes?

—Lo sé, pero eso no importa. Tú vas a salir muy pronto, eres inocente. Yo te voy a esperar, ¡te lo prometo!— Me dice desesperada y a borbotones, queriendo desesperadamente hacerme cambiar de parecer.

—Eso no lo sé, Candy. Todas las evidencias apuntan hacia mí y hasta ahora... no tengo posibilidades.

—No importan las evidencias. Eres inocente. No dejaremos que te quedes encerrado aquí.— Ahora veo sus lágrimas caer y a la vez, a mí se me cae mi propia alma.

—Candy, quiero pedirte algo. Algo que quiero que me prometas, por favor.

—Lo que tú quieras.— Me responde apresurada, echándose ella misma la soga al cuello.

—No vuelvas más aquí.— Pude ser testigo de como su pequeño mundo se paralizó por un instante eterno.

—¿Qué? No puedo prometerte eso. ¿Cómo puedes pedirme algo así?— Me grita histérica y hay tanto dolor en sus hermosos ojos. Se ha llevado las manos al vientre otra vez y luego las retiró rápido. Me duele causarle molestias.

—Candy, entiéndeme, por favor... yo te amo, lo suficiente para entender que no soy lo mejor para ti. No quiero que vuelvas aquí, no quiero que ésto sea tu vida.

—¡Yo también te amo! Quiero estar contigo en todo tiempo. En las buenas y las malas.

—Lo sé, mi amor, lo sé. Pero yo no quiero eso para ti. Yo quiero que seas feliz. Por favor... vete...— Le pido, pero no fui capaz de retirar mis manos de su cintura de donde la retengo muy fuerte.

—¡No! No voy a dejarte. Pídeme lo que quieras menos... menos eso...— La veo hacerse pedacitos en llanto y quiero morirme por ser la causa de su dolor, por eso quiero liberarla de la desgracia que es estar conmigo.

—Candy, no voy arrastrarte a éste infierno conmigo. No te lo mereces, entiéndelo por favor...

—No quiero, Terry. No quiero entender nada, no quiero dejarte.

—Yo tampoco, Candy. ¡Yo tampoco! Me está costando un mundo pedirte que te vayas...

—Entonces déjame quedarme...— A la fuerza vuelve aferrarse a mí, se está llevando mi vida.

—No, Candy. Eso no sería vida para ti. No es la vida que se merece una niña tan hermosa, tan...— El llanto me traiciona y soy yo quien ahora la abrazo muy fuerte, siento que voy a partirle sus huesitos.

—Yo no quiero otra vida si no es contigo. ¿Por qué siempre te rindes tan pronto? Ni siquiera se ha dado un juicio y ya te estás condenando. ¿Por qué eres siempre tan negativo?

—¡Porque soy realista! Nadie va a sacarme de aquí a menos que ocurra un milagro.

—A lo mejor el milagro ya se dio.— Me dice y no logré comprenderla.

—Te propongo algo, Candy. Es mi última oferta. Escúchame bien.— La veo refunfuñar y hacer un puchero mientras que sus dulces lágrimas, tan puras como ella misma siguen cayendo y yo muriendo un poco más cada segundo.

—Si logro salir de aquí, iré por ti. Mientras tanto... no vengas más a verme.

—Pero...

—Vete, Candy.— Doy la espalda sintiéndome muerto por dentro y le hago una seña al guardia para que de por terminada la visita.

—¡No! ¡Terry!— Me grita en llanto y yo no me vuelvo hacia ella, si lo hago... la dejaré quedarse, conmigo, en el infierno.

Continuará...


¡Hola!

Estoy trabajando más seguido en ésta historia, pues las etapas dramáticas y tristes me gusta terminarlas pronto. En ésta historia, cada cosa, cada detalle ha pasado por algo, por un propósito y todo tendrá a la medida del desarrollo sentido y razón de ser.

Gracias por acompañarme y seguir apoyándome. Nunca dije que no me gustara el drama del todo, lo que no me gusta son las tragedias irremediables, el drama hace interesante e inolvidable una gran historia de amor y yo estoy enamorada de ésta historia que ya está terminada en mi mente, sólo queda seguir redactándola en cada capítulo para ustedes.

Gracias por comentar:

Luisa, Laura Grandchester, Oh Ha Ni, Candice. w. andrydeg, Alizzzz G, karlapaola. vargas. 9, luisaa, zucastillo, LizCarter, Eri, Comoaguaparachoc, VERO, Merlia


Laura Grandchester: Ya me había tardado con lo del embarazo jajajaja. Lo que pasa es que en esta historia, ese embarazo es obligatorio, pronto descubrirán por qué.


Alizzzz G: ¿Segura que en 29 caps no has visto ni un sólo momento de felicidad? ¡Me has ofendido! jajajaja hasta prontito, amiga.


LizCarter: Me alegra que estés a gusto con la historia, a fin de cuentas, la estoy escribiendo por ti. :-)


Eri: Disculpada, tu Carrera es primero.


comoaguaparachoc: Lamento mucho tu decepción y no poder hacer nada al respecto, lo siento. Si me permites darte mi opinión con toda sinceridad, te recomiendo prestar un poquito más de atención a todos los capítulos anteriores y en los detalles, en los conflictos y cabos sueltos que desde un principio han rondado a los personajes, espero que más adelante puedas entender realmente ésta historia y su propósito. Hasta la próxima, amiga.


Merlia: Hola, amiguita, me alegra que te siga gustando. No puedo prometerte que no habrá más drama porque ya lo tengo todo calculado, lo que sí te puedo prometer es un buen desenlace y momentos de gran felicidad luego de la tormenta. Hasta luego ;-)


Hasta pronto,

Wendy