Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 36 Cara a cara


Se quedó mirándome sorprendida, hasta pude sentir su temblor luego de que apartara su mano de la mía con brusquedad. Luego retrocedió y cubrió su vientre con sus manos mientras se alejaba, cuidándolo de mí. Me rompí mil veces en un segundo.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué no entiendes que no quiero verte?— Me gritó sin achicar la distancia y yo sin poder hablar me fijé bien ella. Tenía un jean corto, el botón lo traía abierto. También tenía una playera que le quedaba algo ajustada, o más bien hacía que el embarazo se notara, como se notaron las lágrimas que estoy derramando porque se ve hermosa. Tiene una coleta algo desaliñada, se ve muy bella y vulnerable, como una mami de diecisiete años.

—Candy... por favor, escúchame. Estoy desesperado, por favor...— Me bebo mis lágrimas e intento acercarme, pero por cada paso que doy, ella retrocede diez.

—No hay nada que yo necesite escuchar de ti. Lo dijiste todo muy claro. No quieres a tu hijo. Pues adivina qué... ¡Tampoco te queremos!— Me estrujó con un llanto apretado y fiero y lo sentí más afilado que un cuchillo.

—Candy, eso no es cierto. Yo no sabía lo que hacía en ese momento, pero te juro que...

—¡No me jures nada! No vas a engañarnos otra vez. Puedes seguir con tu vida, cantando, dando conciertos, sin un niño que te estorbe.

Ésto es mucho más difícil de lo que pensé. Me he ganado su odio con la misma intensidad con que una vez tuve su amor. Mi palma arde, pero no duele, la "J" brilla con una necesidad grande, como si suplicara que ya no nos peleáramos, pero yo sé que me merezco ésto y mucho más.

—Candy, sólo te pido un momento, no sabes lo arrepentido que estoy...

—Pues ya es tarde. ¡Vete! ¿No entiendes que tu presencia nos molesta?— Y vuelve a cercarse el vientre con los brazos, dejándome claro a quién se refiere cuando habla en plural.

—Y a mí me está matando tu ausencia... la de los dos...— Se ablanda por un instante cuando incluyo al bebé en mi argumento y parece quedarse sin palabras, llorando quedamente y analizándome.

—Y tu presencia casi nos mata a los dos.— Otro golpe bajo para mí. Candy está jugando a matar y yo estoy totalmente sin defensas, rendido, expuesto, aceptando mi castigo tan merecido.

—Yo también morí un poco ese día, Candy. Yo cambiaría cualquier cosa, lo daría todo si pudiera para retroceder el tiempo y nunca haberte dicho todo eso, te juro que nunca sentí esas cosas.— Cedió tan sólo un poco y no protestó cuando tomé sus manitas entre las mías, se quedó contemplando con atontamiento infantil el fulgor de nuestras palmas. La "J" brillando alegre y... ya no sólo estaban la "C" y la "J" en mi palma, sino que mi propia "T" estaba en el lado derecho y la "C" al lado izquierdo, quedando la "J" en medio de las dos. Lo mismo ocurrió con la palma de Candy, su "C", mi "T" y la "J" en medio. Mi bebé suplicando porque estemos juntos y mis remordimientos enterrándose en mi corazón.

—Pero no puedes devolver el tiempo, Terry. Ya el daño está hecho.

—Pero quiero repararlo, Candy. Sólo dame una oportunidad. Por favor, deja que te demuestre lo arrepentido que estoy.

—Lo siento. No te creo. Y por favor, vete. Mi bebé y yo tenemos hambre.— Su frialdad, aunque presiento que es fingida, está haciendo añicos mis esperanzas de recuperarla y me comienza a invadir la impotencia, la rabia.

—¡Deja de referirte al niño como si fuera sólo tuyo!—Le reclamé, aunque no tenía derecho.

—¡Y lo es! Tú no querías tenerlo, ¿o ya se te olvidó?

—¡No! No me se me ha olvidado y no se me olvidará nunca. Mi conciencia me castiga a todas horas. ¿Qué quieres que haga, Candy? ¿Quieres que me arrodille? Lo hago. Si quieres me arrastro, me humillo, pero por favor... por favor...

Me desmoroné en llanto, cayendo de rodillas ante sus pies y me abracé a sus piernas como un niño terco y suplicante. Sus ojos me miran sorprendidos, con su asombro gigante a la par que cae una cascada de agua salada.

—Terry, suéltame...— Me pide con pocas ganas tratando de desenroscar mis brazos de sus piernas.

—No. Déjame así un momento.— Pegué mi cara de su vientre. Las lágrimas de ella cayeron sobre mi frente. La amo. Y sobre todo, amo a éste niño y no lo quiero perder. Desearía haber nacido sin lengua para que no pronunciar todas las atrocidades que dije.

—Terry, por favor... no hagas las cosas más difíciles, vete...— Otra vez me está echando, otra vez me está rompiendo o más bien, ropiendo los pedazos que quedan de mí en pequeñas partículas.

Me pongo de pie, algo rendido, pero mis piernas no quieren emprender el camino y dejarla, dejarlos ahí, sin mí.

—Las horas en que estuviste en el hospital... sin saber qué pasaría con ustedes, fueron las horas más oscuras de mi vida, Candy. Ni la cárcel puede compararse a ese infierno que viví. Pensando que podía perderte... o que los perdería a los dos. Me deseé la muerte cada minuto que pasó. Me arrepiento de haberte dicho que no tuvieras al niño, me arrepiento mil veces y otras mil más. Yo daría mi vida por ustedes dos, Candy. Esa es la verdad. Te lo juro por mi madre.

Sigo llorando a raudales y también ella. Cualquiera diría que hay odio en sus ojos, yo sé que es dolor, un profundo dolor y una cruda decepción por mí.

—Yo me enteré que estaba embarazada el mismo día en que te llevaron preso. Me enteré luego del desmayo que hizo que me desplomara de angustia por ti. Y tuve mucho miedo, Terry. Yo no contaba con éste niño, tú mismo fuiste testigo de cómo me cuidé...

—Lo sé, pero...

—Ni un sólo momento pensé en no tenerlo. Aún cuando no sabía qué pasaría contigo, cuando mi padre me dio la espalda y dejó de dirijirme la palabra, a excepción de algunos comentarios amargos. Mi angustia creció tanto, Terry, que me fui a vivir a tu casa, cerca de los tuyos, para que mi bebé creciera rodeado de ti de alguna forma, de todos los que te amábamos...

Me partió el alma otra vez con todo eso y sigo llorando, noto que usó el verbo amar en pasado, dejo que vierta ese poco de sal sobre mis heridas y no oso interrumpirla.

—Cada vez que yo era más conciente de mi bebé, me llenaba de esperanzas, de que tal vez yo estaba haciendo las cosas más grandes de lo que eran y que tú querrías al bebé, que me sorprenderías aceptándolo, como lo acepté yo, pero mi miedo fue mayor. Decidí ocultártelo hasta que estuvieras libre porque yo sabía que saldrías... y en el proceso, no quise angustiarte con la noticia de un bebé no deseado...

—Ya no digas eso, por supuesto que es deseado. Será el bebé más deseado.— Intento acercarme a ella y a su vientre nuevamente, pero me esquivó.

—Cuando me echaste del cuarto de visitas y me pediste que no volviera más, yo... quise decírtelo. Quise que supieras de... del milagro que crecía en mí... un milagro de los dos.

—Y aún hay tiempo, Candy. Me pasaré la vida pidiéndoles perdón, demostrándote cuánto deseo yo a mi hijo...

—Yo hacía de tripas corazón para mantenerme en pie y no enloquecer sin ti, para no dañar a mi bebé que no tenía la culpa de nada y tú... tú no más al enterarte querías que yo...

—Shhh. No lo digas más, por favor... ya no lo repitas...— Le suplico porque cualquier estiércol vale más que yo en el momento en que dije aquello.

—Lo siento, Terry. Pero no te puedo perdonar tan fácil. No sé si algún día te perdone, en verdad.— Yo deseo estar muerto y ella me ha enterrado vivo con esas palabras, seguro no menos dolorosas que las que yo le dije.

—Está bien. No tengo perdón, no te culpo por odiarme... sólo te pido que... que no me alejes del niño... no me lo quites, Candy, es lo único que me quedará de ti...

—Eso lo decidirá un juez más adelante... ya mi pizza debe estar fría, ¿te importaría...?

—¿Un juez? Mira, Candy, si no quieres verme más, lo entiendo, si no quieres volver conmigo, también lo entiendo, pero ningún juez decidirá cuándo puedo ser parte de la vida de mi hijo.— El temor me hizo perder los estribos, no tengo la cabeza fría y sé que sólo podré obtener una reacción contraproducente.

—¿Y qué pretendes? ¿Que te lo entregue en bandeja de plata luego de que querías que lo abortara?

—Eso lo dije en un momento de pánico y locura. Yo con gusto moriría por él si tuviera que hacerlo. ¡Estoy arrepentido! ¿En qué forma quieres que te lo diga? ¡Te amo! ¡Amo a mi hijo! Y los quiero de vuelta conmigo. Quiero estar ahí en todo tiempo, cuidarlos, protegerlos... quiero ganármelos otra vez. ¡Dame una oportunidad!

—¡No es tan fácil!— Me grita y la sostengo porque iba a desplomarse en medio de su llanto. La cargo, extrañando lo que era tenerla en mis brazos. Sólo que ahora me parece mucho más pequeñita y frágil.

—Sé que no es fácil, mi amor, lo sé. Pero no llores, ya no discutamos más, el bebé sufre también.— La abrazo fuerte y me siento en el sofá con ella en mi regazo.

—Te... te odio, Terry... yo ya no te... te quiero y no te voy a que... querer nunca ma... más...— Me dice con la voz cortada por los sollozos, su carita enterrada en mi pecho, estrujándome el corazón, oprimiéndome el alma.

—Lo sé. Yo también me odio. Pero vamos a darle una oportunidad al bebé para que crezca con nosotros... ¿crees que puedas hacer éste último sacrificio por él?— Me estoy valiendo de todas mis mañas para convencerla, pero es que en verdad estoy desesperado, los quiero conmigo.

—No... no sé... ¡Tengo hambre!— Berrea como una niña malcríada y recuerdo su pizza y me siento más ruin aún por retenerla por casi una hora sin comer.

—Tengo una idea...

—¡Y yo tengo hambre!

—Sí, sí... ya sé que tienes hambre, por ahí va la cosa. Voy a llevarte a comer algo mucho mejor que ésta pizza.

—¡No! No iré contigo a ninguna parte...— Se levanta de mi regazo y se seca las lágrimas con brusquedad con el dorso de sus manos.

—Está bien. Es que pensé que tal vez te gustaría más una lasagña...— Me mira de pronto y se muerde el labio inferior.

—¿Lasagña?

—Ujum.— Le sonrío mientras ella sigue indecisa, pero sé que no le parece indiferente mi oferta.

—¡Pero sólo voy por la lasagña! Luego me traes de vuelta.

—Lo que tú digas, tú mandas.

No puedo creer que la haya convencido con algo así. Que una lasagña haya logrado lo que mi arrepentimiento y mis lágrimas no, pero así es Candy.

Mientras ella se cambia de ropa, yo le marco a María y le advierto que tenga la lasagña lista para cuando lleguemos.

...

—¡Señorita Candy!— Exclama María con genuina alegría al vernos llegar.

—Hola, María...

—¿Por qué no me dijo que la lasagña era para ella? ¡Dios! Ya casi está lista... sólo unos minutos más. ¿Cómo está el bebé?— María incluso soltó un par de palabras en español por la emoción mientras le echaba un vistazo a la lasagña.

—Creciendo.— Contesta Candy sobándose la barriguita por un segundo a través del grueso jersey que lleva. Estamos en invierno, en cualquier momento puede nevar y me pregunto si sentiré la primera nevada con ella...

—¿Dónde están papá y mamá?

—Salieron con las gemelas al cine... si hubieran llegado un poquitín antes...

Candy y yo nos sentamos en el mostrador y escuchamos algunas historias de María sobre bebés y embarazos, la atmósfera entre Candy y yo sigue siendo pesada.

—Ven. Quiero enseñarte algo.— Candy se queda renuente y yo con la mano extendida, presintiendo el plantón.

—Estoy bien aquí...

—Sólo quiero mostrate algo... no voy aprovecharme de ti, Candy, te lo juro...— Respira profundo y se rinde, me sigue escaleras arriba.

Una vez llegamos al corredor donde están las habitaciones, me detengo justo en la que está al lado de la mía. Candy se queda mirando el nombre tallado en madera, letras azules.

—¿James?—Pregunta tartamudeando.

—¿Te gusta ese nombre? Le pondremos el que tú digas, es que yo...

—No... ese nombre está muy bien, es que... aún no sé si es un niño o una niña...

—Es un niño.— Le digo convencido girando la perilla de la puerta, aunque ella no me mira y no me está dedicando la sonrisa que tiene a flor de labios, me emociona ver que le sonríe a su vientre y lo acaricia.

—¿Quieres ver su cuarto?

—¿Su cuarto? ¿Ya prepararon su cuarto?— Pregunta entre llanto y asombro.

—Sí... ven.

La llevo de la mano y la veo observar todo ensimismada. Llorando, pasando sus suaves manos por la sabanita extendida sobre la baranda de la cuna... tiene diseños musicales. Luego contempla el buró en forma de piano sorprendida de que algo así pudiera existir.

—Espero que te guste... era mío.

—Es... hermoso...

—Mi madre lo mandó hacer para mí.— Me mira por un segundo y luego sigue desplazándose por la habitación. Las paredes están pintadas de azúl claro y en la más grande está pintado un osito pardo tocando la batería, en las demás, notas musicales en diferentes tamaños. Hay también una mecedora... que también era de mi madre e imaginé muchas veces a Candy durmiendo al bebé en ella o tal vez sólo amamantándolo como hacía Leia con las gemelas.

—¿Tú hiciste todo ésto?— Ella no sale de su asombro.

—Sí... bueno, el dibujo de la pared no... pero yo aporté la idea... lo hicimos todos...

—Todo es precioso, Terry. Realmente hermoso...— Gira el botón del móvil de la cuna y toca cada pieza que comienza a dar vueltas mientras disfrutamos de la melodía, el móvil tiene pequeños instrumentos musicales colgando y ni yo mismo puedo creer que aún funcione porque era mío...

Envuelto en la música, me voy acercando a Candy... estamos muy, muy cerca y nos miramos... nuestros labios tiemblan, están cada vez más próximos...

Continuará...


¡Hola! ¿Cómo están, hermosas?

Yo estoy muy bien y espero que este capi les haya gustado.

LizCarter: "When I was your man" de Bruno Mars me encanta, pero por la letra, no encontré lugar para ella en la historia, aunque... podría estar en el "repertorio de Terry" jajajajaja.

Gracias por los comentarios:

Kazy Tailea, Oh Ha Ni, Guest, zucastillo, Eri, Luisa, Rose De Grandchester, dulce lu, Candice Graham, norma Rodriguez, Alejandra Grandchester, luz rico, LizCarter, vero, Candice. w. andrydeg, Faby Pru, Zafiro Azul Cielo 1313

Un beso y hasta la próxima,

Wen ;-)