Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 37 Página en blanco


Tiemblo porque muero de las ganas de besarla, ella no aparta su mirada nerviosa de la mía. Me muero por sentir sus labios, abarcar su cinturita y perderme en su boca. El deseo me está ganando, un deseo tan fuerte que me deja los sentidos en blanco. Toco su mejilla con mucha cautela y me voy inclinando poco a poco, logro rozar sus labios y en el intento de comenzar el beso, ella correspondió por un segundo escaso, pero luego se apartó y miró al suelo, un anhelo más que se quedó frustrado.

—Lo siento, Terry... no puedo, de verdad no puedo.— Niega varias veces con la cabeza y evita el contacto con mis ojos.

—Entiendo. Es muy pronto para ti, discúlpame.— Ella asintió y para evitarme, siguió contemplando la habitación.

—¿Quieres ver su ropita?— Se vuelve hacia mí, no dejo de sorprenderla.

—¿También le compraron ropa?

—Le compré todo, Candy. Ven, te las muestro ahora.— Le indiqué que se sentara en la mecedora y fui sacando pequeñas piezas de las gavetas.

—Todo de niño...

—Bueno, sí... porque es un niño.— Le extiendo un conjunto.

—Éste es tu... tu trajecito de pelotero...— Mira con detenimiento esa pieza y la huele, recién lavadita, huele a suavizador.

—Sí... viene con éste gorrito y éstas zapatillas.— Le paso una cajita plástica que contiene ambas cosas y ella llora sonriendo.

—Es hermoso. Yo también quiero que sea un niño.

—Es un niño, Candy. El primero siempre es un niño.

—¿Quién te dijo eso?— Me pregunta retándome mientras dobla el trajecito de pelotero y me lo devuelve.

—En mi familia, el primer hijo siempre es niño.

—Y en mi familia siempre es una niña.

—Mis genes son más fuertes que los tuyos.

—Ah... porque resulta que ahora tembién eres genetista.

—No, pero... es obvio, Candy. ¡Es un niño!

—Creo que tienes razón... yo también presiento que es un niño... un machito hermoso.

Me voy en un trance mientras ella habla, porque no me mira, le habla a su panza y se la toca y mis manos se ponen muy inquietas, queriendo tocarla también.

—Candy... ¿puedo tocarlo yo también?— Me tembló la voz.

—Eh...

—Por favor...—Asintió y me arrodillé ante la mecedora y toqué su barriguita. Fue mágico... lo acaricié muy suave, perdido en ese momento.

—Aquí, Terry. Siempre se esconde aquí.— Llevó mi mano a su bajo vientre, levemente abultado. Una sensación cálida invadió mi mano.

Levanté un poquito su jersey y pedí su aprobación con la mirada para darle un beso a mi hijo, el que llevo anhelando hace rato. Lo acaricié con ambas manos y lo seguí besando... lloré sobre él.

—Ya no sigas llorando, Terry... sentirá tu tristeza.— Me recrimina, pero ella misma tiene los ojos a punto de reventar de llanto contenido.

—Es que lo amo mucho, Candy... quiero que lo sepa... y que olvide cuando dije que no lo quería...

—Seguro que ya no se acuerda. Yo le hablé bien de ti...— La miré con asombro y con el argumento entorpecido.

—¿Le hablaste bien de mí?

—Sí...

—¿Y qué le dijiste?

—Que... tú me amabas mucho, le hablé de tu música y le canté rayito de sol... le dije que tú lo amabas, sólo que había llegado un poquito antes de tiempo...

—No... tal vez llegó temprano, pero no antes de tiempo... tal vez sólo estaba desesperado porque de seguro ansía tener una mami como tú... desea que lo cargues y lo consientas como... como haces conmigo... por eso no se resistió...

—¿Crees... crees que haya sido por eso?— Su llanto es muy emotivo y suave... su sonrisa ilusionada es hermosa.

—Estoy seguro. Apuesto a que le gustará dormirse en tus brazos... acariciándole el pelo... como yo...

—Terry... ¡te odio!— Me suelta de golpe desconcertándome.

—¿Por qué? ¿Qué dije ahora?

—¡Cosa lindas! Cosas que me conmueven y hacen que me olvide de que te odio.— Llora con dulzura y a la vez sonríe con ironía.

—Candy... quiero que me contestes con la verdad... ¿crees que todavía tengo esperanzas contigo?

—Terry... yo quisiera poder decirte que sí, pero es que... aunque lo intento, aquellas palabras siguen ahí, haciendo eco en mí, transformándose en odio aún cuando yo te necesito más...

—¿No vas a volver conmigo? ¿Verdad...?— Traga grueso y baja la vista.

—Yo... ¿por qué tendría que volver contigo?

—Porque yo te amo, te anhelo y te necesito.

—Pero si yo en ningún momento te he dejado. Nunca te he dicho que estás libre.— Mi cara de idiota debe costar un millón, siento que me han devuelto el cielo, aunque la escalera para alcanzarlo tenga un millón de peldaños.

—¿Hablas en serio?

—Sí... es que... aunque me cuesta admitirlo... mi bebé se emociona más contigo que conmigo...— Pone carita frustrada, muerta de celos y yo me gozo ese pequeño triunfo.

—No creo que eso sea cierto, Candy...

—¡Sí que lo es! Para mí nunca ha bailado como lo hizo cuando... cuando cantaste en el Festival de navidad...

—¿El bebé bailó? ¿Con mi música?

—Bueno... se movió mucho más, asumí que estaba bailando.

—¿Ya se mueve?

—Bueno... son movimientos muy sutiles porque aún es muy pequeño, pero esa noche en que tú cantaste... se movió con mucha energía...

—Entonces él sí me quiere. Y le gusta la música... le enseñaré a tocar desde que nazca.

Me gusta la emoción con que Terry está hablando del niño, pienso que estoy soñando y me encuentro muy cerca de perdonarlo. Quiero quedarme así por siempre, meciéndome aquí, en éste pequeño paraíso que él hizo para nosotros... él llorando sobre mi hijo, besándolo... amándolo como yo.

—Candy...— Su mirada suplicante se vuelve a mí... siento que no podré resistirme más, sus ojos imploran, como implora el brillo insistente de mi "J". Ya no es sólo "J", ahora es James... y me encanta que tenga nombre.

—Sí.

—¿Sí qué?— Me pregunta algo perdido.

—Que sí, Terry... que te doy otra oportunidad... que queremos estar contigo...— Ya no luché más con mi llanto.

—¿De verdad? ¿Estoy perdonado?— Se acerca a mí y agarra suave mis hombros, como si yo y mis palabras fuéramos un espejismo que en cualquier momento se diluirá en el humo.

—No. Aún estamos muy molestos, pero... te daremos otra oportunidad.

—No voy a fallarles ésta vez, Candy. Se los prometo.— Está tan feliz de pronto... su mundo está brillando, al igual que el mío. Me puse de pie.

—Sólo no arruines ésta nueva oportunidad, Terry. Yo te necesito mucho... te necesito, Terry...— Me entrego a sus brazos, él besa todo mi rostro, sediento de mí y yo de él.

—No, Candy... te lo juro que no. Voy a cuidarte y a consentirte mucho... te daré todo lo que quieras... voy a vivir para ustedes... te amo...

La cargué y ella me dejó besarla y lo hice muy suave. Ella colgó sus piernas a mi cintura y yo me recosté de la pared, seguí besándola y acariciando su vientre durito... delicioso. Donde vive mi hijo.

—Ejem... chicos... la lasagña está lista...— Sólo María nos sacó de ese sueño, pero estoy feliz... feliz por haberlos recuperado.

—Empezaremos de cero, Candy. Haremos una página en blanco... para que reescribamos nuestra historia... de los tres...

—Te amo, Terry... a los dos.

—Y nosotros te amamos también. Ahora, vamos a comer... porque yo no quiero un bebé flaco ni debilucho.

...

—Candy...— Murmuran mis suegros recién llegando cuando nos dirijimos al comedor.

—¡Candy! ¡Candy!

—¡Volviste!— Mis cuñaditas me recibieron con tanta euforia, extrañé mucho todo ésto.

—Cuidado, cuidado. La van a tumbar.— Terry se vuelve sobreprotector y repele a las pobres niñas como mosquitos.

—Déjalas, Terry. Las extrañé mucho, chicas.

—¡Y nosotras! No hemos comido hotcakes con figuras desde que te fuiste...

—¡Vaya! Sólo por eso me extrañaron...

—Bueno... también extrañamos al bebé... ¡mira! ¡creció!— Gia me señala la barriga.

—Suave, niñas. Tóquenlo suave, es un bebé, no un muñeco.— Comenta Leia sonriendo mientras que Mia toca mi vientre con curiosidad.

—Mamá, ¿por qué no tienes otro tú también?— Gia nunca puede evitar hacer de las suyas...

—Por que ya los tenemos a ustedes y cuentan por diez.

—¡Terrence!— Leia regaña al señor Grandchester.

—Porque estamos felices y satisfechos con ustedes... y porque ya hay un bebé que viene en verano...

—¡Sí! En las vacaciones.

—¿Lo llevaremos a la playa?

—¡Claro que no! No seas tonta, Mia, los bebés no se llevan a la playa.

—Gia, no le digas así.— ¡Cuánto extrañé éstas discusiones!

—Señores... no quiero ser grosera, pero... me estoy muriendo de hambre...

—¡Oh! Lo siento... vamos, a la mesa.— Leia nos apura a todos y veo la gloria cuando el enorme pedazo de lasagña se posa sensualmente sobre mi plato y sin miramientos, lo hago mío.

—¿Qué?— Pregunto con la boca llena. Está deliciosa. Dios bendiga las manos de María.

—Nada, Candy... sigue comiendo.— Me dice el papá de Terry y les tomo la palabra, me serví una segunda ración.

—Mamá... la panza de Candy va a estallar...

—¡Mia! Esas cosas no se dicen.

—Pero bueno... ¿qué les pasa a ustedes? ¡Déjenla comer en paz!

—Pero no te enojes, Terry... sólo estamos jugando...— La pobre Gia baja la carita triste y a mí me da cierto remordimiento.

—Terry... no pasa nada. Ya sabes que mi apetito es muy controversial.

No sé si perdonar a Terry haya sido lo correcto, pero sí puedo decir que me siento en paz conmigo misma, que solté una carga que estaba atrofiando mi espalda... y que me siento feliz... no sólo por mí o por Terry, sino por mi bebé. Estoy disfrutando de sus mimos y que me consienta como nunca.

...

—¿Volverás a vivir aquí conmigo?— Le pregunto a mi princesa hermosa, que está adormilada en mis brazos, disfrutando de la quietud del salón de mi casa... me parece un sueño estar contemplando el árbol de navidad con ella.

—No lo sé, Terry...

—Te prometo que voy a fallarte en nada, Candy...

—No es por eso, mi amor.— Me besa los ojos y la frente dulcemente, como antes... nunca había puesto tantas caras idiotas en mi vida por la alegría de tenerla.

—¿Entonces por qué?— Ella exhala un largo suspiro antes de contestar.

—Verás, Terry... tú has metido la pata hasta el fondo conmigo... mis padres, bueno, más bien mi padre, no quiere saber nada de ti y...

—Bueno, pero la decisión es tuya y además, él ya te dejó quedarte una vez...

—Sí, pero fueron otras circunstancias...

—Candy... si no quieres vivir aquí conmigo, está bien, lo entiendo, no tienes que inventar excusas.— Reconozco que soy mecha corta, exploto rápido, aún cuando no quiero.

—¡Ninguna excusa! A mí me encanta estar aquí contigo, con todos ustedes...

—¿Y entonces?

—Soy menor de edad. Si mis padres dicen que no me puedo quedar a vivir aquí, no puedo, aunque no me guste y aunque pronto yo también sea madre.— Me venció con el argumento más lógico. Ella no cumple sus dieciocho hasta Mayo... y yo no pienso esperarme cinco meses para tenerla aquí conmigo.

—Hablaré con tu papá, me disculparé, le rogaré si es necesario, pero te vienes para acá conmigo.

—Yo también tengo boca, ¿lo sabías?

—¿A qué te refieres?— Le pregunto perdido y molesto.

—Que independientemente de lo que digan mis padres, tú no decides si yo me quedo o no, tú no me mandas.

—¡Por supuesto que sí!

—¡No me digas! ¡Ja! Una razón más para no quedarme aquí.

—¿Por qué eres tan necia?

—¿Yo?

—Sí, ¡tú! ¿Qué no ves que lo que quiero es estar cerca de ti? No será lo mismo desde tu casa, no podré cuidarte allá ni estar ahí si te pasara algo...

—Hey, hey... ¿qué pasa? No llevan ni veinticuatro horas juntos y ya quieren derrumbar la casa con sus pleitos...

—Lo siento, Leia... ¡es Terry!

—¡Es ella!

—Él quiere decidir todo por mí como si fuera mi dueño o no sé qué se piensa...

—Pues yo sólo decido lo que es mejor... y además, soy mayor que tú y soy el padre del niño, así que...

—¡Basta!— El señor Grandchester hace su aparición y la discusión se disuelve como la espuma.

—¿Se han vuelto locos? ¿Quieren que los vecinos nos llamen a la policía por alteración a la paz?

—Pero es que es culpa de Terry, señor...— Candy se pone a llorar de pronto, con mucho sentimiento, ahogada y yo me quedo en shock...

—Candy... no es para tanto...

—Es que tú... tú eres insoportable...— Se refugia en mí y solloza como una niña engreída y yo me derrito como una barrita de mantequilla.

—Ya... no te quedes si no quieres... ven, te llevo a tu casa.

Mis padres sonríen y ponen los ojos en blanco cuando me encamino hacia la puerta con Candy casi cargada.

...

Treinta y uno de Diciembre... hoy es un día alegre... tengo todo lo que quiero conmigo. Mi bebé sigue creciendo fuerte y sano, Terry y yo estamos más unidos que nunca y ya no nos peleamos, bueno... ya no tanto... y pues... con todo su encanto, consiguió el permiso para yo vivir con él en su casa.

—Candy... ya son las ocho de la noche... ¿a qué hora piensas bajar?

—Es que... no sé qué ponerme... nada me asienta.

—¿Cómo que no? ¿Y todos los vestidos que te compró mamá?

—Me quedan horribles...— Se queja y vuelve a llorar amargamente. Respiro profundo... debo tener mucho tacto y me estoy graduando de paciencia con ella.

—Mi amor, yo te vi cuando te los probaste y te quedaron muy lindos... especialmente éste...— Le señalo un vestido color vino de seda, con mangas caídas y la parte del pecho definida, especialmente para la etapa de embarazo en la que se encuentra. La veo ponerse de pie, con su ropa interior negra, un sensual hot pant de encaje con su sostén a juego... me quedo embobado viendo su trasero redondito y respingado, sus pechitos generosos y su preciosa barriguita de cuatro meses... su pelo suelto con las puntas acariciándole las nalgas.

—No me queda... estoy fea y gorda, Terry...

—No, no estás fea ni gorda, estás fea ahora que estás de llorona.

—¡Grrrr! ¡Qué fácil lo dices! Como no eres tú el que...

No pude resistirme y tuve que comenzar a devorarle esa boquita malcríada e impertinente que se gasta ultimamente.

—Para mí estás preciosa, siempre...

—Pero...— La sigo besando, no quiero que diga nada.

—Mira lo que has provocado...

La senté sobre mi regazo, a horcajadas y sin dejarla de besar, liberé mi erección y le eché las bragas hacia un lado...

—Terry... no podemos, no hay tiempo...

—¿No hay tiempo? ¡Lo conseguiremos!— Me pierdo en sus pechos, saboreándolos como nunca, mientras rozo su sexo con la punta de mi verga... la voy mojando. ¡Dios! La deseo tanto, amo a ésta niña.

—Sólo... sólo ten cuidado... con el bebé...

—Sí... no te preocupes...— Y no aguanté más, entré en ella, muy suave, no quiero hacerle daño por nada del mundo. No pude dejar de besarla, es como una atracción magnética. Nos movemos muy suave y a la vez que le hago el amor, sobo su panza... es como una sincronía entre el amor y el deseo que siento por ella, mi niña, mi mujer y la madre de mi hijo.

—Te amo, Candy...— Le susurro aprentando levemente su trasero... conciente de que en unos segundos voy a correrme.

—Yo... yo... también te... te amo...— Y ese te amo tartamudeado por la fuerza de su orgasmo me supo a gloria mientras logré mi climax yo también. Candy es el mejor regalo que me ha dado la vida.

—Diez, nueve, ocho...— Contamos los segundos que faltan para darle la bienvenida al nuevo año. Todos juntos, en familia, incluyendo a los Andrew.

—Tres, dos, uno... ¡Felicidades!— Todos nos abrazamos, y al final, le doy un beso inolvidable a Candy, nuestro primer beso de año nuevo.

—Y aquí va... señoras, señores, mi nuevo invento...

—Stear... ¿qué es eso? ¡Espera! ¿Qué es esa cosa?

Continuará...


¡Hola!

Niñas, espero que les haya gustado. Al fin un momento de paz luego de la tormenta. Bueno, ahora sí puedo decir que no le queda mucho a éste fic que se ha vuelto legendario para mí. Cuando me ofrecieron la idea, nunca pensé que impactaría tanto o que yo misma lo fuera a disfrutar tanto, he disfrutado todas mis historias, pero ésta será inolvidable para mí, no sé, tiene algo especial que me inspira y me atrapa y es normal que una historia nos atrape, pero no es tan común sentirnos atrapados por nuestra propia historia... no sé si a alguna de ustedes, las que también han escrito fics, les haya pasado ésto, pero éste fic, tiene magia para mí.

Bueno... en lo que le resta a ésta historia, habrá de todo un poco, así que estén preparadas tanto para lo bueno, como para lo malo y adivinen qué... tendrá más de un epílogo... por eso digo, que es legendaria.

Gracias por comentar:

norma Rodriguez, luisa, Candice Graham, LizCarter, Rose De Grandchester, luz rico, Alizzzz G, Kazy Tailea, Faby Pru, Oh Ha Ni, dulce lu, mirna, Ingrid quintulen, Candice. w. andrydeg, Zafiro Azul Cielo 1313

Besos,

Wendy