Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos.
Summary: ¿Qué pasaría si Rikuo tuviese otro hogar, otra familia, otros seguidores? Muchas cosas cambiarían, pero nadie dijo que ser el Señor de la Oscuridad de Kioto sería más fácil que ser el Comandante Supremo del Clan Nura.
Hace mil años vivía en los bosques de Shinoda una kitsune llamada Kuzunoha. A pesar de adorar las fuerzas mágicas de la oscuridad, no pudo evitar enamorarse de un humano, el noble guerrero Abe no Yasuna. Kuzunoha adoptó la forma de una mujer y se casó con su amado. De su unión nació un niño que gobernaría tanto la luz como las tinieblas. Su nombre era Abe no Seimei.
Sangre de zorro
Prefectura de Kioto, Japón
La región de Kansai es el corazón espiritual de Japón. Fue sede del poder imperial durante generaciones desde que la emperatriz Genmei estableciese la corte en Nara, alcanzando su máxima gloria cuando Heian-kyo, la actual Kioto, se convirtió en la "capital de la paz y la tranquilidad" por mil años. A pesar de que hoy en día Tokio concentra tanto el poder político como la nueva corte imperial, todavía hay gente que considera que Kioto es la auténtica capital de Japón.
A las afueras de la ciudad de los mil templos existía una enorme y lujosa mansión que llamaba la atención a todos los viandantes. Era antigua, de eso no cabía duda, pero a diferencia de los palacios y pagodas que salpicaban las calles de la capital, estaba construida al estilo occidental. Era grande y lujosa, pero los más supersticiosos del lugar temían acercarse a ella.
Quizás de manera inconsciente sabían que era la casa principal de todos los seres sobrenaturales de Kansai y de su líder, la temida Hagoromo Gitsune.
"Yokai", los espíritus y demonios que poblaban las leyendas japonesas. Monstruos y fantasmas cuya única función en el orden cósmico era infundir "miedo" en los corazones de los humanos... y de otros yokai. Con poderes sobrenaturales más allá del entendimiento de los mortales, se enseñoreaban de los lugares más oscuros de Japón. Fuertes y valientes, crueles y taimados, sólo los guerreros más audaces y los santos más sabios podían hacerles frente. O eso decían las leyendas.
Si algún valiente se hubiese acercado una mañana temprano, se habría topado con un espectáculo sorprendente. Por los espaciosos jardines de la mansión, un esqueleto gigante se movía inquieto de un lado a otro, gritando:
—¡Joven señor! ¡Señora Hagoromo Gitsune! ¿Dónde están?
Hakuzozu, el yokai volador amante de los haikus que siempre iba armado con una lanza incluso en el interior de la casa, apareció a su lado, tratando de calmarlo.
—Basta ya, Gashadokuro. Con tanto escándalo vas a molestar a los vecinos. ¿Es que quieres que descubran nuestra tapadera?
Los ojos del esqueleto gigante giraron como peonzas en sus cuencas hasta que se posaron sobre su compañero.
—¡Lo siento mucho, Hakuzozu! ¡Pero es que Hagoromo Gitsune y el joven señor han desaparecido! ¡No les encuentro por ninguna parte! ¿Les habrá pasado algo? ¿Estarán enfermos? ¿Les habrán secuestrado? ¿Les habrán cortado la cabeza?
Hakuzozu hizo un esfuerzo supremo para no asestarle un golpe en el cráneo al nervioso esqueleto.
—Gashadokuro, como siempre te estás adelantando a los acontecimientos. Tu pánico no es aceptable en un yokai de Kioto. Seguramente tanto el joven señor como su abuela estarán jugando en alguna parte del jardín. Vamos, te ayudaré a buscarlos.
El yokai volador peinó el jardín desde el aire. Gracias a su privilegiada posición, descubrió la figura de un niño agachado junto al patio de crisantemos, justo debajo de los árboles de magnolias. Desde lejos no podía distinguirlo bien, pero parecía que el pequeño estaba sufriendo por algo.
—¡Señor Rikuo! ¿Os encontráis bien? ¡No os preocupéis, el leal Hakuzozu está aquí para ayudaros!
Voló raudo y veloz hacia la posición del joven señor, pero antes de que pudiera alcanzarlo, el niño tiró de una cuerda que había en el suelo y una red cayó sobre el desprevenido Hakuzozu. El yokai quedó suspendido en el aire, incapaz de salir de su encierro, pues no tenía espacio ni para blandir su querida lanza Dakini. Debajo de él, el niño estalló en risas de satisfacción.
—¡Genial! ¡Yokai cazado!
Era Abe no Rikuo, el joven señor de la mansión. A sus ocho años, todavía en primaria, le sobraban energía y ganas de hacer travesuras. Estaba claro que, aunque parecía un niño humano normal y corriente de pelo castaño y ojos marrones, había una fracción de sangre yokai corriendo por sus venas.
—¿Joven señor? —colgado boca abajo en la red, el perplejo Hakuzozu trató de encontrarle un sentido a la situación—. ¿Es esto cosa vuestra?
Pero Rikuo no le hacía caso. Estaba asegurándose de que la red estaba bien sujeta antes de preparar una nueva travesura.
—Lo siento, Hakuzozu. Tú quédate ahí. Ahora tengo que pensar lo que voy a hacer para que la abuela no me gane. Seguro que podría...
Lo que podría haber hecho quedó en el olvido cuando Gashadokuro, el esqueleto gigante, irrumpió en la escena como un elefante en una cacharrería.
—¡Joven señor! ¡Estáis aquí y a salvo! ¡Qué alegría! —de repente se fijó en su compañero atrapado y el pánico volvió a apoderarse de él—. ¡Hakuzozu! ¿Qué te ha pasado? ¿Te han atacado los malvados que han secuestrado a Hagoromo Gitsune? ¡El clan está en peligro!
—¡Gashadokuro, cuidado! —trató de advertirle Hakuzozu al esqueleto parlanchín.
Demasiado tarde. Al acercarse más y más al yokai inmovilizado en la red, Gashadokuro se precipitó en un enorme agujero en el suelo, tapado hasta entonces por unas maderas cubiertas de tierra. Para desgracia del pobre esqueleto gigante, el hoyo era demasiado profundo para salir de él.
—¡Socorro! ¡Alerta! ¡El clan está bajo ataque! ¡Me han enterrado vivo! ¡Ayuda! —gritaba Gashadokuro mientras Rikuo se partía de risa.
—Un momento —meditó Hakuzozu, manteniendo la concentración incluso estando boca abajo—. El joven señor no podría haber cavado un agujero tan grande él solo. Esto debe ser cosa de alguien más.
—En efecto, mi leal Hakuzozu.
El yokai volador miró hacia arriba, o quizás sería mejor decir que se balanceó un poco en su red para tener una vista mejor de la persona que había hablado. Allí, en lo alto de una magnolia, una niña algo mayor que Rikuo se columpiaba sobre una rama. Tanto Hakuzozu como Gashadokuro la reconocieron al instante.
—¡Señora Hagoromo Gitsune! —exclamaron al unísono.
En efecto, ella era Hagoromo Gitsune, la mítica Kuzunoha de las leyendas, la señora de los seres sobrenaturales de Kioto y más allá, aunque nadie lo habría dicho al verla. Tenía todo el aspecto de una linda jovencita que acabara de empezar la secundaria. Su piel de blanco alabastro estaba enmarcada por una larga cabellera lisa y negra. Sólo sus ojos, fríos y negros como el carbón, traicionaban su verdadera naturaleza de kitsune.
—Sí, súbditos míos, Hagoromo Gitsune —la niña bajó del árbol de un salto y aterrizó de pie, justo al lado de Rikuo—. Y he de decir que estoy muy decepcionada con vuestra actuación. Un yokai que se precie no debería tenerle miedo a nada ni tampoco caer en trampas infantiles.
Gashadokuro se deshizo en un llanto de vergüenza, aunque también de alegría. Estaba convencido de que tanto la señora como el joven señor habían sido víctimas de una tragedia, decía él, y estaba muy contento de que todo hubiese sido una broma pesada. Por su parte, Hakuzozu trataba de mantener la compostura. Le comentó a Hagoromo Gitsune:
—No es que quiera rebatir la sabiduría de vuestras palabras, mi señora, pero ya soportamos continuamente las travesuras del joven señor como para que vos participéis en ellas también.
—¡Pero es que esto es un concurso! —protestó Rikuo—. Si la abuela no participa, ¿cómo voy a saber quién es el mejor yokai de todos?
—Muy bien dicho, Rikuo —aprobó Hagoromo Gitsune—. Por cierto, he ganado yo.
—¡¿Qué? —saltó Rikuo enfadado—. ¡Ni hablar, abuelita! ¡He cazado a Hakuzozu yo solo! ¡Es muy difícil atrapar a un yokai volador!
—Cierto, pero más difícil es atrapar a un esqueleto gigante. Y yo lo he hecho.
—¡Eso es sólo porque esas colas que tienes te han ayudado a cavar el agujero! ¡Si yo las tuviera, sería el mejor yokai de todos!
—Lo veo difícil —señaló su abuela con condescendencia—. Sólo tienes un cuarto de sangre yokai y aún te faltan mil años de experiencia.
Rikuo no contestó. Se enfurruñó y se fue a un rincón del jardín, dándole la espalda a su abuela. Hagoromo Gitsune sonrió. No importaba cuántas veces se reencarnase, los críos eran críos en todas las épocas. Aún así, adoraba a su nieto. Se acercó por detrás y empezó a hacerle cosquillas. Al principio Rikuo trató de mantener una cara seria, pero la risa pudo más que él.
—¡Jajajaja! ¡Para, para, abuelita! ¡Aún estoy enfadado! ¡Jajajaja! ¡Ay, no puedo, no puedo! ¡Jajajaja!
—¿Me perdonas? Si me perdonas, te dejo de hacer cosquillas.
—¡Jajajaja! ¡De acuerdo, de acuerdo! —asintió Rikuo entre lágrimas de risa.
El joven señor tomó aire. Su abuela siempre se salía con la suya. No le extrañaba. Aunque parecía una niña, Rikuo sabía que era mucho más vieja y todo el mundo la trataba como la gran jefa del Clan Abe. Su padre también había sido líder de todos los yokai de Kioto y ahora él quería seguir sus pasos. Sin embargo, su abuela nunca le tomaba en serio cuando se lo decía.
—Abuela, ¿puedes enseñarme tu poder otra vez? —le pidió Rikuo.
—De acuerdo —accedió Hagoromo Gitsune—, pero rápido, que hay que ir a la escuela.
La niña que no era una niña se concentró y de su cuerpo salieron nueve colas blancas de zorro que respondían a sus pensamientos. Sólo una gran kitsune de mil años podía tenerlas. Eran muy bonitas, pensó Rikuo, pero también muy peligrosas. Aunque su abuela dejaba que se las acariciase sin temor, el niño había sido testigo de primera mano de cómo podían partir árboles e incluso rocas de un solo golpe. Abrir un agujero en el suelo para enterrar al pobre Gashadokuro había sido un juego de niños para ella.
—Abuelita, tu nombre es Kuzunoha, ¿verdad? —ella asintió—. Entonces, ¿por qué te llaman "Hagoromo Gitsune"?
—Creo que ya lo hemos hablado antes, ¿no? Es un título —respondió la interpelada—. Así me llamaron los yokai de Kioto a los que lideré durante varios siglos, del mismo modo que tu padre adoptó el nombre de "Nue".
—¿Y yo? ¿Qué seré yo? —preguntó Rikuo ansiosamente.
—No lo sé —sonrió Hagoromo Gitsune, con cierta melancolía en sus ojos—. El nombre que recibas te lo tendrás que ganar. Pero espera un poco más. Antes tienes que crecer y parecerte más a un yokai...
Rikuo la interrumpió lleno de energía:
—¡Me esforzaré un montón! ¡Haré todo lo posible para erigirme en un digno líder de los yokai como tú, abuela!
Hagoromo Gitsune se rió por lo bajo.
—Así me gusta. Pero antes tienes que ir a la escuela o tu madre se enfadará.
—¡Sí! —respondió Rikuo, su confianza renovada.
La kitsune que parecía una niña y su nieto se dirigieron al ala oeste de la mansión. En cuanto a los pobres Hakuzozu y Gashadokuro, seguían estando atrapados en la red del árbol y en el agujero del suelo, respectivamente.
—Creo que la señora y el joven señor se han olvidado de nosotros —dijo el esqueleto gigante.
Hakuzozu suspiró. Al menos tendría un poco de tranquilidad para escribir un haiku, se dijo a sí mismo.
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Rikuo llegó por los pelos al autobús. Como siempre, los criados yokai de la mansión habían hecho las cosas al revés, como ponerle los zapatos antes que los calcetines. Ni siquiera podía confiar en subordinados serios e inteligentes como el iracundo Ibaraki-Doji o el pío Shokera, que preferían discutir entre sí por cualquier asunto antes que poner orden en la casa principal. Aunque debía reconocer que también era culpa suya. Su abuela no había tenido ningún problema en arreglarse ella sola y ya se había marchado a coger el autobús. Ella estaba matriculada en una escuela diferente, algo que lamentaba Rikuo.
Nada más entrar en el transporte público, el joven señor buscó con la mirada hasta encontrar un asiento libre al lado de su amiga del colegio.
—¡Buenos días, Yura-chan! —la saludó con alegría.
—¡Casi pierdes el bus, Rikuo! No querrás llegar tarde a clase, ¿verdad? Hoy tenemos que exponer los trabajos.
Quien había respondido de manera tan abrupta era una niña de pelo negro y apagados ojos marrones. Se llamaba Keikain Yura y era compañera de clase en tercero de primaria. Era la única persona que conocía Rikuo que creía en los yokai, aunque no exactamente de la misma manera que él. Por lo demás, era una chica responsable y muy laboriosa, que siempre sacaba unas notas magníficas en los trabajos y los exámenes.
—Lo siento, Yura —se disculpó Rikuo—. Es que los chicos se han hecho un lío y...
—¿Los chicos? —repitió su amiga sorprendida—. ¿Tienes criados?
—¡Sí! Te lo he dicho un montón de veces, Yura-chan, pero nunca me crees —Rikuo hizo un mohín de disgusto—. ¿Por qué no vienes un día por casa y te los presento?
Yura cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Lo siento, pero mi abuelo me ha prohibido que me mezcle con la gente de la Mansión Abe. Dice que sois todos malos y mentirosos.
—¡Eso no es verdad! —protestó Rikuo, aunque luego se detuvo a reflexionar—. Bueno, mi abuela a veces puede ser así cuando hacemos travesuras, pero...
—¿Tu abuela? No la conozco.
—¿Cómo que no? Otras veces la has visto en la parada.
Yura hizo memoria. En todo el tiempo que había ido al colegio con Rikuo, sólo había visto a dos personas más en la parada del autobús. Una era la madre de Rikuo, y se notaba que su hijo había heredado mucho de ella. Otra era una niña de más edad que siempre vestía de negro. Entonces cayó en la cuenta:
—¡Ah, te refieres a tu hermana mayor, Kuzunoha-san, la que va a secundaria! Pues no sé, parece muy formal. ¿Pero por qué la llamas abuela? Es muy feo, ¿sabes? No es mucho mayor que tú.
—¿Cómo que no? —se escandalizó Rikuo—. ¡Pero si tiene algo así como mil años!
—¿Lo ves? ¡Eres un mentiroso, Abe-kun! —Yura le sacó la lengua.
—¡No, tú eres la mentirosa, Keikain-san! —Rikuo le devolvió el gesto.
Los dos niños se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos. Después se echaron a reír.
—¿Comemos luego juntos durante el almuerzo? —le preguntó Rikuo—. ¿O también te lo ha prohibido tu abuelo?
—Pues mira, de eso no ha dicho nada —sonrió Yura.
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La última hora de clase fue reservada para exponer los trabajos individuales. Rikuo sorprendió a todos con una disertación sobre el santuario de Seimei en Kioto. Nadie pensaba que el rey de las bromas del colegio que siempre ganaba en todos los deportes fuera un experto en historia antigua. Pero Yura se llevó la palma con una exposición sobre los distintos demonios que habían aterrorizado la capital en tiempos antiguos y cómo los onmyoji habían acabado con ellos. Incluso había traído amuletos de protección contra las fuerzas oscuras y había hecho una demostración de un ritual para convocar espíritus protectores shikigami. La clase entera aplaudió a rabiar.
—Un trabajo excelente como siempre, Yura —alabó el profesor—. Te mereces un diez. Pero dime, ¿cómo es que sabes tanto sobre los yokai y las técnicas de exorcismo?
—Es que mi familia desciende de auténticos onmyoji. ¡De mayor yo también quiero ser una exterminadora de yokai!
El profesor asintió sin concederle mucha importancia, mientras que algunos compañeros de clase se reían por lo bajo. Sin embargo, había una persona en el aula que se sentía muy molesta por las palabras de Yura.
—¡Hey! —levantó la voz Rikuo, atrayendo hacia sí las miradas de sus compañeros—. ¿Por qué nadie dice nada? ¡Los yokai son buena gente! ¡Nadie debería exterminarlos!
Nadie entendió las palabras de Rikuo. ¿A qué se refería?
—Vale, a veces Gashadokuro puede ser muy torpe, Shokera se pasa el día rezando e Ibaraki-Doji da miedo cuando está enfadado (casi siempre), pero luego te echan una mano aunque no se les den muy bien las cosas modernas. ¡Los onmyoji son los malvados aquí!
Se hizo un silencio sepulcral en el aula. Todos miraban a Rikuo como si estuviera chiflado. Yura se enfadó y se encaró con él.
—¡¿Estás tonto, Rikuo? ¿Que los onmyoji son los malos y los yokai los buenos? ¿Qué yokais pueden ser buenos? Gashadokuro le arrancaba la cabeza a la gente de un mordisco, Shokera averiguaba los pecados de otras personas para que fueran castigadas e Ibaraki-Doji atacaba a los caminantes que atravesaban la puerta de Rashomon. ¡Y tú hablas de ellos como si fueran héroes!
Yura se cruzó de brazos y adoptó una pose triunfal. Los demás alumnos la vitorearon. Rikuo estaba hundido. Aún así, aún le quedaba una carta que jugar.
—¿Y Kuzunoha? ¿La madre de Abe no Seimei?
—¿Qué pasa con Kuzunoha? —Yura no se esperaba la pregunta.
—Es una yokai, ¿no? ¿Ella también es mala?
Esta vez la joven descendiente de los onmyoji dudó.
—Bueno, no exactamente... En las leyendas no se dice que fuera mala... —Yura sacudió la cabeza, poniendo en orden sus ideas—. ¡Pero todos los demás yokai sí! ¡Así que no vuelvas a hablar mal de los onmyoji, Abe-kun!
—¡Yo diré lo que me de la gana, Keikain-san!
Los dos niños se dieron la espalda. No hubo reconciliación y no se dirigieron la palabra durante el resto del día.
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—¿Qué os ocurre, señor Rikuo? Parecéis un poco apagado.
Rikuo estaba sentado en las escalinatas que daban al jardín, mirando al infinito. Quien le había interpelado era Sojobo, el Gran Tengu del monte Kurama. Este anciano yokai de poblada barba y cabellos blancos y con una inconfundible y alargada nariz era el principal consejero de Hagoromo Gitsune. Era muy sabio y muy poderoso e incluso Rikuo se guardaba de demostrarle su merecido respeto.
—Siento preocuparos, Gran Tengu. Es que hoy me he peleado con Yura.
—Yura... Yura... ¡Ah, sí, la niña de los onmyoji! —recordó el Gran Tengu—. ¿Qué os ha pasado?
Rikuo se lo contó todo. El trabajo, la exposición, las técnicas onmyoji, la discusión sobre los yokai, quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos... Sojobo asentía comprensivamente. Cuando el niño terminó, el Gran Tengu le dijo:
—Ay, eso os pasa por haceros amigo de una niña que adora a los exorcistas. No obstante, he de deciros que hay mucho de verdad en las palabras de esa Keikain. Todos tenemos pasados de los que no nos sentimos orgullosos. Ni siquiera vuestra abuela está libre de pecado, aunque las leyendas han sido más benévolas con ella.
—Entonces es verdad. Los yokai son malvados —murmuró Rikuo, muy abatido.
El Gran Tengu le dio una palmada afectuosa en el hombro.
—No, joven señor. Los yokai son la oscuridad, los humanos son la luz, pero eso no significa que unos seamos malos y los otros buenos. Vuestro padre nos abrió los ojos y estableció el equilibrio cósmico de la capital que ha durado mil años. Nosotros no molestamos a los humanos y ellos no nos molestan a nosotros.
—Eso no es ser buena persona —observó Rikuo.
—Pero tampoco es ser mala persona —contestó Sojobo—. Ahora, si me disculpáis, tengo que acudir a la reunión del clan. Que paséis una buena noche, joven señor.
Rikuo hizo una reverencia. Él no estaba invitado a las reuniones del clan, por mucho que se lo pidiera a su abuela. Algunos miembros, como el mismo Gran Tengu, habían intercedido por él, pero Hagoromo Gitsune era inflexible. "Es demasiado pequeño", decía, "no está preparado para asumir la responsabilidad".
Normalmente Rikuo acababa rindiéndose y retirándose a la cama, pero esta vez no iba a ser así. Las palabras de Yura seguían resonando en su mente y quería averiguar la verdad. ¿Y si en aquellas reuniones preparaban planes para hacer daño a los humanos? Se imaginó una escena en la que el Gran Tengu, Ibaraki-Doji, Shokera y los demás presumían de todas las maldades que habían ido cometiendo. Sintió escalofríos. Esperaba que no fuese ése el caso.
Obviamente espiar por la puerta era imposible, ni tampoco colarse entre el desfile de seres sobrenaturales que iba entrando en la habitación. La casa tenía techos occidentales, así que no podía trepar por una viga o algo parecido. Sin embargo, sí podía trepar por otro lugar. La sala de reuniones del Clan Abe tenía tres ventanas, y según se podía observar desde fuera, una de ellas estaba entreabierta. Era un buen punto de espionaje. El problema era que se hallaba en un segundo piso y la altura podía ser mareante para un niño de ocho años. Pero Rikuo no se arredró. Con una gran dosis de confianza, se asomó a un balcón del segundo piso y, desde allí, se puso a caminar por las repisas hasta llegar a la sala de reuniones.
El espectáculo era ciertamente interesante. Alrededor de una gran mesa redonda, los líderes de los diferentes grupos vasallos estaban discutiendo acaloradamente. Todos, no obstante, trataban con deferencia a Hagoromo Gitsune. Para un observador ajeno, la escena tenía su punto cómico: ogros y demonios, adultos y ancianos, se sometían a la voluntad de una niña pequeña. No obstante, en los ojos negros de la kitsune se observaban una determinación y un poder que no salían a la luz cuando jugaba con su nieto.
Rikuo había logrado alcanzar su puesto de espionaje a mitad de la reunión, así que no se enteraba muy bien de lo que pasaba, pero sí que era un asunto serio.
—¡Los sellos se están debilitando! Esa es la única verdad que importa —exclamó Gairota, líder de la facción de los ogros.
"¿Sellos? ¿Qué sellos?", pensó Rikuo.
—Oi, Gairota, ¿tanto miedo tienes? —se burló Ibaraki-Doji, el espadachín con media cara tapada por una lápida de madera—. Si quieres, ve a llorar con tu mamá. Yo me quedo a luchar.
—¡No le hables así a Lord Gairota, chupa-sangre! —se enfadó uno de los subordinados del ogro, pero éste le mandó callar.
—Calma, Gaitaro —se volvió luego hacia Ibaraki-Doji—. No es cuestión de valor, señor oni. Es cuestión de poder. Desde que el Nue murió los sellos que protegen la capital se están debilitando. El resto de clanes yokai nos vuelven la espalda y están aguardando a que la hoja del verdugo nos corte la cabeza para luego repartirse los despojos. Esto es culpa nuestra.
Kyokotsu, el fantasma de un cadáver arrojado a un pozo con aspecto de hombre vendado, le preguntó:
—¿Cómo es culpa nuestra?
—¡Nos hemos vuelto blandos! Dejamos que el Nue nos llenase la cabeza con todas esas ideas sobre la armonía, el ciclo cósmico, el equilibrio del yin y el yang, cuando lo que la Procesión Nocturna de los Cien Demonios necesita de verdad es "miedo". Claro, mientras el Nue vivía y nos protegía, podíamos descansar tranquilos. Pero ahora que no está, vemos que hemos perdido poder y respeto, mientras que los humanos se han reproducido como ratas y engullen todo lo bueno y oscuro que había en esta santa ciudad.
El Gran Tengu, consejero principal, aprovechó para inquirir:
—¿Qué propones hacer, Gairota?
—¡Recuperar lo que es nuestro! ¡Demostrar que los yokai de Kioto podemos inspirar el mismo miedo que hace generaciones aterrorizaba a los humanos y que obligaba a todos los ayakashi de Japón a postrarse ante nosotros! Olvidémonos del "equilibrio cósmico", aplastemos a los onmyoji y devoremos los corazones de esos sucios humanos. Es drástico, lo sé, ¡pero sólo así nos temerán! ¡Sólo así podremos ser fuertes y sobrevivir a las hordas del Nurarihyon!
—No creo que nuestra señora apruebe ese plan —comentó Kidomaru, el antiguo bandido reconvertido en líder de la facción oni.
Los rostros de los asistentes se volvieron hacia la niña de ojos negros.
—¿Tan bajo hemos caído que tenemos que recurrir desesperadamente a comportamientos olvidados hace siglos? ¿Ya no hay honor ni valor entre los yokai de la capital? No niego que vuestro plan tiene su encanto, Lord Gairota —Hagoromo Gitsune se atrevió a esbozar una sonrisa nostálgica—, pero traiciona la regla del equilibrio instaurada por mi hijo y tampoco es el futuro que deseo para mi nieto. No lideraré al Clan Abe en una empresa semejante.
—Sí, el liderazgo del clan ya no es lo que era —murmuró Gairota irritado.
Al instante, varios yokai le echaron en cara sus palabras.
—¡Cómo te atreves a hablar así de nuestra señora de la oscuridad! —exclamó Shokera, el demonio insecto con aspecto de joven cura de larga cabellera blanca—. Oh, Padre Nuestro, ilumina con tu sabiduría a tu hijo descarriado.
—¡Corta el rollo, Shokera! —le interrumpió Ibaraki-Doji—. Nada de tonterías sobre Dios o quien sea el espíritu al que reces. Mira, Gairota, si tienes algún problema con el liderazgo, lo hablamos, salimos un momento al jardín y te arranco tu estúpida cabeza, ¿de acuerdo?
El Gran Tengu del monte Kurama dio un golpe sobre la mesa con su bastón khakkhara.
—Haya paz —ordenó el anciano tengu—. Lord Gairota ha expresado su malestar con la dirección que está asumiendo el clan. Tiene todo el derecho a compartir su opinión en esta asamblea.
El ogro inclinó la cabeza.
—Como siempre vuestra sabiduría y templanza son proverbiales, Gran Tengu. Yo mismo fui un fiel seguidor de la señora Hagoromo Gitsune hace siglos. Pero entonces la situación era distinta. Trabajábamos para la resurrección del Nue, un sueño que nos daba fuerzas, y nuestra señora era poderosa tanto entre los demonios como entre los humanos. Sin embargo, hoy sabemos que ese sueño no se repetirá. Las heridas de Osaka no se han cicatrizado, la resurrección del Nue es imposible y en su lugar tenemos a un niño más humano que yokai al que su abuela malcría en vez de forjarlo como un arma contra Nurarihyon.
Para sorpresa de los leales a Hagoromo Gitsune, las palabras de Gairota fueron acompañadas por muchos murmullos de asentimiento.
A esas alturas, Rikuo no entendía nada de nada. ¿"Resurrección"? ¿"Las heridas de Osaka"? ¿"Nurarihyon"? Lo único que tenía en claro es que el clan no estaba tan unido por dentro como creía y que Hagoromo Gitsune tenía que lidiar con algunos elementos muy inestables. Pero al menos ahora sabía que su abuela no permitía que se hiciera daño a los humanos, aunque solo fuera por el recuerdo de su padre. Eso le alegró un poco.
Tan absorto estaba en sus pensamientos, que no oyó acercarse a Hakuzozu por detrás.
—No deberías estar aquí, joven señor. Os podríais caer.
Rikuo pegó un respingo y perdió el equilibrio. Afortunadamente, el yokai volador estaba al tanto y lo agarró antes de que se precipitara al vacío.
—Gracias, Hakuzozu —musitó Rikuo aliviado.
—No me deis las gracias todavía, joven señor. No cuando voy a tener que contar a vuestra madre y a vuestra abuela lo que habéis hecho.
—¡Ups! —se lamentó Rikuo.
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El día siguiente no empezó muy bien para Rikuo. Su abuela se había ido pronto a coger el autobús, pero había dejado un mensaje: "Esta tarde hablaremos de tu castigo". Incluso su madre le echó la bronca. A ella no le importaba tanto que espiase la reunión del clan como que se hubiese puesto en peligro al trepar por la fachada del edificio. Fuese como fuese, a Rikuo le esperaba una charla muy seria a la vuelta de la escuela.
El colegio fue peor. Yura se había negado a dirigirle la palabra desde primera hora de la mañana y se habían sentado en lugares distintos en el autobús. En clase sus compañeros se burlaban de él y le empezaban a llamar "el medio yokai". En verdad, Yura no lo tenía mucho más fácil y la apodaban "la fanática onmyoji", lo que servía para hacer muchos chistes a costa de ambos.
—¡Oh, mirad! ¡El yokai y la onmyoji se han peleado! —decía uno.
—¡No te burles o nos lanzarán una maldición! —se reía otro.
Aquella situación debería haber servido para que los dos niños hiciesen causa común, pero tanto Yura como Rikuo eran muy orgullosos y ninguno quería dar su brazo a torcer ni pedirle disculpas al otro. Por eso, cuando llegó la hora de coger el autobús, Rikuo dudó. No le apetecía exponerse de nuevo a las chanzas de sus compañeros, ni tampoco tenía especial interés en volver pronto a casa y sufrir el castigo que su madre y su abuela le tenían preparado.
—Si pierdes este autobús tendrás que esperar media hora al siguiente —le dijo Yura al pasar a su lado. Eran las primeras palabras que le dirigía en todo el día.
—¡Da igual! —se irritó Rikuo—. Se van a reír de mí de todas maneras.
—¿Por qué? ¿Porque crees que los yokai son buenos? —le preguntó Yura.
—¡Sí! ¡No! Qué más da, no quiero hablar más del tema —Rikuo se dio media vuelta—. Si vas a reírte de mí como los demás, me voy yo solo a casa.
—¡Espera, Rikuo! Yo no...
Pero el chico no la oía. Ante la tesitura de si seguirlo o no, la pequeña Yura optó por subir al autobús, que estaba a punto de marcharse.
—Será cabezota —murmuró Yura, mientras observaba el paisaje por la ventanilla.
—¡Oh, la señora Abe se ha peleado con su marido! —la chinchó una de sus compañeras.
Dejó de burlarse al ver que la joven Keikain la miraba con expresión ceñuda.
—¡Vale, vale! Jo, Yura, que poco sentido del humor tienes. Yo pensaba que estarías más alegre por haberte librado de ese plasta. Es un bocazas, sólo hace travesuras y da mucha grima con todo eso de los yokai.
En parte, Yura le daba la razón. Pero tampoco podía evitar pensar: "Es mi amigo. El que siempre habla conmigo en el autobús. El que comparte su almuerzo conmigo. El único que no se ríe cuando le cuento mis sueños". Incluso cuando se enfadaban, nadie la entendía mejor que Rikuo. Su hermano mayor no, desde luego. Era un gamberro. Y aunque quería mucho a su abuelo, el venerable patriarca de los Keikain no quería ni oír hablar de que su nieta favorita se convirtiese en una onmyoji. "No es una profesión con futuro", solía responder crípticamente cuando Yura le presionaba al respecto.
De repente, justo cuando entraban en un túnel, una pesada roca cayó sobre el autobús. El conductor perdió el control y el vehículo volcó. Mientras, más rocas taponaron la entrada y la salida del túnel. Cuando el lugar estuvo completamente bloqueado, varias figuras amenazantes se asomaron al borde de la carretera.
—La trampa ha funcionado, Lord Gairota —dijo uno de los asaltantes—. Sin duda, este es el autobús en el que viaja el joven señor.
—Excelente —sonrió el ogro—. Hora de comprobar si ha habido supervivientes. Matadlos a todos, incluido el joven señor. Es hora de que el Clan Abe experimente un cambio necesario.
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Cuando Rikuo regresó a casa después de una larga caminata, se encontró con la mansión completamente revolucionada. Había yokai pululando por todas partes, muchos nerviosos y algunos incluso llorando. Gashadokuro gemía de angustia, Shokera guiaba a varios miembros de su clan en un rezo multitudinario e Ibaraki-Doji daba espadazos a diestro y siniestro, cortando de cuajo ramas y arbustos. El resto de habitantes de la casa se cuidaba mucho de mantener las distancias. Tan ocupados estaban todos, que sólo el siempre atento y concentrado Hakuzozu se percató de la llegada del joven señor.
—¡Señor Rikuo! —se sorprendió muchísimo—. ¡Estáis aquí!
Al instante toda la frenética actividad se detuvo y los yokai de la casa acudieron a recibir al joven señor.
—¡Hakuzozu dice la verdad! ¡El joven señor está sano y salvo! —exclamó Gashadokuro a los cuatro vientos.
—¡Oh, gracias Señor por tu misericordia! —alabó Shokera.
—¿Se puede saber qué os pasa a todos? —Rikuo estaba cada vez más extrañado. Se esperaba una nueva bronca por haber llegado tarde, no un recibimiento melodramático.
No tuvo tiempo de preguntar más, porque unos brazos pequeños se lanzaron a abrazarlo mientras nueve colas blancas de zorro se enroscaban en torno a él.
—¡Rikuo! ¡Estás vivo! —Hagoromo Gitsune sonrió, una de las sonrisas más grandes que jamás le había visto Rikuo a su habitualmente sombría abuela—. ¡Lo sabía!
—¡Abuela! ¿Me puedes explicar que está pasando?
Tras un nuevo y cálido abrazo por parte de su madre, se le detalló a Rikuo la situación. El noticiario había anunciado que el autobús municipal que solía tomar él para volver a casa había sido sepultado por un desprendimiento. Todos en la mansión se temían lo peor, pero por una vez la tendencia de Rikuo a saltarse las normas había funcionado a su favor y hubo un alivio general.
Sin embargo, Rikuo estaba cualquier cosa menos feliz. En aquel autobús viajaban sus compañeros de colegio. En aquel autobús viajaba...
—¡Yura! —exclamó de pronto el joven señor—. ¡Yura sigue ahí! ¡Tenemos que ir a ayudarla!
—De eso nada, nieto de Hagoromo Gitsune —le detuvo una voz de anciano—. Vosotros los yokai ya habéis "ayudado" bastante.
Mientras los habitantes de la mansión estaban distraídos celebrando el regreso del joven señor, un grupo de desconocidos había llegado a sus terrenos. La mayoría vestía túnicas blancas de sacerdotes sintoístas, algunos portaban altos gorros de color negro y todos mostraban una expresión de ira contenida. Su líder era un anciano alto e imponente, cuya calvicie quedaba compensada por una larga barba blanca.
Hagoromo Gitsune se interpuso entre su nieto y los recién llegados.
—Qué agradable sorpresa —dijo con evidente fastidio en su voz—. El mismísimo Keikain Hidemoto el 27º, cabeza suprema de los onmyoji de Kioto, viene a visitar mi humilde morada. ¿Qué os trae por aquí?
—¡Basta de juegos, Hagoromo Gitsune! Lo que ha ocurrido esta tarde no es un accidente. No hace falta ser un exorcista para ver detrás la mano de los ogros de Heian-kyo. Vosotros, malditos yokai, habéis atacado a mi nieta y lo vais a pagar.
Rikuo miró de hito en hito a Hidemoto. Ahora lo entendía todo. Él debía ser el famoso abuelo de Yura y, tal como la niña le había explicado, la suya era una familia de auténticos onmyoji. ¡Con razón le prohibía a su nieta tratar con la gente de la Mansión Abe! Era evidente que Hagoromo Gitsune y él se conocían desde hacía tiempo, aunque no precisamente en el mejor de los términos.
—Si dices la verdad y esto es obra de ogros, mi nieto era el objetivo de este atentado —le explicó Hagoromo Gitsune con altivez—. Te recomiendo que te hagas a un lado y dejes que nosotros resolvamos esto, como siempre hemos hecho.
—¿Otra vez con el "equilibrio cósmico" de Seimei? No me tomes por imbécil, kitsune, y menos cuando la vida de mi nieta está en juego. Puede que no sea tan viejo como tú, pero sé cuando alguien intenta ocultar sus trapos sucios. Nosotros los onmyoji nos ocuparemos y limpiaremos la infestación yokai.
Los dos grupos, los yokai de la mansión y los onmyoji Keikain, estaban a punto de llegar a las manos. La sangre de Rikuo empezó a palpitar con fuerza. ¿Por qué estaban discutiendo cuando había vidas en peligro? Si era verdad que unos ogros habían atacado el autobús, cada segundo contaba. En vez de pelearse, deberían trabajar todos juntos. Y si los adultos eran incapaces de poner a un lado sus diferencias, él se encargaría del rescate con sus propias manos. Jamás se perdonaría si Yura moría por su culpa.
—¡Basta ya! —soltó Rikuo, hastiado—. Estoy hasta las narices de esta pérdida de tiempo. Ya que os comportáis como niños, seré yo quien rescate a Yura, ¿está claro?
Tanto yokai como onmyoji se quedaron mirando al joven señor con ojos como platos. Nunca hubieran imaginado que un niño de ocho años pudiese hablar con tanto ímpetu. Los observadores más agudos distinguieron que a su alrededor empezaba a conformarse un aura demoníaca.
—Abuela —Rikuo se volvió hacia Hagoromo Gitsune—, voy a necesitar que me prestes tus Cien Demonios. Será un momento, luego te los devuelvo.
—¡Esperad, joven señor! —el Gran Tengu del monte Kurama se interpuso en su camino justo cuando empezaba a dar los primeros pasos en dirección a la salida—. Por mucho que entienda vuestro dolor y vuestra ira, la Procesión Nocturna de los Cien Demonios no puede ser dirigida por los caprichos de un humano.
—¿Y por los caprichos de un yokai, Sojobo? —preguntó Rikuo con furia contenida.
En el cielo, la luna llena había hecho su aparición entre las nubes. Su luz velada bañó el jardín de la mansión Abe y fue el catalizador de una asombrosa transformación. Rikuo creció. No sólo se volvió más alto, sino que su cara adoptó rasgos más adultos. La ira tiñó de rojo sus ojos marrones, mientras su pelo se volvía de un blanco impoluto y se alargaba hasta caerle sobre los hombros. Por último, una cola de zorro surgió a su espalda.
—Si como humano no os puedo liderar, ¡renuncio a mi condición humana! ¡Que la sangre de zorro despierte! ¡Ahora seguidme, demonios y espíritus de Kioto! ¡Aquellos que se han atrevido a hacer daño a mis amigos lo pagarán muy caro!
La gran mayoría de los yokai de la casa principal se pusieron de inmediato a sus órdenes, tanto era el "miedo" que inspiraba.
—¡Sí, señor! —asintió Hakuzozu con aire marcial, situándose a la cabeza de la procesión.
—¡Subíos a mis huesos, joven señor! ¡Yo os llevaré! —se ofreció Gashadokuro.
—¡Oh, ángeles insecto! ¡Acudid a la llamada de vuestro amo! —pidió Shokera a los suyos—. ¡Partamos en una santa cruzada contra los enemigos de Abe no Rikuo!
—¡Más andar y menos hablar! —gritó Ibaraki-Doji, azuzando a los rezagados—. ¡La noche es larga y hay cabezas que cortar!
Y así partió la primera Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Abe no Rikuo. En la mansión sólo se quedaron Hagoromo Gitsune, los líderes de las facciones principales y los onmyoji.
—Impresionante. Nunca había visto algo parecido —murmuró Keikain Hidemoto, claramente anonadado.
—Es la primera vez que se transforma en yokai —repuso Hagoromo Gitsune—. Ni siquiera creía que fuera capaz de hacerlo. Ahora espero que sea suficiente para mantenerlo con vida.
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En el interior del túnel, las cosas no parecían ir del todo mal para los viajeros del autobús. A pesar de lo aparatoso del desprendimiento y del consiguiente volcado del vehículo, no había que lamentar víctimas mortales ni heridas de gravedad. Por desgracia, la mayoría estaba inconsciente, y los que no lo estaban sólo podían esperar la llegada de los equipos de salvamento. Por eso hubo muchos suspiros de alivio cuando aparecieron unas luces al otro extremo de la galería.
—¡Por aquí, por aquí! —exclamó un hombre mayor—. ¡Ya vienen a rescatarnos!
Sin embargo, Keikain Yura, la única niña que no había perdido el conocimiento tras el accidente, no las tenía todas consigo.
—Señor, no creo que esas personas sean del equipo de rescate —trató de avisar, pero no la hicieron ni caso.
—¿De qué tienes tanto miedo, niña? ¡Ahora verás como nos sacan de aquí y...!
El hombre no pudo terminar la frase. Un violento golpe de maza lo arrojó contra la pared. Quien le había golpeado era uno de los ogros de Gairota, y no estaba solo. Venían más detrás de él, todos armados con porras y bastones. Varios portaban también antorchas para iluminar el corredor e identificar a los supervivientes.
—Vaya, parece que las rocas no han matado a nadie —observó Lord Gairota con desaprobación—. No importa, los mataremos a todos. El primero que me traiga la cabeza del joven señor podrá comer tantos hígados humanos como quiera.
Los ogros gruñeron de satisfacción y avanzaron hacia los indefensos humanos. Para su tremenda sorpresa, una niña pequeña se interpuso en su camino.
—¡No dejaré que les hagáis daño, salvajes! —gritó Yura. Su intervención habría resultado más impactante si la voz no se le hubiera quebrado hacia la mitad de la frase.
—Vaya, vaya, ¿quién tenemos aquí? ¿Una heroína samurai o qué? —se burló Gairota. Sus matones le rieron la gracia estúpidamente.
—¡Soy Keikain Yura, de los onmyoji de Kioto, y voy a exorcizaros!
Esta vez los ogros dudaron. Obviamente no tenían miedo de una cría humana, pero conocían el nombre de los Keikain y, por mucho que lo despreciasen, imponía respeto. Esos breves instantes fueron todo el tiempo que necesitó Yura para concentrarse y recordar la plegaria de invocación shikigami.
—¡Uho tenho! —dio un paso—. ¡Tennai! ¡Tensho! —otro paso—. ¡Tenho tennin! —de su bolsillo, Yura sacó un trozo de papel y lo arrojó hacia los yokai—. ¡Kenkon genkoritei! ¡Adelante, mi deidad ceremonial! ¡Lobo hambriento! ¡TANRO!
La figura de papel decorada con inscripciones sagradas se transformó en aquel momento en un enorme cánido de afilados colmillos. El lobo feroz saltó sobre los ogros, sembrando el pánico entre sus filas. Nadie se había esperado aquel contraataque. Incluso Yura estaba gratamente sorprendida.
—¡No puedo creerlo! ¡Ha funcionado! ¡Por fin ha funcionado!
Sin embargo, su alegría fue breve. Mientras los ogros heridos se retiraban del combate, los lugartenientes Gaitaro y Gaijiro acorralaron al lobo shikigami. Entonces Lord Gairota se acercó con paso seguro y asestó un golpe salvaje con su maza claveteada al animal guardián, que al instante revirtió a su forma de papel original. Aunque ella no había recibido el impacto físico, el shock espiritual hizo que Yura se derrumbase sobre el asfalto.
—No niego que tienes talento, niña, pero a tu invocación aún le falta fuerza. Lástima que no vayas a tener tiempo para aprender. Venid, Gaitaro, Gaijiro y el resto de mi horda. Acabemos con el joven señor de una vez —ordenó el jefe ogro.
—¿Me buscabas, Lord Gairota?
—¡¿Qué demonios...? —el ogro se volvió de repente para contemplar una imagen estremecedora.
Una marabunta de yokai se había abierto paso por una de las entradas bloqueadas del túnel. Sin dudas y sin piedad, se lanzaron sobre los ogros. Ibaraki-Doji y Shokera encabezaban la carga, bien tiñendo de sangre sus espadas, bien fulminando a los enemigos con rayos y luz abrasadora. No obstante, no eran ellos los líderes de aquella Procesión Nocturna de los Cien Demonios, sino un yokai joven de largos cabellos blanco que Gairota no reconocía.
—¿Quién eres tú y qué haces guiando a los demonios de Hagoromo Gitsune? ¿Acaso te envía ella? —exigió saber el jefe ogro, orgulloso hasta cuando la suerte se volvía en su contra.
—Me envío a mí mismo, Lord Gairota —respondió el interpelado—. ¿No me reconoces? Soy aquel cuya cabeza estás buscando.
Gairota abrió mucho los ojos.
—¿El joven señor? ¿Abe no Rikuo? ¿Cómo es posible? Pero sí pareces... pareces...
—Un yokai, lo sé. ¿Tan extraño lo encuentras? Un cuarto de mi sangre es de Hagoromo Gitsune, recuerda. Ahora, por mi poder como heredero del Clan Abe, te juzgaré por los crímenes que has cometido. Ibaraki-Doji, préstame una de tus espadas.
—Aquí tenéis, joven señor —el oni de la cara medio tapada le alcanzó la empuñadura de su segunda katana—. Dadle a ese palurdo donde más le duele.
Si Lord Gairota parecía preocupado, no lo demostró. Mientras sus esbirros caían como moscas a su alrededor, el jefe ogro seguía mostrando una confianza en sí mismo digna de mención.
—¿Castigarme a mí? ¿A mí? Miraos en un espejo, joven señor. Sois vos y vuestra sangre humana los que estáis trayendo la ruina a este clan. ¡Sólo la oscuridad es la respuesta! ¡Sólo la oscuridad es la salvación! Los yokai de Kioto jamás deberían estar en vuestras manos. ¡No tenéis lo que hay que tener!
Aunque nunca había dado clases de kendo o esgrima, Rikuo no sentía el peso de la katana como algo extraño, algo ajeno a él, sino como una prolongación de su propio brazo. Casi sin darse cuenta, adoptó una posición de ataque como si de un espadachín consumado se tratase.
—Si tener lo que hay que tener significa convertirme en un monstruo sanguinario como tú, Gairota, que ataca a niños indefensos, prefiero morir —contestó Rikuo con desprecio.
—Entonces permitidme que os ayude, "joven señor" —el ogro levantó su pesada maza—. ¡Mi nombre es Gairota! ¡Mía fue la puerta de Rashomon durante incontables generaciones! ¡Mientras atravesáis el camino hacia el Más Allá, recordad el nombre de esta técnica! ¡Maza del relámpago! ¡TEMPESTAD!
Girando su arma a una velocidad endemoniada, el ogro creó ráfagas de viento cortante que barrieron todo a su alrededor. Varios yokai salieron despedidos e incluso los cimientos del túnel crujieron peligrosamente. Cuando terminó, frente a sus ojos se extendía un panorama desolador de piedras, polvo y yokai tirados por el suelo.
—¡Jajajaja! ¡Este es el poder de los ogros de Heian-kyo! ¡Este es...! ¿Eh?
Salido de la nada, Rikuo saltó sobre él blandiendo la espada prestada.
—Piérdete —se limitó a decir.
La cabeza de Gairota rodó por el suelo.
Los miembros de la Procesión Nocturna vitorearon a su joven comandante. Los ogros supervivientes, al ver que su amo había sido derrotado, se rindieron en masa y suplicaron clemencia a los vencedores. Mientras Ibaraki-Doji y Shokera se encargaban de conducir a los prisioneros hacia la salida, el fiel Hakuzozu se aproximó a Rikuo. El chico se había quedado en el mismo sitio, mirando sus manos manchadas de sangre.
—Joven señor... —empezó a decir Hakuzozu, pero Rikuo le interrumpió.
—¿Yura está bien?
—Sí, joven señor —asintió el yokai de la larga lanza—. Tanto la señorita Keikain como el resto de los humanos están a salvo, aunque inconscientes. Los ogros sólo hirieron a uno y estamos seguros de que sanará.
—Bien —musitó Rikuo.
Repentinamente, el joven señor cayó tendido sobre el suelo. Su cuerpo encogió, su melena blanca recuperó su longitud y color habituales, y la cola de zorro desapareció. Volvía a ser el mismo Rikuo de siempre, para sorpresa de los yokai allí presentes.
—¡Joven señor! —se alarmó Hakuzozu—. ¿Estáis herido? ¡Joven señor!
—Tranquilízate, mi leal Hakuzozu. Mi nieto está bien. Es sólo que su sangre yokai no puede dar más de sí, al menos por esta noche.
Hagoromo Gitsune había aparecido guiando a varios de los principales consejeros del Clan Abe, entre ellos Kidomaru y el Gran Tengu del monte Kurama. Los acompañaban también Keikain Hidemoto y algunos onmyoji escogidos. El anciano patriarca de los exorcistas se arrodilló junto a su inconsciente nieta y la acunó entre sus brazos.
—Sigo pensando que este desastre ha sido culpa vuestra —le dijo a Hagoromo Gitsune sin dignarse a mirarla—, pero por hoy estamos en paz. Por nuestra parte, este incidente jamás ha existido.
La niña que era la líder de los yokai de Kioto asintió. Los onmyoji se retiraron, llevándose a Yura con ellos. Ahora quedaba en manos de los yokai la desagradecida tarea de alterar los recuerdos de los humanos y ocultar las evidencias de que allí había ocurrido algo más que un simple accidente. Mientras los demonios y fantasmas se ponían manos a la obra, Hagoromo Gitsune acarició con delicadeza el rostro de su nieto, que dormía profundamente.
—Estoy impaciente por ver en qué te convertirás, mi pequeño Rikuo.
Notas adicionales:
Bueno, este es el primer verdadero capítulo de Kitsune no Mago. Como habréis podido observar, es un reflejo del primer capítulo del canon del manga y del primer episodio de la segunda temporada del anime. Sin embargo, la lógica de este universo alternativo obliga a hacer varios cambios que, aunque menores al principio, se irán ramificando en próximos capítulos. Me he documentado todo lo que he podido sobre los yokai de Kioto, tanto en Nuramago como en el folklore japonés, y salen a la luz cosas muy curiosas. A saber:
* La forma yokai de Abe no Rikuo es una mezcla entre el Rikuo nocturno que todos conocemos, el Seimei renacido y la propia Hagoromo Gitsune. Iba a añadirle orejas de zorro, pero tras hacer unos bocetos me di cuenta de que se parecía demasiado a Inuyasha.
* A diferencia de los del Clan Nura, que viven en una mansión tradicional japonesa antigua y un tanto roñosa (que prácticamente dice a gritos: "¡Mirad! ¡Aquí hay yokai!"), los de Kioto viven en una casona occidental, tanto en la estructura del edificio como en su decoración interior. Manga y anime coinciden en esto. Resulta curioso, pero me alegro, porque le da un aire distinto al Clan Abe.
* Esto es Kioto. No están Kana, ni Kiyotsugu ni ningún otro de los compañeros de colegio de Rikuo en el canon. Sólo está Yura. Prometo que la patrulla Kiyo Cross aparecerá tarde o temprano, pero no precisamente como compañeros de clase. Hay que tener una buena razón para moverlos de Tokio a Kioto.
* Dado que en este universo alternativo Abe no Seimei fue un buen tipo (de hecho, es el autor de Nuramago el que le da la vuelta a la representación tradicional de ese mago Merlín japonés), los yokai de Kioto están más acostumbrados a convivir en ese "equilibrio cósmico" entre la luz y la oscuridad (que era la primera intención del Seimei de Nuramago antes de convertirse en el Nue). También ayuda que, mientras que los del Clan Nura pueden hacer maldades en Tokio sin interferencias, en Kioto están los onmyoji Keikain siempre vigilantes. Los dos grupos han tenido mil años para aprender a odiarse mutuamente sin tener que declarar una guerra.
* Todos los detalles extras sobre los yokai de Kioto que aparecen en el capítulo (como el nombre del Gran Tengu del monte Kurama, Sojobo) están extraídos de los mitos y leyendas japoneses. Y para los que se hayan fijado en ese detalle, sí, existe un templo dedicado a Abe no Seimei en Kioto.
Por cierto, la pareja final sigue sin estar decidida. Yura va a aparecer mucho en estos primeros capítulos, pero a los fans de Tsurara les gustará saber que ya sé cómo voy a introducirla en la historia y será más temprano que tarde. ¡Permaneced atentos! ;)
