Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo vivía una apacible vida con su familia yokai en la Mansión Abe y con sus amigos humanos en el colegio hasta el ataque de Gairota y sus ogros. Aunque desarrolló sus poderes yokai a tiempo de salvar a su amiga Yura, Rikuo no sabe qué camino va a seguir.
Rikuo y el falso exorcista
Mansión Abe, a las afueras de Kioto
Abe no Rikuo dormía plácidamente en su cama, ajeno a los primeros rayos de luz que entraban por la ventana medio abierta de su cuarto. Tenía todo el aspecto de un estudiante de secundaria normal y corriente que estaba a punto de cumplir trece años. No había rastro en él del guerrero kitsune que había dado una lección a Lord Gairota y su tribu de ogros, para decepción de muchos miembros del clan. Su pelo seguía luciendo el color castaño heredado de su madre y sus ojos marrones se ocultaban últimamente tras los cristales de unas gafas, que en aquellos momentos descansaban junto a un reloj despertador que se negaba a dar la hora.
De repente, el cráneo gigante del yokai Gashadokuro asomó por la ventana entreabierta y clavó sus ojos rojos en el indefenso Rikuo.
—¡Hora de levantarse, joven señor! —exclamó con alegría matutina.
Rikuo se despertó muy agitado. Cualquier otro chaval se habría quedado mudo de espanto o habría gritado presa del pánico al ver a un enorme esqueleto parlante en su ventana, pero el joven señor de la Mansión Abe hizo caso omiso. Desde que era un bebé había tratado con muchos yokai de todas las formas y colores. Gashadokuro no era ni de lejos el más aterrador y quienes lo conocían lo suficiente sabían que en el fondo era un bonachón que solía tener más miedo de los demás que los demás de él. Rikuo sólo tenía ojos para el despertador de su mesilla.
—¡Aaaah! ¡Me he quedado dormido! ¡Mira que olvidarme de poner la alarma! —el chico se volvió hacia el esqueleto parlante—: ¡Gashadokuro! ¿Por qué no me has despertado antes?
—Lo siento, joven señor —se disculpó el yokai—. Ayer os quedasteis hasta muy tarde viendo la televisión y supuse que necesitaríais dormir más.
—¡Pero voy a llegar tarde a clase!
Rikuo saltó de la cama y se cambió a toda prisa. Se puso las gafas y salió a trompicones de la habitación. Un ejército de sirvientes yokai le estaba aguardando en el pasillo.
—¡Buenos días, joven señor! —le saludó Hakuzozu, el yokai volador amante de los haikus que siempre iba armado con una lanza, incluso en el interior de la casa—. Me extraña veros tan impuntual. ¿Os ha ocurrido algo malo? ¿Ha fallado Gashadokuro en sus deberes? Si es así, yo, el leal Hakuzozu, me encargaré de que reciba su escarmiento.
—No, no —le tranquilizó Rikuo—, ha sido culpa mía. Ayer a la noche estuve viendo un programa muy siniestro sobre un exorcista y no me di cuenta de la hora que era. Si no llega a ser por Gashadokuro, aún estaría dormido.
El chico fue al baño a lavarse y acicalarse. Varios demonios menores se peleaban por ofrecer sus servicios al joven maestro de la mansión, pero Rikuo había aprendido hacía tiempo que era mejor no confiar en los yokai para realizar simples tareas cotidianas, por muy buena que fuera su intención.
—No deberías ver programas de miedo por la noche, joven señor —le recomendó Hakuzozu mientras Rikuo se enjuagaba los dientes.
—¡Pero si no era un programa de miedo, sólo de astrología y exorcismo! —protestó el chico.
—Para un yokai eso es un programa de terror —repuso el sirviente.
—Lo que sea. Voy a ver a la abuela.
Rikuo recorrió los largos pasillos de la residencia antes de detenerse frente a dos grandes puertas negras. A la entrada de la habitación cerrada, una niña pequeña aguardaba pacientemente. Era una personita muy inquietante, no sólo por sus grandes ojos dorados abiertos de par en par y su expresión de maliciosa alegría, sino sobre todo por la calavera que portaba en su regazo. Una serpiente verde, a todas luces venenosa, se había instalado entre las cuencas vacías del siniestro amuleto. Sin embargo, para Rikuo era una visión de lo más normal.
—Buenos días, Kyokotsu —la saludó con algo de prisa—. ¿Está la abuela despierta?
La niña le dedicó una gran sonrisa. Esta Kyokotsu era la hija y heredera del líder de la facción cadáver, también llamado Kyokotsu. Aunque la pequeña tenía un aspecto ciertamente sobrenatural, era evidente que debía haber salido a su madre, porque Kyokotsu padre parecía más un zombi con vendas que otra cosa. El jefe de los muertos vivientes consideraba que su querida niña debía aprender los modales de una señorita yokai y nada mejor para ello que entrar al servicio de la casa principal.
—Aún sigue dormida, hermanito mayor —le dijo Kyokotsu a Rikuo—. Estoy esperando para ayudarla a cambiarse.
—¡¿Qué? —se asombró el chico—. ¡Pero si ella también tiene que marcharse! Vamos, yo la despertaré.
El joven señor abrió la puerta. Kyokotsu lo siguió un paso por detrás. Aquella era sin lugar a dudas la habitación más lujosa de toda la Mansión Abe. Pesados cortinajes colgaban de las ventanas, muebles europeos de maderas nobles decoraban las esquinas, e incluso los soportes de los espejos del cuarto estaban hechos de oro macizo. Pero no había mayor símbolo de despilfarro que el lecho, una colosal cama de matrimonio con sábanas de seda negra en la que descansaba una única ocupante.
—¡Abuela, despierta! ¡Es tarde y debemos irnos! —gritó Rikuo sin mucha delicadeza.
—Ya me levanto —bostezó ella.
La recién despertada era nada más y nada menos que Hagoromo Gitsune, la abuela de Rikuo y jefa suprema de los monstruos y demonios de Kioto. Ya no era la niña que años atrás había compartido travesuras con su nieto. El cuerpo que contenía el espíritu reencarnado de la milenaria kitsune era ahora el de una sabrosa adolescente. Eso sí, seguía conservando su lustrosa melena negra, su piel pálida y sus ojos oscuros como el fondo de un pozo.
Al salir de la cama, Hagoromo Gitsune dejó caer las sábanas de seda y sus curvas femeninas quedaron expuestas en toda su blanca y gloriosa desnudez. Rikuo carraspeó y apartó la vista a un lado.
—¡Abuela, siempre igual! ¿Por qué no puedes dormir con algo de ropa, como las personas normales? ¡Ni que en Kioto hiciera tanto calor!
—Vamos, vamos, Rikuo —sonrió su abuela con malicia—. No tengo nada que no hayas visto antes. ¿No recuerdas cuando nos bañábamos juntos?
—¡Eso fue hace años! —el chico se puso rojo de vergüenza—. Y tú entonces tenías aspecto de cría, no como ahora.
—Hermana mayor, te traigo el uniforme —intervino Kyokotsu, poniendo fin a la embarazosa situación.
Hagoromo Gitsune se fue vistiendo con parsimonia, asistida paso a paso por la solícita Kyokotsu, aunque a veces la niña se quedara mirando embobada la refinada belleza de su "hermana mayor", tal como le gustaba llamarla. La señora de la casa se lo permitía, pues con el tiempo le había cogido cariño a la pequeña yokai. Al final, la milenaria kitsune quedó convertida en una elegante visión de uniforme escolar negro, medias negras y zapatos negros. Su ropa interior también era negra, pero el vergonzoso Rikuo había preferido apartar los ojos durante aquel paso.
—Creo que me apetece tofu frito para desayunar —musitó Hagoromo Gitsune después de vestirse.
—¿Desayunar? —se impacientó su nieto—. Si no salimos ahora, tú perderás el autobús al instituto superior y yo llegaré tarde a la escuela. ¡Sería la primera vez que falto a una clase!
—Pero qué responsable te has vuelto, Rikuo —se lamentó Hagoromo Gitsune, entrecerrando los ojos—. Has salido a tu padre. Todo trabajo y nada de diversión. Somos yokai, por el amor de la Oscuridad. Sólo respetamos nuestras propias normas.
—Tú eres yokai, abuela. Yo no —dijo Rikuo con seriedad.
Por un instante, una incierta melancolía se apoderó del rostro de Hagoromo Gitsune, mas la kitsune se recuperó enseguida y esbozó una media sonrisa.
—Aunque tu abuelo y tu madre fueran humanos, un cuarto de tu sangre sigue siendo mía, y te aseguro que se notaba cuando eras pequeño. ¿Qué hay de aquel Abe no Rikuo que siempre me pedía ayuda para cometer diabluras?
Rikuo se sonrojó.
—No sé de qué me hablas, abuela.
—¿Ah no? —le picó Hagoromo Gitsune—. ¿No te acuerdas de cuando atrapaste en una red al pobre Hakuzozu y le colgaste de un árbol? ¿O cuando te ayudé a encerrar a todos los jefes principales en la cocina? ¿O cuando le cambiaste a Shokera su Biblia por el Kamasutra? ¿O cuando...?
—¡Vale, vale! —la interrumpió Rikuo, cada vez más rojo—. Sí, me acuerdo de todo eso. ¡Pero he madurado! Quiero tener una vida digna y responsable. Ayudar a la gente, en vez de hacer travesuras.
—¿Travesuras como las que haces ciertas noches cuando sales?
Esta vez Rikuo no respondió. Hizo como que no la había oído y se marchó de casa sin probar bocado. Por su parte, Kyokotsu bajó a la cocina a dar las órdenes oportunas para que su maestra disfrutase de un almuerzo en condiciones.
Hagoromo Gitsune suspiró. Si Rikuo creía que fingir amnesia le libraría de preguntas incómodas, estaba muy equivocado. Ella era demasiado astuta y demasiado vieja para tragarse una excusa semejante. Mientras estaba sumida en estas meditaciones, un venerable anciano de poblada barba blanca y larguísima nariz se presentó a su lado.
—Buenos días, señora Hagoromo Gitsune.
—Buenos días, Gran Tengu del monte Kurama —devolvió el saludo la cabeza de familia.
—¿Preocupada por el joven señor otra vez? —inquirió el anciano con amable curiosidad.
Hagoromo Gitsune asintió ligeramente.
—¿Tanto se me nota? Adoro a mi nieto, pero a veces olvida que la dicotomía entre humanos y yokai no es entre bien y mal, sino entre luz y oscuridad. En su corazón también anida la oscuridad, pero la rechaza hasta que ya no puede más. Eso no es sano para un niño en edad de crecer, sea humano o yokai.
—Tal vez deberíais contárselo todo... —sugirió el Gran Tengu, pero su señora le cortó al instante.
—No, mi sabio consejero, no es el momento. Aún no ha cumplido los trece años. Ni siquiera en el mundo sobrenatural sería un adulto.
—La guerra no espera a nadie, Hagoromo Gitsune —insistió el venerable yokai—. Sé perfectamente que en este vuestro último ciclo de reencarnación sois más poderosa que nunca, pero permitidme que os recuerde que el porvenir del Clan Abe descansa sobre los hombros del joven Rikuo. El pasado no puede frenar al futuro, del mismo modo que el invierno no puede detener la primavera.
La kitsune le dirigió una mirada helada que hasta al milenario Sojobo le dio escalofríos.
—Primero me aseguraré de que mi nieto tenga un futuro. Luego que sea lo que los dioses quieran.
00000
Patio de la escuela secundaria
El mostrador de la tienda de pan y bocadillos estaba atestado de estudiantes de la escuela secundaria, empujándose unos a otros para conseguir su comida. Uno de ellos, empero, demostraba una habilidad sin igual para hacerse un hueco entre sus irritados compañeros sin tener que molestar a nadie. Pagó al contado y se llevó no un bocadillo, ni dos, sino una bolsa entera cargada de ellos. Por si fuera poco, también portaba una tetera en la mano que le quedaba libre. Mientras se volvía a ajustar las gafas para que no se le cayeran, Rikuo se dirigió de vuelta a su aula.
Si cuatro años atrás alguien hubiese dicho que el travieso Abe Rikuo se convertiría en el recadero de la clase, nadie lo hubiese creído.
En cuanto entró en el aula, sus compañeros se agolparon a su alrededor.
—¡Rikuo, qué rápido! —dijo uno.
—Este es para Yanagida, este es para Sato, aquí hay cinco panes de melón... —otro estudiante fue sacando los bocadillos de la bolsa, mientras Rikuo depositaba la tetera en la mesa de al lado donde las chicas habían dispuesto ya sus vasos—. ¡Ahí va, hasta has traído shokupan para mí! ¡Eres increíble, Abe!
—¡Sí! —asintió el compañero de su izquierda con la boca llena de migas—. ¡Eres el "hombre del pan"!
—No, no es nada —sonrió Rikuo, un poco avergonzado.
El nieto de Hagoromo Gitsune se sentó en su pupitre, muy satisfecho consigo mismo. Había realizado su buena acción del día. Ayudar a sus compañeros, hacer feliz a la gente, ¡eso era ser una buena persona! ¡Eso era ser un humano responsable! O eso pensaba él. Su abuela no lo entendía. Aunque había pasado por muchas reencarnaciones y había vivido entre la gente corriente, ella seguía siendo una yokai pura.
Rikuo estaba tan absorto en sus pensamientos que no captó la conversación de dos chicas que hablaban de él a sus espaldas.
—Ese Abe es un buenazo, ¿no crees? —dijo la de la derecha.
—Desde luego —aseveró la jovencita de la izquierda—. No sólo trae el pan y hace fotocopias de sus apuntes para todos, sino que le pedí que se encargase de mi turno de limpieza y aceptó sin poner pegas. A veces me pregunto si no nos estamos aprovechando de él.
—¿Qué importa? —se encogió de hombros su compañera—. Él es el que se lo ha buscado. Si quiere hacer el trabajo de los demás, es su problema.
—Lo sé, lo sé, jajajaja —se rió la otra.
De repente, la chica sufrió un empujón por detrás.
—¡Hey! ¡Mira por donde andas! —se quejó.
Quien la había empujado era otra estudiante de clase, de pelo negro y ojos apagados. Portaba un montón de papeles, bolsas y amuletos. En vez de disculparse, miró de reojo a la chica a la que había atropellado y bufó con desdén.
—¿Eh? —se extrañó la otra. No se esperaba aquella reacción. Intentó provocar una discusión al respecto, pero su amiga la retuvo.
—Déjala, Ayumi, no merece la pena. Es la rarita de Keikain, la que siempre está con todo el rollo de los yokai. Tú ni caso, haz como si no existiera.
Keikain Yura siguió su camino. Ya estaba habituada a que chismorreasen sobre ella, pero no soportaba que se riesen de Rikuo. Ella también había cambiado mucho en aquellos cuatro años. Seguía siendo una estudiante modelo apreciada por los profesores, pero su afición por el tema de los yokai y las técnicas onmyoji se había disparado desde aquel fatídico incidente con el autobús. Lo último que recordaba antes de perder el conocimiento fue haberse enfrentado a horribles ogros que querían matar a todos los ocupantes del vehículo. Sin embargo, cuando se despertó, lo hizo en su cama de la casa ancestral de los Keikain. Su abuelo le había dicho que habían sufrido un accidente, pero que todos estaban sanos y salvos. Yura preguntó por los yokai, pero nadie le dio una respuesta satisfactoria. Cuando volvió a clase, ningún estudiante recordaba a los ogros, sólo hablaban de un desprendimiento de rocas y nada más. La pobre niña inquirió, preguntó e investigó, pero sólo consiguió que sus compañeros empezasen a mirarla con malos ojos.
Sólo Rikuo había estado de su parte. Él se había librado del accidente gracias a su buena suerte, pero por alguna razón se sentía culpable. Yura no podía quitarse de la cabeza su reencuentro, dos días después del incidente.
00000
Pasillo de la escuela primaria, cuatro años atrás
Yura estaba perpleja. Frente a ella, el habitualmente extrovertido Rikuo estaba mortalmente serio. Parecía incapaz de mirarla a los ojos y, en su lugar, apuntaba su vista al suelo.
—Lo siento —musitó el niño débilmente.
—¿Qué? —se extrañó Yura, cada vez más confusa.
—Lo siento —repitió Rikuo con la voz entrecortada—. Siento haber dicho que los yokai son todos buenos, siento haberme enfadado contigo, siento no haber estado allí cuando ocurrió lo del autobús...
—Para, para, Rikuo —le interrumpió Yura, sonriendo por primera vez desde que ocurriese el accidente—. Estás demasiado serio, este no eres tú. No fue culpa tuya. De hecho, me alegro de que no estuvieras ahí. Si no, podría haberte ocurrido algo peor.
Dejó de hablar. Sus palabras parecían haber surtido el efecto contrario del esperado. En vez de animar a Rikuo, lo único que estaba consiguiendo era que apretase los dientes con fuerza. Algo le dolía por dentro. ¿La culpa del superviviente? Recordaba a su primo Akifusa hablar de algo parecido, de onmyoji deprimidos tras la muerte de un compañero por no haber estado allí en el momento de su desgracia.
Yura volvió a intentarlo, quitando hierro a lo ocurrido.
—Vamos, Rikuo, tampoco ha sido para tanto. ¿Ves? —la niña agitó sus brazos delante de la cara de su amigo—. Estoy perfectamente. Todos están bien. Las rocas sólo volcaron el autobús, nada más. En ningún momento corrimos peligro de verdad.
—Tú no piensas eso —la cortó Rikuo, incluso más sombrío que antes—. Sé lo que has estado diciendo. Que había monstruos en el túnel. Ogros. Yokai. Que os atacaron y que os salvasteis de milagro.
La descendiente de los onmyoji no replicó. Rikuo tampoco añadió más palabras. Al cabo de unos segundos de incómodo silencio, Yura dijo:
—¿Tú no te ríes? En clase se burlan de mí. En mi familia saben algo, pero a mí no me lo cuentan. Estoy empezando a pensar que estoy loca de verdad.
—¡No! —Rikuo saltó de repente. En sus ojos había un brillo apasionado—. ¡Yo te creo! No me preguntes cómo, pero estoy convencido de que lo que dices es cierto. ¡Seguro! Te prometo que desde hoy dejaré de hacer el tonto y seré alguien responsable, alguien en quien se pueda confiar.
Yura no acababa de entender muy bien qué le pasaba a Rikuo por la cabeza y por qué estaba mezclando una cosa con otra, pero el simple hecho de que su mejor amigo creyese en ella le daba ánimos y fuerzas para continuar.
—Gracias, Rikuo. Muchas gracias —sonrió la niña. Y esta vez Rikuo le devolvió la sonrisa.
00000
Cuatro años habían pasado desde aquella ocasión y en Rikuo se había operado un cambio increíble. Incluso sus notas se habían disparado hasta casi competir con las de Yura. El niño gamberro y travieso había dado paso a un estudiante modelo, un compañero de clase responsable y un buen samaritano. Sin embargo, Yura no podía evitar pensar que su amigo se estaba forzando a sí mismo, que había algo antinatural en su comportamiento.
Por eso, cuando Rikuo saltó como un resorte de su asiento para ayudarla con los trastos que estaba llevando a su taquilla, Yura se negó.
—No, Rikuo, no hace falta. Puedo yo sola.
—Vamos, Yura, insisto —antes de que pudiera evitarlo, el chico ya había trasladado la mayor parte de la carga a sus manos, sin que se cayera un solo papel—. Si no puedo ayudar a mi mejor amiga, ¿a quién voy a ayudar?
Yura se rindió. En el fondo, debía reconocer que ella era bastante torpe para las tareas corrientes. Si Rikuo no le hubiese echado una mano, fijo que sus cosas se habrían desparramado por el suelo tarde o temprano. Los dos amigos llegaron a la zona de taquillas. Yura fue metiendo los trastos en su cabina mientras Rikuo se los iba pasando. Había papeles, amuletos, pulseras, piedras mágicas y demás parafernalia exorcista que la niña iba acumulando en el reducido espacio sin contemplaciones, en un revoltijo desordenado que parecía a punto de caerse en cualquier momento. Rikuo no hizo ningún comentario al respecto. Sabía que su amiga aceptaba su ayuda a regañadientes, así que si ahora se ponía a ordenar la taquilla en su lugar, estaba convencido de que se ganaría una bronca.
De repente, Yura le preguntó a bocajarro:
—Rikuo, ¿te está amenazando alguien?
—¿Eh? ¿A qué viene eso? —se extrañó el chico.
Tras colocar el último objeto en la taquilla, la joven onmyoji se encaró con él.
—¿Haces favores a la gente porque te apetece de verdad? ¿O hay algún motivo detrás? Si hay algún abusón que te está presionando, dímelo y...
—¡No, no, qué va! —repuso Rikuo, alarmado por la seriedad de su amiga—. Sólo quiero tener una vida tranquila y hacer feliz a la gente. Me siento bien haciendo favores a los demás. ¡Eso es ser buena persona!
—¡Eso es ser un tonto! —Yura le apuntó con el dedo—. ¿No te das cuenta, Rikuo? ¡Todos te están utilizando! Vale, no te odia nadie, es verdad, pero así tampoco estás haciendo amigos. ¿Es eso lo que realmente quieres?
Rikuo reflexionó. Sí, aunque no quisiera reconocerlo, había algo de verdad en las palabras de su amiga. Tras su fachada habitual de estudiante formal y apocada, había una cara de Yura apasionada y poco delicada. Sin embargo, su amiga siempre era honesta, con ella misma y con los demás, algo de lo que él mismo no podía presumir. Quizás se estaba equivocando con su estrategia para disfrutar de unas relaciones humanas normales y corrientes.
—Yo sólo quiero llevarme bien con la gente —confesó Rikuo—. ¿Tan difícil es?
—Si eso es lo que quieres, deberías centrarte en otras cosas. No sé, por ejemplo, charlar sobre deportes, sobre los programas de la tele que son más populares, cosas así. Aunque tampoco soy la persona indicada para decirte eso —Yura se deprimió un poco—. Tú eres mi único amigo de verdad. Los demás me miran raro.
Rikuo decidió cambiar de tema para animar a su compañera.
—¿Aún sigues queriendo ser una onmyoji? Por lo que veo, has llenado la taquilla de objetos para hacer exorcismos. ¿De dónde los has sacado? Pensaba que tu abuelo te tenía prohibido acercarte a la biblioteca y a los almacenes de la casa Keikain.
Yura le dedicó un guiño de complicidad.
—Algunos los he fabricado yo, pero la mayoría se los he robado a mi hermano. Ryuji nunca se entera de nada.
—Eso está un poco feo —repuso Rikuo con cierto tono de censura en su voz.
—¡Es culpa de mi abuelo! —protestó su amiga—. No sólo no quiere entrenarme como onmyoji, sino que les ha prohibido a los demás miembros de la familia que lo hagan. ¡No es justo! Mi primo Akifusa ha estado estudiando para ser exorcista desde que tenía tres años. ¿Por qué yo no? No importa. Si no me enseñan, aprenderé por mi cuenta, y si no me dan trabajo, lo buscaré yo sola. ¡Mira!
Yura le enseñó a Rikuo un folleto de publicidad a una cara. En grandes chillonas letras amarillas ponía: "Keikain Yura, exorcista especializada. ¿Hay fantasmas en su casa? ¿Los kappas estropean su jardín? ¿Por las noches ve muertos? ¡No se preocupe! Llame ahora al...". El chico dejó de leer a partir de ahí y miró a su amiga sin saber qué responder.
—Es... bueno, um... —trató de articular palabras, pero Yura ya tenía bastante entusiasmo por los dos.
—¿A que está bien? He repartido como unos cien por el barrio. ¡Y ya han llamado!
—¿De verdad? —se sorprendió Rikuo. Al parecer había gente para todo, incluso para pedir un exorcismo a domicilio a una niña de doce años.
—¡De verdad! —asintió Yura—. Es un tal señor Usami, el anciano que tiene la tienda que hay al lado de la estación Oeste. Dice que hay un espíritu rondando su kiosko y que su salud está empeorando por su culpa.
—No sé yo si... —empezó a decir el joven señor de los Abe, no muy convencido, pero entonces la campana sonó y Yura y Rikuo tuvieron que regresar corriendo a clase antes de que la profesora les pillase fuera de sus pupitres.
Las clases transcurrieron sin mayor novedad. Al sonar la campana que ponía fin al horario escolar, varios alumnos haraganearon en sus pupitres, formando un corrillo para charlar de sus cosas. Yura estaba demasiado ocupada guardando sus libros y algunos amuletos en la mochila, pero Rikuo decidió acercarse. La vida en la Mansión Abe no le había preparado para socializar de manera normal y corriente, así que si quería saber lo que era la vida de un estudiante humano debía hacer un esfuerzo extra.
—¡Hola, chicos! —saludó el joven señor a sus compañeros reunidos—. ¿De qué estáis hablando?
Los otros jóvenes uniformados lo miraron asombrados. No estaban acostumbrados a que Rikuo se uniera a las conversaciones así como así. Sin embargo, no le dieron mayor importancia y le hicieron un hueco en el corro.
—Estamos charlando sobre el programa del "Templo de la Destrucción del Mal" de anoche. ¡Fue una pasada!
—¿"Templo de la Destrucción del Mal"? ¿Qué es eso? —preguntó Rikuo.
—¿No lo conoces? —se sorprendieron sus compañeros—. Tío, ¿pero tú que haces por las noches? ¡Es el programa de televisión número uno de Japón! Es un reality show sobre el famoso medium Bandain Daikaku, que se dedica a hacer exorcismos y acabar con los espíritus malignos. ¡Es genial!
Rikuo trató de hacer memoria. Ahora que lo pensaba, habría jurado que la noche pasada había visto un espectáculo parecido en la televisión.
—Decidme, ¿ese Bandain Daikaku es un monje budista algo gordo, que siempre tiene los ojos cerrados y una voz muy suave pese a lo grande que es? —inquirió el chico.
—¡Sí, ese mismo! —asintieron los demás—. Vaya, Abe, estás más al loro de lo que pareces. Lo cierto es que Bandain Daikaku se ha montado todo un negocio alrededor del programa. Yo incluso tengo su disco de música. Si quieres, te consigo una copia.
—¡No, no! —negó Rikuo, un tanto cohibido—. Anoche fue la primera vez que vi el programa. No sé, a mi me dio un poco de miedo.
—¿Miedo? ¡Anda, Abe! —un chico le dio una palmada en la espalda a Rikuo—. Sólo los yokai deberían tener miedo de un auténtico medium.
Los compañeros de clase se rieron con ganas ante aquel comentario. El joven señor no sabía como responder. Lo cierto era que él sí tenía sangre de yokai. No mucha, pero tenía. Quizás era por eso que le había inquietado aquel monje tan sonriente de la pantalla, o quizás no. Había algo extraño en aquel exorcista, pero no sabía explicar el qué.
Las risas cesaron de repente cuando una molesta Yura saltó de su asiento con la mochila al hombro y exclamó:
—¡No seáis idiotas! Ese Bandain Daikaku es un farsante, no hace verdaderos exorcismos. Todo es un timo para sacarle dinero a la gente, os lo digo yo.
—¡Mira quien fue a hablar, Keikain! —respondió una estudiante ofendida—. ¿Acaso tú no vas también de exorcista por la vida? Lárgate y métete en tus asuntos.
Yura no se dignó a responder y salió de clase. Rikuo se apresuró a ir tras ella.
—¡Yura, espérame!
Lo joven descendiente de los onmyoji de Kioto se detuvo en las escaleras.
—Lo siento, Rikuo —suspiró la chica—. No quería armar ese follón. Es que no puedo soportar a todos esos farsantes que se aprovechan de los miedos de la gente. ¡Son ellos los que nos hacen quedar mal a los exorcistas de verdad!
—Tranquila, Yura —la apoyó su amigo con una sonrisa—. Seguro que tú te conviertes en una onmyoji en la que la gente pueda confiar.
—Gracias, Rikuo. Tú sí que eres un buen amigo. Ahora debes disculparme, tengo que ir rápido a la tienda del señor Usami si quiero terminar el exorcismo a tiempo para ir a cenar a casa.
La joven Keikain se marchó y Rikuo volvió a clase. Los compañeros del corrillo habían cambiado de conversación y ahora hablaban de la liga de beisbol. "De eso sí que no tengo ni idea", se lamentó el joven señor. Si quería socializar más, debería informarse de un montón de actividades humanas que debía reconocer que, en el fondo, no le llamaban demasiado la atención. De repente, cuando se disponía a recoger sus cosas, vio que Yura se había dejado dos cuadernos en su pupitre. Normalmente se los habría guardado hasta el día siguiente, pero la profesora había mandado deberes para casa. Tenía que devolverle los cuadernos a su amiga cuanto antes.
"A ver si recuerdo dónde estaba esa tienda", pensó Rikuo.
00000
Kiosko Usami, junto a la estación Oeste de Kioto
La tienda del anciano señor Usami era tanto un kiosko de prensa para los viajeros de la estación como un pequeño negocio de ultramarinos al que podían acudir los vecinos y transeúntes a horas intempestivas para una compra rápida. Era una tienda con solera, alguien habría dicho incluso que era vieja y obsoleta. El histórico edificio había aguantado intacto la Segunda Guerra Mundial, pero ahora se encontraba amenazado por la hambrienta renovación urbanística. A ambos lados imponentes bloques de pisos encajonaban el Kiosko Usami y el dueño ya había recibido varias ofertas para vender sus terrenos. Sin embargo, el anciano siempre se negaba. Había heredado aquella tienda de manos de su padre y quería conservarla para su nieta, que había demostrado mucho interés en asumir el negocio. Por desgracia, su situación se había visto comprometida. El edificio empezaba a sufrir continuas averías y su propia salud se estaba deteriorando. Criado en una familia tradicional, el pobre hombre estaba convencido de que aquello era obra de espíritus malignos. Necesitaba la ayuda de un profesional. Había sido una suerte encontrarse con aquella niña repartiendo folletos. Ya la había visto antes, a menudo comprando chucherías en su kiosko, e incluso él había oído hablar del clan Keikain de onmyoji. Si alguien podía ayudarlo, era ella.
Para su sorpresa, empero, habían ocurrido una serie de acontecimientos que iban a complicar sobremanera su situación. Por eso, cuando la jovencita onmyoji entró en la tienda, lo primero que hizo fue pedirle disculpas.
—Ay, Keikain-chan, lo siento mucho. Verás, ha habido un contratiempo, o mejor dicho, un evento afortunado. Mi caso ha despertado la atención de gente muy superior. Estoy honrado.
—¿Eh? —Yura no entendía nada.
—Lo siento de nuevo, estoy viejito y no me sé expresar bien. Será mejor que vengas a la cocina y lo hablemos. Vamos —la invitó el amable aunque enfermizo anciano.
Yura lo siguió. Mientras se adentraba en la parte trasera del kiosko, que hacía las veces de vivienda del señor Usami, inspeccionó el interior del edificio. Lo que vio la llenó de desilusión. En aquel lugar no había ni rastro de energías espirituales o demoníacas. No, sólo era un edificio viejo y lleno de polvo, lo que explicaba los recientes problemas de mantenimiento y salud de su dueño. Lo que de verdad necesitaba no era un exorcismo, sino una limpieza completa. Una lástima, porque a Yura las labores domésticas se le daban de pena.
Cual no sería la sorpresa de la joven onmyoji cuando encontró en la cocina del señor Usami al famoso medium de la televisión, el monje Bandain Daikaku. El exorcista estaba acompañado de dos hombres trajeados de aspecto sospechoso.
—Vaya, así que esta es la onmyoji de la que me has hablado —sonrió Daikaku con falsa amabilidad—. Es más joven de lo que me esperaba. Aún así, lamento decirte que ni siquiera con los poderes de los legendarios exorcistas de Kioto podremos salvar tu tienda. ¿No lo notas? El aire está viciado de demonios.
—Yo... yo... —el dueño estaba destrozado—. ¿Eso significa que tengo que abandonar este kiosko? Pero si es la única herencia que le puedo dejar a mi nieta.
—Es la única solución —insistió el monje con su voz suave y convincente. Una sonrisa de codicia asomó a los labios de sus dos acompañantes.
Yura se enfadó.
—¡Señor, no le haga caso a este farsante! Le puedo asegurar que este lugar no tiene demonios. Sólo necesita limpiar el polvo, arreglar los desperfectos y desinfectar los cuartos. Aunque sea una onmyoji, sé que no todo lo malo en este mundo es obra de los espíritus.
Sus palabras no le hicieron ninguna gracia a Bandain Daikaku. El monje abrió los ojos por primera vez, unos ojos negros llenos de malicia, y agitó una pulsera ceremonial delante de la cara de Yura, tratando de intimidarla y arrinconarla contra una esquina.
—¡¿Lo ve, señor Usami? ¡La chica ha sido poseída por los yokai! ¡Ni siquiera una onmyoji está a salvo en esta tierra maldita! ¡Debe deshacerse cuanto antes de este podrido edificio antes de que sea demasiado tarde!
—Señor monje, si cree que me va a hacer callar tan fácilmente, está usted muy equivocado —dijo Yura, a punto de sacar un shikigami de su mochila. La fortuna no estuvo de su parte. Mientras concentraba su atención en Bandain Daikaku, uno de los secuaces del falso exorcista se acercó por detrás y le dio un golpe en la cabeza con la culata de su pistola.
—Pero qué cría más molesta —se quejó el hombre trajeado. Luego apuntó con su arma al pobre señor Usami, que temblaba de miedo en el suelo de la cocina—. Nuestro amigo Bandain siempre quiere hacer las cosas por las buenas, pero el jefe no esperará más. Firme ahora estos papeles cediendo sus terrenos a la Corporación Shuei o tendrá la muerte de esta niña en su conciencia.
00000
Cuando Rikuo llegó al Kiosko Usami se encontró un escenario lamentable. Dos matones de aspecto mafioso montaban guardia junto a la puerta, fumando e intercambiándose pullas. Mientras, un débil anciano sollozaba en la acera, incapaz de levantarse. Los transeúntes evitaban todo contacto visual con él y pasaban de largo. El cielo se estaba oscureciendo rápidamente y pronto se haría de noche.
—¿Es usted el señor Usami? —le preguntó Rikuo al hombre lloroso. Él pobre viejo asintió con los ojos enrojecidos. El chico inquirió entonces—: ¿Ha estado aquí mi amiga Yura? Le tengo que devolver unos cuadernos.
—¡Ellos se la han llevado! —el anciano señaló con desesperación a los matones—. ¡Me prometieron que no le harían daño si firmaba las escrituras, pero mintieron! ¡Ahora no sólo he perdido la tienda de mi padre, la tienda que iba a ser para mi nieta, sino que una pobre niña que sólo quería ayudar está en peligro por mi culpa!
—¿Pero qué dices, viejo patético? —se rió uno de los dos bravucones—. Este terreno ha sido legalmente adquirido por la Corporación Shuei y, desde luego, no hemos visto a ninguna niña por aquí. ¿Está claro?
Como para reforzar sus palabras, el matón dejó ver bajo su camisa la culata de una pistola. Su compañero hizo lo mismo. El anciano se cohibió y trató de llamar la atención de los viandantes, sin éxito. Por su parte, Rikuo fijó su atención en un objeto que podía distinguir en el pasillo central del kiosko incluso desde la calle, porque lo conocía muy bien. Era la mochila de Yura, su preferida, la que había llevado todos los días desde que empezase la secundaria.
—¿Qué miras, niñato? —se mosqueó uno de los hombres de la Corporación Shuei.
—Esa es la mochila de mi amiga Keikain Yura —señaló Rikuo—. ¿Dónde está?
—¿Es que estás sordo? ¡He dicho que no hemos visto a ninguna criaja estúpida, así que lárgate de aquí de una vez! —le gritó el matón, arrojándolo al suelo de una patada en el estómago.
Los dos músculos de alquiler se rieron con evidente malicia, pero sus risas se ahogaron en sus gargantas cuando el niño se levantó de un salto y empezó a crecer. Sí, sí, a crecer. Se estaba volviendo más alto, su pelo estaba alargándose y adquiriendo un color blanco inmaculado, y uno de los sicarios habría jurado ver moverse algo raro detrás del uniforme escolar.
Como un rayo, el chico recién transformado golpeó las rodillas del primer matón, lanzó al segundo contra la pared del kiosko y arreó al primero una patada inmisericorde en su entrepierna antes de que se pudiera incorporar de nuevo. El segundo ya intentaba alcanzar su pistola, cuando Rikuo se la arrebató con limpieza y lo estampó una vez más contra la pared mientras lo sujetaba del cuello. Sus ojos rojos se clavaban en los del humano, que no pudo evitar mearse de miedo en los pantalones. Aquello no era normal, no señor.
—Estoy muy, muy enfadado —el tono de Rikuo no sólo se había vuelto más grave, sino que su forma de hablar era ahora chulesca y blasfema—. Cuando creo que le he cogido el truco a esto de parecer humano y he conseguido no transformarme en más de seis meses, basta que aparezcan unos capullos como vosotros para que me hierva la sangre. Eso ya os garantizaría una paliza de mi parte, pero habéis cometido un crimen mucho mayor. Nadie hace daño a mis amigos, ¿lo entiendes? ¡Nadie! Ahora me vas contar con pelos y señales lo que habéis hecho con Yura si no quieres sufrir la ira de los demonios de Kioto.
00000
Almacén de la Corporación Shuei, afueras de Kioto
Un grupo de yakuza pulcramente trajeados estaba arrodillado frente a una gran estatua de Buda. Mas los mafiosos japoneses no estaban allí para rendir homenaje al bodhisattva, sino a un monje con muchos menos escrúpulos que el santo de la India. Bandain Daikaku, el falso exorcista, agradecía con humildad los parabienes y la bolsa de dinero que el jefe de los yakuza le ofrecía. Algunos de los pistoleros no entendían por qué su líder se rebajaba hasta tal punto ante un famoso de la televisión.
—No entendéis nada —silenció las quejas uno de los veteranos—. Bandain Daikaku no es sólo un viejo amigo del jefe, sino que gracias a él nuestro grupo ha ganado millones de yenes. Él echa a los ocupantes de los terrenos con todo ese rollo de los yokai y espíritus malignos, y luego la Corporación Shuei los compra a bajo precio para construir bloques de pisos, de oficinas, de lo que sea. Es un método infalible.
Los yakuza novatos asintieron con un renovado respeto por el seboso medium, que entonces estaba tratando con el jefe mafioso sobre cómo resolver el último cabo suelto que quedaba del asunto Usami.
—¿Qué haremos con la chica? —preguntó el monje.
Yura se encontraba en aquel momento atada de pies y manos en el suelo, incapaz de moverse. Aunque le dolía la cabeza por el golpe que la había dejado inconsciente, aún tenía fuerzas para gritar:
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Eres un maldito farsante! ¡Suéltame ahora mismo! ¡Si tuviera mis shikigami a mano, ya verías lo que es una auténtica onmyoji!
Los yakuza se burlaron de ella. Bandain Daikaku esbozó una sonrisa maliciosa y lasciva.
—¡Oh, qué desgracia! ¡Los demonios se han apoderado del cuerpo de esta chica! Creo que tendré que exorcizarla de manera más íntima... —dijo mientras se disponía a desabrocharse los pantalones.
—No la estropees demasiado, amigo mío —el jefe yakuza estudió a Yura con ojos calculadores—. Tengo contactos en Tokio que estarían dispuestos a pagar una buena suma por carne virgen, no sé si me entiendes.
La joven onmyoji se puso lívida. No, ese no podía ser su destino. Ella debía ser la mejor exorcista de Japón, no una esclava. Por favor, que alguien la ayudase, que alguien...
—Aparta tus sucias manos de la chica, gordo asqueroso.
Todos los presentes se quedaron de piedra. En la entrada del almacén había aparecido la silueta de un joven estrafalario. Largo pelo blanco sobre los hombros, traje de cazador de la época clásica Heian, cola de zorro a la espalda, espada de madera en la mano derecha y mirada asesina en los ojos. Abe no Rikuo no estaba para chistes en aquel momento.
—¿Hay una convención de chalados hoy o qué pasa? —exclamó el lugarteniente del líder yakuza—. Tú, bicho raro, si te crees tan valiente, entra y coge a la cría tú mismo.
—Gracias por la invitación —sonrió Rikuo con confianza.
De un asombroso salto, fruto de su agilidad kitsune, se plantó al otro lado de la estancia, justo donde Yura forcejeaba para librarse de sus ataduras. Rikuo estaba liberándola cuando Bandain Daikaku esgrimió una espada con grabados budistas frente a su cara.
—¡Te reconozco, demonio! ¡Kitsune es el nombre de tu ralea! Tus poderes oscuros no pueden nada contra la santidad de un servidor de Buda. ¡Regresa a las sombras!
El joven señor de los seres sobrenaturales de Kioto no se esperaba aquel movimiento. Al parecer, aunque Bandain Daikaku era ciertamente un estafador, sí poseía algunos conocimientos básicos de exorcismo. El monje dirigió un tajo envenenado a los órganos vitales de Rikuo, pero este lo esquivó con facilidad y blandió su bokuto de entrenamiento para poder desviar cualquier otro ataque. No hacían falta tantas precauciones, sin embargo. Bandain Daikaku había llevado una vida llena de placeres y eso se notaba en su patética forma física. El sudor brotaba a chorros de su frente a pesar de que la pelea apenas había empezado.
—Reconozco que te he subestimado, Bandain —admitió Rikuo a regañadientes—, pero sigues siendo un monje de pacotilla. ¡Aprende a temer la oscuridad!
Con un solo golpe de su espada de madera, desarmó al falso exorcista y lo lanzó por los aires. El gordo estafador aterrizó de cara, rompiendo su nariz y sus dientes. Ya no se movió.
—Agradece mi piedad. Si hubiese traído una katana de verdad, ahora estarías muerto. Espera, ¿qué pasa...? —Rikuo fue interrumpido por una lluvia de disparos.
Los mafiosos se habían quedado paralizados en un primero momento, pero no se iban a dejar intimidar fácilmente por un loco vestido de samurai, por muy hábil que fuese. A fin de cuentas, una espada de madera no podía ganar a las armas de fuego. Siguiendo las órdenes del jefe y su lugarteniente, los yakuza se coordinaron para llevar a Rikuo hasta una de las esquinas del almacén.
—¡Ja! —se vanaglorió el segundo al mando—. ¡Estás atrapado!
—No, no —negó Rikuo con aire travieso—. Sois vosotros los que estáis atrapados.
—¿Qué dices? —se extrañó el matón. Aquel joven estrafalario era muy valiente o muy suicida.
—Mirad a vuestra espalda.
Debía ser una trampa, seguro, pero más de uno de los sicarios se dio la vuelta. Cuando lo hicieron, un grito de horror asomó a sus gargantas.
Por culpa del caos que había montado Rikuo en el almacén, nadie se había percatado de que Yura había quedado libre. Esto en sí no habría supuesto mayor problema para unos hombres duros y avezados como ellos, pero se les había pasado por alto otro detalle. El tramposo kitsune había tenido la oportuna idea de traer consigo la mochila de su amiga y ahora la joven onmyoji disponía de todo un arsenal exorcista a su disposición. Simples monigotes de papel se habían convertido en un lobo gigante y un ciervo furioso bajo sus órdenes.
—Tanro, Rokuson —dijo Yura con una ira fría en sus ojos—. Los quiero vivos, pero estoy segura de que podrán sobrevivir sin un brazo o una pierna.
Por toda respuesta, los animales saltaron sobre los infortunados yakuza. Los que no eran embestidos por los afilados cuernos de Rokuson se tenían que enfrentar a las hambrientas fauces de Tanro. Sus disparos eran inútiles contra aquellos seres, porque eran deidades ceremoniales que aguantarían tanto tiempo como durara la concentración de su ama. Keikain Yura ya no era la niña pequeña e inexperta que había sido fácilmente reducida por los ogros cuatro años atrás.
—¡Agh! ¡Para, para! ¡Nos rendimos, pero detén a tus bestias, por favor! ¡No, mi brazo noooo...! —gritó de dolor el jefe mafioso.
Desde una posición privilegiada en lo alto de unas cajas, Rikuo contemplaba la escena con divertimento. Estaba claro que Yura ya no necesitaba que la echaran ninguna mano. Es más, gracias a su fino oído yokai, advirtió que se aproximaban al recinto sirenas de la policía. Evidentemente los disparos habían llamado la atención de ciudadanos preocupados. En cuanto los agentes entraran en el lugar, encontrarían pruebas suficientes para cerrar el ilícito negocio de la Corporación Shuei y el señor Usami recuperaría su tienda.
Ya se disponía a marcharse cuando Yura exclamó:
—¡Tú! ¡Kitsune! ¡Detente ahora mismo!
Rikuo obedeció, más por curiosidad que por miedo a la joven onmyoji.
—¿Por qué me has ayudado? ¿Quién se supone que eres? —exigió saber Yura. A su alrededor, los matones estaban tirados boca abajo en el suelo, incapaces de moverse so pena de sufrir un mordisco por parte del feroz Tanro.
—¿Quién soy? —repitió Rikuo, como si él tampoco supiera la respuesta—. Soy un amigo —se limitó a decir finalmente, guiñándole un ojo a la perpleja Yura.
El joven señor de los yokai de Kioto se adentró en la oscuridad de la noche. Sentía la energía corriendo por sus venas, pero sabía que no duraría. Una vez la luz del sol asomase de nuevo en el firmamento, volvería a ser el amable y responsable Rikuo de siempre. ¿Debería alegrarse? No sabía qué pensar. Cuando estaba en su forma humana, sólo quería tener una vida corriente y moliente. Las poquísimas veces que había despertado su sangre de kitsune desde aquel incidente con Gairota, en cambio, tenía la necesidad de luchar, hacer trampas, vivir las oscuras emociones que de día reprimía. Si los miembros de su clan le hubiesen visto en aquel momento, habrían corrido a ponerse bajo sus órdenes. Era lógico, era natural... y también era inquietante.
Rikuo se miró las manos. Esta vez estaban libres de sangre. En un primer momento su instinto le había pedido llevarse una de las espadas auténticas que estaban colgadas de las paredes de la Mansión Abe, pero su conciencia había optado por un humilde bokuto de madera. Hacía cuatro años que no podía quitarse aquella espantosa imagen de la cabeza: manchas rojas en sus manos y la cabeza del líder ogro rodando por el asfalto. Sus subordinados le habían vitoreado, pero él se había sentido enfermo. Si eso significaba ser el jefe de los yokai, prefería ser el humano inofensivo de siempre.
—Al menos esta vez nadie de casa me ha visto transformarme —se atrevió a decir en voz alta.
Mientras se alejaba de camino a su hogar, Rikuo no prestó atención a una oscura figura que lo observaba desde lo alto de una cisterna de agua.
—Ay, mi querido Rikuo, con qué facilidad te engañas —susurró para sí misma Hagoromo Gitsune con una maliciosa sonrisa en sus labios—. Más sabe la kitsune por vieja que por kitsune.
00000
Escuela secundaria
Al día siguiente Yura se había convertido en una pequeña celebridad. En las radios locales y en los periódicos de la ciudad de Kioto la noticia del día era la detención del famoso medium televisivo Bandain Daikaku y de los responsables de la Corporación Shuei por delitos de estafa, intimidación, secuestro y posesión ilegal de armas. Todos los informes añadían también que los arrestos habían sido posibles gracias a una estudiante de secundaria que había plantado cara a los yakuza. Por supuesto, los periodistas no habían dado su nombre completo, pero entre las iniciales y las declaraciones de algunos testigos oculares que habían visto parte de los sucesos del Kiosko Usami, los alumnos del colegio habían sumado dos y dos y habían llegado a la conclusión de que Keikain Yura era la joven heroína mencionada.
La onmyoji era demasiado honesta para mentir, pero hubiera preferido librarse de toda esa atención indeseada. Le parecía especialmente hipócrita que muchos de los que antes se habían burlado de ella estuviesen dándole ahora palmaditas de ánimo en la espalda. Afortunadamente, Rikuo la salvó de sus admiradores con la excusa de que necesitaba ayuda para llevar unas cosas a la sala de profesores.
—Me han contado lo que te pasó, Yura. Me alegro mucho de que estés bien —le dijo Rikuo con evidente alivio—. Ojalá te hubiese acompañado a hacer el exorcismo.
—Qué va, si al final ni siquiera había yokai en la tienda. Estoy un poco decepcionada —musitó Yura.
—¿Decepcionada? —se asombró Rikuo—. ¡Pero si dicen que inmovilizaste tú sola a toda una banda yakuza!
—No, yo sola no —Yura agarró del brazo a Rikuo, acercando su cara a la de él, y en tono confidencial le susurró—: Había alguien más en aquel almacén. Un yokai.
—¿Un yokai? —Rikuo fingió sorpresa—. ¿Estás segura?
—Segurísima —asintió su amiga con convicción—. Es más, te puedo decir que era un kitsune, un espíritu zorro tramposo. No sé qué le había traído hasta aquel almacén o por qué me ayudó a escapar de los matones, pero si cree que podemos ser amigos sólo por eso, está muy equivocado —de repente, Yura se sonrojó—. ¿He dicho la palabra "amigos"? ¡No me entiendas mal, Rikuo! Es que salió de la nada y entonces...
Lo que iba a explicar Yura quedó en el olvido, porque entonces sonó la campana y tuvieron que volver corriendo a clase. El aula seguía a rebosar de conversaciones y rumores, cuando la profesora entró y ordenó guardar silencio.
—Vamos, chicos, un poco de calma. Yo también he leído las noticias. Sin embargo, espero que podáis prestar un poco de vuestra atención para dar la bienvenida a una nueva compañera. Es una estudiante que ha tenido que transferirse recientemente desde el municipio de Ukiyoe, en la prefectura de Tokio. Sed buenos con ella, por favor.
La clase volvió a llenarse de pláticas entre los estudiantes. ¿Una compañera nueva, así de pronto, en mitad del curso? Qué raro. ¿Y venía de Tokio? Hum, pensaron los chicos, se decía que las jovencitas de Tokio eran muy guapas. Los rumores se vieron confirmados cuando entró la recién llegada. Muchos quedaron maravillados por sus ojos azules, por su cálida sonrisa y por su larga melena, que alguno habría jurado que no era negra sino que estaba escalonada en varias capas de azul, aunque no parecía teñida. El único punto discordante en la, por otra parte, excelente primera impresión era la bufanda blanca que llevaba al cuello, un tanto incongruente en plena primavera.
Con seguridad y aplomo, la tokiota se presentó ante sus nuevos compañeros:
—Me llamo Tsurara, Oikawa Tsurara. Mucho gusto en conocerlos.
Notas adicionales:
¡Muchas gracias a todos por vuestros comentarios! Sinceramente, no esperaba una respuesta tan positiva. En cualquier caso, yo seguiré escribiendo mientras haya alguien a quien le guste este universo alternativo. A fin de cuentas, no es mal entrenamiento para conseguir soltura a la hora de escribir.
Y como siempre, la hora de los detalles:
* El falso exorcista, el anciano Usami y los yakuza de la Corporación Shuei no son OCs, sino personajes del oneshot que dio pie luego a la publicación de la serie de Nuramago propiamente dicha. Quizás alguien haya visto las semejanzas de este capítulo con el oneshot. Lo he utilizado como base porque es un ejemplo en el que Rikuo tiene una única amiga llamada Yura (Usami) y en el que se encuentra algo más cómodo con sus poderes yokai.
* "Abe no Rikuo" es una construcción del nombre al estilo antiguo y es la que utiliza en casa. En el colegio (y en el mundo humano en general), utiliza la forma "Abe Rikuo".
* Si alguien se extraña porque a Yura le prohíban aprender exorcismo, hay que recordar que en este universo nunca hubo maldición de Hagoromo Gitsune que matara a los herederos del clan. Hay suficiente gente en la familia Keikain como para que un abuelo cariñoso se pueda permitir el lujo de desear una profesión menos peligrosa para su nieta favorita.
Estoy haciendo una línea temporal en la que encajar todos los hechos, pasados y futuros, de este universo alternativo. Así tendré la estructura clara en mi cabeza, a menos que en el manga se produzcan cambios importantes que me obliguen a alterarlo todo. De las parejas sí puedo adelantar por ahora, para alegría de algunos, que no habrá RikuoxKana. No porque me caiga mal el personaje (o porque haya sido una petición unánime en los comentarios;), sino porque no encuentro la manera de crear un romance lógico en este universo. Yo no soy el director del primer anime y no voy a inventarme una relación sin sentido. Si alguien pregunta entonces qué razón tiene Tsurara para presentarse en Kioto así por las buenas, que lea el próximo capítulo: "La enigmática Oikawa Tsurara".
