Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo ha crecido y se ha convertido en un estudiante de secundaria serio y responsable. Lo que no quiere reconocer es que ciertas noches se transforma en yokai y arma follón. Afortunadamente, la última vez que lo hizo consiguió salvar a Yura de las garras de un falso exorcista. Justo cuando parecía que podía tomarse un respiro, aparece una nueva estudiante en clase, una chica de Tokio llamada Oikawa Tsurara.
La enigmática Oikawa Tsurara
Escuela secundaria, Kioto
Rikuo se sentía el centro de todas las miradas, y no precisamente para bien. Era una de esas situaciones en las que su afán de ayudar al prójimo estaba causándole más problemas de los que merecía. No precisamente porque la tarea fuera difícil, al contrario. A fin de cuentas, él era un alumno modelo y un compañero de clase solícito, así que no había puesto ninguna objeción cuando a la hora del descanso la profesora se había aproximado a su pupitre y le había pedido con una amable sonrisa que hiciese de guía para la nueva estudiante, Oikawa Tsurara.
—Por favor, Abe, es muy importante que se aclimate cuanto antes —le había dicho la maestra—. Ha llegado con el curso ya comenzado y si tarda en sentirse a gusto en el colegio sus notas podrían bajar. No sólo me estarás haciendo un favor a mí, sino también a ella.
Cualquiera que hubiese conocido al Rikuo de los últimos cuatro años habría predicho que su respuesta iba a ser afirmativa. El joven señor no perdía oportunidad de aceptar responsabilidades que tuvieran como objetivo el beneficio de sus iguales humanos. Lástima que no hubiese tenido en cuenta las reacciones del resto de la clase.
—¿Por qué la debe acompañar Abe? —se quejaba uno—. ¿Qué tiene él que no tenga yo?
—Mm, no sé, ¿gafas? —le respondió un despistado.
—¡No, tonto, no me refería a eso! ¿Cómo es que Abe consigue que una chica tan guapa esté pendiente de él?
No faltaban razones para este malestar. Al principio todo había entrado dentro de los cauces habituales. La profesora los presentó individualmente y Tsurara le dedicó una sonrisa cálida y simpática, bastante alejada de la habitual expresión mustia y seria de su amiga Yura (algo que jamás se atrevería a decirle a la cara a la irritable onmyoji, por supuesto). Luego la maestra ordenó que la recién llegada desde Tokio se sentase en el pupitre de al lado, para así mantener el contacto constante durante las clases. Rikuo le fue indicando todos los horarios, turnos de tareas y pequeños trucos, que la chica de extraño pelo azul absorbía con mucha atención.
Hasta ahí todo normal. Otras chicas se habían acercado a Oikawa Tsurara, para conocer cómo había sido su vida en Tokio, por qué se había mudado, qué música le gustaba o si quería apuntarse a algún club en concreto. Más de un estudiante varón había tratado de acoplarse a la conversación para ganar algún punto ante la nueva preciosidad, pero sin mucho éxito. Tanto a unas como a otros, Tsurara siempre respondía cordiales vaguedades que no llevaban a nada.
—Es que a mí los clubes no me interesan mucho —contestó a una de las últimas preguntas.
—¿En serio? Vaya —comentaron los de alrededor con algo de decepción. Más de uno se veía compartiendo sala de reuniones con la tokiota.
Fue cuando tuvieron que salir de clase cuando todo se complicó. Rikuo no tenía noción de que las actitudes sobre el espacio personal de cada uno fueran sensiblemente diferentes en Kanto que en Kansai, pero lo cierto es que Tsurara se le pegaba como una lapa. No le quitaba el ojo de encima, como si temiese que fuese a salir volando en cualquier momento. "Imaginaciones mías", pensó el chico.
Como buen anfitrión, según iban yendo de un área a otra del colegio, Rikuo le fue explicando a Tsurara dónde estaba cada cosa, desde la sala de profesores hasta el comedor, pasando por los laboratorios, los baños de cada piso e incluso los extintores ("la seguridad es lo primero", decía siempre el joven señor de los Abe). La chica de pelo azul asentía a todo lo que decía y también tenía muchas preguntas que hacerle. Para sorpresa de Rikuo, sin embargo, eran más sobre su vida privada que sobre la escuela.
—Oye, Abe-kun, ¿desde cuándo vives en Kioto? —inquirió Tsurara mientras pasaban por el aula de música.
—¿Desde cuándo vivo en Kioto? —repitió Rikuo extrañado—. Desde siempre, supongo. Nací aquí y que yo recuerde siempre he vivido en la misma casa.
—¿Cómo es tu casa? ¿Es grande o pequeña? —insistió la chica.
—Bueno, podrías decir que es bastante grande. Tenemos incluso un jardín con árboles y fuentes decorativas —respondió él, algo azorado. No le gustaba presumir de la fortuna que había acumulado el Clan Abe. Cuando la esperanza de vida de los administradores del capital se contaba por centurias, se podían establecer fructíferas estrategias de enriquecimiento a largo plazo incluso para bienes humanos que no todos los yokai apreciaban.
—¡Ah, debe ser muy bonita! —sonrió Tsurara, juntando las manos—. Kioto está llena de edificios de madera, algo que casi nunca he visto en Edo... quiero decir, Tokio. Me causa una sensación extraña y hermosa a la vez, como si viajase al pasado, al tiempo de los emperadores y las leyendas.
—Lo siento —se disculpó Rikuo, que no quería romper la ilusión de la pobre chica—. Mi casa es de estilo occidental, pero occidental de verdad. Para que te hagas una idea, sólo decirte que dormimos en camas europeas en vez de futones. Mi padre... Perdón, mi bisabuelo siempre pensó que incluso una familia tan antigua como la nuestra debía adaptarse a los nuevos tiempos y a las modas del extranjero. En cambio, mi abuela... Sí, mi abuela siempre ha sido mucho más tradicional.
En aquel momento el joven señor detuvo su exposición. Su lengua se estaba soltando con demasiada facilidad y se estaba despistando. Tenía que recordar la falsa historia familiar que había tenido que aprenderse para no dejar al Clan Abe en evidencia. Aunque su padre, el Nue, había sido testigo de la llegada de los Barcos Negros y de la Restauración Meiji, no podía dejarlo caer así como así en una conversación normal y corriente. No sabía por qué, pero se sentía a gusto con Oikawa, como si fuera alguien en quien pudiera confiar implícitamente.
Claro que si Rikuo hubiese estado menos pendiente de sus palabras y hubiese prestado más atención a lo que decía su acompañante, habría podido percatarse de deslices similares por parte de ella.
—Vaya, a mi madre le pasa todo lo contrario. En casa siempre me tengo que vestir con furisode, aunque en el fondo me gusta —comentó Tsurara pizpireta—. El General... Esto, el jefe de la casa para la que trabaja mi madre también prefiere la ropa tradicional.
—Seguro que estás muy guapa con kimono —comentó Rikuo sin pensarlo mucho.
Sin quererlo, Tsurara se sonrojó un poco. "No, no", sacudió la cabeza con energía. "Concéntrate en tu misión", pensó. Las de Abe eran sólo unas palabras amables, nada más.
El intercambio no había resultado ajeno al resto de compañeros de clase, en especial para un pequeño grupo que los había seguido a distancia desde que Rikuo había comenzado a enseñarle a Tsurara el resto de dependencias del colegio. Los varones de aquella cuadrilla estaban esperando una oportunidad para hacer a un lado al soso samaritano de Abe y causar una buena impresión a la nueva estudiante. Por desgracia, hasta aquel momento Rikuo no había cometido ni un solo fallo o impertinencia que diera pie a una "intervención", como querían ellos. Y lo que era peor: parecía que la tal Oikawa estaba comiéndose con los ojos al joven señor. No apartaba la mirada ni un momento de él, ni siquiera cuando le estaba señalando un objeto o lugar concreto. El reciente sonrojo era la gota que colmaba el vaso.
—¡Maldito Abe! ¿Cómo lo hace? ¿Quiere ser un casanova o qué? —se quejó uno, el primero que había hablado antes en contra de Rikuo.
—Hombre, dale un poco de respiro al pobre, ¿no? —observó su amigo, como siempre más moderado—. Total, en clase no se come una rosca. Por muy buena persona que sea, ninguna chica querría salir con él. Bueno, quizás Keikain, pero tampoco lo veo muy claro.
—¿Te refieres a la pirada de Keikain Yura? Sí, creo que sólo un pedazo de pan como Abe podría estar con una fanática onmyoji como ella, por mucho que haya salido en las noticias —asintió el otro reflexivamente—. ¡Pero entonces que se quede con Keikain y nos deje a la nueva a nosotros!
—Ejem —tosió alguien a sus espaldas.
Los dos chavales y el resto de su cuadrilla, que hasta entonces había estado escuchando el diálogo con mucha atención, se dieron la vuelta. Ahí estaba Keikain Yura, con una expresión fría y amenazadora en los ojos.
—¿"La pirada de Keikain Yura"? ¿"Fanática onmyoji"? —repitió la joven exorcista, arrastrando las palabras y dejando que su eco pesase como una losa en la mente de los chicos.
El grupo tragó saliva al unísono. Ya era malo que Keikain les hubiese pillado diciendo todas esas cosas malas de ella y de Rikuo. De hecho, solía ser peor hablar negativamente de su mejor amigo delante de ella, pues la onmyoji estaba más dispuesta a aguantar las críticas sobre su persona que sobre la gente que quería. Pero la vergüenza era un castigo menor cuando se comparaba con los hechos que habían sido publicados en las noticias aquella misma mañana: un monje estafador y una banda de yakuzas mordiendo el polvo a los pies de una estudiante de secundaria. Aunque no había habido confirmación oficial, todos en el colegio, desde los alumnos hasta los bedeles, tenían meridianamente claro que Yura había sido la responsable de tamaña proeza. Sólo a Rikuo le había confesado la chica que había recibido la ayuda de un escurridizo kitsune.
—¡Huy, qué tarde es! Tengo que llevar unas cosas a la sala del club de informática. ¡Me voy! —exclamó el primero de los chicos mientras fingía consultar la hora en su reloj. Luego desapareció como por ensalmo. El resto de sus acompañantes se marcharon en distintas direcciones. Si también tenían que hacer tareas para sus respectivos clubs, no lo dijeron.
Yura suspiró. Al parecer sus cinco minutos de fama habían caducado ya. No le importaba mucho. De hecho, incluso lo agradecía. No le gustaba llamar la atención ni tampoco soportaba a los hipócritas. En verdad, lo sentía por la pobre Oikawa. Ahora sería ella la que tuviese que lidiar con los pesados de la clase.
La joven onmyoji había observado a su amigo y a Tsurara desde la distancia, al igual que los problemas por los que habían tenido que pasar. Si no era un grupo de chicos babeantes, era una cuadrilla de alumnas que apartaban al pobre Rikuo a un lado para monopolizar la atención de la nueva compañera y asarla a preguntas. Había quien había intentado pedir un favor al buen samaritano de Abe para librarse de él. El joven señor, como siempre, iba raudo y veloz a acometer su buena obra del día, pero Tsurara siempre prefería irse detrás de él para decepción de sus pretendientes. Por no hablar de alguna zancadilla ocasional... Sin embargo, lo único que conseguían todos aquellos moscardones era alargar interminablemente la labor de guía de Rikuo.
"Tontos", pensaba Yura al ver tantas pequeñas mezquindades sin sentido. "Si esperasen a que terminase de guiar a Oikawa por toda la escuela, ya no tendrían que preocuparse de Rikuo. ¿Tan aburridos están hoy que no encuentran otra cosa mejor que hacer?".
Ella misma no sabía muy bien qué pensar de Oikawa Tsurara. De lejos parecía una chica normal, alegre y agradable. Que se hiciera amiga de Rikuo parecía una buena noticia. Nadie mejor que Yura conocía las ansias de su amigo de la infancia por llevarse bien con la gente que lo rodeaba. No obstante, la descendiente de los exorcistas Keikain no podía evitar cierto sentimiento de desazón al acercarse, como si hubiera algo raro en su nueva compañera. No sabía como explicarlo con palabras, pero sentía un pequeño escalofrío cada vez que posaba sus ojos en la tokiota.
"Bobadas", sacudió la cabeza con energía. Se aproximó a la pareja con paso decidido. Quería comentarle a Rikuo un proyecto que tenía en mente. Antes en clase no había dado tiempo, primero por la presentación de Oikawa y luego por la labor de guía de su amigo. Además, era la hora de almorzar y ni ella ni Rikuo se habían perdido una comida juntos desde el fatídico accidente cuatro años atrás.
—¡Hey, Rikuo! ¡Hola, Oikawa! —les saludó Yura con una breve sonrisa—. ¿Qué tal lo lleváis?
—Oh, muy bien, Yura —respondió Rikuo—. Aunque no sé por qué, pero esta costando más tiempo del que calculaba recorrer todo el colegio. No sé qué me pasa, quizás no soy el más indicado para este trabajo.
—¡No digas eso, Abe-kun! —le reprendió Tsurara sin dejar de sonreír—. Eres el mejor guía que he tenido nunca.
Mentalmente, Yura agradeció las palabras de la nueva. Era muy típico de Rikuo acarrear toda la responsabilidad sobre sus hombros, incluso sobre tareas que no le competían a él o errores que no eran culpa suya. De vez en cuando necesitaba que alguien le recordase que no se ensimismara tanto con sus deberes.
—Oye, Rikuo, quería enseñarte algo que he recibido. Lo tengo en la taquilla, pero antes podríamos ir a tomar el almuerzo. ¿Te parece? Oikawa puede venir también —ofreció Yura.
—¡Lo siento mucho! —repuso su amigo azorado—. Como íbamos mal de tiempo y Oikawa tenía hambre, hemos comido ya unos bocadillos de la tienda de pan. Tendrás que comer sola, Yura. Lo siento de nuevo. ¡Pero tranquila! Luego veo lo que has traído, es una promesa.
Yura le quitó hierro a la situación. No, desde luego que no tenía ningún problema en comer sola en el comedor. No, por supuesto que no estaba esperando con ansia ese momento único del día. No, claro que ellos podían seguir paseando por el colegio tan pegados que sólo les faltaba cogerse de la mano. Ningún problema. Lo que fuera con tal de enseñarle el colegio a una chica misteriosa que por narices tenía que trasladarse semanas después de empezar el curso y armar un revuelo en clase.
Mientras Rikuo y Tsurara se alejaban por el pasillo, Yura se dirigió con paso cansino hacia el comedor. En su exterior mostraba una expresión de absoluta seriedad, con su mirada mortecina habitual. Pero por dentro estaba quemada, muy quemada.
Ya no le caía tan bien Oikawa Tsurara.
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Cuando las clases tocaron a su fin, Rikuo se dirigió a un aula vacía en la que le esperaba Yura. No era un espacio grande para dar clase, sino una de las típicas habitaciones pequeñas usadas para los clubs estudiantiles. En aquel momento nadie la estaba utilizando y el muchacho se preguntó si la intención de su amiga no sería montar juntos una agrupación. Rikuo no estaba apuntado a ningún club y tenía constancia de que Yura tampoco, así que no era una idea descabellada.
—¡Hola, Yura! —la saludó él tras dar unos golpecitos fuera de la puerta.
La joven onmyoji no respondió de inmediato. Estaba atareada con una serie de objetos. Sobre la única mesa que había en la sala descansaban un ordenador portátil, una cámara de vídeo, unos papeles con notas apresuradas, un bolígrafo, una caja de cartón abierta y una extraña muñeca japonesa.
Yura dejó lo que tenía entre manos y sonrió a su amigo.
—¡Hola, Rikuo! Te estaba esperando. Mira lo que... lo que... —el cálido saludo de la exorcista en prácticas se congeló cuando vio que Rikuo no había entrado solo.
Oikawa Tsurara estaba con él.
—Buenas tardes, Keikain —dijo la recién llegada con cordialidad—. Rikuo me ha dicho que tenías preparado algo muy interesante y me ha invitado a venir. Espero no molestar. Si me estoy metiendo donde no me llaman me marcharé sin quejas. Sé que soy nueva aquí y todavía no tenemos confianza.
En verdad, a Yura le habría encantado decirle que se marchara. Sólo confiaba en Rikuo para lo que tenía planeado. No quería enseñárselo a nadie más. Sin embargo, ahora estaba en un brete. Si le hacía un feo a Oikawa sin razón aparente, ella quedaría como la mala de la película. Intentó disuadirla apelando al oscurantismo de sus aficiones.
—No, no, yo no tengo ningún problema —mintió Yura—. Es sólo que lo que yo hago tiene que ver con espíritus, demonios y otras criaturas sobrenaturales, ¿sabes? Podrías decir que es una vocación que viene de familia, pero entiendo que al resto de la gente le den miedo los yokai o no les gusten los...
Para sorpresa de la joven onmyoji, sus vacilantes explicaciones produjeron el efecto contrario del que esperaba. Los ojos azules de Oikawa se iluminaron como árboles de Navidad y en su cara asomó una expresión entre ilusionada y nostálgica.
—¿En serio? —Tsurara se aproximó hasta mirar a Yura cara a cara—. A mí estas cosas... ¡me encantan!
—¿Te encantan? —repitió la joven exorcista muy perpleja.
—¡Me encantan! —reafirmó la tokiota—. Desde que nací sigo todo lo que tenga que ver con los yokai o las procesiones nocturnas de los cien demonios, aunque últimamente entre los humanos, ¡ejem!, entre la gente normal ya no se cuenten historias o leyendas sobre ellos. ¡Estoy tan contenta de encontrar a alguien en Kioto que me comprende!
"Qué remedio", pensó Yura. Tenía que rendirse y aceptar a Oikawa en sus planes para aquella tarde. Aún así, no dejaba de ser reconfortante que hubiera una persona más aparte de Rikuo que entendiese su afición. En fin, hora de empezar.
—Vale, vamos allá —Yura se frotó las manos y luego presentó todo el equipo que había reunido sobre la mesa—. Rikuo ya sabe de las "investigaciones yokai" que he estado realizando en el vecindario, aunque hasta ahora sin mucho éxito. Para mi eterna vergüenza, he de confesar que a lo largo de mi vida sólo he tenido dos auténticas experiencias sobrenaturales: hace cuatro años, cuando los ogros atacaron el autobús en el que viajaba, y ayer mismo, cuando recibí la inoportuna ayuda de un kitsune.
—¿Ogros? ¿Autobús? ¿Kitsune? —Tsurara estaba confusa.
—Mejor te lo cuento luego, si Yura no pone pegas —se ofreció Rikuo. El chico sabía que si se ponían a dar ahora las explicaciones pertinentes a su nueva confidente, no terminarían en toda la tarde. Su amiga onmyoji parecía demasiado impaciente como para retrasar más su exposición.
Yura tosió para atraer de nuevo la atención de sus compañeros.
—Aunque son pocas, esas dos experiencias me han demostrado que los yokai existen y que es necesario averiguar más de ellos por el bien de la Humanidad. Si el mundo del exorcismo se ha llenado de patanes y estafadores es sólo porque para la mayoría de los ciudadanos los espíritus y fantasmas no son más que productos de la imaginación. ¡Pero no es así!
El tono de voz de la chica se había vuelto más apasionado. Rikuo se permitió una sonrisa. La mayoría de sus compañeros de clase sólo conocían la cara seria y taciturna de Keikain Yura. Sólo un amigo de verdad podía saber que debajo de aquellos apagados ojos marrones latía otra personalidad, mucho más viva y auténtica, que salía a relucir cuando hablaba de lo que realmente le gustaba.
Yura alzó la muñeca japonesa de aspecto inquietante.
—Hace tiempo que intercambio emails con el presidente del Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cross. Anteayer me envió esta muñeca. Dice que se la compró a un anticuario que asegura que está maldita, junto al diario de su primera propietaria. El presidente no ha podido averiguar nada de utilidad, así que me ha pedido ayuda y, a ser posible, una prueba de que la maldición existe de verdad. Si puedo probar que esta muñeca está encantada, podré demostrar que el mundo sobrenatural existe.
Rikuo observó la figura de porcelana. Estaba vestida con un elegante kimono en miniatura y su pelo negro caía a ambos lados de la cara blanca en una simetría impecable. En cierta manera le recordaba a su abuela. No obstante, de la muñeca emanaba una sensación siniestra. El joven señor del Clan Abe trató de hacer memoria. ¿Había en la mansión demonios con forma de juguete? Habría agradecido tener a alguien en esos momentos con quien hablar del tema, pero allí sólo estaban él, su amiga Yura y la nueva estudiante Oikawa Tsurara que, por mucho que le gustasen los yokai, era una humana normal y corriente. Quizás debería haber prestado más atención en casa, pero hacía cuatro años que había intentado alejarse lo más posible de los asuntos sobrenaturales. Por curiosidad le preguntó a su amiga:
—¿De dónde es la muñeca?
—No lo sé —reconoció Yura—. Supongo que será de Ukiyoe, en Tokio. Kiyotsugu, el presidente del club Kiyo Cross, es de allí.
—¡Ahí va! ¡Ukiyoe! ¿No eres tú de ese municipio, Oikawa? —cayó en la cuenta Rikuo.
Tsurara no se esperaba aquella pregunta. Dio un respingo y negó cualquier relación con el tal Kiyotsugu.
—¡No, no le conozco! —repuso la tokiota con nerviosismo—. Quizás estaba en otro curso o en otra clase.
—Da igual —cortó Yura la conversación—. Eso no es lo importante. Lo que de verdad importa es que necesito ayuda para realizar esta investigación. Rikuo, tú coge la cámara y graba. Tengo los pasajes esenciales del diario apuntados en estos papeles. Los voy a leer. Oikawa, avisa si notas algún cambio en la muñeca.
La onmyoji en prácticas le alcanzó a Rikuo la cámara de vídeo. Era una obsolescencia digital, pero serviría para sus propósitos. El chico trasteó un poco con ella hasta que le cogió el truco y empezó a grabar. Yura seleccionó los papeles que tenía que leer en voz alta y puso toda su concentración en ellos. Mientras. Tsurara se limitaba a mirar los preparativos con evidente curiosidad.
—"22 de febrero..." —comenzó Yura—. "Siete días para la mudanza. Ayer decidí aprovechar la ocasión para tirar la muñeca japonesa que me regaló mi abuela. Estaba esperando a tener alguna excusa, pero la verdad es que no me veía capaz de tirarla; me daba miedo. Estaba lloviendo, pero al fin lo hice. Aunque hoy, no sé por qué, la muñeca estaba en la entrada de mi casa. De sus ojos salían dos líneas negras como de sangre y...".
La joven exorcista recitaba aquellos pasajes con una solemnidad tal que Rikuo estaba completamente absorbido y la grababa a ella en lugar de a la muñeca. Tan concentrado estaba en las palabras del diario que tardó un poco en notar que Tsurara le estaba tirando de la manga.
—Abe-kun, mira... —señaló la chica de pelo azul.
La figura de porcelana había cobrado vida. Sus brazos se habían levantado y parecían intentar agarrar algo fuera de su alcance. Esto solo ya habría servido para poner los pelos de punta a cualquiera, pero es que además de sus ojos pintados corrían lágrimas de sangre que marcaban sendos surcos en sus mejillas. Rikuo trató de llamar la atención de Yura, pero la onmyoji estaba demasiado concentrada en su lectura.
—"24 de febrero. Le pedí a mi novio que se fuera lejos, a la montaña, y que la tirase allí. Esta misma noche me ha llamado diciéndome que le ayudara... que cuando ha querido darse cuenta la muñeca estaba sentada a su espalda... Bien pensado, esta muñeca siempre ha sido muy rara... A veces he tenido la sensación de que le crece el pelo".
Como si en vez de un diario Yura estuviese recitando un conjuro, el pelo de la muñeca empezó a alargarse de manera antinatural. Era imposible y, sin embargo, las fibras que formaban su negra cabellera alcanzaban el suelo del aula, retorciéndose sobre sí mismas cual serpientes furiosas. Mientras tanto, la figura parecía tragar la luz de la habitación, como si proyectase una sombra ominosa sobre los tres jóvenes allí reunidos.
—Esto pinta fatal, Abe-kun... —susurró Tsurara con nerviosismo.
Rikuo no podía sino darle la razón. Decididamente, aquella muñeca estaba encantada y podía ser peligrosa. Yura no parecía o no quería percatarse de los cambios que se estaban produciendo en la figura de porcelana y Rikuo empezaba a preguntarse muy seriamente si sería necesaria la intervención de su "otro yo" para eliminar el peligro. No obstante, eso significaría decir adiós a su tranquila vida humana y muy probablemente a su amistad con Yura. ¿Qué hacer?
—"28 de febrero. La víspera de la mudanza" —la joven onmyoji continuó su narración de los hechos pasados—. "Ha ocurrido algo raro. Una caja que había dejado cerrada ahora está abierta...".
Las alarmas de Rikuo se dispararon. En las manos de la muñeca había aparecido una espada manchada de sangre y su sonrisa de porcelana se había transmutado en una mueca horrorosa. El joven señor no necesitaba tener un cuarto de sangre yokai para saber que algo muy malo estaba a punto de ocurrir. Por alguna razón, también notó que la habitación se estaba volviendo más fría por momentos. Probablemente sería otro efecto de la maldición del objeto encantado, pensó él. No vio cómo los ojos de Tsurara empezaban a adquirir una extraña tonalidad dorada.
—¡Yura, para ya! ¡Deja de leer el diario! —gritó Rikuo in extremis.
Demasiado tarde. La muñeca saltó sobre ellos enarbolando su afilada espada con la que ya había matado a sus dueños anteriores.
—¡GRUOOOORRRRR! —gruñó la figura maligna.
—¡Bukyoku! ¡A mí, guerrero vencido! —reaccionó Yura esta vez.
Un monigote de papel flotó en el aire. De repente, hubo un brillo cegador y en su lugar apareció la figura de un samurai armado y con la cara tapada.
—Por orden de la señora Yura... servidor... ¡os protegerá! —exclamó el guerrero mientras se interponía entre la muñeca maldita y sus víctimas.
La deidad ceremonial de la joven onmyoji atrapó a la figura asesina en mitad de su ataque, estrujándola entre sus manos sin asomo de misericordia. La muñeca gimió, pero en los ojos del ama del samurai no había piedad, sino una fría determinación.
—En nombre del clan de exorcistas onmyoji Keikain... —recitó Yura como si se tratase de una fórmula memorizada—. ¡Te expulso de este mundo, espíritu maléfico!
La muñeca encantada explotó en mil pedazos. Yura los revolvió con el pie. Tras haberse cerciorado de que los trocitos de porcelana no representaban ningún peligro, desconvocó a su fiel shikigami. Luego empezó a recoger el estropicio causado.
—Tal como sospechaba, se trataba de un tsukumogami, un objeto que ha cobrado vida propia al cabo de cien años. No es la clase de yokai más asombrosa del mundo, pero es un yokai al fin y al cabo —dijo Yura como para sí misma, antes de volverse hacia sus compañeros—. Chicos, lo siento, aunque tenemos la prueba que quería, hemos corrido peligro. Esto... ¿Chicos?
Rikuo y Yura seguían con la boca abierta. En el caso del joven señor, era un silencio de admiración. La otra noche había podido admirar de lejos dos de las deidades ceremoniales de su amiga, pero esta era la tercera y la había visto en primer plano. Debía reconocer que Yura iba camino de convertirse en una verdadera onmyoji. Por su parte, Tsurara estaba al borde de un ataque de nervios. Era sorprendente. Durante la horripilante transformación de la muñeca, la chica de pelo azul había estado nerviosa pero había mantenido dentro de lo que cabe su sangre fría. Sin embargo, ahora estaba pálida y con sus ojos azules desencajados. Incluso las piernas le temblaban.
—¿Oikawa? ¿Te encuentras bien?—Rikuo apoyó una mano en su hombro, preocupado.
—Sí... sí... —Tsurara trató de recobrar la compostura—. Es que primero ha sido lo de la muñeca y ahora... ahora... ¿Qué era eso?
—Mi shikigami —respondió Yura con seriedad.
—¿Eres... eres una onmyoji? ¿Una exorcista? —le preguntó la tokiota.
—Ajá —asintió la chica de pelo negro.
Por alguna razón, su respuesta no tranquilizó a su compañera, sino que la hizo temblar todavía más.
—Pareces muy asustada, Oikawa —observó Rikuo.
—¿Yo? ¡Qué va, qué va! —Tsurara trató de mostrar confianza—. Bueno, quizás un poco. No es lo mismo oír hablar de cosas sobrenaturales que ser testigo de ellas, ¿verdad? Ni tampoco sabía que un amuleto de papel pudiera convertirse en un samurai. ¿Y tú, Abe-kun? —intentó desviar la atención—. ¿Tú no estás sorprendido?
—Sí, sí, claro que sí —se apresuró a asentir el chico.
—Pues estás muy tranquilo —insistió Tsurara. Hasta Yura empezó a mirarle con aires de sospecha.
Rikuo trató de defenderse.
—¡Es que Yura ya me contó que era muy buena con los shikigami! —exclamó él, un tanto apurado.
—¿Quieres decir que te parece normal que de un trozo de papel salga un guerrero guardián sólo porque yo te conté que podía hacerlo? —esta vez fue la joven onmyoji la que entró al trapo.
—¡Por supuesto! —Rikuo dejó de titubear para mostrar una seguridad absoluta—. Yo creo en ti, Yura. Siempre lo he hecho.
El rubor asomó a las mejillas de la exorcista en prácticas. Habría corrido a darle un fuerte abrazo a su amigo para agradecerle su fe en ella, pero no quería montar una escena delante de Oikawa. Así que se recompuso y precedió a detallar su próximo plan.
—¿Has grabado todo, Rikuo? —le preguntó Yura al muchacho. Él asintió—. Perfecto. Le enviaré el vídeo a Kiyotsugu, así me perdonará por haber destruido la muñeca. Y seguro que se lleva una alegría cuando le diga que he fundado... ¡el Club Onmyoji de Investigación Paranormal! —anunció ella a bombo y platillo.
—¿Entonces vas a crear un club escolar? —le preguntó Rikuo interesado. A fin de cuentas, su idea inicial no había ido tan desencaminada.
—¡Sí! —afirmó su amiga vehementemente—. Ya le he pedido permiso a nuestra profesora y sólo tengo que rellenar los papeles correspondientes. Este aula servirá como punto de reunión.
—¡Bravo! —celebró el joven señor—. ¿Y quiénes van a formar parte del club?
—Tú, para empezar —contestó Yura a bocajarro.
Aquella respuesta cogió a Rikuo completamente desprevenido.
—¿Y-yo? —titubeó él.
—Por favor —le suplicó la joven onmyoji—. ¿No dices siempre que me quieres ayudar? Pues ayúdame ahora. Se necesitan tres personas mínimo para formar un club. Si tú te apuntas, sólo nos faltaría un estudiante más.
Rikuo suspiró. Sabía qué se iba a meter en un lío de proporciones colosales, pero no le podía decir que no a su mejor amiga. A fin de cuentas, conocía a Yura y sabía perfectamente que ella buscaría problemas sobrenaturales por su cuenta. De este modo, al menos estarían juntos y podría echarle un cable si se diera una situación comprometida.
—De acuerdo, me apunto al "Club Onmyoji de Investigación Paranormal" —aceptó el muchacho.
—¡Gracias! —sonrió Yura—. Ahora sólo necesitamos encontrar una persona más y...
—¡Yo quiero formar parte del club! —la interrumpió Tsurara, alzando la mano.
La joven exorcista examinó a la chica de pelo azul con aire crítico.
—¿Estás segura, Oikawa? Hoy has pasado mucho miedo y puede que se repitan sucesos parecidos en el futuro. ¿Podrás aguantarlo? —intentó meterle miedo Yura, pero su compañera había superado sus temores iniciales y ahora mostraba una determinación inquebrantable.
—¡Si Abe-kun se apunta, yo también! —exclamó la tokiota—. Él no es un onmyoji, ¿verdad? Si él puede estar aquí, yo no voy a ser menos.
A Yura no le quedó más remedio que aceptarla. La joven Keikain se comprometió a rellenar los formularios pertinentes para poder inaugurar el club al día siguiente. Rikuo y Tsurara se fueron a casa, mientras que la onmyoji en prácticas se excusó para atender unos asuntos y comunicarle al presidente del club Kiyo Cross su hallazgo. Ya cogería luego el autobús.
Mientras recogía las cosas (no iba a dejar su preciado portátil en un aula desierta, por supuesto) pensó que, a fin de cuentas, las cosas le estaban saliendo bien. Eso sí, cruzaba los dedos para que nadie en su familia se enterase de que había fundado un club de onmyodo en la escuela.
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Mansión Abe
Rikuo regresó a casa muy animado. No sólo se había cerciorado de que Yura había salido sana y salva de su encuentro con el falso exorcista y la banda de yakuzas, sino que además había hecho una nueva amiga. Oikawa Tsurara parecía una chica muy agradable y suponía un soplo de aire fresco en su escasa vida social. Yura tenía razón, como siempre: para hacer amigos de verdad, no tenía que hacer favores como un loco, sino simplemente charlar en un ambiente distendido. La muchacha de Tokio había demostrado un inusual interés en su vida fuera del colegio, lo que Rikuo interpretaba como un buen signo, siempre que él mismo no metiese la pata y revelase los secretos del Clan Abe. Ahora que Oikawa formaba parte del club montado por su amiga onmyoji, estaba seguro de que sus días de escuela iban a volverse mucho más interesantes.
Tan contento estaba Rikuo que no se dio cuenta de que Kyokotsu le estaba llamando. La pequeña hija del líder de la facción cadáver se acercó a él trotando por el pasillo y le dijo:
—¡Hermanito mayor! La señora Hagoromo Gitsune pregunta por ti. No me ha contado qué quiere, pero pide que vayas a verla inmediatamente en el comedor.
—Qué raro —se sorprendió Rikuo—. Todavía no es la hora de la cena. ¿Vienes conmigo conmigo, Kyokotsu?
—Lo siento, no puedo —se disculpó la niña mientras jugueteaba con su calavera—. La hermana mayor ha dicho que no entre cuando estéis hablando.
El muchacho empezó a sospechar que algo iba mal. ¿Qué quería su abuela de él que no pudiera ser revelado delante de otras personas? No tenía ni idea. De todos modos, bajó rápidamente las escaleras. Nadie hacía esperar a Hagoromo Gitsune, ni siquiera su propio nieto.
La señora de los yokai de Kioto aguardaba pacientemente su llegada mientras tomaba una taza de té. En contra de las suposiciones iniciales de Rikuo, no estaba sola. A su derecha se hallaba sentado Sojobo, el Gran Tengu del monte Kurama y consejero principal del clan, y a su izquierda esperaba de pie Hakuzozu, el yokai volador que cuando no entrenaba con la lanza componía horribles haikus sin rima. Rikuo los miró a uno y a otro, sin comprender lo que ocurría.
—Rikuo, querido, toma asiento —pidió Hagoromo Gitsune. Su nieto obedeció y se sentó al otro lado de la mesa.
—¿Vamos a tardar mucho, abuela? —preguntó el chico inquieto—. Tengo deberes y me gustaría adelantar trabajo antes de que sea hora de cenar.
—Depende —se limitó a responder la kitsune, sin levantar la vista de su taza de té.
—¿De qué depende? —se extrañó Rikuo..
La líder de los seres sobrenaturales de la región alzó la mirada y clavó sus ojos negros en los ojos marrones de su nieto.
—De si vas a fingir que no recuerdas nada del incidente de anoche —declaró Hagoromo Gitsune—. No, Rikuo, no te atrevas a decirme que no sabes de qué estoy hablando. Cuando tu amiguita humana estuvo en peligro, te convertiste en yokai y atacaste a esos patéticos mafiosos y a ese monje farsante. Hakuzozu te vio y me informó de lo que ocurría, a tiempo para que yo misma contemplase la pelea del almacén.
Le habían pillado. Rikuo no sabía cómo responder. Durante cuatro años se había temido una escena semejante, pero las veces que se había transformado había estado seguro de que no había habido testigos de su clan. Ahora empezaba a sospechar que su abuela estaba enterada de todo desde hacía tiempo y que se le había agotado la paciencia. Sólo se le ocurrió preguntar:
—¿Hakuzozu me vio? ¿Cómo?
—¿Acaso creías que iba a dejarte andar a tu aire después el ataque de Lord Gairota, Rikuo? —se enfadó Hagoromo Gitsune—. Desde ese día has estado permanentemente vigilado. Normalmente Hakuzozu es el que cubre tu trayecto de la escuela a la mansión, y cuando ayer te desviaste hasta el Kiosko Usami también te siguió. El resto te lo puedes imaginar.
—Pocos son los que dirigen sus miradas al cielo en estos días —indicó el leal Hakuzozu—. E incluso si se diera el caso, soy un maestro del camuflaje.
La última aseveración del yokai volador se vio acompañada de una leve tos por parte del Gran Tengu del monte Kurama, un gesto que podía interpretarse bien como una crítica sin malicia, bien como un achaque propio de su avanzada edad. Hakuzozu, por deferencia, no hizo comentario alguno al respecto.
—Lo siento, abuela. No quería preocuparte. Lo cierto es que no soy yo mismo cuando me transformo. No controlo lo que hago. Pero tranquila, no volverá a pasar —le aseguró Rikuo—. A fin de cuentas, soy humano.
Hagoromo Gitsune le examinó con severidad.
—No eres del todo humano. Lo sabes, Rikuo, no trates de negarlo. Si intentas suprimir esa parte de ti, como haces ahora, acabará por volverse incontrolable. Quizás ya esté pasando, si es cierto lo que me cuentas y no dominas tus actos cuando te transformas —la expresión de la kitsune se dulcificó un poco—. Si necesitas ayuda, aquí tienes a tu familia y a la gente del clan.
—¡Lo que yo necesito es una vida normal! —exclamó Rikuo, a punto de saltar de su asiento.
El chico habría jurado que la mirada de su abuela reflejaba lástima.
—Nunca tendrás una vida normal, mi querido Rikuo —dijo Hagoromo Gitsune con condescendencia—. Eres el nieto de la kitsune Kuzunoha y el hijo del gran Abe no Seimei, el Nue de Kioto. Tienes un poder más allá del alcance de los humanos, y aún así tú lo reprimes y lo malgastas. Eso no es propio de una persona responsable.
—Qué sabrás de la responsabilidad, abuela. Tú sólo estás aquí, disfrutando de la vida y mandando sobre un montón de demonios que sólo quieren una excusa para hacer el mal —masculló el muchacho, algo dolido.
—Señor Rikuo, os equivocáis —intervino por primera vez el Gran Tengu del monte Kurama—. En efecto, vuestra abuela gobierna sobre cien demonios que a su vez mandan sobre otros cien. Eso hace un total de diez mil espíritus y monstruos, cada uno con sus propios intereses y ambiciones. La Procesión Nocturna de los Abe no es un club de amigos o una mafia criminal, como creéis vos a menudo, sino una noble organización que hunde sus raíces en los tiempos gloriosos de los emperadores. Sí que es cierto que nosotros optamos por la oscuridad y que muchos de nuestros miembros desearían disfrutar de su lado más destructivo y salvaje. Por eso es importante que desde el Clan Abe demos ejemplo. Si vos rehuis vuestras responsabilidades, ¿cuánto tiempo pasará hasta que empiece una guerra civil por la sucesión? ¿Es eso lo que queréis?
Rikuo no podía rebatir directamente las palabras del sabio yokai, así que se encerró en un mutismo obstinado. Como nadie decía nada más, el chico se rindió y declaró:
—Si tanto os preocupa, buscad otro heredero. Yo sólo quiero vivir como un humano corriente. ¿Puedo irme ya? Tengo deberes que hacer.
Hagoromo Gitsune asintió lentamente. Rikuo se fue escaleras arriba. En el comedor se hizo el silencio. La señora de los yokai de Kioto simplemente se dedicó a terminar de beber su taza de té. Sólo cuando la kitsune finalizó y se limpió cuidadosamente con una servilleta de seda, Hakuzozu se dispuso a hablar:
—Bueno, parece que el joven señor no está muy por la labor de ser el nuevo heredero.
—No, no lo está —reconoció Sojobo—. Hakuzozu, ¿podrías retirarte un momento y pedir al resto del personal de la casa que no entre? Me gustaría discutir sobre este tema a solas con nuestra señora.
—Como deseéis, Gran Tengu.
El yokai poeta, siempre con su lanza a la espalda, se marchó tras presentar sus respetos a Hagoromo Gitsune. La líder de los seres sobrenaturales y el anciano de espesa barba blanca se quedaron solos en la estancia. Tras unos instantes de pausa, el Gran Tengu dijo:
—Esto no puede seguir así, mi señora. Sé que os prometí que no le revelaría nada a vuestro nieto sobre la guerra que se avecina, pero las agujas del reloj no paran por nadie. Mis cuervos me han informado de que el Nurarihyon está ultimando los preparativos. Este verano a lo más tardar las hordas de Edo llamarán a nuestra puerta.
—¿Tan pronto? —murmuró Hagoromo Gitsune.
—Todos los informes concuerdan en este punto —confirmó el Gran Tengu con un deje de tristeza en su voz—. Incluso si los elementos más inestables dentro de nuestro clan no hacen algún movimiento contra vuestro nieto, por su propia seguridad debería aceptar su lado yokai antes de que ataque el Nurarihyon.
—Cuando ese momento llegue, me habré asegurado de poner a Rikuo y a su madre fuera de peligro —aseveró la kitsune, una cólera fría asomando en sus ojos negros—. Aunque nunca terminaré de entender que vio mi hijo en esa humana delgaducha, ellos son la única familia que me queda. Nadie les pondrá un dedo encima. ¡Nadie!
En momentos como aquellos Hagoromo Gitsune daba auténtico miedo, incluso sin sacar a la luz sus nueve colas de zorro. Los que la habían conocido de siglos atrás sabían que había sido una madre amantísima capaz de los mayores sacrificios por su hijo. La muerte irreversible del Nue había supuesto un golpe muy duro para ella y sólo se había recuperado gracias a la presencia constante y demandante del pequeño Rikuo.
—La mejor seguridad es la que se puede proporcionar uno mismo —insistió Sojobo, apretando con fuerza su bastón de anillos, su khakkhara—. Es indudable que por las venas del joven señor corre un cuarto de vuestro poder, temida Hagoromo Gitsune, y que cuando ha tenido necesidad de ello se ha transformado. Quizás lo único que el muchacho necesita sea encontrar la "motivación" adecuada...
Sus palabras encendieron las sospechas de la señora de los yokai de Kioto.
—¿Estás tramando algo, Gran Tengu?
—Por supuesto que no, mi señora —reculó el anciano—. Sólo expresaba un deseo. Mi lealtad hacia el clan está fuera de toda duda.
—Eso espero, Sojobo —dijo la kitsune con aire siniestro—. Eso espero.
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Un barrio residencial normal y corriente, a las afueras de Kioto
Tsurara caminaba a paso lento de regreso a su casa allí en Kioto. Su lentitud no sólo se debía a que no conocía las calles y tenía que prestar atención a cada señal si no quería perderse, sino también a su maremágnum mental. Habían ocurrido muchas cosas en un sólo día y no estaba acostumbrada a tantas emociones. Aunque se había ofrecido voluntaria para aquella peligrosa misión, en el fondo añoraba los tranquilos días de Edo, incluso cuando parecía que una enorme tristeza aprisionaba el corazón de su madre y de los restantes miembros de la casa principal.
—Buenas tardes, jovencita —un hombre de negocios pulcramente trajeado interrumpió el hilo de sus pensamientos—. ¿Podría indicarme el camino al palacio imperial de Katsura?
—Lo siento, acabo de trasladarme... —se dispuso a disculparse Tsurara (aunque fuera humano, los buenos modales siempre eran importantes) cuando, al darse la vuelta, se dio cuenta de quién era la persona con la que estaba hablando—: ¡Kuro! ¡Eres tú!
La joven de pelo azul no le había reconocido en un primer vistazo. Kurotabo, el "chico del arrozal negro", había abandonado su habitual vestimenta de monje errante y sombrero de bambú por un look decididamente ejecutivo. Con su chaqueta a rayas, su camisa blanca, su corbata azul y su pelo largo recogido en una coleta, tenía todo el aspecto de ser un moderno emprendedor o un hombre de negocios al servicio de alguno de los conglomerados empresariales de la región.
—¿A que doy el pego? —sonrió Kurotabo, el guerrero vengador, muy satisfecho de sí mismo—. Nadie podría decir que no soy un humano respetable.
—¡Bien hecho, Kuro! —le felicitó Tsurara—. ¿Qué hay del resto?
El falso directivo trató de hacer memoria.
—Kubinashi se ha quedado en la casa junto con Kappa. Los dos llamarían demasiado la atención en la calle. Ya sabes, Kubinashi no tiene cuello y Kappa es... pues eso, un kappa. Además, alguien se tiene que quedar para coordinar el equipo. Kejoro pensaba disfrazarse de doctora e infiltrarse en un hospital o en una enfermería escolar. No sé si lo habrá conseguido. En cuanto a Ao... —Kurotabo se encogió de hombros—. No quiero ni imaginarme lo que habrá intentado hacer ese cabeza cuadrada.
—No pasará nada, seguro —trató de tranquilizarlo su joven camarada—. Cuando quiere, Ao puede ser muy listo. Seguro que ha procurado no destacar y... y...
Las palabras se quedaron atascadas en la garganta cuando, al doblar la esquina, vio el espectáculo que se había formado a corta distancia de su base de operaciones. La calle estaba bloqueada por un ejército de motos pintadas con la decoración más infernal que pudiera imaginarse. Sus pilotos, jóvenes macarras de aspecto peligroso, portaban banderas en las que se leía el nombre "Espíritus Malditos". Todos ellos, sin excepción, estaban presentando sus respetos a su cabecilla, un joven forzudo y de anchos hombros de cara adusta y collar de calaveras en el cuello. Aunque los moteros se deshacían en halagos hacia su capitán, éste apenas parecía hacerles el menor caso.
—¡Eres una pasada, Kurata! —exclamó un gamberro con el pelo descolorido por la lejía—. ¡Mañana también vendremos a buscarte! ¡Tendremos tu moto a punto, capitán!
—No hace falta —masculló el tal Kurata con irritación.
Por desgracia, sus subordinados estaban demasiado excitados para prestar atención a sus palabras. Montaron en sus estruendosas máquinas y partieron hacia el horizonte, mientras gritaban:
—¡Yujuuuu! ¡Con Kurata en nuestras filas la banda de los Espíritus Malditos será la más temible de todas! ¡Somos invencibles!
—Qué escandalosos —murmuró su capitán.
Al volverse, el duro hombretón se encontró frente a frente con los pasmados Kurotabo y Tsurara, que lo contemplaban con los ojos abiertos como platos.
—¿Hum? —les miró intrigado Kurata. Entonces cayó en la cuenta—: ¡Oh, vaya! ¡Pero si son Kuro y Yuki-onna! ¿Cómo va todo?
Como sus dos compañeros no decían nada, el también disfrazado yokai prosiguió:
—He tenido que salir a dar una vuelta porque me lo han pedido esos humanos. ¡Pero no os preocupéis! He hecho todo lo posible para no destacar y que no se descubra que soy un yokai.
—Vaya gracia... —murmuró Tsurara, incrédula.
Kurotabo no tenía tanta paciencia como la dama de las nieves.
—¡¿Se puede saber de qué vas, Aotabo?
—¡Hey, Kuro! No te atrevas a gritarme —se molestó el otro, que bajo su disfraz del humano Kurata era "el chico del arrozal verde", un monje budista convertido en monstruo por no haber sabido dominar su ira—. Es que estaba perdido por las calles de la capital cuando esos humanos se fijaron en mí, no sé por qué, y trataron de darme una paliza. Después de machacarles yo a ellos, me regalaron una de esas cosas ruidosas de dos ruedas y dijeron que era su líder.
—Su líder... —repitió Kurotabo, sin saber si callarse o gritar de frustración.
—Sí, su líder —asintió Aotabo—. No está mal, ¿verdad? Por cierto, Kuro, ¿qué es una "banda de moteros"?
Mientras hablaban, Tsurara se fijó en que varios paseantes les miraban de reojo con expresión de disgusto. Algunos ya estaban murmurando y se preguntaban qué demonios hacían un hombre de negocios y una chica de secundaria hablando con el jefe de una panda de macarras. Temiendo que su tapadera pudiera ser descubierta o que los vecinos empezaran a plantearles cuestiones incómodas, la Yuki-onna animó a sus compañeros a ir a su casa en Kioto.
—¡Bueno, vámonos ya! —les azuzó Tsurara—. Es mejor que no nos quedemos aquí...
Kurotabo y Aotabo asintieron. Su morada tampoco quedaba muy lejos de allí. Al cabo de unos minutos de caminar, se hallaron frente a un chalé unifamiliar rodeado de un muro que convenientemente escudaba de las miradas de los dueños de los otros adosados del barrio. Un cerezo y un estanque daban una nota de color a su mal cuidado jardín.
Los tres compañeros intentaron abrir la puerta, pero al ver que estaba cerrada llamaron al timbre.
—Contraseña —pidió una voz al otro lado.
—¡Corta el rollo, Kubinashi! —exclamó Aotabo—. Sabes perfectamente que somos nosotros.
—Contraseña —insistió el guardián de la puerta.
—"El fruto del cerezo cayó en la capital" —recitó Tsurara, ante la pobre memoria de Kuro y Ao.
—Correcto. Podéis pasar.
La puerta se abrió. Los tres yokai pasaron al interior. Quien custodiaba la entrada era un joven de pelo dorado y ojos de asesino que podría haber pasado por un universitario al uso de no haber sido porque su cabeza flotaba sobre sus hombros. No tenía cuello.
—Oye, Kubinashi, ya sé que te tomas esta misión muy en serio desde que el General Supremo te nombró jefe del equipo, pero creo que te estás pasando de paranoico —le censuró Kurotabo una vez se cambió a sus ropas monásticas habituales y se acomodó como pudo en uno de los sofás. Incluso el salón estaba lleno de cajas de la mudanza, cajas que no contenían enseres personales, sino sospechosos materiales tecnológicos.
—Toda precaución es poca —rebatió Kubinashi—. Recordad: estamos en territorio enemigo y si hemos podido establecer una base de operaciones aquí es sólo porque tres de los ocho sellos de Seimei han perdido su poder. Pero más allá se encuentra el territorio de Hagoromo Gitsune. Debemos ser extremadamente cuidadosos si queremos que esta misión salga bien.
—Kuro tiene razón. Qué serio te has vuelto, Kubinashi —se rió Aotabo—. ¿Qué ha sido del yokai juerguista que se quedaba hasta las tantas bebiendo alcohol y encandilando con su cara bonita a las gatitas del Distrito 1?
—Murió con el Segundo General —se limitó a decir el jefe en tono lúgubre.
Sus palabras ahogaron cualquier nuevo intento de burla y provocaron un silencio violento. Afortunadamente, Kejoro, la mujer cabellera, apareció por la puerta de la cocina y abrazó a Kubinashi por detrás. Con toda la intención del mundo, apretó sus generosos senos contra la espalda del vergonzoso yokai para que perdiera su sombría compostura.
—¡No le hagáis caso, chicos! ¡Ya sabéis lo aguafiestas que puede ser este hombre! —Kejoro dedicó una cálida sonrisa a sus incómodos camaradas. Luego le susurró a Kubinashi en el oído—: Basta ya de hacerte el triste, por favor. Un líder debe animar a su equipo, no deprimirlo.
—Sólo quiero que tengan en mente lo que nos jugamos, Kino —protestó el yokai sin cuello en voz baja. Estaba molesto, pero no intentó zafarse a su compañera de la espalda. La conocía demasiado bien como para saber que con ello sólo ganaría una reprimenda en el futuro
La situación se aligeró con la llegada de Kappa. El yokai acuático tenía el poder de crear un portal entre dos masas de agua dulce. Aunque el pasaje mágico se cerraba una vez lo cruzaba él y tenía que abrir uno nuevo cada vez que quería repetir el viaje, su habilidad estaba resultando muy útil para realizar la mudanza de manera discreta. Nada de furgonetas trayendo el equipo ni vecinos curioseando. En el peor de los casos, gracias a él el estanque del jardín podía convertirse en una ruta de escape de emergencia.
—Bueno, ya está la última caja —se frotó las manos el calmado Kappa—. ¿Qué tal os ha ido a los demás?
Los miembros del equipo procedieron a detallar sus informes a Kubinashi. El líder del grupo se recostó en un sillón con una grabadora a su vera y hacía un comentario o dos mientras sus manos se distraían jugando con cuerdas. Kurotabo contó cómo se había hecho un hueco gracias a su currículo falso en el departamento de cuentas de Nintendo, Aotabo relató su aventura con los moteros y Kejoro adornó con anécdotas picantes su misión de infiltración en el Hospital Universitario. Sin embargo, el informe que todos estaban esperando era el de Tsurara.
—Cuéntanos, Yuki-onna, ¿has tenido éxito en tu tarea? —le preguntó Kubinashi con seriedad.
—¡Sí, señor! —contestó la dama de las nieves adoptando un aire profesional—. En la escuela secundaria nadie ha sospechado de mi tapadera y he podido acercarme al joven señor del Clan Abe sin complicaciones. Parece un chico humano normal y no le he visto mostrar ningún poder, aunque le he intentado sonsacar información sobre su casa y su familia. También es muy simpático y se ríe cuando...
—Por favor, Yuki-onna, nada de impresiones subjetivas, sólo datos —le llamó la atención el jefe la célula de espías.
—Lo siento —se disculpó Tsurara, sonrojándose—. He descubierto algo importante: es amigo de una chica onmyoji llamada Keikain Yura.
Aquella información despertó el interés de sus camaradas.
—¿Es amigo de una onmyoji? ¿En serio? —se sorprendió Kurotabo, sin terminar de creerse la noticia.
—Keikain... —hizo memoria Kubinashi—. Sí, es una familia de exorcistas con mucha solera aquí en Kioto. Sin embargo, tenía entendido que sus relaciones con el Clan Abe no eran buenas. ¿Has averiguado si tienen algún tipo de alianza, Yuki-onna?
—Lo dudo mucho —contestó la chica de pelo azul—. Quizás era porque yo estaba allí presente, pero aunque la chica Keikain hablaba mucho de yokai y exorcismos, Abe-kun no añadía nada más. Creo que ella no está al tanto y que si son amigos es porque viajan en el mismo autobús. O eso me ha dicho él.
—¿No te dio miedo estar tan cerca de una onmyoji. Yuki-onna? —le preguntó Aotabo, un poco preocupado. Como antiguo monje budista, tenía algo de experiencia en exorcismos.
Tsurara apartó la mirada.
—Bueno, mi tapadera aguantó, pero... Sí, tuve miedo —terminó por confesar—. Y lo peor es que mañana tengo que volver a verla en clase.
—¿Podrás aguantar? —quiso saber Kubinashi.
La dama de las nieves asintió. No tenía otro remedio. Todos estaban dando lo mejor de sí mismos en aquella peligrosa misión y ella no podía dejarlos en la estacada.
—Pobrecita —se apiadó Kejoro—. Ven, Tsurara, voy a prepararte un baño de agua fría para que puedas relajarte.
La cara de la Yuki-onna se iluminó de agradecimiento. Antes de que pudiera desaparecer escaleras arriba, sin embargo, Kubinashi aprovechó para hacerle una última indicación:
—No pierdas tu compostura, Yuki-onna. Allá donde vaya el joven señor de los Abe, síguelo. Trata de averiguar todo lo que puedas sobre él y su familia. Según los planes de ataque de los jerarcas del clan, la invasión comenzará a finales de julio o a principios de agosto. Para que el General Supremo tenga éxito, deberemos haber trazado para entonces un informe con los puntos fuertes y débiles de nuestros enemigos. Tu parte en esto es muy importante, no lo olvides.
Tsurara inclinó la cabeza respetuosamente. Añoraba al antiguo Kubinashi, pero no podía negar que imponía respeto como líder del equipo.
Cuando la Yuki-onna se hubo marchado, Kurotabo se dirigió a su jefe temporal, que en esos momentos seguía jugueteando con las cuerdas entre sus dedos. Para otra persona habría supuesto una estampa tranquilizadora que un espíritu vengativo de las leyendas jugase al típico entretenimiento de "la cama del gato", pero nada más lejos de la realidad. Aquellas cuerdas, fabricadas con hilo de la mujer araña Jorogumo y pelo de la mujer cabellera Kejoro, eran armas letales que habían causado la muerte de decenas de enemigos.
—No le has contado toda la verdad a Yuki-onna.
—No me entiendas mal, Kurotabo —replicó el asesino sin cuello—. Quiero a Tsurara como si se tratase de mi hermana pequeña, pero no está preparada para asumir las últimas consecuencias de nuestra misión. Las órdenes provienen del Nurarihyon en persona: además de nuestras tareas de espionaje y sabotaje, debemos descubrir si el nieto de Hagoromo Gitsune supone una amenaza para los planes de invasión de Kioto. De ser así, tenemos que alejarlo de la protección de la zorra de su abuela —Kubinashi tensó las cuerdas, formando un lazo corredizo—, y matarlo.
Notas adicionales:
¿Sorprendidos? Si Yura adopta en este universo la posición de Kana, lo lógico era que Tsurara adoptase la de Yura. Estudiante nueva con un misterioso secreto, sólo que esta vez es yokai en lugar de onmyoji.
Y como ya es tradición, más detalles:
* Se me hace muy raro escribir los diálogos de Tsurara sin los típicos "waka", "Rikuo—sama" o sus equivalentes en español. Eso la hace parecer menos ella... lo cual es conveniente, dado que se supone que está en una misión de espionaje y tiene que mantener una personalidad falsa.
* Este capítulo transcurre a finales de abril, más o menos como el comienzo del manga. Como el año escolar empieza en Japón el 1 de abril, significa que Tsurara se traslada unas semanas después de comenzado el curso.
* Kiyotsugu y su cuadrilla de detectives existen en este universo, de ahí la muñeca maldita. Les veremos por esta historia, pero tardarán en aparecer. Sí, Kana también.
* Sí, Nintendo tiene su sede en Kioto y el Hospital Universitario es uno de los más importantes de la ciudad.
Lo siento si soy un pesado con estas notas al final de cada capítulo, pero es que quiero dejar constancia de que no he escrito lo que primero se me ha ocurrido, sino que he intentado hacer un universo lo más coherente posible. Además, ahora que tengo el manga a mano en español es más fácil "documentarme".
Próximo capítulo: "Visita a la Mansión Abe".
