Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo ha hecho una nueva amiga. Su nombre es Oikawa Tsurara y viene de Tokio. Lo que él no sabe es que ella es en secreto una Yuki-onna enviada para espiarle. Mientras, su amiga de la infancia Yura ha fundado el Club Onmyoji de Investigación Paranormal, al que se han apuntado enseguida Rikuo y Tsurara.
Visita a la Mansión Abe
Casa Ancestral de los Keikain, Kioto
A las afueras de la antigua capital había una mansión que era completamente opuesta a la casa principal del Clan Abe. Para empezar, estaba construida al estilo tradicional y en sus estructuras de madera se habían puesto en práctica técnicas arquitectónicas de mil años de antigüedad. Estaba rodeada de un muro y su única puerta permanecía siempre custodiada. En el interior, distintos edificios albergaban habitaciones, bibliotecas, almacenes, gimnasios, talleres y un largo etcétera que convertían aquella mansión en una auténtica fortaleza lista para resistir un asedio. Aún así, sus moradores se esforzaban en mantener la paz tanto dentro como fuera de sus muros.
Ellos eran la familia Keikain y su misión en la vida era exorcizar los espíritus malignos mediante el onmyodo, "el camino del yin y yang". La práctica de esta antigua magia heredada de China había sido prohibida en el siglo XIX por considerarse "pura superstición", una restricción que no fue levantada hasta el año 2006. No obstante, hasta las autoridades más escépticas reconocían el poder de los Keikain y la familia había obtenido una dispensa especial siempre que utilizasen sus habilidades místicas para defender Kioto.
Por supuesto, ningún Keikain se había atrevido a confesar que la capital ya era el hogar de uno de los clanes yokai más importantes de Japón. No habría quedado muy bien en su currículo como exorcistas, ciertamente.
En aquella venerable mansión con olor a madera se había criado Yura, la amiga de la infancia de Rikuo. Desde pequeña había visto ir y venir a los onmyoji de su familia, vestidos siempre con sus ropas de monjes sintoístas y a menudo portando sus altos gorros al estilo de la época Heian. Había crecido oyendo mitos y leyendas, historias de valientes luchadores que libraban a la gente de la amenaza de los demonios y fantasmas. Había contemplado de primera mano cómo se entrenaba un auténtico exorcista, desde la meditación hasta la forja de armas sagradas, pasando por la conjuración de sellos protectores y deidades ceremoniales. Yura lo tenía muy claro: de mayor quería ser una onmyoji.
Pero su abuelo decía que no.
Hidemoto el 27º era un venerable anciano que había vivido muchas experiencias. Era un maestro en el mundo ocultista, respetado por otros místicos y adorado por los subordinados de su familia. También era un abuelo cariñoso y protector. Muy protector. Demasiado protector, se habría atrevido a añadir su nieta. Los padres de la chica habían muerto, dejando a Hidemoto al cargo de la pequeña Yura y su hermano mayor, Ryuji. A ninguno de los dos les había faltado de nada, tanto en lo material como en lo emocional. Incluso agobiado por las pesadas responsabilidades de su cargo, Hidemoto siempre sacaba tiempo para preocuparse por sus queridos nietos. El problema era que no quería que Yura siguiera sus pasos.
—¿Por qué no puedo ser una onmyoji? —le había preguntado su nieta en más de una ocasión.
—Porque es una profesión peligrosa y con pocas recompensas —respondía invariablemente Hidemoto—. Deberías dedicar tu vida a algo más provechoso, algo que te haga feliz.
—¡Pero a Ryuji sí le dejas! —se quejaba Yura entonces.
El agravio comparativo era evidente. Su hermano mayor era probablemente uno de los onmyoji más maliciosos de todos cuantos habitaban en la casa ancestral, pero había completado sus estudios de exorcismo sin trabas y se estaba empezando a labrar un nombre. Más de un pariente ya le empezaba a considerar como el heredero natural de Hidemoto.
—Vuestros padres le dieron permiso en su día y no les negaré su última voluntad —respondía el abuelo cuando Yura le presionaba—. Aún así, no me gusta. Creo que es más que suficiente que uno de mis nietos arriesgue su vida en los lugares más oscuros de Japón. Tú, mi preciosa Yura, eres un regalo del cielo y no pienso perderte como a tus padres.
En momentos así, la chica se sentía dividida. Por un lado, apreciaba el cariño que Hidemoto depositaba en ella. Por otro lado, Yura no quería ser una joya encerrada en una caja fuerte. Ella quería ayudar.
A pesar de los obstáculos, la amiga de Rikuo había decidido convertirse en una onmyoji por su cuenta y riesgo. No había sido una decisión fácil. Sentía que estaba traicionando la confianza de su abuelo. Sin embargo, sus dudas se evaporaron ante la reacción de Hidemoto el 27º. El gran maestro de los Keikain había prohibido, so pena de expulsión, que nadie instruyera a su nieta. Incluso le había negado la entrada a la biblioteca y a los almacenes y talleres de herramientas exorcistas. Para Yura, la mansión se había convertido en un estado policial.
Por eso, cuando el joven Pato , un prometedor aprendiz de la rama Aika de la familia, la detuvo en mitad de su tabla de ejercicios matutinos antes de la escuela y le dijo que su abuelo deseaba verla inmediatamente, Yura se temió lo peor.
Mientras recorría los antiguos pasillos camino del Salón de Consejos, la joven onmyoji hizo un repaso de los motivos por los que podía ganarse una bronca. Lo más triste era que no sabía por donde empezar. Si habían descubierto el alijo de material exorcista que tenía guardado en su habitación... Yura sacudió la cabeza. "¡No, eso no!", se lamentó. Había tardado eones en reunir todos aquellos conjuros y amuletos. Si los perdía ahora, tendría que empezar de cero.
La muchacha se detuvo ante la puerta corredera del salón. Se arrodilló en el suelo. En la familia Keikain eran muy tradicionalistas y las formas eran tan importantes como el fondo. Con mucha educación anunció:
—Soy Yura. Voy a entrar.
Corrió la puerta. En la gran sala donde los jerarcas de la familia Keikain esperaba Hidemoto el 27º, sentado delante de un altar taoísta. A pesar de que su cabeza había perdido todo el pelo que tenía y que las arrugas marcaban su piel, el anciano maestro seguía siendo una figura imponente. Era alto, ancho de hombros y su larga barba blanca le confería un aire distinguido.
No estaba solo, pero para desgracia de Yura, quien estaba al lado de Hidemoto no era otro que Ryuji.
La joven onmyoji había tenido la esperanza de que otros miembros de la familia estuviesen presentes. No todos en el clan compartían la posición de su abuelo y algunos habían intercedido en favor de Yura para que Hidemoto la permitiese entrenar como exorcista, sin éxito. En especial, su primo Akifusa había sido su más vehemente defensor. Aunque el gran maestro de los Keikain no se había dejado convencer, el valiente Akifusa le había ido pasando a la muchacha varios libros y amuletos para que fuese aprendiendo por su cuenta. Una persona más cínica habría advertido que el primo de Yura no corría peligro de expulsión. No sólo era el heredero de la rama Yaso de la familia, sino que era el mejor fabricante de espadas espirituales que había habido en 400 años. Aún así, Yura le tenía en mucha estima.
Por el contrario, su hermano Ryuji no le inspiraba ninguna confianza. Se parecía a Akifusa en que los dos veían el mundo en blanco y negro y se tomaban su trabajo de exorcistas muy en serio. Sin embargo, mientras que el heredero de los Yaso hacía hincapié en la justicia y el deber de proteger Kioto, Ryuji disfrutaba con el exterminio y la manipulación. Además, era un hermano mayor horrible. Cuando Yura pensaba en él, siempre recordaba los desplantes, las bromas de mal gusto, los insultos creativos y demás mezquindades que Ryuji usaba para atormentarla. Que él estuviese al lado de Hidemoto en aquel momento no presagiaba nada bueno.
—Te has metido en un buen lío, canija —sonrió con sorna su hermano mayor.
—Silencio, Ryuji —le mandó callar Hidemoto—. Yura, ven aquí.
La chica obedeció. Se incorporó y caminó con paso inseguro hasta llegar a su abuelo. No sabía qué esperar.
—Mi querida nieta, ¿sabes por qué te he mandado llamar? —el tono de voz de Hidemoto era serio.
—No, abuelo, no lo sé —contestó ella sinceramente.
—¿Conoces a un tal señor Usami?
Yura tragó saliva.
—S-sí. Es el dueño del Kiosko Usami, junto a la estación Oeste —dijo la chica con voz temblorosa.
—Un kiosko que ha tenido problemas recientemente, por desgracia —observó Hidemoto—. Lo que el buen Usami creía que era un asunto de fantasmas y demonios resultó ser un problema de mafias y especulación urbanística. Menos mal que una onmyoji de la familia Keikain estaba allí para ayudarlo...
La muchacha estaba completamente paralizada a aquellas alturas. No se atrevía a hacer ningún gesto. Notaba que su abuelo estaba conteniendo su cólera y de ningún modo quería hacerlo estallar.
—El señor Usami acudió a la mansión para presentar sus respetos y demostrar su agradecimiento —Hidemoto continuó su relato—. Decía que nunca jamás volvería a confiar en otro espiritista que no fuese un onmyoji Keikain. Por supuesto, yo estaba muy sorprendido. Siempre es agradable que reconozcan el trabajo de nuestro esforzado clan, pero no cuando no recordamos haber participado. Afortunadamente, todo se aclaró cuando el señor Usami dijo que la responsable había sido "Keikain Yura".
—Te estás haciendo famosa, hermanita —aprovechó para incidir Ryuji de manera inoportuna.
Yura se apresuró a dar explicaciones:
—¡No hice nada! ¡De verdad! No había yokai en la tienda, sólo polvo y suciedad.
—Y yakuzas —apostilló su hermano, terminando de empeorar la situación.
Hidemoto observó a Yura con una expresión muy sombría.
—Tuve que enterarme por boca de mi buen amigo en la policía de la prefectura, el capitán Watanabe, de que mi querida nieta se había visto envuelta en un tiroteo con mafiosos en un almacén de las afueras —explicó el anciano enfadado—. Dime, Yura, ¡¿qué parte de "no seas una onmyoji" no has entendido? ¡¿Acaso quieres que te maten?
—¡Aquello no tuvo nada que ver con los yokai! —se defendió la muchacha—. Eran sólo unos matones patéticos, no espíritus malignos. Si lo hubiera sabido...
—¡Yura, en este mundo hay más peligros que los del mundo sobrenatural! —el venerable Hidemoto estaba gritando—. ¡Eres demasiado pequeña, demasiado ingenua y demasiado atolondrada para salir ahí fuera a ser una verdadera exorcista! ¡Tú, mi nieta, sólo ves las partes más hermosas, no el duro trabajo que realizamos en las cloacas de este país! ¡Incluso los onmyoji mejor preparados caen en las garras del mal, y no sólo el de los yokai! Tus padres ya fueron sacrificio suficiente... —el abuelo de Yura terminó su sermón en susurros.
Se produjo un silencio incómodo. Como siempre, fue Ryuji el que lo interrumpió.
—En comisaría dicen que los yakuzas se meaban de miedo y que hablaban de un lobo gigante, o un ciervo gigante, o un hombre-zorro, o no sé qué más. ¿Qué hiciste, Yura? ¿Les contaste historias de terror? —la picó el onmyoji.
Su hermana saltó como un resorte. No soportaba cuando Ryuji se burlaba de ella.
—¡No señor! ¡Fueron mis shikigami! —exclamó con mucha confianza. Después se lo pesó mejor—: Bueno, lo del hombre-zorro no fue cosa mía. En el almacén había un kitsune. No sé por qué me ayudó, la verdad...
Sus palabras despertaron la atención de su abuelo y de su hermano. Hidemoto abandonó por un rato su ira e incluso Ryuji adoptó una expresión de calculado interés.
—¿Un kitsune? —repitió el cabeza de familia—. ¿Y te ayudó? ¿Estás segura, Yura?
—Completamente segura —confirmó la chica—. Vestía ropas antiguas, como las de los grabados del periodo Heian que tenemos por casa, y llevaba una espada de madera. Su pelo era largo y blanco, sus ojos eran rojos y tenía también una cola de zorro. Era un kitsune, sin duda. No sólo se enfrentó a los matones, sino que me liberó.
—¿Podría ser...? —empezó Ryuji, mirando a su abuelo, pero Hidemoto el 27º lo mandó callar.
—Nada de suposiciones, no delante de Yura —sentenció el maestro, que luego se dirigió a su nieta—. Se está haciendo tarde. Corre al autobús o llegarás tarde a clase.
Yura hizo una reverencia. Le molestaba que guardasen sus secretos entre ellos, pero era preferible marcharse ahora que estaba a tiempo de evitar una bronca y un castigo mayores. Sin embargo, cuando estaba a punto de salir por la puerta, Hidemoto se dirigió a ella una vez más:
—Por cierto, Yura, como vuelva a tener noticias de que has intentado practicar onmyodo, no sólo te quedarás sin el material que hemos requisado de tu habitación, como ahora, sino que no recibirás ninguna paga y tendrás que hacer la limpieza de todos los baños de la mansión durante un mes. ¿Queda claro?
Su nieta asintió, aunque por dentro hacía planes. Si su abuelo se enteraba de que había fundado un Club Onmyoji en la escuela, su enfado iba a ser colosal. Tenía que darse prisa y poner a resguardo los sellos y amuletos que tenía guardados en un rincón del jardín y en la taquilla del colegio.
Una vez la muchacha se fue, Hidemoto y Ryuji reanudaron su conversación.
—Dos shikigami a la vez. Vaya, vaya —murmuró el chico—. Seguro que Yura ha tenido un golpe de suerte, nada más.
—Silencio —bufó Hidemoto—. ¿Crees que no sé lo que estás intentando, nieto mío? Deja a tu hermana en paz.
—Sólo deseo lo mejor para esa tontaina, abuelo —sonrió Ryuji con astucia.
—Seguro —repuso el anciano, sin terminar de creerle—. Dejemos este tema por ahora. Me importa más ese kitsune. Algo me dice que el nieto de Hagoromo Gitsune ha vuelto a despertar.
—Quizás deberíamos hacerle una visita a la "vieja viuda negra" —sugirió su nieto.
El gran maestro de los Keikain asintió.
—No es una mala idea.
00000
Escuela secundaria, Kioto
Tanto Rikuo como la nueva estudiante Tsurara podían advertir que su amiga Yura no estaba de buen humor. Lo primero que había hecho nada más cruzar las puertas del recinto había sido ir a su taquilla y comprobar que todo su material exorcista estaba ahí. Lo había llevado a su pupitre y allí se había quedado, observándolo todo con el ceño fruncido. Parecía luchas consigo misma, sin saber qué hacer.
—¿Te ocurre algo, Yura? —se acercó Rikuo a interesarse por su estado de ánimo.
—Mi abuelo ha descubierto lo que ocurrió con el señor Usami —contestó la chica de pelo negro—. Me ha quitado todas las herramientas y amuletos que tenía en casa y ahora me va a vigilar mucho más de cerca. Sólo me queda lo que había traído a la escuela para nuestro club.
—Oh, lo siento mucho —dijo su amigo apenado.
—No es culpa tuya, Rikuo. Es culpa mía. Debería haber sabido que esto iba a pasar —suspiró Yura—. Y lo siento especialmente por el club.
—¿Es que no vamos a seguir con el club? —intervino de repente Tsurara. Nadie advirtió que había un punto de esperanza en su voz.
Yura negó rápidamente con la cabeza.
—¡No, no, por supuesto que vamos a seguir! Lo que ha pasado con mi abuelo sólo me ha convencido más de la importancia de mantener el Club Onmyoji de Investigación Paranormal en funcionamiento. ¡Hay que proteger a la gente de los yokai! —exclamó en voz alta. Sus ojos apagados ahora ardían con decisión. Algunos compañeros de clase la miraron de reojo y se rieron entre dientes.
—Está bien, está bien, Yura —la tranquilizó Rikuo.
El abatimiento volvió a asomar a la cara de la joven onmyoji.
—El problema es que quería celebrar las reuniones del club de los fines de semana en mi casa, aprovechando que mi abuelo suele hacer muchas peregrinaciones a santuarios y templos —explicó ella—. Sin embargo, ahora será imposible. Incluso si no está en la mansión, estaré muy vigilada.
—¿Y por qué no nos reunimos en otro lugar? —sugirió Rikuo, tratando de animarla—. Por ejemplo, podríamos ir a casa de Oikawa y...
Tsurara estaba al tanto de la conversación. Por supuesto no podía llevar a una onmyoji y al heredero de la facción enemiga a la base de los espías en Kioto, así que intervino:
—¡Huy, lo siento mucho! En mi nueva casa estamos en medio de la mudanza y, además, no les gusta que traiga invitados.
"Bueno, en realidad no he mentido", pensó Tsurara. Era verdad que aún no habían terminado de instalar todo el equipo de espionaje (hasta los yokai de siglos de antigüedad debían estar al tanto de las últimas tecnologías si querían hacerse pasar por humanos) y ciertamente Kubinashi la asaría viva si llevaba al enemigo a casa.
Yura asintió con pesar. Aunque ella ignoraba la verdadera naturaleza de Tsurara, podía comprender que recién trasladada a una ciudad nueva, su familia no estuviese de acuerdo en que invitase a compañeros a su domicilio.
De repente, se le ocurrió una idea.
—¿Por qué no vamos a tu casa, Rikuo? —le pidió Yura.
La pregunta cogió por sorpresa al joven señor de los Abe.
—Bueno, yo... —dudó el muchacho—. No creo que mi casa sea la más indicada para...
—¿Por qué no? —insistió su amiga onmyoji.
Rikuo estaba en un aprieto. Como siempre sentía su tendencia habitual de ayudar al prójimo, especialmente a sus amigos, pero tampoco podía olvidar que la Mansión Abe estaba plagada de espíritus y demás seres sobrenaturales .Lo que menos le apetecía era hacer estallar una guerra entre onmyoji y yokai. Sin embargo, sus dudas estaban empezando a despertar las sospechas de Yura. Si decía que no, su fachada humana podría desmoronarse.
El joven señor decidió jugar su última carta:
—¿No te había prohibido tu abuelo ir a la Mansión Abe?
—Rikuo, ya estoy desobedeciendo a mi abuelo simplemente por montar este club —indicó Yura—. Además, si le hubiera hecho caso desde el principio, nosotros dos ni siquiera seríamos amigos.
El muchacho se rindió. Esperaba que en su casa fuesen complacientes y no hicieran el tonto delante de una onmyoji, por novata que fuera.
00000
Mansión Abe, aquella misma tarde
—¡¿Estáis loco, joven señor? —gritó Hakuzozu.
El yokai volador se hallaba al frente de un concurrido grupo de demonios menores que miraban a Rikuo muy enojados. El chico había anunciado que el domingo se presentarían en casa unas amigas de su escuela, entre ellas Yura la onmyoji. Aunque algunos como el feroz Ibaraki-Doji se habían encogido de hombros y habían prometido mantenerse aparte, muchos yokai menores se habían puesto nerviosos al oír la noticia y otros, muy tradicionalistas, consideraban que traer a una exorcista a la base del Clan Abe era un insulto.
—Vamos, Hakuzozu. No es para tanto —trató de mantener la calma Rikuo.
—Disculpadme por mi exabrupto, joven señor —dijo el poeta guerrero, un poco avergonzado—, pero traer a una onmyoji Keikain aquí es pasarse de la raya. Seguimos la regla de vuestro padre y no nos metemos en los asuntos humanos, pero eso significa que los humanos tampoco deben meterse en los nuestros. ¿Qué ocurriría si esa amiga vuestra empieza a exorcizar a vuestros súbditos?
—Por eso os estoy pidiendo que el domingo os escondáis —dijo Rikuo lo más amablemente que pudo.
Enseguida se oyeron protestas.
—¿Escondernos? —Hakuzozu estaba dolido—. ¡Somos el Clan Abe! ¡Los yokai más poderosos de Japón! ¡Hemos infundido el miedo a incontables generaciones de humanos! ¡Nosotros luchamos con honor, no nos escondemos como cobardes!
—Oh, vamos, no estéis todos tan nerviosos. Seguro que Rikuo sólo quería ayudar a sus amigos —intervino de repente una voz femenina. Sin embargo, no era la de Hagoromo Gitsune.
—¡Mamá! —exclamó Rikuo con alegría.
Abe no Wakana se encontraba frente a ellos portando una cesta de verduras. A pesar de que había sirvientes de sobra en la Mansión Abe, a la última esposa de Seimei le gustaba hacer las cosas ella misma, desde preparar una deliciosa comida hasta ayudar en la colada. Su hijo había heredado muchos rasgos de ella, desde el pelo castaño hasta los ojos marrones, así como su sangre humana y una gran empatía por las necesidades de otros. De joven había sido una estudiante en Tokio cuya familia sufría una maldición sobrenatural. Muchos exorcistas habían tratado de ayudarla, sin éxito. Sin embargo, nada atraía más al Nue que un buen reto. Llegó, vio y venció, como tantas otras veces, pero aquella ocasión fue especial. El milenario señor de los Abe se enamoró y fue correspondido.
Eso sí, a Hagoromo Gitsune no le hizo mucha gracia que su hijo eligiese a una humana. Sin embargo, la relación entre las dos mujeres se había suavizado mucho desde el nacimiento de Rikuo.
—¡Señora Wakana! —exclamó Hakuzozu con reverencia—. Por favor, quitadle a vuestro hijo de la cabeza esta idea descabellada.
—No puedo hacerlo —dijo Wakana con una cálida sonrisa—. Rikuo nunca trae amigos a casa y es una lástima, porque tenemos una mansión preciosa y muy grande. Ya he hablado con Kuzunoha y ella está de acuerdo.
—Pero... pero... —trató de protestar el yokai de la larga lanza.
—Mi suegra también dice: "Si alguno de mis subordinados es tan inútil que se deja capturar por una niña onmyoji, no me quejaré si es exorcizado" —continuó Wakana sin perder su sonrisa maternal—. Seguro que estaba bromeando.
Al resto de los presentes les entró un escalofrío. La protesta quedó en nada y cada cual se retiró para su rincón habitual dentro de la casa, planeando seguramente cómo se esconderían durante el domingo. Rikuo corrió hacia su madre.
—Muchas gracias, mamá —dijo el joven señor muy contento—. Me has quitado un peso de encima.
—No hay de qué, cariño. Si necesitas algo para el domingo, sólo dímelo. Espero que tus amigas se lo pasen bien.
—Yo también —asintió Rikuo—. Seguro que están esperando con ganas esta reunión del club.
00000
Al mismo tiempo, en un barrio residencial de Kioto...
—¡No quiero ir!
La célula de espías al completo se hallaba en plena deliberación sobre las noticias traídas por Tsurara. La pobre Yuki-onna estaba de los nervios. No era para menos. Ya era malo tener que seguir a su objetivo con una onmyoji pegada a los talones, pero ahora su deber la obligaba a adentrarse en la mismísima boca del lobo. Su alivio inicial cuando Yura había anunciado que el Club Onmyoji no podría reunirse en la casa ancestral de los Keikain se había evaporado cuando en su lugar fue elegida la Mansión Abe. Aunque estaba claro que la amiga de la infancia de Rikuo no tenía ni idea de qué representaba en verdad aquel lugar, Tsurara estaba mucho mejor informada. Y aterrada.
—Ya lo hemos hablado, Yuki-onna —repuso Kubinashi pacientemente—. Esta es una ocasión inmejorable para obtener datos de la base enemiga. Vas a ir a esa reunión, te guste o no.
—No temas, chica. El consejero Mokugyo Daruma decía que eras la mejor a la hora de esconder tu aura demoníaca —la animó Aotabo, aún disfrazado bajo su apariencia de líder motero—. Mejor que yo, incluso, y eso que yo fui humano en el pasado.
—Exacto —corroboró Kurotabo, que ya había abandonado su traje de ejecutivo por sus ropas de monje—. Mientras mantengas tu actuación intacta, no te pasará nada. Si es cierto que la tal Keikain Yura no conoce la verdadera identidad de Abe no Rikuo, seguramente los yokai de la mansión mantendrán el secreto y no aparecerán.
Tsurara se rindió. Aunque estaba empezando a encontrar muy agradable la compañía de su objetivo de espionaje, es decir, el joven señor de los Abe, no le apetecía nada quedar expuesta a las garras de Hagoromo Gitsune. Incluso en Edo se había oído hablar de su poder y crueldad. Lo que de verdad quería era regresar a su cuarto en la casa Nura y encerrarse con unas copas de hielo.
—Bueno, podría ser peor —suspiró la chica de pelo azul—. La reunión podría haber sido en la casa ancestral de los Keikain.
—Pues de llegar el caso, también tendrías que ir allí —repuso Kubinashi inmisericorde— Después del Clan Abe, los onmyoji son el principal obstáculo de la invasión. La información que podamos reunir sobre ellos merece la pena el riesgo.
—¡Kubinashi! —protestó Tsurara—. ¿Es que quieres que me corten la cabeza?
El líder de los espías se ofendió.
—Oye, tampoco es tan malo tener la cabeza cortada —se molestó Kubinashi.
—No veo qué ventajas puede tener... —murmuró la Yuki-onna.
De repente, Kejoro, la mujer cabellera, apareció con un uniforme de médica bastante picante.
—Ay, Tsurara, te falta imaginación —regañó cariñosamente a su compañera—. No creerías lo útil que puede ser una cabeza flotante en la cama cuando...
—¡Kejoro! —la interrumpió Kubinashi a gritos—. ¡Dejémonos de tonterías y hablemos de nuestros siguientes pasos!
Tsurara se quedó con cara de perplejidad. "En fin, será mejor que me prepare. Dentro de dos días entraré en territorio Abe. ¡Ay, qué nervios!", pensó.
00000
Puerta principal de la Mansión Abe, domingo
Yura y Tsurara se encontraban frente a la entrada de la Mansión Abe. El lujo las tenía anonadadas. Era un verdadero palacio de dos pisos, construido al estilo occidental y con un grandioso jardín en sus terrenos. La sensación sólo se acrecentó cuando Rikuo las invitó a pasar y las condujo al interior del edificio. Miraran donde miraran, las dos chicas se topaban con mármol, maderas nobles, oro, seda y terciopelo. Tanto Yura como Tsurara se habían criado en antiguas mansiones, pero aquella ostentación las tenía asombradas.
Rikuo las condujo hasta una sala que parecía un pequeño comedor. Había una mesa de tamaño respetable y varias sillas. Con galantería y educación, el joven señor de los Abe ayudó a sus amigas a tomar asiento antes de acomodarse él.
—Rikuo, recuerdo que de pequeño me hablabas mucho de tu casa, ¡pero esto es increíble! —exclamó Yura, todavía impresionada.
—Ja, ja, ja, no es para tanto —se rió el chico con nerviosismo y algo de vergüenza—. No me gusta presumir del dinero de mi familia.
—Ya veo —asintió su amiga—. Bueno, comencemos la lección.
La joven onmyoji empezó con una introducción de los tipos generales de yokai. Habló de los tsukumogami, objetos abandonados que al cabo del tiempo se convertían en seres sobrenaturales, como la muñeca maldita del otro día. Mencionó a los monstruos humanoides, como los ogros, los duendes tengu, los kappa y las yuki-onnas (aquí Tsurara dio un pequeño respingo). Mencionó a los que eran materializaciones de fenómenos sobrenaturales, tales como el fogoso Furaribi, y advirtió que una tercera parte de los yokai eran de tipo ígneo.
—Pero los más peligrosos son las bestias convertidas en yokai —aseveró Yura, mientras Rikuo y Tsurara tomaban apuntes—. Aunque la mayoría de estos monstruos son inteligentes, se comportan de manera irracional. Se transforman a voluntad, maldicen, destrozan, desgarran y devoran. ¡Jamás, repito, jamás los toquéis! ¡Tened mucho cuidado!
Rikuo estaba encontrando aquella lección bastante instructiva, aunque servía para quitarle las pocas ganas que le quedaban de seguir los pasos de su abuela. Mientras, Tsurara asentía con convicción. Ella había oído por boca de la gente del grupo Bakeneko de lo que eran capaces las ratas de Kyuso. Lo que les faltaba en poder lo compensaban con una crueldad sin límites. Desde que aquellos roedores se habían hecho un hueco en las calles de Tokio, ya no se acercaba por el Distrito 1.
—Y luego están los grandes yokai —continuó Yura sus explicaciones—, aquellos que lideran las Procesiones Nocturnas de los Cien Demonios. Aquí en Kioto la más poderosa es...
La lección fue interrumpida cuando la puerta se abrió de repente y entró un despistado Shokera leyendo la Biblia. Aunque tenía la apariencia inofensiva de un joven de cabellos blancos, sus ropas de sacerdote jesuita y su crucifijo en el cuello llamaban poderosamente la atención a cualquier japonés, y Yura y Tsurara no eran la excepción.
—Oh, vaya, joven señor —se sorprendió Shokera—. No recordaba que tuvierais visita. Creo que Hakuzozu me había advertido de...
—¡Aaaah! —gritó Rikuo. Saltó de su asiento y empujó al yokai cristiano fuera de la habitación, mientras se disculpaba con sus amigas—: ¡Lo siento! ¡Ahora vuelvo!
A una distancia prudencial de la sala donde se estaban reuniendo, el joven señor de los Abe se encaró con Shokera.
—¡No puedes aparecer así como así! —se enfadó Rikuo—. ¡Van a descubrir que hay yokai en casa! ¿O es que no lo ves?
—Lo siento, es que estaba enfrascado en mi lectura del Apocalipsis y no me había enterado —se disculpó Shokera haciendo una reverencia. Estaba en una posición ideal para que Ibaraki-Doji apareciese por detrás y le arrease un coscorrón en la cabeza.
—¡Siempre armando problemas, meapilas! —el irascible oni pagaba su mal humor con su compañero—. ¡Deja de meter la cabeza en tus "testamentos" o como quiera que llames a ese montón de basura y estate más al tanto de los avisos, idiota!
—No esperaba menos del hijo de un demonio —repuso Shokera con condescendencia—. ¿Todavía echas de menos el sabor de la sangre, Dos Caras?
—¿Quieres pelea, santurrón? —Ibaraki-Doji estaba a punto de desenvainar su espada.
Rikuo trató de poner orden y les pidió que no armaran alboroto. A regañadientes, los dos yokai obedecieron. No podían decir que no al nieto de Hagoromo Gitsune. Cuando el joven señor creía tenerlo todo bajo control, una personita tiró de su manga.
—¡Hermano mayor! —saludó Kyokotsu, la hija del jefe de la facción cadáver, siempre con su inseparable calavera humana a cuestas—. Dice la señora Wakana que has traído amigas. ¿Puedo subir a verlas? ¿Puedo jugar con ellas?
—Lo siento, Kyokotsu —lamentó Rikuo, sabiendo como sabía que la niña no tenía gente de su edad con la que divertirse—. Aún no has aprendido a disfrazarte como una humana y llamarías demasiado la atención. Una de mis amigas es una onmyoji. Si supiera que eres una yokai, podría hacerte daño.
Sus palabras no parecieron desalentar a la pequeña de ojos dorados.
—¡Oh, no me importa! Podemos jugar a quitarnos los ojos o podemos jugar a la pelota con una de sus cabezas. ¡Será divertido! —sonrió Kyokotsu, enseñando sus colmillos.
Rikuo tardó unos minutos más en convencer a la niña de que los juegos típicos de los fantasmas y muertos vivientes a los que ella estaba acostumbrada no eran aplicables a unas chicas humanas como Yura y Tsurara. Decepcionada, Kyokotsu se marchó y el muchacho pudo regresar a donde esperaban sus amigas. Se había ausentado bastante tiempo y estaban impacientes.
—¡Así no se puede hacer una reunión del club en condiciones, Rikuo! —se quejó Yura—. ¿Y quién era ese sacerdote que ha entrado antes?
—¡Nadie importante! Es mi... mi primo, eso mi primo —se inventó Rikuo mientras el sudor corría por su frente—. Es un misionero y acaba de volver a Japón, por eso no se había enterado de que estábamos aquí. Disculpadlo, es muy despistado cuando está leyendo la Biblia.
Yura aceptó sus explicaciones, no del todo convencida. Mientras, Tsurara no le quitaba el ojo de encima. Estaba claro para ella que el que acababa de entrar era un yokai. ¿Cuál? No sabía decirlo. Tenía que estar más atenta. En el fondo, le daba un poco de pena el pobre Rikuo. Sólo de imaginarse que una onmyoji anduviese suelta en la casa principal de los Nura, le entraban escalofríos. ¡Y eso que ella era una Yuki-onna!
—¿Por dónde íbamos? —preguntó Rikuo, intentando reconducir la conversación.
—Por los líderes de las Procesiones Nocturnas de los Cien Demonios —le recordó Yura—. Como iba diciendo, ellos son los yokai más poderosos y terribles del país. Y en Kioto la más importante es Hagoromo Gitsune.
Ahora Rikuo empezaba a lamentar el rumbo de las lecciones. Además, Tsurara le seguía mirando fijamente. ¿Acaso esperaba que hiciese algún gesto que lo dejase en evidencia? "Me estoy volviendo paranoico", se dijo el joven señor.
—Cuentan en mi casa que Hagoromo Gitsune es una kitsune, un espíritu zorro, que existe desde tiempos de los emperadores. En tiempos oscuros y turbulentos, se reencarna en una humana destinada a la grandeza y obtiene sus energías del miedo, el odio y la envidia de las personas. También dicen, aunque esto es sólo un rumor, que gusta de seducir a jovencitas y comerse sus corazones —informó Yura en tono confidencial.
"Abuela, ¿qué haces en tus ratos libres?", pensó Rikuo. No se creía del todo aquellos rumores, pero la señora del Clan Abe soltaba de vez en cuando comentarios muy poco inocentes sobre las chicas del instituto al que acudía bajo su tapadera humana.
Tsurara levantó la mano.
—Keikain-san, ¿qué sabes del líder de la Procesión Nocturna de la región de Tokio? —preguntó la chica de pelo azul con interés.
—Veamos... —hizo memoria Yura—. Sí, ya lo recuerdo. El gran yokai de Kanto no es otro que el Nurarihyon, al que sus subordinados llaman también "el General Supremo". Aunque no tan antiguo como la temida Hagoromo Gitsune, es también un demonio formidable.
"Nurarihyon", repitió Rikuo en su mente. ¿Dónde había oído antes ese nombre? Sabía que le sonaba de algo, pero no lograba acordarse de en qué situación lo había oído. No le transmitía buenas vibraciones, desde luego.
—Perdona, Yura —interrumpió el muchachoa su amiga—. ¿Podrías decirme cómo es el Nurarihyon y qué poderes tiene?
—Bueno, los grabados antiguos lo muestran como un viejo que se mete en casas ajenas, roba la comida y pone en apuros a la gente haciendo cosas de lo más desagradables —explicó la joven onmyoji, para acto seguido exclamar—: ¡Pero no os fiéis! Se dice que tiene el poder de crear una ilusión de sí mismo y hacerse invisible. Puede penetrar sin ser visto en recintos sagrados, sin importar la protección que haya en ellos. Es un yokai muy insidioso.
—Invisibilidad, ilusionismo, colarse a escondidas en cualquier lugar... —enumeró Rikuo—. Parece que ese Nurarihyon es un demoniete de poca monta, ¿no?
Yura estaba a punto de contestar cuando, para sorpresa general, Tsurara se levantó del asiento muy ofendida.
—¡No hables así del Nurarihyon! —exclamó la chica de pelo azul—. ¡Es un yokai increíble, muy poderoso, capaz de hacer cosas impresionantes! ¡Si quisiera, podría ser el amo de todos los seres sobrenaturales de Japón!
De repente, Tsurara se dio cuenta de que había gritado en alto y se recogió de nuevo en su silla, roja como un tomate.
—Lo siento mucho, Oikawa —se disculpó Rikuo—. No sabía que te afectaba tanto este tema.
—Ella tiene razón, Rikuo —intervino Yura en tono de reproche—. En Kansai no se lo conoce mucho, pero Oikawa es de Tokio y seguro que se ha pasado la vida escuchando leyendas sobre el Nurarihyon. Nunca olvides que cualquier espíritu que haya logrado convertirse en líder de una Procesión Nocturna de los Cien Demonios debe transmitir un inmenso terror, tanto a los humanos como a otros yokai. Están a otro nivel.
—Vaya —musitó el chico, mientras Tsurara asentía vigorosamente. Por una vez, estaba dispuesta a celebrar las palabras de la onmyoji.
—Además, ¿acaso crees que las habilidades del Nurarihyon no son peligrosas? —inquirió Yura, mirando a su amigo a los ojos—. Imagínate, un yokai que puede estar delante tuyo armado con una espada y no puedes verlo. Un yokai al que crees que has derrotado pero que en realidad te ha engañado con una ilusión y está a punto de darte el golpe de gracia por la espalda. Un yokai que puede atravesar todas las barreras que le pongas y que puede hacerse pasar por un inofensivo humano incluso cuando le descubren con las manos en la masa. ¿Te puedes imaginar un yokai así?
Como si el destino quisiera responder a la pregunta de la joven onmyoji, la puerta de la habitación se abrió de nuevo, sólo que en vez del piadoso Shokera la que entró fue la mismísima Hagoromo Gitsune.
—Hola, Rikuo, ¿son amigas tuyas? —saludó la kitsune con calculada cordialidad—. Desde luego, no es frecuente que traigas a gente a casa. Encantada de conoceros, chicas. Mi nombre es Abe Kuzunoha.
Yura la reconoció enseguida. Era la chica que había visto varias veces desde la ventana del autobús.
—¡Ah, la hermana de Rikuo! —la joven onmyoji se levantó presurosa de su asiento e hizo una reverencia—. Buenas tardes, señorita Abe. Soy Keikain Yura. Siento las molestias que pueda estar causando.
—Qué niña tan bien educada —sonrió Hagoromo Gitsune, gratamente sorprendida—. Tenía muchas ganas de que pudiéramos conversar cara a cara, Yura-chan. Rikuo me habla mucho de ti, pero siempre te he visto de lejos. Aunque no hace falta que seas tan formal. Puedes llamarme Kuzunoha.
—Es un nombre muy hermoso, Kuzunoha-san, y me siento honrada de poder usarlo. Si no recuerdo mal, es el mismo que el de aquella kitsune que se enamoró de un humano y le dio un hijo —observó Yura sin sospechar la verdad.
—¡Una erudición muy rara de ver hoy en día! —alabó Hagoromo Gitsune y la joven onmyoji se sonrojó—. A mí también me gustan mucho el folklore y las historias tradicionales. Siempre he creído que hay una verdad oculta detrás de cada leyenda.
Rikuo puso los ojos en blanco, pero aguantó con expresión firme. Sabía por experiencia que su abuela podía ser muy retorcida cuando se hacía la niña buena.
—¿A que sí? —sonrió Yura, encantada de que la elegante hermana mayor de su amigo compartiese sus ideas—. Siempre que puedo, estudio los libros que tiene mi abuelo en la biblioteca, aunque a veces tengo que hacerlo a escondidas o si no se enfada. Quiero convertirme algún día en la mejor onmyoji de todo Japón.
—No dudo de que lo conseguirás —asintió apreciativamente la abuela de Rikuo.
Mientras, Tsurara temblaba por dentro y no precisamente de frío. Se encontraba en la proverbial boca del lobo (o del zorro, según se mirase), en la misma base del enemigo, y a dos metros escasos de Hagoromo Gitsune. Sin embargo, su compañera parecía incapaz de darse cuenta de que estaba conversando amigablemente con la mismísima líder de los yokai de Kioto. "¿Está ciega o qué le pasa?", pensaba la aterrada Yuki-onna. "¡Es Hagoromo Gitsune! ¡Su aura demoníaca está intoxicando todo el aire de la habitación! ¡Aunque sea una onmyoji novata, debería notarlo!".
—"Hermana" —intervino Rikuo para no hacer el vacío a su otra compañera—, permíteme que te presente a Oikawa Tsurara. Es la estudiante transferida desde Tokio de la que ya te he hablado.
La Yuki-onna pegó un respingo. Se había sumergido tanto en sus pensamientos que no se había percatado de que la conversación se dirigía ahora hacia ella.
—Mucho gusto —Tsurara inclinó la cabeza respetuosamente. Aunque estaba nerviosa, había sido criada en las finas artes de la cortesía yokai. La educación era lo primero, incluso ante el enemigo.
—El gusto es mío, Oikawa-san —Hagoromo Gitsune la cogió de las manos—. Sólo he estado una vez en Tokio, pero el recuerdo de mi estancia allí fue... imborrable.
Tsurara tragó saliva ruidosamente. "Mantén la calma, mantén la calma", se ordenó a sí misma. Su supervivencia dependía de que nadie notara su aura demoníaca que la identificaba como una Yuki-onna. Pero era difícil mantener la concentración. La kitsune seguía sujetando sus manos. De repente, la señora de los yokai de Kioto musitó con aire distraído:
—Qué manos tan frías, Oikawa-san. Es casi como si acariciase la nieve recién caída.
La pobre Yuki-onna estaba a punto de sufrir infarto. "¡LO SABE! ¡Lo sabe, lo sabe, lo sabe! ¡Me va a comer, me va a comer, me va a comeeeer!". Ni siquiera se atrevía a mirar a Hagoromo Gitsune a los ojos, aquellos ojos negros y profundos como pozos de oscuridad.
Sin embargo, para su sorpresa, la líder de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios no hizo ningún movimiento. Simplemente sonrió y soltó sus manos, como si no hubiese pasado nada. Tsurara respiró aliviada. Había sido una falsa alarma, un comentario inocente que la había puesto nerviosa. Si Kubinashi hubiera estado ahí, seguramente le habría echado una bronca por perder la compostura.
—¿De qué trata vuestro club? —se interesó Hagoromo Gitsune.
—¡Es el Club Onmyoji de Investigación Paranormal! —respondió Yura con mal disimulado orgullo—. Investigamos sobre los yokai y aprendemos a protegernos de ellos.
—Qué interesante. Ojalá tuviese unos años menos. Entonces podría haber formado parte de vuestro club —lamentó la abuela de Rikuo—. Bueno, chicas, me tengo que ir. Divertíos y cuidad bien de mi hermanito.
—¡Puede estar tranquila, señorita Kuzunoha! —aseguró Yura—. Espero que volvamos a vernos en el futuro.
—Yo también lo espero —contestó enigmáticamente la kitsune. Luego se fue.
Yura se volvió hacia su amigo Rikuo.
—¡Tu hermana es fantástica! —exclamó ella ilusionada—. ¿Por qué no me la habías presentado antes?
El joven señor no sabía qué contestar. Obviamente, no podía decir que en realidad no era su hermana mayor, sino su abuela, y que sólo se hacía pasar por humana para matar el aburrimiento. Mientras buscaba una respuesta adecuada, Tsurara salió en su rescate.
—¡Ya está bien de hablar de ella! —exclamó la Yuki-onna con una renovada confianza—. Volvamos a los yokai. Para eso estamos aquí, ¿no?
Rikuo y Yura asintieron a la vez y se pusieron manos a la obra. La tarde de estudio transcurrió sin nuevos sobresaltos.
00000
A la vez que Hagoromo Gitsune se entretenía a costa de Yura y Tsurara, su consejero, el Gran Tengu del monte Kurama, aguardaba el regreso de su señora en el salón de reuniones del Clan Abe. Estaba reflexionando sobre los problemas a los que tenía que hacer frente la familia cuando apareció por la puerta un viejo conocido.
—Hoy no hay convocada una reunión, Lord Kidomaru —saludó el anciano yokai—, y si buscáis a Hagoromo Gitsune está ocupada en otros menesteres. Volverá enseguida.
Kidomaru, el mejor espadachín de Kioto y líder de la facción oni, inclinó su cabeza respetuosamente ante el venerable consejero.
—En realidad, esperaba hablar con vos, Gran Tengu —aclaró el antiguo bandido—. Ha llegado hasta mis oídos que el joven señor Rikuo se ha vuelto a transformar en yokai. ¿Es eso cierto?
El anciano líder de los cuervos del monte Kurama suspiró.
—Creí haberle dicho a Hakuzozu que no se fuese de la lengua. A nuestra señora no le va a gustar nada que haga correr rumores por ahí.
—No echéis la culpa sobre el leal Hakuzozu —se apresuró a indicar Kidomaru—. Él no ha hablado. Han sido sus versos los que han desvelado el secreto. Sabéis que tiene la costumbre de componer esos horrorosos haikus suyos cada vez que sucede algo. Por casualidad, uno de mis hombres encontró una hoja de sus poemas. Incluso escondida bajo metáforas, la verdad salía a la luz.
—¿"Por casualidad"? —repitió el anciano Sojobo con sorna—. Si estáis espiando en la casa principal, al menos buscad excusas más elaboradas, Lord Kidomaru.
Si el jefe de los oni se sentía incómodo, no lo demostró. Su mirada de acero seguía clavada en el consejero.
—Aún no habéis respondido a mi pregunta, Gran Tengu. ¿Es verdad que el señor Rikuo se transformó en yokai?
—Sí, es verdad —contestó Sojobo.
La expresión del antiguo bandido se iluminó.
—¡Pero eso son buenas noticias! —se alegró Kidomaru—. Desde que el joven señor acabó con Gairota, he visto un gran potencial en él. Sabía que sólo era cuestión de tiempo que lo desarrollase y cumpliese las expectativas.
El Gran Tengu del monte Kurama negó con la cabeza.
—No, Kidomaru, no alberguéis tantas esperanzas —el anciano se aproximó a su compañero en la jerarquía del clan y le susurró confidencialmente—: Entre vos y yo, he de confesaros que esta no ha sido la primera transformación del joven señor desde el incidente con Lord Gairota. Sin embargo, en todas las ocasiones se ha negado a asumir su responsabilidad. Mucho me temo que no contribuirá a la causa del clan.
Kidomaru apretó los puños.
—¡Esto no puede ser! —se enfadó el líder oni—. Nos amenazan enemigos internos y externos. La suerte del Clan Abe no puede descansar sobre los hombros de un humano cobarde. ¡Alguien tiene que hacer algo!
—Sí, alguien tiene que hacer algo... —murmuró Sojobo.
00000
La reunión del Club Onmyoji de Investigación Paranormal había terminado. Rikuo acompañó a sus amigas hasta la puerta de la mansión. No podían entretenerse mucho más, porque al día siguiente tenían que madrugar para ir a la escuela.
—¡Ha sido estupendo! —celebró Yura—. Tu casa es espectacular, Rikuo. No me importaría volver aquí para otra reunión del club.
—Ja, ja, ja, gracias —se rió su amigo sin mucho convencimiento. Si iban a repetir esto todas las semanas, su vida se iba a poner patas arriba. Al menos Yura no había sospechado nada. Ventajas de vivir en una mansión occidental. Si la casa principal del Clan Abe hubiese sido un palacete de madera al estilo tradicional de Kioto, probablemente la joven onmyoji la habría recorrido de arriba abajo buscando yokai escondidos.
Tsurara no tenía tantas ganas de regresar. Había sobrevivido a un encuentro con Hagoromo Gitsune y no quería volver a tentar a la suerte. Sin embargo, sentía un cierto orgullo. Su tapadera había sido perfecta. Cuando volviera a la casa clandestina, iba a poder presumir delante de todos sus camaradas. ¡Incluso Kubinashi estaría impresionado!
—Pareces contenta, Oikawa —observó Rikuo.
—¿Qué? —se sorprendió Tsurara—. Oh, sí, por supuesto, Abe-kun. Me lo he pasado muy bien y he aprendido mucho. No sabía que en Kioto hubiese tantas leyendas sobre yokai y eso que sólo hemos empezado. ¡Daré lo mejor de mí en la próxima reunión!
Rikuo se acercó un paso más.
—No hace falta que te esfuerces tanto, Oikawa —murmuró el joven señor, preocupado.
Tsurara estaba perpleja. ¿A qué se refería el heredero de los Abe?
—Cuando mi "hermana" entró, tenías muy mala cara —indicó Rikuo, aprovechando que Yura se había adelantado y no los oía—. Durante un momento pensé que te ibas a desmayar.
No le faltaban razones al muchacho para estar preocupado. Sabía que su abuela tenía un enorme poder espiritual. Aunque lo controlaba en presencia de humanos, quizás hubiese liberado demasiado "miedo" al estar relajada en casa. Rikuo temía que hubiese afectado a una persona normal y corriente como Tsurara, mientras que él y Yura lo podían aguantar mejor por tener algo de poder espiritual ellos mismos. Por supuesto, desconocía que su nueva amiga era en realidad una Yuki-onna y que las causas de su malestar habían sido otras.
—Soy un poco enfermiza —mintió Tsurara—. Pero no te preocupes, Abe-kun. Ahora estoy perfectamente.
—¡Me alegro! —sonrió Rikuo con calidez, un gesto propio de su madre Wakana—. Recuerda, si necesitas ayuda, no dudes en pedírmela. Somos amigos, ¿verdad?
—Amigos... —murmuró Tsurara. Ella era una espía. Las relaciones con el enemigo eran sólo para averiguar información y sabotear sus planes, nada más. Entonces, ¿por qué le dolía aquella palabra cuando la pronunciaba el joven señor de los Abe?
Mientras los chicos terminaban de despedirse, Hagoromo Gitsune los observaba desde la ventana más alta de la mansión. No había en ella rastro de la cuidada cordialidad con la que había atendido a sus invitadas, sino la frialdad y concentración propias de la líder de los yokai de Kioto. A su lado, el Gran Tengu del monte Kurama observaba con ella la escena del jardín.
—Mi querido nieto se rodea de malas compañías —comentó la kitsune.
—Desde luego —asintió comprensivamente su consejero—. Sólo al joven señor se le ocurriría hacerse amigo de una niña onmyoji.
—¿Te refieres a Yura? —Hagoromo Gitsune se rió sin humor—. No, Sojobo, no te equivoques. La joven Keikain es una buena chica, aunque sea una exorcista. Quien de verdad me preocupa es la espía que nos han enviado desde Edo.
Rara vez el experimentado Gran Tengu se veía sorprendido, pero las palabras de su señora le habían cogido completamente desprevenido.
—¿Una espía? —repitió el anciano consejero asombrado—. ¿Os referís a la tal Oikawa Tsurara?
—En efecto. Por muy bien que sepa esconder su aura demoníaca, una Yuki-onna jamás podrá engañar a una kitsune. Poned vigilancia a su alrededor. Quiero saber qué hace, con quién se reúne y cuáles son sus planes. Con discreción, por supuesto. No quiero precipitarme. A Rikuo ya le cuesta bastante hacer amigos, como para que vaya su abuela y le arranque el corazón a alguno de ellos —Hagoromo Gitsune hizo una pausa para relamerse los labios mientras observaba a Tsurara desde la ventana—. Mm, hace siglos que no pruebo un buen ikigimo...
00000
Distrito de Shimabara, Kioto
Había caído la noche sobre la capital y en el antiguo distrito rojo de Shimabara, hoy reconvertido en barrio histórico y atracción turística, las calles estaban a oscuras. Sin embargo, en una casa de té primorosamente conservada, un grupo de yokai conversaba a la luz de una vela.
—El tiempo corre. ¿Estamos seguros de lo que vamos a hacer? —dijo una voz.
—¿Tienes miedo, Satori? —inquirió otro de los reunidos.
—Claro que no, pero me gustaría contar con alguna garantía antes de comenzar el plan. No todos los días traiciona uno al Clan Abe para pactar con el Nurarihyon.
Se hizo el silencio. Una tercera voz, más grave y cargada de autoridad, intervino:
—No puedo daros garantías, pero sí he contactado con los enviados de Edo, aquí mismo en Kioto. La invasión será este verano y arrasarán todo a su paso. Si queréis sobrevivir, haréis lo que yo diga.
—Por supuesto, noble señor —repuso servilmente el tal Satori—. Veo en vuestra mente que estáis decidido a todo para salvar lo poco que pueda ser salvado de Kioto. Os estamos agradecidos por vuestra guía. Sin embargo, estamos hablando de Hagoromo Gitsune. No es una anciana decrépita a la que se pueda ningunear, sino una máquina de matar con cuerpo humano.
—Hasta el yokai más poderoso tiene una debilidad. Su nieto es su debilidad —indicó la voz autoritaria.
—Ya lo sabemos —repuso la segunda voz en tono cansino—. Pero el joven señor está continuamente protegido, incluso cuando él no se da cuenta. ¿Qué podemos hacer nosotros?
Aunque estaba oscuro, los presentes pudieron notar como una sonrisa se perfilaba en el rostro de aquel al que Satori había llamado "noble señor".
—El joven Rikuo es humano y tiene debilidades humanas. No hablo sólo de su sangre y de su poder, sino de sus... amigas —aquel dato interesó mucho a sus interlocutores—. Veo que tengo vuestra atención. Perfecto. Ahora, gentes de los Hanamachi, si queréis salvaros de Nurarihyon y Hagoromo Gitsune, escuchad mi plan.
Notas adicionales:
Bueno, con este capítulo termina la presentación propiamente dicha de los principales actores que vamos a ver en acción próximamente. Espero poder mantener este ritmo de un capítulo por semana.
* Sí, la madre de Rikuo es Wakana. Primero, porque es indudable que el Rikuo humano heredó mucho de ella, y si ella no fuera su madre el personaje sería distinto. Y segundo, porque tras revisar otros mangas y animes de temática similar a Nuramago encontré el llamado Shonen Onmyoji, que cuenta la historia de un nieto de Abe no Seimei. ¿Cuál es la razón de que lo mencione? Pues que en esa historia la esposa de Seimei se llamaba Wakana. ¡No podía desaprovechar semejante coincidencia!
* Todos los fans de Nuramago reconocerán el término ikigimo. No está de más recordar que se trata de órganos arrancados de una presa aún viva. Según la traducción moderna de los kanji, se refiere específicamente al hígado, pero según el lenguaje antiguo podía ser también el corazón. En esta historia utilizaré los dos significados indistintamente. Leyendas llegadas desde China decían que comer ikigimo proporcionaba poder espiritual. El ikigimo podía provenir tanto de un animal como de una persona, pero las historias de terror no tendrían tanto impacto si hablaran de monstruos devoradores de vacas y cerdos, ¿verdad?
* La representación de Hagoromo Gitsune en el manga como un espíritu zorro devora-órganos bebe menos de las kitsunes japonesas y las huli jing chinas (en los dos casos, demonios tramposos que podían hacer el mal o el bien según el humor que tuviesen ese día) y más de las gumihos coreanas, que se alimentaban de hígados humanos para sobrevivir.
Próximo capítulo: "La Rebelión de los Hanamachi".
