Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: El patriarca de los Keikain ha descubierto que su nieta le ha desobedecido y practica el onmyodo por su cuenta. Más vigilada que nunca, a Yura no le queda más remedio que celebrar en casa de Rikuo la reunión del club. Aunque la joven onmyoji no descubre el secreto de la Mansión Abe, Hagoromo Gitsune sí averigua que Tsurara es una espía del Nurarihyon. Mientras, en el distrito de Shimabara se fragua un plan contra Rikuo y sus amigas.
La Rebelión de los Hanamachi
Distrito de Shimabara, Kioto
Tsurara estaba cumpliendo uno de sus sueños: pasear por las calles de uno de los barrios históricos de Kioto. Había oído por boca de su madre historias maravillosas sobre la antigua capital japonesa, escenario de las aventuras del Nurarihyon y sus seguidores cuatro siglos atrás. Lamentaba que sus deberes como espía le impidiesen hacer turismo como una visitante más, pero esta vez había encontrado una excusa perfecta.
¡Tenían invitaciones gratis para una casa de té en el hanamachi de Shimabara!
Hanamachi era el nombre que recibían los antiguos barrios de cortesanas en el Japón feudal. Especialmente bajo el gobierno de los shogunes Tokugawa, las autoridades delimitaban ciertos barrios para las actividades de moral dudosa. En ellos se daban cabida desde las casas de té tradicionales y los teatros kabuki, hasta las okiya o casas de geishas y la prostitución de lujo. En el pasado, las más importantes ciudades niponas habían contado con barrios de este tipo, pero en la actualidad los hanamachi mejor conservados sobrevivían únicamente en Kioto. Se habían convertido en distritos históricos, cuya arquitectura centenaria era protegida de las fauces devoradoras de la modernidad, y en atracciones turísticas que dejaban buenos ingresos. Claro está, habían tenido que sufrir modificaciones.
Shimabara, por ejemplo, había sido en su día el distrito rojo de Kioto. Mientras que la mayoría de las geikos (así eran llamadas las geishas en Kioto) tenían y siguen teniendo su sede en el hanamachi de Gion, Shimabara había sido un coto cerrado para bares y burdeles. Una geiko o una aprendiz maiko de buena reputación jamás habría puesto un pie en el antiguo hanamachi. Sin embargo, desde entonces Shimabara se había transformado en una zona recreativa histórica. Aún quedaban en pie dos casas de té en las que geikos profesionales ponían en práctica el ceremonial transmitido durante generaciones.
La Yuki-onna de Tokio siempre había querido ver una auténtica ceremonia del té preparada por una profesional. Aunque su educación bajo la atenta mirada de su madre había incluido el buen servicio del té, las artes yokai aún no estaban a la altura de lo que una auténtica geiko de Kioto habría considerado aceptable. A fin de cuentas, los espíritus y demonios eran criaturas del caos y la oscuridad; no se les podía pedir que apreciasen los exquisitos matices de una ceremonia que en su modesta realización simbolizaba el orden universal. Por fin, la oportunidad había llegado aquella mañana de la mano de un alegre Rikuo:
—¡Chicas! ¡Mirad lo que me ha regalado una geiko cuando he ido a la parada del autobús! —les dijo en un descanso entre clases, mostrando tres piezas de madera grabada.
—¿Es lo que yo creo que es? —preguntó Yura, por una vez interesada en algo más allá de los yokai y los exorcismos.
—¿Qué es? —intervino Tsurara con curiosidad.
—Invitaciones para ver una ceremonia del té en Shimabara. Son tres, una para cada uno. Ha sido un regalo. Dicen que están haciendo una promoción para interesar a los menores de Kioto por las antiguas tradiciones —explicó Rikuo, satisfecho de sí mismo—. ¿Por qué no vamos los tres juntos?
Tsurara juntó las manos con emoción.
—¡Oh, sí, por favor! ¡Siempre he querido ver una ceremonia del té!
—¿Tú qué dices, Yura? —le interrogó Rikuo a su otra amiga.
—Bueno, esta tarde quería seguir con el trabajo del Club Onmyoji de Investigación Paranormal... —empezó ella dubitativamente, pero se detuvo al ver los ojos abiertos de par en par de su compañera de pelo azul, que prácticamente suplicaban por no perderse aquella oportunidad—. ¡Vale, vale! Iremos a Shimbara esta tarde. ¡Pero luego tendremos que recuperar las horas perdidas! ¿Está claro?
—¡Sí! —contestaron a coro Rikuo y Tsurara.
Así habían quedado y la tokiota aprovechaba ahora para recorrer con paso pausado y mirada perdida la maravilla arquitectónica que era el bien conservado barrio de Shimabara. Sólo había dos casas de té operativas, muy hermosas ellas, pero no faltaban turistas que hacían cola a la entrada. En concreto, acababa de llegar un autobús con visitantes, algunos llegados de lugares tan lejanos como América y Europa.
Aturullada por la repentina marea de turistas, Tsurara se encontró de repente con Yura. La joven onmyoji también se veía superada por la multitud.
—¡Oikawa! —la llamó Yura—. Movámonos a un lugar más tranquilo.
—De acuerdo —asintió inmediatamente la Yuki-onna.
Las dos chicas se hicieron a un lado y encontraron un lugar en el que relajarse al pie de una fuente. Justo cuando ya se estaban relajando con el murmullo del agua corriendo entre las piedras, el móvil de Yura sonó con una extraña música.
—¿Qué sonido es ese? —preguntó Tsurara.
—Es el tema principal de la película Onmyoji —explicó Yura, sonrojándose un poco—. A ver quién llama... ¡Rikuo!
Al otro lado de la línea, el joven señor de los Abe se deshizo en disculpas.
—¡Lo siento mucho, chicas! Se me olvidó por completo que le había prometido a Hakuz... esto, a uno de los sirvientes de la casa que llevaría su cuaderno de poemas al registro de la propiedad intelectual. Tardaré una hora al menos en llegar a Shimabara.
Su amiga asintió comprensivamente. Ése era Rikuo, el buen samaritano, que ayudaba incluso a sus criados con inquietudes artísticas. Ni siquiera se molestó en preguntar por qué su sirviente no podía ir él mismo al registro, claro que la respuesta la habría sorprendido. Hakuzozu, el yokai volador, ardía en deseos de publicar sus haikus, aunque fuese bajo seudónimo. Por desgracia, no podía presentarse tal cual era ante los funcionarios gubernamentales, que habrían huido de miedo al verle, ni tampoco se atrevía a confiar sus preciados poemas a nadie que no fuera de su estricta confianza, y sólo el joven señor cumplía esos requisitos. Rikuo jamás se habría atrevido a decirle que sus versos dejaban bastante que desear, pero no hacía daño a nadie registrarlos. Sólo lamentaba no llegar a tiempo a la cita con sus dos amigas.
Yura le explicó la situación a Tsurara, que no puso ningún inconveniente en esperar. Había varias sesiones para la ceremonia del té, así que no iban a perder la oportunidad de contemplar una si aguardaban la llegada de Rikuo. No obstante, quedaba una hora larga por delante y entre las dos chicas se produjo un silencio incómodo. No habían charlado entre ellas a solas casi nunca y no sabían de qué hablar.
Tras unas vaguedades sobre el tiempo y los deberes de clase, Tsurara sorprendió a Yura adoptando una cara muy seria y diciendo:
—Keikain-san, ¿podemos hablar un momento sobre Abe-kun?
La joven onmyoji se sintió un poco nerviosa. ¿A qué venía ese tono tan sombrío de repente? Si hubiera tenido el poder de leer las mentes, habría descubierto que su compañera estaba preocupada por la calidad de la información que estaba obteniendo de su objetivo, Abe no Rikuo. El muchacho era cordial y animoso, pero casi nunca le había pillado dando un paso en falso o revelando secretos familiares. Las rutinas cotidianas de la escuela y del club tampoco habían supuesto nuevos descubrimientos. Si quería que su misión de espionaje fuese un éxito, debía ser valiente y dar un paso adelante. Interrogar a la amiga de la infancia de Rikuo era lo primero.
—¿Qué tipo de relación tienes con Abe-kun? —preguntó Tsurara de sopetón.
Los ojos medio cerrados de Yura se abrieron de par en par. Se alegraba de no estar comiendo o bebiendo, porque sin duda se habría atragantado hasta asfixiarse al oír aquella cuestión.
—¡¿Q-qué? —se sorprendió la joven onmyoji muy nerviosa—. ¿Q-que qué tipo de relación tengo con...?
—Sí, por ejemplo, cuánto tiempo hace que lo conoces... qué tipo de persona es... ese tipo de cosas —explicó Tsurara.
Un poco más clamada al entender que la pregunta de su compañera no tenía ninguna doble intención (o al menos no la doble intención que creía ella), Yura se dispuso a relatar los pormenores de su amistad con Rikuo.
—Mm, veamos... —hizo memoria la chica de pelo negro—. Fuimos al parvulario juntos, así que nos conocimos ahí. Luego, en primaria, resultó que nos montábamos en el mismo autobús, aunque en paradas diferentes. Charlábamos mucho, jugábamos juntos... Ahora que lo pienso, casi todos los cursos acabábamos en la misma clase...
Yura hizo una pausa, meditando sobre sus recuerdos. Entonces se dio cuenta de algo.
—¡Ahí va! —exclamó más para sí misma que para Tsurara—. Si me salen las cuentas bien, significa que Rikuo y yo hemos estado juntos durante ocho años.
La Yuki-onna asintió. "¡Bien! Como me imaginaba, Keikain es la mejor fuente de información sobre Abe no Rikuo que tengo a mano. Ocurre algo muy raro con él. Parece que no quiere revelar su naturaleza yokai ante los humanos y se pasa el día ayudando a la gente en vez de haciendo maldades. Eso no es lo que esperaba del nieto de Hagoromo Gitsune. Y sin embargo noto algo especial en él, como una sombra que no consigo ver", reflexionó la espía del Clan Nura. Era muy posible que guardase algún secreto y que su amiga onmyoji supiese algo. No dispuesta a perder la oportunidad, siguió presionando a Yura.
—¿Y qué más? ¿Y qué más? —la chica de pelo azul renovó su asalto—. ¿De qué suele hablar normalmente contigo?
—¿Eh? ¿Oikawa? —se extrañó Yura ante aquella insistencia.
—¿Qué hace Abe-kun en sus días libres? —siguió preguntando Tsurara—. ¿Tiene algún otro amigo íntimo aparte de ti? ¿Has ido a su casa otras veces? ¿Tienes alguna foto suya de cuando erais pequeños?
—¡Basta! —explotó la joven onmyoji, rebelándose contra el asedio al que se estaba viendo sometida—. Haces unas preguntas muy raras, Oikawa. ¿Por qué debería saber yo todo eso? Tampoco es que Rikuo y yo...
—Keikain, tú... —murmuró Tsurara.
En la mente de las dos chicas se produjo una tormenta de ideas. "Vale, soy la amiga de la infancia de Rikuo, así que es normal que me haga preguntas sobre él. ¿Pero tantas? Y en clase no le quita el ojo de encima. Podría ser que...", pensaba Yura para sus adentros. Por su parte, Tsurara hacía lo propio recordando las lecciones que había aprendido sobre la cultura en Kioto. "A las personas de la capital les gusta hablar con contradicciones", recordó la Yuki-onna. "Cuando invitan a una persona a que se acerque, en realidad le están pidiendo que se vaya. Ocurre lo mismo en sentido contrario. Es la modestia típica de las chicas de Kioto. Si Keikain no quiere responder a mis preguntas significa que...".
Los ojos de las dos muchachas se iluminaron, creyendo haber descubierto la verdad.
"¡A Oikawa le gusta Rikuo!", pensó Yura.
"¡A Keikain le gusta Rikuo!", pensó Tsurara.
Así las dos chicas, tan parecidas y tan diferentes, empezaron a llegar a escandalosas conclusiones sobre los motivos ocultos de su compañera, sin darse cuenta de que estaban siendo observadas por individuos de lo más sospechoso.
—¿Esto es todo? ¿Dos niñas? —se quejó una voz—. ¿Dónde está el joven señor? Él es nuestro objetivo principal. Con lo bien que planeamos el engaño de la ceremonia del té...
—No te sulfures, hermano Onmoraki —le tranquilizó otra voz—. Los señores Satori y Oni Hitokuchi ya tuvieron en cuenta esta eventualidad. Sigamos el plan y capturémoslas. Ya sabes, más vale pájaro en mano que ciento volando.
—Cuánta razón, hermano Onmoraki. ¡Vamos allá!
El violento silencio que se había producido entre las dos chicas, que ahora se miraban de reojo sin saber cómo afrontar el supuesto descubrimiento que habían imaginado, se vio interrumpido con la llegada a la escena de un grupo de alegres geikos maquilladas como muñecas y vestidas con brillantes kimonos. Aquellas profesionales especializadas en entretener a los hombres con sus artes aprendidas durante siglos, se acercaron a las dos muchachas calladas y sentadas al pie de la fuente.
—Oi, ¿qué hacen dos ricuras como vosotras aquí solas? —se dirigió a ellas la líder del grupo en un empalagoso tono maternal—. ¿Estáis perdidas? ¿Os habéis separado del grupo?
—No, señora —explicó Yura con educación—. Tenemos entradas para una ceremonia del té. Estamos esperando a un amigo nuestro, que se ha retrasado.
—Qué lástima —repuso la geiko con voz de falsete—. ¿Y si en vez de aburriros aquí nos acompañáis? Mientras esperamos a ese chico, podemos divertirnos con el maquillaje y los vestidos. ¡Seguro que sois unas maikos monísimas!
—No, no hace falta... —empezó a disculparse Yura. Tsurara la interrumpió, tirándola de la manga.
—¿Por qué no, Keikain? Me gustaría saber cómo son las geishas human... esto, las geishas de Kioto.
La joven onmyoji miró a su compañera de reojo y la advirtió entre dientes.
—Oikawa, estas geikos no son lo que parecen.
Tsurara iba a preguntarle a qué se estaba refiriendo exactamente, pero entonces ella también lo notó. Se había dejado deslumbrar por el brillo de la pintura y el lujo de los trajes. Aquellas mujeres no parecían mujeres. Tenían un aura inquietante a su alrededor. "No son humanas", pensó la Yuki-onna. No era una buena noticia que unos yokai de Kioto se hubiesen acercado tanto sin darse cuenta ella.
—Tienes razón, Keikain —susurró Tsurara. Luego en voz alta dijo—: Vámonos a dar una vuelta, que aún quiero ver el...
No le dio tiempo a terminar la frase. Antes de que pudieran dar un solo paso para alejarse de allí, las dos muchachas se hallaron rodeadas por las falsas geikos. La apariencia de las damas de compañía empezó a mutar en medio de sonidos repugnantes, y donde antes había habido bellas mujeres preparadas para una velada de arte y entretenimiento, ahora ocupaban su lugar espantosas grullas deformes con varios ojos a lo largo y ancho de su cuerpo.
—No tengáis tanta prisa, ratoncitas —dijo el monstruo que antes había sido la jefa de las geikos—. Veamos, sois amigas del joven señor, ¿no? La tarde se agota y la noche es joven. Prepararemos un festín... ¡con vuestros hígados!
Tanto Yura como Tsurara trataron de mantener la calma. Sin embargo, miraran por donde miraran sólo encontraban enemigos. Incluso encima de los árboles había grullas aguardando su oportunidad. Lo pero es que en aquel momento no había nadie a quien pedir auxilio. Los grupos de turistas se hallaban ya en el interior de los recintos, ajenos a cuanto ocurriese fuera, ni tampoco había transeúntes curioseando por la zona. Estaban solas.
—¿Qué son? —le preguntó Tsurara a su compañera.
—Son bestias convertidas en yokai —explicó la onmyoji—. Tal como os expliqué aquel domingo en casa de Rikuo, son seres violentos e irracionales. En concreto, son onmoraki. No sólo tienen el aspecto de grullas gigantes, sino que también pueden respirar fuego.
—¿Fuego? —se asustó la Yuki-onna. Con sus poderes gélidos podía enfrentarse a muchos peligros, pero un chorro de fuego podía ser letal incluso para ella.
—¿Qué estáis susurrando? —se molestó uno de los onmoraki—. Venid aquí. Os prometo que si os portáis bien no os dolerá...
La expresión de Yura se endureció. Mientras hablaba, echó mano de su monedero.
—Maldito pajarraco... —masculló la onmyoji—. No sé qué te has creído.
—¿Cómo? —se extrañó el demonio-grulla. Esperaba terror, pánico, incluso un desvanecimiento. Que su víctima les insultase era nuevo.
—Retírate, Oikawa —le dijo Yura a su compañera.
—¿Eh? —exclamó Tsurara sorprendida.
Sin ningún miramiento, la onmyoji empujó a la chica de pelo azul a un lado y comenzó a conjurar su deidad ceremonial mientras alzaba un monigote de papel con signos dibujados en él.
—¡Uho tenho! ¡Tennai! ¡Tensho! ¡Tenho...!
Por desgracia, antes de que pudiera terminar de recitar la fórmula mágica, recibió un violento aletazo por parte de uno de los onmoraki más próximos.
—Vale, tenemos famas de estúpidos, pero no tanto —se rió el líder de las monstruosas grullas con una carcajada cruel—. Ya nos advirtieron de que aunque eras una canija sin entrenamiento, podías convocar deidades ceremoniales. No eres la primera Keikain que intenta hacerse la valiente con nosotros. Eso sí, deberías aprender a hacer tus conjuros más cortos. Qué pérdida de tiempo, por favor...
Yura, más dolida por su fracaso que por el golpe recibido, apretó los dientes.
—Sólo sois unos pájaros de mal agüero —dijo la muchacha con desprecio—. ¿Cómo osáis aparecer en plena calle haciéndoos pasar por humanos? ¡Este no es vuestro sitio!
—¡No es nuestro sitio! ¡No es nuestro sitio! —corearon las grullas de manera burlona.
—Niñata, Shimabara es nuestro territorio. Siempre lo ha sido —explicó el líder grulla—. Ahora se acabaron las tonterías. Mira.
El onmoraki señaló un punto a la espalda de Yura. La chica de pelo negro se dio la vuelta y vio cómo su compañera Tsurara había sido rodeada por tres pájaros de aspecto fiero. De sus picos asomaban volutas de humo, signo inequívoco de que estaban preparados para lanzar una llamarada calcinadora en cualquier momento.
—¡Para! ¡¿Qué pretendes hacer? —se alarmó Yura. Después de increpar al pájaro líder, llamó a su camarada—: ¡Oikawa! ¡Resiste!
—¡Keikain! —respondió a su vez Tsurara.
La Yuki-onna se encontraba en un aprieto. Sus instintos gritaban para que adoptase una posición de ataque y se preparase para lanzar una avalancha de hielo contra aquellos yokai. Sin embargo, su cerebro la obligó a mantener su fachada de estudiante humana normal y corriente. El primer día ya había estado a punto de descubrir su verdadera identidad por culpa de una muñeca maldita. Sus deberes como espía requerían que estuviese dispuesta a soportar mayores peligros sin actuar, le había repetido mil veces Kubinashi. No podía depender de sus poderes yokai. Ahora lamentaba no haber prestado más atención a las lecciones de Yura sobre onmyodo.
Aunque no había liberado su magia elemental, uno de los tres fogosos guardianes que la vigilaban se percató del cambio en sus movimientos y avisó enseguida a su jefe:
—¡Hermano Onmoraki! ¡Esta chavala intenta algo!
—Qué conmovedor —dijo el líder con ironía—. Así son las verdaderas amigas. Pero como alguna de vosotras haga un movimiento en falso, tú, la de pelo negro, o tú, la de pelo azul, arderéis como cerillas.
La amenaza fue suficiente para que, por un momento, las dos chicas se quedasen paralizadas. Sus enemigos aprovecharon rápidamente para asestarles durísimos golpes en la cabeza que las dejaron inconscientes de inmediato.
—¡Oi, oi! —se puso nervioso uno de los yokai—. ¡Al señor Satori no le gustará si no se las llevamos intactas!
—Están vivas, ¿no? —repuso el jefe de los onmoraki—. Pero tienes razón. Trasladadlas con cuidado, hermanos. ¡Si todo sale bien, esta noche celebraremos nuestra victoria con hígados humanos frescos!
00000
Rikuo entró en Shimabara con paso apresurado. Las gestiones en la oficina de registro intelectual le habían llevado más tiempo del que había calculado y ahora estaba pensando en la mejor forma de disculparse ante sus amigas, que seguro que a esas horas estarían tremendamente enfadadas. Sin embargo, después de varias pasadas por las calles del distrito histórico, no las encontró. Al principio no se alarmó. Simplemente dedujo que sus compañeras se habían hartado de esperar y habían decidido acudir a la ceremonia del té ellas solas. Una lástima, pensó Rikuo, pero era lo menos que él se merecía por haber tardado tanto. Por si acaso, decidió acudir a la casa del té para la que tenía las entradas. No le apetecía interrumpir una ceremonia en marcha, pero sí quería cerciorarse de que sus amigas estaban bien.
Para su sorpresa, la casa de té a la que correspondía su elegante entrada grabada en una tablilla de madera, no era ninguna de las dos con licencia y abiertas al público, sino una más pequeña y antigua que a todas luces estaba cerrada. Aún así, Rikuo se acercó y llamó a la puerta.
Tras unos segundos que se hiceron eternos, una voz respondió al otro lado.
—¿Quién es?
—Perdone, me llamo Abe Rikuo. Me dieron unas entradas para participar en una ceremonia del té. Venían conmigo dos amigas mías llamadas Oikawa y Keikain, pero he llegado tarde y no las encuentro —explicó el muchacho—. ¿Han entrado aquí?
—Sí, sí, están aquí —respondió su interlocutor—. Pasad, pasad.
Se abrió la puerta y Rikuo entró. Para su sorpresa, el local estaba a oscuras. Cuando ya se estaba preguntando qué demonios ocurría en aquel lugar, se encendieron las luces de repente, cegándolo momentáneamente. Cuando se acostumbró a la iluminación, sus ojos se posaron en un escenario inquietante.
Sobre la tarima reservada para las ceremonias de té había tres jaulas. Una estaba vacía, pero las otras dos retenían a dos ocupantes que Rikuo conocía muy bien:
—¡Yura! ¡Oikawa! —gritó el joven señor, lleno de preocupación.
Cada chica se hallaba en una jaula diferente, tiradas sobre sendos montones de paja que acolchaban el frío suelo de metal. Parecían inconscientes y ninguna respondió a los llamados de Rikuo. El heredero de los Abe se dirigía a rescatarlas cuando una voz lo detuvo:
—No tan rápido, joven señor. Por favor, venid aquí.
Rikuo se volvió. En un rincón de la casa de té, apartados de las luces que iluminaban la tarima, había dos figuras claramente sobrenaturales. Uno parecía un hombre muy alto, pero la mitad de su altura correspondía a su cabeza colosal. Su sonrisa era también enorme y mostraba unos dientes fieros y retorcidos. Su compañero, por contra, era mucho más modesto en talla y aspecto, que se asemejaba al de un sapo. Llamaban la atención en él sus ojos, en los que se dibujaban hipnóticos círculos concéntricos. Por alguna razón, a su lado había una ternera de color blanco impoluto con la cara despistada de un animal al que han sacado de su ambiente natural.
De los dos yokai, era el bajito el que llevaba la voz cantante.
—Buenas tardes, joven señor, o tal vez debería decir buenas noches. El sol está cayendo ya en el horizonte. En todo caso, bienvenido. Mi nombre es Satori y mi compañero aquí presente es el honorable Oni Hitokuchi —se presentó el que parecía un sapo con exquisita educación.
—Es un placer tenerlo en nuestra humilde casa de té —dijo su camarada, el de la gran cabeza.
Ninguno de los dos mostraba el más mínimo interés en el escenario con las tres jaulas, pero Rikuo no estaba dispuesto a intercambiar saludos de cortesía cuando las vidas de sus amigas estaban en juego.
—¿Sois yokai? ¿Sois de la familia Abe? —preguntó Rikuo—.¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¡Esas de ahí son mis amigas!
—¡Muestra más respeto por el señor Satori! —intervino de repente una voz cloqueante, dándole un fuerte empujón por la espalda.
El muchacho se reincorporó con cuidado. A su espalda habían aparecido varios seres con aspecto de pájaro, mucho más monstruosos que los tengu del monte Kurama. Daban la impresión de ser bestias violentas e impacientes, una mala combinación para él, dado que ahora tenía la ruta de escape cortada.
—Vamos, vamos, mis buenos onmoraki—pidió calma el tal Satori—. La ignorancia de un niño no es motivo para perder las buenas costumbres.
—Habla por ti, Satori —repuso Oni Hitokuchi con voz grave—. Yo lo estrujaría entre mis dientes por su impertinencia.
—Eso no es dar buen ejemplo, amigo mío —se quejó el hombre-sapo, sin darle realmente mucha importancia al asunto. Luego se volvió hacia Rikuo—: Sí, joven señor, somos miembros del Clan Abe. Durante siglos hemos sido los líderes de los grupos que gestionan las casas de juego, bares y demás entretenimientos para yokai en los barrios hanamachi. Los onmoraki, aquí presentes, así como la banda Mukurowaguruma, los monjes bonzo Konnyaku y otros espíritus menores están a nuestras órdenes, siempre bajo el permiso de Hagoromo Gitsune, claro.
—Entonces, ¿por qué...? —empezó a preguntar el chico, pero su interlocutor alzó la mano.
—Paciencia, joven señor —le pidió Satori—. Todo a su debido tiempo. Aprovechando que vuestras dos amigas humanas están "dormidas", vamos a poner a prueba vuestros conocimientos. Primero, ¿sabéis qué es el ikigimo?
—¿Ikigimo? —repitió Rikuo, tratando de hacer memoria. Aquellos yokai parecían muy extraños y era preferible seguirles el juego por ahora—. No, lo siento, no me suena de nada.
Los ojos de Satori se iluminaron. No, no era una metáfora, realmente había aparecido un brillo sobrenatural en sus iris anillados. El sapo sonrió.
—Me resulta increíble admitirlo, pero decís la verdad —sus palabras sorprendieron a Rikuo. ¿Cómo sabía que no había mentido?—. Entonces la demostración que viene a continuación os va a resultar cuanto menos sorprendente...
Con parsimonia, Satori se acercó a la ternera blanca que habían traído a la casa de té. La acarició con ternura, le susurró palabras tranquilizadoras en el oído y entonces clavó su mano en el pecho del animal. Mientras el desdichado bovino mugía y se encabritaba entre espasmos de dolor, la garra inmisericorde del yokai se abrió paso entre huesos y músculos. De un tirón, arrancó el corazón a la pobre bestia. Mientras la ternera agonizaba en el suelo del local, cubriendo la madera pulida con una mancha de sangre, el hombre-sapo le enseñó el órgano aún palpitante a un pasmado Rikuo.
—Esto es ikigimo —explicó Satori con una mueca desagradable—. El corazón o el hígado arrancado a un animal vivo. Proporciona a quien se lo come una energía espiritual que no se puede encontrar en ninguna otra parte. Para los yokai no hay un manjar más exquisito. ¿Queréis probar?
Rikuo apartó la vista, conteniendo las ganas de vomitar.
—¡Jamás! Es... es repugnante —dijo el muchacho con la cara verde por las náuseas.
—No digáis eso, joven señor —Satori fingió un mohín de disgusto—. El comercio legal de ikigimo es una de las fuentes de riqueza de nuestro negocio. Demonios y fantasmas de medio Japón acuden a los hanamachi de Kioto solamente para poder gozar de una de estas delicias. Además, ¿sabíais que vuestra abuela es una de nuestras mejores clientes? No hay mes que no haga una visita a uno de nuestros restaurantes.
El muchacho hizo oídos sordos.
—¡Me da igual! ¡Sólo dime qué tiene que ver esto del ikigimo con Yura y Oikawa!
—Directo a los negocios, por lo que veo —suspiró Satori. Arrojó el corazón a Oni Hitokuchi, que abrió su boca gigante y se lo tragó de un bocado—. Como he dicho, Hagoromo Gitsune es una buena clienta. Siempre deja propina, incluso cuando queremos invitarla. Pero aunque su afición por los hígados y corazones frescos es legendaria, la señora de Kioto ha mantenido la prohibición del Nue para traficar con ikigimo humano. Eso no es bueno para los negocios.
—¿Ikigimo... humano? —Rikuo creía que ahora sí iba a vomitar.
—¡Oh, sí! —se emocionó el sapo—. Mucho más fino, mucho más sabroso y mucho más poderoso que los vulgares órganos de un animal de cuatro patas. Sin embargo, vuestro padre pensaba que era una práctica salvaje y malvada, indigna del equilibrio cósmico que tenía en mente para la capital. También prohibió muchas otras actividades que, a su juicio, hacían "excesivo daño" a los humanos. El Nue, la Oscuridad lo tenga en su gloria, era un gran líder, pero no tenía visión para la industria y el comercio. Una pena. Su muerte nos entristeció, sí, pero pensábamos que Hagoromo Gitsune aceptaría nuestras reivindicaciones. Favorecimos la transición de poder, pero nuestro apoyo no se vio recompensado. Y ahora se avecina una crisis.
Por un momento Rikuo olvidó las náuseas que amenazaban con vaciar su estómago revuelto y reflexionó sobre lo que su interlocutor le acababa de contar.
—Espera, ¿estás diciendo que has secuestrado a mis amigas por una disputa económica? ¿Es eso? —se asombró el chico.
—Este muchacho es tonto —se rió Oni Hitokuchi.
—¡Tonto, tonto! —corearon los matones grulla alegremente.
—No, no es tonto, sólo ingenuo —les corrigió Satori, para acto seguido decir—: No, joven señor, o al menos no sólo por eso. Vuestra abuela nos sigue aterrorizando y jamás nos atreveríamos a levantar un dedo contra ella o su familia... si estuviéramos solos. El mundo yokai está cambiando con respecto a cómo era antiguamente. Surgen nuevas organizaciones maléficas y el viejo orden se tambalea. Hay que adaptarse a los cambios, pero eso sólo es posible bajo el liderazgo... adecuado.
Rikuo puso cara de perplejidad.
—¡¿Aún no lo entiendes, niño? —se enfadó el gargantuesco Oni Hitokuchi, escupiendo mientras gritaba—: ¡Tú eres un blandengue, un inútil, nadie confía en ti! ¡Aunque nadie hable en presencia de Hagoromo Gitsune, se cuentan por cientos los que quieren quitarte de en medio! ¡Pero ahora vienen los de Edo, tu abuela no podrá hacer nada y todos sufriremos a no ser que entreguemos tu cabeza de tonto inútil!
—¿Qué queréis que haga? ¿Que anuncie mi renuncia? ¡Yo no quiero ser el heredero! ¡Que lo hagan otros por mí! ¡Pero por favor, liberad a mis amigas! —suplicó Rikuo.
Satori negó con la cabeza.
—Lo siento, joven señor, pero no basta con vuestra renuncia. Quizás en otro lugar, en otro tiempo, pero ya no nos enfrentamos a una lucha interna por el poder. Se avecina una guerra y los que más vamos a sufrirla seremos, como siempre, los yokai de a pie —el sapo abandonó su falsa cordialidad para poner cara de circunstancias—. Hagoromo Gitsune plantará batalla, pero pocos creen que ganará, incluso entre los altos jerarcas. Por eso hemos pactado con agentes de Edo para ofrecerles la cabeza de vuestra abuela a cambio de conservar la vida y nuestro negocio. Es sólo cuestión de tiempo.
—Ahora lo veo claro —musitó Rikuo, temblando—. Las entradas eran el cebo para atraer a mis amigas. Ellas eran el cebo para mí...
—Y vos sois el cebo para Hagoromo Gitsune —terminó Satori por él—. ¡Excelente, joven señor! Por fin habéis entendido. Comprended que no es nada personal. Sólo queremos sobrevivir. La guerra es la guerra.
—¡Eso es lo que sigo sin entender! ¿A qué guerra os referís? —preguntó el muchacho con la expresión de alguien a quien se ha dejado a oscuras y que ahora desea saber la verdad.
Tanto Satori como su compañero y sus subordinados se rieron con ganas, pensando que era un chiste. Sin embargo, sus risas murieron poco a poco al ver la cara decidida de Rikuo. No, no era una broma. El joven señor de los Abe no tenía ni idea de lo que se estaba cociendo en el horizonte.
—Es cierto. No sabe nada —murmuró Satori después de que sus ojos volvieran brillar—. En fin, qué más da. Metedlo en la jaula. Quiero que todo esté listo cuando llegue nuestro benefactor.
Dicho y hecho. Los onmoraki colocaron a Rikuo tras los barrotes. El muchacho trató de resistirse, pero Satori le recordó que las vidas de sus amigas estaban en sus manos. Ellos sólo querían la cabeza de Hagoromo Gitsune. Incluso el joven señor podía conservar la vida si se comportaba. Al chico no le quedó más remedio que rendirse y dejar que lo encerraran.
Tras ordenar las guardias, Satori y Oni Hitokuchi se encaminaron al piso superior de la casa de té. Ahí tenían su base y su vivienda. Aunque durante el interrogatorio de Rikuo habían mostrado una gran confianza, ahora no estaban tan seguros de sí mismos.
—Ya no hay vuelta atrás —observó el yokai de la cabeza desproporcionada—. ¿Hemos hecho lo correcto? Hagoromo Gitsune no se rendirá por las buenas. Lo más probable es que nos despelleje vivos.
—¿Dudando tan pronto, Oni Hitokuchi? —le preguntó una voz que venía desde arriba.
Los dos yokai que regentaban la red de negocios sobrenaturales de los hanamachi se miraron un momento. Después se apresuraron a subir las escaleras y se arrodillaron ante el noble que había aparecido en el cuarto.
—¡Cuánto nos alegramos de vuestro regreso, señor...! —alabó Satori, pero el recién llegado le interrumpió.
—Nada de nombres. No por ahora. Las paredes tienen oídos.
—¡Todo está saliendo según el plan, noble benefactor! —celebró Satori—. El joven señor y sus amigas están en nuestro poder, incluida la nieta del líder de los onmyoji.
—Excelente —apreció su interlocutor—. Ahora enviaréis dos emisarios, uno a la casa de los Keikain y otro a la Mansión Abe. El primero negociará la entrega de la tal Keikain Yura a cambio de la no intervención de los onmyoji en el conflicto. No se negarán. A esos retorcidos exorcistas les encanta ver como los yokai nos matamos entre nosotros. El segundo mensajero aprovechará que dentro de dos horas se convoca una reunión del clan para exigir a Hagoromo Gitsune que abandone su posición como líder si no quiere tener la muerte de su nieto bajo su conciencia.
Satori asentía como un obediente lacayo a todo lo que su benefactor decía, pero su compañero no estaba tan convencido.
—Es muy fácil decirlo, pero Hagoromo Gitsune no dejará su puesto así por las buenas, sobre todo cuando sabe que es una invitación para que el Nurarihyon tome su cabeza sin tener que declarar la guerra —observó Oni Hitokuchi con aire crítico—. Y aún así, nadie garantiza que nosotros conservemos la nuestra.
—No os preocupéis. Hay muchos más entre los altos jefes que no desean una guerra y que están esperando la oportunidad adecuada para provocar un cambio de poder —explicó el conspirador con paciencia—. Hemos estado madurando el plan en secreto con los enviados del Nurarihyon y el General Supremo se compromete a respetar nuestros derechos y privilegios siempre que rindamos la capital a su ejército. Sólo necesitábamos un catalizador. Y ahora lo tenemos.
El monstruo cabezón aceptó sus palabras a regañadientes, pero no puso más objeciones. Su aristócrata benefactor ya se estaba despidiendo para poder llegar a tiempo a la reunión del clan sin levantar sospechas, cuando Satori le preguntó:
—¿Qué hacemos con la otra chica, mi señor?
El otro ni siquiera se lo pensó dos veces.
—Sólo es una humana. Comérosla si queréis.
00000
Tsurara se despertó con la cabeza dolorida. Nada más acostumbrarse a la luz del interior del local se dio cuenta de que estaba encerrada en una jaula. Aquello la alarmó, pero tampoco era una mala señal. Casi esperaba no haber vuelto a abrir los ojos después del golpe recibido. De repente, oyó una voz a su derecha que la llamaba:
—¡Oikawa! ¡Oikawa! ¿Estás bien?
La Yuki-onna giró la cabeza. En otra jaula idéntica a la suya se hallaba Abe no Rikuo. Era evidente que también había sido capturado, aunque no parecía haber sufrido ningún daño. La chica de pelo azul suspiró. Ahora le tocaba hacer el papel de damisela en apuros.
—¡Abe-kun! —exclamó con una alarma fingida—. ¿Que está pasando aquí? ¿Por qué nos tienen encerrados?
—No lo sé —mintió Rikuo sin poder evitar una expresión de culpabilidad—. Lo mejor que podemos hacer es esperar. ¿Qué tal te encuentras?
—Me duele la cabeza —confesó Tsurara llevándose una mano a su cuero cabelludo. Una de las ventajas de ser una Yuki-onna era que le bastaba tocar un chichón con dedos tan fríos como el hielo para bajar la inflamación—. Por cierto, ¿qué tal está Keikain?
Al otro lado del escenario, en una tercera jaula, la joven onmyoji seguía tendida sobre el suelo de su prisión. Aunque Rikuo podía ver desde su posición que el pecho de su amiga subía y bajaba, indicando que su respiración era normal, estaba preocupado por ella.
—Aún no ha despertado —dijo el joven señor de los Abe.
—No me extraña. Ella se llevó otro golpe más antes, muy fuerte. Lo extraño es que no se haya desmayado con el primer golpe —explicó Tsurara, tranquilizándole. Por supuesto, se cuidó mucho de añadir que si ella se había recuperado antes era gracias a su naturaleza yokai. Yura no tenía esa ventaja.
Sus agresores aparecieron entonces en escena. A los onmoraki les habían ordenado vigilar la casa de té y a sus valiosos prisioneros. Mientras, otras bandas de los hanamachi se iban concentrando en Shimabara, cortando el acceso a los humanos y preparándose para cualquier eventualidad. A los monstruosos pajarracos no se les escapaba que les habían apartado de los trabajos más delicados e importantes. Hasta ellos sabían que tenían fama de violentos e impulsivos y que no eran de fiar. No les importaba. Aquella noche formarían parte de los vencedores y comerían hígados humanos. Eso era lo único importante.
—¡Estad callados, niñatos! —grajeó el líder de los onmoraki—. ¡Esperad a que los jefes lo arreglen todo! ¡O no! ¡A nosotros nos da igual, siempre que tengamos ikigimo!
Sus compañeros se rieron. Tsurara le susurró a Rikuo:
—Esto no me gusta nada —tembló la Yuki-onna.
—Tú tranquila, Oikawa —intentó mostrar confianza su amigo—. Ya verás como nos rescatan.
Pero Rikuo no las tenía todas consigo. En su fuero interno se preguntaba qué haría su abuela cuando recibiese la noticia.
00000
Mansión Abe
Tal como había predicho el misterioso conspirador, se estaba celebrando en aquellos momentos una reunión del clan Abe en la mansión. Los típicos debates políticos y administrativos habituales se habían visto interrumpidos cuando un tal Hemamushi Nyudo, enviado por los jefes de los hanamachi, pidió ser admitido en el salón. Tenía un mensaje muy importante que comunicar a la señora de Kioto, decía él.
Se le dejó pasar y sin asomo de vergüenza relató todo lo ocurrido ante una cada vez más iracunda Hagoromo Gitsune. Aunque la líder del clan mantenía la compostura, sus ojos negros se iban cerrando más y más, como un teleobjetivo que calculara la posición exacta de la yugular de su víctima. Al final, el mensajero explicó sus reivindicaciones: que no se hiciera la guerra al Nurarihyon y que Hagoromo Gitsune abandonase su puesto como cabeza de la familia.
—¿Tienes algo más que añadir, emisario de los hanamachi? —dijo la dama de negro con voz gélida.
Hemamushi Nyudo se sentía el centro de las miradas y le gustaba. Este yokai, que parecía salido de un cuadro de Munch, había servido en la patrulla aérea a las órdenes de Hakuzozu, pero tras desobedecer varias veces a su superior había sido degradado a un trabajo a ras de suelo, en la administración de los hanamachi. Sin embargo, fue un golpe de suerte para él. Sus nuevos jefes valoraban a los trabajadores con iniciativa y sin escrúpulos inútiles como el "honor" o el "deber". Pronto escaló posiciones hasta convertirse en la mano derecha de Satori y Oni Hitokuchi. Ahora era su oportunidad para vengarse de la casa principal, aunque fuera a las órdenes de otros.
—Sí, señora —si hubiese tenido boca, Hemamushi Nyudo habría sonreído—. Durante mucho tiempo habéis estado llevando al clan por el mal camino. Sois poderosa, sí, pero ni de lejos tanto como el temido Nue. Él podía permitirse excentricidades porque nadie estaba a la altura de su magia, pero vos habéis dejado que vuestros sentimientos personales por vuestro hijo muerto y vuestro débil nieto humano nublaran vuestro juicio. ¡Nadie aquí quiere seguir a un idiota como Rikuo! ¡Nadie aquí quiere una guerra que sólo sirve para saldar cuentas entre vos y el Nurarihyon! ¡Nadie quiere ver cómo lleváis este clan a la ruina mientras jugáis a ser una niña humana! ¡Si queréis salvar el clan y queréis salvar a ese nieto vuestro que tanto os gusta, marchaos, Hagoromo Gitsune!
El emisario se calló. Obviamente no esperaba convencer a la kitsune. El plan no era ése, sino provocar un debate entre los jerarcas del clan. Mientras su líder quedaría paralizada por el miedo a que su nieto sufriese daño, sus detractores aprovecharían para exigir cambios y muy probablemente obligarían a Hagoromo Gitsune a ceder su posición. En el mejor de los casos, quizás incluso a cometer suicidio. En el peor de los casos, habría una guerra civil. Era una apuesta peligrosa, pero como solía decir Satori a los clientes que acudían a los casinos sobrenaturales de Kioto: "quien no arriesga no gana".
—¿Quiere alguien más tomar la palabra? —invitó Hagoromo Gitsune a los demás nobles.
Hemamushi Nyudo se preparó para cantar victoria. Sin embargo, para su infinito terror, nadie intervino. Ni siquiera su benefactor, que supuestamente se encontraba entre los asistentes, salió en su defensa.
—Shokera, mata a este gusano —sentenció Hagoromo Gitsune.
—A vuestras órdenes, oh santa señora de la Oscuridad —saltó el piadoso sirviente con una sonrisa.
"Hemos sido engañados", pensó Hemamuchi Nyudo justo antes de ser atravesado por la lanza en forma de crucifijo de Shokera.
Mientras el yokai cristiano limpiaba de sangre su arma favorita, Hagoromo Gitsune, aún vestida con su negro uniforme, se levantó de su asiento y se dirigió a todos los presentes bajo su autoridad como líder del Clan Abe:
—¡Oídme bien, mis vasallos! ¡Convoco de inmediato una Procesión Nocturna de los Cien Demonios! ¡Todos aquellos capaces de luchar que me sigan! ¡Vamos a arrasar los hanamachi! ¡Y que las cocinas estén encendidas, porque esta noche cenaremos carne!
00000
Entrada del distrito de Shimabara
Ajenos a los planes de Hagoromo Gitsune, los miembros de la banda Mukurowaguruma hacían guardia frente a la puerta de Shimabara. Anteriormente cadáveres que salían de las ruedas de los carruajes, se habían convertido en lo más parecido que existía a una banda de moteros en el mundo yokai. Aunque en principio debían de haber estado a las órdenes de Kyokotsu (el padre, no la hija), se sentían más cómodos en el centro de Kioto.
A diferencia de los otros yokai de los hanamachi, ellos eran más devotos de Hagoromo Gitsune. Recordaban los buenos tiempos en que recorrían las calles de la capital aterrorizando a los humanos con sus gritos infernales mientras su señora aplaudía desde un balcón, y cuando ocurrió lo de Osaka ellos fueron los primeros en buscar hígados para ella. Sin embargo, desde la muerte del Nue la kitsune no había vuelto a ser la misma, y la amenaza de la guerra era demasiado real para no tenerla en cuenta. Lo sentían mucho por la gran dama de Kioto, pero ellos preferían seguir vivos y libres aunque tuvieran que prestar vasallaje al Nurarihyon.
De repente, dos personas se acercaron hasta ellos. Aunque largas gabardinas negras ocultaban sus cuerpos, era evidente para los Mukurowaguruma que se trataba de humanos.
—¡Alejaos, humanos! ¡Ahora Shimabara pertenece a los yokai! —gritaron para asustarles, haciendo ruidos espantosos y riéndose con locura.
Los recién llegados no parecieron impresionados en lo más mínimo.
—Vaya, nos habían dicho que viniéramos aquí para negociar con unos tales Satori y Oni Hitokuchi. Qué decepción, nos habremos equivocado de lugar —dijo con sorna el más bajo de los dos.
—¡Espera, humano! —ordenó uno de los cadáveres con rueda antes de que su interlocutor se diera la vuelta—. ¿Quién eres y quién te envía?
—Soy Keikain Ryuji —se presentó el onmyoji—. Mi compañero se llama Mamiru. Disculpadlo, es muy callado. En cuanto a quién nos envía, supongo que habréis oído hablar de mi abuelo, Hidemoto el 27º. Vuestro amigo nos dijo que teníamos que venir a Shimabara si queríamos recuperar a una personita muy especial.
El exorcista de pelo negro se hizo a un lado. Una figura tambaleante en la que no se habían fijado antes los Mukurowaguruma apareció detrás. Se trataba de un bonzo Konnyaku, el mismo que había sido enviado como mensajero a la casa ancestral de los Keikain. Por alguna razón, parecía muy confuso. Ryuji le dio un empujón para que se acercase a sus camaradas.
—Entiendo —asintió el cadáver que había hablado antes—. Nuestros jefes nos advirtieron de que podíais aparecer. Muy bien, pasad adentro, pero quitaos antes todos los trucos de exorcista, que nos conocemos. Nada de amuletos, shikigamis ni otros inventos de los vuestros.
—¡Oh, qué pena! —se burló Ryuji—. Entonces supongo que debo deshacerme de vuestro amigo.
—¿Qué? —dijo su interlocutor confundido, sin acabar de comprender.
El onmyoji se llevó dos dedos a los labios.
—Corre, Kyogen.
El bonzo Konnyaku explotó y cubrió de líquido a los miembros de la banda Mukurowaguruma. No estaban seguros de si su compañero yokai había sido utilizado como caballo de Troya o si sólo era una ilusión fabricada con trucos onmyoji, pero los muertos vivientes se enfadaron mucho.
—¡¿A qué estás jugando, onmyoji? ¡¿Te parece divertido mojarnos con agua?
—¿Agua? —repitió Ryuji, haciéndose el sorprendido—. ¿Quién ha dicho nada de agua? Mi shikigami Kyogen está hecho de veneno. Si en un minuto no recibís el antídoto, moriréis. Lástima que no lleve el antídoto encima...
Tal como había vaticinado el onmyoji, los fieros Mukurowaguruma empezaron a sucumbir a los efectos del veneno. Mientras agonizaban sin poder mover un solo músculo, Keikain Ryuji caminaba tranquilamente hacia la puerta.
—Dicen que es de mala educación golpear a un enemigo cuando está en el suelo, pero yo siempre he sido un maleducado —dijo el exorcista de pelo negro con una mueca siniestra—. Mamiru, acaba con ellos.
A diferencia de Ryuji, que mostraba una cínica alegría, su compañero parecía tan inexpresivo como un robot. Era alto y grande como un armario. Aunque su pelo castaño ondulado le daba un aire juvenil, casi infantil, en sus ojos no había piedad ni emoción.
—Sí, Ryuji —asintió Mamiru.
Sin mediar más palabra, se acercó a los caídos Mukurowaguruma. Con sellos en las palmas de las manos, Mamiru se fundió con su shikigami y un torrente de energía eléctrica circuló a través de su cuerpo.
—Destruir —musitó el onmyoji.
Los cuerpos carbonizados de la banda de moteros yokai quedaron atrás. Los dos Keikain se internaron en el hanamachi, teniendo cuidado de no atraer más atención indeseada. Entrar había sido relativamente fácil, pero más y más demonios estaban reuniéndose en aquel distrito. No convenía enfrentarse a todos a la vez.
—¿Por qué no puede elegir la tonta de mi hermana un lugar más fácil para que la rescaten? —masculló Ryuji para sí mismo.
00000
Casa de té
El encierro de Rikuo y sus amigas estaba empeorando por momentos. Ni siquiera saber que estaban en marcha expediciones de rescate para sacarlos de ahí podría haber mejorado su situación. Yura seguía inconsciente, pero eso no era lo malo. Según pasaban las horas, sus vigilantes onmoraki se estaban volviendo cada vez más irascibles e impacientes.
—¿Sabes una cosa? —le cuchicheó uno de los cuervos demonios a otro compañero—. La sangre humana está más espesa y sabrosa justo antes del amanecer.
—¡Yo quiero probar! ¡Yo quiero probar! —respondió el otro, sin molestarse siquiera en bajar el tono de su voz.
La perspectiva de comer carne humana se estaba haciendo más apetecible por momentos y las bestias yokai no gozaban de suficiente raciocinio para controlar sus instintos eternamente. Conscientes de eso, Satori y Oni Hitokuchi solían bajar por turnos a comprobar que los prisioneros seguían en buenas condiciones, pero ni siquiera ellos podían calmar las ansias de sus subordinados.
—¡Por favor! ¡Por favor! ¡Déjanos comer a una! —suplicaron por enésima vez los onmoraki cuando Satori volvió a bajar las escaleras.
Hasta entonces el hombre-sapo se había negado, pero al parecer la espera también le estaba pasando factura a él y acabó por decir:
—¿Si os dejo comer a una de las prisioneras dejaréis de darme la lata hasta mañana?
—¡Sí! ¡Sí! —asintieron los pájaros emocionados—. ¡Lo prometemos, señor Satori!
—Está bien —suspiró el jefe—. Podéis comeros a la chica de pelo azul. A los otros dos los quiero vivos y enteros.
Un sudor frío recorrió a Rikuo y a Tsurara por igual. Mientras Satori regresaba al piso superior, a la espera de noticias que no acababan de llegar, los onmoraki se acercaron a la jaula de la tokiota dando saltos de alegría.
—¡A cenar, a cenar, a cenaaaar! —canturrearon con emoción.
—¡Dejadla en paz! ¡No la toquéis! —gritó Rikuo desesperado, pero no podía hacer nada tras los barrotes de su prisión.
Mientras, Tsurara se enfrentaba a un terrible dilema. Las palabras no iban a convencer a aquellos pajarracos antropófagos, ni tampoco la iban a creer si les confesaba que era una yokai. Es más, los ojos desorbitados de las monstruosas grullas decían a las claras que ni siquiera ese dato las iba a detener en sus ansias por darse un festín de carne. A la chica no le quedaba más opción que convertirse en Yuki-onna para defenderse, aunque eso significara echar por tierra su fachada. Tanto trabajo para nada. Sin embargo, ahora que prestaba atención al remolino de plumas que rodeaba su jaula y que se afanaba por abrir la puerta, se dio cuenta de un hecho horrible.
"Son demasiados".
El color huyó de su cara. Ella podía fácilmente con uno, con dos e incluso con media docena de aquellos pájaros si se empleaba a fondo y a la desesperada. Pero eran al menos dos docenas los que se agolpaban con cara de hambre junto a su jaula. Ya estaban abriendo la puerta y sólo era cuestión de tiempo que entrasen con sus picos, sus garras y sus bocanadas de fuego que ni siquiera la más fuerte de las Yuki-onnas podía resistir. Iba a morir.
"Al menos si mantengo mi fachada humana hasta el final, no descubrirán el secreto y Kubinashi y los demás podrán terminar la misión", pensó con ánimo de sacrificio. Ella estaba dispuesta a darlo todo por el clan. Pero en el fondo no quería morir de una manera tan cruel.
—Ni siquiera me he enamorado aún —sollozó cuando el primer onmoraki entró en la jaula relamiéndose el pico.
—¡HEY! ¡PAJARRACOS IMBÉCILES! ¡MIRAD AQUÍ! —bramó a todo pulmón una voz masculina.
Los onmoraki se detuvieron, más por la sorpresa del grito que por la orden recibida. Incluso Tsurara olvidó por un instante su miedo. ¿De quién era esa voz? Parecía la de Rikuo, pero era... diferente.
Todos a una, los demonios-grulla se dieron la vuelta y miraron al ofensor. Ciertamente, aquella voz había salido del joven señor de los Abe, que se agarraba a los barrotes con desesperación. Tenía la vista clavada en el suelo de su prisión, jadeaba, y sin embargo emanaba de él algo peligroso. Los onmoraki tardaron un momento en darse cuenta de que era "miedo", el poder sobrenatural de los yokai. ¿Cómo era posible? Era de sobras conocido que el nieto de Hagoromo Gitsune era un humano. Cierto, se contaban rumores de una batalla sucedida años atrás contra los ogros de Gairota, pero eran sólo eso, rumores.
Y sin embargo, allí, ante sus ojos, Abe no Rikuo estaba cambiando, transformándose. Su pelo se volvió blanco y largo, sus ojos se tiñeron de rojo, creció en altura y en músculos, y a su espalda brotó la inconfundible cola de un zorro. Sus ropas de colegio le quedaban un tanto incongruentes, pero la magia de los kitsune había hecho que se amoldasen a su nueva talla.
—¡Como toquéis a esa chica, vais a sufrir! —amenazó Rikuo.
Los pájaros dieron un paso atrás, instintivamente. Habían visto un brillo similar en la mirada de Hagoromo Gitsune. Puro terror.
No obstante, aunque su líder estaba impresionado, no se dejó amedrentar tan fácilmente.
—¡Menuda sorpresa, chicos! ¡Es verdad que tiene sangre de zorro! ¡Pero no le hagáis caso! —exclamó él para infundir confianza en los suyos—. Por muy yokai que sea, no puede hacer nada. ¿No veis que sigue estando en una jaula? Si nosotros no podemos romper esos barrotes, ¿cómo va a poder él?
Se rió con ganas y los suyos contestaron a coro con una sonora carcajada. A pesar de todo, el joven señor de los Abe no perdió su aura de decisión.
—¿Habéis visto alguna vez cómo mi abuela utiliza sus colas de zorro? —preguntó a sus captores con una engañosa serenidad—. No importa si es piedra o madera, carne o metal, lo destruyen todo a su paso. Aunque ahora no tenga armas, nunca estoy desarmado.
En un fogonazo, Rikuo giró sobre sí mismo. Parecía que su cola de zorro acariciaba los barrotes de su prisión con inocente suavidad. Pero para el espanto de los onmoraki, las barras de acero saltaron hechas pedazos.
El joven kitsune salió de su jaula y echó mano a varios de los barrotes cortados. Tras calibrar el peso de algunos, enarboló dos de ellos como si fuesen espadas cortas.
—A falta de bokutos de madera, buenas son barras de metal. ¿Bailamos, pajarracos?
—¡A él, chicos! ¡Sólo es uno! —graznó el líder onmoraki.
Por desgracia, sus camaradas estaban paralizados. En una batalla entre yokai, lo importante era combatir el "miedo" del contrario. Si uno entraba en pánico, perdía irremisiblemente. Las malvadas grullas eran demasiado descerebradas como para que la sorpresa de que lo que creían un humano fuese un yokai les durara eternamente. No, esa no era la ventaja de Rikuo. Lo que causaba verdadero terror a sus oponentes era esa mirada, que sólo un descendiente de Hagoromo Gitsune podía tener. Los minúsculos cerebros de los pájaros estaban siendo bombardeados con recuerdos de la ira de la señora de Kioto.
Su líder trató de organizar una resistencia aceptable mientras Rikuo dejaba fuera de combate a uno tras otro. El joven señor de los Abe no se engañaba; al igual que Tsurara, sabía que estaba superado en número y que más tarde o más temprano los onmoraki se recuperarían del pasmo. Si quería decidir el rumbo de la batalla, tenía que acabar con su jefe.
—¡Vamos, bestia asquerosa! —con agilidad de zorro, Rikuo se plantó de un salto en los morros del líder grulla, que justo en esos momentos trataba de reunir un pelotón ordenado de los suyos.
—¡Arde en el infierno, niñato! —gritó el otro, lanzando un chorro de fuego a través de su pico.
—Patético —musitó el joven señor.
Con escandalosa facilidad, esquivó el ataque incinerador y volviéndose como un rayo atizó al líder onmoraki en los dos lados de su cabeza, una barra de acero en cada lado. El demonio se derrumbó sin decir ni pío. Fue la gota que colmó el vaso. El miedo desbordó los corazones de sus subordinados y, aunque aún superaban a su oponente en doce a uno, huyeron presas del pánico.
Mientras, Tsurara había contemplado la batalla con la boca abierta. Tan abrumada estaba por lo que había visto, que hasta que la lucha no finalizó ni siquiera se le ocurrió usar sus poderes para ayudar. Si aquel era el secreto que Rikuo había estado guardando hasta el momento... Bueno, tenía que admitir que era un secreto increíble.
Rikuo se acercó a su jaula y le tendió la mano.
—Oi, Tsurara —la sacó de su ensimismamiento llamándola por su nombre de pila, cosa que sorprendió a la chica de pelo azul—. ¿Te vienes a dar un paseo?
La Yuki-onna quería darle las gracias, quería preguntarle cómo había hecho lo que había hecho y si era humano o yokai, quería advertirle de que no se confiase porque había más enemigos en Shimabara, quería decirle tantas cosas... Pero aquellos ojos rojos la tenían hipnotizada. Así que lo único que pudo responder fue un modesto:
—Sí, por supuesto.
Y sonrió.
Notas adicionales:
¡Otro capítulo más! Muchas gracias a todos los que han comentado hasta ahora: Lonely Athena, ivanchoFAA, Yuuko Ichihara, Effie Rosier y sobre todo Suki90, que siempre recordaré como la primera persona que reseñó mi primer fic (este no, el de "Nura Rikuo y el Entrenador de Líderes"). A los que aún no se hayan cansado de mí, decirles que esto continúa sin pausa.
* La conversación entre Yura y Tsurara es un reflejo de la que mantuvieron Kana y Yura en el capítulo 36 del manga, aunque con los papeles cambiados.
* Al principio en el manga Yura tenía que hacer un conjuro elaborado para convocar a sus "mascotas". Un momento ideal para ser atacada, pero ni los yokai de Tokio ni los de Shikoku estaban acostumbrados a los onmyoji. Sin embargo, en Kioto es la que sufre más castigo porque saben que es peligrosa.
* Alguien podrá pensar que Tsurara debería ser más combativa y morir en un destello de gloria en vez de dejarse matar para mantener la fachada. Sin embargo, durante su cautiverio a manos de Tsuchigumo demostró que estaba más que dispuesta a sacrificarse a sí misma si con eso salvaba a los demás. Es una virtud muy japonesa, precisamente.
* Quizás algunas escenas hayan salido sanguinolentas, pero releyendo los primeros capítulos, me he dado cuenta de que a estas alturas en el canon habíamos visto: a Rikuo partiendo en dos a Gagoze y despedazando a Hebidayu, a unos fantasmas comiendo una rata muerta, a las ratas de Kyuso devorando humanos y al propio Kyuso siendo quemado vivo, en la que sigue siendo una de las escenas más perturbadoras de Nuramago. El mundo yokai no es para los débiles de estómago.
Próximo capítulo: "Rikuo contra Satori".
