Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Los yokai de los hanamachi, los distritos de geishas de Kioto, se han rebelado. Con la ayuda de un misterioso conspirador, planean provocar un golpe de estado en el seno del Clan Abe y evitar la guerra que se avecina. Para ello, han secuestrado a Rikuo y a sus amigas Yura y Tsurara. Sin embargo, sus planes se derrumban uno tras uno. Rikuo se transforma en kitsune y libera a Tsurara, a la vez que dos onmyoji del clan Keikain acuden a rescatar a Yura. Por su parte, Hagoromo Gitsune ha convocado una Procesión Nocturna de los Cien Demonios y se dirige a Shimabara...


Rikuo contra Satori

Cercanías del distrito de Shimabara, Kioto

Los turistas y los ciudadanos de la antigua capital imperial estaban preocupados. Por alguna razón que nadie sabía, los hanamachi de Kioto habían sido cerrados al público. Era un auténtico varapalo, ya que gracias a sus bares, restaurantes y teatros, muchos de aquellos distritos históricos gozaban de una animada vida nocturna. Pero ahora nadie quería acercarse a ellos.

Con la velocidad de las nuevas tecnologías, se estaban propagando rumores inquietantes. Mantener a oscuras un distrito cerrado como el de Shimabara no era difícil, pero en los otros barrios históricos había casas de geishas y viviendas normales y corrientes. Sus ocupantes habían huido aterrorizados o se encerraban a cal y canto tras puertas endebles, rogando a sus antepasados, a los dioses Sinto y a Buda que los demonios que veían circular por las calles no les encontrasen. Como en las eras antiguas, los yokai habían vuelto a apoderarse de la noche. Gritaban, reían y si veían a algún humano cruzarse en su camino le daban una paliza y lo arrojaban fuera de su territorio. Poco a poco la situación en los barrios de Gion, Kamishichiken, Miyawagacho y Pontocho se fue normalizando, pero sólo porque los monstruos se estaban desplazando hacia Shimabara.

Ni desde el ayuntamiento ni desde la prefectura había llegado ninguna confirmación oficial. Los que creían los rumores estaban muertos de miedo. Los que no los creían, simplemente esperaban a que las autoridades competentes se hiciesen cargo del problema.

Entre estos últimos se hallaban cuatro estudiantes de último año de instituto, recién llegados desde Tokio. Estaban allí en visita escolar, en unas jornadas de interés cultural organizadas por su centro de enseñanza. A ellos les importaban bien poco los palacios, templos y demás maravillas históricas de Kioto. Sólo querían librarse de las clases por unos días y divertirse. En aquellos momentos, se suponía que debían estar recogidos con el resto de su clase en el hotel, pero habían decidido dar una vuelta por su cuenta y agenciarse unas cervezas si podían.

Ahora los cuatro gandules curioseaban a las afueras de Shimabara. Se les había antojado ver a las geikos de Kioto, ya que habían oído que las mujeres de la capital eran las más guapas de Japón, pero su afán se había visto truncado por los sucesos que estaban ocurriendo en los hanamachi. Ellos no querían ver monstruos, sólo chicas. Decepcionados, se disponían a marcharse cuando uno de ellos, con el pelo desteñido por la lejía, señaló un punto a lo lejos.

—¡Eh, tíos! ¡Mirad!

Por el camino que conducía al distrito de Shimabara venía toda una belleza de la capital. Piel más blanca que el mármol pulido, cabello negro y lustroso, y un cuerpo de escándalo. Iba vestida de negro, desde su uniforme de instituto hasta sus medias opacas y su calzado. Incluso la cartera que llevaba en la mano era negra.

—¡Guau! —silbó con admiración uno de los chavales—. ¡Qué sorpresa! ¡Va de negro de pies a cabeza!

—¡Menuda muñeca! —sonrió otro de sus compañeros.

Los cuatro se acercaron con las manos en los bolsillos a la recién llegada. Por supuesto, ninguno de ellos sospechó que no estaban tratando con una jovencita normal de Kioto, sino con la mismísima Hagoromo Gitsune.

—¿Qué es esto? —se extrañó la kitsune—. ¿Todavía hay turistas aquí?

Los miembros del cuarteto estaban tan ocupados en rodear a aquella preciosidad y en comérsela con los ojos, que no se dieron cuenta de que su mirada destilaba instinto asesino.

—¡Oh, es verdad! —asintió uno—. Dicen que están desalojando Shimabara por culpa de unos monstruos o terroristas, no estoy seguro.

—¡Hey, dinos! —intervino otro de ellos—. ¿Eres una estudiante? ¿Eres de Kioto?

—¡Nosotros somos de Tokio! —le interrumpió otro compañero más, creyendo que así impresionaría a la elegante adolescente.

—¿Qué estás haciendo aquí sola? —recuperó el hilo el chaval anterior—. ¿Estás dando un paseo? ¿O eres una de esas chicas a las que les gusta la arquitectura antigua?

El primero que había hablado se aproximó aún más a Hagoromo Gitsune con actitud protectora.

—Oye, es peligroso ir por la ciudad de noche. ¿Qué me dices? ¿Por qué no te vienes con nosotros? —mientras decía estas palabras apoyó una mano en el hombro de la chica de negro.

Hagoromo Gitsune cerró los ojos con irritación mal contenida.

—Parece que sois incapaces de ver mi Procesión Nocturna —murmuró entre dientes.

En efecto, aunque invisibles para aquellos chavales, tras Hagoromo Gitsune marchaban la inmensa mayoría de los demonios de la casa principal. Estaban allí Kyokotsu hija, el leal Hakuzozu, Gashadokuro el esqueleto gigante, el cristiano Shokera, el irascible Ibaraki-Doji, el Gran Tengu del monte Kurama, Kidomaru el espadachín y una miríada más de yokai. Todos ellos observaban a los cuatro estudiantes como si fuesen los suicidas más estúpidos sobre la faz de la tierra.

Bajo la falda de Hagoromo Gitsune brotaron nueve colas de zorro que aprisionaron y estrangularon poco a poco a los desdichados muchachos. Suspendidos en el aire, confusos y azules por la falta de oxígeno, los cuatro estudiantes de Tokio patalearon y boquearon con desesperación.

—Despojos humanos como vosotros, que ni siquiera sois capaces de percibir el "miedo", están mejor muertos —susurró la líder de los yokai de Kioto.

No obstante, antes de que la última gota de aire escapase de los pulmones de los cuatro jóvenes, el Gran Tengu del monte Kurama intervino para serenar los ánimos de su señora.

—Temida Hagoromo Gitsune, estáis malgastando vuestra ira contra estos mozos patéticos. No son a ellos a los que realmente queréis castigar, ¿me equivoco? —el sabio anciano se atrevió a esbozar una media sonrisa comprensiva.

La dama de negro suspiró. Aflojó la presión de sus colas de zorro y lanzó a sus prisioneros por los aires. Dos de ellos aterrizaron en la copa de un árbol, pero al menos los cuatro compañeros vivirían para contar la historia. Sin concederse otra pausa, Hagoromo Gitsune se aproximó a las puertas de Shimabara. Ningún humano más se había acercado a menos de cien metros del lugar, con lo que la señora de Kioto fue la primera en descubrir los cuerpos carbonizados de la banda Mukurowaguruma.

—¿Qué ha pasado aquí? —exigió saber la kitsune.

Su consejero principal, el Gran Tengu, examinó los cadáveres con la ayuda de sus cuervos subordinados.

—Sin duda, esto es obra de los onmyoji —afirmó Sojobo con rotundidad—. La familia Keikain ha decidido intervenir.

—Más les vale no tocar un solo pelo a mi nieto o, tratado de paz o no, los destruiré —dijo Hagoromo Gitsune, para acto seguido preguntar—: ¿Cómo van los preparativos?

—Perfectamente, mi señora —intervino Kidomaru—. Fuerzas de choque de oni y fantasmas están rodeando los hanamachi restantes. Todos los informes que estamos recibiendo coinciden en señalar que el grueso de los rebeldes se está concentrando aquí, en Shimabara.

—Muy bien —asintió la señora de la oscuridad de Kioto—. Entonces prendamos fuego a este nido de traidores.

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Casa de té, piso superior

A Satori no le estaba gustando nada cómo se estaban desarrollando los últimos acontecimientos. Todos sus planes cuidadosamente trazados se estaban derrumbando. Primero había sido el hallazgo de varios cuerpos en el interior de Shimabara. No se habían oído gritos ni peleas, lo cual hablaba de asesinos perfectamente entrenados que se habían infiltrado en el distrito sin llamar la atención. Todos los indicios apuntaban a exorcistas Keikain. La banda Mukurowaguruma no respondía a las llamadas, así que era muy probable que también hubiesen sido eliminados. La situación se complicó aún más cuando los refuerzos enviados a la puerta de Shimabara regresaron a todo correr después de avistar la Procesión Nocturna de los Cien Demonios.

—Hagoromo Gitsune viene hacia aquí —suspiró Satori, más resignado que desesperado.

—Te lo dije —señaló su socio Oni Hitokuchi, el yokai de cabeza descomunal—. No debíamos habernos fiado de ese noble estirado. Nos ha vendido.

—No saques conclusiones precipitadas —le recriminó el hombre-sapo—. Leí su mente y estaba plenamente convencido del éxito de este plan. Él ha apostado al cien por cien, como nosotros.

—Si no es un traidor, es un necio —su compañero escupió con desdén—. Me da igual que el problema haya sido que no calculara bien la respuesta de Hagoromo Gitsune. Esa zorra es fría como el acero. No va a mostrar sus debilidades en un momento de crisis.

Satori no pudo sino darle la razón.

—Somos empresarios. Sabemos cuándo un negocio se va a pique —reconoció el yokai que leía las mentes—. Las pérdidas son inevitables. Es hora de salvar el poco capital que nos queda. Aún podemos negociar para conservar la cabeza.

—¿Negociar? —Oni Hitokuchi se rió—. ¡No tenemos nada de valor!

—Sí que lo tenemos —le corrigió su socio—. Conocemos los nombres de los implicados en la conspiración, nombres muy importantes. Y aún tenemos al joven señor.

Justo entonces, porque las desgracias siempre vienen de tres en tres, apareció por las escaleras un onmoraki apaleado. El demonio-grulla se encontraba sin fuerzas. Muchos de los ojos que cubrían su cuerpo estaban morados por los golpes recibidos. Pero lo que más desconcertó a Satori y a Oni Hitokuchi fue que estaba muerto de miedo.

—¡Socorro! ¡Abajo, abajo...! —balbució el pájaro yokai.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha ocurrido con los prisioneros?

—¡Él... él... se ha... se ha...! —el onmoraki intentaba articular una frase coherente, sin mucho éxito. El pánico atenazaba su lengua.

—¡Escúpelo de una vez o te comeré de un bocado! —amenazó Oni Hitokuchi impaciente.

La nueva fuente de "miedo" consiguió que el pajarraco se olvidase de la amenaza anterior y, por fin, pudo explicar lo que pasaba.

—¡El joven señor se ha convertido en un kitsune! ¡Y ha vencido a mis hermanos! ¡Esto es el fin, esto es el fin! —cacareó desesperado, dando vueltas como un loco por el piso superior.

Oni Hitokuchi detuvo su frenética carrera en círculos aplastando su cabeza de un golpe. Él y Satori se miraron. No hacía falta pronunciar una sola palabra, ni siquiera leer la mente. Los dos sabían perfectamente que Rikuo era su mejor carta. Si se les escapaba de entre los dedos, no tendrían ninguna baza con la que negociar y serían despellejados vivos por Hagoromo Gitsune.

—Hora de formar equipo, como en los viejos tiempos —a pesar de la tensión del momento, Oni Hitokuchi sonrió.

Satori asintió. Ya no podían seguir delegando en sus subordinados. Había llegado la hora de ensuciarse las manos.

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En el piso inferior de la casa de té, Rikuo se afanaba en abrir la jaula de Yura. Desde que había sido capturada, la onmyoji no había recuperado la consciencia. El joven señor de los Abe no estaba dispuesto a abandonar a su amiga de la infancia en un lugar tan peligroso, así que nada más ayudar a Tsurara a salir de su prisión, se dirigió sin tardanza a la otra jaula.

Por su parte, la Yuki-onna observaba el nuevo aspecto de Rikuo con manifiesta admiración. Hasta entonces había conocido al muchacho en sus días de clase. Era un chico simpático, atento y solícito. Siempre ayudaba a los demás y regalaba cálidas sonrisas a sus amigas. La Yuki-onna no podía creer que aquel fuese el nieto de la temida Hagoromo Gitsune. Pero el pelo castaño y encrespado y los amables ojos marrones habituales de Rikuo contrastaban con su apariencia actual. Tenía la forma de un kitsune, rasgo fácil de percibir por su blanca cola de zorro. Su pelo largo le caía sobre los hombros con descuidada elegancia. Aunque ahora tenía sus ojos rojos vueltos hacia la cerradura, Tsurara aún sentía en su alma la penetrante mirada que le había dirigido al liberarla. Una mirada acompañada de un guiño cómplice, un gesto propio de un zorro travieso.

—¡Tsurara! —exclamó Rikuo de repente.

La chica de pelo azul salió de su ensimismamiento. Debía admitir que en las últimas horas se estaba perdiendo demasiado en sus pensamientos. Eran circunstancias excepcionales.

Con cuidado, Rikuo sacó de la jaula a la inconsciente Yura. La joven onmyoji respiraba de manera normal, pero incluso bajo su apariencia yokai, más madura y segura, su amigo no podía ocultar su preocupación.

—Tsurara —Rikuo volvió a repetir el nombre de pila de su compañera, algo que nunca había hecho bajo su apariencia humana—. Tenemos que irnos. Yo llevaré a Yura. Tú sígueme.

—¿Pero cómo...? —intentó preguntar Tsurara. Tenía mil y una cuestiones en su cabeza, pero Rikuo no la dejó continuar.

—Ahora no —negó categóricamente el kitsune con expresión seria. Al notar que su compañera se cohibía, añadió después en tono más suave—: Luego, si quieres, responderé a tus preguntas. Pero primero debemos salir de aquí.

La Yuki-onna asintió. Sí, no era un buen momento para ponerse a charlar.

Aún no habían bajado de la tarima para la ceremonia del té, cuando una ominosa sombra se proyectó sobre sus cabezas. Rikuo estaba distraído cerciorándose de que sujetaba con cuidado a su amiga Yura, pero Tsurara estuvo al tanto y gritó:

—¡Abe-kun, mira arriba!

Desde las alturas, unas fauces monstruosas se cerraban sobre su cabeza. Eran unas mandíbulas, gigantes, desproporcionadas, que se cerraron llevándose con ellas un generoso pedazo de la tarima. Afortunadamente, Rikuo se había puesto a salvo gracias al aviso de Tsurara. Mientras, su enemigo, que no era otro que Oni Hitokuchi, mascaba con fruición los pedazos de madera. Obligado a enfrentarse a su contrincante si querían salir de allí, el joven señor de los Abe se acercó a la Yuki-onna y le tendió el cuerpo inconsciente de Yura.

—Tsurara... encárgate de ella —le pidió Rikuo—. Tengo que pelear.

—Abe-kun... —musitó la chica de pelo azul—. Ten mucho cuidado, por favor.

Como respuesta, Rikuo le guiñó un ojo. Aún así, por dentro no se sentía tan confiado. Volvió a enarbolar las dos barras de acero, arrancadas de su propia jaula, con las que había infligido una humillante derrota a los onmoraki. Sin embargo, por la evidente tranquilidad que demostraba Oni Hitokuchi, sentado y sonriente, el joven kitsune estaba seguro de que su batalla iba a ser mucho más difícil.

—A dos manos, ahora —anunció una voz de repente.

Casi como si se lo hubiesen ordenado, Rikuo sujetó sus improvisadas armas, una en cada mano.

—Va a hacer un barrido lateral desde su izquierda. ¡Cuidado! —exclamó la voz.

Otra vez el anuncio se adelantó a los movimientos de Rikuo. En efecto, se había lanzado amagando un ataque frontal, pero en realidad iba a golpear con los dos barrotes desde su izquierda para arrearle un buen golpe a Oni Hitokuchi. Sin embargo, gracias al aviso anterior, el yokai de la cabeza desproporcionada estaba preparado y esquivó con facilidad el ataque del joven señor. El chico no sabía lo que estaba pasando. ¿Acaso la voz le estaba hipnotizando para controlar sus movimientos? La respuesta le llegó inmediatamente, cuando Satori hizo acto de presencia detrás de su socio. Los ojos del hombre-sapo brillaban con una luz maligna.

—Puedo leer vuestros movimientos, joven señor. Sé lo que vais a hacer —explicó Satori muy ufano—. Tal como pensé, no buscaríais venganza, sino que trataríais de escapar con vuestras amigas humanas tan rápido como os fuera posible. Incluso si no pudiera leer vuestra mente como si fuera un libro abierto, lo sabía.

"¿Puede leer mi mente?", pensó Rikuo. Sí, si hacía memoria, recordaba haber oído hablar de Satori anteriormente. Un yokai que vivía en las montañas y que se decía que solía acercarse a los viajeros perdidos para recitarles sus pensamientos. Aunque también podía llegar a comérselos, si se daba el caso. La única forma de vencerlo era poniendo la mente en blanco. Claro que el joven señor no podía permitirse el lujo de ponerse a meditar cuando Oni Hitokuchi estaba allí para pegarle un buen mordisco.

Tendría que confiar en su instinto de combate.

Primero intentó un ataque frontal quirúrgico. Satori avisó a tiempo a su socio y éste se enrolló sobre sí mismo, convirtiendo su cuerpo en una trenza de piel y carne sobre la cual los dos barrotes de Rikuo rebotaron inofensivos. El kitsune luego probó a rodear a sus enemigos, fuera del alcance de las mandíbulas de Oni Hitokuchi. De paso alejaba la batalla de las indefensas Yura y Tsurara. Su intención era utilizar el borde de la tarima como trampolín para asestar un ataque tan rápido que, confiaba el muchacho, sus contrincantes no podrían esquivarlo. Fue en vano. Satori predijo fácilmente sus movimientos. Al saber por dónde se acercaba, Oni Hitokuchi volvió a abrir sus fauces monstruosas y se lanzó sobre él. De nuevo la agilidad de zorro de Rikuo le salvó la vida, mientras que otro buen pedazo de la tarima acabó en el estómago del yokai de cabeza gigante.

Oni Hitokuchi sonrió, una sonrisa descoyuntada en la que sus dientes, grandes y duros como yunques, apuntaban cada uno a un lado distinto. Rikuo mantuvo las distancias.

—¡Te voy a tragar de un solo bocado! —amenazó Oni Hitokuchi—. ¡Ven aquí, cobarde!

—No es un cobarde, amigo mío. Sólo es prudente. Atacar de frente y sin pensar no es el método de los kitsunes —Satori se llevó una mano a la barbilla y examinó al joven señor de los Abe con detenimiento—. Sí, ahora que tenéis este aspecto, puedo apreciar el parecido familiar. Vuestra abuela estaría orgullosa si os viera. Por desgracia, tendremos que negociar vuestra cabeza a cambio de las nuestras. Si os rindierais ahora, terminaríamos mucho antes.

Jadeante por el esfuerzo, Rikuo trató de ganar tiempo dándoles conversación.

—¿Por qué iba a hacerlo? Vuestros problemas os los habéis buscado vosotros solos —se burló con una media sonrisa.

Oni Hitokuchi se estaba enfadando, pero Satori continuó hablando.

—No, nosotros sólo hemos buscado el mejor interés para nuestro negocio. Hace cuatrocientos años ayudamos a vuestra abuela porque era lo correcto y, sin embargo, acabaron valorando unas estúpidas vidas humanas por encima de los negocios de unos yokai honrados. Así que nos tuvimos que volver menos honrados y empezar a traficar con órganos humanos de contrabando. No muchos al año, para no llamar la atención de Hagoromo Gitsune, pero nuestro negocio no habría sido tan boyante si nos hubiésemos conformado con el comercio legal y las casas de juegos.

—¿Quieres decir que habéis estado matando humanos desde hace cuatrocientos años? —la expresión de Rikuo se endureció.

—No siempre personalmente, pero sí —asintió Satori—. ¿Algún problema con ello?

—Me estoy hartando de vuestras maldades, malditos mercachifles sin corazón. ¡Lo vais a pagar! —exclamó el kitsune furioso.

Por desgracia, los tres contendientes sabían que sólo era un farol. Rikuo no estaba más cerca de saber cómo derrotar a aquellos dos con las habilidades telepáticas de Satori de por medio. Debía anular al hombre-sapo primero si quería vencer, pero no podía llegar a él con Oni Hitokuchi protegiéndolo. ¿Una distracción? Tal vez, ¿pero como distraerlo sin reflejar en sus pensamientos que precisamente estaba tratando de distraerlo? Sólo de pensarlo le dolía la cabeza.

—Terminemos ya. Hasta ahora hemos sido buenos y hemos jugado a la defensiva. Ahora es nuestro turno. ¡Ataquemos! —exclamó Satori.

Rikuo se temió lo peor. Si su enemigo había leído con facilidad sus ataques, podría hacer lo mismo con sus estrategias de defensa. Y no podía huir sin dejar abandonadas a su suerte a Yura y Tsurara. Intentó idear un movimiento caótico, difícil de predecir. No fue suficiente.

—Va a intentar algo nuevo. Girar sobre sí mismo sosteniendo las dos barras de acero a la altura de su pecho. Será mejor ir a por sus pies —aconsejó Satori a su socio.

Oni Hitokuchi obedeció la indicación. Sus mandíbulas se aproximaron peligrosamente a las piernas desprotegidas de Rikuo. Éste no podía hacer nada porque en aquel momento, siguiendo punto por punto las predicciones de Satori, esta girando como una peonza sin control. "Mala idea", se recriminó a sí mismo. Ya estaba preparándose mentalmente para sufrir el dolor del mordisco, cuando de repente el temible yokai desproporcionado se frenó en seco.

—¿Pero qué demonios...? —se sorprendió Oni Hitokuchi.

Uno de sus pies había quedado atrapado en un bloque de hielo. El yokai sacudió su pierna, rompiendo enseguida la pequeña barrera helada, pero eso le dio suficiente tiempo a Rikuo para dejar de girar y ponerse a cubierto. Aún estaba mareado por tantas vueltas sobre sí mismo y no se había enterado muy bien de lo que había pasado, pero sí sabía que se había salvado por los pelos. Decidió que era el momento de actuar. Todo o nada. ¿Qué había dicho Satori? ¿Que atacar de frente y sin pensar no era propio de un kitsune? Pues él iba a hacer eso mismo, usando los dos barrotes y su propia cola como armas.

—¡Satori! ¡Que viene! —advirtió Oni Hitokuchi a su camarada.

El hombre-sapo veía claramente el plan de Rikuo en su mente. Muy burdo, muy fácil de esquivar con las indicaciones oportunas. La batalla estaba prácticamente cerrada. Sin embargo, nunca había oído hablar de un kitsune que tuviese poderes de hielo. Una habilidad así era más propia de una... Yuki-onna. Con un súbito presentimiento, rastreó las mentes presentes. Sus ojos brillantes se cruzaron entonces con unos ojos amarillos. Satori abrió la boca de la sorpresa.

En un rincón de la tarima, protegiendo a la inconsciente Yura, Tsurara estaba concentrándose. Los ojos azules de su disfraz de humana habían dado paso a sus ojos dorados de Yuki-onna. No pudiendo aguantar más su inactividad, había decidido ayudar a Rikuo de manera discreta, entorpeciendo los movimientos de su enemigo con hielo. Y ahora que había captado la atención de Satori, emitió sus pensamientos con toda su fuerza de voluntad: "Soy una Yuki-onna. Soy una espía al servicio del Nurarihyon. Hemos venido aquí a sabotear al Clan Abe. No recuerdo que hayamos pactado nada con ningún yokai de Kioto. Voy a convertiros a todos en cubitos de hielo..."

—¡Satori! —volvió a gritar Oni Hitokuchi, al ver que Rikuo se lanzaba contra ellos sin que su socio hubiese anunciado ninguna predicción más.

El hombre-sapo no podía concentrarse en Rikuo. Tsurara había soltado un torrente de revelaciones imposibles de digerir. Era una sobrecarga de información.

En un destello de gloria, el joven señor de los Abe cayó sobre ellos sin contemplaciones. Podrían haberse defendido, pero Satori se encontraba en un estado de completa confusión y Oni Hitokuchi se había acostumbrado demasiado a pelear bajo las órdenes de su socio en vez de seguir su propio instinto. Sacudiendo su cola, Rikuo envió al demonio con aspecto de sapo contra la pared, mientras que con sus barras de acero rompía las encías de la descomunal boca de Oni Hitokuchi. Cuando terminó, el joven kitsune se irguió victorioso. Sus dos enemigos yacían inconscientes o alelados en el suelo de la casa de té.

—Ya está —suspiró Rikuo, liberando el estrés acumulado. No sabía por qué Satori no había vuelto a utilizar su truco predictivo, pero agradecía a los dioses la oportunidad que le habían brindado. Ahora podía rescatar a sus amigas sin problemas.

—¡Abe-kun! —exclamó Tsurara alborozada. Sus ojos habían regresado a su falso color azul. La chica habría corrido al encuentro de su amigo, pero aún cargaba con el cuerpo de Yura y no podía hacer más que sentarse y esperar a que Rikuo se acercase.

El muchacho sonrió y adoptó una pose chulesca, fingiendo que la batalla había sido un juego de niños para él. El joven señor de los Abe se disponía a relevar a Tsurara de la carga de Yura, cuando aparecieron en escena unos nuevos invitados.

—Tú, kitsune, ni se te ocurra acercarte a mi hermana —amenazó una voz masculina.

Habían llegado a la casa de té los dos operativos enviados por Hidemoto el 27º: Keikain Ryuji y su primo Mamiru. Sus gabardinas oscuras, que estaban impolutas cuando entraron en el distrito de Shimabara, se hallaban ahora salpicadas de arañazos y manchas de sangre, indicio inequívoco de que habían tenido que recurrir a algo más que el sigilo para abrirse paso hasta allí. Mientras que el joven alto de pelo castaño seguía manteniendo su cara inexpresiva habitual, el hermano de Yura clavaba dagas con la mirada a Rikuo.

—¿No me has oído? Aléjate —continuó Ryuji con tono duro.

—Hey, onmyoji, que estamos en el mismo bando. ¿O acaso crees que me meto en estas peleas por diversión? —protestó Rikuo en tono burlón.

Su intento de congraciarse con el joven de pelo negro resbaló como el agua de lluvia sobre un limpiaparabrisas.

—Mamiru, ¿recuerdas tus lecciones sobre la caza del zorro? —musitó Ryuji.

—Sí —asintió su frío compañero.

—Pues prepárate —ordenó el nieto del patriarca de los Keikain.

Durante un instante Rikuo creyó que se trataba de un farol, pero al ver cómo los dos exorcistas se colocaban en posición de combate, se tragó su orgullo y se apartó tres pasos del cuerpo inconsciente de Yura.

El joven kitsune estaba rabioso. Su amiga de la infancia le había contado muchas historias sobre lo cruel que era Ryuji, lo astuto y tramposo que era, y cómo se las ingeniaba siempre para hacerle la vida imposible a su hermana pequeña. Si así trataba a su familia, qué no haría a sus enemigos, pensó el chico. No estaba dispuesto a correr el riesgo. Por su parte, Tsurara aún aferraba a su compañera de clase y estaba asustada. La Yuki-onna tenía más miedo de los onmyoji que de unos demonios antropófagos.

—Tú, la de pelo azul —la señaló Ryuji de repente—. Acércate con el cuerpo de Yura. Pero cuidado, si intentas algún truco te mato.

Tsurara tragó saliva ruidosamente. Paso a paso, se aproximó a los onmyoji cargando con el peso de la inconsciente Yura. Pendiente de sus movimientos, Ryuji no dijo nada. Por si acaso, se había llevado dos dedos a los labios, preparado para convocar un shikigami si la ocasión lo requería. Eso contribuyó a aumentar los nervios de la pobre Yuki-onna, aunque se las arregló para ceder el cuerpo de su amiga al malicioso exorcista sin más contratiempos. Ryuji sostuvo a su hermana pequeña entre sus brazos con sorprendente delicadeza. Por un fugaz instante, Rikuo y Tsurara creyeron ver en él una expresión de doloroso arrepentimiento. No duró mucho. El joven de pelo negro recuperó su cara de pocos amigos antes de dejar que su primo Mamiru se hiciese cargo de Yura.

—Nos vamos —anunció el onmyoji. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida. Mamiru le siguió obedientemente.

Ya estaban Rikuo y Tsurara a punto de suspirar aliviados, cuando Ryuji se volvió una vez más y les dedicó una mueca siniestra.

—¡Ah, casi me olvido! —repitió el gesto de llevarse dos dedos a los labios—. Devora, Garo.

De una de sus cantimploras ceremoniales salió un torrente de agua con la forma de un lobo monstruoso. Sus fauces se abalanzaron sobre Rikuo antes de que este pudiese esquivarlas, pero en el último momento pasaron de largo y se dirigieron a un objetivo diferente: Oni Hitokuchi. El yokai de cabeza gigante había aprovechado la distracción de sus enemigos para incorporarse. Aún le quedaban algunos dientes intactos y, dado que sabía que iba a morir a manos de Hagoromo Gitsune, pensó en llevarse a su nieto por delante. Pero cuando abrió su desmesurada boca para asestar un golpe fatal, el shikigami líquido atravesó su garganta.

Por un momento, hubo silencio. Rikuo y Tsurara observaron entre fascinados y asqueados la nueva forma de Oni Hitokuchi. El yokai medio desdentado se había inflado como un globo por culpa del agua que había acumulado de un trago. Entonces Ryuji volvió a hablar:

—Corre, Gengen.

Oni Hitokuchi explotó en mil pedazos. Gengen, que así se llamaba verdaderamente el shikigami de Ryuji (el nombre de Garo, "Lobo hambriento", era sólo para despistar) se reconstituyó juntando las gotas de agua esparcidas en la explosión y regresó a la cantimplora de su amo.

—Deberías aprender a rematar a tus enemigos —le reprendió Ryuji al todavía pasmado Rikuo—. Me resulta difícil de creer que el nieto de Hagoromo Gitsune sea tan blando.

Y antes de que el joven kitsune pudiese contestar o preguntar cómo sabía quién era realmente, Ryuji salió de la casa de té seguido por Mamiru, que cargaba con la inconsciente Yura.

Las sorpresas desagradables aún no habían terminado. Rikuo estaba dispuesto a imitar a los irascibles onmyoji y marcharse de aquel lugar cuanto antes, pero Tsurara le tiró de la manga y le señaló un punto junto a la pared del establecimiento. Al principio el joven señor no entendió qué quería decir la chica de pelo azul, pero entonces cayó en la cuenta. Aunque en ese lugar no había nada, debería haber habido algo.

El cuerpo de Satori había desaparecido.

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El demonio que leía las mentes había reptado silenciosamente por las escaleras. Lamentaba haber dejado atrás a su socio Oni Hitokuchi, pero el mundo de la libre empresa era duro. Uno no llegaba a la cima siendo altruista. Y ahora él empezaba a soñar con algo más que salvar el pellejo. Tenía información de primerísima mano sobre el Nurarihyon, información que podría vender por muy buen precio.

Espías en Kioto. Auténticos. Nombres y dirección. Todo.

No obstante, estaba escamado. En la mente de la Yuki-onna había leído que esa célula de espías no había tenido ningún contacto con los yokai de Kioto, más allá de sus labores de observación. Eso significaba que su socio había tenido razón a la hora de decir que su "noble benefactor" los había traicionado. Es más, si sus nuevas averiguaciones eran ciertas, la traición había estado presente desde el principio de la conspiración.

Ahora él tenía que darse prisa. No estaba acostumbrado al esfuerzo físico. Oni Hitokuchi solía pelear y llevarse los golpes por él. Ser arrojado violentamente contra una pared no era su idea de hacer negocios. Había logrado subir las escaleras sin llamar la atención, pero era sólo cuestión de tiempo que notasen su ausencia.

Sin embargo, tenía un as bajo la manga: en el piso superior había una trampilla secreta que conducía a un sendero secreto a través de los árboles y los tejados del barrio. Era la misma ruta que usaban sus visitas selectas para entrar en la casa de té sin pasar por la puerta principal.

Desgraciadamente para Satori, era una ruta de doble sentido si se conocía el camino.

—Tienes mala cara, Satori —habló una voz fuerte y autoritaria que el hombre-sapo conocía muy bien.

—¡Tú! —se enfadó el negociante. Nada de títulos honoríficos ni falsas alabanzas esta vez—. ¡Por tu culpa lo he perdido todo! ¡Todo! ¡Ahora tengo que huir para salvar la vida sin dinero, sin propiedades, sin capital! ¿Cómo me vas a resarcir, eh?

—¿Resarcir? ¿Por qué? Todo está saliendo según el plan —sonrió su interlocutor.

—¿Qué plan? —se rió amargamente el hombre-sapo—. Oh, lo sé todo ahora. Sé que nunca habéis pactado con los enviados del Nurarihyon y seguramente el rumor de que los demás nobles conspiraban contra Hagoromo Gitsune también era mentira. ¡Todo ha sido un engaño vuestro!

Rota la mascarada, el misterioso conspirador adoptó una expresión seria.

—No todo lo que he dicho es falso, pero mis intenciones son sólo mías —replicó el aristócrata.

—¿Pero cómo? —se extrañó Satori—. Si cuando nos reuníamos yo os leía la mente...

—Tú sólo veías lo que yo quería que vieses —empezó a explicar el otro con desdén—. No niego que tu habilidad es muy curiosa, Satori, pero sólo es útil contra aquellos que no están preparados. Yo, que he pasado mil años perfeccionando mi arte, soy un maestro de la meditación. Puedo mentir con mis pensamientos con tanta facilidad como puedo mentir con mis palabras. Sin embargo, pequeño mercader, me has hecho un gran favor al organizar esta rebelión de pacotilla, así que te voy a dar un regalo: la verdad.

La mente de Satori se iluminó con un vendaval de ideas que partieron de su otrora benefactor. Sus planes, sus ambiciones, sus sueños, sus esperanzas... El mismo ser de su interlocutor quedó desnudo, sin esconder nada. El yokai lector de mentes se encontró así con la novela más profunda y rica jamás escrita. Por desgracia, entre aquellos pensamientos bailaba una certeza absoluta: él, Satori, iba a morir.

—¡Por favor, señor, esperad! ¡Sé muchas cosas! —suplicó el hombre-sapo por su vida mientras el misterioso conspirador desenvainaba su espada.

—Sí, sabes muchas cosas. Demasiadas. Por eso tienes que morir —afirmó el otro.

—¡No lo entendéis! —gritó Satori desesperado. Tenía que ganar tiempo. Sabía cómo iba a atacar su enemigo, lo sabía. Si sólo pudiese llegar a las escaleras... Un poco más, un poco más, un poco más...

De repente, notó el frío tacto de una hoja de metal atravesándolo de lado a lado.

—No es lo mismo tener el poder para ver el futuro que tener el poder para cambiarlo —murmuró el aristócrata a modo de epitafio, mientras extraía su espada del cuerpo inerte de Satori.

Le llegó el ruido de pasos subiendo las escaleras. Era evidente que la ausencia del ahora fallecido señor de los hanamachi había sido notada. Durante un momento, el conspirador fantaseó con la idea de enfrentarse a Rikuo frente a frente. Enseguida la desechó. La Procesión Nocturna de los Cien Demonios estaba atacando Shimabara. Él había logrado escabullirse para silenciar a Satori y Oni Hitokuchi, aunque ya habían hecho la mitad del trabajo por él. Ahora debía regresar al lado de Hagoromo Gitsune como si nada hubiese pasado. Lo contrario era tentar a la suerte.

—Nos veremos las caras, Abe no Rikuo —susurró antes de marcharse—. Pero será en mis dominios.

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Tsurara subía los escalones de dos en dos. A pesar de las protestas de Rikuo, ella se había lanzado la primera en pos del huido Satori. El molesto kitsune no entendía el súbito cambio en la personalidad de su amiga, pero había una razón de peso detrás. Por ayudar al joven señor de los Abe, Tsurara había expuesto sus más importantes secretos al hombre-sapo. No contaba con que el mercader sobreviviría. Ahora tenía que ser la primera en llegar a él para silenciarlo. El estómago se le revolvió. No era lo mismo matar en el fragor del combate que asesinar a sangre fría, pero tendría que hacerlo por el bien del clan.

Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al piso superior se topó con el cadáver de su enemigo. Alguien había estado allí y se había encargado de Satori.

Rikuo surgió de las escaleras poco después. Tras cerciorarse de que Tsurara se encontraba ilesa, se quedó mirando el cuerpo de su antiguo enemigo con una expresión indescifrable. Pensaba que había conseguido huir de la sangre tras el incidente ocurrido cuatro años atrás. Sin embargo, la sangre se obstinaba en perseguirle.

Los dos seguían todavía en estado contemplativo cuando Hakuzozu entró por la ventana del segundo piso.

—¡Joven señor! —exclamó gratamente sorprendido—. ¡Estáis a salvo, joven señor! ¡Qué noticia más espléndida! Reconozco que cuando Hagoromo Gitsune nos ordenó a la patrulla aérea que nos adelantáramos, me temí lo peor. ¡Pero no hay quien pueda con vos, no señor!

—Hakuzozu... —murmuró Rikuo. Quería apagar el ánimo de su fiel sirviente, pero no sabía qué decir. En cuanto al yokai poeta, revoloteaba por la estancia henchido de felicidad, más como un colibrí con cafeína que como una orgullosa rapaz.

—¡Oh, tenéis una figura espléndida, si permitís que os lo diga, joven señor! ¡Y habéis acabado con el traidor que ha organizado esta asquerosa rebelión! —añadió Hakuzozu tras examinar con el pie el cadáver de Satori—. ¡Cuando la Procesión Nocturna llegue aquí, hasta los más reacios harán turnos para arrodillarse ante vos!

Entonces Rikuo alzó la mano y le mandó callar.

—No —dijo el joven señor categóricamente—. Yo me voy de aquí. Nadie debe verme así.

—¡¿Qué? ¡Pero si la Procesión Nocturna ha partido para rescataros! —protestó Hakuzozu—. ¿Qué le digo yo a vuestra abuela?

Rikuo se arrancó unos pelos de su cola de zorro y se los entregó a su servidor.

—Toma. Esto será prueba suficiente para que ella sepa que estoy bien —parecía que había acabado de hablar, cuando añadió un detalle más—: ¡Ah, sí! Dile también a mi abuela que los Keikain se han llevado ya a su protegida. Todo está en orden. O casi todo.

Sin previo aviso, apoyó un brazo en el hombro de Tsurara. La chica de pelo azul le miró a los ojos, aquellos penetrantes ojos rojos. Habría jurado que se estaba ruborizando. Rikuo le hizo un guiño. Entonces la levantó en volandas, como una princesa. Ahora la Yuki-onna estaba segura de que su cara se había vuelto roja como un tomate. El joven señor de los Abe la sostenía entre sus brazos sin esfuerzo aparente y con una sonrisa de pícaro. Hakuzozu observó la escena sin emitir un veredicto, pero observó a su protegido con una expresión interrogante.

—He de devolver a esta damisela a su casa —explicó Rikuo—. ¡Nos vemos en la mansión!

Se dirigió al alfeizar de la ventana. De un salto, cruzó el vacío y acabó en el tejado del edificio de enfrente. Desde allí saltó a la copa de un árbol, desde allí a otro tejado y así una y otra vez hasta salir del territorio del hanamachi de Shimabara.

Tsurara en aquel momento sólo tenía ojos para Rikuo. Pero la suya había dejado de ser la mirada de una espía para ser una mirada de profunda admiración. Le venían ahora a la mente las palabras que utilizaba Setsura para describir al Nurarihyon: imponente, apuesto, poderoso y algún otro adjetivo más que no era apto para ser pronunciado en presencia de menores. No obstante, el recuerdo de su madre le enfrió los ánimos. ¿Qué estaba haciendo? Debía dejar las cosas claras.

—¡Para! —exclamó de repente, sorprendiendo a Rikuo.

—Oi, Tsurara —se rió él—. ¿Te dan miedo las alturas?

—¡Sí! ¡No! ¡Espera! —intentó la Yuki-onna articular una respuesta coherente—. ¡Me prometiste que me explicarías lo que ha ocurrido!

—Otro día —se excusó Rikuo, pero su amiga no estaba dispuesta a dejarlo irse de rositas.

—¡Ahora! —Tsurara alzó la cabeza y le miró con el ceño fruncido. Era un gesto que decía a las claras que no iba a permitir que la ningunearan.

Rikuo suspiró. Detuvo su carrera de saltos en lo alto de un bloque de apartamentos, no muy lejos de Shimabara. De hecho, desde allí podían contemplar como espectadores privilegiados los sucesos que se estaban desarrollando en el distrito histórico. No era una estampa bonita.

Hordas y hordas de yokai se abalanzaban contra otros espíritus y demonios. Atacaban desde todos los lados, sin piedad, sin remordimientos. Probablemente más de un habitante del lado oscuro de los hanamachi había aprendido que haberse apuntado a la rebelión era un error y estarían suplicando por su vida. Conociendo a su abuela, Rikuo dudaba mucho de que Hagoromo Gitsune fuera a mostrarse misericordiosa. Columnas de humo salían de varios edificios, indicio de que los asaltantes no se estaban conformando únicamente con segar las vidas de los traidores, sino que también estaban pegando fuego a sus posesiones.

—Eso son los yokai —le señaló Rikuo a Tsurara—. ¿No te dan miedo?

—Un poco —reconoció la chica de pelo azul. Ver en acción a la Procesión Nocturna de los Cien Demonios era un espectáculo terrible. Le recordaba por qué Kubinashi y los demás tenían que ser tan cuidadosos en su misión.

—¿Sólo un poco? —se sorprendió el kitsune. No era la respuesta que esperaba.

—Tú eres un yokai, ¿no, Abe-kun? —le miró Tsurara a los ojos con decisión—. Y por favor, no me engañes. Lo he oído todo. Te han llamado "kitsune", "nieto de Hagoromo Gitsune", "joven señor"... ¿Qué eres, Abe-kun?

Rikuo se tomó un poco de tiempo para responder. Paseó con desgana junto al borde del tejado, observando cómo las huestes del Clan Abe sofocaban la rebelión de los hanamachi. Algún observador ajeno a la escena habría podido pensar que estaba a punto de arrojarse al vacío, pero no había en el joven señor ánimo suicida. Sólo resignación y una gran tristeza.

—Hay cierta sangre en mis venas —empezó Rikuo su explicación en tono solemne—. Sangre malvada... Sangre de zorro. Soy básicamente humano, pero una cuarta parte de mí es de Hagoromo Gitsune, la líder de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kioto. Por eso, durante una cuarta parte del día, puedo transformarme y dejar mi lado yokai libre.

—Entonces, ¿eres el mismo Rikuo de siempre? —preguntó Tsurara con curiosidad.

—Sí y no —respondió el chico enigmáticamente—. El día y la noche tienen una magia diferente. El mundo se ve de otra manera cuando la sangre oscura bulle en tu interior. Por ejemplo, ahora mis instintos me gritan que baje allí, me una a mi abuela y lidere a todos esos demonios en su destrucción.

—¿Por qué no lo haces? —se extrañó la Yuki-onna. Al haber sido educada en el seno del Clan Nura, la renuencia de su amigo le parecía completamente ilógica—. ¿Acaso odias a tu abuela?

—¡No! —saltó como un resorte Rikuo—. La verdad es que la quiero mucho. Siempre estuvo allí para animarme cuando mi padre... —el kitsune evitó profundizar en ese tema—. Pero no sé si quiero oírla decir que está orgullosa de mí. Porque eso significaría que me he convertido en lo que ella desea.

—¿Que tendría de malo?

Aquí Rikuo hizo una pausa, no tanto para respirar como para imbuir de dramatismo su siguiente declaración.

—Hace cuatro años me transformé por primera vez. Fue una emergencia. Yura estaba en peligro, amenazada por unos yokai que estaban enfadados con mi abuela. En el fondo, no muy distinto de lo que ha ocurrido hoy. Lideré la Procesión Nocturna y maté al jefe de los ogros. Fue fácil. Demasiado fácil -masculló el chico con disgusto-. Yo había sido un niño travieso, pero de ahí a quitar una vida sin pensarlo dos veces... Creí que me perdía a mí mismo. Desde entonces he intentado reprimir esta parte de mí, pero no es suficiente. En el fondo, siempre he sabido que hay un lado yokai en mí, incluso cuando estoy en forma humana. No sé qué hacer.

Tsurara comprendió que aquella dicotomía estaba pasándole factura al muchacho. Quizás el chico quería ser humano, pero su sangre yokai no le dejaba. Era muy difícil vivir en dos mundos al mismo tiempo, sobre todo si los dos mundos tenían una ética y unos valores diferentes. Tarde o temprano, tendría que escoger uno de los dos. La Yuki-onna, por naturaleza, sabía cuál elegiría ella, pero no podía tomar esa decisión por Rikuo. Sólo podía darle ánimos. Así que, mientras el joven señor de los Abe oteaba el horizonte con expresión resignada, Tsurara se acercó por detrás y le apoyó una mano en el hombro con dulzura.

—Antes me habías impresionado mucho, pero veo que sigues siendo tú, Abe-kun —sonrió la chica—. Gracias. Sin ti ahora mismo estaría muerta. Nunca lo olvidaré.

Un sonrojo leve, muy leve, apareció en las mejillas del joven señor. El muchacho masculló un ininteligible "De nada" y se dispuso a llevar a Tsurara a su casa. Sin embargo, ella se negó. Arguyó que Rikuo ya había hecho bastante por ella aquella noche y se conformó con que la escoltase hasta una parada de tren en horario nocturno. El kitsune no se separó de ella hasta que se montó en el vagón, teniendo cuidado de que su cola de zorro no quedase expuesta a la vista del público. No había apenas gente a aquellas horas intempestivas, pero uno nunca sabía lo que podía pasar.

Antes de que se cerrasen las puertas del vagón, Rikuo le pidió a Tsurara:

—No le hables de esto a nadie. Ni a tu familia, ni a tus amigos —como sonaba demasiado duro, añadió al final con suavidad—: Por favor.

Tsurara sonrió.

—Prometido. Será nuestro secreto.

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Un barrio residencial de Kioto

Nada más entrar por la puerta de la casa que servía de base secreta para los espías del Nurarihyon, Tsurara se vio atrapada por un par de brazos perfumados y unos generosos senos. Kejoro, la mujer cabellera, estrujaba a la asfixiada Yuki-onna como su vida dependiera de ello.

—¡Tsurara! ¡Estás viva! —exclamó Kejoro con alegría—. ¡No sabes lo preocupados que estábamos por ti!

Kurotabo, el monje vengador, también se apuntó a la calurosa bienvenida. El hombre de pelo negro no era tan afectuoso ni cálido como su compañera, así que se conformó con darle unas cariñosas palmadas en la cabeza a la Yuki-onna.

—Kejoro dice la verdad —explicó Kurotabo—. Según nos iban llegando noticias de lo que ocurría en los hanamachi y al ver que no regresabas, pensábamos que te habían capturado o algo peor. Estábamos debatiendo si podíamos organizar una operación de rescate en medio de...

—¡Menos hablar, Kuro! —gritó el enorme Aotabo, arrastrándolos al interior de la vivienda.

Con toda la fuerza de sus grandes músculos, el antiguo monje budista abarcó en un abrazo a los tres yokai. Aunque Tsurara, Kejoro y Kurotabo se encontraban muy apretados, los huesos les crujían y les costaba respirar, no había nadie que pudiese enfriar la ardorosa felicidad de su compañero. El gran Aotabo jamás lo habría reconocido, pero en sus ojos asomaban lágrimas de alegría. Detrás de él, el acuático Kappa sonreía con la mirada.

Kubinashi, que se había incorporado del asiento en el que había estado rumiado con gesto serio los sucesos acaecidos, también estaba muy contento. No obstante, como líder del grupo tenía que anteponer sus deberes a sus sentimientos.

—Yuki-onna, ya sé que has sufrido una experiencia muy desagradable, pero indícanos lo que has visto y oído durante esta noche —le pidió con tono amable el yokai sin cuello.

Tsurara obedeció. Se sentó en el centro del salón y empezó a relatar lo que había sucedido, desde las entradas para la ceremonia del té hasta su encierro, pasando por el ataque de los onmoraki y las conversaciones entre los dos jefes de los hanamachi. Sin embargo, cuando llegó la hora de hablar de su liberación, dudó. Su deber como espía era revelarlo absolutamente todo, pero le había prometido a Rikuo que no traicionaría su secreto. Tanto si hablaba como si callaba, iba a ser una traidora. La pregunta era: ¿a quién?

—Hey, Yuki-onna, no te pares —la animó Kurotabo suave pero firmemente—. ¿Qué pasó después?

—Esto... —balbució la chica de pelo azul—. Aparecieron de repente dos onmyoji con capas negras. Uno de ellos decía ser Keikain Ryuji, el hermano de Yura. No parecía ser amigo nuestro, sólo había venido a recuperar a su hermana. Le acompañaba otro exorcista, alto y fuerte, al que llamaba Mamiru y que le obedecía en todo. Aunque nos dieron un susto de muerte, gracias a ellos conseguimos salir de allí. Para cuando nos fuimos de la casa de té, Satori y Oni Hitokuchi habían muerto. No nos quedamos a ver la llegada de la Procesión Nocturna de Hagoromo Gitsune, pero desde lejos aprecié que estaban prendiendo fuego al barrio.

Ninguna de sus palabras era mentira, pero había ocultado muchas verdades. Confió en que sus compañeros no hubiesen notado la inseguridad de su voz. Tuvo suerte. Kubinashi estaba más interesado en las posibles implicaciones de una alianza Keikain-Abe y en lo que había comentado Satori sobre contactos con enviados del Nurarihyon.

—Te puedo asegurar, Yuki-onna, que no ha habido ninguna negociación —le confirmó el líder del grupo a su compañera—. De haber ocurrido algo así, jamás habría permitido que te pusieran en peligro. Alguien está usando el nombre del General Supremo para llevar a cabo sus planes en el seno del Clan Abe. ¿Pero quién? ¿Y por qué?

Sus preguntas quedaron en el aire. Nadie conocía la respuesta.

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Casa Ancestral de los Keikain

—¡Oikawa! —gritó Yura.

La joven onmyoji se había levantado de un salto, envuelta en sudor. Miró a un lado y a otro, esperando el ataque de un yokai. Sin embargo, para su sorpresa, ya no se hallaba en el distrito de Shimabara, sino en su dormitorio, en la casa ancestral de la familia Keikain. Más sorprendente fue aún ver a su hermano mayor hacer guardia al pie de su cama.

—Vaya, vaya, la princesa se ha despertado por fin —se burló Ryuji—. Ya empezaba a pensar que te habías quedado tonta del golpe.

—¿Eh? —murmuró su hermana pequeña, aún confusa—. ¿Qué ha pasado? ¿Y Oikawa? ¿Y los yokai?

—No pienses, que te dolerá la cabeza —sin muchos miramientos, el joven de pelo negro la obligó de nuevo a acostarse en la cama—. Aunque seas una inútil incapaz de hacer frente a unos demonios de tercera categoría, el viejo nos dijo a Mamairu y a mí que te sacáramos de ese antro. Y eso hemos hecho. En cuanto a tu amiga de pelo azul y ese chico, Abe, los dos están a salvo, por lo que he entendido. Así que duérmete y deja de darme la vara.

Entre la neblina del cansancio, Yura llegó a entender un dato nuevo.

—¿Rikuo estaba allí también? Oh, no... —se lamentó la chica. Pero la fatiga y la tensión acumulada pudieron más que ella y volvió a dormirse en un sueño reparador.

Cuando Ryuji salió de la habitación, asegurándose de no hacer ruido, se encontró a la salida a su abuelo, el venerable Hidemoto el 27º.

—No le has dicho toda la verdad —le recriminó el anciano.

—No necesita saberla. No por ahora —sonrió Ryuji con malicia—. Ahora hablemos de cosas serias. ¿Qué vamos a hacer con esta idiota?

—Nada —repuso el patriarca de los Keikain—. Todos los problemas que Yura ha tenido han sido por haber desobedecido mis órdenes. No debería haberse mezclado con la gente de la Mansión Abe y no tenía que haber jugado a ser una onmyoji.

Ryuji hizo una mueca de disgusto.

—Siento decírtelo, viejo, pero fuera de estos muros tus órdenes se las lleva el viento —contestó el joven onmyoji con malos modales—. Además, los yokai que con tanto morro vinieron a nuestra puerta usaban a Yura como moneda de cambio, independientemente de su relación con el nieto de Hagoromo Gitsune. Ella es una Keikain de Kioto. Hay problemas que no va a poder evitar.

Hidemoto suspiró. Estaba cansado de los interminables debates con los otros onmyoji sobre el futuro de Yura. Parecía que nadie quería ceder a los deseos de un pobre anciano que sólo quería mantener con vida a su familia. De todos, el deslenguado Ryuji era el más irritante. Muy pocos lo sabían, pero el cruel hermano mayor de Yura era el más interesado en convencer al patriarca de la necesidad de que la muchacha aprendiese las artes del onmyodo. Ni siquiera el gentil Akifusa se había atrevido a presionar tanto al líder de los exorcistas.

—Lo pensaré —fue lo único que prometió Hidemoto.

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Mansión Abe

Al día siguiente, las noticias atribuyeron los sucesos de los hanamachi a actos de vandalismo entre bandas criminales enfrentadas. Las visiones de fantasmas y monstruos fueron achacadas a intoxicación por humo, culpa de los incendios declarados en Shimabara, Gion y los otros distritos históricos. Por supuesto, la versión oficial no explicó cómo era posible que los avistamientos sobrenaturales se hubiesen producido antes de que empezasen los fuegos.

Mientras el público general se contentaba con esta visión falseada de la realidad, las autoridades del ayuntamiento y la prefectura habían sido informadas de lo ocurrido por los onmyoji Keikain. Aunque no revelaron todos los detalles, la familia de exorcistas se llevó el mérito de haber solucionado el problema.

Rikuo no sabía nada de esto. Tras una noche muy movida, había regresado a la Mansión Abe para descansar. Al cabo de unas escasas horas de sueño, se levantó en su forma humana y se dirigió a la escuela. Cuando su abuela trató de convencerlo para que se quedase en la cama ese día (y respondiese a varias preguntas, claro), el muchacho se obstinó en su mutismo y siguió adelante. Hagoromo Gitsune no pudo evitar una mueca de frustración.

—Espero que no le entre una fiebre —murmuró la dama de negro mientras su nieto salía por la puerta principal.

—Tranquila, Kuzunoha. Es un chico fuerte —sonrió Abe no Wakana, apareciendo por detrás. Había preparado un almuerzo para llevar para Rikuo, pero el chico se había marchado antes de que pudiera entregárselo.

—Deberías preocuparte más por tu hijo —le reprochó la kitsune a su nuera. Resultaba curioso ver a una aparente adolescente hablar con más autoridad que una treintañera.

—Y tú deberías preocuparte un poco menos —le contestó Wakana sin perder su amabilidad. Pocas personas se atrevían a replicar a Hagoromo Gitsune en igualdad de condiciones, pero la viuda de Seimei era una de ellas—. Ten un poco más de fe en él. Rikuo es un chico listo. Dale tiempo y él sabrá encontrar la solución.

La señora de los yokai de Kioto gruñó con desaprobación, aunque no dijo ninguna palabra más. La kitsune sabía que tenía fama de ser una madre sobre-protectora. Habría parido nuevamente a su querido Seimei si con ello lo hubiese recuperado del mundo de los muertos, pero por desgracia ya no era posible. Desde entonces había redirigido sus instintos maternales hacia su pequeño nieto humano y pensaba proteger su vida costase lo que costase.

Hagoromo Gitsune se alejó del pasillo, pero no en dirección a la puerta principal, sino hacia los sótanos de la mansión.

—¿Hoy no vas a ir al instituto superior, Kuzunoha? —se extrañó Wakana.

—No —respondió su suegra con ojos sombríos—. Hoy tengo otros deberes...

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Escuela secundaria

Rikuo estaba preocupado. Ni Tsurara ni Yura habían acudido ese día a clase. Por una parte, podía ser algo totalmente normal. El día anterior habían sufrido experiencias muy estresantes y podrían haber caído enfermas. Sin embargo, tal vez la estudiante transferida de Tokio se hubiese perdido de regreso a casa y quizás el golpe que se había llevado la onmyoji era más grave de lo que parecía.

Al muchacho le reconcomían las dudas. Se habría acercado a casa de Tsurara, pero sólo conocía el barrio donde vivía, no la dirección exacta. También pensó en pasarse por la Casa Anceestral de los Keikain, aunque entonces recordó la mirada asesina de Ryuji. No, no sería bien recibido allí.

Sólo podía esperar.

La campana sonó y las clases terminaron. Rikuo se encaminó a su taquilla. Las llamaría durante el fin de semana, se dijo a sí mismo. Nada más abrir la cerradura, una nota de papel cayó al suelo. Era un breve texto escrito con elegantes signos sobre papel oloroso. El muchacho lo leyó y el corazón le dio un vuelco.

"Abe-kun, he estado pensando sobre lo que me dijiste la noche pasada y creo que necesito saber más. Quiero conocerte mejor. Quiero ser algo más que tu confidente. Siento no haber ido hoy a clase, pero necesitaba tiempo para poner en orden mi corazón. Por favor, ven a la puerta de Rashomon cuando anochezca. Te estaré esperando. Firmado: Oikawa Tsurara".


Notas adicionales:

¡Gracias de nuevo por los comentarios que dejáis! Siempre me animan a seguir escribiendo y a mantener el ritmo. Eso sí, ¿me estoy pasando con la longitud de los capítulos? ¿Se leen bien? Sigo como ejemplo fics de universos alternativos de Code Geass, pero cambiaré si la gente tiene problemas. También me encantaría traducir este fic al inglés, pero sería demasiado para mí solo :-( Tengo trabajos, exámenes y fanfiction no es lo único que escribo.

* Disculpas por un error mío que ha provocado que el capítulo "Sangre de zorro" fuese sustituido por "Rikuo y el falso exorcista". Espero que nadie lo haya notado ^_^;

* Si algo me gusta de los universos alternativos, es poder desarrollar escenas que serían imposibles de ver en el canon. Por ejemplo, una conversación entre Hagoromo Gitsune y Wakana sobre la salud de Rikuo.

* Los cuatro estudiantes tokiotas que aparecen al principio NO son OCs. Aparecen en el capítulo 94 del manga y en el episodio 14 de Sennen Makyo. Entonces me pareció raro que cuatro chavales con pinta de gamberros fueran de Tokio a Kioto para ver un castillo antiguo, a no ser que se tratase de una visita escolar. Sin embargo, la saga de Kioto transcurre durante las vacaciones de verano, así que esa respuesta tampoco tiene sentido. Al menos aquí tiene explicación.

* He querido darle a Rikuo una motivación algo más profunda que el "¡los yokai son malvados!" del canon. Siempre me extrañó que al principio Rikuo matase yokai sin remordimientos (Gagoze, Hebidayu, Kyuso y varios matones sin nombre). Sobre todo cuando el mensaje de Nuramago es que humanos y yokai deben aprender a convivir en paz.

Próximo capítulo: "Confesiones en Rashomon". Y aunque no quiero destripar lo que se avecina, aviso a los RiTsu shippers que no se emocionen demasiado con el título del capítulo.