Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: La Rebelión de los Hanamachi ha sido extinguida y sus dos líderes han muerto, aunque el principal conspirador sigue libre. Yura está a salvo en su casa y Tsurara también, aunque ha ocultado a sus compañeros del Clan Nura la verdad sobre la doble naturaleza de Rikuo. Mientras, éste recibe una carta de Tsurara en la que le invita a reunirse con ella en la puerta de Rashomon.
Confesiones en Rashomon
Mansión Abe, Kioto
Hakuzozu estaba espiando a Rikuo desde el pasillo. Aunque el joven señor era un chico pulcro y aseado, estaba dedicando demasiado tiempo a arreglarse frente al espejo del cuarto de baño.
—Algo me dice que el joven señor va a salir a alguna parte —murmuró el yokai volador.
La pequeña Kyokotsu, que estaba debajo de Hakuzozu, se extrañó.
—¿De verdad? ¿Y a dónde quiere irse el hermanito mayor? ¿Lo sabes tú, Gashadokuro?
Por encima de los dos yokai, el esqueleto gigante observaba con un ojo colosal los arreglos del joven señor. Nadie sabía cómo había podido meter sus huesos en el pasillo, ni siquiera él. De hecho, se encontraba atascado entre las cuatro paredes.
—No lo sé, Kyokotsu. ¡Ay, por la Oscuridad! ¿Querrá escaparse de casa? —aventuró el esqueleto nerviosamente.
—¡Oh, no! —se alarmó Kyokotsu, lágrimas asomando a sus ojos serpentinos.
Hakuzozu se llevó una mano a la cabeza en señal de frustración.
—Gashadokuro, ¿por qué siempre tienes que ponerte en lo peor? Estás asustando a Kyokotsu. Además, el joven señor no está haciendo las maletas. Sólo se está echando colonia, limpiándose cinco veces las gafas, intentando peinarse...
—Chicos, ya es malo que me espiéis mientras estoy en el baño, ¿pero de verdad tenéis que retransmitir en alto todo lo que hago? —les llegó la voz irritada de Rikuo mientras terminaba de acicalarse.
Hakuzozu y Kyokotsu se adelantaron e hicieron una reverencia a modo de disculpa. Gashadokuro, aún atrapado entre las paredes del pasillo, tuvo que conformarse con hacer crujir sus huesos. Por su parte, Rikuo acabó lo que tenía entre manos. Satisfecho de su aspecto, se dispuso a marcharse, pero Hakuzozu se interpuso en su camino. Con sus casi dos metros de altura y su gigantesca lanza a la espalda, el yokai poeta presentaba una figura imponente.
—Hakuzozu, déjame pasar. No quiero llegar tarde —se quejó Rikuo.
—Primero decidme a dónde pensáis ir, joven señor.
—¡No es asunto tuyo! —protestó el muchacho. Tenía casi trece años y no le gustaba que le tratasen como a un niño pequeño.
—Hagoromo Gitsune me nombró vuestro guardián, joven señor —insistió Hakuzozu—. Tras los sucesos de ayer no esperéis que me quede de brazos cruzados si os volvéis a poner en peligro. Así que, a menos que me digáis vuestro destino real, no saldréis de aquí. Y nada de mentiras, joven señor.
El yokai esperó su respuesta. Rikuo suspiró. No le hacía gracia revelar detalles de su vida personal, ni siquiera a los servidores más fieles de su casa. Sin embargo, no podía negar que Hakuzozu tenía parte de razón en sus argumentos. Su vida había sido muy agitada últimamente. Primero el falso exorcista y ahora Satori y las bandas de los hanamachi. Así que, tras suspirar con resignación, Rikuo le contó a Hakuzozu el asunto de la carta que le había dejado Tsurara en la taquilla de la escuela. Mientras hablaba, Kyokotsu y Gashadokuro escuchaban con mucha atención.
—Y eso es todo —concluyó el joven señor—. Sólo quiero ir a la puerta de Rashomon a reunirme con una amiga de la escuela. ¿Puedo irme ya?
Hakuzozu se atusó la barbilla, pensativo.
—Mm. La puerta de Rashomon está a bastante distancia. No me gustaría dejaros sin vigilancia tanto tiempo. Quizás debería acompañaros...
—Por favor, sólo quiero tener una tarde tranquila. ¿Es mucho pedir? —Rikuo puso ojos de cordero degollado.
—¡Está bien, está bien! —contestó rápidamente Hakuzozu—. Pero que no se entere vuestra abuela o nos mata. Afortunadamente, hoy está ocupada con un asunto urgente y se ha encerrado en los sótanos.
A Rikuo le extrañó aquella noticia.
—¿Los sótanos? ¿Qué está haciendo mi abuela en los sótanos?
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Los cimientos de la Mansión Abe alojaban en su seno varios espacios de mayor o menor amplitud. Muchos de ellos funcionaban básicamente como almacenes de muebles, cuadros, comida o cualquier otra cosa que fuese necesaria. Había también más de un pasadizo secreto, escondites a prueba de bombas y cajas fuertes ocultas. No faltaban tampoco mazmorras excavadas en la dura roca, a las que sólo podían acceder miembros autorizados del Clan Abe. Rara vez tenían ocupantes. Los yokai no confiaban en las penas de prisión.
En una de las celdas abrió sus ojos doloridos un onmoraki, uno de los demonios-grulla a los que había apaleado Rikuo durante la Rebelión de los Hanamachi. En cuanto se acostumbró a la luz mortecina de las antorchas que iluminaban la mazmorra, descubrió una escena sorprendente.
En aquella amplia celda de roca, cemento y metal, gris y anodina por los cuatro costados, se había dispuesto una elegante mesa con mantel, platos de porcelana y cubertería de plata. Había una silla vacía. A su lado, un fogón atendido por dos sirvientas de las cocinas. Aquel lujo contrastaba brutalmente con las pinzas, los cuchillos, las tenazas y otros instrumentos de tortura que descansaban sobre una basta mesa de madera manchada de sangre. Se estaba preguntando de quién sería esa sangre cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Aparte de las dos sirvientas, había varios cuervos del monte Kurama entre las sombras. El mismísimo Gran Tengu estaba presente allí. Y él no era el único onmoraki en la mazmorra. Otros cinco de sus compañeros estaban atados junto a él en una hilera, cual reses conducidas al matadero.
—Ah, bien, ya están todos despiertos —celebró el Gran Tengu al ver que el último de los onmoraki había abierto los ojos—. Podemos empezar.
Como a una señal, la puerta de la celda se abrió y entró Hagoromo Gitsune. La señora de los yokai de Kioto no dijo nada. Simplemente se sentó a la mesa que estaba dispuesta para la cena. Sin embargo, no había rastro de la comida.
—Como podréis suponer, la patética rebelión organizada por Satori y Oni Hitokuchi ha fracasado —informó el Gran Tengu a los prisioneros—. Sin embargo, mis cuervos han hecho averiguaciones y estamos seguros de que vuestros jefes estaban siendo manipulados por un tercer conspirador, alguien de más alta alcurnia. Por desgracia, nos faltan detalles que nos permitan averiguar su identidad.
—¡No sabemos nada! —graznó uno de los onmoraki—. ¡Y aunque lo supiéramos, no lo diríamos! ¡Una cosa es que seamos descerebrados y otra que vayamos a traicionar al señor Satori! ¡Seguro que mentís y está vivo!
—Sois unos traidores al Clan Abe y a la persona del joven señor. Os merecéis la muerte. Sin embargo, podemos ser clementes si cooperáis —prometió el venerable anciano.
La única respuesta que tuvo fue la risa de los onmoraki. Otra prueba de que las bestias yokai eran unas descerebradas. Tan convencidos estaban aquellos demonios de que iban a morir, que ya no tenían miedo a nada. Hagoromo Gitsune gruñó, pero el Gran Tengu mantuvo la calma.
—¿Sabíais que el Clan Abe remonta sus orígenes mil años atrás? —explicó Sojobo como si estuviese dando una clase de Historia a unos niños revoltosos—. Eran unos tiempos gloriosos. Los humanos eran más respetuosos con la oscuridad que les rodeaba y buscaban la armonía en el mundo. Construían palacios, templos y una capital de paz y orden. La civilización había llegado desde las costas de la milenaria China. Los nobles, santos y eruditos bebían del arte, la filosofía, la magia y la ley del Imperio Medio.
—¡Bla, bla, bla! —se burló un onmoraki—. ¡Charla de viejos! ¿Qué tenemos que ver nosotros con lo que hacían esos patéticos humanos?
—Paciencia. Como iba diciendo, a los humanos de Japón en aquella época les fascinaba todo lo que venía de China. Incluso los yokai demostrábamos cierto respeto ante una civilización tan antigua y avanzada. La corte copiaba las modas chinas, los onmyoji aprendían los hechizos taoístas y los hombres de leyes seguían los códigos del Imperio Medio. En aquella época la Dinastía Song estaba incorporando nuevas formas de castigo. Por ejemplo, una larga, dolorosa y exquisita ejecución.
Los prisioneros tragaron saliva al mismo tiempo.
—Se llama lingchi o "muerte de los mil cortes" —continuó el Gran Tengu con una sonrisa malvada asomando en su barba blanca—. Se desnuda al reo y después, lentamente, se van cortando sus miembros como si fueran filetes de carne. Cada tajada se muestra al prisionero hasta que se llega a un órgano vital y muere. Afortunadamente, el conocimiento de medicina ha mejorado mucho y podemos mantener vivos a los condenados durante más tiempo. Y como tirar carne a la basura es un derroche innecesario, la señora Hagoromo Gitsune se ha ofrecido amablemente a deshacerse de ella.
Los onmoraki observaron la mesa, los cubiertos y los fogones. Su utilidad estaba muy clara ahora. El terror, que antes había desaparecido ante la perspectiva de una muerte inminente, regresó a sus corazones.
Hagoromo Gitsune les observó con una de sus características miradas frías y despiadadas. Aunque habló en susurros, sus palabras resonaron por toda la mazmorra:
—Por vuestro bien, más vale que me quede con hambre.
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Dos pisos por encima de las tétricas mazmorras, Hakuzozu se encogió de hombros.
—No lo sabemos. Vuestra abuela no ha dicho nada al respecto. Conociéndola, probablemente quiera saltarse las clases de su identidad humana y hacer planes para el clan. Yo que vos no me preocuparía.
Rikuo asintió. Tampoco tenía mucho más tiempo para discutir si quería llegar a tiempo a su cita en la puerta de Rashomon. El anochecer estaba a la vuelta de la esquina y él no quería hacer esperar a Tsurara.
Había leído la carta una y otra vez. Era evidente que su amiga quería seguir hablando sobre los sucesos de la noche anterior. Era comprensible. En el breve espacio de unas horas la pobre Tsurara había descubierto que los yokai existían y que su amigo de clase era uno de ellos. "Si yo estuviera en su lugar, también querría más explicaciones", pensó Rikuo. Y aún así la misiva dejaba entender algo más. El chico no quería dejar correr su imaginación, pero tenía muchas ganas de hablar con Tsurara.
Hakuzozu advirtió la impaciencia en los ojos de Rikuo. Se hizo a un lado, invitándole a marcharse.
—Volved pronto, joven señor. Ya sé que mañana no tenéis clase, pero no es bueno trasnochar.
—Gracias, Hakuzozu —sonrió Rikuo. El muchacho se despidió de sus sirvientes y salió de la mansión en dirección sur.
Por su parte, Gashadokuro le preguntó a su compañero:
—¿Has hecho bien en dejar que el joven señor se marchase solo? Si la señora Hagoromo Gitsune se entera, se te va a caer el pelo.
Inesperadamente, Hakuzozu se rió con alegría.
—El viento de la juventud no debe ni puede ser detenido. Hay cosas que un joven debe afrontar lejos de miradas indiscretas. Nuestro joven señor está dejando de ser un niño para convertirse en un hombre.
—¡Ah! Vaya, vaya, vaya. Así que el joven señor ya ha encontrado una "amiga" especial —Gashadokuro le guiñó un ojo a su compañero—. ¡Estoy tan emocionado que podría llorar!
Mientras Hakuzozu se alejaba por el pasillo con el pecho henchido de orgullo por el joven señor y Gashadokuro temblaba de emoción, haciendo castañear todos sus huesos como un gigantesco xilófono, la pequeña Kyokotsu se quedó donde estaba con una expresión confundida.
—No entiendo nada —murmuró la niña.
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Un barrio residencial de Kioto
Tsurara estaba pendiente del reloj. ¿Cuánto tiempo llevaban practicando los ejercicios que les había enseñado Kubinashi? A la vista de los recientes sucesos, el líder de los espías del Clan Nura había insistido en que todos entrenasen técnicas de defensa personal sin poderes.
—No podemos depender siempre de nuestras habilidades yokai —había explicado el hombre sin cuello.
La Yuki-onna y sus compañeros no podían sino darle la razón a Kubinashi, pero el entrenamiento estaba siendo duro. No sólo ella se había ausentado de clase, sino que Kurotabo y Kejoro se habían tomado un día libre del trabajo. Tenían que absorber los principios de las artes marciales en muy poco tiempo. Karate intensivo, judo, aikido... La lista era larga y aún no habían terminado.
—¡Kubinashi! —protestó el forzudo Aotabo—. ¿No crees que te estás pasando? ¡No podemos convertirnos en maestros de kung-fu de un día para otro!
—Este movimiento no es kung-fu, sino aikido —le corrigió su compañero, arrojándolo al suelo con una llave e inmovilizándolo—. No espero que lo aprendáis todo en unas horas, es imposible, pero quiero que practiquéis todos los días estos movimientos que os he enseñado.
—¡Jo, Kubinashi, me van a salir cardenales en la piel! ¿Tú sabes lo feas que quedan las manchas moradas en una piel tan tersa como la mía? —se quejó Kejoro, la mujer cabellera.
Lejos de enfadarse, Kubinashi sonrió con picardía y le guiñó un ojo a su compañera.
—No te preocupes, Kino. Incluso cubierta de vendas serías la mujer más guapa de Japón.
Kejoro se sonrojó, musitando un débil "Eres un tonto, Kubinashi". Tsurara ni siquiera se enteró. Aún tenía muchas cosas en las que pensar.
Había mentido a sus compañeros. No, mejor dicho: había mentido a sus amigos. Ya era malo traicionar la confianza del Nurarihyon, pero muchos de los que compartían casa con ella en Kioto eran más que unos compañeros de trabajo. Y sin embargo les había ocultado que Abe no Rikuo se podía transformar en yokai. Era una información importantísima, probablemente la más importante que habían descubierto hasta el momento. Pero no la había revelado. Porque entonces habría traicionado a la persona que le había salvado la vida durante la Rebelión de los Hanamachi. Además, los ojos del joven señor de los Abe aún la perseguían en sus recuerdos.
Para distraerse, echó de nuevo un vistazo al reloj de la pared. ¿Cuántas horas habían pasado ya entrenando? La noche estaba cayendo y la chica de pelo azul se estaba impacientando.
—¿Qué ocurre, Yuki-onna? —le preguntó Kurotabo, el monje guerrero—. ¿Por qué miras tanto el reloj? ¿Es que quieres salir a alguna parte?
—¿Eh? Oh, no, yo... —trató de responder la chica de pelo azul, pero fue interrumpida por Kejoro.
—Je, je, je, seguro que tiene esperando a un admirador en un lugar romántico, ¿verdad?
Tsurara se sonrojó tanto como Kejoro lo había hecho un momento antes. Sin embargo, antes de que pudiera negar las afirmaciones, Kubinashi intervino para llamarlas al orden:
—Lo siento, ninguna salida hoy. Sé que es duro, pero este entrenamiento puede salvaros la vida en el futuro —para no parecer tan tétrico, Kubinashi intentó animar a sus compañeros—: Hasta el momento la misión está yendo bien. Tenemos planos, listas de efectivos, datos de la zona y al General Supremo le encantará saber que los sellos que colocó Seimei en la capital se están debilitando incluso más rápido de lo previsto.
Los espías celebraron las buenas noticias. No obstante, Tsurara estaba alicaída. No sólo no había podido ir a clase y hablar con Rikuo cara a cara, sino que iba a acabar el día encerrada en casa. Tampoco era una pérdida muy grande, trató de animarse a sí misma la Yuki-onna.
A fin de cuentas, no había quedado con nadie.
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Patio trasero de una tienda de la calle Kujo, Kioto
Rikuo llegó puntual a la cita en la puerta de Rashomon. En honor a la verdad, de la famosa puerta sur de Kioto no quedaban ni los restos. En el glorioso pasado de la capital había sido una de las grandes maravillas arquitectónicas de Japón. Con una altura de ocho metros y una anchura de 32, había impresionado a los viajeros que llegaban a Heian-kyo, la capital imperial. También era un lugar sobre el que habían circulado muchas leyendas y se decía que muchos demonios moraban en la puerta. Sin embargo, con el paso de los siglos Rashomon había ido decayendo hasta convertirse en ruinas. Un solitario pilón en un parque infantil recordaba el punto exacto en el que una vez se levantó la majestuosa puerta.
Era el ocaso y en la zona de juegos no había nadie. Absolutamente nadie. Por mucho que Rikuo mirase a un lado y a otro, Tsurara no aparecía por ninguna parte.
—¿Se habrá retrasado? —se dijo Rikuo en voz alta.
De repente, una figura surgió de entre las sombras. El muchacho se alegró al principio, creyendo que se trataba de Tsurara, pero luego se alarmó al notar que se trataba de un hombre vestido de negro con dos katanas al cinto. Sin embargo, sus nervios desaparecieron cuando reconoció a la persona que se acercaba.
—¡Ah, eres tú, Kidomaru! ¡Buenas noches! —le saludó Rikuo, aliviado y un poco decepcionado.
Kidomaru era el líder de los oni, los demonios de Kioto. Era un hombre seco y adusto, muy orgulloso de su pertenencia al Clan Abe, y probablemente el mejor espadachín que jamás hubiese existido en Japón. Ni el humano de más talento podía competir con los mil años de experiencia de Kidomaru.
—Siento no ser la persona que estabais esperando —se disculpó Kidomaru ante el joven señor—, pero me temo que vuestra amiga Oikawa no va a acudir a la cita de esta noche.
—¿Qué? ¿Cómo sabes eso? —se sorprendió Rikuo.
—Porque fueron mis hombres los que colocaron esa nota falsa en vuestra taquilla.
Rikuo dio un paso atrás. Aquello olía claramente a trampa. Sin embargo, antes de que pudiera echar a correr, Kidomaru desenfundó una de sus katanas y la clavó en el suelo, mientras exclamaba:
—Ven a mí, Rashomon.
Y el mundo se volvió blanco.
Rikuo de repente se encontró en medio de la nada. De no haber sido porque pisaba el suelo y aún existía la gravedad, no habría podido distinguir arriba de abajo, izquierda de derecha. La confusión fue desapareciendo a medida de que en aquella blancura fueron dibujándose los contornos de la puerta de Rashomon. Sin embargo, era una puerta muy diferente a la típica reconstrucción histórica. No sólo parecía hecha de tinta negra, sino que en sus cornisas descansaban multitud de demonios que se reían del muchacho.
—Aunque en el mundo real ha sido destruida, en esta dimensión espiritual aún existe la puerta de Rashomon, tal como era hace mil años —explicó Kidomaru. A su lado aparecieron dos de sus lugartenientes, vestidos con trajes de Armani—. Durante generaciones fue territorio de Shuten-Doji, el demonio más terrible que jamás haya existido.
—¿No era el padre adoptivo de Ibaraki-Doji? —preguntó Rikuo. No le movía la curiosidad, sino que quería ganar tiempo para tratar de buscar una salida al lío en el que se había metido.
—En efecto —asintió Kidomaru—. Shuten-Doji sabía reconocer el mal cuando lo veía. Adoptó a Ibaraki-Doji, el niño demonio al que le movía una desmedida sed de sangre. A mí, que fui el bandido más despiadado que alguna vez plagó los alrededores de la capital, me convirtió en un oni y me nombró su lugarteniente. Juntos matamos, robamos y causamos el terror durante generaciones. Hasta que apareció Abe no Seimei.
La mención a su padre atrajo la atención de Rikuo. Miró a la cara sus oponentes. Tanto Kidomaru como sus dos lugartenientes estaban perdiendo poco a poco sus disfraces humanos. De sus frentes salían cuernos y su piel se estaba volviendo roja.
—Vuestro padre, joven señor, era el onmyoji más poderoso de Japón. Aunque prefería la paz a la guerra, atendió los ruegos del mismísimo emperador y decidió acabar con la amenaza de Shuten-Doji. Gracias a su magia, derrotó a nuestro líder y le cortó la cabeza, enterrándola en el paso montañoso de Oinosaka para que se arrepintiese de sus crímenes antes de ir al Más Allá. Y para evitar nuevos ataques de los oni, Seimei se proclamó el Señor del Pandemónium, el líder de todos los yokai de Kioto. Nadie podía discutir su sangre de kitsune ni tampoco su tremendo poder. Incluso Ibaraki-Doji se arrodilló ante su nuevo señor. Pero yo era Kidomaru el Bandido, la mano derecha de Shuten-Doji. No iba a ceder ante el medio humano que le había matado.
Mientras Kidomaru hablaba, sus dos hombres se posicionaron alrededor de Rikuo, cortándole cualquier vía de escape. Sin embargo, en aquel universo blanco, tampoco había ningún lugar al que huir. Cada lugarteniente estaba armado con una katana. El muchacho estaba indefenso ante un ataque, pero trató de mantener la calma.
—¿Lleva esto a alguna parte? —preguntó irónicamente Rikuo, aparentando una confianza que no tenía.
Kidomaru le ignoró y continuó con su relato:
—Disfrazado bajo la piel de un buey, esperé una noche cuando Seimei regresaba de casa de su madre. Pero mi emboscada no sirvió de nada. Mi habilidad con la espada y mi furia demoníaca eran inútiles frente al poder de Abe no Seimei. Pero vuestro padre me perdonó la vida, joven señor. Me habló de su mayor deseo, un mundo en armonía en el que humanos y yokai pudiesen convivir en paz. Era un sueño ingenuo y hermoso, pero si alguien podía conseguirlo era Seimei. Me convertí en su fiel servidor y él me recompensó concediéndome el mando de los oni. Durante mil años he trabajado para que el Clan Abe se mantenga en pie. Sólo un clan fuerte puede lograr el mayor deseo de Seimei. Pero vos ahora lo habéis puesto en peligro, pese a todos mis esfuerzos.
Algo en el tono de voz de Kidomaru levantó las sospechas de Rikuo.
—No me digas... —murmuró el muchacho asombrado—. No me digas que tú movías los hilos en el caso de los hanamachi...
—Ah, sí. Una poda necesaria de las ramas más débiles... y un experimento para comprobar vuestra transformación —sonrió Kidomaru con maldad—. Decidme, ¿en qué momento sucede? ¿Es cuando vos estáis en peligro? ¿Cuando vuestros amigos están amenazados? ¿O se debe a que es de noche? ¿Os transformáis por voluntad propia? Me gustaría saberlo, señor Rikuo.
—No sé de qué me hablas —respondió el chico a la defensiva.
Kidomaru suspiró decepcionado.
—¿Otra vez con las mentiras? No importa, siempre he preferido los exámenes prácticos. Gyuriki, dale tu espada.
Uno de los lugartenientes trajeados le arrojó su arma a Rikuo. El chico la sujetó sin mucha confianza.
—Recordad que en este examen un suspenso cuesta la vida, joven señor —le advirtió Kidomaru.
Y empezó la pelea.
Danki, el oni de pelo en punta, atacó sin cuartel con su espada. Rikuo trató de bloquear los golpes con su katana prestada tan bien como podía, que no era mucho. Su otro contrincante, el desarmado Gyuriki, parecía conformarse con animar a su compañero.
—¡Vamos, Danki! ¡Acaba de una vez! ¿O es que necesitas ayuda para matar a un simple humano?
Por su parte, Kidomaru se mantenía alejado, contemplando el combate desde la distancia con una expresión indescifrable.
—¡Cállate, Gyuriki! ¡Yo sé lo que hago! —se quejó Danki.
Pero era extraño, pensó el oni de pelo en punta. El joven señor de los Abe no parecía asustado. Tenso, enfadado y débil, sí, pero no se dejaba dominar por el miedo. Lo cual era la mejor defensa contra un yokai, por supuesto, y estaba parando los golpes con más habilidad de la que debía haber tenido un simple humano. Danki sabía que Rikuo tenía un cuarto de sangre de Hagoromo Gitsune, pero tenía entendido que mientras no despertara el joven señor no tenía habilidades de yokai.
Impaciente al ver que el duelo de espadas se estaba prolongando indefinidamente, Gyuriki hizo a un lado bruscamente a su compañero y se enfrentó a Rikuo.
—¡Yo me encargaré de este gusano! —exclamó el oni con una sonrisa psicópata.
"¿Qué va a hacer? ¡Está en desventaja! ¡No tiene espada!", se dijo Rikuo, un poco más confiado. Sin embargo, su confianza se evaporó en cuanto esquivó un puñetazo de su rival, puñetazo que levantó una ola de energía que le tumbó de espaldas. El tal Gyuriki no necesitaba ningún arma. Sus dos puños eran auténticos martillos pilones.
—¿Crees que puedes huir? —se rió el oni mientras Rikuo trataba de mantener unos pasos de distancia—. ¡No podrás! ¡La vergüenza del Clan Abe acaba aquí! ¡Sufre mi técnica hyoui! ¡Peonza de los Mil Toros! ¡Gyuriki Senriki Goma!
Gyuriki dio un salto hacia Rikuo, girando sobre sí mismo, precisamente como la peonza que daba nombre a su técnica. Su cuerpo se dobló y expandió más allá de los límites naturales, abarcando un radio de dos metros. Hilos de "miedo" salían de sus extremidades, dispuestas a reducir a pulpa cualquier objeto que tocaran. Y en aquel desierto blanco, su único objetivo era Rikuo.
"¡Voy a morir!", pensó el joven señor. Automáticamente, como si una voz surgiese de su interior, le llegó otra respuesta: "No, no voy a morir".
Haciendo una peonza mortal, Gyuriki cayó sobre él mientras se reía como un loco sanguinario. Pero su risa terminó pronto al notar que sus dos brazos volaban sin control, separados de su cuerpo por una espada afilada. La misma espada que le había entregado a Rikuo poco antes. Con una expresión de asombro completo, el oni con la cabeza rapada se derrumbó sobre el suelo blanco mientras musitaba unas palabras de asombro:
—No lo entiendo... ni siquiera eres... un yokai...
Pero se equivocaba. Rikuo sí era un yokai, o al menos lo era en aquellos momentos. Había adoptado en un fogonazo su forma nocturna de kitsune. Sus ojos rojos observaron con desprecio a su enemigo caído, pero enseguida tuvieron que atender a otro asunto más urgente. Enervado por la derrota de su compañero, Danki se lanzó de nuevo al ataque.
—¡Maldito cabrón! —insultó el oni al joven señor—. ¡Pagarás lo que has hecho!
Rikuo no se dejó impresionar por una frase tan cliché. La ira de aquel estúpido lugarteniente no era nada comparada con la suya. Danki intentó un truco parecido al de Gyuriki, utilizando su "miedo" para lanzar un golpe giratorio con su katana. Pero el joven señor de los Abe estaba al tanto. En su forma humana lo había tenido difícil para esquivar los ataques, pero ahora tenía la agilidad de un zorro. Se apartó a un lado y, antes de que su oponente pudiera hacer nada, colocó la punta de su espada a escasos milímetros de los ojos de Danki. El oni se quedó sin habla. El miedo que sentía le paralizó. Rikuo aprovechó entonces para arrearle un golpe con el lado romo de su katana, dejándolo inconsciente sin herirlo.
—Bravo —aplaudió Kidomaru educadamente—. Veo que es cierto que habéis heredado la sangre de Hagoromo Gitsune.
Rikuo se acercó a él, apuntándole con la espada de Gyuriki, mientras en la mano izquierda portaba la katana que le acababa de arrebatar a Danki. El líder oni ni se inmutó.
—¿Qué te ha dado para querer matarme de la noche a la mañana? —le preguntó el chico.
—¿De la noche a la mañana? Veo que no sabéis nada, joven señor. ¿Acaso no os preguntáis que secretos os guarda vuestra abuela? —replicó Kidomaru con una expresión muy seria.
—Soy yo quien hace las preguntas aquí. Si me diera la gana, podría decapitarte ahora mismo —dijo Rikuo molesto, mientras acercaba la hoja al cuello de su enemigo.
La respuesta le llegó cuando otro filo pasó a amenazar su propia yugular. En un movimiento tan rápido que ni siquiera había sido capaz de verlo, Kidomaru había desenfundado una de sus katanas.
—Puede que no sea mi cabeza la que ruede hoy en el suelo, señor Rikuo, sino la vuestra —amenazó el líder oni con la calma propia de un guerrero experimentado—. Pasemos a la siguiente parte del examen, ¿os parece bien?
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Mansión Abe
Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu del monte Kurama salieron de los sótanos a toda prisa. Habían descubierto informaciones muy reveladoras y ahora tenían que poner en marcha las medidas adecuadas. A pesar de que eso significaba organizar castigos y ejecuciones, el consejero principal estaba muy animado.
—Os dije que mi método de interrogatorio funcionaría —le sonrió Sojobo a su señora—. La muerte sólo produce silencio, el sufrimiento sólo regala mentiras, pero no hay nada como una dosis adecuada de terror para saber la verdad. Sólo teníais que sentaros a la mesa mientras yo hablaba de torturas chinas para desatarles la lengua.
La líder de los yokai de Kioto estaba de mal humor por la información que había averiguado, pero tuvo la deferencia de asentir ante las palabras de su consejero.
—Me alegro de que no me hayas obligado a comerme a esos engendros, Sojobo. Habría sido peor que comer del cubo de la basura. Ahora sólo queda ocuparnos del traidor.
—Kidomaru —repuso el Gran Tengu meditabundo—. ¿Quién lo hubiera creído? Era uno de los seguidores más fieles del Nue.
—Del Nue, sí. Pero una vez muerto, parece que su lealtad ya no es tan fuerte. Le dije a Seimei que no se fiase de ninguno de los oni de Shuten-Doji, ¿pero me hizo caso? Nooo, por supuesto, él era un gran onmyoji, él sabía lo que hacía, él no necesitaba que su madre se metiese donde no la llamaban... —divagó Hagoromo Gitsune apretando los dientes.
Mientras el Gran Tengu se dedicaba a llamar a sus cuervos para una operación de busca y captura, a la señora de los yokai de Kioto se le ocurrió comprobar cómo se encontraba su nieto. Se sorprendió al descubrir que no estaba en su habitación, ni dormido ni despierto. Probó en la biblioteca y en el comedor. Ni rastro. Hagoromo Gitsune comenzó a impacientarse. Habló con Wakana al respecto, pero la madre de Rikuo tampoco sabía nada. Ahora eran las dos mujeres las que hacían las indagaciones, hasta que un avergonzado Hakuzozu fracasó a la hora de inventar una coartada.
—Hakuzozu, déjate de tonterías. ¿Dónde está mi nieto? —le preguntó Hagoromo Gitsune con ira contenida.
—Yo... Esto... Los jóvenes, ya se sabe. Llegan las hormonas, se hacen mayores, dentro de poco el señor Rikuo cumplirá los trece años y será un adulto...
—Hakuzozu, por favor, ¿qué está haciendo mi hijo? —intervino Wakana con calma, mientras su suegra parecía a punto de estallar.
—Es que el joven señor tenía una cita con una amiga. ¡No iba a ser yo el que el estropease el romance del joven señor! —se defendió el yokai volador, aludiendo a su alma de poeta—. Se le notaba impaciente por reunirse con esa chica, Oikawa Tsurara...
Al oír el nombre de la Yuki-onna, Hagoromo Gitsune explotó. Sus nueve colas de zorro brotaron de repente. Hakuzozu retrocedió asustado, mientras su señora le taladraba con sus fríos ojos negros. Sin embargo, antes de realizar ninguna acción que luego lamentase, Hagoromo Gitsune contó hasta diez. Hakuzozu era uno de sus servidores más leales; si no sabía que Tsurara era una espía enviada por el Clan Nura, era sólo porque ella y el Gran Tengu no habían revelado el secreto a nadie.
—¿Dónde? —se limitó a preguntar la kitsune.
Esta vez Hakuzozu no se fue por las ramas.
—En el lugar donde antes se levantaba la puerta de Rashomon, eso decía el mensaje, ¡lo juro!
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La puerta de Rashomon, dimensión espiritual
En aquellos momentos, Rikuo y Kidomaru intercambiaban golpes de espada en una danza mortal. Cada contendiente portaba dos katanas, cuyos chasquidos cuando entrechocaban rompían el silencio de la dimensión blanca en la que peleaban. Sin embargo, ninguno de los dos contendientes estaba dando el todo por el todo. Rikuo se conformaba con parar los golpes, mientras que Kidomaru simplemente jugaba con él.
—A vuestras hojas les falta fuerza, joven señor —indicó el líder oni, cual maestro de esgrima enseñando a su discípulo—. Las espadas no son escudos. Si no hay intención de herir, de matar, de vencer, no sirven de nada.
—¡Cállate! —le espetó Rikuo enfadado—. ¡Yo no soy como vosotros! ¡No soy un asesino!
Por alguna razón, aquel apelativo encendió la ira del jefe de los demonios de Rashomon.
—¡Maldito engreído! —exclamó mientras lanzaba una estocada venenosa hacia un flanco desprotegido de Rikuo, aunque afortunadamente el chico lo esquivó justo a tiempo—. ¿Qué sabe un niño mimado de los sacrificios que hemos tenido que hacer para mantener el orden cósmico de la capital?
—¿Orden cósmico? ¡Chorradas! —se burló el kitsune con esa actitud chulesca propia de su forma nocturna.
Fue una mala idea. Mientras inmovilizaba sus dos katanas con una llave de esgrima, Kidomaru le dio una patada por debajo que lo arrojó al suelo. Aunque se encontraba en una posición desprotegida, el líder oni no continuó su ataque, sino que esperó a que se incorporase.
—¿Queréis que os cuente un secreto? —preguntó retóricamente Kidomaru, mientras Rikuo se levantaba del suelo—. El clan se ha debilitado mucho desde que murió el Nue. Aunque Hagoromo Gitsune es poderosa, no le queda mucho de vida. Su ciclo de reencarnaciones ha acabado y la gente se pregunta quién liderará al Clan Abe tras su muerte, una muerte que puede llegar muy pronto.
—¡Espera! ¿Qué estás diciendo? —se sorprendió el joven señor.
—Esperad, esperad, que aún hay más. Se avecina una guerra entre yokai, la más terrible en cuatro siglos, y será aquí, en Kioto. La ciudad arderá, fantasmas y demonios perseguirán a los humanos por las calles, y es muy probable que las cabezas de vuestra familia decoren las picas de los vencedores. Lo único que les detenía era la barrera mística de Seimei, pero los sellos se están debilitando. El Nurarihyon viene, señor Rikuo, y de nada servirá que le deis la espalda a la verdad.
—Nurarihyon... —repitió el muchacho entre susurros. Ahora recordaba aquella conversación que había espiado cuatro años atrás. También recordaba lo que le había explicado Yura sobre el General Supremo de los yokai de Kanto. ¿Era verdad? ¿Tan ciego había estado que no había sabido unir los dos hechos?
Por desgracia, su contrincante no estaba dispuesto a darle el tiempo suficiente para poner en orden sus pensamientos. Las espadas volvieron a chocar, las de Kidomaru con más fuerza que las del joven señor.
—¿Esto es todo lo que podéis hacer sin contar con la protección de vuestra abuela? —dijo el espadachín demonio decepcionado—. ¡El Nue no era así! ¡La sangre que corre por vuestras venas está podrida!
Sin previo aviso, Kidomaru se retiró. Rikuo agradeció la pausa. Su mente bullía con diferentes pensamientos que dificultaban su concentración. Había sufrido varios cortes por todo el cuerpo y pequeños regueros de sangre empezaban a manchar sus ropas. No estaba seguro de poder seguir manteniendo el ritmo del combate. Lo peor de todo era que su rival no había desatado ni una fracción de su potencial. La confirmación se la dio el propio Kidomaru, cuando dijo:
—Había estado pensando en mostraros algunas de mis técnicas intermedias, pero sería perder el tiempo. No he entrenado durante mil años el arte de la espada para jugar al gato y al ratón con un blando y un cobarde. Sin embargo, como sois el hijo de mi antiguo señor, os concederé una muerte de guerrero con el más poderoso de mis ataques.
Antes de que Rikuo pudiese hacer nada. El líder oni dio un salto prodigioso hasta encaramarse en lo alto de la puerta de Rashomon. Luego clavó sus dos katanas en la tejavana. Automáticamente, dos gigantescos cuernos de toro brotaron de Rashomon.
—Tras mil años de entrenamiento, llegó un momento en el que no podía aumentar más mi velocidad —explicó Kidomaru con una sonrisa nostálgica—. Por eso decidí que, en vez de cambiar mi velocidad, cambiaría mi espada. ¡Contemplad el poder de Rashomon! ¡Golpe de Espada Inconmensurable! ¡Kengeki-Muryo!
De los cuernos de la puerta de Rashomon, afilados como espadas, brotaron olas de energía cortante que se abalanzaron sobre Rikuo. Este se preparó para interponer sus dos endebles katanas, aunque sabía que era inútil. No había froma de defenderse.
"¿Defenderte? ¿Sólo piensas en eso?", se recriminó a sí mismo. "Kidomaru tiene razón. Una espada no es un escudo. Si sólo pienso en defenderme, nunca ganaré. Quier vencer. Quiero conocer la verdad. Sólo podré proteger a las personas que me importan si gano aquí y ahora. Necesito poder". Por desgracia, la ola de filos gigantes seguía acercándose. Para sus sentidos agudizados por la cercanía de la muerte, parecía que llegaba a cámara lenta. Por su mente pasaron imágenes de Wakana en el funeral de su padre, de Yura inconsciente a los pies del ogro Gairota, de Tsurara a punto de morir a manos de los onmoraki, de su abuela en los jardines del castillo Nijo y de un extraño hombre con una larga melena negra...
Entonces sucedió.
Algo en su interior le obligó a arrojar sus katanas prestadas al suelo. Pero no estaba indefenso. Tenía su poder, su "miedo". Los kitsunes eran demonios tramposos, sí, pero también sabían morder cuando hacía falta. Y en aquella ola de filos mortales, había un hueco. Para aprovecharlo, sólo necesitaba sus colmillos. Los tenía. Sólo necesitaba llamarlos, tal como hacía su abuela.
—Espada Larga de Una Cola, Ichibi no Tachi —susurró.
Un segundo antes, Rikuo enarbolaba dos endebles katanas ante un tsunami cortante e imposible de esquivar. Al segundo siguiente, Rikuo había volado de un salto sobre el mar afilado y había hundido una espada larga hecha de puro "miedo" en el pecho de un sorprendido Kidomaru.
—Ah, una tachi —comentó apreciativamente el líder oni, mientras un hilo de sangre corría por sus labios—. Buena elección, señor Rikuo. Las katanas son espadas para duelos y exhibiciones. Antes de que los perros Tokugawa las prohibieran, las tachi eran las espadas de la guerra. Sí, siento vuestro "miedo" en el filo de esta espada. Habéis superado mis expectativas, hijo del Nue. Lástima que no hayáis esquivado todo mi ataque.
—Sí, lástima —musitó Rikuo, mientras la sangre brotaba de una profunda herida en su costado.
Sin más palabras, los dos contendientes cayeron del tejado de la puerta de Rashomon. El golpe que se dieron contra el suelo resonó en toda la dimensión blanca.
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Casa Ancestral de los Keikain, Kioto
A varios kilómetros de Rashomon, Yura sintió un escalofrío. Por un momento, pensó que era una premonición de desgracias, pero luego sacudió la cabeza. No, se dijo la amiga de Rikuo, lo que pasaba era que estaba de los nervios. Aquel día le habían permitido saltarse las clases para recuperarse de la conmoción sufrida en Shimabara. Por la tarde ya se había encontrado lo suficientemente bien como para salir de la cama y consultar su correo. Había recibido un e-mail muy interesante de un profesor universitario sobre avistamientos de yokai en el monte Kurama. Ya estaba pensando en organizar una excursión del Club Onmyoji de Investigación Paranormal para la próxima Golden Week cuando Ryuji entró de muy malos modos en su cuarto y le dijo que el abuelo quería verla.
Desde entonces se había pasado horas sentada en el Salón de Consejos de la familia Keikain, ella sola. Cuando había entrado se había sorprendido de que no hubiese nadie más, pero Ryuji le había dicho que esperase, antes de irse él también. Ahora era noche cerrada. Yura ya estaba pensando que su hermano mayor le había gastado una de sus bromas pesadas, cuando la puerta se abrió y Hidemoto el 27º entró acompañado de Ryuji y su primo Akifusa.
El patriarca de los Keikain tomó asiento delante del altar taoísta del salón, mientras que el heredero de la rama Yaso de la familia se colocaba a su derecha y su nieto Ryuji a la izquierda.
—Has superado la prueba de la paciencia, Yura —alabó Hidemoto—. Aunque aguantar horas sin moverse no es una de las habilidades principales de un exorcista, demuestra la fortaleza de carácter necesaria para afrontar el riguroso entrenamiento de un onmyoji.
Yura no se acababa de creer lo que estaba oyendo.
—¿Eso significa que...? —se atrevió a preguntar esperanzada.
—Sí, Yura. Vas a recibir entrenamiento en onmyodo —asintió su abuelo, un poco a su pesar.
—¡Genial! —saltó ella llena de alegría. Sin embargo, luego recordó sus buenos modales y, avergonzada, se inclinó para ofrecer sus respetos—: Doy las gracias al líder de la familia por esta gran oportunidad que me acaba de conceder.
Hidemoto negó con la cabeza.
—No, no me des las gracias a mí. Dáselas a tu primo Akifusa y a tu hermano Ryuji. Ellos han sido los que más han insistido en que te permitiese aprender las artes del exorcismo. Los últimos acontecimientos les han dado la razón. Yura, eres una Keikain de Kioto. Eso implica unos riesgos. Negarte la posibilidad de defenderte es un error.
—Espera, abuelito, entiendo lo de Akifusa, él siempre me ha ayudado —la chica y su primo intercambiaron una mirada cómplice, recordando las veces en que el heredero de los Yaso le había pasado libros y amuletos—, ¿pero Ryuji? ¡Él jamás! Siempre se ha reído de mí, siempre decía que era demasiado inútil para ser una onmyoji y tenía que robarle... esto, cogerle prestadas las cosas para mis hechizos.
Sus palabras no ofendieron a su hermano mayor. Todo lo contrario, provocaron en él una sonora carcajada.
—¿Lo ves, viejo? ¡Soy un genio! —le dijo a Hidemoto, antes de dirigirse a su hermana—: Vamos, Yura, ¿de verdad me crees tan tonto que dejaría mis herramientas de onmyoji tiradas por la habitación a pesar de que cada semana desaparecían algunas de mis cosas? Lo hacía a propósito.
—¡No es posible! —exclamó Yura—. ¿Entonces por qué te metes todo el rato conmigo? ¿Acaso insultarme va a hacer que me convierta en una onmyoji?
—Exactamente —asintió Ryuji como si fuera la cosa más obvia del mundo—. No voy a mentirte, como hermano mayor dejo mucho que desear y siempre acabamos peleándonos. Así que si te digo que no sirves para algo, sólo por llevarme la contraria lo harás. ¿A que sí? Psicología inversa, tontita, psicología inversa.
Aprovechando que Yura se había quedado boquiabierta entre la sorpresa y la indignación, Hidemoto aprovechó para intervenir:
—Como Akifusa y Ryuji han sido los que más han insistido en que aprendas onmyodo, ellos serán tus maestros. Espero que atiendas sus lecciones y respetes su autoridad como una buena alumna.
Yura tragó saliva.
—¿Ryuji también?
—Ryuji también —asintió su abuelo.
La joven onmyoji quería llevarse las manos a la cabeza. El universo tenía un sentido del humor muy retorcido. Le habían concedido su sueño de aprender las artes del exorcismo a costa de tener que soportar a su diabólico hermano mayor como maestro. Si aquello no era un signo de que el fin de los tiempos se acercaba, no sabía qué podía ser.
Haciendo de tripas corazón, Yura se inclinó nuevamente para dar las gracias.
—Juro que honraré esta oportunidad. Quiero proteger a la gente del mal, luchar por un mundo de luz, seguir los pasos de grandes onmyoji como Ashiya Doman, Abe no Seimei...
Ante la mención de Seimei, Hidemoto cerró los ojos, Akifusa hizo una mueca compasiva y Ryuji se llevó una mano a la cara.
—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? —se extrañó Yura.
Los tres onmyoji veteranos se miraron los unos a los otros.
—Mejor te lo explicamos otro día —se excusó Akifusa.
Yura no quiso incidir más en el tema. No quería poner en riesgo el honor que llevaba años anhelando. Sin embargo, se quedó con la mosca tras la oreja. Según la historia y las leyendas, Abe no Seimei era el mayor onmyoji que jamás hubiese existido. ¿Por qué entonces ningún Keikain quería hablar de él? La chica se prometió a sí misma que lo averiguaría.
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La puerta de Rashomon, dimensión espiritual
El campo de batalla estaba en silencio. Los oni de la puerta de Rashomon bajaron de las cornisas de Rashomon y se acercaron con precaución a las dos figuras manchadas de sangre que estaban tiradas a los pies de la puerta. Sin embargo, antes de que se pudieran aproximar aún más, Rikuo se incorporó con dolor y apuntó su espada larga hacia los demonios.
—¡Atrás! ¡Ni se os ocurra acercaros más! —les amenazó. Los oni retrocedieron.
—Dejadlos, no harán nada si no se lo ordeno —dijo una voz quejumbrosa desde el suelo.
—¡Kidomaru! ¿Estás vivo?
—Por supuesto, joven señor. Si no lo estuviera, esta dimensión se habría roto en pedazos hace tiempo. Sin embargo, disculpadme si no me levanto. No quiero que mis pulmones se inunden de sangre —contestó el líder oni mientras se llevaba una mano a la herida del pecho.
Rikuo se sentó a su lado, apoyando la Ichibi no Tachi en su regazo.
—Hasta yo tengo una vena asesina —murmuró el muchacho, aún en su forma nocturna—. ¿Querías respuestas, Kidomaru? Yo te las daré. Yo soy Abe no Rikuo, el hijo del Nue, el nieto de Hagoromo Gitsune. Siempre he sabido que hay una parte en mí de yokai, una parte que me hace cometer maldades y travesuras, pero también una parte que me da fuerza y poder. Sin embargo, incluso ahora que mi sangre se agita, sigo siendo Rikuo. Durante el día recuerdo lo que hago durante la noche, y viceversa. Esa es la verdad.
Kidomaru asintió, como si las palabras del joven señor confirmasen sus sospechas.
—Ahora, Kidomaru, quiero que tú respondas mis preguntas. No puedo seguir con los ojos cerrados. Si quiero tomar la decisión correcta, he de saber la verdad —Rikuo clavó sus ojos rojos en el líder oni—. Primero: ¿por qué has dicho que a mi abuela no le queda mucho de vida?
Antes de responder, Kidomaru cogió aire cuidadosamente. La explicación iba a ser larga y no quería estropearla tosiendo sangre.
—Tal vez no lo sepáis, señor Rikuo, pero con cada reencarnación Hagoromo Gitsune gana una nueva cola y se hace más poderosa. Pero ya ha llegado al máximo de nueve colas. Con resurrección o sin ella, la esperanza de vida de una gran kitsune es de un milenio. Por desgracia, ese plazo de mil años ya ha expirado. Aunque nunca ha sido tan poderosa, Hagoromo Gitsune vive con el tiempo prestado de su cuerpo humano.
A Rikuo le dio un vuelco el corazón.
—¿Mi abuela... se va a morir?
—No dramaticemos, joven señor. Aunque a vuestro padre le gustaba engañarse al respecto, todos los seres de la creación llegan a su final tarde o temprano. Sin embargo, tal vez me he explicado mal. Aquí, en Japón, incluso los humanos son más longevos de lo habitual y a Hagoromo Gitsune le pueden quedar fácilmente 60 o 70 años de vida por delante. Una eternidad para un humano, pero un suspiro para aquellos como nosotros que cuentan su experiencia en siglos.
—¿Y tú, Kidomaru?
El espadachín oni sonrió.
—Quizás me quede algo más, pero ni siquiera yo soy inmune al avance del tiempo. Las canas de mi forma humana no son por gusto. Varios otros de los grandes nobles del clan se encuentran en situación parecida. Por eso nos preocupa que no haya una renovación adecuada del poder en el seno de la Procesión Nocturna. A fin de cuentas, ¿de qué serviría sobrevivir a la guerra que se avecina si después nos disolvemos en la nada? Recordad esto siempre, joven señor: el honor del Clan Abe está por encima de los deseos, ambiciones e incluso necesidades de sus miembros.
Rikuo se acercó aún más a su enemigo caído.
—Eso quiero saber también: ¿qué es esa guerra de la que hablas? ¿Qué tiene que ver el General Supremo de Kanto con todo esto?
—Ah, veo que ya habíais oído hablar del Nurarihyon —celebró Kidomaru, haciendo un esfuerzo para levantar la cabeza—. Eso facilitará las explicaciones. Nuestro clan y el Clan Nura de Edo son enemigos desde hace 400 años. Mientras vuestro padre vivió, jamás se atrevieron a atacarnos, pues el mismo Nue colocó una barrera mágica de ocho sellos que protegía la capital de todos los yokai... menos de los que ya vivíamos aquí, claro. Sin embargo, desde que vuestro padre murió, los sellos se han debilitado. Sólo el primer sello del castillo Nijo y el segundo sello del templo Shokoku-ji mantienen su poder, pero no son suficientes para evitar la invasión.
—¿Por qué mi abuela nunca me ha contado nada de esto? —murmuró Rikuo apesadumbrado.
—Porque os tiene malcriado —respondió Kidomaru como un padre severo—. Si vos fuerais sangre de mi sangre, haría tiempo que os habría enviado al monte Kurama o incluso a la lejana aldea de Tono para que aprendierais lo que de verdad es ser un yokai. Sin embargo, aunque Hagoromo Gitsune desearía que os parecieseis más a un auténtico kitsune, os ha permitido durante años vivir como un humano y manteneros al margen del lado más oscuro de nuestro mundo.
Aquello dio mucho que pensar al muchacho.
—Supongo que por eso no te fiabas de mí, ¿verdad? No te fiabas de que fuera un digno sucesor —le comentó a Kidomaru.
—¿Un niño mimado que grita a los cuatro vientos que no quiere ser el heredero? —el líder oni soltó una carcajada sin humor—. Tenía que abriros los ojos, señor Rikuo, y tenía que haceros ver que el mundo no es en blanco y negro.
—¡Si querías probarme a mí, deberías haberlo hecho tú solo! ¿Era necesario provocar la Rebelión de los Hanamachi? —le recriminó Rikuo, acordándose de la matanza que se había desatado por culpa de aquel suceso.
—No era sólo por vos, joven señor. Estamos en guerra. La rebelión sirvió para sacar a la luz a los cobardes y pusilánimes, aquellos que nos venderían al enemigo a la primera ocasión. También demostró que Hagoromo Gitsune seguía siendo tan fuerte y despiadada como siempre. Así que, respondiendo a vuestra pregunta, sí, era necesario. Puede que no compartáis mi opinión, pero mi conciencia está tranquila en ese aspecto.
—¿Hay algo que intranquilice tu conciencia? —preguntó el chico con evidente desagrado en su mirada de zorro.
—Sí —pudo asentir con esfuerzo el herido Kidomaru—. Que he levantado mi arma contra el hijo de mi señor. Es un crimen imperdonable. Y ahora llega mi castigo.
—¿Eh? —Rikuo no entendió a qué se refería con sus últimas palabras.
La respuesta llegó con el miedo.
Parecía que el mundo entero había sido engullido por una ola de pánico. Era un terror salvaje, primario, irracional. El cerebro de Rikuo sólo podía gritar: "¡Corre! ¡Huye! ¡Escapa!". Pero sus piernas no le respondían. No era el único. Los pequeños demonios de la puerta de Rashomon se arrojaban al suelo, gritando asustados. A muchos incluso les costaba respirar. Sólo Kidomaru, el espadachín imperturbable, mantenía la calma en medio del terror general.
Rikuo no comprendía de dónde salía la energía demoníaca que les estaba aterrorizando hasta que una voz femenina que conocía muy bien resonó en la dimensión blanca:
—Nibi no Tessen.
Un abanico de metal de proporciones colosales rasgó la barrera entre dimensiones y partió en dos la puerta de Rashomon del mundo espiritual. A través de la brecha abierta una horda de tengus cayó sobre los oni. Pero hasta los experimentados cuervos del monte Kurama parecían moscas en comparación con la iracunda Hagoromo Gitsune. La señora de los yokai de Kioto exudaba miedo por todos los poros de su cuerpo. Portando su Nibi no Tessen, su Abanico de Metal de las Dos Colas que cambiaba de tamaño a voluntad, y utilizando sus nueve colas de zorro, la kitsune rompió en pedazos la dimensión blanca.
—Rikuo... —susurró cuando sus ojos negros se posaron en su nieto. Por un fugaz instante, la ira asesina dio paso a una expresión de alivio. Pero sólo fue un momento. Aunque Rikuo dejó de sentir el miedo que lo paralizaba, el resto de habitantes de Rashomon no tenía la misma suerte.
Cuando la dimensión espiritual se resquebrajó, los yokai aparecieron en el parque infantil cerca del Kioto material. Mientras los tengu enviados por Sojobo apresaban a los asustados oni, Hagoromo Gitsune se dirigió directamente hacia el caído Kidomaru. Pensaba rebanarle la cabeza de un tajo. Sin embargo, justo cuando descargaba el filo de su Nibi no Tessen sobre el cuello del indefenso Kidomaru, una espada se interpuso.
—¿Qué demonios...? —masculló Hagoromo Gitsune. Entonces se dio cuenta de que era Rikuo el que estaba deteniendo su golpe, usando su propia espada, la Ichibi no Tachi—. Rikuo, ¿se puede saber qué estás haciendo?
—Estoy impidiendo una ejecución —contestó él sin dudarlo. Por primera vez, la forma nocturna de Rikuo se encontraba frente a frente con su abuela.
—¿Y por qué no debería ejecutarlo? —se impacientó Hagoromo Gitsune—. ¡Él provocó la Rebelión de los Hanamachi! ¡Y ahora ha intentado matarte! ¡Dime una sola buena razón por la que no debería decapitarlo aquí y ahora!
Rikuo clavó sus ojos rojos en los ojos negros de su abuela. Nadie se había atrevido antes a aguantar la mirada colérica de Hagoromo Gitsune sin flaquear. Pero Rikuo no era como los demás.
—Porque si quieres que lidere este clan, debes demostrarme que no somos una banda de yakuzas sin leyes y sin honor. Porque debes dejar de tratarme como un niño y debes contarme la verdad. Sé lo de la guerra, abuela. Sé lo del Nurarihyon. Y sé que necesitas ayuda. Por eso...
El chico quería haber añadido algo más, pero el cansancio y las heridas pudieron con él y se derrumbó sobre el suelo, recuperando su forma humana. Enseguida acudieron a su cuerpo inconsciente varios tengus sanadores, dispuestos a realizar una cura de urgencia. Por su parte, Hagoromo Gitsune se quedó inmóvil, confundida por las palabras de su nieto.
—¿Pero qué dice Rikuo? ¿Que quiere ser el heredero? ¿Que sabe lo de la guerra? —de repente se dio la vuelta y gritó furibunda—: ¡Kidomaru! ¿Qué le has dicho a mi nieto?
Sin embargo, el líder oni no podía contestar. Se había desmayado por la pérdida de sangre.
—¿Qué hacemos, señora Hagoromo Gitsune? —le preguntaron los tengu.
La kitsune pensó su respuesta durante un momento. Al final se resignó a posponer su venganza, al menos hasta que Rikuo despertase.
—Volvamos a la mansión. Mañana hablaré con mi nieto.
Notas adicionales:
¡Feliz Navidad a todos! O si no celebráis la Navidad, ¡feliz solsticio de invierno! ;-) Como ya avisé, este capítulo no era para hacer pairings, sino para avanzar la trama de Kitsune no Mago. Como veréis, este capítulo coincide con la saga de Gyuki.
* La lectura correcta de los kanji de Rashomon es Rajomon. La pronunciación con "sh" se ha hecho mundialmente famosa gracias a la película Rashomon del director Akira Kurosawa. Es una historia de intriga ambientada en el ocaso de la era Heian. Mi debilidad por Kurosawa me ha hecho preferir la pronunciación "Rashomon", aunque sea la incorrecta.
* En las leyendas, Kidomaru es el hijo de Shuten-Doji, mientras que Ibaraki-Doji es su lugarteniente. Por alguna razón en Nuramago es al revés, así que en este caso Kitsune no Mago sigue las reglas del manga, no las del folklore.
* Nada en el canon dice que Hagoromo Gitsune no pueda reencarnarse más veces y, de hecho, al final de la saga de Kioto, Kyokotsu y otros yokai leales se quedan con el cuerpo de Yamabuki Otome a la espera de que su señora resucite. Sin embargo, dado que la tradición japonesa dice que los zorros pueden tener un máximo de nueve colas y la tradición coreana dice que los zorros "sólo" pueden vivir un máximo de mil años, lo he aprovechado para ponerle una limitación a Hagoromo Gitsune. Es que si no, no hay drama (recordemos que en el canon le arrancaron el corazón a Nurarihyon para explicar por qué envejecía y por qué tenía que jubilarse).
* Repasé los poderes de Hagoromo Gitsune para encontrar un "miedo" adecuado para Rikuo. Y es que, aparte de tener un arma para cada cola, Hagoromo Gitsune sabe magia negra, lanza maldiciones, puede reencarnarse, etc. Me quedé con las armas, más fáciles de asimilar.
Próximo capítulo: "El Asedio de Osaka".
