Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo es atraído a una trampa por Kidomaru, el líder de los oni. A punto de morir, consigue vencer gracias a su nueva espada, la Ichibi no Tachi. Mientras, Hidemoto el 27º acepta que su nieta Yura sea entrenada como onmyoji.


Mansión Abe

Rikuo se despertó envuelto en sudor. Cuando revisó los alrededores se dio cuenta de que no estaba en la puerta de Rashomon, sino en su casa. Las heridas que había sufrido durante su agónica pelea con Kidomaru habían sido tratadas y vendadas. A los pies de su cama se encontraban su madre, que se había quedado dormida, y la joven Kyokotsu, que estaba despierta. En cuanto notó que el joven señor se incorporaba, la niña yokai de ojos dorados saltó de alegría.

—¡El hermano mayor se ha levantado! —exclamó Kyokotsu mientras tiraba del brazo a la dormida Wakana.

—¿Qué? —murmuró la madre de Rikuo somnolienta—. ¡Oh, cariño! ¡Estás bien! No sabes lo preocupada que estaba.

Wakana le acarició la cara con cuidado, tratando de no levantar ningún esparadrapo. A Rikuo le dolía todo el cuerpo, pero hizo el esfuerzo de sonreír.

—Buenos días, mamá.

La mujer de pelo castaño le devolvió la sonrisa. Ayudada por Kyokotsu, revisó las heridas de Rikuo, le hizo tomar la medicina recetada por Sojobo y le aseguró que, según el Gran Tengu, estaría como nuevo en un par de días. Por fortuna, había recibido las heridas en su forma yokai, más resistente. Entonces, justo cuando Wakana se retiraba para retomar sus tareas cotidianas, entró Hakuzozu en la habitación.

—¡Joven señor, cuánto lo siento! —se deshizo en un llanto avergonzado el yokai volador—. ¡No debí haberos dejado solo! ¡Si me lo ordenáis, ahora mismo me haré el seppuku!

Para dar más énfasis a sus palabras, el guerrero poeta se apuntó su lanza gigante al vientre.

—¡No, no! —le detuvo un alarmado Rikuo—. Hiciste lo que creíais que era mejor para mí, Hakuzozu. No puedo pedir más.

—Sois demasiado generoso, joven señor —contestó Hakuzozu, haciendo una reverencia—. Por cierto, Hagoromo Gitsune pide veros apenas estéis despierto.

—De acuerdo, voy ahora —asintió el chico mientras echaba las mantas a un lado.

—¡Oh, pero no hace falta que os levantéis! ¡Yo os llevaré! —se ofreció Hakuzozu, pero Rikuo negó con la cabeza.

—Es mejor moverse un poco.

Hagoromo Gitsune le esperaba en el comedor, tomando un desayuno tardío. A su lado, el Gran Tengu del monte Kurama comía unas pastas con aire distraído. Nada más entrar en la sala, Rikuo preguntó:

—¿Qué ha pasado con Kidomaru?

—Buenos días a ti también, Rikuo —contestó Hagoromo Gitsune con mal humor—. El traidor se encuentra en las mazmorras... por ahora. Luego hablaremos de él. Primero come algo.

Era evidente que la señora de Kioto no iba a hablar hasta que Rikuo tomase su desayuno, así que el chico obedeció y se sentó a la mesa. Tras devorar lo que le habían servido (las peleas nocturnas quemaban muchas calorías), Rikuo volvió a la carga.

—Tenemos que hablar, abuela.

—Lo sé —musitó ella con ojos fríos.

—Kidomaru me contó muchas cosas. Me habló de las peleas internas, de tus ciclos de reencarnación y de la guerra que se avecina —para sorpresa de Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu, Rikuo inclinó la cabeza—. Lo siento mucho, abuela. He estado ciego ante problemas muy graves. Ahora sé que debo actuar. Así que no me dejes a un lado, ¡porque voy a ser el próximo Señor del Pandemónium!

La confianza que demostraba Rikuo impresionó a su abuela, pero Hagoromo Gitsune era una zorra con mil años de experiencia. No era la primera vez que veía a jóvenes ardorosos que se creían invencibles.

—Hablas alto, Rikuo, ¿pero de verdad quieres ser el líder de un clan en guerra? —se rió la kitsune—. Hace falta más que una declaración de intenciones. Hay que tener nervios de acero y el estómago para tomar decisiones duras. Esto no es un anime, Rikuo. En la guerra la gente muere.

—Exacto. Pueden morir mis amigos humanos de la escuela, mis amigos yokai de la mansión y mi familia. Porque tú vas a ir a la guerra, ¿verdad, abuela? A pesar de que ya no podrás reencarnarte más si mueres...

Hagoromo Gitsune suspiró. Tal como temía, Kidomaru había hablado demasiado. No le gustaba sentirse indefensa ante su propio nieto. Resignándose al rumbo que habían tomado los acontecimientos, se dispuso a rememorar su pasado para Rikuo.

—Como por fin estás dispuesto a escuchar lo que antes no querías oír, supongo que es justo que yo también te cuente una historia. La historia de cómo empezó esta sangrienta rivalidad entre el Clan Abe y el Clan Nura...


FLASHBACK


El Asedio de Osaka

Distrito de Shimabara, Kioto

Verano de 1615. El periodo de guerras civiles que había desangrado Japón tocaba a su fin. Tres grandes hombres habían hecho posible la unificación. El primero, Oda Nobunaga, había amasado más poder que ningún otro señor feudal, pero había sido traicionado y obligado a suicidarse. Le sucedió su fiel lugarteniente, Toyotomi Hideyoshi. Este guerrero de humildes orígenes se había convertido en el general de confianza de Nobunaga gracias a su esfuerzo y tesón. Aún más ambicioso que Nobunaga, Hideyoshi soñaba con conquistas en ultramar. Sin embargo, la fallida invasión de Corea debilitó su posición. A su muerte le debía suceder su hijo Hideyori, de sólo cinco años, pero el intrigante Tokugawa Ieyasu, uno de los nobles más poderosos de Japón, reunió un ejército contra el clan Toyotomi y sus aliados. La batalla de Sekigahara del año 1600 supuso la victoria de Ieyasu y la unificación definitiva de Japón bajo el shogunato Tokugawa.

Sin embargo, el clan Toyotomi aún seguía en pie. Tenían muchos partidarios en la región de Kansai. Los ciudadanos de Kioto, la capital imperial, aún se acordaban de cómo Hideyoshi había revitalizado la ciudad en decadencia con sus obras públicas. Y su hijo Hideyori aún era el señor del castillo de Osaka, la fortaleza más impresionante de todo Japón. Utilizando un burdo pretexto, Tokugawa Ieyasu ya había puesto asedio al castillo en 1614, con un resultado en tablas. Ahora volvía a la carga, con la intención de exterminar a los Toyotomi de una vez y para siempre.

Del mismo modo que los Tokugawa querían el cambio en Japón, muchos jóvenes y ambiciosos ayakashi buscaban un cambio en el trono de las tinieblas.

El Clan Abe de Kioto había sido el más poderoso durante siglos, pero desde la muerte del Nue se habían debilitado. Aún así, todavía les quedaba suficiente poder para influir incluso en el gobierno de los humanos. Corrían rumores de que habían controlado a los clanes Oda y Toyotomi desde las sombras, pero no habían podido impedir el ascenso de los Tokugawa. Más de un demonio ambicioso veía la oportunidad de convertirse en el nuevo Señor del Pandemónium, preferentemente con la cabeza de Hagoromo Gitsune colgada de una pica.

Uno de aquellos aventureros estaba visitando en esos momentos el barrio rojo de Kioto, el famoso hanamachi de Shimabara. Su corte de fantasmas y demonios se había apalancado en uno de los burdeles más lujosos del distrito, para asombro y terror de su dueño, un hombre bigotudo y gordinflón que se estaba tirando de los pelos al ver como toda su clientela huía despavorida.

—¡Eh, tú! —le señaló un cíclope barbudo—. ¡Mueve tu culo gordo y sírvenos sake!

El dueño del burdel acarició la idea de salir huyendo, pero las puertas acababan de ser cerradas por demonios armados con porras y espadas, así que no le quedó más remedio que obedecer y llevar una bandeja de copas con licor para sus "invitados". La sala principal se había llenado de monstruos de todas las clases y colores. En el centro se había aposentado un hombre de aspecto imponente. Habría podido pasar fácilmente por un humano de no haber sido porque su larga melena dorada se mantenía horizontal en el aire. Sus ojos brillaban con la pasión de un conquistador.

—¡Tú, humano! —le increpó otro personaje de la sala, un guerrero con el ojo derecho tapado por su melena negra—. ¿Qué haces mirando a los ojos al General Supremo Nurarihyon? ¡Arrodíllate!

—Calma, Gyuki. No debemos ser maleducados con nuestro anfitrión —intervino con tono afable su líder, antes de dirigirse al dueño del local—. Disculpa a mi lugarteniente, a veces puede ser muy posesivo.

—No hay nada de malo en ser posesivo... —susurró una seductora voz femenina.

Al lado del proclamado General Supremo apareció una mujer escultural envuelta en un kimono blanco. Su pelo cambiaba de color, desde un azul níveo en la coronilla hasta las puntas negras de su larga cabellera. Sus labios prometían amor y perdición, mientras que sus ojos rojos hablaban de la oscuridad que anidaba tras aquel rostro de porcelana. Sin más dilación, se acomodó en el regazo del líder ayakashi, tratando de arrancarle un beso de pasada.

—Oye, ¿no habíais dicho que no intentarías besarme otra vez, Setsura? —se burló el Nurarihyon mientras interponía su mano entre sus labios y los de ella.

—¡No utilices mi nombre con tanta desvergüenza! —se sonrojó la mujer, dándole un suave golpe a su comandante—. Yo me conformo con ser la Yuki-onna personal del Nurarihyon...

—Ya, ya, eso está muy bien, ¡pero yo necesito grandes hazañas! Aquí sólo he visto demonios patéticos tratando de destripar bebés. ¿Dónde está el famoso Clan Abe? —los ojos del Nurarihyon se volvieron de nuevo hacia el aterrado dueño del burdel—:Tú, gordito. ¿Por qué están tan vacías las calles de Kioto?

—¿Vacías, mi señor? N-no entiendo, p-pero si la ciudad está a rebosar de refugiados por culpa de la guerra... —señaló el hombre entre nerviosos balbuceos.

—¡No me refiero a los humanos, bola de sebo! —se enfadó el Nurarihyon, perdiendo la compostura durante un momento—. Estoy hablando de los seres sobrenaturales que deberían plagar la noche de la capital, sobre todo en épocas tan turbulentas como ésta. ¿Por qué no he visto o he oído hablar de ninguno?

—¿Queréis ver ayakashi? —se extrañó el dueño del burdel. Tras hacer un poco de memoria, respondió—: No puedo decir si es verdad o no, pero corren rumores de que Lady Yodo practica las artes oscuras y que su castillo de Osaka es punto de reunión para fantasmas y demonios de todo tipo.

—¿Osaka, dices? Muy interesante...

El Nurarihyon le hizo un gesto para que se retirase. El dueño del burdel le dio las gracias. Subió al piso superior, se envolvió en un futón y se encerró en el armario. Aunque pasasen días, no pensaba salir de su refugio hasta que todo aquel lío hubiese pasado.

Mientras el General Supremo reflexionaba, Setsura se arrimó a él.

—¿No creerás lo que ha dicho ese patético gordinflón, verdad? Seguro que esos rumores no son más que propaganda de los Tokugawa.

—Puede que sí o puede que no. Sólo hay una manera de comprobarlo —sonrió el Nurarihyon.

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Castillo de Osaka

Cuando Toyotomi Hideyoshi se hallaba en la cúspide de su poder, dispuso la construcción del castillo de Osaka como una réplica del castillo de Azuchi, levantado por su predecesor Nobunaga, pero más grande y mejor. Cuando el gran guerrero murió en 1598, el castillo de Osaka se había convertido en el baluarte más impresionante de Japón, una fortaleza capaz de resistir a los atacantes mejor preparados. Por eso el ambicioso Tokugawa Ieyasu se había visto obligado a reunir 150.000 soldados para asediar el castillo. Aunque conforme pasaba el tiempo la situación de los Toyotomi se volvía más crítica, el clan seguía gobernando sus asuntos como si no hubiese guerra en el exterior.

A pesar de que Toyotomi Hideyori era oficialmente el señor del castillo, todo el mundo sabía que quien realmente ostentaba el poder en Osaka era su madre, la influyente Lady Yodo. Sobrina del fallecido Oda Nobunaga, Lady Yodo había sobrevivido a muchos cambios de fortuna hasta convertirse en la concubina favorita de Hideyoshi y la madre de su heredero. Hideyori sólo era una marioneta en sus manos.

En aquellos momentos, un ministro del clan explicaba la grave situación que se vivía en las calles de Kioto ante una impasible Lady Yodo.

—No paran de llegar todos los días refugiados por culpa de la guerra. Además, las calles están llenas de bandas de ronin sin amo y sin ley. Son ladrones, secuestradores, y encima de eso, hay informes de que están destripando niños.

El samurai quería continuar, pero le interrumpió el sonido de la pipa de Lady Yodo chocando contra el cenicero. La señora del castillo le miró con expresión gélida.

—No es necesario que me notifiques detalles triviales. Esos crímenes son competencia de las autoridades locales. En estos momentos, nosotros, los Toyotomi, estamos afrontando la mayor crisis de nuestra historia. ¿Confío en que los preparativos contra el ataque Tokugawa estarán listos a tiempo?

—Por supuesto, Lady Yodo —se apresuró a responder el ministro—. Es sólo que por todo Kansai corren rumores de que el castillo de Osaka está frecuentado por espíritus y demonios. Podría tener un efecto negativo sobre la reputación de la familia Toyotomi...

Lady Yodo soltó una carcajada.

—Oh, por favor, ¿hay alguien que se crea esas estupideces de la propaganda Tokugawa? Espero que para cuando mi hijo vuelva de reclutar más samurais para nuestra causa, la gente se deje de tonterías y luche por el futuro del clan. Ahora, si me permitís, me retiraré a mis aposentos.

Los ministros y guerreros inclinaron la cabeza mientras Lady Yodo se marchaba a su ala privada del castillo junto con sus guardaespaldas, consejeros y otros de sus leales. El ministro principal del clan aún tenía sus sospechas, pero habría sido suicida acusar a la señora de Osaka sin ninguna prueba. Si el desconfiado samurai se hubiese atrevido a seguir a Lady Yodo a su sala de reuniones reservada, habría contemplado un espectáculo estremecedor. Los hombres de confianza de la antigua concubina se transformaron en monstruos, mientras fantasmas y demonios surgían de las cuatro esquinas de la habitación. Todos ellos se postraron ante su ama, Lady Yodo, la última reencarnación de la temida Hagoromo Gitsune.

—Quién hubiera creído que los Toyotomi se hundirían en la ruina tan rápido —comentó la kitsune con desprecio—. Sin Hideyoshi no son nada. Hideyori, a quien he tenido las desgracia de parir, es un inútil. No, nuestro futuro no descansa en ese tonto humano, sino en mi otro hijo. Mi verdadero hijo.

Sus servidores esperaron pacientemente. Era evidente que Hagoromo Gitsune quería explayarse a gusto, algo de lo que no era capaz cuando tenía que fingir que era una humana.

—Mi pobre Seimei... Creía haber encontrado la fórmula de la inmortalidad definitiva. Pero murió. No de viejo, que era su mayor miedo, pero murió. Desde entonces he gastado el tiempo de mis últimas reencarnaciones en averiguar el modo de traerlo de vuelta. Por fin lo hallé. Tengo que darle a luz una vez más. Seimei jamás me lo mencionó. ¿Acaso creía que yo no sería capaz? ¿Que mi amor de madre no llegaba a tanto? Se equivocaba. Sería capaz de parir a mi querido Seimei las veces que hiciera falta. Pero este es mi octavo ciclo de reencarnación. De haberme retrasado más en la búsqueda, no tendría tiempo de resucitar a Seimei.

—Y aún podría naufragar nuestro mayor deseo —intervino el Gran Tengu del monte Kurama—. Los Tokugawa están a nuestras puertas, Lady Yodo. Si os matan antes de dar a luz, todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano.

—Cierto. Pero necesito poder, más poder para este niño que está por nacer —susurró la señora de Osaka, acariciándose el vientre.

Al momento acudieron varios miembros de la banda fantasma Mukurowaguruma. Traían con ellos varias jarras llenas de...

—¡Hígados de carpas sagradas! ¡Corazones de terneros blancos! ¡Y hemos arrancado las vísceras de todos los cerdos de aquí a Azuchi! —anunciaron los Mukurowaguruma con orgullo—. ¡Lo mejor de lo mejor para nuestra señora!

—Excelente —se relamió Hagoromo Gitsune. Sin perder tiempo, empezó a engullir los órganos sanguinolentos que le ofrecían sus servidores.

Claro que no todos ellos estaban de acuerdo con su dieta especial.

—Buf, ¿más vísceras animales? ¿Por qué no humanos? Son mejores —gruñó Gairota, el líder ogro.

—Son las reglas de Seimei —repuso Hagoromo Gitsune tras deglutir un corazón de vaca.

—Las leyes del Nue también decían que no debíamos inmiscuirnos en los asuntos humanos. Y nosotros hemos hecho precisamente eso durante los últimos siglos —contestó Gairota.

—Es mi bendición y mi maldición reencarnarme en mujeres humanas destinadas a un papel importante. ¿Acaso queréis discutirme eso también? ¿O podemos pasar a asuntos más urgentes? Como la creciente presencia de ayakashi en las calles de Kioto. Estoy intentando dar largas a los humanos, pero cada vez es más obvio que los crímenes sobrenaturales están inundando la región.

—¡Y están arruinando los negocios! —se quejó Satori, representante de las casas de juego de los hanamachi—. Me han llegado noticias de que una banda especialmente ruidosa de ayakashi de Kanto se ha establecido en Shimabara. ¡En Shimabara, mi territorio! Oh, ¿por qué no podemos volver a Kioto y dejar que los humanos se las arreglen solos en Osaka?

El resto de presentes ignoró los lloriqueos de Satori. Estaban acostumbrados a que el hombre-sapo abordase los asuntos del clan desde su mezquina óptica de negociante. Sin embargo, sí tenía razón en que cada vez llegaban más ayakashi de las cuatro esquinas de Japón. Aprovechando que el Clan Abe estaba ocupado en el asedio de Osaka, intentaban arrebatarles miedo y territorio. Por supuesto, la mayoría eran espíritus débiles que huirían ante la más mínima señal de problemas, pero los había también más fuertes y peligrosos. A algunos sólo les faltaba poder para enfrentarse a los Abe cara a cara, e intentaban conseguir ese poder mediante la caza de ikigimo humano. Así se lo hizo ver el Gran Tengu a su señora:

—En Kioto abundan las doncellas agraciadas con dones divinos. Sus ikigimo son especialmente valiosos. Más de un ayakashi ambicioso tratará de hacerse con ellos.

—¿A mí qué me importa que se coman a los humanos? —se rió Hagoromo Gitsune con crueldad—. Si esas "princesas" quieren protección, que se paguen a uno de esos onmyoji paletos que pululan últimamente por la capital.

—Lo entiendo, Lady Yodo, pero reflexionad. El clan Toyotomi no es el único que se ha debilitado en los últimos tiempos, ni los Tokugawa son el único peligro que amenaza el renacimiento del Nue. ¿Qué pasaría si uno de esos demonios aventureros logra hacerse con ikigimo de alto poder espiritual y decide lanzar un ataque? ¿Y si el ataque coincide en un momento delicado, como los dolores del parto? Siempre podéis contar con nuestra dedicación a la causa, mi señora, pero es de sabios prevenir antes que lamentar.

Hagoromo Gitsune suspiró.

—Está bien, Sojobo. Se me ocurre un plan para tenerlas a buen recaudo.

Satori y Oni Hitokuchi serían los encargados de poner a salvo a aquellas "cajas de ikigimo", como las denominó despectivamente Gairota. El ogro aún seguía enfurruñado por el desplante sufrido. Cuando la reunión terminó, le comentó con desprecio al venerable Sojobo:

—Hagoromo Gitsune se está volviendo demasiado misericordiosa con esos sucios humanos.

—¿Misericordiosa? ¿Hagoromo Gitsune? —el Gran Tengu soltó una carcajada sin humor—. No, señor ogro, no os equivoquéis. Poco le importan a nuestra señora las vidas humanas. A fin de cuentas, ya mueren a miles por la guerra y el hambre. No, si ha seguido este curso de acción es solamente para no tener que apartar la mirada avergonzada cuando su hijo le pregunte cómo ha sido posible su resurrección. Porque el Nue volverá. Si no lo hace, nuestro clan estará condenado.

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Distrito de Shimabara, Kioto

Era de día y el Clan Nura estaba durmiendo a pierna suelta en el burdel que habían ocupado por la fuerza. Pero había alguien que aún seguía bien despierto. Era el propio Nurarihyon, con una nueva y flamante katana al cinto que hacía juego con su estola de piel de zorro arrancada de un demonio en las calles de Kioto. Se entretenía jugando con una pipa que acababa de robar, cuando su jefe de exploradores, el cuervo Karasu-Tengu, se presentó ante él a toda prisa. El hombre-pájaro había afrontado la luz del día para traer noticias urgentes a su señor.

—¡General Supremo! ¡Las gentes de Hagoromo Gitsune se han llevado a la princesa que trajisteis anoche a la cena!

—¿Se han llevado a Yohime por la fuerza? —preguntó el Nurarihyon preocupado.

—No, mi general. Han pagado una suma exorbitante a su padre a cambio de convertirla en concubina de Toyotomi Hideyori. ¡Pero eran ayakashi! ¡Estoy seguro!

El hecho de que los servidores de Hagoromo Gitsune se hubiesen conformado con desprenderse de una buena cantidad de oro en vez de asesinar a los humanos del lugar tranquilizó al Nurarihyon. Sus sospechas se estaban confirmando y sus planes se estaban poniendo en marcha. Kioto era una fruta madura. Sólo tenía que cortar la rama.

—Tal como decían los rumores, la vieja kitsune se ha vuelto blanda —masculló el Nurarihyon con una sonrisa confiada—. Pero también dicen que se está preparando para parir al Rey Demonio o algo así. Eso ya sería motivo suficiente para hacerle una visita a esa zorra, pero no es el único. Aunque fueran a tratar a mi Yohime como una princesa imperial, su corazón me pertenece.

—¿Os referís a su ikigimo? —curioseó Karasu-Tengu.

—¡Y dale con el ikigimo! —se ofendió el General Supremo—. ¿Tan débil creéis que soy que necesito ese truco? ¡Yo soy el Nurarihyon! ¡Soy invencible! Además, arrancarle su corazón a la princesa sería como arrancar los pétalos del cerezo antes de que florezcan. Puedo ser un yakuza, pero no soy insensible a la belleza.

Tras aquella críptica declaración, que ni el propio Karasu-Tengu entendió muy bien, el Nurarihyon se sumió de nuevo en sus pensamientos.

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Casa Ancestral de los Keikain, Kioto

La mansión de madera no era tan grande ni estaba tan fortificada como el lugar en el que se criaría Yura cuatro siglos después, pero sus principales edificios estaban levantados. Incluso en una época en la que se podía encontrar un exorcista en cualquier barrio, la veterana familia Keikain se había labrado un nombre propio. Por culpa de las guerras, la presencia de demonios y fantasmas aumentaba, y aunque los onmyoji no eran ya tan populares como otros exorcistas, nadie negaba que el patriarca del clan Keikain era un genio sin parangón.

Por desgracia para Keikain Koremitsu, él no era ese genio. Él sólo era el hermano mayor del genio.

Mientras cruzaba apresuradamente las puertas de la casa ancestral, Koremitsu maldijo su suerte. Había dedicado 28 años de su vida al paciente estudio de las técnicas de onmyodo, sólo para que su vago y pretencioso hermano pequeño le hubiese superado con una rarísima técnica de nigromancia. El resto de miembros del clan le había aplaudido a rabiar y Hidemoto Decimotercero se convirtió en el nuevo líder de la familia Keikain. Koremitsu se quedó calvo, metafórica y literalmente. Fue relegado a tareas bien pagadas pero menores, como escoltar a las hijas de nobles y mercaderes acaudalados, o levantar barreras mágicas alrededor de casas y templos.

"E incluso en eso fracaso", se recriminó a sí mismo mientras apretaba los dientes.

Entró con paso firme en el edificio principal y buscó a su hermano mayor.

—¡Hidemoto! ¿Estás aquí, Hidemoto? —exclamó al entrar en el dormitorio del patriarca.

Sí, ahí estaba. Rodeado de juguetes infantiles mientras dos deidades ceremoniales le servían té, cual cortesanos en miniatura. El genio de los Keikain no pareció sorprenderse por la repentina entrada de su hermano mayor.

—Hidemoto, traigo noticias urgentes. Dos agentes del castillo de Osaka le han comprado a Yohime a su padre para convertirla en concubina de Hideyori. Estoy seguro de que no eran humanos, sino ayakashi, pero han atravesado las barreras mágicas como si nada. No sé que estará tramando esa zorra de los Abe, pero no debe ser nada bueno. Pero eso no es todo. En los últimos días he estado notando una sombra muy extraña alrededor de Yohime. Una sombra sobrenatural, sin duda alguna.

—Te has olvidado decir que esa sombra te robó la Nenekirimaru, mi mejor espada exorcista —puntualizó Hidemoto con una nota juguetona en su voz—. También se agenció la pipa preferida del padre de Yohime-chan, si no me equivoco.

Koremitsu frunció el ceño. ¿Cómo era posible que su hermano se enterase de un montón de cosas aunque se pasara la vida entera haciendo el vago en su habitación? En fin, si no sabía la respuesta, era una prueba más de que él, Koremitsu, era un incompetente y que su hermano merecía el título de patriarca de los Keikain. Un hecho que a las deidades ceremoniales de Hidemoto no se les pasó por alto.

—Menudo inútil —se rieron los dos shikigami enanos por lo bajo—. 28 años de estudio para nada.

—¡Saca a estas cosas de aquí, Hidemoto! —se enfadó Koremitsu.

—Vale, vale —aceptó Hidemoto Decimotercero con aburrimiento. Hizo un gesto y los shikigami desaparecieron—. Yo que tú no me preocuparía. Esa sombra que notaste es un curioso ayakashi de provincias que puede hacerse invisible a voluntad. Por alguna razón, no parece que quiera comerse el hígado de la preciosa Yohime-chan. Interesante. En cuanto a lo que haga Hagoromo Gitsune con esas princesas, poco me importa. Hasta ahora, no hay nada que me haga creer que los ayakashi de Kioto estén atacando humanos indiscriminadamente.

—¿Y los asesinatos por ikigimo que ocurren a diario? —inquirió Koremitsu, ofendido por la aparente desidia de su hermano menor.

—¿Esos? Obra de espíritus de fuera. No me afectan. Nuestra labor principal como descendientes del gran Ashiya Doman es asegurarnos de que los herederos de Abe no Seimei no se extralimiten.

Koremitsu se habría tirado de los pelos si le hubiera quedado alguno en su cabeza monda y lironda. La vagancia de Hidemoto no conocía límites.

—Y sin embargo tengo la sensación de que van a ocurrir cosas interesantes entre esos dos —murmuró el líder de la familia—. Vayámonos pues.

—¿A dónde? —se extrañó su hermano mayor.

—¡Al castillo de Osaka, por supuesto! ¡Esto yo no me lo pierdo!

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Castillo de Osaka

La joven Yohime estaba experimentando los días más agitados de su vida. Hasta entonces había llevado una existencia rutinaria y poco gratificante. Usaba su don divino de curación en beneficio de su padre, un noble venido a menos que cobraba sumas exorbitantes a los pacientes que acudían a su casa esperando un milagro. A Yohime no le gustaba usar sus poderes sanadores con afán de lucro, pero no podía contradecir a su padre. Por desgracia, los rumores de su don divino atrajeron también la atención de ayakashi deseosos de devorar ikigimo de la mejor calidad. Con gran dolor de su bolsillo, su padre había tenido que pagar los servicios de un grupo de onmyoji que montaban guardia día y noche en torno a ella. Se había convertido en un pájaro encerrado en una jaula de oro.

Aún así, Yohime tenía un admirador secreto. Un hombre capaz de colarse en la mansión mejor protegida y llevarla a dar una vuelta por los lugares más sórdidos y más vivos de la capital. Era maleducado y atento, grosero y pícaro, huidizo y valiente. El corazón de Yohime latía con fuerza cada noche, cuando la sombra de su larga melena dorada se recortaba bajo la luz de la luna.

No podía negarlo. Estaba enamorada.

Pero todo eso había acabado. Sin pedir su consentimiento, su padre la había vendido por una montaña de oro a los emisarios del clan Toyotomi. Al parecer, Lady Yodo buscaba concubinas para su hijo Hideyori. Así que ahora su destino iba a ser engrosar el harén de un noble que, si la guerra iba mal, pronto perdería su cabeza. No era una perspectiva muy halagüeña en una época en la que se esperaba que las mujeres muriesen con sus maridos, en especial las mujeres del enemigo. Lo peor era que no había tenido tiempo de decir adiós a su "Ayakashi-sama".

Nada más entrar en el castillo de Osaka, los agentes que habían formalizado su compra la condujeron a presencia de Lady Yodo, en el ala de la fortaleza reservada a la señora del clan. Para su sorpresa, no era la única joven presente.

—Ah, ¿así que esa es la famosa Yohime? —comentó una chica con el pelo más largo y hermoso que la joven sanadora hubiese visto nunca.

La acompañaban otra joven de más edad y una niña pequeña. Pero sin duda el centro de atención era Lady Yodo en persona. A sus cuarenta y cinco años, aún conservaba parte de la belleza que había cautivado a Hideyoshi. La señora del castillo sonreía a sus invitadas, pero sus ojos eran fríos y profundos, como pozos de oscuridad.

—Los rumores sobre tu belleza eran ciertos, Yohime —la saludó Lady Yodo—. Ven, acércate más. No tengas miedo, no voy a comerte.

—S-sí... —asintió Yohime cohibida. A ambos lados de la sala, varios samurais montaban guardia, inmóviles como estatuas.

Una vez se unió al corro de las cuatro mujeres, la chica de pelo largo, muy parlanchina, empezó las conversaciones.

—¿Por qué estás tan nerviosa, Sadahime? —le echó en cara a la chica de su izquierda, que temblaba como un flan—. Tenemos que presentarnos debidamente ante Lady Yodo.

—Veo... muerte... destrucción... —murmuró la asustada Sadahime.

—Ah, es verdad, tú podías ver el futuro... Con tanta guerra últimamente, no debe ser una habilidad muy divertida —asintió comprensivamente la otra—. En cuanto a mí, he de decir que es un honor para una vulgar chica de campo como yo haber sido elegida para formar parte del harén del honorable Hideyori. Mi nombre es Miyakohime y, aunque parezca mentira, hasta los cinco años no me creció el pelo. Desesperada, me arrojé al mar, con tanta fortuna que encontré una estatua dorada de Buda en el fondo. Tras rezar al Buda, fui obsequiada con este maravilloso cabello.

Efectivamente, aunque a la tal Miyakohime le gustaba mucho hablar de sí misma, nadie podía negar que tenía una melena fina y lustrosa como ninguna.

—Sí, había oído hablar de ti, Miyakohime. Déjame tocar ese extraordinario pelo tuyo —Lady Yodo alargó la mano—. Sí, magnífico. Es sin duda el cabello más hermoso de todo Japón.

—Sus palabras me honran, Lady Yodo —Miyakohime inclinó la cabeza respetuosamente.

Por un momento pareció que Lady Yodo iba a decir o hacer algo. Había un brillo de depredador en sus ojos, como un zorro observando un conejo especialmente apetitoso. Pero no pasó nada. La charla de las mujeres continuó. Sadahime no resultó una buena conversadora. Sus visiones del futuro se sucedían y cada una era más sangrienta que la anterior. En cuanto a la pequeña Kokehime, estaba aterrada y sólo quería volver con su mamá. Cuando lloró descubrieron que sus lágrimas se transformaban en perlas. "Todas las concubinas elegidas para Hideyori tenemos alguna clase de habilidad especial", reflexionó Yohime.

Cuando iba a ser el turno de Yohime para presentarse, un dolor agudo en el vientre obligó a Lady Yodo a retorcerse sobre sí misma.

—¡Mi señora! —acudieron al rescate sus consejeros.

—Está... viniendo... Tengo que ir... abajo... —consiguió decir la señora del castillo entre jadeos.

Yohime ofreció su ayuda. ¡Podía usar sus manos sanadoras para curar el dolor de Lady Yodo! Pero las miradas iracundas de los servidores de la señora de Osaka la disuadieron enseguida. Así que, mientras Lady Yodo bajaba a duras penas a los sótanos del castillo, Yohime y el resto de princesas con poderes sobrenaturales fueron escoltadas a sus respectivas habitaciones en los pisos superiores de la fortaleza. Aunque no faltaba de nada en aquellas lujosas estancias, Yohime sólo pensó que había sustituido una jaula de oro por otra.

De repente, unos brazos la sujetaron por detrás. Una mano le acarició la barbilla con una firmeza no exenta de suavidad.

—Y pensar que una cara tan triste podía ser tan hermosa a la luz de la luna... —murmuró una voz que Yohime conocía muy bien.

—¡Ayakashi-sama!

—Deberías llamar a tu prometido por su nombre —se rió el Nurarihyon—. ¿O acaso creíais que te abandonaría en los brazos de un aristócrata inútil? Te prometí que me convertiría en el Señor del Pandemónium y que tú serías mi reina.

—Pero... pero... —Yohime trató de hacerle ver lo imposible de su predicamento, pero no le salían las palabras.

—Chist —Nurarihyon le puso un dedo en los labios para pedirle silencio—. Dime, mi princesa, ¿te gusta este castillo?

—Bueno, sí, es muy grande, muy bonito... ¿Pero por qué lo preguntáis, Ayakashi-sama?

El Nurarihyon sonrió con la confianza de un conquistador. Al momento, toda una horda de fantasmas y demonios de Kanto irrumpió en la habitación. Estaban ahí el cuervo Karasu-Tengu, el cíclope Hitotsume Nyudo, el consejero Mokugyo Daruma, el depravado Gagoze, el guerrero Gyuki y un sinfín más de ayakashi. No faltaba tampoco Setsura, la dama de las nieves, que parecía querer apuñalar a la pobre Yohime con la mirada. Aún así, todos estaban allí por fidelidad a su General Supremo. El Clan Abe de Kioto había demostrado debilidad. En el mundo de las tinieblas, eso significaba vía libre para que otro clan, más fuerte y ambicioso, ocupara su lugar. Había llegado la era de los Nura.

—Vamos a conquistar este castillo. Será mi regalo de bodas para ti —le guiñó un ojo el Nurarihyon.

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En los pisos inferiores del castillo de Osaka, Ibaraki-Doji se estaba impacientando. Al feroz oni no le gustaba disfrazarse de humano, ni quedarse quieto en Osaka mientras ayakashi de campo con ínfulas invadían Kioto. Sin embargo, lo que de verdad le sacaba de sus casillas era compartir cuarto con Shokera. El piadoso hombre-insecto siempre había sido un pesado, pero se había vuelto especialmente insoportable desde su conversión al cristianismo unas décadas atrás. Shokera no se cansaba de relatar cómo el misionero Francisco de Javier le había convencido de las bondades de la doctrina de Cristo e intentaba hacer proselitismo entre sus compañeros. El problema era que a veces confundía los términos.

—Dios te salve, María —se puso a rezar en su capilla particular—. Ven, Ibaraki-Doji, festejemos juntos. Hoy la santa madre de la Oscuridad dará a luz y nuestro Señor volverá a nacer. ¡Aleluya!

—Corta el rollo, Shokera, o te partiré en dos —amenazó el irascible oni—. ¡Estoy hasta las narices de que te inventes esos nombres! Recuerda que el que va a nacer es el Nue. ¿Te enteras? ¡El Nue! ¡Y el nombre de Hagoromo Gitsune no es María, cerdo narcisista!

—Qué violencia. ¿Acaso no hemos trabajado juntos por este feliz nacimiento? —repuso su compañero, a la vez que besaba el crucifijo que colgaba de su cuello—. "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra".

A Ibaraki-Doji le habría encantado decirle dónde se podía meter sus bienaventuranzas, pero de repente oyó ruido de pelea en los pisos superiores. Iba a advertir a Shokera cuando una horda de demonios apareció por el pasillo.

—¡Los reconozco! —exclamó Shokera—. ¡Son del Clan Nura! ¡El castillo está siendo atacado!

—¡A las armas! —gritó Ibaraki-Doji, desenfundando sus dos katanas—. ¡Vamos a enseñarles a estos ayakashi de provincias cómo peleamos en Kioto!

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Hagoromo Gitsune se encontraba débil, muy débil. Aún así, hizo el esfuerzo de subir los escalones que conducían del sótano a la sala de audiencias. Había una conmoción arriba, no sabía por qué, pero si había problemas ella debía estar presente. Era la líder tanto de los Toyotomi como del Clan Abe. No podía dar la espalda a sus súbditos en un momento de necesidad, a pesar de la situación tan delicada en la que se encontraba. Al subir las escaleras se topó con un escenario caótico. Por todas partes, espíritus y demonios intercambiaban golpes, fintas y sangre.

—¿Qué está pasando aquí? —exigió saber Lady Yodo.

—Oi, tú debes ser Hagoromo Gitsune —dijo una voz.

Abriendo un pasillo en el campo de batalla, un hombre alto y apuesto con una larga melena dorada encabezaba una Procesión Nocturna. A pesar de que estaba tratando con la centenaria señora de las tinieblas de Kioto, no parecía asustado.

—Soy el General Supremo Nurarihyon —se presentó el intruso con una sonrisa pícara—. Mis amigos y yo hemos decidido quedarnos con tu castillo, Hagoromo Gitsune. Pero no soy un mal tipo. Si intercambias sakazuki conmigo, dejaré que forméis parte de mi Procesión Nocturna de los Cien Demonios. ¿A que soy majo?

—¿Sakazuki? —se extrañó la kitsune—. ¿Eres yakuza? No importa. Yo ya tengo mi propia familia, señor Nurarihyon. No pienso jurar lealtad a una criatura estúpida e insensata, incapaz de comprender el poder de Kioto. ¡Vamos, vasallos míos! ¡Demostrad a esos gusanos la diferencia que hay entre unos ratones de campo y los ayakashi de la capital!

Arengados por su señora, los miembros del Clan Abe se reagruparon y atacaron a los intrusos de manera coordinada. Pronto se formaron parejas de baile. Shokera contra Mokugyo Daruma, Kidomaru contra Hihi, Kyokotsu contra Karasu-Tengu... Gyuki, el temible guerrero de los Nura, se lanzó directamente contra Hagoromo Gitsune, pero fue detenido a tiempo por el Gran Tengu del monte Kurama.

—¡Qué me aspen! —se sorprendió el venerable consejero de los Abe—. ¡Pero si es el pequeño Gyuki del monte Nejireme! Tienes buen aspecto, jovencito.

—Hacía siglos que no nos veíamos, Gran Tengu —comentó Gyuki. Incluso en medio del combate, los dos viejos conocidos sonrieron.

—Sin embargo, el genio Umewakamaru debería comprender el error de enfrentarse a mí, el sabio milenario —continuó Sojobo como un padre echando la bronca a un hijo rebelde—. Pero supongo que teniendo un comandante atolondrado y salvaje como el que tienes, es inevitable. No se puede conquistar el trono tenebroso sólo a base de sangre y acero, ¿sabes?

—No negaré que nuestro General Supremo sigue el camino de la bestia... —dijo Gyuki, mientras una sonrisa psicópata asomaba a su rostro—. ¡Pero eso lo hace más interesante!

La batalla se sucedía sin orden ni concierto. No obstante, había una persona que aún no se había enzarzado en ningún combate: el propio Nurarihyon. Avanzaba entre los ayakashi enfrentados como si estuviese dando un paseo por el campo. Nadie corría a su encuentro, nadie cruzaba su espada con él. "Es como si nadie pudiera verle", pensó Hagoromo Gitsune. De repente, la oscuridad se hizo para ella también. Cuando pudo enfocar de nuevo la figura del Nurarihyon, su enemigo estaba a punto de descargar su espada contra ella.

—Un truco muy divertido —rezongó Lady Yodo—, pero no lo suficientemente bueno.

Ocho colas brotaron a su espalda, interceptando al Nurarihyon y atravesándolo de parte a parte. Hagoromo Gitsune sonrió. Incluso dolorida y debilitada, aún seguía siendo una ayakashi terrorífica. Sin embargo, su sonrisa de satisfacción se evaporó cuando el cuerpo agujereado del General Supremo desapareció cual nube de humo. Entonces sintió el tacto frío del metal en sus entrañas. Miró hacia abajo. Había una katana negra clavada en su vientre, empuñada por el aparentemente intacto Nurarihyon.

Kyokasuigetsu —explicó el General Supremo—. Una técnica para confundir al rival. Me permite acercarme lo suficiente para golpear. Sin embargo, sé que eres la gran Hagoromo Gitsune. Una espada normal no habría servido contra ti. Por eso robé esta.

Con un movimiento seco, el Nurarihyon extrajo la hoja del cuerpo de Lady Yodo. Para sorpresa de la kitsune, de la herida no brotó sangre, sino "miedo". Por primera vez en siglos, un sudor frío recorrió su frente.

—Se llama Nenekirimaru —dijo el General Supremo señalando su katana—. Se la robé al onmyoji que custodiaba a Yohime. Un calvito bastante inútil, pero su espada es una maravilla. Su filo apenas hace daño a los humanos, porque está pensada para destruir la energía espiritual. La herida que acabas de recibir no la está sufriendo tu cuerpo humano, sino tu alma kitsune. En fin, siento lo sucedido, pero no te puedo dejar con vida. Sé que estabas planeando parir a un demonio todopoderoso, pero tendrás que conformarte con una habitación en el Infierno. Hasta la vista.

El Nurarihyon levantó su arma para asestar un golpe definitivo. Hagoromo Gitsune no se podía mover. Su alma sangraba. Las pocas fuerzas que le quedaban la estaban abandonando. Aquella espada era diabólica. Si moría abatida por Nenekirimaru, ¿podría resucitar otra vez?

Afortunadamente, antes de que el Nurarihyon cortase de un tajo la cabeza de Lady Yodo, el espadachín Kidomaru apareció de un salto y detuvo el filo de Nenekirimaru con su propia katana.

—¡Ya has hecho bastante daño por hoy, General Supremo de Kanto! —exclamó el líder de los oni con una mirada acerada—. ¡Regresa a tu guarida de una vez si no quieres sufrir la ira eterna de Kioto!

—Lo que decían del Clan Abe era cierto. Orgullosos hasta el final. Venga, hombre, ¿no veis que he ganado? ¡Uníos a mí! Total, esta zorra inútil va a morir. Esperaba algo más de la temida señora de Kioto —se rió el Nurarihyon.

—¡No oses burlarte de nuestra líder! —se enfadó el espadachín oni blandiendo su espada—. No hay ayakashi más poderosa que Hagoromo Gitsune.

—Entonces hoy debía estar enferma —comentó el General Supremo con sorna.

—Eres más necio de lo que pensaba —replicó Kidomaru entrecerrando los ojos—. ¿Acaso no ves que su debilidad y sus dolores son producto del parto reciente?

—¿"Parto reciente"? —repitió el Nurarihyon confundido. Entonces entendió lo que las palabras de Kidomaru implicaban—. Oh, mierda.

Un terremoto sacudió el castillo de Osaka. Desde los cimientos de la fortaleza surgió una columna de luz que quemó los pisos de madera e iluminó el cielo estrellado. Una esfera negra ascendió por la columna luminosa hasta detenerse en el aire, en mitad del campo de batalla de los ayakashi. Su oscura superficie se resquebrajó hasta partirse en mil pedazos. Una figura humana despertó por primera vez en siglos. No, no era del todo humana. Aunque por fuera parecía un hombre joven y atlético, su largo cabello se había desteñido. Sus ojos eran negros y terribles, con un iris dorado. Una estrella mágica de cinco puntas brotó en su pecho.

El Gran Tengu se adelantó y anunció a los cuatro vientos:

—¡El Señor del Pandemónium ha renacido! ¡Aquel que domina la Luz y la Oscuridad vuelve a estar entre nosotros! ¡Larga vida al Nue! ¡Larga vida a Abe no Seimei!

Los miembros del Clan Abe rompieron en exclamaciones de júbilo. Sus enemigos del Clan Nura retrocedieron. Si ver a Hagoromo Gitsune de rodillas había inclinado la balanza del miedo a su favor, los recientes acontecimientos estaban cambiando nuevamente la situación.

—¿Sojobo? —se sorprendió el renacido Abe no Seimei lleno de confusión—. Yo... Yo estaba en las salas del Inframundo, allí donde ayakashi y humanos se vuelven iguales ante los dioses... Pero oí una voz... que me llamaba... madre me llamaba... ¿Qué ha pasado aquí?

—Después de vuestra muerte, Hagoromo Gitsune removió cielo y tierra para encontrar una forma de traeros de vuelta. Por fin se decidió a daros a luz de nuevo —le explicó el Gran Tengu—. Lamento que no haya sido en las circunstancias más propicias.

—Me acuerdo de aquella fórmula, la unión del ciclo de reencarnaciones con el ciclo de alumbramientos... Pero madre no tenía que haber hecho ese sacrificio por mí... —tras murmurar incoherencias, Seimei buscó a su progenitora—. ¿Madre? ¿Dónde estás?

Sólo entonces se fijó en el cuerpo tendido de Lady Yodo. Para el más grande de los onmyoji, para aquel que había viajado al Infierno y había vuelto para contarlo, no era un esfuerzo distinguir el alma de su madre reencarnada en el cuerpo de aquella mujer. Tristemente, también podía reconocer el extraño efecto que el golpe de Nenekirimaru había causado en su espíritu agonizante. Mientras a su alrededor la batalla se congelaba en un cuadro de asombro general, buscó con la mirada al culpable. Enseguida localizó la espada exorcista que había herido a su madre.

—¡Tú! —señaló al Nurarihyon—. ¡Cómo te has atrevido, escoria insolente!

Hay que reconocer que el Nurarihyon no flaqueó. Es más, enseguida acudieron a defenderlo sus fieles seguidores, haciendo piña en torno a su comandante. Pero su poder palidecía frente al Nue. El furioso Seimei sólo necesitó trazar un símbolo en el aire para que la Procesión Nocturna de los Nura saliera volando en todas direcciones. Nurarihyon se vio a sí mismo inmovilizado de pies y manos. Seimei se acercó a él y apoyó dos dedos de su mano izquierda en la frente de su enemigo, llevándose dos dedos de su mano derecha a la boca para realizar un último conjuro.

—Perece, repugnante demonio. Individuos como tú deben aprender cuál es su lugar.

—¡Esperad! —gritó desesperada una voz femenina.

Yohime se plantó sin dudarlo entre el renacido Seimei y el indefenso Nurarihyon, cubriendo el cuerpo de este último con el suyo propio.

—¡Os lo ruego, gran señor! —suplicó la joven con lágrimas en los ojos—. ¡Siento mucho el daño que ha sufrido Lady Yodo, pero apelo a vuestra misericordia! ¡Si queréis venganza, os ofrezco mi vida a cambio de la de este ayakashi!

—¡Yohime, no! ¡Apártate! —exclamó el Nurarihyon. Temía más por la suerte de su amada que por la suya propia.

La repentina irrupción de Yohime dio tiempo a Seimei para serenar su mente. ¿Qué estaba haciendo? Él, el tan cacareado guardián del equilibrio cósmico, se estaba ensañando en una cruel venganza. ¿Acaso su reciente resurrección le había cambiado? ¿Era ahora más monstruo que humano? No, no podía ser. No podía pagar el sacrificio de la devota Kuzunoha convirtiéndose en un ser despiadado y sin compasión. El rencor no engendraba armonía.

—Vete de aquí, princesa —dijo Seimei—. Y llévate a tu ayakashi y a todos sus demonios. No quiero volveros a ver jamás en Kioto. Hazlo, rápido, o mi ira explotará.

No tuvo que decirlo dos veces. Nurarihyon, libre de sus ataduras místicas, tuvo por fin el sentido común de llevar en brazos a su prometida y llamar a retirada a sus seguidores. No significaba que iba a olvidar la humillación que había sufrido. La derrota era un trago amargo, pero tener que aceptar el perdón recibido era peor. Sin embargo, por una vez tenía algo que debía proteger. Yohime había estado dispuesta a sacrificar su vida por él. Ahora él sacrificaría su orgullo por ella. Aún así, tuvo el cuidado de esconder la valiosa Nenekirimaru entre sus ropas antes de marcharse.

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Las horas pasaron. El Clan Abe aprovechó para lamerse las heridas. El Gran Tengu del monte Kurama puso al día a Seimei de todo lo que había sucedido en sus largos años de ausencia. La pérdida de poder de los emperadores, el descrédito de los onmyoji, las guerras civiles, la llegada de extranjeros con pólvora y cañones... Pero aunque el renacido Señor del Pandemónium le escuchaba, sólo tenía ojos para su madre.

La herida espiritual era mucho más grave de lo que habían pensado. Hagoromo Gitsune había consumido casi toda su energía dando a luz a su hijo. La esfera de resurrección se había formado gracias al "miedo" acumulado durante décadas. Ahora la poca fuerza que le quedaba se estaba escapando, su alma herida y su espíritu maltrecho. Ni siquiera las artes de Seimei podían hacer nada para curarla. El gran onmyoji debía reconocer que aquella espada exorcista había sido forjada por un genio a su altura. Aunque el cuerpo de Lady Yodo estaba más o menos intacto, no le quedaba mucho de vida.

—Oh, Seimei... Por fin puedo tenerte entre mis brazos... —murmuró la agonizante Hagoromo Gitsune, acariciando a su hijo.

—Madre, por favor, abre los ojos... Aún podemos...

—Está bien, está bien —musitó la kitsune con dulzura—. Incluso si no pudiera reencarnarme más, ha merecido la pena... Vive, mi pequeño Seimei... y recuerda que te...

Su voz se quebró. Hagoromo Gitsune expiró en los brazos del hijo que había tardado siglos en resucitar. Los miembros del Clan Abe agacharon la cabeza, consternados. Una era había acabado. Otra era comenzaba ahora. Pero Seimei aún tenía un asunto pendiente.

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Casa Ancestral de los Keikain, Kioto

Hidemoto Decimotercero estaba aburrido. Su visita al castillo de Osaka no había servido de nada. Si hubieran viajado en el carro volador habrían llegado a tiempo, pero a su hermano mayor le mareaban las alturas. Para cuando se plantaron con sus caballos a las puertas de Osaka, todo el jaleo había terminado. Se decía que Lady Yodo se había suicidado. Sin ella, el fin de los Toyotomi estaba cerca. Pero a Hidemoto le interesaban más los rumores que corrían en el mundo espiritual. Al parecer, había habido una pelea feroz entre el Clan Nura de Kanto y el Clan Abe. Los de Kioto habían ganado pagando un precio muy alto, pero los rumores también aseguraban que el Nue había renacido.

Las habladurías se confirmaron cuando Hidemoto encontró a un hombre de pelo blanco vestido con un traje de onmyoji en su habitación. Pero no era ningún miembro de la familia Keikain, sino alguien mucho más oscuro.

—Abe no Seimei, supongo —comentó Hidemoto jovialmente—. Tenía muchas ganas de conocer al gran onmyoji de las leyendas... y al señor inmortal de las tinieblas de Kioto.

—Keikain Hidemoto —susurró Seimei amenazadoramente—. Tú forjaste la Nenekirimaru. Por tu culpa mi madre está muerta y es muy posible que tarde siglos en reencarnarse otra vez. Su espíritu fue dañado durante la pelea con el Nurarihyon.

—Bueno, soy un exorcista. Mi trabajo es matar ayakashi —dijo el patriarca Keikain sin asomo de vergüenza—. Y soy un genio, no hace falta ser modestos al respecto. Pero yo no empuñé ese arma, ni tampoco se la regalé a ese curioso demonio de provincias. Aunque soy descendiente del gran Ashiya Doman, no creo que enfrentarnos sea lo mejor para esta ciudad. ¿No te parece, Abe-kun?

Seimei suspiró.

—Eres irrespetuoso, Hidemoto. Pero tienes razón. No he venido hasta aquí para hacer la guerra. Hace seiscientos años buscaba un mundo en paz y armonía, un equilibrio entre la luz y las tinieblas. Era un sueño demasiado ambicioso. Antes pensaba que los humanos eran el eslabón débil, pero ahora veo que los ayakashi no son mejores. Así que me conformaré con Kioto. Que los Tokugawa y el Nurarihyon hagan lo que quieran en el resto de Japón, pero esta será mi capital de luz y oscuridad.

—Coexistencia entre humanos y ayakashi... —murmuró Hidemoto apreciativamente—. Nunca es fácil. Los humanos estarán tranquilos durante una temporada bajo el shogunato de los Tokugawa, ¿pero qué harás si otros ayakashi aventureros quieren estropear tu paraíso particular?

—Voy a crear una barrera. Ocho sellos alimentados con mi energía y la de los demonios más abominables que consiga capturar. Mientras yo viva, Kioto estará a salvo.

—Pero sólo mientras tú vivas —precisó Hidemoto mientras sacaba unas copas de sake para él y su invitado—. ¿Sueñas con la inmortalidad, Seimei? Cuentan las leyendas que la tuviste una vez y la perdiste. Incluso si tu cuerpo renacido no conocerá la vejez, no hay nadie intocable.

Seimei aceptó la copa que le tendía y apuró el licor de un trago antes de responder:

—Lo sé. Debo ser más cuidadoso. No sólo por mí, sino por mi clan y por mi madre. Aunque tarde siglos en curar su alma herida, yo estaré allí cuando renazca de nuevo. Quiero que su último ciclo de reencarnación sea feliz y pacífico. Es lo menos que puedo hacer por ella.

Así, entre copas de sake y debates sobre magia y exorcismo, se fraguó un nuevo entendimiento entre los Abe y los Keikain que garantizaría la paz en Kioto durante 400 años.


FIN DEL FLASHBACK


Mansión Abe

Rikuo estaba anonadado. Era mucha información para asimilarla de golpe. Pero sí se quedó con un dato muy importante: ¡su padre había muerto una vez y había resucitado! ¿Por qué no podía ocurrir lo mismo ahora? Por desgracia, cuando se lo planteó a su abuela, Hagoromo Gitsune negó con la cabeza.

—Incluso tras cuatro siglos de espera, mi resurrección fue precipitada. El cuerpo y el espíritu deben estar en armonía. Si uno está mal, el otro deja de funcionar. La herida de mi vientre no terminó de cerrarse. Aunque recuperé mi magia de yokai, perdí mi magia de mujer. Ya no puedo dar a luz. No puedo resucitar a mi hijo.

Las esperanzas que habían surgido en el corazón del muchacho se apagaron como cenizas. Hagoromo Gitsune, que podía hacer temblar a los demonios con su mirada, agachó la cabeza avergonzada, sintiéndose culpable. Pero Rikuo no podía culparla. Su abuela ya había sufrido demasiado. Aún así, había algo que le escamaba.

—No puede ser una casualidad que mi padre muriera justo después de tu resurrección incompleta —observó el muchacho—. Es como si alguien se hubiese asegurado de que el Nue no pudiese renacer de nuevo.

—Una desgraciada coincidencia no es suficiente para indicar una conspiración, pero hay más —le confesó en tono confidencial Hagoromo Gitsune—. Para comprobar mi estado en el limbo, tu padre utilizaba un sesshoseki, una piedra que contenía parte de mi energía espiritual. Hace veinte años fue destruida. No tengo claros los motivos del vandalismo. La piedra sólo servía para comunicarse con mi yo en el Inframundo. Destruirla no habría detenido mi resurrección.

Rikuo reflexionó. Tras las gafas de su forma humana se escondía una mente analítica y estratégica que pocos conocían.

—Quizás su objetivo era mantenerte a oscuras, que no te enterases de lo que pasaba en el mundo de los vivos —sugirió el chico.

—Puede ser. O puede que sólo fuera el acto de unos gamberros. Seimei nunca entendió que la gente podía entrar a saquear un templo de la misma forma que saquearían una casa. Dejar mi sesshoseki en un altar de Inari fue un poco descuidado por su parte —intentó bromear Hagoromo Gitsune sin mucha convicción.

Rikuo dejó correr el tema. Divagar sobre conspiraciones pasadas no servía de nada. Ahora tenía que afrontar el futuro.

—Abuela, cada vez veo más claro que nuestra familia y nuestra ciudad están en peligro. Por favor, ¡déjame ayudar! Tras los últimos sucesos, necesitamos todos los brazos disponibles. ¿No querías que fuera el heredero del clan? ¡Ahora es el momento!

Hagoromo Gitsune suspiró con cansancio.

—En realidad, mi plan era ponerte a salvo en las montañas y nombrarte heredero oficial después de terminada la guerra.

—No puedes protegerme eternamente, abuela. Si me convierto ahora en el sucesor, ya no habrá dudas sobre la continuidad del clan ni correrán rumores de que la señora de Kioto pone a salvo a su nieto humano mientras obliga a los yokai de a pie a que mueran por ella.

Era un golpe bajo, pero efectivo. Hagoromo Gitsune le regaló por primera vez una de las miradas gélidas y asesinas con las que solía obsequiar a sus subordinados más rebeldes. Pero Rikuo no se amilanó.

—No estás preparado —insistió la kitsune.

—Sí lo estoy —afirmó con seguridad Rikuo.

Tanto la abuela como el nieto tenían voluntades de hierro. Ninguno quería ceder. Para zanjar la cuestión, el Gran Tengu, que hasta entonces se había mantenido en un discreto segundo plano, decidió intervenir.

—Permitidme unas palabras. Es innegable que el señor Rikuo aún es joven y le falta entrenamiento, pero ese es un problema fácilmente subsanable. Sin embargo, aún debe probar que tiene la fortaleza mental para afrontar el gobierno del clan. Sugiero que pase un examen.

—¿Qué estás tramando, Sojobo? —preguntó Hagoromo Gitsune con desconfianza.

—Mi señora, convocad una reunión urgente para dentro de tres días. En ella se tratará el asunto de la sucesión. Pero antes el señor Rikuo tendrá que demostrar su valía asumiendo una pesada tarea —el Gran Tengu adoptó una expresión sombría—: Juzgar al traidor Kidomaru.


Notas adicionales:

¡Feliz 2012! Para celebrar el año nuevo, traigo un flashback al estilo tradicional de Nuramago (me encantan las historias ambientadas en el pasado, lo reconozco). Siento la falta de presencia de Tsurara y Yura, pero las veremos de nuevo en el próximo capítulo.

* Más que Hagoromo Gitsune, quien ha cambiado en este universo alternativo es Seimei, más parecido al del folklore. El Seimei de esta historia prohibió perseguir a los humanos y buscó una fórmula de inmortalidad que no implicase sufrimientos para su pobre madre, aunque tardase muchos años más en inventarla (eso explicaría por qué en los grabados históricos Seimei aparece como un anciano venerable; quiero tener en cuenta hasta el más mínimo detalle).

* La historiografía dice que la mafia yakuza apareció a finales del s. XIX, pero la versión que prefieren los propios yakuza remonta su origen a los siglos XVI-XVII, precisamente cuando se forman los grupos yokai del Clan Nura y de los Shikoku. Los yokai de Kioto NO son yakuza, pues remontan sus orígenes siglos atrás. Si os fijáis en el manga, a diferencia de los Nura o de Tamazuki, ningún yokai de Kioto hace referencia al intercambio de sakazuki, una costumbre puramente yakuza, y en el flashback original Hagoromo Gitsune pronuncia la palabra "yakuza" como un insulto.

* Durante los flashbacks, en Nuramago no utilizan la palabra "yokai", sino "ayakashi".

* El término sesshoseki ("piedra asesina") está asociado a la leyenda de Tamamo no Mae, una kitsune malvada cuyo cuerpo se transformó en una piedra. Se decía que el fantasma de la kitsune mataba a todo aquel que tocase esa piedra. En el manga, los yokai de Kioto que esperan el regreso de Hagoromo Gitsune llaman sesshoseki al cuerpo de Yamabuki Otome. Curiosamente, en una pequeña viñeta del capítulo 130 aparece Minagoroshi-Jizo comunicándose con el espíritu de Hagoromo Gitsune a través de un altar con una piedra sospechosamente parecida al sesshoseki de la leyenda.

* No, no hay ninguna maldición. Hagoromo Gitsune consiguió su propósito hace 400 años, así que sus últimas palabras fueron para Seimei.

Próximo capítulo: "El juicio de Kidomaru".