Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo conoce por fin lo que ocurrió hace 400 años, el inicio de la rivalidad entre el Clan Abe y el Clan Nura. Con Seimei muerto y sin posibilidad de resucitar, los sellos que colocó para defender Kioto se están debilitando. Rikuo quiere participar en la guerra que se avecina, pero antes debe demostrar su valía asumiendo la tarea de juzgar a Kidomaru.


El juicio de Kidomaru

La Golden Week estaba a la vuelta de la esquina. Los escolares japoneses pensaban únicamente en lo que harían durante el puente de mayo, que suponía un respiro en las atareadas jornadas del estudiante medio. También era un tiempo en el que los profesores encargaban abundantes deberes, pero la mayoría sólo tenía en mente excursiones, días de asueto en la playa o la montaña, salir con los amigos, etc. Sin embargo, había un grupo de estudiantes muy especiales en una escuela secundaria de Kioto que tenían preocupaciones mucho más serias. Aunque nadie lo hubiera dicho si les hubiera visto en el tejado de su escuela, dando ridículos pasos de baile.

—¡Y ahora, a la derecha! —ordenó una jovencita de pelo negro a sus dos compañeros—. ¡No, así no! ¡Tenéis que adoptar la postura uho de esta manera!

Ella era Keikain Yura y sus dos "discípulos" eran, obviamente, su amigo de la infancia Abe Rikuo y la estudiante tokiota Oikawa Tsurara. Como presidenta del Club Onmyoji de Investigación Paranormal, Yura había insistido en que todos los miembros aprendiesen técnicas de defensa contra yokai. Claro que ella ya llevaba ventaja por ser la nieta de Hidemoto el 27º, el patriarca de los onmyoji Keikain de Kioto. Al principio Rikuo y Tsurara no habían puesto pegas, pero realizar extraños bailes en la azotea bajo un sol de primavera les estaba agotando.

—¡Que no os dé vergüenza! —reprochó Yura a sus dos amigos mientras les obligaba a andar a la pata coja—. ¡En una batalla contra yokai, vuestros sentimientos deben ser firmes! ¡Tenéis que darles miedo si queréis vencer!

—Pero Yura, ¿no nos has dicho precisamente que este movimiento servía para huir de los yokai? —repuso Rikuo un tanto azorado.

—El paso uho sirve para un montón de cosas, pero os estoy enseñando la versión para ultra-principiantes, que al menos os permitirá escapar del peligro más inmediato —explicó la joven onmyoji con un pelín de suficiencia—. ¡Y ahora uno, dos, uno, dos, no perdáis el ritmo!

A Tsurara se le estaban agarrotando los brazos. ¡Ella, una auténtica Yuki-onna, teniendo que aprender artes de exorcista bajo el calor del sol! Debía recordarse que era una espía, que aquella era su tapadera, pero si seguía así no iba a poder aguantar mucho más. Tras un largo suspiro, dejó caer los brazos, derrengada.

—¿Por qué estamos haciendo esto? —consiguió articular Tsurara con cansancio.

—¿Quieres volver a pasar por lo de Shimabara? —le recordó Yura.

La Yuki-onna clavó la vista en el suelo. Sí, no había sido una experiencia agradable. La onmyoji no sabía siquiera los peores detalles. De hecho, pese haber sufrido unos durísimos golpes, Yura había sido la que menos cerca había estado de la muerte aquel fatídico día.

Al notar la expresión abatida de Tsurara, Yura se arrepintió de sus palabras.

—Lo siento, Oikawa. Es culpa mía que estuvieseis en peligro. Creía que sabía onmyodo de verdad, pero después de haber sido derrotada por unos pajarracos de baja categoría veo que soy una novata. Y luego fue Rikuo y también cayó en la trampa. Soy una inútil. ¡Pero no os preocupéis! —exclamó Yura con energía—. ¡Ahora que mi abuelo me va a dejar entrenar, me convertiré en una gran onmyoji y os defenderé de cualquier yokai que se cruce en nuestro camino!

Rikuo se mordió el labio. En realidad, los tres se habían visto envueltos en la Rebelión de los Hanamachi por su culpa. Sin embargo, no podía aliviar la inseguridad de su amiga sin revelarle toda la verdad, incluido que él tenía sangre de yokai. Lo había meditado largo y tendido durante el fin de semana, así que lo primero que había hecho nada más empezar las clases había sido llevar a Tsurara a un rincón y pedirle por favor que no destapase su secreto ante Yura.

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Tsurara estaba perpleja. Antes de comenzar el horario escolar apenas le había dado tiempo a intercambiar unos saludos con sus compañeros del Club Onmyoji de Investigación Paranormal. Esperaba hablar largo y tendido con ellos de los sucesos de Shimabara, pero en el primer descanso entre clases Rikuo la había sacado casi a rastras del aula para recordarle que mantuviera el secreto sobre su sangre de kitsune.

¿También a Keikain? —se extrañó Tsurara. Que Rikuo no quisiese compartir su naturaleza yokai con su amiga de la infancia le parecía completamente ilógico.

Especialmente a Yura. Ya le he causado bastante problemas. No quiero añadirle más —respondió el chico de pelo café con evasivas.

Abe-kun, eso suena a excusa —le reprochó Tsurara. Después de la Rebelión de los Hanamachi, tenía más confianza con Rikuo—. ¿Por qué no le quieres contar la verdad?

El muchacho bajó la cabeza avergonzado.

El sueño de Yura siempre ha sido ser una onmyoji. Si se enterase de que le he estado ocultando que soy un yokai...

¿Tienes miedo de que intente exterminarte? —aventuró Tsurara con un escalofrío. Ella, como Yuki-onna, experimentaba esa clase de miedo ante los exorcistas.

No. Tengo miedo de que ya no volvamos a ser amigos.

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Aquello había sido entonces. No era la decisión más fácil que había tomado Rikuo en su corta vida, pero intentaba convencerse de que era por el bien de su amiga. Habría preferido que Tsurara tampoco se hubiese enterado. Sin embargo, aunque había yokai en el clan capaces de borrar la memoria de los humanos, Rikuo jamás habría permitido una invasión tan grave en la mente de otra persona. Además, tampoco era tan malo tener una confidente fuera de los muros de la Mansión Abe.

Para animar a Yura, Rikuo decidió preguntarla sobre su entrenamiento de onmyoji.

—¡Va a ser genial! —aseguró Yura con una sonrisa—. Me estuvieron haciendo pruebas todo el fin de semana y se quedaron muy sorprendidos cuando les enseñé que podía conjurar tres shikigami a la vez. ¡Mi primo Akifusa dice que podría ser una genio! ¡Incluso mi abuelo estaba impresionado! La última demostración la hice en público y todos me aplaudieron. Bueno, todos salvo Ryuji... ¿Por qué ese demonio tenía que ser mi maestro también? ¡Jo!

Rikuo hizo una mueca. Había oído incontables historias de terror sobre el hermano mayor de Yura y, tras encontrarse cara a cara con él en Shimabara, tenía que reconocer que a su amiga no le faltaba razón. Aún así, Ryuji les había ayudado y así se lo hizo ver a su compañera.

—No será tan malo, Yura. A fin de cuentas, sin él y sin tu primo Mamiru no habríamos podido escapar de los yokai. ¿Verdad, Tsurara?

El joven señor de los Abe le guiñó un ojo a la tokiota de pelo azul. Tsurara se apresuró a asentir.

—¿En serio? Pero si Ryuji me dijo que quien os rescató fue otra persona —señaló Yura confundida.

A Rikuo se le atragantó la sonrisa. ¡Buen momento había elegido el hermano mayor de Yura para hacerse el modesto! Estaba tratando de inventarse una explicación con la que salir del paso, cuando para su horror Tsurara dijo:

—¡Oh, sí! Además de tu hermano y el otro onmyoji, allí había un kitsune.

—¿Un kitsune? —los apagados ojos de la presidenta del club despertaron de inmediato—. ¿Qué hizo? ¿Cómo era? ¡Descríbemelo!

—Pues tenía una cola de zorro, era alto, fuerte, tenía el pelo largo y blanco... —hizo memoria la Yuki-onna.

—¿Y sus ojos eran de color rojo? —la interrumpió una ansiosa Yura.

—Sí, sí —asintió vehementemente Tsurara—. ¿Cómo lo sabes? ¿No estabas inconsciente?

Para su sorpresa, Yura dio una patada al aire de la frustración que sentía.

—¡Es él! ¡Siempre es el mismo kitsune! ¡No para de seguirme a todas partes! Estaba ahí cuando me enfrenté a los yakuza, y por los rumores que he oído en nuestra casa, también tuvo algo que ver en el ataque de los ogros hace cuatro años. Estoy empezando a pensar que tiene una obsesión enfermiza conmigo. ¡Agh!

—Pues a mí me pareció una persona maravillosa —repuso Tsurara con tono soñador—. Valiente, apuesto, algo atrevido, pero en el fondo muy caballeroso. A mí me escoltó hasta la parada de tren y luego se ofreció a llevar a Abe-kun a su casa, ¿verdad?

Tsurara le guiñó un ojo a Rikuo, de la misma manera que él había hecho antes. El chico se puso rojo como un tomate.

—¡No te fíes! —la reprendió Yura severamente—. Los kitsune son los yokai más tramposos que existen. Mienten, engañan, se hacen pasar por tus amigos para luego darte una puñalada por la espalda... Las leyendas dicen que hay algunos buenos, pero son la excepción. ¡Recordad que bajo su aspecto humano se esconde un zorro! Les gusta hacerse pasar por personas bellas para atraer a sus víctimas. ¡Aunque a mí no me engañará! No me gustan los chulos ni los sinvergüenzas como él. Prefiero a los chicos serios y responsables.

El joven señor de los Abe sonrió con incomodidad. No sabía si sentirse ofendido o no. Lo cierto era que cuando se transformaba en yokai su sangre bullía con pasiones desconocidas. Pero él seguía siendo Rikuo.

—¡Vale! ¡Dejemos de hablar de kitsunes pervertidos! —cambió de tema Yura—. Debemos preparar las futuras actividades del Club Onmyoji de Investigación Paranormal. Por desgracia, estaré muy ocupada durante la Golden Week con mi entrenamiento. Lo siento mucho, chicos. Tenía pensado organizar una excursión al monte Kurama para buscar tengus, pero tendremos que dejarlo para otra ocasión. ¡Para compensaros, mañana os enseñaré unos trucos onmyoji especiales!

Rikuo alzó la mano.

—Lo siento mucho, Yura, pero mañana no puedo venir.

—¿Qué? —se extrañó la chica de pelo negro—. ¡Pero si mañana es el último día de clase antes del puente! ¡Y tú nunca te saltas ninguna clase, Rikuo!

—Lo sé, pero no tengo otra opción. Tengo que ir a un juicio.

Aquella noticia sorprendió por igual a Yura y a Tsurara.

—¿Ha pasado algo, Abe-kun? —preguntó la Yuki-onna sin poder evitar una expresión de preocupación sincera.

—Nada importante —trató de tranquilizarla Rikuo con una sonrisa—. Es sólo que... que presencié un asalto, eso, y tengo que prestar declaración en el juicio. De nuevo, lo siento mucho, pero el deber es el deber.

—Buf, por un momento pensé que te habías metido en otro lío con yokai, pero eso sería demasiada casualidad —se rió Yura aliviada.

—Je, je, sí, mucha casualidad —Rikuo trató de secundar su risa sin mucha convicción.

Antes de dar la reunión del club por terminada, empero, Yura sacó de su mochila el móvil.

—Deberíamos intercambiar nuestros números de móvil. Así si alguno de nosotros está en peligro o ve un yokai, podremos avisar a los demás. Rikuo, ya tengo el tuyo. Me falta el de Oikawa, y a ella le faltan los nuestros.

—¿Está bien intercambiar nuestros números de teléfono? —preguntó Tsurara insegura. Ella tenía un móvil. Pese a que el Clan Nura tenía siglos de antigüedad y estaba chapado a la antigua, había avances tecnológicos que eran demasiado útiles como para que un grupo yakuza los ignorara. Sin embargo, tenía entendido que los humanos, en especial los humanos de Japón, podían ser muy desconfiados con dar su dirección a terceros.

Yura le obsequió una cálida sonrisa, poco habitual en ella.

—¡Claro que está bien! Los tres somos amigos, ¿no?

Tsurara tragó saliva y asintió, sintiéndose terriblemente culpable.

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Mansión Abe

Rikuo dejó caer la mochila sobre su cama. Estaba agotado, física y mentalmente. Varias de las heridas que había sufrido en la pelea con Kidomaru aún no habían cicatrizado. Al menos había podido ocultarlas debajo de sus ropas. Por nada del mundo habría querido hundir la alegría de Yura o preocupar más a su nueva confidente, Tsurara. Ninguna de las dos se merecía involucrarse en el mundo de las tinieblas de Kioto. Sólo él debía cargar con la responsabilidad.

Pero era una responsabilidad muy pesada, tal como le recordó su abuela cuando bajó a cenar.

—Mañana es el juicio de Kidomaru —mencionó Hagoromo Gitsune como quien no quiere la cosa, mientras bebía un sorbo de té.

—Lo sé.

—Sólo te dejaré participar en las actividades del clan si cumples bien tu papel de juez. Debes demostrar que puedes tomar una decisión fría y que puedes controlar el nido de avispas que es una reunión del clan —recalcó la kitsune con una sonrisa maliciosa.

Era evidente que lo estaba provocando, pero Rikuo no pensaba caer en su juego. Mientras cenaba, adoptó una expresión de calculada naturalidad.

—¿No es injusto que la víctima haga de juez? —preguntó el chico por curiosidad.

Hagoromo Gitsune se rió como si le hubieran contado un buen chiste.

—Ay, Rikuo, si no fueras tan ingenuo... —murmuró la señora del clan antes de ponerse seria—. No confundas la burocrática justicia humana con la justicia yokai. El cabeza de familia tiene el poder de premiar y castigar, pues tal es su derecho y su deber. Además, no estamos hablando de una disputa por dinero o territorios, sino un caso de alta traición. Sin embargo, Rikuo, si sientes que no estás capacitado...

—¡Estoy preparado! —aseguró su nieto. Bajo sus ojos marrones destelló una chispa roja.

—Eso espero. Tendrás que decidir sobre la vida o la muerte de una persona. En frío. Nada del calor de la batalla o la furia de la venganza. Es el deber del líder tomar las decisiones oportunas, por muy difíciles que sean.

Los ojos negros de Hagoromo Gitsune daban a entender que había tenido que tomar decisiones como esa miles de veces. Rikuo sabía que era un novato en el juego de la política del Clan Abe, pero tenía que esforzarse. No pensaba quedarse a un lado cuando el destino de su familia, sus amigos y su ciudad pendía de un hilo.

Aún molesto con su abuela, Rikuo subió a su habitación. Tenía deberes por hacer, pero había demasiadas cosas rondando su cabeza. Ser juez iba a ser una tarea complicada. No quería ver a Kidomaru muerto. Era cierto que había intentado asesinarlo y que había provocado una revuelta sangrienta. Por crímenes más leves otras personas habían sido condenadas a muerte en el mundo humano. Pero el líder oni sólo había hecho lo que había creído correcto para proteger el futuro del clan. Eso debía contar para algo, ¿no?

Le habría gustado compartir sus pensamientos con alguien. Su abuela no, desde luego. Sabía que le echaría un sermón. Su madre estaba ocupada y sus sirvientes tenían una visión demasiado yokai sobre el asunto. Hakuzozu había recomendado que Kidomaru se suicidara ritualmente para conservar su honor y la pequeña Kyokotsu había dado palmas de alegría, pidiendo que la dejaran presenciar la decapitación. En cuanto a Gashadokuro, el esqueleto gigante, sólo se preocupaba de la seguridad de su señor. Se había ofrecido a montar guardia en caso de que el prisionero intentara escaparse, pues su paranoica mente imaginaba al despiadado oni tratando de secuestrar a Rikuo para evitar su ejecución.

Ninguno de ellos albergaba la menor duda de que Kidomaru sería condenado a muerte.

Rikuo necesitaba hablar con alguien. Agarró su móvil. Su primer impulso fue llamar a Yura, pero se contuvo. ¿Qué le iba a decir? ¿Cuánto podía contarle sin revelar su secreto? Se sentía mal. Ahora que había escogido seguir la senda del Clan Abe en lugar de esconderse bajo su tranquila vida de humano, el chico sabía que tarde o temprano tendría que contarle la verdad a su amiga de la infancia. "Pero no ahora", pensó Rikuo.

Inconscientemente pulsó una tecla y apareció el nombre de Tsurara, la chica que se había convertido en su confidente. No quería abusar de su confianza haciéndola cargar con sus preocupaciones, pero le apetecía charlar.

Rikuo pulsó el botón de llamada.

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Un barrio residencial

El móvil de Tsurara sonó justo cuando recogía los últimos platos. Como muchas otras veces, la Yuki-onna se había ofrecido a hacer la cena para Kubinashi y sus otros compañeros espías. Todos en la casa principal del Clan Nura alababan su cocina, pese que al ser una dama de las nieves sólo podía servir platos fríos.

—Ya me encargo yo de los platos, Tsurara —se ofreció amablemente Kejoro, la mujer cabellera—. Tú responde al teléfono. Quizás sea tu madre.

Sin embargo, cuando la dama de las nieves consultó su móvil, el nombre que apareció en la pantalla no fue el de Setsura, sino el de Rikuo. ¡El joven señor de los Abe la estaba llamando a ella! Tsurara subió rápidamente las escaleras y se encerró en su cuarto. No quería que el resto de sus compañeros espiase su conversación. Tampoco tenía que haberse tomado tantas molestias. Kubinashi estaba entretenido consultando mapas antiguos de Kioto, Kurotabo y Aotabo competían otra vez por ver quién aguantaba mejor el alcohol, y Kappa estaba relajándose en la bañera escuchando música occidental.

Tsurara respondió justo cuando Rikuo estaba a punto de colgar.

—¡Hola, Abe-kun! —saludó la Yuki-onna con efusividad—. ¿Qué haces llamándome a estas horas? ¿Necesitas algo?

—No, yo... Esto... —dudó el chico al otro lado del aparato—. Quería darte las gracias por haberme cubierto las espaldas con Yura.

—¡Oh, no ha sido nada!

—Sí, sí que lo ha sido. Me has ayudado a pesar de que, por mi culpa, te viste envuelta en mucho peligro. Y hoy lograste responder a las dudas de Yura e incluso te inventaste una coartada para mí con una confianza asombrosa. ¡Eres increíble! —dijo la voz de Rikuo con calidez.

Por desgracia, su agradecimiento tuvo un efecto negativo en Tsurara.

—Eso significa que soy buena mintiendo —murmuró la dama de las nieves en tono depresivo.

—Lo siento. Sé que debe ser duro para ti —musitó el muchacho con sentimiento culpable—. No debería haberte puesto en una situación así. A mí también me sabe mal mentir a los amigos. ¡Pero te prometo que lo arreglaré! Dame un poco de tiempo para que encuentre el momento adecuado y me sinceraré con Yura. Así no tendremos por qué seguir ocultando la verdad.

Cada palabra del joven señor se clavaba como una aguja punzante en el corazón de Tsurara. Nunca antes le había dolido tanto fingir ser humana. Había pasado meses en una escuela de Ukiyoe perfeccionando su técnica y no había tenido ningún remordimiento al engañar a sus compañeros de clase. ¿Por qué ahora era diferente? Trató de cambiar de tema.

—¿Sólo has llamado para darme las gracias, Abe-kun?

—Bueno, lo cierto es que tenía otra cosa por mi mente —reconoció Rikuo avergonzado—. ¿Recuerdas el juicio del que os hablé? La verdad es que no voy a ser el testigo, sino el juez. Es un juicio de yokai.

—¿De veras? ¡Vaya! —se sorprendió Tsurara—. Supongo que no podrás darme detalles...

—No quiero meterte en más líos —se disculpó Rikuo con amabilidad—. Pero basta que te diga que es muy grave. Tengo que decidir si ejecutan o no a alguien.

Aquella era información única y valiosísima, la clase de información que ella, como espía, debía recabar de su objetivo. Sin embargo, en vez de coger papel y boli para apuntar los datos, Tsurara sólo se preocupó del tono triste que había en la voz de Rikuo.

—¿No quieres ser el juez, Abe-kun?

—No, no quiero, pero tengo que serlo —reconoció el chico con pesar—. Hace poco pasó algo, algo muy grave, que me ha abierto los ojos. Se avecinan problemas, Oikawa, no te puedo decir más, y si quiero ayudar a defender a las personas que quiero, debo atender ese juicio, me guste o no. El problema es que no sé si seré capaz...

—Tú otro yo parecía capaz de todo —se rió Tsurara, tratando de animar al alicaído Rikuo.

—Mi otro yo a veces se pasa de la raya —se ofendió el muchacho—. Espero no haberme propasado el otro día, Oikawa. Si es así, lo siento mucho.

Una sonrisa pícara asomó a los labios de la Yuki-onna. Era una lástima que estuviesen hablando por teléfono y no por videoconferencia.

—¡Oh, no te disculpes, Abe-kun! Lo que le dije a Yura era verdad. Te portaste como todo un caballero. Aunque sí había un detalle en cómo me tratabas que me impactó mucho.

—¿Cuál?

—Que tu otro yo me llamaba por mi nombre —respondió Tsurara.

—Oh —fue lo único que pudo decir Rikuo—. ¿Te molestó?

La Yuki-onna se mordió el labio.

—No, lo cierto es que... me gustó. Casi nadie me llama Tsurara. Es... bonito. No me importaría que me llamases Tsurara más a menudo, como en la escuela... Si te parece bien, claro.

—¡Por supuesto! Pero siempre que tú me llames Rikuo. Así es como me llama la gente que quiero y, después de todo, tú eres mi amiga.

—Gracias... —tras una pausa, la dubitativa dama de las nieves pronunció—: Rikuo.

—De nada, Tsurara —contestó el chico alegremente.

La Yuki-onna colgó el teléfono móvil. Ya no podía contenerse más. Mientras se abrazaba con fuerza al futón, lágrimas de hielo empezaron a caer de sus ojos.

—Amigos... —repitió con tristeza infinita.

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Mansión Abe

Había llegado el día del juicio. Por orden de Hagoromo Gitsune, la suprema señora de los yokai de Kioto, se convocaba una reunión de los líderes del Clan Abe. En ella se juzgaría al jefe oni Kidomaru por crímenes contra la figura del señor Rikuo, conspiración, instigación a la rebelión y traición. Sólo los más avispados se fijaron en que en el orden del día también se mencionaba la cuestión sucesoria.

Era mediodía cuando los altos jerarcas del clan comenzaron a tomar asiento en la sala de reuniones de la Mansión Abe. Aunque iban a tratar asunto muy grave, las buenas costumbres eran prioritarias. Primero comer, luego juzgar. Incluso el propio Kidomaru, bajo solmene promesa de que no intentaría escapar, se había sentado a la mesa con los demás. Eso sí, dos tengus armados vigilaban constantemente su espalda. Las sirvientas fueron colocando la comida. Llamó la atención especialmente que sirvieran arroz rojo, normalmente reservado para ocasiones especiales. Pero más sorprendente era aún la presencia del señor Rikuo a la cabecera de la mesa. Comía su arroz sin importarle las murmuraciones de los demás. A su lado, Hagoromo Gitsune mantenía la misma expresión hierática de su nieto.

Fuera de la sala de reuniones, la pequeña Kyokotsu trataba de espiar por una ventana, subida a lo alto del gigantesco esqueleto Gashadokuro.

—¡¿Qué estáis haciendo? —les increpó un airado Hakuzozu—. ¡Se supone que tenemos que vigilar el recinto, no espirar en la reunión!

—¡Pero hoy es un día muy importante para el hermano mayor! —protestó la niña de ojos dorados—. Tiene que juzgar al demonio de la barba, ¡y si lo hace bien podría convertirse en el heredero! Seguro que tú también quieres saber lo que pasa dentro, ¿verdad, Hakuzozu?

—Lo que yo quiera hacer y lo que yo debo hacer son dos cosas muy distintas, Kyokotsu —se enfadó el yokai volador—. Baja de ahí ahora mismo si no quieres pasarte un día encerrada en las mazmorras. Y lo mismo va por ti, Gashadokuro.

—Oh, vamos, Hakuzozu, no hace falta ser tan estricto. Sólo están preocupados por Rikuo —les llegó una voz desde abajo.

—¡Señora Wakana! —corearon los tres sirvientes al unísono.

En efecto, la madre de Rikuo estaba en el jardín, esbozando su característica y cálida sonrisa. Llevaba una serie de verduras en el regazo que había cultivado ella misma en una pequeña huerta. Un comportamiento muy poco adecuado para la viuda de un noble, pero los habitantes de la mansión ya se habían acostumbrado a sus "excentricidades". Si era feliz colaborando en las tareas cotidianas, nadie la iba a detener.

—Señora Wakana, por favor, no aliente estos comportamientos rebeldes —le pidió Hakuzozu con educación.

Wakana asintió sin perder su sonrisa y se dirigió a los otros.

—Kyokotsu, cariño, haz caso a Hakuzozu. Sólo se preocupa por tí. Y tú, Gashadokuro, ten cuidado.

La niña con ojos de serpiente y el esqueleto gigante obedecieron, muy a su pesar. Tomar el pelo a Hakuzozu era una cosa, pero decirle que no a Wakana era misión imposible. Su sonrisa maternal desarmaba a cualquiera. La mujer de pelo castaño les dio unas palmaditas afectuosas, tratando de aliviar sus preocupaciones.

—Estad tranquilos. Mi hijo es un chico muy capaz. Estoy segura de que hará lo correcto.

Mientras tanto, en la sala de reuniones, los miembros del clan habían llegado a los postres. Con discreción, el Gran Tengu se inclinó hacia Rikuo para susurrarle:

—¿Por qué no habéis venido en vuestra forma yokai, joven señor? Ayudaría a impresionar a los jefes más reacios.

—No puedo transformarme así porque sí. Ni yo estoy muy seguro de cómo funciona eso —le respondió el chico, también en susurros.

—¿En serio? —murmuró el Gran Tengu extrañado—. Tendremos que hablar más de este asunto en el futuro. Sin embargo, en este momento estáis en desventaja. Dais una imagen de debilidad.

—Lo sé. Pero si voy a liderar el clan, estos yokai deberán aprender a seguirme incluso cuando soy humano —repuso Rikuo decididamente.

Sojobo asintió, pero no añadió nada más.

Terminada la comida, Hagoromo Gitsune se levantó de su asiento y se dirigió a todo los presentes:

—Como sin duda sabréis, muchos y peligrosos sucesos han ocurrido en las últimas semanas. Rebeliones y conspiraciones que sólo sirven para debilitar al clan en uno de los momentos más delicados de su historia. Es necesario fortalecer nuestra posición como señores milenarios de las tinieblas de Kioto. Es hora de adelantar la cuestión sucesoria.

Se oyeron murmullos, pero la kitsune los hizo callar simplemente levantando una mano.

—Es mi intención nombrar a mi nieto, Abe no Rikuo, heredero oficial del clan. Para demostrar que está preparado para asumir las pesadas responsabilidades que un puesto de esta magnitud requiere, haré que sea él quien juzgue el caso de Kidomaru. Rikuo, ¿tienes algo que decir al respecto?

—Sí.

A pesar de su forma humana, había en los ojos de Rikuo un brillo de fuerza y determinación. Sin dudarlo un segundo, inclinó su cabeza ante los jerarcas del clan, en una posición de ritualizada modestia..

—Quiero expresar humildemente mi inmensa alegría ante los reunidos aquí, en este buen y auspicioso día. Soy Abe no Rikuo, hijo de Abe no Seimei, nieto de Abe no Kuzunoha. Aunque desde mi baja posición es una insolencia afirmar lo siguiente ante tan augustas personas, prometo hacerme cargo de mis responsabilidades. No importa lo que ocurra, jamás traicionaré el honor del Clan Abe.

El muchacho levantó la vista. Había muchas caras sorprendidas, otras iracundas, pero tampoco faltaban expresiones de aprecio y reconocimiento. Estaban allí Shokera, como líder de la facción insecto, y Kyokotsu padre, el jefe de los muertos vivientes. Incluso el arisco Ibaraki-Doji asintió con aprobación.

El Gran Tengu del monte Kurama dio un paso al frente.

—Señor Rikuo, permitidme dar comienzo al juicio explicando el caso de Kidomaru.

—Adelante, Gran Tengu —contestó Rikuo con seriedad.

El anciano de larga nariz se aclaró la garganta y empezó:

—Como la mayoría de los presentes sabrán, soy Sojobo, el mayor de los diecisiete daitengus de Japón y consejero principal del Clan Abe. En este augusto día, víspera del nacimiento del Emperador Showa, haré las veces de acusador en el juicio. Hace pocos días, utilizando el nombre de una compañera de clase como señuelo, el líder oni Kidomaru atrajo al señor Rikuo a una trampa con el objetivo de atentar contra su vida. Afortunadamente, el homicida subestimó el poder del joven señor y fue derrotado, aunque no sin causar heridas al nieto de la señora Hagoromo Gitsune. Esto bastaría como prueba condenatoria, pero las pesquisas realizadas demuestran que Kidomaru también orquestó la fallida rebelión de los hanamachi, asegurando que tenía contactos con agentes del Nurarihyon para provocar la traición de Satori, Oni Hitokuchi y sus subordinados.

La sala de reuniones se llenó de murmullos. Si bien habían corrido rumores sobre el intento de asesinato del señor Rikuo, la noticia de que Kidomaru había sido el responsable de la Rebelión de los Hanamachi no había salido del círculo interno de Hagoromo Gitsune. Más de uno se preguntaba cuál había sido el plan del espadachín oni y qué había intentado conseguir.

—Gracias, Gran Tengu —dijo Rikuo. Luego se dirigió a Kidomaru—: ¿Tiene el acusado algo que añadir?

—Confieso —manifestó el espadachín oni alto y claro, para sorpresa de los presentes—. Confieso que ver al Clan Abe en el estado de confusión y debilidad en el que se encontraba me ponía enfermo. Subordinados que no tienen fe en el liderazgo y oportunistas que sólo piensan en salvarse del desastre, tan bajo había caído el más veterano y honorable de los grupos yokai que jamás han existido. El sueño del Nue se desmoronaba. Tenía que hacer algo.

Los murmullos de la sala se intensificaron. Kidomaru no les prestó atención y continuó:

—De todas las acusaciones, rechazo la de traición. Jamás he conspirado en contra del Clan Abe. Fingí mis contactos con el Nurarihyon para sacar a la luz a los cobardes que nos habrían vendido al enemigo. Y si levanté mi espada contra el joven señor fue para probarle a él y a mí mismo que nuestro clan aún tenía un futuro.

—Son argumentos convincentes —admitió Rikuo.

Por desgracia, el Gran Tengu del monte Kurama no estaba de acuerdo.

—Hace más de dos mil años, el sabio Confucio afirmó que una buena intención no puede perdonar una mala acción —expuso el venerable consejero con la autoridad de su gran erudición—. Quizás valga en las caóticas familias yakuza del este, pero en el Clan Abe nos regimos por el imperio de la ley. De otro modo, justificaríamos los golpes de estado, las guerras civiles y los magnicidios. En lugar de utilizar los cauces habituales para expresar su preocupación, Kidomaru decidió tomarse la justicia por su mano. Derramar la sangre de otros miembros de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios justo cuando se avecina una guerra no es velar por los intereses del clan.

Hubo gestos de asentimiento y se oyeron exclamaciones pidiendo la ejecución del líder oni. Kidomaru sonrió para sus adentros. El espadachín se había cuidado mucho de revelar que algunos de los presentes en aquella sala habían apoyado sus conspiraciones. Ahora se hacían los inocentes y pedían su cabeza. Kidomaru se lo esperaba. Él prefería seguir el camino del guerrero. La muerte con honor antes que la vida en deshonra.

Rikuo comprendía los razonamientos de Sojobo. Como temía, el Gran Tengu del monte Kurama no le dejaría declarar a Kidomaru inocente. Pero el joven señor aún se guardaba un as bajo la manga.

—Es verdad, pronto estaremos en guerra —admitió el chico con una sonrisa de falsa inocencia—. Y necesitaremos todos los brazos disponibles. Ejecutar a Kidomaru significaría disolver la facción oni, entre la que se cuentan algunos de nuestros mejores guerreros, ¿no? Si pensáis qué es lo mejor para el futuro del clan, acabar con la cabeza de una gran familia no es tan buena idea, ¿verdad?

Los que hasta ese momento estaban pidiendo a gritos la muerte de Kidomaru cerraron la boca de golpe. Cierto, no habían caído en ello. Por regla general, cuando el señor de un clan caía en desgracia, todo su grupo se disolvía. Lo cual era un grave problema en el caso de Kidomaru, ya que una cuarta parte de los soldados del Clan Abe pertenecían a la facción oni. Los grandes jerarcas estaban empezando a rumiar las palabras de Rikuo, cuando el Gran Tengu volvió a dar un paso adelante.

—La juventud del señor Rikuo enmascara una profunda sabiduría —el venerable anciano inclinó la cabeza ante el joven señor—. Tiene razón. En tiempos de guerra no podemos disolver así sin más a un grupo de espléndidos guerreros. Afortunadamente existe una alternativa. Ibaraki-Doji, por favor, levántate.

El irascible yokai con media cara tapada por una lápida de madera se incorporó de su asiento con los brazos cruzados.

—Ibaraki-Doji es el hijo adoptivo de Shuten-Doji, el anterior líder oni —explicó el Gran Tengu—. Es un gran guerrero y está plenamente capacitado para asumir las labores de su padre. Kidomaru sólo gobernaba en su lugar por su mayor experiencia. Ahora será el heredero de Shuten-Doji, y no su lugarteniente, el que guíe a los oni a la batalla.

El arisco espadachín asintió con sequedad y volvió a sentarse. El resto de jerarcas del clan aplaudió la medida. A Rikuo se le congeló la sonrisa en la cara. Su gran baza había sido la política de grupos. Ya no tenía nada.

Los jefes del clan empezaron a impacientarse. Querían oír ya la sentencia y acabar con el asunto de una vez. Rikuo tragó saliva. Si declaraba a Kidomaru inocente, no tendría ninguna manera de justificar su decisión. Si lo declaraba culpable, sólo existía un castigo: la muerte. Si se negaba a dictar sentencia, se le tomaría por un líder débil y Hagoromo Gitsune tendría la excusa necesaria para no dejarle participar en la guerra que se avecinaba. El chico intentó buscar algún apoyo en su abuela, pero ésta se mantenía fría y distante. Lo mismo pasaba con Sojobo, Shokera y los demás. Estaba solo.

Los ojos de Rikuo terminaron posándose en Kidomaru. El espadachín estaba tranquilo y sereno, incluso podría decirse que feliz. En cuanto notó la duda en la mirada del joven señor, Kidomaru hizo una reverencia.

—Recordad lo que os dije en su día, señor Rikuo: "el honor del Clan Abe está por encima de los deseos, ambiciones e incluso necesidades de sus miembros". Por favor, no me deshonréis ni a mí ni al clan. Es lo único que os pido —dijo el espadachín en voz baja.

Durante unos segundos, Rikuo y Kidomaru se sostuvieron la mirada. Finalmente, el muchacho cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, la duda había dejado paso a la decisión. Con parsimonia, cogió una pluma y escribió unos kanji en la hoja de veredictos. Luego la mostró a todos los reunidos.

—¡Culpable! —exclamó Rikuo.

Los jefes del clan celebraron la sentencia. Ya estaban haciendo planes sobre la ejecución, mientras los tengu arrastraban a Kidomaru a las mazmorras, cuando Rikuo alzó la mano para volver a pedir la palabra:

—¿No es derecho del juez decidir el castigo?

Los presentes sacudieron la cabeza. Bueno, sí, tenía ese derecho, pero dudaban que el joven señor tuviera el estómago suficiente para dictar los cruentos detalles de la ejecución. Porque el único destino de Kidomaru era morir, desde luego. Si el muchacho tenía la idea de aplicar una de las estúpidas penas humanas, incluso la cadena perpetua, sólo conseguiría hacer el ridículo.

Pese a la desconfianza de los miembros de la reunión. Rikuo parecía estar bastante seguro de lo que iba a decir.

—Pese a sus últimas faltas, Kidomaru siempre ha sido un yokai honorable que ha buscado siempre lo mejor para el clan. Morir colgado o apaleado no es una muerte digna para aquel que luchó durante mil años por los Abe. Por eso decreto que tenga una muerte de samurai.

"¿Seppuku?", pensaron todos. No era una mala idea. Daba al condenado la oportunidad de conservar algo del honor perdido. Y era una ejecución muy bella, si se hacía bien. Pero el joven señor dio una tremenda sorpresa cuando dijo:

—Muerte en combate.

Aquello soliviantó a más de uno de los jerarcas. La muerte en combate era el gran privilegio de un samurai, morir en una gran batalla en defensa de su señor. No era una ejecución, sino un sacrificio. Así se lo hizo ver incluso el Gran Tengu, pero el chico no dio su brazo a torcer. Un puñado numeroso de jefes se echó sobre Rikuo. Shokera e Ibaraki-Doji acudieron en su ayuda, pero lo único que consiguieron fue provocar una pelea que se fue extendiendo por toda la sala de reuniones. Hagoromo Gitsune iba a llamar al orden con enfado cuando un torrente de miedo brotó del lugar en el que se encontraba Rikuo.

—¡Parad ya! —exclamó una voz autoritaria.

El joven señor se había transformado en kitsune. Durante la reunión las horas habían pasado y el sol se había puesto en el horizonte. Para muchos de los presentes, aquella era la primera vez que veían a Rikuo en su forma yokai. Irradiaba fuerza y seguridad en sí mismo, así como astucia y malicia. El parecido con Hagoromo Gitsune era claro como el agua. Casi sin darse cuenta, hasta los más altos jerarcas obedecieron y regresaron a sus asientos.

—Estoy harto de todo lo que vosotros llamáis "honor" —se enfadó el Rikuo nocturno—. Hasta Kidomaru me lo repite sin venir a cuento. Pero yo no soy así. Yo me preocupo por este clan. Que sí, que será muy honorable que Kidomaru se abra el vientre con una daga y no me importaría ser yo el que le corte la cabeza. Se lo debo después de lo de Rashomon —comentó él con una sonrisa maliciosa—. Sin embargo, no sé vosotros, pero yo quiero ganar la guerra contra ese Nurarihyon. Soy un kitsune. Mi naturaleza no es hacer el mal, sino hacer trampas. Y si debo interpretar la ley de la forma más útil para el clan, lo haré. Kidomaru morirá, tenedlo todos por seguro. Pero no será hoy ni mañana, sino en el campo de batalla, entre los cadáveres de nuestros enemigos. ¿Está claro?

Todos asintieron sin decir ni pío. Incluso Hagoromo Gitsune estaba impresionada. Kidomaru se arrodilló ante el joven señor.

—Juro que no descansaré hasta lograr una muerte en batalla que haga olvidar mi deshonra. Y si no lo consigo, me haré seppuku sin dudar.

—Eso espero —dijo Rikuo.

La reunión se disolvió. Aún quedaba la noche por delante y los jerarcas del clan querían regresar a sus respectivos territorios para informar de las jugosas novedades a sus subordinados. Para cuando el alba rompiera el manto nocturno, la historia del juicio de Kidomaru sería conocida a lo largo y ancho de Kioto. No todos estarían de acuerdo con la decisión final, pero por un tiempo no habría quejas sobre el liderazgo del Clan Abe o la cuestión sucesoria. Nadie podía discutir ya los derechos de Rikuo como heredero, y si al cumplir los trece años no surgía ningún otro candidato, se convertiría automáticamente en el sucesor de Hagoromo Gitsune.

Precisamente la señora de los yokai de Kioto y Rikuo fueron los últimos en salir de la sala de reuniones de la mansión. Hagoromo Gitsune quería tener unas palabras a solas con su nieto. Contemplar su forma nocturna de cerca y durante tanto tiempo seguido era una experiencia nueva para ella. Había algo nostálgico en la imagen del Rikuo kitsune, y la dama de negro no podía evitar comparar sus rasgos con los de Seimei y los suyos propios.

—¿Querías decirme algo, abuela? Porque si no, me voy a dar una vuelta por ahí —dijo el muchacho con una desfachatez imposible de ver en su forma humana.

Hagoromo Gitsune clavó sus ojos negros en su nieto.

—Sabes que sólo has aplazado lo inevitable, ¿verdad? El traidor morirá de una forma u otra. Dime, Rikuo, ¿ha sido realmente tu astucia de zorro o tu compasión humana la que ha ordenado el castigo final?

—Al menos Kidomaru decidirá la forma en que muere, ya que he tenido que decidir yo todo lo demás —contestó Rikuo de mal humor.

El joven señor se dispuso a marcharse sin mirar a su abuela, pero de repente una cola de zorro bloqueó la puerta. Hagoromo Gitsune no estaba dispuesta a dejar las cosas como estaban. El chico valoró la posibilidad de escapar por las malas, pero la desechó enseguida. Se dio la vuelta y se encaró con su abuela.

—No quería que te enfrentaras a esto, Rikuo. No tan pronto, al menos. El Clan Abe es tu herencia, pero es una herencia pesada —dijo la señora de las tinieblas de Kioto con tristeza.

Rikuo suspiró.

—No, es culpa mía, abuela. Yo pedí esto. Simplemente... Es duro. Incluso ahora que me hierve la sangre, sigo sin saber cuál es la respuesta correcta.

—La política del clan no es para menores de edad —señaló Hagoromo Gitsune con sorna.

—¡Eh! ¡Pronto cumpliré los trece años! —se molestó Rikuo. Un leve sonrojo apareció en su maduro rostro de kitsune, un detalle que lo volvía más infantil.

Hagoromo Gitsune se rió. Los jóvenes eran muy fáciles de predecir.

—Bueno, trece años es la edad para hacerse adulto en el mundo yokai, pero no creo que tu madre te vaya a dejar beber alcohol hasta que cumplas al menos los 18. Aunque no me guste, eres tres cuartas partes humano. No puedes huir de tu sangre.

—¡Bah! —se burló Rikuo—. No puedes comparar a mi yo canijo y débil de día con este yokai hecho y derecho que tienes delante, abuela. ¡Ya verás! ¡Algún día seré el Señor del Pandemónium!

La señora de las tinieblas de Kioto acarició con ternura el cabello blanco del muchacho.

—Lo espero con ganas. Desde que naciste, no me he aburrido ni un solo día. Pero no importa lo que pase: incluso de noche, tú siempre serás mi pequeño Rikuo. Y ahora acércate y dale un abrazo a tu vieja abuela, si es que no le da vergüenza a un chico tan mayor como tú.

Rikuo obedeció con una sonrisa. Resultaba una experiencia nueva abrazar a su abuela en su forma yokai. En su forma diurna tenía que reconocer que era más bien bajito, mientras que Hagoromo Gitsune se había reencarnado en una belleza de altura. Ahora, sin embargo, el nieto se había vuelto más alto que su abuela. Debía reconocer que tenía sus ventajas. Hubo una vez que casi se asfixió al ser aprisionado entre los generosos pechos de Hagoromo Gitsune, un día en que la kitsune estaba extraordinariamente efusiva. Problemas de tener corta estatura.

—Hala, no ha sido para tanto, ¿no? —sonrió Hagoromo Gitsune—. Ahora, ve, que seguro que Hakuzozu y los demás querrán felicitarte.

El muchacho asintió y se fue. Hagoromo Gitsune se quedó sola. Dejó que su mirada vagase por la sala de reuniones. Ya estaba hecho. Rikuo había sido aceptado como heredero. No tenía más remedio que dejarlo participar en sus planes de guerra. Sintió un escalofrío. Muy pocas cosas en el mundo daban miedo a la temida señora de los yokai de Kioto, pero perder a su familia... No, jamás lo permitiría. Antes se sacrificaría ella misma.

Entre las sombras, apareció el Gran Tengu del monte Kurama.

—¿Has estado ahí todo el tiempo, Sojobo? —preguntó Hagoromo Gitsune.

—He llegado para la última parte de la conversación. Es interesante comprobar que, en su fuero interno, el señor Rikuo sigue siendo el mismo de siempre.

La kitsune entornó los ojos.

—¿Interesante para el entrenamiento que tienes pensado?

El Gran Tengu dejó que una sonrisa asomara entre su larga barba blanca.

—Un guerrero debe aprender a enfrentarse a sí mismo antes de enfrentarse a sus enemigos. Prometo que profundizaré al máximo en las habilidades yokai del joven señor.

—¿Lo suficiente para que pueda afrontar la guerra? —inquirió su señora.

—El tiempo del que disponemos es limitado —suspiró el Gran Tengu con desgana—. Incluso si me ordenáis que dedique el grueso de mis esfuerzos a entrenar al señor Rikuo, no puedo prometer avances espectaculares. En el Clan Abe tenemos guerreros con mil años de experiencia. Ni el mejor de los talentos se puede comparar con eso.

Hagoromo Gitsune asintió, como si se hubiese esperado esa respuesta.

—Preocúpate de enseñarle a sobrevivir a una guerra, Sojobo.

El Gran Tengu tosió con afectación.

—Le ayudaría a sobrevivir que le revelásemos todo lo que sabemos. La historia de Osaka que le contasteis el otro día al señor Rikuo fue muy instructiva, pero sospecho que el propio Nurarihyon tendrá más en mente lo que ocurrió hace ocho años. Y no podemos olvidar que el Clan Nura ha comenzado a actuar. Mis cuervos siguen vigilando la casa de los espías y podemos contabilizar hasta cinco de ellos, tal vez seis, incluida la propia Oikawa Tsurara.

—¿Todavía no han hecho ningún movimiento? —preguntó la señora de Kioto.

—No, parece que se dedican exclusivamente a la recogida de información, pero varios de ellos tienen aspecto de ser combatientes experimentados, quizás fuerzas de asalto —aventuró Sojobo con los datos que tenía en la mano—. Por la seguridad del joven señor deberíamos apartarlo de la escuela y...

Hagoromo Gitsune meneó la cabeza con frustración.

—No creo que a Rikuo le hiciese gracia esa medida, y a su madre aún menos. No, mientras los espías de Edo se mantengan quietos, no intervendremos ni le diremos nada a mi nieto. Es tan inocente que, de saber la verdad, seguro que intenta convencerlos de que se cambien de bando antes que hacerles daño. Sin embargo, si intentan tocarle un solo pelo a Rikuo... —la dama de negro esbozó una sonrisa siniestra—. En fin, siempre he querido averiguar si el hígado de una Yuki-onna sabe a helado.

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Casa Ancestral de los Keikain

Yura había llamado varias veces a Rikuo, pero el chico no cogía el móvil. Quería hablar con él sobre cómo había sido el último día de clase y también le quería preguntar sobre el juicio al que había asistido. La joven onmyoji tenía mucha curiosidad al respecto, aunque en el fondo quería asegurarse de que su amigo de la infancia había sido un testigo presencial, y no una víctima. Desde su extraordinaria transformación de niño travieso a joven responsable, Rikuo no había mentido una sola vez... pero aún era capaz de ocultar la verdad, sobre todo si esa verdad hacía daño a los demás. Yura lo conocía demasiado bien. El pasado lunes a la mañana no se le habían pasado por alto las magulladuras y marcas de vendas en la piel de Rikuo.

Aún así, el joven Abe era su mejor amigo. No iba a presionarlo. Ya le contaría toda la historia cuando estuviese preparado.

En estas cosas ocupaba Yura sus pensamientos cuando entró Ryuji en su habitación. De muy malos modos, ordenó a su hermana que se pusiera su uniforme de exorcista (a Yura le habría correspondido el traje de miko, pero la chica prefería el de sacerdote masculino, más cómodo para moverse). Apenas la joven onmyoji se hubo preparado, su hermano mayor la arrastró a la biblioteca.

Allí les esperaba el amable Akifusa, que se quedó sorprendido al ver cómo Yura intentaba soltarse de la garra de Ryuji.

—Pero bueno, Ryuji, ¿no le has explicado por qué la necesitábamos en la biblioteca? —preguntó extrañado el heredero de la rama Yaso de los Keikain.

—¿Para qué? —se encogió de hombros el hermano mayor de Yura—. Es perder el tiempo. Vamos al tajo.

Y sin más dilación, extrajo una serie de libros antiguos y se los lanzó a Yura. La joven de pelo negro tuvo que hacer cabriolas para lograr sujetarlos todos sin que se le cayera ninguno.

—¡Ryuji! —exclamó Yura enfadada—. ¿Es que me quieres matar?

—¡Chist! —le mandó guardar silencio su hermano—. Baja la voz, estamos en una biblioteca.

Yura estaba a punto de explotar de rabia, pero el gentil Akifusa posó una mano sobre su hombro. Su prima se volvió hacia él. El chico de pelo blanco meneó la cabeza, dándole a entender que no iba a ganar nada peleándose con Ryuji. Luego Akifusa se adelantó y evitó que su compañero onmyoji volviese a lanzar tomos de hechizos y astrología a la pobre Yura.

—Te mereces una explicación —admitió Akifusa con pesar—. Las pruebas que te hicimos pasar demuestran que tienes un manejo sin igual de los shikigami. Tu fuerza espiritual es impresionante, Yura. A nada que te entrenes, estoy convencido de que podrías utilizar hasta cuatro o cinco deidades ceremoniales a la vez. Por desgracia, hay otros puntos en los que tu educación ha sido más... ¿cómo decirlo?... más laxa.

—Lo que Akifusa aquí quiere decir, Yura, es que no tienes ni idea de la teoría. Si te hiciéramos un examen escrito, sacarías un cero patatero —intervino Ryuji.

—Yo habría utilizado otras palabras, pero Ryuji tiene razón en que te faltan conocimientos teóricos —Akifusa levantó la mano antes de que su prima dijese nada—. Sí, ya sé, no ha sido culpa tuya. Sin acceso a la biblioteca ni a otros centros de estudio de nuestra ancestral casa, has tenido que aprender por tu cuenta lo que has podido. Pero eso va a cambiar. A partir de ahora, estudiarás todas las noches en la biblioteca el material que nosotros, como tutores, te vayamos indicando.

Yura tragó saliva.

—¿Todas las noches? —preguntó insegura.

—Sí, porque durante el día tienes que ir al colegio. Y también será el momento de poner en práctica todo lo que hayas aprendido —sonrió Akifusa para darle fuerzas.

La joven onmyoji suspiró. Era inevitable. Por mucho talento que tuviese, estaba muy retrasada en sus estudios de onmyodo. Hasta sus primos segundos de la rama Idoro, que aún estaban en primaria, sabían más de las bases del Camino del Yin y el Yang que ella. Resignada a largas horas de estudio intensivo, dejó que Ryuji y Akifusa la fueran cargando con material de lectura. El joven de pelo blanco trataba de ser selectivo en los libros, escogiendo aquellos más adecuados para el nivel de Yura, mientras que el joven de pelo negro acumulaba tomos sin preocuparle que los brazos de su hermana pequeña estuviesen a punto de romperse.

De repente, Yura se fijó en que habían dejado sin tocar un tomo delgado con apariencia muy antigua. Estaba lacrado en sus extremos y parecía estar forrado con cuero de origen extraño. Era mucho más delgado que el resto de volúmenes, pero aún así ocupaba un puesto de honor en el estante.

—¿Qué es eso? —la chica señaló el libro con un gesto de la cabeza.

—¿Eso? —Akifusa siguió el movimiento de Yura—. Ah, sí, una copia manuscrita de las técnicas utilizadas por Hidemoto el Decimotercero, el mayor genio que ha dado la familia Keikain. Sellos, barreras, hechizos y algunas deidades ceremoniales muy curiosas...

—E inalcanzables —puntualizó Ryuji con ironía.

Las palabras de su hermano extrañaron a Yura.

—¿Qué quieres decir?

—Que entre las técnicas que dejó el Decimotercero para la posteridad, hay una que sólo unos pocos han podido copiar —explicó Ryuji como si aquella información fuese conocida por todo el mundo—. Esos pocos siempre se han convertido en los nuevos cabezas de la familia, independientemente de a qué rama pertenezcan.

Yura se volvió rápidamente hacia su primo de la rama Yaso.

—¡Akifusa, rápido, aprende esa técnica! ¡Seguro que tú serás un mejor patriarca que Ryuji! ¡Por favor!

El joven de pelo blanco se rió con amabilidad.

—Lo siento, Yura, pero no basta estudiar para dominar esa técnica. Se necesita el talento adecuado y, por fortuna o por desgracia, mi fuerte es la fabricación de espadas espirituales. No faltan voluntarios en ninguna generación, pero como ha dicho Ryuji, se pueden contar con los dedos de la mano aquellos que han dominado la gran técnica inventada por Hidemoto el Decimotercero.

—¿Pero qué técnica puede ser tan difícil? —preguntó Yura.

Ryuji cogió el tomo que había motivado el debate. Fue pasando las páginas con sorprendente delicadeza hasta detenerse en un grabado que mostraba doce sellos flotando en el aire. De cada sello surgía una figura esquelética envuelta en los ropajes típicos de un exorcista onmyoji. Todas hacían el gesto de conjurar un hechizo. Le enseñó la imagen a su hermana.

—Una técnica nigromántica capaz de convocar a los ancestros de la familia Keikain en forma de deidades ceremoniales.

—No ha existido shikigami más poderoso en toda la historia del onmyodo —corroboró Akifusa.

La mirada de Ryuji adoptó una expresión de solemnidad antes de decir:

—Su nombre es... Hagun.


Notas adicionales:

Buf, he llegado a tiempo a publicar. Por estos lares empieza la temporada de exámenes y entrega de trabajos, así que estoy hasta arriba de líos. Pero me prometí que cumpliría al menos una vez cada semana.

* En el canon Gyuki se libra por una serie de razones que no son aplicables a Kidomaru. Las ratas a las que manipuló Gyuki pertenecían a un clan expulsado, sin él nadie podía dirigir la facción del monte Nejireme (que defendía las fronteras del Clan Nura) y el abuelo Nurarihyon es un poco laxo. Aún así, tuvo que dejar a Gozumaru y Mezumaru como rehenes en la casa principal.

* La Golden Week japonesa es un largo puente que comienza el 29 de abril, que conmemora el nacimiento del Emperador Showa (Hirohito), y termina el 5 de mayo, el Día de los Niños. También se celebran el Día de la Constitución (3 de mayo) y el Día del Verdor (4 de mayo).

* Un detalle divertido de Yura en el canon es que odia al Rikuo nocturno, mientras que le cae bien el Rikuo diurno. Aquí pasa exactamente igual. Es lo más lógico y eso la diferencia de Kana.

* Otro detalle divertido es el de los nombres. En el volumen 1 del manga había un extra en el que Rikuo aprendía a llamar a Tsurara por su nombre en vez de "Yuki-onna", aunque ella era incapaz de llamarle "Rikuo" a secas. Obviamente, ella no tiene este problema aquí, pues no son amo y subordinada.

* Las mikos son sacerdotisas sintoístas y tienen unos trajes muy característicos que, si veis anime habitualmente, sabréis reconocer. Sin embargo, en el canon Yura utiliza un uniforme más parecido al de un sacerdote masculino.

* Recordad que, al no haber maldición, los Keikain tienen menos presión sucesoria. La meritocracia no es tan importante y se presupone que Ryuji, por ser el primogénito de la rama principal, tiene más posibilidades para ser el futuro patriarca. Algo que a Yura no le hace gracia, por supuesto.

Próximo capítulo: "Entrenamientos de luz y oscuridad".