Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo juzga a Kidomaru y, obligado por las pruebas presentadas y presionado por el resto de miembros del clan, lo declara culpable. Sin embargo, exige que su castigo sea una muerte honorable en batalla. Rikuo es proclamado heredero oficial. Ahora llega la hora de entrenar.
Entrenamientos de luz y oscuridad
A unos doce kilómetros al norte de Kioto se encuentra el famoso monte Kurama. No es, desde luego, tan sagrado y prestigioso como el archiconocido monte Fuji, y su altura tampoco es destacable, pues sólo mide 584 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, es uno de los lugares santos de Kansai. En el año 770 se levantó en él el templo budista de Kuramadera. Aunque el templo ha sido destruido varias veces por el fuego, ha sido reconstruido siempre, pues es el guardián de una de las cuatro esquinas de la antigua capital. Desde entonces se celebran en él muchos festivales, como el Festival de Año Nuevo, la Ceremonia de Exorcismo Setsubun de febrero o el Festival del Fuego de octubre.
Pero si hay una leyenda asociada al monte Kurama, esa es sin duda la de Sojobo, el Rey de los Tengus.
Era una leyenda con la que Rikuo estaba muy familiarizado. A fin de cuentas, desde que tenía uso de razón, recordaba las múltiples visitas que el Gran Tengu en persona había realizado a la Mansión Abe. Su trabajo era servir como el consejero principal del clan. Todos valoraban su sabiduría milenaria, además del apoyo que ofrecían sus guerreros tengu. Era también la mano derecha de Hagoromo Gitsune, así que la señora de los yokai de Kioto le había encargado ser el maestro del inexperto Rikuo. Por eso, la mañana del 29 de abril, mientras la mayoría de jóvenes japoneses aprovechaba el primer día del puente para dormir a pierna suelta, el muchacho fue sacado casi a rastras de su cama, obligado a hacer una maleta a toda prisa y conducido al templo Kurama.
Y ahí se había quedado. Solo. Ni su madre, ni su abuela, ni sus sirvientes estaban allí. Fuera como fuera el entrenamiento, tendría que afrontarlo sin ayuda de nadie.
Pasaron los minutos y no parecía haber rastro de los tengus de Sojobo. Para distraerse, Rikuo dio vueltas por el complejo religioso. Templos, altares, capillas... De repente, se fijó en un monumento. Leyó la inscripción. Decía que había sido levantado en honor del samurai Minamoto no Yoshitsune.
—Ah, sí, el joven Ushiwakamaru... Qué gratos recuerdos me trae ese monumento —dijo una voz a espaldas de Rikuo.
El chico se dio la vuelta. Ahí, ajeno a los primeros visitantes que llegaban al templo, estaba Sojobo. El Gran Tengu del monte Kurama tenía un aspecto entrañable, con su poblada barba blanca, su calvicie incipiente y su larguísima nariz, que parecía el pico de un pájaro. Como era habitual en él, se apoyaba en su khakkhara, un bastón anillado del budismo indio.
—Perdonad, Gran Tengu, no os había visto... —se disculpó Rikuo.
—No os preocupéis, joven señor. Nadie me ve si no quiero que me vean —sonrió el venerable tengu afectuosamente—. Además, opino que hay peores formas de distraerse que contemplar este humilde monumento a uno de los más grandes guerreros de Japón. Incluso aunque fuera un simple humano, Minamoto no Yoshitsune representó mejor que nadie el camino del honor. El bushido.
—Antes lo habéis llamado Ushiwakamaru —observó Rikuo con curiosidad.
El Gran Tengu se acercó con lentitud al monumento, pero no con la torpeza de un viejo, sino con la parsimonia de un noble.
—En tiempos antiguos las personas tenían un nombre de niños y otro nombre de adultos. Vuestro propio padre, Abe no Seimei, de pequeño se llamó Doji. Preguntadle a vuestra abuela al respecto, seguro que le trae buenos recuerdos —Sojobo le guiñó un ojo a Rikuo—. El joven Ushiwakamaru llegó al monte Kurama por la fuerza. El clan Taira había matado a su padre y a sus hermanos. Él se libró de la muerte, pero lo exiliaron a este monasterio. Los Taira querían obligarlo a convertirse en monje para que no fuese una amenaza. Pero Ushiwakamaru tenía el corazón de un guerrero. En cuanto oyó las leyendas sobre un poderoso maestro tengu, se internó sin dudar en la montaña hasta encontrarme. Yo estaba muy sorprendido. Muchos yokai habían venido a mí en busca de enseñanzas, pero jamás un humano. Aunque le puse pruebas muy difíciles, las superó todas. Al final, se convirtió en el mejor estudiante que he tenido nunca.
—¿Y qué fue de él? —preguntó Rikuo. Suponía que había una moraleja en la historia de Minamoto no Yoshitsune.
—Cuando los Taira intentaron colocar a uno de los suyos en el trono imperial, el resto de clanes se rebelaron. Los Minamoto resurgieron de sus cenizas y el joven Yoshitsune llevó a los suyos a la victoria. Por desgracia, cuando quiso devolver el poder al legítimo emperador, fue traicionado por su hermano Yoritomo. Con sólo treinta años, Yoshitsune fue obligado a suicidarse con su esposa y su pequeña hija. Yorimoto se proclamó shogun de Japón y desde entonces los emperadores sólo fueron marionetas en manos de nobles ambiciosos.
La mirada de Rikuo se ensombreció.
—No es un final muy bonito —comentó el chico apesadumbrado.
—El camino del honor rara vez conduce a la felicidad, señor Rikuo —indicó el Gran Tengu con solemnidad—. Cuando gobernéis el Clan Abe, vos deberéis decidir qué camino queréis tomar. Y ahora seguidme. El entrenamiento que tengo pensado no es para los ojos de turistas humanos.
El sabio tengu dejó atrás el recinto sagrado y se internó en lo profundo del bosque. Por un instante, Rikuo dudó. Pero luego sacudió la cabeza, apartando sus preocupaciones. Había llegado la hora de abandonar la seguridad del mundo humano. Haciendo a un lado las ramas de los matorrales, siguió los pasos de Sojobo.
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Mientras, en la Mansión Abe, Hagoromo Gitsune y Wakana degustaban té chino de fina calidad. Sentada a la mesa entre las dos mujeres, la pequeña Kyokotsu mordisqueaba unas pastas sin mucho apetito. Percatándose de su humor, Wakana le dijo cariñosamente:
—¿Qué te ocurre, Kyokotsu? ¿Te encuentras mal?
—No, señora Wakana. Es sólo que... estoy preocupada por el hermanito mayor —reconoció la niña yokai de ojos dorados, dejando su galleta a medio acabar en el plato.
La mujer de pelo café acarició el cabello negro de la pequeña, sin hacer caso de la serpiente que se deslizaba por él.
—Tranquila, sólo ha ido a entrenar con Sojobo. Volverá cuando termine la Golden Week. Estoy segura de que Rikuo se divertirá allí arriba, aunque habría estado bien que me hubieran pedido permiso o al menos me hubieran avisado antes de mandar a mi hijo a la montaña. ¿No crees, Kuzunoha?
Wakana miró de reojo a su suegra. Hagoromo Gitsune, con su sempiterno uniforme negro, siguió bebiendo su té sin darse por aludida.
—¡Pero dicen que el Gran Tengu del monte Kurama es muy duro! —exclamó Kyokotsu sin poder aguantar más sus nervios—. ¡Gashadokuro me ha contado historias de cómo muchos de sus discípulos han perdido brazos, piernas, e incluso la cabeza! Antes esas historias me hacían reír, pero sé que el hermano mayor Rikuo no es como la gente de mi casa... No quiero que se muera...
La hija del jefe de la facción cadáver agachó la mirada consternada. Wakana le pasó un brazo por los hombros para darle apoyo, con cuidado de no aplastar a la serpiente mascota de la niña.
—Vamos, vamos, Kyokotsu, cariño, no es para tanto. Ya sabes cómo es Gashadokuro, siempre exagerando. Rikuo es ahora el heredero oficial del clan. No creo que Sojobo vaya a hacerle daño, ¿verdad? —dijo la mujer de pelo castaño, aunque su último comentario iba dirigido a Hagoromo Gitsune.
La dama de negro dejó a un lado su taza de té. Con aire siniestro murmuró:
—Sojobo sabe lo que le conviene.
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Rikuo siguió al Gran Tengu hasta una humilde cabaña de madera. Sólo había dos cuartos, prácticamente vacíos a excepción de cuatro estatuas que representaban a los Cuatro Reyes Celestiales de la tradición budista. Entre ellos destacaba el rostro iracundo de Bishamonten, el dios de la guerra. Sin embargo, la atención del joven señor de los Abe estaba puesta en su maestro. El venerable Sojobo se había sentado adoptando la postura del loto. Había dejado su bastón a un lado. Entre él y Rikuo, sentado de rodillas, descansaba en el suelo una katana en una vaina ricamente decorada con pedrerías.
Tras un largo momento de incómodo silencio, el chico preguntó:
—¿Por dónde empezamos?
—Estos jóvenes, siempre con prisas —suspiró el Gran Tengu—. La meditación no hace mal a nadie, muchacho. Deberíais estar agradecido. Muy pocos son los elegidos que logran recibir clases particulares del Rey de los Tengus. Los menos afortunados tienen que conformarse con entrenar por su cuenta o viajar a la lejana aldea de Tono.
Rikuo se arrodilló avergonzado.
—Mis disculpas, Gran Tengu. Sólo soy un joven aprendiz, inexperto en los caminos del honor yokai. Por favor, enseñadme.
—Ah, tan educado como siempre, señor Rikuo —asintió Sojobo complacido—. ¿O debería decir como casi siempre? Vuestro yo nocturno era mucho más irreverente, si me permitís el comentario.
El chico se puso rojo. No le gustaba que le recordaran que, en el fondo, tenía dos personalidades distintas.
—Primero empecemos con algunas preguntas teóricas —indicó el Gran Tengu con seriedad—. ¿Sabríais definir lo que es el "miedo" para un yokai? ¿Podéis realizar la activación Hatsu en vuestra forma nocturna? ¿Sabéis lo que es el Hyoui? ¿Habéis probado alguna vez a...?
Por la cara de confusión de Rikuo, era evidente que el joven señor se encontraba totalmente perdido en la materia.
—Yo... —balbuceó el chico, tratando de hallar alguna respuesta sin éxito.
—Los yokai aprenden estas cosas cuando son niños, pero supongo que vos no habéis tenido una infancia normal... para un yokai —suspiró el Gran Tengu con resignación—. Comencemos con un poco de historia sobrenatural.
Rikuo prestó mucha atención a las palabras del anciano narigudo. Había llegado la hora de las lecciones.
—Los yokai existimos para causar miedo a los humanos. Este "miedo" es la energía espiritual que nos alimenta y nos da poder —explicó el Gran Tengu pausadamente—. Cuando queremos, podemos activar nuestro "miedo" para asustar al contrario, parecer más grandes de lo que somos, incluso para cambiar el aire que nos rodea. Es una presión espiritual que ataca los sentidos del rival. A esa activación la llamamos Hatsu.
—Recuerdo que cuando mi abuela vino a rescatarme de Kidomaru, una ola de terror me paralizó —intervino Rikuo al oír aquella descripción—. Cuando ella me vio, mi pánico se fue, pero el resto de demonios de Rashomon estaban aterrorizados. Algunos no podían ni respirar.
—Sí, ese es el Hatsu de Hagoromo Gitsune —asintió el Gran Tengu—. Vuestra abuela es tan poderosa que puede hacer que yokai menores se mueran de miedo, literalmente. Otros demonios pueden provocar alucinaciones. Aún así, esta técnica por sí sola es útil sólo contra humanos y yokai débiles. Según el número de monstruos y fantasmas fue creciendo, las peleas por el territorio se fueron haciendo más habituales. Como los yokai somos seres surgidos del terror de las personas, nuestras batallas son batallas de "miedo". Suena tonto, pero aquel que logra asustar al contrario gana. Y para romper el "miedo" del rival surgió una nueva técnica: Hyoui.
—¿Hyoui? —repitió Rikuo extrañado.
—Para cortar a través del Hatsu del rival hay que interrumpir su corriente de "miedo". La forma correcta de hacerlo no es lanzar contra él un "miedo" aún mayor, sino materializar el propio "miedo" en un ataque que contrarreste al rival. Ya no es cuestión sólo de poder, sino de habilidad y experiencia.
El joven señor de los Abe reflexionó sobre las explicaciones de Sojobo. Ahora entendía mejor algunas de las conversaciones de los miembros del clan, así como las continuas referencias al "miedo". Hasta entonces había pensado que se trataba de otra manera de llamar a la energía espiritual, pero ahora entendía que era algo más elaborado.
—Hatsu y Hyoui —dijo Rikuo, más para sí mismo que para su interlocutor—. Así que el poder de los yokai se resumen en esas dos técnicas, ¿no es así?
—Generalmente sí, pero cada yokai tiene sus propias habilidades. Además, siglos de entrenamiento pueden ayudar a superar las barreras del Hatsu y el Hyoui —contestó el Gran Tengu en tono confidencial—. Fijaos en Kidomaru, que desarrolló hasta cuatro niveles distintos de su Hyoui. Y si empezamos a contar los muchos poderes que ha ido adquiriendo la señora Hagoromo Gitsune con el paso de las reencarnaciones, no terminaríamos nunca: colas destructivas, magia negra, resurrección, armas de miedo...
—¿Y yo? —preguntó Rikuo. Sentía curiosidad por saber qué clase de yokai era.
—Los kitsunes siempre hacen trampas, sobre todo con su propia naturaleza —sonrió Sojobo—. De momento, nos conformaremos con lo básico. Pero primero debéis convertiros en yokai. Vuestra forma humana no puede utilizar el "miedo".
Rikuo se rascó la cabeza, sin saber qué hacer.
—Lo siento, Gran Tengu, pero sólo me puedo transformar cuando es de noche. E incluso entonces, yo no controlo cuándo me transformo y cuándo no.
El Gran Tengu se atusó la barba, pensativo.
—Es un grave problema, señor Rikuo. ¿Qué haréis si un enemigo ataca de día? Los yokai preferimos la noche, pues la luz del sol nos debilita, pero hasta el comandante más tonto sería capaz de aprovechar vuestro punto débil.
—¿Y qué hago entonces? ¡No puedo convertirme en kitsune así sin más! —protestó el chico. Tenía la desagradable sensación de ser un alumno modelo al que han suspendido un examen.
—Debéis aprender a estar en sintonía con vuestra oscuridad interior, señor Rikuo —le regañó con amabilidad pero con firmeza el Gran Tengu del monte Kurama—. Mi teoría es que, después de haber dado la espalda durante años a vuestra sangre yokai, ésta se halla reprimida, incapaz de salir salvo en circunstancias excepcionales.
El venerable consejero del Clan Abe se inclinó para recoger la katana del suelo de la cabaña. Sacó la espada unas pulgadas de la vaina, lo justo para mostrar el brillo del acero afilado a la luz de los rayos de sol que se filtraban a través de la puerta.
—Mi idea inicial era someteros a un entrenamiento a vida o muerte, obligaros a luchar sin descanso tanto en vuestra forma humana como en la yokai. Siempre he creído que no hay nada como el combate real para comprender la verdadera naturaleza de uno mismo —Sojobo esbozó una sonrisa que puso los pelos de punta a Rikuo—. Por desgracia, vuestra abuela conoce demasiado bien mis métodos habituales de enseñanza y ha prometido que nos despellejaría vivos a mí y a mis tengus si intento algo parecido. Si fuera por mí, correría el riesgo, pero debo pensar en mi familia. Personalmente, no creo que el Nurarihyon sería tan blando con su prole, pero estamos hablando de la mujer que parió dos veces a su hijo. Por eso intentaremos algo nuevo.
Cual actor entrando en mitad de una obra de teatro, uno de los servidores tengus de Sojobo hizo acto de presencia en la cabaña portando una jarra de agua. Sin embargo, no era agua normal lo que había en aquel recipiente, sino agua negra. El cuervo le tendió la jarra a su señor. Luego Sojobo llenó una copa con aquel líquido siniestro. Se la tendió a Rikuo, que la cogió dubitativamente.
—¿Qué es esto? —preguntó el chico con aprehensión mientras olisqueaba el contenido de su copa. Tenía un olor acre, a la vez desagradable y fascinante.
—Bajo los cimientos de Kioto se halla el Nuega-ike, "el lago que da a luz al Nue". Es una caverna secreta, el lugar donde Hagoromo Gitsune parió al Nue por segunda vez y donde Seimei colocó el primer sello de la barrera que nos ha protegido durante cuatro siglos —explicó el anciano consejero con paciencia—. Si fuerais a visitarlo ahora, encontraríais un lago de aguas limpias y cristalinas, pero en los tiempos en que la maldad humana llenaba el mundo de guerras y destrucción, el Nuega-ike acumulaba toda la malicia de la capital y sus alrededores. Guardé un poco de sus aguas negras por si las necesitaba en el futuro. No me equivoqué.
—¿Qué queréis que haga con esto, Gran Tengu?
—Bebed el vaso. De golpe, sin dejaros una sola gota —ordenó el sabio narigudo.
Rikuo volvió a examinar aquel agua oscura y venenosa. Podía racionalizarlo de distintas maneras, pero en el fondo le habían pedido beberse maldad concentrada. Sojobo entendió enseguida sus dudas. Para él también era una técnica nueva.
—Lo que pretendo es poneros en contacto con vuestra oscuridad interior de una manera rápida y directa. No nos queda mucho tiempo. El verano está a la vuelta de la esquina. Si no habéis conseguido dominar vuestra forma yokai para entonces, mucho me temo que no estaréis preparado para la guerra que se avecina.
El muchacho alzó la vista de su copa.
—Sólo tengo una pregunta: ¿funcionará?
—Me temo que yo tampoco sé la respuesta, joven señor. Si no os convence, podemos buscar otra forma, pero será más lenta —ofreció el Gran Tengu.
Rikuo asintió. De repente, se llevó la copa a los labios e hizo desaparecer de un solo trago su negro contenido. Sabía aún peor de lo que olía. Le dieron ganas de vomitar, pero se contuvo.
—¿Qué tal os encontráis, señor Rikuo? —se interesó el Gran Tengu, como un médico examinando a un paciente con una enfermedad extraña.
—Bien, en el fondo no era para tanto... —sonrió el chico con confianza, pero su sonrisa se borró cuando un dolor agudo atravesó su cuerpo—. ¡Ah! ¡Uaaagh!
El muchacho cayó sobre el suelo de la cabaña cuan largo era, jadeando de dolor y sudando a mares. Pronto perdió la consciencia, pero su cara siguió mostrando un rictus de sufrimiento. El Gran Tengu del monte Kurama examinó su pulso, su respiración y la temperatura de su frente. Estaba ardiendo, como si tuviese fiebre. Ordenó a sus cuervos sirvientes que lo llevasen al ala más retirada de la cabaña y que lo arropasen bien.
—Es vital que su cuerpo resista la batalla que está librando en su mente. No os olvidéis de darle de beber mucha agua, incluso si necesitáis veinte intentos para hacerle tragar un solo vaso —indicó Sojobo con su autoridad como señor del monte Kurama.
Sus sirvientes asintieron, retirándose acto seguido con el cuerpo del pobre Rikuo. El Gran Tengu salió por la puerta de la cabaña, contemplando con aire distraído el horizonte.
—La señora Hagoromo Gitsune no podrá quejarse —murmuró el sabio consejero para sí mismo con una sonrisa maliciosa—. Desde luego, este no es uno de mis entrenamientos normales. Ahora sólo espero que el mozo sobreviva...
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Casa Ancestral de los Keikain
En el patio de entrenamientos de la mansión de los onmyoji había colgado un monigote de paja. Frente a él, una chica de pelo negro sostenía un ofuda, un talismán de papel usado para hechizos y convocaciones. La joven cerró los ojos.
—¡Rentei! —exclamó, aún con los ojos cerrados.
El trozo de papel se transformó por arte de magia en una carpa japonesa de bellos tonos rojos, blancos y negros. Por un momento, el pez shikigami bailó sobre la mano extendida de la chica.
—¡Reestructuración! —alzó de nuevo la voz la joven onmyoji.
La capa empezó a girar alrededor de su brazo, como si estuviese nadando por el aire, mientras sus aletas se alargaban y se enroscaban en torno a la mano de la chica.
—¡Fusión humano-shikigami! —exclamó otra vez la muchacha, abriendo los ojos para clavarlos en su objetivo. La carpa terminó de adaptarse a su brazo, convirtiéndose en un auténtico cañón portátil—. ¡Yomi Okuri, Yura MAX!
De repente, de la boca de la carpa transformada en pistola surgió un potente chorro de agua que impactó con la fuerza de una bala de cañón en el muñeco de entrenamiento. El monigote, que había soportado pacientemente fuego, rayos, cortes de espada y otras barbaridades necesarias para el entrenamiento de los jóvenes onmyoji, estalló en mil pedazos.
Mientras la chica se secaba el sudor de su frente con la manga de su uniforme, un suave aplauso a su espalda la obligó a girarse.
—¡Bravo, Yura! —alabó su primo Akifusa—. Has creado una nueva deidad ceremonial en apenas dos días de entrenamiento, y no una normal, sino una fusión entre humanos y shikigami. El único "pero" que te voy a poner es que deberías haber sido más suave con el pobre muñeco. El intendente se va a poner hecho una furia cuando se entere de que tiene que fabricar uno nuevo.
Yura sonrió. La Golden Week se estaba convirtiendo para ella en un curso acelerado de onmyodo. Tenía que aprender en días lo que otros onmyoji hacían en años. Aún así, su primo Akifusa sabía apreciar sus esfuerzos. No podía decirse lo mismo de su otro maestro personal, su hermano mayor Ryuji, que en aquel momento se acercaba a la zona de entrenamiento con cara de pocos amigos. Estudió los restos del muñeco sin dignarse a mirar a su hermana pequeña.
—Ya, ya... Un pez que escupe agua. Impresionante —dijo Ryuji con evidente sorna—. Entiendo que a un miembro de la rama Yaso le fascine mezclar shikigami, armas y el propio cuerpo humano, pero tú eres de la rama principal, Yura. Deberías aspirar a algo más que juguetes para niños. ¿Y qué hay de ese nombre tan ridículo? ¿"Yura MAX"? ¿En serio?
—¡Cállate! —se enfadó su hermana, roja como un tomate—. ¡Es mi técnica! ¡Puedo darle el nombre que me de la gana!
—Yura, los nombres son importantes —la regañó Ryuji—. Me encantaría darte una lección al respecto con Garo, pero algo me dice que Akifusa no me dejaría. Lástima que no seas como tu primo Mamiru. Él sí sabe escuchar.
—¿Tienes algo más que añadir, Ryuji? —preguntó Akifusa en un tono educado, pero frío.
—Sólo que no se le olvide hacer los deberes. Aún no ha repasado el tratado de Hidemoto Decimonoveno y mañana a la mañana le haré un examen oral, así que más vale que hinque los codos esta noche —respondió el chico de pelo negro con desdén antes de marcharse por donde había venido.
Akifusa suspiró. A veces no sabía muy bien qué pensar de Keikain Ryuji. Su primo tenía talento, eso nadie lo dudaba. Tampoco era un prodigio, pero cumplía sus labores de onmyoji con eficiencia y dedicación. Muchos hablaban de él como el futuro patriarca, más por tradición y respeto a la línea hereditaria que por otros requisitos. En su fuero interno, Akifusa sabía que era mucho más talentoso que Ryuji, pero los miembros de las ramas secundarias de la familia Keikain sólo podían acceder a la jefatura por méritos excepcionales, como aprender el Hagun. Nadie lo había logrado en su generación, así que era muy probable que Ryuji fuese el próximo patriarca del clan. Sin embargo, tras presenciar cientos de veces lo mal que trataba a su hermana, Akifusa no podía evitar pensar si el nieto de Hidemoto el 27º sería un buen líder.
El onmyoji de pelo blanco indicó a su prima que lo mejor sería que se retirase pronto, se lavase, cenase bien y se dedicase a los estudios. Yura asintió. De todas maneras, el sol ya se estaba poniendo en el horizonte.
De camino a su cuarto, Yura pasó por la biblioteca. Aunque le doliese reconocerlo, había descuidado sus estudios. ¡Ni siquiera había oído hablar del tratado de Hidemoto Decimonoveno! Lo primero que hizo fue buscarlo y cargarlo en su bolsa. Ya se disponía a salir de la biblioteca cuando sus ojos se posaron en el tratado de otro Hidemoto, el Decimotercero. El genio que había inventado la dificilísima técnica Hagun que sólo unos pocos afortunados habían podido dominar. Se acercó al tomo. Parecía una tontería, pero habría jurado que aquel libro la llamaba.
Yura... Keikain Yura... Yura...
La chica de pelo negro sacudió la cabeza. Oír voces en su mente era síntoma claro de locura. Aún así, si escuchaba bien, podía distinguir...
—Yura... Eh, Yura... ¡YURA! —gritó una voz exasperada a su espalda.
—¿Eh? ¿Qué ocurre? —preguntó la joven onmyoji confundida.
Detrás de ella se encontraba su primo Masatsugu. El heredero de la rama Fukuju era un joven alto, de pelo negro, con gafas y aspecto serio. Decían de él que era un maestro en la creación de barreras mágicas. En aquel momento sostenía varios libros bajo el brazo y tenía cara de irritación.
—¿Vas a seguir bloqueando el camino más tiempo? Tengo que consultar unos tomos de esta estantería —se quejó Masatsugu.
Yura pidió perdón. A continuación se retiró de la biblioteca. Justo antes de salir echó un último vistazo al tratado sobre el Hagun. "Algún día lo estudiaré con detenimiento", se prometió a sí misma.
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Monte Kurama
En la pequeña cabaña del bosque, Rikuo se debatía entre la vida y la muerte. No sólo su fiebre no terminaba de remitir, sino que había empezado a escupir sangre. Era una mala señal. Los médicos del clan tengu, especializados en todo tipo de curaciones, estaban perplejos. El cuerpo del joven señor se encontraba en perfectas condiciones. Todo su sufrimiento provenía de su propia mente.
—Lleva casi tres días seguidos así. ¿Qué le está ocurriendo, Gran Tengu? —le preguntó uno de los cuervos sirvientes al sabio consejero del Clan Abe.
—Se está enfrentando a su propia oscuridad. Después de años de huir de ella, las aguas negras del Nuega-ike le han obligado a darse la vuelta. Es una prueba. Si la supera, por fin estará en sintonía con su sangre yokai —explicó Sojobo pacientemente.
—¿Y si no la supera?
El Gran Tengu dirigió su mirada hacia el pobre Rikuo, que jadeaba de dolor aunque estuviese en un estado inconsciente.
—Entonces no despertará jamás —sentenció el anciano.
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Rikuo estaba perdido en medio de la negrura. Nunca le había gustado la oscuridad. Le hacía sentirse solo, impotente. Como si obedeciese sus deseos, la negrura se disipó en parte a la luz de la luna llena. Pétalos de cerezo, de ciruelo y de kerria flotaron en el aire nocturno. ¿Qué era aquello? ¿Un sueño? ¿Un recuerdo? Su memoria confusa reconocía aquel lugar. Eran los jardines del castillo Nijo de Kioto.
Se vio a sí mismo como un niño pequeño. A su lado había una chica unos años mayor, con un cabello negro precioso.
—¿Qué haces ahí parado, Rikuo? ¡Vamos a jugar! —exclamó ella. Era su abuela, Hagoromo Gitsune, cuando su cuerpo aún era el de una niña pequeña.
Instintivamente, Rikuo echó la vista atrás. Un hombre mayor, alto y elegante, de largo cabello blanco y ojos oscuros asintió con amabilidad y le animó a seguir a la niña de negro.
—Ve con ella, Rikuo. Pero con tranquilidad. Ya sabes cómo se pone tu abuela cuando quiere jugar —dijo Abe no Seimei.
—¡Sí, papá! —sonrió Rikuo antes de seguir los pasos de Hagoromo Gitsune.
Su felicidad infantil duró poco. Los eventos que siguieron estaban rotos, confusos. Parecía que un mando hubiese pulsado el botón de avance rápido. Un hombre de larga melena negra en horizontal, acompañado de un monstruo de tres ojos, apareció fugazmente en sus recuerdos esbozando una sonrisa entre pícara y amenazadora.
—¿Así que la zorra ha tenido un nieto? Vaya, vaya... Puedo leer tu sangre, chico. Más humano que yokai. No me lo esperaba. He vivido cuatrocientos años y dos tragedias, y aún me dejo sorprender por cosas como ésta —dijo el desconocido.
—¡Él no tiene nada que ver! —gritó una enfadada Hagoromo Gitsune.
—¡Rikuo, corre! —se oyó la voz alarmada de Seimei.
Rayo. Sangre. Fuego. Oscuridad de nuevo. Pasó un tiempo antes de que Rikuo volviese a tener una idea de dónde se encontraba. Era el funeral de su padre. Muchas caras tristes. Su madre llorando. Hasta entonces nunca había visto llorar a la dulce Wakana. ¿Quién había hecho que su madre estuviese tan triste? No entendía por qué los jefes del clan agachaban la cabeza ante su abuela. ¿Qué había pasado? ¿A dónde había ido su padre? Su cerebro infantil aún no era capaz de aprehender el concepto de la muerte.
Y eso que la muerte lo rodeaba. Otra vez el botón de avance rápido, pero esta vez se encontró en el túnel derrumbado, hace cuatro años. Yura estaba en el suelo, inconsciente. Aquello le hizo enfadarse muchó. Se vio a sí mismo cogiendo una espada y partiendo a Lord Gairota en dos. Pero incluso cortado por la mitad, el ogro no se callaba.
—¡Dímeloooo, Rikuooo! —gritó Gairota en tono fantasmagórico—. Tú me mataste, maldito críooo... ¿Qué sucedió aqueeeella veeeez?
Rikuo se dio la vuelta para huir. Aquello no era real, tenía que ser un sueño. Mas entonces se dio de bruces con el falso exorcista, Bandain Daikaku.
—¿La transformación es casual, kitsune? —preguntó el monje—. ¿Eres tú o eres otro? Años después de Gairota volvió a ocurrir. Ya no pudiste negarlo, ¿verdad? Todas aquellas noches en vela, huyendo a escondidas para que nadie en la mansión se enterase... Hasta que no pudiste aguantar más. ¿Es por esa cría, Yura? ¿Tanto te importa una humana, sucio híbrido?
El muchacho se tapó los oídos. No sirvió de nada. Aquella escena estaba sucediendo en su mente. No obstante, hasta la presencia del gordo y corrupto Bandain Daikaku era preferible a la espantosa imagen del cadáver de Satori. El hombre-sapo estaba envuelto en un manto de sangre y lo señalaba con un dedo acusador:
—Tú lo has visto... La familia se debilita... Tu abuela sufre mientras tú juegas a ser un buen niñito humano... Te crees que haces el bien, pero sólo eres un cobarde. Por mucho que te mientas, aún hay una parte de ti que sabe la verdad. Por eso la temes... Por eso cuando sale a la luz tienes que matar, para echarle la culpa de todo, como me mataste a mí...
—¡Yo no te maté! —protestó Rikuo—. ¡Fue Kidomaru!
—Sí, fui yo —dijo una voz a su espalda.
Rikuo no quería girarse, así que en su lugar se movió todo el escenario. El negro dio paso al blanco de la dimensión espiritual de Rashomon. Aún en su forma humana, el chico tuvo que defenderse de las acometidas del espadachín oni. No era rival para él. Cada vez que no podía bloquear un golpe, una nueva herida aparecía en su cuerpo. Kidomaru no paraba de hablar:
—¿Os divertisteis durante mi juicio, joven señor? ¿Os gustó tener el poder sobre la vida y la muerte de otros? ¡Porque ese es el premio y el castigo del señor del clan! ¡Negadlo cuanto queráis, pero habéis nacido para esto! ¡Mandad! ¡Luchad! ¡Matad!
Un ataque bien conectado hizo volar a Rikuo por los aires.
—Y cuando estéis preparado... morid —susurró Kidomaru.
Para su sorpresa, Rikuo aterrizó en el agua. No podía explicar cómo lo sabía, pero se trataba de un lago. Su olor acre era inconfundible. Se trataba del Nuega-ike, "el lago que da a luz al Nue". Intentó nadar, aunque las aguas le parecían espesas y pegajosas. Tuvo la desagradable sensación de estar bañándose en una piscina de sangre.
Entonces se dio cuenta de que no estaba solo.
—¿Quién eres tú? —preguntó a una figura que se hallaba misteriosamente de pie, con el agua llegándole a la cintura. Rikuo hizo la prueba y se dio cuenta de que sus pies tocaban el fondo del lago negro.
—Qué pregunta más estúpida —rezongó su interlocutor—. Soy Abe no Rikuo.
Entonces el muchacho cayó en la cuenta de que estaba hablando con su forma yokai. Era inconfundible: aspecto más adulto, cabello blanco, ojos rojos y una cola de zorro a la espalda. Vestía el uniforme de los cazadores imperiales de la era Heian, colorido a la vez que práctico. Por alguna razón, las aguas del lago no empapaban sus ropas.
Como Rikuo aún seguía pasmado, su otro yo dijo:
—Oi, ¿qué te parece si buscamos un sitio más seco? Me estoy cansando de este lugar.
Sin esperar respuesta, el kitsune se encaminó hacia lo más profundo del Nuega-ike. El Rikuo humano se apresuró a seguirlo. Sorprendentemente, en vez de hundirse más y más en las aguas negras, empezaron a ascender hasta hallarse en una isla de aspecto encantador. Crisantemos dorados y humildes hojas de kudzu decoraban el lugar.
Por arte de magia, el Rikuo nocturno sacó dos copas y una botella se sake.
—¿Bebes? —le preguntó a su otro yo con picardía, antes de responderse a sí mismo—: Por supuesto que sí. Si yo bebo, tú bebes.
Se sirvió una copa de licor y la vació de un trago, mientras su forma humana lo contemplaba con mirada desaprobadora.
—¡No me mires así! —protestó el kitsune—. ¡Yo soy el que debería estar enfadado! ¡Nunca me dejas salir, salvo cuando estás en un apuro muy gordo! Yo experimento todo lo que tú experimentas, pero hay cosas que no quieres ver, ¿no es así? No quieres sufrir, no quieres mancharte las manos, no quieres tomar las decisiones difíciles... Yo soporto todo lo que tú no quieres soportar. ¡Pero acaso me das las gracias? No, claro que no.
—Darme las gracias a mí mismo resulta un poco retorcido —comentó el Rikuo humano, sin dejarse impresionar por la retahíla de su otro yo.
—Ya, pero bien que quisiste durante años ser el único dueño de nuestra vida —señaló el kitsune—. ¡Eso me fastidió un montón! De pequeño pensábamos en la misma sintonía, ¿no te acuerdas? La bomba fétida en clase de Matemáticas, la caja de ratones en los baños, o cuando empujaste a Yura al estanque de los patos... Buenos tiempos.
—Luego Yura me arrojó caca de perro a la cara —se quejó el Rikuo diurno, aunque no sin esbozar una sonrisa nostálgica.
Su yo nocturno se rió con ganas.
—¡Eso son los buenos amigos! —celebró el kitsune—. Sí, entonces eras un auténtico zorro. Sólo te faltaba poder. Pero cuando la sangre de la abuela te dio poder, lo rechazaste. Huiste de él para jugar a ser humano. Me encerraste en un rincón de tu mente, creyendo que nunca volvería a aparecer. Te equivocaste, pero me costó lo suyo. Sólo podía salir en los momentos en los que la sangre yokai es más fuerte. ¿Te parece justo, yo diurno?
—No, yo nocturno —admitió el Rikuo humano—. Ahora lo entiendo.
—¿Qué entiendes? —preguntó el kitsune con curiosidad.
El Rikuo diurno clavó sus ojos marrones de humano en los ojos rojos de yokai de su otro yo.
—Yo soy tú y tú eres yo —afirmó él—. Por eso debemos trabajar juntos, de día y de noche.
El kitsune sonrió.
—¿Ah, sí? ¿Y qué cree poder hacer un débil humano como tú?
—Muy gracioso, yo nocturno —se enfadó un poco el Rikuo humano—. Será difícil seguir tu ritmo. Eres poderoso, amenazante y aterrador. Pero no pienso hacerme a un lado ni rendirme ante ti. Somos el yin y el yang. Somos un todo.
El Rikuo yokai bajó la cabeza, pero no con tristeza o resignación, sino aguantando la risa.
—¡Bien dicho, yo diurno! Entonces hagámoslo así. Tú ocúpate del lado humano de las cosas, que yo me encargaré del lado yokai.
Uno al lado del otro, se dieron la mano. Entonces hubo un fogonazo de luz. Rikuo abrió los ojos. Sí, los estaba abriendo de verdad, no era un sueño. Había salido de su fantasía onírica. Ahora se encontraba en la pequeña cabaña del monte Kurama, envuelto en sudor y cansado como si hubiese estado corriendo una maratón. A su vera, un tengu médico, visiblemente aliviado, comprobó su estado de salud antes de permitirle incorporarse del futón.
Mientras el sirviente iba a dar la buena noticia al Gran Tengu, Rikuo examinó sus propios recuerdos. ¿Había sido todo un sueño? Había mezclado realidad y fantasía en su delirio, pero algo en su interior le decía que había encontrado un nuevo entendimiento de sí mismo.
Aún sumido en estas cavilaciones, no se percató de que el Gran Tengu del monte Kurama había entrado en la habitación que ocupaba en la pequeña cabaña.
—Habéis dormido mucho, joven señor. Me estabais empezando a preocupar —dijo el anciano narigudo—. Pero por lo que veo, os habéis despertado sin contratiempos.
—¿Cuánto tiempo he estado dormido? —exclamó Rikuo sorprendido. Miró el cielo. Aún brillaba el sol de la tarde. Según recordaba, había bebido las aguas negras del Nuega-ike poco después del mediodía.
Para su sorpresa, Sojobo contestó:
—Habéis dormido durante más de tres días. Hoy es 2 de mayo. Si queréis mi consejo, deberíais llamar a casa cuanto antes. Presiento que la señora Hagoromo Gitsune y la señora Wakana estarán preocupadas por no haber recibido noticias vuestras en tanto tiempo. Y creo que en el móvil tenéis mensajes de las señoritas Keikain y Oikawa, si no me equivoco.
—Vaya —Rikuo estaba anonadado
—¿Qué os ha parecido la experiencia? —preguntó el Gran Tengu ansioso. Tenía ganas de comprobar cómo había funcionado su experimento—. ¿Ha sido útil el agua del Nuega-ike?
Rikuo asintió con decisión.
—Sí. Ha sido muy raro, lo admito... He visto muchas cosas que antes no quería ver. Y he aprendido mucho. Ahora estoy más en sintonía con mi yo yokai —afirmó el joven señor. Después hizo una mueca por las molestias que sufría—. No sé por qué, pero ahora me duele todo el cuerpo.
—Efectos secundarios del agua negra —explicó el Gran Tengu—. Habéis tenido una fiebre altísima, así como llagas y moratones que parecían más fruto de una pelea física que de una batalla mental. ¿Acaso habéis luchado contra vuestro yo yokai?
El muchacho se apresuró a negar con la cabeza.
—¡No, no! Él y yo somos la misma persona. Ahora lo sé. No tenía que luchar conmigo mismo, sino contra mis recuerdos, mis miedos y mis dudas. ¡Ahora estoy preparado para lo que venga! —exclamó Rikuo, a la vez que se incorporaba de un salto.
—Eso está muy bien, joven señor... —murmuró el Gran Tengu con un brillo peligroso en su mirada.
De repente, el anciano consejero enarboló su bastón khakkhara con una rapidez endiablada, asestando un golpe cargado de energía demoníaca al desprevenido Rikuo. La pared lateral de la cabaña reventó por la presión espiritual. Las astillas se esparcieron por el suelo del bosque, oscuro en sus profundos rincones pese a que la luz del sol aún iluminaba el cielo.
—¿Qué te pasa, viejo? ¿Es que quieres matarme? —dijo una voz profunda y madura, muy diferente de la del Rikuo habitual.
Pues si el joven señor no había sido reventado por el golpe de Sojobo había sido porque se había transformado in extremis en su yo yokai. Entre sus manos sostenía su espada larga, la Ichibi no Tachi, con la que había detenido en el último suspiro el avance inexorable del bastón del Gran Tengu, apenas a unos centímetros de su frente. Sin embargo, más sorprendente que la velocidad a la que se había producido, era el hecho de que se había transformado cuando aún era de día.
—Veo que no me engañabais, joven señor —dijo el Gran Tengu en tono complacido.
—Podías haberme puesto a prueba de una manera más delicada, Sojobo —se quejó Rikuo.
—Mis disculpas. Las viejas manías son difíciles de abandonar —admitió el anciano narigudo, no del todo arrepentido—. Mm, hermosa espada, joven señor. Creo adivinar cuál es la habilidad especial que habéis heredado de vuestra abuela. No es la magia negra, como vuestro padre, sino las armas hechas de "miedo". Esa tachi que sostenéis es vuestro propio "miedo" concentrado. Fascinante.
—¿Y ahora qué? —preguntó el kitsune.
El Gran Tengu le guiñó un ojo con aire cómplice.
—Ahora comienza el entrenamiento de verdad.
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Un barrio residencial de Kioto
Aunque no quería reconocerlo, Tsurara había estado preocupada durante días. Con Yura ocupada entrenando a conciencia para ser una onmyoji, la dama de las nieves había esperado poder pasar algún tiempo a solas con Rikuo. Se decía que era sólo para recabar información, para cumplir su misión como espía, pero se engañaba a sí misma. En el fondo, el joven señor de los Abe la tenía fascinada. Nunca había conocido a una persona como él. Tan fuerte y a la vez tan vulnerable.
Por desgracia, ya había pasado la mitad de la Golden Week y el chico no daba señales de vida. La Yuki-onna le había llamado al móvil, le había enviado varios mensajes, le había escrito e-mails, siempre sin respuesta. Probó a preguntar a Yura, pero la joven onmyoji debía estar muy ocupada con su entrenamiento, porque no cogía las llamadas. Por un momento, a Tsurara se le pasó por la cabeza la idea de hacer otra visita a la Mansión Abe para preguntar por Rikuo. Enseguida la desechó. La posibilidad de cruzarse con la temida Hagoromo Gitsune era demasiado terrorífica como para atreverse a hacerlo.
Afortunadamente, aquella tarde había recibido un mensaje del propio Rikuo, disculpándose por su retraso en responder. Explicaba que se encontraba en esos momentos en un campamento en la montaña y que no volvería hasta terminado el puente. Tsurara se sintió un poco decepcionada, pero al menos había conseguido noticias suyas.
Kejoro se dio cuenta de su cambio de humor enseguida.
—Hoy estás más contenta, Tsurara —observó la mujer-cabellera con una sonrisa divertida—. ¿Por fin te ha respondido tu admirador secreto?
—¡Qué! —se sorprendió la dama de las nieves, poniéndose roja como un tomate. Por un momento estuvo a punto de tirar al suelo los platos recién lavados que llevaba en la mano.
—¡Es broma, es broma! —se rió Kejoro—. Mujer, tienes un corazón muy puro... para alguien de tu edad.
Una vena de irritación asomó a la frente de Tsurara.
—No tienes por qué añadir "para alguien de tu edad" —se quejó la Yuki-onna.
—Venga, chicas, no os peleéis —apareció Kubinashi con buen humor para calmar los ánimos—. Somos una familia, ¿no es así? Además, hay trabajo que hacer. La Golden Week es para los humanos, no para los yokai.
Kubinashi, acompañado por Kejoro, Tsurara y Kappa, se presentó en el salón, donde Aotabo y Kurotabo jugaban como locos unas partidas en sus Nintendo 3DS. Desde que Kurotabo se había infiltrado en las oficinas de Nintendo en Kioto, no paraba de traer a casa muestras gratuitas de sus últimos productos, para frustración permanente de su líder. Kubinashi opinaba, y no sin razón, que aquellas maquinitas de juegos sólo servían para distraer a sus compañeros de sus labores de espionaje. Como prueba de esta situación, ni Aotabo ni Kurotabo prestaron ninguna atención a Kubinashi cuando este se aclaró la garganta para llamarles al orden.
—¿Queréis hacerme caso de una vez? —terminó por exclamar el airado yokai sin cabeza.
—Sí, sí, decías que tenemos que trabajar... ¿pero cómo? —se preguntó Kurotabo sin apartar sus ojos de la pantalla 3D—. Las oficinas de Nintendo cierran por las fiestas. Y ya entrenamos todos los días artes marciales.
—Eso, eso, cuando voy al hospital me preguntan cómo me hago todos esos moratones —intervino Kejoro—. Van a pensar que soy una mujer maltratada.
Ante esta mención, Kubinashi se puso tenso. La sola idea de que alguien le pusiese un dedo encima a la adorable Kino... Él jamás haría algo así. Recordaba otras miradas tristes de mujeres que no eran amadas, trescientos años atrás... No le gustaban esos recuerdos. Para cambiar de tema, se dirigió a Aotabo:
—¿Y tú, Ao? Tú no tienes trabajo. Eres el jefe de una banda de moteros. No me dirás que ellos hacen puente, ¿verdad? Es una buena tapadera para investigar los alrededores de Kioto, los templos de las cuatro puntas cardinales, el monte Kurama, esa clase de sitios —sugirió el yokai sin cuello.
—Que sí, que sí, pero espera que termine este nivel. ¡Le voy a pegar una paliza a Kurotabo que no se va a enterar de dónde salen las estrellitas! —pasó olímpicamente de él el monje fortachón.
Kubinashi no se enfadó. En su lugar fue a la cocina, llenó un barreño hasta arriba de agua y lo colocó delante de Aotabo. Tan concentrado estaba en su juego, que ni siquiera se dio cuenta. Entonces el líder de los espías se colocó detrás del yokai forzudo y lo lanzó de cara al barreño de agua, ante la mirada atónita de Kejoro y Tsurara. Por su parte, Kurotabo seguía con sus cinco sentidos puestos en su consola portátil.
—¡Kubinashi! —rugió Aotabo muy furioso—. ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡Estaba a punto de ganar la partida!
—Como veo que te da pereza salir de casa, te voy a ayudar. Kappa —llamó el yokai sin cuello a su compañero de manos palmeadas.
—Sí, Kubinashi —asintió con tranquilidad Kappa. Puso sus manos sobre el barreño y recitó—: Kappa ninpo. Toori nuke shinobi ike.
La superficie acuática se transformó en un portal dimensional, pues tal era la técnica ninja secreta de Kappa. Aotabo intentó salir, pero se escurrió y cayó a través del portal. Antes de que la puerta mágica se cerrara, Kubinashi le gritó:
—¡No te olvides de lo que te he dicho! ¡Visita las afueras de Kioto! ¡Y sobre todo el monte Kurama!
Aotabo se encontró de repente chapoteando en un charco de escasa profundidad. "Malditas lluvias de primavera. ¿A dónde me ha enviado Kubinashi?", pensó el yokai fortachón mientras adoptaba un aspecto más humano para disimular. Entonces reconoció aquel lugar. Era la parte trasera de los almacenes abandonados donde se solían reunir los moteros de la banda de los Espíritus Malditos. Es más, varios de ellos estaban en aquel momento en las cercanías, fumando unos cigarrillos. Se sorprendieron mucho al ver aparecer de pronto a su líder.
—¡Capitán Kurata! —exclamaron confundidos, llamando a Aotabo por el nombre de su tapadera humana—. ¿Qué haces aquí? ¡Habías dicho que no te molestásemos hasta después de la Golden Week!
—Cambio de planes, gente —masculló Aotabo muy a su pesar—. Me apetece hacer una excursión por las afueras. Puede durar varios días. ¿Quién se viene conmigo?
En segundos, una decena de motos rugió rumbo al horizonte de Kioto.
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Monte Kurama
Habían sido unos días frenéticos, pero por fin Rikuo estaba preparado para volver a casa. El Día de los Niños había terminado, la noche estaba a punto de dejar paso al día. Apenas había dormido, estaba cansado por el esfuerzo acumulado del duro entrenamiento al que le había sometido Sojobo y tenía que volver seguidamente a la escuela secundaria sin haber hecho ninguno de los deberes que habían mandado los profesores. Aún así, creía que había merecido la pena.
Tras muchas pruebas había descubierto que sólo se podía mantener en forma yokai durante poco más que ocho horas seguidas, es decir, la cuarta parte de un día. Aunque el Gran Tengu confiaba en que el entrenamiento aumentase ese horario límite, de momento seguía siendo un punto débil. Por eso el sabio Sojobo consideró preferible que el joven señor dedicase las horas diurnas al estudio teórico, aprendiendo la organización del Clan Abe, las fronteras con otros clanes, las vicisitudes de las diferentes especies de yokai, etc. Las horas nocturnas estarían dedicadas al comabte puro y duro. Por supuesto, este reparto de tiempo apenas dejaba espacio a Rikuo para descansar, pero era un sacrificio necesario.
Cuando llegó la hora de la partida, Rikuo, en su forma nocturna, le dio la mano al Gran Tengu.
—Gracias por todo, Sojobo —le dijo el kitsune con una sonrisa.
—No creáis que hemos terminado aquí, joven señor —contestó el anciano narigudo estrechándole la mano—. Una semana no es tiempo suficiente ni para aprender los rudimentos de las artes yokai, aunque he de reconocer que hace tiempo que no tenía a un estudiante tan prometedor. Practicad todas las noches los ejercicios que os he mandado. Y cuando lleguen las vacaciones de verano, preparaos, porque pienso aprovechar todos los días que queden antes de la invasión del Nurarihyon para endurecer ese blandengue cuerpo vuestro.
—Ya será menos —le guiñó un ojo Rikuo con picardía.
El Gran Tengu tuvo la deferencia de acompañar a su joven discípulo hasta las escaleras de bajada del templo. Allí esperaban Hakuzozu, Gashadokuro y Kyokotsu. Hasta la niña había hecho un esfuerzo para madrugar a horas intempestivas con tal de ser la primera en recibir al joven señor de vuelta de su entrenamiento. Los tres sirvientes juzgaron que la forma yokai de Rikuo se había vuelto más fuerte, aunque era difícil decirlo a causa de todos los cortes y arañazos que adornaban su cuerpo. Hasta sus ropas estaban hechas jirones.
—¡Hermano mayor! —salió Kyokotsu corriendo a saludar al joven señor. Resultaba interesante comprobar que para la niña de los ojos dorados no había la más mínima diferencia entre el Rikuo humano y el Rikuo nocturno.
El kitsune le dio una palmadita amistosa en la cabeza, antes de volverse hacia Hakuzozu.
—Ya estoy de vuelta —anunció Rikuo.
—Bienvenido a la rutina normal, joven señor —contestó el yokai de la larga lanza—. Me gustaría dejaros descansar, pero mucho me temo que el colegio empieza en pocas horas. La señora Wakana ha tenido la previsión de enviarnos con ropa nueva para vos. Gashadokuro se encargará después de llevaros a la escuela.
—Gracias, chicos —esbozó una media sonrisa el kitsune—. Pero antes, dejadme ver el amanecer.
Era una vista preciosa. La cúpula estrellada empezó a perder fuerza ante el avance inexorable de los primeros rayos de sol, que tiñeron la oscuridad nocturna con los suaves tonos cian del cielo diurno. En cuanto la luz del astro rey empezó a proyectar sombras en los edificios del templo, la forma yokai de Rikuo comenzó a evaporarse poco a poco, liberando volutas de miedo. Era, no obstante, una transformación tranquila. Cuando el cambio terminó, Rikuo conservaba en su rostro la misma expresión de calma y confianza que había mostrado en su forma de kitsune.
—Ya podemos irnos.
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A unos cien metros del lugar, una figura había contemplado la escena a través de unos prismáticos con la boca abierta.
—No me lo puedo creer... —murmuró Aotabo.
Después de varios días vagando por las afueras de Kioto, se había encaminado con su banda al famoso monte Kurama. Mientras que en su excursión había hallado templos abandonados por antiguas deidades patronales, sus sentidos yokai le avisaron de que aquel lugar todavía era la base de un poderoso clan de tengus. Podía percibir en el mismo aire la magia del Gran Tengu, así que había preferido mantenerse a una distancia prudencial y observar desde lejos con unos prismáticos. Sus moteros habían protestado. ¿Por qué tenían que quedarse aguardando en el parking en una noche húmeda? ¿Qué quería ver el Capitán Kurata cuando aún no había salido el sol?
"Tontos humanos", se dijo Aotabo. Él sabía perfectamente que los yokai preferían salir a horas nocturnas. Sin embargo, durante su observación no había visto nada. Los tengus guardianes se habían mantenido fuera de su alcance, tomándoles por otra banda de moteros borrachos que necesitaban disipar el alcohol fuera de la ciudad.
Era una lástima que ninguno de los cuervos guardianes perteneciese a las fuerzas especiales de contraespionaje. Habrían reconocido enseguida al líder de aquella curiosa banda.
Aotabo no se daba cuenta de la suerte que había tenido. Gracias al truco de Kappa, ninguno de los vigilantes del Clan Abe sabía que estaba allí, y los que se habían dado cuenta de su presencia lo habían tomado por un inofensivo humano. No obstante, no estaba sacando ningún provecho de su vigilancia. Ya se iba a dar por vencido cuando unos movimientos en la zona del templo llamaron su atención. Eran yokai de Kioto, no turistas, y parecían estar esperando a alguien. ¿Un kitsune con el Gran Tengu? Bueno, cabía la posibilidad de que Hagoromo Gitsune no fuese la única de su especie en el clan. Sin ir más lejos, en el Clan Nura tenían dos Yuki-onnas.
Entonces, con la llegada del amanecer, Aotabo contempló la extraordinaria transformación de Rikuo. Aunque estaba lejos y estaba contemplando la escena con unos prismáticos, había prestado suficiente atención durante las charlas de Kubinashi como para reconocer con facilidad al heredero del Clan Abe en su forma humana.
No había ninguna duda: ¡el nieto de Hagoromo Gitsune podía transformarse en yokai!
—Kubinashi tiene que enterarse de esto —se dijo antes de arrancar la moto.
Notas adicionales:
Agh, otra semana hasta arriba. Menos mal que los exámenes y trabajos se acaban dentro de unos días. De mientras, que los que aún me aguantan tras 90.000 palabras de relato (gracias especialmente a Suki90, Lonely Athena, tsurara12012, Corazón de Piedra Verde y todas aquellas maravillosas personas que se han tomado la molestia de comentarme) disfruten (o sufran) una nueva entrega de Kitsune no Mago ;-)
* Rikuo y Zen mencionan la historia de Minamoto no Yoshitsune durante el entrenamiento para conseguir el Matoi. La saga de Kioto está llena de referencias a la época de las guerras Genpei (1180-1185). La propia Hagoromo Gitsune reconoce que en una de sus reencarnaciones fue miembro del clan Taira, y en otra imagen se la muestra como Tomoe Gozen, una onna bushi (mujer samurai) del clan Minamoto.
* Las explicaciones sobre el "miedo" son, por supuesto, cortesía del maestro Itaku durante la historia de Tono, aunque adaptadas para el Gran Tengu del monte Kurama.
* A diferencia de Tono, el monte Kurama no tiene una energía espiritual tan fuerte que haga que Rikuo permanezca en forma yokai.
* En vez de seguir un entrenamiento similar al de Gyuki, he optado por una alternativa que sigue mostrando claramente que el Gran Tengu puede ser muy majo normalmente, pero que como entrenador es un auténtico demonio. Las batallas mentales son muy típicas en el manga. Quien haya leído Bleach, Negima, etc. reconocerá escenarios similares. También ocurre en Nuramago, aunque más como escenas oníricas. Entre otros fragmentos, he tomado como modelo las imágenes fantasmagóricas de la pelea de Rikuo con Gyuki, la pesadilla que sufre tras la derrota ante Tsuchigumo, y el primer Matoi entre Rihan y Kurotabo.
* El poder de Kappa ha permitido que Aotabo salga de casa sin que se enteren los espías del clan Abe que los vigilan. Como Kappa nunca sale de la casa y es muy discreto dentro de ella, no saben que existe, ni tampoco conocen su poder.
Próximo capítulo: "Asesinos al descubierto".
