Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo va al monte Kurama a entrenar con el Gran Tengu. Gracias a un viaje interior, logra estar en sintonía con su yo yokai y aprende a transformarse a voluntad, también de día. Por su parte, Yura sigue progresando en su entrenamiento como onmyoji y Tsurara empieza a cuestionarse sus sentimientos. Por desgracia, Aotabo es testigo de la transformación de Rikuo y corre a avisar a sus compañeros espías.
Asesinos al descubierto
En una casa con jardín de un barrio residencial de Kioto, un yokai sin cuello andaba en círculos mientras su cabeza flotaba por detrás, intentando seguir el ritmo de su cuerpo.
—¿Estás completamente seguro de lo que viste, Aotabo? —preguntó Kubinashi, líder de los espías del Clan Nura en la antigua capital.
—¡Que sí! ¡Lo juro! —respondió enseguida su forzudo compañero. Aotabo había llegado a toda velocidad desde el monte Kurama. Había hecho a un lado su disfraz como "Capitán Kurata", líder de una banda de moteros, y volvía a tener su apariencia habitual de monje guerrero con rastas blancas—. Al principio sólo estaban el Gran Tengu y un kitsune que nunca había visto antes, pero en cuanto amaneció el kitsune se convirtió en el joven señor de los Abe. ¡Lo reconocería en cualquier parte, incluso con prismáticos!
—Son malas noticias —comentó seriamente Kurotabo, mientras ajustaba su sombrero de paja.
Casi se podía oír el rechinar de los dientes de Kubinashi. El General Supremo les había enviado a Kioto con el fin de recabar toda la información necesaria sobre el Clan Abe. Aunque nadie podría acusar al Nurarihyon de ser un genio estratega, hasta él sabía que sin datos suficientes la invasión de la ciudad podía resultar un fracaso. Los Abe jugaban en casa, después de todo. Pero aparte de localizar las fuentes de miedo, estimar la fuerza de combate del enemigo y elaborar mapas detallados con la información estratégica suficiente, también debían tener los ojos abiertos ante cualquier sorpresa imprevista.
Que el nieto de Hagoromo Gitsune pudiera transformarse en yokai era una de ellas.
No era de extrañar que Aotabo hubiese acudido raudo y veloz a revelar su descubrimiento. Estaban todos allí... Todos, excepto Tsurara, que estaba en clase, precisamente vigilando a Abe no Rikuo. A pesar de que no le gustaba pensar en ello, Kubinashi no pudo evitar que ciertas sospechas viniesen a su mente.
—¿En qué piensas, Kubinashi? —le susurró Kejoro, apoyándole una mano en el hombro. Como siempre, la mujer-cabellera era infalible a la hora de leer su estado de ánimo.
—Pienso en nuestras órdenes —respondió el yokai sin cuello en voz alta. No era exactamente la verdad, pero no quería revelar sus sospechas... de momento.
Los rostros de sus compañeros se ensombrecieron.
—Ya, las órdenes... —murmuró Kurotabo sin mucha convicción.
—Sabéis lo que nos pidió el Nurarihyon: eliminar a la familia de Hagoromo Gitsune si suponen una amenaza para los planes de invasión. Y que su nieto se convierta en kitsune por las noches cuenta como amenaza, ¿no? —indicó Kubinashi ante una audiencia poco receptiva—. Ojo por ojo, es la ley yokai.
—Sí, sí, pero es que es tan joven... —se lamentó Kurotabo—. Tsurara nos reveló que aún no ha cumplido los trece años, ¿no es así? Ni siquiera entre los yokai se le consideraría un adulto.
—Comprendo cómo te sientes, Kuro —le compadeció Aotabo—. Yo tampoco sé si podría, no después de romper la promesa que le hice al hombre santo...
Kubinashi entendía la renuencia de los dos monjes yokai. Antes de ser capitanes de la brigada de acoso y derribo del Clan Nura, tanto Kurotabo como Aotabo habían tenido una afinidad especial con los niños. El monje negro había nacido de los sueños y esperanzas de chiquillos sin familia ni hogar. Incluso después de haber visto su confianza traicionada más de una vez y haberse agriado su carácter, Kurotabo no permitía que nadie hiciese daño a ningún niño en su presencia. En cuanto a Aotabo, él en su día había sido un humano movido por la furia y la sangre. Un monje le conminó a arrepentirse de sus pecados y trabajar para recuperar su humanidad. Casi sin darse cuenta, el fuerte Ao se encontró rodeado de huérfanos que lo habían perdido todo por culpa de la guerra. Cuando una banda de ronins saquearon el lugar y mataron a sus jóvenes protegidos, Aotabo estalló y se convirtió en yokai, no sin antes desmembrar a aquellos bandidos.
—Lo siento, chicos —se disculpó Kubinashi. En el fondo, le dolía un poco haber perdido incluso esa clase de compasión—. Supongo que es muy duro para vosotros. Aún así, tranquilizaos, no está todo decidido. Primero daremos aviso a Edo.
—¿Dar aviso a Edo sobre qué? —preguntó de repente una voz femenina.
Aotabo, Kurotabo y Kejoro dieron un respingo en sus asientos. Sólo Kubinashi y Kappa mantuvieron su cara de póker. Tsurara acababa de regresar de la escuela secundaria, sorprendiéndoles en mitad de la conversación. La dama de las nieves había dejado su mochila en el suelo y ahora sus caleidoscópicos ojos amarillos observaban a sus compañeros con curiosidad.
—Bueno, verás, esta madrugada estuve en el monte Kurama y... —empezó a explicar Aotabo, pero Kubinashi le cortó enseguida.
—Y ha descubierto que los soldados tengu son más numerosos de lo que creíamos, así que la invasión de Kioto puede ser más dura de lo calculado —mintió el yokai sin cuello—. Mandaremos un mensaje a los jefazos del clan, a ver si quieren que realicemos alguna misión de sabotaje.
—Ah —parpadeó Tsurara confundida—. Vale, está bien. Voy a subir a mi cuarto a hacer deberes, luego ayudaré con la cena.
La Yuki-onna se fue sin añadir nada más, feliz y contenta en su ignorancia. Aotabo y Kurotabo respiraron aliviados. Por su parte, Kejoro le dedicó una mirada de reojo a su jefe (y algo más) cargada de reproche.
—¿Ahora tenemos secretos entre nosotros, Kubinashi? —le preguntó enfadada la mujer-cabellera.
Sus compañeros también examinaron a su líder con ojo crítico.
—¡No me miréis así! —se molestó Kubinashi—. Mirad, quiero mucho a Yuki-onna, pero ella estaba encargada de espiar al joven señor de los Abe, y si no nos ha contado su secreto sólo puede ser por dos cosas: porque realmente no lo sabe, lo que significaría que ha fallado en sus deberes; o porque lo sabe y no nos lo quiere contar, lo que significaría que se ha pasado al enemigo.
—¡Eh! ¿No crees que estás exagerando? —le recriminó Aotabo con mal humor.
Kubinashi le dedicó una de sus frías miradas de asesino, esa que recordaba al temible carnicero de la provincia de Hitachi que una vez había sido.
—El General Supremo me nombró líder de esta célula de espías y, como tal, es mi deber temerme siempre lo peor. No permitiré que nada ponga en peligro la misión.
—¿De verdad piensas que Tsurara nos ha vendido al enemigo? Sabes que es una niña de mamá, y Setsura es completamente fiel al Nurarihyon —le recordó Kejoro, un poco dolida por la desconfianza de Kubinashi.
—Pero al principio Setsura pertenecía a la aldea de Tono, y creo que todos sabemos muy bien por qué siguió al General Supremo. Y su hija aún no ha intercambiado sakazuki con nadie —contraatacó a su vez Kubinashi—. A ver, chicos, yo también espero que haya sido un descuido por parte de nuestra Yuki-onna. Sería comprensible, esta es su primera misión de infiltración. Si es así, cuando todo haya pasado, me disculparé personalmente con ella.
El silencioso Kappa aprovechó ese momento para intervenir:
—Quizás se lo tome muy mal, Kubinashi. No sería la primera vez que le hemos ocultado cosas. A fin de cuentas, ella tampoco sabe que esta misión incluye el asesinato —les recordó el yokai acuático, provocando un ramalazo de culpabilidad en todos los presentes—. ¿Has pensado que podríamos ser nosotros quienes le demos razones para pasarse al enemigo?
—Yo asumo toda la responsabilidad —dijo Kubinashi con voz grave—. Ahora prepárate, Kappa. No podemos confiar en los medios convencionales. Esta noche viajarás a Edo con un mensaje sellado. Entrégaselo directamente al Nurarihyon, no a ninguno de los lugartenientes. Regresa cuando hayas obtenido su respuesta.
—Podría tardar un poco... —musitó Kappa—. ¿Estaréis bien sin mí?
Kubinashi sonrió ante su preocupación.
—Podremos sobrevivir sin tu Kappa ninpo unos días. Sólo tenemos que ser más cuidadosos. De hecho, creo que hemos sido un poco laxos últimamente. A partir de mañana, quiero que todos utilicéis rutas nuevas y os acostumbréis a hacer tres cambios de transporte en cada trayecto, aunque el viaje se haga más largo.
Sus compañeros rezongaron con fastidio. Kubinashi no dijo que, si sus peores temores se confirmaban, ellos mismos podrían estar bajo vigilancia de unidades de contraespionaje del Clan Abe. No quería creer que Tsurara les hubiese traicionado, pero no correría riesgos.
El fin de Rihan no podía quedar impune, costase lo que costase.
00000
Escuela secundaria
El Club Onmyoji de Investigación Paranormal estaba viviendo los mejores días de su historia. Aunque Yura había vuelto más delgada y débil de su entrenamiento intensivo durante la Golden Week, un fuego nunca visto antes ardía en su interior. Vivía para cada nueva reunión del club, cuando sus ojos normalmente apagados se iluminaban al explicar las distintas clases de yokai y cómo poder localizarlos y derrotarlos. Además, ahora tenía conocimiento fresco y muy avanzado sobre técnicas onmyoji.
En esos momentos Rikuo sonreía complacido. Aunque vivía en una casa repleta de yokai, aún había muchas cosas que no sabía. Pero escuchar a Yura hablar de lo que la apasionaba era un placer en sí mismo. Hacía tiempo que el muchacho no veía a su amiga de la infancia tan feliz. Por eso quería esperar antes de revelarle su secreto. No quería estropear su alegría poniéndola en una situación difícil.
¿O acaso era él el que no quería verse en una posición incómoda?
Por su parte, Tsurara estaba emocionada y nerviosa a partes iguales. En la escuela las cosas marchaban bien. Cada vez tenía más confianza con el joven señor de los Abe, aunque por las circunstancias en las que se encontraban era difícil hacerle hablar de su yo yokai. Para su sorpresa, la Yuki-onna descubrió que no le importaba. Estar al lado de Rikuo, día tras día, compartiendo tareas, almuerzos y charlas inanes, era en sí mismo una recompensa. Por unos momentos, podía olvidar que era una espía, una mentirosa, una traidora.
Lo había notado. Algo no marchaba bien con sus compañeros de misión. Por alguna razón que se negaban a revelar, su humor había empeorado y se notaba una tensión en el ambiente, como si estuvieran esperando algo. "Probablemente a Kappa", pensó Tsurara. El yokai acuático se había marchado a Edo días atrás para un encargo especial y aún no había vuelto.
Sin embargo, la Yuki-onna no sentía la necesidad de indagar más. Si estuviera ocurriendo algo grave, ya se lo habrían contado, ¿no?
"Sí, claro", se recriminó a sí misma. "Del mismo modo que tú les has contado toda la verdad sobre Rikuo".
Fue en un momento así, en la tarde del viernes, cuando Rikuo posó una mano sobre su hombro. Tsurara giró la cabeza. El joven señor la miraba fijamente con sus ojos marrones, abandonando por un momento su optimismo natural para preocuparse por una amiga.
—¿Te encuentras bien, Tsurara? —le preguntó él, aprovechando que Yura se había marchado del aula del club para devolver unas cosas al grupo de informática.
—Sí, bueno, yo... —balbuceó la Yuki-onna, sorprendida por tener tan cerca al joven señor de los Abe—. Tengo muchas cosas en la cabeza.
—No te gusta mantener secretos, ¿verdad?
Tsurara abrió mucho los ojos. Era como si Rikuo pudiera leerle la mente.
—Lo entiendo —suspiró el chico—. En mí es un hábito. Me he pasado años mintiendo, después de todo. Y mintiéndome a mí mismo, que es peor. Ya es casi un instinto. De hecho, no he sido del todo sincero con vosotras sobre mi "campamento" durante la Golden Week.
—¿Ah, no? —Tsurara no pudo evitar un cierto tono de reproche en su comentario, aunque en su interior se gritaba a sí misma que era una hipócrita.
—Estuve entrenando. En mi forma yokai, sobre todo —confesó Rikuo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó la Yuki-onna. Quizás el joven señor de los Abe no confiaba más en ella. Quizás sospechaba que era una espía.
El muchacho esbozó una media sonrisa de disculpa.
—Como ya te dije la otra vez, no quiero meterte en más problemas.
—Eso es ser egoísta, Rikuo —le reprochó la Yuki-onna sin dejar de sentirse culpable por dentro—. Yo ya estoy metida en esto. Cargar todo el peso tú solo no es bueno.
El chico de pelo café iba a responder cuando apareció de nuevo Yura, sonriente por haber terminado rápidamente con su tarea. Inconscientemente, Rikuo y Tsurara se apartaron un paso el uno del otro. La joven onmyoji los observó con una expresión de absoluta perplejidad, pero no hizo ningún comentario.
00000
—Rikuo, ¿puedes dejar de mirar por la ventana y hacerme caso un momento? —protestó Yura.
Tanto la chica de pelo negro como su amigo de la infancia se encontraban en el autobús que los conducía de vuelta a sus respectivos hogares. Era precisamente esa ruta la que los había convertido en compañeros inseparables. Sin embargo, por alguna razón que Yura no entendía, Rikuo se había pasado la mitad del trayecto mirando al horizonte con melancolía a través de los cristales del vehículo.
—Lo siento, Yura. ¿Qué decías? —Rikuo salió de su ensimismamiento.
—Estás muy raro, Rikuo. ¿Ha sido por algo que te ha dicho Oikawa? —aventuró su amiga.
Diana. Las mejillas del muchacho se tiñeron con un sonrojo de vergüenza.
—¿Qué? ¡No sé de qué...! —intentó defenderse Rikuo, pero su amiga le cortó enseguida.
—¡No te hagas el tonto, Rikuo, que te conozco! —le apuntó Yura con su dedo índice—. Cuando volví os vi hablando, no sé de qué, pero debe ser algo muy importante para que te comas tanto la cabeza.
—¡No, no, qué va! —contestó el muchacho sin mucha convicción.
Yura giró la cabeza, ofendida por la terquedad de su amigo. Sin embargo, empezó a reflexionar. Su tiro a ciegas había dado en el blanco antes. La conversación de su amigo con Tsurara era la clave. ¿Qué podría haberle dicho que provocase una melancolía pensativa en el alegre Rikuo?
—No será... —Yura miró a su amigo de reojo—. ¿Oikawa se te ha declarado?
Si en aquel momento hubiese estado bebiendo, Rikuo habría muerto atragantado. Yura no era de las que se mordía la lengua, desde luego. Afortunadamente, el autobús iba medio vacío y nadie más había escuchado las palabras de la joven onmyoji.
—¡No! ¡No es eso! ¡Desde luego que no! —se apresuró a contestar un Rikuo con los pelos de punta, mientras Yura le observaba con una mirada cargada de sospecha—. Es que hoy parecía preocupada, nada más, y quería saber si podía ayudarla en algo.
—Sí, ya veo —masculló la joven onmyoji—. Últimamente estás muy amistoso con Oikawa. No creas que no me he dado cuenta de que ahora la llamas "Tsurara" y ella a ti "Rikuo", en vez de "Abe-kun".
Rikuo tragó saliva. No le gustaba el rumbo que estaba adquiriendo la conversación.
—Bueno, es que somos amigos —trató de explicarse el joven señor, temiendo de un momento a otro una explosión de ira por parte de su amiga de la infancia. ¿Podría ser que Yura estuviese... celosa? Parecía una estupidez, pero no sabía cómo iba a reaccionar su compañera.
Para su sorpresa, Yura sonrió. Una sonrisa auténtica, sincera, de esas que rara vez mostraba.
—Me alegro —afirmó la joven onmyoji.
El joven señor se quedó a cuadros.
—¿Eh? —dijo Rikuo confundido.
—Hablamos de esto al principio del curso, ¿no te acuerdas? Me preocupaba que hicieses favores a los demás porque sí, en vez de hacer amigos. Pero veo que estaba equivocada. Sí puedes hacer más amigos —sonrió aún más Yura—. Oikawa me parece un poco rara, y todavía siento algún escalofrío cuando pasa cerca de mí, pero es buena gente. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para llamar "rara" a nadie? Soy la "fanática onmyoji", después de todo. No puedo dar lecciones a nadie sobre cómo hacer amigos.
—¡No digas eso, Yura! —protestó el chico.
La joven onmyoji no le hizo caso y continuó hablando:
—Siento mucho que haya estado ocupada toda la Golden Week, Rikuo. Sé que otros años solíamos ir juntos a jugar, a tomarnos unos helados, al parque acuático... Sé que el entrenamiento es necesario, pero tampoco quiero dejar de pasar tiempo con mis amigos.
—No, si yo también estaba... —intentó quitar hierro Rikuo, sintiendo un ramalazo de culpabilidad, pero Yura siguió desembuchando sus preocupaciones.
—Y últimamente hablo más por e-mail con el presidente del Club Kiyo Cross de Tokio que contigo, Rikuo. Quería ayuda para su página web y no le podía decir que no. ¡Agh! ¡Soy demasiado complaciente! Menos mal que te has hecho amigo de Oikawa, o estarías muy solo.
Rikuo comprendió entonces que Yura le tenía un poco de envidia. Los dos habían sido marcados desde hacía cuatro años como los más raros del curso. Él había intentado solucionarlo siendo un buen samaritano, renegando de su yo más oscuro para hacer favores a quien se lo pidiera. Yura, por su parte, había sido más valiente. Había optado por ignorar las miradas, las risitas y los rumores para perseguir su sueño de convertirse en onmyoji. Pero al final del día, sólo se podían apoyar entre ellos dos. La llegada de Tsurara había roto aquella dinámica. Aún así, Yura se había preocupado en todo momento por él.
—Sí, es bonito hacer nuevos amigos —sonrió a su vez Rikuo—. Sin embargo, tú siempre serás mi primera y mejor amiga, Yura. Recuerda, si necesitas algo, si tienes algún problema, llámame. Yo siempre estaré allí. Es una promesa.
Los ojos marrones de Yura se empañaron ligeramente cuando Rikuo extendió su dedo meñique. La joven onmyoji hizo lo mismo.
—Amigos para siempre —le dijo el muchacho mientras entrelazaba su dedo meñique con el de ella.
—Amigos para siempre —repitió Yura con solemnidad.
00000
Un barrio residencial de Kioto
Tsurara estaba haciendo los deberes en su cuarto cuando el tono de llamada de su móvil empezó a sonar. Dado que el resto de sus colegas, salvo el ausente Kappa, estaba en ese momento en la casa, la llamada sólo podía provenir de su madre, de Keikain o de...
—¡Rikuo! —se alegró la Yuki-onna al ver el nombre que aparecía en la pantalla.
Sin perder un solo segundo, dejó sus libros y cuadernos a un lado y se apresuró a contestar.
—¡Hola, Rikuo! ¿Qué haces llamándome a estas horas? —preguntó la dama de las nieves sin poder ocultar su alegría.
—Hola, Tsurara —le llegó la cálida voz del joven señor de los Abe al otro lado de la línea—. Siento molestarte tan tarde, pero he estado pensando en lo que me has dicho. Tienes razón, no he sido justo contigo.
—¿Sobre qué? —preguntó la Yuki-onna, un tanto confundida.
—Sobre mi secreto —aclaró Rikuo de manera un tanto dubitativa—. No puedo decirte más por teléfono. ¿Qué te parece si quedamos este domingo el el santuario de Seimei? Está en el barrio de Kamigyo, en Seimeicho 806-1. ¿Tendrás problemas para llegar?
Por un momento, Tsurara se quedó paralizada. El rubor subió a su cara. ¿Se trataba acaso de una cita? No tenía aún muy claro el proceso de relaciones románticas de los humanos, pero creía haber oído hablar de ello en las conversaciones ocasionales de sus compañeros de clase. Sin embargo, sacudió su cabeza con energía. No, no, estaba fantaseando. Rikuo sólo quería hablar de su secreto. ¿Y por qué fantaseaba ella con una cita con el joven señor de los Abe? Si su madre se enterase...
—No, ningún problema —respondió Tsurara.
—Entonces nos vemos a las cuatro allí el domingo. Si te viene bien, claro —dijo el muchacho.
—Sí, por supuesto que sí —afirmó la Yuki-onna.
Tras intercambiar algunas palabras banales sobre la escuela, colgaron. Tsurara estaba en las nubes. ¡Un paso más en el camino para conseguir la confianza de Abe no Rikuo! Lo que aún no tenía muy claro era para qué quería conseguir esa confianza. Su cerebro exclamaba que para cumplir la misión encomendada por el General Supremo y lograr hacer justicia para el Clan Nura. Su corazón murmuraba otras razones, ideas traicioneras que era mejor ignorar.
Con ánimo renovado, terminó sus deberes de un plumazo, pensando en el domingo. Sin perder su buen humor, bajó a la cocina a ayudar a preparar la cena. Sólo entonces se dio cuenta de que sus compañeros se habían reunido en el salón. Kappa había regresado de Edo.
—¡Bienvenido de nuevo a casa, Kappa! —le saludó la dama de las nieves con una sonrisa.
El yokai acuático asintió, pero no dijo nada. Al parecer, se encontraba bastante alicaído. El resto de sus camaradas estaba igual. Kurotabo y Aotabo apretaban los dientes, Kejoro parecía decepcionada y Kubinashi tenía una expresión grave en el rostro. La alegría de Tsurara destacaba como un faro en medio de la oscuridad.
—Chicos, ¿pasa algo malo? —preguntó la Yuki-onna con nerviosismo. Debían ser noticias muy malas las que traía Kappa.
Kubinashi se apresuró a responder:
—Tranquila, Yuki-onna. Es sólo que tenemos más órdenes contra un objetivo un tanto difícil. No te preocupes, a ti no te afecta. Yo mismo me encargaré.
—¿Seguro, Kubinashi? Mira que si cuelgan una foto tuya en Internet se arma un escándalo —sonrió Tsurara con complicidad. Sin embargo, su intento de bromear con el líder de los espías cayó en saco roto.
—Sé lo que hago —exclamó el yokai sin cuello. Sin embargo, parecía que hablaba más para el resto de sus compañeros que para Tsurara—. Tú preocúpate de mantener la vigilancia sobre Abe no Rikuo, Yuki-onna.
—¡Sí, señor! —asintió la dama de las nieves con tono marcial. Entonces se acordó de la llamada—: Ah, sí, hablando de eso. Rikuo... Esto, el joven señor de los Abe me ha llamado. Quiere hablar conmigo en el santuario de Seimei este domingo a la tarde.
Kubinashi entrecerró los ojos.
—¿Vais a estar solos?
—Sí, bueno, supongo... No sé exactamente de qué quiere hablar —Tsurara no mintió del todo, aunque se sintió culpable—, pero no creo que haya invitado a Keikain.
—Oooh, quizás es una cita romántica... —bromeó Kejoro mientras Tsurara se ponía roja. Sin embargo, las burlas de la mujer-cabellera se ahogaron al ver la mirada crítica de Kubinashi. Desde luego, aquel día el asesino sin cuello no estaba para bromas.
Sin más que añadir, Tsurara regresó a la cocina acompañada de Kejoro. La mujer-cabellera y Kubinashi intercambiaron una mirada silenciosa. Cuando se hubieron asegurado de que la dama de las nieves no podía oírlos, Kurotabo y Aotabo prácticamente saltaron sobre su jefe de misión.
—¿No crees que estás llevando la paranoia muy lejos, Kubinashi? —se enfadó Kuro.
—¡Sí! —afirmó enérgicamente el forzudo Ao—. ¡Bonita manera de ocultarle que el General Supremo nos ha confirmado que debemos asesinar al nieto de Hagoromo Gitsune!
Kubinashi se quitó de encima a sus compañeros.
—No importa. Dentro de dos días esta misión terminará —afirmó el yokai sin cuello.
Sus palabras encendieron las sospechas de sus camaradas.
—¡Eh! ¿No estarás pensando en aprovecharte de...? —empezó a preguntar Aotabo.
—Por supuesto que sí -confirmó Kubinashi-. El encuentro en el santuario de Seimei es una gran oportunidad. El joven señor de los Abe estará allí solo, sin yokai ni onmyoji que lo protejan. Y será horas antes de que caiga la noche, antes de que pueda convertirse en kitsune. Lo tenemos todo a nuestro favor. Y cuando cumplamos nuestra tarea, volveremos a Edo. La muerte de su heredero disparará todas las alarmas en el Clan Abe. Si nuestra posición no se ha visto comprometida ya, lo hará entonces. Además, nos conviene un descanso. Las últimas tensiones están desuniendo al equipo.
—¡Es tu paranoia la que está destrozando al equipo! —recalcó Aotabo enfadado—. ¿Qué crees que dirá Tsurara cuando nos vea aparecer? ¿Acaso crees que no se espantará cuando sepa que vamos a asesinar al tal Rikuo? ¡No está preparada!
Kubinashi suspiró con resignación.
—Yo no la quería en esta misión —les recordó el yokai sin cuello—. Por su propio bien, porque la quiero mucho y porque Setsura nos mataría si le pasase algo. Pero el General Supremo se ha obsesionado con la familia de esa zorra. Necesitábamos a alguien que marcase de cerca al joven señor, porque podíamos acercarnos más a él que a la identidad humana de Hagoromo Gitsune.
—Y ahora la vamos a mezclar en un asesinato a sangre fría. En el asesinato de un niño —puntualizó Kurotabo con evidente resentimiento.
Su líder le dedicó una mirada cargada de compasión.
—Yo tampoco creo que este asesinato sea una buena idea —confesó Kubinashi—. Perderemos nuestra base a cambio de un vulgar ojo por ojo. Pero el General Supremo cree que Abe no Rikuo es una amenaza potencial y debe ser eliminado. No sufráis. Lo que dije antes era verdad: yo me encargaré de las partes más sucias. Vosotros vigilad la zona y evitad que se acerquen los humanos. Y si acude la Procesión Nocturna de los Abe... bueno, entonces habrá que luchar.
Kurotabo y Aotabo se hundieron en sus sillones, con aire pensativo. Qué lejos quedaban los tiempos dorados de Nura Rihan, cuando su clan se extendía por todo Kanto y eran equiparables, si no superiores, a los Abe de Kansai. Ningún yakuza era un angelito, y menos aún los yakuza yokai, pero el Segundo General sabía sacar lo mejor de sus seguidores. Por un momento, podían soñar que eran héroes.
Pero eso se había acabado. Ahora sólo quedaban amargura y decisiones difíciles.
—¡Argh! —Aotabo dio un puñetazo sobre el reposabrazos de su sillón—. ¡Antes el General Supremo no era así! ¿Qué le ha pasado al viejo?
—Todos sabemos lo que pasó, Ao —le recordó Kubinashi—. Y si el Nurarihyon nos ordena acabar con la vida de un enemigo, no podemos discutir. Órdenes son órdenes.
El yokai sin cuello jugueteó con las cuerdas que constituían su arma personal.
—Me aseguraré de que sea rápido y lo más indoloro posible —prometió Kubinashi—. Para bien o para mal, todo terminará en dos días.
00000
Mansión Abe
Era domingo. Después de la comida, Rikuo se dispuso a marcharse lo más sigilosamente posible. No quería tener que recibir otro sermón por parte de su abuela. Por desgracia para él, nada más salir al jardín una voz femenina que conocía muy bien le dio el alto:
—¿A dónde vas, Rikuo?
Hagoromo Gitsune se hallaba examinando un manojo de flores que el jardinero había recolectado con todo el cuidado del mundo. Era pura casualidad que la sobreprotectora señora de los yokai de Kioto se encontrase allí justo cuando Rikuo salía. Sí, pura causalidad.
—Voy a dar una vuelta, abuela —respondió su nieto con vaguedad—. Volveré para la hora de la cena.
—¿Ah, sí? —comentó la dama de negro con ironía—. ¿Y vas tú solo, sin guardaespaldas ni nadie que te proteja? Después de todo lo que ha pasado, imaginaba que tendrías algo más de sentido común.
—A ti no te protege nadie, abuela —observó el muchacho con ojo crítico.
—Está mal que yo lo diga, pero soy absurdamente poderosa —respondió Hagoromo Gitsune, sujetando con delicadeza un crisantemo—. En cambio tú, mi pequeño Rikuo, aún estás muy verde. No pienso permitir que vayas solo a ninguna parte. Y no me vengas con historias sobre la intimidad personal. Eres el heredero del clan, Rikuo. Tú vida ya no te pertenece a ti. Además, ¿qué lugar es tan privado como para que quieras ir tú solo?
Hubo un momento de pausa, como si Hagoromo Gitsune estuviese retando a su nieto. Rikuo cogió aire y respondió secamente:
—El santuario de Seimei.
La expresión astuta de la kitsune se resquebrajó. La muerte de su hijo aún resonaba en su conciencia. Hagoromo Gitsune pensó entonces que, con todos los cambios vertiginosos que había vivido en las últimas semanas, Rikuo necesitaba una conexión con su padre, por superficial que fuera. El santuario de Seimei de Kioto era un buen lugar para ello. La dama de negro se mordió el labio inferior, en un gesto de indecisión. Al final se rindió.
—De acuerdo, Rikuo. Vete —aceptó Hagoromo Gitsune a regañadientes—. ¡Pero vuelve pronto y lleva el móvil siempre a mano! Y si te metes en algún lío, da un aviso. La Procesión Nocturna de los Cien Demonios te protegerá.
—Gracias, abuela —sonrió Rikuo.
Tras ajustarse un momento las gafas, salió del recinto de la mansión. Hagoromo Gitsune observó cómo se dirigía a la parada del autobús. Cuando el chico desapareció de su vista, la señora de los yokai de Kioto exclamó en alto:
—¡Hakuzozu!
En un instante, el yokai volador con su inseparable lanza gigante hizo acto de presencia ante Hagoromo Gitsune. Bajó de los cielos e hincó una rodilla en tierra, aguardando las órdenes de la kitsune.
—¿Qué deseáis, mi señora? —preguntó sumisamente Hakuzozu.
—Asigna a alguien de la patrulla aérea para que vigile a Rikuo —ordenó Hagoromo Gitsune.
—¿Pero no le habéis dicho al joven señor que le dejaríais ir solo? —se extrañó el yokai poeta, abriendo mucho los ojos.
La dama de negro le miró de reojo.
—Yo no he prometido nada. Pero tienes razón, Rikuo podría molestarse si se entera de que le tengo bajo vigilancia. Encomienda la tarea al más discreto de tus yokai, Hakuzozu. Y si nos da aviso de que algún estúpido pone en un aprieto a mi nieto... Bueno, ya sabemos cómo acabará.
Hakuzozu hizo una reverencia. Luego despegó en busca de sus subordinados de la patrulla aérea.
00000
Santuario de Seimei
En el año 1007, el Emperador Ichijo ordenó la construcción de un pequeño templo en honor de Abe no Seimei, el maestro onmyoji que supuestamente había muerto dos años antes. El santuario se construyó sobre lo que antes había sido la casa de Seimei, un lugar lleno de magia y misterio. Aunque a veces fue víctima de los estragos del tiempo, una renovación en 1925 lo devolvió a su antiguo esplendor y, desde entonces, se ha convertido en un importante destino turístico.
Para llegar al templo hay que cruzar el puente Ichijo Modoribashi, considerado un portal entre el mundo material y el espiritual. Incluso a día de hoy los cortejos de bodas y las procesiones funerarias evitan el lugar, pues la palabra modoru significa "retornar" en japonés. Nadie quiere arriesgarse a que el poder místico del puente rompa matrimonios... o devuelva a los muertos a la vida.
Fue precisamente al otro lado del puente donde Rikuo encontró a Tsurara. La chica de pelo azul se había puesto mona para la ocasión, aunque en verdad ni ella misma sabía muy bien por qué se había esforzado tanto en arreglarse. No era una cita. No. Desde luego que no.
—¡Hola, Tsurara! —la saludó Rikuo mientras aceleraba el paso—. Siento el retraso.
—No pasa nada, Rikuo —le contestó la Yuki-onna, devolviéndole la sonrisa—. ¿Entramos en el santuario?
—Desde luego —asintió el muchacho, dispuesto a hacer de guía para su amiga tokiota.
Los dos jóvenes pasaron por debajo de las dos torii, puertas ceremoniales. A diferencia de otros templos, en aquellas torii no venía grabado el nombre de la deidad que se adoraba en el santuario, sino simplemente el símbolo de la campánula dorada. El interior del recinto estaba plagado de jardines, con cientos de bulbos de campánulas, pero aún no había llegado su época de floración, lo que decepcionó un poco a Tsurara. En el lenguaje de las flores, las campánulas significaban "honestidad, amor inmutable", y eran muy populares entre las parejas jóvenes de Kansai. Rikuo intentó animarla relatándole con todo lujo de detalles las curiosidades del templo.
Entre otras cosas, llamaba la atención la profusión de estrellas de cinco puntas. En Japón, era tradición atribuir la invención de este símbolo mágico a Abe no Seimei, por lo que también se las llamaba Doman Seimei, "el sello de Seimei". También había un gran número de estatuas que inmortalizaban a las deidades ceremoniales que el gran onmyoji había utilizado: perros, leones, dragones y espíritus invisibles al ojo humano.
Otra curiosidad era un pozo. En sí mismo no tenía ningún misterio, pero contaban las leyendas que Seimei lo había hecho aparecer por arte de magia, con el fin de tener agua para su casa. Incluso en el corazón del tecnologizado Japón, se seguía creyendo que el agua del "pozo de Seimei" curaba las enfermedades y protegía del mal. Incluso maestros de las ceremonias del té la destilaban con el fin de obtener el mejor de los ingredientes para sus mezclas. Sin embargo, tanto Rikuo como Tsurara experimentaron un escalofrío al recordar cómo había sido su última experiencia en una casa de té.
Entraron el el Hondo, el santuario principal. Allí, Rikuo no pudo evitar quedarse mirando con expresión melancólica una escultura de Seimei. El onmyoji milenario aparecía en actitud orante, elevando sus ojos al cielo en una plegaria silenciosa.
Tsurara creía entender el porqué de la actitud pensativa de su amigo, pero no podía preguntarle directamente. Después de todo, se suponía que su contacto con el mundo yokai era mínimo. La Yuki-onna se mordió el labio. Era obvio para ella que el joven señor de los Abe necesitaba hablar, así que trató de darle pie con un comentario aparentemente inocuo:
—Sabes mucho sobre Abe no Seimei, Rikuo. Pensaba que en tu caso te interesaría más una gruta de yokai o algo así, no el templo de un onmyoji.
Rikuo volvió su mirada hacia ella.
—Él era mi padre —susurró el muchacho, procurando que nadie más lo oyera. Tampoco tenía que haberse tomado muchas molestias. A aquellas horas sólo había un puñado de gente en el santuario, desde un tipo forzudo con apariencia de motero macarra hasta un ejecutivo con el pelo recogido en una coleta.
Tsurara hizo un gran esfuerzo para parecer sorprendida.
—¡No es posible! ¡Pero si vivió hace mil años! —exclamó la Yuki-onna, sobreactuando un poco—. ¿Y no eres tú medio yokai? ¿Me estás diciendo que Seimei era un yokai?
—Ven, acompáñame —le pidió Rikuo.
El chico de pelo castaño guió a Tsurara a través del recinto sagrado. En las paredes había pinturas y grabados que mostraban a Abe no Seimei exorcizando a espíritus malignos, derrotando a monstruos, leyendo el porvenir en las estrellas... Rikuo se detuvo enfrente de una pintura menos épica, aunque igualmente colorida. Mostraba a un pequeño Seimei junto a una hermosa mujer de piel pálida y cabello negro. El niño se agarraba con fuerza al kimono de la mujer, mientras ésta pasaba un brazo por detrás de él en actitud protectora. Los bordes del vestido de seda de la dama se desdibujaban hasta fundirse con la figura de un zorro blanco.
—Ella es la kitsune Kuzunoha, la madre de Seimei —explicó Rikuo a su amiga—. Y es mi abuela, aunque ahora prefiere el título de Hagoromo Gitsune. Si mi padre era medio yokai, yo soy un cuarto de yokai.
—Oh, vaya —murmuró la Yuki-onna, manteniendo su expresión sorprendida.
—Mi abuela ha sobrevivido mil años, reencarnándose una y otra vez. De hecho, la conociste el día que hicimos la reunión del club en mi casa. Se hace pasar por mi hermana mayor —siguió relatando el muchacho, un poco avergonzado.
—¿Y tu padre? ¿También se reencarna? —preguntó Tsurara. En el fondo, era una de las cosas que no sabía sobre el antiguo líder del Clan Abe y sentía curiosidad.
Rikuo bajó los ojos con tristeza.
—No, él desarrolló otra forma para vivir más tiempo... Así conoció a mi madre. Pero murió. Murió de verdad, sin posibilidad de volver.
A Tsurara se le hizo un nudo en la garganta.
—No debería haber preguntado —se disculpó la Yuki-onna con sinceridad—. Debe ser muy duro para ti, Rikuo.
—Lo he superado —afirmó el chico con mucha seguridad, aunque a través de sus gafas se veía un brillo húmedo en sus ojos—. Fue duro al principio, eso sí. Yo era un niño muy pequeño, no entendía muy bien que mi padre se había ido para siempre. Mi madre fue fuerte por mí. Mi abuela... Ella se lo tomó peor. Mucho peor.
—¿Cómo murió? —preguntó Tsurara. Al momento, se arrepintió de haber soltado esas palabras. Su lengua estaba demasiado suelta. ¿Qué la estaba pasando? Normalmente sabía ser más discreta.
Afortunadamente, Rikuo se tomó bien la pregunta. Entendía perfectamente la curiosidad de su amiga.
—No sé los detalles, pero dicen que sacrificó su vida para derrotar a un Rey Demonio que iba a abrir una puerta entre el Infierno y la Tierra, aquí mismo, en Kioto —le contó el muchacho a la dama de las nieves—. Creo que fui testigo en parte, pero no recuerdo nada. Prefiero acordarme de los momentos que pasaba con mi padre. Siempre estaba trabajando y no se separaba nunca de su calendario de adivinación. O si no, se iba en largas misiones para exorcizar a yokai malvados, él solo o en compañía de otra gente del clan. Pero siempre sacaba tiempo para estar con mamá o conmigo. Yo... le echo mucho de menos.
Conmovida por las palabras de Rikuo, Tsurara tomó la mano del muchacho y la sujetó entre las suyas, mirándole fijamente a los ojos. Rikuo se sorprendió de que su amiga tuviese las manos tan frías, pero no dijo nada. En su gesto ya había suficiente calidez.
—Te entiendo, Rikuo. ¡Créeme! —le aseguró la Yuki-onna—. Pero aún tienes a tu familia, a tus amigos y a tu clan, ¿verdad?
—Verdad —asintió el chico, sonriendo de nuevo.
Pasaron un instante de silencio, en el que ninguno de los dos dijo nada. Al final, Tsurara liberó la mano de su amigo y agachó la cabeza.
—Dime, Rikuo, ¿por qué me has contado todo esto? —le preguntó la tokiota a su compañero.
—Porque te mereces saber la verdad —contestó el muchacho sin dilación—. Siento haberte metido en todo este lío, pero tenías razón cuando decías que, una vez compartes un secreto, ya no hay vuelta atrás. Creo que cuanto más sepas, más segura estarás. Porque este verano parece que va a haber una gran pelea entre yokai. ¡Más te vale ponerte a salvo!
Tsurara tragó saliva. Oh, dioses, estaba hablando de la guerra que se avecinaba. ¡El Clan Abe había tenido noticia de los planes de invasión del Nurarihyon! No era una buena señal. Debían tener sus propios espías en Edo. Pero el joven señor de los Abe parecía más preocupado por la seguridad de sus amigos que por la suya propia. Tsurara se sintió una mala persona.
—Rikuo, yo... —empezó a decir Tsurara. El muchacho estaba abriendo su mente y su corazón para ella, mientras que la Yuki-onna no hacía más que engañarle. La amabilidad de Rikuo era un dardo envenenado.
—Además —la cortó Rikuo, esbozando una enorme sonrisa—, tú eres mi amiga, Tsurara. Confío en ti.
Era la gota que colmaba el vaso. Algo hizo crack en el alma de la dama de las nieves. La Yuki-onna se derrumbó sobre el suelo, mientras trataba de contener con sus manos las lágrimas de hielo que amenazaban con salir.
—¡Tsurara! —exclamó el joven señor alarmado, agachándose junto a ella con intención de asistirla.
—N-no me merezco esas palabras, Rikuo —confesó Tsurara con culpabilidad—. Yo... Hay algo muy importante que debo contarte.
—¿El qué, Tsurara? —se extrañó el chico.
—Sí, Yuki-onna, ¿qué le vas a contar? Yo también quiero saberlo —dijo una voz a espaldas de los dos amigos. Tsurara la reconoció enseguida. Si no hubiese sido una dama de las nieves, la sangre se le habría congelado en las venas.
Por detrás había aparecido un joven de cabello rubio. Ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol, a pesar de que caía la tarde, y llevaba una bufanda al cuello, a pesar de que no hacía frío. Rikuo iba a preguntar a qué venía esa interrupción, cuando el misterioso intruso dejó caer su bufanda al suelo. El joven señor abrió mucho los ojos. ¡Aquel tipo no tenía cuello! Nada, cero, un vacío fantasmagórico entre sus hombros y su cabeza, que flotaba por libre en el aire.
"Un yokai", pensó enseguida Rikuo.
Miró alrededor, a ver si encontraba una salida por la que poder escapar junto con Tsurara. Sin embargo, lo que vio sólo contribuyó a aumentar sus nervios. Los pocos turistas que en aquel momento hollaban el recinto sagrado se estaban despojando de sus ropas civiles. Un motero macarra se convirtió en un monje forzudo con un collar de calaveras, un ejecutivo moderno se transformó en un guerrero con sombrero de paja, y dos estudiantes de instituto dejaron paso a un yokai de manos palmeadas y una mujer de extraordinaria cabellera.
No cabía duda. Le habían tendido una emboscada.
Instintivamente, Rikuo se interpuso entre los yokai y Tsurara, intentando protegerla de cualquier ataque. Pero el líder de sus atacantes se rió de sus esfuerzos.
—Muy galante, señor Abe no Rikuo, pero no pensábamos herir a una de los nuestros —explicó Kubinashi.
—¿Qué? —se sorprendió Rikuo.
—Ah, entiendo que ella no te lo ha revelado. Bien, es bueno saberlo —Kubinashi no pudo evitar dejar escapar un suspiro de alivio. No, Tsurara no los había traicionado... aunque parecía haber estado a punto de hacerlo unos segundos atrás. Menos mal que había intervenido a tiempo, antes de que la dama de las nieves hubiese dicho algo de lo que se hubiese arrepentido después—. Pero ya no importa. Se acabaron los disfraces. Yuki-onna es una de los nuestros, una espía del Clan Nura.
A Rikuo se le cayó el alma a los pies. No, no podía ser verdad. ¡Debían estar mintiendo! Había oído hablar de las Yuki-onnas, mujeres de las nieves que seducían a viajeros perdidos y los conducían a una muerte segura, pero era imposible que no hubiese detectado su "miedo" antes, ¿verdad? Sin embargo, cuando giró la cabeza, intentando encontrar una explicación por parte de su amiga, su patético intento de negar la realidad se vino abajo. Los ojos azules de Tsurara se habían tornado amarillos y caleidoscópicos. Lágrimas de vergüenza, culpabilidad y tristeza arrasaban las mejillas de la dama de las nieves.
—Lo siento mucho, Rikuo —sollozó Tsurara.
En los ojos del chico de pelo café no había ira ni odio. Sólo una muda expresión de estupor. Tampoco hacía falta decir ninguna palabra. Rikuo se sentía traicionado en lo más hondo y Tsurara no podía hacer nada por aliviar su pena.
—¡Kubinashi! —le gritó Kejoro a su líder—. ¿No podías haber sido menos brusco? ¡Mira a la pobre! ¡Está llorando! ¡Cuando volvamos a casa, te vas a enterar!
El yokai sin cuello suspiró. No era el momento de bromear, pero sabía por experiencia que Kejoro nunca se mordía la lengua, ni siquiera en mitad de la batalla. Kubinashi se aclaró la garganta, tratando de obviar la interrupción, y se dirigió directamente a Tsurara:
—Yuki-onna, aléjate. No podemos terminar la misión si te pones en medio.
Tsurara tardó unos segundos en reaccionar. Estaba aletargada por la tristeza. Pero entonces cayó en la cuenta de las palabras de Kubinashi. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Un momento! —exclamó ella, sorprendida—. ¿De qué misión hablas? ¿Y qué hacéis aquí, levantando toda nuestra tapadera? ¡Ya no podemos seguir siendo espías en Kioto después de esto!
—Claro que no —contestó Kubinashi, tensando las cuerdas que tenía entre las manos—. Porque el General Supremo ha ordenado que asesinemos al nieto de Hagoromo Gitsune. Cuando terminemos, nos iremos de aquí y regresaremos a Ukiyoe.
—¿QUÉ? —gritó la Yuki-onna—. ¡¿Asesinar a Rikuo? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Era esta la idea desde el principio? ¡Yo no sabía nada! ¡Kuro, Ao! ¿Vosotros sabíais esto?
Ni el fuerte Aotabo ni el estoico Kurotabo se atrevieron a mirar a los ojos a su ansiosa compañera. Kappa y Kejoro también bajaron la vista, avergonzados. Sólo Kubinashi se mantuvo imperturbable. Fue el turno de Tsurara de sentirse traicionada por sus amigos. Horrorizada, entendió que aquella emboscada iba en serio. Iban a matar al joven señor de los Abe. A Rikuo. El muchacho aún no se había movido de su sitio.
Nadie se fijó en un translúcido fuego fatuo, que brilló un momento por encima de las cabezas de los congregados, y luego se perdió en el horizonte. En dirección a la Mansión Abe.
—Acabemos con esto —masculló Kubinashi. El tiempo se les echaba encima. Si Tsurara seguía en estado de shock, tendría que confiar en la precisión de sus cuerdas para no hacerle daño—. ¡Técnica de Cuerdas Ayatori!
De las manos de Kubinashi salieron disparados varios cabos de cuerda, tejiendo una red en torno al santuario. Rikuo intentó seguirlas con la mirada, pero eran demasiadas. Parecían la tela de una araña. Y él era la mosca. A pesar de que la traición de Tsurara le había dolido profundamente, tenía que reaccionar rápido si no quería...
—¡Cadena de araña! ¡Kusari-gumo! —exclamó Kubinashi.
Al instante, las cuerdas imbuidas de "miedo" se enroscaron en torno al desprotegido cuello del joven señor, que se vio a sí mismo suspendido en el aire. A un movimiento de Kubinashi, las cuerdas apretaron más y más. Rikuo empezó a quedarse sin aire. Su rostro se tiñó de un desagradable tono violáceo. Tenía que concentrarse, tenía que concentrarse si quería salvar la vida, pero la falta de oxígeno estaba haciendo mella en sus facultades mentales.
—¡NO! —gritó una aterrada Tsurara.
Sin detenerse a pensar lo que hacía, la Yuki-onna cargó contra la red de cuerdas de Kubinashi armada con una sólida lanza de hielo. Sorprendido por la repentina intervención de su compañera, el líder de los espías no pudo reforzar a tiempo el "miedo" de sus cuerdas, por lo que Tsurara pudo cortar la horca que tenía preso a Rikuo. El chico cayó sobre el suelo, boqueando desesperadamente.
—¿Te has vuelto loca, Yuki-onna? —se enfadó Kubinashi—. ¡Es el nieto de Hagoromo Gitsune! ¡Es nuestro enemigo! ¡Ya sé que no estás preparada para mancharte las manos, así que hazte a un lado! ¿O acaso quieres traicionar al clan?
—Tsurara, por favor, no hagas tonterías. Piensa en tu madre —le suplicó Kejoro con palabras más amables.
Sin embargo, la Yuki-onna estaba harta de todo. Si hubiesen estado en mitad de una batalla, jamás habría dudado en salir al ruedo para combatir al enemigo. A fin de cuentas, así se medía el "miedo" entre los yokai. Pero el asesinato a sangre fría de un niño que apenas podía defenderse era algo muy distinto.
—No quiero traicionar al clan, no quiero traicionar a mi madre, ¡pero tampoco voy a traicionar a mis amigos! —exclamó Tsurara con decisión—. ¡Rikuo me salvó la vida en Shimabara! ¡No permitiré que muera hoy!
"Genial", pensó Kubinashi con amargura. Nada como una deuda de vida para terminar de estropear las cosas en aquella tensa operación. Intercambió una mirada con Kejoro. La mujer-cabellera asintió. Gracias a su poder, Kejoro lanzó sus cabellos contra Tsurara. Su intención era mantenerla apartada para que Kubinashi pudiera terminar la misión sin más contratiempos. Luego tendrían unas palabras muy serias con la dama de las nieves.
Por desgracia para Kejoro, Tsurara la vio venir.
—¡Ventisca maldita! ¡Voz del viento, grulla resplandeciente! ¡Fusei Kakurei! —exclamó la Yuki-onna, dirigiendo una ola de témpanos de hielo contra la cabellera mágica de Kejoro. Afilados como cuchillas, los trozos de hielo no sólo cortaron el cabello de su compañera, sino que congelaron porciones enteras de su lustrosa melena, haciéndola difícil de manejar.
—¡Mecachis! —protestó Kejoro—. Has mejorado más de lo que pensaba, Tsurara. ¡Pero te voy a hacer pagar todo el champú que necesite después!
—¡Defenderé a Rikuo, pase lo que pase! —anunció la dama de las nieves.
Kubinashi rechinó los dientes. La situación se les estaba yendo de las manos. Ni Aotabo, ni Kurotabo ni Kappa parecían muy por la labor de intervenir. No querían hacer daño a una amiga. Pero Kubinashi ya no aguantaba más. Le había permitido a la dama de las nieves muchas cosas, pero esa niñería estaba a punto de terminar.
—¿Qué sabrás tú, Yuki-onna? —murmuró Kubinashi en tono amenazador—. ¿Qué sabrás lo que es proteger a alguien, compartir penas y glorias, sacrificar tu vida por la suya?
—Kubinashi... —Kejoro le dedicó una mirada de preocupación a su compañero.
—Yo no vine aquí para ser un asesino. Dejé esa carrera atrás, hace muchos siglos. Pero lo volveré a ser si con ello logro vengar a Rihan. He pasado muchas noches soñando con el castigo que recibirán los que traicionaron al Segundo. ¡Y no voy a dejar que nadie lo estropee! —estalló Kubinashi.
—Ay, ay ay —sea asustó Tsurara, mientras una telaraña de cuerdas se tejía en torno a ella.
Tener miedo fue su perdición. Las cuerdas se tensaron a un mismo tiempo, atrapando sus extremidades. La Yuki-onna se encontró colgada de un árbol del santuario, como un sádico adorno navideño. Sus articulaciones crujían y sentía las cuerdas clavadas en su piel. Un poco más de fuerza y la partirían en pedazos.
—Hoja deslizante, Jyako Yaiba —describió Kubinashi con frialdad—. Alégrate, Yuki-onna. Podría haberte cortado en cachitos. Si te mueves, aún podría pasar. ¡Basta de tonterías! Ahora haré lo que debo hacer y entonces...
No pudo acabar de decir lo que quería decir. Un torrente de miedo se desplegó en el santuario. En mitad de la frase, Kubinashi recibió una patada en el estómago que le cortó la respiración y le lanzó contra un stand lleno de amuletos. La madera no resistió el choque. El yokai sin cuello sintió cómo se le clavaban astillas en todo el cuerpo. Mientras tanto, una espada afilada cortó de un solo tajo las cuerdas insufladas con "miedo", liberando a una dolorida Tsurara de sus ataduras.
—¡Kubinashi! —Kejoro corrió a ayudar a su compañero.
—¿Qué demonios pasa aquí? —se quejó el líder de los espías, aún conmocionado por el repentino ataque.
—No puede ser... —murmuró Aotabo—. ¡Pero si sólo podía transformarse de noche!
La sorpresa del monje fortachón era comprensible. Porque aunque el sol aún iluminaba con sus rayos el recinto sagrado, el joven señor de los Abe se había transformado en un poderoso kitsune. Con una mano enarbolaba su espada larga, la Ichibi no Tachi, mientras que con la otra mano sujetaba el cuerpo semiinconsciente de Tsurara.
—¡Me da igual si sois espías del Nurarihyon o lo que sea! —exclamó el kitsune muy enfadado—. ¡Ahora estáis en mi territorio! ¡Y nadie hace daño a mis amigos! ¡Si volvéis a ponerle un dedo encima, sois hombres muertos!
Kubinashi entrecerró los ojos. Definitivamente, la situación se le había ido de las manos.
Notas adicionales:
¡Estoy harto de la temporada de exámenes! Pero cuando termine, volverá el curso normal y no sé si podré mantener el ritmo semanal que llevo. La próxima semana habrá capítulo garantizado, pero puede que en el futuro próximo tenga que reducir la frecuencia de actualización. Que nadie se asuste, que el fic está completamente pensado hasta el final (tengo las notas, si alguien quiere spoilearse, incluyendo quién será la futura señora Abe). Pero escribirlo lleva tiempo.
* No está claro, pero se supone que Setsura provenía de la aldea de Tono. Lo admito como cierto, porque el juego de lealtades tiene su gracia en el mundo de la yakuza yokai.
* Es interesante escribir a Yura en la posición de Kana. Sigo como modelo a la Usami Yura del one-shot, aunque cambiando su carácter por el de Keikain y añadiendo toda esa obsesión por los yokai digna de Kiyotsugu. Y desde luego, no es Kana. No va a espiar a Rikuo con unos prismáticos ni se va a obsesionar con su forma nocturna (al menos no por las mismas razones). Si en el capítulo del falso exorcista Yura le echaba la bronca a Rikuo por no saber cómo hacer amigos, ¿de verdad alguien creía que se iba a volver celosa ante la primera amiga que hace Rikuo en años? Otra cosa es si empieza a haber algo más... pero mejor me callo.
* Una de las ventajas de escribir al Rikuo diurno es que, al igual que Negi Springfield, es muy maduro para su edad. Puede hablar como un adulto serio y responsable (incluso más serio y responsable que su yo nocturno) sin que quede OOC.
* Como expliqué en su momento, existe realmente un santuario de Seimei en Kioto. Ninguno de los detalles que he dado sobre el lugar es inventado.
* Este capítulo guarda paralelismos con la historia de la llegada de Ryuji y Mamiru a Ukiyoe. Como Tsurara ocupa aquí un lugar similar al de Yura en el canon, os hacéis una idea. Sin embargo, ¡qué difícil es escribir a una Tsurara triste, con lo alegre y positiva que es habitualmente! Tuve que releerme varias veces las escenas de su captura (y rescate) durante el asunto con Tsuchigumo para encontrar el tono adecuado. Espero no haber metido la pata :-(
* Kubinashi me gusta en el canon porque tiene un lado oscuro. Normalmente es muy amable y se ocupa incluso de la colada en la Casa Nura, pero cuando alguien menciona a Rihan... Buf, entonces saca el asesino que lleva dentro.
Próximo capítulo: "El fin de los espías".
