Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Enterados de que Rikuo puede convertirse en yokai, los espías del Nurarihyon planean asesinar al joven señor. La única que no conoce el plan es Tsurara. En el santuario de Seimei, Kubinashi y los demás tienden una emboscada a Rikuo. Horrorizada, Tsurara intenta impedirlo, pero es puesta fuera de combate por Kubinashi. ¡Entonces surge el Rikuo kitsune!
El fin de los espías
En el santuario de Seimei de Kioto, Rikuo tenía problemas. Tras recuperarse del estrangulamiento al que le había sometido Kubinashi, el jefe de los espías del Nurarihyon, el muchacho se había transformado en kitsune y había liberado a Tsurara. Aún le dolía el descubrimiento de que su amiga le había estado engañando desde el principio, pero la dama de las nieves había luchado para salvarlo. No iba a abandonarla así sin más, sobre todo cuando el propio Kubinashi se había vuelto contra ella. Ver a Tsurara colgada de un árbol, con sus extremidades a punto de partirse en dos, había despertado la furia yokai dentro de él.
Sin embargo, seguía metido en un buen lío. Se enfrentaba a cinco yokai de Edo, desde el líder Kubinashi hasta el acuático Kappa, pasando por la mujer-cabellera Kejoro y los monjes guerreros Aotabo y Kurotabo. Cinco enemigos experimentados, y él ni siquiera podía contar con la ayuda de Tsurara. El ataque de Kubinashi la había dejado fuera de combate.
—¿Rikuo? —murmuró la Yuki-onna, entreabriendo los ojos. Los últimos instantes eran un borrón para ella. No sabía como había pasado de sentir las cuerdas de Kubinashi desgarrando su piel a encontrarse en los brazos del Rikuo kitsune.
Si hubiera tenido fuerzas, se habría sonrojado. Mientras Rikuo portaba su espada larga en la mano derecha, manteniendo las distancias con sus enemigos, con su mano izquierda sujetaba a Tsurara, protegiéndola con su propio cuerpo.
—Descansa, Tsurara —la tranquilizó Rikuo—. No permitiré que te hagan daño otra vez.
A la Yuki-onna le habría gustado explicarle que aquellos eran sus amigos, que no la harían daño... al menos no un daño permanente. Incluso Kubinashi había sido mucho más piadoso con ella de lo que era habitual en él cuando despertaba su instinto asesino. Sin embargo, con su "miedo" prácticamente a cero, Tsurara no pudo sino caer inconsciente.
Rikuo tenía un dilema muy grande. Cinco contra uno ya era una mala proporción sin tener que cargar con un peso extra. No se atrevía a soltar a Tsurara, por miedo a las consecuencias. Los espías de Edo se cernían en torno a él, rodeándolo. Parecían esperar a una oportunidad para lanzarse sobre él. Su amiga estaría indefensa en el fuego cruzado. "¿Qué puedo hacer?", pensó Rikuo.
Por su parte, el dilema de los agentes del Nurarihyon no era menor. ¡Tsurara había caído en manos del enemigo! Kubinashi apretó los dientes. Ahora lamentaba no haberle contado a Yuki-onna toda la verdad sobre la misión y se arrepentía de haberla castigado tan duramente. Si la pobre dama de las nieves había reaccionado como había reaccionado, era solamente porque se había visto superada por los acontecimientos. El juego de verdades y mentiras pasaba factura incluso a espías experimentados. Kubinashi no había sabido comprenderlo y ahora su camarada era una rehén en las garras del nieto de Hagoromo Gitsune. Era evidente que el chico podía transformarse en yokai también durante el día. Tenían que rodearlo y evitar que se escapara, asegurándose de que Tsurara no sufriese daño. "¿Qué podemos hacer?", se preguntó Kubinashi.
De repente, Rikuo se llevó su espada a la boca. Con los dos brazos libres, agarró firmemente el cuerpo inconsciente de Tsurara y en un par de saltos se situó en el tejado de la capilla mayor. Antes de que sus enemigos siguieran sus pasos, depositó suavemente a la Yuki-onna sobre la tejavana y bajó de nuevo al patio, enarbolando la Ichibi no Tachi.
—¡Alto ahí! —gritó alto y claro Rikuo al ver que Kurotabo trataba de acercarse al tejado del templo—. ¡No os acerquéis a Tsurara! La he dejado allí para que no se haga daño en medio de la pelea. ¡Si queréis llegar hasta ella, demostradme que los yokai de Edo no son unos cobardes! ¡Enfrentaos a mí!
Con esto, Rikuo quería distraer la atención de los espías y dirigir toda su furia contra él mismo. Por su parte, los agentes del Nurarihyon asintieron. No entendían muy bien por qué el joven señor de los Abe había hecho eso, pero su enemigo había puesto a Tsurara en una zona fuera de peligro. Ninguno de los dos bandos sabía que ambos querían proteger a su preciosa amiga.
—El chico tiene agallas —admitió impresionado Aotabo.
—Puedo vivir con tus condiciones, nieto de Hagoromo Gitsune —respondió Kubinashi al reto del kitsune—. Recuperaremos a Yuki-onna por encima de tu cadáver. Espero que no te arrepientas.
—¿Arrepentirme? —repitió Rikuo en tono burlón—. ¡Ja! ¡Os voy a dar una paliza!
—Ya lo veremos —susurró el yokai sin cuello amenazadoramente.
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Alrededores de la casa ancestral de los Keikain
Yura estaba pasando por un mal momento. Tenía los brazos y las piernas repletos de moratones y arañazos. Las rodillas se le estaban despellejando. Todo era por culpa del entrenamiento. Aquella tarde de domingo, después de comer, su hermano Ryuji había aparecido en su cuarto mientras intentaba descifrar el japonés antiguo de varios tomos de hechizos e invocaciones. Sin pedir perdón por la interrupción, Ryuji le había arrojado una venda a la cara, ordenándole que se tapara los ojos y diera una vuelta alrededor de la mansión.
—¿A qué viene esto? —se había enfadado Yura. Sabía perfectamente que su abuelo, el venerable Hidemoto el 27º, insistía en que tratase a su hermano mayor con deferencia, puesto que se había convertido en su maestro en el arte del onmyodo, pero la brusquedad de Ryuji siempre la sacaba de sus casillas.
—Entrenamiento básico —había respondido secamente el chico—. Hacer amuletos, poner sellos e invocar shikigami está muy bien, pero si no eres capaz de sentir la energía demoníaca, no servirás para nada, Yura.
—¿Que tiene que ver eso con vendarme los ojos? —había preguntado la joven onmyoji, aún molesta.
Ryuji había suspirado, como si su hermana hubiese hecho la pregunta más absurda del mundo.
—Tus ojos pueden engañarte. No confíes en ellos. En una pelea contra yokai, tendrás que confiar en tu instinto de onmyoji. Si es que tienes ese instinto, claro está —se había burlado Ryuji—. Para empezar, deberás aprender a moverte sin depender únicamente de la información visual. Así que ya puedes ir moviéndote, Yura.
—¿Y qué dice Akifusa? —Yura había recordado a su otro mentor.
—Está de acuerdo. De esta no te libras, hermanita. Venga, deja de quejarte, que esto también es parte del entrenamiento. Y cuando aprendas a distinguir a los yokai por su energía demoníaca, seguro que te llevas algunas sorpresas —había comentado enigmáticamente Ryuji.
Eso había sido una hora antes. En circunstancias habituales, habría podido realizar el recorrido en veinte minutos a paso tranquilo, pero ahora no paraba de chocarse y tropezar prácticamente con cualquier obstáculo que se encontrase en su camino, desde arbustos hasta farolas. También debía tener mucho cuidado con no meterse de lleno en la carretera. Ni siquiera estaba segura de haber tomado la dirección correcta. A su paso, la gente la miraba como si estuviese loca. Aún así, Yura jamás se habría atrevido a quitarse la venda de los ojos. Eso habría supuesto admitir su derrota ante Ryuji. Antes prefería que la atropellase un coche.
No obstante, tenía que reconocer que, por doloroso y humillante que fuese, el ejercicio estaba funcionado. Anulada su vista, sus otros sentidos se estaban volviendo más agudos, incluido lo que podría llamarse un "sexto sentido". No sólo reconocía a las personas por el ruido que hacían, por la corriente de aire que dejaban al pasar o incluso por su olor, sino también por una especie de estremecimiento en su cuerpo. Era una sensación muy, muy leve, pero era un indicio claro de que estaba empezando a distinguir el aura de los demás. Ahora podía esquivar a los transeúntes instintivamente.
Por desgracia, las farolas no tenían aura, así que los chichones eran inevitables.
Pero más que el dolor de sus continuos tropiezos o el peligro de cruzar a ciegas la carretera, Yura se estaba inquitando por otra razón. Sentía un estremecimiento negativo, como si una babosa fría y viscosa subiese por su brazo. Había yokai en Kioto. Muchos yokai. Sufrió un repentino escalofrío cuando tuvo la impresión de que un torrente de oscuridad había aparecido a lo lejos. Obedeciendo a un impulso, se quitó la venda. Nada. El horizonte de Kioto parecía tan normal como siempre. Sin embargo, la sensación negativa persistía.
Olvidándose del ejercicio, volvió rápidamente a la casa ancestral de los Keikain. Caminó a toda velocidad por los pasillos de madera, buscando a su abuelo. Lo encontró en su estudio, charlando con varios de los herederos de las distintas ramas de la familia.
—¡Abuelo! —entró Yura como una tromba.
—Yura, no hace falta armar tanto alboroto —la reprendió amablemente el venerable anciano—. ¿Qué sucede?
—¡He sentido algo muy raro en la ciudad! ¡Era como si un montón de yokai se estuvieran reuniendo! ¡Me daba escalofríos! —exclamó la joven onmyoji, casi sin aliento.
Hidemoto y los distintos herederos se miraron entre sí. El patriarca de los Keikain parecía apesadumbrado, Akifusa esbozó una media sonrisa comprensiva, Masatsugu puso los ojos en blanco y Pato se rió como si le hubieran contado un chiste. Mamiru, por su parte, mantuvo su inexpresividad habitual. Todos ellos volvieron sus miradas hacia Ryuji, que se rascó la cabeza.
—El entrenamiento que le he puesto ha funcionado mejor de lo que esperaba —explicó el chico, respondiendo así a la pregunta muda que le habían realizado el resto de presentes en la habitación.
—¿Cómo podéis estar todos tan tranquilos? —Yura se puso nerviosa ante la inactividad de sus camaradas onmyoji—. ¡Hay un montón de yokai ahí fuera!
—Cálmate, Yura —le pidió su abuelo Hidemoto—. ¿Acaso crees que nosotros, onmyoji experimentados, no podemos sentirlo mejor que tú? Esa ola de energía que has sentido significa que se ha convocado una Procesión Nocturna de los Cien Demonios.
—¿Una Procesión Nocturna? ¡Entonces Hagoromo Gitsune estará allí! ¡Vamos a por ella! —se emocionó Yura.
Sin embargo, Ryuji rompió sus ilusiones enseguida:
—Hermanita, ni aunque pudieras usar el Hagun serías rival para Hagoromo Gitsune. Ningún Keikain saldrá de aquí para enfrentarse a la zorra. Podrías decir que tenemos un "pacto de no agresión" con ella" —explicó el chico ante la mirada confundida de su hermana.
—Algún día lo entenderás —añadió Hidemoto el 27º, dando por concluida la interrupción.
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Santuario de Seimei
Hasta aquel día, Rikuo nunca se hubiera imaginado que el típico pasatiempo infantil de hacer figuritas con cuerdas pudiera convertirse en un arma tan mortífera. Kubinashi era un maestro en su arte, eso estaba claro. Si no trataba de tejer redes para atraparlo, lanzaba cordeles apuntando a sus extremidades, con la intención de segarlas.
Aún así, Rikuo no estaba indefenso. Aunque las cuerdas de Kubinashi eran muy resistentes por estar fabricadas con pelo de mujer-cabellera y tela de mujer-araña, el muchacho tenía en su poder la Ichibi no Tachi. Aquella espada larga, hecha con su propio "miedo", podía cortar sin problemas las trampas de Kubinashi. El yokai sin cuello empezó a impacientarse ante el poco éxito que estaban teniendo sus ataques.
Podría haber pedido ayuda, pero no quiso. A Kejoro se la veía impaciente por entrar en la refriega, mientras que Kurotabo y Aotabo aguardaban a una distancia prudencial. En cuanto a Kappa, el yokai acuático vigilaba los alrededores por si sufrían un ataque sorpresa.
Y Tsurara seguía inconsciente sobre el tejado del santuario.
—Pensaba que la gente del Nurarihyon sería más dura —se burló un confiado Rikuo, esquivando por enésima vez un ataque de su enemigo.
Kubinashi retrocedió un par de pasos, esperando un contraataque que no llegó. Era evidente que el joven señor intentaba ganar tiempo. No atacaba sin pensar. A fin de cuentas, el reloj corría a su favor. Cuanto más se entretuviesen en aquel lugar, más posibilidades habría de que se presentasen compañías indeseadas, desde la policía local hasta los onmyoji y los seguidores del Clan Abe. Tenía que acabar de una vez con aquella misión, rescatar a Tsurara y regresar a Ukiyoe. Pero su orgullo yokai le impedía romper el duelo personal que mantenía con el nieto de Hagoromo Gitsune.
Sin embargo, Kubinashi tenía un plan.
Con rapidez, se agachó a ras del suelo, lanzando varios cabos a los pies del joven señor. Rikuo los esquivó con facilidad y cargó contra Kubinashi. El líder de los espías tropezó, cayendo para atrás. Con una expresión de victoria en los ojos, Rikuo descargó su espada. Su yo humano no quería matar, pero su yo yokai no quería correr riesgos. Aún tenía que sobrevivir a otros cuatro enemigos.
—¡Kubinashi! —gritó Kejoro asustada.
La hoja de la Ichibi no Tachi se hundió en el cuerpo de Kubinashi con facilidad. Con demasiada facilidad. Donde antes había habido un yokai sin cuello de cabello dorado y ojos de asesino, ahora sólo quedaba un monigote hecho de cuerdas. Rikuo estaba perplejo. ¿Qué había pasado con su enemigo? Miró a un lado y a otro, hasta que descubrió a Kubinashi de pie en las ramas de un árbol del templo, sosteniendo un montón de cuerdas en sus manos e incluso su boca.
—¿Pero qué haces ahí arriba? —preguntó Rikuo, a caballo entre la jocosidad y la preocupación.
—Te tengo —logró articular Kubinashi entre dientes.
Fue entonces cuando Rikuo cayó en la cuenta. Las cuerdas que sujetaba Kubinashi formaban una espiral en el suelo. Mientras él había atacado a un señuelo, el jefe de los agentes del Nurarihyon había tenido tiempo para tender su trampa. Y Rikuo se encontraba justo en el centro.
—¡Hoja espiral! ¡Rasenjin! —exclamó Kubinashi, tirando de los extremos de las cuerdas.
Rikuo se vio envuelto en un tornado de cuerdas. Sintió cómo se elevaba en el aire, mientras aquellos cordeles asesinos rodeaban su cuerpo y lo inmovilizaban. Pero no paraban ahí. Sintió como su ropa era desgarrada, mientras las cuerdas de Kubinashi se abrían camino para cortar su piel y su carne. El kitsune no podía blandir su espada para liberarse. Estaba indefenso. Iba a morir.
Por fortuna para él, antes de que los agentes del Nurarihyon pudieran cantar victoria, una poderosa figura cayó de los cielos. Una lanza gigantesca se clavó en el suelo, arrasando a su paso la trampa de cuerdas que había creado Kubinashi, liberando así a Rikuo. Cuando el joven señor, aún tambaleante, consiguió ponerse de pie nuevamente, vio delante de él al fiel Hakuzozu. El yokai volador con ropas de ermitaño le ayudó a incorporarse.
—¡Gracias a los dioses que estáis bien, joven señor! —se alegró Hakuzozu—. ¡Si me llego a retrasar un poco más, nunca me lo habría perdonado!
—¿Hakuzozu? ¿Qué haces aquí? —preguntó extrañado Rikuo, haciendo una mueca. El cuerpo le dolía horrores y no estaba seguro de poder sostener su espada.
El yokai de la larga lanza se rascó la cabeza, un poco avergonzado.
—Esto... Vuestra abuela ordenó que os pusiéramos vigilancia, joven señor. Un fuego fatuo me informó de que habíais sufrido una emboscada y he venido hasta aquí tan rápido como he podido —explicó el leal sirviente.
—Gracias, Hakuzozu —sonrió Rikuo. Habría sido muy desagradecido por su parte quejarse de que su abuela le había tenido bajo vigilancia todo el rato.
—¡Y ahora, villanos, decidme vuestros nombres! —se volvió de repente Hakuzozu hacia los agentes del Nurarihyon—. ¡Aunque sois unos asesinos sin honor, quiero saber los nombres de aquellos que van a probar el poder de mi lanza!
Los espías de Edo se pusieron en guardia. Ya no era una pelea uno contra uno, pero aún así tenían superioridad numérica. Kurotabo empezó a sacar varias de sus armas, mientras Aotabo hacía crujir sus nudillos amenazadoramente. Kejoro se acercó a Kubinashi y se colocó junto a él, protegiendo su flanco. En cuanto a Kappa, empezó a jugar con el agua del pozo del templo, esparciendo el líquido elemento por el suelo. Como yokai acuático que era, quería tener a su favor las condiciones del terreno.
Los cinco observaron con suficiencia a la pareja que formaban Rikuo y Hakuzozu. Aunque el sirviente tenía un aura poderosa, el joven señor de los Abe había quedado muy tocado por el ataque de Kubinashi.
—No estás en condiciones de presumir, yokai de Kioto —observó Kubinashi—. Tenemos una misión que cumplir y no vamos a fallar. Un solo sirviente no podrá contra los elegidos de Rihan.
—Aunque soy un caballero, no soy estúpido. ¿Quién os ha dicho que vengo solo? —Hakuzozu señaló al cielo.
Los espías del Nurarihyon levantaron la cabeza. Se les cayó el alma a los pies. Lo que momentos antes habían tomado por una nube, era en realidad un enjambre de yokai voladores de todas las clases y tamaños que se aproximaban al santuario a toda prisa. Dragones, demonios, fantasmas, insectos... Los tenían prácticamente encima.
—La patrulla aérea sólo es la vanguardia —les informó Hakuzozu muy ufano—. La Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kioto estará aquí enseguida.
Las palabras del jefe de la patrulla aérea eran ciertas. Al haber estado peleando en un templo, el poder espiritual del lugar sagrado había amortiguado el aura demoníaca, pero ahora que se acercaban los Abe, Kubinashi y compañía podían percibir un "miedo" inconmensurable dirigiéndose hacia ellos. Sólo podía significar una cosa.
—Hagoromo Gitsune viene hacia aquí —confirmó Hakuzozu, manteniéndose entre los agentes y el joven señor—. ¡Rendíos ahora, yokai de Edo! No tenéis escapatoria.
Para reforzar sus palabras, la patrulla aérea se cernió sobre ellos. Los yokai voladores se burlaban y sonreían con confianza, bloqueando cualquier huida por los tejados y controlando todas las salidas. Aunque esperaban la llegada de los pesados pesados del clan para acabar con el grupo de espías, se lanzarían sobre ellos como un enjambre de avispas si intentaban algún movimiento contra el joven señor. Kubinashi, Kejoro, Aotabo, Kurotabo y Kappa se apiñaron unos contra otros, cuidándose las espaldas, mientras sus pies chapoteaban en los charcos del suelo.
La situación de los agentes del Nurarihyon empeoró aún más cuando empezaron a llegar las tropas terrestres del Clan Abe.
—¡Joven señoooor! —exclamó el esqueleto gigante Gashadokuro, asomándose por encima de los muros del templo—. ¡No os muráis, joven señor!
—¡Hermano mayor! —exclamó la pequeña Kyokotsu, sentada sobre el cráneo de Gashadokuro—. ¡Venimos a ayudarte! ¡Y a sacarles los ojos a esa gente mala que te ha hecho daño!
—Todo castigo es poco para aquellos que han intentado causar la muerte del hijo de nuestro Señor de la Luz y la Oscuridad —asintió pomposamente Shokera, llegando al frente de sus insectos yokai.
—Que sí, que les vamos a degollar como a cerdos —finalizó sin más florituras el irascible Ibaraki-Doji, recién nombrado líder de la facción oni tras la caída en desgracia de Kidomaru.
Ya sólo faltaba la mismísima Hagoromo Gitsune. Kubinashi no quería tentar a la suerte. A cada segundo que pasaba, la huida se volvía más y más difícil. Ni siquiera podía estar seguro de que los Abe no conociesen su truco especial para teletransportarse. Sin girar la cabeza, el líder de los espías le susurró a Kappa:
—Prepara tu Kappa ninpo.
—Pero si lo hago ahora, eso significará abandonar a Tsurara —protestó su compañero, también en susurros.
—Si no lo haces ahora, ninguno de nosotros sobrevivirá —puntualizó Kubinashi con exasperación—. ¡Sácanos de aquí!
Con tristeza, Kappa apoyó sus manos palmeadas en el charco que los cinco estaban pisando.
—Kappa ninpo. Toori nuke shinobi ike —recitó con calma el yokai acuático.
Sin que nadie de los miembros del Clan Abe pudiese impedirlo, el charco se transformó en un portal mágico. Aunque Kappa no tenía suficiente poder para transportarlos a todos de golpe a Ukiyoe, sí estaba en sus manos trasladarlos a varios cientos de metros de distancia. Luego podrían ir haciendo saltos consecutivos hasta estar seguros. Ante el asombro de los presentes, los cinco espías se hundieron en la superficie líquida y desaparecieron. Algunos de los yokai Abe más impetuosos se lanzaron en pos de ellos, pero chocaron contra el suelo húmedo del santuario. Funcionase como funcionase la magia de Kappa, el efecto había desaparecido con él.
—¡Agh! —se enfadó Ibaraki-Doji—. ¡Esos cerdos se nos han escapado de entre las manos!
—Puede que no todos. ¿Quién es esta? ¿Una amiga vuestra, joven señor? —preguntó Shokera desde el tejado. Con su lanza en forma de crucifijo señalaba a Tsurara, aún inconsciente.
Rikuo se iba a apresurar a responder, cuando hizo acto de aparición el Gran Tengu al frente de una bandada de cuervos de la unidad de contraespionaje.
—Siento el retraso —se disculpó el anciano consejero—. Mucho me temo que ella es también una espía del Clan Nura.
—¿Lo sabías? —se sorprendió Rikuo, mirando a Sojobo con ojos acusadores.
—Hablaremos de esto en la mansión —le calmó el consejero—. Ahora, que alguien informe a la señora Hagoromo Gitsune de que no hace falta proseguir con la Procesión Nocturna. Aunque los asesinos han huido, lo importante es que el joven señor está a salvo.
Y así se retiraron los yokai del santuario de Seimei. Más de uno observó con nostalgia las estatuas y las pinturas del templo. Ellos también echaban de menos a su antiguo señor. Rikuo insistió en llevar a Tsurara él mismo. Había muchas preguntas que tenían que ser respondidas y temía que algunos de los yokai más irascibles decidiera pagar con la Yuki-onna su frustración por haber dejado que los asesinos Nura se escapasen. En sus brazos, la dama de las nieves parecía tan frágil... aunque aún la recordaba lanzando estacas de hielo para protegerlo. ¿Era Tsurara realmente su enemiga? Con muchas dudas en su corazón, Rikuo lideró a los suyos de regreso a la Mansión Abe.
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A pocos metros de allí, una asombrada Yura observaba la escena con ojos abiertos como platos.
Despreciando la actitud acomodaticia de su familia, Yura había decidido salir a hurtadillas de la casa ancestral de los Keikain en pos de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios. No entendía por qué su abuelo y los demás dejaban campar a sus anchas a Hagoromo Gitsune. ¡Ella era la Señora del Pandemónium! ¡La Reina de la Oscuridad! ¡El Mal Encarnado! O al menos eso le habían contado desde que era pequeña.
Sin embargo, si lo pensaba bien, los Keikain nunca la habían perseguido, a pesar de que se decía que Hagoromo Gitsune tenía su base en la mismísima Kioto. De hecho, ahora que Yura se ponía a recordar, la mayoría de los Keikain viajaban a lo largo y ancho de Japón. Preferían combatir a los yokai en otras regiones, mientras que en Kansai sólo se ocupaban de fantasmas y demonios menores. Yura siempre había creído que se debía a que Hagoromo Gitsune era una yokai muy escurridiza, pero ahora se enteraba de que la gran kitsune podía reunir a la luz del día a su séquito de monstruos sin que los Keikain movieran un solo dedo.
"¿Pacto de no agresión?", pensó Yura enfurecida, recordando las palabras de Ryuji. "¿Cómo se puede pactar con un yokai?".
Por eso había aprovechado un descuido de Akifusa y había seguido el rastro de energía demoníaca de la Procesión Nocturna. Para sus sentidos de onmyoji, recién abiertos a los espíritus que la rodeaban, el aura oscura de la Procesión Nocturna era terrible y apabullante. Según se acercaba más y más, sus piernas empezaron a fallarla.
"¡No puedo creerlo! ¡Estoy pasando miedo de verdad!", se sorprendió la valiente Yura. Su ceguera espiritual la había salvado en anteriores ocasiones. Ahora tenía que aprender a superar el terror que producían los yokai.
Sus pasos la condujeron hasta el santuario de Seimei, lo cual extrañó a Yura. ¿Qué hacían los yokai reuniéndose en las inmediaciones del templo dedicado al legendario onmyoji? Ella misma había visitado aquel sitio sagrado varias veces, normalmente en compañía de Rikuo. Por alguna razón, su amigo de la infancia siempre había sido un fan del santuario. Por el contrario, el resto de los Keikain ni siquiera se dignaban a pronunciar el nombre de Seimei.
Muchos misterios, pero cualquier duda que tuviera Yura en mente palideció ante el espectáculo que presenció.
El cielo estaba plagado de yokai voladores, mientras que oni y otros espíritus guerreros se preparaban para partir. Fuera lo que fuera que hubiese sucedido en el santuario, parecía haber terminado. Los yokai se disponían a marcharse. Sin embargo, no se movieron hasta que hizo su aparición su líder. Yura estaba esperando a Hagoromo Gitsune. Lo que vio la sorprendió aún más.
¡Allí estaba! ¡Era él! ¡Él! ¡El maldito kitsune tramposo y chulesco que se había entrometido en aquel asunto de los yakuza! ¡El que según los relatos de su familia había estado presente durante el atque de los ogros cuatro años atrás! ¡El que había salvado a Tsurara y Rikuo de los malvados yokai de Shimabara! Era inconfundible, con su pelo largo y blanco, su cola de zorro y sus ojos rojos como rubíes. Yura parecía condenada a toparse con él una y otra vez. No obstante, más que su aparición al frente de la Procesión Nocturna, lo que más sorprendió a la joven onmyoji fue la carga que llevaba entre los brazos.
¡Era Tsurara! Su amiga de la escuela estaba inconsciente, presa de las garras del kitsune.
—¡Detente! —gritó Yura, saliendo de su puesto de observación detrás de la esquina, enfrentándose a la Procesión Nocturna cara a cara.
O eso le habría gustado hacer. En realidad, su grito no fue más que un susurro apagado, y apenas pudo separarse unos centímetros de la pared tras la cual se refugiaba. El terror que producía la Procesión Nocturna de los Cien Demonios era demasiado para ella. Maldijo su inutilidad. ¡Tsurara estaba siendo raptada por aquel odioso kitsune y no podía hacer nada para salvarla!
Contempló impotente como la Procesión Nocturna se alejaba en el horizonte. Intentó recordar los pasos básicos de uho. Su familiar rutina le devolvió el control de sus miembros, pero demasiado tarde para intervenir.
"Qué vergüenza", se lamentó Yura. En presencia de la terrorífica Procesión Nocturna de los Cien Demonios, había olvidado incluso las partes más básicas del entrenamiento onmyoji. Una vocecilla piadosa le susurró que era normal, que simplemente le faltaban años de entrenamiento que la hubieran acostumbrado a usar las técnicas de manera instintiva. Otra vocecilla, mucho menos amable, la llamó hipócrita y cobarde.
—No te preocupes, Oikawa. ¡Te rescataré! —se juró a sí misma Yura.
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Casa Nura, Tokio
En el área metropolitana de Tokio existía un municipio carente de interés para el ciudadano japonés medio. Se llamaba Ukiyoe. A primera vista, parecía otra más de las ciudades dormitorio que integraban el territorio de Tokio Occidental. Es más, apenas pasaba de ser un pueblo grande, con sus escuelas, su instituto, su Hospital General y varios lugares de entretenimiento, amén de algunos puntos de interés cultural, como sus templos. Nada especialmente reseñable.
Lo que la mayoría de los humanos ignoraba era que en Ukiyoe tenía su base el más poderoso de los clanes yokai fuera de Kansai. Los yakuzas del Clan Nura eran los amos de la oscuridad en la región de Kanto y su ambición era convertirse en Señores del Pandemónium.
En el corazón mismo de Ukiyoe se levantaba una antigua y venerable mansión. Aunque los años habían mellado su pasada gloria, seguía siendo un exponente perfecto de arquitectura tradicional de la era Tokugawa. Los muros que la rodeaban estaban decorados con hermosas lámparas de papel, y un esplendoroso cerezo abría sus ramas al cielo desde el jardín de la mansión. Y aún así, nadie se atrevía a acercarse a aquel lugar, ni siquiera por curiosidad. La bella arquitectura, los adornos y las flores no podían contrarrestar el aura negativa que emanaba de aquel edificio.
Pues aquella era la casa principal de los Nura, desde donde el General Supremo Nurarihyon gobernaba su clan mafioso.
Era un secreto a voces que el Clan Nura se estaba preparando para la guerra. Jóvenes yokai acudían de todas partes a la antigua Edo, en busca de emociones. Los lugartenientes de la familia habían puesto a trabajar con ahínco a sus subordinados, mientras que el propio Nurarihyon renovaba alianzas con grupos del exterior. Todo preparativo era poco cuando su objetivo era acabar con el reinado de Hagoromo Gitsune. Además de acumular "miedo", la información era una parte fundamental de la guerra. Por desgracia, en ese apartado las cosas no habían salido tan bien.
—¿HABÉIS ABANDONADO A MI HIJA EN KIOTO? —resonó en toda la antigua mansión el grito furibundo de una mujer.
Kubinashi y su equipo de espías aguantaron el chaparrón con estoicismo. Gracias al poder de Kappa habían hecho saltos de lago en lago hasta asomar de repente en el estanque de la Casa Nura. Su llegada había sido completamente imprevista y las noticias que habían traído no mejoraron el humor de sus jefes. Había sido convocada de urgencia una asamblea general para informar de lo ocurrido a los lugartenientes de la familia. En el centro de la enorme sala con suelo de madera, de rodillas y con la cabeza gacha, Kubinashi, Kejoro, Aotabo, Kurotabo y Kappa relataron por turnos sus desventuras. Su relato se granjeó la sorpresa y la decepción de muchos de los presentes, pero a ninguno le afectó más que a la madre de Tsurara.
—¿CÓMO HABÉIS PODIDO? ¡OS DIJE QUE NO LA MEZCLARAIS EN ESTO! ¡DEBERÍA CONGELAR VUESTRAS VENAS AHORA MISMO!
Quien así gritaba era Setsura, Yuki-onna de Tono y líder de la facción Arawashi, los rudos mercaderes de antigüedades del distrito de Nishikigoi. En la práctica, eso la convertía en una de las principales financiadoras del Clan Nura. Sin embargo, su historia con el Nurarihyon se remontaba muchos años atrás. Setsura parecía una versión adulta y madura de Tsurara, pero con ojos rojos en vez de amarillos. El paso del tiempo no había menguado su belleza sobrenatural, ni su maternidad había estropeado su sinuosa figura. Era de sobras conocido que Setsura había estado enamorada del Nurarihyon (y según las malas lenguas, aún lo estaba), pero el General Supremo había preferido a una humana. Luego, con el tiempo, cada cual se había dedicado a sus respectivas familias.
Y nadie ponía en duda que Setsura quería muchísimo a su hija.
—Asumo toda la responsabilidad —exclamó Kubinashi alto y claro, para que todos los presentes lo oyeran—. Desde el principio cometí un error estratégico imperdonable al no mantener una comunicación clara y sin secretos en el equipo. Además, la última operación se realizó bajo una clamorosa falta de información. El fracaso en la misión y la pérdida de Yuki-onna es culpa mía, no de nadie más. Aceptaré gustosamente el castigo que quiera imponerme el General Supremo o la líder del grupo Arawashi.
A Setsura le habría encantado clavarle una estaca de hielo afilado en la lengua, pero se contuvo al ver la mirada implorante de Kejoro. "Maldita sea", pensó la dama de las nieves. Conocía de primera mano los dolores del amor. Se volvió hacia el hombre que una vez había ocupado todos sus pensamientos.
A sus quinientos años, el Nurarihyon se conservaba tan fuerte como la primera vez que Setsura le había visto. Entonces era un joven yokai de Kanto, buscando adeptos en las cuatro esquinas de Japón para crear su propia Procesión Nocturna de los Cien Demonios. Incluso en la lejana aldea de Tono, llena de yokai orgullosos e independientes, el carisma del Nurarihyon hizo estragos. Setsura no fue la única que siguió sus pasos, pero sí fue una de sus consejeras más cercanas y leales. Tras cien años de peligros y aventuras, el Nurarihyon se estableció finalmente a las afueras de Edo y delegó el mando del Clan Nura en su hijo Rihan. Aquel vástago, medio humano y medio yokai, llevó al clan a sus días de gloria, cuando su influencia se extendía por medio Japón.
Pero la época de Rihan había pasado. Con mucho dolor, el Nurarihyon había tenido que ocupar de nuevo el puesto de General Supremo.
En aquel momento, el Nurarihyon estaba sentado con las piernas cruzadas en una tarima, acariciando inconscientemente su magnífica espada Nenekirimaru. Setsura sabía muy bien lo que su antiguo amor quería hacer con aquella katana. Pero Hagoromo Gitsune estaba lejos y, al parecer, había infligido un nuevo revés a los Nura. Hacía tiempo que el General Supremo había perdido su buen humor, pero las noticias de Kubinashi y compañía le habían preocupado aún más.
—No, Kubinashi. La culpa ha sido mía —habló por fin el Nurarihyon—. No debí haber insistido en asesinar al hijo del Nue. Menuda tontería, echar por tierra la mejor oportunidad que hemos tenido para espiar a los de Kioto sólo para matar a un crío.
Una tos interrumpió la digresión del General Supremo.
—No digáis eso, poderoso Nurarihyon.
Las miradas de la sala se volvieron hacia quien así había hablado. Se trataba de un viejo decrépito, con barba de chivo y boca medio desdentada. Dos cicatrices verticales cruzaban sus ojos, permanentemente cerrados. No estaba ciego, sin embargo. Un enorme ojo inyectado en sangre brotaba de su frente. Para rematar su siniestra apariencia, una rapaz de mal agüero le hacía compañía, posada sobre su hombro.
—Minagoroshi Jizo... —murmuró el Nurarihyon.
Pocos sabían de dónde había surgido el tal Minagoroshi Jizo, ni cómo se había abierto paso entre las filas del Clan Nura hasta convertirse en uno de los consejeros principales. Los que tenían cierta idea se acordaban de que había sido el segundo al mando de Mitsume Yazura, el líder de la facción Tres Ojos antes de su desaparición ocho años atrás. Al suceder a su jefe, Minagoroshi Jizo había tenido acceso a las asambleas generales y había podido desplegar sus "encantos". Era de las pocas personas que, en aquel estado de guerra en ciernes, tenían acceso directo al Nurarihyon.
—Ojo por ojo, esa ha sido siempre la ley yokai. Esto sólo ha sido un tropiezo, nada más, mi señor —dijo en tono servil y zalamero Minagoroshi Jizo, antes de hacer una mueca de enfado—. Nuestro buen Kubinashi no habría fallado de no haber sido por la traidora Yuki-onna...
¡Zum! Una estaca de hielo se clavó en la pared a su espalda, tras haber pasado a milímetros escasos de su cabeza. En los ojos de Setsura brillaban llamas heladas.
—Vuelve a llamar "traidora" a mi hija y te aseguro que la próxima vez te reventaré ese enorme grano rojo de tu frente —amenazó la dama de las nieves.
—Je, je, je —se rió Minagoroshi Jizo sin inmutarse—. ¿Qué se puede esperar de una madre? Pero nosotros, los hombres, sabemos pensar con más claridad. Y lo cierto es que si vuestra hija no es una traidora, señora Setsura, es una estúpida que ha estropeado una misión que ha costado años en prepararse.
—¡Basta ya, Minagoroshi Jizo! —ladró el General Supremo—. No es momento de pelearnos entre nosotros. Tenemos que recoger los pedazos y ver qué podemos hacer.
—Por supuesto, temido Nurarihyon —hizo una reverencia Minagoroshi Jizo.
Algunos de los lugartenientes más veteranos asintieron ante las palabras del Nurarihyon. Era bueno saber que el General Supremo seguía imponiendo su autoridad como antaño. Aunque más de uno creía que había razón en las palabras de Minagoroshi Jizo, pocos habrían estado dispuestos a reconocerlo públicamente. No tanto por respeto a Setsura como por la poca confianza que despertaba el nuevo consejero entre los miembros del clan con más solera. ¿Dónde había estado el tal Minagoroshi Jizo cuando anexionaron a los feroces guerreros del monte Nejireme? ¿O cuando marcharon sobre Kioto? ¿O cuando se disputaron con el Clan de las Cien Historias el control de las calles de Edo? El siniestro vejestorio aún debía probarse a sí mismo en combate real.
Setsura, por su parte, miró al Nurarihyon a los ojos. Por un momento, la pose de la aguerrida jefa de la familia Arawashi se resquebrajó, mostrando su vulnerabilidad al único hombre en el que aún confiaba. Pero el Nurarihyon no podía conmoverse ante la súplica silenciosa de la Yuki-onna. Ante todo, él era el General Supremo de los Nura.
—Lo siento, Setsura, pero me temo que no podemos hacer nada por tu hija ahora mismo —confesó el Nurarihyon con pesar—. Después de este fiasco, el Clan Abe estará en alerta total. No podremos volver a infiltrarnos con facilidad. Arriesgar a más agentes para salvar a una sola persona es demasiado peligroso.
—¡Pero...! —empezó a protestar Setsura, prácticamente a punto de caer de rodillas, pero el Nurarihyon le puso un dedo en los labios.
—No te preocupes. Tsurara no sufrirá daño —le prometió el hombre de melena dorada—. Los Abe querrán interrogarla para descubrir todo lo que puedan sobre nosotros. Ya es una estupidez fingir que no vamos a la guerra. En el peor de los casos, atraparemos a algunos espías de los Abe nosotros mismos y haremos un canje de prisioneros. Sin embargo, espero no llegar a ese extremo. Tenemos amigos en muchos lugares, después de todo —comentó el Nurarihyon con una media sonrisa. Entonces se volvió hacia un pequeño tengu con una joya en la cabeza—: Hazlos pasar, Karasu Tengu.
—Enseguida, General Supremo —hizo una reverencia el diminuto hombre-pájaro.
Al poco tiempo de dar la orden, entraron en la sala de reuniones con aire confiado varios yokai, que ni siquiera los veteranos lugartenientes del Clan Nura conocían. Había una elegante mujer de pelo rosa envuelta en un hermoso kimono, una pequeña niña de ojos siniestros, un hombre-lagarto acuático, un hombre-mono con pinturas en la cara, una guerrera marimacho de pelo rubio, y un joven adusto con ropas ainu y hoces de guerra a la espalda. Los seis recién llegados alzaban la cabeza orgullosamente incluso en presencia del Nurarihyon, y dedicaron una mirada de suficiencia al grupo de espías que aún seguía en el centro de la sala. A Kubinashi le habría gustado decir algo, pero no era el lugar ni el momento de criticar la falta de educación de los invitados del General Supremo.
—Han venido desde la lejana aldea de Tono para ayudarnos en nuestra guerra contra los Abe —explicó el Nurarihyon a sus lugartenientes—. Son pocos, pero fuertes. Y creo que son las personas indicadas para liderar el grupo que, en cuanto empiecen las confrontaciones, atacará la base enemiga y rescatará a nuestra Yuki-onna perdida.
La idea pareció bien a casi todos los presentes, menos a los propios yokai de Tono. El joven de las hoces, que actuaba como líder informal de los seis, le espetó al General Supremo:
—¡Los yokai de Tono no somos los lacayos de nadie, Nurarihyon!
Por supuesto, los miembros del Clan Nura se enfadaron con los orgullosos ninjas del norte, pero el propio Nurarihyon les pidió a los suyos que se callaran. Conocía perfectamente el orgullo de los Tono, así que invitó a su joven líder a proseguir con sus quejas.
—Si hemos venido hasta aquí, es sólo porque tenemos cuentas pendientes con Kioto —aclaró el chico—. Durante demasiado tiempo esos arrogantes de la capital nos han mirado por encima del hombro, usándonos cuando les venía bien y sacrificándonos como a vulgares mercenarios. Eso no significa que vayamos a intercambiar sakazuki con el Clan Nura. Sin embargo, no dejaremos que la hija de una antigua camarada de Tono quede en poder de Kioto. Cuando llegue el momento, triunfaremos allí donde vuestros hombres han fracasado. ¡Yo, Itaku el Kamaitachi, lo prometo!
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Mansión Abe, Kioto
—¿Cómo que sabías que Tsurara era una espía? —exclamó un indignado Rikuo.
La Procesión Nocturna de los Cien Demonios había regresado a la mansión. Ahora estaba teniendo lugar una pequeña reunión de urgencia para tratar sobre el tema. La unidad de contraespionaje se había postrado de rodillas ante Hagoromo Gitsune, pidiendo perdón por su fracaso. Hasta hacía unos días, los movimientos de los espías habían sido fáciles de predecir y controlar, pero luego habían empezado a volverse más cautos. Al no conocer los poderes de Kappa, los tengus de contraespionaje habían cometido un gravísimo error. Tampoco habían tenido en cuenta que las órdenes de los agentes de Edo podía haber pasado de "espionaje" a "asesinato".
Hagoromo Gitsune fue condescendiente con ellos. La señora de los yokai de Kioto había salido tarde de la casa y se había perdido la acción en el santuario de Seimei. Sin embargo, aunque lamentaba no haber podido despellejar a los odiosos asesinos Nura, se alegraba de que su nieto estuviese sano y salvo.
Rikuo no compartía el buen humor de su abuela. Había regresado a su forma humana y miraba a Hagoromo Gitsune con los ojos fruncidos tras los cristales de sus gafas. Más que la pelea en sí, en la que había estado a punto de perder la vida, le dolían los secretos descubiertos. Que su amiga Tsurara fuera una espía era lo que más desgarraba su corazón, pero tampoco le hacía ninguna gracia que su abuela hubiese mantenido en secreto que conocía la identidad real de la Yuki-onna. El joven señor estaba furioso, sin que las palabras del consejero principal Sojobo lograran aplacar sus ánimos.
—¿Desde cuándo lo sabías, abuela? —insistió Rikuo, al ver que la kitsune se obstinaba en no responder a su pregunta.
La dama de negro entornó los ojos. No era habitual ver a Rikuo tan airado, ni tan decidido. No al menos en su forma humana. "¿Será que ha aprendido a liberar su lado oscuro?", se preguntó la kitsune. No importaba. Era un cambio molesto, pero necesario. Rikuo tenía que forjar su carácter si quería convertirse en el líder del Clan Abe.
—Descubrí que tu amiguita era una Yuki-onna desde el mismo día que la conocí, cuando ella y la joven Keikain vinieron a la mansión —contestó Hagoromo Gitsune sin darle mucha importancia—. Una Yuki-onna jamás podrá engañar a una kitsune, y menos a una kitsune milenaria.
—¿Y no podrías habérmelo contado? —se lamentó Rikuo, aún indignado.
—En aquel momento la banda de espías del Nurarihyon era relativamente inofensiva. No hacían más que buscar información. En una guerra siempre hay espías, Rikuo. Cuando sabes donde están, puedes engañarlos, suministrarles información falsa, hacer que contacten con un topo... Una forma muy entretenida de matar el aburrimiento antes de la batalla. Y no me mires así, Rikuo —le regañó Hagoromo Gitsune a su nieto, al notar como el muchacho seguía enfadado—. Aunque ahora seas el sucesor oficial, recuerda que yo sigo siendo la líder del clan. Eso significa acatar mis decisiones, aunque no te gusten. ¿Entendido?
—Sí. Pero esos espías no eran tan inofensivos... —observó dolido Rikuo. Aún tenía cicatrices en su piel, las marcas de las letales cuerdas de Kubinashi.
La dura mirada de Hagoromo Gitsune se suavizó. Los que conocían a la Señora del Pandemónium temían sus ojos fríos y negros como pozos de oscuridad. Sólo sus más íntimos allegados, que se podían contar con los dedos de una mano, reconocían otra mirada en ella, la tristeza de una mujer que a pesar de su enorme poder había perdido a un amado marido y a su único hijo.
—Confiaba en que la unidad de contraespionaje neutralizase cualquier posible amenaza —comentó la kitsune. Al oír esto, los tengus de la citada unidad temblaron de miedo—. Pero no te preocupes. Dudo mucho que el Nurarihyon vuelva a mandar espías, no tras el fiasco de su última operación. Estaremos atentos, sin embargo. Ahora sólo nos queda decidir que haremos con esa maldita Yuki-onna.
Las alarmas se encendieron en la mente de Rikuo. Tenía una idea clara de qué pretendía hacer su abuela.
—No estarás pensando en matarla, ¿verdad? —preguntó el chico con tono acusador.
—¿Por qué no? Es una espía y una asesina. No hay razón para que siga con vida —dijo sin ambages Hagoromo Gitsune—. Estaría encantada de ocuparme personalmente...
El Gran Tengu del monte Kurama iba a intervenir para aconsejar otro curso de acción, pero se le adelantó Rikuo. El chico de pelo castaño estalló.
—¡Tsurara no es una asesina! ¡Me salvó la vida! ¡De no ser por ella, no estaría ahora aquí hablando contigo!
—Sí, un comportamiento extraño e ilógico —admitió la dama de negro, entrecerrando los ojos con suspicacia—. Y es la única razón por la que todavía conserva su cabeza.
—Mi temida señora, si me permitís —intervino el Gran Tengu. A un gesto de asentimiento de Hagoromo Gitsune, Sojobo prosiguió—: Está claro que hay más en esa Yuki-onna de lo que aparenta. Quizás esté teniendo dudas sobre su lealtad. Quizás no tenga experiencia en misiones de este tipo. Quizás es demasiado idealista para una banda yakuza. En todo caso, comparto la opinión del joven señor de que nos conviene mantenerla con vida. Tener como rehén a una espía del enemigo siempre es útil.
Hagoromo Gitsune puso cara de aburrimiento.
—Esa Yuki-onna no tiene pinta de saber muchos secretos del Clan Nura. Está demasiado verde.
—Tal vez —reconoció Sojobo—, pero ella misma puede ser una moneda de cambio de gran valor. Por favor, señora Hagoromo Gitsune, señor Rikuo, observen estos documentos.
El venerable anciano depositó sobre la mesa unas carpetas de cuero llenas de papeles. Era una suerte que en aquella reunión sólo estuviesen la gran kitsune, el consejero principal y el propio Rikuo, amén de los tengus de contraespionaje (que seguían agachando la cabeza), porque aquellos documentos tenían información secreta y valiosísima sobre sus enemigos del Clan Nura. Aunque buena parte de la información no estaba actualizada, revelando lagunas en las capacidades de espionaje del Clan Abe, sí contenía perfiles de las grandes figuras enemigas, incluso con algunas fotografías. Una de ellas llamó poderosamente la atención de Rikuo. Mostraba a una mujer hermosa y distante, tan parecida a Tsurara que el muchacho la confundió al principio con su amiga.
—¿Quién es? —preguntó Rikuo interesado.
—A eso quería yo llegar, joven señor —celebró el Gran Tengu—. Se llama Setsura, es la jefa de la familia Arawashi y una de las principales lugartenientes del Nurarihyon. Lo acompañó durante su fallido intento de expulsarnos de Kioto.
—La recuerdo —murmuró Hagoromo Gitsune entre dientes, destilando veneno por la lengua. El rencor por las ofensas pasadas aún no había amainado.
—Y posiblemente sea pariente de nuestra más reciente prisionera —recalcó el anciano consejero, tratando de llevar la conversación por otros derroteros que no obligasen a su señora a rememorar el asedio de Osaka—. De ser así, la tal Tsurara puede ser una rehén más valiosa de lo que creemos.
A Rikuo se le iluminaron los ojos.
—¡Entonces está decidido! —afirmó el joven señor enérgicamente—. Aunque Tsurara sea una espía, me salvó la vida, y además está relacionada con una persona muy importante del Clan Nura. ¡No la podemos ejecutar sin más!
El muchacho miró a su abuela, prácticamente desafiándola a llevarle la contraria. Hagoromo Gitsune suspiró. En el fondo, su querido nieto seguía siendo un humano. A pesar de que había sido engañado y emboscado por culpa de la Yuki-onna, no deseaba su muerte. En la cabeza de la dama de negro no entraba que un futuro Señor del Pandemónium pudiera ser tan puro e ingenuo. Era evidente que a Rikuo todavía le dolía el desenlace del juicio de Kidomaru. El chico no iba a permitir que ocurriese lo mismo con la dama de las nieves. Ahora Hagoromo Gitsune se enfrentaba a un dilema. Como señora del clan, tenía la última palabra sobre el destino de la espía. Si por ella fuera, habría hecho freír su corazón con una guarnición de verduras, acompañada de una copa de sake. Sin embargo, era innegable que la Yuki-onna no había intentado matar a Rikuo, sino todo lo contrario.
Hagoromo Gitsune frunció el ceño. Era hora de tomar una decisión.
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Tsurara abrió los ojos con dificultad. Había dormido durante horas. La fatiga de la batalla y la angustia emocional habían pasado factura a su cuerpo. Ahora que estaba despierta, tardó unos instantes en situarse. No se encontraba en el santuario de Seimei, ni en su refugio de Kioto, ni mucho menos en la Casa Nura. No había ni rastro de su acogedor hogar de Ukiyoe, sino fríos muros de piedra. Se encontraba en una habitación pequeña y espartana, sin ventanas y con una sola puerta. De hecho, la palabra correcta no era "habitación".
Celda. Estaba encerrada en una celda.
Con cuidado, la Yuki-onna se incorporó y se acercó a la puerta. Era de metal. Sólo tenía una abertura en la parte superior, reforzada con barrotes. Tsurara se asomó.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó en alto.
Nadie respondió al principio. Tampoco se oían pasos en la galería. Ya se iba a retirar de la puerta y volver al duro suelo de piedra, cuando una voz la llamó desde otra de las celdas:
—¿Quién eres tú, niña? ¿Qué haces en las mazmorras de los Abe?
Tsurara se volvió a asomar. Por la abertura de la puerta de la celda de enfrente apareció el rostro de un hombre barbudo. La dama de las nieves lo reconoció enseguida de los informes que les había pasado Kubinashi antes de empezar la misión: era Kidomaru, el espadachín oni. Al notar la sorpresa en los ojos dorados de Tsurara, el ex-lugarteniente del Clan Abe sonrió con tristeza.
—Ah, veo que mi fama me precede. Supongo que no hace falta que me presente, pero hay que respetar los buenos modales... incluso en circunstancias tan deplorables. Soy Kidomaru, antaño jefe de los oni de Kioto, hoy un simple condenado a muerte que espera su ejecución. ¿Y tú, niña? ¿Quién eres?
—Y-yo... Me llamo Tsurara —terminó por responder la Yuki-onna.
—Mm, recuerdo ese nombre —comentó Kidomaru como si se encontrase en una reunión de sociedad—. Una compañera de clase del señor Rikuo, ¿me equivoco? Debo pedirte disculpas, chiquilla, utilicé tu nombre para tenderle una trampa al joven señor. No pienses mal de mí, no había mala intención en mis acciones. Sin embargo, la traición y el intento de asesinato se pagan con la ejecución. ¿Pero qué hace la amiga del joven señor en estas mazmorras? ¿Qué crimen es tan terrible para lograr un puesto en la galería de los condenados?
Tsurara bajó la mirada, avergonzada.
—Yo engañé a Rikuo —confesó ella, como si se tratase del crimen más odioso del mundo.
Kidomaru asintió en actitud comprensiva. No conocía los detalles de lo acaecido, pero resultaba obvio que la conciencia de la chica de pelo azul no estaba en paz.
—Me gustaría mantener una larga conversación, niña, pero me temo que vienen a buscarte —indicó el espadachín oni tras una larga pausa—. ¿Oyes los pasos?
Tsurara aguzó el oído. Efectivamente, se oían pasos provenientes de un extremo de la galería. No estaba tan segura como Kidomaru de que venían a por ella, pero aún así retrocedió y se acurrucó en el fondo de su celda. Se le ocurrió utilizar sus poderes. A fin de cuentas, se encontraba prisionera del enemigo. A saber a qué horribles torturas la someterían los crueles yokai de Kioto. ¡Pero jamás revelaría ningún secreto del Clan Nura! ¡Aunque Kubinashi y los demás se hubiesen ido sin ella, a pesar del dolor que pudiera sufrir, a pesar de que se sentía culpable por Rikuo, nunca soltarían su lengua! Bueno, la verdad es que tampoco conocía muchos secretos importantes... En cualquier caso, su intención de plantar cara pronto se vino abajo. Había algo raro en las paredes de aquella mazmorra, algo que chupaba su "miedo" y sólo le dejaba el poder suficiente para conjurar una mísera bola de nieve. Si esa iba a ser su última batalla, iba a parecer un poco patética.
La puerta de la celda se abrió con un chirrido siniestro. Tsurara se preparó para lo peor. Dos tengus del monte Kurama entraron armados con lanzas naginata. Sin embargo, para sorpresa de la Yuki-onna, el siguiente en cruzar la puerta fue Rikuo. El corazón de la dama de las nieves palpitó muy deprisa. Por desgracia, pasaba algo raro con el muchacho. El joven señor de los Abe estaba evitando su mirada. ¿Era porque aún se sentía dolido con ella o por algo peor? Los nervios de Tsurara aumentaron cuando a continuación entró el anciano Gran Tengu y prácticamente se desmayó de terror cuando la última en poner un pie en la celda fue la mismísima Hagoromo Gitsune.
Tsurara tragó saliva. Los ojos negros de la señora de los yokai de Kioto taladraban su alma.
Entonces Hagoromo Gitsune habló:
—¿Te apetecería tomar una taza de té? —preguntó la dama de negro. Sonrió con malicia al comprobar la perplejidad absoluta de su prisionera—: Oh, vamos, no seas así, pequeña Yuki-onna. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar...
Notas adicionales:
¡Felicidades a los que me hayan seguido hasta aquí (y dobles felicidades a la gente como Suki90, Lonely Athena, Tsurara 12012 y demás que me han comentado)! Os habéis leído el equivalente al guión de un anime de 12 episodios. A partir de aquí, no puedo prometer actualizaciones semanales, pero sí como mínimo un capítulo mensual. Intentaré que el siguiente esté para la próxima semana. Las clases ya han empezado y me quitan mucho tiempo, lo siento :-( También tengo otros proyectos de escritura que no son fanfiction.
Y ahora, las notas extras:
* Aquí vemos por fin cómo Yura empieza a desarrollar su "sentido onmyoji", que antes no tenía (por eso no notó nada raro en su visita a la Mansión Abe). En el canon, Yura también se entrena de vez en cuando tapándose los ojos, pero aquí Ryuji hace que su ejercicio sea innecesariamente difícil. En cuanto al terror que la domina después, hay que entender que las personas que tienen la habilidad de ver la energía espiritual son más susceptibles de sufrir los efectos del "miedo" yokai. Sólo los ciegos e ignorantes (como aquellos estudiantes de Tokio que intentaban ligar con Hagoromo Gitsune) no se asustan en presencia de yokai. Como en el canon, Yura es muy dura consigo misma.
* En la batalla entre Ryuji y Rikuo del canon (que ha inspirado esta otra), Yura está despierta y de pie, y se queda sin hacer nada mientras su hermano y su amigo pelean. Me pareció un poco raro que fuera una espectadora que no interviniese, así que aquí he tomado la solución más fácil: dejar inconsciente a Tsurara, lo cual abría paradójicamente muchas más posibilidades.
* Kappa tiene uno de los poderes más útiles e interesantes del manga. Sin embargo, como es un poder para "huir" en vez de "combatir", parece que el autor lo ha ignorado por completo.
* Ukiyoe no es un barrio de la ciudad de Tokio, sino un pueblo ficticio de la prefectura/área metropolitana de Tokio. El nombre para esta clase de poblaciones en japonés es cho o machi. En la prefectura de Tokio hay que distinguir los 23 Barrios Especiales (que conforman lo que comúnmente se llama "ciudad de Tokio"), las 26 ciudades de Tokio Occidental, varios pueblos y aldeas repartidos entre las ciudades, y un montón de islas agrupadas en varias subprefecturas.
* El aspecto del Nurarihyon es más el que tenía durante el flashback de Rihan y Sanmoto que el del flashback del asedio de Osaka. Empiezan a notarse ciertos signos de envejecimiento, pero aún se conserva fuerte y sano. Nada del viejo decrépito que conocemos tan bien. En este universo, recordemos, Hagoromo Gitsune no le arrancó el corazón, así que no hubo envejecimiento prematuro. Otra cosa es que pueda disfrazarse de viejo gracias a su poder.
* ¿Alguien creía que los Tono iban a estar de parte de los Abe? Lo siento, pero no. En el canon los Tono odian a los yokai de Kioto porque son arrogantes, van de aristócratas por la vida y tratan a los demás como pueblerinos. Por desgracia, eso no ha cambiado. En cambio, el Nurarihyon es un viejo conocido para ellos.
Próximo capítulo: "Convenciendo a Tsurara".
