Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Kubinashi y los espías del Nurarihyon fracasan en su misión y tienen que regresar a Edo, dejando atrás a una inconsciente Tsurara. Hagoromo Gitsune piensa detenidamente qué hacer con su nueva prisionera. Mientras, sin que nadie lo sepa, Yura ha sido testigo de cómo el Rikuo nocturno se llevaba a Tsurara y jura rescatarla.
Convenciendo a Tsurara
Tsurara estaba temblando como un flan, y no precisamente por culpa del frío. A fin de cuentas, era una Yuki-onna. Sin embargo, la situación en la que se hallaba en aquel momento producía más escalofríos que una ventisca helada en el Polo Norte.
La dama de las nieves se encontraba en la Mansión Abe, la mismísima base de los yokai de Kioto, sentada a la mesa en el comedor principal. Frente a ella, la temible Hagoromo Gitsune bebía una taza de té con aparente indolencia. Tsurara también tenía una taza de té y unas pastas para ella sola, pero no las había tocado. Sabía muy bien que era una prisionera, una espía capturada en territorio enemigo. Su destino iba a ser la muerte o algo peor. No obstante, debía reconocer que invitar a los prisioneros a una merienda no era la clase de tortura que se había esperado. Los Abe debían tener un sentido del humor muy retorcido.
No estaban solas. A la mesa también se habían sentado Rikuo y el Gran Tengu del monte Kurama. Ni el muchacho de pelo castaño ni el anciano consejero del Clan Abe dijeron ni una sola palabra. El joven señor estaba cabizbajo. Tsurara ni siquiera se atrevía a mirarle directamente. Ella había traicionado la confianza de Rikuo. Su amigo. Había cometido el peor error que una espía podía cometer al implicarse emocionalmente, para luego estropear todavía más la situación. Kubinashi y los demás habían tenido que huir, mientras que ella había quedado en poder de los yokai de Kioto.
Pero Rikuo estaba sano y salvo. Eso era lo importante, ¿no?
En ese momento, la siniestra señora de los yokai de Kioto depositó con suavidad su taza de té en la mesa y se dirigió a Tsurara:
—¿No te apetece té, pequeña Yuki-onna? No has bebido ni un sorbo. ¿Quizás prefieres otra cosa? —Hagoromo Gitsune sonrió con falsa amabilidad.
—No, no... Es que no tengo sed. Ni hambre —se apresuró a responder Tsurara. Un sudor frío corrió por su frente. Lo cierto era que los nervios la atenazaban. No podía tragar ni un sorbo de té.
—Espero que no creas que tu comida está envenenada —comentó la dama de negro enarcando una ceja—.Tenemos formas mucho más efectivas de deshacernos de molestias indeseadas. Ya sabes, traidores, asesinos, espías...
A la Yuki-onna se le pusieron los pelos de punta.
—¡Ejem! —carraspeó Rikuo, dirigiendo una mirada de reproche a Hagoromo Gitsune. El chico confiaba en su abuela para tomar las riendas de la conversación, pero se daba cuenta de que la kitsune se estaba divirtiendo a costa del terror de Tsurara.
La líder de los yokai de Kioto, vestida en su sempiterno uniforme escolar negro, suspiró con desidia. "Ya no me permiten ni matar el aburrimiento", se lamentó ella. Apoyó los codos en la mesa y cruzó los dedos, apuntando sus ojos calculadores hacia su prisionera.
—Confieso que mi primera intención fue arrancarte el corazón, Yuki-onna —explicó Hagoromo Gitsune sin cortarse un pelo—. Y créeme, he tenido tiempo para pensarlo. Tu actuación de pacotilla servirá para engañar a otros yokai, pero olí tu sangre de hielo desde que nos vimos por primera vez. No obstante, tengo que agradecerte la oportunidad que nos diste para localizar al patético grupo de espías del Nurarihyon. Os hemos estado vigilando desde hace semanas.
Tsurara bajó la cabeza, incapaz de aguantar por más tiempo la oscura mirada de Hagoromo Gitsune. Era la gota que colmaba el vaso, la prueba de que no era más que una fracasada. Había fallado como espía, había fallado como amiga, había fallado a todas las personas que le importaban.
Rikuo se molestó. Era evidente que las palabras de su abuela buscaban hacer daño. Lo peor de todo era que Hagoromo Gitsune no mentía.
—Alegra esa cara, pequeña Yuki-onna —se burló la kitsune, saboreando el momento. Hacía tiempo que no se divertía tanto—. No vas a morir. Al menos, no por ahora.
—¿Eh? —Tsurara alzó la cabeza, sorprendida.
—Ninguna ley humana o yokai protege a los espías, pero Rikuo y el Gran Tengu me han insistido para que no te ejecute —dijo la dama de negro, señalando a los otros dos convidados a la mesa.
Al oír esto, Tsurara volvió su cabeza hacia el anciano y el muchacho, pero sobre todo hacia el muchacho. El corazón le latió con fuerza. Rikuo había hablado en su favor. "¿Quizás no me odia totalmente?", se atrevió a pensar la Yuki-onna.
—Mi ingenuo nieto jura y perjura que salvó la vida gracias a ti —continuó Hagoromo Gitsune, un poco molesta porque Tsurara había dejado de hacerla caso momentáneamente—, y mi fiel consejero Sojobo me ha informado de un detalle muy jugoso. Sabemos quién es tu madre, pequeña Yuki-onna.
Aquellas palabras desde luego sirvieron para que Tsurara se olvidase de Rikuo y volviese a prestar su atención a Hagoromo Gitsune. A pesar de que estaba muerta de miedo, la chica de ojos dorados frunció el ceño. Temía un golpe bajo por parte de su siniestra anfitriona.
—¿Qué tiene que ver mi madre en todo esto? —preguntó Tsurara, haciendo acopio de valor.
—Vamos, vamos, seguro que puedes entretenerme un poco más. ¿Acaso no es Setsura una lugarteniente del Clan Nura? ¿Acaso no es una de las personas de confianza del Nurarihyon? Y puede que algo más... —sugirió en tono burlón Hagoromo Gitsune. Tsurara se puso roja—. Hasta una pequeña Yuki-onna como tú puede entender que eso te convierte en una rehén muy, muy valiosa.
La dama de las nieves debería haber estado aterrorizada. Sin embargo, las palabras de su oscura anfitriona la enervaron. Para sorpresa de Rikuo y el resto de los presentes en el comedor, Tsurara se incorporó de su asiento, apoyando las manos sobre la mesa. Sus ojos, medio tapados por su azulado flequillo, mostraban una ira fría.
—Primero, no me llamo "pequeña Yuki-onna" —empezó a decir Tsurara, apretando los dientes—. Hace tiempo que cumplí los trece años, soy una adulta y debo ser tratada como tal. Segundo, mi madre jamás se dejará chantajear por Kioto ni traicionará al General Supremo. Y tercero, ¡no pienso ser utilizada para hacer daño al Clan Nura! ¡Antes moriré! ¡Lo juro!
Rikuo abrió mucho los ojos, asombrado. No había visto a Tsurara así de decidida desde, bueno, desde que la Yuki-onna había arriesgado su vida para salvarle a él. Ahora comprendía que el Clan Nura debía significar mucho para ella. Sin embargo, el Gran Tengu y Hagoromo Gitsune no estaban tan impresionados. A sus ojos experimentados no se les escapaba que las manos de Tsurara temblaban, incluso apoyadas sobre la mesa.
La señora de las tinieblas de Kioto esbozó una media sonrisa maliciosa.
—Niña, para una kitsune milenaria como yo eres poco más que un bebé —dijo Hagoromo Gitsune, apoyando la barbilla entre sus manos entrelazadas—. En cuanto a tu patética lealtad por ese grupo de pueblerinos mafiosos al que llamas "clan", puedes quedártela. Sé perfectamente que esta guerra no será evitada por ningún subterfugio, pero hasta el conflicto más sangriento termina tarde o temprano. Quién sabe, quizás cuando llegue la hora de las negociaciones tengas algún valor. De momento, te quedarás con nosotros. No sé qué clase de barbarismos os enseñarán en Edo, pero espero que te comportes como corresponde en Kioto.
Tsurara estaba roja. Por una parte, el miedo que inspiraba Hagoromo Gitsune era abrumador. Sin embargo, la dama de negro no paraba de insultar a su querido Clan Nura, el mismo clan por el cual su orgullosa madre había abandonado la aldea de Tono. El clan del Nurarihyon. El clan de Rihan.
—No somos bárbaros —se atrevió a protestar Tsurara.
—¿Ah, no? —Hagoromo Gitsune enarcó una ceja.
Aquel sencillo gesto hizo que la Yuki-onna apartase la mirada aterrada, pero luego se obligó a levantar la cabeza de nuevo.
—¡El Clan Nura protege a todos los yokai de Kanto! —exclamó la dama de las nieves apasionadamente—. ¡Somos cien grupos, diez mil demonios! ¡El General Supremo es fuerte, inteligente y un gran líder! ¡Siempre se preocupa por los desamparados! ¡No importa si un yokai es pobre, débil o enfermizo, todos tienen cabida en la Procesión Nocturna del Nurarihyon! ¡Algún día será el Señor del Pandemónium de Japón!
—Por encima de mi cadáver —intervino Hagoromo Gitsune. No era una amenaza. Era la constatación de un hecho.
Tsurara se hundió de nuevo en su asiento.
—Qué bonito lo pintas, Yuki-onna de Edo. Hasta a mí me darían ganas de unirme a un clan así —se burló con sorna la kitsune—. Pero no dejáis de ser una banda de yakuzas que extorsionan a los dioses locales y que obligan a clanes con mayor pedigrí pero menor fuerza de combate a servirles y financiarles. Dime, hija de Setsura, ¿qué pasa cuando uno de vuestros queridos subordinados no puede pagar el "impuesto de protección", hum? ¿A cual de vuestros matones enviáis para partirles las piernas? ¿No respondes? Claro, qué se puede esperar de los salvajes que atacaron Osaka y empezaron esta guerra inútil...
La Yuki-onna volvió a saltar como un resorte.
—¿Cómo que empezamos la guerra? ¡Es todo culpa vuestra! —gritó airada Tsurara.
—¿Culpa nuestra? —repitió Rikuo confundido, interrumpiendo la conversación entre su amiga y su abuela—. ¡Kioto es nuestra casa! ¡Nosotros no queremos esta guerra!
Tsurara se volvió hacia él, entre triste y dolida. Entendía que Rikuo era demasiado joven para haber formado parte de lo ocurrido ocho años atrás, pero aún así tenía que saber algo. La arrogancia de los yokai de Kioto era proverbial. Ni siquiera admitían una pizca de culpa. Pero la Yuki-onna estaba harta de ocultar su dolor.
—¡Nosotros tampoco queremos la guerra! ¡Pero no teníamos otra opción! —exclamó Tsurara con fiera tristeza—. Haríamos lo que fuera por el sueño del señor Nurarihyon...
—¿Por qué? —preguntó Rikuo. No veía ninguna lógica en las palabras de la chica de ojos dorados—. ¿Qué es lo que quiere el Nurarihyon?
Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu intercambiaron una mirada. Sabían lo que iba a responder su emocional invitada.
—El General Supremo quiere resucitar a su hijo —susurró Tsurara.
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Casa Nura
En la vieja mansión situada en el corazón de Ukiyoe, la asamblea general de los jerarcas de la familia Nura acababa de concluir. Los jefes territoriales regresaron a sus dominios, mascullando para sí varios improperios en contra de Kioto. El fracaso de la misión de Kubinashi había sido un golpe muy duro. Aunque el verano no estaba lejos, tendrían que atacar sin información actualizada a un Clan Abe en alerta. Aún así, confiaban en el Nurarihyon. Era una suerte que los yokai envejecieran lentamente. Si hubiera sido un anciano achacoso, nadie le habría creído capaz de manejar el clan. Incluso así, la pérdida del Segundo General Rihan se hacía notar.
Hubo una persona que no se marchó. Setsura, la madre de Tsurara, se quedó en la casa principal. No tenía ganas de volver con sus ilusiones rotas al distrito Nishikigoi. Sólo había un lugar en el que quería estar, al lado de su hija, pero se hallaba fuera de su alcance, a muchos kilómetros de distancia. La zorra milenaria la tenía en sus garras. Quería transportarse mágicamente a Kioto, arrasar la capital con una tormenta de hielo, pero sobre todo quería saber si Tsurara estaba a salvo.
Con melancolía, Setsura salió al patio de la mansión. Era un despliegue de cuidada jardinería japonesa. Junto al estanque, un hermoso cerezo abría sus ramas al cielo. La época de floración ya había terminado. Ahora, pequeños frutos asomaban en su copa. Sin saber muy bien por qué, Setsura se quedó mirando el cerezo a la luz de la luna, mientras el cielo empezaba a clarear. El alba llegaría en poco tiempo. Para los humanos, un símbolo de esperanza. Para los yokai, uno de tristeza.
De repente, Setsura sintió los pasos de una persona detrás de ella.
—Un árbol precioso —comentó la voz del Nurarihyon a su espalda.
—Sí que lo es —musitó la Yuki-onna, sin volver la cabeza.
El Nurarihyon dio un paso adelante, aunque guardó las distancias con su subordinada. No quería presionarla. Conocía a Setsura. Si su consejera y amiga quería hablar, lo haría por su propia voluntad.
—Es mi árbol preferido —comentó el Nurarihyon—. Deberías haber venido en abril para el hanami, Setsura, en vez de aguantar a esos gritones del clan Arawashi. Cualquier fiesta parece un funeral si no estás tú.
A su pesar, Setsura sonrió. El Nurarihyon siempre sabía cómo levantar su ánimo. Ella también amaba aquel cerezo. Era el símbolo de Yohime, la frágil princesa que conquistó el amor del Nurarihyon, le dio un hijo y murió, como todos los humanos. Una vez Setsura pensó que la odiaría por siempre, pero lo cierto fue que no tardaron en hacerse amigas. Por supuesto, siempre existió una cierta rivalidad entre ella y Yohime, pero las dos sabían perfectamente quién era la dueña del corazón del General Supremo. En cuanto al pequeño Rihan, Setsura no lo vio como el heredero que ella no había podido dar al Nurarihyon, sino como un encantador sobrino, casi como un hijo.
Por desgracia, todo lo bueno terminaba tarde o temprano.
—El fruto del cerezo cayó en la capital —recitó Setsura, la misma contraseña que habían utilizado los espías del Clan Nura—, mientras la nieve llora por la humilde saxifraga perdida.
Setsura era una mujer fuerte, la más fuerte que el Nurarihyon había conocido nunca, pero incluso ella parecía a punto de derrumbarse. Al General Supremo le habría gustado abrazarla y reconfortarla, pero se contuvo. En su lugar, apoyó una mano en su hombro.
—No te preocupes, Setsura. La recuperaremos.
La Yuki-onna asintió con pesar. Dos delicadas lágrimas de hielo recorrieron sus mejillas. Antes se habría hecho el seppuku que mostrar su debilidad ante los lugartenientes del clan, sobre todo ante ese repugnante Minagoroshi Jizo. Mas ahora sólo estaban ella y él. Únicamente el Nurarihyon tenía el privilegio de contemplar el alma vulnerable de Setsura.
—Creía haber entendido tu dolor, Nurarihyon. Yo también quería a Rihan. Pero ahora que mi hija está perdida, que podría morir por un capricho del enemigo sin que yo pueda hacer nada por salvarla... Oh, dioses, duele más que cualquier herida que haya sufrido —confesó la veterana Yuki-onna.
—Lo sé —asintió el General Supremo con empatía—. Pero aún queda una oportunidad para salvar a tu hija. Y a mi hijo también.
Un viento helado, impropio del mes de mayo, sopló en el jardín. El sueño del Nurarihyon era demasiado grave para pronunciarlo abiertamente. Una esperanza tan frágil que podía estallar en mil pedazos al más mínimo roce. Incluso Setsura se vio obligada a tragar saliva. Raras veces había hablado del tema con su antiguo amado, y en todas ellas el General Supremo había dado respuestas que rayaban en la obsesión. O en la fe ciega.
—Nurarihyon, ¿de verdad crees que es posible? Sólo tenemos la palabra de Minagoroshi Jizo. Los yokai de Kioto son muy fuertes. Puede que no viera bien... —se atrevió a sugerir Setsura.
—Minagoroshi Jizo no es el tipo más encantador del mundo, ni siquiera sé si estará a la altura en una pelea —reconoció el Nurarihyon con un suspiro—. Pero ese vejestorio también tiene cuentas que saldar con Kioto. Su maestro, Mitsume Yazura, también cayó con Rihan. Puede que haya compartido su mismo destino. Aunque los últimos años el bueno de Yazura se volvió un poco raro, él fue uno de mis camaradas durante siglos. Si él aprobó a Minagoroshi Jizo, yo no puedo ser menos.
—Yazura también animó a Rihan a hacer cosas muy extrañas —chasqueó la lengua Setsura, como una madre censurando las malas compañías de su hijo—. ¿Por qué Rihan se marchó a Kioto sólo en compañía de Yazura? No tiene sentido.
—Sabes perfectamente por qué —contestó el Nurarihyon, endureciendo su mirada. Sin embargo, su enfado no era con ella, sino con un enemigo fuera de su alcance.
"Lo sé muy bien", reconoció para sí Setsura. El amable corazón de Rihan se había partido demasiadas veces. Lo que había sucedido dieciséis años atrás había terminado por hundirle en la desesperación.
—¿Pero por qué no convocó a la Procesión Nocturna de los Cien Demonios? —insistió Setsura, sacando a la luz años de lamentaciones y sentimientos de culpabilidad—. ¡Rihan sabía que le habríamos seguido hasta el fin del mundo!
—Quizás no quería arrastrar al clan entero al Infierno —comentó el Nurarihyon con aire tétrico—. Porque allí nos encaminamos, Setsura. Antes de que esto se resuelva, mucha sangre habrá regado la capital, tanto nuestra como de los Abe. Habría aceptado la situación, incluso la humillación, si esos cerdos de Kioto hubiesen jugado según las reglas del honor yokai. Pero conformarse con matar en duelo al adversario no era lo suficientemente cruel para el Nue y la zorra de su madre, ¿verdad?
Ante la mirada melancólica de Setsura, el Nurarihyon se acercó al cerezo. Era tan alto que su extraña melena dorada en horizontal rozaba las ramas bajas del árbol. El General Supremo de los Nura alargó la mano y arrancó un fruto, aún verde. Tras observarlo unos instantes, lo estrujó en su mano hasta convertirlo en pulpa líquida.
—Pronto, muy pronto, recuperaré a Rihan. Y esos bastardos Abe sufrirán —prometió el Nurarihyon.
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Mansión Abe
En la antigua capital imperial, Hagoromo Gitsune se carcajeó con una risa falsa.
—Oh, vamos, pequeña Yuki-onna. No te pongas tan seria. Si utilizas palabras como "resucitar", Rikuo se va a llevar una impresión equivocada. Técnicamente hablando, vuestro querido Nura Rihan no está muerto —precisó la dama de negro.
—¡Eso es mentira! —se enfadó Tsurara. No le gustaban los juegos mentales de su anfitriona.
Fue en ese momento cuando Rikuo decidió incorporarse del asiento y apoyar los nudillos sobre la mesa. No le gustaba quedarse a oscuras sobre lo que estaba pasando. No le gustaban los secretos. Así que, con toda la imperiosidad que pudo reunir en su forma humana, preguntó:
—¿Puede alguien explicarme la verdad de lo que está ocurriendo? ¿Quién es ese tal Nura Rihan? ¿Qué es eso de que el hijo del Nurarihyon está muerto? ¿Y por qué es culpa nuestra?
Tsurara se cohibió un poco. Era evidente que el muchacho no sabía nada de las maldades de su familia. Pese a lo precario de su predicamento, se alegró. En cuanto a Hagoromo Gitsune, la señora de los yokai de Kioto suspiró. Tenía que escoger sus siguientes palabras con cuidado si no quería alienar a su nieto. A fin de cuentas, hacía poco tiempo que Rikuo había decidido aceptar el manto de heredero del clan, a pesar de que la política no era un juego de blancos y negros. Afortunadamente, el Gran Tengu salió en su ayuda.
—Nura Rihan es el hijo del Nurarihyon y la princesa Yo de Kioto. Sucedió a su padre como General Supremo y gobernó el Clan Nura durante siglos —explicó el sabio Sojobo—. A diferencia de su padre, no mostraba hostilidad hacia Kioto, e incluso el Nue pensó que podría convertirse en un valioso aliado para mantener el equilibrio entre la luz y la oscuridad. A fin de cuentas, el propio Rihan era medio humano, como Seimei. Por desgracia, los sucesos de hace ocho años echaron por tierra esa posibilidad.
—¡Sí! ¡Porque lo matasteis! —intervino Tsurara. No iba a dejar que los Abe se salieran de rositas ni maquillasen la verdad, y menos delante de Rikuo. El chico tenía que entender por qué ella había hecho lo que había hecho. El deber era más importante que los sentimientos.
—Como mi señora ha precisado, Rihan no está muerto —la corrigió el Gran Tengu con la paciencia de un profesor ante una alumna problemática—. Aunque tampoco está vivo.
—¿Qué queréis decir, Gran Tengu? —preguntó Rikuo extrañado. Los ojos de Tsurara también brillaban con curiosidad. Los detalles sobre el destino final del Segundo no eran de dominio público en el Clan Nura. Sólo los lugartenientes sabían toda la verdad, una verdad tan terrible que ni siquiera su madre Setsura se la había revelado por entero.
El consejero principal de los Abe se volvió hacia Rikuo.
—Joven señor, sabéis que vuestro padre creó una barrera mágica alrededor de la capital. Ocho sellos la mantenían, pero estos sellos a su vez necesitaban una poderosa fuente de energía. Una era el propio Seimei. Su muerte provocó que la mayoría de los sellos perdiesen su poder. Sin embargo, los dos sellos principales beben de otra fuente de energía: terribles monstruos apresados bajo tierra —explicó el sabio tengu.
—Un momento, no querrás decir que... —murmuró el muchacho.
—El segundo sello de Shokoku-ji encierra a una destructiva fuerza de la Naturaleza, un terremoto hecho yokai. Pero el primer sello de Nuega-ike, anclado por la magia del Nue a los cimientos del castillo Nijo, encierra a algo mucho peor. Ahí se encuentra Nura Rihan, atrapado en un limbo por sus pecados pasados y para garantizar el futuro de Kioto. Ése es el objetivo del Nurarihyon —explicó el Gran Tengu.
Rikuo estaba anonadado. Tsurara, por su parte, estaba horrorizada. Se llevó una de las mangas de su kimono a la boca, para tapar su expresión de estupor. La crueldad de los Abe era tal que no se conformaban con derrotar a su enemigo, sino que lo condenaban a un destino peor que la muerte.
—Eso... Eso está mal... —murmuró Rikuo, sin saber muy bien qué decir. El Gran Tengu le había presentado la verdad descarnada, tal como él había pedido. Ahora prefería no haberlo sabido.
Ahora fue el turno de Hagoromo Gitsune para abandonar su fría compostura y enfadarse.
—¿Mal? —repitió la Señora del Pandemónium con cólera mal contenida—. Es menos de lo que se merece. Ojalá no necesitáramos ese sello, porque preferiría verle muerto.
—¿Por qué te pones así, abuela? —Rikuo volvía a estar confundido. Ahora entendía el dolor de Tsurara, pero le extrañaba encontrarse con un nuevo dolor, el de su abuela.
—¿No te acuerdas? —preguntó Hagoromo Gitsune con tristeza—. Los jardines del castillo Nijo, hace ocho años...
—N-no sé... —dudó Rikuo. Tenía la vaga sensación de haber soñado con esos jardines cuando estaba convaleciente en el monte Kurama.
La gran kitsune milenaria entrecerró los ojos en un gesto de odio apasionado.
—Recuerda, Rikuo. Recuerda cuando Rihan mató a tu padre.
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Castillo Nijo, ocho años atrás
Un niño de cuatro años, a punto de cumplir cinco, corría con alegría por los jardines del monumento nacional. El castillo Nijo había sido construido como residencia temporal en Kioto para los shogunes Tokugawa. Era una maravilla arquitectónica, pero sobre todo era una maravilla paisajística. Había fosos, estanques, parterres minimalistas y bosques frondosos. En aquel momento era de noche, y a la luz de la luna bailaban flores de cerezo. Era una pena que nadie más pudiera verlo, porque a aquellas horas el recinto estaba cerrado a los turistas.
Rikuo estaba acostumbrado a las horas nocturnas. Al fin y al cabo, vivía en una mansión yokai. Su padre le había traído para que admirase la belleza arquitectónica del castillo Nijo, mientras él se encargaba de una tarea exorcista importante. Pero Rikuo sólo quería jugar y estaba buscando a su compañera de travesuras favorita.
—¡Abuelita! ¿Dónde estás? —exclamó el pequeño Rikuo.
De repente, la figura de una niña de piel blanca y cabello negro asomó en lo alto de unas escaleras. Era Hagoromo Gitsune, con el cuerpo de una estudiante de primaria.
—¿Qué haces ahí parado, Rikuo? ¡Vamos a jugar! —le animó la kitsune reencarnada, invitándolo a seguirla.
Rikuo se giró para pedir permiso a su padre. Los ojos sobrenaturales de Abe no Seimei le miraron con benevolencia. El señor de los yokai de Kioto era un hombre alto y elegante. En aquel momento vestía sus ropas tradicionales de onmyoji. Seimei asintió, dando su aprobación.
—Ve con ella, Rikuo. Pero con tranquilidad. Ya sabes cómo se pone tu abuela cuando quiere jugar —dijo el exorcista.
—¡Sí, papá! —sonrió Rikuo.
Seimei observó con paciencia cómo su hijo seguía los pasos de la pequeña Hagoromo Gitsune. Suponía que era mucho pedir que un crío de cuatro años se interesase por las sutilezas de la jardinería japonesa, la arquitectura palaciega o el trabajo de un onmyoji. Seimei recordaba haber seguido los pasos de su padre desde que era muy pequeño, pero eran otros tiempos, más duros y exigentes. Rikuo se había criado en una era más benévola. Seimei tampoco quería aguarle la diversión a su madre. Siglos atrás se había prometido que la última reencarnación de Hagoromo Gitsune sería la más feliz y pacífica de todas.
Sin embargo, sus planes iniciales habían sufrido un pequeño gran contratiempo. El Nue podía sentir que una tormenta se acercaba. No sabía cuándo exactamente, por eso quería reforzar los sellos de la barrera mágica que había erigido en la capital. El primer sello, por desgracia, estaba dando problemas. Su fuente de energía externa estaba fallando. Tenía que encontrar una solución cuanto antes.
Mientras tanto, Rikuo jugaba con Hagoromo Gitsune. Habiendo crecido en un ambiente sobrenatural, el pequeño ni siquiera se daba cuenta de lo extraño que era tener una abuela que parecía casi de su edad.
—¡Te voy a pillar, te voy a pillar! —canturreó el chico.
—¡No me alcanzarás! —se burló la kitsune mientras corría delante de su nieto.
Bruscamente, Hagoromo Gitsune se detuvo. Rikuo casi chocó con ella. En un rincón del inmenso jardín, había un macizo de kerrias, las rosas japonesas. Era un mar de amarillo y verde, ante el cual la kitsune se sentía extrañamente atraída. Su nieto no tenía tanta sensibilidad para las flores, pero hasta él debía reconocer que eran muy bonitas.
—¿Te gustan, abuelita? ¿Qué son? —preguntó el pequeño con curiosidad.
Antes de que Hagoromo Gitsune pudiera responder, sin embargo, otra persona lo hizo por ella.
—Se llaman kerrias, chico. En el lenguaje de las flores significan "elegancia", "nobleza"... y también "impaciencia".
La kitsune se puso lívida. Su pálida piel perdió el poco color que tenía. Instintivamente, se colocó delante de su confundido nieto, mostrando sus nueve colas de zorro. Ante ellos había apartecido un hombre alto y esbelto, envuelto en un informal kimono rayado. Su larga melena negra era muy extraña, pues se mantenía en horizontal sin caer, mientras unos mechones negros tapaban uno de sus ojos ambarinos. En sus manos portaba una katana envainada. No iba solo. Un paso por detrás le seguía un yokai grande y fornido, de largos colmillos y con tres ojos en la cara.
—¿Así que la zorra ha tenido un nieto? Vaya, vaya —comentó el primer desconocido con una sonrisa entre pícara y amenazadora—. Puedo leer tu sangre, chico. Más humano que yokai. No me lo esperaba. He vivido cuatrocientos años y dos tragedias, y aún me dejo sorprender por cosas como ésta.
—Abuelita, ¿quién...? —intentó preguntar Rikuo, pero su abuela no le dejó continuar.
—¡Él no tiene nada que ver en esto! —exclamó Hagoromo Gitsune. Rikuo no recordaba haber visto a su abuela aterrorizada nunca. Pero la kitsune no tenía miedo por ella, sino por él.
—¿Ah, no? —musitó Rihan con fingida decepción—. ¡Qué pena! Con todo el trabajo que mi amigo Mitsume Yazura, aquí presente, ha tenido que hacer para encontrar una espada mejor que Nenekirimaru, me parece un desperdicio utilizarla sólo para despellejar a una zorra. En fin, yo no soy el villano aquí. Que nadie diga que Nura Rihan fue un asesino de niños. Vete de aquí, pequeño Abe. Este es un asunto de adultos.
Rikuo no se quería mover. Su mente infantil comprendía que aquellas personas querían hacer daño a su abuela. La misma Hagoromo Gitsune se había paralizado al oír el nombre de Nenekirimaru. Sin embargo, ahora entendía que la espada que portaba Rihan no era el artilugio exorcista forjado por Hidemoto Decimotercero. No, era una hoja diferente. Incluso embutida en su vaina, desplegaba un aura maléfica. En el sello de su guarda se leían las palabras "Martillo de Mao".
Rihan se disponía a sacar la espada de su vaina, cuando una nueva figura hizo acto de aparición en el lugar. Era el mismísimo Abe no Seimei, exudando poder espiritual por los cuatro costados.
—Presentía que este día llegaría —dijo el onmyoji con fría cólera—. Pero nadie amenaza a mi familia, Nura Rihan. Ni siquiera tú. Te pido que desistas antes de que hagas algo que puedas lamentar después.
—Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones, Nue —repuso Rihan. En su mirada no había ira o miedo, sólo un resignado fatalismo—. Sabes a qué he venido, señor de Kioto. No hay vuelta atrás para mí. Mi honor lo demanda. Mi corazón lo exige. ¿Tu respuesta?
Seimei no dijo nada, sino que se colocó en posición de combate. Rihan suspiró.
—Me lo temía. La justicia estará con el vencedor —sentenció el Nura, preparándose para pelear. A su vera, su acompañante de tres ojos le imitó.
Sin girar la cabeza, pendiente en todo momento de los movimientos de Rihan, Seimei se dirigió a Hagoromo Gitsune:
—Llévate a Rikuo, madre. No paréis hasta llegar a la mansión. Dad la voz de alarma si hace falta.
—Seimei... —los ojos de la pequeña kitsune se llenaron de lágrimas. No, otra vez no, no podía pasar dos veces por la misma tortura. El universo no podía ser tan cruel con ella.
—¡Papá, yo no me voy! —exclamó Rikuo en medio de su ingenuidad.
Entonces Seimei se volvió hacia él. La alarma en su rostro era evidente.
—¡Rikuo, corre! —gritó el onmyoji con voz imperiosa—. ¡Y no pares!
Hagoromo Gitsune obedeció a su hijo y arrastró a su nieto fuera del castillo Nijo. Esa fue la última vez que Rikuo vio a su padre con vida.
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En el presente, Hagoromo Gitsune continuaba con su relato.
—Para cuando volví al castillo Nijo con Sojobo y un escuadrón de tropas de asalto, Nura Rihan se había convertido en un monstruo, en el peor sentido de la palabra. No sé cómo lo hizo, pero su propio cuerpo parecía deformado por una espantosa energía demoníaca. Fue entonces cuando Seimei decidió sacrificar su fuerza vital para sellar al monstruo en el Nuega-ike —contó la señora de los yokai de Kioto.
Tsurara estaba alicaída. Siempre había pensado que el Segundo General había sido atraído con engaños a Kioto, no que él hubiese acudido por su propio pie a la capital. Quería dudar de las palabras de Hagoromo Gitsune, pero no podía negar la expresión de dolor de Rikuo. El muchacho se veía invadido por recuerdos del pasado que durante mucho tiempo había enterrado en su memoria. Las palabras de su abuela los habían sacado a la luz. Aún así, el chico tuvo la entereza necesaria para levantar la cabeza y preguntar:
—Si Rihan era tan peligroso, ¿por qué mi padre no lo mató sin más?
—Bueno, es cierto que el Nue llevaba tiempo preocupado por la falta de una adecuada fuente de energía para el sello principal —respondió el Gran Tengu , adelantándose a Hagoromo Gitsune—, pero la razón real es más grave. Mientras combatían, Nura Rihan estaba abriendo una puerta al Infierno para traer al mundo una horda de demonios y no muertos. Yo lo vi, joven señor, y creedme si os digo que es un espectáculo que espero no volver a contemplar nunca. Matarlo no habría servido de nada. Había que sellar su poder. El sacrificio del Nue salvó no sólo a la capital, sino al mundo entero de un gran peligro.
Las palabras del venerable Sojobo, aunque amables, sonaban vacías. Seimei había muerto sin posibilidad de una segunda resurrección. Su sacrificio tal vez había salvado al mundo, pero ahora los yokai de Japón se encaminaban a una guerra sin cuartel.
—Como comprenderás, Rikuo, ni el Nurarihyon aceptará nuestras condolencias ni yo sus disculpas —dijo Hagoromo Gitsune en tono siniestro—. Los dos hemos perdido a nuestros seres queridos. Y créeme, un padre hará lo que sea con tal de recuperar a su hijo. Pero por mucho que grite ese yakuza, su dolor no es comparable al mío.
—¿Entonces no hay modo de detener la guerra? —preguntó Rikuo apesadumbrado.
—No —sentenció la kitsune.
Mientras tanto, Tsurara tenía la vista clavada en el suelo. Quizás Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu estaban mintiendo... Pero entonces también le estarían mintiendo a Rikuo. La señora de los yokai de Kioto podía ser muchas cosas, pero era indudable que quería muchísimo a su nieto. Y a su hijo. Si lo que decía era verdad, hace ocho años había ocurrido una tragedia que había herido profundamente no sólo a los Nura, sino a los Abe también. Aún así, no se imaginaba al pícaro y bondadoso Rihan como un Rey Demonio capaz de provocar el Apocalipsis. Algo debía haber ocurrido antes. ¿Pero el qué? Tsurara no lo sabía. Y mientras no supiese toda la verdad, se aferraría como un clavo ardiendo a sus recuerdos del Segundo General. Lo sentía por los Abe, pero no traicionaría al Clan Nura.
—Ahora pensemos qué hacer contigo, pequeña Yuki-onna —Hagoromo Gitsune volvió su atención repentinamente a su rehén, provocando un pequeño respingo en Tsurara—. Obviamente, tienes completamente prohibido salir de los terrenos de la mansión y tendrás que volver a tu celda para dormir. Sin embargo, no pienso mantener a una boca inútil. Dime, ¿qué sabes hacer?
—Y-yo... —Tsurara se puso nerviosa. Tenía la vaga sensación de estar siendo examinada—. En la casa principal me ocupaba de hacer la colada. También ayudaba en las cocinas, aunque como soy una Yuki-onna sólo puedo preparar platos fríos. Y si me sobraba tiempo, ayudaba en el mercado de antigüedades de los Arawashi.
Hagoromo Gitsune hizo un gesto de suficiencia.
—La hija de una lugarteniente del clan y la tratan como a una vulgar criada. Patético —censuró la elitista señora de los yokai de Kioto—. En fin, al menos no malgastaremos tu talento. Tengo un trabajo para ti.
A Tsurara casi le dio miedo preguntar.
—¿Cuál?
—Ya lo verás —sonrió maliciosamente Hagoromo Gitsune.
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Casa Ancestral de los Keikain
En otra parte de Kioto, la joven Keikain Yura estaba al borde de un ataque de ira. Después de haber descubierto a la Procesión Nocturna de los Cien Demonios en el templo de Seimei, la onmyoji de pelo negro había corrido con todas sus fuerzas de regreso a casa para dar la voz de alarma. Para su frustración, ni su abuelo Hidemoto ni el resto de miembros del clan parecían preocupados en lo más mínimo. Ya había oído por boca de Ryuji el rumor del "pacto de no agresión" con Hagoromo Gitsune, pero incluso así había límites que ella no podía tolerar.
El bastardo kitsune que conocía bien había secuestrado a Tsurara, su compañera de clase. No pensaba descansar hasta rescatarla. Por desgracia, ni siquiera la noticia de que los yokai se habían llevado a una humana conmovió al patriarca de los Keikain.
—¡Te juro que lo he visto, abuelo! —exclamó una irritada Yura por enésima vez—. ¡Eran ese kitsune y Oikawa, estoy completamente segura!
—Yura, calma. ¿Cómo sabes que esa chica ha sido secuestrada? ¿La has llamado al móvil? ¿Has esperado a ver si aparece mañana en clase? Recuerda que los yokai son maestros a la hora de manipular el miedo de los humanos. Puede que haya sido una ilusión —la sermoneó Hidemoto el 27º.
—No gastes saliva, viejo —le recomendó el siempre malencarado Ryuji—. Yura es terca como una mula. Déjala que se vaya por ahí a desfacer entuertos o cualquier chorrada quijotesca que se le ocurra. Los mayores tenemos trabajo que hacer.
Yura quería llorar, gritar, tirarle del pelo al idiota de su hermano mayor, pero se contuvo. Era obvio que no iba a recibir ninguna clase de ayuda por parte de su propia familia. No importaba. No era la primera vez que había pasado por ello y siempre se las había arreglado para salir adelante. Aunque tuviera que hacerlo sola, no mancillaría el honor de los onmyoji Keikain. Rescataría a su amiga, costase lo que costase.
La joven exorcista salió de la sala de reuniones, sin importarle las miradas que atraía. Cuando se fue, el anciano Hidemoto suspiró.
—Esto se está complicando —se quejó el patriarca de los Keikain—. ¿Estás seguro de lo que sentiste, Ryuji?
—Por supuesto —contestó su nieto, cambiando su máscara burlona por una expresión de absoluta seriedad—. Esa chica era una yokai, es más, era una Yuki-onna. Había restos de su magia helada en Shimabara. Sinceramente, no sé cómo se las arregla la tonta de mi hermana para estar rodeada de yokai sin darse cuenta.
—¿Por eso insististe en que practicase los ejercicios de visión espiritual? —observó Hidemoto.
Ryuji se limitó a encogerse de hombros. Akifusa, que no había dicho ni una palabra en presencia de Yura, aprovechó para intervenir:
—¿No podemos hacer nada? —se lamentó el joven de pelo blanco.
—Según el pacto que mantuvieron nuestros antepasados con el Nue, los asuntos de los yokai se quedan entre los yokai —recitó el anciano Hidemoto, un mantra que había pasado de generación en generación—. No sé qué pasará con esa Yuki-onna, ni siquiera sé si será miembro del clan de la zorra, pero no podemos interferir.
—Pues díselo a Yura. La veo muy capaz de atacar por su cuenta a la vieja viuda negra —señaló Ryuji con sorna.
—¿Y por qué no se lo dices tú? —se encaró con él Akifusa. Al heredero de los Yaso no le cabía en la cabeza cómo Ryuji podía ser tan cruel con su propia hermana. Si él hubiese tenido una hermana pequeña tan ejemplar como Yura, la habría guardado como un pequeño tesoro.
Para su sorpresa, Ryuji adoptó una expresión filosófica, mirando al infinito.
—Si Yura quiere ser una onmyoji, debe madurar. Y la madurez es algo que sólo puede conseguir por su cuenta, aunque duela —dijo el exorcista de pelo negro—. Dejemos que Yura descubra las respuestas por sí sola. Así sólo podrá culparse a ella misma cuando sepa la verdad.
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Mansión Abe
Tsurara examinó con suspicacia las ropas que le había prestado el intendente del Clan Abe. Recordaba haber visto algo parecido durante sus estudios sobre la sociedad humana (imprescindibles para una espía yokai encubierta), pero aquellos extraños ropajes no la convencían demasiado. Estaba demasiado apegada a su kimono tradicional. En la casa principal de Ukiyoe no había sitio para la innovación. Por el contrario, parecía que en el Clan Abe la moda era distinta. Incluso la Señora del Pandemónium andaba por ahí en uniforme escolar. Sin embargo, lo que le habían dado a Tsurara era otra clase de uniforme.
La Yuki-onna estaba a medio cambiarse en una de las múltiples habitaciones de la mansión, cuando oyó que alguien llamaba a la puerta.
—¡Esperen! ¡Aún no he terminado de ponerme el uniforme! —se apresuró a responder una avergonzada Tsurara.
—¡No es eso! —contestó una voz al otro lado de la puerta, una voz que la dama de las nieves conocía muy bien—. Soy yo, Rikuo.
Por unos instantes, que al muchacho se le hicieron eternos, Tsurara no respondió. Sin siquiera dignarse a mirar a la puerta cerrada, la Yuki-onna preguntó:
—¿Qué quiere de mí el joven señor de los Abe?
—No seas tan fría, Tsurara —se dolió Rikuo al percibir el formalismo con el que le trataba su amiga—. Yo... Sólo quería hablar contigo.
La Yuki-onna sintió un ramalazo de emoción al darse cuenta de que Rikuo seguía llamándola por su nombre de pila. Aún así, debía recordar su posición. Era una rehén en casa del enemigo. Un enemigo al que había engañado y traicionado previamente. Probablemente el joven señor venía a exigirle explicaciones por sus mentiras pasadas. No obstante, Tsurara se llevó una sorpresa monumental al oír las siguientes palabras de Rikuo:
—Quería pedirte disculpas. Por mi culpa, ahora estás en la boca del lobo. Lo siento mucho —se sinceró el sensible muchacho de ojos café.
—¿Qué? ¿Cómo? —Tsurara se puso roja. Al otro lado de la puerta cerrada, exclamó—: ¡Yo soy la que debería pedirte disculpas! ¡Te mentí, te engañé, me aproveché de ti! ¡Deberías estar enfadado conmigo, no pidiendo perdón por cumplir tu deber!
Rikuo sonrió. Era una lástima que Tsurara no pudiera verlo, pero la chica de pelo azul aún estaba cambiándose y necesitaba tener la puerta cerrada.
—Tú también cumplías con tu deber, ¿no? Además, me salvaste la vida en el templo. Ahora veo que debió ser una decisión muy difícil para ti. Yo... Sé lo que es perder a alguien que te importa mucho, y si hubiera una posibilidad de traerlo de vuelta... Pero estoy divagando —se disculpó Rikuo—. Gracias, Tsurara. Por salvarme la vida. Por ser mi amiga.
Tsurara se apoyó contra la pared. Ya estaba cambiada del todo, su kimono blanco pulcramente doblado sobre una silla, pero no se atrevía todavía a abrir la puerta y encontrarse cara a cara con Rikuo.
—Yo no merezco ser tu amiga, Rikuo. Me acerqué a ti porque esas eran las órdenes del Nurarihyon. Te seguí a todas partes porque me lo mandaron. Y al final...
—Al final decidiste ayudarme cuando más lo necesitaba —terminó por ella el chico—. Si eso no es ser una buena amiga, ¿qué es si no?
A su pesar, la dama de las nieves sonrió. Si algo le gustaba de Rikuo, era que era un optimista incurable. En un mundo quebradizo que se acercaba más y más a un baño de sangre, el positivismo del joven señor de los Abe era refrescante y contagioso. ¿Fuera de lugar? Tal vez. Pero nunca estaba de más un rayo de luz entre las tinieblas de los yokai.
Haciendo de tripas corazón, Tsurara abrió la puerta. Rikuo, que había estado todo el rato apoyado junto a la madera, dio un traspiés. Cuando recuperó el equilibrio, el muchacho tuvo que reajustarse las gafas para ver mejor a su amiga.
Tsurara estaba vestida con un uniforme de sirvienta.
Para Rikuo, que se había criado en aquella lujosa mansión, era un espectáculo cotidiano ver a las empleadas domésticas del clan ir de acá para allá cumpliendo sus tareas, desde barrer los suelos a servir las comidas. Por alguna razón, siempre eran mujeres y siempre podían adoptar forma humana. Rikuo había oído también que en otros tiempos habían contratado a jóvenes humanas de confianza, siempre que fueran capaces de guardar el secreto del Clan Abe. Nunca había prestado especial atención a su uniforme, práctico y alejado de inútiles florituras. Sin embargo, debía reconocer que el sencillo vestido negro y el delantal blanco le quedaban como un guante a la dama de las nieves.
—Me siento un poco rara —confesó Tsurara, mientras el rubor asomaba a sus mejillas—. No estoy acostumbrada a llevar esta clase de ropas. ¿Qué tal me quedan?
—T-te quedan muy bien, Tsurara —respondió Rikuo, ruborizándose también.
Así estuvieron un rato, mirando al suelo, antes de que Tsurara se decidiese a tomar la palabra de nuevo.
—Ahora no soy sólo una rehén, sino también una sirvienta —observó Tsurara. Años de educación la habían moldeado en un completo respeto a los usos sociales yokai—. Creo que... Creo que os debería tratar como corresponde a mi posición, joven señor. Es... Sería irrespetuoso por mi parte llamaros por vuestro nombre. ¿Qué preferís? ¿Amo? ¿Joven señor? ¿Rikuo-sama?
—¡Para ya, Tsurara! —se molestó el muchacho—. Eres mi amiga. No te imagino llamándome "Rikuo-sama". Suena muy raro.
En un millón de universos paralelos, otras tantas Tsuraras estornudaron sin motivo aparente.
La dama de las nieves sonrió. Para sorpresa del muchacho de cabello castaño, la chica de pelo azul hizo una reverencia
—Perdón por mi falta de experiencia. A partir de ahora y mientras dure mi estancia aquí, estoy a tu cuidado... —Tsurara hizo una pausa dramática antes de continuar—: Rikuo.
El joven señor de los Abe también sonrió. Iba a decir algo cuando una sombra ominosa apareció en el pasillo. Tsurara pegó un respingo. Era Hagoromo Gitsune en persona, acompañada de varios yokai de la casa.
—Bien, bien, veo que nuestra "invitada" ya está presentable —celebró sin mucho humor la oscura kitsune—. Rikuo, es hora de que te vayas a dormir. Recuerda que mañana tienes clase. Tu amiguita y yo tendremos una charla sobre sus labores futuras.
El chico no podía hacer otra cosa que obedecer. No podía escudar a Tsurara eternamente y, por aterradora que fuera su abuela, la vida de la Yuki-onna no corría peligro. Sus nervios, tal vez, pero no su integridad física. Rikuo le hizo un gesto de apoyo y se marchó, dejándola sola frente a Hagoromo Gitsune. Tsurara tragó saliva. No sabía que esperarse de aquella conversación.
Antes que nada, la señora de las tinieblas de Kioto le presentó a varias personas de la casa, entre ellas los intendentes de la cocina, los almacenes y otras responsabilidades domésticas. También le presentó a Hakuzozu, el yokai volador que la Yuki-onna recordaba vagamente de sus informes sobre los miembros del Clan Abe. Aunque no era un noble, había ascendido a jefe de la patrulla aérea.
—Él se encargará de mantenerte vigilada —reveló directamente Hagoromo Gitsune—. Eres una rehén valiosa, pequeña Yuki-onna. Tu vida depende de que no eches a perder tu valor por una tontería.
—Espero que nos llevemos bien —saludó profesionalmente Hakuzozu a Tsurara. La chica de pelo azul iba a responderle con una adecuada reverencia, cuando una vocecita infantil a la espalda de Hagoromo Gitsune chilló:
—¡Escápate, escápate, por favor!
Tsurara miró en su dirección. Había una niña de ojos dorados con una calavera humana entre sus manos. Una serpiente venenosa recorría las cuencas del siniestro artefacto. Por alguna razón, a pesar de que le había gritado que escapase, la pequeña yokai era todo sonrisas y se presentó con una reverencia ante la dama de las nieves.
—¡Hola! ¡Me llamo Kyokotsu! Tú debes ser esa Yuki-onna espía de la que todos están hablando, ¿verdad? ¡Por favor, intenta escaparte! La señora Hagoromo Gitsune me ha prometido que si te pillo intentando salir de la mansión sin permiso, puedo arrancarte los ojos y quedármelos para mi colección. Ya tengo muchos ojos, ¡pero los tuyos son muy bonitos!
Todo esto lo dijo con una espléndida sonrisa infantil mientras acariciaba su calavera. A Tsurara se le congeló la expresión. El mensaje de Hagoromo Gitsune estaba muy claro: en aquella casa, hasta la niña más pequeña era una asesina en potencia, y todos vigilarían sus pasos como halcones. Para reforzar esta noción, la propia dama de negro se acercó lentamente a la Yuki-onna, clavando sus ojos negros en los caleidoscópicos ojos amarillos de su rehén. El miedo invadió a Tsurara.
—No causaré problemas, lo prometo —musitó débilmente la chica de pelo azul. Pero Hagoromo Gitsune no se dejó ablandar.
Bruscamente, la señora de los yokai de Kioto sujetó a una indefensa Tsurara por la barbilla. Su mano blanca, inusitadamente fuerte, se cerró como una garra sobre la delicada mandíbula de la Yuki-onna. Sin esfuerzo, levantó el cuerpo de Tsurara varios centímetros del suelo hasta que la mirada aterrorizada de la dama de las nieves quedó a la altura de sus ojos negros como el carbón.
—Yo no soy tan ingenua como mi nieto, hija de Setsura —siseó amenazadoramente Hagoromo Gitsune—. Si me entero de que has hecho daño a Rikuo, sea de la forma que sea, te buscaré, te encontraré y me beberé tus entrañas como si fueras un sorbete helado. ¿Ha quedado claro?
—S-sí, señora Hagoromo Gitsune —respondió a duras penas Tsurara.
—Bien —dijo satisfecha la kitsune. Soltó su presa y Tsurara pudo volver a poner los pies en el suelo.
Hagoromo Gitsune y el resto de su comitiva se marchó, dejando sola a Tsurara con sus escalofríos y una mandíbula dolorida. Su estancia en la Mansión Abe se le iba a hacer muuuuy larga.
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Escuela secundaria
Al día siguiente se produjo una pequeña conmoción en la escuela secundaria a la que iba Rikuo. ¡Oikawa Tsurara no estaba! Su asiento vacío destacaba como un agujero negro en el mar de pupitres de la clase, para desesperación de su club de fans, que se tiraban de los pelos al saber que no podrían ver ese día a una de las cinco bellezas de la escuela.
—¡Oh, dios mío! ¡Mi vida ya no tiene sentido! —exclamó melodramáticamente uno de ellos.
—¡Eh, qué pasa! —se quejó una chica—. Yo sí he venido a clase, ¿te enteras?
—Nah, eres mona, Ayumi, pero no estás en el top 5. Si al menos tuvieras poderes mágicos o vistieras un kimono todos los días, entonces sí podrías destacar sobre la normalidad de la clase.
¡BUM! El idiota que había abierto demasiado la boca acabó estampado contra una pared.
Rikuo pensó que exageraban. La asistencia de Tsurara a la escuela era un elemento que no había tenido en cuenta. Un día o dos podían ser excusados. Había un montón de explicaciones posibles: enfermedad, un funeral, una simple escapada... Pero si su ausencia se eternizaba, los responsables educativos iban a empezar a hacer preguntas molestas. Si llamaban a su casa, nadie contestaría, pues los espías del Nurarihyon que le daban cobertura se habían marchado para no volver. Podía convertirse en un problema.
Rikuo se estaba preguntando si debería convencer a su abuela para que permitiese que Tsurara volviese a clase, cuando Yura se plantó delante de él.
—¡Rikuo! ¡Tenemos que hablar! ¡Es urgente!
Hacía tiempo que el muchacho no veía a su amiga de la infancia tan agitada. Algo la corroía por dentro. Considerando que aún les quedaba tiempo del descanso, Rikuo siguió a Yura hasta el patio de la escuela. La joven onmyoji se alejó más y más de las zonas con gente, hasta detenerse en un rincón fuera de oídos indiscretos. Quienes les vieron pasar no dieron mucha importancia a su ausencia. Eran los raritos del Club Onmyoji, después de todo. Algún mal pensado se atrevió a sugerir que Keikain estaba aprovechando la ausencia de Oikawa para declarársele a Rikuo.
No era una declaración de amor lo que Yura quería confesarle a su amigo, sino algo más grave.
—¡Han secuestrado a Oikawa! —anunció ella con seriedad.
—¿Eh? —se extrañó Rikuo. Vale que Tsurara no había ido ese día a clase, ¿pero de dónde sacaba Yura una idea tan extravagante?
—¡No pongas esa cara, Rikuo! ¡Sé lo que digo! ¡Estuve ayer en el santuario de Seimei y vi cómo unos yokai se llevaba a Oikawa! —le informó Yura, apretando los puños al recordar la impotencia que había sentido entonces.
—Oh, mierda —se le escapó a Rikuo. No había contado con la presencia de testigos, y menos de testigos que pudiesen identificar a los miembros de la Procesión Nocturna.
Confundiendo el improperio de Rikuo con una expresión de sorpresa por las noticias que le estaba contando, Yura siguió adelante con su exposición:
—¡Fue el kitsune de pelo blanco y ojos rojos del que me hablasteis el otro día! ¡Ya os dije que no os podíais fiar de él! Seguro que en estos momentos tiene en su poder a Oikawa, haciendo vete-tú-a-saber-qué con ella. ¡Tenemos que detenerlo!
Rikuo intentó calmar a su amiga. Tener a una onmyoji desatada en busca de Tsurara era una mala noticia.
—¿Estás segura, Yura? Puede que fuera una ilusión. Seguro que Tsurara está enferma o...
—¡De eso nada! —negó rápidamente Yura—. Mi abuelo me dijo lo mismo, pero yo sé lo que vi. ¡Los yokai son los culpables! Tú nunca abandonarías a una amiga en peligro, ¿verdad, Rikuo? ¡Pues yo tampoco! ¡Cazaré a ese maldito kitsune aunque sea lo último que haga!
Rikuo tragó saliva ruidosamente. Se había metido en un buen lío.
Notas adicionales:
Como ya avisé, la frecuencia de actualización sería menor. Lo siento. La universidad, los idiomas y muchas cosas más devoran mi tiempo. Pero prometo seguir con este fic cueste lo que cueste, porque es siempre una lástima ver una historia inacabada. Gracias a Suki90, Lonely Athena, Tsurara 12012, Corazón de Piedra Verde, Asphios y el resto de personas que sacan un poquito de su valioso tiempo para leer mi fic. Y ahora las observaciones extras:
* El título es un homenaje al capítulo 57 del manga, Convenciendo a Keikain Yura. Del mismo modo que la onmyoji se marchó no del todo convencida en aquella historia, aquí Tsurara no iba a cambiar mágicamente de bando. Aún así, con Tsurara sentada a la mesa de Hagoromo Gitsune, el tema de Rihan iba a salir sí o sí. Siento que no haya habido mucha acción en este capítulo, pero las explicaciones eran necesarias. Había ido dejando varias pistas hasta ahora, pero todavía quedan muchos detalles ocultos. Se admiten apuestas ;—)
* Hagoromo Gitsune tiene en el canon (y aquí) dos motivaciones fundamentales. Una, por su papel de madre, es proteger la obra de su hijo, cueste lo que cueste. Sin embargo, también tiene otra motivación más propia de una kitsune típica: sus ganas de matar el aburrimiento. No será la última vez que la abuela de Rikuo vaya a mangonear a la pobre Tsurara.
* Hanami, como algunos ya sabréis, es la ceremonia de contemplación de cerezos en flor. También la hay de ciruelos en flor (precisamente la flor de Wakana), pero no es tan popular. La saxifraga (más concretamente, la variedad japonesa yukinoshita) es la flor de Tsurara.
* En el canon siempre me sorprendió que bajo el primer sello no hubiese ningún yokai atrapado, cuando hasta entonces habíamos visto que, por cada sello que Hagoromo Gitsune destruía, un monstruo más grande y más poderoso se unía a sus filas. Quería trasladar esa observación mía al fic. Y sí, eso significa que Tsuchigumo aparecerá tarde o temprano.
* Ni soy un fetichista de los uniformes de sirvienta ni me he inventado nada. Revisad el capítulo 73 del manga y el episodio 7 de Sennen Makyo. En efecto, en la casa de Hagoromo Gitsune hay sirvientas (o maids, meidos, como os guste llamarlas). Queda en la ambigüedad si son humanas o yokai y si conocen o no el secreto de Hagoromo Gitsune. En principio parece que no, y que serían las sirvientas de la identidad humana de la kitsune, pero tras los secretos desvelados al final de la saga de Kioto es una explicación que no tiene sentido. En cualquier caso, en este universo esa mansión ha pertenecido durante décadas al Clan Abe y su personal, humano o yokai, está al tanto de lo que ocurre. Por eso Tsurara tiene que dejar el kimono a un lado y ponerse el uniforme. Afortunadamente para ella, es un uniforme realista, no una fantasía cosplay.
* Ahora lamento un poco haber seguido el estilo de traducción del manga en español, porque se pierden sutilezas del japonés como los honoríficos. Sé que es mucho pedir que os imaginéis cómo serían estas conversaciones en japonés, pero cuando los Abe llaman "señor" a alguien no es el -sama al que estamos acostumbrados en el Clan Nura del canon, sino el -dono que seguro que habréis oído en animes de samurais (o con personajes muy anticuados). En cuanto al "amo" que pronuncia Tsurara, no es el waka que conocemos tan bien, sino el goshujin-sama propio de las sirvientas.
Próximo capítulo: "Rikuo contra Yura".
