Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Tsurara se convierte en rehén de los Abe y Hagoromo Gitsune la obliga a trabajar como sirvienta en la mansión. Al mismo tiempo, Rikuo descubre cómo murió su padre y cuál es el objetivo del Nurarihyon: rescatar del limbo a su hijo Rihan. La situación del joven señor se complica cuando Yura le pide ayuda para cazar al kitsune que ha "secuestrado" a Tsurara.


Rikuo contra Yura

Era de noche en las cercanías del distrito de Gion. Afortunadamente, era una noche templada de mayo, sin lluvia y con el cielo despejado. Si hubiese sido en invierno, Rikuo y Yura habrían muerto de una pulmonía hacía tiempo.

Yura estaba convencida de que los malvados yokai de Kioto habían secuestrado a su nueva amiga, la tokiota Oikawa Tsurara, y no iba a parar hasta encontrarla. Rikuo también estaba convencido de lo mismo, más que nada porque él había sido quien se había llevado a Tsurara. La fortuna le había sonreído, porque Yura le había visto en su forma kitsune y no lo había reconocido. Sin embargo, no se atrevía a decirle la verdad a su amiga de la infancia. A saber cuál podría ser la reacción de la ferviente onmyoji.

Sintiéndose muy culpable, el joven señor de los Abe había aceptado pacientemente acompañar a Yura en sus rondas de vigilancia. Su amiga tenía un plan muy sencillo: encontrar a un yokai, atraparlo, interrogarlo hasta descubrir el paradero de Tsurara o su secuestrador, y entonces... Bueno, para entonces ya tendría pensado un plan de rescate. Mientras tanto, acudía todas las noches a puestos de observación en lo alto de edificios o incluso árboles, cubierta con una capa negra y armada de prismáticos. Escogía aquellas localizaciones conocidas por su alta actividad yokai. Por desgracia, habían pasado ya varias noches sin avistar a un solo espíritu o demonio.

—Nada al sur... —murmuró Yura, apretando los prismáticos contra sus ojos, como si así pudiese detectar mejor a los yokai—. Agh, parece que esta noche tampoco hay nada. ¡Es que ni siquiera veo ladrones intentando entrar en una casa!

—Eso son buenas noticias, ¿no? —intentó animarla Rikuo, siempre buscando el lado positivo de la situación.

Yura apartó los prismáticos un momento para lanzar a su amigo una mirada de reproche.

—¡No, no son buenas noticias! —respondió enfadada, para volver luego a su incansable labor de vigilancia.

Rikuo suspiró. Era culpa suya que Yura no pudiese encontrar a un solo yokai. En cuanto su amiga le comunicaba el punto de observación que elegía cada noche, el chico daba aviso para que los miembros de su clan evitasen el lugar. Por desgracia, Yura no cejaba en su empeño y la falta de sueño empezaba a pasarla factura. No sólo se quedaba dormida en clase, sino que se estaba volviendo cada vez más irritable.

El muchacho había puesto sus esperanzas en que el resto de los Keikain desaprobase las salidas de Yura y que la obligasen a permanecer en casa. Había sido un error. Ciertamente, tanto Hidemoto el 27º como otros jerarcas del clan onmyoji habían intentado hacer entrar en razón a Yura, pero ella siempre se las había arreglado para sortear los castigos y salir de la mansión cuando le viniese en gana. Prefería morirse de cansancio antes que abandonar a Tsurara en las garras de los yokai.

Y todo era culpa de Rikuo.

Preocupado por su amiga, el joven señor intentó por enésima vez convencerla para que pospusiera su vigilancia.

—Yura, no podrás ayudar a Tsurara si te caes dormida ante los yokai. Por favor, ¿no sería mejor retrasar la búsqueda, aunque sea sólo por una noche? —sugirió el chico.

Por desgracia, su amiga no tenía humor para consejos.

—¡Ni hablar! He fracasado demasiadas veces. Si ahora me rindo, una amiga sufrirá —sentenció ella.

—Estás siendo demasiado dramática, Yura —intentó aplacarla Rikuo.

—¿"Demasiado dramática"? —repitió la joven onmyoji incrédula—. ¡Rikuo, conoces las historias de yokai! ¡Son malvados por naturaleza! ¡Oikawa puede estar siendo torturada en estos mismos instantes y tú pretendes que me tome un descanso! ¡Jamás!

Rikuo nunca había visto a su amiga de la infancia tan agitada. La chica de pelo negro estaba en una situación extrema. Pesaban en ella la falta de sueño, el sentimiento de culpabilidad y la sensación de abandono. Cuando había visto a Tsurara siendo secuestrada, se había quedado paralizada. Cuando había pedido ayuda a su familia, estos se habían lavado las manos. Y ahora que estaba dedicando todas sus energías a rescatar a una de las pocas amigas que tenía en el mundo, no encontraba ni una mísera pista. Nadie habría dicho que era la misma estudiante seria e inexpresiva de la escuela.

—Ni siquiera estamos seguros de que hayan sido yokai. Quizás su desaparición tenía que ver con su familia o... —aventuró Rikuo, antes de comprender su error y callarse. Pero para entonces era demasiado tarde.

Yura volvió a mirarle, no con ira, sino con tristeza. Se sentía traicionada.

—Ya... Ya veo... —murmuró la joven onmyoji en tono apagado, muy diferente de sus enérgicos gritos de antes—. Puedes irte si quieres, Rikuo. Supongo que era demasiado pedir que alguien creyese en mis historias de yokai... Je, ni siquiera mi propia familia me cree, y eso que ellos son onmyoji.

—¡No es así, Yura! No quería decir... —trató de explicarse el muchacho de pelo castaño, pero su amiga le cortó al instante.

—Vete a dormir, Rikuo. Yo me iré pronto a casa también —dijo Yura. Era una mentira y los dos lo sabían, pero a su amigo no le quedó más remedio que tragar saliva y asentir. Le habría gustado gritar a los cuatro vientos: ¡Yo te creo! ¿Cómo no voy a creer a mi mejor amiga si yo fui el yokai que se llevó a Tsurara? Sin embargo, no dijo nada. Se dio media vuelta y se fue.

Era un cobarde. Un cobarde hipócrita.

De camino a la Mansión Abe, a una distancia prudencial del punto de observación de Yura, Rikuo apretó los dientes y dio un puñetazo con todas sus fuerzas contra un muro cercano. El muro se agrietó. Inconscientemente, el muchacho se había convertido en un kitsune. No era una sorpresa para él. Llevaba días sin transformarse y su sangre yokai le pedía acción.

Los ojos rojos como rubíes del joven señor examinaron su mano. Ni un rasguño. Era bueno tener la fuerza y resistencia de un yokai. Cuando se convertía en kitsune, se sentía henchido de valor y confianza en sí mismo, viéndose capaz de enfrentarse a un ejército con las manos desnudas. Por desgracia, eso no servía para resolver su problema con Yura. Era una escena interesante contemplar a la forma nocturna de Rikuo tan confundida y frustrada como su forma diurna. ¿Qué podía hacer? El kitsune tampoco lo sabía.

Regresó a la mansión con la cabeza gacha.

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Templo de Yasaka

La mañana siguiente amaneció clara y despejada sobre el santuario de Yasaka en Kioto. Era uno de los centros de culto más antiguos de la región, remontándose su construcción al año 656. En tiempos de los emperadores Heian, había sido uno de los Veintidós Templos que conformaban la lista de santuarios principales del Estado. Era un recinto lleno de pagodas, templetes, puertas ceremoniales, estatuas, linternas y demás parafernalia sagrada que atraía a los visitantes, especialmente en los festivales. Aún quedaban un par de meses antes del Festival de Gion, pero los responsables del santuario ya se estaban organizando para la ocasión.

Al no ser un día de gran afluencia de visitantes, dos importantes figuras pudieron reunirse alrededor de una linterna de piedra sin que oídos indiscretos oyesen su conversación.

Una de las figuras era la mismísima Hagoromo Gitsune, vestida de negro de pies a cabeza y acompañada de varios guardaespaldas, entre ellos el piadoso Shokera. Su interlocutor no era otro que Hidemoto el 27º. El patriarca de los Keikain venía a su vez escoltado por cuatro onmyoji de su casa. Los exorcistas examinaron con aprehensión al grupo de yokai. Ellos no se dejaban engañar. Podían percibir el "miedo" que emanaba de los monstruos con forma humana.

—Pensaba que esto era una reunión pacífica —censuró Hidemoto, señalando con un movimiento seco de su cabeza a los yokai que acompañaban a Hagoromo Gitsune.

—El mundo se vuelve cada día más peligroso, incluso para una pobre anciana como yo —respondió la kitsune en tono burlón—. Y por lo que veo, no soy la única precavida.

A su pesar, Hidemoto asintió. No merecía la pena discutir por naderías.

—Tú has convocado esta reunión, Hagoromo Gitsune. Tú dirás.

—Preciosa linterna... —murmuró la kitsune, acariciando el pilar sobre el que se apoyaba—. ¿Conoces la leyenda de Tadamori, Hidemoto? Cuentan que un hombre veía todas las noches unos fuegos misteriosos brillando alrededor de la linterna. Un día decidió ser valiente y ahuyentar a los espíritus malignos, sólo para descubrir que las luces las provocaba un guardia intentando encender la linterna. Qué ingenuos pueden ser los humanos a veces.

Para dar más énfasis a sus palabras, Hagoromo Gitsune apoyó sus manos en la linterna y pequeños fuegos fatuos empezaron a brillar en torno a ella. Cuando apartó la mano, las luces espectrales desaparecieron. Hidemoto no lo encontró gracioso.

—No he venido aquí para ver fuegos artificiales o escuchar metáforas enrevesadas —se quejó el patriarca Keikain ásperamente—. Rara vez estás dispuesta a rebajarte a hablar con simples humanos como nosotros, así que ve al grano. ¿Qué es lo que quieres, Hagoromo Gitsune?

La sonrisa de la kitsune se borró. Su expresión se volvió mortalmente seria.

—El Nurarihyon atacará Kioto en menos de dos meses —dijo la Señora del Pandemonium.

Sin embargo, su anuncio no tuvo el efecto esperado en Hidemoto. En vez de sorprenderse o asustarse, el patriarca de los Keikain se encogió de hombros.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó el anciano onmyoji.

—No puedo creer que, catorce generaciones después, los Keikain hayan perdido por completo su inteligencia. Sabes tan bien como yo de lo que es capaz el Nurarihyon. En julio, los diez mil demonios del Clan Nura caerán sobre nosotros —dijo Hagoromo Gitsune, en el mismo tono que alguien utilizaría para explicar algo a un niño pequeño.

—Ah, sí, hasta eso ya llego —frunció el ceño Hidemoto, un poco molesto—. Pero te olvidas precisar quién es exactamente el "nosotros" del que hablas, oh señora de las tinieblas. Por lo que tengo entendido, el Nurarihyon busca venganza sólo contra los Abe. Las guerras entre yokai no son asunto nuestro. Por mí, como si os matáis los unos a los otros. El mundo sería un lugar mejor sin monstruos como vosotros.

—En las guerras también mueren civiles —señaló la kitsune.

Hidemoto el 27º hizo una pausa antes de responder. Podía contar con los dedos de una mano las veces en las que había conversado cara a cara con la líder de los yokai de Kioto. En todas aquellas ocasiones, Hagoromo Gitsune había sido insufrible y arrogante, tomándose a broma cualquier reproche de los onmyoji. Sin embargo, aquel día estaba muy seria. El asunto del Nurarihyon debía preocuparla de verdad, como para bajar ligeramente su guardia ante el patriarca de los Keikain.

—No me hagas reír, Hagoromo Gitsune. Las vidas de los humanos no te importan nada, ni siquiera las vidas de los ciudadanos de Kioto —contestó finalmente el patriarca.

—Me importan tanto como a un onmyoji le importan las vidas de los ayakashi —replicó a su vez la dama de negro.

Los dos líderes sobrenaturales de Kioto se miraron a los ojos. Los guardaespaldas de Hidemoto se removieron inquietos. Se temían una pelea. Los yokai, en cambio, liderados por el formal Shokera, permanecieron inmóviles como estatuas.

Hidemoto el 27º suspiró, relajando el ambiente.

—Está claro que no podemos entendernos —sacudió la cabeza el patriarca, apesadumbrado—. No obstante, te agradezco el aviso. Los Keikain en misión en otras partes del país ya me habían informado de los movimientos del Clan Nura, pero no teníamos una fecha tan exacta. Estaremos en guardia, aunque no esperes que te ayudemos. Eso sí, si algún yokai intenta hacer daño a los buenos ciudadanos inocentes de Kioto, los detendremos.

Hagoromo Gitsune se permitió el amago de una sonrisa.

—Lo intentaréis, al menos —precisó la dama de negro en tono ominoso.

La extraña reunión terminó. Hagoromo Gitsune se encaminó de regreso a la Mansión Abe, escoltada por sus guardaespaldas yokai. Shokera se adelantó hasta estar a su altura. Sin mirar directamente a los ojos a su señora, comentó:

—Ha ido mejor de lo que esperábamos, madre de la oscuridad.

Hagoromo Gitsune bufó con desdén.

—Hidemoto es un viejo carcamal demasiado pagado de sí mismo. Toda esta generación de onmyoji son un hatajo de ingenuos que nunca han visto una guerra de verdad. No entienden que para vencer, los yokai de Edo deben arrebatarnos nuestro "miedo", y que la mejor manera de hacerlo es matar y torturar a los humanos.

—Seguro que eso obligará a los exorcistas a intervenir —observó Shokera.

—Seguro. Pero los Keikain no tienen experiencia de combate real, más allá de cazar a un puñado de yokai de campo de cuando en cuando. No durarán ni un asalto contra los lugartenientes de los Nura. Aún así, teníamos que ponerles sobre aviso. Es lo más sensato —dijo Hagoromo Gitsune. Acto seguido, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa malvada—. Al menos así distraerán a unos cuantos enemigos cuando empiece la batalla.

Shokera se santiguó.

—Pobres almas sacrificadas —se lamentó el yokai cristiano.

—Sí, qué pena —asintió Hagoromo Gitsune con maliciosa insinceridad.

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Mansión Abe

Tsurara estaba de los nervios. Hacía poco que Hagoromo Gitsune había regresado de su visita a vaya-usted-a-saber-dónde y había ordenado que le llevasen té y pastas a la sala de reuniones. Sus órdenes habían sido muy específicas: quería té verde Tsuen, servido a la adecuada temperatura de infusión, acompañado de pastas francesas de la pastelería más lujosa de la prefectura. Y quería que la nueva criada de la casa trajese la bandeja. La Yuki-onna tragó saliva al enterarse, pero no le quedó más remedio que obedecer.

Caminó con cuidado. Ni una gota del valioso té debía derramarse. No era fácil. Aún no estaba acostumbrada a su nuevo uniforme de sirvienta. Aunque en ciertos casos era más cómodo que el kimono que solía vestir en la Casa Nura, echaba de menos la familiaridad de su antigua indumentaria.

Llamó a la puerta de la sala de reuniones. Tampoco estaba acostumbrada a las puertas occidentales de madera, en lugar de las tradicionales puertas correderas japonesas. Aún la seguía asombrando que los Abe, en teoría la más antigua de las organizaciones yokai, guardianes del poder y la tradición milenaria de Kioto, viviesen en un lugar como ese. ¡Ni siquiera andaban descalzos en la mansión, sino que llevaban algo llamado "zapatillas de casa"! El Nue debía haber sido un personaje muy excéntrico para aprobar ideas tan innovadoras.

Manteniendo la vista puesta en la bandeja que llavaba en las manos, Tsurara se las arregló para abrir la puerta y saludar con una sonrisa.

—Aquí está el té, señora Hago... ¡AH!

¡Bum! Alguien le dio un suave empujón por detrás. La Yuki-onna, muy a su pesar, tropezó y derramó todo el contenido de su bandeja en el suelo. Magullada y avergonzada, se dio la vuelta para comprobar la causa de su traspiés. Atisbó un uniforme de sirvienta como el suyo antes de que desapareciese de su campo de visión.

—¿Pero qué...? —murmuró la Yuki-onna, confundida.

Una tos a su espalda la hizo darse la vuelta automáticamente. Entonces recordó que no estaba sola. En la sala de reuniones se hallaban sentados a la mesa diversos consejeros de confianza de la casa principal, desde el sabio Gran Tengu del monte Kurama hasta el irascible Ibaraki-Doji de los oni. No eran los suficientes para conformar una asamblea general del clan, pero sí representaban el grupo de colaboradores inmediatos de la señora de la oscuridad de Kioto. Hablando de la zorra, Hagoromo Gitsune ocupaba su puesto de honor a la cabecera de la mesa. En aquel momento observaba a Tsurara con aire displicente.

—¿Qué pasa, pequeña Yuki-onna? —criticó la dama de negro—. ¿Acaso no puedes traer unas tazas de té sin echarlo todo a perder?

—Yo... —intentó justificarse la chica de pelo azul, pero su nueva patrona la ordenó callar enseguida.

—No quiero excusas. Recoge este estropicio y regresa de nuevo con mi pedido. Y esta vez procura no tropezar. Da gracias de que estoy demasiado ocupada como para encargarme de disciplinar a la servidumbre —dijo la kitsune.

A la pobre Yuki-onna no le quedó más remedio que apretar los puños y esbozar la más falsa de las sonrisas que pudo.

—Sí, señora Hagoromo Gitsune —Tsurara inclinó su cabeza.

Tal como la habían ordenado, recogió los contenidos de la bandeja caída. Algunos de los yokai de la sala la observaron con lástima. Sin embargo, la mayoría de los presentes se desentendió de la nueva criada. A fin de cuentas, era una espía del enemigo capturada y obligada a trabajar. Debía estar agradecida porque no le hubiesen cortado la cabeza.

Mientras volvía a las cocinas, Tsurara aguantó como pudo sus ganas de llorar. Desde que había entrado al servicio de los Abe, todos los días habían sido un pequeño infierno. No por el trabajo duro, desde luego. Ya estaba acostumbrada a realizar las labores domésticas en la casa principal de los Nura. No, lo que dolía era la continua humillación a la que la sometían.

Hagoromo Gitsune parecía encontrar un placer especial en descalificar su trabajo. Nunca llegaba al nivel del insulto zafio y vulgar, pues la señora de Kioto tenía demasiada clase para eso, pero sus palabras minaban poco a poco la autoestima de la dama de las nieves. Sin embargo, las peores eran sin duda el resto de las criadas. El empujón (intencionado sin duda alguna) que había recibido antes no era sino el último de los sabotajes que había sufrido la pobre Yuki-onna. Las sirvientas de la casa se esforzaban por hacer que su nueva compañera quedase mal ante la señora Hagoromo Gitsune. No contentas con eso, hablaban mal de ella a sus espaldas... y ni siquiera se molestaban en susurrar cuando ella estaba presente.

Aún así, Tsurara no pensaba concederles el honor de sus lágrimas. Aguantaría contra viento y marea.

De regreso en las cocinas, la dama de las nieves depositó la bandeja en el fregadero con un suspiro. Estaba cansada, muy cansada. A veces prefería volver a las celdas. Al menos ahí no habría tenido que fingir alegría ante la gente que la humillaba.

De repente, notó que una mano se posaba en su hombro.

—¿Te encuentras bien, Tsurara? —preguntó una voz femenina cargada de calidez.

Quien así había hablado era Wakana, la madre de Rikuo. Tsurara había notado que el resto del servicio trataba a la nuera humana de Hagoromo Gitsune como una señora excéntrica, a la que se debía respeto pero que tenía la rara costumbre de participar en las labores domésticas a pesar de que tenía a su disposición criados de sobra. No obstante, nadie le podía poner mala cara a Wakana durante mucho tiempo. Su cariño y alegría de vivir eran contagiosos.

La Yuki-onna estaba secretamente muy agradecida a la madre de Rikuo. Desde el principio la había tratado como a una más de la casa.

—No es nada. He tropezado, he tirado las cosas al suelo y la señora Hagoromo Gitsune se ha enfadado —respondió la Yuki-onna, tratando de quitarle hierro a la situación.

—¿Has tropezado o te han hecho tropezar? —inquirió Wakana en actitud comprensiva—. Ya he visto alguno de esos "accidentes" que has sufrido últimamente, Tsurara. Recuerda que no es culpa tuya.

Tsurara negó con la cabeza.

—Sí es culpa mía. Yo soy la espía, la intrusa. Sólo me soportan porque son las órdenes de la señora Hagoromo Gitsune. Aún no me perdonan haber hecho daño al joven señor —recordó la Yuki-onna con pesar—. Tienen razones para odiarme.

—Yo no te odio —Wakana le dio unas palmaditas cariñosas en la cabeza—. Y estoy segura de que Rikuo tampoco. Dales tiempo. Tarde o temprano aprenderán que eres una chica de buen corazón.

A Tsurara le habría encantado creer en las amables palabras de la viuda de Seimei, pero eran sólo eso, palabras. Aún podía recordar la mirada fría y asesina de Hagoromo Gitsune una semana atrás, cuando la había levantado por el cuello y le había dicho: "Si me entero de que has hecho daño a Rikuo, sea de la forma que sea, te buscaré, te encontraré y me beberé tus entrañas como si fueras un sorbete helado". No bromeaba.

—No creo que la señora Hagoromo Gitsune lo vea así —murmuró Tsurara, mientras Wakana la ayudaba con el fregado de la vajilla del té.

La mujer de pelo castaño se quedó en silencio unos instantes.

—Kuzunoha puede tener a veces un carácter un tanto... difícil —terminó por decir Wakana, midiendo sus palabras—. Ha vivido mucho y ha sufrido mucho. En el fondo, sólo desea lo mejor para su familia, pero le cuesta confiar en los demás, ya sean humanos o yokai.

Tsurara abrió la boca para preguntar algo, pero la cerró inmediatamente. Temía parecer una cotilla ante una de las pocas personas que la apoyaban en aquella casa. Sin embargo, a Wakana no se le pasó por alto su gesto.

—Te estarás preguntando qué hace una humana como yo en un sitio como este. Seguro que te parece raro, ¿no? —sonrió la mujer de pelo castaño.

Tsurara pegó un respingo. ¿Acaso la madre de Rikuo podía leer las mentes?

—¡No, no, yo...! En nuestro clan también conocemos la historia de cómo el Nurarihyon se casó con una humana, así que no es tan raro. Sólo tenía curiosidad —se disculpó la dama de las nieves, roja de vergüenza—. No me imagino a la señora Hagoromo Gitsune aceptando que una humana se casase con su hijo.

—Créeme, ella tampoco se lo imaginaba —le guiñó un ojo Wakana con complicidad—. Escucha, te voy a contar una historia...

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Catorce años atrás, Kioto

¡Increíble! ¡Es como un cuento de hadas!

Una joven Wakana vestida con su uniforme del instituto superior dio palmadas de alegría al ver el impresionante paisaje de los jardines de la Mansión Abe. Su fascinación creció y creció mientras examinaba cada uno de los tesoros del lugar. Los yokai de la casa se miraban confundidos. ¿Qué hacía aquella humana pizpireta en los terrenos de la mansión? Es más, ni siquiera parecía prestar atención a los monstruos y fantasmas que pululaban a su alrededor. Si alguno trataba de asustarla, simplemente le sonreía y le daba palmaditas en la cabeza.

¿Pero quién es esa chica? —preguntó una taza de té endemoniada.

He oído que es la descendiente de una familia perseguida por un espíritu malvado. El maestro Nue la ayudó a levantar la maldición y desde entonces son amigos —informó un oni menor con apariencia de sabihondo—. ¿No has notado que últimamente nuestro señor hace muchos viajes a Edo?

Mm —murmuró en tono desaprobador la taza poseída—. Espero que el maestro sepa manejar a esa mujer imposible, o la señora Hagoromo Gitsune se va a enfadar.

Sin embargo, no parecía que el poderoso Abe no Seimei tuviera mucha prisa en poner a su invitada en vereda. Se contentaba con asentir y sonreír cada vez que la energética muchacha atraía su atención para preguntarle algo o señalarle una de las muchas maravillas del jardín. A ninguno de los servidores de la casa se le escapó el brillo soñador que el antiguo onmyiji tenía en los ojos, un brillo que no habían visto en muchos, muchos siglos.

Con todo el tacto que pudo reunir, el yokai volador Hakuzozu se acercó a su maestro y le hizo una reverencia.

Bienvenido a casa, poderoso señor —saludó el leal Hakuzozu—. Veo que habéis traído una invitada.

Así es —dijo Seimei sin entrar en detalles.

¿Tenéis algo especial en mente para ella? ¿Tal vez queréis darle trabajo como criada en la mansión? —aventuró el yokai volador.

No exactamente —repuso el Nue haciéndose el misterioso.

Ajena a la conversación, Wakana siguió zascandileando por el jardín hasta detenerse ante un hermoso ciruelo. Aunque aún no había llegado la primavera, asomaban en sus ramas las primeras flores de la temporada.

¡Qué bonito! Me encanta este sitio. Creo que podría vivir aquí —susurró con suavidad la chica de pelo castaño.

Una voz, infantil pero cargada de gravedad, rompió su ensoñación.

¡Tú, humana! ¿Qué se supone que haces aquí?

Wakana se dio la vuelta. Ante ella se encontraba una niña pequeña, que no debía tener ni cuatro años de edad. Sin embargo, se erguía ante ella en su diminuta estatura como una reina. Una reina bastante enfadada, pues sus ojos negros centelleaban con irritación. Su pelo negro caía largo y liso sobre su espalda, mientras que su pálida piel refulgía bajo la luz de la luna. Para enorme sorpresa de la niña (y de algunos yokai que andaban por la zona y que no se podían creer lo que estaban viendo), en vez de amilanarse, la intrusa humana corrió al encuentro de la pequeña y la levantó en volandas.

¡Pero qué niña más guapa! —exclamó la chica de pelo castaño con una sonrisa—. ¡Qué pelo tan maravilloso tienes! ¡Y qué piel! Oh, me encantaría tener una piel como la tuya, chiquitina. Por cierto, me llamo Wakana. ¿Tú como te llamas?

Los ojos de la niña ardían de indignación por verse sometida a una situación tan embarazosa. Odiaba que alguien le recordase las limitaciones de su cuerpo anfitrión. Esa humana debía ser muy estúpida o muy valiente para meterse con la mismísima Hagoromo Gitsune. Y lo iba a pagar. Afortunadamente, Seimei llegó justo a tiempo.

¡Wakana! ¡Ten cuidado! —la advirtió el entonces señor de los yokai de Kioto.

¡Oh! ¡Seimei! ¿Quién es esta ricura? ¿Es tu hija? ¡No me habías dicho que tenías una hija! —se asombró la muchacha.

A su pesar, el Nue sonrió. Wakana tenía madera de humorista.

No, no es mi hija —contestó pacientemente el onmyoji inmortal—. De hecho, es mi madre. ¿No te hablé de los ciclos de reencarnación, Wakana? Madre, te presento a la señorita Wakana de la prefectura de Tokio. Wakana, te presento a mi madre, Abe no Kuzunoha, la Hagoromo Gitsune de Kioto.

Wakana volvió de nuevo su vista a su particular "prisionera". Para parecer más grande y terrible, Hagoromo Gitsune había sacado a la luz sus nueve colas de zorro. Sin embargo, en lugar de asustarse, Wakana se emocionó aún más.

¡Una kitsune de verdad! ¡Soy una fan, señora Abe! He leído mucho sobre la leyenda de Kuzunoha y Yasuna. ¡Es una historia de amor preciosa! Bueno, tampoco es que yo tenga mucha experiencia en el amor, pero... Huy, sería mejor que la dejara en el suelo, ¿no? —preguntó un poco avergonzada la chica humana.

Sí, sería mejor —contestó secamente Hagoromo Gitsune.

Wakana dio un paso atrás. La venerable kitsune aprovechó para ajustar de nuevo las piezas de su kimono infantil. Tosió un poco, intentando que su voz pareciese más grave, y se dirigió a su hijo.

¿Se puede saber por qué te has traído a esta humana a casa, Seimei? —exigió saber la kitsune.

Verás, madre, es que yo... —intentó explicarse el Nue, un tanto azorado. Por primera vez en muchos siglos, Seimei no encontraba palabras para decir lo que quería decir. Luchar contra terremotos vivientes era pan comido en comparación con enfrentarse a la ira de su madre.

Por fortuna o por desgracia, Wakana aprovechó sus dudas para responder por él.

¡Vamos a casarnos! —exclamó alegremente, agarrando del brazo a su prometido.

Durante unos instantes, cayó un silencio mortal sobre la mansión. Fueron apenas unos segundos. Después, de punta a punta del recinto, sólo se oyó el murmullo incesante de cientos de conversaciones airadas, emocionadas y escandalizadas. Hakuzozu se apartó unos pasos con prudencia, Shokera se santiguó e Ibaraki-Doji se llevó una mano a la cabeza, en signo de frustración. Por su parte, Hagoromo Gitsune taladró a su hijo con la mirada.

Seimei... —susurró la kitsune en tono amenazante, mientras olas de miedo brotaban de su cuerpo.

Ay, dioses —suspiró el Nue.

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—Y así fue como conocí a mi suegra —terminó la historia Wakana—. Kuzunoha y yo no empezamos con buen pie, pero ahora nos llevamos bien. Más o menos. ¡Así que no te rindas y da lo mejor de ti, Tsurara!

—¡Sí! —asintió la Yuki-onna. Si tenía un objetivo, podía aceptar cualquier esfuerzo, por duro que fuera.

—Ahora hazme un favor y llévale este almuerzo a Rikuo —le pidió la mujer de pelo castaño—. El pobre ha venido bastante desganado de la escuela. No creo que esté enfermo, pero un chico en edad de crecer como él necesita comer bien.

—Pero yo aún tengo que llevarle el té de nuevo a la señora Hagoromo Gitsune —dijo Tsurara.

—Quita, quita. Ya le diré a otra de las criadas que lo haga. Y si a Kuzunoha no le gusta, que hable conmigo —le guiñó un ojo Wakana con confianza.

Tsurara sonrió con agradecimiento. No le gustaba admitirlo, pero la madre de Rikuo le había quitado un gran peso de encima. Sin embargo, aún tenía una tarea que realizar. Con el almuerzo para el joven señor en la mano, recorrió los interminables pasillos de la Mansión Abe hasta detenerse ante una puerta en una esquina de la planta superior. Golpeó delicadamente sus nudillos contra la superficie de madera. Ninguna respuesta. Volvió a llamar a la puerta, con algo más de fuerza. Entonces se oyó la voz apagada de Rikuo al otro lado:

—¿Quién es?

—Soy Tsurara —contestó inmediatamente la Yuki-onna—. La señora Wakana me ha pedido que te traiga el almuerzo.

—La puerta está abierta, puedes pasar —le indicó el chico.

La chica de pelo azul entró con cuidado. No quería volver a tropezar inconvenientemente. Puso la mejor de sus sonrisas. Rikuo siempre era muy amable con ella, todo lo contrario que su siniestra abuela. Por desgracia, aquella tarde el joven señor no parecía el mismo de siempre. Estaba tumbado boca arriba en la cama, su mirada perdida en el techo. Era evidente que algo le preocupaba.

—Puedes dejar la bandeja en la mesilla, Tsurara —dijo el muchacho sin siquiera mirarla.

—¿No vas a comer nada, Rikuo?

—No tengo hambre.

Tsurara observó con ojos escrutadores la expresión mustia de su amigo. No, desde luego aquel no era el Rikuo optimista y decidido que conocía. Se acercó a su cama.

—¿Qué te preocupa, Rikuo? Puedes decírmelo —le invitó a hablar la Yuki-onna. Como Rikuo se empeñaba en su mutismo, intentó adivinar la fuente de sus problemas—: Es por Keikain, ¿verdad?

Bingo. Rikuo se incoporó lentamente, hasta situarse cara a cara con ella. Los ojos del chico estaban tristes.

—Yura se está obsesionando cada vez más con tu desaparición —reconoció Rikuo—. No descansa, apenas duerme y está empezando a tener problemas en clase. Además, cada vez se muestra más resentida con todo el mundo... incluso conmigo. Tengo miedo de perder su amistad si le cuento que tengo sangre de yokai, pero puede que la pierda de todas formas. No sé qué hacer.

La Yuki-onna tomó aire. También ella había meditado al respecto y tenia un par de cosas que decirle a Rikuo. Sin embargo, no estaba en su naturaleza tener tantas confianzas con un yokai de rango superior. El hecho de que fueran de clanes distintos ayudaba tanto como estorbaba en su relación. Aún así, se recordó a sí misma, antes que nada eran amigos. Igual que Keikain. Y los amigos ayudan a los amigos, ¿no?

—Rikuo, sé que es muy hipócrita de mi parte decirte esto —se sinceró la chica de pelo azul—, pero no puedes seguir mintiéndole a Keikain. No es justo, ni para ti ni para ella, y cuanto más tardes en decirle la verdad, más daño provocarás. Créeme, lo sé por experiencia.

—¿Y si diciéndole la verdad estropeo más las cosas? —preguntó Rikuo preocupado, acercando su rostro al de la Yuki-onna en actitud confidencial.

—Tienes que confiar en ella, como yo debí haber confiado en ti —Tsurara se sonrojó un poco—. No tengo realmente un "amigo de la infancia" con el que comparar, pero Keikain y tú parecéis muy unidos. Además, el que miente es el que debe pedir disculpas. Recuerda lo que pasó conmigo.

Rikuo asintió. Sí, Tsurara tenía toda la razón del mundo. Yura merecía la verdad. Y él se merecería cualquier reproche que su amiga le dijese. Si su amistad se rompía, sería únicamente culpa suya. Pero tenía que confiar. Tenía que creer en Yura. Era hora de ponerse manos a la obra, antes de lamentar cualquier desgracia.

—Tsurara, hazme un favor —le pidió Rikuo. Sus ojos brillaban con decisión—. Busca a Hakuzozu. Tengo una misión para él.

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Distrito de Gion, Kioto

"Otra vez aquí", masculló Yura para sí misma. Quizás era un error acudir dos noches seguidas al mismo sitio de vigilancia, pero los barrios antiguos de la capital tenían fama de ser auténticos nidos de demonios y fantasmas. Los sucesos de Shimabara lo confirmaban. Aunque la verdad era que tampoco había tenido mucho éxito hasta entonces localizando yokai. Quizás el cansancio estaba empezando a hacer mella en sus dotes de onmyoji.

Yura se desesperó, mientras se ajustaba mejor su capa negra. Aquella noche corría un viento fresco que podía provocarle un buen catarro si no se abrigaba.

Esta vez no contaba con la asistencia de Rikuo. Yura ni siquiera le había avisado. "Qué más da, realmente no cree lo que digo", pensó la chica de pelo negro. Al momento se arrepintió. Rikuo era su mejor amigo. No podía pensar eso de él. Quizás era ella la que estaba mal de la azotea. Quizás sólo debía abandonar y todo se arreglaría por sí solo. En la escuela ya estaba empezando a tener problemas. Le habían llamado la atención varias veces por quedarse dormida en clase. Tampoco tenía al día los deberes. Nunca le había pasado eso antes. Al paso que iba, no sólo se convertiría en una vergüenza de onmyoji, sino también en una vergüenza de estudiante.

"Ryuji tiene razón. No tengo madera de onmyioji", se lamentó Yura. Demasaidas dudas y sentimientos de culpabilidad lastraban sus esfuerzos.

Como si los mil dioses de Kioto le hubiesen mandado una señal, nada más pensar eso sintió un flujo de energía oscura. Sin duda alguna, se trataba de un yokai. Yura escudriñó con sus prismáticos en todas direcciones. Nada, ni rastro. Entonces recordó las lecciones de Akifusa y su hermano. "No confíes en tus ojos, te pueden engañar", le había dicho Ryuji. Así que la joven onmyoji cerró sus ojos y se concentró. El "miedo" que sentía se acercaba más y más, en dirección a su punto de vigilancia, y lo hacía por el aire.

Yura abrió los ojos justo en el momento en que una sombra humanoide tapó la luz de la luna, deteniéndose a pocos metros de ella.

—Saludos, joven Keikain. Soy Hakuzozu, de la casa de Hagoromo Gitsune —se presentó el yokai.

La chica onmyoji había oído hablar de la leyenda de Hakuzozu, pero le costaba asociar al zorro del mito con aquel gigantón volador que portaba una descomunal lanza a su espalda. Imponía respeto, desde luego. Yura se puso en guardia, preparada para convocar a sus shikigami.

—¡Dime qué has venido a hacer aquí, maldito monstruo! —le amenazó la muchacha, mostrándose más confiada de lo que realmente estaba.

—No hace falta mostrarse tan hostil. Yo soy un caballero —se ofendió ligeramente Hakuzozu—. A los oídos del joven señor del clan ha llegado la noticia de que estáis buscando a una chica desaparecida, ¿me equivoco? A pesar de haberos estado evitando todo este tiempo, os habéis mostrado tan obstinada que mi joven maestro ha decidido daros una oportunidad. Si queréis las respuestas a vuestras preguntas, acudid al templo de Seimei.

—¿Qué clase de juego es este? —se enfadó Yura—. ¿Crees que voy a caer en una trampa tan burda, yokai?

—Lo que hagáis o no, no es de mi incumbencia, señorita Keikain. Mi único deber era transmitiros el mensaje. Ahora me marcho. Espero que disfrutéis de la noche —se despidió educadamente Hakuzozu.

—¡Eh! ¡Espera un momento! —le gritó Yura. En vano. Antes de que pudiera hacer nada, su interlocutor había desaparecido en el cielo estrellado de Kioto.

La joven onmyoji hizo un cálculo rápido de sus posibilidades. Sin duda, se trataba de una trampa. Seguro. Sin embargo, también podía ser la oportunidad que llevaba días buscando. El "joven señor" del que había hablado el tal Hakuzozu podría ser el kitsune que había visto. E incluso aunque no fuera ése el caso, esos yokai sabían algo. Tenía que intentarlo.

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El templo de Seimei. De nuevo escenario de actividades yokai. "¿Por qué esos monstruos no tienen problema con entrar en este recinto sagrado?", se preguntó Yura. La adrenalina la mantenía despierta ahora, y empezaba a cuestionarse muchas cosas.

Pero no era el momento de pensar. Era el momento de actuar.

Entró en el santuario con paso firme, sin mostrar miedo. Esa era la regla básica de los combates contra los yokai. Para su decepción, el santuario de Seimei parecía estar vacío. Ni siquiera notaba una gota de energía maligna. ¿La habían engañado? ¿Por qué? ¿Qué sentido tenía hacerla recorrer toda esa distancia para nada?

Entonces reparó en que no estaba realmente sola. Había una figura vestida con ropas de época frente a la mismísima estatua de Seimei. Yura se acercó con cuidado, temiéndose una encerrona. Su sorpresa fue mayúscula cuando reconoció a aquella misteriosa figura.

—¡Rikuo! —exclamó la chica, abriendo mucho los ojos—. ¿Qué haces aquí?

—Hola, Yura —contestó él con inusitada seriedad.

—Pero si yo no te he dicho... ¡Espera! ¿No te habrá visitado un yokai grandote con una lanza a la espalda, verdad? —se alarmó la joven onmyoji—. ¡Tienes que irte de aquí enseguida, Rikuo! ¡Esto es una trampa! ¡Pueden llegar yokai en cualquier momento!

—No es una trampa —repuso el muchacho de pelo castaño, muy calmado.

—¿Cómo que no? —se extrañó Yura—. Ah, ya lo entiendo. Tampoco me crees ahora, ¿verdad? Qué tonta soy, seguro que sólo has venido aquí porque te gusta este sitio. De pequeños veníamos juntos muchas veces... —murmuró la chica con nostalgia—. Siento haberte mostrado un lado feo de mí, Rikuo. Yo... No, olvídalo. Seguro que cuando hablaba del club sólo me seguías la corriente, para que no me llevara un disgusto. Siempre has sido muy amable, Rikuo, pero ya no tienes por qué hacerlo. Debes creer que estoy loca.

Su amigo se acercó. Tras los cristales de sus gafas, sus ojos estaban mortalmente serios.

—No estás loca, Yura. Yo te creo.

—No digas eso sólo para que me sienta bien —le reprendió Yura, a punto de llorar. No quería que la compadecieran, y menos su mejor amigo.

—No lo digo para que te sientas bien —dijo Rikuo enfadado. Sin embargo, no parecía enfadado con ella, sino consigo mismo—. ¿Cómo no voy a creerte? Te recuerdo indefensa a los pies del ogro Gairota, recuerdo cómo les distes una lección a aquellos asquerosos yakuza, y recuerdo la ira que sentí cuando Satori y Oni Hitokuchi me cortaron el paso cuando te llevaba en brazos.

—¿De qué estás hablando, Rikuo? —preguntó Yura alarmada.

—De la verdad.

Yura jamás podría olvidar lo que pasó después. Ante su mirada asombrada, Rikuo, el dulce muchacho de cabello café y ojos marrones que conocía desde primaria, se transformó gradualmente en un joven alto y atlético, de largo pelo blanco y acerados ojos rubíes. De él brotó un torrente de energía demoníaca que sus sentidos onmyoji pudieron captar perfectamente.

Era él. El kitsune que la había salvado del falso exorcista. El kitsune que había secuestrado a Tsurara.

—N-no puede ser... Tiene que ser una broma... —balbuceó Yura, retrocediendo un par de pasos.

—Jajaja, no pongas esa cara, Yura. No te pega nada —se burló Rikuo. Su tono de voz, sus gestos, todo en él había cambiado—. Pero no debería reírme. Has sufrido por mi culpa. Debí haberte contado la verdad hace mucho. Seguro que tienes un montón de pregunta. Venga, vamos a...

El kitsune se cortó en seco cuando vio que su amiga le apuntaba al pecho con su cañón de mano Yura Max. La joven onmyoji había adquirido la suficiente destreza para convocar a sus shikigami sin recurrir a un complicado ritual. Ahora sus dudas se habían fundido en una ira fría como el acero.

—Oi, eso es un poco peligroso, ¿no crees? —Rikuo intentó distender la situación con una sonrisa pícara. Fracasó miserablemente.

—Tengo preguntas, yokai. Si tus respuestas no me convencen, dispararé —dijo alto y claro su amiga.

—No voy a luchar contigo, Yura —negó con la cabeza el muchacho.

—Entonces responde: ¿quién eres? ¿Qué has hecho con Rikuo?

—En cuanto a lo primero, soy el joven señor de los yokai de Kioto. El nieto de Hagoromo Gitsune, si lo prefieres —respondió el chico sin asustarse—. En cuanto a lo segundo, te estás confundiendo. Yo soy Abe no Rikuo.

La respuesta cogió desprevenida a Yura. En sus ojos se veía la duda, pero también la necesidad de creer.

—¿Eres humano o yokai? —siguió preguntando la joven onmyoji, esforzándose en adoptar un tono profesional.

—La mayor parte del tiempo soy humano. Sin embargo, también tengo un cuarto de sangre yokai. Por eso me transformo —explicó Rikuo—. Pero no te equivoques: de día y de noche, soy la misma persona. En serio.

Yura enarcó una ceja.

—Sé que es difícil de creer —reconoció con un suspiro el joven señor—. Mi forma diurna es un tanto... ¿cómo decirlo? ¿Débil? ¿Formal? Nada que ver con este kitsune que tienes delante.

—¿Y nuestra amistad?

—¿Mm? —alzó la vista Rikuo, confundido.

—¿Ha sido todo una mentira? ¿Un plan para acercarte a la nieta del líder de los Keikain? ¿O una de las bromas pesadas de los kitsunes? ¡Responde! —exigió saber Yura.

Rikuo se fijó con atención en su amiga. Estaba temblando. Incluso sin armas, seguro que podría haberla derribado sin problemas. También parecía a punto de llorar. Algunas lágrimas asomaban ya en los bordes de sus ojos. Su fachada de seguridad se estaba derrumbando como un castillo de naipes. En el fondo, tenía pánico a descubrir que todo lo que había dado por hecho en su vida era una mentira.

El joven señor de los Abe dio un paso al frente. Ni siquiera le importó que la boca del cañón Yura Max estuviese a apenas unos centímetros de distancia de su palpitante corazón de kitsune.

—¿Recuerdas nuestras discusiones cuando éramos pequeños? Yo te decía que los yokai eran muy guays y tú me llevabas siempre la contraria. Tenías razón. ¿Sabes cuándo fue la primera vez que me transformé en kitsune? Fue cuando me enteré de que los ogros habían atacado el autobús. Me buscaban a mí, pero fuiste tú la que sufriste. Cuando supe que estabas en peligro de muerte... No pude evitarlo. Me convertí en esto —Rikuo se señaló a sí mismo—. No estoy orgulloso de lo que hice aquella noche, ni muchas otras noches después de esa. Pero jamás dejaría que nadie te hiciera daño. Ni siquiera yo. Aunque me odies, siempre serás mi mejor amiga, Yura. Lo siento si lo que digo no tiene mucho sentido, pero es la verdad.

—No —musitó su amiga débilmente.

—¿Eh?

—Lo que no tenía sentido era que un yokai me salvase la vida una y otra vez. Los yokai son malvados por naturaleza. Lo sabe todo el mundo. Pero si ese yokai eras tú, Rikuo... Entonces todo tiene sentido —dijo Yura, bajando su cañón de mano.

Rikuo sonrió, aliviado. Por un momento, había temido que la situación se descontrolase. Alargó el dedo meñique.

—¿Amigos para siempre? —dijo el chico con una sonrisa.

—Amigos para siempre —confirmó Yura, enlazando su dedo meñique con el de él—. Pero borra esa sonrisa de tu cara, Rikuo. Aún tienes que responderme a muchas cosas más. ¿Qué pasó exactamente en el ataque al autobús? ¿Y en el asunto de los hanamachi? ¿Qué es eso de que eres nieto de Hagoromo Gitsune? ¿Y qué demonios le ha pasado a Tsurara?

El muchacho suspiró. Incluso agotada por las emociones y la falta de sueño, Yura siempre tenía claros sus deberes. Guiñándole un ojo, Rikuo se colocó junto a ella y la levantó en volandas.

—¡Eh! ¿Se puede saber qué haces, Rikuo? —protestó la chica.

—Te caes de sueño —señaló el chico—. Te llevaré a tu casa para que duermas un poco. Por el camino te lo cuento todo, ¿de acuerdo?

—¡No! ¡Déjame en el suelo, maldito kitsune!

—Oh, vamos, Yura. Reconoce que no es tan malo que alguien te lleve en volandas. Tsurara no puso tantas pegas —se burló Rikuo.

La joven onmyoji se sonrojó y no dijo nada. Agachando la cabeza, murmuró un débil "aho". Rikuo sonrió aún más. De pequeño le encantaba sacar de sus casillas a la siempre seria Yura. Sujetando con fuerza a su amiga, dio un prodigioso salto y se perdió en la noche de Kioto.

Cuando se marcharon, dos figuras envueltas en capas negras salieron de su escondite en las cercanías del santuario de Seimei. Se trataba de Ryuji y Mamiru, el dúo de exorcistas más eficaz de la familia Keikain. El hermano mayor de Yura se quedó mirando en la dirección hacia la que había partido Rikuo.

—Ya era hora, nieto de Hagoromo Gitsune. Ya era hora —murmuró el onmyoji de pelo negro.

—¿Ryuji? —parpadeó confuso su compañero.

—Esta vez la tonta de mi hermana no ha necesitado ayuda —dijo Ryuji, haciéndole un gesto al exorcista de pelo castaño—. Venga, volvamos a casa.

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Mansión Abe

Todavía en su forma nocturna, Rikuo regresó a la Mansión Abe muy satisfecho de sí mismo. Antes de subir a su habitación, se cruzó con Tsurara. Le guiñó un ojo a la Yuki-onna y le hizo el signo de la victoria. La chica de pelo azul asintió comprensivamente.

Sí, había hecho bien en seguir el consejo de Tsurara. Aunque Yura aún tenía mil preguntas más, las cosas iban en la buena dirección. Incluso estaba pensando en ofrecerle una visita guiada por la Mansión Abe, esta vez sin ocultarle nada a su amiga. Sonrió al pensar en la cara que pondría Yura cuando conociese en persona a algunos de los yokai de los que tantas veces habían hablado en las reuniones del Club Onmyoji. Su naturaleza de kitsune también pensó en algunas bromas que le podría gastar a su seria amiga de la infancia. Se rió por lo bajo.

Su risa duró poco. Estaba bien haber resuelto su problema con Yura, pero ahora no quedaba nada que le pudiera distraer del peligro inminente al que se enfrentaba toda la ciudad de Kioto. En cuestión de semanas, el Nurarihyon llegaría al frente de sus hordas oscuras. Habría guerra. Y él tendría que luchar.

Además, había algo que le reconcomía.

Rikuo no se engañaba. Estaba seguro de que su abuela y el Gran Tengu le habían ocultado información. No le habían mentido, eso nunca, pero había muchas lagunas en sus historias sobre el enfrentamiento entre los Nura y los Abe. Aunque era evidente la animadversión entre Hagoromo Gitsune y el Nurarihyon, todo parecía indicar que el Segundo General Rihan había sido un líder moderado, amante de la paz. Tsurara no paraba de hablar maravillas de él cuando la interrogaba de cuando en cuando al respecto. Entonces, ¿por qué había venido a Kioto ocho años atrás? En sus nebulosos recuerdos, Rihan tampoco parecía especialmente ansioso por matar a su padre. Sólo buscaba a Hagoromo Gitsune. ¿Por qué?

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Nuega-ike

En algún lugar bajo el castillo Nijo de Kioto, existía un extraño lago subterráneo. Gruesas estalactitas descendían del techo de la caverna, hasta converger con las estalagmitas del suelo. En el centro mismo del lago, un pilar de roca caliza aparecía cubierto de talismanes, mientras varias cuerdas lo ataban a otras rocas de la cueva. Aquel lugar era el místico Nuega-ike, "el lago que da a luz al Nue", y aquel pilar representaba el sello principal de la barrera que había protegido la ciudad de Kioto durante siglos. El propio Seimei había utilizado su poder para anclar el lago a los cimientos del castillo Nijo.

Era un lugar místico, cargado de fuerza espiritual. Era también la prisión eterna de Nura Rihan.

Pocos conocían su entrada y menos aún tenían permitido el paso. Entre estos privilegiados estaban, naturalmente, la temida Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu del monte Kurama. La kitsune se arrodilló para examinar las aguas del lago. Sus blancos dedos se hundieron en la acuática superficie y volvieron teñidos de negro.

—La oscuridad se está empezando a acumular en las aguas del Nuega-ike —comentó el sabio Sojobo detrás de ella—. Es una mala señal. Significa que la barrera ya no nos protege, que el equilibrio de miedo se está rompiendo. Pronto el lago estará completamente negro y sólo los yokai más poderosos podrán entrar en él.

—No me cuentas nada que no sepa ya —dijo Hagoromo Gitsune—. Pero este sello debe aguantar en pie. Incluso la pérdida del segundo sello es aceptable con tal de que el sacrificio de Seimei no haya sido en vano.

El Gran Tengu asintió. Ciertamente, la victoria de los Abe dependía de que el Nurarihyon no profanase aquel lugar. Sin embargo, sería una tarea difícil. Con sólo dos sellos activos, el efecto de la barrera espiritual colocada por Seimei para proteger Kioto sólo se notaba en el centro de la ciudad, y era un efecto muy leve. En cuanto al General Supremo de Edo, no se detendría ante nada con tal de liberar a su hijo Rihan, aunque con ello condenase a la ciudad entera.

—Si al menos pudiésemos levantar la barrera de nuevo... —se lamentó en voz alta Sojobo, mientras su señora se internaba en las aguas del lago para comprobar el estado de los talismanes.

—Ya hemos hablado de eso —rezongó Hagoromo Gitsune sin volverse a mirarle—. Hidemoto Decimotercero tal vez habría podido hacerlo, pero sus descendientes no le llegan a la suela de los zapatos. No, esta guerra no se resolverá con trucos de onmyoji.

—Sí, el joven Hidemoto era un genio sin igual. Lástima no poder contar tampoco con los servicios de Tenkai —suspiró el Gran Tengu.

—No merece la pena hablar de ese bastardo —siseó la kitsune con desprecio.

Ya había terminado con su examen del lugar. Tenía muchos planes en mente para la defensa del castillo Nijo, pero por ahora se contentaba con confirmar que el sello principal estaba en buen estado. Se disponía a salir de las aguas del lago, cuando en un sorprendente gesto de ternura, acarició los talismanes que empapelaban el pilar central.

—Hasta la vista... padre.


Notas adicionales:

Esta vez me he retrasado incluso más de lo que tenía pensado. Demasiados trabajos y exámenes se han acumulado en poco tiempo. En buena parte es producto de el síndrome crónico del profesor universitario, a saber: "Mi asignatura es la más importante del mundo, las demás asignaturas no existen y por supuesto todo vuestro tiempo me pertenece" (insertar risa malvada). Además, no sé por qué, estoy experimentando dificultades a la hora de conectarme a mi cuenta. En fin, seguiré actualizando cuando pueda. Prometí ración mensual como mínimo (a ser posible quincenal).

* Para documentar este capítulo, me releí varias veces la mini saga de Ryuji y Mamiru en Tokio. Vemos allí a una Yura que se mata a entrenar, a pesar de arrastrar un complejo de inutilidad por no haber sabido hacer nada contra Tamazuki. Además, está presa por las dudas sobre si Rikuo es o no un yokai. Pero al final, acepta la doble naturaleza de Rikuo en aquella magnífica escena del árbol. Quería transmitir todo ese cúmulo de sentimientos en este capítulo.

* El santuario de Yasaka existe en Kioto, pero por alguna razón que no comprendo es llamado "Kusaka" en Nuramago. Es el lugar en el que el club Kiyo Cross es atacado cuando llegan a Kioto. No sé si la leyenda de la linterna de Tadamori existe de verdad, pero Kiyotsugu la relata en ese santuario, así que queda bien.

* El té verde Tsuen se cultiva en Uji, un municipio de la prefectura de Kioto. Aunque no es el mejor té de Japón (los expertos dicen que ese honor lo tiene el té Gyokuro, que se cultiva en condiciones muy específicas), sí es uno de los de más solera. La tienda de té Tsuen, la más antigua del mundo, existe desde 1160, así que Hagoromo Gitsune podría haber sido una cliente habitual desde sus inicios.

* Como detalle, he hecho que Yura llame "aho" a Rikuo, que significa "tonto, lelo". Para muchos, esa palabra en japonés sería el archiconocido "baka". Sin embargo, mientras que en Tokio "baka" es un insulto suave y hasta afectuoso, en la región de Kansai es un insulto fuerte y prefieren usar "aho". ¡Mucho cuidado si algún día viajáis a Japón!

* Tenkai era un antiguo monje que creó una barrera mágica en torno al castillo de Edo. En el canon Minagoroshi Jizo lo menciona como un equivalente algo más débil del trabajo realizado por Hidemoto Decimotercero. Nuevas revelaciones del manga han cambiado mi percepción sobre este personaje (histórico, como el propio Seimei) y he tenido que alterar ligeramente la respuesta de Hagoromo Gitsune. Quienes sigan las últimas noticias del manga sabrán a qué me refiero.

Gracias como siempre a Suki90, Lonely Athena, Corazón de Piedra Verde, tsurara12012, Asphios de Geminis y el resto de pacientes personajes que me soportan entrega tras entrega. Y hablando de entregas:

Próximo capítulo: "Llegan los Nura".