Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Yura se obsesiona cada vez más con la búsqueda de la desaparecida Tsurara. Rikuo no sabe qué hacer, hasta que Tsurarara le convence de que le revele la verdad a su amiga. Aunque al principio el encuentro parece a punto de acabar en una pelea, Yura y Rikuo hacen las paces. Mientras, Hagoromo Gitsune pone sobre aviso a los Keikain y se prepara para la guerra que se avecina.


Llegan los Nura

El verano había llegado finalmente, trayendo luz y calor, además del comienzo de las vacaciones para los sufridos escolares japoneses. Julio era un mes para disfrutar y muchos jóvenes hacían planes para ir al pueblo, a la montaña o a la playa. Sin embargo, había un estudiante que no se concedía un minuto de respiro.

En las profundidades boscosas del monte Kurama, Abe no Rikuo proseguía sin descanso con su entrenamiento de yokai. Ahora que no tenía que ir a la escuela, debía aprovechar hasta el último segundo de su tiempo libre para prepararse para la guerra que se avecinaba. Por las mañanas, en su forma humana, el sabio Gran Tengu le instruía sobre la historia de Kioto, las tácticas de batalla antiguas, la estructura del Clan Abe y otras organizaciones yokai. El agudo Rikuo, observando el listado de clanes y tribus de otras partes de Japón, tuvo un día la idea de preguntar:

—¿Por qué no nos ayudan otros clanes contra los Nura? Seguro que el Nurarihyon tiene más enemigos aparte de nosotros.

—Sí, sí que los tiene. Pero también tiene muchos amigos. Nosotros no —reconoció Sojobo.

—¿Por qué? —inquirió Rikuo.

—Durante siglos y por orden del Nue, hemos adoptado una política aislacionista —explicó el Gran Tengu—. Sólo nos importaba Kioto, el centro espiritual del país. Quizás fue un error. De poco sirve ser reconocidos como los más fuertes del mundo yokai si luego no tienes quien te apoye. Pero es inútil pensar en eso ahora, joven señor. Lo hecho, hecho está.

A Rikuo no le hacía ninguna gracia pensar que su clan pudiera ser tan denostado por el resto de yokai de Japón. Cierto que a veces pecaban de arrogantes, y tampoco se los podía llamar "buena gente" en el sentido estricto del término, pero eran honestos y leales. Tenía que aferrarse a eso. No importaba si el Nurarihyon acudía con las hordas oscuras de las seis mil islas de Japón; el defendería a su familia y sus amigos costase lo que costase.

Por las noches, su voluntad decidida encontraba una vía de escape en los ejercicios de combate que le proponía el Gran Tengu. En su forma yokai, su fuerza y agilidad aumentadas le permitían superar pruebas a las que un humano normal jamás habría sobrevivido. Sin embargo, aún estaba muy verde en el dominio del "miedo". Ahora podía cambiar de forma en cualquier momento, así como utilizar su activación Hatsu sin problemas para conjurar su espada Ichibi no Tachi. También había empezado a adentrarse en los secretos de las técnicas Hyoui. Aún así, le quedaba mucho camino por recorrer.

Con su energía juvenil y su fuerza de voluntad, Rikuo podía hacer frente como kitsune a oleadas enteras de tengus de la montaña, pero cuando Sojobo en persona entraba en la refriega, siempre acababa apaleado.

Aquella noche, nada más despuntar el lucero del alba, el Gran Tengu le había sometido a una experiencia especialmente dura. Cuando acabaron de cruzar espadas, Rikuo se sentó al pie de un grueso árbol caducifolio, bebiendo a morro agua de una jarra para calmarse.

—Oi, viejo, ¿no crees que te estás pasando? ¡Tengo que llegar entero a la batalla! —protestó el kitsune, aunque no parecía especialmente enfadado.

—Llegaréis, señor Rikuo, llegaréis —le garantizó el Gran Tengu con una sonrisa afectuosa. El anciano consejero no mostraba ningún signo de cansancio—. Pero no tenéis mucho tiempo para descansar. El tiempo corre para todos. El Clan Abe existe para situaciones como esta, para proteger a los yokai de Kioto.

—Y a los humanos —apostilló Rikuo. Sin embargo, su apreciación sólo obtuvo como respuesta un apretón en el hombro por parte de Sojobo, antes de que el venerable tengu se retirase momentáneamente a su choza del monte.

Yokai y humanos. Rikuo entendía que ninguno de los dos bandos sintiese mucha simpatía por el otro. Los espíritus y demonios se conformaban con vivir en las tinieblas de la sociedad humana, invisibles salvo para aquellos que se perdían en la oscuridad. Por mucho que arrastrasen un insufrible complejo de superioridad, el joven señor no se engañaba. Si la sociedad humana moderna descubría la existencia de los yokai, los resultados no iban a ser agradables.

Aún así, el muchacho soñaba con la paz.

La convivencia era posible. Yura y él eran amigos. La nieta del exorcista Hidemoto y el nieto de la kitsune Kuzunoha. Yura... Al abrigo de los árboles, Rikuo levantó la vista al cielo. Por alguna razón, las estrellas estaban empezando a ser tapadas por nubarrones de tormenta. Mala señal. No le apetecía nada entrenar bajo la lluvia. Se preguntó qué estaría haciendo su amiga de la infancia.

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A las afueras de Kioto

Sin que Rikuo lo supiera, Yura se encontraba entrenando a una distancia relativamente corta del monte Kurama. Sólo que ella entrenaba a una altitud más elevada, en un campo de entrenamiento tan estrecho que corría el riesgo de caer por la ladera si daba un paso en falso.

Y tenía los ojos vendados.

—¡Shikigami permutado! —exclamó, blandiendo en el aire un talismán de papel—. ¡Fusión deidad-persona! ¡Pistola de agua de envío al más allá! ¡Yomi Okuri, Yura MAX!

El talismán se convirtió en una carpa mágica, el pez se enroscó en torno al brazo izquierdo de Yura y la joven onmyoji pudo disparar por fin una versión más potente y mejorada de su particular cañón personal. Ráfagas de agua a presión atravesaron el aire, impactando contra los monigotes de entrenamiento que había instalados en distintas esquinas del campo. Por desgracia, falló el último de sus blancos.

—¡Agh! —Yura se arrancó la venda de la cara—. ¡Maldita sea! ¡Sigo fallando!

—Sí, ya veo lo inútil que eres —dijo su hermano Ryuji a su espalda—. Ahora continúa.

—¿No puedo descansar un poco? —preguntó la chica, mientras luchaba por secar el sudor que empapaba su frente.

—No me hagas reír —se burló Ryuji—. Hay muchos tipos de onmyoji. Los hay maestros forjadores, hechiceros, constructores de barreras mágicas, expertos en ataque, y por alguna razón, tu único talento consiste en tener una cantidad desproporcionada de energía espiritual. Sé que puedes seguir convocando shikigamis durante horas, así que no te detendrás hasta acertar todos y cada uno de los blancos. ¿Está claro?

Yura no dijo nada. Tragó saliva y asintió. Al lado de Ryuji, Mamiru observaba la escena con su permanente falta de emociones. La chica no podía dejar de preguntarse qué le había pasado a su primo, en otro tiempo un chaval tan dulce y amable como Rikuo. Si los rumores que había oído eran ciertos, Mamiru había sacrificado su felicidad infantil para convertirse en uno de los onmyoji más prometedores de la familia Keikain. Incluso se habían albergado esperanzas de que llegara a dominar la invocación Hagun, aunque sin resultado. Todo por el bien de la familia... o por el orgullo de unos padres demasiado exigentes.

Quien faltaba en la escena era Akifusa. El gentil heredero de la rama Yaso seguía ocupándose de las clases teóricas de su prima, pero ahora tenía que pasar más tiempo forjando armas para sus camaradas. La guerra se avecinaba.

Yura obedeció a su hermano mayor. Se ajustó de nuevo la venda sobre los ojos y se concentró.

Descubrir la verdad sobre Rikuo había sido liberador. Las piezas encajaban en su sitio. Todo tenía sentido. Además, sus ganas de convertirse en onmyoji no habían menguado, al contrario. Su amigo, que obviamente arrastraba un gran sentimiento de culpabilidad, se lo había contado absolutamente todo. Su extraño árbol genealógico, sus poderes, su relación con otros yokai, e incluso travesuras que había cometido de pequeño y que le habían causado a Yura algún que otro disgusto.

Y le había hablado de la guerra.

La joven onmyoji se había encarado poco después con su abuelo, acusándole de haberle ocultado información de nuevo. ¿No iba ella a convertirse en una exorcista de verdad? ¡Pues entonces tenía que saber que se avecinaba una invasión de monstruos aún menos simpáticos que los yokai de Kioto!

—No era algo que debías saber —había señalado Hidemoto, un poco sorprendido por la actitud de su nieta. Aunque Ryuji le había comentado que el nieto de Hagoromo Gitsune y Yura habían hecho finalmente las paces, no había creído capaz al joven Rikuo de revelar de golpe todos los secretos de su clan. Obviamente había subestimado el vínculo que unía a los dos amigos.

—¡Pero yo quiero ayudar! ¡Sé que puedo ayudar! —había contestado Yura con decisión.

—No. Es demasiado peligroso. No dejé que te entrenaras para ser una niña-solado, Yura, sino para que estuvieras a salvo. Cuando llegue julio, quiero que te marches de la ciudad con el resto de los menores de la familia —había dicho Hidemoto el 27º, para horror de su nieta.

Sin embargo, Yura no había tirado la toalla tan fácilmente.

—Los hay que huyen para salvar la vida, abuelo, ¡pero yo soy una Keikain de Kioto! ¡Nosotros no damos la espalda al enemigo! —había protestado la joven onmyoji.

—Yura, tú eres la joya de esta familia. No malgastes la sangre de tus ancestros a lo tonto —la había reprendido entonces su abuelo.

—El primo Akifusa me dijo una vez que un onmyoji de Kioto debía proteger la ciudad, no su sangre —recordó la chica de pelo negro—. ¿Estaba equivocado? Yo no pido ir a atacar directamente al enemigo, eso sería muy estúpido, lo sé, ¡pero puedo convocar más shikigami que ninguna otra persona aquí! ¡Seguro que puedo echar una mano en algo! Por favor...

El patriarca de los Keikain había suspirado al oír sus palabras. Sabía cuándo había perdido una conversación, y era preferible tener a su nieta controlada que arriesgarse a verla saltarse las normas nuevamente. Yura era muy testaruda.

—De acuerdo —había aceptado Hidemoto el 27º a regañadientes—. Pero sólo si te aplicas en el entrenamiento. Le pediré a Ryuji que te ponga las pruebas más difíciles. Si no las pasas, admitirás que no estabas preparada y te irás. ¿De acuerdo?

—¡Sí! —había asentido Yura.

—Eso sí, no te hagas muchas ilusiones —había meneado la cabeza el jefe de la familia, mientras le revolvía el pelo a su nieta—. Esto va a ser una guerra entre yokai. Más que nada, nos encargaremos de proteger a la gente de Kioto y dejaremos que esos monstruos se maten entre sí. Ya nos ocuparemos de recoger sus restos cuando la batalla termine.

Al oír aquello, a Yura le había recorrido un escalofrío. Habían pasado semanas y el escalofrío aún seguía allí. Desde muy pequeña le habían explicado que los yokai eran el mal encarnado, el negro absoluto frente al blanco inmaculado de los humanos. Sin embargo, desde entonces había aprendido que había humanos con el corazón tan negro como el peor de los demonios, mientras que los mismos onmyoji de Kioto tenían pactos secretos con los yokai de la ciudad.

Además, ¿dónde se situaba su amigo Rikuo en ese eje del bien y el mal? Los Keikain nunca habían hablado de existencias "grises". Por no hablar de que su nueva visita a la Mansión Abe había supuesto una revolución para ella.

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Unas semanas atrás...

Yura miraba boquiabierta en todas direcciones. Rikuo había cumplido su promesa y ahora la estaba guiando en una visita completa por su casa, esta vez sin trampa ni cartón. Si durante la otra ocasión Yura se había dejado deslumbrar por el lujo despilfarrador de la Mansión Abe, ahora miraba con ojos como platos a la miriada de yokai que habitaban en la casa. Estos fantasmas y monstruos de todo tipo observaban a la joven onmyoji con la misma sorpresa que ella demostraba.

Antes de empezar la visita, recibió una cálida bienvenida por parte de Wakana, la madre de Rikuo. La mujer le agradeció de todo corazón su amistad con su hijo y Yura se sonrojó por la emoción. No obstante, el resto de los habitantes de la casa demostró una mayor frialdad. Aunque Rikuo había intentado calmar el ambiente, era evidente que muchos yokai desconfiaban de la exorcista. Sin embargo, había algunos individuos cercanos al joven señor que se aproximaron sin miedo a Yura.

Espero no haberle causado un susto innecesario la otra noche, señorita Keikain —se disculpó el yokai volador Hakuzozu—. Nada más lejos de mi intención que causar un mal a una amiga del joven señor.

Después del siempre educado Hakuzozu, le llegó el turno a una inquietante niña de ojos ambarinos que dijo llamarse Kyokotsu. Cuando Yura comentó extrañada que no se parecía en nada al Kyokotsu del que hablaban las leyendas, la pequeña se rió y explicó que aquel era su padre.

¡Tienes que venir a jugar un día! Por cierto, ¿tus piernas se pueden soltar por sí solas o necesitas una sierra? —preguntó Kyokotsu con absoluta candidez.

Tras una conversación de tintes macabros con la niña de ojos de serpiente, y tras disculpar la ausencia del cobarde Gashadokuro, Yura conoció a uno de los legendarios yokai de las leyendas de Kioto: el oni Ibaraki-Doji. Por desgracia, el demonio con media cara tapada por una lápida se mostró muy poco hablador.

Bah —se limitó a decir Ibaraki-Doji cuando Rikuo los presentó. Aquel brusco gesto le ganó una regañina por parte de su camarada Shokera que, para sorpresa de Yura, resultó ser un ferviente cristiano.

Desde luego, Yura tenía que admitir que los yokai de Kioto no eran como se los había imaginado.

Sin embargo, ninguna experiencia previa podía haberla preparado para su encuentro con Hagoromo Gitsune. Ahora que conocía la verdad sobre la supuesta hermana mayor de Rikuo y su relación con el famoso Abe no Seimei, todo cobraba sentido. A Yura aún le costaba hacerse a la idea de que el gran onmyoji de la era Heian hubiese sido un señor inmortal de los yokai y el padre de su mejor amigo, pero no podía negar que Hagoromo Gitsune impresionaba. Con sus sentidos espirituales plenamente desarrollados, la joven onmyoji podía percibir con claridad el poder que emanaba de la milenaria kitsune bajo su inocente forma humana.

Probablemente Ryuji le habría arreado un capón por no haberse dado cuenta antes.

Curiosamente, la Kuzunoha de las leyendas recibió a Yura con simpatía. Aunque su sonrisa tenía un punto malicioso y era imposible discernir los verdaderos pensamientos que anidaban tras aquellos ojos oscuros, Hagoromo Gitsune fue una anfitriona ejemplar. Incluso la invitó a tomar un té con pastas mientras charlaban.

Voy a ser honesta contigo: los Keikain no me caéis bien —confesó la kitsune como quien no quiere la cosa.

La joven exorcista se atragantó con el té. Tosió ruidosamente.

Yo... —Yura quiso articular una respuesta, pero la dama de negro la cortó al instante.

No me entiendas mal, querida. Es cuestión de negocios. Digamos que tu abuelo y yo no tenemos las mismas ideas para Kioto —sonrió Hagoromo Gitsune entornando los ojos—. Pero tú siempre has sido una buena amiga de mi nieto, y el Clan Abe cuida de sus amigos. Nuestras puertas estarán siempre abiertas para ti.

Esto... Gracias, supongo —musitó la muchacha un tanto dubitativa.

Oh, no hay por qué darlas —se hizo la modesta Hagoromo Gitsune—. He oído hablar muy bien de ti, Yura. Aunque sea una kitsune, sé valorar la honestidad y la lealtad, y tú has demostrado esas dos cualidades. No como otras...

Estaba claro a quién se había referido la señora de las tinieblas de Kioto con su último comentario. Al poco de comenzar su visita guiada, Yura había exigido ver a la desaparecida Tsurara para cerciorarse de que estaba bien. Ciertamente, la chica de pelo azul parecía encontrarse en buenas condiciones, aunque a la onmyoji le pareció que su uniforme de sirvienta era un tanto degradante. Por desgracia, la alegría del reencuentro se truncó cuando Yura descubrió la razón por la que Tsurara se había trasladado a Kioto y se había acercado a ellos.

Precisamente de eso hablaron Rikuo y ella cuando se despidieron a las puertas del recinto de la mansión. El sol se estaba poniendo en el horizonte, hora de Yura para volver a casa. Además, tampoco le apetecía encontrarse de nuevo con la forma nocturna de Rikuo. Aún la ponía de los nervios. Sin embargo, todavía le quedó tiempo para recomendarle a su amigo que no confiase en la Yuki-onna.

No me fío de ella —confesó la joven onmyoji.

Oh, vamos, no seas así tú también, Yura —se quejó el muchacho—. Tsurara se ha arrepentido de lo que hizo. Y nunca quiso causarme daño de verdad. El intento de asesinato no fue idea suya, ni siquiera se había enterado del plan. Además, ahora lo está pasando mal. A la gente de mi casa no le cae muy bien.

¿Te extraña? —preguntó irónicamente la chica de pelo negro.

Tú me perdonaste a mí a pesar de haberte mentido durante años. Y yo ya he perdonado a Tsurara. ¿No puedes hacer lo mismo por ella? —se puso serio Rikuo.

Yura se conformó con permanecer en silencio. Aquella era la fortaleza y la debilidad de Rikuo: su fe en la bondad de las personas, fueran éstas humanos o yokai. Sin embargo, el chico se equivocaba. Rikuo había ocultado la verdad para evitar males mayores. No había sido la mejor de las ideas, desde luego, pero lo había hecho con buena intención. Por el contrario, Oikawa Tsurara había mentido activamente para espiar y sabotear.

No, Yura no iba a perdonar fácilmente a nadie que hubiese intentado hacer daño a su mejor amigo.

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De vuelta al campo de entrenamiento de la montaña, Yura consiguió por fin concentrarse y volatilizó con chorros de agua a presión todos los monigotes del campo de entrenamiento.

Yura se quitó la venda y le ofreció a su hermano una sonrisa desafiante.

—¿Qué dices ahora, Ryuji?

Pero su hermano mayor no la estaba mirando. En su lugar, el chico contemplaba las nubes que cubrían el cielo de Kioto. Tras unos momentos de pausa, Mamiru le imitó. Los negros cumulonimbos habían tapado la luz de la luna y las estrellas. El aire estaba cargado de electricidad, así como de una extraña sensación de inquietud. Una persona normal lo habría achacado a los cambios de presión en la atmósfera, pero aquellos con sentidos espirituales desarrollados podían avistar algo más.

—¿Qué ocurre? —se extrañó Yura.

—Se acerca algo grande. Algo grande y malo —precisó Ryuji—. Yura, Mamiru, será mejor que estéis listos. Aunque al viejo no le guste, pronto llegará vuestro turno.

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Mansión Abe

Tsurara observó el cielo con expresión compungida mientras recogía la ropa del tendedero. Tenía que darse prisa si no quería que la tormenta que parecía a punto de estallar arruinase la colada.

Mientras se dedicaba a ir amontonando la ropa en la cesta, la Yuki-onna dejó volar su mente. Seguía siendo el blanco de las humillaciones en la mansión. Sólo Rikuo y la señora Wakana evitaban que su estancia allí fuese un infierno.

A Tsurara no se le había pasado por alto el trato diferente que había recibido Yura durante su visita a la Mansión Abe. A pesar de sus reticencias iniciales, la mayoría de los yokai de la casa habían aceptado a la joven onmyoji sin excesivos problemas. Aunque la muchacha era una exorcista enemiga, no dejaba de ser una Keikain de Kioto, en lugar de una intrusa de Edo. Además, había sido amiga de Rikuo durante años y se apoyaban el uno al otro. En comparación, ¿qué podía ofrecer ella, la espía traidora de los Nura?

El corazón de Tsurara latió un poco más fuerte de lo normal cuando pensó en esto. ¿Acaso sentía envidia de Yura? "Tal vez sí", pensó avergonzada la chica de pelo azul.

Con la ropa acumulada en la cesta, Tsurara entró en el edificio principal. Tuvo mucho cuidado de esquivar a los distintos yokai que pululaban por la casa. Desde que el verano había empezado, los diez mil miembros del Clan Abe se estaban agrupando y organizando para la guerra, con la mansión como cuartel general.

Precisamente en esos momentos, Hagoromo Gitsune estaba celebrando una reunión estratégica con sus generales. Sólo Sojobo, que en aquellos momentos estaba entrenando al joven señor, faltaba a la mesa.

—Nuestra prioridad es mantener el primer sello. Si el castillo Nijo cae, habremos perdido —sentenció la líder de los yokai de Kioto.

—Será difícil defenderlo. Es más un palacio que un castillo de verdad —observó Kyokotsu padre, el jefe de la facción cadáver. Acababa de llegar de las afueras de la ciudad con su ejército de muertos vivientes para engrosar las filas de defensores del sello principal.

—Cuando llegue el momento, utilizaré mi magia para crear una fortaleza mejor —le aseguró la kitsune—. Sin embargo, espero que hayamos debilitado seriamente al Nurarihyon para entonces. Si se obstina en asediar el castillo Nijo, le atacaremos con refuerzos desde el exterior. Será una ratonera para esos roedores de campo de los Nura.

—¿Y qué hay de Shokoku-ji? Si el ocupante del segundo sello despierta, estaremos en serios problemas —observó el oni Ibaraki-Doji en tono ominoso.

Sus palabras provocaron que una sombra de inquietud recorriera la sala.

—Tus oni serán la primera línea de defensa, Ibaraki-Doji —Hagoromo Gitsune le recordó que ahora él era el jefe de la facción de Kidomaru—. Pero el sello de Shokoku-ji, aunque importante, no es prioritario. No importa si la ciudad humana es arrasada, siempre que el primer sello permanezca intacto. No podemos dejar que el sacrificio del Nue haya sido en vano.

Tsurara había estado escuchando toda la conversación, aprovechando que la puerta de la sala de reuniones estaba abierta. Era un vicio de su entrenamiento de espía que debía corregir si no quería meterse en problemas. Aún así, no podía evitar sentir una curiosidad que poco tenía que ver con su deber de robar información del enemigo. Su futuro dependía del desenlace de aquella guerra. Y tenía miedo. No por ella, sino por sus amigos del Clan Nura... y por sus amigos de Kioto.

Ahora Yura estaba enfadada con ella, pero Tsurara no la odiaba. Es más, la comprendía. Wakana era una mujer encantadora y un apoyo moral en momentos difíciles. Rikuo... Rikuo era Rikuo. A la Yuki-onna le dolía simplemente pensar en la posibilidad de que el muchacho fuese herido o algo peor.

Cuando llegó a la lavandería, se dio cuenta de que se había olvidado un par de sábanas en el colgadero del jardín. Volvió a todo correr. Lo último que quería era dar una nueva excusa a sus captores para que le echaran la bronca.

Estaba bajando las sábanas de las cuerdas, cuando una sombra se precipitó desde el cielo hasta chocar contra los terrenos del jardín.

—¡Aaaaah! —se asustó Tsurara. ¿Qué demonios era eso?

"Eso" era un cansado, apaleado y sangrante Hakuzozu. El yokai volador y poeta sujetaba en su mano derecha los restos astillados de su lanza Dakini, su orgullo destrozado. Era evidente que había sido atacado por una fuerza salvaje y que se había visto obligado a realizar un aterrizaje forzoso.

—¡Necesita ayuda! —se alarmó Tsurara—. ¡Venga, apóyese en mí para entrar en la casa!

—¡No! —la interrumpió un jadeante Hakuzozu. La Yuki-onna se detuvo, más por la impresión de ver en tan mal estado al amable y educado yokai de Kioto que por la orden en sí—. ¡Avisa a la señora Hagoromo Gitsune, rápido!

—¿Qué ha pasado aquí? —se oyeron voces detrás de ellos.

Varios yokai de la mansión se habían asomado al jardín para descubrir las causas del alboroto. Se llevaron un susto al descubrir al malherido Hakuzozu.

—¡Ya vienen! —anunció el poeta guerrero—. ¡Los Nura están aquí!

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Los cielos de Kioto

Nadie podría olvidar jamás la noche en que la ciudad de Kioto fue invadida por los yokai.

La antigua capital imperial no era conocida por lo animado de su vida nocturna. Ese honor correspondía a los cosmopolitas centros de Tokio y Osaka, auténticos hormigueros humanos en los que la noche se iluminaba con luces de neón a todas horas. Sin embargo, Kioto no dejaba de ser una gran ciudad con un millón y medio de habitantes, así que no faltaban viandantes por las calles cuando el sol se ponía. Por eso, hubo testigos de sobra para dar testimonio del momento en el que la invasión comenzó.

Primero habían sido las nubes. Nubes oscuras que hacían presagiar una tormenta inminente. Sin embargo, en vez de lluvia o rayos, lo que brotó de aquellas nubes fue una ominosa flota de barcos voladores.

Los ciudadanos de Kioto no se lo podían creer. Sacaron cientos, miles de fotos con sus móviles mientras aquellas naves flotantes se acercaban más y más, amparadas en la oscuridad de la noche. El sentimiento de asombro y maravilla terminó cuando de los barcos voladores descendieron infinidad de terroríficas figuras: ratas monstruosas, bueyes-insecto, ogros de un solo ojo, espíritus caníbales, muñecos malditos, pájaros venenosos y ciempiés gigantes.

Pronto, toda la ciudad se llenó de gritos de terror. La invasión de los Nura había comenzado.

Desde la cubierta del Takarabune, el buque insignia de la armada voladora, el Nurarihyon contempló con expresión concentrada el mar de luces de Kioto. A sus pies yacían varios cadáveres de la patrulla aérea de Hakuzozu. El escuadrón, que durante generaciones había sido el orgullo de los yokai de Kioto, había sido completamente aniquilado en un golpe maestro.

—La primera fase ha terminado con éxito. Los cielos de Kioto están ahora bajo nuestro control —anunció la voz de Gyuki, su camarada de armas. El jefe milenario de los guerreros del monte Nejireme también se había cobrado un gran número de cabezas enemigas. Aunque el antiguo humano convertido en yokai tenía fama de meditar largo y tendido antes de tomar cualquier decisión, nadie podía negar que era el más rápido a la hora de blandir su espada.

—¡Ja! ¡Lo sabía! ¡Atacar por sorpresa desde el aire ha sido un plan genial! Esos arrogantes Abe se sentían seguros sólo por tener un montón de yokai voladores. ¡Bah! ¡No han podido hacer nada contra nuestra fuerza! —presumió un gigantón barbudo con un solo ojo en su cabeza.

—No te pongas tan gallo, Hitotsume —se burló la Yuki-onna del grupo—. No te he visto yo luchando en primera línea cuando esos monos con alas se nos han echado encima, ¿recuerdas?

—¿Quieres pelea, Setsura? —se enfadó el otro, mostrando la culata de su trabuco.

Su discusión se vio interrumpida por la risita malévola de un viejo con barba de chivo, el recientemente ascendido Minagoroshi Jizo.

—Qué espectáculo tan patético están dando los lugartenientes del clan —criticó el vejestorio sin perder su sonrisa—. ¿Qué pensará el Nurarihyon de ustedes?

Antes de que Hitotsume Nyudo y Setsura fueran a replicar al entrometido Minagoroshi Jizo, el Nurarihyon intervino para serenar los ánimos.

—Pienso que me gusta que mis subordinados muestren tanta energía. La van a necesitar para vencer a los Abe. Esto ha sido sólo el principio. No podemos detenernos hasta romper los sellos y acabar con esa zorra del demonio —dijo el General Supremo—. Mi sueño se cumplirá.

Los presentes asintieron.

—Con los cielos de Kioto en nuestro poder, podemos atacar donde queramos. Gyuki, Hitotsume, Gagoze, reunid vuestras fuerzas y arrasad donde podáis —ordenó el Nurarihyon a sus lugartenientes—. Pero no os entretengáis demasiado. Golpear y correr, esa es nuestra estrategia. Os necesito a todos en forma cuando asediemos los sellos.

—¿No podríamos atacar directamente el castillo Nijo? —sugirió Gyuki.

Otra vez se oyó la risita asmática de Minagoroshi Jizo.

—El demonio toro vuelve a olvidar que el Nue era un genio —se hizo el sabihondo el viejo yokai—. Aunque su barrera ha perdido fuerza en el resto de la ciudad, aún protege los dos sellos principales. Hay que destruirlos en orden o el plan no funcionará.

Gyuki no dijo nada más, pero dedicó una mirada calculadora a Minagoroshi Jizo.

—¡General Supremo! —Kubinashi apareció de repente en la cubierta y se inclinó ante los altos ejecutivos del clan—. ¡Por favor, déjeme enmendar mis errores anteriores! Permítanos a mí y a mi equipo desembarcar en la primera oleada.

—Vamos, vamos, no te pongas así, Kubinashi —le tranquilizó el Nurarihyon dándole una palmada afectuosa en el hombro—. Rihan confiaba en vosotros como sus lugartenientes, así que yo no seré menos. Coge a tu equipo y mándalos abajo. Seréis la vanguardia. Acercaos a Shokoku-ji, a ver si los Abe han establecido ya sus defensas o no. Si veis una oportunidad, no dudéis en aprovecharla.

El yokai sin cuello contuvo una sonrisa de satisfacción e hizo una reverencia formal. Poco después, la reunión de los capos del clan Nura en la cubierta del Takarabune se fue dispersando. Cada cual tenía sus órdenes. Sin embargo, Setsura se quedó al lado del General Supremo.

—Mi señor Nurarihyon... —musitó la Yuki-onna, intentando encontrar las palabras adecuadas para intervenir. El General Supremo apoyó un dedo en los fríos labios de su subordinada.

—Sssshh, lo sé. No creas que me he olvidado —le aseguró el líder de los yokai de Edo—. Sin embargo, no podía dar órdenes directamente a nuestros amigos de Tono delante de todos los demás. Sabes cómo valoran su independencias. Ellos sólo nos están haciendo un favor; pero lo cumplirán. ¿Verdad, señor kamaitachi?

De repente, Itaku, el yokai de la aldea oculta de Tono, apareció ante ellos como si se hubiese materializado de entre la oscuridad de la noche. El kamaitachi dedicó una mirada acerada al General Supremo de los Nura, dando a entender claramente que no le gustaba ser tratado con tanta familiaridad.

—Lo que Tono promete, Tono lo cumple —aseveró el serio Itaku—. Mis compañeros y yo no queremos interferencias. Bajaremos a la capital y recuperaremos a vuestra pequeña Yuki-onna, cueste lo que cueste.

Sin poder evitarlo, Setsura empezó a albergar esperanzas. Su hija volvería a casa. Y los Abe pagarían muy caro su encierro.

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Mansión Abe

Mientras, en la casa principal de los yokai de Kioto, un nutrido grupo de sus habitantes estaba pendiente de la evolución del malherido Hakuzozu. Estaban allí Kyokotsu padre e hija, el esqueleto gigante Gashadokuro, Shokera e Ibaraki-Doji, una preocupada Wakana y Hagoromo Gitsune en persona. Tsurara observaba la escena unos pasos por detrás.

Entre jadeos, el yokai volador había podido relatar cómo la flota de los Nura había caído por sorpresa sobre su patrulla aérea, masacrándolos sin piedad. La patrulla aérea de los Abe había descansado siempre en su número; ningún otro clan tenía tantos yokai voladores a su servicio. Sin embargo, el Nurarihyon había encontrado la manera de convertir su punto débil en un punto fuerte.

El cielo era de los Nura. La balanza del miedo empezaba a inclinarse en favor de Edo.

Hakuzozu había hecho un soberano esfuerzo para reponerse de sus heridas y regresar corriendo a la Mansión Abe para alertar a su señora de lo sucedido. Sin embargo, ahora pesaba en su conciencia la magnitud de la derrota sufrida. Sus hombres habían sido aplastados, mientras que a él le habían roto su "miedo", su adorada Dakini.

—¡Sin mi lanza, mi compañera, no soy nada! ¡No puedo vivir con la vergüenza de la derrota! ¡Mi honor exige que me haga el seppuku! —gritaba el yokai volador desde la cama.

—Hakuzozu... —murmuró apenada la pequeña Kyokotsu.

—Mm... ¡Un momento! Antes he de componer un haiku para despedirme.

Para sorpresa general, Hakuzozu sacó de sus ropajes una tablilla de madera y un pincel. Por un momento, el peligro real de la guerra quedó en pausa mientras los habitantes de la Mansión Abe contemplaban cómo el yokai volador escribía sus versos. Había algo surrealista en aquella escena. Por fin, Hakuzozu terminó y leyó su poema en alto:

—"Aunque mi cuerpo se convierta en polvo, mi alma de yokai en Kioto permanece, mi señora Hagoromo Gitsune".

Nadie dijo nada.

—Mm... Demasiadas sílabas —cayó en la cuenta Hakuzozu.

Mientras Wakana sonreía con actitud compasiva, los dos Kyokotsus, Gashadokuro, Shokera, Ibaraki-Doji y muchos más se llevaron la mano a la cabeza. Por su parte, Tsurara se preguntó si Hakuzozu era realmente un poeta ilustrado o sólo un aficionado con ínfulas. En todo caso, cuando hubo terminado, el yokai volador dejó el pincel y la tablilla a un lado y sacó un cuchillo afilado, dispuesto a suicidarse.

—¡Adiós, mundo cruel! ¡Larga vida a la señora Hagoromo Gitsune! —exclamó con tono melodramático.

¡Bum! En un gesto poco frecuente en ella, la mismísima señora de los yokai de Kioto le arreó a Hakuzozu un fuerte golpe en la cabeza. El suicida, muy confuso, soltó el cuchillo.

—Hakuzozu, deja de hacer el idiota —dijo Hagoromo Gitsune—. Tu muerte no me sirve de nada. Tu derrota fue posible porque no tuvimos en cuenta un ataque sorpresa por el aire, así que no pienses más en ello. Por ahora descansa y cura tus heridas, mi leal Hakuzozu.

—¡Sois demasiado amable, mi señora! —lloró de emoción el yokai volador.

—No. Lo que pasa es que a veces exageras tanto como Gashadokuro —contestó secamente la kitsune.

—¿Eh? —el mentado Gashadokuro no pilló la indirecta.

Hagoromo Gitsune se retiró, seguida de sus principales vasallos. Ciertamente, el ataque de los Nura había sido imprevisto. La pérdida de la patrulla aérea dejaba al Nurarihyon las manos libres para atacar cualquier rincón de la ciudad. Si no se daban prisa, hasta el castillo Nijo podía caer en una noche.

"No, eso jamás", se juró la dama de negro.

—Ibaraki-Doji, ve ahora mismo con tus oni a Shokoku-ji y bloquea a los Nura tanto tiempo como puedas. Lo necesitaremos para preparar las defensas del primer sello —ordenó Hagoromo Gitsune.

El oni con media cara tapada por una lápida asintió con un gesto brusco antes de partir a todo correr. Ni siquiera esperó a escuchar el resto de las estrategias. El tiempo apremiaba.

—Shokera, tus insectos ayakashi son la única fuerza voladora que tenemos en estos momentos —continuó Hagoromo Gitsune—. Revisa que nadie se haya acercado al castillo Nijo y luego da una vuelta por los alrededores.

—Al momento, madre de la Oscuridad —hizo una reverencia Shokera.

—Kyokotsu —Hagoromo Gitsune se dirigió al líder de la facción cadáver—. Tú conmigo. Levantaremos la nueva fortaleza de Nijo ahora mismo. Los más fuertes de la casa, que vengan. El resto que se quede a guardar la mansión. Y que alguien envíe un mensaje a Rikuo y Sojobo. Se acabó el entrenamiento. ¡A las armas, ayakashi de Kioto!

Tsurara contemplaba todo el despliegue de los Abe como si fuera una telespectadora. A fin de cuentas, esa no era su guerra, o al menos no era el lado exacto de su guerra. Vio caras decididas y caras preocupadas. Batallones enteros salían del jardín rumbo a las calles de Kioto, mientras amigos y familiares se despedían de los que partían a la batalla. Fue especialmente impactante la escena entre Kyokotsu padre y Kyokotsu hija. La pequeña intentaba mostrarse fuerte a la vez que contenía sus ganas de llorar.

—Ten mucho cuidado, papá —le suplicó a su progenitor.

Aunque el líder de la facción cadáver parecía un extra sacado una película de zombis, su rostro se enterneció y se arrodilló para darle un fuerte abrazo a su hija. Los dos sabían que podía ser el último.

—Sé fuerte, mi niña. Tienes que proteger a la señora Wakana, a Hakuzozu y a todos tus amigos de la casa. No les defraudes —animó el padre a su hija.

—No lo hará, estoy segura —intervino Wakana, acariciando la cabeza de la niña en actitud maternal. La pequeña Kyokotsu se tragó sus lágrimas y asintió con decisión.

—¡Los protegeré a todos! ¡Lo juro! —exclamó la chiquilla.

—Así me gusta —sonrió Kyokotsu padre. Para un observador externo, su sonrisa tenía un aire siniestro. Para los yokai, era una sonrisa de orgullo.

Al verlos, Tsurara no pudo evitar recordar una escena similar en la Casa Nura. No obstante, aquella vez había sido la hija la que debía partir y la madre la que suplicaba que no se fuese. La joven Yuki-onna nunca había visto a Setsura tan preocupada. Jamás. Con una punzada de dolor, se preguntó qué estaría haciendo su madre en aquellos momentos.

Tan absorta estaba en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que dos guardas de la casa se habían plantado junto a ella en actitud amenazadora.

—Yuki-onna de Edo —la despertó de su trance uno de ellos, con un vozarrón que hacía temblar las paredes.

—¿Sí? ¿Q-qué pasa? —se asustó Tsurara.

—Por orden de la señora Hagoromo Gitsune, tenemos que escoltarte a las celdas del sótano —explicó su interlocutor con cata de pocos amigos.

—Yo... Lo entiendo —agachó la cabeza la chica de pelo azul. Sí, era comprensible. La guerra ya había estallado. Ella no sólo era un estorbo, sino una posible amenaza. Por supuesto, a Tsurara ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de sabotear las acciones de los Abe desde dentro (si Kubinashi se hubiese enterado, le habría dado un coscorrón por no seguir el manual de una buena espía), pero comprendía que Hagoromo Gitsune y el resto de yokai de Kioto desconfiasen de ella.

Mientras, Wakana observaba la situación de reojo.

Tsurara se dejó conducir hasta las celdas de abajo. Seguían siendo tan frías y húmedas como la primera vez que había estado allí. Cuando cerraron la puerta de su prisión, la Yuki-onna se sintió más sola que nunca.

Su soledad, sin embargo, era un espejismo. Apenas unos momentos después, una voz de hombre la llamó desde otra de las celdas.

—Hola de nuevo, niña —resonó la voz de Kidomaru, el antiguo líder oni caído en desgracia—. ¿Por qué has vuelto a la galería de los condenados? Déjame adivinarlo: o bien has cometido un nuevo crimen, o bien la guerra ha empezado.

—Lo segundo —contestó Tsurara, un poco animada por tener a alguien con quien hablar.

—Ah, bien. Son buenas noticias —repuso satisfecho Kidomaru.

—¿Qué? —se sorprendió la Yuki-onna—. ¿Cómo van a ser buenas noticias?

—La diplomacia es la herramienta de los mercaderes. El subterfugio, la de los cobardes. Sin ofender, por supuesto —añadió el espadachín oni mientras Tsurara se ponía roja—. La batalla es el lugar de los valientes. Es mi última oportunidad para tener una muerte honorable. No la quiero desaprovechar.

Tsurara sacudió la cabeza, confundida. Los valores de un oni milenario le resultaban completamente ajenos. Los Nura no eran auténticos guerreros, sino yakuza. Aunque el honor era algo a respetar, no tenían esa obsesión macabra de los Abe por el camino del samurai. La chica suspiró. Rogó a los mil dioses de Kioto para que Rikuo no tirase por la borda su vida con la misma facilidad.

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Monte Kurama

Desde lo alto de un árbol en la ladera de la montaña que daba a la ciudad, Rikuo contemplaba con asombro y terror la invasión de los Nura. En su forma nocturna, sus ojos rubíes podían apreciar con mayor claridad la flota de barcos voladores que descendía sobre una Kioto indefensa. No podía escuchar los gritos de miedo de los ciudadanos, pero podía imaginarse el espanto y el horror que debían estar sufriendo en aquellos momentos. Nunca había imaginado que el General Supremo de los yokai de Edo contase con una fuerza militar tan abrumadora. Cuando su abuela y los demás hablaban de una guerra de verdad no estaban exagerando.

—Bajad de ahí, joven señor —le pidió el Gran Tengu a los pies del árbol.

—Oi, Sojobo. Tenemos que movernos —dijo Rikuo tras descender de un solo salto sobrehumano—. Tus tengus saben luchar, ¿no? ¡Pues vayamos todos juntos a Kioto!

—No —contestó simplemente el anciano consejero.

Rikuo se quedó con cara de piedra. Luego estalló.

—¿Cómo que no? ¡Mi familia está allí! ¡Mis amigos! ¡Mi clan! ¿Acaso crees que me voy a quedar quieto cuando están en peligro de muerte? ¿O es parte del plan de la abuela para que me quede a salvo? Es eso, ¿verdad? —se enfadó el joven kitsune.

El Gran Tengu no pareció muy impresionado.

—Serenaos, señor Rikuo, y no saquéis conclusiones precipitadas —le pidió el venerable maestro narigudo—. Si bien es cierto que no os considero ni mucho menos preparado para luchar en un conflicto de esta magnitud, la señora Hagoromo Gitsune prometió que participaríais en esta guerra si os mostrábais digno. No valoréis a vuestra abuela en tan poco acusándola de romper su palabra. Pero en una guerra los soldados deben obedecer órdenes.

—¿Órdenes? —repitió el muchacho, confundido. Su repentina ira se había enfriado.

—Sí, órdenes. Sé que es difícil de asimilar para un joven con sangre caliente en las venas —se burló afectuosamente el Gran Tengu—, pero nos toca esperar las intrucciones de la comandante en jefe, es decir, la señora Hagoromo Gitsune. No contábamos con que el Nurarihyon controlaría los cielos de la ciudad, así que la estrategia habrá cambiado. Nos pueden necesitar para reforzar las defensas en algún sitio o para preparar un contraataque. Si bajamos antes de tiempo, podríamos estropear los planes de vuestra abuela. Así que paciencia, joven señor.

"Paciencia" no era la palabra que quería oír Rikuo en aquellos momentos. Todo habría sido distinto si él hubiese comandado una fuerza expedicionaria o algo parecido, o si su abuela se hubiese marchado a buscar refuerzos y le hubiese puesto al cargo del clan en su ausencia. Pero en aquellos momentos él era un soldado más, como había dicho Sojobo. Aunque le doliese, tenía que aguantar en su sitio.

Su espera se vio recompensada. En menos de una hora, un mensajero de la casa principal llegó a las lindes del monte Kurama. Ahora ya tenían sus órdenes: defender la Mansión Abe mientras el resto de vasallos protegían los sellos principales. Luego, si había suerte, ejecutarían una maniobra tenaza sobre las fuerzas del Nurarihyon. Pero primero lo primero.

—Ahora sí —sentenció Rikuo. Blandió a la luz de la luna su Ichibi no Tachi y se llevó la empuñadura a los labios—. No permitiré que los Nura hagan daño a mi familia.

—No tenéis que hacerlo todo solo, joven señor —le recordó el Gran Tengu. Apoyado en su bastón, con escuadrones de demonios cuervo marchando en caótica formación detrás de él, el anciano Sojobo seguía siendo una figura temible—. Proteger o ser protegido no es asunto de una sola persona. Si vais a ser el líder de una Procesión Nocturna, confiad en vuestros compañeros y en vuestros vasallos.

—¿Puedo confiar en ti, Sojobo? —preguntó irónicamente el kitsune.

El anciano consejero se tomó la pregunta muy en serio. Frunció el entrecejo mientras apretaba con más fuerza su bastón khakkhara.

—Los tengu del monte Kurama hemos servido con honor al Clan Abe durante mil años. No fallaremos ahora —aseguró Sojobo con solemnidad.

Rikuo asintió.

—¡Entonces vámonos! —exclamó el joven señor, encabezando la marcha.

Y así partió Abe no Rikuo, descendiendo sin prisa pero sin pausa por la boscosa ladera del monte Kurama, mientras sombras de narigudos cuervos guerreros pululaban a su alrededor. No era una auténtica Procesión Nocturna de los Cien Demonios, pero se le parecía. Aún así, el joven kitsune de ojos rojos y largo cabello blanco no miraba ni a los tengus ni a su líder, el anciano Sojobo, que caminaba prácticamente a su altura. No, el joven señor de los Abe sólo tenía ojos para la silueta de la ciudad de Kioto, que poco a poco se distinguía más en el horizonte.

"Mamá... Abuela... Yura... Tsurara...", pensó Rikuo. "Aguantad un poco más. Pronto estaré allí".

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Shokoku-ji

El shogun Ashikaga Yoshimitsu había fundado el templo budista de Shokoku-ji en el año 1383, convirtiéndose pronto en uno de los Gozan, los cinco grandes santuarios zen de Kioto. Siguiendo la filosofía del budismo zen, el recinto religioso estaba organizado como un espacio de paz y meditación, con suaves escalinatas, calzadas rectas y jardines ordenados. Sin embargo, en aquellos momentos el escenario se veía seriamente perturbado por la pavorosa imagen de cadáveres desmembrados de yokai colgando de los árboles.

—Esto es horrible... —murmuró la voz apagada de un demonio diminuto con ojos en las palmas de las manos.

Un grupo de yokai de Edo caminaban dentro del recinto de Shokoku-ji observando entre la admiración y el disgusto el dantesco espectáculo. Parecían clientes entrando en un centro comercial decorado para la Navidad, sólo que en vez de luces y espumillón, gajos enteros de carne fresca colgaban de cuerdas afiladas como cuchillas. El resto del santuario estaba en mejor estado, aunque aquí y allá se apreciaban ramas cortadas, setos arrasados y trozos de piedra machacados.

—Sí, Te no Me. Es como si el jardín se hubiese convertido en una fotografía del Infierno —susurró otro pequeño yokai de un solo ojo y sombrero de paja.

—Ya lo creo, Tofu-Kozo —añadió otro ayakashi bajito más, un oloroso demonio con la cabeza en forma de contenedor para semillas de soja fermentadas—. ¿Qué ha pasado? Godzilla no es de los nuestros, ¿verdad?

Aunque Tofu-Kozo y Te no Me le rieron la gracia, el resto de sus acompañantes de más altura no recibieron bien el comentario. Estaba ahí prácticamente todo el equipo de espías: el monje serio Kurotabo, el aguerrido Aotabo, el ninja acuático Kappa y la mujer cabellera Kejoro. Kurotabo, en particular, miró con severidad al "niño de la soja".

—¿Se puede saber qué hacéis aquí tus amigos y tú, Natto-Kozo? —exigió saber el vengador oscuro—. ¡Estamos en una misión muy importante para el General Supremo, no tenemos tiempo para hacer de niñeras!

—¡Oh, vamos, no seas tan aguafiestas, Kuro! Si sigues así, te van a salir canas —se rió Natto-Kozo. Ya estaba bastante habituado a la severidad de su compañero—. Además, Kubinashi dijo que necesitabais gente, ¿no? No somos los únicos que hemos venido a echaros una mano.

Kurotabo suspiró. Dudaba mucho de que aquella pandilla diminuta fuera a ser de utilidad en su misión, pero tampoco podía negar que se les había unido un grupo pintoresco. Además de varios matones de distinto rango, estaban allí algunos hijos de los grandes lugartenientes del clan, entre otros los tres vástagos de Karasu-Tengu y el heredero de Hihi, un mozarrón de dos metros llamado Shoei. Si era sincero consigo mismo, Kurotabo debía reconocer que no se trataba de un mero equipo de exploración, como había pedido el General Supremo.

No, Kubinashi había solicitado voluntarios para conquistar el segundo sello de un golpe.

Por fortuna o por desgracia, parecía que el yokai sin cuello se bastaba él solito para exterminar a los enemigos que se cruzaban en su camino. Aquella masacre era obra suya. Precisamente en aquel momento, Kubinashi se estaba ocupando de recoger sus cuerdas asesinas mientras sus compañeros tomaban posiciones en el santuario. En sus ojos no parecía haber ira o pesar, sólo una calma helada más propia de un psicópata que de un soldado.

—Ese estúpido... —masculló Kurotabo—. Se está perdiendo otra vez.

—Kuro —le tiró de la manga su compañero Kappa—. ¿No es peligroso dejarlo a solas con sus pensamientos? Me refiero a Kubinashi, claro.

—Tienes razón. Pero no depende de nosotros, sino de ella —el monje señaló hacia una figura femenina que se mantenía de pie al lado del yokai sin cuello.

Kejoro observaba a su querido Kubinashi con expresión tensa. Conocía aquel brillo en los ojos del jefe del grupo, desde luego que sí. No era la mirada amable y juguetona del ladrón del que se había enamorado perdidamente cuando era niña, sino los ojos del cazador implacable que había ido exterminando uno por uno a los yokai de la provincia de Hitachi. El fuego frío de la venganza ardía en ellos. Lo volvía más fuerte, más implacable, más inhumano.

"Está volviendo a ser cómo era antes de conocer al Segundo", reconoció la mujer cabellera. No le gustaba. Sabía cómo había estado a punto de acabar aquella aventura sangrienta.

—Kubinashi... —empezó a decir Kejoro, pero fue cortada en seco por su compañero, que parecía hablar para sí mismo.

—Patéticos. ¿Estos son los defensores del templo? Esperaba algo más de los famosos yokai de Kioto. No han durado nada —se lamentó el yokai sin cuello como un niño al que se le ha roto el juguete—. Pero es mejor así. Yo soy el gato, ellos los ratones. Después de todo, soy un cazador. Y el trabajo de un cazador es matar, no proteger.

—Eso no es verdad —se enfadó la mujer cabellera—. Rihan no te quería por eso. ¿Acaso no lo recuerdas?

—Que sí, que sí, Kejoro —respondió él sin hacer el más mínimo caso a su compañera—. Díselo a Tsurara. O mejor, díselo al Segundo.

—Pero... —intentó meter baza la hermosa yokai de Edo, sin conseguirlo.

—No tenemos tiempo para rememorar el pasado —Kubinashi se levantó—. Vamos, tenemos que asegurar el templo antes de que lleguen refuerzos. Si el General Supremo llega a tiempo, podríamos conquistar los dos sellos de la barrera en una sola noche. Y entonces...

Kejoro intentó agarrarle del brazo, gritarle que dejara de hacer el tonto, tal vez arrearle un buen mamporro en la cara y recordarle que no estaba solo. El Segundo General había caído en Kioto, Tsurara estaba atrapada en las garras de Hagoromo Gitsune y habían fallado en su misión de espionaje, pero Kubinashi parecía olvidar que aún tenía amigos. Y algo más, si algún día aquel hombre imposible dejaba de ser tan cabezota.

Sin embargo, la mujer cabelera no tuvo tiempo para hacer ninguna de esas cosas. Una ola de energía espiritual resonó de repente y una de las paredes del recinto voló por los aires. La onda expansiva derribó a los yokai más cercanos, entre ellos Kubinashi y Kejoro.

—Huelo sangre —dijo una voz siniestra.

De entre la polvareda surgió la figura de Ibaraki-Doji. Habiendo dejado a un lado sus ropas punk de andar por casa, el oni con media cara tapada por una lápida vestía ahora un traje de samurai. No llevaba más armadura que unos protectores para manos y antebrazos. Blandía una katana con aparente desidia, pero sin duda había sido él el responsable de haber partido el muro en dos. Otra espada más colgaba de su cinturón.

—Huelo el hedor de la sangre fresca goteando de una hoja afilada. ¡Sí, ese olor hediondo a hierro! —bramó Ibaraki-Doji. Detrás de él, los oni que comandaba empezaron a penetrar en el recinto sagrado, disparando las alarmas de Kubinashi y su grupo.

Durante un instante, el hijo adoptivo de Shuten-Doji pareció emborracharse con el olor a sangre del templo. Paseó su vista por los cadáveres desmembrados de sus camaradas del Clan Abe. Luego, sus ojos descansaron sobre la figura en tensión de Kubinashi, que tenía sus cuerdas de combate a punto.

—¡Tú! —exclamó Ibaraki-Doji, señalando al yokai sin cuello—. ¡Te reconozco, gusano! A ti y a varios de tus asquerosos amigos. Sí, fuisteis los imbéciles que tuvieron la "brillante" idea de atacar a nuestro joven señor. ¿Habéis vuelto? ¿Es que tenéis ganas de morir?

—Lo siento —dijo Kubinashi—, pero aquí el único que va a morir vas a ser tú, señor yokai de Kioto.

El líder oni no pareció impresionado en lo más mínimo por la bravata de su oponente. Dio un paso adelante. Kurotabo y los demás trataron de alcanzar a Kubinashi, pero la creciente marea de demonios de Kioto que llegaban al santuario les impedía dar un paso en falso. Sin embargo, Ibaraki-Doji no parecía tener mucha prisa por iniciar el combate. Con engañosa calma, comentó:

—¿Sabes, gusano? Hagoromo Gitsune me ha confiado a mí la defensa de este lugar. Había oído que se trataba de un lugar muy bonito, con jardines y otras chorradas que en realidad me la sudan. Sin embargo, ¿qué me encuentro cuando por fin vengo a hacer una visita? Huelo sangre y veo cómo los subordinados de mi señora han sido descuartizados hasta convertirse en comida para perros.

—¿Qué quieres? ¿Que me disculpe? —ironizó Kubinashi.

—Oh, no. No te pienso criticar por eso —meneó la cabeza Ibaraki-Doji—. Tú haces tu trabajo y yo el mío. Y mi trabajo consiste en matar a escoria como vosotros.

El oni dibujó un círculo en el aire con su katana. El círculo chisporroteó con energía eléctrica, brillando a la espalda de Ibaraki-Doji con una promesa de muerte. Kubinashi, Kejoro, Kurotabo y los demás retrocedieron instintivamente.

—¡Suplicad piedad en el Infierno, ratas de cloaca! —siseó el líder de los oni, embriagado de cólera asesina.

Y la batalla por el segundo sello comenzó.


Notas adicionales:

Lo prometido es deuda: nuevo capítulo de Kitsune no Mago antes de que acabe marzo. Intentaré tener otro preparado a finales de este mes o principios de abril, pero no es seguro. Hay muchos trabajos en el horizonte y además quiero hacer un viaje al extranjero la próxima Semana Santa, así que puede que ande muy justo de tiempo. De mientras, agradecimientos como siempre a la buena gente que se toma la molestia de comentar. La lista ya se está haciendo larga: Suki90, Lonely Athena, tsurara12012, Corazón de Piedra Verde, Asphios de Geminis, timcanpy93, Adv Satoshi y muchos más que me dejo en el tintero. ¡Gracias a todos!

Y como es tradición, más notas a pie de página:

* Yura cree que los yokai de la Mansión Abe han sido un poco fríos con ella, mientras que a Tsurara le ha parecido que han recibido a la onmyoji de manera muy positiva. Cada cual ve la situación desde su experiencia. Por otra parte, quería mostrar a una Yura con los ojos abiertos de par en par. A pesar de ser uno de los personajes más serios y responsables de Nuramago, Yura también pone caras divertidas de vez en cuando ^_^

* En el libro oficial se dice que los yokai de Kioto tienen una fuerza de 900 miembros. No muchos, si los comparamos con los 10.000 del Clan Nura. Aún así, su bajo número responde a que durante 400 años fueron expulsados de Kioto y se quedaron sin líder, algo que en este universo alternativo nunca ocurrió. Pero que el Clan Abe tenga 10.000 miembros aquí no significa que tenga 10.000 soldados. Al igual que ocurre en el Clan Nura (de este universo y del canon), la mayoría son yokai débiles no combatientes que necesitan de la protección de los guerreros para sobrevivir.

* Como recordaréis de la saga de Kioto, los Nura tienen a su disposición una auténtica fortaleza voladora, el Takarabune, y (al menos) nueve barcos más pequeños, los Kobanbune. Por cierto, el nombre de Takarabune viene de la nave que usaban los Siete Dioses de la Fortuna japoneses y significa "barco del tesoro". En el canon estaban acondicionados como cruceros de lujo en vez de buques militares, por eso fueron derribados con facilidad. Como podéis suponer, en este universo, con años de preparativos, los Nura han sido más previsores.

* Un haiku tiene una métrica de 5-7-5 sílabas, no las 11-13-11 sílabas del poema de Hakuzozu. Para un japonés, eso es un error flagrante.

* En las profundidades del monte Kurama la cobertura es mala. Un SMS puede tardar horas en recibirse y una llamada puede no llegar nunca. Por eso los Abe tienen que enviar mensajeros (y por eso Sojobo podía tener durante días al joven señor en coma sin tener que dar explicaciones a nadie).

Próximo capítulo: "Ataque a la mansión".