Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: La guerra ha comenzado. Mediante un exitoso ataque sorpresa, el Nurarihyon ha ocupado los cielos de Kioto con su flota de barcos voladores. Mientras Rikuo y Yura regresan de sus respectivos entrenamientos, Ibaraki-Doji defiende el segundo sello de Kubinashi y su grupo.
Ataque a la mansión
En los alrededores de la Mansión Abe, la situación se había calmado. Las tropas del clan habían partido ya a sus destinos, listos para enfrentarse a los invasores. En la lujosa casa se habían quedado los yokai más débiles bajo la protección de algunos guerreros escogidos. Según las hordas de los Nura iban descendiendo sobre la capital, un goteo continuo de refugiados llegaban a las puertas de la mansión. Eran deidades locales, fantasmas, espíritus y demonios menores que miraban al cielo encapotado con actitud aprensiva. Todos rezaban por el éxito de su patrona, la señora Hagoromo Gitsune, pero muchos tenían miedo del Nurarihyon.
Afortunadamente, había una persona en la casa que no iba a dejar que cundiera el desánimo.
Después de la partida de su padre, Kyokotsu se había puesto las pilas y se había hecho con el control de la situación. Aunque fuera demasiado joven incluso para los estándares yokai, no dejaba de ser la hija del jefe de la facción cadáver. Con sus ojos serpentinos brillando con decisión, se había subido al cráneo de Gashadokuro y se había dedicado a impartir órdenes desde las alturas.
—¡La comida debe ir allá! ¡Los que vengan del templo de Inari, por favor, acudan aquí!
—Esto... ¿Kyokotsu? ¿Podría descansar un rato? —suplicó el esqueleto gigante. Además de servir de improvisada montura para la niña, Gashadokuro cargaba con varios sacos de arroz.
—¡Aún no, Gasha! —rechazó su pequeña jefa enfáticamente—. ¡Hasta que la hermana mayor o el hermanito vuelvan, nos tenemos que ocupar de todo!
—Está bien, está bien —suspiró Gashadokuro mientras sus ojos bailaban en sus cuencas. Buf, no sabía que Kyokotsu pudiera ser tan mandona. La señora Wakana se había retirado al interior de la mansión y había dejado a la niña al cargo de la situación.
Mientras la actividad continuaba en los extensos jardines del recinto, ojos sigilosos observaban las idas y venidas de los yokai de la casa.
—¡Yo digo que ataquemos ya! —exclamó una descarada voz femenina procedente de una azotea cercana.
—Paciencia, Awashima —dijo un hombre—. Estamos en Kioto. Este es su terreno. No podemos lanzarnos de cabeza así sin más, ¿no crees?
—Lo que pasa es que tienes miedo, Dohiko —insistió la tal Awashima—. Además, ¿no se supone que tenemos que rescatar a esa Yuki-onna de los Nura? Seguro que Reira está de acuerdo conmigo, ¿verdad?
Se oyó un suspiro.
—Lo cierto es que me estremezco al pensar en lo que habrá sufrido esa pobre chica en manos de esos malvados de Kioto... si es que sigue viva —reconoció la mencionada Reira—. Aún así, acataré lo que diga Itaku.
Tres pares de ojos se volvieron hacia un cuarto individuo, que observaba el terreno sin pestañear.
—Awashima tiene razón —dijo él.
—¿La tengo? —se sorprendió Awashima—. Quiero decir, ¡por supuesto que tengo razón!
—El grueso de las fuerzas armadas de los Abe han salido de la casa. En este momento, la mayoría de sus ocupantes son refugiados, mujeres y niños —indicó Itaku—. Sin embargo, dudo mucho que hayan dejado la mansión completamente desguarnecida. Como mínimo, seguro que vendrán refuerzos tarde o temprano. Si queremos entrar y salir sin problemas, tenemos que atacar ahora.
Sus compañeros asintieron. Itaku desenfundó un par de hoces afiladas. Sus ojos de comadreja brillaron en la oscuridad.
—¡Demostremos a esos arrogantes de Kioto cómo luchan los yokai de Tono!
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Ladera del monte Kurama
Rikuo se estaba impacientando. De haber podido, habría corrido a la ciudad con todas sus fuerzas, más el Gran Tengu se lo impidió. El sabio consejero del Clan Abe señaló pacientemente que de nada le serviría gastar sus fuerzas corriendo si luego se derrumbaba de cansancio a los pies del enemigo.
Aún así, Rikuo sentía que habían perdido demasiado tiempo. Los demonios cuervos del monte Kurama habían tardado largos y valiosos minutos en equiparse para la guerra. Lanzas, arcos y armaduras que los convertían en la fuerza de combate mejor preparada tras los oni de Ibaraki-Doji. Sin embargo, mientras tanto, los Nura se iban haciendo con el control de los puntos estratégicos de Kioto.
Ahora Rikuo, en su forma de kitsune, lideraba la marcha de los tengus en dirección a la Mansión Abe.
—Espero que todos estén bien —masculló Rikuo, más para sí mismo que para sus acompañantes.
—Descuidad, joven señor. Incluso con una guarnición menor, nadie entra en la casa principal así como así —le tranquilizó el Gran Tengu—. Recordad que Kyokotsu, Gashadokuro y otros muchos yokai capaces están esperándonos allí.
Rikuo no compartía la confianza de Sojobo.
—Sí, nos están esperando. Porque somos sus refuerzos —puntualizó el muchacho entre dientes.
Permanecieron en silencio unos instantes, mientras los árboles y la tierra empezaban a dar paso a las farolas y el asfalto. No había ningún transeúnte en aquel momento. Los que podían, habían cogido su coche y se habían marchado, mientras que los menos afortunados se habían escondido en sus casas. Al igual que había pasado durante la Rebelión de los Hanamachi, pocos humanos creían en una invasión de seres sobrenaturales. Sin embargo, si las autoridades habían decretado el toque de queda, sus razones debían tener.
—¿Cuál es el plan cuando lleguemos? —preguntó Rikuo tras unos instantes de marcha silenciosa.
—Asegurarnos de que la mansión está convenientemente protegida —respondió el Gran Tengu—. Luego, esperar nuevas órdenes. Tal vez atacar al Nurarihyon por la retaguardia, mientras él avance hacia los sellos principales.
—¿Y qué hay de los yokai que están atacando toda la ciudad? —inquirió Rikuo, apartando unos matorrales para tomar un atajo.
—Será cosa de los onmyoji —contestó el anciano consejero sin darle mayor importancia.
El joven señor frunció el ceño. No le gustaba la idea de atrincherarse en su casa mientras el resto de habitantes de la ciudad sufrían horrores sin fin. Y menos aún delegar una carga tan pesada sobre los hombros de la familia de Yura. No era su estilo.
—No pienso quedarme de brazos cruzados, Sojobo —advirtió Rikuo muy seriamente—. Si puedo ayudar, lo haré.
—No esperaba menos de vos, joven señor —meneó la cabeza Sojobo—. Me gustaría deciros que es un serio error estratégico, pero lo cierto es que el Nurarihyon se ha mostrado totalmente imprevisible. Quién sabe cuál será su próximo paso.
—Quizás es mejor estratega de lo que la abuela y tú pensabais —se burló Rikuo.
—¿El Nurarihyon? Lo dudo —bufó con desdén el Gran Tengu—. Es un guerrero impulsivo y cabezota, de los que prefieren cargar directamente contra el enemigo, buscar el camino más corto para enfrentarse al general rival. Pero también es tramposo y ladino. No sé, presiento que hay alguien más detrás de esta invasión.
A Rikuo le parecía que Sojobo estaba minusvalorando a su oponente. El típico orgullo propio de los yokai de Kioto que ahora mismo les estaba pasando factura. Aún así, hizo notas mentales para sí mismo. Tarde o temprano tendría que vérselas cara a cara con el General Supremo de los Nura. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para evitar un desastre aún mayor.
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Shokoku-ji
El ruido del metal contra el metal resonaba por los muros y jardines del santuario budista. La armonía del zen había desaparecido para mostrar un campo de batalla atroz y sanguinario. Cadáveres previamente desgarrados contemplaban mudos la batalla entre los oni de Ibaraki-Doji y la fuerza exploradora de Kubinashi. Aunque los demonios de Kioto superaban en número a sus enemigos, los voluntariosos Nura estaban demostrando ser grandes guerreros. Las lanzas infinitas de Kurotabo abrían enormes brechas entre las tropas oni, mientras su compañero Aotabo aplastaba cráneos con deleite. Los hijos de Karasu-Tengu contraatacaban desde el aire, y Kappa y Kejoro utilizaban sus poderes, más sutiles, para confundir a sus oponentes. Otros más, como el gigantón Shoei, más inexpertos, mantenían a raya como podían a la marea de guerreros escarlatas.
Sin embargo, todas estas batallas individuales palidecían ante el duelo de sus respectivos comandantes. Mientras Kubinashi echaba mano a sus cuerdas, Ibraki-Doji refulgía a la luz eléctrica del arco que había trazado sobre su cabeza.
—Hatsu. Tambor del demonio, Ondeko —musitó el espadachín oni.
Al instante, rayos como flechas partieron del círculo flotante hacia un asombrado Kubinashi. El yokai sin cuello trató de protegerse parapetándose tras un escudo de cuerdas, pero sus reflejos no podían superar la velocidad de la luz. Demasiados huecos, demasiados puntos débiles.
—¡Gaaaagh! —Kubinashi no pudo evitar apretar los dientes de dolor hasta casi romperse las encías cuando varias ráfagas eléctricas entraron en contacto con su cuerpo.
—¡Kubinashi, aguanta! —exclamó su compañera Kejoro alarmada, tratando de abrirse camino hasta el líder del grupo.
El antiguo asesino se derrumbó sobre una de las paredes del templo. Los rayos de Ondeko no sólo le habían quemado la piel, sino que habían sobrecargado su sistema nervioso. Estaba prácticamente paralizado.
—Deberías haber dejado que mis rayos te alcanzasen de lleno —comentó con sorna Ibaraki-Doji, alzando su katana sobre un indefenso Kubinashi—. Al menos habría sido una muerte rápida.
El otro se frotó la barbilla con una de sus cuerdas.
—Ja... ¿De qué hablas? No s-sentí más que un pinchazo, yokai de la capital —se burló Kubinashi, a pesar de que era evidente el dolor en su voz.
—¡Insolente! —bramó el líder oni, descargando su espada contra su oponente arrodillado.
Se hizo el silencio en los jardines del templo. Tanto los Abe como los Nura contuvieron la respiración. En el lugar en el que antes había estado un malherido Kubinashi, había ahora un amasijo de cuerdas con forma humana. La hoja de Ibaraki-Doji las había cortado limpiamente, mas de su enemigo no quedaba ni rastro.
—Un momento, conozco este truco... —murmuró para sí mismo el demonio de la cara partida.
—¡Te tengo! —exclamó triunfalmente una voz a sus espaldas.
Varios metros por detrás, el reaparecido Kubinashi lanzó un cabo de cuerda dirigido al cuello de su contrincante, con la aviesa intención de enlazarlo y ahorcarlo. Sin embargo, Ibaraki-Doji no mostró ningún signo de preocupación pese a que el nudo comenzaba a cerrarse en torno a su garganta.
—Siento decepcionarte, escoria, pero mi Ondeko puede disparar en cualquier dirección, sin importar hacia dónde estoy mirando —explicó el oni.
Kubinashi tragó saliva cuando el círculo eléctrico volvió a brillar. Una nueva ráfaga de rayos salió disparada hacia él. Por fortuna para él, en el último momento su compañera Kejoro utilizó su extraordinaria melena prensil para ponerle fuera de peligro.
Ibaraki-Doji observó contrariado cómo su ataque se estrellaba contra uno de los setos, carbonizándolo al instante. Pero su irritación no podía compararse con la de Kubinashi. En vez de agradecerle a Kejoro su oportuno rescate, la hizo a un lado y se preparó para enfrentarse de nuevo a su enemigo.
—¿Qué crees que estás haciendo, Kubinashi? —protestó la mujer-cabellera ofendida—. ¿Estás tonto o qué te pasa?
—¡No intentes detenerme! —exclamó él—. ¡Puedo encargarme yo solo de estos yokai de la capital! ¡No necesito a nadie!
Su bravuconada encontró un rápido fin cuando su camarada le arreó un buen coscorrón en su cabeza flotante.
—¡Qué demonios...! —se enfadó el asesino, pero Kejoro le puso en su sitio enseguida.
—¡Eso tendría que decir yo! ¿Qué demonios te pasa, Kubinashi? ¿Es que quieres suicidarte? —le cantó las cuarenta la mujer-cabellera—. No estás luchando solo, lo sabes, ¿verdad? Ao, Kuro, Kappa y los demás están aquí. Yo estoy aquí. Somos compañeros, no lo olvides. ¿Acaso no recuerdas cómo trabajábamos en el pasado? Tú atacabas, yo defendía, espalda contra espalda. Solos éramos débiles, juntos éramos invencibles. ¿Por qué has querido cambiar otra vez?
Kubinashi suspiró. Kejoro no tenía pelos en la lengua, ni siquiera en el campo de batalla. Eso lo habría aprendido hace siglos. Aún así, había mucha verdad en sus palabras. Los dos se conocían desde hacía mucho tiempo, cuando él era el Robin Hood del distrito rojo de Yoshiwara y ella la pequeña sirvienta de la cortesana Shiragiku. Una época feliz. Luego todo se torció.
Primero fue Shiragiku, que prefirió morir antes que revelar el paradero de la banda de ladrones de Kubinashi. Después fueron sus amigos, cazados como ratones por un malévolo yokai. Kubinashi se había negado a morir y se había convertido en un demonio sin cuello, "el carnicero de Hitachi". Asesinó a decenas de yokai, antes de que Nura Rihan, el señor de la oscuridad de Kanto, se enfrentase a él y lo derrotase.
Kubinashi estaba dispuesto a morir tal como había vivido su segunda vida: solo y consumido por el odio. Sin embargo, Kino, que había crecido hasta convertirse en cortesana, se interpuso entre la espada de Rihan y él. Impresionado por el arrojo de la muchacha, el Segundo General le perdonó la vida y le dedicó unas palabras que jamás olvidaría:
"Tu fuerza es una ilusión, Kubinashi. La auténtica fuerza es la que ha demostrado tu amiga. Cualquiera puede luchar cuando no tiene que soportar ninguna carga. Pero aquí, en el Clan Nura, luchamos para proteger a las personas a las que queremos. Piensa en ello".
Y Kubinashi pensó. Se unió a la Procesión Nocturna de los Cien Demonios de los Nura, y jamás se arrepintió. Encontró en ella nuevos amigos que se protegían los unos a los otros, y al líder más asombroso e inspirador que jamás hubiese conocido. Ahora, el hombre al que le debía su segunda felicidad yacía atrapado en una tortura infinita bajo los cimientos de Kioto. "No tenía que haber dejado que viniera solo", se había recriminado una y otra vez Kubinashi. La culpa y el odio habían vuelto a contaminar su corazón. Pero Kejoro tenía razón: aún conservaba el mayor regalo de Rihan: el Clan Nura. Su familia.
—Está bien —asintió Kubinashi con una sonrisa—. Vamos allá, Kino.
—Je —sonrió también Kejoro.
—¿Estáis intentando dejarme al margen, gusanos? —se irritó Ibaraki-Doji—. ¡A por ellos!
Una horda de oni desocupados se lanzó sobre la pareja, sin que Aotabo, Kurotabo o alguno de sus otros compañeros pudieran intervenir. Pero no tenían por qué preocuparse. Mientras la cabellera viviente de Kejoro enredaba a los atacantes, Kubinashi aprovechaba para estrangularlos con sus cuerdas. Los demonios de Kioto cayeron como moscas.
—Venga ya, eso ha sido patético —se burló Kejoro con picardía—. ¡Os enviaremos de vuelta al infierno, pandilla de estúpidos!
Los oni que les rodeaban dieron un paso atrás, inquietos. En el resto del patio, los Nura recobraron la confianza y empezaron a empujar a los Abe fuera del recinto.
—¡Dejad de hacer el vago! —se impacientó Ibaraki-Doji—. ¿De qué tenéis miedo? ¡Es sólo pelo! Y el pelo se puede cortar.
Además de la espada que ya tenía, el yokai con media cara tapada por una lápida sacó otra katana. Sujetó ambas hojas al revés, blandiéndolas cual si de vulgares tijeras se tratase. El metal chisporroteó con energía eléctrica.
—Hyoui. Baquetas del demonio. Tijeras que cortan la muerte. Ondekobachi, Butsugiribasami —dijo Ibaraki-Doji.
Kejoro lanzó su melena contra él, mas el oni la cortó sin dificultad. Ya se abría paso Ibaraki-Doji hacia la pareja, cuando la mujer-cabellera sonrió.
—Has picado —anunció ella.
Ibaraki-Doji miró al suelo. Cuerdas y más cuerdas dibujaban una espiral en el suelo. Y él estaba justo en el centro. Aunque el joven señor le había puesto sobre aviso sobre aquella trampa en concreto, su contrincante había sido lo suficientemente astuto como para camuflar sus sogas entre la tierra del jardín.
—Oh, mierda —musitó el oni.
—¡Hoja espiral! ¡Rasenjin! —exclamó Kubinashi, tirando de los extremos de las cuerdas.
Ibaraki-Doji ascendió por al aire en un tornado de cuerdas afiladas que desgarraron su ropa y su carne, salpicaron el jardín con chorros de sangre y, lo peor de todo, rompieron la lápida de madera con la que el líder oni cubría la mitad de su cara.
La vista de Ibaraki-Doji se nubló con el rojo de la sangre. Cayó al suelo.
"¡No! ¡Esto no puede acabar así! ¡Padre!" pensó el oni mientras perdía el conocimiento.
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Más de mil años atrás
Había una vez un niño al que llamaban "hijo del demonio". Era violento, tenía dientes afilados y había aprendido a andar desde el mismo día de su nacimiento. La gente de su aldea tenía mucho miedo, así que un día decidieron deshacerse de él y lo arrojaron por un barranco.
Sin embargo, el niño no murió. Una pareja mayor, que había rezado largo tiempo a los dioses para tener un hijo, lo encontraron al pie de un altar. El pobre chico había perdido la memoria. Los dos ancianos lo acogieron en su casa y le dieron el nombre de Ibaraki-Doji. El niño, por primera vez en mucho tiempo, fue feliz. El anciano tenía una barbería y le enseñó a Ibaraki-Doji los rudimentos del oficio para que le ayudara.
Por desgracia, un fatídico día el pequeño hirió por accidente a uno de los clientes. Embargado por el pánico, se llevó un dedo manchado de sangre a la boca. Y entonces lo recordó todo. El miedo, la violencia, el delicioso sabor a hierro de la sangre humana... Una neblina roja envolvió sus pensamientos.
Cuando recobró el conocimiento, descubrió que había matado a todas las personas de la barbería, incluida la pareja de ancianos que con tanto amor le habían acogido.
Ibaraki-Doji vagó por las tierras de Kansai, pero nunca pudo escapar a su afición por la sangre. Pronto la lista de sus víctimas creció, hasta el punto de llamar la atención del rey de los oni: Shuten-Doji, azote de la región y el principal candidato a convertirse en el primer señor de todos los ayakashi de Japón.
—Oh, así que tú eres Ibaraki-Doji —le dijo cuando se encontraron—. Me gusta tu cara, chaval. Pareces un auténtico demonio.
El muchacho no sabía qué decir. El poder de Shuten-Doji era inconmensurable.
—¡No estés tan callado! Dime, ¿por qué no te conviertes en mi hijo? —le preguntó el gran oni.
—¿Eh? ¿Por qué? ¡Soy un asesino! ¡Sólo soy feliz cuando mato gente! —clamó Ibaraki-Doji, avergonzado de sí mismo.
—¿Y qué tiene de malo? —se sorprendió Shuten-Doji—. Eres un oni, chico. Matar forma parte de nuestra naturaleza. Ven conmigo, te enseñaré cómo es el mundo de la oscuridad.
Ibaraki-Doji, que siempre había sido odiado y temido por ser lo que era, se convirtió así en un auténtico "hijo del demonio". Acompañó a Shuten-Doji en sus correrías, acumulando las cabezas cortadas de sus enemigos. Por segunda vez, fue feliz.
Hasta el día en que el Nue llegó y mató a Shuten-Doji.
—¡Escuchadme todos! —se dirigió el exorcista a los oni de las montañas—. ¡Soy Abe no Seimei, hijo de la kitsune Kuzunoha, onmyoji supremo del emperador! ¡Por virtud de mi sangre y mi poder, me proclamo Señor del Pandemónium! ¡Todos los yokai de la capital deben obedecerme y seguir mis reglas! ¡Si alguien se opone, acabará como Shuten-Doji!
Para dar más énfasis a sus palabras, Seimei alzó la cabeza cortada del líder oni.
Los demonios se arrodillaron ante su nuevo señor. Todos salvo uno. Ibaraki-Doji sólo tenía ojos para el cadáver mutilado de su padre. De nuevo, el destino le había privado de su felicidad. El hijo adoptivo de Shuten-Doji lloró lágrimas de sangre. Se arrastró hasta el cuerpo sin vida del antiguo jefe oni, mientras sollozaba:
—Padre... Padre...
—¡Eh, tú! —le señaló un contrariado Seimei—. Eres Ibaraki-Doji, ¿verdad? ¿Es que no me has oído bien? ¿Es que quieres morir?
—Déjame a mí, Seimei. Yo me encargo —intervino de repente una mujer con cola de zorro.
—Lo dejo en tus manos, madre —se hizo a un lado el onmyoji. Para sus adentros, suspiró. Aunque Seimei había accedido por fin a los ruegos del emperador Murakami y de su viejo amigo, el samurai Monamoto no Yorimitsu, para que librara al mundo de la amenaza de Shuten-Doji, no le apetecía empezar su nuevo reinado como Señor del Pandemónium ejecutando al hijo adoptivo de su rival.
La kitsune se acercó al desolado Ibaraki-Doji.
—¿Qué voy a hacer ahora sin ti, padre? —se lamentaba el joven demonio.
—Puedes seguir a mi hijo, Ibaraki-Doji —dijo Kuzunoha con voz amistosa—. Tiene grandes planes para ti y para todo Japón. Quiere crear un mundo nuevo, uno donde humanos y ayakashi por igual puedan ser felices.
—Pero a mí me gusta matar humanos —indicó Ibaraki-Doji—. Y padre decía que era bueno.
—Dime, Ibaraki-Doji: ¿qué habría querido Shuten-Doji para ti?—le preguntó la kitsune.
—Que fuera feliz —respondió sin dudar el muchacho.
—Entonces era un buen padre. Hónralo y busca la felicidad. Acompaña a mi hijo. Averigua si su felicidad es la misma que la tuya. Y entonces decide —le ofreció Kuzunoha.
Ibaraki-Doji asintió. Entonces arrancó una de las manos de Shuten-Doji y se la llevó a la mejilla, pintando la mitad izquierda de su cara con la sangre de su padre adoptivo.
—Encontraré mi propia felicidad, padre. Hasta entonces, deja que yo sea tu tumba.
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En el presente, Kubinashi y Kejoro se sonrieron mutuamente. No cabía duda, eran la pareja de combate perfecta. Ahora que el feroz Ibaraki-Doji había caído, sus oni habían perdido la voluntad de combatir. Aotabo, Kurotabo y los demás no estaban teniendo problemas para hacerles retroceder. Pronto el templo de Shokoku-ji estaría en sus manos. Y la liberación de Rihan estaría más cerca.
Tan perdidos estaban en su mutua complicidad, que tardaron unos momentos en darse cuanta de que Ibaraki-Doji se estaba reincorporando. Y algo peor: su nivel de "miedo" se salía de la escala.
—Kubinashi, ¿qué le ha pasado? —preguntó Kejoro asustada.
La lápida de madera con la que Ibaraki-Doji cubría la mitad izquierda de su cara se había partido en trozos. Debajo asomaba el rostro iracundo de un oni rojo. Su ojo demoníaco brillaba en la oscuridad y sus dientes afilados esbozaban una sonrisa siniestra.
—Lo siento, padre. Tu lápida se ha roto —murmuraba Ibaraki-Doji en un delirio febril—. Sí, padre. Te oigo. Debemos castigar a los culpables.
Los subordinados oni de Ibaraki-Doji retrocedieron, pero no ante la carga de los Nura, sino ante el "miedo" que despedía su jefe. Conocían aquella sensación muy bien. No era sano quedarse cerca de su líder cuando a éste le embargaba la cólera asesina.
—Esto no me gusta nada —murmuró Kubinashi.
—¡Segunda ronda, basura! —bramó Ibaraki-Doji, apuntando sus dos espadas hacia el yokai sin cuello y los suyos—. ¡Os voy a cortar en pedacitos!
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Casa Ancestral de los Keikain
La antigua mansión de la familia onmyoji por antonomasia de Kioto era un hervidero de actividad. Keikain venidos de las cuatro esquinas de Japón, e incluso del extranjero, habían respondido a la llamada de Hidemoto 27º. El patriarca del clan concentraba sus fuerzas para hacer frente a la invasión del Nurarihyon. Los ciudadanos de Kioto contaban con ellos.
—¡Abuelo! —exclamó Yura con alegría cuando se encontraron de nuevo. Tanto ella como la inseparable pareja de Ryuji y Mamiru acababan de regresar de su entrenamiento en el monte.
—Bienvenida a casa, Yura —la saludó Hidemoto afectuosamente—. Y tú también, Ryuji.
El hermano mayor había aparecido por detrás, con cara de circunstancias.
—¿Qué tal van las cosas? —preguntó el chico adoptando un aire profesional. Hidemoto meneó la cabeza con pesar.
—Van mal —reconoció el patriarca de los Keikain—. Nos llegan avisos de todas partes. Aunque los invasores se están concentrando en el casco antiguo, estamos hablando de cientos de yokai. No tenemos gente suficiente para hacer frente a todos.
Ryuji miró a un lado y a otro, observando el gran número de onmyoji que corría de un lado para otro. Yura le imitó. Nunca había visto tantos exorcistas juntos al mismo tiempo. Ni siquiera conocía el nombre de la mitad de ellos. Parecía imposible que no tuvieran brazos suficientes para contener la marea yokai.
—Supongo que las autoridades están avisadas. He visto salir al gobernador, el alcalde y el jefe de policía cuando veníamos hacia aquí —indicó Ryuji.
—Sí —suspiró con cansancio el anciano Hidemoto—. Estaban muy enfadados. Es normal, después de todo se supone que los Keikain estamos aquí para proteger Kioto de amenazas como ésta. Sin embargo, están de acuerdo en anunciar el estado de emergencia. Se ha instaurado el toque de queda en toda la ciudad y se han puesto carteles para avisar del peligro.
—Bien, así no habrá gente estorbando. ¿Cómo montamos la defensa? —inquirió su nieto.
—Los templos y otros lugares sagrados son nuestra prioridad —explicó Hidemoto—. Incluso sin los sellos de Seimei, siguen siendo la principal fuente de poder espiritual de Kioto. Si caen, los invasores de Tokio se harán más fuertes.
—Y nuestros vecinos de Kioto más débiles —apostilló Ryuji con una sonrisa astuta.
El patriarca de los Keikain le devolvió una mirada calculadora, mas decidió cambiar de tema.
—Nos repartiremos por grupos. Tu primo Shuji está ya en el templo de Fushimi Inari, y Koreto en el retiro imperial de Katsura. Gora ha partido a Ryuen-ji y Haigo a Kiyomizu-dera. Hisa y Masatsugu padre se están preparando ahora para ir al Templo del Musgo y al Pabellón Dorado, respectivamente. Mamiru y tú podéis acompañar a alguno de ellos o, si lo prefieres, Akifusa está organizando un equipo de respuesta rápida.
—No sé, creo que Mamiru y yo somos más efectivos yendo por libre —musitó Ryuji, meditando sus opciones.
—¿Y yo a dónde voy? —preguntó una ansiosa Yura.
Tanto Ryuji como Hidemoto 27º se volvieron hacia ella con expresión indescifrable.
—Tú te quedarás en casa, Yura —dijo su abuelo—. Necesitamos a alguien que defienda nuestro hogar.
—¿QUÉ? —exlamó la chica ofendida—. ¡No he estado entrenando como una loca para quedarme de brazos cruzados! ¡Soy una onmyoji! ¡Sé pelear! ¡Abuelo, déjame ayudar!
Hidemoto iba a responderla cuando Ryuji se adelantó y le arreó un capón a su hermana pequeña.
—¿Quieres ayudar? ¡Pues entonces deja de comportarte como una princesita malcriada! —siseó el muchacho con desprecio—. ¿Es que no ves lo que está pasando aquí? Todos nuestros mejores exorcistas están saliendo allí fuera a pelear, mientras que en esta casa se están quedando los civiles indefensos. ¿Quién los protegerá si los yokai atacan, eh?
—Yo... N-no lo había pensado —murmuró Yura cabizbaja.
—Claro que no. Tú nunca piensas más que en hacerte la heroína. Hay un momento para todo, estúpida —la reprendió Ryuji.
Acto seguido, el chico se dio la vuelta y salió de la habitación, seguido por su abuelo.
—Has sido muy duro con tu hermana —dijo Hidemoto 27º.
—No me entiendas mal, viejo. Yura sabe luchar —reconoció Ryuji a su pesar—, pero tiene que aprender a pensar. Si no usa su cerebro, acabará mal un día de estos.
Hidemoto sonrió levemente, pero no añadió nada más. En cuanto a Yura, se quedó sola en la sala de reuniones, reflexionando. Ciertamente, los Keikain habían acogido aquella noche en su mansión a muchas personas que no podían defenderse por sí solas. Desde amigos y familiares que nunca habían visto un yokai en su vida hasta vecinos que habían corrido a llamar a sus puertas cuando los primeros monstruos del Nurarihyon aterrizaron en la ciudad. Ahora que los onmyoji debían repartir sus fuerzas por toda Kioto, alguien tenía que quedarse a defender a sus seres queridos.
"Yo lo haré", se prometió Yura con decisión. "¡No dejaré que ningún yokai les haga daño!".
Aunque en su fuero interno, una vocecilla culpable suspiró por no poder encontrarse con Rikuo en el campo de batalla.
Sin embargo, no iba a ser una tarea fácil. Mientras escuadrones enteros de exorcistas salían a la oscuridad de la noche, un grupo de figuras encapuchadas observaba la casa ancestral de los Keikain. Estaban armados con palos y guadañas, y bajo sus harapos se ocultaban carnes en estado de descomposición. Uno de los vigilantes se acercó a su líder:
—¿Atacamos ya, Don Gagoze?
—Oh, no, todavía no. Esperemos a que esos onmyoji se vayan de la casa, que dejen solos a sus ancianos y niños. Sí, muchas víctimas fáciles —Gagoze se relamió de gusto, dando brillo a sus afilados dientes—. Esta noche nos daremos un festín de ikigimo, muchachos.
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Mansión Abe
—Esto no está bien —rezongó Wakana.
La madre de Rikuo se encontraba en aquel momento en el sótano de la mansión, en la galería de las mazmorras. Nunca había pisado ese sitio antes, y ni los propios guardianes estaban muy convencidos de que tuviera permiso para estar allí, pero la humana había aprovechado la ausencia de Hagoromo Gitsune para hacer valer su autoridad como viuda del Nue. Así que los vigilantes se habían echado a un lado y ahora observaban con curiosidad la conversación que mantenían ella y la Yuki-onna prisionera.
—No es para tanto, señora Wakana. Lo entiendo. La guerra ha empezado y yo no dejo de ser una espía del General Supremo —dijo Tsurara, intentando mostrar entereza.
—Aún así, no está bien —insistió Wakana, alcanzándole un vaso de té caliente. La buena mujer había tenido la gentileza de llevar consigo una bandeja con comida. Tsurara se lo agradeció. No había probado bocado en horas, y la tensión la estaba consumiendo—. Sé que eres una buena persona, Tsurara. Tú no harías nada que pudiera hacer daño a Rikuo, ¿verdad que no?
—¡No! —saltó la Yuki-onna como un resorte, para luego añadir roja como un tomate—: N-no, claro que n-no podría... Yo le... Esto, quiero decir... Es Rikuo. Aunque haya guerra, no haría nada que pudiera ponerle en peligro. Ya aprendí mi error.
—¿Lo ves? —sonrió la mujer de pelo castaño con calidez—. En serio, a veces mi suegra se pasa de desconfiada.
—No sé. Creo que mi madre haría lo mismo —dijo Tsurara.
Wakana entrecerró los ojos, mudando su semblante por uno más serio.
—Mm, por lo que me has contado de tu madre, probablemente haya venido a Kioto a buscarte —comentó la viuda de Seimei. A través de las rejas de la celda, vio cómo Tsurara se estremecía—. Estás preocupada por ella, ¿verdad?
—Sí —reconoció la Yuki-onna, murmurando—. Es mi madre. No quiero que le pase nada por mi culpa.
A Wakana le habría gustado que la puerta acorazada que las separaba no hubiese existido, para poder reconfortar a la muchacha con un abrazo. Estaba claro que necesitaba uno.
—¡Ten confianza! —Wakana hizo un esfuerzo por mostrarse animada—. Con un poco de suerte, esta estúpida guerra terminará pronto y todos podremos reunirnos con nuestras familias. ¡La esperanza es lo último que se pierde!
A su pesar, Tsurara le devolvió la sonrisa. La madre de Rikuo era una fuente inagotable de optimismo.
Por desgracia, aquel íntimo momento se vio roto de la manera más brusca posible cuando un enorme estruendo sacudió la mansión. Incluso los sótanos, construidos para resistir un bombardeo, vibraron por el impacto.
—¿Qué está pasando? —se preguntaron a la vez Wakana y Tsurara.
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—¡Amezo! —gritó Itaku enfadado—. ¡Te has pasado de la raya!
—¿Cómo que me he pasado de la raya? —se ofendió el kappa de pantano—. ¡Tú me pediste una buena distracción y eso es lo que he hecho!
El kamaitachi suspiró con frustración. En su descargo, había que reconocer que su compañero se había entusiasmado demasiado con su tarea. Como buen kappa, Amezo tenía poder sobre las aguas. Lo suyo eran los chorros a presión, pero había puesto tanta energía en su ataque que había abierto un profundo cráter en los jardines de la Mansión Abe. Al menos, se consoló Itaku, los yokai de Kioto parecían tan desconcertados por el ataque como él mismo.
—Chicos, dejad de pelearos —intervino su compañero de Tono, el hombre-mono Dohiko—. El efecto sorpresa no durará eternamente. Reira y Awashima cuentan con nosotros.
—Cierto —asintió Itaku, mientras enarbolaba sus hoces de batalla.
—¡Vamos allá! —se apuntó Amezo.
Los tres guerreros de la aldea secreta de Tono se lanzaron sobre los confundidos defensores de la Mansión Abe.
Amezo les mantenía a una distancia prudencial con sus ataques acuáticos. Sin embargo, si algún afortunado lograba acercarse a él, pronto descubría que los kappas de pantano del norte tenían un caparazón que les protegía de ataques por la espalda. Por su parte, Dohiko prefería confiar en la fuerza bruta. A pesar de su simiesco aspecto, el futtachi tenía más inteligencia y sentido común que la mayoría de sus camaradas, pero en el combate prefería dejar rienda suelta a su lado salvaje. Y luego estaba el líder del grupo, Itaku. Mortalmente serio, lanzaba sus hoces de batalla con una precisión sobrenatural.
—¡Les estamos machacando! —celebró Amezo—. ¿Creéis que cuando terminemos esto tendremos tiempo para hacer turismo? Nunca antes había estado en Kioto.
—Nunca antes habías salido de la aldea —precisó Dohiko con una sonrisa.
—Menos hablar y más luchar —les amonestó Itaku.
No obstante, debía reconocer que Amezo tenía razón. Estaba resultando fácil. Demasiado fácil. Ni siquiera necesitaban la buena suerte de Yukari, la pequeña zashiki-warashi que habían traído desde Tono. Ella se había marchado con Reira y Awashima. Su misión era mucho más importante y necesitaban toda la buena fortuna que Yukari les pudiera proporcionar.
"¿Tan débiles son de verdad los arrogantes yokai de Kioto?", pensó Itaku para sus adentros. De repente, un súbito movimiento atrajo su atención.
—¡Dohiko! ¡Cuidado arriba! —exclamó el kamaitachi alarmado.
—¿Qué?
¡BUM! Una enorme mano huesuda aplastó al hombre-mono contra el suelo. Tras la mano, apareció el resto del esqueleto de Gashadokuro. El gigantesco yokai de Kioto había hecho su entrada en el campo de batalla. Sus ojos saltones bailaron de regocijo en sus cuencas craneales.
—¡Así aprenderás! —dijo Gashadokuro muy ufano. Su expresión se agrió un poco cuando notó que Dohiko se agitaba bajo su mano—. Huy, huy, todavía se mueve.
—¡Aguanta, compañero! ¡Voy a salvarte! —exclamó Amezo, preparando un buen misil de agua para Gashadokuro.
—¡No tan deprisa! —intervino una voz infantil.
La concentración del kappa de pantano se rompió cuando notó extraños movimientos en sus brazos y pantorrillas. Se miró a sí mismo y descubrió que varias serpientes habían aparecido en torno a sus extremidades, enroscándose con fuerza y buscando un hueco a través del cual inyectar su veneno. Las más aventureras estaban reptando ya en dirección a sus ojos.
—¡Agh! ¡Quitádmelas, quitádmelas! —gritó Amezo, sacudiéndose como un poseso.
—¡Mantén la cabeza fría! —le ordenó Itaku—. Eres un numakappa, Amezo. Esas serpientes no te pueden hacer nada si te las quitas rápidamente.
Luego el kamaitachi de Tono se volvió hacia la nueva contendiente que había entrado en liza. Se trataba de Kyokotsu. La pequeña de ojos dorados sostenía su amuleto-cráneo contra su pecho y dirigía a los invasores una mirada tan venenosa como sus serpientes. No queriendo correr ningún riesgo, Itaku mantuvo las distancias, con sus hoces preparadas.
—Apártate si no quieres salir lastimada —la avisó el kamaitachi.
Kyokotsu no estaba por la labor de ceder ante los enemigos que habían osado atacar la casa de su adorada Hagoromo Gitsune. Iba a demostrar que era digna hija de su padre.
—¡Aunque la hermana mayor no esté, os vais a arrepentir de haber venido aquí! ¡Os voy a sacar los ojos a todos! -exclamó ella, cubriendo el suelo con una alfombra de calaveras. De cada una surgió una serpiente venenosa, lista para atacar.
Itaku no se dejó amilanar.
—Ya lo veremos, niña —susurró el kamaitachi.
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A unos metros por debajo, Wakana exigía tener noticias de lo que estaba sucediendo, mientras Tsurara trataba de aguzar el oído desde su celda. ¿Había llegado la guerra a la Mansión Abe? ¿Estaría su madre entre los atacantes? Por desgracia, los guardianes de las mazmorras no tenían mucha más información que ellas.
—Calmaos, señora Wakana, por favor —intentó aplacarla uno de los vigilantes—. Por lo que sabemos, un comando de yokai no identificados ha invadido los terrenos de la casa. Por vuestra propia seguridad, quedaos aquí. Este es el lugar mejor protegido de toda la mansión.
Apenas acaba de de pronunciar estas palabras, cuando uno de los sirvientes de la casa bajó rodando por las escaleras que conducían a la galería de las mazmorras. El pobre yokai temblaba de frío, pues su piel y su ropa estaban cubiertas de una capa de escarcha. Miró a los guardias del sótano con el terror pintado en sus ojos.
—Vienen... hacia... aquí... —murmuró con evidente esfuerzo.
Sin decir nada, los dos vigilantes de las mazmorras indicaron a Wakana que retrocediese hasta el punto de la galería más alejado de la entrada. Luego, con mucha cautela, se aproximaron lanza en ristre hacia las escaleras. Aunque no estaban ni de lejos entre los principales combatientes del clan, eran lo suficientemente profesionales como para compartir la misma preocupación: que el ataque de fuera sólo hubiese sido una maniobra de distracción para introducir agentes dentro de la mansión. Sus temores se vieron confirmados cuando se toparon cara a cara con dos figuras que venían a todo correr hacia ellos.
—¡Por los dioses de Kioto! ¿Esos Nura envían sus mujeres a combatirnos? —soltó de pronto uno de los guardias.
Desde su posición al fondo de la galería, Wakana no podía ver lo que ocurría en las escaleras, pero llegó a oír un grito iracundo que decía algo así como: "¡Que no soy una mujer, imbéciles!". Después le siguió un breve sonido de pelea y sintió una ola de frío que se colaba por la entrada de las mazmorras. Finalmente, unos pasos apresurados que no correspondían con los de los guardias de la prisión se oyeron en el sótano.
—¡En serio! ¿Tan difícil es distinguir a un amanojaku de una mujer? —rezongó una voz femenina muy ofendida.
—Bueno, Awashima, debes reconocer que tu aspecto nocturno podría engañar a cualquiera —la aplacó otra voz de mujer, mucho más serena.
—Awashima es una chica, Awashima es una chica —canturreó por lo bajo una niña.
—¡Cállate, Yukari! ¡Y tú no les defiendas, Reira! —protestó la primera persona—. Buf, qué ganas tengo de encontrar a esa Yuki-onna de los Nura y volver de nuevo a Tono. Creo que estará por aquí... ¡Un momento! ¿Tú quién demonios eres?
Habían descubierto a Wakana. La madre de Rikuo se encontró frente a frente con tres mujeres yokai. La primera, de pelo corto y rubio, vestía como un hombre y llevaba una pesada lanza al hombro. Una brizna de hierba en la boca le daba un aspecto indolente, aunque sus ojos brillaban con ira mal contenida. Awashima, sin duda. La acompañaba una elegante dama de pelo rosa vestida con un kimono amarillo, que sólo podía ser la tal Reira. Por último, la niña diminuta de pelo negro y enormes e inexpresivos ojos marrones debía de ser Yukari.
Sin contemplaciones, Awashima agarró a Wakana por el cuello de su camisa y la levantó en el aire.
—¿Quién eres, eh? ¿Otra de las sirvientas de la zorra de Kioto? ¿Dónde está la Yuki-onna que habéis secuestrado? ¡Responde inmediatamente o te corto la cabeza!
—¡NO! ¡Por favor, os lo suplico, no le hagáis daño! —gritó Tsurara desde su celda.
Las tres mujeres de Tono se volvieron hacia la Yuki-onna prisionera.
—¿Eres Tsurara de Ukiyoe, hija de Setsura? —preguntó Reira.
—Sí, soy yo —asintió la chica de pelo azul, confiando en haber captado su atención.
Al momento, Awashima dejó caer a Wakana. La mujer, dolorida, se llevó una mano al pecho. Mientras, Reira se acercó a la puerta de la celda de Tsurara. Tras concentrarse un momento, los bordes de la celda se cubrieron de una capa de escarcha. A una velocidad sobrenatural, el hielo fue penetrando en el metal y la roca hasta que la puerta se salió de sus goznes. Aquel era el punto débil de las mazmorras: podían contener los poderes yokai de sus prisioneros, pero no el de la gente de fuera. Tras echar la puerta abajo, Tsurara se encontró de pronto en presencia de sus extrañas libertadoras.
—Oh, por los dioses —se enfadó Awashima—. ¡La han vestido con un traje de sirvienta! Esos yokai de Kioto son unos depravados. ¿Qué tienen de malo los kimonos?
—Esto... —musitó la Yuki-onna, sin saber qué decir.
—Probablemente esperabas a tus compañeros del Clan Nura, ¿verdad? —sonrió Reira comprensivamente—. No te preocupes, el Nurarihyon nos pidió que te rescatáramos. Yo me llamo Reira, y soy una Yuki-onna, igual que tú. Esta pequeña zashiki-warashi es Yukari. Y esa gruñona de allí es Awashima. Que no te dé miedo, es que por la noche se convierte en mujer y no le gusta. Venimos de la aldea de Tono. Seguro que tu madre te ha hablado de ella.
—Ah, vale, gracias —dijo la chica de pelo azul, aún confundida. Sintió una ligera decepción al ver que su madre no había ido a salvarla. Sin embargo, había oído hablar mucho de las proezas de los yokai salvajes de Tono. El General Supremo sabía escoger a sus aliados.
No podían entretenerse con los saludos de rigor. Tenían que salir de allí cuanto antes.
—¿Qué hacemos con ella? —Awashima señaló a Wakana, aún en el suelo.
—Dejadla en paz, por favor —les pidió Tsurara—. Es... Es sólo una humana. No puede hacer daño, y me ha ayudado mucho aquí. Por favor...
Reira y Awashima se miraron. Al final, la mujer que no era mujer se encogió de hombros. No habían ido allí para meterse en líos. Sólo entrar, rescatar a la Yuki-onna de los Nura, y salir.
—Está bien. ¡Todas fuera, antes de que a Itaku le entre una úlcera de tanto esperar! —exclamó Awashima.
Antes de salir de las mazmorras, Tsurara volvió la vista atrás. Su mirada y la de Wakana se cruzaron. Los ojos de la Yuki-onna parecían decir: "Lo siento". Luego subió las escaleras y desapareció.
Wakana se incorporó con esfuerzo. Sin saberlo, Tsurara la había salvado de cometer una locura. Cuando apartó su mano del pecho, seguía agarrando con fuerza un talismán en forma de estrella de cinco puntas. Había sido un regalo de su amado Seimei, un seguro en caso de que algún yokai la atacase. De haberlo utilizado, habría vaporizado a cualquiera de las guerreras de Tono en un instante. Pero sólo podía usarlo una vez. Las otras dos yokai la habrían matado en el acto.
—Señora Wakana, si me permitís, tengo algo que proponeros -la llamó alguien desde otra celda.
La viuda de Seimei se acercó. Era Kidomaru, el antiguo líder de los oni caído en desgracia tras haber intentado asesinar a Rikuo. Era el único ocupante que quedaba en las mazmorras. A través de los barrotes, el veterano espadachín le dijo a Wakana:
—Lo he oído todo, mi señora. Sin embargo, aún estamos a tiempo de detener a esos intrusos. Sólo tenéis que coger las llaves que tienen los guardias y liberarme. Yo me ocuparé de los enemigos —al percibir las dudas de la mujer, trató de tranquilizarla diciendo—: No os preocupéis, di mi palabra de que serviría a vuestro hijo en esta guerra. No busco más que una muerte honorable en combate. Por favor, concededme al menos esa gracia. O si no lo hacéis por mí, hacedlo por el clan. Esos intrusos al servicio de los Nura van a escapar con la rehén si no nos damos prisa.
—No es eso —musitó Wakana. ¿Qué podía decir? ¿Que en el fondo le alegraba saber que Tsurara volvería a reunirse con su madre? ¿Que toda aquella guerra le parecía una tontería? Ella ya había perdido a un marido por culpa de las rivalidades entre clanes yokai. No quería perder a más seres queridos, ni que otros sufriesen el mismo destino.
En ese momento, les llegó un grito través de los pasillos y puertas de la mansión. Incluso amortiguado por la distancia, su timbre era inconfundible. Era Kyokotsu. Y era un grito de dolor.
Wakana tomó una decisión.
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Shokoku-ji
—¡Golpes desquiciados! ¡Ondeko, Midareuchi! —exclamó Ibaraki-Doji.
Del círculo eléctrico de su tambor demoníaco brotaron ataques sin orden ni concierto. Era el caos. Pronto, el grupo de ataque de Kubinashi empezó a perder la iniciativa. Los oni de Kioto les volvían a presionar. Pero aunque hubieran podido contener la marea roja, no tenían nada que hacer contra Ibaraki-Doji.
El líder oni se había vuelto loco por la sed de sangre. Sus golpes de tijera rompían las rocas del jardín, cortaban los árboles en dos e incluso abrían brechas en el suelo. No importaba lo que intentaran Kubinashi y sus compañeros; Ibaraki-Doji nunca se detenía.
—¡Aaaaah! —gritó Kejoro cuando Ibaraki-Doji la rajó de izquierda a derecha, después de haber puesto a salvo por enésima vez a Kubinashi.
—¡Eso es! —exclamó el desquiciado oni—. ¡Déjame probar tu sangre!
—¡Kejoro! —se alarmaron Kurotabo y Kappa. Aotabo se arrancó su collar limitador, pero aunque avanzaba como un tanque aplasta-cráneos, no iba a llegar a tiempo.
—¡KINO! —gritó desesperado Kubinashi.
—Oh, no te preocupes. Pronto llegará tu turno —aseguró amenazadoramente Ibaraki-Doji, mientras se disponía a cortarle la cabeza a Kejoro.
De repente, resonó en el lugar una voz que no parecía venir de ningún sitio en concreto:
—Qué barbaridad.
—¿Eh? —Ibaraki-Doji interrumpió su ataque un segundo, desconcertado.
Al momento siguiente, caía al suelo mientras su "miedo" escapaba a chorros de una herida que había aparecido misteriosamente a su espalda, como si una katana le hubiese atravesado de lado a lado. Ibaraki-Doji no entendía nada. ¿Quién le había atacado?
—Cuando uno se topa con una existencia mucho mayor que la propia, el terror que le abruma hace que deje de sentirla. No puede verla, ni tampoco reconocer su presencia —continuó la voz misteriosa, mientras una silueta empezaba a cobrar forma ante los ojos del líder oni—. Este es mi poder. La verdadera agua quieta en el espejo claro del Nurarihyon. Meikyo Shisui. En la superficie del sake en mi copa no se aprecian ondulaciones.
La figura del General Supremo de los Nura se materializó por fin. El Nurarihyon blandía con aparente dejadez su espada exorcista, la Nenekirimaru, tintada con la sangre de Ibaraki-Doji. Para completar la escena, barcos voladores empezaron a descender sobre los terrenos del templo, desembarcando refuerzos que empezaron a destrozar las líneas oni.
—¿Verdad que yo sí tengo clase luchando? —le guiñó un ojo el Nurarihyon. A Ibaraki-Doji le habría gustado decirle exactamente dónde podía meterse su maldita clase, pero no podía pronunciar palabra. Su esencia vital se estaba escapando.
El General Supremo iba a rematar la faena, cuando una nueva voz entró en escena desde las alturas, recitando el comienzo del Génesis:
—Al principio Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra era caótica y vacía, y la oscuridad cubría el abismo. Entonces Dios dijo: "¡Que se haga la luz!".
Para sorpresa de todos los presentes, un resplandor cegador cubrió el santuario. Cuando la luz amainó, tanto Ibaraki-Doji como los oni habían desaparecido.
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Mansión Abe
Kyokotsu gimió, tratando de contener la sangre que manaba de sus heridas. Las calaveras que había conjurado estaban todas partidas. Sus serpientes venenosas, descabezadas. Había subestimado al kamaitachi. El yokai de Tono había sabido impregnar sus hoces de miedo puro para romper la trampa que le había atendido. Ella había pagado las consecuencias, cortesía de sendas cuchilladas en ambos brazos.
—Hermana mayor, hermanito, lo siento —sollozó la niña. No había sido lo suficientemente fuerte.
Gashadokuro también lo estaba pasando mal. Haciendo fuerza, Dohiko había logrado liberarse de su zarpa y ahora regalaba varios puñetazos al cráneo de su rival. Hakuzozu, aún convaleciente, había hecho un esfuerzo titánico para sumarse a la batalla. Por desgracia, el regreso del leal poeta fue poco menos que estelar, pues un chorro de agua a presión de Amezo lo estampó contra uno de los muros de la mansión.
En esas estaban, cuando aparecieron Reira, Awashima y Yukari acompañadas por Tsurara. La chica de pelo azul se quedó pasmada al contemplar el destrozo del jardín.
—Habéis tardado —las reprendió Itaku—. Supongo que esa es la Yuki-onna que debíamos rescatar, ¿verdad?
—Así es —asintió Awashima—. ¿Podemos largarnos de una vez?
—Aquí lo tenemos todo controlado. ¿Qué hay de los yokai del interior de la casa? —preguntó Itaku.
—No te preocupes, según salíamos he ido bloqueando los pasillos con hielo —contestó Reira, satisfecha de sí misma—. Están encerrados.
Como si el destino mismo quisiera llevarle la contraria a la hermosa dama de las nieves, una ráfaga de "miedo" brotó del interior de la Mansión Abe. El hielo que bloqueaba la entrada saltó por los aires. El corte espiritual siguió adelante. Los yokai de Tono se apartaron en un acto reflejo. Cuando la ráfaga tocó el muro exterior, abrió una brecha en la pared de ladrillos.
—¿Qué demonios ha sido eso? —se rascó la cabeza Awashima.
—Bienvenidos a Kioto, yokai de Tono. Me llamo Kidomaru —dijo el espadachín en tono pausado, surgiendo de la entrada con una espada en cada mano—. No es mi intención enemistarme con los afamados guerreros del norte. Sin embargo, no puedo perdonar que os hayáis aliado con el Nurarihyon. Todos aquellos que se enfrenten a los Abe deben morir.
El grupo de Tono se puso a la defensiva, pero Itaku sonrió confiado.
—Me encantaría quedarme a comprobar cuál de nuestros "miedos" es más fuerte, señor yokai de Kioto. Sin embargo, hay un favor que debemos cumplir y tenemos que irnos. Otra vez será —dijo el kamaitachi, haciendo señas a sus camaradas para que se dispusiesen a escapar.
—Yo no estaría tan seguro —replicó Kidomaru, señalando un punto detrás de ellos.
Podía ser una trampa, pero Itaku decidió correr el riesgo. Miró hacia atrás. No le gustó lo que vio.
Tengus. Una bandada de demonios-cuervo narigudos y armados hasta los dientes. Era evidente que se trataba de vasallos de los Abe. Los comandaban un venerable anciano, tengu como ellos, y un joven kitsune de pelo blanco y ojos como rubíes. Cuando lo vio, el corazón de Tsurara pegó un brinco.
—¿QUÉ HA PASADO AQUÍ? —bramó Rikuo, indignado al ver el mal estado de su casa y, peor aún, las heridas de sus amigos yokai. Apuntó su Ichibi no Tachi hacia Itaku—: ¡Si sois los responsables, lo vais a pagar!
No, a Itaku no le gustaba lo que estaba viendo.
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Castillo Nijo
—¿Qué tal se encuentra? —preguntó Kyokotsu padre a Shokera.
—Ibaraki-Doji es un demonio muy testarudo. Sobrevivirá —aseguró el yokai cristiano.
Él y sus yokai insecto habían llegado justo a tiempo para salvar a los oni de una muerte segura. Tal como había prometido, Ibarakai-Doji había ganado todo el tiempo que había podido, permitiendo a los Abe establecer sus defensas en el primer sello. Sin embargo, ni siquiera el rescate podía enmascarar un hecho deprimente: Shokoku-ji había caído en manos del Nurarihyon.
Ahora tanto los malheridos oni como el resto de las tropas se encontraban en las cavernas del Nuega-ike, esperando el milagro que iba a obrar Hagoromo Gitsune.
La milenaria kitsune se hallaba en aquel momento flotando sobre las aguas del lago, ahora negras por culpa de la energía negativa que cubría la ciudad. Estaba desnuda, los ojos cerrados, ajena a todo, concentrando su poder. Sus vasallos aguardaban nerviosos. Súbitamente, Hagoromo Gitsune abrió los ojos. Un pentagrama, el sello de Seimei, se dibujó mágicamente sobre la superficie líquida del Nuega-ike, con Hagoromo Gitsune como su punto central. La señora de las tinieblas de Kioto sonrió.
—¡Que este lugar se convierta en la fortaleza milenaria de los ayakashi de la capital! —proclamó la kitsune.
Vapores negros brotaron del lago, extendiéndose por toda la caverna. A través de la tierra, brotaron por toda la superficie del castillo Nijo, envolviendo el recinto en un siniestro remolino oscuro. Cuando se disipó, en lugar del elegante palacio de los Tokugawa se alzó una impresionante fortaleza militar. Los más versados en arquitectura habrían apreciado que se trataba de una versión siniestra del castillo de Osaka, el último bastión de los Toyotomi.
—Que venga ahora el Nurarihyon si se atreve —siseó Hagoromo Gitsune.
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Shokoku-ji
La transformación del castillo Nijo no había pasado desapercibida a los miembros del Clan Nura que en aquel momento ocupaban el templo de Shokoku-ji. La nueva fortaleza era el edificio más alto en kilómetros a la redonda. Imposible no verla. Sin embargo, aunque Gyuki, Hitotsume Nyudo y otros grandes capos del grupo observaron la demostración de poder de Hagoromo Gitsune con el ceño fruncido, el General Supremo no parecía preocupado en lo más mínimo.
Se dirigía ya al interior del santuario, cuando un cabizbajo Kubinashi le cortó el paso, acompañado de sus camaradas Aotabo y Kurotabo.
—Lo sentimos mucho, General Supremo. Hemos fracasado otra vez. De no haber llegado usted con refuerzos, habríamos parecido a manos de los yokai de Kioto.
—¿Pero qué decís, chicos? —negó con la cabeza el Nurarihyon—. Hicisteis lo que os pedí, y ahora el templo es nuestro. No hay nada que lamentar.
—¡Pero...! —insistió Kubinashi. Su jefe no le dejó acabar.
—No seáis pesados. No estoy enfadado. Es más, ¿queréis ver algo interesante? Venid conmigo —les indicó. Se volvió también hacia sus lugartenientes—: ¡Eh! ¡Setsura, Gyuki, Minagoroshi Jizo y los demás! ¿Qué hacéis ahí pasmados mirando un montón de piedras? ¡Venid adentro!
Así lo hicieron todos, guiados por la energía que demostraba el Nurarihyon. Parecía un niño a punto de abrir su regalo de Navidad.
Entraron en una sala secreta del templo. No había tatami u otro tipo de suelo, sino que conectaba directamente con la tierra. En el centro había un ajado poste de madera cubierto de talismanes, sujeto a su vez por tres cuerdas. Ningún yokai se atrevía a tocarlo.
—El segundo sello aún funciona —observó Minagoroshi Jizo con una risilla—. ¿Alguien se anima a quitarlo?
Nadie le rió la gracia al repelente vejestorio de un solo ojo. El Nurarihyon dio un paso adelante.
—Menos mal que tengo justo lo necesario para romper cualquier poder espiritual —se ufanó, asestando un golpe certero con la Nenekirimaru. El poste se partió en dos—. Sólo queda un sello más.
Al principio no ocurrió nada. Luego, al de unos segundos, la tierra misma se agitó. Cuatro brazos gigantes brotaron del suelo, agrandando el agujero. Luego vino una cabeza, una máscara blanca y roja que transmitía pavor. Y finalmente el resto del cuerpo, hasta que un corpulento ayakashi de varios metros de altura logró acomodarse con dificultad en aquella sala. Estiró sus extremidades, una a una, sin hacer el más mínimo caso a los miembros del Clan Nura que le contemplaban con ojos como platos. A continuación, el gigante de cuatro brazos sacó una enorme pipa.
—¡Eh! ¿Puede alguien darme fuego? —pidió el ayakashi con un vozarrón que hacía temblar las paredes.
Los Nura tardaron un poco en reaccionar y llevarle una tea encendida, pero el gigante no parecía andar con prisas. Se sentó lo más cómodamente que pudo y empezó a fumar.
—Tú debes de ser Tsuchigumo —dijo el líder de los Nura, plantándose enfrente de él-. Tu fama ha traspasado fronteras. Yo soy el Nurarihyon, el General Supremo de Kanto.
—Pues yo a ti no te conozco —se encogió de hombros el gigante—. ¿Dónde está Seimei? El muy bastardo me encerró en ese sello no sé por cuánto tiempo. Me gustaría tener unas palabritas con él.
—Lo lamento, pero el Nue está muerto —contestó el Nurarihyon—. Han pasado cuatrocientos años desde que te encerró. Sin embargo, Hagoromo Gitsune ha vuelto a reencarnarse y estoy en guerra con ella. ¿Te unirías a mí, Tsuchigumo?
Setsura y los demás contuvieron la respiración. ¿En serio estaba pidiéndole a aquel terrorífico ser que se uniera a su clan? Locuras típicas del Nurarihyon. Incluso Minagoroshi Jizo parecía inquieto, algo raro en él. Sin embargo, Tsuchigumo no aceptó, sino que se rió en la cara del General Supremo.
—¿Unirme a tu clan? ¡Ja, ja, ja! No te confundas, amigo. Soy Tsuchigumo. Me importa un rábano tu guerra. Yo sólo quiero pelear contra los más fuertes. Lástima que Seimei no esté aquí, él sí que era un rival digno —Tsuchigumo examinó al Nurarihyon con ojo crítico—. Mm, tú pareces un tipo duro. ¿Quieres pelear contra mí?
—Tengo una oferta mejor —repuso el General Supremo—. ¿Qué tal el hijo del Nue?
Sus palabras captaron enseguida la atención de Tsuchigumo. El ayakashi se sacó la pipa de la boca.
—Te escucho.
Notas adicionales:
Ay, siento el retraso. Me fui a Dinamarca de vacaciones y a la vuelta me encontré con todos los trabajos acumulados. Sin embargo, prometí una actualización mensual como mínimo y aquí está. Con un poco de suerte, antes de que acabe abril publicaré otra. También he estado mirando los últimos avances en el manga, y se me han ocurrido un par de ideas que añadir para el futuro.
Como siempre, recuerdos a las personas que se toman el esfuerzo de comentar este laaaaargo fic (en serio, hace falta tener aguante para leer esta novela por entregas): Suki90, Lonely Athena, Corazón de Piedra Verde, tsurara12012, Asphios de Géminis, Adv Satoshi, timcanpy 93, alecita 122 y otros muchos más. ¡Gracias a todos!
* La leyenda cuenta que fue Minamoto no Yorimitsu, más conocido como Raiko, el responsable de acabar con Shuten-Doji. En Nuramago dicen que fue Seimei, pero tenía que mencionar a Yorimitsu de alguna manera. Yorimitsu fue un personaje real, como el propio Seimei, sólo que su fama se vio envuelta en mitos. Uno de sus lugartenientes, el samurai Watanabe no Tsuna, fue el que supuestamente derrotó a Ibaraki-Doji en la puerta de Rashomon.
* Creo que no hace falta explicar que Reira es una Yuki-onna y Amezo un kappa más robusto de lo normal. En cuanto al resto de yokai de Tono, los kamaitachi son comadrejas con uñas en forma de hoz, capaces de crear torbellinos. Cuando se producía una herida inexplicable, se echaba la culpa a los kamaitachi. Dohiko es un futtachi, un macaco que ha vivido más allá de su esperanza de vida biológica y se ha convertido en yokai. Las zashiki-warashi como Yukari son duendes que proporcionan buena fortuna a los hogares en los que viven. En cuanto a Awashima, los amanojaku son demonios que engañan a las personas para cometer maldades. No hay nada en el mito que diga que cambien de sexo a la noche, empero.
* La estrella de cinco puntas, o pentagrama, es un símbolo muy antiguo. En la antigua Mesopotamia se han encontrado los primeros ejemplos, mientras que en Japón se cuenta que fue Abe no Seimei el que la inventó (por eso aparece varias veces en Nuramago). En la magia oriental no es un símbolo del mal, sino que representa los 5 elementos del Wu Xing: agua, fuego, tierra, metal y madera.
Próximo capítulo: "El ayakashi con el que no debes encontrarte". Un no-premio al que averigüe el nombre de la técnica hyoui de Rikuo.
