Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.

Summary: Los Tono atacan la Mansión Abe para rescatar a Tsurara, causando grandes destrozos. Sin embargo, antes de que puedan escapar, son interceptados por Rikuo. Por su parte, Ibaraki-Doji no ha podido contener el avance de los Nura y el General Supremo ha liberado a Tsuchigumo del segundo sello.


El ayakashi con el que no debes encontrarte

Mientras Kioto se veía envuelta en el maremágnum de la invasión del Nurarihyon, en la casa ancestral de los Keikain reinaba una tensa calma. La mayoría de los exorcistas había partido a diferentes puntos de la ciudad con el objetivo de acabar con los yokai que infestaban la antigua capital imperial. En la mansión de madera sólo quedaban los no combatientes, familia, amigos y vecinos, así como un puñado de onmyoji, entre ellos el patriarca Hidemoto 27º, que meditaba a solas en la sala de consejos, y su nieta Yura.

A la chica no le hacía gracia quedarse relegada a tareas de vigilancia, pero el estúpido de su hermano mayor se lo había dejado muy claro: aquellas personas necesitaban protección. Como su primo Akifusa decía siempre, la primera labor de un onmyoji era defender a los ciudadanos inocentes. A pesar de sus quejas iniciales, Yura se había tomado su labor muy en serio y hacía la ronda con más frecuencia que cualquier otro de los exorcistas que se habían quedado en la casa.

Yura llevaba un tiempo sintiendo una extraña desazón, como si pudiera oler la oscuridad en el aire. Le revolvía el estómago. Sin embargo, aquella sensación quedó en un segundo plano cuando la tierra tembló. Los ocupantes de la casa se pusieron a cubierto. Todo japonés sabía reaccionar al primer signo de un seísmo.

—¡Lo que nos faltaba! —se quejó un onmyoji—. ¡Por si no fuera bastante con los yokai, ahora un terremoto!

Yura corrió a la sala de consejos para comprobar el estado de su abuelo. Aunque el venerable Hidemoto 27º era el más sabio y poderoso de los Keikain, no dejaba de ser también un anciano con un cuerpo cada vez más frágil. Cuando abrió la puerta corredera, Yura suspiró aliviada. El cabeza de familia seguía tal como lo había dejado: sentado en su trono, con expresión de absoluta concentración.

—¡Abuelo! ¿Estás bien? ¿Has sentido el terremoto? —preguntó la chica de pelo negro para cerciorarse.

—Eso no ha sido un terremoto —dijo Hidemoto, para sorpresa de su nieta—. Seguro que tú lo has sentido también, ¿verdad, Yura? El segundo sello de Seimei ha caído. Un gran cúmulo de energía negativa ha sido liberado. Y uno de los monstruos más peligrosos de la historia anda suelto por Kioto. Me temo lo peor.

—¿Quién, abuelo? ¿Quién anda suelto por Kioto? —preguntó Yura, tragando saliva.

—Tsuchigumo. O como a nuestro antepasado Hidemoto Decimotercero le gustaba decir: "el ayakashi con el que no debes encontrarte".

Mientras Yura y su abuelo mantenían tan ominosa charla, el resto de onmyoji continuaba con su rutina habitual de patrulla, aunque siempre atentos ante posibles réplicas del seísmo. Por desgracia, el falso terremoto los había distraído y se vieron sorprendidos cuando el flujo de "miedo" en el ambiente cambió. De repente, la punta de una guadaña oxidada apareció clavada en la espalda de uno de los vigilantes.

—¿Pero qué...? —tuvo tiempo de mascullar antes de que la vida le abandonara por completo.

La puerta de entrada se quebró y una horda de figuras encapuchadas entró por ella. Eran cadáveres andantes, guerreros putrefactos y carroñeros que sólo tenían una cosa en mente:

—¡Matadlos a todos! ¡Sacadles sus hígados! ¡Adelante, en el nombre de los Nura! ¡Por Don Gagoze! —gritaban como posesos.

Mientras más y más de estos yokai brotaban de las mismas paredes cual fantasmas asesinos, una figura más alta que las demás entró acompañada de un séquito de soldados particulares. Observó la situación con una sonrisa llena de dientes afilados.

—Les hemos cogido desprevenidos, Don Gagoze —celebró uno de los sirvientes, agachándose ante la alta figura en señal de sumisión—. No sólo la ola de miedo que acaba de pasar ha enmascarado nuestra presencia, sino que ese terremoto ha sido providencial. ¡La base de los onmyoji de Kioto pronto será vuestra!

—Bien, así me gusta. ¡Traedme a sus niños! Los devoraré a todos. Y cuando me haga con el ikigimo de estos onmyoji, ¡seré el capo más poderoso del Clan Nura! —declaró Gagoze triunfalmente.

Los Keikain retrocedieron ante el avance de los yokai de forma cada vez más desordenada. Hasta cierto punto era comprensible. Casi todos los que se habían quedado en la casa ancestral eran exorcistas novatos, sin apenas experiencia. Más de la mitad ni siquiera había completado su entrenamiento. Y ninguno se había enfrentado antes a yokai de ese calibre.

—¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? —se preguntaron desesperados. Los yokai estaban a punto de alcanzarles sin haber tenido tiempo de montar una defensa eficaz.

De repente, un ciervo gigante atropelló a varios de los atacantes. Una chica dio un paso al frente. Era Yura. La muchacha miró con enfado a los miembros de su extensa familia que habían estado huyendo de los yokai.

—¿Qué estáis haciendo? ¡Somos Keikain! ¡Otros tienen que huir para salvar sus vidas, pero nosotros nunca le debemos dar la espalda al enemigo! —exclamó ella. Para dar más énfasis a sus palabras, lanzó al aire un monigote de papel. El talismán se convirtió al instante en un lobo feroz, que se dedicó a desgarrar los brazos y piernas de varios yokai cercanos.

—¿Qué tenemos aquí? ¿Una onmyoji que no se deja dominar por nuestro "miedo"? —se burló Gagoze, apareciendo al frente de sus guerreros.

Yura le miró con desprecio. Sus ojos ardían con una voluntad de hierro.

—¡No permitiré que hagas daño a las personas de esta casa, monstruo! —gritó la muchacha.

—Ah, una niña. Está bien. Me gustan las niñas —se relamió Gagoze.

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Mansión Abe

Itaku, el kamaitachi de Tono, tuvo el tiempo justo de ponerse en guardia antes de que la espada de Rikuo chocase contra sus hoces de batalla.

—¡Aaaargh! —ladró el joven kitsune de pelo blanco. Era una pérdida de compostura muy rara en él, pero tenía su explicación.

Había visto los cráteres en el jardín. Había visto al convaleciente Hakuzozu estampado contra una pared, a Gashadokuro siendo derribado a puñetazos, a Kyokotsu con cortes sangrantes en ambos brazos. No necesitaba saber más. ¡Aquellos intrusos iban a pagar caro el daño que habían hecho a su familia!

Itaku mantuvo su defensa con firmeza. Un joven atolondrado, dominado por la pasión del momento, no le daba ningún miedo. El kamaitachi sabía que lo importante en un duelo era mantener la cabeza fría. No, lo que de verdad le preocupaba era la bandada de tengus armados hasta los dientes que en aquellos momentos se unían a la refriega en pos de su joven señor.

—¡Atención! ¡Que no os separen! —indicó Itaku a sus camaradas.

—¡Ya lo sabemos! —contestó Awashima con un deje de irritación en su voz—. ¡Tú atento a tu enemigo, que nosotros ya nos ocupamos de los demás!

—Espero que no os hayáis olvidado de mí, guerreros de Tono —intervino Kidomaru en tono grave.

Awashima masculló un improperio. Había estado tan pendiente de los demonios-cuervo que tenían delante que no se había puesto en guardia contra el espadachín oni que tenían detrás. La amanojaku ya se estaba dando la vuelta para hacer frente a su enemigo cuando sintió una ola de frío glacial. En menos de lo que dura un parpadeo, Kidomaru se vio envuelto en una gruesa capa de hielo. Aprisionado entre afiladas estacas congeladas, el antiguo líder oni no podía moverse ni apenas hablar. Awashima suspiró aliviada.

—¡Buen trabajo, Reira! —le dio un codazo a su compañera, la Yuki-onna de pelo rosa que había detenido a Kidomaru.

—No es nada —sonrió educadamente la dama de las nieves—. Este señor yokai de Kioto no puede hacer nada más que congelarse hasta la muerte. Ahora ocupémonos de esos tengus antes de que alguien salga malherido.

—Demasiado tarde —dijo Kidomaru.

¡Zas! Con un ligero movimiento de muñeca, el espadachín oni utilizó su katana para romper el hielo que lo tenía prisionero. Tanto Reira como Awashima se quedaron blancas de espanto.

—Seguís subestimando al Clan Abe —remarcó Kidomaru mientras dedicaba a sus contrincantes una mirada fría y calculadora—. Reinábamos en Kioto mucho antes de que Tono se fundase y seguiremos gobernando las tinieblas después de que desaparezcáis. Si queréis conservar la vida, os sugiero una rendición honorable.

—¡Que te den! ¡Tono no se rinde ante nadie! —contestó Awashima con malos humos.

Por supuesto, ninguno de los orgullosos yokai de Tono estaba dispuesto a arrojar la toalla por las buenas. Tendría que ser por las malas. Amezo trataba de mantener a raya a los tengus del monte Kurama, pero los soldados alados esquivaban sus descargas de agua sin excesivas complicaciones. Dohiko intentó abrir un camino hacia la salida, pero fue detenido por un par de bastonazos de Sojobo en persona. Awashima intercambiaba golpes con Kidomaru, mientras Itaku hacía lo propio con Rikuo. En cuanto a Reira, sus escudos de hielo eran lo único que se interponía entre los Abe y una victoria total. Probablemente los de Tono habrían resistido menos de no ser por la buena suerte que les proporcionaba la pequeña Yukari, su zashiki-warashi particular.

Sin embargo, todos veían que su derrota era cuestión de tiempo. Tsurara más que nadie.

La chica de pelo azul estaba en el centro del maremágnum. Sus rescatadores y sus antiguos captores luchaban a su alrededor. No le gustaba. Los guerreros de Tono estaban sacrificándose para protegerla. Los Abe estaban sufriendo para recuperarla. Y Rikuo... No quería que le ocurriese nada malo. Algo difícil de evitar, porque Itaku era un rival muy fuerte.

Tras esquivar un nuevo golpe de Rikuo, el kamaitachi enganchó con sus hoces la Ichibi no Tachi de su rival y a punto estuvo de arrebatársela de las manos al joven señor de los Abe. Rikuo retrocedió, mientras dejaba que su furia se enriase un poco. No iba a ganar si seguía atacando sin pensar.

—¿Qué te ocurre, Abe? —preguntó Itaku con seca ironía—. ¿Te retiras ya del combate? No pensé que los yokai de Kioto fueran tan cobardes.

Rikuo apretó los dientes. Sabía que su contrincante intentaba sacarle de sus casillas para que cometiese un error. No podía caer en su juego. Alzó la Ichibi no Tachi. Quizás había llegado la hora de poner en práctica el movimiento Hyoui que había desarrollado con la ayuda del Gran Tengu. Itaku vio la decisión en los ojos del kitsune y se preparó también para un ataque sin cuartel.

—El próximo golpe será el definitivo —musitó el kamaitachi. Si se refería al ataque de Rikuo o al suyo propio, sólo Itaku lo sabía.

—De acuerdo —sonrió Rikuo, mostrando más confianza que la que realmente tenía.

Los dos jóvenes guerreros cargaron el uno contra el otro. Por un momento, la escena se congeló. El duelo entre Itaku y Rikuo era el centro del caos que reinaba en el patio de la Mansión Abe. Los yokai de Tono luchaban como demonios, decididos a morir peleando antes que hincar la rodilla ante los Abe. Por su parte, los tengus y el resto de gentes de la mansión querían hacer pagar a los invasores todo el daño que habían causado. Nadie pedía ni concedía cuartel.

Y entonces la escena se congeló de verdad.

Una ventisca helada azotó el lugar, enfriando los ánimos de los contendientes. El suelo se cubrió de una resbaladiza capa de hielo que hizo que muchos patinasen. Aquellos que aún tenían ganas de pelear notaron como estalagmitas de escarcha obstaculizaban sus movimientos. Itaku se volvió inmediatamente hacia su compañera Reira, pidiendo una explicación.

—¿Qué estás...? —empezó a preguntar el kamaitachi, mas la dama de las nieves negó con la cabeza. No había sido ella.

Rikuo, por su parte, no tardó en darse cuenta de quién había sido la culpable. Miró con curiosidad a la Yuki-onna que conocía tan bien. Armada de valor, Tsurara se colocó en medio de la zona de combate, alzando las manos entre Rikuo e Itaku.

—¡Basta ya! ¡Por favor, dejad de pelear! —pidió la chica de pelo azul, a medio camino entre el enfado y la súplica.

—Yuki-onna, tranquila, estamos aquí para salvarte —se acercó Dohiko, en un intento por protegerla de cualquier ataque insidioso de los Abe. No hacía falta, pues los yokai de Kioto también habían dejado de pelear.

—¿Salvarme? —repitió Tsurara—. ¡No quiero que me salven! No si significa que va a morir más gente por mi culpa. Yo no valgo tanto. Por favor, dejadlo ya. Prefiero seguir siendo una prisionera antes que causar más problemas.

Los yokai de Tono se miraron entre sí, dubitativos. No habían contado con que la persona que tenían que rescatar no quisiera ser rescatada. En cuanto a los Abe, más de uno hizo una mueca de desprecio al oír las palabras de Tsurara, pero Rikuo bajó su espada.

—No eres una prisionera, Tsurara —dijo el joven señor con voz grave—. Si lo deseas, puedes irte.

—Señor Rikuo, no me parece que... —quiso intervenir Kidomaru, pero el kitsune le cortó con una mirada iracunda de sus ojos rubíes. El muchacho continuó:

—Sin embargo, no tolero que nadie haga daño a los míos. Si estos intrusos quieren salir con la cabeza sobre los hombros, exijo una reparación —dijo Rikuo, señalando a los yokai de Tono.

—¿Así de simple? ¡Ja! —se burló Awashima con descaro—. ¿Y qué sería lo suficientemente valioso para que lo acepte un niño bien de Kioto? ¡Seremos pobres, pero nosotros tenemos nuestro orgullo!

De repente, el Gran Tengu del monte Kurama apareció como por arte de magia entre los dos bandos, con su inseparable bastón khakkhara en la mano. Cruzó una mirada con Kidomaru, llegando a un acuerdo silencioso. Luego estudió con detenimiento a sus enemigos. Awashima y Amezo desviaron la mirada, pero Itaku ni siquiera parpadeó. Al final el sabio Sojobo dijo:

—En efecto, orgullo es lo que los yokai de Tono tenéis. Por eso os pediremos lo más difícil que podéis ofrecer: una disculpa.

Tsurara miró a Itaku con ojos suplicantes. El kamaitachi también se sintió observado por sus camaradas de Tono, que delegaron en él la decisión final. Mal asunto, pues nadie ganaba en orgullo al kamaitachi. Itaku consideró sus opciones, con los ojos caleidoscópicos de la Yuki-onna de Edo clavados en él. Finalmente, el guerrero de Tono suspiró.

—¿Y bien? ¿Qué va a ser? —exigió saber Rikuo con actitud hostil. De haber sido un yokai puro, probablemente no habría podido contener sus ansias de pelear.

—Está bien —asintió Itaku a regañadientes—. En nombre de mis camaradas de Tono, pido disculpas por haber causado daños innecesarios al Clan Abe. Ya está. ¿Algo más?

No era la disculpa más arrepentida de la historia, pero resultaba toda una novedad oírla en labios de un orgulloso yokai de Tono. Tsurara sonrió aliviada. Se volvió hacia Rikuo. Por primera vez desde que el joven señor había regresado a la Mansión Abe, los dos amigos se miraron el uno al otro a los ojos. A su pesar, el joven señor sonrió también. Aunque aún le corroía por dentro el dolor de sus amigos, aquella solución pacífica era lo mejor. Al menos no había que lamentar ninguna muerte, gracias a Tsurara.

Tras unos instantes perdidos el uno en el otro, la Yuki-onna se dio cuenta de lo que estaba haciendo y apartó la vista, ruborizándose. Los ojos del Rikuo nocturno resultaban hipnóticos. El joven señor contuvo las ganas de reír y le dio unas palmaditas en la cabeza a su amiga.

—Has hecho bien, Tsurara —le susurró al oído—. Ahora puedes volver con los tuyos.

—Yo... —balbuceó la chica de pelo azul. Por alguna razón, ahora no quería irse. No con Rikuo allí, al menos.

En esas estaban cuando, de forma brutal, el suelo tembló bajo el impacto de una figura gigantesca. Una sombra ominosa de cuatro brazos aterrizó en el jardín. En su rostro, una máscara blanca y roja propia de un demonio del Infierno, se dibujó una sonrisa de triunfo.

—¿Pero qué tenemos aquí? ¿Ayakashi de Tono y de Kioto dándose la mano en lugar de pelear? ¿Acaso el mundo se ha vuelto loco mientras estaba dormido? —bramó con un vozarrón terrible—. ¡No importa! ¡Mi nombre es Tsuchigumo! ¡Busco a los ayakashi más fuertes del mundo para luchar con ellos! ¡No necesitáis saber más! ¡Que comience la diversión!

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Distrito de Shimabara

En el antiguo barrio rojo de la capital no quedaban ni ciudadanos ni turistas, así que nadie presenció la llegada triunfal del Nurarihyon, el General Supremo de los yokai de Kanto, al frente de su séquito. La corte tenebrosa se instaló en la principal casa de té del barrio histórico, la misma donde habían tenido su base Satori y Oni Hitokuchi antes de su fallida rebelión.

—¡Ah, echaba de menos este lugar! —exclamó el Nurarihyon complacido—. ¿Recordáis las juergas que organizamos hace cuatrocientos años? ¿Qué os parece una ronda de sake para acabar la noche, chicos?

—Sí, el sake está bien, ¿pero por qué no continuamos nuestro avance? ¡El segundo sello ha caído! ¡Deberíamos estar atacando el último sello ahora mismo, en lugar de hacer turismo por Shimabara! —protestó Hitotsume Nyudo, el cíclope que dirigía la facción Un Ojo.

—No entiendes nada, Hitotsume —dijo su compañero Gyuki con voz cansina—. Has visto como yo el ascenso del nuevo Castillo Nijo. Es un baluarte impenetrable. Tenemos que debilitar primero el miedo de los Abe y reunir todas nuestras fuerzas si queremos tener una oportunidad de asaltarlo con éxito.

—Vale, vale. ¿Qué tal van el resto de los frentes? —preguntó Hitotsume, cambiando de tema para no quedar como un tonto delante de los demás lugartenientes.

—Las bajas están siendo un poco más elevadas de lo esperado —reconoció Mokugyo Daruma, el consejero principal—. Los Abe prefieren abandonar ciertos lugares y concentrarse en los templos más importantes. Así se defienden mejor. Además, nos están llegando informes de que bandas de onmyoji están cazando a los nuestros por toda la ciudad. Karasu Tengu y sus hijos vigilan desde las alturas y Gagoze se está ocupando en estos momentos de la Casa Keikain, pero no sé si será suficiente.

Hitotsume Nyudo masculló algo ininteligible. "La zorra se ha movido más rápido de lo que esperábamos", pensó el yokai cíclope mientras encendía su pipa. "Más de lo que esperaba ese Minagoroshi Jizo", se corrigió a sí mismo. El nuevo líder de la facción Tres Ojos no le inspiraba mucha confianza, y menos cuando se pegaba al Nurarihyon como una lapa lameculos.

Por su parte, su camarada Setsura tenía otras preocupaciones en mente.

—¿Ha sido sensato dejar suelto a Tsuchigumo? Su ayuda nos habría venido bien —comentó la dama de las nieves.

—Nadie puede dar órdenes a un terremoto viviente —se encogió de hombros el Nurarihyon—. Dejemos que se divierta. Con un poco de suerte, aplastará al nieto de la zorra sin que tengamos que mover un dedo.

—Pero Tsuchigumo es peligroso fuera de control —insistió Setsura—. ¿Y si...?

—¿Y si se cruza con tu hija en medio del caos de la batalla? ¿Eso querías decir? —preguntó el Nurarihyon, mirando a su subordinada con compasión—. No te angusties, Setsura. Sabes que los yokai de Tono son unos profesionales. Seguro que en este momento la están trayendo de vuelta. Tranquila. Preocúpate más bien por la batalla final, donde acabaremos con la maldita Hagoromo Gitsune y los suyos. Mientras la zorra esté viva, no podremos rescatar a Rihan.

—¡Bah! ¡Nuestro General Supremo podrá con ella otra vez, como ya lo hizo hace cuatrocientos años! —exclamó con confianza el enmascarado Hihi, otro de los lugartenientes principales.

A sus palabras les siguió un alegre brindis. Sin embargo, el Nurarihyon no las tenía todas consigo. Durante el asedio de Osaka, Hagoromo Gitsune no había contado con un ataque yokai, ni tampoco con la espada exorcista Nenekirimaru. Ahora no sería tan fácil sorprenderla. Además, al haber llegado al final de su ciclo de reencarnaciones, la señora de las tinieblas de Kioto era más poderosa que nunca.

Minagoroshi Jizo se arrimó al General Supremo y le dijo en tono confidencial:

—No temáis, mi señor Nurarihyon. Recordad que tenemos un as bajo la manga.

—Dependo de tu palabra, Minagoroshi Jizo —le recordó el General Supremo entre susurros—. Si tu plan falla, Hagoromo Gitsune nos despellejará vivos.

—Je, je, je —se rió el viejo con el gran ojo rojo en la frente—. Os aseguro que esa zorra se llevará una desagradable sorpresa, mi señor. Hagoromo Gitsune ignora que su cuerpo anfitrión tiene una debilidad —Minagoroshi Jizo dibujó una sonrisa siniestra en su rostro—. Una debilidad que sólo yo puedo explotar.

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Castillo Nijo

Mientras el Nurarihyon se reunía con sus lugartenientes en Shimabara, Hagoromo Gitsune revisaba las defensas de su fortaleza. El nuevo castillo Nijo era una copia casi exacta del baluarte de Osaka, aquel que había gobernado como Lady Yodo cuatro siglos atrás. Esta vez no pensaba dejar que el enemigo lo conquistase.

Desde las defensas del bastión se podía contemplar el casco antiguo de Kioto, así como los movimientos del enemigo. Yokai del Japón oriental pululaban en torno al castillo Nijo, pero ninguno se atrevía a acercarse demasiado. En su lugar se contentaban con montar guardia y reunir sus huestes. Era evidente que se preparaban para un asedio. Aunque de natural impetuoso, el Nurarihyon no iba a atacar a lo loco.

Kyokotsu, el líder de la facción cadáver, se aproximó a su señora.

—Esta noche estaremos tranquilos. Probablemente mañana también —comentó el yokai con aspecto de zombi—. Pero cuando caiga de nuevo la noche, nos asaltarán.

—Sí —asintió Hagoromo Gitsune, compartiendo el análisis de su lugarteniente—. Estaremos listos para cuando lleguen. ¿Con qué efectivos contamos?

—La facción cadáver al completo y mis ángeles-insecto están a vuestra disposición, poderosa señora —se adelantó Shokera, el yokai cristiano—. Tenemos también varios guerreros de la casa principal y de grupos menores, así como aquellos oni que aún pueden luchar tras el fiasco de Shokoku-ji. A este respecto, Ibaraki-Doji ha asegurado que podrá volver a empuñar su espada si le dan unas horas de descanso.

—Muy propio de Ibaraki-Doji, nunca se rinde —observó Hagoromo Gitsune satisfecha—. ¿Y qué noticias hay del exterior? ¿Alguna información nueva sobre Tsuchigumo? ¿Se ha unido a las filas de los Nura?

En este punto, tanto Shokera como Kyokotsu evadieron la mirada de su señora.

—¿Qué ocurre? —la expresión de Hagoromo Gitsune se endureció.

—Mi señora, la última vez que se vio a Tsuchigumo, éste se dirigía a la mansión. Desde entonces se han sentido temblores sísmicos en la zona. Nos tememos lo peor —contestó Kyokotsu a su pesar. Él también estaba preocupado. Su hija se había quedado en la casa principal.

La kitsune no dijo nada. Se quedó mirando los movimientos del enemigo, abajo en la calle. Súbitamente, un horroroso chirrido perforó los tímpanos de Kyokotsu, Shokera y otros guerreros presentes. Hagoromo Gitsune había arañado la muralla con sus manos desnudas hasta abrir surcos en la misma superficie de la piedra. Sus vasallos la observaron con expresión compungida.

—¿Mi señora? ¿Deseáis que enviemos refuerzos a la mansión? —ofreció Shokera—. Tal vez pueda lograr que algunos de mis exploradores atraviesen las líneas enemigas y...

—No —negó con severidad la líder de los yokai de Kioto—. No podemos debilitar nuestras defensas. La guerra no perdona a nadie. Sin embargo, si mi nieto muere por culpa de esta invasión, prometo que mataremos a todos los Nura en Kioto y más allá. Iremos a Edo, degollaremos a sus mujeres y sus niños, y luego nos bañaremos en su sangre. Así hasta el último de los estúpidos yakuza de Japón aprenderá que nadie ataca a la familia Abe y vive para contarlo.

—Se hará como deseéis, santa madre de la Oscuridad —Shokera hizo una reverencia.

Hagoromo Gitsune se quedó sola con sus pensamientos. Examinó sus manos. Sus dedos sangraban. "Maldito cuerpo de carne humana", pensó ella. "Todo esto es por tu culpa". Luego miró al horizonte. Faltaban pocas horas para el amanecer, pero los nubarrones que cubrían la ciudad seguramente harían que el día siguiente fuese tan oscuro como la noche.

Entonces Hagoromo Gitsune juntó sus manos y, por primera vez en siglos, rezó.

"Poderosa Inari, escucha el ruego de tu antigua servidora Kuzunoha. Por favor, ayuda a mi nieto. Es lo más importante para mí. Te lo suplico, no dejes que se muera".

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Mansión Abe

Desde el portal de entrada de la casa, Wakana estaba contemplando una escena espeluznante. Tras liberar a Kidomaru, la viuda de Seimei había seguido sus pasos con intención de saber lo que estaba ocurriendo. Había llegado a tiempo de ver cómo Rikuo y los intrusos firmaban las paces. Había sido un gesto muy propio de Seimei. Wakana se enorgulleció de su hijo. Sin embargo, todo se había ido al infierno por culpa del recién llegado.

Tsuchigumo. Así había dicho que se llamaba el gigante que en aquellos momentos estaba triturando a los miembros del Clan Abe. Golpeaba, pisoteaba, daba patadas y causaba destrozos sin fin. El verde de las plantas del jardín empezó a teñirse de rojo sangre, mientras el monstruo de cuatro brazos reía sin parar.

—Ah, es bueno recuperar las viejas costumbres —soltó Tsuchigumo con satisfacción—. Hace siglos que no destruyo una Procesión Nocturna. ¡Todo por culpa de ese maldito tramposo de Seimei! ¿A quién se le ocurre encerrarme en ese estúpido templo? ¡Con lo bien que nos lo estábamos pasando! Y ahora va y se muere antes de que consiga mi revancha. A ver si su hijo está a la altura. Por cierto, ¿alguien de aquí sabe quién es?

A Rikuo le habría gustado responder enseguida a Tsuchigumo, pero lo primero era lo primero. Aprovechando su agilidad de kitsune, recogió a la pequeña Kyokotsu del suelo y la sacó de la zona de peligro. Fue al portal y la dejó en brazos de su madre.

—¡Cuida de ella, mamá! —exclamó Rikuo antes de volver a la sangrienta refriega.

—Cuídate tú también —susurró Wakana con algo de retraso. Era la primera vez que se encontraba cara a cara con la forma nocturna de su hijo. Impactaba, desde luego. En cualquier caso, le habría gustado decirle que no fuese a luchar contra aquel gigante destructor. La pobre mujer se sentía impotente.

No era la única. Rikuo se había lanzado de cabeza al centro del torbellino de devastación, pero no sabía qué hacer. Nunca había luchado contra un rival con un tamaño y una fuerza tan desproporcionados. Aún así, no podía quedarse cruzado de brazos mientras la gente de su clan sufría. Ya iba a encararse con Tsuchigumo, cuando sintió que una mano se posaba sobre su hombro. Se dio la vuelta. Era Sojobo. El Gran Tengu del monte Kurama negó con la cabeza.

—¡No vayáis, señor Rikuo! Es Tsuchigumo —dijo el anciano consejero—. No podéis hacer nada contra él.

—¿Qué estás diciendo, Sojobo? ¿Acaso no ha dicho que mi padre le venció en el pasado? ¡Tenemos que detenerlo!

—Sí, vuestro padre encerró a Tsuchigumo en el segundo sello de Shokoku-ji. Pero el Nue estaba entonces en la cúspide de su poder y le movía el deseo de traer la paz definitiva a la capital. Ahora vuestro padre no está con nosotros —indicó el Gran Tengu con pesar—. Tsuchigumo es uno de los grandes yokai de Japón. Nadie le puede controlar. Nadie puede acabar con él. Y cuando su estómago está vacío es capaz de devorar hasta a los mismos dioses.

—¡No importa! ¡Encontraré la manera de detenerlo! —Rikuo se sacudió la mano de Sojobo y se dirigió hacia Tsuchigumo.

El Gran Tengu meneó la cabeza. "Hemos cometido un error. No contábamos con que Tsuchigumo fuera a buscar al joven señor. Pensábamos que preferiría atacar a Hagoromo Gitsune directamente. Esto ha sido obra del Nurarihyon, seguro".

De mientras, Rikuo se plantó ante Tsuchigumo, para espanto de sus subordinados, de los yokai de Tono y de Tsurara.

—¡Soy Abe no Rikuo, hijo de Abe no Seimei! —anunció a gritos el kitsune—. ¿Me buscabas, Tsuchigumo? ¡Pues aquí estoy!

—¡Tienes agallas, chaval! ¡Me gusta! —celebró el gigante de cuatro brazos—. ¡Ahora dame un poco de diversión!

Tsuchigumo extendió su manaza hacia Rikuo con la intención de despachurrar al muchacho entre sus dedos. El joven señor no se arredró. Sostuvo su Ichibi no Tachi por delante y apuntó a su enemigo, dibujando un arco en el aire.

—¡Técnica Hyoui! ¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡Tensa Zangetsu!

Una ola de "miedo" brotó del filo de la espada de Rikuo. Como una cuchilla de energía, barrió el aire y cortó limpiamente el dedo meñique de Tsuchigumo. El gigantón detuvo su ataque y examinó su dedo con curiosidad. Aunque sangraba profusamente, no parecía molesto o preocupado.

Los yokai de la mansión celebraron alborozados . Sólo Sojobo y Kidomaru fruncieron el ceño. Henchido de confianza, Rikuo usó su agilidad de kitsune para dar un prodigioso salto y se preparó para asestar un nuevo golpe a su rival, justo en la cara.

Entonces, con otro de sus brazos, Tsuchigumo le atrapó en el aire.

—No tan rápido, chico —gruñó el gigante.

Y sin mediar otra palabra, estampó a Rikuo contra el suelo.

—¡NOOOO! —exclamó Wakana aterrada. Sus piernas no aguantaron más y cayó de rodillas sobre el suelo enlosado del portal.

—¡Joven señor! —gritaron los sirvientes de la casa y los tengus del monte Kurama—. ¡Mirad, aún sigue vivo!

En efecto, aunque el golpe había abierto un cráter en el jardín, Rikuo aún respiraba y hacía esfuerzos por incorporarse. Por desgracia, Tsuchigumo no se lo iba a poner nada fácil. Le golpeó una vez con uno de sus gigantescos puños, luego otra vez con otro. El chico vomitaba sangre. Ya iba a golpear una tercera vez cuando su puño fue atravesado por decenas de estacas de hielo.

—¡Ventisca helada maldita! ¡Voz del viento, grulla resplandeciente! ¡Fusei Kakurei! —exclamó Tsurara, dando un paso adelante—. ¡No voy a permitir que hagas daño a la persona que me salvó la vida!

—¡Yuki-onna! —exclamó Itaku muy enfadado—. ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡No tenemos tiempo para esto! ¡Tenemos que aprovechar el caos para salir de aquí!

Sin embargo, la dama de las nieves de los Nura no le hizo el más mínimo caso. Sólo tenía oídos para los estertores de Rikuo, sólo tenía ojos para la forma sangrante de la persona que realmente se había preocupado por ella en aquella ciudad maldita. Animados por la compostura de la muchacha y por la confusión de Tsuchigumo, los Abe se unieron para atacar al gigante que estaba arrasando su mansión.

—¡No podemos dejar que una extranjera nos enseñe cómo proteger a nuestro joven señor! —clamó Kidomaru, enarbolando su katana—. ¡A por él, guerreros de los Abe!

Los tengus descendieron como un enjambre de avispones, mientras el resto de yokai de la casa atacaba las piernas de Tsuchigumo. Tsurara, por su parte, siguió lanzando oleada tras oleada de carámbanos. Mientras tanto, los integrantes del grupo de Tono se miraron entre sí. Otra vez la situación había dado un giro de 180º. Lo más sensato era retirarse y dejar que los Abe se ocupasen de sus propios asuntos, pero con la Yuki-onna que debían proteger en mitad de la refriega, no les quedaba más remedio que intervenir.

—Qué se le va a hacer —suspiró Itaku—. Habrá que pelear.

—¿Estás seguro? ¿Y si ese Tsuchigumo es un aliado del Nurarihyon? ¿No estaremos cometiendo traición? —comentó Amezo, un tanto dubitativo.

—Tono no le debe lealtad a nadie. Si el Nurarihyon no nos avisó, es culpa suya —señaló el kamaitachi—. Además, mira bien a ese monstruo. ¿De verdad crees que está aquí para echarnos una mano? Venga, si no nos damos prisa acabará por matar a nuestra protegida.

Así cargaron los yokai de Tono, uniéndose a la pelea contra Tsuchigumo. Sin embargo, por increíble que pudiera parecer, el gigante de cuatro brazos parecía divertirse más y más. No le importaba que su espalda se hubiese convertido en un alfiletero de lanzas y espadas, o que un hormiguero de yokai enfurecidos se lanzara sobre él. Cuando el valeroso Itaku trepó por uno de sus brazos y se aprestó a sacudirle una cuchillada con sus hoces, Tsuchigumo le guiñó un ojo.

—Eh, no molestes —dijo. Le dio un golpe con el dedo que lanzó al kamaitachi contra el suelo.

La inmensa mole de Tsuchigumo oscureció aún más el cielo nocturno cuando el gigante estiró sus dos piernas y sus cuatro brazos. Los presentes tragaron saliva.

—¡Tengo hambre! ¡No he comido en 400 años! —bramó Tsuchigumo, a la vez que un vaho venenoso salía de su boca—. No os preocupéis, hay sitio de sobra en mi estómago para una Procesión Nocturna.

Tsuchigumo saltó sobre los terrenos de la mansión, causando que la tierra se agrietase, los muros se resquebrajasen y que los yokai acabasen desparramados por todo el patio. Aquellos que podían volar fueron arrojados al suelo por el torbellino que creó Tsuchigumo con sus cuatro brazos. El Gran Tengu se puso a refugio, Kidomaru cayó de rodillas, los yokai de Tono se vieron enterrados bajo montañas de escombros y Tsurara, que había mantenido el tipo hasta entonces, fue arrojada por los aires tras recibir una patada inmisericorde. Rikuo, que a duras penas había logrado ponerse en pie nuevamente, contempló horrorizado como su gente era aniquilada sin remedio.

—¡ALTO! —gritó el muchacho con todas sus fuerzas—. ¡Déjales en paz, maldito hijo de perra! ¡Aún no has acabado conmigo! ¡No pienso dejar que les pongas un dedo encima a los míos, pedazo de mierda!

—¿Oh? ¿Aún sigues vivo? —se sorprendió Tsuchigumo, deteniendo por un momento su orgía de destrucción para centrar su atención en el joven señor de los Abe—. Los débiles no tienen derecho a quejarse, chaval. La verdad es que estoy decepcionado. Esperaba algo más del hijo de Seimei. Pero no te preocupes, ahora termino.

Lo último que vio Rikuo antes de perder el conocimiento fue la sombra del puño de Tsuchigumo dirigiéndose a toda velocidad contra él.

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Casa ancestral de los Keikain

—¡Aquí vienen! —gritaron los onmyoji.

La horda cadavérica de Gagoze, con su líder a la cabeza, se lanzó sobre los exorcistas. Pero estos habían recuperado el ánimo gracias a la oportuna intervención de Yura. La chica no paraba de sacar un shikigami tras otro: Tanro, el lobo feroz; Rokuson, el ciervo gigante; y para completar la devastación, una nueva incorporación a su arsenal: Kyomon, el elefante. El paquidermo aplastó sin conmiseración las cabezas de los intrusos, que comenzaron a recular. Gagoze chasqueó la lengua.

—¡Ni un paso atrás, mis guerreros! ¿Acaso es tan difícil matar a una niña? —clamó el capo del Clan Nura.

Sí, era muy difícil. Gagoze no lo sabía, pero la extraordinaria energía espiritual de Yura le permitía mantener hasta tres deidades ceremoniales activadas a la vez durante horas y horas. A aquel paso, el amanecer llegaría antes de que los yokai de Edo pudiesen abrirse paso a través de los defensores Keikain. Y aunque la mañana que se avecinaba estaría sumida por las tinieblas, los ayakashi no dejaban de ser más débiles durante el día. Gagoze tenía que actuar rápido si no quería que su ambición de conquistar la Casa Keikain se viniese abajo.

—¿Cómo puede ser posible esto? —masculló para sí mismo el líder de la facción cadáver de los Nura—. ¡Mi grupo es poderoso! ¡Hemos matado niños sin parar durante décadas para hacernos con sus hígados! ¿Por qué ahora no podemos acabar con los onmyoji más débiles de este lugar?

—Porque das demasiadas cosas por sentadas, yokai —intervino una voz de hombre mayor.

Los onmyoji que estaban combatiendo se dieron la vuelta. Sus caras se iluminaron con sonrisas de confianza. ¡Hidemoto 27º había salido a pelear! Alto e imponente pese a su avanzada edad, el patriarca de los Keikain dio un paso adelante. Yura sonrió también cuando le vio.

—¡Abuelo! ¡Estás aquí!

—Buen trabajo, Yura. Has hecho bien conteniendo a estos invasores —Hidemoto le dio una palmadita en la cabeza a su nieta. Luego se volvió hacia Gagoze—: Y tú, monstruo repugante, no te vanaglories tanto de matar a niños indefensos. Sí, eso te dará poder, pero no gran cosa. He conocido durante años a los yokai de Kioto y tú no les llegas ni a la suela de los zapatos. El blanco de nuestros corazones es más que suficiente para vencer a un alma negra y podrida como la tuya.

Hidemoto levantó un brazo.

—¡Onmyoji de Kioto! ¡Ahora es el momento de demostrar vuestra valía! ¡Formad una barrera! ¡Hagamos que esos desgraciados lamenten el día en que pisaron este suelo sagrado!

Con renovados bríos, todos los exorcistas, desde el par de veteranos que aún quedaban en la casa hasta los más novatos de la familia, crearon una barrera espiritual con amuletos de papel en el aire. Cuando los matones de Gagoze se acercaron para destruirla, fueron electrocutados. Los Keikain cantaron victoria.

Sin embargo, aunque había mucha verdad en las palabras de Hidemoto, Gagoze no había llegado a lo alto del Clan Nura sólo a base de cobardes subterfugios. El capo de la facción cadáver había combatido junto al Nurarihyon a lo largo y ancho de Japón. ¡Él había ayudado a subyugar a los demonios del monte Nejireme! ¡Él había entrado con el General Supremo en el castillo de Osaka! Aunque sus hombres hubiesen olvidado cómo combatir a un enemigo que no lloraba de miedo nada más verles, Gagoze aún tenía la sangre de un guerrero en las venas. Y también la mirada de un soldado experimentado.

—Si quieres matar a un general, mata a su caballo primero. Si quieres matar a una familia entera, corta su cabeza —sonrió Gagoze con su boca llena de dientes afilados—. Estás lleno de puntos débiles, señor Hidemoto de los Keikain.

De repente, Gagoze se fundió en las sombras del lugar. Cuando reapareció, estaba a la vera de Hidemoto, sosteniendo sus uñas afiladas sobre la yugular del patriarca de los Keikain.

—Hora de decir adiós, anciano —se burló Gagoze, esparciendo su fétido aliento en la cara de Hidemoto 27º. El venerable onmyoji frunció el ceño, pero no gritó ni suplicó. Si iba a morir, lo haría con dignidad.

—¡NO! —exclamó Yura, percatándose antes que nadie de la situación. Arrojó al aire un monigote de papel mientras recitaba—: ¡Cielo y Tierra! ¡Genko ritei! ¡Adelante, mi deidad ceremonial! ¡Guerrero vencido! ¡BUKYOKU!

Con engañosa ligereza, el talismán de papel flotó hasta aterrizar entre Gagoze y Hidemoto. Entonces el malvado yokai se dio de bruces con un samurai en armadura. Bajo las tiras de tela que tapaban la cara del guerrero se adivinaba la silueta de una calavera, con ojos rojos como brasas encendidas. En las manos llevaba una lanza que interpuso entre el líder de la facción cadáver y el patriarca de los Keikain. Luego clavó la afilada punta en la cara de Gagoze.

—¡IIIIIIIH! —chilló el capo de los Nura, retorciéndose de dolor, mientras la sangre manaba a chorros de su herida.

—¡Por orden de la señorita Yura, servidor protegerá a la familia Keikain! —bramó el shikigami samurai, para acto seguido empujar hacia atrás a un todavía estupefacto Gagoze.

Un suspiro de alivio colectivo se oyó en el recinto de la mansión. Hidemoto se había salvado. Los onmyoji, que habían roto su concentración al ver a su líder en peligro, volvieron a levantar la barrera, causando estragos entre los invasores.

—¡Esto no puede ser! ¡Soy el yokai más temido de Ukiyoe! ¡Vosotros erais una panda de onmyoji venidos a menos! ¿Qué he hecho mal? —Gagoze se tiró de los pelos.

Tan desesperado estaba por la situación y por el dolor que le causaba la herida de su rostro, que no se dio cuenta de que Yura se había situado justo a su espalda, apuntándole a la cabeza con su cañón de mano Yura MAX.

—¿Creíais que podías vencernos a los Keikain con tanta facilidad? —preguntó la chica en tono lúgubre—. ¡Regresa a las tinieblas de las que viniste, maldito yokai! ¡Pistola de agua de envío al más allá! ¡Yomi Okuri, Yura MAX!

Fue un tiro a quemarropa. Ni siquiera Hagoromo Gitsune en persona podría haberlo esquivado. El orgulloso Gagoze se disolvió como una voluta de humo.

Al instante, la horda de monstruos invasores perdió la voluntad de combatir. Cayeron a decenas bajo los hechizos de los exorcistas, o bien huyeron a toda prisa del campo de batalla. El ataque a la casa ancestral de los Keikain había terminado. Los exorcistas de Kioto habían salido victoriosos. Yura se vio rodeada enseguida por distintos miembros de la familia, que querían abrazarla y felcitarla por su espléndida actuación. Era evidente que no habrían podido ganar de no ser por aquella extraordinaria jovencita, la misma a la que apenas unos meses atrás habían prohibido entrenarse como onmyoji. Nadie podía dudar ahora de que Keikain Yura era una exorcista con todas las de la ley.

Un sentimiento cálido envolvió a Yura cuando su abuelo en persona acudió a darle la enhorabuena.

—Gracias —sonrió afablemente el anciano—. Hoy has sido digna de tu apellido, Yura. Lo reconozco. Pero ahora descansa. Aunque sé que tienes una gran cantidad de energía espiritual, mantener a cinco shikigamis activos es demasiado incluso para ti.

Yura asintió, casi sin aliento. Ciertamente se sentía como si hubiese luchado en un combate de boxeo después de haber corrido una maratón. Desconvocó a Bukyoku el samurai, Tanro el lobo, Rokuson el ciervo y Kyomon el elefante. También dejó aparcado su cañón de agua. Aún así, mantener durante tanto tiempo tal cantidad de shikigamis era una proeza que muy pocos en la familia podían igualar.

Lo que Yura no reveló fue que se había escondido un as bajo la manga. Había estudiado la técnica en secreto durante las últimas semanas, pero no estaba segura de que funcionase. Ante la duda, era mejor confiar en sus queridas deidades ceremoniales.

En mitad de las celebraciones por la decisiva victoria que habían logrado sobre las fuerzas del Nurarihyon, un escuadrón de onmyoji llegó desde la ciudad. Estaban liderados por Akifusa, el albino heredero de los Yaso, acompañado a su vez por otros vástagos de las ramas secundarias de la familia Keikain. Sólo faltaban Ryuji y Mamiru, que preferían ir por libre. Había sido idea del inteligente Akifusa crear un grupo de respuesta rápida que pudiese trasladarse con agilidad de un lado a otro de la ciudad. Venían casi sin resuello y se sorprendieron mucho al ver las caras de felicidad de sus camaradas de la mansión.

—¿Qué ha pasado aquí? —se extrañó Akifusa—. Habíamos oído que un gran número de yokai estaban atacando la casa ancestral y hemos venido a todo correr.

—Habéis hecho bien, Akifusa —asintió Hidemoto complacido—. Sin embargo, como puedes ver, la situación está más que controlada.

—¡Sí! —celebraron varios onmyoji—. ¡Y todo ha sido gracias a Yura!

—¿Yura? —Akifusa volvió su mirada hacia su prima, un tanto sorprendido.

—En efecto, Yura ha demostrado que mis temores estaban injustificados y que será una gran adición a las filas de nuestros exorcistas —reconoció Hidemoto 27º, un poco a regañadientes, pero también orgulloso de su nieta. Akifusa le guiñó un hijo a su prima, que le devolvió una sonrisa azorada—. Pero ya habrá tiempo de hablar de las proezas de cada cual cuando esta horrible guerra contra el Nurarihyon haya terminado. ¿Qué noticias traes del frente de batalla?

Akifusa se recuperó rápidamente de su confusión inicial. Se puso firme y adoptó un tono grave antes de contestar:

—Hay buenas y malas noticias. Las buenas noticias son que gracias a la colaboración de las autoridades, hemos logrado reducir al mínimo posible los ataques a los ciudadanos inocentes de Kioto. No obstante, hay informes de muertes y desapariciones por toda la ciudad. De momento estamos consiguiendo proteger los templos menores, así como los sellos sin poder de la barrera de Seimei. Las espadas que he fabricado para los nuestros están resultando ser muy útiles para...

—¿Has tenido alguna información nueva sobre Ryuji? ¿Ha puesto en práctica su plan? —le interrumpió Hidemoto con ansiedad.

—Todavía no hemos oído nada, lo siento —respondió Akifusa, con un ligerísimo tinte de frustración en su voz—. Pero me temo que el plan de Ryuji puede sufrir un grave contratiempo. Entre las malas noticias, debo decir que el templo de Shokoku-ji ha caído. Aunque los Nura parece que no van a asediar por esta noche el castillo Nijo, se están atrincherando en torno a los hanamachi. Va a ser difícil desalojarlos de allí.

—¿Y qué hay del ocupante del segundo sello? ¿Qué hay de Tsuchigumo? —preguntó el patriarca de los Keikain.

Akifusa relajó un poco su postura.

—Sabemos que el terrible Tsuchigumo podría nivelar media ciudad si quisiera, pero afortunadamente se está concentrando en un punto concreto de la ciudad —el joven de pelo blanco hizo una pausa antes de continuar—: la base de la Procesión Nocturna de Kioto.

Yura abrió mucho los ojos.

—¡Oh, no! —soltó la joven onmyoji en voz alta.

—Es preferible que Tsuchigumo se centre en Hagoromo Gitsune y los suyos antes que en los humanos inocentes —remarcó Akifusa, un poco confuso por la aparente aprensión de Yura—. Así tendremos tiempo para elaborar una estrategia para contenerlo. De momento, Tsuchigumo parece contentarse con sus enemigos naturales de Kioto. Ojalá ganen ellos, pero lo veo difícil. Me han llegado noticias de que está destrozando la mansión de los Abe, a pesar de que el nieto de Hagoromo Gitsune hace todo lo que puede por impedírselo.

—¿QUÉ? —exclamó Yura a voz en grito—. ¡Repite eso!

Hidemoto meneó la cabeza.

—No has debido decir eso —susurró el patriarca de los Keikain, más para sí mismo que para Akifusa.

—Digo que Tsuchigumo está enfrentándose en estos momentos a la Procesión Nocturna de Kioto y que los está aniquilando. Ni siquiera el nieto de Hagoromo Gitsune puede con él —explicó de nuevo Akifusa, sin comprender que sus palabras estaban causando una terrible ansiedad en su prima—. Aunque pierdan, probablemente lograrán debilitar a Tsuchigumo. Creo que deberíamos aprovechar esta coyuntura para... para... ¡Eh! ¡Yura! ¿Qué estás haciendo? ¡No puedes irte corriendo así! ¡Yura! ¡Vuelve!

Pero la chica de pelo negro ya estaba demasiado lejos como para oírle. Corría con toda la fuerza que podían proporcionarle sus cortas piernas hacia el centro de la ciudad. Hacia la Mansión Abe. "¡Rikuo, aguanta! ¡Ya voy!", pensaba ella, olvidándose del cansancio que la atenazaba. Akifusa quiso ir tras Yura, pero Hidemoto 27º le puso una mano en el hombro.

—Déjala —le conminó el patriarca al heredero de los Yaso—. Esta noche ya ha cumplido su deber con la familia Keikain. Deja que ahora cumpla su deber con sus amigos.

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Mansión Abe

Los terrenos del centro neurálgico de los yokai de Kioto se habían transformado en una estampa infernal. El jardín estaba hecho trizas. Los árboles habían sido arrancados y reducidos a astillas. El suelo estaba punteado de cráteres. La fachada de la mansión estaba resquebrajada. Trozos de piedras y tejas habían caído alrededor. Y cuerpos inertes de yokai de muchas clases distintas yacían en las cuatro esquinas del patio.

En medio de tanta desolación, Tsuchigumo se sentó de cuclillas, fumando su querida pipa con satisfacción.

—¡Ah, esto es vida! —exclamó contento—. No he encontrado a nadie fuerte, pero al menos me he divertido.

En el portal, Wakana contemplaba el monólogo del gigantón con horror. En sus brazos sostenía a Kyokotsu, que se había desmayado por la pérdida de sangre. Sin embargo, la mujer de pelo castaño sólo tenía ojos para Rikuo. Su hijo estaba malherido, pero aún hacía esfuerzos para sostenerse en pie con su espada clavada en el suelo. Hacía poco que el chico había recuperado el conocimiento y aún estaba grogui por el tremendo puñetazo que había recibido, pero no estaba dispuesto a ceder. No cuando tenía la responsabilidad del clan sobre sus hombros.

—N-no puedo... perder... aquí... —murmuró el muchacho.

—¿A ti qué te pasa? —Tsuchigumo se irritó al descubrir que el hijo de Seimei aún seguía aferrándose a la vida—. ¿Por qué no te rindes de una vez?

—Yo... Soy el heredero —musitó Rikuo débilmente.

A su alrededor empezaron a moverse figuras que antes estaban inertes. Eran los yokai de Kioto, más los guerreros de Tono y la desdichada Tsurara, que observaba con lágrimas en los ojos los ímprobos esfuerzos de su amigo por mantenerse en pie.

—Rikuo, no, por favor... Te matará —susurró ella. En vano, ya que el chico estaba demasiado lejos para oírla.

—¡Joven señor, no! ¡Yo soy el que debe sacrificarse! —gritó Kidomaru, con su cara de oni deformada por los moratones. Ni el veterano espadachín de Rashomon había podido hacer frente al huracán destructor de Tsuchigumo.

El ayakashi de cuatro brazos volvió la cabeza a un lado y a otro. Como si la tenacidad de Rikuo les estuviese inspirando, los yokai de Kioto estaban intentando recomponer sus maltrechas filas. A fin de cuentas, el "miedo" de una Procesión Nocturna de los Cien Demonios dependía del "miedo" de su líder. Mientras Hagoromo Gitsune estuviese viva, la Procesión Nocturna se mantendría unida. Y mientras el joven señor continuase luchando, la Procesión Nocturna no se rendiría. "¡Malditas mosquitas muertas! ¡Esto con Seimei no pasaba!", pensó Tsuchigumo, un tanto irritado. "Tendré que aplastar de una vez al mocoso si quiero que dejen de dar la lata".

—En fin, chico, tú lo has querido –dijo Tsuchigumo, sacándose la pipa de la boca y preparándose para golpear con ella al indefenso Rikuo. Pero entonces se detuvo—. ¡Un momento! ¿Qué tenemos aquí?

Para sorpresa general, Wakana había cruzado el patio y había parapetado el cuerpo de su hijo bajo el suyo propio. Un gesto fútil, pues Tsuchigumo podía aplastarla a ella con igual facilidad. Sin embargo, el gigante de cuatro brazos encontró la situación muy curiosa.

—¿Qué hace una humana en este lugar? —se extrañó Tsuchigumo.

—¡Mamá! —se alarmó Rikuo. Sus ojos escarlatas de kitsune reflejaban el pánico que sentía en aquellos momentos—. ¡Vete de aquí!

—¿"Mamá"? —repitió Tsuchigumo, sin creerse lo que estaba oyendo. Luego estalló en carcajadas—. ¡Ja, ja, ja! ¡Ahora lo entiendo todo! ¡El burro de Seimei se casó con una humana! ¡Por eso eras tan debilucho, chico! Oi, siento no haberme dado cuenta antes, en serio. No ha sido justo. Debería haberte dado un poco de motivación antes.

Rikuo apretó los dientes. Las palabras de Tsuchigumo herían su orgullo. Sin embargo, ahora no tenía tiempo de defender su honor. Tenía que poner a su madre fuera de peligro. El problema era que se veía incapaz de mover un solo músculo. Estaba agarrotado por el dolor.

—¡Mamá! ¡Apártate o te matará! ¡Eres sólo una humana normal! ¡No puedes hacer nada! —insistió Rikuo, preso de un ataque de ansiedad.

Wakana le puso un dedo en los labios a su hijo, haciéndolo callar al instante.

—No le digas a una madre lo que puede y lo que no puede hacer, Rikuo —dijo la mujer de pelo castaño, luciendo una de sus dulces sonrisas a pesar de la tensa situación en la que se encontraba.

Entonces Wakana se separó de su hijo y fue andando directamente hacia Tsuchigumo.

—¡No, por favor! ¡Vuelve! —le rogó Rikuo en vano.

Wakana respiró hondo. Aunque no era tan sobreprotectora ni tan posesiva como su suegra Hagoromo Gitsune, no iba a permitir que mataran a su hijo delante de sus ojos. Se llevó la mano al pecho. Ahí estaba, el talismán de la estrella de cinco puntas que Seimei le había regalado por su primer aniversario. Su marido, el mejor onmyoji de todos los tiempos, le había asegurado que aquel hechizo podía vaporizar a un yokai en un instante. Sólo podía usarlo una vez, y ni siquiera estaba segura de que pudiese hacer daño a una bestia tan formidable como Tsuchigumo, pero tenía que intentarlo.

Por desgracia, no fue lo suficientemente rápida. Antes de que pudiera hacer un gesto en falso, Tsuchigumo la agarró de los brazos y la levantó en el aire. El gigante no se había percatado de la treta de Wakana; sólo quería jugar con una nueva víctima.

—Bueno, bueno, el viejo Seimei tampoco tenía mal gusto, ¿verdad? —dijo Tsuchigumo, examinando con ojo crítico a su presa.

—¡Ay! —protestó de dolor Wakana. La mujer trató de zafarse, retorciéndose como una anguila, pero la garra de su captor era demasiado fuerte.

—¿Qué? Cof, cof —Rikuo tosió sangre—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Bájala ahora mismo!

—Mira, chaval, te diré lo que vamos a hacer. Yo me llevo a tu madre —Tsuchigumo expuso a la indefensa Wakana delante de Rikuo—. Tú ven a buscarme a Shokoku-ji. Te estaré esperando.

—¡No digas tonterías! —gritó el muchacho desesperado. El resto de gente del clan contempló la impotencia de su joven señor mientras Tsuchigumo se alejaba con su prisionera.

—Si de verdad tienes la sangre de Seimei, seguro que eres un niño de mamá —se burló el gigante de cuatro brazos antes de irse—. Espero que así encuentres la motivación que te falta y me des una buena pelea la próxima vez. ¡Nos vemos, chico!

Rikuo dejó de intentar levantarse y se derrumbó de rodillas sobre el suelo agrietado del patio.

—¡Vuelve aquí! ¡No he terminado contigo! ¡Tsuchigumo! ¡TSUCHIGUMOOOOOOOOOO!

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Mientras el sol empezaba a aparecer tímidamente en el horizonte de Kioto, señalando la llegada de un nuevo día, Yura llegó a las inmediaciones de la Mansión Abe. Estaba derrengada, casi sin energías por haber mantenido a tantos shikigami activos a la vez durante su pelea con Gagoze. Sin embargo, tenía que saber qué le había pasado a Rikuo.

Se acercó con prudencia. No oyó ningún sonido de batalla. Podía ser una buena señal o una mala señal, dependiendo de quién hubiese salido victorioso. Cuando dobló la esquina, se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.

La Mansión Abe parecía haber sufrido un terremoto. Varios yokai buscaban entre los escombros a sus compañeros, mientras los heridos se iban alineando en desordenadas filas junto a los muros agrietados de la casa principal. Unos pocos guerreros armados, la mayoría tengus del monte Kurama, hacían guardia en torno al perímetro de la mansión. Sin embargo, era evidente que no estaban en condiciones de rechazar un ataque serio.

Uno de los guardias se fijó en ella e intentó darle el alto, pero otro le detuvo y le explicó:

—Es la amiga Keikain del joven señor. Tiene permiso de Hagoromo Gitsune para estar aquí.

Los guardianes se apartaron. Yura ni siquiera se percató. Estaba más preocupada por encontrar a Rikuo. Miraba a un lado y a otro, pero no hallaba rastro de su amigo de la infancia. Se temió lo peor.

Afortunadamente, la joven exorcista se dio cuenta de que había un corro de yokai en una esquina del jardín. Teniendo un presentimiento, se acercó. Aunque era más pequeña que muchos de los monstruos allí reunidos, se abrió paso entre el grupo de curiosos sin miramientos. Yura se fijó en que todos ellos mostraban una expresión de abatimiento y tristeza. Tragó saliva.

Tal como esperaba, en el centro del corro estaba Rikuo. Su amigo permanecía de rodillas, malherido y con la vista clavada en el suelo. El amanecer estaba desdibujando sus facciones, creando una extraña amalgama entre el fiero kitsune de pelo blanco y el dulce muchacho de cabello café que conocía tan bien. A su lado, una angustiada Tsurara intentaba sacarle de su mutismo, ante la mirada resignada del Gran Tengu del monte Kurama.

—Rikuo, por favor, di algo. No puedes quedarte así, tienes que curar tus heridas —le conminó a actuar Tsurara, tomando su mano con delicadeza, mas el joven señor de los Abe parecía sufrir una crisis catatónica.

Yura no aguantó más y se plantó junto a Rikuo.

—¡Aparta de aquí, yokai! —le dijo a Tsurara de malos modos, echándola a un lado para ocupar su sitio. La Yuki-onna iba a responder de forma airada, pero se contuvo a tiempo. No tenía sentido pelearse por nimiedades en aquel momento.

Yura examinó a Rikuo con preocupación. En los ojos de su amigo, a medio camino entre el rubí sobrenatural y el marrón habitual, no había ni una chispa de vida. El muchacho parecía muerto por dentro.

—¡Rikuo! ¡Despierta de una vez! —le gritó ella a la cara. A diferencia del enfoque suave y paciente de Tsurara, Yura utilizó una terapia de choque, sacudiendo con fuerza a su amigo y sujetando su rostro con las dos manos para hacer que Rikuo la mirase a los ojos—. ¡Soy yo, Yura! ¿Qué ha pasado aquí? ¡Contesta!

—¿Yura? —musitó Rikuo, parpadeando confuso. Hizo un amago por incorporarse, pero estuvo a punto de caer de bruces. Su amiga onmyoji le sostuvo—. Ha sido él, Tsuchigumo... No he podido hacer nada... Se la ha llevado...

—¿A quién se ha llevado, Rikuo? —preguntó Yura. Tanto Tsurara como el resto de los presentes apartaron la mirada mientras el joven señor hacía un esfuerzo sobrehumano por responder.

—¡A mi madre! —exclamó el muchacho con desesperación—. Tsuchigumo se ha llevado a mi madre.

Entonces las energías abandonaron al joven señor y Rikuo se desmayó.


Notas adicionales:

He conseguido un hueco para escribir y aquí está el nuevo capítulo, tal como prometí. Cada vez ando más apurado, pero luego llegarán las vacaciones y tendré más tiempo libre. O eso espero ^_^; De momento, conocer las sorpresas que va deparando el manga me da fuerzas.

* ¿Alguien creía que Tsuchigumo iba a secuestrar a Tsurara? Ella ya tuvo su ración de "damisela en apuros" cuando Kubinashi se enfrentó a Rikuo, y aunque nosotros sabemos que Tsurara y Rikuo aquí son amigos, Tsuchigumo no, y teniendo a Wakana al alcance, el gigantón no se va a parar a pensar en alternativas.

* El nombre de la técnica Hyoui de Rikuo sonará a más de un lector de Bleach. Pero voy a demostrar que no (sólo) es un robo descarado, sino que tiene su lógica. ¿Cuál es el Hyoui de Rikuo en Nuramago? Kyoka Suigetsu ("Flor en el espejo, Luna en el agua"), que coincide precisamente con la famosa técnica hipnótica del villano principal de Bleach. Sin embargo, en este universo las cosas son al revés, así que la técnica Hyoui tenía que obtener su nombre del héroe de Bleach en lugar del villano. Afortunadamente, todas las zanpakutos tienen nombres muy poéticos y "Cadena del Cielo, Luna cortante" le pega a este Rikuo.

* Inari es una de las deidades más populares del panteón japonés. Patrona de la fertilidad, la agricultura, el arroz, los zorros, la industria y el éxito en general, se la adora en unas 32.000 capillas (un tercio de los templos sintoístas de Japón). A veces es un hombre, a veces una mujer, otras veces un ser andrógino e inclus dioses distintos a la vez. Sus servidores son zorros o kitsunes con una característica especial: son blancos. Revisad la forma yokai de Hagoromo Gitsune: ¿de qué color es su pelaje? En efecto, blanco, pues en algunas versiones del mito original, Kuzunoha era una de las mensajeras de Inari. Y para autorreferenciarme, señalar que en el capítulo "El Asedio de Osaka" ya se decía que el sesshoseki de Hagoromo Gitsune estuvo en un altar de Inari antes de ser destruido.

Próximo capítulo: "El día más oscuro"