Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo solo escribo esto por pura diversión.
Summary: Libre por fin, Tsuchigumo cae sobre la Mansión Abe y aplasta a todos por igual, tanto yokai de Kioto como de Tono. Para acabar, secuestra a la madre de Rikuo para que el joven señor se tome en serio la revancha. Yura, que ha luchado valientemente para defender a su familia de Gagoze, llega a la Mansión Abe justo antes de que Rikuo se desmaye.
El día más oscuro
El amanecer había llegado por fin a Kioto después de una noche de terror. Por desgracia, el día que siguió no fue ni claro ni radiante. Nubes oscuras tapaban el cielo, hurtando la bienhechora luz solar a los asustados habitantes de la ciudad. No era un fenómeno natural, sino una consecuencia de la guerra que se estaba librando en la antigua capital. Mientras el equilibrio de energía espiritual permaneciese roto, el día seguiría siendo tan oscuro como la noche.
Aún así, incluso un falso día podía reducir la fuerza de los yokai. Por eso el Nurarihyon había decidido pausar sus acciones de guerra por el momento. Con una sólida cabeza de puente en la ciudad y su tenebrosa flota de barcos voladores en el cielo, el General Supremo de Kanto podía permitirse el lujo de tomarse un descanso.
Los yokai de Kioto debían conformarse con recoger los pedazos rotos de su orgullo.
La Mansión Abe había sido severamente dañada por el ataque de Tsuchigumo. El bello jardín parecía un campo de trincheras. Ya no había flores ni árboles que levantaran esplendorosamente sus ramas. La fachada estaba resquebrajada y en algunas zonas del interior de la casa los tabiques se habían desplomado. Pero aunque los daños materiales eran cuantiosos, no importaban tanto como los daños personales.
Huesos rotos, toses sanguinolentas, conmociones cerebrales y heridas abiertas conformaban el saldo de la batalla. Los tengus médicos del monte Kurama no daban abasto. Nadie se había librado de la furia destructora de Tsuchigumo, ni siquiera sus aparentes aliados.
En aquel momento de la mañana, los guerreros de Tono que aún quedaban en pie mantuvieron una agria discusión.
—¡Malditos Abe! —gruñó Awashima, dando un golpe sobre la pared de la mansión. Al llegar el día había vuelto a su forma masculina—. ¡Mira que echarnos fuera de la enfermería! ¡Reira y Dohiko están allí! ¿Vamos a dejar que los atiendan esos estirados de Kioto? ¡No confío en ellos!
—Tranquilo, Awashima. Yo tampoco confío en ellos —trató de apaciguarlo su compañero, el kappa Amezo—. Pero al menos los van a curar. Ellos tienen médicos, nosotros no.
—¡Agh! ¡Ya lo sé! —se tiró de los pelos Awashima con frustración—. Es que no soporto quedarme de brazos cruzados sin poder hacer nada.
En ese momento, Itaku abrió los ojos. Hasta entonces, el serio kamaitachi había estado apoyado en la pared a medio camino entre el sueño y la meditación. Como guerrero avezado que era, podía dormir de pie si le hacía falta.
—Mientras cumplan su palabra, nosotros cumpliremos la nuestra —sentenció Itaku, mirando a sus dos camaradas de Tono—. Nada de causar problemas en esta casa, Awashima. Recuerda que aún tenemos una misión que cumplir y que dependemos de la buena voluntad del joven señor de los Abe.
—¡Oh, sí, claro! —rezongó el amanojaku, mascando su sempiterna brizna de hierba—. ¿Lo has visto bien? ¡Es sólo un crío! ¡Y encima es más humano que yokai! Está claro que no sabe lo que dice. Hazme caso, Itaku, estos Abe sólo esperan a que estemos distraídos para rebanarnos el gaznate.
—Tal vez —concedió el kamaitachi con calma—, pero no han sido ellos los que han dejado al borde de la muerte a Reira y Dohiko. Ese Tsuchigumo...
Awashima y Amezo fruncieron el ceño.
—Tiene que pagar lo que ha hecho —finalizó el kappa, expresando los sentimientos del trío.
—¡Nadie hace daño a los nuestros y se va de rositas! —exclamó con brío Awashima, alzando un puño en el aire.
—Ni siquiera si es un aliado del Nurarihyon —murmuró Itaku, tan bajo que sus compañeros no lo oyeron.
Dentro del gran salón reconvertido en enfermería, sus camaradas heridos, la Yuki-onna de pelo rosa llamada Reira y Dohiko el futtachi, descansaban cubiertos de vendas sobre improvisadas colchonetas. A pesar de lo aparatoso de sus curas, estaban fuera de peligro. Eran velados por una pequeña figura, una niña de pelo negro y ojos oscuros e inexpresivos. No lloraba, no decía nada, ni siquiera parpadeaba. Parecía una muñeca, una muñeca siniestra que daba escalofríos al pobre Gashadokuro, que tenía el esqueleto molido.
—¿Quién es esa? ¿No será un ángel de la muerte, un shinigami que viene a llevarse las almas de los difuntos al Inframundo, verdad? ¡Por favor, que no mire hacia aquí! ¡No quiero morir! —le cuchicheó a su compañero de armas Hakuzozu.
El yokai poeta, tan malherido que ni siquiera podía mover la cabeza, ahogó un grito de exasperación. Necesitaba reposo, no escuchar las paranoias de Gashadokuro. Sin embargo, sabía por experiencia previa que, si no cortaba de raíz las fantasías macabras del esqueleto gigante, su neurótico camarada podía causar muchos problemas.
—No es un shinigami, Gashadokuro. Todo el mundo sabe que los shinigami visten kosode y hakama negros y llevan una espada al cinto —explicó pacientemente Hakuzozu tras contar hasta diez—. Por lo que tengo entendido, esa pequeña se llama Yukari y es una zashiki-warashi que los guerreros de Tono han traído consigo.
—¿Qué es una zashiki-warashi? —preguntó el esqueleto gigante.
—Una yokai de la buena suerte. Si Tsuchigumo no ha conseguido matar a nadie ha sido debido probablemente a su presencia en los terrenos de la casa —dijo Hakuzozu. Tras una pausa añadió—: Deberíamos estarle agradecidos.
Nada más decir esto, se oyó un bufido al lado de Gashadokuro.
—¡No pienso darle las gracias a ninguno de esos intrusos! ¡Jamás! —exclamó enfadada Kyokotsu. La niña de ojos de serpiente se examinó por enésima vez sus brazos, cubiertos de vendas. Todavía recordaba el afilado tacto de las hoces de Itaku desgarrando su piel y su carne. Aquellos yokai de Tono eran malos y peligrosos. Debían irse por donde habían venido.
Hakuzozu suspiró.
—Comprendo el sentimiento, Kyokotsu. Preferiría verlos fuera de aquí. Sin embargo, tal decisión no depende de nosotros, sino del joven señor.
Kyokotsu se mordió el labio y dirigió su mirada hacia la otra punta de la enfermería.
—El hermanito mayor está mal. No creo que pueda decidir nada ahora mismo —dijo la niña con aprensión.
En efecto, Rikuo había recibido la tunda más dura por parte de Tsuchigumo. Había aguantado entero a pura fuerza de voluntad, pero pasado el peligro se había desmayado. Ahora dormía mientras sus heridas sanaban. No estaba solo. Lo velaban dos chicas que, en aquellos momentos, se miraban la una a la otra con cara de malas pulgas.
—¿Por qué sigues aquí, yokai? Este no es tu sitio —dijo Yura, mientras intentaba que sus párpados no se cayeran de sueño.
—Estoy cuidando a Rikuo, onmyoji —contestó Tsurara de mal humor. También ella aguantaba como podía sus ganas de dormir—. Y no eres la más indicada para decirme que me vaya. Yo al menos estaba luchando junto a Rikuo cuando vino Tsuchigumo. ¿Dónde estabas tú?
Yura apretó los dientes.
—¡Estaba salvando a mi familia de los monstruos asesinos que han traído tus amigos! ¡He venido tan rápido como he podido! ¿Y por qué tengo yo que darte explicaciones, eh? —exclamó la joven onmyoji. Al notar que perdía el control, bajó el tono y susurró—: Por lo que he oído, puedes volver con los tuyos cuando te dé la gana. ¿Por qué no lo haces? ¿Acaso estás esperando una oportunidad mejor para apuñalar a Rikuo por la espalda?
—¡No! —saltó Tsurara indignada—. Yo sólo...
Fue entonces cuando la Yuki-onna de Ukiyoe se dio cuenta de que no sabía cómo responder a la pregunta de Yura. En verdad, ella misma se estaba haciendo la misma cuestión: ¿qué la retenía en aquel lugar? Era evidente que los guerreros de Tono tenían ganas de marcharse cuanto antes de la Mansión Abe. Además, su madre debía estar muy preocupada. Al pensar en ella, el corazón de Tsurara flaqueó. Mas luego volvió su vista al rostro durmiente de Rikuo y tomó una decisión firme: se quedaría con su amigo.
Yura no sabía como interpretar el silencio de la Yuki-onna. Iba a añadir algo más, cuando el Gran Tengu del monte Kurama apareció oportunamente junto a ellas.
—Señorita Yura, señorita Tsurara, por favor, dejen de discutir. La noche ha sido larga y todos estamos cansados e irritables. Les aseguro que el joven señor está en buenas manos. Si de verdad quieren serle de ayuda, lo mejor que pueden hacer en estos momentos es dormir un poco —sugirió el consejero del Clan Abe con una sonrisa paternal.
—¡Está bien, está bien! —aceptó Yura—. Pero que conste que sólo voy a echarme una siesta corta. No me fío de ningún yokai, sólo de Rikuo. Y si esa Yuki-onna intenta algo, la envío directa a la oscuridad de la que vino.
—Lo mismo digo yo —replicó Tsurara—. Mientras Rikuo me necesite, estaré aquí. ¡Pero no prometo nada más!
El Gran Tengu observó divertido la diatriba de las dos chicas, que hacían grandes esfuerzos por no mirarse la una a la otra. En su fuero interno, agradeció su presencia allí en aquellos momentos. El señor Rikuo había heredado el talento de su padre para hacer amigos a ambos lados de la línea divisoria que separaba a los humanos de los yokai.
Sin embargo, eso no era suficiente para ganar una guerra.
Mientras Sojobo reflexionaba sobre este y otros asuntos, Kidomaru apareció a su vera. El Gran Tengu del monte Kurama y el antiguo jefe de la facción oni intercambiaron miradas de circunstancias.
—Veo que seguís con nosotros, lord Kidomaru. ¿O debería decir ex-lord? Sinceramente, cuando vi que la señora Wakana os había liberado de vuestra celda, temí que escapaseis a la menor ocasión —comentó el anciano consejero, mitad en broma, mitad en serio.
—No soy tan cobarde, Gran Tengu —replicó Kidomaru, un poco molesto por las palabras de Sojobo—. No temo a la muerte. Sólo temo por el futuro de este clan. Y he de admitir que ahora lo veo muy negro.
—Sí —asintió el Gran Tengu del monte Kurama—. Podemos justificarlo de muchas maneras, pero lo cierto es que Tsuchigumo nos ha derrotado. Por desgracia, ahora se habrá atrincherado con su rehén en Shokoku-ji. Si queremos reunirnos con las tropas de la señora Hagoromo Gitsune para vencer al Nurarihyon, tendremos que enfrentarnos de nuevo a Tsuchigumo.
—No te olvides de rescatar a la señora Wakana —añadió Kidomaru—. Deberíamos prepararnos mejor para el próximo combate. ¿Algún truco de última hora para vencer a esa bestia?
El Gran Tengu meneó la cabeza.
—Si tuviéramos una semana o incluso tres días por delante, todavía podría entrenar al joven señor y a algunos de nuestros soldados en las técnicas secretas del monte Kurama. Pero no tenemos tiempo. El Nurarihyon asaltará esta noche el castillo Nijo. Si no derrotamos a Tsuchigumo en las próximas 24 horas, el Clan Abe será aniquilado —sentenció Sojobo.
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Distrito de Shimabara
El antiguo barrio rojo de Kioto se había convertido en el centro de operaciones de las fuerzas invasoras del Clan Nura. Con guerreros en las cuatro esquinas del distrito y el colosal barco volador Takarabune por encima de sus cabezas, nadie en su sano juicio les atacaría allí.
A primeras horas de la mañana se congregaron las tropas del Nurarihyon después de sus incursiones de saqueo en territorio enemigo. Aunque habían logrado desequilibrar la balanza del "miedo" en Kioto, aún tenían que tomar al asalto el castillo Nijo y derrotar a Hagoromo Gitsune. Hasta el último soldado era esencial en la campaña, por eso el General Supremo no se había tomado bien las bajas causadas por los defensores de la capital. No sólo los Abe, sino los onmyoji Keikain estaban dando más guerra de la esperada. Por fortuna para los Nura, sus enemigos actuaban de manera desorganizada.
Kubinashi y su grupo venían precisamente de escoltar a uno de los últimos grupos saqueadores. No habían tenido ningún encontronazo, más allá de algunos vagabundos humanos que huyeron como ratas nada más verles. En cuanto llegaron a Shimabara, Kubinashi se dirigió a la casa antigua que hacía de enfermería.
—Voy a ver a Kejoro. Vuelvo enseguida —musitó el yokai sin cuello, pero su compañero Aotabo le dio una palmada en el hombro.
—Yo no me esforzaría. Mira —Aotabo señaló a una figura que venía corriendo hacia ellos.
—¡Kubinashi! ¡Estás bien! —exclamó con alegría Kejoro. La mujer estrechó la cabeza flotante de su compañero entre sus generosos senos—. ¡Temía que alguno de esos horribles exorcistas te hubiera atacado!
—No, tranquila, estoy bien —dijo Kubinashi, después de liberarse del agobiante abrazo de Kejoro. Un poco más y se asfixiaba—. Debería ser yo el que te preguntase si estás bien. ¿Qué tal tus heridas?
La mujer cabellera hizo una pose triunfal.
—¡Sin problemas! El señor Zen y su grupo son los mejores médicos de Japón. Ya me ves, estoy tan fresca como una lechuga —dijo Kejoro.
—Me alegro —sonrió Kubinashi.
—Enternecedor —comentó Kurotabo, el monje vengador, con falsa seriedad—. Os recuerdo que hay habitaciones libres en las casas de té de Shimabara, no sé si me entendéis.
Kubinashi y Kurotabo intercambiaron una mirada de la que saltaron chispas. Al instante siguiente, los dos camaradas rompieron a reír. Enseguida se les unieron los demás y no pararon hasta que se les agotó el aliento.
—Ah, es bueno estar todos reunidos de una pieza —observó Kappa, muy relajado.
—Sí —asintió Kubinashi. Sin embargo, un momento después su rostro se ensombreció—. Es como los viejos tiempos. Como cuando estábamos con el Segundo.
—Oh, no, otra vez no, Kubinashi —suspiró Kejoro con irritación—. ¿Cuándo vas a dejar de lamentarte por lo que pasó? El amo Rihan eligió ir solo a la capital con Mitsume Yazura. Aunque fuese un error, no es culpa tuya
—¡Pero debí hacer algo! —protestó Kubinashi—. Cuando empezamos nuestra misión de espionaje en la capital, no podía creérmelo, hasta que vi las fotos de la anfitriona actual de Hagoromo Gitsune. ¿Entendéis lo que debió sentir el Segundo cuando la vio? ¿Cuando la sostuvo en sus brazos? Y justo después de que hubiese creído encontrar el amor otra vez...
Los cinco amigos agacharon la cabeza. Se habían conocido gracias a Rihan, el carismático Segundo General del Clan Nura. Habían sido su fuerza de choque, sus hombres de confianza, sus camaradas en la paz y en la guerra. Desde su desaparición ocho años atrás, sentían que algo les faltaba. Si al menos Nura Rihan hubiese dejado un heredero, aún habrían tenido una esperanza a la que aferrarse. Pero no les quedaba nada más que sus lazos de amistad.
—Rihan no quería la guerra. Por muy dolido que estuviese, no habría aprobado esto —dijo Kappa con resignación—. Pero ya no era el mismo desde que aquello ocurrió. Y no me refiero a lo de hace 16 años, que conste. Su pena venía de mucho tiempo atrás.
—Cierto —murmuró Kubinashi—. La era dorada de nuestro clan empezó y terminó con ella. Si aún estuviese viva, seguro que ella habría detenido esta estúpida guerra. Incluso su suegro, el Nurarihyon, la habría escuchado.
Kejoro pasó un brazo por encima de su compañero.
—Pobre Yamabuki Otome —musitó la mujer cabellera.
—Pobre Rihan —añadió Kubinashi.
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En el interior de la principal casa de té de Shimabara reinaba una actividad frenética. El consejero Mokugyo Daruma estudiaba planos de la ciudad con los lugartenientes del clan. Entre ellos Gyuki del monte Nejireme era el más activo a la hora de dar consejos sobre los planes de batalla. El pequeño cuervo Karasu Tengu volaba de aquí para allá acarreando informes, mientras el cíclope Hitotsume Nyudo presumía ante un grupo de capos afines sobre cómo la guerra iba sobre ruedas gracias a él. Entre tanto lugarteniente, no faltaban ayudantes y servidores de rango inferior que hacían todas las tareas pesadas.
Ajeno al ajetreo de abajo, el Nurarihyon descansaba en el piso superior de la casa de té. O al menos lo intentaba. Un sirviente le trajo una bandeja de comida, casi cruda. El General Supremo la miró con asco, pero tras despedir al sirviente se llevó un bocado a la boca. No tenía apetito, pero necesitaba aumentar sus fuerzas si quería enfrentarse a Hagoromo Gitsune cara a cara.
Una voz gélida le interrumpió.
—Tenemos que hablar, Nurarihyon.
El General Supremo suspiró. Retiró su atención de la bandeja de comida y se volvió hacia la mujer de pelo azul y kimono blanco que se apoyaba en la pared de enfrente.
—Hola, Setsura. No te he oído llegar —la saludó el Nurarihyon de mala gana.
—Venía a hablar de mi hija. Aún sigue desaparecida, Nurarihyon —dijo la Yuki-onna sin ambages—. Pero veo que ahora estás entretenido con otra cosa. ¿Es eso lo que yo creo que es?
La dama de las nieves señaló la bandeja de comida. El General Supremo la apartó a un lado sintiéndose violento, como un niño travieso al que han pillado con las manos en la masa. Sin embargo, cuando alzó la cabeza su mirada era tan orgullosa como siempre.
—No me juzgues, Setsura. Como si tú no tuvieras una larga lista de humanos muertos en tu conciencia —dijo el Nurarihyon en actitud retadora.
—No lo niego. Los humanos son frágiles y mueren con facilidad —se encogió de hombros la Yuki-onna. A fin de cuentas, no faltaban leyendas de hombres que habían conocido la perdición de labios de las damas de las nieves—. ¿Pero qué hay de aquel joven General Supremo que pensaba convertirse en el Señor del Pandemónium sin más ayuda que la fuerza de sus brazos y la lealtad de sus camaradas? Aquel hombre no se habría rebajado a comer ikigimo.
—Los sueños no duran cuando te haces mayor —repuso el Nurarihyon. No tenía ganas de hablar más, pero su compañera no estaba dispuesta a ceder.
—¿De verdad crees que Rihan aprobaría lo que estás haciendo por él? —insistió Setsura. Como no obtuviera respuesta, decidió arriesgarse y preguntar—: ¿Qué diría Yohime si estuviese aquí?
De repente, el Nurarihyon estalló. La Yuki-onna se vio de pronto pegada a la pared, con las fuertes manos del General Supremo sobre ella. Pero no había ira en su mirada, sino una profunda desesperación.
—¡Yohime está muerta! ¿Me oyes, Setsura? ¡Muerta! —gritó el Nurarihyon, más enfadado consigo mismo que con su subordinada—. ¡Y lo único que me quedaba de ella que no fuese el polvo de su tumba está ahora atrapado en el limbo por culpa del Nue y la zorra de su madre! ¡Haré lo que sea para salvarlo! ¡Lo que sea!
Entonces el General Supremo se dio cuenta de que estaba sujetando a Setsura contra la pared. Se apartó de ella, visiblemente avergonzado. En la mirada de la Yuki-onna se reflejaban el reproche y la compasión a partes iguales, pero se quedó donde estaba. El General Supremo volvió a sentarse en su sitio de antes con la cabeza gacha. Cuatro siglos de alegrías y sinsabores pesaban sobre su espalda.
—Rescataré a mi hijo, Setsura, y castigaré a los que le hicieron mal. Ya habrá tiempo después para pagar mis deudas.
La hermosa Yuki-onna no contestó. Simplemente se retiró a las escaleras. Mientras bajaba, pensó: "Tsurara, vuelve pronto". Setsura había visto algo que no le había gustado en los ojos de su antiguo amado. Por primera vez en cuatrocientos años, el Nurarihyon tenía miedo, miedo de fracasar en el último momento.
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Fuera de la casa de té, en un rincón apartado junto a un canal de agua, se estaba manteniendo una reunión sumamente discreta. Por un lado, Minagoroshi Jizo, líder de la facción Tres Ojos del Clan Nura después de que su antiguo líder, Mitsume Yazura, hubiese desaparecido en Kioto ocho años atrás. Por otro lado, un yokai ninja con cara de calavera. Había aparecido envuelto en fuegos fatuos sin que ningún vigilante se hubiese percatado de su presencia.
—Bien, Anzan. ¿Qué noticias me traes del exterior? —preguntó Minagoroshi Jizo, intentando aparentar calma. Sus dos ojos principales se mantenían cerrados, como siempre, pero su gigantesco ojo rojo de la frente miraba en todas direcciones, como si temiese ser espiado. Incluso el pájaro carroñero que solía llevar al hombro parecía más inquieto de lo habitual.
—El señor Encho ha encontrado un candidato fácilmente manipulable en Shikoku. Si todo marcha bien, pronto tendremos a la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de nuestra parte —informó el tal Anzan.
—Excelente. Esos tanuki nos serán útiles. Pronto necesitaremos más marionetas —sonrió Minagoroshi Jizo mostrando los pocos dientes que aún le quedaban—. Tengo al Clan Nura comiendo de mi mano. Cuando los Abe y los Nura se hayan matado entre sí, haremos lo mismo con el resto de clanes del país. Cuando nuestro señor regrese, será el amo de la Oscuridad sin tener que hacer nada. Estos yokai de la vieja era son todos unos estúpidos.
—¿Yo también soy un estúpido, Minagoroshi Jizo? —preguntó una voz a su espalda.
El vejestorio se dio la vuelta. Ante él estaba Mokugyo Daruma, consejero principal del clan. Se mantenía en una posición hierática, reflejo de su pasado como figura votiva encantada. Aunque entrado en años, seguía siendo un veterano de las antiguas guerras del Nurarihyon. Minagoroshi Jizo dio un paso atrás.
—Consejero Daruma, ¿qué hacéis aquí? No deberíais haberos molestado en... —dijo el viejo desdentado con nerviosismo, pero su interlocutor le cortó enseguida.
—Basta de juegos. He visto que os habéis ausentado sin permiso de la reunión y cuando me tomo la molestia de buscaros, ¿con qué me encuentro? ¡Con una conspiración! —exclamó Mokugyo Daruma iracundo—. Decidme, Minagoroshi Jizo, ¿quién es ese señor vuestro del que habláis? Porque está claro que el Nurarihyon no es.
Minagoroshi Jizo estaba nervioso, pero intentó recomponerse. Empezó a hablar con una voz suave y arrulladora, mientras su gran ojo rojo brillaba con un resplandor mortecino.
—No sabéis lo que decís, señor Daruma. No habéis visto nada, no habéis oído nada, sólo hemos mantenido una charla amigable como buenos camaradas del Clan Nura.
Se paró cuando la espada de Mokugyo Daruma apareció a centímetros escasos de su cara
—¡Vuestro sucio truco de hipnosis no funcionará conmigo, Minagoroshi Jizo! Gyuki me avisó de vuestros poderes y de que algo olía a podrido en vuestro pasado. En el Clan Nura nos enorgullecemos de no prejuzgar a nadie, pero me temo que no sois más que un traidor —dijo el consejero encolerizado—. Ahora espero que vos y vuestro sirviente me acompañéis sin rechistar. El General Supremo querrá tener unas palabras con los dos.
—¿Los dos? Je, je, je —se rió Minagoroshi Jizo—. Habéis contado mal, señor Mokugyo Daruma.
El consejero principal abrió mucho los ojos. Por desgracia, era demasiado tarde para reaccionar. La punta de una lanza naginata, le atravesó de parte a parte. Soltó su espada. Mientras una neblina roja envolvía su mirada, tuvo tiempo de ver a su asesina. La chica parecía una tengu, pero sus alas negras eran más pequeñas. Su cara estaba envuelta en bandas de tela con extrañas letras indescifrables escritas en ellas. Sólo mechones de su cabello verde oscuro y sus ojos carmesíes quedaban expuestos a la vista de los demás.
Mientras agonizaba, Minagoroshi Jizo se acercó a él.
—Soy un hombre previsor, señor Daruma. No he sobrevivido todos estos siglos para que me sorprenda ahora un muñeco inútil —le dio una patada al yokai caído—. Qué lástima, tendré que informar que un asesino de los Abe ha entrado en Shimabara. Conseguí ahuyentarlo, pero el pobre consejero Daruma murió sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo.
—Maldito seas... —masculló Mokugyo Daruma antes de expirar.
Tras comprobar que el consejero estaba muerto de verdad, Minagoroshi Jizo se volvió hacia la asesina que oportunamente había llegado para salvarle.
—Buen trabajo, Yosuzume —alabó el traidor. La chica de alas negras hizo una inclinación respetuosa, sin salir de su mutismo—. Un entrometido menos. Ya falta poco para que nuestro sueño se cumpla. ¡Ni Abe ni Nura! ¡Nosotros seremos los amos de la Oscuridad en la nueva era! ¡Por el Clan de las Cien Historias! ¡Por Sanmoto Gorozaemon!
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Mansión Abe
Las horas pasaron. La mañana dejó paso a la tarde. La noche se acercaba, al igual que la promesa de una batalla final entre los yokai de Kioto y Kanto. Mientras tanto, dos figuras envueltas en capas negras se aproximaron con ciertos reparos a la Mansión Abe. Una de ellas, la más alta, parecía estar luchando consigo mismo.
—Ryuji, siento muchos yokai cerca. ¿Por qué me has dicho que no acabe con ellos? —preguntó el chico de pelo castaño—. Estoy seguro de que podría.
—Olvídalo, Mamiru —suspiró su compañero resignado—. Ya oíste al viejo: debemos recoger a Yura, reunirnos con Akifusa y su equipo y luego marchar al segundo sello. Los yokai de Kioto no son nuestro objetivo. Hoy no, por lo menos.
—Pero Ryuji —insistió Mamiru—, tú siempre dices que los yokai son el negro absoluto y que nosotros somos el blanco absoluto. Que debemos hacer justicia exterminando yokai, no importa la situación. ¿Por qué ahora no?
El joven onmyoji de pelo negro le miró entornando los ojos.
—A mí tampoco me hace gracia este pacto de no agresión, Mamiru. No acepto las escalas de grises. Pero hoy tenemos peces más gordos que pescar —Ryuji apretó los dientes—. ¡Maldita sea! Todo es culpa de la tonta de mi hermana. Ni siquiera tendríamos que estar aquí si no se hubiese ido a jugar a la casa de la vieja viuda negra. Cuando la encontremos, se va a enterar de lo que es bueno.
—Estás preocupado por Yura —dijo Mamiru. No era una pregunta. Ryuji masculló algunas palabras ininteligibles por respuesta.
Los dos onmyoji se acercaron a la puerta de entrada del recinto, ahora hecha jirones por culpa del ataque de Tsuchigumo. Para su sorpresa, se encontraron con una concurrencia de yokai que discutían airadamente entre ellos. Ryuji reconoció a varios, como el Gran Tengu del monte Kurama y el oni Kidomaru. Los dos veteranos del Clan Abe y varios de sus seguidores mantenían una agria conversación con un grupo de yokai extraños que Ryuji no había visto nunca.
—¡Somos de Tono! ¡No respondemos ante nadie! —exclamó el joven vestido con ropas ainu y armado con hoces—. Ya pedimos perdón por nuestro error, ¿no es así? También les estamos agradecidos por haber tratado las heridas de Reira y Dohiko, pero nosotros nos vamos ahora a matar a ese monstruo.
—Y yo os repito, kamaitachi, que estáis cometiendo un error —dijo el Gran Tengu con voz cansina—. Deberíais informar a vuestros compañeros de que nadie vence a Tsuchigumo a pura fuerza de orgullo. Os aplastará.
—¡Que lo intente! —ladró otro yokai de cabello rubio y brizna de hierba en la boca—. Itaku, Amezo y yo sabemos lo que hacemos. ¡Sois vosotros los que sois unos cobardes! ¿Vais a dejar que ese Tsuchigumo se salga con la suya? ¿Tan bajo han caído los yokai de Kioto?
Kidomaru hizo un amago de desenvainar su katana.
—¡Cómo te atreves! —se indignó el antiguo líder oni—. A nosotros nos guía el deber, no la emoción del momento. En ausencia de nuestra temida Hagoromo Gitsune, nos debemos al joven heredero. A menos que sea absolutamente necesario, no actuaremos sin su consentimiento, y menos para una carga inútil contra el enemigo.
—Es decir, tapáis vuestra incompetencia escudándoos detrás de un niño —comentó Itaku.
Los dos grupos de yokai parecían a punto de llegar a las manos cuando Ryuji carraspeó, exigiendo su atención. Los guerreros de Tono miraron a los recién llegados con suspicacia, sorprendidos al comprobar que no eran yokai, sino humanos. Por su parte, Sojobo, Kidomaru y el resto de los Abe dedicaron a los dos onmyoji una mirada de irritación.
—Siento la interrupción. Me encantaría ver cómo os matáis entre vosotros, monstruitos, pero tendrá que ser en otro momento —Ryuji esbozó una sonrisa sádica—. Venimos a llevarnos a Yura. Traédnosla o dejadnos pasar para buscarla. Lo que sea, pero rápido, que tenemos prisa. Quizás no os habéis enterado, pero tenemos que matar a unos cuantos yokai antes de que termine esta noche.
El Gran Tengu examinó de arriba abajo a los dos onmyoji con evidente displicencia.
—Ah, sí, Keikain Ryuji y Keikain Mamiru. He oído hablar de ustedes. No muy bien, me temo —hizo memoria el anciano consejero—. Como bien deberían saber, señores exorcistas, nadie viene a la Mansión Abe realizando exigencias. Al contrario que la señorita Yura, ustedes no tienen permiso para entrar en esta casa. Ella es nuestra huésped. Si la amiga del joven señor desea marcharse, lo hará por su propio pie, no porque nos lo haya ordenado un par de invitados indeseados.
Ryuji frunció el ceño. No había contado con que los yokai de Kioto se tomasen su papel de anfitriones tan en serio. Quizás era su orgullo, que les obligaba a hacer un desaire a los Keikain incluso en tan graves circunstancias. O quizás querían hacer feliz a su joven señor tratando bien a una de las pocas amigas que tenía. En cualquier caso, Ryuji no tenía tiempo que perder en tonterías y así se lo hizo saber a los Abe.
—Mirad, si por mí fuera, ni siquiera utilizaría a la torpe de mi hermana. Pero hay gente por encima de mí que no está de acuerdo, así que me la voy a llevar sí o sí —amenazó el joven onmyoji—. Por lo que he oído, ese Tsuchigumo os dio una paliza de campeonato y ahora no tenéis arrestos para enfrentaros a la realidad. Muy bien, mientras os escondéis aquí como los cobardes que sois, nosotros los Keikain nos encargaremos de Tsuchigumo, Nurarihyon y todo aquel que se ponga en nuestro camino.
Ryuji detuvo su retahíla cuando se percató de que Itaku, el kamaitachi de Tono, esbozaba una sonrisa sardónica.
—¿De qué te ríes, yokai? —exigió saber el exorcista de pelo negro.
—Son grandes palabras para un humano —contestó Itaku abruptamente—. Los Abe han caído muy bajo, pero por lo que sé los onmyoji de hoy en día son incluso más insignificantes. Haríais mejor en apartaros y dejar que los profesionales se encarguen de esto.
Mamiru parecía a punto de saltar sobre el kamaitachi, pero su compañero le contuvo.
—Y supongo que los profesionales sois tú y esos dos engendros de ahí atrás, ¿no? —Ryuji señaló a Awashima y Amezo, que resoplaron con indignación.
—Mejor que unos bebés que no podrían matar ni a una mosca —replicó Itaku.
Esta vez Ryuji no pudo contener a Mamiru.
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Rikuo se despertó con el sonido de un follón lejano resonando en sus oídos. Había soñado muchas cosas, ninguna de ellas especialmente agradable. El encuentro con Nura Rihan ocho años atrás, el triste funeral por su padre, la sombra ominosa de Tsuchigumo golpeándolo, pulverizándolo, reduciéndolo a la impotencia mientras era obligado a contemplar cómo su madre era secuestrada por su enemigo... Entonces abrió los ojos y se dio cuenta de que no había sido un sueño.
Rikuo se enderezó. Le dolía todo el cuerpo. Sus heridas eran reales. Tsuchigumo le había derrotado. Y ahora tenía a su madre prisionera.
—¡Es verdad! —Rikuo prácticamente saltó de su colchón, sobresaltado—. ¡Tengo que rescatar a mamá!
—¿Rikuo? —murmuró de repente una voz soñolienta.
El joven señor de los Abe se volvió. Al lado de su cama reposaban Yura y Tsurara. La Yuki-onna y la onmyoji parecían haber dormido la una apoyada en la otra. El agitado despertar de Rikuo las había sacado de su sueño. Las dos chicas se frotaron los ojos, tan en sincronía que parecían hermanas gemelas, y entonces sonrieron entusiasmadas.
—¡Rikuo! ¡Estás bien! —exclamó Yura, contenta pese a arrastrar unas ojeras de campeonato.
—El Gran Tengu nos dijo que tenías un cuerpo muy resistente y que no nos preocupáramos, pero... —Tsurara dejó inacabada la frase, mostrando un alivio sincero por la rápida recuperación de su amigo.
—¿Cómo es que estáis aquí? —se extrañó Rikuo. Una parte de él también había esperado, con una punzada en el corazón, que Tsurara hubiese vuelto con los suyos. En cuanto a Yura, el muchacho se la imaginaba con su familia.
—Soy tu amiga de la infancia —Yura cruzó sus brazos, en una postura de absoluta seriedad—. ¿Creías que te iba a abandonar a tu suerte sólo porque tu familia son yokai? ¡Para nada!
—¡Yo también soy tu amiga! —exclamó Tsurara con pasión—. No podía dejarte solo... No después de lo que pasó anoche. Siento mucho lo de tu madre, Rikuo.
Al joven señor se le quedó la boca seca. No sabía qué decir. Sus amigas lo miraban como si esperasen que de un momento a otro se fuese a echar a llorar. No era para menos. Mirase donde mirase, Rikuo sólo podía ver dolor y destrucción. La adrenalina que había sentido al despertar se estaba evaporando. Ahora sólo le quedaba el amargo regusto de la derrota. Aún más doloroso era contemplar cómo muchos de los heridos en la sala se acercaban a él, dándole sus condolencias y pidiendo perdón por no haber evitado el secuestro de Wakana. La expresión compungida de Kyokotsu le hizo más daño que un puñetazo de Tsuchigumo.
"¿Por qué me piden perdón?", se preguntó Rikuo, atenazado por la culpabilidad. "Soy yo quien les ha fallado. No pude hacer nada cuando Tsuchigumo atacó a los míos o cuando se llevó a mi madre. Mi abuela jamás hubiese caído tan bajo".
Tanto Yura como Tsurara se percataron de las tribulaciones de su amigo e intentaron animarlo.
—Entiendo lo que te pasa, Rikuo —dijo Tsurara, mientras le cogía de la mano—. Sé lo que es un combate de "miedos". Cuando un enemigo rompe tu "miedo" te sientes agotado, pierdes toda la confianza en ti mismo, crees que no puedes continuar. ¡Pero tú eres fuerte, Rikuo! Si te concentras, puedes superarlo.
Sin embargo, el joven señor seguía con la cabeza gacha.
—¿Y después qué? Tsuchigumo es demasiado fuerte —señaló Rikuo abatido—. Lo siento, Tsurara. Lo siento, chicos. Yo... No pude hacer nada. Presumí mucho ante la abuela, pero a la hora de la verdad sólo soy una carga.
Harta de ver cómo el muchacho se regodeaba en la autocompasión, Yura se levantó y, para sorpresa general, le arreó un buen mamporro a su amigo de la infancia.
—¿A qué ha venido eso, Yura? —preguntó Rikuo, entre asombrado y enfadado.
—¿No se supone que eres el hijo de Abe no Seimei? ¿El joven señor de los yokai de Kioto? ¡Pues actúa como tal! —la joven onmyoji le apuntó con un dedo acusador—. Yo también he oído hablar de las batallas de "miedos". ¿Sabes qué más he oído? Que el "miedo" de un gran yokai depende del "miedo" de sus subordinados. Si un líder es un cobarde, sus subordinados también lo serán, pero también funciona al revés —Yura hizo una pausa y le murmuró a Tsurara—: Porque es así, ¿verdad? No me digas que he metido la pata...
—No, no, Keikain tiene razón —corroboró la Yuki-onna—. Si no crees en ti mismo, cree en aquellos que creen en ti. Como tus amigos del Clan Abe, como Keikain... o como yo.
Con un poco de esfuerzo, Rikuo esbozó una sonrisa.
—Gracias, Tsurara, Yura. De verdad. Gracias por ayudarme —dijo el muchacho de todo corazón.
Sus dos amigas se sonrojaron levemente. Sin embargo, Rikuo no tenía tiempo para pensar en eso. Su cerebro iba a mil por hora. Su yo nocturno era un guerrero nato; su yo diurno, un estratega. "Piensa, piensa alguna manera de derrotar a Tsuchigumo", se ordenó a sí mismo. A pesar de los ánimos de sus compañeras, la situación era crítica. Si quería rescatar a su madre y acudir en ayuda de su abuela, tenía que pasar por Shokoku-ji y derrotar a Tsuchigumo. ¿Pero cómo? No tenía tiempo para más entrenamientos, ni tampoco podía pedir refuerzos.
El sonido de la discusión de fuera se fue haciendo más intenso, lo cual estorbaba su concentración. Miró por la ventana un tanto disgustado.
—¿Pero qué está pasando ahí fuera? —se preguntó en voz alta Rikuo.
—Ay, creo que es culpa mía —se lamentó Yura—. Desde aquí estoy viendo a Ryuji, y ese otro debe ser mi primo Mamiru. Seguro que han venido a recogerme y el tonto de mi hermano debe haber montado algún lío.
—Creo que no es sólo culpa de los onmyoji —se apresuró a añadir Tsurara—. Algunos de los Tono están también allí. Creo que antes han dicho que iban a atacar a Tsuchigumo por su cuenta, pero el Gran Tengu no estaba de acuerdo. Quizás han querido salir y no les han dejado.
—Estúpidos —masculló Yura con desaprobación—. Por lo que he visto, un puñado de yokai solos no pueden hacer nada contra ese Tsuchigumo.
—¿Y un puñado de onmyoji solos podrían? —la picó Tsurara, un poco ofendida.
Las dos chicas estaban a punto de discutir de nuevo cuando Rikuo se interpuso entre ellas. Sorprendentemente, el muchacho estaba exultante.
—¡Eso es! ¡Ya tengo la solución! —exclamó él.
—¿Solución? ¿Qué solución? —repitieron Yura y Tsurara muy extrañadas.
—Venid conmigo y lo sabréis —contestó enigmáticamente el joven señor.
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El caos se había desatado junto a la puerta del recinto. Por un lado, los guerreros de Tono. Por otro, los onmyoji Keikain. Y entre los dos. los yokai del Clan Abe. El Gran Tengu, Kidomaru y los demás estaban intentando poner un poco de orden, pero su paciencia se estaba agotando.
Afortunadamente, antes de que pudieran lamentarse daños personales, apareció Rikuo con Yura y Tsurara. Les seguían los pasos aquellos yokai que aún podían moverse, como Kyokotsu y Gashadokuro. El pobre Hakuzozu y otras decenas de miembros del Clan Abe se habían tenido que quedar quietos en la improvisada enfermería de la mansión.
—Por favor, dejad de pelear —pidió Rikuo con serenidad—. Así sólo malgastáis energías. Nuestro verdadero enemigo es otro.
Los grupos enfrentados pararon, pero más por la sorpresa de la llegada de Rikuo que por sus palabras en sí. Es más, Ryuji escupió al suelo con desprecio.
—Habla por ti, chaval. Yo aquí sólo veo un montón de monstruos que no deberían existir. Pero no importa. Veo que te has traído a la estúpida de mi hermana pequeña, así que ahora nos iremos y os dejaremos de dar la lata. Ven, Yura —Ryuji le hizo un gesto imperioso a su hermana para que fuese con él. Sin embargo, la chica de pelo negro no se movió de su sitio.
—¡Deja de ser tan maleducado, Ryuji! —exclamó Yura con energía—. Rikuo sólo quiere ayudar.
—¿Ayudar? —bufó su hermano mayor—. Los Keikain nos ocuparemos de arreglar los platos rotos, como siempre. Akifusa nos espera, Yura. No tenemos tiempo que perder.
—Ni trescientos exorcistas juntos podrían acabar con Tsuchigumo —interrumpió Itaku, hablando con absoluta seriedad—. O al menos no la clase de exorcistas que he visto. No tenéis la fuerza bruta suficiente para acabar con ese monstruo. Y lo mismo vale para el Clan Abe. Después de lo que vimos durante nuestro ataque, está claro que estáis demasiado oxidados. Es la verdad.
Itaku no había hablado con intención de herir. Simplemente era un guerrero profesional, directo y sin pelos en la lengua. Por desgracia, ni los Keikain ni los Abe se tomaron a bien sus palabras. Parecía que iba a volver a repetirse el mismo follón de antes.
—Seguís sin aprender a controlar vuestra insolencia, yokai de Tono —censuró Kidomaru, acariciando la empuñadura de su espada—. A este paso, las disculpas no os salvarán de nuestra ira.
—Tal vez los ayakashi de Kioto sean unos perdedores y los Keikain no tengamos fuerza bruta —intervino Ryuji, ignorando a los demás, como si aquella discusión fuera sólo entre Itaku y él—, pero al menos los onmyoji tenemos un plan.
—¿Y qué plan es ese? —preguntó Rikuo de repente.
Ryuji se quedó mirando al joven señor con extrañeza. Habituado como estaba a las pullas y a la ironía, no creía que la curiosidad de Rikuo fuese sincera. Sin embargo, el muchacho le miraba con ojos claros y decididos. El hermano mayor de Yura suspiró.
—Si lo quieres saber, nieto de Hagoromo Gitsune, estamos intentando crear una nueva barrera dentro de la ciudad, utilizando los mismos lugares en los que Seimei colocó sus sellos —contestó Ryuji finalmente—. No será tan fuerte como la barrera original, pero servirá para contener a los invasores.
—¿Es posible eso? —preguntó Rikuo, dirigiéndose al Gran Tengu del monte Kurama.
El anciano consejero del Clan Abe se atusó su larga barba blanca, pensativo.
—En teoría sí —asintió Sojobo—. Los yokai de Kioto estamos ya acostumbrados a vivir dentro de una barrera, pero el Clan Nura no. Podrían ser expulsados o encerrados dentro de una zona determinada de la capital. Es una buena estrategia. Por desgracia, por muchos sellos que pongan, cualquier barrera será inútil sin el templo de Shokoku-ji o el castillo Nijo.
—Lo sabemos —reconoció Ryuji a su pesar—. Por eso los Keikain estamos preparando una ofensiva contra Tsuchigumo. Si no lo quitamos de en medio, todos nuestros esfuerzos habrán sido en vano.
Itaku iba a volver a repetir que los Keikain no estaban a la altura de la situación, pero para sorpresa de todos fue Rikuo el que dijo:
—Perderéis.
Aquello irritó a Ryuji. Incluso Yura estaba un poco mosqueada, pero decidió confiar en Rikuo. Su amigo de la infancia sabía lo que hacía.
—Chaval... —empezó a decir Ryuji en tono amenazante, pero Rikuo le cortó enseguida.
—Yura me ha hablado muchas veces de lo buenos que son los onmyoji de la familia Keikain. No lo dudo. Aún así, te pido que me mires a los ojos y me afirmes con total seguridad que vuestros exorcistas pueden solos contra Tsuchigumo.
Ryuji dudó. Enseguida se oyeron las risitas condescendientes de Awashima y Amezo, pero entonces Rikuo se volvió hacia los yokai de Tono.
—Antes hemos combatido y he visto de lo que sois capaces, guerreros de Tono. Sin duda sois grandes luchadores, incluso mejores que la mayoría de mis camaradas del Clan Abe, por mucho que me duela admitirlo —dijo el joven señor, escogiendo sus palabras con tacto—. Pero vosotros solos tampoco podréis vencer a Tsuchigumo, y menos cuando vuestro número está reducido a la mitad. Es la verdad.
A Itaku no se le pasó por alto que Rikuo estaba usando las mismas palabras que él. Por eso contuvo a Awashima y Amezo cuando estos intentaron encararse con el joven señor de los Abe. Antes de responder, quería saber qué se proponía el nieto de Hagoromo Gitsune con aquella conversación.
—Mi clan tampoco está en las mejores condiciones —admitió Rikuo—. A mi alrededor sólo veo heridos. Yo también estoy herido. Creía poder vencer a todos los enemigos yo solo, pero ahora comprendo que estaba equivocado. Soy muy joven. Tengo mucho que aprender. Pero no tengo tiempo. Mi abuela lucha contra el Nurarihyon en el castillo Nijo. Mi madre... —aquí a Rikuo se le quebró un poco la voz—, mi madre está atrapada en las garras del monstruo que ha destrozado a los míos. Tengo que liberarla, pero yo solo tampoco puedo con Tsuchigumo.
Tanto los Abe, como los Keikain y los yokai de Tono se miraron entre sí, sintiéndose incómodos. Orgullosos como eran, no estaban habituados a confesiones de debilidad.
—Sin embargo —Rikuo elevó la voz—, Yura y Tsurara me han mostrado que la fuerza no depende de uno solo. ¿No lo entendéis? Ni los Abe, ni los Keikain, ni los Tono podemos vencer por separado. Juntos, en cambio, podríamos acabar con Tsuchigumo de una vez y para siempre.
Por desgracia, su idea no pareció entusiasmar a sus oyentes.
—¿El nieto de Hagoromo Gitsune nos pide ayuda? ¡Pero bueno! ¡Menuda cobardía! —rezongó un airado Awashima.
—Chaval, hasta ahora te he aguantado porque eres amigo de Yura y porque tu sangre es más gris que negra, pero si piensas que voy a ir de la mano con un hatajo de fantasmas y demonios, estás muy equivocado —dijo Ryuji con desprecio.
—Joven señor, creo que no es el momento de adoptar una estrategia diplomática. Si me permitís, tengo algunas sugerencias que... —intentó hacerle cambiar de parecer el Gran Tengu, pero Rikuo tenía muy claro lo que quería.
—¡Escuchadme todos! —ordenó Rikuo con voz imperiosa, haciendo que sus oyentes dejaran de poner pegas por un momento—. No estoy pidiendo que olvidéis las viejas ofensas o que os pongáis a recibir órdenes de mí. Al contrario, yo seré vuestro servidor. Todos tenemos cosas que queremos proteger. Quizás no sean las mismas, pero si no podemos protegerlas, ¿de qué sirve nuestro poder? Aunque sólo sea por una noche, os lo pido humildemente, ¡compartamos juntos el mismo objetivo! ¡Derrotemos a Tsuchigumo!
Rikuo se arrodilló ante los presentes. No se movió. Un silencio espeso sofocó el ambiente, hasta que Tsurara se adelantó con valentía.
—¡Yo estoy con Rikuo! —exclamó la Yuki-onna con convicción—. Aunque pertenezca al Clan Nura, aunque tenga permiso para volver con los míos, no soy una desagradecida que olvida los favores recibidos. Rikuo me salvó la vida y la señora Wakana siempre fue amable conmigo. ¡Haré todo lo que pueda para liberarla!
—¡Yo también estoy con Rikuo! —se sumó Yura sin dudar—. Aunque yo sea una onmyoji, no pienso dejar tirado a mi mejor amigo cuando más me necesita. Además, Ryuji, ¿qué dice siempre el primo Akifusa? "Lo que importa no es la familia, sino la ciudad". Voy a ayudar a mi amigo y a mi ciudad, ¡y nadie me lo va a impedir!
La joven onmyoji miró a su hermano mayor, retándole a contradecirla. Ryuji se rascó la cabeza con frustración.
—¡Agh! ¿Cómo te las arreglas para meterte siempre en líos, Yura?
Por su parte, los yokai de Tono trataron de hacer entrar en razón a Tsurara.
—¿Qué es eso de ayudar al nieto de Hagoromo Gitsune? —se enfadó Awashima—. ¡No puedes hacer eso! Juramos que te llevaríamos sana y salva al Nurarihyon, pero también tenemos el deber de castigar a Tsuchigumo por lo que le hizo a nuestros compañeros. ¡No nos obligues a elegir entre una cosa o la otra, por favor!
—¡Pues no elijáis! —contestó Tsurara—. ¡Venid conmigo! Estoy segura de que Rikuo puede conseguirlo.
Awashima parecía a punto de tirarse de los pelos. Se giró hacia Itaku, confiando en que el kamaitachi lograse convencer a la testaruda Yuki-onna. Sin embargo, el líder de los yokai de Tono se encogió de hombros.
—Qué le vamos a hacer —suspiró Itaku con resignación. Se volvió hacia Rikuo, enarbolando una de sus hoces de batalla—: Hijo del Nue, te acompañaremos. ¡Pero que quede bien claro que no te juraremos lealtad ni intercambiaremos sakazuki contigo! Simplemente tenemos un enemigo común. Además, si la Yuki-onna de los Nura va con vosotros, será mejor que estemos cerca. Vosotros sois demasiado débiles para protegerla.
—Gracias —respondió Rikuo con alegría contenida. No preguntó qué era eso de "intercambiar sakazuki", pero le daba igual. ¡Los yokai de Tono habían aceptado su plan!
Aún faltaban los Keikain. Mamiru seguía igual de inexpresivo que siempre, pero Ryuji se debatía en un terrible dilema. En el fondo le habría gustado mandar al infierno a todos aquellos yokai. Su hermana era una completa ingenua si creía que se podía confiar en ellos, aunque sólo fuera por un momento. "Si no fuese amiga del nieto de la zorra y si hubiese recibido un entrenamiento como dios manda, no sería tan crédula", pensó Ryuji. Sin embargo, por otra parte, su mente de estratega le decía que Tsuchigumo estaba por encima de su categoría y que la mejor manera de evitar bajas entre los Keikain era dejar que los yokai lo ablandasen antes de darle el toque de gracia.
—¡Vale, vale, ya lo pillo! —alzó las manos Ryuji, en son de paz—. Si tantas ganas tenéis de ser carne de cañón, por mi de acuerdo. Ya me las arreglaré para convencer a Akifusa. Pero sólo por esta noche, ¿está claro?
Mamiru no dijo nada, pero seguiría las órdenes de Ryuji sin rechistar. Yura sonrió. Había decidido acompañar a Rikuo sola si hacía falta, incluso tenía preparado un as en la manga que había entrenado en secreto durante los últimos meses, pero no quería verse ante la difícil tesitura de tener que elegir entre amigos o familia.
El Gran Tengu se adelantó, apoyando la punta de su bastón khakkhara en el suelo.
—Esto me enseñará a no dudar del poder de la juventud —sonrió el anciano consejero afectuosamente—. Como siempre, los tengus del monte Kurama están a vuestra disposición para lo que necesitéis, señor Rikuo. Y seguro que no somos los únicos, ¿verdad?
Una horda de demonios del Clan Abe vitoreó las palabras del consejero principal. Habían recuperado la confianza tan rápido como la habían perdido, pues tal era la voluble naturaleza de los yokai. Rikuo lo sabía, pero aún así les estaba muy agradecido. Ellos le daban fuerza, y por ellos lucharía. Y por su abuela, y por su madre, y por sus amigos.
"Espérame, mamá", se dijo Rikuo. "Pronto te rescataré".
Los yokai y los tres onmyoji se prepararon para partir. Primera parada: reunirse con el grupo de exorcistas de élite liderado por Akifusa. Segunda parada: el templo de Shokoku-ji y la pelea contra Tsuchigumo.
Entre el ajetreo de los preparativos, nadie se fijó en una figura solitaria que salió por la puerta principal. Nadie salvo el Gran Tengu del monte Kurama, que discretamente voló hasta interponerse en su camino.
—¿A dónde creéis que vais, Kidomaru? —le espetó Sojobo al espadachín oni, que mantuvo la calma a pesar de haberse visto sorprendido.
—Espero que no penséis que estoy huyendo. Voy a ayudar al joven señor —respondió escuetamente Kidomaru.
El Gran Tengu enarcó una ceja, incrédulo.
—Sé lo que pretendéis —dijo el venerable consejero—. Así sólo conseguiréis mataros.
—Mi muerte estuvo decidida hace tiempo —sonrió Kidomaru—. Vos y yo sabemos que Tsuchigumo no será derrotado tan fácilmente como cree el joven señor, ni siquiera con esa sorprendente alianza que ha montado. Intentaré hacer todo lo que pueda para desgastarlo. Luego, que sea lo que los dioses quieran.
Sojobo se apartó, un poco a regañadientes. Antes de que el espadachín oni se perdiese en el ocaso, le preguntó:
—¿Merece la pena?
Kidomaru se detuvo. Hizo una pausa antes de responder:
—He visto cómo el joven señor ha crecido hasta convertirse en un líder de guerreros. Aunque aún le queda mucho por aprender, ahora estoy seguro de que el futuro del clan va por buen camino. Mis temores son cosa del pasado. No me arrepiento de nada. Y vos tampoco deberíais arrepentiros, Gran Tengu. El joven señor os necesitará.
Y sin decir más palabra, Kidomaru se marchó en dirección al templo de Shokoku-ji.
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Castillo Nijo
Ibaraki-Doji flexionó sus brazos y sus piernas. Bien, parecía que el maldito Nurarihyon no había dañado ningún nervio vital. Los médicos de la fortaleza le instaron a mantenerse en reposo, pero el líder oni los echó a un lado bruscamente. No tenía tiempo para chorradas sanitarias. El sol se estaba poniendo y con él la breve tregua que les había concedido el General Supremo de los Nura. Pronto, las tropas de Kanto se lanzarían al asalto contra el nuevo castillo Nijo.
De camino al consejo de guerra, Ibaraki-Doji se cruzó con su camarada Shokera.
—Celebro verte en buena forma, Ibaraki-Doji —le saludó el yokai cristiano—. Supongo que lo que dice el refrán es cierto, ¿no? "Mala hierba nunca muere".
—No estoy de humor para tus bromitas, meapilas —gruñó el oni—. Mi espada pide sangre a gritos, así que no me des la vara o serás el primero en mi lista.
—Qué violencia —Shokera chasqueó la lengua con desaprobación—. Espero que no alteres a nuestra santa señora, Ibaraki-Doji. Bastante tiene con las noticias que han llegado desde la mansión.
Su camarada frunció el ceño. O al menos lo frunció más de lo que era habitual en él.
—¿Todavía no se sabe si el joven señor está vivo o muerto?
—No —Shokera meneó la cabeza con pesar con pesar mientras se llevaba su crucifijo a los labios—. El cerco del Nurarihyon se ha cerrado sobre nosotros. Nadie puede entrar ni salir. La energía negativa en el aire también hace imposible usar la tecnología humana. Estamos a oscuras. Nuestro joven señor podría estar muerto o vivo, pero en todo caso es muy difícil que obtengamos refuerzos de la mansión. Estamos solos.
—Bah, no sería la primera vez —se encogió de hombros Ibaraki-Doji—. Vamos a ver a Hagoromo Gitsune.
Tras subir varios pisos, repletos de guerreros yokai preparándose para la inminente batalla, los dos lugartenientes del clan llegaron al salón donde se estaba reuniendo el consejo de guerra. Era idéntico al lugar desde el cual Lady Yodo había regido los destinos de los Toyotomi cuatro siglos atrás. Esta vez, sin embargo, no hacían falta disfraces: Hagoromo Gitsune dirigía la reunión con mano de hierro, mientras monstruos de todas clases atendían sus órdenes sin rechistar. A su lado, Kyokotsu, el jefe de la facción cadáver, ejercía de mano derecha.
Hagoromo Gitsune dirigió una sonrisa cómplice a Ibaraki-Doji cuando le vio llegar.
—¿Estás listo para la batalla, Ibaraki-Doji? Esta noche hay muchas cabezas que necesitan ser cortadas —dijo la señora de los yokai de Kioto.
—No me perdería esta fiesta por nada del mundo —contestó el líder oni secamente.
De repente, entraron en tromba en la sala de consejos un grupo de guerreros alarmados. Ibaraki-Doji y Shokera tuvieron que hacerse a un lado para dejarles pasar.
—¡Señora Hagoromo Gitsune! ¡Ha empezado! —exclamaron los recién llegados.
—¡Al mirador, rápido! —ordenó la kitsune sin pérdida de tiempo.
La Señora del Pandemónium y sus leales lugartenientes subieron un piso más arriba, a una balconada desde la que se podía contemplar los alrededores de la fortaleza. Como buen ejemplo de arquitectura tradicional japonesa, el nuevo castillo Nijo conjugaba a la vez belleza con funcionalidad. Asomados al mirador, Hagoromo Gitsune y su séquito pudieron contemplar así lo que se avecinaba.
—¡Tropas al servicio del Nurarihyon marchan sobre nosotros desde las cuatro direcciones! —clamó uno de los vigilantes, aunque lo cierto era que la estampa hablaba por sí misma.
Hordas de yokai de Kanto avanzaban por las calles, todos con rumbo al castillo Nijo. Eso solo ya habría sido preocupante, pero además la flota de barcos voladores de los Nura estaba descendiendo sobre la fortaleza. El General Supremo pretendía lanzar un ataque masivo, como un tsunami arrasador. Gracias a su vista de raposa, Hagoromo Gitsune pudo distinguir a la esbelta figura que se apoyaba sobre la proa del Takarabune, el buque insignia.
—Nurarihyon —masculló la kitsune con odio visceral.
—¡Sin miedo, guerreros de Kanto! —arengó el Nurarihyon a sus hombres. Su voz estentórea resonó por toda la zona—. ¡Ahí está el castillo Nijo! ¡Conquistadlo en nombre del Clan Nura! ¡Matad a Hagoromo Gitsune! Si lo conseguís, mi sueño se hará realidad. ¡ADELANTE!
El sol se había ocultado. La noche había empezado y con ella la batalla que iba a decidir el destino de Kioto.
Notas adicionales:
Bueno, ya dije que haría una segunda actualización antes de que acabase mayo, y aquí está. Los exámenes y la entrega de trabajos están empezando ahora, pero cuando terminen tendré (en teoría) más tiempo libre para continuar con la historia. Pero como sé que casi nadie se interesa por las desventuras de los escritores, me conformaré con dar las gracias a mis lectores y a las maravillosas personas que se toman la molestia de reseñar. Desde Suki90 y Lonely Athena, la lista se ha ido alargando más de lo que creía posible. ¡Gracias a todos!
* Aunque haya nubes negras no hay suficiente energía negativa en el aire como para que Rikuo y los demás mantengan su forma yokai durante el día. Eso sólo fue posible en el canon cuando el primer sello fue destruido; aquí aún está intacto.
* No está claro en el canon si el yokai ninja Anzan es un sirviente personal de Minagoroshi Jizo o un miembro más de los yokai de Kioto. Para hacer el relato más interesante, he optado por el primer caso.
* En el libro oficial de personajes se revela que las letras escritas en las vendas de Yosuzume son de un supuesto "alfabeto de zorros" que muy pocos saben leer. ¿Qué dicen? Nadie lo sabe.
* En el canon Rikuo tuvo tiempo para entrenar porque Hagoromo Gitsune iba a tardar días en dar a luz. Pero el Nurarihyon es un guerrero de los que atacan de frente. No va a asediar el castillo Nijo durante días. Rikuo tiene que contraatacar con lo que tiene.
* Me encantan las (pocas) ocasiones en las que el Rikuo diurno puede hacer gala de su habilidad como diplomático, estratega y manipulador. He indagado en todas ellas (incluidas algunas recientes del manga) para construir las conversaciones de este capítulo. Siempre que sea posible, quiero evitar momentos OOC.
Próximo capítulo: "El ejército desgarrador".
