Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Tras el amargo sabor de la derrota, Rikuo se recupera gracias a sus amigas Yura y Tsurara. Consigue formar una alianza temporal con los yokai de Tono y con Ryuji y Mamiru para vencer a Tsuchigumo. Mientras, el Nurarihyon ataca con todas sus fuerzas el castillo Nijo.


El ejército desgarrador

Akifusa se estaba impacientando. Llevaba horas esperando a Ryuji. El nieto de Hidemoto 27º y futuro heredero de la familia Keikain tenía que traer a su hermana Yura y a su primo Mamiru para preparar el gran ataque contra Tsuchigumo. Akifusa no quería mezclar a la pequeña Yura en aquel asunto, pero el patriarca de los Keikain había insistido.

"¿No confía en mí?", susurró una voz traicionera en su oído. Akifusa la desechó enseguida. El orgullo era un vicio. Sólo el deber importaba.

El heredero de los Yaso no tuvo que esperar mucho más. Por la calle que conducía al templo de Shokoku-ji aparecieron las inconfundibles figuras de Ryuji y Mamiru, ataviados con sendas capas negras. Akifusa les recibió con un cierto tono de crítica en su voz:

—Ryuji, Mamiru, habéis tardado. Ya sé que Hidemoto os ha encargado el sellado del lugar tras la derrota de Tsuchigumo, pero necesito que estéis atentos a los planes de batalla. ¿Y dónde está Yura? ¿No debíais traerla con vosotros?

Akifusa tenía la esperanza de que Ryuji hubiese sido sensato por una vez y hubiese apartado a su hermana pequeña del peligro. Yura aún era una niña. Incluso si su energía espiritual era enorme, no debía cargar aún con tan graves responsabilidades. Para su irritación, sin embargo, su primo Ryuji pasó completamente de él para centrar su atención en el resto de sus acompañantes.

—¿Tres personas? ¿Eso es todo lo que ha mandado el viejo para acabar con Tsuchigumo? —Ryuji chasqueó la lengua, disgustado.

En efecto, a Akifusa sólo lo acompañaban Masatsugu, heredero de la rama Fukuju de la familia Keikain, y Pato, de la rama Aika. El primero se ajustó las gafas, acusando el insulto velado de Ryuji, mientras el segundo, con las piernas cruzadas, flotaba alegremente en el aire gracias al poder del amuleto que llevaba colgado al cuello.

—¡Ja, ja, ja, no te enfades, primo! —se rió Pato—. ¡Ya verás, aplastaremos a ese Tsuchigumo en un santiamén!

—Lo que Pato quiere decir es que para poder llevar a cabo el sellado de la barrera, primero tenemos que derrotar a Tsuchigumo. Lo sabes tan bien como nosotros, Ryuji —dijo Masatsugu, manteniendo su compostura—. Lo que quizá no sabes es que hemos ideado el plan definitivo para acabar con ese monstruo.

—En efecto —se adelantó Akifusa, muy animado—. Tras años de investigación, he desentrañado las técnicas secretas de los Yaso. Unidas a las barreras mágicas de los Fukuju y los shikigami de los Aika, tenemos todas las herramientas que necesitamos. Si a eso añadimos tu pericia con las trampas y el poder de Mamiru, podríamos derrotar a la mismísima Hagoromo Gitsune en persona.

Si Akifusa creía poder convencer a Ryuji con aquel discurso, estaba muy equivocado. El joven onmyoji de pelo negro meneó la cabeza e hizo una mueca de disgusto.

—No seáis tan ilusos. Ni aunque tuviéramos el Hagun a nuestra disposición podríamos derrotar a Tsuchigumo tan fácilmente como creéis. Y menos aún a la vieja viuda negra. Por suerte para vosotros, he traído refuerzos.

—¿Refuerzos? ¿Qué refuerzos? —preguntó Akifusa extrañado.

Por toda respuesta, Ryuji señaló a su espalda. En aquel momento, una horda de yokai de todas las clases y colores apareció en la calle. Akifusa, Masatsugu y Pato se pusieron en guardia, pero su tensión amainó un poco cuando vieron que la mayoría de aquellos ayakashi pertenecían al Clan Abe. Aunque rara vez se encontraban con ellos, todo onmyoji Keikain debía aprender a distinguir a los yokai de la capital.

Más sorprendente si cabe fue ver a Yura a la cabeza de aquella comitiva.

—¡Akifusa! —le saludó alegremente la muchacha. Luego se fijó en sus acompañantes—: ¡Los primos Masatusugu y Pato también están aquí1 ¿Venís a luchas contra Tsuchigumo?

—Yura, ¿se puede saber qué haces con estos yokai? —preguntó el heredero de los Yaso con seriedad.

La joven onmyoji notó un ligero tono de censura en la voz de su primo. Tragó saliva. Akifusa era su pariente favorito con diferencia y había aprendido mucho de él en los últimos meses. Lo último que quería hacer era decepcionarlo. El joven albino siempre hablaba del deber, pero también compartía con Ryuji la idea de que los yokai eran el mal absoluto y merecían ser exterminados.

—¡Son amigos! —explicó rápidamente Yura, señalando con grandes gestos a la Procesión Nocturna que tenía detrás—. Bueno, no, en realidad no son amigos, ¡pero odian a Tsuchigumo tanto o más que nosotros! Por eso esta noche nos echarán una mano.

—Yura, eres demasiado confiada —frunció el ceño Akifusa. A su lado, Ryuji dirigió una sonrisa de suficiencia a su hermana pequeña, pero su primo se volvió hacia él—. Tú tampoco estás libre de culpa, Ryuji. ¿Qué se supone que estáis haciendo, aliándoos con criaturas de la oscuridad? ¿Quién dice que no preferirán ayudar a los suyos y apuñalarnos por la espada cuando llegue la hora? No, librémonos de ellos. Este problema debe ser resuelto por las armas sagradas de la familia Keikain.

—¡Akifusa, por favor, escucha! —exclamó Yura, al notar que algunos yokai, especialmente los guerreros de Tono, parecían a punto de contestar a las palabras de su primo—. A mí tampoco me hace gracia luchar junto a estos horribles yokai. No me fío de ellos, sólo de Rikuo, pero seguro que si hablas con él entenderás que... que... ¡Ah!

Yura pegó un brinco, sorprendida, cuando Rikuo apareció junto a ella. Por desgracia, no se trataba del chico normal y corriente que conocía tan bien, sino que se había transformado en su forma de yokai. Su cuerpo de guerrero, su cola de zorro, su largo cabello blanco y sus ojos rubíes contrastaban con su apariencia humana exactamente como la noche y el día. El kitsune sonrió de manera socarrona.

—¿Qué pasa, Yura? ¿Acaso no me habías llamado? —se hizo el inocente Rikuo, dándole unas palmadas en la cabeza. La pobre Yura, que ya era bajita de por sí, parecía que iba a encoger aún más.

—¡Agh, quítame las manos de encima, maldito yokai! —se apartó la chica enseguida—. ¡No me gustan esos aires de chulo que tienes! ¡Por mucho que seas Rikuo, aprende a comportarte!

—Exacto, chaval —asintió Ryuji—. Aquí el único que tiene derecho a sacar de quicio a mi hermana soy yo.

—Eso es lo que yo... ¿QUÉ? —explotó Yura.

Mientras Yura amenazaba con aplastar a los dos maliciosos chicos bajo las patas de su shikigami elefante, Akifusa suspiró. Comprendía las razones de Yura y creía adivinar las de Ryuji, aunque él no compartía el pragmatismo de su primo. El mundo era blanco o negro. Usar a yokai contra yokai no era su estilo. Sin embargo, cualquiera decía que no a aquella marabunta de ayakashi que querían cobrarse una pieza de Tsuchigumo. Al final dio su brazo a torcer.

—Está bien, pero no me hago responsable de lo que pueda pasar. Si algún yokai estorba en nuestros ataques, morirá igualmente —anunció el heredero de los Yaso.

Ni a los Abe ni a los guerreros de Tono pareció importarles mucho aquella condición. Los dos grupos de onmyoji y yokai partieron, los exorcistas un poco más adelantados y manteniendo las distancias, incluida Yura, que prefería no volver a discutir con el Rikuo nocturno. El joven señor se quedó rezagado, musitando cosas para sí. Hacer rabiar a Yura había sido una agradable distracción, pero había un asunto que le carcomía. De repente, notó que la temperatura bajaba a su lado.

—¿Qué te preocupa, Rikuo? —preguntó Tsurara con cierta timidez. La Yuki-onna había dejado a un lado su uniforme de sirvienta y volvía a lucir el kimono blanco que le era tan familiar. Por alguna razón parecía sentirse un poco cohibida ante el Rikuo kitsune.

—Es Kidomaru —confesó el muchacho con gravedad—. Se marchó antes de que partiéramos a Shokoku-ji.

—¿Crees que os ha traicionado? —preguntó Tsurara con un hilo de voz. Por experiencia, sabía que hablar de traiciones era un tema delicado para Rikuo. Sin embargo, el chico negó con la cabeza.

—Al contrario. Su sentido del honor y la lealtad es tan elaborado que creo que va a cometer una estupidez —contestó Rikuo, apretando los dientes—. Quiere cumplir su sentencia.

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Shokoku-ji

El antiguo templo budista aún mostraba las cicatrices de la brutal batalla que había sostenido Ibaraki-Doji contra los invasores Nura. A pesar de que el recinto estaba destrozado, ningún miembro de los servicios públicos de limpieza se había personado allí para recoger los escombros, ni los arquitectos municipales habían acudido para comprobar los daños que había sufrido el monumento histórico. La ciudad de Kioto estaba aterrada y en Shokoku-ji en particular se olía un miedo mayor que en ningún otro lugar, salvo el castillo Nijo.

Tsuchigumo había establecido su base en el templo donde había sido encerrado por Seimei cuatro siglos atrás. El gigante de cuatro brazos estaba sentado con las piernas cruzadas, bebiendo ávidamente una enorme jarra de sake. No parecía poner mucha atención a su prisionera, la señora Abe no Wakana.

La madre de Rikuo estaba atada con una cuerda y colgada del techo cual estrambótico adorno navideño. La pobre mujer presentaba magulladuras en la cara, fruto de la resistencia que había opuesto al ser capturada. Ahora estaba inconsciente y su mente vagaba por recuerdos de una vida más feliz, cuando su hijo no luchaba por su vida y su marido aún seguía vivo.

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Doce años y varios meses atrás...

Las luces de Kioto refulgían como un escaparate de joyas bajo el manto estrellado de la noche. Inadvertidos por los humanos, un grupo de yokai voladores recorría el cielo nocturno. A la cabeza de la patrulla iba el mismísimo Nue, montado sobre un dragón serpentino. A su lado, abrazándolo, estaba Wakana.

Con expresión solemne, el señor de los yokai de Kioto señaló con un gesto la ciudad que se extendía bajo ellos.

Esta es la herencia que quiero dejar a nuestro hijo. Una capital perfecta de luz y oscuridad —dijo Abe no Seimei—. La sangre de nuestro hijo será más humana que yokai, al igual que este mundo cada vez más luminoso. No sé si querrá seguir mis pasos o vivir como un humano, pero me gustaría que él decidiera por sí mismo lo que quiere ser. Una vez se entra en el mundo de los ayakashi, no hay vuelta atrás.

¡Oh, vamos, Seimei, estás poniendo cara seria otra vez! Desde que me quedé embarazada, no paras de hablar sobre herencias, clanes, lores del Pandemónium y no sé cuántas cosas más —protestó Wakana. Luego esbozó una de sus cálidas sonrisas—. ¡Tienes que sonreír más! ¡Venga, por favor! La felicidad llega a los que sonríen, ¿sabes?

Como Seimei parecía confuso, Wakana le cogió las comisuras de sus labios y tiró de ellas hasta dibujar el amago de una sonrisa. El señor de Kioto suspiró y sonrió, esta vez de verdad.

¡Eso es! —aplaudió Wakana como una niña pequeña—. ¡Más sonrisas, más sonrisas!

¿Seguro que eres humana? A veces te pareces más a una kitsune que mi propia madre —dijo Seimei, enarcando una ceja.

No es para tanto —se ruborizó la joven de pelo castaño—. Hablando de Kuzunoha, ¿es imaginación mía o últimamente se ha vuelto un poco más amable conmigo? Hace ya dos semanas que no he caído en alguna de sus trampas.

Seimei se rascó la cabeza, un poco incómodo.

Ya sabes que no le gustó nuestra boda, pero creo que la idea de tener un nieto ha ablandado su oscuro corazón —aventuró el Nue con una sonrisa de zorro. Luego apoyó una mano en el regazo de Wakana—. Mi corazón tampoco ha sido el mismo desde que te conocí. Una vez juré que te protegería. Ahora juro también que haré todo lo posible por llevar la felicidad a nuestro hijo, no importa los sacrificios que tenga que hacer.

La joven señora Abe hizo un mohín de disgusto.

Tu madre tiene razón. Eres demasiado serio —Wakana chasqueó la lengua. Después le entró un ataque de risa al ver la cara de su marido—: No te lo tomes todo tan a pecho, Seimei. ¡Venga, otra vez! ¡Sonríe!

Y Seimei sonrió. Porque con Wakana cerca, era imposible dejar de sonreír.

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Poco a poco, Wakana salió de su inconsciencia. Se sorprendió al hallarse suspendida del techo del templo de Shokoku-ji, pero más aún cuando vio a su gigantesco captor.

—Tú eres... eres... —murmuró la mujer de pelo castaño.

—¿Oh? —Tsuchigumo dejó en el suelo su jarra de sake—. Vaya, así que ya te has despertado. Mejor. Un cebo sólo funciona si está vivo.

—¿Cebo? —repitió Wakana, aún medio aletargada—. ¿Qué quieres decir?

—Está muy claro, mujer. Quiero tener una buena pelea con el hijo de Seimei, pero el chico necesita motivación para dar el todo por el todo. Conociendo al padre, seguro que ese crío vendrá a buscar a su madre hecho una furia —explicó Tsuchigumo alegremente, mientras un escalofrío recorría el cuerpo de Wakana—. Sin embargo, ya se ha hecho de noche y aún no ha aparecido. Qué decepción.

La mujer suspiró aliviada. Antes prefería ser abandonada en las manos de aquel matón que permitir que su hijo arriesgase la vida por ella. Por eso sintió pánico cuando la puerta del templo saltó hecha añicos y una figura apareció en el vano. Tsuchigumo se preparó enseguida para una pelea, pero se detuvo al reconocer al intruso.

—Ah, si eres tú, Kidomaru —dijo el gigante, dándole de nuevo la espalda al ex-líder oni—. Piérdete, ya jugué bastante contigo en su día. Hoy sólo quiero luchar con ese joven señor tuyo.

—El señor Rikuo vendrá, no te preocupes —repuso Kidomaru gravemente—. No obstante, tú y yo pelearemos antes.

—No eres Seimei —señaló Tsuchigumo con calma, encendiendo su pipa—. Y estás muy viejo, espadachín. No me servirías ni de aperitivo.

—Aún así, insisto. Tengo un juramento que cumplir.

Kidomaru se adelantó, enarbolando sus dos katanas. Por su parte, Tsuchigumo suspiró con indolencia, pero dejó su pipa a un lado y se aprestó a combatir. Antes de empezar, empero, Kidomaru se dirigió a Wakana, que observaba la escena con asombro.

—Mi señora, por favor, os sugeriría cerrar los ojos. Lo que está a punto de ocurrir no es apto para un alma bondadosa como la vuestra —le pidió el espadachín oni. A continuación, clavó sus katanas en el suelo del templo—. Ven a mí, Rashomon.

Y el mundo se volvió blanco.

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Castillo Nijo

La fortaleza mística que había sustituido al antiguo palacio de los Tokugawa en Kioto estaba siendo asaltada por hordas de yokai de Kanto. Mientras monstruos y demonios trataban de atravesar infructuosamente las defensas inferiores del castillo, la flota de barcos voladores del Nurarihyon atacaba por el aire. Por desgracia para los asaltantes, el Clan Abe había tomado buena nota de la derrota de su patrulla aérea y se había preparado para una eventualidad así.

—¡Fuego! —ordenó Kyokotsu, el jefe de la facción cadáver.

Varios cañones dispararon a la panza de uno de los barcos voladores de los Nura. Una vez, y luego otra, y otra, hasta que la nave, incapaz de aguantar tanto castigo, se estrelló contra el suelo, aplastando de paso a un montón de sitiadores.

—Esta vez no me cogerás desprevenida, Nurarihyon —sentenció satisfecha Hagoromo Gitsune, observando el transcurso de la batalla desde una de las balconadas del castillo.

Los Nura habían dado un golpe maestro la noche anterior al privarles de la patrulla aérea y lanzar ataques coordinados en varios puntos de la ciudad a la vez. Varios templos habían caído, incluyendo el segundo sello de Shokoku-ji, y los hanamachi se habían convertido en bases del enemigo. Sin embargo, Hagoromo Gitsune no había dicho su última palabra. Ella había visto la guerra de primera mano, desde el conflicto civil de Genpei hasta el periodo Sengoku. De ese último había aprendido las maravillas de las nuevas tecnologías. Arcos, lanzas y espadas estaban bien, pero hasta un clan yokai milenario debía reconocer los beneficios de tener una batería de cañones, aunque fueran viejas reliquias anteriores a la Restauración Meiji.

El Nurarihyon no había contado con aquel contratiempo. Había creído que su superioridad aérea bastaría para doblegar a los defensores.

—¡Maldita sea! —masculló el General Supremo, soltando una sarta de improperios—. ¿Por qué no luchan como yakuza? ¡Eso es hacer trampa, vieja zorra!

Ciertamente, los enfrentamientos entre yokai se solían dirimir con duelos de "miedo", no con armamento bélico, pero el líder Nura tampoco iba a censurar a su enemiga por utilizar cualquier medio a su alcance para vencer. A fin de cuentas, él era el Nurarihyon, el demonio tramposo por excelencia. Sin embargo, su frustración crecía y crecía al ver que las defensas del castillo Nijo resistían. Si llegaba el día sin haber tomado la fortaleza, el Clan Nura se encontraría en una posición muy vulnerable.

—No podemos seguir así —murmuró el Nurarihyon.

Hitotsume Nyudo, un poco asustado, sugirió:

—Deberíamos llamar a los refuerzos de Gyuki.

—No —contestó tajantemente el Nurarihyon.

—¿Por qué no?

—Gyuki es nuestra última baza. Su misión es cubrirnos las espaldas por si llegan refuerzos de la zorra o, peor aún, Tsuchigumo se vuelve en nuestra contra. Prefiero arriesgarme a un ataque frontal contra Hagoromo Gitsune antes que dejar nuestra retaguardia indefensa. Soy impulsivo, no estúpido —dijo el General Supremo, meneando la cabeza—. Hay que buscar otra solución.

Hitotsume Nyudo calló, pero ni él ni el resto de los lugartenientes del clan tenían la solución que pedía el Nurarihyon. Tal vez Mokugyo Daruma hubiese hallado la respuesta, pero el consejero principal había asesinado por sicarios de los Abe... o eso habían creído todos. El traidor Minagoroshi Jizo observaba la escena, sin perder su torcida sonrisa a pesar del castigo que estaban recibiendo los Nura.

De repente, el Nurarihyon se acercó a la proa, se agachó y dio unas palmadas amistosas a la madera.

—Oi, Takarabune, viejo amigo, ¿me escuchas?

En las velas del barco volador aparecieron unos enormes ojos pintados.

—A vuestras órdenes, General Supremo.

—Necesito que me hagas un favor. No te voy a mentir, es algo muy difícil, y puede que ni tú ni yo salgamos de una pieza. ¿Estarías dispuesto? —preguntó el Nurarihyon con cara seria.

—¡Cualquier sacrificio es poco por el General Supremo! —respondió el barco viviente sin dudar.

—Escucha, esto es lo que vamos a hacer...

Abajo, en el castillo, Hagoromo Gitsune contemplaba con satisfacción el curso de la batalla. Las defensas resistían. La flota voladora del Nurarihyon estaba siendo derribada, aunque fuera un proceso arduo y lento. Era demasiado vieja y había visto demasiadas cosas como para considerarse una optimista, pero se permitió abrigar esperanzas. Quizás la fuerza de los Nura no era tanta como había temido. Quizás pudiera conservar intacto el legado de Seimei sin tener que lamentar grandes bajas. Por desgracia, sus ilusiones se hicieron añicos enseguida.

—¿Qué pasa? ¿Qué estáis mirando todos? —preguntó Hagoromo Gitsune intrigada, al ver que sus servidores alzaban la mirada. Los imitó. Entonces gruñó—: Oh, por los dioses, ese hombre debe estar mal de la cabeza...

El Takarabune había dejado de lanzar bombas desde arriba y ahora cargaba directamente contra el castillo Nijo, en rumbo de colisión. Las tropas Nura que iban a bordo se aferraban como podían a la cubierta, o bien se apelotonaban en las estancias interiores. Sólo el Nurarihyon, orgulloso como él solo, permanecía de pie en la proa, riéndose con confianza suicida.

—¡Adelante! —gritó el General Supremo de los Nura.

—¡Al suelo! —ordenó Hagoromo Gitsune a los suyos.

El impacto fue catastrófico. Aunque el Takarabune estaba hecho de madera, seguía siendo un misil de varias toneladas. Abrió un boquete en las defensas del castillo Nijo, provocando de paso que varias secciones de la fortaleza se derrumbasen. El Takarabune no había escapado indemne; su proa había saltado hecha astillas y su quilla había sido dañada. Sin embargo, el trabajo estaba hecho. Los Nura habían entrado en el castillo.

—Ese asqueroso Nurarihyon... —masculló Hagoromo Gitsune mientras se reincorporaba. Tanto las tropas del Takarabune como yokai del exterior estaban penetrando ahora en el castillo por la brecha abierta.

—¡Vamos allá! —exclamó el General Supremo, liderando él mismo a sus lugartenientes—. ¡Un último esfuerzo y el castillo será nuestro! ¡Mi sueño se hará realidad!

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Shokoku-ji

Nadie habría dicho que en el templo budista de Shokoku-ji se hubiese vivido una nueva batalla. Las marcas del anterior enfrentamiento seguían allí, pero ninguna otra violencia había dañado los delicados muros del santuario. Sin embargo, cuando la dimensión del Rashomon espiritual desapareció, Tsuchigumo apareció sangrando y sujetando uno de sus brazos, cortado a la altura del hombro.

—Vaya, el bueno de Kidomaru estaba menos oxidado de lo que creía —comentó un jadeante Tsuchigumo. Sonreía, pero las heridas recibidas le habían hecho más daño del que esperaba.

—¿Lo has... lo has...? —tartamudeó Wakana, todavía colgada del techo.

—Sí, mujer, lo he matado —respondió el gigante sin andarse con rodeos. Señaló un bulto en el suelo—. Un auténtico samurai. No quería parar hasta morir. ¡Ja! Luchar no es ganar o perder, es sólo diversión, como compartir una comida con otras personas. Pero el viejo Kidomaru no lo entendía así. Una lástima.

Wakana miró el cuerpo ensangrentado que yacía a los pies de Tsuchigumo, pero apartó la mirada enseguida. Su secuestrador la ignoró. Examinó sus heridas, especialmente su brazo cortado, exactamente su miembro superior derecho.

—A ver si puedo coserme este brazo antes de que lleguen... ¡Oh!

En la puerta del templo se había presentado un ejército. Yokai del Clan Abe, muchos heridos pero todos ardiendo en deseos de luchar; yokai de Tono, un poco apartados de sus correligionarios de Kioto; onmyoji de la familia Keikain, que aún miraban con desconfianza a sus aliados temporales; y al frente de todos ellos Rikuo en su forma nocturna, blandiendo su Ichibi no Tachi. A su lado, Tsurara y Yura montaban guardia, listas para pelear.

—Vaya, hijo de Seimei, te has traído un montón de amigos —observó Tsuchigumo—. ¿Tantas ganas tenéis de que os muela a palos! ¡Por mí encantado!

—No me llamo "hijo de Seimei", Tsuchigumo —replicó el muchacho con frialdad—. Mi nombre es Abe no Rikuo. Y esta vez seré yo el que te derrote a ti.

—¡Rikuo! —gritó su madre asustada—. ¿Qué haces aquí?

—Rescatarte. ¿No lo ves? —dijo el chico, como si fuera lo más obvio del mundo.

A un gesto del joven señor, dos yokai aparecieron junto a Wakana y la liberaron de sus ataduras. Tsuchigumo no interfirió. No necesitaba a aquella mujer. El cebo ya había cumplido su papel.

—Siento haber tardado tanto en venir —dijo Rikuo, un poco avergonzado mientras su madre le abrazaba.

—No importa, no importa... ¡Pero tienes que irte! Tsuchigumo ha... ha matado a Kidomaru —murmuró Wakana, señalando con un gesto al cuerpo tendido en el suelo.

Rikuo cerró los ojos con pesar. Había temido aquel resultado desde que Sojobo le dijese que Kidomaru había decidido partir solo a luchar contra Tsuchigumo. El espadachín quería cumplir su juramento de morir luchando en defensa del clan. Lo había conseguido y, de paso, había hecho un daño notable a Tsuchigumo. Herido y con un brazo menos, el gigante no parecía tan imbatible como antes.

—No te preocupes, mamá. Yo me encargo —aseguró Rikuo, dejando a su madre al cuidado de Kyokotsu y Gashadokuro. Luego se encaró con Tsuchigumo.

—Tienes agallas, chico, sobre todo después de la última paliza que te di —comentó distraídamente su enemigo mientras vaciaba una jarra de sake en su gaznate—. Has dicho que te llamas Abe no Rikuo, ¿no? Sí, sí, el viejo Kidomaru repitió muchas veces tu nombre mientras peleábamos. Pero a menos que te hayas sacado de la manga una nueva técnica invencible, no podrás conmigo.

Tsuchigumo arrojó su gigantesca jarra de sake a los pies de Rikuo. El chico ni se inmutó, a pesar de que varios trozos de la jarra le golpearon. Tsurara y Yura se adelantaron, ávidas de enfrentarse a aquel monstruo, pero Rikuo las detuvo.

—Me temo que no tengo ningún ataque nuevo, Tsuchigumo —dijo pausadamente el joven señor—. Pero tengo algo mucho más poderoso.

—¿El qué?

—Amigos. Aliados. Entre todos, te vamos a vencer.

Entonces Tsuchigumo se dio cuenta de que había sido rodeado por todo el ejército que había venido con Rikuo. Ni siquiera se molestó en preguntar cómo se las había arreglado el joven señor para juntar a yokai del Clan Abe, guerreros de la aldea oculta de Tono y exorcistas Keikain. "Control mental, amenazas, dinero o algo así, seguro", pensó él. La idea de que antiguos enemigos pudieran compartir un objetivo común no cabía en su mente.

Y entonces le llovieron los ataques.

—¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡Tensa Zangetsu!

—¡Voz del viento, grulla resplandeciente! ¡Fusei Kakurei!

—¡Pistola de agua de envío al más allá! ¡Yomi Okuri, Yura MAX!

—¡Seis cuchillos de viento! ¡Rera Makiri Iwanpe!

—¡Mezcla shikigami! ¡Señor de la palabra! ¡Gyogen!

Cada ataque por sí sólo no hacía más que un daño insignificante a Tsuchigumo. Por desgracia para el gigante, venían uno detrás de otro y no paraban. Le estorbaban, le confundían y le causaban nuevas heridas. Parecían haberse puesto todos de acuerdo, como un enjambre de avispas enfurecidas. Los únicos que estaban un poco descoordinados eran Akifusa y su patrulla, los últimos en enterarse y los más asombrados al ver el plan de Rikuo en funcionamiento.

—¡Estamos venciendo! —celebró Awashima, que volvía a ser una mujer.

—Sí —repuso simplemente Mamiru, concentrado en enviar descargas eléctricas a las piernas de su colosal enemigo.

—¡No os distraigáis! —les recriminó el Gran Tengu—. No podemos dejar que Tsuchigumo recupere la iniciativa.

Poco a poco, Tsuchigumo fue retrocediendo. El combate contra Kidomaru le había debilitado más de lo que creía y la pérdida de uno de sus brazos también era un obstáculo. Su lado derecho era el que más castigo estaba recibiendo. Entonces, por primera vez en siglos, Tsuchigumo hincó una rodilla en el suelo.

—¡Su energía está menguando! —observó Masatsugu sin terminarse de creer lo que estaba sucediendo.

—¡Perfecto! —celebró Akifusa—. Los yokai han hecho su trabajo. Es hora de poner en marcha nuestro plan.

—¿Eh? —Ryuji les dirigió una mirada de reojo.

—Barrera de estilo Fukuju —recitó Masatsugu—. Dentro y fuera de la capital, pantalla dorada polifacética. Rakuchu rakugai zenhoui kynbyobu.

Una enorme cúpula dorada envolvió el lugar en el que estaba Tsuchigumo, dejando a los yokai y a Yura fuera. Sólo Masatsugu, Pato, Mamiru, Ryuji y el propio Akifusa permanecieron dentro de la barrera.

—¿Pero qué están haciendo? —se enfadó Rikuo. Otros yokai también expresaron sus quejas.

—¡Primo Akifusa! ¡Por favor, déjanos entrar! —Yura aporreó la barrera espiritual, sin éxito.

En el interior de la cúpula dorada, Masatsugu canalizaba su energía a través de un círculo de sellos en el suelo. Como heredero de la rama Fukuju, las barreras mágicas eran su especialidad y aquella era su obra maestra. Pato flotaba en el aire mientras Akifusa sacaba su lanza favorita, una de las hojas exorcistas que él mismo forjaba. Ryuji y Mamiru parecían muy contrariados.

—¿Estás tonto, Akifusa? —le gritó Ryuji—. ¿Acaso crees que ir por tu cuenta es buena idea?

—Exacto. El plan estaba funcionando —señaló Mamiru con tono impersonal.

—No podemos confiar en los yokai para esta tarea —repuso Akifusa sin pestañear—. Tranquilos, mi plan no tiene fallos. Yura está a salvo tras la barrera. Masatsugu la mantendrá todo el tiempo que necesitemos. Pato inmovilizará a Tsuchigumo con su shikigami y yo le daré el golpe de gracia con mi lanza exorcista. Ryuji, tú ocúpate de sellar a Tsuchigumo cuando acabemos con él. Mamiru, protégelo.

A Ryuji le hubiese gustado seguir protestando, pero Tsuchigumo se estaba recuperando del castigo recibido y no había tiempo que perder.

—Bueno, bueno, es un invento muy bonito el vuestro —comentó Tsuchigumo, examinando la barrera con curiosidad.

—¡Calla, malvado yokai! ¡Regresa a las sombras de las que viniste! —gritó Akifusa.

—¡Adelante, mi shikigami! ¡Gomoramaru! —exclamó Pato.

El exorcista convocó a una deidad ceremonial colosal, capaz de rivalizar en tamaño con el propio Tsuchigumo. Tenía un solo ojo, que se clavó en su enemigo con furia. Sin embargo, el monstruo de tres brazos no pareció preocuparse en lo más mínimo.

—¿Ahora me enviáis juguetes? —musitó Tsuchigumo con aburrimiento. Cuando Gomoramaru cargó contra él, se limitó a darle un cabezazo para derribarlo y luego lo despedazó con sus poderosos brazos—. Qué bajo habéis caído los Keikain. Vuestro Hidemoto de hace cuatrocientos años era mucho más divertido.

El humor de Pato se enfrió un poco al ver que su shikigami había sido derrotado de forma tan aplastante, pero luego sonrió. Si el plan A había fallado, aún tenía un plan B.

—¡No lo dejes escapar, Gomoramaru! —ordenó Pato.

Del cuerpo desgarrado del shikigami surgieron cadenas de sellos mágicos que rodearon a Tsuchigumo, impidiéndole moverse. Incluso el gigante estaba sorprendido.

—Sí, Hidemoto Decimotercero fue un genio sin parangón, sólo por detrás del propio Abe no Seimei —dijo Akifusa pausadamente—. Pero aunque hoy no haya un Keikain capaz de usar el Hagun, hemos estudiado y entrenado durante cuatro siglos para crear nuevas técnicas invencibles. Masatusgu te ha aislado con su barrera definitiva, Pato te ha inmovilizado con el más fuerte de nuestros shikigami y yo acabaré contigo con mi arma más poderosa.

Akifusa alzó su lanza. Era un instrumento siniestro, decorado con figuras demoníacas. De repente, las figuras cobraron vida. Cientos de manos diminutas, como zarcillos de hiedra, se fundieron con la carne del heredero de los Yaso, convirtiendo al grácil joven en una espantosa visión más parecida a un yokai que a un humano.

—Lanza de posesión demoníaca. Hyokiso.

Ryuji observó la transformación contrariado. Akifusa rehusó cruzar la mirada con él. Sabía lo que estaba pensando su primo. La posesión demoníaca era una técnica secreta inventada por los Yaso 250 años atrás. Consistía en incorporar un shikigami a una hoja exorcista y luego fusionarlo con el propio cuerpo del onmyoji. Aunque poderosa, se trataba de una técnica que consumía el cuerpo y la mente, así que había sido desechada por ser demasiado peligrosa. Akifusa la había redescubierto y la había perfeccionado, pero sin la autorización del patriarca.

"Aunque Ryuji no esté de acuerdo, dejaré que mi alma se mancille con la oscuridad con tal de defender mi ciudad", se dijo Akifusa.

Tsuchigumo se alegró mucho al ver el nuevo aspecto de su contrincante.

—¡Jo, jo, jo, esto pinta mucho mejor! ¿Y dices que tenéis más técnicas como esas? ¡Perfecto! ¡Ya era hora de que me mostrarais ataques de verdad y no estas porquerías!

Tsuchigumo, casi sin esfuerzo, se liberó de las ataduras mágicas que lo aprisionaban. Pato palideció al ver que los últimos restos de su shikigami desaparecían. Masatsugu y Akifusa también se sorprendieron y Ryuji masculló un improperio por lo bajo. Aquello no pintaba nada bien. Sólo Mamiru permaneció tan imperturbable como siempre.

Tsuchigumo hizo crujir sus nudillos de forma amenazadora.

—¡Vamos a divertirnos!

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Castillo Nijo

Los Nura avanzaban. Perdidas las defensas exteriores, los sitiados del Clan Abe se replegaron hacia el interior de la fortaleza. El Nurarihyon se internó al frente de su séquito, andando tranquilo y despreocupado como si en vez de asaltar un castillo estuviese dando un paseo por el jardín de su casa. Sin embargo, los que lo conocían bien sabían que por dentro la ansiedad le devoraba. Parecía a punto de romper la empuñadura de la Nenekirimaru, tal era la fuerza con la que sujetaba su espada.

Detrás de él venían Setsura, Karasu Tengu, Hitotsume y Hihi, sus camaradas de toda la vida. Tras ellos seguían Kubinashi, Kejoro, Kurotabo, Aotabo y Kappa, los lugartenientes del Segundo General. Y aún más atrás, casi como si temiese arriesgar su piel en la primera línea de batalla, caminaba el escurridizo Minagoroshi Jizo, sonriendo cada vez que veía un cadáver Abe tirado en el suelo.

El Nurarihyon tenía claro su destino: los niveles inferiores del castillo Nijo, donde se encontraba la entrada al Nuega-ike y el primer sello. La liberación de su hijo Rihan estaba cerca. Por desgracia, tuvo que detenerse en seco cuando vio quién venía a su encuentro.

—Vaya, así que Hagoromo Gitsune en persona sale a recibirme. Es un honor —comentó el Nurarihyon. Su voz sonaba alegre y burlona, pero sus ojos destilaban puro odio.

En efecto, la señora de los yokai de Kioto había acudido con su propio séquito. Estaban allí Kyokotsu, Shokera y un recuperado Ibaraki-Doji, amén de una selección de los mejores luchadores que había en el castillo, todos con ganas de pelea.

—Nurarihyon —dijo Hagoromo Gitsune, arrastrando las palabras—. Veo que el gusano yakuza aún no ha aprendido la lección.

—Oh, sí que la he aprendido. Esta vez no me iré sin hacerme un abrigo con tu piel, zorra —contestó el General Supremo, apuntando a su enemiga con la Nenekirimaru.

Hagoromo Gitsune observó el arma exorcista con gravedad. Ya había probado el filo de aquella katana en el pasado y no quería repetir la experiencia. Como buena kitsune, decidió que la mejor estrategia era sacar al Nurarihyon de sus casillas.

—Esa no es manera de hablar a tu nieta, abuelo.

El Nurarihyon no pudo mantener la cabeza fría. Con un rugido, se lanzó sobre Hagoromo Gitsune. Entonces vio cómo su enemiga sonreía confiada y se paró en seco. Su instinto le salvó en el último momento. Antes de que se diera cuenta, un abanico de metal gigante destrozó las paredes, el techo y el suelo, convirtiendo aquella zona del castillo en una escombrera.

—¿Te gusta mi Abanico de las Dos Colas, mi Nibi no Tessen? Es un recuerdo de mi estancia en el Clan Taira —dijo Hagoromo Gitsune, mirando al Nurarihyon y a sus acompañantes con rabia asesina. Luego ordenó a sus subordinados—: Matadlos a todos.

Kyokotsu, Shokera, Ibaraki-Doji y el resto de vasallos del Clan Abe se lanzaron sobre el séquito de los Nura. Kubinashi y los suyos se dispusieron a intervenir, pero para su sorpresa, el Nurarihyon se apartó un instante del combate y se dirigió a ellos.

—Tenemos que ganar la guerra, no una batalla —sentenció el General Supremo cuando los antiguos lugartenientes de Rihan protestaron porque no les dejaba luchar—. Kubinashi, envía a los tuyos y a los hijos de los lugartenientes al Nuega-ike. Asegurad el sitio. Todo lo demás es secundario.

—General Supremo, no podemos romper el sello sin Nenekirimaru —señaló Kubinashi—. Primero hay que acabar con Hagoromo Gitsune.

El Nurarihyon suspiró. El yokai sin cuello tenía su parte de razón.

—Muy bien; Kubinashi, Kurotabo, venid conmigo y ayudadme a vengar a Rihan. El resto, tomad el Nuega-ike. ¡Es una orden! —exclamó el General Supremo. Todos obedecieron sin rechistar. A su alrededor se estaba librando una batalla; no había tiempo para discutir.

Mientras el Nurarihyon se dirigía a luchar cara a cara de nuevo con Hagoromo Gitsune, que estaba arrasando en ese momento el campo de batalla con sus nueve colas, Minagoroshi Jizo apareció a su lado.

—¿Lo tienes todo a punto? —le preguntó el General Supremo entre susurros.

—Sí, mi señor Nurarihyon —asintió el otro—. Esta noche mataréis a Hagoromo Gitsune. Y esta vez la señora de Kioto no resucitará.

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Shokoku-ji

Fuera de la barrera espiritual de Masatsugu, ni Rikuo ni los demás podían ver lo que estaba ocurriendo en su interior. No se veía nada más que sombras vagas en movimiento, y sólo se oían ruidos apagados. Según pasaban los minutos, la adrenalina del combate estaba dando paso al nerviosismo.

—¿Qué estará ocurriendo? —se preguntó en alto Awashima, moviendo de un lado a otro la brizna de hierba en su boca.

De repente, una figura borrosa atravesó de golpe la barrera, haciéndola añicos. El proyectil se estrelló contra el suelo del templo. Yura ahogó un grito.

—¡Akifusa-nii-chan! —gritó la chica al reconocerlo.

El heredero de los Yaso estaba hecho un guiñapo. Aunque aún mantenía su "posesión demoníaca" activada, presentaba los signos de haber recibido una paliza brutal. La causa quedó muy clara cuando la cúpula dorada empezó a derrumbarse a cachos, mientras la ominosa mole de Tsuchigumo aparecía al otro lado. El gigante estiró los brazos, como un deportista después de hacer un calentamiento.

—¡Ha sido un buen aperitivo! ¡Pasemos ahora al plato principal!

Para horror de todos los presentes en el templo, Tsuchigumo agarró varias vigas y postes del edificio y los arrancó de un tirón. Al momento, las paredes y el techo del santuario se derrumbaron sobre ellos. A Tsuchigumo no le importó. Simplemente se sacudió los escombros que se le venían encima como si no fueran más que hojas secas de otoño. Ni Rikuo ni sus compañeros tuvieron tanta suerte. Los que no pudieron salir a tiempo del templo se tuvieron que proteger protegieron la cabeza como buenamente pudieron.

—¡Ryuji! ¡Mamiru! —gritó Yura preocupada. Akifusa había sido lanzado fuera de la barrera, pero de su hermano y del resto de sus primos no sabía nada.

—Tranquila, Yura —Ryuji asomó intacto. Él y Mamiru llevaban consigo a unos inconscientes Pato y Masatsugu—. Tsuchigumo nos ha dado una buena tunda, pero estamos vivos. Por ahora.

Ryuji tenía razones para preocuparse. Tsuchigumo estaba estirando sus piernas. Cada vez que uno de sus pies golpeaba el suelo, provocaba un pequeño seísmo. Estaba claro que se preparaba para otra ronda de destrucción.

—¡A él! ¡Vamos! ¡Repitamos la estrategia de antes! —arengó Rikuo a sus camaradas y aliados. Pero Tsuchigumo tenía otros planes.

—¡Ah, no, esta vez no! ¡Yo también tengo mis trucos!

De la boca de Tsuchigumo salieron enormes hebras de telaraña. A fin de cuentas, aunque con el tiempo había sido asociado a calamidades y desastres naturales, él descendía del honorable clan araña Tsukumo de Kyushu. Aquellos hilos fuertes y pegajosos apresaron a buena parte de los seguidores de Rikuo, dejando al joven señor solo ante el peligro.

—Bien, bien, esta vez tendremos una pelea uno contra uno como los dioses mandan —sonrió Tsuchigumo, poniéndose a a cinco patas y disponiéndose a cargar como un toro de lidia.

—Cuando quieras —respondió Rikuo, mostrando más confianza de la que realmente tenía.

—¡Rikuo! ¡No! —gritó Tsurara, creando una barrera de hielo para protegerlo.

Los esfuerzos de la Yuki-onna no sirvieron para nada. Tsuchigumo atravesó la barrera como si hubiese estado hecha de papel en lugar de hielo afilado. Rikuo intento esquivarlo con una voltereta aérea, pero su rival cargó con las manos por delante, golpeando continuamente. El joven señor no pudo evitar recibir su ración de mamporros. Al final, Tsuchigumo quedó de pie, pavoneándose, mientras Rikuo se arrodilló, escupiendo sangre.

—¿Aún no te has roto? —comentó el gigante, divertido por la obstinada resistencia de su adversario—. Eres un tipo interesante. Aunque deberías ver que, a estas alturas, ni tu Procesión Nocturna ni tus aliados pueden hacer nada contra mí.

—No es... no es mi Procesión Nocturna —contestó Rikuo jadeante—. Es la Procesión Nocturna de mi abuela. Pero hasta que Hagoromo Gitsune regrese, yo cuidaré de ellos. ¡Mientras yo siga en pie, el Clan Abe no será destruido!

—¡Ja, ja, ja! Mírate, pretendiendo ser uno de esos aristócratas de Kioto y apenas puedes hacerme un rasguño si no tienes a otra gente que te ayude —se burló Tsuchigumo—. ¡Ahora verás!

El gigante se preparó para cargar una vez más. El mundo se paralizó. Tanto los Abe como los yokai de Kioto hacían lo imposible para liberarse de la tela de araña. Algunos, como Itaku y Sojobo, estaban a punto de lograrlo, pero no iban a llegar a tiempo para ayudar a Rikuo. Tsurara, con lágrimas de hielo en los ojos, trataba de concentrar su poder helado para un último ataque fútil. Ni ella ni ningún otro yokai tenían suficiente fuerza para detener a Tsuchigumo. Los Keikain aún menos. Sólo Yura había salido indemne.

La joven onmyoji observó como los pies de Tsuchigumo impulsaban a aquel monstruo hacia delante. También vio como Rikuo se preparaba para hacerle frente, de cara, nada de dar la espalda a su enemigo. En su mente, Yura trazaba estrategias, pero ni todos sus shikigami juntos podrían haber vencido a Tsuchigumo.

Necesitaba poder.

La mente de Yura se encendió como una bombilla. Sabía dónde conseguir poder. El problema era que nadie lo había obtenido en siglos. Era una apuesta con todo en su contra, incluso tras haber burlado la vigilancia de Ryuji para curiosear en los libros secretos de la biblioteca. Pero era su única esperanza si quería salvar a Rikuo.

"Dioses del Sinto, dadme fuerzas", rogó Yura. Lanzó un gran número de talismanes de papel, que quedaron sostenidos en el aire trazando un círculo alrededor de ella. Se llevó dos dedos de la mano derecha a los labios.

—¡A mí, mi deidad ceremonial! —Yura cogió aire y gritó con toda la fuerza de sus pulmones—: ¡EJÉRCITO DESGARRADOR! ¡HAGUN!

De la nada surgió un torrente de energía espiritual. Fue tan repentino que que el propio Tsuchigumo detuvo su carga a la mitad, anonadado. Rikuo bajó su espada, igual de sorprendido. A la espalda de su amiga de la infancia habían surgido varios esqueletos vestidos con ropas de onmyoji. De ellos venía aquella abrumadora energía espiritual.

Por su parte, Ryuji observó la escena sin decir una palabra. Su primo Akifusa fue más expresivo. A pesar de sus graves heridas, se incorporó utilizando su lanza como bastón y miró a Yura con ojos como platos:

—No puede ser... ¿Yura ha invocado el Hagun? Pero... pero... eso significa...

—No significa nada si no sabe utilizarlo —le cortó Ryuji frunciendo el ceño.

Y lo cierto era que Yura estaba teniendo problemas para usar el Hagun. Aunque por el momento había conseguido distraer a Tsuchigumo y ganar unos valiosos segundos para Rikuo, cuando la joven onmyoji ordenó atacar a su ejército de esqueletos, estos se quedaron quietos.

—¡Eh! ¿Por qué no os movéis? —protestó Yura—. ¡Maldita sea, atacad, es una orden! ¡Haced algo!

—Así no vas a conseguir que se muevan, pequeña —dijo una voz a su espalda.

—¿Quién...? —preguntó Yura, dándose la vuelta. De entre el "ejército desgarrador" había surgido la figura de un onmyoji. A diferencia del resto de integrantes del Hagun, no era un esqueleto, sino que conservaba la apariencia que había tenido en vida.

El espíritu le dedicó una sonrisa afectuosa, aunque sus ojos eran calculadores como los de un zorro.

—El Hagun no es un shikigami normal y corriente. Estás invocando a los líderes muertos de la familia para que te presten su poder. Tú, pequeña, tienes el talento. Vacía tu mente, recita las palabras del exorcismo y pide al Hagun que sea tu fuerza.

—¿Quién eres tú? —preguntó Yura sorprendida.

—¿Que quién soy yo? —repitió el espíritu, haciéndose el ofendido. Luego le guiñó un ojo—. Soy Hidemoto Decimotercero, por supuesto.

Yura se quedó con la boca abierta.

—¿El famoso Hidemoto Decimotercero? ¿El genio de hace cuatrocientos años?

—¡Hidemoto! —exclamó Tsuchigumo, dirigiéndose hacia ellos—. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué haces aquí? ¡Yo pensaba que los humanos moríais pronto! ¿Te volviste inmortal como Seimei o qué? Oye, ¿te parece que nos tomemos unas copas después de pelear? Seguro que tú eres más entretenido que estos debiluchos de aquí.

—¡Hombre, Tsuchigumo! —le respondió Hidemoto con una sonrisa—. Ay, ya me gustaría aceptar tu invitación, pero siento decepcionarte. Ya no soy más que un espíritu. Morí hace siglos, pero esta pequeña de aquí me ha invocado con el Hagun para darte una paliza —indicó el genio exorcista, señalando a Yura.

—¡Jo, jo, jo, eso tengo que verlo! —se rió Tsuchigumo con buen humor.

Tanto Rikuo como el resto de sus camaradas, yokai u onmyoji, observaban la conversación con asombro. ¿Qué clase de persona había sido aquel Hidemoto como para charlar amigablemente con Tsuchigumo? Sojobo suspiró resignado. Había conocido a Hidemoto Decimotercero en el pasado. Ni siquiera la muerte había podido cambiar el carácter del genio de la familia Keikain.

—¡Venga, pequeña, demuéstrale de lo que eres capaz! —dijo Hidemoto.

—¡Eh! ¡No me llames "pequeña"! ¡Tengo trece años y mi nombre es Yura! ¡Y tú eres mi shikigami, así que las órdenes las doy yo! —protestó la joven onmyoji.

—Como tú digas, Yura-chan —Hidemoto le guiñó un ojo—. Pero ahora recita las palabras del exorcismo o Tsuchigumo te convertirá en papilla.

En efecto, el gigante de tres brazos había decidido que Yura era un objetivo más apetecible que Rikuo y se disponía a cargar contra ella con los cuernos por delante. La chica lo ignoró. Tenía que concentrarse. Pensó en la técnica con la que se sentía más cómoda. "Sí, Yura MAX", pensó ella. Ya sabía cómo iba a utilizar el poder del Hagun. Empezó a recitar:

—Oh, dioses ancestrales. Rechazad a las fuerzas demoníacas. Limpiad la fuente del mal...

La energía espiritual se concentró alrededor del brazo izquierdo de Yura, adoptando la forma de un cañón de mano. Sin embargo, en lugar de la graciosa imagen de la carpa Rentei, adoptó la apariencia de una calavera humana con dientes afilados de la que brotaban incluso más calaveras.

¡Invocación Hagun! —exclamó Yura, disparando un rayo de energía.

Tsuchigumo no intentó esquivarlo. Es más, se lanzó de cara contra él, ávido de demostrar quién era más fuerte. Para su sorpresa, en vez de causar una explosión, el rayo se convirtió en una serie de cadenas de sellos mágicos que se cerraron en torno a él. Era una técnica similar a la que había utilizado Pato antes, pero esta barrera era más fuerte. Mucho, mucho más fuerte. Tsuchigumo intentó liberarse, sin conseguirlo. Ya había perdido bastante fuerza por culpa de Kidomaru, pero ahora aquella maldita magia Keikain le estaba chupando la energía que le quedaba.

—¡Bien! ¡Ya es nuestro! —celebró Yura.

—Por ahora —puntualizó Hidemoto—. No creerás seriamente que Tsuchigumo va a caer con tan poca cosa, ¿verdad, Yura-chan? Abre los ojos. Esa barrera no durará eternamente. Tsuchigumo se va a liberar de un momento a otro. Sugiero una retirada estratégica.

—Ni hablar —intervino Rikuo, mirando con severidad a Hidemoto—. Está débil. No tendremos otra oportunidad como ésta.

Sin más dilación, y para asombro de todos los presentes, Rikuo saltó por los escombros del templo de Shokoku-ji hasta que, con un potente impulso, se lanzó por encima de la cabeza de Tsuchigumo. Éste le miró confundido. Mientras caía directamente sobre la cara de su enemigo, Rikuo alzó su espada y acumuló todo el "miedo" que era capaz de reunir para un último ataque.

—¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡TENSA ZANGETSU!

Una ola de energía oscura brotó del filo de la Ichibi no Tachi y partió en dos la máscara de Tsuchigumo. El gigante no dejó de sonreír, ni siquiera cuando la sangre brotó a chorros de la herida abierta en su cara. Finalmente, ocurrió lo impensable: Tsuchigumo se derrumbó. Al instante, los yokai del Clan Abe estallaron en gritos de júbilo. Incluso los guerreros de Tono y los Keikain sonrieron. Habían vencido.

Rikuo cayó de pie, a pocos metros de Yura. Aparte de los moratones que había sufrido antes y la sangre de Tsuchigumo que le calaba de arriba abajo, parecía estar bien. Hidemoto Decimotercero aplaudió entusiasmado.

—¡Un gran trabajo, kitsune-kun! Dime, ¿por casualidad no serás pariente de Hagoromo Gitsune?

—Es mi abuela —respondió Rikuo con una sonrisa.

—Entonces tu padre es...

—Abe no Seimei —terminó el muchacho por él—. Pero murió y ahora los yokai de Kanto están invadiendo Kioto.

—Mm, entiendo —asintió Hidemoto mientras se rascaba la barbilla—. Tú y yo tenemos que tomar unas copas y charlar. Los yokai de Kioto siempre habéis sido un grupo muy interesante.

—¡Os recuerdo que estamos en guerra! —les interrumpió una airada Yura. No le gustaba sentirse ignorada.

—Oi, Yura, no te enfades —Rikuo le dio unas palmaditas en la cabeza—. Alegra esa cara, hemos vencido a Tsuchigumo. Hacemos un buen equipo, ¿no crees?

—¡Te he dicho que no me toques! —se quejó Yura, aunque el rubor subió a sus mejillas—. ¡Y no somos un equipo! Yo no hago equipo con ningún yokai.

Mientras Yura refunfuñaba, vinieron hasta ellos el resto de sus camaradas. La mayoría había conseguido librarse por fin de la pegajosa telaraña de Tsuchigumo. Tsurara fue la primera en llegar y tuvo que contenerse para no lanzarse a los brazos del joven señor de los Abe.

—¡Rikuo! ¡Menos mal que estás bien! Estaba tan preocupada... —dijo la Yuki-onna. Luego bajó la mirada, un tanto avergonzada—. Lo siento, no he sido de utilidad contra Tsuchigumo.

—Sí que lo has sido —Rikuo hizo que levantara la cabeza—. Has estado a mi lado en todo momento, aunque nuestros clanes están en guerra y nos enfrentábamos a un terremoto viviente. Es más de lo que puedo pedirle a nadie.

Tsurara enrojeció como un tomate maduro. Por desgracia, no tuvo tiempo de soñar despierta, porque muchos otros la hicieron a un lado para dar la enhorabuena a Rikuo por su victoria. Todos ellos, sin embargo, se apartaron para permitir el reencuentro entre Wakana y su hijo. La forma nocturna de Rikuo no era muy dada a mostrar sus sentimientos, pero sonrió aliviado cuando él y su madre se abrazaron.

—Gracias a los dioses que estás bien, Rikuo —Wakana se enjugó las lágrimas que salían de sus ojos.

—Eso debería decirlo yo, mamá —susurró el muchacho—. Ya estás a salvo.

Como si el destino hubiese querido llevar la contraria al joven señor, en ese momento la tierra tembló. ¡Tsuchigumo estaba moviéndose! Todo el mundo se apartó a una distancia prudencial. Rikuo apretó los dientes. ¿Qué hacía falta para acabar de una vez con aquel monstruo? Sin embargo, Tsuchigumo estaba débil. El gigante había dejado que el ataque de Rikuo le diese de lleno, pues era tan poderoso que rara vez tenía la oportunidad de sentir auténtico dolor físico. Sin embargo, el Hagun le había pasado factura. No estaba en condiciones de pelear.

—¡Ah, hacía tiempo que no me divertía tanto! —exclamó Tsuchigumo contento—. No lo pasaba tan bien desde mi última pelea con Seimei.

—¿No quieres vengarte? —preguntó Rikuo.

—¿Vengarme? ¿Para qué? La venganza le quita la diversión a todo. En fin, yo me voy a echar una siesta. ¡Nos vemos!

Tsuchigumo estaba a punto de marcharse, pero alguien tenía otros planes.

—¿Causas este caos y piensas irte de rositas? Típico de los yokai. Quizás tus parientes crean que es justo, pero yo soy un onmyoji y no lo permitiré —Ryuji salió a su encuentro, mientras preparaba su encantamiento—. Ayakashi que habitas en las venas que fluyen por las tierras centrales, conviértete en la piedra angular del sello que una vez más expulsará a los ayakashi de la capital. ¡Metsu!

Tsuchigumo levantó su herida cabeza. Sobre él, flotando en el aire, había aparecido un enorme pilar de madera cubierto de talismanes.

—Oh, mierda —alcanzó a decir Tsuchigumo antes de que el pilar cayese sobre él.

El impacto provocó una nube de polvo. Cuando la nube se disipó, Tsuchigumo había desaparecido. En su lugar quedaba el pilar de madera, el sello de la nueva barrera creada por los Keikain. Cuando el Gran Tengu del monte Kurama se acercó a examinarlo, una chispa eléctrica amenazó con achicharrar su barba. Una vez el sello había sido colocado, ningún yokai podía tocarlo.

Muchos de los ayakashi allí presentes miraron con malos ojos a Ryuji, pero el onmyoji ni se inmutó. Él había cumplido con su deber. Ni siquiera parpadeó cuando Rikuo se encaró con él y le preguntó:

—¿Era necesario?

—¿En serio tienes que preguntármelo? —contestó Ryuji con malos humos. Rikuo no dijo nada más.

La extraña alianza Abe-Tono-Keikain se preparó para proseguir su marcha hacia el castillo Nijo. Aquellos demasiado heridos para continuar tendrían que quedarse atrás, pero en general habían salido de su batalla contra Tsuchigumo relativamente indemnes. Los guerreros de Tono especificaron que no pretendían luchar contra el Nurarihyon, pero después de todo lo ocurrido tampoco iban a levantar de nuevo sus armas contra los Abe. A Rikuo le valía así.

Ya estaban listos para partir cuando notaron una poderosa presencia espiritual en las cercanías. Rikuo y los demás se aprestaron para el combate. No era para menos: desde los jardines del Palacio Imperial de Kioto venían los feroces demonios-toro del monte Nejireme, los más fuertes guerreros al servicio del Clan Nura. A la cabeza iba Gyuki, su serio y taciturno líder, con la espada desenvainada. Le acompañaban sus dos ayudantes, Gozumaru y Mezumaru.

Los dos grupos se encontraron frente a frente. Aunque la alianza de Rikuo les superaba claramente en número, ni Gyuki ni sus subordinados mostraron el más leve atisbo de inquietud.

—Vos debéis ser el joven señor del Clan Abe —dijo Gyuki, dirigiéndose a Rikuo. Luego se volvió hacia Sojobo—: Gran Tengu, hacía tiempo que no nos veíamos.

—Trescientos años, si mi memoria no me engaña —dijo el rey de los tengus—. ¿A qué ha venido el joven Umewakamaru? ¿A hacer la guerra?

Por un momento, Gyuki pareció sopesar aquella posibilidad. No obstante, era costumbre en él reflexionar mucho antes de actuar y al final envainó su espada.

—No, Gran Tengu —meneó la cabeza el líder del monte Nejireme—. Aunque me acusen de traición, he venido a hablar. El futuro del Clan Nura es más importante que el deseo del Nurarihyon.

Sus palabras sorprendieron a todos los presentes, incluso a sus propios subordinados.

—Tras mucho investigar, he descubierto una serie de hechos terribles que he de compartir. Aún no tengo todas las piezas del rompecabezas, pero si mis sospechas son ciertas, tanto el Clan Nura como el Clan Abe están en peligro —explicó Gyuki con calma—. Nos están manipulando. Y sé quién es el culpable.


Notas adicionales:

Vaya, creía que iba a tener más tiempo para escribir estos días, pero me temo que las cosas no han salido como planeaba. Aún así, no me olvido de la ración obligada de Kitsune no Mago. No voy a parar hasta sacar toda esta historia que tengo en la cabeza, aunque luego me arrojen tomates podridos por haber contaminado la literatura universal con obras de baja estofa ^_^;

* Tras revisar los capítulos del secuestro de Tsurara a manos de Tsuchigumo, me di cuenta de que, supuestamente, nuestra querida Yuki-onna pasó días enteros sin tomar comida ni agua, pues no despertó hasta que Rikuo vino a salvarla después del entrenamiento. Mejor supongamos que la fisiología yokai es más resistente que la humana, porque Wakana podría haber muerto en las mismas circunstancias. Aquí su secuestro no dura ni doce horas.

* En efecto, los yokai de Kioto tienen cañones. El Takarabune en el que viajaban Rikuo y compañía fue derribado gracias a un cañonazo. No se indaga más en ello, pero al igual que ocurre con la mansión, resulta curioso que Hiroshi haga que el clan yokai más antiguo de Japón se rodee de parafernalia más moderna que otros clanes.

* Yura tiene trece años aquí porque su cumpleaños es el 19 de mayo (esta acción transcurre en julio). Es Tauro. Rikuo cumple el 23 de septiembre (Libra) y Tsurara el 11 de enero (Capricornio). Curiosamente, Hagoromo Gitsune y Wakana cumplen las dos en noviembre, pero la kitsune lo hace el 16 (Escorpio) y la humana el 28 (Sagitario). No sé si está hecho a posta o no, pero las personalidades de todos ellos se ajustan bastante a sus signos zodiacales. Siempre he oído que una manera sencilla y eficaz de crear personalidades complejas es utilizar los signos del zodíaco para definirlas.

Próximo capítulo: "La revelación"