Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Con la ayuda de sus amigos, especialmente Yura que ha aprendido a usar la te´cnica secreta Hagun, Rikuo ha derrotado a Tsuchigumo. Pero antes de que pueda ir al castillo Nijo aparece Gyuki de los Nura para hablar con ellos.
La revelación
A medio camino entre el castillo Nijo y el templo budista de Shokoku-ji se halla el Palacio Imperial de Kioto. Aunque la corte se había trasladado a Tokio mucho tiempo atrás, el sitio se ha conservado como monumento histórico. El palacio forma parte de un recinto de casi un kilómetro cuadrado que incluye también los jardines imperiales de Sento. Por superstición o por descuido, el palacio no había sido dañado por la invasión del Nurarihyon, aunque a aquellas horas de la noche no había ningún humano en las inmediaciones. Eso lo convertía en el lugar perfecto para un parlamento.
El Gran Tengu del monte Kurama y Gyuki del monte Nejireme se habían retirado a un lugar apartado para dialogar. Rikuo les acompañaba, aunque más por respeto a su posición de heredero del Clan Abe que por otra cosa. Estaba claro que el peso de la conversación lo llevaban los dos viejos conocidos. Al resto de sus seguidores no les quedaba más opción que esperar.
Kyokotsu, acompañada de Gashadokuro, observaba a las tres figuras muerta de impaciencia.
—¿Por qué el señor Sojobo y el hermanito mayor están hablando con uno de esos yokai de Edo? ¡La hermana mayor tiene problemas ahora mismo! ¿Y si le pasa algo porque no hemos llegado antes?
El esqueleto gigante no sabía cómo contestar a la niña de ojos de serpiente. Afortunadamente Wakana apareció a su lado para reconfortarla.
—No te preocupes, Kyokotsu. Kuzunoha es muy fuerte. Resistirá —le aseguró la mujer de pelo castaño. Kyokotsu no estaba muy convencida, pero no dijo nada más.
Wakana contuvo un suspiro. Su hijo le había insistido para que volviese a la Mansión Abe, pero ella había decidido quedarse un poco más. Tenía la esperanza de que de aquel parlamento surgiese una solución pacífica a la guerra. Si era verdad que los Abe y los Nura tenían un enemigo común, se podría evitar más derramamiento de sangre.
No muy lejos, Tsurara también albergaba las mismas esperanzas. Conocía al señor Gyuki. El líder de los demonios-toro del monte Nejireme tenía fama de hombre inteligente y sensato, que siempre pensaba antes de actuar. Varios miembros del Clan Nura, incluidos algunos lugartenientes, se reían de su actitud reflexiva y le llamaban "rumiante", como si fuera una vaca pasiva e indolente. Nunca se lo decían a la cara, sin embargo; Gyuki era uno de los mejores guerreros de Kanto y sólo se había unido al Nurarihyon tras ser derrotado en una batalla que había durado tres días y tres noches. No había que tomar su poder a broma. Si Gyuki decía que había una conspiración, es que había una conspiración.
Tsurara se estaba preguntando si Rikuo podría reclutar a Gyuki para su causa cuando a su lado aparecieron los dos lugartenientes del jefe del monte Nejireme. El primero parecía imitar a Gyuki en todo lo que podía, desde su atuendo de samurai hasta su corte de pelo, aunque en su caso sus largos cabellos negros tapaban su ojo izquierdo en lugar del derecho. Le acompañaba un joven titiritero de aspecto aburrido, con un cráneo de demonio-toro a guisa de casco.
—Vaya, tú debes de ser la hija de la jefa Setsura. Qué casualidad que nos encontremos aquí —dijo el primero en tono burlón.
—Sí, soy yo —admitió Tsurara cdon desconfianza, utilizando una manga de su kimono para ocultar sus labios—. Vosotros sois sirvientes de Don Gyuki, ¿no es así?
—Yo soy Gozumaru, mano derecha y heredero del jefe Gyuki. Éste es mi compañero Mezumaru —se presentó el chico. Luego esbozó una sonrisa de suficiencia—. ¿Sabes? Cuando desapareciste, corrieron muchos rumores de que habías traicionado al Clan Nura y te habías pasado al enemigo. La jefa Setsura amenazó con matar a cualquiera que dijera algo así en su presencia, claro. Me pregunto qué pensaría si te viese ahora, chica de las nieves.
—Gozumaru, no te pases —le tiró de la ropa Mezumaru, preocupado por la reacción de Tsurara.
La dama de las nieves trató de contener su ira. Era evidente que aquel Gozumaru intentaba sacarla de sus casillas. Trató de adoptar la pose de dignidad ofendida que solía utilizar su madre a menudo y dirigió a su interlocutor una mirada gélida.
—Sólo he traicionado la confianza de una persona, y esa persona no es ni mi madre ni el Nurarihyon. Además, no eres el más indicado para acusarme de traición. ¿Acaso no está Don Gyuki negociando con el joven señor de los Abe?
Gozumaru frunció el ceño. No le gustaba que usaran sus propias palabras en su contra.
Mientras saltaban chispas en la conversación entre Tsurara y Gozumaru, los Keikain mantenían su propia reunión familiar. Ningún yokai se había acercado a darles las gracias. Preferían fingir que Rikuo había hecho todo el trabajo solo. El muchacho, avergonzado por sus seguidores, había pedido disculpas a su amiga Yura. Sin el Hagun, Tsuchigumo les habría aplastado sin remedio. A Yura no le importaba. Ella había cumplido con su deber. Siendo justos, si su primo Akifusa no hubiese metido la pata, el Hagun tampoco habría sido necesario.
Ahora Yura tenía que hacer frente a las implicaciones de haber dominado el Hagun, empezando por el respeto, rayano en el temor reverencial, que le demostraban sus parientes, especialmente Pato y Masatusugu.
—Primos, no me miréis así. Me siento rara —musitó Yura.
—¿Y cómo quieres que te miren? —saltó Ryuji. Sólo él y Mamiru la trataban como siempre, aunque en el caso de Mamiru se debía más a su ausencia de emociones que a otra cosa—. ¿Aún no comprendes lo que significa? Falta hacerlo oficial, claro, pero entre el Hagun y el hecho de que perteneces a la casa principal, está claro que vas a ser la próxima líder de la familia Keikain.
—¿Qué? —se asombró Yura—. ¡Pero tú eres mi hermano mayor, Ryuji! ¡Se supone que debes ser tú!
—La primogenitura no vale frente al talento. Son las reglas —contestó él, manteniendo una máscara de impasibilidad. Si estaba molesto por perder su posición de heredero, nadie podía decirlo.
La cabeza de Yura le dio vueltas. Pocos meses atrás le habían permitido por fin aprender onmyodo. Ahora iba a ser la sucesora de su abuelo al frente de la familia Keikain. No sabía si era un sueño hecho realidad o una pesadilla.
—No te preocupes, Yura —la tranquilizó Akifusa—. Nadie va a pedirte que asumas las riendas de la familia ahora mismo. Todavía eres una niña, no deberías cargar son semejante responsabilidad. Aún no, por lo menos.
Las palabras del joven albino eran amables, pero el heredero de la rama Yaso estaba alicaído. No porque Yura fuese a convertirse en la próxima cabeza de familia; salvo contadas excepciones, el heredero siempre había sido alguien de la casa principal. Akifusa estaba mentalizado para eso. Es más, una pequeña parte de él se alegró de que el matón de Ryuji fuese a perder su puesto a manos de su talentosa hermana menor. Sin embargo, le dolía el fracaso de su plan contra Tsuchigumo. Había creído que su técnica era invencible. Ahora su moral estaba por los suelos.
—¡Esto hay que celebrarlo! —aplaudió Hidemoto Decimotercero—. ¿Aún existe en la mansión la bodega de licores que construí?
Aunque Yura había desconvocado el Hagun, por alguna razón el espíritu de Hidemoto Decimotercero aún seguía con ellos. Ryuji aventuró que podía ser debido a su extraordinaria energía espiritual en vida, pero el shikigami no dijo ni que sí ni que no. Cuando Yura le ordenó desaparecer, Hidemoto se negó.
—Están ocurriendo cosas muy interesantes y no querría perdérmelas por nada del mundo —argumentó el shikigami—. Además, sería de mala educación irme sin saludar antes a mi querida Hagu-chan. Esa kitsune siempre ha tenido mucha clase.
Todas las conversaciones enmudecieron cuando por fin Sojobo, Gyuki y Rikuo terminaron su parlamento. El joven señor de los Abe parecía bastante molesto. Le murmuró al Gran Tengu unas palabras de enojo. Tsurara, que estaba más cerca, llegó a oír cómo decía: "¿Por qué no me contasteis de quién era el cuerpo?". Rikuo detuvo sus quejas cuando los tres llegaron al centro de los jardines. El resto de los presentes, tanto humanos como yokai, formaron un corro a su alrededor.
—¡Escuchadme todos! —pidió el Gran Tengu con voz estentórea—. Tras mucho debatir y compartir información, Don Gyuki, el señor Rikuo y yo mismo hemos llegado a la misma conclusión: existen pruebas irrefutables de que hay una conspiración para acabar con el Clan Abe y el Clan Nura. Estamos hablando de un plan maligno que lleva décadas en marcha. La reencarnación incompleta de la señora Hagoromo Gitsune no fue casual, sino forzada. El confinamiento de Nura Rihan no fue una tragedia inevitable, sino el resultado de un plan que podría haber tenido más éxito de no ser por el sacrificio del Nue. Esta guerra no es sino el último intento de borrar del mapa a los dos clanes más poderosos de Japón.
Se oyeron voces de asombro entre el público allí reunido.
—¿Quién es el culpable? ¡Queremos su cabeza! —gritaron muchos yokai.
—El culpable es el Clan de las Cien Historias —respondió Gyuki.
Esta vez la mayoría de los presentes parpadeó, confusos. Nunca habían oído hablar de aquel clan. Sin embargo, Tsurara abrió mucho los ojos. Yura se acercó a ella y le preguntó:
—¿Qué sabes de ellos, Yuki-onna?
—Esto... Sólo sé lo que mi madre me ha contado de ellos —se apresuró a responder Tsurara—. Los yokai del Clan de las Cien Historias no son oni ni yakuza, sino leyendas urbanas. Causaron muchos problemas en Edo hace trescientos años, pero el Segundo General Rihan mató a su jefe, Sanmoto Gorozaemon, y los expulsó de la ciudad. Ellos... —Tsurara tragó saliva—. Ellos asesinaron a la esposa del Segundo. Por eso, cada vez que aparece alguno de ellos por Ukiyoe, los matamos enseguida.
Gyuki asintió, aprobando las explicaciones de Tsurara. Los demás rumiaron en silencio aquella nueva información. Entonces Itaku, el líder del grupo de Tono, se adelantó y preguntó con aire escéptico:
—¿Cómo puede un clan de perdedores causar tantos problemas? Me gustaría saberlo. También hay algo que no encaja. Por lo que sé, el Nurarihyon quiere liberar a su hijo. Si esta guerra ha sido planeada por el Clan de las Cien Historias, ¿no sería malo para ellos que el Nurarihyon consiga su propósito? ¿No era Nura Rihan el peor enemigo del Clan de las Cien Historias?
El Gran Tengu y Gyuki intercambiaron una mirada de circunstancias.
—Ése es un punto que también nos preocupa a nosotros. No sabemos la respuesta —reconoció Gyuki con pesar—. Tengo miedo de que, de alguna manera, la liberación de Rihan también sirva a los planes de nuestros enemigos. Por eso debemos evitarla, cueste lo que cueste.
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Castillo Nijo
El sonido de la batalla llegó a la caverna del Nuega-ike. Los guardianes Abe fueron arrojados como marionetas rotas. Al frente de los Nura marchaban Aotabo, Kappa y Kejoro, asistidos por algunos jóvenes guerreros del clan, como Shoei, hijo y heredero del jefe Hihi, y los Sanbagarasu, los tres hijos de Karasu-Tengu.
A pesar de la denodada resistencia de los Abe, el escuadrón invasor se hizo con el control del lugar. Tras aplastar los cráneos de un par de yokai insectos, Aotabo se quedó mirando el lago de aguas negras.
—Así que ése es el primer sello —musitó para sí mismo.
En el centro del Nuega-ike se alzaba un pilar de piedra caliza cubierto de sellos, unido mediante cuerdas a otras estalactitas y estalagmitas de la cueva. Aotabo, por curiosidad, se acercó al lago, pero su compañero Kappa le detuvo.
—¡Cuidado! Esas aguas son negras en más de un sentido —le advirtió Kappa. A fin de cuentas, él era el maestro de las aguas—. Con los sellos destruidos, toda la malicia de la ciudad está fluyendo hasta aquí. Si te mojas o bebes un trago, podrías morir.
—¿Y cómo va a hacer el Nurarihyon para destruir el sello entonces? —preguntó Aotabo, preocupado.
—El Nurarihyon es uno de los Grandes Yokai. Si hay alguien que pueda tolerar un poco de oscuridad, es él —aseguró Kejoro, más seria de lo habitual. Sentía una opresión en el pecho desde que Kubinashi se había marchado con Kurotabo para ayudar al General Supremo en su pelea contra Hagoromo Gitsune. "No hagas tonterías, por favor", rogó ella en silencio.
Los Nura habían tomado el Nuega-ike, pero no podían hacer nada. Para destruir el primer sello y liberar a Rihan de una vez por todas necesitaban la Nenekirimaru, la espada exorcista. Sin ella, ningún yokai podía tocar siquiera una barrera espiritual.
Aotabo, Kejoro y compañía se colocaron al pie de las estrechas escaleras de entrada, listos para bloquear cualquier intento de los Abe por recuperar el lugar. No era muy probable que lo hicieran, empero; los atacantes de Edo superaba en número a los defensores del castillo Nijo. Los yokai de Kioto no se podían permitir distraer a sus menguadas tropas en un objetivo secundario. Los Nura no podrían hacer nada mientras el Nurarihyon no venciese a Hagoromo Gitsune.
—¡Bah! ¡Si intentan recuperar este sitio, los aplastaremos de nuevo! —bramó el pequeño yokai Natto-Kozo con su voz de pito. Sus amigos, otros demonios diminutos como él, asintieron enérgicamente.
—¡Pero si vosotros no habéis hecho nada más que molestar! —se quejó Aotabo. Natto-Kozo y sus amigos les habían ido siguiendo como perros falderos desde antes de la batalla por el segundo sello.
—Eso, los pequeños deberían estar jugando por ahí en vez de incordiar a sus mayores —se rió Kejoro en tono condescendiente.
—¡Oye, podemos ser pequeños, pero somos yakuza de corazón! —protestó el demonio Ko-oni.
—Oh, lo siento mucho, señores yakuza —contestó Kejoro. Natto-Kozo y el resto sonrieron satisfechos sin advertir la ironía en las palabras de la mujer cabellera.
Para matar el tiempo, los Sanbagarasu se ofrecieron a salir un momento y hacer un reconocimiento aéreo. Aunque los dos hijos y la hija de Karasu-Tengu eran guerreros consumados, su especialidad siempre había sido la exploración y la recogida de información. Tener que esperar sentados en aquella cueva subterránea les producía claustrofobia.
Sin embargo, antes de que se fueran, entró en la caverna su propio padre. Karasu-Tengu era uno de los consejeros de más alto rango del clan, pero no se podía decir que su aspecto impusiera mucho respeto. Era un cuervo humanoide y cabezón, nada que ver con su angelical descendencia. En el pasado había sido mucho más grande y apuesto. Él achacaba este encogimiento a su esposa Nuregarasu. Marido y mujer se amaban con locura, pero Nuregarasu tenía tendencia a descargar su ira de manera bastante violenta cuando su marido no llegaba a tiempo a las reuniones familiares.
En cualquier caso, pequeño o no, Karasu-Tengu llamó la atención de todos chillando desesperado y revoloteando de un lado para otro como un colibrí atiborrado de cafeína.
—¡Hijos míos! ¡Todos! ¡Escuchad! ¡Tenemos problemas!
—¿Qué ocurre? —se alarmó Aotabo—. ¿Han derrotado al General Supremo?
—No, el Nurarihyon sigue luchando, ¡pero la derrota podría venir en cualquier momento! ¡Mientras peleamos aquí, una Procesión Nocturna está marchando hacia nosotros! ¡Son refuerzos de los Abe!
—Mm, deben de haber derrotado a Tsuchigumo. Quién lo iba a decir. Parece que mantener el Nuega-ike va a costar un poco más de lo que pensábamos —musitó Kappa, manteniendo la calma.
—¡Pero eso no es lo peor! —continuó Karasu-Tengu—. ¡Gyuki y sus demonios-toro están con ellos! ¡Todos los testigos coinciden! ¡Esto es una catástrofe!
—¡Oh, no! —exclamó Kejoro. No podía creerlo. ¿Gyuki, un traidor? Él era el más honorable de los lugartenientes del Clan Nura, un hombre que siempre mantenía su palabra. No era alguien que se dejase sobornar por promesas de poder o riquezas. También era un fanático. Si creía que su causa era la correcta, no se detendría ante nada para conseguir su objetivo.
Todos pensaban lo mismo: ¿por qué Gyuki había cambiado de bando?
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A las afueras del castillo Nijo, los servidores de confianza de Gyuki también tenían sus dudas. Especialmente Gozumaru. El heredero de la facción del monte Nejireme se acercó a su jefe y le preguntó:
—¿No nos hemos arriesgado demasiado? Quiero decir, si esto no sale bien, nos acusarán de traidores y nos ejecutarán. ¿No sería mejor aplastar primero a estos idiotas de Kioto y luego encargarnos de esos conspiradores?
A su lado, Mezumaru asintió con énfasis para dar apoyo moral a su amigo.
—Creedme si os digo que la amenaza que pende sobre el Clan Nura es mucho más peligrosa de lo que parece —afirmó Gyuki con gravedad—. Es la conclusión a la que he llegado después de reflexionar largo y tendido. Por mi amado Clan Nura, soy capaz de abrazar a nuestros enemigos y permitir que mi nombre sea vilipendiado por toda la eternidad.
Gozumaru asintió. Aún no entendía muy bien todo el lío en el que se habían metido, pero le bastaba la confianza de su jefe. Algún día tendría que aprender a pensar como él si quería ser un sucesor digno del grupo. Mientras tanto, se contentaba con obedecer y punto. Esa era su lealtad.
Los demonios-toro del monte Nejireme marchaban mezclados con la Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kioto, los guerreros de la aldea oculta de Tono y los onmyoji Keikain. Avanzaban en dirección sur por la calle Horikawa. Su plan era bien sencillo: atacar al Clan Nura por la espalda mientras estos asediaban el castillo Nijo y usar su superioridad para poner fin a la lucha. Cómo hacerlo ya era otro cantar. Los yokai de Tono, por ejemplo, insistían en que sólo iban a ser meros espectadores.
—Nunca ocurre nada bueno cuando nos metemos en los problemas de otros clanes —había argumentado Itaku—. Dicho esto, tengo ganas de conocer a ese "Clan de las Cien Historias".
—¡Oh, sí! —había añadido Amezo, entusiasmado como un turista de vacaciones—. En las montañas no existen las leyendas urbanas. ¡Quiero saber cómo son!
Por su parte, los onmyoji Keikain aún tenían en mente su plan para crear una nueva barrera espiritual en la ciudad, como la que había hecho Seimei cuatrocientos años atrás. El sello que había colocado Ryuji en Shokoku-ji había sido un gran paso adelante. Sin embargo, no serviría de nada sin el centro de poder del castillo Nijo. Mientras caminaban, el Gran Tengu del monte Kurama se acercó a Ryuji para hablar con él confidencialmente.
—¿Qué quieres, viejo? —le espetó el chico de pelo negro.
—Esos modales —Sojobo chasqueó la lengua disgustado—. Permitidle a un anciano satisfacer su curiosidad, si no es mucha molestia.
—Lo que sea —se encogió de hombros Ryuji.
—Sólo quiero que me respondáis a una pregunta: ¿esa barrera que tenéis pensado crear nos dejará a los yokai de Kioto dentro o fuera?
Ryuji se mantuvo en silencio unos instantes. Luego respondió simplemente:
—Depende.
—¿De qué depende?
—Si vosotros ganáis la batalla del castillo Nijo, uniremos nuestros sellos al sello principal de Seimei y la barrera también pertenecerá a los yokai de Kioto. Si perdéis, sellaremos el lugar por nosotros mismos y la barrera expulsará a todos los yokai, sean Nura o Abe —Ryuji le dedicó al Gran Tengu una sonrisa calculadora—. Pase lo que pase, nosotros ganamos.
—Muy amables —contestó secamente el venerable consejero de los Abe.
—Es un placer —dijo con sorna su interlocutor.
Por su parte, Yura había preferido caminar separada de sus parientes, pues éstos aún continuaban tratándola como si fuese un bicho raro. Pensar que algún día sería la jefa de su hermano y de sus primos le daba mareo. En ese momento, prefería estar al lado de Rikuo, incluso si su amigo de la infancia seguía convertido en un kitsune. Sin embargo, esta vez el joven señor de los Abe pasó de tomarle el pelo a su amiga onmyoji. Estaba observando con gravedad un talismán de papel que tenía en las manos.
—Ése es el sello que te ha dado tu madre, ¿verdad? —le preguntó Yura con curiosidad.
Rikuo asintió. Wakana había vuelto a la Mansión Abe escoltada por un par de guardias, pero antes se había acercado a su hijo y le había entregado el talismán que aún guardaba bajo las ropas. "Este sello lo creó tu padre para defenderme de cualquier yokai. Seimei era bueno, no tonto. Tómalo, no he tenido ocasión de utilizarlo. Tú lo necesitarás más que yo. Te quiero, Rikuo, así que, por favor, no te mueras", le había dicho su madre. Desde entonces había estado jugueteando con aquel trozo de papel en el que estaba grabada la estrella de cinco puntas de Abe no Seimei. No sabía muy bien qué hacer con él.
—Rikuo, no quiero quitarle la ilusión a tu madre, pero los yokai no pueden usar magia de onmyodo. Lo siento —dijo Yura, un poco cohibida. Pero su amigo no se lo tomó a mal.
—Me lo suponía —replicó el kitsune con una media sonrisa—. Mientras esté en mi forma nocturna no sirve de nada, pero no deja de ser una prueba del amor de mi madre y de mi padre. Al menos será un amuleto de la buena suerte.
Aunque Yura era una chica práctica, comprendía la nostalgia de su amigo por un padre al que había perdido, así que conminó a Rikuo a que guardase con cuidado el talismán. En esas estaban cuando llegó Tsurara a su altura. A pesar de que marchaban hacia la batalla final, la Yuki-onna estaba de un humor excelente. Sonreía como no lo había hecho en meses y sus caleidoscópicos ojos amarillos resplandecían con entusiasmo contagioso.
—Oi, Tsurara, pareces contenta —comentó Rikuo extrañado.
—¡Claro que lo estoy! —respondió la dama de las nieves con alegría—. Si Don Gyuki tiene razón, significa que el Clan Nura y el Clan Abe no son enemigos. O que al menos no deberían serlo. ¡Si terminamos con esta guerra, habrá un final feliz para todos!
El kistune sonrió con afecto a su amiga.
—Me gusta que seas tan positiva, Tsurara —dijo Rikuo. Luego su expresión se ensombreció—: Sin embargo, no creo que sea tan fácil. Por lo que me contó mi abuela, ya había mucho odio de antes entre nuestros dos clanes. No creo que yo pueda arreglarlo así como así.
—Lo sé —Tsurara bajó la cabeza—. ¡Pero tengo fe en que lo conseguirás, Rikuo!
Al muchacho le halagó la confianza que en él depositaba su amiga, pero también sintió el peso de la responsabilidad.
—Eso espero —murmuró Rikuo, más para sí mismo que para los demás—. Echas de menos a tu familia, ¿verdad?
—Sí —reconoció la Yuki-onna, juntando sus manos—. Mi madre debe estar con un disgusto horrible. ¡Mira que dejarme atrapar por los yokai de Kioto! A ella nunca le habría pasado. Es fuerte, hermosa, inteligente... Siempre se tenía que preocupar por mí, yo era una niña muy torpe y llorona. Aprendí a ser útil, pero nunca podré estar a su altura. Aún así, la quiero mucho.
—Creo que tu madre estará disgustada, pero no en ese sentido. Seguro que ella también te echa mucho de menos —la consoló Rikuo—. Intentaré hacer todo lo posible porque esta estúpida guerra acabe sin tener que lamentar más desgracias. Con un poco de suerte, pararemos la pelea antes de que nadie haga algo irreversible.
Tsurara asintió y sonrió.
—Gracias, Rikuo —dijo la Yuki-onna.
—N-no es nada, que conste, es que creo que es lo correcto, n-nada más... —tartamudeó el chico. Sin poder evitarlo, un leve sonrojo asomó a las mejillas del kitsune.
La Yuki-onna se sorprendió mucho al ver a Rikuo tan aturullado, pero no tuvo tiempo de indagar al respecto. Del castillo Nijo llegó un gran estruendo. Rikuo, Tsurara, Yura y el resto del grupo alzaron sus cabezas a tiempo de ver cómo la parte superior de la fortaleza saltaba por los aires. Los yokai abrieron mucho los ojos. Su aguda vista nocturna les permitió distinguir una serie de siluetas alargadas que rompían en pedazos todo lo que tocaban. Un lego podría haberlas confundido con los tentáculos de un monstruo de Lovecraft, pero en realidad se trataba de las nueve colas de Hagoromo Gitsune. Y en el aire, resistiendo el embate de aquellas colas blancas de zorro, se hallaba el mismísimo Nurarihyon.
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Karasu-Tengu había comunicado al resto de lugartenientes las malas noticias: los refuerzos del Clan Abe estaban a las puertas del castillo. Sin embargo, ningún capo Nura hizo nada al respecto. Estaban demasiado ofuscados por la sed de sangre.
Salvando las distancias, aquella batalla parecía una recreación del asalto al castillo de Osaka. Las parejas de baile eran ligeramente diferentes, pero muchos de los que habían combatido cuatrocientos años atrás estaban allí para pelear de nuevo. Shokera utilizaba su lanza en forma de cruz para abrirse camino entre el glaciar que la Yuki-onna Setsura dirigía en su contra, mientras Kyokotsu padre mantenía a raya al fortísimo Hihi. Ibaraki-Doji, tan temerario como siempre, contenía él solo al resto de lugartenientes. Jugaba en su favor que algunos de ellos, como Hitotsume Nyudo, se habían vuelto más blandos con el tiempo. Aún así, el oni ya había sufrido un par de heridas por subestimar las garras del hombre-gato Nekome no Tsume.
Sí, parecía que el reloj había retrocedido varios siglos. Pero había una diferencia fundamental respecto al asedio de Osaka: esta vez Hagoromo Gitsune estaba en la cúspide de su poder. Y lo estaba demostrando.
Kubinashi y Kurotabo habían acompañado al Nurarihyon en su ataque con la esperanza de vengar a su amo Rihan, pero las cosas les estaban yendo mal. Kurotabo tenía el poder de convocar hasta 200 armas diferentes: hachas, lanzas, espadas y mazas que brotaban de sus mangas cuando lo necesitaba. Sin embargo, era incapaz de alcanzar a Hagoromo Gitsune con el filo de sus hojas. La kitsune utilizaba su abanico de metal y su mágica bolsa escolar para desviar todos sus ataques. Kubinashi no tenía mejor suerte. Intentó atrapar a la señora de Kioto con sus cuerdas cortantes mientras Kuro la distraía, pero las nueve colas de Hagoromo Gitsune rompieron con facilidad los hilos que la sujetaban y lanzaron a Kubinashi por los aires.
—¡Te tengo! —exclamó Kurotabo, a tiempo de evitar que Kubinashi se hiciese papilla contra el muro del castillo.
—Uf, gracias, Kuro —jadeó el yokai sin cuello, herido y cansado—. ¡Agh, no creí que Hagoromo Gitsune fuera tan fuerte! Me siento inútil.
—Si al menos tuviésemos el Matoi de Rihan para sumar nuestras fuerzas... —aventuró Kurotabo. Pero era un deseo irrealizable. La técnica definitiva del Segundo General había muerto con él.
—No podemos perder ahora. No cuando estamos tan cerca de cumplir nuestro sueño —masculló Kubinashi.
El Nurarihyon compartía el mismo sentimiento. El General Supremo de los Nura no había dejado de atacar como un loco, insensible a las heridas o el cansancio. Por desgracia para él, poco a poco se hizo evidente que Hagoromo Gitsune era infinitamente superior. Ya no se las veía con una mujer debilitada por un parto mágico, sino con una kitsune milenaria en la cima de su poder. Además, esta vez la señora de Kioto estaba sobre aviso y no iba a caer dos veces en la misma trampa. Cuando el Nurarihyon volvió a probar la misma técnica Hatsu de invisibilidad que tan buenos resultados le había dado en Osaka, Hagoromo Gitsune sonrió.
—¿Eres tímido, Nurarihyon? ¿Por qué te escondes de mí?
La kitsune liberó un enorme torrente de "miedo" que anuló la presión espiritual del Nurarihyon. El General Supremo se había acercado a pocos pasos de ella, dispuesto a asestarle un golpe mortal con la Nenekirimaru. Ahora, sin embargo, estaba completamente expuesto al ataque de Hagoromo Gitsune.
—Adiós —musitó la dama oscura, partiéndolo en dos con su Abanico de Dos Colas.
Sin embargo, el cuerpo del Nurarihyon desapareció en una voluta de humo. Al instante siguiente, el General Supremo estaba junto a ella, apuntando su espada exorcista al corazón de Hagoromo Gitsune. Había llegado por un punto ciego en el que las nueve colas de la kitsune no podían protegerla.
—Kyokasuigetsu —murmuró el Nurarihyon—. ¡Muere, zorra!
Por un momento, parecía que el General Supremo lo había conseguido. Había embestido con toda su fuerza y la punta de su espada había pasado al otro lado. Algún yokai de Kanto estuvo a punto de cantar victoria, pero los gritos de alegría se atragantaron enseguida. En el último momento, Hagoromo Gitsune había usado su Abanico de Dos Colas para desviar la punta de la Nenekirimaru. Ahora, con la espada exorcista atascada en el abanico de metal, el Nurarihyon era vulnerable a un contraataque.
—Tus trucos no funcionarán dos veces conmigo —sonrió Hagoromo Gitsune mientras su enemigo trataba desesperadamente de recuperar el control de su katana—. Espada Larga de Tres Colas, Sanbi no Tachi.
De la tercera cola de la kitsune surgió el filo negro de una espada tipo tachi. Sin más dilación, Hagoromo Gitsune la descargó sobre su rival, abriéndole un tajo de arriba abajo. El Nurarihyon pudo salvar la vida sacando su espada y apartándose justo a tiempo, pero estaba herido. Las tornas habían cambiado. Hagoromo Gitsune siguió atacando y atravesó al General Supremo con su Sanbi no Tachi.
—¡Me voy a dar un banquete con tu hígado! —exclamó la dama de negro.
La alegría de Hagoromo Gitsune duró poco. Aunque su espada había bebido sangre, no había conseguido atravesar el corazón de su odiado enemigo. En su lugar, el Nurarihyon había sujetado la Sanbi no Tachi con su mano libre, desviándola a pulso. Por desgracia, no podía contraatacar, pues la hoja de su katana era más corta que la tachi de Hagoromo Gitsune, así que el General Supremo decidió retroceder varios pasos, fuera del alcance de su rival.
Mientras el Nurarihyon se arrancaba tiras de tela de su propio kimono para vendarse la mano herida, Hagoromo Gitsune pasó un dedo por el filo empapado de sangre de su espada. Luego se llevó el dedo a los labios.
—Deliciosa —se relamió la kitsune—. Eres escurridizo como una anguila, pero al final me beberé tu sangre.
—Me has robado cosas mucho peores que mi sangre. Esta noche te lo haré pagar.
—No estás haciendo un buen trabajo —observó Hagoromo Gitsune con una sonrisa maliciosa.
—¿Eso crees? No estaba intentando matarte, maldita zorra. Estaba intentando ganar tiempo. ¡Minagoroshi Jizo! ¡Es tu turno! ¡No me falles!
Alarmada, Hagoromo Gitsune se dio la vuelta, esperando un ataque a traición. Se sintió un poco aliviada al ver que el único refuerzo del Nurarihyon era un vejestorio con un enorme ojo rojo en la frente, barba de chivo y sonrisa desdentada, amén de un pájaro carroñero en su hombro. Decididamente, no suponía una amenaza, pensó la señora de Kioto. Su opinión cambió radicalmente cuando Minagoroshi Jizo sacó de sus ropajes un trozo de piedra que Hagoromo Gitsune reconoció enseguida.
—¿Cómo demonios...? —se preguntó la kitsune en voz alta. Minagoroshi Jizo le dedicó una de sus características risas asmáticas.
—Je, je, je, ¿sabéis qué es esto, señora Hagoromo Gitsune? ¡Oh, desde luego que lo sabéis! Es un trozo de vuestro sesshoseki, la piedra que contenía vuestro espíritu en este mundo. Yo fui quien la destruyó hace veinte años, pero me llevé un recuerdo. Y ahora os destruiré a vos, para mayor gloria de mi señor.
—¡Sabandija insolente! ¡Ese cacho de roca no te salvará de mi ira! ¿Acaso crees que tu poder es comparable al mío?
—Je, je, no, desde luego que no. Pero vos tenéis ciertas debilidades que no decís en alto. Vuestra resurrección no fue tan perfecta como hubierais deseado, ¿verdad? Qué raro que os reencarnarais sin haber curado antes las heridas de vuestro espíritu —Minagoroshi Jizo se atusó su barba de chivo—. Y qué raro que os reencarnarais en un cuerpo que era algo más que humano. Je, je, je.
—¡Tú! ¿Cómo sabes tú todo eso? —Hagoromo Gitsune abrió mucho los ojos.
—Vuestra alma milenaria no se ha fusionado correctamente con vuestro cuerpo anfitrión. Y gracias a este trozo de sesshoseki, puedo encontrar esa debilidad espiritual con mi hipnosis y explotarla.
El ojo de la frente de Minagoroshi Jizo brilló con un resplandor carmesí. Hagoromo Gitsune bufó con desdén. Por muchos secretos que supiese aquel indeseable, seguía siendo un yokai menor. Sin embargo, cuando intentó descuartizarlo con sus nueve colas, se dio cuenta de que su cuerpo no respondía. Estaba completamente paralizada.
"¿Qué me está pasando?", le entró el pánico a Hagoromo Gitsune.
Era algo más que una parálisis de sus músculos. Su alma no conectaba con su cuerpo. Sin alma que lo dirigiese, su cuerpo no era más que un muñeco sin vida. El problema era que su alma aún seguía allí atrapada; si le pasaba algo a su cuerpo, su espíritu de kitsune moriría, esta vez para siempre. Sus ciclos de reencarnación se habían agotado.
—¡General Supremo, no puedo mantener a Hagoromo Gitsune en este estado mucho tiempo! ¡Dese prisa! —rogó Minagoroshi Jizo. Gruesas perlas de sudor corrían por su frente, fruto del titánico esfuerzo mental al que se veía sometido.
No tuvo que decírselo dos veces. Mientras Kurotabo y Kubinashi flanqueaban a Hagoromo Gitsune, prestos a inmovilizar a la kitsune si esta conseguía liberarse de la hipnosis de Minagoroshi Jizo, el Nurarihyon volvió a cargar con la Nenekirimaru por delante. Esta vez, sin embargo, su enemiga no pudo reaccionar. Paralizada dentro de su propio cuerpo, Hagoromo Gitsune fue atravesada de lado a lado y empalada contra una pared medio derruida. El acero de la espada exorcista la quemó por dentro, como si le estuvieran prendiendo fuego a sus entrañas.
Por primera vez en siglos, Hagoromo Gitsune aulló de dolor.
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—¡ABUELA! —exclamó Rikuo.
Aunque la pelea entre Hagoromo Gitsune y el Nurarihyon se había librado en la parte superior del castillo, los refuerzos Abe habían podido contemplar desde lejos el transcurso de la misma. Cuando llegaron a las puertas del castillo Nijo, les llegó el grito angustiado de Hagoromo Gitsune. La sangre de Rikuo hirvió.
—¡Vamos! —ordenó el muchacho a los suyos.
Los yokai de Kioto cargaron sobre la puerta, arrasando a los invasores de Edo. Los Nura, incapaces de mantener una batalla en dos frentes, empezaron a derrumbarse. El hecho de que el mismísimo Gyuki se hubiese pasado al enemigo les comía la moral. Sin embargo, Rikuo permanecía ajeno a la batalla que se estaba librando a su alrededor. Sólo tenía un objetivo en mente: llegar cuanto antes a lo alto del castillo y salvar a su abuela.
—¡Rikuo! ¡Espérame! —pidió Tsurara.
El chico no aminoró su velocidad, pero la Yuki-onna se las arregló para ponerse a su altura. De paso congeló a varias ratas de Kyuso que fueron lo bastante estúpidas como para interponerse en su camino. Otros yokai, como la pequeña Kyokotsu y el gigantesco Gashadokuro, tomaron la misma dirección. El único que mantuvo la cabeza fría fue el Gran Tengu del monte Kurama, que empezó a dar órdenes para asegurar el terreno.
Por su parte, Yura tenía la mente dividida. No sabía si seguir los pasos de Rikuo o ayudar a su hermano y sus primos a restablecer la barrera espiritual. Lo primero era su deber como amiga, pero si conseguían lo segundo, la guerra terminaría. Fue el propio Ryuji el que se acercó a ella y le dio un empujón.
—¿Qué haces ahí pasmada? ¡Vete con tu amiguito yokai! —le ordenó su hermano mayor—. Ese crío está tan rabioso que puede cometer una estupidez. El Nurarihyon es un peso pesado y tiene los medios para destruir una barrera espiritual, ¡así que asegúrate de que tu querido kitsune gana la pelea!
Yura le iba a replicar que Rikuo no era "su querido kitsune", pero se lo pensó mejor y fue tras su amigo. Hidemoto Decimotercero la siguió diligentemente. A fin de cuentas, él era su shikigami.
—Y ahora, a por el primer sello —masculló Ryuji, volviendo junto a Mamiru y Akifusa.
Mientras tanto, Rikuo subía a toda prisa por el castillo Nijo. Cuando había escaleras saltaba los escalones de tres en tres. Cuando llegaba a una zona derruida, se asomaba a la cornisa y trepaba. Si alguien se interponía en su camino, ni siquiera se molestaba en luchar. Simplemente lo esquivaba o lo mandaba al suelo de una patada. Tsurara, que iba justo detrás de él, resollaba y jadeaba por el esfuerzo que suponía mantener el ritmo del joven señor de los Abe.
Por fin Rikuo llegó a la cima. Y se puso lívido. Allí estaba su abuela, boqueando sangre, mientras el Nurarihyon giraba la empuñadura de su espada para hacerla sufrir más. Shokera, Ibaraki-Doji y Kyokotsu trataban de acudir en su ayuda, pero la balanza del miedo se había inclinado y ahora eran ellos los que estaban siendo arrinconados por los lugartenientes Nura. Todos se llevaron una gran sorpresa cuando Rikuo gritó alto y claro:
—¡DEJADLA EN PAZ!
Obviamente aquella exclamación iba dirigida al Nurarihyon, así como a Kurotabo y Kubinashi, que montaban guardia a su lado y contemplaban con frialdad el sufrimiento de Hagoromo Gitsune. El General Supremo observó con extrañeza al recién llegado, pero no soltó a su presa. Por otro lado, Setsura reconoció perfectamente al joven señor de los Abe. Presa de una ira comparable a la del propio Rikuo, la Yuki-onna del Clan Nura abandonó su combate con Shokera y se encaró con el kitsune.
—¡Tú! —siseó la dama de las nieves, congelando el aire a su alrededor—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde esta Tsurara? ¿Qué has hecho con mi hija?
Aunque la temperatura estaba bajando a una velocidad alarmante y varios yokai menores empezaron a retroceder asustados, Rikuo ni siquiera se inmutó. Su atención estaba puesta únicamente en el Nurarihyon. Al ver que el nieto de Hagoromo Gitsune no respondía ni se detenía, Setsura se dispuso a lanzarle una ola de carámbanos afilados. Sin embargo, una voz que conocía muy bien la detuvo en el acto:
—¡Espera, mamá! ¡Estoy aquí, estoy bien!
Tsurara había alcanzado por fin la parte superior del castillo. Antes de que pudiera recuperar el aire, la Yuki-onna se vio envuelta por los brazos de su madre. Setsura, visiblemente aliviada, la abrazó con fuerza y la examinó de arriba abajo. ¿Qué le importaba a ella una batalla? Había recuperado a su hija sana y salva.
—¿No te ha hecho daño? ¿No estás herida?
—Estoy bien, de verdad —contestó Tsurara, un tanto avergonzada por aquellas muestras de cariño maternal. Su madre siempre se había mostrado digna y elegante en público. Tenía que haber estado muy preocupada por ella para romper su compostura de esa manera—. ¡Pero escucha ahora, mamá! ¡El joven amo de los Abe me lo ha contado todo! ¡No es nuestro enemigo!
Setsura entornó los ojos. ¿De qué estaba hablando Tsurara? No era el momento de sentir simpatía por el enemigo, menos aún en mitad del campo de batalla. La Yuki-onna se preguntó si su hija estaría sufriendo lo que los humanos llamaban "síndrome de Estocolmo".
—¿Qué tonterías estás diciendo, hija mía? Te has dejado embaucar por ese zorro, tan taimado como todos los de su ralea.
—¡Pero...! —trató de protestar Tsurara. Su madre la mandó callar.
—Espera a que el General Supremo se encargue de él y entonces podremos hablar todo lo que quieras, Tsurara. Hasta ese momento, guarda silencio.
La más joven de las Yuki-onnas apretó los labios, enfadada. Su madre no quería escuchar. Por desgracia, tampoco el resto de los lugartenientes parecían abiertos al diálogo. Ni siquiera el propio Rikuo, habitualmente un pacifista, tenía ganas de hablar. El joven señor de los Abe se plantó a pocos metros del Nurarihyon y la malherida Hagoromo Gitsune.
—Vaya, vaya, ¿quién tenemos aquí? Pero si es el mismísimo nieto de la zorra traicionera —sonrió el General Supremo, sin dejar de retorcer la espada que tenía en la mano. Cada vez que movía la empuñadura, Hagoromo Gitsune tosía sangre.
—Suéltala. ¡AHORA! —Rikuo amenazó al Nurarihyon con la punta de su Ichibi no Tachi.
—¿Alzando la voz a tus mayores? Pensaba que en Kioto enseñaban buenos modales a la gente. Pero como yo no soy el villano aquí, zorrito, por esta vez te haré caso.
El Nurarihyon sacó la Nenekirimaru del cuerpo de Hagoromo Gitsune. La señora de Kioto se derrumbó sobre el suelo, malherida. Su energía espiritual se escapaba. Ni siquiera podía mover sus colas de zorro. Intentó alargar la mano hacia su nieto, tratando de llamar su atención, pero sólo le quedaron fuerzas para susurrar:
—No... Rikuo, por favor... Aquí no... El sello...
El muchacho no hizo caso. Ya tenía gente encargándose de recuperar el Nuega-ike. Ahora lo único que le importaba era castigar al malnacido que había estado a punto de matar a su abuela, el mismo que había llevado la guerra a su querida Kioto. Rikuo empuñó su espada larga con las dos manos y se puso en guardia. Su contrincante, en cambio, adoptó una postura más relajada. Alzó su katana, dejando que la luz de la luna arrancase destellos brillantes de su hoja afilada.
—Nenekirimaru —dijo el Nurarihyon—. Una espada exorcista robada de las manos de los onmyoji Keikain hace cuatrocientos años. Fue fabricada por el genio Hidemoto Decimotercero con un único cometido en mente: destruir a los yokai. No estoy seguro de si podrá matar a alguien que es tres cuartas partes humano, pero estoy dispuesto a hacer la prueba.
—Cuando quieras, oh General Supremo Nurarihyon —le retó el chico.
—Allá vamos, joven Abe no Rikuo.
Y el duelo empezó.
Mientras los dos contrincantes intercambiaban golpes y fintas de prueba, para evaluar la capacidad de su rival, Kyokotsu hija y el esqueleto gigante Gashadokuro llegaron a la altura de Hagoromo Gitsune, aprovechando que el resto de los presentes estaban demasiado ocupados contemplando la pelea entre el Nurarihyon y Rikuo. Kubinashi y Kurotabo, más alertas, intentaron echarlos del lugar. Por desgracia para ellos, Kyokotsu no llegaba sola. Cuando Kubinashi se disponía a lanzar una red de cuerdas sobre la niña de ojos de serpiente, se encontró con un cañón de mano apuntándole a la cara.
—Vamos, maldito yokai. Dame una excusa.
Ahí estaba Yura, preparada para atacar. Detrás de ella venían más refuerzos de los Abe, que poco a poco se estaban haciendo con el control del castillo. Tanto Kubinashi como Kurotabo consideraron que lo mejor era realizar una retirada estratégica, volviendo con los lugartenientes del Clan Nura.
Si tenían miedo de que Hagoromo Gitsune escapase, no tenían por qué preocuparse. La dama oscura estaba muy malherida. Un movimiento en falso podía matarla. La pequeña Kyokotsu se quedó a su lado, llorando a moco tendido.
—¡Hermana mayor! ¡Por favor, no te mueras! —suplicó la niña. Al verse incapaz de aliviar el sufrimiento de su adorada señora, se volvió hacia el espíritu de Hidemoto Decimotercero, que en aquel momento observaba a la kitsune con curiosidad—. Tú eres un onmyoji, ¿verdad? ¿No puedes hacer nada?
—Huy, lo siento, chiquitina, pero mi trabajo es matar ayakashi. No sé nada de cómo curarlos —se disculpó el shikigami.
—¿Hidemoto? —murmuró Hagoromo Gitsune, reconociendo al exorcista.
—¡Hola de nuevo, Hagu-chan! —la saludó Hidemoto Decimotercero—. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Cuatrocientos años, si la memoria no me engaña. Tienes mal aspecto hoy, querida, pero veo que sigues teniendo un gusto excelente a la hora de conseguir cuerpos para reencarnarte. ¿Nos tomamos unas copas de sake cuando acabe esto?
—Oh, por Inari, ¿he muerto ya? ¿Es esto el Inframundo? ¿Y por qué estás tú aquí, Hidemoto? ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Seimei? —empezó a desvariar la kitsune antes de desmayarse por la pérdida de energía espiritual.
A su alrededor la batalla campal se calmó, siendo sustituida por el duelo individual entre Rikuo y el Nurarihyon. Al joven señor le estaba costando mantener la cabeza fría y embestía con más valor que sentido común. Por su parte, el General Supremo tenía la habilidad para mantener a raya a su joven e inexperto oponente, pero estaba cansado por su pelea con Hagoromo Gitsune y le habían herido. Así que, cuando Rikuo se abalanzó una vez más sobre él, el Nurarihyon decidió poner fin al combate con unb movimiento definitivo.
—Ahora me ves, ahora no me ves —se burló el líder de los yokai de Kanto cuando el joven señor de los Abe le atravesó con su katana. Utilizando su Kyokasuigetsu, el Nurarihyon se desvaneció en una voluta de humo, sorprendiendo a Rikuo.
Su instinto le salvó. Temiéndose una encerrona, el muchacho se revolvió y se cubrió con su espada, a tiempo de bloquear el golpe a traición del Nurarihyon. Sin embargo, para su infinito horror, su Ichibi no Tachi fue partida con facilidad por la Nenekirimaru del General Supremo. El Nurarihyon sonrió confiado.
—Has cometido un grave error, chico. Tu miedo no es tan fuerte como mi espada. No eres Hagoromo Gitsune, ni tampoco eres el Nue. No puedes vencerme.
—¡Si quieres hacer daño a mi familia, tendrás que pasar por encima de mi cadáver! —ladró Rikuo, desafiante hasta el fin.
—Temía que dijeras eso —suspiró el Nurarihyon con resignación. Frunció el ceño, sintiéndose violento consigo mismo. Alzó su espada para un último golpe—. Adiós, Abe no Rikuo. Créeme, siento que esto tenga que acabar así.
Los yokai de Kioto que estaban en lo alto del castillo ahogaron un grito. Muchos se lanzaron en ayuda de su joven señor, e incluso Tsurara se zafó de su madre para socorrerle, pero no iban a llegar a tiempo. Ni siquiera Yura con su Hagun era más rápida que un golpe de espada. Rikuo lo sabía. En su desesperación sus manos buscaron algo que utilizar como arma, pero sólo encontró el trozo de papel que guardaba bajo su ropa. El talismán con la estrella de cinco puntas de Seimei. ¿Qué le había dicho Yura? "Los yokai no pueden usar magia de onmyodo". El sol aún no había salido. Seguía siendo un yokai. Pero tenía que intentarlo.
—¡Muere! —gruñó el Nurarihyon al descargar la hoja de su espada.
—¡Por el poder de Seimei, regresa a las tinieblas! —exclamó Rikuo, imitando los típicos conjuros que usaba Yura, mientras estampaba el sello de papel en el pecho del General Supremo.
La escena se congeló. Después una explosión cegadora arrasó el lugar.
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En el otro extremo vertical del castillo Nijo, Aotabo y compañía intentaban contener a los enemigos que trataban de recuperar el Nuega-ike. La suya era una misión suicida, pues no sólo se veían superados en número por los yokai de Kioto, sino que entre sus oponentes se encontraban también los demonios-toro del monte Nejireme, con Gyuki en persona a la cabeza. Cuando lo reconocieron, Aotabo gritó:
—¡Señor Gyuki! ¿Por qué hace esto? ¡Somos del Clan Nura!
—Lo siento —se diculpó Gyuki, lanzándole una dentellada con su katana—. Esto es por el bien del clan.
Peor todavía, a Gyuki y al Gran Tengu del monte Kurama les acompañaban los onmyoji de la familia Keikain. Ryuji sonrió al ver el sello principal.
-¡Perfecto! En cuanto echemos a estos imbéciles de aquí podremos restaurar la barrera de Kioto.
Kejoro observó con tristeza el pilar del primer sello. La liberación de Rihan estaba tan cerca que casi podía tocarla. Pero no podía hacer nada. Ni siquiera podía meterse en el lago negro sin envenenarse. Su corazón, sin embargo, estaba con Kubinashi. Si los refuerzos enemigos habían llegado hasta las cavernas subterráneas, también habrían llegado al resto del castillo. Kubinashi podría estar muerto.
—No, eso no —meneó la cabeza la mujer cabellera. Ella lo habría notado. El corazón tenía su propia intuición.
De repente se oyó un gran estruendo y el techo de la cueva se derrumbó sobre ellos, sepultando a atacantes y defensores por igual.
Al cabo de un rato, los escombros se movieron. Los yokai de Kioto y de Edo echaron a un lado las rocas y miraron hacia arriba. Por alguna causa que ellos desconocían, se había abierto un boquete gigantesco en el castillo Nijo, un agujero que partía desde la cúspide de la fortaleza hasta las cavernas del Nuega-ike. La explosión había cogido a todos por sorpresa. Cientos de pares de ojos buscaron la causa y entonces se fijaron en dos figuras que se mantenían en un precario equilibrio sobre una viga de madera.
—¡General Supremo! —exclamaron los Nura casi al unísono.
El Nurarihyon se encontraba en muy mal estado. Antes de descargar su espada había vislumbrado el talismán que llevaba Rikuo y, por instinto, se había apartado. Menos mal, porque la explosión luminosa del sello de Seimei había sido como una tormenta solar. El cuerpo del Nurarihyon estaba lleno de quemaduras y apenas tenía fuerzas para sostener su espada. Un yokai menos poderoso habría sido reducido a cenizas en la misma situación.
—Maldito hijo de zorra —masculló el líder de los Nura—. Esto no puede acabar así...
Rikuo, por su parte, había hecho equilibrios para sortear los efectos de la explosión. Aunque la luz mágica no se había vuelto en su contra, pues estaba dirigida contra el Nurarihyon, las estructuras de madera se habían carbonizado y derrumbado. El derrumbamiento había provocado una reacción en cadena, que al final había abierto un boquete en los mismos cimientos del castillo. Desde su delicada situación en una viga solitaria, Rikuo podía ver las aguas negras del Nuega-ike, del mismo modo que Gyuki, Sojobo, Ryuji y el grupo de Aotabo podían verle a él.
—Ríndete, Nurarihyon. Has perdido —le conminó Rikuo a su enemigo, al que tenía sujeto por el cuello de su kimono para evitar que se cayera.
El General Supremo gruñó. Sin poder evitarlo, sus dedos se aflojaron y la Nenekirimaru cayó sobre los escombros de las cavernas subterráneas. Fue como una señal. Los yokai de Kioto vitorearon a su joven señor, mientras los Nura retrocedían, intentando calcular su próximo movimiento. Bueno, no todos los Nura retrocedían. Tsurara se asomó al vacío y gritó:
—¡Rikuo! ¡Por favor, no dejes caer al señor Nurarihyon! ¡Aún puede haber paz!
—Descuida, Tsurara —la tranquilizó el joven señor—. Estoy harto de la guerra. Y creo que el Nurarihyon ya ha aprendido la lección, ¿no es así?
El General Supremo volvió a gruñir, impotente. Decididamente no tenía ganas de hablar.
Setsura y el resto de lugartenientes observaron con el ceño fruncido al joven señor de los Abe, pero no se movieron de dónde estaban. Un gesto en falso y el nieto de Hagoromo Gitsune podía acabar con la vida del General Supremo en un instante. Ahora la balanza del "miedo" se había inclinado definitivamente del lado de los Abe. Si era verdad que los yokai de Kioto querían negociar un tratado de paz, más les valía tragarse su orgullo y poner buena cara si no querían acabar en el cadalso. Minagoroshi Jizo, por su parte, desapareció de la vista de todos.
Mientras los yokai de Kioto celebraban su victoria, Yura se rascó la cabeza, un tanto confundida.
—¿Cómo ha podido Rikuo usar el talismán? ¡Pero si todavía es un yokai!
—Ay, Yura-chan, qué ingenua eres —Hidemoto Decimotercero le dio palmaditas en la cabeza—. ¿Acaso tu amigo no es el hijo de Abe no Seimei? Él era el mejor onmyoji del mundo y podía utilizar la magia blanca y la magia negra en cualquier momento, de día o de noche. Quizás sea más difícil para él en su forma yokai, pero me imaginaba que podría utilizar onmyodo si se ponía a ello.
—Soy una estúpida —se recriminó la chica de pelo negro.
—¿Por qué? ¿Acaso no has sido tú la que le has enseñado fórmulas onmyoji? Tener el talismán más poderoso del mundo no sirve de nada si no sabes cómo utilizarlo. Y él lo sabía, gracias a ti.
Las palabras de su antepasado elevaron el ánimo de Yura.
El que tenía el ánimo por los suelos en aquel momento era Kubinashi. ¡No, no podía ser! ¡Estaban tan cerca! ¡Incluso habían derrotado a Hagoromo Gitsune! Pero ahora era demasiado tarde. El Nurarihyon había sido derrotado, Gyuki se había pasado al enemigo y los yokai de Kioto controlaban el castillo. Rihan seguiría atrapado en el limbo por toda la eternidad. Kubinashi cayó de rodillas, lamentándose de la mala fortuna que le perseguía. Ni siquiera se dio cuenta de que Kurotabo estaba a su lado hasta que el monje de negro le puso la mano en el hombro.
—Déjalo estar, Kubinashi. Hemos perdido.
—No me pienso rendir —masculló el asesino sin cuello.
—Sé lo doloroso que es, pero la venganza por la venganza no sirve de nada. Tú más que nadie debería saberlo —Kurotabu suspiró—. Además, sólo el Nurarihyon podía salvar a Rihan. Sin la Nenekirimaru no se puede destruir el sello.
—¡Eso es! —exclamó Kubinashi—. ¡Nenekirimaru! ¿Dónde está?
Los ojos del asesino sin cuello rastrearon el fondo del agujero. En las cavernas medio derruidas los yokai se afanaban por liberarse de los escombros. Ninguno se había preocupado de una espada caída del cielo. Kubinashi pudo ver antes que nadie dónde estaba la Nenekirimaru. Entonces ahogó un grito de angustia.
—¡Oh, no! ¡Kejoro, no! —exclamó Kubinashi, sin importarle que el resto de presentes le oyera.
Pues había ocurrido que, mientras los demás se preocupaban únicamente por salir de los escombros, la mujer cabellera había encontrado la espada exorcista. Por un momento, la hermosa Kejoro dudó. ¿Qué debía hacer? Tanto sus camaradas como sus enemigos estaban distraídos. Podía acercarse ella sola al sello principal y alcanzarlo antes de ser descubierta. Sin embargo, para una yokai menor como ella, sumergirse en las aguas negras del Nuega-ike era una muerte segura. El lago estaba a rebosar de energía maligna. Era veneno puro.
Entonces Kejoro se acordó de los días pasados con el Segundo General, las victorias y las juergas, y también la depresión de Kubinashi al enterarse del destino de su idolatrado Rihan. Por último, recordó el momento en que ella se había interpuesto entre el Segundo y Kubinashi y había implorado por la vida de su amado, ofreciendo su vida a cambio de la de él.
"Perdóname, Kubinashi", pensó ella. "Tengo que cumplir mi promesa".
Así que la mujer cabellera cogió la Nenekirimaru y se adentró en las aguas del Nuega-ike. Pronto notó como la oscuridad del lago penetraba por sus poros. Al principio fue un subidón de energía, pues al fin y al cabo los yokai eran criaturas de la oscuridad, pero pronto notó como se convertía en un veneno que la corroía por dentro. Dolía, dolía mucho. Pero se obligó a continuar. Fue vagamente consciente de que, a lo lejos, Kubinashi la llamaba por su nombre, así como de cientos de auras que entraban en modo alerta. Sin embargo, era demasiado tarde. Ellos no podían detenerla. Y ella no podía dar marcha atrás.
—¡KINO! —gritó desesperado Kubinashi.
"Hasta siempre, mi amor", se despidió ella en sus pensamientos.
Sin más dilación, Kejoro clavó la Nenekirimaru en el primer sello. Después sus fuerzas la abandonaron y se hundió en las oscuras aguas del Nuega-ike.
Fue automático. Nada más sentir la punta de la espada exorcista, el pilar que sostenía el primer sello empezó a quebrarse. Los talismanes ardieron. Luego, un pilar de luz destruyó lo que quedaba del primer sello, ascendiendo desde las profundidades del lago hasta la cúspide del castillo Nijo. Por el pilar de luz ascendió una esbelta figura ataviada con un kimono y armada con una katana de aspecto oxidado, con el filo mellado y agrietado. Aquel guerrero parecía una versión más joven del Nurarihyon, pero de pelo negro en vez de dorado. En cuanto lo reconocieron, los yokai de Edo estallaron en gritos de alegría.
—¡Es el Segundo General! ¡El amo Rihan ha regresado del limbo!
Sus gritos despertaron al durmiente, que abrió los ojos y miró a un lado y a otro, confundido. Tardó un tiempo en ubicarse. Rikuo lo miró con ojos como platos. Aquel era el hombre que aparecía en sus recuerdos. Aquel era el que había provocado la muerte de su padre. Mientras tanto, Gyuki y Sojobo contuvieron la respiración. Algo malo iba a pasar, podían sentirlo.
Quien no lo sintió fue el Nurarihyon. Ver de nuevo a su hijo en el mundo de los vivos devolvió parte de las energías al General Supremo, que se zafó de Rikuo y acudió al encuentro de Rihan con los brazos abiertos.
—¡Hijo mío! ¡Has vuelto! No sabes lo mucho que he esperado este momento.
El Nurarihyon no tenía fama de ser precisamente el padre más cariñoso del mundo, pero en un arranque de afecto abrazó con fuerza a Rihan. El destino había querido que recuperase el fruto de su amor por Yohime justo cuando lo creía todo perdido. Tanta era su alegría que no notó cómo Rihan esbozaba una sonrisa maliciosa a su espalda. Al momento siguiente, la hoja de la espada de Rihan se clavaba en el corazón del Nurarihyon.
—¿Rihan? ¿Pero qué haces? —murmuró el General Supremo de los Nura, sin poder creer lo que estaba sucediendo.
Los yokai de Edo observaron a sus dos generales con espanto. Su terror aumentó cuando el filo de la espada de Rihan se volvió de color rojo y empezó a chupar la energía del Nurarihyon. La katana tenía un aura terrorífica que se hacía más fuerte a medida que el General Supremo se debilitaba. Parecía viva, hacía ruidos como si estuviera deglutiendo la energía vital de su víctima y empezó a rodearse de una costra orgánica de tentáculos y pinzas. Se mirase por donde se mirase, aquella espada estaba viva. Y era malvada.
—¿Rihan? ¿Por qué? —preguntó el General Supremo de nuevo. El otro sacó su espada y dejó que el Nurarihyon se precipitase sobre las aguas venenosas del Nuega-ike, abajo, justo donde Kejoro había caído.
Gritos de horror e indignación se oyeron por todo el castillo, tanto por parte de los Nura como de los Abe. Por toda respuesta, el asesino se rió como un maníaco.
—¿Rihan? No, aquí no hay ningún Rihan —dijo con una mueca que pretendía ser una sonrisa de superioridad. Sus ojos dorados se tiñeron de rojo—. Yo soy Sanmoto Gorozaemon.
Notas adicionales:
Y aquí se cierra el círculo. Volvemos al prólogo. Siento el retraso. No puedo echarle la culpa a nadie más que a mí mismo. Procastino demasiado en vacaciones (entre otras cosas me he leído el fic de Dauntless, 85 capítulos de una tacada). Gracias a Suki90, Asphios de Geminis, Lonely Athena, Corazón de Piedra Verde y los demás lectores que se han tomado la molestia de dejarme reseñas. Aunque a veces me olvide, gracias, gente, sois la droga que me anima a escribir ;-)
* Gozumaru tiene la costumbre de llamar a Tsurara "Yukinko" en vez de "Yuki-onna", es decir, "chica de las nieves" en vez de "mujer de las nieves", y siempre en un cierto tono despreciativo. O es un maleducado, o un tsundere, o las dos cosas.
* Los buenos deseos de Rikuo se han ido al traste al ver lo que le ha hecho el Nurarihyon a su abuela. Pasó lo mismo en el canon: aunque Rikuo siempre ha sido de los que saben perdonar, cuando se enfrentó a Hagoromo Gitsune su primera idea fue vengar la muerte de su padre. Luego ya se calmó.
* Quiero explorar las capacidades de onmyoji de Rikuo en el futuro. Es lógico: en el canon Rikuo siguió los pasos de su padre y aprendió el Matoi; Seimei nunca conoció esa técnica, pero tenía otros ases bajo la manga. Ningún otro pudo combinar onmyodo y magia yokai como él.
Por cierto, no sé si sabréis que Nuramago ha dejado de publicarse en WSJ. No significa que se haya acabado la serie; como mínimo habrá tres capítulos en la revista NEXT de la Jump, capítulos el doble o triple de largos que lo normal. Se ve que la serie semanal recibía notas muy bajas de los lectores, pero como los tomos se venden bien no la han cancelado del todo.
Próximo capítulo: "Secretos del pasado"
