Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: El Nurarihyon ha derrotado a Hagoromo Gitsune, pero Rikuo llega a tiempo para rescatarla. Sin embargo, no puede impedir que caiga el primer sello. Parece que Rihan ha sido liberado, pero el Segundo apuñala a su padre y proclama que es en realidad Sanmoto Gorozaemon.


Secretos del pasado

—¿Rihan? ¿Por qué? —murmuró el Nurarihyon mientras caía a las aguas del Nuega-ike.

El hombre que todos creían Nura Rihan, hijo y heredero del General Supremo, se rió con crueldad. Su espada estaba manchada con la sangre del Nurarihyon.

—¿Rihan? No, aquí no hay ningún Rihan. Yo soy Sanmoto Gorozaemon —proclamó el asesino.

Al oír aquello, los yokai del Clan Nura gritaron horrorizados. Sus congéneres de Kioto, sin embargo, estaban confundidos. ¿Quién era aquel hombre? ¿No se suponía que era Nura Rihan? ¿Por qué se hacía llamar a sí mismo Sanmoto Gorozaemon? ¿Y por qué había atravesado a su padre con aquella extraña katana?

Rikuo se acercó a Tsurara. La dama de las nieves estaba situada al borde del boquete que se había abierto en el centro del castillo Nijo. Sus caleidoscópicos ojos amarillos observaban a Rihan con espanto. Rikuo la zarandeó con suavidad.

—Tsurara, ¿qué ha pasado aquí? ¿Sanmoto Gorozaemon no era el líder del Clan de las Cien Historias?

—Sí —musitó la chica de pelo azul.

—¿Pero no habías dicho que Rihan le mató?

—Ajá —asintió Tsurara, aún conmocionada.

—Entonces, ¿quién es ese? ¿Por qué ha hecho eso? —preguntó nervioso Rikuo.

Tsurara no supo contestarle. No conocía la respuesta. Nadie en el Clan Nura o el Clan Abe la conocía. Muchos yokai de Edo habían caído de rodillas, incapaces de asimilar lo que sus ojos veían. La mayoría de los yokai de Kioto estaban confusos, sin saber qué hacer a continuación. Incluso los guerreros de Tono, que se habían abstenido de participar en la batalla para no tomar partido ni por los Abe ni por los Nura, observaban la escena atónitos. Por encima de todos ellos, aquel que poseía el cuerpo de Nura Rihan los observaba con aire de superioridad. Flotaba en el aire, indolente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para regodearse en el caos que había creado.

Entonces reapareció Minagoroshi Jizo. El vejestorio de un solo ojo y barba de chivo se había esfumado cuando el Nurarihyon había sido derrotado por Rikuo, pero ahora volvía a hacer acto de presencia muy ufano. Para asombro general, se inclinó ante el que había resucitado del limbo.

—¡Larga vida a Sanmoto Gorozaemon, señor del Clan de las Cien Historias! —proclamó Minagoroshi Jizo.

—¡Traidor! —gritaron enfadados los yokai del Clan Nura. Su antiguo camarada les ignoró deliberadamente.

—Has hecho un gran trabajo, mi Ojo Izquierdo —dijo Sanmoto Gorozaemon.

—No podía hacer menos. A fin de cuentas, soy carne de vuestra carne. Todo lo que hago, lo hago para vuestra gloria —contestó Minagoroshi Jizo con servilismo—. Los idiotas Nura han bailado a mi son todo el tiempo y han hecho el trabajo sucio por nosotros. Edo y Kioto están maduras para la conquista.

Antes de que el otro respondiese, Rikuo se encaró con ellos. Al notar su presencia, tanto Sanmoto Gorozaemon como Minagoroshi Jizo le dirigieron miradas de suficiencia. Parecían decir: "Eres muy poca cosa para nosotros. No te metas donde no te llaman". Pero el nieto de Hagoromo Gitsune no iba a dejarse amilanar, a pesar de que del tal Sanmoto Gorozaemon brotaba una ingente cantidad de energía maligna. Su abuela estaba al borde de la muerte, el Nurarihyon había sido arrojado al Nuega-ike y la ciudad había sido devastada por la guerra. Todo por culpa de ese Clan de las Cien Historias.

—¿Por qué? —les preguntó Rikuo, apretando los dientes—. ¿Por qué habéis traído la guerra a mi ciudad? ¿Por qué habéis causado tanto dolor a humanos y yokai que sólo querían vivir en paz? ¡Yo, Abe no Rikuo, os ordeno que respondáis!

Sanmoto Gorozaemon sonrió y se acercó al joven señor de los Abe. Su cara era la de Nura Rihan y, como tal, tenía un parecido asombroso con el Nurarihyon. Sin embargo, ni siquiera en sus momentos más bajos había destilado el General Supremo una mirada tan malvada como la suya.

—¿Por qué? —Sanmoto Gorozaemon se rió—. Por las dos razones más antiguas del mundo, niño. Por poder. Por venganza. El Clan Abe tiene que ser desalojado para que el Clan de las Cien Historias reine supremo. Y Rihan y el Clan Nura tenían que pagar por la humillación que me hicieron sufrir. ¿Qué mejor manera que destruir su vida y arruinar la amistad que mantuvo unido Japón?

—¿De qué estás hablando? —inquirió Rikuo.

—¿No lo sabías? —se sorprendió Sanmoto Gorozaemon—. A diferencia de tu abuela y del Nurarihyon, Abe no Seimei y Nura Rihan eran amigos. Y qué dulce fue destruir esa amistad...


FLASHBACK


Hace 340 años...

Al oeste de Edo, la capital del shogunato, se encontraba el monte Nejireme. Era un monte sagrado, en el que a lo largo de los siglos se habían construido templos, capillas y pagodas, pero también era un monte misterioso. Sus profundos bosques solían estar envueltos en brumas sin causa aparente y había quienes lo comparaban con el más famoso monte Kurama de Kioto.

El monte Nejireme era la morada de los feroces demonios-toro del yokai Gyuki y marcaba el extremo occidental de los dominios del Clan Nura. Gyuki se había convertido en vasallo del Nurarihyon, tras ser derrotado por él en batalla campal. Su lealtad no cambió cuando el Nurarihyon se retiró y su hijo Rihan se hizo cargo de la familia. La fortaleza de Gyuki daba cobijo a apenas unas decenas de guerreros, pero sus demonios-toro eran los más poderosos del Clan Nura y su exiguo número era más que suficiente para defender el monte Nejireme. Sin embargo, aquella noche el jefe del grupo había pedido que le dejaran a solas en su mansión de los bosques. Esperaba invitados importantes que exigían absoluta privacidad.

Gyuki aguardaba sentado de cuclillas, los ojos cerrados en actitud contemplativa. No estaba solo. Su acompañante, más relajado, se había repanchingado en el suelo con una copa de sake.

—Llegan tarde —murmuró Gyuki.

—Ya llegarán, tú tranquilo —dijo el otro.

—Me sigue pareciendo una mala idea —repuso Gyuki—. No sé cómo me habéis convencido para organizar esta reunión.

—Muy fácil, porque tú eres un amigo del viejo tengu del monte Kurama y el único al que iban a escuchar para organizar una entrevista. El Nue es un tipo muy cerrado.

De repente, alguien llamó a la puerta.

—Hablando del rey de Kioto... —murmuró el acompañante de Gyuki.

Se plantaron en la sala principal dos poderosas figuras. Una era el Gran Tengu del monte Kurama, el anciano consejero del Clan Abe de Kioto. Su larga nariz y su poblada barba blanca eran inconfundibles. El otro recién llegado era nada más y nada menos que Abe no Seimei, más conocido como el Nue. Onmyoji inmortal, señor de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kansai, Señor del Pandemónium, todo eso y mucho más era el hombre que en aquel momento observaba a sus dos anfitriones con el ceño fruncido.

—Creía que esta era una reunión privada, Gyuki. ¿Qué hace el hijo del Nurarihyon aquí? —preguntó Seimei.

Pues al lado del amo del monte Nejireme estaba el mismísimo Nura Rihan, tumbado en una posición indolente y más pendiente del sake de su copa que del enfado de su huésped.

—No pongas esa cara, Nue —sonrió el pícaro Rihan—. Esta reunión ha sido idea mía. Tenía ganas de hablar contigo, Señor del Pandemónium, pero no eres de los que conceden entrevistas alegremente, así que que me perdonarás este pequeño subterfugio.

Seimei hizo amago de conjurar un sello mágico, pero el hijo del Nurarihyon alzó las manos en son de paz.

—¡Oh, por favor, aquí todos somos amigos! O al menos no somos enemigos. Los que dicen que la paz es aburrida es que no saben cómo sacarle jugo a la vida —Rihan le guiñó un ojo—. Pero si buscas pelea, tengo mis propios trucos.

—No quieras poner a prueba mi poder sobre la magia de luz y oscuridad —le retó Seimei.

—No quieras poner a prueba mi Matoi —replicó Rihan, sin perder su sangre fría.

El señor de Kioto y el señor de Edo se miraron fijamente a los ojos, sin pestañear. Entonces el Gran Tengu se interpuso entre ellos e hizo un llamamiento a la calma. Aún reticente, Seimei se sentó frente a su anfitrión, Nura Rihan. El hijo del Nurarihyon le tendió una copa de sake.

—Una bebida entre amigos siempre anima —dijo Rihan.

—No somos amigos —replicó el Nue.

—Todavía no, pero podríamos llegar a serlo —sonrió el General Supremo de los Nura.

—Hay demasiada mala sangre entre nuestros dos clanes —repuso Seimei, mortalmente serio.

—Cosas del pasado —insistió su anfitrión.

—Tu padre mató a mi madre.

Aquello congeló la sonrisa de Rihan. Sí, había oído hablar de aquello, normalmente acompañado de lamentaciones del resto de lugartenientes del clan por haber llegado demasiado tarde. "¡Si el General Supremo hubiese matado a Hagoromo Gitsune antes de que diese a luz!", solían decir ellos. Pero Rihan no pensaba así. Aunque había heredado mucho de su padre, también era hijo de su madre, y la dulce Yohime lamentaba profundamente lo sucedido con Lady Yodo.

—Puedo darte mis disculpas, si así lo deseas —inclinó la cabeza Rihan, serio por primera vez en toda la velada—. No puedo disculparme en nombre de mi padre, pues debe hacerlo él, ni tampoco en nombre de mi clan, pues necesitaría el voto de los lugartenientes. Sin embargo, no quiero que rencores del pasado puedan enturbiar una relación provechosa entre nosotros. Somos muy parecidos, tú y yo. Somos líderes de grandes clanes, creemos en la convivencia entre la oscuridad y la luz, pues somos también hijos del amor entre humanos y ayakashi... ¿Qué me dices?

Seimei suspiró. Ciertamente, el hijo del Nurarihyon tenía mucha labia. Sin embargo, también tenía mucha razón. Él era el responsable de la felicidad de sus diez mil seguidores, así como de los miles de habitantes de la ciudad de Kioto. No podía rechazar una oferta honorable sólo porque tenía una vendetta con un miembro ya retirado de otro clan.

—De acuerdo —accedió por fin Seimei, levantando la copa de sake—. Por nuestra amistad.

Rihan sonrió de oreja a oreja. El ambiente se distendió como por ensalmo. Los dos cabezas de sus respectivos clanes empezaron a charlar animadamente sobre la situación de Edo y de Kioto. En cuanto a sus dos acompañantes, Gyuki y Sojobo preferían compartir recuerdos de sus años mozos, cuando el país aún estaba dividido en una miríada de pequeñas familias ayakashi.

En estas estaban cuando Rihan, por curiosidad, se atrevió a preguntar:

—¿Son ciertas las leyendas de que Hagoromo Gitsune puede reencarnarse una y otra vez? ¿Significa eso que volverá de entre los muertos algún día?

Seimei se quedó callado un momento. Rihan temió haberle ofendido con sus palabras, pero luego el señor de la oscuridad de Kioto asintió.

—En efecto, mi madre tiene el poder de la reencarnación —confirmó el Nue—. No es un poder ilimitado, empero. Sus ciclos de reencarnación son limitados y, muy probablemente, la próxima vez será la última que pueda volver del Inframundo. Por desgracia, el Nurarihyon —aquí Rihan hizo una mueca de disgusto— hirió no solamente su carne, sino su espíritu también, así que pasarán siglos hasta que el alma de mi madre se recupere y pueda volver de entre los muertos.

—Mm, es un poder interesante —musitó Rihan—. Me gustaría saber más. Un onmyoji me contó una vez que Hagoromo Gitsune aparece durante tiempos turbulentos, dentro del cuerpo de una niña humana destinada a un futuro notable, que absorbe la oscuridad que le rodea hasta que su espíritu madura y entonces toma el control del cuerpo anfitrión, pero que ese cuerpo envejece y muere como el de un humano normal.

Seimei bufó como si le acabaran de decir que el sol giraba alrededor de la Tierra.

—Ese onmyoji debía haber leído historias manipuladas y rumores de otros ayakashi similares, como Tamamo no Mae o las kumihos coreanas —dijo el Nue con aire displicente—. Primero, no hay que mezclar posesión con reencarnación... aunque mi madre puede hacer las dos cosas. Puede poseer un cuerpo adulto gracias a su magia, pero sólo puede hacerlo estando viva ella también. Para volver del mundo de los muertos tiene que reencarnarse, lo que significa que el espíritu de su cuerpo anfitrión es el suyo desde el principio. No lo "posee" cuando se hace mayor. Hay mucha literatura al respecto en los monasterios budistas. ¿Quién te contó esa historia?

—Hidemoto Decimotercero, de los Keikain —se apresuró a responder Rihan—. En su defensa, el pobre hombre estaba viejo y achacoso.

—Lo conocí en su día. Siempre fue un bromista consumado y muchas veces se pasó de listo. Quiero creer que este fue uno más de sus juegos mentales y no un indicio de su ignorancia —suspiró Seimei—. Aunque algo de verdad había en sus palabras. Hagoromo Gitsune aparece en tiempos turbulentos para reunir más oscuridad, y también se ha repetido varias veces que sus tapaderas humanas han alcanzado posiciones de influencia y poder en sus respectivas épocas. Hasta qué punto es parte del destino divino o fruto de las habilidades de mi madre, ya no lo sé. En cualquier caso, quiero que su próxima reencarnación sea lo más tranquila y amena posible. Ya ha sufrido bastante durante siglos.

Nura Rihan esbozó una sonrisa melancólica.

—Al menos tú tienes la garantía de que, tarde o temprano, volverás a ver a tu madre. La mía murió —dijo el hijo del Nurarihyon con un deje de tristeza en su voz, aunque seguía sonriendo—. Era inevitable, claro, lo sabía perfectamente. Mi padre también. Los humanos son frágiles, su paso por este mundo es tan fugaz como la floración de los cerezos. E igual de hermoso. Me consuela saber, sin embargo, que mi madre pudo ver cómo encontraba a la mujer adecuada y sentaba cabeza.

—¿Estás casado? —se sorprendió Seimei.

—Oh, sí, desde luego. Soy un hombre casado y feliz, aunque de vez en cuando parezca un libertino —Rihan le guiñó un ojo a su interlocutor—. Permíteme que te la presente. ¡Yamabuki!

Una mujer ataviada en un colorido kimono entró en la sala, portando una bandeja de comida. Era de una belleza etérea, con piel de blanca porcelana, lustroso cabello negro y ojos oscuros como la luna nueva. Muy recatadamente, colocó la bandeja a los pies de los allí reunidos e hizo una educada reverencia.

—Rihan-sama, Don Gyuki, honorables invitados, les traigo la cena. Si pueden perdonar la espera, enseguida traeré el resto de los platos —dijo la hermosa mujer.

Ya se iba a retirar cuando Rihan la cogió del talle e hizo que se recostara a su lado.

—¡Rihan-sama! —exclamó ella, sonrojándose—. ¡La cena...!

—Deja que las sirvientas se ocupen de eso. Quiero presentarte a alguien —Rihan se colocó de forma que su mujer quedara frente a frente con Abe no Seimei—. Señor Nue, te presento a mi esposa, Yamabuki Otome. Yamabuki, este es el Nue, el Señor del Pandemónium.

—Es un honor —se apresuró a hacer una reverencia la hermosa dama.

Seimei correspondió con cortesía y examinó con atención a aquella mujer. "Yamabuki Otome", la dama de las kerrias. No parecía tener una gran energía espiritual. Si hubiese tenido que apostar algo, el Nue habría dicho que se trataba del fantasma de una humana, posiblemente muerta en trágicas circunstancias.

—A Yamabuki también le gustan los humanos, ¿verdad que sí? Se aburre tanto en la casa principal que va todos los días a una terakoya a dar clase a los niños del vecindario —dijo Rihan con una sonrisa.

Aquello sorprendió a Seimei. Las terakoya eran escuelas adyacentes a los templos budistas. En tiempos de guerra sólo los hijos de los samurais recibían una educación completa, pero ahora que había paz bajo los Tokugawa, las clases populares también querían instruirse. En las terakoya se enseñaba a leer y escribir, a usar el ábaco, historia, geografía y otras materias. Que una ayakashi eligiese libremente hacer de profesora de un montón de niños humanos resultaba inaudito.

—No me aburro en casa, Rihan-sama —protestó Yamabuki con suavidad—. Es sólo que... Me gustan los niños, ya sean humanos o ayakashi. Me basta con imaginar sus caritas sonrientes para sentir una calidez en mi interior que no puedo explicar —dijo la dama de las kerrias, cerrando los ojos, para luego parpadear y volverse ante las miradas de curiosidad de Seimei y Sojobo—. Lo siento, sé que es muy extraño para una ayakashi como yo.

—En absoluto —negó con la cabeza Seimei mientras alzaba su copa de sake en el aire—. Ahora veo lo que el hijo del Nurarihyon descubrió en vos, señorita Yamabuki. Brindo por vuestra felicidad conyugal.

—Muchas gracias, Nue-dono —Yamabuki hizo una nueva reverencia.

—Ojo, señor Nue, que la dama ya tiene marido —bromeó Rihan, estrechando con su brazo libre a su esposa—. Y tú tranquila, cariño. Si lo que quieres son niños, seguro que se me ocurre algo para darte unos cuantos...

Yamabuki Otome se puso roja como una cereza mientras Rihan y sus invitados reían alegremente. Así transcurrió el resto de la velada, entre bromas y conversaciones varias. Era el inicio de una sincera amistad.

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Hace 300 años...

Edo ardía. Se había librado una batalla en las calles de la capital de los Tokugawa. Se había librado una guerra secreta por el control de la oscuridad de la ciudad. El Clan Nura, la poderosa organización yakuza de Kanto, había ganado, pero había pagado un precio muy alto por su victoria.

Rihan se encontraba en su mirador favorito, desde donde se podía contemplar la ciudad entera. Tan absorto estaba contemplando la devastación de Edo y la de su propio corazón, que tardó en darse cuenta de que una abrumadora energía espiritual había llegado al mirador. En un primer momento pensó que se trataba de un enemigo, uno más de los subalternos del maldito Sanmoto Gorozaemon, pero luego lo reconoció. Era el Nue de Kioto, que observaba el panorama con el ceño fruncido.

—A la capital habían llegado noticias de disturbios relacionados con ayakashi en Edo, pero no me imaginaba esto. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Seimei con preocupación.

—Una guerra —musitó Rihan.

El hijo del Nurarihyon no se creía capaz de pronunciar una sola palabra más, pero ante la insistencia del Nue empezó a relatar su historia. Contó cómo Edo se había empezado a llenar de extraños ayakashi salidos de ninguna parte, que no obedecían las reglas del Clan Nura. Es más, les estaban robando su "miedo". Tras mucho investigar, habían descubierto que aquellos monstruos desconocidos estaban a las órdenes de un tal Sanmoto Gorozaemon.

—¿Sanmoto Gorozaemon? —se extrañó Seimei—. ¿Quién es ese?

Era el alias de un mercader llamado Sanmoto Mikanbune. El obeso comerciante se había hecho de oro gracias a la importación de naranjas y el negocio de la madera, pero aunque era el hombre más rico de Japón, aún ambicionaba más.

De algún modo que los Nura aún no sabían explicar, Sanmoto Mikanbune se había hecho con un artefacto místico llamado Tetera de los Cien Demonios, que tenía una doble función. Por un lado, hacía realidad los personajes creados durante los juegos de Hyakumonogatari Kaidankai, un entretenimiento popular en el que los reunidos se intentaban asustar mutuamente contando historias de terror. Por otro lado, reunía "miedo" puro con el que su dueño podía controlar la mente de otras personas. Así, el gordo y fofo humano Mikanbune se había convertido en un señor de la oscuridad capaz de rivalizar con el mismísimo Clan Nura.

Pero todo había acabado ya. Rihan había descubierto sus planes y había atacado con todas sus fuerzas, derrotando a Sanmoto. En un último movimiento desesperado, el mercader había utilizado el poder de la tetera para convertirse él mismo en un ayakashi, haciendo así realidad su alias de "Sanmoto Gorozaemon", pero Rihan lo había partido en cachitos. Aunque aún quedaban sueltas muchas de sus criaturas, el peligro inmediato había terminado.

—Entonces deberías estar contento, ¿no? —observó Seimei—. ¿Por qué estás tan triste entonces?

—Porque antes de averiguar quién estaba detrás de los ataques, Sanmoto no dudó en utilizar trucos sucios para quitar de en medio a los míos. Mi... Mi esposa ha muerto —confesó Rihan.

Seimei se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Lo lamento muchísimo, Rihan. Perder a un ser querido es un dolor inmenso.

—¡Pero no debería haberla perdido! —exclamó el Segundo General con cara de sufrimiento—. Sanmoto envió contra ella a un asesino, un ciempiés venenoso. Maté al desgraciado y llevé a Yamabuki a la mansión. Lo tenía todo controlado. Heredé los poderes curativos de mi madre, ¿lo sabías? El veneno no debería haber sido un problema, pero algo no funcionaba. Yamabuki murió antes de que pudiera curarla.

—No debes echarte la culpa por eso, Rihan. Todos cometemos errores —intentó razonar Seimei, pero su amigo no le escuchaba.

—No, no fue un error —Rihan meneó la cabeza con pesar—. Yamabuki... Ella no quería decírmelo hasta estar segura, lo habíamos deseado con tantas fuerzas que no quería causarme una decepción si se trataba de otra falsa alarma... Pero no era una falsa alarma. El veneno actuó con más virulencia porque había otra vida gestándose en su interior. Yamabuki estaba embarazada.

—Oh, no... —murmuró el Nue.

Abe no Seimei era el mejor onmyoji de la historia, maestro de las artes mágicas, poseedor de los secretos astronómicos, pero ni él sabía como curar un corazón devastado. Así que se quedó junto a Rihan, en silencio, contemplando cómo los fuegos de Edo iban apagándose uno a uno.

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Hace 20 años...

Sanmoto Gorozaemon estaba furioso. Muy, muy furioso.

Hacía siglos que había sido enviado a los pozos del Inframundo por Nura Rihan y se veía relegado a una existencia incompleta. Cuando se convirtió en un auténtico Rey Demonio, cada parte de su cuerpo se había transformado en un ayakashi, una garantía de que, incluso si era liquidado, sus Cien Demonios podrían resucitarle de entre los muertos cuantas veces hiciera falta.

O ese era el plan, al menos. La realidad era que Nura Rihan, atormentado por el recuerdo de su esposa muerta, había cazado sin piedad a sus creaciones con la ayuda del Nue de Kioto. Cada vez que una parte moría, se reunía con su espíritu en el Inframundo, sin posibilidad de resurrección. Y las partes que aún quedaban con vida se mantenían bajo el radar, temerosas de que los Nura les encontrasen.

—¡Maldito seas, Nura Rihan! ¡Juro que algún día acabaré con tu estirpe! —bramó Sanmoto Gorozaemon.

—Señor Sanmoto, ¿podría bajar el tono unas octavas? Tenemos planes que trazar —dijo de repente una voz suave y aterciopelada.

El escenario cambió. Ya no estaba en el Inframundo, sino en una antigua mansión de madera situada a las afueras de Kioto. No había resucitado, sin embargo. De todas sus partes con vida, el Cerebro actuaba como su representante en el mundo de los vivos. No era gran cosa, pero al menos le permitía estar en contacto con los suyos. Eso significaba, empero, que debía preocuparse de sintonizar bien la onda y no confundir su papel de Cerebro con Sanmoto Gorozaemon.

Sobre todo cuando se hacía pasar por uno de los lugartenientes de los Nura.

Oh, ciertamente sus partes no habían estado cruzadas de brazos durante siglos, a pesar de la caza de Nura Rihan. De hecho, hacía poco que habían coronado con éxito su proyecto más audaz: infiltrarse en el Clan Nura. Sus pobres víctimas habían sido los demonios de la facción Tres Ojos. Los habían asesinado a todos, sustituyéndolos por miembros de su Clan de las Cien Historias. Su propio líder, Mitsume Yazura, había sido despellejado vivo. Ahora el Cerebro utilizaba su piel para hacerse pasar por él en las reuniones del Clan Nura. Ni Rihan ni ninguno de sus lugartenientes habían notado el cambio.

Pero infiltrarse por infiltrarse no servía de nada. Sanmoto Gorozaemon quería hacer sufrir a Rihan, quería quitarlo de en medio y resucitar de una vez. Entonces se haría con el control de Japón.

Por desgracia, librarse de Rihan era harto difícil. El Segundo General era fuerte y astuto, y contaba con la ayuda de sus fieles seguidores. Había sobrevivido a innumerables atentados contra su vida. Se las sabía todas. Sin embargo, incluso el mayor de los guerreros tenía que bajar la guardia alguna vez. Explotar el recuerdo de su esposa muerta era un blanco evidente y el propio Sanmoto Gorozaemon había sugerido a sus lacayos que ideasen un plan.

Un plan que tampoco estaba saliendo como esperaba.

—¡Agh! —gruñó el Cerebro, quitándose la máscara de Mitsume Yazura. Debajo se veía una calavera deforme y un órgano palpitante que parecía un cerebro de elefante—. ¿Vais a seguir perdiendo el tiempo mientras vuestro maestro languidece en el Inframundo? ¡Encho, Yanagida! ¡Haced algo!

—En eso estamos, señor Sanmoto —dijo la voz que le había respondido antes, con un deje de irritación—.Pero nuestros recursos son limitados. No podemos hacer milagros.

Quien así había hablado se hacía llamar Encho, realmente la Boca de Sanmoto. Parecía un narrador de cuentos del periodo Edo, elegante y misterioso, pero sus ojos grandes e inexpresivos producían escalofríos. Con su labia podía difundir el miedo en los corazones de sus oyentes. A su lado estaba Yanagida, el más fiel de los lugartenientes de Sanmoto Gorozaemon. Cosa curiosa, no era una de sus partes, sino un ayakashi que le había servido cuando aún era el mercader Mikanbune. Era su misión recolectar el mayor número posible de leyendas urbanas para engrosar las filas del Clan de las Cien Historias.

Ellos dos eran los más influyentes de los Ejecutivos, los miembros más poderosos del Clan de las Cien Historias. Otros estaban también presentes en aquella sala, pero se mantenían aparte, poniendo cara de aburrimiento.

Era la misma historia de siempre. A Sanmoto Gorozaemon se le había ocurrido crear una copia exacta de Yamabuki Otome y utilizarla para asesinar a un desprevenido Rihan. Pero aunque habían creado un cuerpo idéntico al original y habían recolectado recuerdos de la dama de las kerrias, al final sus esfuerzos no servían para nada. Sin un alma, aquel clon no era más que una muñeca vacía.

—¡No quiero excusas! ¡Quiero resultados! —gritó el Cerebro, dando una patada a la copia de Yamabuki Otome. El clon cayó de la mesa de operaciones en la que se encontraba, sin hacer ni un gesto de dolor.

—Como he dicho, maestro Sanmoto, no podemos hacer milagros —repitió Encho con cansancio—. Para que nuestra copia se mueva como una persona, necesitamos un alma que podamos manipular. La de la propia Yamabuki Otome sería la solución ideal, pero no tenemos el poder de devolver a un espíritu a la vida. Si lo tuviéramos, su resurrección sería mucho más fácil, señor Sanmoto —añadió el cuentacuentos, sonriendo con ironía.

—Dicen los rumores que el Nue dispone de un poder así, una magia secreta llamada Hangon no Jutsu o Técnica del Alma Invertida —se adelantó Yanagida, siempre solícito—. Sin embargo, como he dicho, sólo son rumores. Incluso si fueran verdad, dudo mucho que el Nue fuera a compartir esa técnica con nosotros.

—Odio también a ese cerdo del Nue —masculló el Cerebro—. Parece que estoy condenado a la no-existencia. Si no acaba Nura Rihan conmigo, lo hará Abe no Seimei...

—No tengáis tanta prisa por ir al olvido, maestro Sanmoto —intervino un recién llegado, entrando justo entonces por la puerta.

—¡Minagoroshi Jizo! —exclamó el Cerebro—. ¡Has estado desaparecido durante semanas! ¿Dónde te habías metido?

El vejestorio con barba de chivo y un solo ojo rojo en la frente se rió complacido al ver que su ausencia había sido notada. No era uno de los Ejecutivos, pero soñaba con escalar posiciones dentro del Clan de las Cien Historias. Él mismo era el Globo Ocular Izquierdo de Sanmoto y su poder era la hipnosis. Le acompañaba una nueva incorporación al clan, la misteriosa mujer-pájaro Yosuzume.

—Precisamente había estado dando una vuelta por Kioto —respondió Minagoroshi Jizo—. Oí que necesitábamos un alma y sabía dónde podía encontrar una.

Con un movimiento teatral, Minagoroshi Jizo enseñó a sus camaradas un pedazo de roca.

—¿Es eso lo que yo creo que es? —preguntó Encho con los ojos incluso más abiertos de lo habitual.

—Un trozo del sesshoseki de Hagoromo Gitsune. Un trozo de su alma —dijo Minagoroshi Jizo—. Utilizaremos estos trozos del sesshoseki para atraer el alma de Hagoromo Gitsune a esta muñeca hueca que tenemos aquí. Con mi hipnosis y los recuerdos de Yamabuki Otome, podremos mantenerla controlada todo el tiempo que haga falta.

Su entusiasmo era contagioso, pero no todos los presentes estaban convencidos.

—Muy listo, Minagoroshi Jizo —se burló Yanagida—. Subestimas el poder de una kitsune de nueve colas. Aunque esta copia se mueva y hable como queramos, el alma de Hagoromo Gitsune tratará de escapar como sea, incluso inconscientemente. Si nuestra muñeca se queda embarazada, por ejemplo, el alma de Hagoromo Gitsune pasará a su hija y nos quedaremos sin muñeca y sin plan.

Encho cerró de golpe el abanico con el que se solía tapar la boca y golpeó con él la mesa, reclamando la atención de todos.

—Si el plan es asesinar a Nura Rihan, no necesitaremos nueve meses para llevarlo a cabo —dijo el cuentacuentos—. Pero tanto hablar de almas y embarazos me ha dado una idea aún mejor. ¿Y si provocamos una guerra? Bastará empujar a Rihan más allá del límite de la desesperación para que nuestros enemigos se maten entre sí. Pero hay más: si jugamos nuestras cartas bien, podríamos conseguir un cuerpo adecuado para nuestro señor Sanmoto Gorozaemon.

Aquellas palabras despertaron inmediatamente el interés del Cerebro.

—Sigue hablando, Encho...

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Hace 19 años...

¿Qué ocurría? Era demasiado pronto. No podía moverse aún. Su espíritu... Su espíritu aún estaba incompleto. Entonces, ¿por qué se movía? La llamaban... Sí, sentía la llamada, un faro en medio de la oscuridad que la rodeaba... Pero era una llamada extraña. Era suya y no era suya. Dudó. No quería seguir la luz. Nunca le había gustado la luz.

Entonces pensó que podía ser Seimei. Y se dejó llevar.

Luego, el horror. Algo andaba mal. Ese no era el cuerpo que buscaba, que necesitaba. Ni siquiera era un cuerpo. Era una muñeca hueca, vacía... No, no del todo vacía. Había algo... Recuerdos, reales y falsos. Cosas implantadas, como injertos en un árbol. También había trampas ocultas, gatillos mentales, órdenes siniestras... No quería estar ahí, quería darse la vuelta. Pero no podía.

Estaba atrapada. Quiso luchar, quiso gritar, pero luego se durmió. No, no se durmió. La durmieron.

Y entonces la muñeca se levantó.

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Hace 18 años...

—Amigo Mitsume, más vale que sea algo importante. Me gustan las sorpresas como al que más, pero hacerme venir hasta este rincón perdido de la ciudad me parece demasiado... —se quejó Rihan.

—Lo es, General Supremo, le aseguro que lo es —contestó en tono servil Mitsume Yazura, el líder de la facción Tres Ojos. O mejor dicho, el Cerebro de Sanmoto disfrazado—. Cuando vea lo que mis servidores han encontrado, estará de acuerdo conmigo.

Rihan se encogió de hombros. No solía salir de día, pero Mitsume Yazura había insistido en que le acompñara, porque tenía una sorpresa que enseñarle. El lugarteniente nunca había sido un yokai muy dado a efusividades, así que su insistencia había despertado la curiosidad de Rihan. Sin embargo, su interés se apagó rápidamente cuando Mitsume Yazura le llevó hasta una pequeña floristería de barrio.

—¿Acaso me vas a regalar un ramo de flores y te me vas a declarar, Mitsume? —se burló Rihan, riéndose de su propia gracia.

—Paciencia, mi señor —Mitsume Yazura le hizo un gesto para que se callase.

Nura Rihan iba a añadir un comentario jocoso más cuando llegó hasta él el olor de las flores. Kerrias... Había muchas kerrias en aquella floristería. Era un olor que alimentaba en él un fuego dulce y doloroso al mismo tiempo. Un fuego que se avivó hasta alcanzar proporciones de incendio forestal cuando la dependienta de la tienda salió a despedir a un cliente.

—Muchas gracias por su compra —sonrió la mujer.

Oh, dioses, no podía ser. Tenía que ser un sueño, una pesadilla, cualquier cosa menos la realidad. Porque allí, en aquella minúscula floristería, rodeada del perfume de las kerrias, estaba Yamabuki Otome. La misma piel de alabastro, la misma melena negra, los mismos ojos oscuros... Vivía, respiraba, y tenía la sonrisa que le había enamorado en su juventud. Rihan sintió que se quedaba sin respiración.

—¿Qué me decís, General Supremo? ¿Era buena la sorpresa o no? —sonrió Mitsume Yazura.

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Hace 17 años...

El Nurarihyon y su hijo Rihan estaban sentados en la sala de reuniones del Clan Nura. No había nadie más allí, ni siquiera los sempiternos consejeros Mokugyo Daruma y Karasu-Tengu. Las dos generaciones de la familia, frente a frente, parecían a punto de estallar.

—¿Cómo que no lo apruebas, viejo? —exclamó Rihan enfadado.

—No voy a dejar que te cases con esa humana —contestó su padre—. Es un peligro para el clan.

El Nurarihyon se había retirado como líder de la familia siglos atrás, pero aún ejercía una gran influencia dentro del Clan Nura. Aunque había envejecido, aún seguía conservándose fuerte y sano como un roble. Unido al hecho de que la mayoría de los lugartenientes pertenecían a la vieja guardia, sus palabras tenían un peso poderosísimo. Casi siempre se conformaba con dejar actuar a su hijo libremente, a menudo con una aparente falta de interés por la suerte de su vástago, pero en esa ocasión era diferente, para gran disgusto de Rihan.

—¿Es tu excusa para decir que no quieres que una humana diluya la sangre yokai de los Nura? —preguntó el Segundo, apretando los dientes.

—No juegues conmigo, chico. Soy el último que te impediría casarte con una mujer simplemente porque es humana. Soy mentiroso, ladrón y juerguista, pero no un hipócrita —se defendió el Nurarihyon. A fin de cuentas, él había sido muy feliz con Yohime y, si bien muchos lugartenientes habían dudado de las capacidades del pequeño Rihan, su hijo pronto les demostró que tener sangre humana no era sinónimo de debilidad—. Pero debes pensar que la aparición de esa chica es sospechosamente conveniente. Me huelo una trampa.

—¿Ah, sí? —repuso Rihan con incredulidad—. ¿Y quién se tomaría tantas molestias, quién tendría tanto poder para traer a Yamabuki Otome de entre los muertos y usarla para infiltrarse en nuestro clan?

—Kioto, por ejemplo —sugirió el Nurarihyon.

Una mueca de desdén se dibujó en la cara de Rihan. Como siempre, su padre se había anclado en los viejos odios del pasado. Claro que su hijo nunca se había atrevido a decirle que se había hecho amigo del Nue. Su alianza era sólo conocida por Gyuki y algunos miembros selectos de su grupo, por nadie más.

El Nurarihyon notó la cara de contrariedad de su hijo.

—¿No crees que sea posible? ¿Acaso piensas que tu supuesta amistad con el Nue te salvará de un ataque a traición? —le reprendió el antiguo General Supremo.

—¿Lo sabías? —preguntó Rihan, muy sorprendido.

—Lo sospechaba. Tú lo acabas de confirmar ahora —dijo su padre, muy decepcionado—. Rihan, no te puedes fiar de los yokai de Kioto. No se han convertido en Señores del Pandemónium siendo majos y simpáticos con los demás, sino trepando por una montaña de cadáveres. Algún día te apuñalarán por la espalda y recordarás mis palabras, pero ya será demasiado tarde.

Rihan agachó la cabeza, conteniendo sus ganas de pegarle cuatro gritos a su padre.

—No creo que mi futura esposa tenga nada que ver con Kioto —se limitó a decir el Segundo.

—Rihan, escucha: Karasu-Tengu ha hecho averiguaciones sobre esa chica. No encuentra nada sobre su pasado. Es una pizarra en blanco —explicó el Nurarihyon con paciencia—. No me dirás que no huele a chamusquina.

—No me importa —afirmó Rihan sin dudar—. La amo. Quizás no pueda casarme ahora sin tu consentimiento, pero tarde o temprano tendrás que reconocerla y dejar que sea mi esposa.

—Muy confiado te veo —comentó el Nurarihyon con aire divertido.

La sonrisa irónica del antiguo General Supremo desapareció como por ensalmo cuando oyó las siguientes palabras de su hijo:

—Está embarazada de mi hijo. Sea niño o niña, la criatura que salga de su vientre se convertirá en el próximo heredero del Clan Nura. Ya no hay vuelta atrás.

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Hace 16 años...

A Rihan le habría gustado dar vuelta atrás, viajar en el tiempo y escapar de su presente. Lo que estaba ocurriendo era demasiado horrible para soportarlo.

Había perdido otra vez a Yamabuki Otome. O al menos a la persona que se parecía a su fallecida esposa como una gota de agua a otra, la mujer que había devuelto la luz a un corazón sumido durante mucho tiempo en las tinieblas de su desazón. El destino había querido devolverle la alegría perdida... para luego arrancársela sin misericordia.

Según había avanzado el embarazo, habían aparecido los primeros signos de alarma. Su esposa (no, tenía que recordárselo, aún no estaba casado con ella por culpa de la obstinación del Nurarihyon) se había ido debilitando más y más según crecía la criatura de su interior. Era como si estuviese chupando su misma esencia vital. Los médicos trataron de tranquilizar a la pareja, diciendo que no era una situación infrecuente y que la futura madre debía comer más y guardar reposo. Sin embargo, Rihan recordaba que aquella niña —niña iba a ser, así lo habían confirmado las ecografías— tenía también su sangre, sangre de yokai. Podía haber complicaciones inesperadas.

Por eso había encargado a los médicos del grupo Zen, los mejores del mundo yokai, que se encargasen de atender a su amada. Rihan se había mentalizado para lo peor, pero fue un mazazo para él cuando los tímidos pájaros Zen le comunicaron que la madre de su hija había muerto durante el parto. Los médicos no encontraban una explicación lógica; la madre simplemente había perdido su energía vital nada más nacer la criatura.

Era un ligero consuelo para Rihan saber que la niña estaba sana y salva, aunque por dentro su corazón sufría. Los médicos, con aire avergonzado, le dejaron a su hija entre los brazos y se retiraron para concederle un poco de necesaria privacidad.

Rihan contempló con tristeza a la pequeña. Parecía una versión en miniatura de su madre, misma piel blanca, mismo pelo negro, mismos ojos oscuros...

—Esos ojos... —murmuró Rihan, examinando a la niña más de cerca.

Había algo raro en esos ojos. Estaban abiertos de par en par y observaban los alrededores con una inteligencia impropia de sus escasas horas de vida. Además, parecían abrirse a profundos pozos cargados de energía espiritual, una energía inconfundiblemente yokai, pero que no era la de Rihan ni la de nadie que él conocía. No, si se concentraba, sí lograba encontrar un parecido. Con el Nue.

Aquella niña era la reencarnación de Hagoromo Gitsune.

Algo hizo crack dentro de la mente de Rihan. No, no podía ser. Una broma, eso, tenía que ser una broma del destino. Era demasiada casualidad, demasiado inconcebible que ocurriese ahora, justo con él, justo después de haber perdido a su segundo amor. ¿Tanto le odiaban los dioses que querían que sufriese el doble de lo que había sufrido? La voz de su padre resonó con fuerza en su cabeza, con toda la autoridad de un juez celestial:

" Algún día te apuñalarán por la espalda y recordarás mis palabras, pero ya será demasiado tarde".

Sus temores se confirmaron cuando, de repente, apareció el mismísimo Nue en la mansión del grupo Zen. Los yokai pájaro huyeron asustados, pues le creían un enemigo. Sólo Rihan se quedó donde estaba, de pie, sosteniendo a aquella criatura maldita entre sus brazos.

—Así que es verdad —musitó el Segundo General, casi sin energías—. Esta niña es Hagoromo Gitsune.

—Sí, lo es. Hace veinte años destruyeron su sesshoseki y ya no pude contactar con su espíritu, pero esta noche percibí cómo su energía brillaba en las regiones de Kanto. ¿He de suponer que este bebé es tu hija? ¿Con una humana? —preguntó Seimei, sintiéndose muy violento.

—Sí —asintió Rihan con pesar.

Abe no Seimei se rascó la barbilla, pensativo.

—No creía posible que mi madre fuese a reencarnarse en una criatura con un cuarto de sangre yokai. Interesante. También me parece que es demasiado pronto para su reencarnación, hay algo raro en todo esto —musitó el Nue sin percatarse de la creciente cólera de su amigo—. En fin, me gustaría llevármela a Kioto para hacer unas pruebas. Ven conmigo, así hablaremos durante el trayecto del futuro de esta...

Rihan le cortó con una carcajada carente por completo de humor.

—¿Futuro? ¿De qué futuro me hablas? ¿Me traicionas de este modo y todavía tienes el descaro de intentar engañarme aún más? —explotó el Segundo General—. No, no va a haber futuro, para ninguno de los dos. Mi amor murió, yo también moriré, por mi propia mano, pero antes me aseguraré de que Kioto no vaya a aprovecharse de mi ingenuidad... Mi padre tenía razón...

—Rihan, por favor, no sé exactamente lo que ha pasado aquí, comprendo que estés disgustado, pero deberíamos hablarlo —trató de aplacarle Seimei, sin mucho éxito.

—¿Sigues fingiendo ignorancia? No importa —Rihan desenvainó su espada Nenekirimaru, la hoja exorcista que le había legado su padre—. La hora de las palabras ha pasado. Sólo queda la muerte.

Antes de que el General Supremo de los Nura pudiese cometer un acto imperdonable, Seimei convocó sellos mágicos e inmovilizó a su rival. En condiciones normales, probablemente Rihan habría podido liberarse inmediatamente de aquella trampa, pero su cabeza no regía bien. Estaba embriagado por la tristeza, el dolor y la furia. Rápidamente, Seimei recogió al bebé en el que se había reencarnado su madre. En ningún momento la pequeña había llorado o hecho el más mínimo gesto de terror.

—Espero que el tiempo te permita reflexionar y que tus heridas se cierren. Cuando estés mejor, ven a Kioto. Te estaré esperando —le dijo Seimei a Rihan—. Hasta entonces, te deseo lo mejor.

Nura Rihan no dejó de gritar y lanzar maldiciones a su otrora amigo, pero para cuando se liberó, el Nue hacía tiempo que había regresado a la capital.

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Hace 13 años...

—Cuanto lo lamento, amo Rihan. Es todo culpa mía —dijo Mitsume Yazura, postrándose ante el General Supremo.

Estaban en la sala de reuniones, ellos dos solos por petición expresa del líder de la facción Tres Ojos. Al parecer tenía algo importante que decirle. De momento, sin embargo, no hacía más que pedir perdón una y otra vez. Desde los desgraciados sucesos de dos años atrás, Rihan se había sumido en una profunda depresión.

Sanmoto Gorozaemon lo sabía y quería dar el toque de gracia.

—Levántate, Mitsume Yazura. No tienes por qué disculparte por nada —dijo Rihan.

—¡No, no! Yo fui quien os presentó a aquella mujer, mi General Supremo —fingió disculparse el lugarteniente—. De haber sospechado que se trataba de una estratagema de Kioto, yo mismo me habría encargado de matar a los responsables. ¡Y aún puedo hacerlo! Porque nos vamos a vengar de esos malditos Abe, ¿verdad?

Rihan no respondió inmediatamente a la pregunta del falso Mitsume Yazura. El voluminoso capo se quedó de rodillas, mientras sus tres ojos parpadeaban con nerviosismo.

—Amo Rihan... —fue a decir Mitsume Yazura, pero el Segundo General le interrumpió.

—Kioto está rodeado por una barrera mágica creada por el Nue —indicó el hijo del Nurarihyon—. Es imposible atravesarla con un ejército de yokai. Tampoco merece la pena; lo que ha pasado es un asunto personal entre Seimei y yo. Una vez prometí que no habría guerra entre Edo y Kioto mientras yo liderase el Clan Nura. Incluso después de haber sido traicionado, pienso cumplir mi promesa hasta el final. Pero mi corazón exige retribución. Iré yo solo a Kioto... y pasará lo que tenga que pasar.

—¡P-pero amo Rihan, el Nue es el Señor del Pandemónium! ¡Incluso sin sus seguidores, es poderosísimo! ¡No podéis enfrentaros solo a él! —exclamó Mitsume Yazura alterado—. Y no iréis solo, de hecho. Yo os acompañaré.

—No te puedo pedir eso, Mitsume.

—No hace falta. Yo también tengo que defender mi honor, aunque me cueste la vida —proclamó el falso Mitsume Yazura. Luego sonrió a través de sus afilados colmillos—. Sé que soy un viejo y gordo yakuza cuyos mejores tiempos pasaron ya, pero he estado buscando un poder superior para enfrentarme a Kioto en igualdad de condiciones. No obstante, ahora veo que mi General lo necesita más que yo.

De entre sus ropas el capo sacó una katana envainada. No parecía gran cosa, pues la vaina estaba ajada y desgastada, y cuando Rihan extrajo la hoja, vio que el filo estaba mellado. Aún así, de aquella espada brotaba energía pura. Rihan leyó la inscripción de la empuñadura: "Martillo de Mao".

—Es una espada con mucha historia, amo Rihan, el emblema de un conquistador —explicó Mitsume Yazura—. Hace trescientos años, la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de la isla de Shikoku decidió conquistar un castillo humano. Los defensores estaban a punto de ser aniquilados cuando apareció el guerrero Budayu Ino blandiendo esta katana y derrotó a los tanuki invasores. Nadie sabe de dónde vino o cómo la consiguió Budayu, pero esta espada es capaz de destruir ejércitos enteros de yokai. Seguro que la encuentra superior a la propia Nenekirimaru, amo Rihan.

Los ojos del Segundo General brillaron con anticipación. Tendría que entrenar mucho y cogerle el tranquillo a aquella katana, pero merecía la pena. Seimei se iba a llevar una buena sorpresa.

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Hace 8 años...

En los jardines del castillo Nijo de Kioto, bajo la luz de la luna y envueltos en un perfume de kerrias, Nura Rihan y Abe no Seimei luchaban en un duelo a muerte. Por desgracia para el General Supremo de los Nura, la batalla se inclinaba claramente del lado de su enemigo.

El Martillo de Mao no era suficiente. Al Nue ni siquiera le hacía falta una espada; le bastaban sus sellos mágicos, sus shikigami o simplemente un toque de sus dedos para mandar a Rihan volando por los aires. Ni siquiera el apoyo que le ofrecía Mitsume Yazura, atacando al unísono con él, servía para algo. Lo peor de todo era que Seimei no estaba utilizando toda su fuerza.

—Para ya, Rihan —le conminó el Nue en tono compasivo—. No te dejes llevar por el rencor o la venganza. Sé que aún queda bondad en ti. Te agradezco mucho que dejaras que mi hijo se marchase de aquí en vez de utilizarlo contra mí. Por eso te lo pido, por favor, en nombre de nuestra antigua amistad, guarda tu espada y vuelve a casa.

Rihan no le escuchaba. Tenía que derrotarlo si quería acabar con la vida de la odiosa criatura que llevaba su sangre, y luego él se suicidaría a la antigua manera samurai. Era lo único que deseaba. Sin embargo, le faltaba poder. Si al menos tuviese a sus seguidores con él...

—Amo Rihan —le llamó Mitsume Yazura—. Por favor, realice el Matoi conmigo. Seguro que así podrá vencer al Nue.

La sugerencia era lógica, pero Rihan dudó. El Matoi era una técnica secreta que él mismo había inventado y que consistía en dejar que su parte humana fuese poseída por el "miedo" de otro yokai, sumando sus fuerzas a las suyas. Era una habilidad capaz de dar la vuelta a cualquier batalla, pero requería una confianza absoluta entre el que la utilizaba y el que era utilizado. Mitsume Yazura no era uno de sus seguidores, como sí lo eran Kubinashi, Kejoro o Kurotabo, sino un antiguo lugarteniente de su padre. Sin embargo, tenía razón: la pelea con el Nue iba mal y se le acababan las opciones.

—De acuerdo, ¡vamos allá, Mitsume! —exclamó Rihan.

—¡Sí! —asintió el otro, con un brillo peligroso en los ojos que Rihan no alcanzó a ver.

Abe no Seimei retrocedió al notar como sus dos contendientes liberaban sus miedos al máximo... y luego como el miedo de Mitsume Yazura se fusionaba con el de Rihan, doblando su poder. No, doblándolo no, triplicándolo, cuadruplicándolo, saliéndose de las escalas. Seimei frunció el ceño. Había oído rumores del impresionante Matoi de Nura Rihan, pero no creía posible semejante despliegue de fuerza.

Rihan tampoco lo creía posible. Sabía que Mitsume Yazura era un capo importante, pero no que disponía de tanto "miedo" concentrado. Con todo respeto por el lugarteniente, estaba entrado en carnes y no había participado en ninguna pelea en los dos últimos siglos.

"Ah, pero es que yo no soy Mitsume Yazura", dijo una voz desconocida en su mente. "¿No me reconoces, Rihan? Soy el Cerebro de Sanmoto Gorozaemon".

Nura Rihan cayó de rodillas al suelo, gritando de dolor mientras de su cuerpo brotaban nubes de energía maligna que se enroscaban a su alrededor. Olvidando su pelea, Seimei se adelantó para echarle una mano, pero fue arrojado hacia atrás por una increíble ola de energía. Cuando Rihan se incorporó, ya no era él mismo. Una sonrisa malvada asomaba en su rostro.

—¡Por fin! ¡Nura Rihan ha caído y yo he resucitado! —gritó él, alzando el Martillo de Mao sobre su cabeza—. ¡Tengo el cuerpo y el poder con los que siempre había soñado! ¡La vida y la muerte no tienen secretos para mí! ¡Soy el Rey Demonio de las Cien Historias! ¡Soy Sanmoto Gorozaemon!

—Veo que Rihan ha sido poseído por un monstruo repugnante —Seimei arrugó la nariz—. No importa, te exorcizaré.

—No, Seimei, no me exorcizarás —le retó Sanmoto—. ¿No me has oído? Tengo un pie en este mundo y otro en el Inframundo. Si me matas, volveré, y puedo traer conmigo a muchos amigos. Como estos...

Sanmoto Gorozaemon clavó su katana en el suelo. Al momento, una enorme puerta interdimensional se abrió en los terrenos del castillo Nijo. Seimei se alarmó. Aquella brecha despedía olor infernal por los cuatro costados. Sus temores se confirmaron cuando una horda de monstruos, fantasmas y muertos vivientes empezaron a arrastrarse fuera de la puerta mágica, invadiendo el mundo de los vivos.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Seimei—. ¡Vas a provocar un desequilibrio entre los dos mundos!

—No es mi problema —se encogió de hombros Sanmoto—. Es más, me temo que no te voy a dejar que cierres esa puerta.

Seimei y Sanmoto, este último en el cuerpo de Rihan, estaban luchando cuando llegó al castillo Nijo la vanguardia de los yokai de Kioto. A la cabeza iban el Gran Tengu del monte Kurama y Hagoromo Gitsune, que contemplaron la escena casi sin aliento.

—¡Madre! ¡Gran Tengu! ¡Alejaos de aquí! —les gritó Seimei—. ¡Este loco está rompiendo las barreras entre Kioto y el Infierno! ¡He de pararle como sea!

—¡Pues mata a Rihan de una vez! —le conminó su madre, pero el Nue negó con la cabeza.

—Este no es... —intentó explicar Seimei, antes de decidir que era perder el tiempo—. ¡No, no importa! ¡Pero matarle no servirá de nada, volverá a resucitar mientras esa grieta dimensional siga abierta! ¡Tengo que sellarle en el limbo! ¡Y cerrar el portal!

—¡Pero eso es demasiado! —protestó Hagoromo Gitsune, con lágrimas en los ojos-. ¡Morirás!

—Lo siento, madre. Es mi deber —se disculpó el Nue.

Sanmoto Gorozaemon estaba demasiado distraído, ebrio de la destrucción que estaba causando, para darse cuenta de que Seimei estaba empezando un largo encantamiento hasta que fue demasiado tarde.

—¿Eh? ¿Qué está pasando? —exclamó Sanmoto, al notar que los contornos del paisaje a su alrededor se difuminaban—. ¿Qué es este truco de artificio? ¿Así es como peleas, estúpido Nue?

—No... Así es como muero —dijo Seimei con seriedad—. Te has divertido, Sanmoto, pero ahora estás jugando con un poder que eclipsa al tuyo. Sacrifico voluntariamente mi vida para que este universo se deshaga de tu negra alma. ¡Húndete en el abismo del olvido, monstruo! ¡Conviértete en uno de los pilares que sostienen esta capital de luz y oscuridad!

—¡No! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! —gritó Sanmoto como un cobarde, mientras notaba cómo le tragaba una oscuridad negra e impenetrable, totalmente diferente al Infierno que tan bien conocía él.

Hubo un brillo cegador. Cuando la suave oscuridad de la noche regresó a los terrenos del castillo Nijo, la puerta al Inframundo había desaparecido, y con ella las huestes infernales de Sanmoto. El propio señor del Clan de las Cien Historias se había volatilizado, absorbido por el primer sello de la barrera mágica que protegía Kioto. Y en el suelo, sostenido entre sus brazos por una diminuta Hagoromo Gitsune que lloraba sin parar, se hallaba el cuerpo sin vida de Abe no Seimei, el Nue, Señor del Pandemónium.

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Hace 7 años...

El Nurarihyon volvía a sentarse en el puesto de honor de los jefes del Clan Nura. No le gustaba nada. Era un recordatorio permanente de que su hijo, el único fruto que le quedaba de su amor por Yohime, había caído en las lejanas tierras de Kioto. Ahora él tenía que volver a asumir el manto de señor de la Procesión Nocturna si no quería que el clan se desintegrase.

Sus lugartenientes, sus guerreros, hasta sus criados pedían venganza. Nadie estaba muy seguro de lo que había pasado, pero todos habían oído cómo Rihan y Mitsume Yazura habían partido a la capital para nunca volver.

Sin embargo, a pesar del odio que sentía por el Clan Abe, el Nurarihyon no tenía ganas de empezar una guerra, no al menos sin saber realmente lo que había sucedido. A fin de cuentas, los rumores también decían que el Nue había muerto y que Hagoromo Gitsune se sentaba ahora en el trono de la oscuridad de Kioto. Si Rihan y Seimei habían luchado en un duelo, según las reglas del honor yokai todas las ofensas habían sido zanjadas con la muerte de los participantes. No había razones que justificaran una guerra, por mucho que le doliese al Nurarihyon reconocerlo.

Estaba fumando una pipa a solas, en actitud apesadumbrada, cuando un sirviente anunció la llegada del nuevo jefe de la facción Tres Ojos.

—Ah, sí, Minagoroshi Jizo —recordó el General Supremo—. Dile que pase.

Minagoroshi Jizo entró con cuidado y se postró con servilismo a los pies del Nurarihyon.

—Tú eres el sucesor de Mitsume Yazura, ¿verdad? —le dijo el General Supremo al anciano—. Lamento lo que ocurrió con tu jefe, créeme. Fue un buen camarada mío.

—¡Oh, temido General Supremo! ¡Cuantas desgracias han azotado a nuestro bienamado clan! —exclamó Minagoroshi Jizo con afectación—. Nosotros aquí, sufriendo en silencio, mientras el cuerpo de mi maestro yace en Kioto sin recibir sepultura y el amo Rihan languidece atrapado en el limbo...

Sus escogidas palabras sorprendieron al Nurarihyon.

—¿Cómo que el limbo? ¿A qué te refieres? —inquirió el General Supremo con el ceño fruncido.

—Debéis saber, amo Nurarihyon, que entre los miembros de los Tres Ojos existe una "conexión". Yo renuncié a mis dos ojos menores para fortalecer esa conexión con mi maestro, siendo capaz de ver lo que él veía. Contemplé la pelea que enfrentó al amo Rihan con el traicionero Nue de Kioto. El malvado Seimei mató a mi maestro y luego encerró al Segundo General en el primer sello de la barrera que protege la capital —mintió descaradamente Minagoroshi Jizo—. Por desgracia para él, no calculó bien y consumió demasiada energía para vencer al amo Rihan. Así que es verdad que el Nue está muerto.

—¿Y mi hijo? —le zarandeó el Nurarihyon—. ¿Está vivo o muerto?

—Ni una cosa ni la otra, ni en el mundo de los vivos ni en el Infierno —respondió Minagoroshi Jizo con ambigüedad—. Como os he dicho, está en el limbo, pero puede ser rescatado.

El General Supremo de los Nura regresó a su asiento en lo alto de la tarima. Tenía que cerciorarse, tenía que comprobar que la información de Minagoroshi Jizo era verídica, pero si lo era... Había una posibilidad de recuperar a su hijo. No le importaba el precio que tuviera que pagar. Reduciría Kioto a cenizas si era necesario. Y la zorra de Hagoromo Gitsune pagaría el dolor que le había causado.


FIN DEL FLASHBACK


Todos los presentes en el castillo Nijo, Abe y Nura por igual, se sentían horrorizados al escuchar a Sanmoto Gorozaemon vanagloriarse de sus fechorías. Era un malvado y un cobarde que había arruinado la vida de familias enteras por puro capricho y ambición. No tenía perdón.

—¡Je, je, je! —se rió Minagoroshi Jizo, compartiendo la alegría de su señor—. ¿He hecho bien mi trabajo, maestro Sanmoto? ¿Estáis complacido?

—Lo estoy, mi fiel Ojo Izquierdo —asintió Sanmoto en el cuerpo de Rihan—. Desde hoy serás uno de mis Ejecutivos y disfrutarás de los despojos de este mundo que vamos a conquistar.

—Gracias, mi señor —hizo una reverencia Minagoroshi Jizo—. ¡Je, je, je, la era de los antiguos clanes ha terminado! ¡Todos, humanos y yokai, se inclinarán ante el Rey Demonio! ¡Larga vida a Sanmoto Gorozaemon! ¡Larga vida a...! ¿Eh?

Rikuo, con furia incandescente en sus ojos rubíes, lanzó una estocada contra Minagoroshi Jizo, interrumpiéndolo en el acto. El repugnante vejestorio iba a reírse de su estupidez, pues el joven señor de los Abe había perdido su espada a manos del Nurarihyon, cuando el "miedo" del kitsune se concentró en torno a su mano hasta reconstruir su Ichibi no Tachi. Minagoroshi Jizo tardó un poco en entender lo que había sucedido, pero para entonces ya estaba muerto, disolviéndose en una voluta de humo negro.

—Eso no me ha gustado —dijo Sanmoto Gorozaemon con el ceño fruncido.

—Has arruinado todo lo que has tocado —siseó Rikuo iracundo—. ¡Puedes ser muy poderoso, Sanmoto, pero te haré pagar tus maldades! ¡Tenlo por seguro!

—¿Ah, sí? —Sanmoto enarboló su corazón forjado en espada, el Martillo de Mao—. Veamos de lo que eres capaz, hijo de Seimei...


Notas adicionales:

Siento este retraso, pero ahora mismo estoy también escribiendo otro proyecto para un concurso. No me olvido de este fic, claro. Gracias a Suki 90, Lonely Athena, Asphios de Geminis y todas las demás personas maravillosas que se molestan en escribir reseñas (incluido el Guest anónimo, me gustaría responderte de alguna forma ^_^;). ¡Os quiero! Me animáis a seguir escribiendo, aunque a veces sea duro ;-)

* A los que sólo hayan visto el anime, muchos hechos y personajes aquí descritos les resultarán desconocidos. Pero tal como prometí al comienzo de esta historia, aquí no hay OCs. Todos estos personajes nuevos han aparecido durante el manga después de la saga de Kioto.

* En un principio yo también creí (en el canon) que el cuerpo de Hagoromo Gitsune era el de la hija de Rihan. Quedé un poco decepcionado con lo de Yamabuki Otome, aunque su trágica historia de amor me gustó. Lo que me chirriaba era que la explicación que nos dio el autor hacía parecer a Rihan un pardillo integral. Aquí al menos he intentado justificarlo paso a paso, y ayuda que tiene al lado un consejero con intenciones dañinas.

* El plan de Sanmoto Gorozaemon evita que Rihan conozca a Wakana y, de paso, atrae a Seimei a los alrededores de Tokio. Al principio Seimei sólo quería atraer a Rihan a un duelo honorable, pero como era un onmyoji no podía evitar hacer algún exorcismo de vez en cuando. Y así conoció a Wakana. Tuvo mucha prisa en casarse con ella y llevársela a Kioto para que no se viese envuelta en su enemistad con Rihan.

* Cometí un error en el capítulo Convenciendo a Tsurara. Allí se dice que en la inscripción del Martillo de Mao puede leerse, pues eso, "Martillo de Mao". No es así, lo que realmente dice es "Invocación del Rey Demonio", aunque el nombre de la espada es Martillo de Mao. Un poco complicado, así que lo dejo como estaba. Digamos que es una pequeña diferencia AU ^_^;

Próximo capítulo: "Despedidas".