Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Sanmoto Gorozaemon ha revelado cómo él y su Clan de las Cien Historias manipularon a los Nura y a los Abe para robarle el cuerpo al Segundo General Rihan y provocar una guerra entre Tokio y Kioto. Al enterarse de todo, Rikuo decide enfrentarse con el malvado Sanmoto.
Despedidas
Faltaba poco para que amaneciese en Kioto, pero el sol aún no iluminaba los muros derruidos del castillo Nijo. La fortaleza mágica convocada por Hagoromo Gitsune había recibido el embate de las hordas del Clan Nura. Se distinguía perfectamente el boquete que había dejado el Takarabune, el barco insignia de la flota aérea de Kanto, al chocar contra las defensas del castillo. Sin embargo, la guerra se había paralizado por los recientes sucesos que habían sacado a la luz una conspiración que se llevaba larvando desde hacía trescientos años.
Mientras Hagoromo Gitsune agonizaba por las heridas sufridas a manos del Nurarihyon, mientras el propio General Supremo flotaba en las aguas venenosas del Nuega-ike con un corte que le atravesaba el corazón, Rikuo combatía al culpable de todo lo ocurrido: Sanmoto Gorozaemon, el autoproclamado Rey Demonio del Clan de las Cien Historias.
Sin embargo, estaba muy claro que Sanmoto Gorozaemon sólo estaba jugando con él. Rikuo se esforzaba todo lo que podía, atacando sin tregua, pero estaba cansado por las recientes peleas con Tsuchigumo y el Nurarihyon, mientras que su rival tenía un poder abrumador, inmenso. Su espada, el siniestro Martillo de Mao que no era sino el corazón de Sanmoto forjado en katana, parecía chupar su fuerza mientras intercambiaban golpes. Y luego el artero Rey Demonio sumaba a su propia energía espiritual la que había robado a Nura Rihan.
Para los miembros del Clan Nura que observaban el combate, resultaba una odiosa tortura contemplar cómo el cuerpo de su bienamado Segundo General era utilizado por el malvado Sanmoto Gorozaemon. Aún así, era sólo cuestión de tiempo que su indignación superara su shock inicial. La primera en dar un paso al frente y acudir en ayuda de Rikuo fue Tsurara.
—¡Rikuo! ¡Aguanta! ¡Voy a ayudarte! —exclamó la Yuki-onna mientras convocaba una lanza de hielo.
Allá se fue la dama de las nieves. Su madre, la también Yuki-onna Setsura, parpadeó confusa al ver cómo su hija se dirigía derecha a la pelea, y entonces ella también levantó la voz para arengar a los suyos:
—¿Qué estáis haciendo ahí parados? —les espetó a Hitotsume Nyudo y a otros lugartenientes que se habían quedado paralizados—. ¡Sanmoto Gorozaemon está allí! ¡No importa que tenga el cuerpo de Rihan, hay que destruirlo! ¿O acaso queréis que el nieto de Hagoromo Gitsune se lleve el mérito de nuestra venganza! ¡Vamos!
Enfervorecidos por las palabras de la dama de las nieves, los guerreros del Clan Nura gritaron con entusiasmo y se lanzaron de cabeza al combate. Por su parte, el Clan Abe tampoco se quedó de brazos cruzados.
—¡Eh! ¡Mamarrachos! ¡Esperad un momento! —gritó Ibaraki-Doji enfadado—. ¡Esta es nuestra ciudad! ¡Somos nosotros los que tenemos que rebanarle el gaznate a ese montón de basura!
—Es nuestra sagrada tarea hacer recaer el juicio divino sobre un demonio como él —se le unió Shokera con aire rimbombante.
—Oye, meapilas, ¿no podrías hablar normal por una vez en la vida? —Ibaraki-Doji puso los ojos en blanco—. Y te recuerdo que yo mismo soy un demonio. ¿También me vas a aplicar el "juicio divino" a mí, eh?
—Tú tienes un pase, Ibaraki-Doji —sonrió Shokera con aparente amabilidad—. Pero estoy apuntando tus pecados en una lista, sólo por si acaso.
—Eres un imbécil —replicó el jefe de los oni—. ¡Pero qué más da! ¡Es hora de cortar cabezas!
Para Rikuo fue un alivio ver cómo las fuerzas combinadas de los Nura y los Abe se dirigían a ayudarlo en su pelea contra Sanmoto Gorozaemon. Siendo sincero consigo mismo, había proclamado presuntuosamente ante el Rey Demonio que le haría pagar todas sus maldades, pero la verdad era que no podía ni con su alma. Por su parte, Sanmoto Gorozaemon observó a los contendientes que se le venían encima con una mezcla de irritación y cierta sorpresa. No obstante, no pareció muy preocupado.
Tras intercambiar unos golpes de espada más con Rikuo, sin mucho esfuerzo por su parte, Sanmoto Gorozaemon se alejó del joven señor y se encaró con los Abe y los Nura que estaban a punto de caer sobre él.
—¿Aún no comprendéis que ya he ganado? ¡Lo he conseguido por fin! ¡Soy perfecto! ¡Un dios viviente! —presumió el Rey Demonio—. Iba a divertirme un poco con vosotros, pero si sois tan ciegos como para no ver la diferencia entre vuestro poder y el mío, es mejor que desaparezcáis como los insectos insignificantes que sois.
Con una sola mano sujetando su espada, Sanmoto Gorozaemon blandió su Martillo de Mao, creando una impresionante ola de energía que barrió el espacio que tenía por delante. Apuntó con bastante desidia, así que los yokai pudieron apartarse sin excesivas complicaciones. Ya se iban a reír de la torpeza de su enemigo, cuando oyeron un grito aterrado detrás de ellos:
—¡Oh, no, la capital!
La ola de energía había seguido su curso lógico y había golpeado los barrios circundantes. Fue como un bombardeo. Los edificios más altos fueron arrasados, los pavimentos reventaron y el fuego consumió las estructuras de madera. Era una imagen espantosa. A algunos veteranos yokai de Tokio les recordó a los bombardeos de la II Guerra Mundial, pero Kioto nunca había sido tocada por las incursiones aéreas de los americanos durante la contienda. Incluso se había librado de ser el blanco de las bombas atómicas gracias a ser la capital del arte, la cultura y la historia japonesas, una fortuna de la que no habían disfrutado Hiroshima y Nagashaki, condenadas al infierno nuclear.
—Kioto ha... Kioto ha sido... —murmuró Akifusa de los Keikain, tan anonadado que parecía haber recibido un puñetazo en la cara.
—No lo digas —le reconvino Ryuji con una mirada dura—. Kioto sigue en pie. Ese bastardo sólo ha destrozado unas cuantas casas. Nada irreparable.
—¿Y las vidas que se han perdido? —le recordó su primo.
Ryuji lanzó un improperio ininteligible. Maldita sea, tenían que haber hecho algo. Los onmyoji (con la única y flagrante excepción de Yura, que en esos mismos momentos se acercaba a todo correr a Rikuo) se habían quedado al margen durante todo el discursito de Sanmoto Gorozaemon. Para los exorcistas había quedado meridianamente claro que todo aquel lío había sido fruto de una guerra por el poder entre yokai. No les afectaba. Dado que al final todo se había reducido a un solo maníaco enfrentándose a todos los demás, su plan consistía básicamente en esperar a que los Abe y los Nura liquidasen al Rey Demonio para luego limpiar la escena.
Al fin y al cabo, aún tenían a su alcance la oportunidad de crear una nueva barrera espiritual que expulsase a todos los yokai de Kioto. Ryuji no había olvidado aquella opción.
Por desgracia, lo que acababa de ocurrir demostraba a las claras que el tal Sanmoto Gorozaemon era un elemento extremadamente peligroso y que podía liberar un poder destructivo sin igual sin esfuerzo aparente. En aquel momento, de hecho, el líder del Clan de las Cien Historias se estaba riendo de la estupefacción que había asomado a los rostros de sus enemigos, más cautos ahora al ver de lo que era capaz el Rey Demonio.
—¿Qué os pasa, insectos? ¿No queríais venganza? ¡Pues venid a buscarla! —les retó Sanmoto Gorozaemon.
—¡No te olvides de mí! —exclamó Rikuo, lanzándose de nuevo sobre él, pese a las protestas de Tsurara, que intentaba hacerle comprender que era demasiado peligroso para él solo. Yura también se había acercado lo suficiente para echarle la bronca.
—¡Rikuo, no! ¡Necesitamos un plan! —le gritó la onmyoji a su amigo.
El joven señor de los Abe tenía un plan, más o menos: distraer a Sanmoto Gorozaemon y ganar suficiente tiempo para que los Abe y los Nura se recuperasen del shock. No podían vencer si no trabajaban todos juntos. También confiaba en que los onmyoji y los guerreros de la aldea oculta de Tono se sumaran a ellos. A fin de cuentas, Sanmoto lo había dicho alto y claro: su plan era conquistar Japón y someter a humanos y yokai por igual. Ahora sabían que tenía el poder suficiente para respaldar sus intenciones. Si no le detenían, podía convertirse en un peligro para el mundo entero.
—¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡Tensa Zangetsu! —exclamó Rikuo.
Sanmoto Gorozaemon anuló su ataque con apenas un mandoble de su Martillo de Mao. El Rey Demonio puso cara de aburrimiento.
—¿Esto es todo lo que puede hacer un mosquito como tú? —se burló el malvado manipulador.
Desgraciadamente, Rikuo no podía más. Sus fuerzas se esfumaban. La situación empeoró cuando, por fin, salió el sol. La luz matinal dibujó sombras retorcidas en el campo de batalla, mientras de los yokai salía una exclamación ahogada de pesar. Ellos no eran como los vampiros, que morían con la luz del sol, pero sus energías se reducían sensiblemente durante el día. Los únicos que no se quejaron fueron los onmyoji. Como humanos que eran, su fuerza no se veía mermada. Es más, Ryuji esbozó una sonrisa maliciosa.
—Mamiru, Akifusa, Pato, Masatsugu —llamó a sus parientes—. Preparaos. Pronto será nuestro turno para actuar.
Pese a que los onmyoji se iban a decidir finalmente a intervenir, la situación era muy apurada, especialmente para Rikuo. Había aprendido del Gran Tengu del monte Kurama a controlar su poder y mantener su forma yokai incluso durante el día, pero estaba agotado. Según la luz del sol fue bañando su cuerpo cubierto de heridas y moratones, su aura yokai comenzó a desvanecerse.
—Vaya, vaya —sonrió Sanmoto Gorozaemon. Aunque tenía la cara de Rihan, su sonrisa estaba cargada de una codicia y crueldad que jamás habían asomado a los labios del Segundo General. Ni siquiera del Nurarihyon—. Es un asco tener sangre humana, ¿verdad? Yo mismo fui humano una vez. Gordo, débil, patético... Pero he cambiado. Ahora soy casi divino. Y tú, hijo de Seimei, eres una mosca a la que se le ha acabado el tiempo.
El Rey Demonio le dio una patada que envió a Rikuo por el aire. Yura y Tsurara gritaron consternadas, y no era para menos, porque su indefenso amigo voló hasta precipitarse por el profundo agujero que llevaba desde la cúspide del castillo hasta sus mismos cimientos, donde aguardaban las aguas malditas del Nuega-ike, las mismas donde en esos momentos el Nurarihyon flotaba inconsciente.
—¡JOVEN SEÑOR! —gritaron a una los miembros del Clan Abe. Los tengus que aún podían volar se lanzaron en picado a rescatarlo.
Mientras caía, Rikuo empezó a notar algo raro en él. Oía sus dos voces interiores, la humana y la yokai. No, eran una sola voz. Un solo ser. En el cielo, el sol y la luna brillaban a la par. Su sangre entró en ebullición. Entonces se fijó en que, justo debajo de él, la Nenekirimaru, la espada exorcista que había fabricado el genio Hidemoto Decimotercero, asomaba en los restos del pilar que poco antes había contenido el primer sello de la barrera mágica de Seimei.
"Es mía", se dijo Rikuo con un brillo peligroso en los ojos.
Las fuerzas volvieron a él. No sabía de donde las estaba sacando, porque a su alrededor las brumas de energía oscura se difuminaban y cada vez se parecía menos a un kitsune y más a un humano. Pero aún no estaba derrotado. Con un giro mortal, logró aterrizar en el pilar destruido y agarrar la Nenekirimaru. Luego, con un salto prodigioso, que más parecía estar volando que saltando, regresó a la cúspide del castillo Nijo, dejando atrás a los tengus que habían volado para salvarlo.
El asombro fue general cuando volvió a aparecer en el campo de batalla. Muchos se habían temido lo peor.
—¡Sanmoto! ¡Aún no me has derrotado! —gritó Rikuo.
—¿Otra vez tú? —se sorprendió el Rey Demonio—. ¿Aún quieres seguir? Pero si eres más humano que...
Sanmoto Gorozaemon tuvo que callarse enseguida, porque Rikuo atacó con una velocidad increíble. Hasta el Gran Tengu del monte Kurama, su maestro, parpadeó confuso. El joven señor era hasta tres veces más rápido de lo normal (al menos de lo normal en su forma kitsune) y no había manera para Sanmoto de lograr infligir una sola estocada al muchacho. Al contrario, él mismo tenía que esforzarse en evitar las afiladas hojas de la Ichibi no Tachi y la Nenekirimaru, que pasaban a escasos milímetros de sus puntos flacos.
—¿Qué está pasando, Sojobo? —le preguntó Gyuki de los Nura a su antiguo amigo—.No sabía que vuestro joven señor tenía esa clase de poder.
—No es un poder —contestó el Gran Tengu—. Creo que es otra cosa, algo diferente... Es la sangre humana y yokai, unidas en una sola. El poder del día y la noche combinados.
—Está poniendo a Sanmoto contra las cuerdas —observó el guardián del monte Nejireme.
—Sí, pero no durará. Un minuto más y la sangre humana tomará el control —repuso Sojobo con gravedad.
Pero un minuto era todo lo que necesitaba Rikuo. Estaba a punto de asestar una estocada doble a su rival, cuando sus dos espadas fueron detenidas por el Martillo de Mao de Sanmoto. El Rey Demonio parecía furioso. No estaba acostumbrado a perder el control de la situación, y menos cuando hasta hace unos momentos escasos estaba ganando.
—Impresionante, insecto —dijo Sanmoto Gorozaemon amenazadoramente—. Pero no es suficiente.
De un solo tajo, el malvado rompió en pedazos tanto la Ichibi no Tachi como la mismísima Nenekirimaru. El espíritu de Hidemoto Decimotercero, presente al lado de Yura, frunció el ceño con preocupación. Había forjado aquella espada para ser el arma exorcista definitiva. Si Sanmoto Gorozaemon había logrado partirla, significaba que su poder estaba en otra dimensión, por encima incluso de los Grandes Yokai. Quizás incluso por encima del fallecido Nue.
"Por eso te sacrificaste para sellarlo, ¿verdad, Seimei?", pensó Hidemoto. Entonces se volvió hacia Yura y le susurró unas palabras al oído.
Rikuo cayó, convertido en un indefenso humano. Sanmoto Gorozaemon le miró con la rabia de un niño malcriado al que le han roto su juguete. En los ojos que había robado a Rihan no había ni una gota de piedad.
—Eres un incordio y te voy a matar —dijo el Rey Demonio, alzando su katana sobre Rikuo—. ¡Dale recuerdos a tu padre de mi parte!
El pánico se apoderó de muchos de los presentes.
—¡RIKUO! —gritó Tsurara, lanzándose hacia delante, con la clara intención de hacer de escudo para su amigo, incluso si eso le costaba la vida.
—¡TSURARA! —gritó a su vez Setsura, comprendiendo las intenciones de su hija.
—¡Joven señor, ya vamos! —exclamaron Ibaraki-Doji, Shokera y muchos otros miembros del Clan Abe, aunque tenían la desoladora certeza de que no llegarían a tiempo de evitar la tragedia.
—¡Itaku, tenemos que hacer algo! ¡Ese Sanmoto es un cerdo! —bramó indignado Awashima, un hombre nuevamente, mientras su camarada de Tono enarbolaba sus hoces de combate. Ya había visto suficiente. Tono no se iba a mantener al margen más tiempo.
En medio de aquel trajín, hubo un par de figuras que mantuvieron la cabeza fría.
—¡Ahora! —le ordenó Hidemoto Decimotercero a Yura.
—¡No hace falta que me lo digas! —le replicó la joven onmyoji, comenzando el encantamiento—. ¡Invocación del ejército desgarrador! ¡HAGUN!
Un rayo de energía brotó del cañón de mano de Yura. Al igual que había ocurrido con Tsuchigumo apenas unas horas antes, la energía se transformó en cadenas de sellos mágicos que envolvieron a un sorprendido Sanmoto Gorozaemon, inmovilizándolo donde estaba. Yura cayó de rodillas. Le costaba respirar. Había gastado prácticamente cada gota de energía que le quedaba en utilizar la invocación Hagun por segunda vez en una noche. ¡Pero lo había logrado! El Rey Demonio estaba paralizado.
—¿Os creéis muy listos? ¡Puedo romper esta barrera en un suspiro! —presumió Sanmoto Gorozaemon.
—¿Antes o después de que te cortemos la cabeza?
Para horror de Sanmoto, el Gran Tengu y Gyuki, los dos luchadores yokai más veteranos del país entero, se materializaron a su lado. El anciano Sojobo había dejado a un lado su bastón khakkhara y ahora portaba una espada afilada con la que amenazaba la yugular del Rey Demonio, mientras Gyuki hacía lo propio con su katana.
—¡Si me matáis, Rihan morirá conmigo! —exclamó Sanmoto nervioso.
—Seguro que nos lo agradecerá —dijo sombríamente Gyuki.
A Sanmoto Gorozaemon le embargó el pánico. Conocía la sensación: era la misma que había sentido trescientos años antes cuando Rihan había mandado su plan inicial a hacer gárgaras y había estado a punto de matarle. Técnicamente lo había conseguido, aunque el fofo comerciante había logrado convertirse en un monstruoso yokai y repartir su alma entre sus distintas partes corporales. Sin embargo, podía volver a morir si no hacía algo pronto.
Pero aún tenía una última carta que jugar.
Súbitamente, la presión espiritual en el aire cambió y se abrió una brecha interdimensional justo a la espalda de Sanmoto Gorozaemon. El Gran Tengu y Gyuki tuvieron que apartarse de inmediato cuando unas gigantescas manos cadavéricas atravesaron la puerta mágica y rodearon al Rey Demonio en actitud protectora. Más allá de la brecha, se podían vislumbrar retazos de un paisaje imposible y retorcido, cargado de un nauseabundo olor a azufre.
—¿Qué es eso? —exclamaron asustados muchos yokai. Incluso los onmyoji se quedaron sin habla.
—La Puerta al Infierno —murmuró Hidemoto Decimotercero en un tono preocupado.
En efecto, se trataba de una puerta a los niveles inferiores del mundo de los muertos, igual que la que Sanmoto Gorozaemon había abierto ocho años atrás cuando peleó contra Seimei. Entonces, el Nue se había sacrificado para sellar la brecha dimensional y al propio Rey Demonio, pero ahora ya no quedaba nadie para detenerlo. Sin embargo, para sorpresa de muchos, en cuanto Sanmoto se liberó de las cadenas del Hagun, les dio la espalda y se dispuso a internarse en la Puerta del Infierno.
—¿Qué haces? ¡Vuelve aquí, cobarde! ¡Aún no hemos acabado! —gritó Rikuo. Su bravura era evidente, pero poco impresionante. Se había vuelto un humano completo, su cabello regresado al familiar color café heredado de su madre.
Sanmoto Gorozaemon se volvió un momento hacia él, con el ceño fruncido. Sí, aún no habían acabado, pero para alguien que se creía un dios en la tierra, el filo de las espadas de Gyuki y el Gran Tengu le habían recordado que seguía siendo mortal. Mientras tuviese abierta la Puerta del Infierno no importaba cuantas veces lo matasen; regresaría. No obstante, también veía varios onmyoji en las inmediaciones, como aquella niña de pelo negro que había conseguido paralizarlo antes. No sabía cuáles eran las habilidades del resto de exorcistas, pero tampoco quería correr riesgos. Tras pasar varios años encerrado en el Limbo, no quería repetir la experiencia. No iba a luchar contra un frente unido de Nura, Abe, Tono y Keikain sin la absoluta certeza de que fuera a ganar.
—Me despido por ahora, Abe no Rikuo —le dijo Sanmoto al muchacho—. Pero no temas, volveré para acabar con lo que hemos empezado. Hoy me he dejado llevar y me he apresurado. La próxima vez que luchemos, será en mis términos y en mi terreno, tenlo por seguro. Hasta entonces, adiós.
Y ante la mirada estupefacta de los yokai y los onmyoji, que no se podían creer que aquel monstruo se fuera con el rabo entre las piernas a pesar de ser más poderoso que ellos, Sanmoto Gorozaemon cruzó la brecha entre dimensiones. La Puerta del Infierno se cerró automáticamente tras él con una bocanada de fuego.
Se hizo el silencio.
—¿Hemos ganado? —preguntó Gashadokuro con timidez..
—No. Pero tampoco hemos perdido —fue la críptica respuesta del Gran Tengu del monte Kurama.
La guerra de Kioto había terminado.
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Con la luz de la mañana, Kioto se despertó de la pesadilla que había vivido en los últimos días. Las autoridades empezaron a cuantificar los daños causados por lo que, según las fuentes oficiales, había sido un complejo atentado terrorista, mientras que los ciudadanos volvían a sus quehaceres habituales.
Pero en el castillo Nijo, epicentro de la gran batalla que había decidido el destino de Kioto, era tiempo de lamentaciones.
La guerra había terminado, sí, pero sus secuelas seguían presentes. Había que atender a los cientos de heridos y enterrar a los muertos. No eran labores agradables. Los tengus médicos del monte Kurama no daban abasto, una situación que se agravó cuando Rikuo les pidió que facilitasen cuidados también a los Nura heridos.
—Joven señor, son nuestros enemigos —le recordó uno de los tengus.
—No, ya no —replicó Rikuo con decisión—. Ahora conocemos la cara de nuestro verdadero enemigo. Kioto y Tokio debemos trabajar unidos si queremos vencer al Rey Demonio.
Para limar asperezas, Rikuo decidió presentarse ante los lugartenientes del Clan Nura en compañía de Tsurara y formalizar una paz definitiva con los yokai de Kanto. Hitotsume Nyudo y otros jefazos lo recibieron con bastante displicencia, poco impresionados por su forma humana, pero Setsura cogió enseguida las riendas de la situación.
—Veo que has tratado bien a mi hija —reconoció la dama de las nieves, con un agradecimiento implícito tras su aparente frialdad—. Escucharé lo que tengas que decir, nieto de Hagoromo Gitsune.
—Gracias —Rikuo hizo una educada reverencia—. En primer lugar, me gustaría saber si vuestros médicos nos podrían echar una mano con los heridos. Si colaboramos entre todos, podremos evitar más muertes.
—El grupo Zen es el que se encarga de las medicinas. Pregúntale a su jefe —Setsura le señaló a un joven de voz atronadora y pintas de yakuza que, sin embargo, estaba vendando con amabilidad la cabeza de un yokai herido—. ¿Pero qué hay de la guerra? ¿Cómo resolvemos esto?
—Me gustaría firmar la paz ya y que todos volviésemos a nuestras casas, pero la última palabra la tiene mi abuela —dijo Rikuo. Una sombra de preocupación cubrió su cara—. Ahora no está en las mejores condiciones para decidir nada...
—Como nosotros —suspiró Setsura.
Pues si había dos heridos de suma gravedad e importancia en aquel lugar, eran sin duda Hagoromo Gitsune y el Nurarihyon.
Los líderes de ambos bandos descansaban ahora a poca distancia el uno del otro. La kitsune milenaria había sido herida salvajemente por la Nenekirimaru, lo cual había provocado daños no sólo en su cuerpo, sino en su alma también. La energía espiritual se le escapaba.
El Nurarihyon no estaba en mejor forma. De hecho, su estado era aún más crítico. Aunque las heridas que había recibido luchando contra Hagoromo Gitsune y contra Rikuo eran muy feas, no eran mortales. Por desgracia, el malvado Sanmoto Gorozaemon le había apuñalado en el corazón y luego le había arrojado al Nuega-ike. Como Gran Yokai que era, el Nurarihyon podía sobrevivir también a un chapuzón en aquel lago místico, pero las aguas venenosas se le habían introducido por sus heridas abiertas. Su corazón se estaba gangrenando, literalmente. No le quedaba mucho tiempo de vida.
Había habido otra víctima de las aguas ponzoñosas del Nuega-ike: Kejoro, la misma que en su ciega lealtad al Segundo General había liberado, sin saberlo, al Rey Demonio. La mujer cabellera había sido sacada del lago y en aquel momento estaba siendo velada por sus compañeros Aotabo, Kurotabo y Kappa, con un doliente Kubinashi a la cabeza.
—Por favor, Kino... No te mueras... —murmuraba el yokai sin cuello en estado de shock.
—Disculpa, ¿puedes apartarte? Nos gustaría trabajar sin estorbos, muchas gracias —intervinieron un par de tengus médicos, acompañados por sus colegas del grupo Zen. Tras discutir con el líder de la facción, Rikuo había conseguido que los sanadores de ambos clanes trabajasen juntos. Kejoro iba a ser una de sus primeras pacientes.
La primera reacción de Kubinashi fue de ira. ¿Apartarse de Kino? ¿Dejarla sola, en su estado? ¡Nunca! Pero comprendió que él no podía hacer nada por ella; los médicos sí. Así que obedeció, se hizo a un lado y esperó mientras los tengus y los pájaros Zen se ponían manos a la obra, con sus potingues, pócimas y medicinas varias, que para Kubinashi eran pura magia.
Las cosas parecían ir bien, hasta que uno de los tengus empezó a menear la cabeza.
—No sé lo que está pasando, pero el tratamiento del Gran Tengu no está funcionando —masculló él—. Las aguas del Nuega-ike son demasiado oscuras incluso para los seres de la Oscuridad.
—Es la voluntad. Sin una voluntad, la magia sanadora no funciona —aventuró como explicación uno de los pájaros Zen—. Esta mujer se está rindiendo.
—¡NO! —gritó Kubinashi.
De un golpe, apartó a los médicos que estaban atendiendo a Kejoro. Sus compañeros Kurotabo y Aotabo trataron de calmarlo, pero el yokai sin cuello se comportaba como si estuviese poseído. Sostuvo ante sí las frías manos de la mujer cabellera, la persona que había estado con él durante más de tres siglos. Aún se acordaba de cómo la había conocido, cuando aún era una niña al servicio de la oiran Shiragiku en el barrio de los placeres de Yoshiwara. Entonces la pequeña Kino se había quedado prendada del apuesto y aventurero ladrón que, cual Robin Hood japonés, asaltaba a los ricos para repartir su botín entre los pobres (y entre los miembros de su banda, claro, pero ellos también eran unos ladrones muy simpáticos). Kubinashi no había hecho mucho caso al encaprichamiento de la niña, pero según había ido creciendo, Kino había seguido pendiente de él. Incluso cuando Shiragiku se suicidó, sus compañeros fueron asesinados y él mismo se convirtió en un yokai carnicero, Kino permaneció a su lado en todo momento, convirtiéndose en una mujer cabellera para seguir con él.
Y ahora la estaba perdiendo justo delante de sus ojos.
—¡Kino, por favor! ¡Lucha! ¡Tú eres una mujer fuerte! ¡Sé que lo eres! ¡No te rindas! —exclamó Kubinashi. Su voz se entrecortó por la emoción—. Yo... ¡Abandonaré la bebida! ¡Dejaré de mirar a otras mujeres! ¡Me casaré contigo! ¡Lo que sea! Haré lo que tú quieras... pero, por favor... quédate conmigo...
Sus amigos le dieron unas palmaditas de ánimo en la espalda que sabían a poco. Los médicos menearon la cabeza, apesadumbrados. No sería la única escena triste que iban a contemplar a lo largo del día. No todos los heridos podían salvarse, era ley de vida.
Entonces, para sorpresa general, Kejoro abrió los ojos con dificultad.
—¿Kubinashi?
—¡Kino! —exclamó el yokai sin cuello, mientras la esperanza volvía a revolotear en sus ojos—. Por favor, sigue despierta, tienes que curarte, tienes que hacerlo... por favor.
—Claro que voy a vivir —sonrió la mujer cabellera débilmente—. Pero tú cumple tu palabra... ¿De acuerdo?
El tratamiento funcionaba, simplemente había tardado un poco en hacer efecto. Kurotabo, Aotabo y Kappa, al igual que los médicos, se apartaron para conceder privacidad a la pareja. Aunque fueran de felicidad, las lágrimas de Kubinashi no eran para que todo el mundo las viera.
Por desgracia, ni todos los tratamientos ni todos los buenos deseos del mundo podían hacer nada por el Nurarihyon. Al General Supremo no le faltaba voluntad para vivir, desde luego. A pesar de su dolor, había exigido a sus lugartenientes que le contaran lo que había sucedido. Los engaños de Sanmoto Gorozaemon, el destino real de Rihan, la vergüenza de haber sido manipulados para librar una guerra sin sentido... Su corazón clamaba venganza. O lo habría hecho, si no fuera ahora un músculo agrietado y débil, a punto de derrumbarse, que bombeaba veneno al resto de su cuerpo. Iba a morir. Y lo sabía.
—No llores, Setsura —le dijo el Nurarihyon a su fiel lugarteniente, que en aquel momento estaba arrodillada junto a él—. Las lágrimas no deberían estropear una cara tan hermosa como la tuya.
—No estoy llorando —mintió Setsura. Aunque trataba con todas sus fuerzas de mantener la misma pose altanera y soberbia de siempre, finísimos hilos de hielo colgaban de las comisuras de sus ojos. A su lado estaba su querida Tsurara, que no anteponía el orgullo a sus emociones y lloraba sin cesar lágrimas que se convertían en estalagmitas al tocar el suelo. Detrás de ellas, los altos jerarcas del Clan Nura estaban cabizbajos y apesadumbrados.
El Nurarihyon frunció el ceño al ver las caras de tristeza de sus subordinados
—Eh, chicos... —empezó a decir el líder de los Nura, aunque una tos sanguinolenta le impidió seguir hablando durante unos momentos. Cuando se recuperó, continuó—: No os pongáis así... Tarde o temprano la parca me iba a encontrar, ¿a que sí? Demasiadas veces la he burlado ya... Sí, esta vez no me escapo... Pero, bueno, siempre me imaginé que moriría como viví, con una espada en la mano y con mujeres guapas llorando mi marcha... No está mal para un viejo yakuza, ¿verdad?
Sus intentos de distender el ambiente no servían de mucho, aunque Gyuki, Hihi y otros se esforzaron en esbozar una sonrisa, recordando los buenos tiempos del pasado y las correrías que habían vivido junto al Nurarihyon. Algunos le habían adorado desde el principio, otros le habían odiado y querían apuñalarlo por la espalda, pero unos y otros habían aprendido con el tiempo a respetarlo como el gran líder que era, con sus carencias y sus defectos, pero también con su visión y su determinación. Hasta el cínico Hitotsume Nyudo, el cíclope que en los últimos tiempos había echado barriga y mataba el tiempo criticando a los demás, estaba al borde del llanto.
Un violento espasmo sacudió el cuerpo del Nurarihyon. El tiempo pasaba y la muerte se aproximaba inexorablemente, pero el General Supremo aún tenía cosas que decir. Haciendo un gran esfuerzo, se volvió al otro lado. Ahí estaba Hagoromo Gitsune, siendo atendida por los suyos, Rikuo entre ellos. El Nurarihyon llamó la atención del joven señor de los Abe.
—Hijo del Nue, escucha... —dijo el líder de los Nura con la voz apagada—. Tienes que saber que lamento mucho lo que ha ocurrido... Soy un hombre de impulsos, ¿sabes? Soy muy rápido para amar y para hacer amistades, pero también soy muy rápido para odiar... Si hubiera sabido... No, es muy tarde para lamentaciones. Quizás nunca me perdones, pero...
—No os preocupéis —se apresuró a responder Rikuo, arrodillándose junto al General Supremo—. No guardo rencor a los Nura. Toda la culpa ha sido de ese malvado Sanmoto Gorozaemon. ¡Lo derrotaremos tarde o temprano y pagará por sus crímenes!
—Muy confiado te veo, chico —sonrió el Nurarihyon a duras penas—. Muy idealista también. La vida no es... La vida no es tan justa... Je, me recuerdas a mi hijo...
Al mencionar a Rihan, el semblante del General Supremo se ensombreció. Alargó la mano y agarró a Rikuo de sus ropajes.
—No soy hombre que suplique, pero... Por favor, te lo pido... Mi hijo nunca tuvo nada que ver con esto... Incluso en su momento de mayor desesperación, quiso zanjar las cosas personalmente... Así que, si existe la más mínima posibilidad de rescatarlo, por favor, haz algo por él... Y si no, dale una muerte limpia y digna, que no sea una marioneta de ese monstruo...
—Os prometo que intentaré hacer todo lo posible para salvar a Nura Rihan de las garras de Sanmoto Gorozaemon —dijo Rikuo en tono grave—. Tenéis mi palabra.
—Gracias —murmuró el Nurarihyon con una sonrisa de alivio.
Parecía que el General Supremo iba a dejar de hablar, pero se volvió una vez más hacia el sitio donde reposaba Hagoromo Gitsune. Sin embargo, esta vez no quería dialogar con Rikuo, sino con la Señora de la Oscuridad de Kioto en persona.
—Hagoromo Gitsune, ¿me oyes? —la llamó el Nurarihyon.
—General Supremo, no creo que sea buena idea con el estado en que... —empezó a decir Gyuki, pero su jefe le mandó callar e insistió. No quería morir sin tener unas últimas palabras con su antigua enemiga.
Hagoromo Gitsune abrió los ojos con expresión de hastío. Estaba muy malherida. Sin la colaboración conjunta de los médicos tengu y Zen, probablemente estaría ya a las puertas del Infierno. Aún podía pasar, si perdía una gota más de energía. Y ya no podría resucitar otra vez. A pesar de los pesares, empero, hizo el esfuerzo de volverse hacia el líder de los Nura.
—Te oigo, Nurarihyon —musitó Hagoromo Gitsune, aunque sonó más como un siseo que como palabras de verdad—. ¿Qué quieres? ¿Una burla más antes de despedirte del mundo de los vivos? Quizás si me haces reír se me abran las heridas y pueda hacerte compañía en el otro lado.
Todos los presentes hicieron una mueca. Ciertamente, no había ningún aprecio entre los dos Grandes Yokai.
—Es una oferta muy interesante, Hagoromo Gitsune... Pero me temo que en el Más Allá me espera mi esposa, y no creo que le guste verme llegar cogido del brazo de otra mujer —se rió el Nurarihyon—. Hablando en serio... No me voy a disculpar por lo de Osaka... Je, si hubiera ganado yo, ahora se contarían las hazañas del Nurarihyon y no las de... Bueno, qué más da... Pero sí me disculpo por otra cosa, algo de lo que soy culpable ante mi propia esposa... Intenté enseñar odio a Rihan... Odio por Kioto... Creí que Rihan había pasado de mí, pero... Pero el plan de Sanmoto funcionó porque mis palabras de odio estaban allí. Quién sabe, si hubiese sido un mejor padre... Quizás Abe y Nura podríamos haber sido una familia feliz... Quién sabe...
—¿A qué te refieres? —preguntó Hagoromo Gitsune. Rikuo, en medio de los dos, se mantenía muy quieto y muy callado, al igual que el resto de los presentes, para no interrumpir aquella significativa conversación.
—Tienes mi sangre —señaló el Nurarihyon—. Tu cuerpo la tiene, al menos... Cuando lo supe, te odié aún más, pero... Pero ahora me arrepiento de eso. He dicho que no me iba a disculpar por lo de Osaka, pero sí me disculpo por ser un mal perdedor... Por guardar rencores del pasado... Y por eso ahora he perdido más de lo que jamás creí que podría perder... He sido un estúpido.
Hagoromo Gitsune suspiró, cerrando los ojos. El simple acto de mirar le dolía en un sentido físico, tan malas eran sus heridas.
—Para ser un hombre al borde de la muerte, vaya monólogo más largo estás largando —comentó la kitsune sin piedad, pero luego su expresión se dulcificó y se volvió hacia el General Supremo una última vez—. Pero estamos en paz. He sido hermana de samurais, esposa de shogunes y madre de emperadores. Me habría gustado ser también la nieta del Nurarihyon.
El líder de los Nura sonrió.
—Lo sé. Ahora lo sé.
Hagoromo Gitsune volvió a cerrar los ojos, satisfecha. Rikuo y la pequeña Kyokotsu se alarmaron mucho, pero el Gran Tengu les tranquilizó enseguida. La Señora del Pandemónium simplemente se había quedado dormida. Necesitaba descansar mucho, muchísimo. Al Nurarihyon, por el contrario, le esperaba el descanso eterno. Entre estertores, se agarró a las frías manos de Setsura. El dolor estaba retorciendo su expresión, y ahora ya sólo podía balbucir:
—Yohime... Quiero estar... Enterradme junto a ella... Es mi última... mi última...
Su voz se perdió en un ronco gruñido, que luego dejó paso a una respiración anhelosa y silbante. Después paró.
—Nurarihyon... —murmuró Setsura, sin poder contener ya sus lágrimas.
Entre las hordas de los Nura empezó a surgir un lamento que sonaba a un aullido de dolor. El Nurarihyon, fundador y General Supremo del clan de yokai yakuzas que había gobernado Edo y la región de Kanto durante cuatrocientos años, había muerto.
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Atendidos los heridos de urgencia y acabadas las lamentaciones por los muertos, había llegado ya la hora de recoger los pertrechos y retirarse del castillo Nijo, que estaba recuperando poco a poco su aspecto original de palacete de los shogunes, no la gran fortaleza que había servido como escenario de la batalla final.
Las últimas palabras entre Hagoromo Gitsune y el Nurarihyon habían sido entendidas por ambas partes como un reconocimiento tácito del fin de la guerra. Bueno, Rikuo estaba bastante convencido de que, de haber estado consciente y con la mente despejada, su abuela hubiera puesto duras condiciones a la paz, pero él era ahora el heredero oficial del Clan Abe y, ante la indisposición de su abuela, iba a actuar como líder de facto. En cuanto a los Nura, la pérdida de sus dos Generales Supremos les había dejado sin dirección, pero la junta de lugartenientes seguía más o menos intacta. Gyuki y Setsura se habían hecho con las riendas y estaban dispuestos a asumir la responsabilidad por las acciones de los miembros del Clan Nura.
—Es algo temporal —apuntó Gyuki—. Sólo hasta que tengamos una solución para el estado de Rihan... sea cual sea.
Los yokai de Kanto tenían muchas ganas de volverse cuanto antes a su casa, pero eran muchos y tenían su buena ración de heridos, así que sus preparativos se estaban alargando. Entre otras cosas, tenían que reparar varios de sus barcos voladores, aunque fuera a base de papel y pegamento.
Más rápidos en su partida fueron los guerreros de Tono. Ellos ya habían cumplido su misión de devolver a Tsurara sana y salva con los suyos, así que podían darse por satisfechos. Reira y Dohiko, sus compañeros heridos durante el ataque de Tsuchigumo, así como Yukari, la zashiki-warashi de la buena suerte que había velado por ellos en la Mansión Abe, regresaron con ellos. Sin embargo, lo sucedido con Sanmoto Gorozaemon les había dejado descolocados.
—Ese Rey Demonio... Es peligroso —le dijo Itaku a Rikuo, mientras el joven señor de los Abe salía a despedirlos, como si en vez de antiguos enemigos enfrentados fueran un anfitrión y sus invitados—. Hablaremos con los ancianos de la aldea, a ver qué opinan de todo esto.
—Entonces, ¿somos amigos? —preguntó Rikuo con cierta timidez.
—No —respondió el kamitachi bruscamente—. Kioto y Tono tienen una historia demasiado larga como para olvidarla fácilmente.
—Aunque visto lo visto, lo de guardar rencores tampoco soluciona nada —reconoció Awashima, rascándose la cabeza. Su compañero Amezo le dio la razón. Había sido una experiencia muy instructiva para ellos, que nunca habían salido de su pequeña aldea, ver cómo se las gastaban los grandes clanes del mundo yokai.
—Lo más probable es que los ancianos digan que esto no es sino otra de las típicas luchas de poder entre los clanes de las regiones centrales —continuó Itaku—. Abe, Nura, Cien Historias... ¿Qué más nos da a nosotros? Pero ese Sanmoto Gorozaemon ha violado todas las reglas del honor yokai. No es de fiar. Si algún día quiere tener tratos con Tono, le echaremos a patadas. Eso sí te lo puedo prometer, nieto de Hagoromo Gitsune.
Rikuo asintió. Tampoco podía pedir más. Como había dicho Itaku, aquella no era su guerra.
—Espero que tengáis un buen viaje hasta el norte —les deseó el joven señor.
—¡Pero qué educado es este chaval! ¡Me gusta! —Awashima le dio una palmada en la espalda que casi le tiró al suelo—. En serio, no pareces un yokai de Kioto. Bueno, ahora no pareces ni siquiera un yokai. ¿Y si te vienes con nosotros? Con un poco de entrenamiento en las montañas, dejarás de ser un enclenque en un pispás.
—No, gracias. El Gran Tengu es muy estricto —repuso Rikuo—. Pero algún día os haré una visita, tenedlo por seguro.
—Estaremos esperando —repuso Itaku sucintamente. Luego él y los suyos se marcharon, rumbo a la aldea oculta de Tono.
Los que también se volvían para casa eran los onmyoji Keikain. Ryuji y compañía tenían muchas cosas que contarle al patriarca Hidemoto 27º, desde la revelación sobre Sanmoto Gorozaemon hasta el hecho de que Yura había dominado la técnica Hagun y, por tanto, se convertiría en la heredera de la familia. Pero la joven exorcista aún no tenía ganas de irse. A diferencia de sus parientes, que se habían quedado apartados y conspirando a solas entre ellos, Yura había echado una mano como una más, aunque era sobre todo una excusa para acompañar a su amigo Rikuo. Por lo menos estaba ganando puntos con los yokai de Kioto, de eso no cabía ninguna duda, aunque a su hermano no le hiciese ni pizca de gracia.
—Yura, vámonos —le ordenó Ryuji.
—¡No! Puedo... ayudar... Un poco más... —musitó la joven onmyoji entre bostezos.
—Te caes de sueño —señaló su hermano mayor.
Rikuo, que estaba cerca, se puso de parte de Ryuji.
—Yura, tu hermano tiene razón. Tranquila, has hecho más que suficiente. Ya sé que no te gustan los yokai, pero viniste en nuestra ayuda. Y sin el Hagun podríamos haber muerto todos. ¡Eres una auténtica heroína!
Su amiga de la infancia se sonrojó sin poder evitarlo. Rikuo era tan amable... Al menos cuando era un humano, claro. Entonces apareció el espíritu de Hidemoto Decimotercero para interrumpir.
—La técnica que inventé es fantástica, ¿verdad, Abe-kun? —dijo el genio antepasado de los Keikain, guiñándole un ojo a Rikuo—. Por desgracia, consume mucha energía del cuerpo. A este paso, nuestra querida Yura-chan se va a quedar roque en cinco, cuatro...
—No es verdad... Yo... —empezó a decir Yura pero, tal como había predicho Hidemoto Decimotercero, cayó rendida por el cansancio y se quedó dormida donde estaba.
Al instante, el espíritu de Hidemoto Decimotercero empezó a disolverse como volutas de humo.
—¿Oh? —musitó Hidemoto, sin aparentar ninguna preocupación.
—¡Decimotercero! —exclamó Akifusa alarmado. Pero el fantasma de su antepasado le hizo un gesto de calma al heredero de la rama Yaso.
—Es normal, Akifusa-kun —sonrió Hidemoto—. Soy un shikigami, después de todo. A mi pequeña ama no le queda más energía por hoy. En fin, ya nos veremos la próxima vez que Yura-chan utilice el Hagun. Dadle recuerdos al patriarca que hay ahora y a Hagu-chan, cuando despierte. ¡Hasta la vista!
Y así, Hidemoto Decimotercero se esfumó.
—Pues sí que era un espíritu —comentó Pato, meneando la cabeza como un búho.
—Hora de llevar a esta pesada con el abuelo —masculló Ryuji.
A pesar de su mal humor, el onmyoji de pelo negro no dejó que Akifusa ni Mamiru se ocupasen de Yura, sino que él mismo sostuvo a su hermana pequeña entre sus brazos y se la llevó en volandas, seguido del resto de sus parientes. Cuando pasó al lado de Rikuo, le dirigió unas palabras de soslayo.
—Que sepas que lo de esta noche no ha sido ni alianza ni amistad, solamente interés —le dijo al joven señor de los Abe—. En este mundo, los yokai sois la negrura absoluta y los onmyoji la blancura definitiva. Así ha sido siempre. Existencias grises como la tuya no me gustan nada. Sin embargo, por ahora lo dejaré pasar... Y si ese Sanmoto Gorozaemon vuelve a aparecer por Kioto, encontraremos la manera de encargarnos de él. Sin vuestra ayuda —recalcó Ryuji.
—No esperaba otra cosa de la gran familia Keikain —contestó Rikuo sin asomo de burla o ironía.
Ryuji frunció el ceño.
—La idiota de mi hermana tenía razón en una cosa.
—¿En qué? —preguntó Rikuo sorprendido.
—Cuando eres humano, eres demasiado confiado para tu propio bien —repuso Ryuji. Acto seguido, salió de los terrenos del castillo Nijo.
Mientras la pequeña comitiva de onmyoji se dirigía a la casa ancestral de los Keikain a través de una ciudad que mostraba las secuelas de la destrucción provocada por Sanmoto Gorozaemon, Akifusa alargó sus pasos hasta ponerse a la altura de Ryuji. Al principio ninguno de los dos primos dijo nada, hasta que el heredero de los Yaso se decidió a hablar:
—¿Por qué no has cerrado la barrera, Ryuji? Con el primer sello de Seimei desaparecido, podríamos haber colocado nuestro propio sello y expulsar a todos los yokai de la capital.
—No era el momento —respondió su primo secamente. Estaba claro que no quería discutir sobre el tema, pero Akifusa insistió.
—Todos los yokai han estado ocupados con sus heridos. Nadie nos ha prestado mucha atención. Y aunque lo hubieran hecho, no tenían el poder suficiente para pararnos —señaló el joven albino.
Ryuji le dirigió una mirada de suficiencia.
—Akifusa, sabes un montón de forjar espadas, pero déjame a mí la estrategia, ¿de acuerdo? ¿O quieres que te recuerde lo que ha pasado con Tsuchigumo? —Akifusa acusó el golpe enseguida. Ryuji se sintió un poco mal, pero su siempre idealista primo tenía que aprender tarde o temprano que las palabras eran un arma. Si no endurecía su corazón, podían pasarle cosas malas—. Ese Sanmoto Gorozaemon es un peligro mayor que la vieja viuda negra, mayor incluso que el Nurarihyon. Tarde o temprano volverá a aparecer, así que nos conviene tener a mano carne de cañón que esté dispuesta a morir alegremente para debilitar a ese monstruo. Si ahora los ponemos en contra nuestra, gastaremos nuestras fuerzas a lo bobo.
Akifusa valoró su razonamiento, aunque no estaba muy de acuerdo con él. Sin embargo, era verdad que el Rey Demonio representaba por el momento el mayor peligro al que se enfrentaban. Ya había dañado profusamente su adorada capital. Kioto no debía sufrir más. Si eso significaba perdonarles la vida a unos cuantos yokai, probablemente merecía la pena.
Una idea divertida se le pasó enseguida por la cabeza.
—No te estarás volviendo piadoso porque Yura se ha hecho amiga de esos yokai, ¿verdad? —comentó Akifusa en broma.
—¿Piadoso yo? Para nada. Y la tonta de mi hermana no tiene nada que ver en esto —se defendió Ryuji, con un poco más de prisa que la habitual.
Mientras tanto, los Nura ya habían terminado prácticamente los preparativos para marcharse. Setsura estaba dando las últimas indicaciones a sus subordinados en lo que respectaba al cuerpo inerte del General Supremo (su corazón aún gemía cada vez que pensaba en el Nurarihyon, muerto delante de sus ojos), cuando Tsurara se acercó tímidamente a ella.
—Madre, ¿podemos hablar?
—¿Qué ocurre, hija mía? No tenemos mucho tiempo. Debemos estar en los barcos antes de que sea mediodía —le recordó Setsura.
—Es algo importante —insistió la joven Yuki-onna.
—¿No puede esperar hasta que lleguemos a Ukiyoe?
—No, ése es el problema —musitó Tsurara sin atreverse a mirar a su madre a los ojos—. Yo... Quiero quedarme en Kioto.
La temperatura alrededor de las dos Yuki-onnas bajó varios grados de golpe. Setsuna atravesó a su hija con una mirada cargada de reprobación. Se sentía traicionada. Ella, que había estado tan preocupada por su hija, en las manos de la terrible Hagoromo Gitsune... Ella, que había defendido el honor de Tsurara contra todas las maledicencias que habían surgido... ¿Por qué ahora su hija quería abandonarla por Kioto? El joven señor de los Abe había sido muy atento al explicar todo lo que había ocurrido, aclarando que Tsurara jamás había traicionado a los Nura, pero que le tenía aprecio y por eso había negociado para que su estancia en Kioto fuese lo más llevadera posible, dadas las circunstancias. Es más, Abe no Rikuo se había despedido de Tsurara de manera muy emotiva, demostrando que su amistad por la joven dama de las nieves era sincera. ¿Era por eso por lo que Tsurara tenía sus dudas?
—No puedo creer lo que estoy oyendo —le reprochó Setsura a su hija.
—Madre, las cosas ahora son diferentes. No sería una prisionera de guerra, me tratarían mejor, seguro —trató de convencerla Tsurara, aunque ni ella misma estaba muy convencida de sus razones—. Quiero reparar parte del daño que hemos causado en Kioto y... y le debo la vida al joven señor.
—Por lo que he entendido, él también te la debía a ti. No hay deudas que saldar —le recordó su madre.
—Yo... —Tsurara intentó encontrar más razones, pero no se le ocurría ninguna.
Sin embargo, aunque su madre pareciese joven, tenía siglos de experiencia a sus espaldas. Le bastó examinar con atención a su hija para comprender la verdad.
—Tsurara, no me digas que te has enamorado de ese nieto de Hagoromo Gitsune —murmuró Setsura con disgusto.
La joven dama de las nieves no dijo nada, pero el rubor que asomó a sus mejillas respondía a gritos por ella. Si no hubiese estado tan orgullosa de su melena azul, Setsura se habría tirado de los pelos.
—¡Agh! Es una maldición, seguro. Alguna mujer me debió echar un mal de ojo porque le quité a su marido o algo así. Amor. ¡Ja! Para lo que me ha servido... —se lamentó Setsura. Tras un largo suspiro, se encaró con su hija—: Anda, quédate en Kioto, pero escríbeme todos los días, ¿de acuerdo? Quiero saber si te tratan bien. Si no, tratado de paz o no, vendré aquí y los convertiré a todos en cubitos de hielo.
Los ojos de Tsurara se iluminaron con alegría.
—¡Gracias, mamá! —exclamó la dama de las nieves. Luego su entusiasmo se enfrió un poco—. Pero ¿estás segura, mamá? Sé que esto va a causar más malentendidos y...
—No, no, olvídate de eso, Tsurara. Yo me encargaré. Además, ¿cómo podría criticar a mi hija por hacer lo mismo que yo cuando era joven? —sonrió Setsura con nostalgia—. Pero aprende de los errores de tu madre y prepárate para los sinsabores de la vida. Las historias de amor que acaban bien son una excepción. Recuérdalo.
—Lo recordaré —asintió su hija con energía.
Setsura sonrió con condescendencia.
—Ya veremos —musitó la Yuki-onna veterana—. Bueno, al menos cuentas con el apoyo de tu madre. Mi deseo de cuatrocientos años no se cumplió, pero he aprendido algunos trucos. Tsurara, aún estás muy verde para ciertas cosas. Cuando regrese a Ukiyoe, te enviaré algunos libros que...
—M-me las arreglaré, mamá, no hace falta que te preocupes —se apresuró a interrumpirla Tsurara, roja como un tomate. Sabía por experiencia a qué clase de lecturas se refería su madre.
Cuando acabaron de despedirse, Setsura subió con el resto del Clan Nura a los barcos voladores. Incluso el pobre Takarabune, estampado contra los muros del castillo, había logrado despegar. A duras penas, pero podía volar hasta Tokio. Tsurara se quedó mirándolos hasta que desaparecieron en el horizonte. En ese momento, Rikuo apareció junto a ella.
—¡Tsurara! —se sorprendió el joven señor—. Creía que te habías ido con los tuyos. ¿Qué haces aquí?
—Me gustaría quedarme un poco más en Kioto, si no es molestia —explicó la Yuki-onna con timidez—. Quiero ayudarte, Rikuo. A vengar a tu padre y al amo Rihan. A reconstruir tu casa. Lo que sea, yo estaré a tu lado. Somos amigos, ¿no?
—Gracias, Tsurara —sonrió Rikuo—. Y no creo que vaya a haber ningún problema. No eres una rehén ni una prisionera, sino una invitada de un clan amigo. Me aseguraré de que todo el mundo lo sepa. ¿Pero no vas a echar de menos tu casa y tu familia? Antes estabas todo el día suspirando por ellos.
—He descubierto... He descubierto que hay cosas más importantes —respondió la dama de las nieves dubitativamente—. Además, mi madre está viva y me espera en Ukiyoe. No es como si no tuviera un hogar al que regresar. Estoy bien, de verdad.
Rikuo asintió. Los dos se quedaron juntos mirando el panorama de Kioto. Los muertos se llorarían, los heridos se curarían y los destrozos serían reparados. La capital milenaria de la luz y la oscuridad resistiría.
En estas estaban, cuando la comitiva del Clan Abe llegó hasta ellos. Ya estaban preparados para ponerse en marcha, con Hagoromo Gitsune en una camilla y rodeada de solícitos servidores que se aseguraban de que nada importunase a su delicada señora. La Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kioto estaba formada, pero faltaba alguien que la liderase.
—Joven señor, si nos hicierais el honor de poneros a la cabeza... —le invitó el Gran Tengu con una sonrisa.
—¿Ahora? ¡Pero si soy un humano! —dijo Rikuo confundido.
—Sois nuestro joven señor y el heredero del Clan Abe. Habéis demostrado durante esta crisis que sois nuestro líder natural. Por favor, guiadnos de vuelta a casa —insistió Sojobo. Ibaraki-Doji, Shokera, los dos Kyokotsus y cientos de yokai detrás de ellos asintieron a las palabras del sabio consejero.
Con confianza renovada, y a pesar de que sus heridas aún dolían, Rikuo sonrió y se colocó a la cabeza de la Procesión Nocturna. Y así, los orgullosos yokai de Kioto, liderados por su joven señor, se pusieron en marcha. Rumbo a casa.
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El Inframundo
En las profundas y retorcidas cavernas de los niveles infernales, Sanmoto Gorozaemon estaba sentado en un trono de oro rodeado de almas en pena. Había escapado del Limbo, tenía el cuerpo perfecto con el que siempre había soñado y su poder era abrumador. Pero no era suficiente. Estaba furioso, muy furioso, y su irritación no hacía sino aumentar al oír las noticias que su fiel Yanagida le estaba contando. Ahora que tenía el dominio de dos mundos, podía abrir puertas entre la Tierra y el Inframundo sin problemas y sus lugartenientes podían comunicarse con él de inmediato.
—Los rumores que he oído coinciden, mi señor —le informó la Oreja del Clan de las Cien Historias—. El Nurarihyon está muerto, pero Hagoromo Gitsune aún vive. Está malherida y su nieto se está encargando de liderar el clan durante su convalecencia, pero hasta los propios Nura admiten que sobrevivió. No es un engaño de Kioto.
—¡Maldita zorra! ¡Malditos Abe! —masculló Sanmoto Gorozaemon—. Los Nura ya no pintan nada, pero Kioto aún se interpone en mi camino. Encho —añadió, dirigiéndose a la Boca, que estaba junto a Yanagida—, tu plan falló. Los Abe y los Nura no se han destruido entre ellos como preveías.
—Ningún plan sobrevive intacto al contacto con el enemigo —repuso Encho con tranquilidad—. Ese Abe no Rikuo ha demostrado ser un diplomático con talento. Además, si su muy demoníaca majestad me permite recordárselo, con su poder podía haber reducido el castillo Nijo a cenizas, junto con todos sus ocupantes. Por qué no lo hizo, no es asunto mío, pero despierta mi curiosidad.
Había sido una manera muy fina de llamarle "cobarde" a la cara, pero Sanmoto Gorozaemon no se lo tomó en cuenta. De todas sus partes, probablemente era Encho la que tenía una personalidad más "independiente", por así decirlo. Sin embargo, eso también le convertía en uno de los estrategas más creativos del Clan de las Cien Historias, así que convenía tenerlo a mano a pesar de sus insinuaciones.
—He esperado demasiado tiempo como para arriesgar todo lo que he conseguido en una pelea estúpida —se defendió el Rey Demonio—. Si voy a luchar, quiero tener la certeza de que voy a ganar. ¡El Clan Abe debe ser destruido! No me importa cómo lo consigáis, ¡pero quiero que todo el "miedo" de Japón esté en mis manos cuando regrese! ¿Está claro?
—Por supuesto, mi señor —se inclinó Yanagida respetuosamente.
Encho sonrió.
—Si me permitís, he estado tratando con ciertas gentes de la isla de Shikoku. Hay un joven tanuki muy prometedor que podría convertirse en la marioneta ideal para atacar Kioto —explicó el cuentacuentos.
—Ah, sí, la típica rivalidad entre tanukis y kitsunes... Puede ser muy útil —asintió Yanagida.
—Bueno, los Abe son poderosos, así que necesitarán que les echemos una mano, pero servirán. Eso sí, nuestro príncipe tanuki es ambicioso e inteligente. Necesitará una prueba de nuestra buena voluntad —Encho dirigió una mirada subrepticia al Martillo de Mao, que en aquel momento reposaba en su funda al lado del trono del Rey Demonio—. Un regalo estaría bien...
Los ojos de Sanmoto Gorozaemon brillaron con interés.
—¿Y cómo se llama esta nueva estrella de Shikoku? —preguntó a su subordinado.
—Tamazusa —respondió Encho—. Inugamigyobu Tanuki Tamazusa.
Notas adicionales:
Bueno, aquí está el último capítulo de la saga (que no del fic, aún queda la mitad de la historia por delante). Siento el retraso. Quería leer antes el nuevo capítulo 208 del manga, el de 60 páginas, pero me temo que aún no ha salido la traducción. En fin, al menos sé que un nieto de Hagoromo Gitsune sí se parecería bastante a la imagen del Rikuo nocturno que ya describí en su día.
* ¿Creíais que Tsurara se iba a marchar de Kioto? No, no, la Yuki-onna seguirá siendo uno de los personajes fundamentales de esta historia hasta el final. En cuanto al resto de los Nura, despedíos de ellos por el momento, pero más temprano que tarde volverán a hacer una visita por Kioto.
* Sanmoto podría haber vencido si se hubiera puesto a ello, pero a diferencia de Seimei y otros villanos de Nuramago no deja de ser un cobarde que huye en cuanto cree que puede perder.
* La relación entre Kubinashi y Kejoro (tal como yo la entiendo, esto es muy subjetivo) es la siguiente: Kubinashi tontea mucho con Kejoro, pero aún sigue recordando a su primer amor, Shiragiku. Además, aunque para el resto Kejoro es la sexy mujer cabellera del Clan Nura, Kubinashi aún la recuerda como la pequeña niña inocente del pasado. Por eso, aunque los dos son uña y carne (y a Kejoro le encantaría ser la "señora de Kubinashi"), el yokai sin cuello sigue sin dar el paso. Aquí les he hecho sufrir para forzar la situación. Soy un malvado ^_^;
Próximo capítulo: "Kuzunoha y Yasuna".
