Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: La guerra ha terminado. El cobarde Sanmoto Gorozaemon ha huido, aunque promete regresar para ajustar cuentas con los Abe y los Nura. Los yokai de Kioto y Kanto hacen las paces y cada cual se vuelve para su casa, aunque Tsurara decide quedarse en la capital con Rikuo. Mientras tanto, en el Inframundo, Sanmoto hace planes para su regreso.
Kuzunoha y Yasuna
Yura no podía dormir. Habían sido unas semanas de aúpa para ella. No sólo había luchado en una guerra de yokai, sino que se había convertido en la heredera oficial de la familia Keikain. Parecía una broma del destino; meses atrás, a ella ni siquiera le dejaban aprender onmyodo.
Ahora, a su entrenamiento habitual de la mano de Ryuji y Akifusa, tenía que sumar sus obligaciones como heredera. Y la escuela, por supuesto, que ya habían acabado las vacaciones de verano. Sus únicos momentos de respiro eran las reuniones del Club Onmyoji de Investigación Paranormal, que había vuelto a todo trapo gracias a que Tsurara había regresado a clase, para alegría de los demás chicos del aula y, especialmente, de Rikuo.
Yura había perdonado a Tsurara tras ver cómo había defendido con uñas y dientes a Rikuo. Ahora que los tres conocían los secretos de los demás, las reuniones del Club Onmyoji se habían vuelto mucho más divertidas. Sin embargo, Yura aún mantenía cierta distancia con la Yuki-onna. Tal vez era más fácil perdonar que olvidar las faltas pasadas. Tal vez no le gustaba ver cómo la Yuki-onna se pegaba a Rikuo como una lapa. Tal vez sentía que Tsurara estaba usurpando su posición como mejor amiga de Rikuo, aunque Yura y él nunca habían estado tan unidos como hasta entonces.
"¿Serán celos?", pensó Yura. No, no podía ser. Celos no, jamás. Por supuesto que no. Era sólo preocupación, eso. Nada más. Seguro. Segurísimo.
Como pensar en esas cosas tampoco contribuía a que le entrasen ganas de dormir, Yura decidió desperezarse un poco y consultar su cuenta en el ordenador. Hacía tiempo que no entraba y probablemente tenía el buzón lleno de correo basura. Y así era. Pero entre los distintos mensajes, encontró uno que le llamó la atención. Conocía al remitente.
Cuando lo leyó, abrió mucho los ojos.
"Esto se lo tengo que contar a Rikuo cuanto antes", pensó Yura.
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Al día siguiente no había clase, así que Yura se dirigió directamente a la Mansión Abe. Aún se le hacía muy raro internarse en aquella guarida de yokai como si fuese lo más natural del mundo. En el fondo, se sentía un poco violenta. Algún monstruo también la miraba de vez en cuando con malos ojos, pero desde lo ocurrido durante el verano, la mayoría la trataba como a una invitada de honor.
Tras preguntar por Rikuo, sus pasos la llevaron hasta el dormitorio de Hagoromo Gitsune. Se oían voces apagadas procedentes del interior. Con cuidado, llamó a la puerta y entró.
La temible Hagoromo Gitsune no parecía tan temible en aquellos momentos. Estaba medio tumbada en la cama, con almohadas y cojines a la espalda. No tenía buena cara, pero se encontraba mucho mejor que días atrás. Había estado al borde de la muerte por culpa de la Nenekirimaru, el arma exorcista forjada precisamente por Hidemoto Decimotercero, aunque el que había empuñado la espada había sido el yokai Nurarihyon. Afortunadamente, la milenaria kitsune no le guardaba rencor a los onmyoji Keikain e incluso había felicitado a Yura por ayudar a su nieto. En aquel momento, al reconocerla, Hagoromo Gitsune esbozó una sonrisa y la invitó a pasar.
Al lado de Hagoromo Gitsune se hallaba el propio Rikuo, rodeado de rollos y papeles. Su amigo le dio la bienvenida con una sonrisa cansada. A su derecha estaba Tsurara, pegada a él. Ella también sonrió al verla.
Al otro lado de la cama se encontraban Wakana, la madre de Rikuo, y la pequeña Kyokotsu, con un cargamento de comida y medicinas varias. Era evidente que las dos habían adoptado el papel de enfermeras particulares de Hagoromo Gitsune, aunque a la Señora del Pandemónium no le parecía hacer mucha gracia.
—Es la hora del jarabe, Kuzunoha —le dijo Wakana mientras le acercaba una cuchara a la boca—. Di aaah...
—Esto es una humillación —protestó Hagoromo Gitsune.
—No, es un jarabe —bromeó Wakana—. Eres una paciente muy difícil, Kuzunoha, pero si no te tomas las medicinas de Sojobo, no podrás ponerte bien.
—¡Por favor, hermana mayor! —le suplicó Kyokotsu—. ¡Ponte bien, ponte bien!
—Vale, vale —rezongó Hagoromo Gitsune, derrotada—. ¿Pero no deberíamos atender antes a nuestra invitada?
—Yo puedo esperar —se apresuró a intervenir Yura—. Venía a contarle una cosa a Rikuo, de un email que he recibido, pero no es urgente. Veo que estabais discutiendo por algo...
Rikuo suspiró con cansancio y le explicó a su amiga de la infancia lo que ocurría. Al parecer, había habido denuncias de las divinidades de un templo sobre que el representante de los Abe en el lugar estaba "distrayendo" fondos para su propio lucro. Los yokai no eran muy buenos con las cifras, pero Rikuo les había echado un vistazo y había descubierto los números que faltaban.
—Hay que solucionar esto o corremos el riesgo de que la corrupción se extienda —le advirtió Hagoromo Gitsune. Incluso convaleciente, seguía siendo la líder del clan.
—Aún faltan datos. Hay que actuar con diplomacia —repuso Rikuo—. Iré yo. El templo está cerca, no tardaré.
—¡Voy contigo! —saltaron enseguida Yura y Tsurara, pero Rikuo negó con la cabeza.
—No, no, esto requiere discreción. Prefiero ir yo solo. Tranquilas, volveré enseguida, lo prometo. Mientras tanto, ¿podríais quedaros y hacer compañía a mi madre?
Las dos chicas asintieron a regañadientes. Wakana les dedicó una mirada compasiva. ¡Ay, su hijo a veces podía ser un desconsiderado sin querer! Pero no se quejó. En el fondo, agradecía la compañía. Por desgracia, en cuanto Rikuo se marchó, se hizo un silencio incómodo en la habitación. Las cinco no sabían de qué hablar.
Para distender el ambiente, Wakana le preguntó a Tsurara:
—¿Qué tal está tu madre? ¿Has recibido carta de Ukiyoe?
—Oh, sí, está bien. Las cosas están un poco caóticas ahora mismo, algunos clanes se han separado y están llegando muchos yokai oportunistas, pero el Clan Nura sigue manteniendo el control en Ukiyoe. Aún así, sé que mi madre está triste en el fondo. Una vez me dijo que había estado muy enamorada del Nurarihyon, pero que él prefirió a otra y ahora... Ahora está muerto —la Yuki-onna suspiró—. Mi madre me dijo antes de marcharse que las historias de amor que acaban bien son una excepción.
—¡Ah! No hay que perder la esperanza en el amor —Wakana le guiñó un ojo a Yura y a Tsurara—. Aquí precisamente tenemos una de esas excepciones.
—¿Quién? —preguntaron Yura y Tsurara sorprendidas, acordándose de que la madre de Rikuo también había perdido a su marido en trágicas circunstancias.
Wakana se volvió hacia Hagoromo Gitsune.
—Kuzunoha, ¿por qué no les cuentas cómo conociste a Abe no Yasuna? ¡Es una historia preciosa!
—Ni hablar —masculló Hagoromo Gitsune. Estar condenada a quedarse en la cama durante semanas no había contribuido precisamente a mejorar su humor.
—Oh, vamos, no seas mala —le picó Wakana—. ¿Vas a dejar que estas chicas crezcan pensando que el amor verdadero es imposible? ¿O que siempre acaba mal? ¡Es una crueldad!
Tsurara miró a Hagoromo Gitsune con expresión anhelante.
—Una historia de amor entre un humano y una ayakashi... —murmuró la Yuki-onna.
—Sería un honor oír el famoso mito de Kuzunoha y Yasuna de labios de quien estuvo allí —se apuntó Yura, con educación, sí, pero con mucho interés—. Se han contado tantas leyendas...
—¡Una historia de la hermana mayor! ¡Sí! —celebró Kyokotsu, dando palmas.
Hagoromo Gitsune suspiró.
—Está bien, está bien —se rindió la kitsune milenaria—. Fue hace mucho tiempo, pero lo recuerdo como si fuera ayer...
FLASHBACK
Bosque de Shinoda
Hace más de mil años, Japón era un remanso de paz y tranquilidad. No había guerras, ni civiles ni de ningún otro tipo. El comercio, las ciencias y las artes florecían bajo el gobierno supremo de los emperadores. Siempre había algún que otro bandido o pirata que causaba problemas, pero los valientes samurais se encargaban de llevarles ante la justicia. Y aunque en las sombras moraban los terribles ayakashi, los onmyoji del emperador mantenían el orden. Era el equilibrio perfecto.
En un bosque situado entre la capital de Heian-kyo y el puerto de lo que sería la futura Osaka, un joven intentaba estudiar onmyodo en la tranquilidad de la espesura. Su nombre era Abe no Yasuna.
El padre de Yasuna, que en paz descansase, había sido un guerrero de cierta fama y había entrenado a su hijo en el arte de la espada. Sin embargo, viendo que en el pacífico Japón de los emperadores la carrera militar no tenía mucho futuro, había puesto a Yasuna bajo el cuidado de su buen amigo, el maestro onmyoji Kamo no Tadayuki. El joven Yasuna pronto había demostrado tener talento para el onmyodo, aunque su temperamento de guerrero hacía que le costase concentrarse en sus estudios. Por eso, dado que los exámenes para convertirse en onmyoji oficial de la corte se aproximaban, Yasuna había decidido retirarse a una pequeña cabaña en el bosque para estudiar y meditar lejos del mundanal ruido.
Por desgracia, la ausencia de presencia humana no significaba la ausencia de distracciones.
—¡Pero si es otra vez el estúpido onmyoji que viene de paseo! —dijo una voz burlona mientras Yasuna recorría su ruta habitual entre el altar de Shinoda y su cabaña.
Era una pequeña kitsune, una zorra de hermoso pelaje blanco. Tan inusual color significaba que estaba consagrada a la diosa Inari, aunque al parecer el servicio divino no impedía que viniese a molestarlo una y otra vez. Siempre que Yasuna intentaba estudiar en silencio o meditar, la kitsune aparecía para romper su concentración. Para un onmyoji, eso era una vergüenza.
—No te escucho, kitsune —le espetó Yasuna a la raposa—. Mi mente es un templo, mi corazón es un castillo. Pronto seré un onmyoji del imperio. No me apartarás de mi camino.
La zorra le dedicó una sonrisa burlona.
—Como quieras, pero si sigues andando en esa dirección, vas a meterte en un hoyo.
—¡Ja! —se rió Yasuna—. ¿Te crees que voy a caer en uno de tus engaños? Seguro que quieres desviarme y... y... ¡Aaaah!
¡Bum! Tal como había predicho la kitsune, Yasuna cayó en un hoyo de tres metros de profundidad. El joven Abe se levantó con la espalda dolorida y cubierto hasta arriba de barro. Sobre el agujero del hoyo, apareció la cara de la kitsune.
—Que conste que te lo he advertido —le dijo la zorra con guasa.
—¡Maldita kitsune! ¡Como te coja algún día, te vas a enterar! —bramó Yasuna, alzando impotente sus puños.
La raposa se alejó de allí riéndose a carcajadas. Sin embargo, su risa se cortó de golpe cuando una elegante zorra de siete colas surgió de entre los matorrales cercanos.
—¿Aún sigues espiando a los humanos, Kuzunoha? —inquirió la recién llegada en tono de censura.
—¡Madre! —se sorprendió la otra kitsune.
—Me decepcionas, hija mía —la regañó su madre—. Deberías estar estudiando las enseñanzas de Inari como el resto de tus hermanas, no jugando con los humanos como una vulgar tanuki.
Kuzunoha agachó la cabeza en señal de arrepentimiento.
—Lo siento, madre. Es sólo que cuanto más sé de los humanos, más estúpidos y patéticos me parecen. Se mire por donde se mire, los ayakashi somos superiores a esos insectos de dos patas. No entiendo por qué les permitimos campar a sus anchas por el país. Un reino de oscuridad sería mejor que su imperio del sol naciente.
La kitsune de siete colas suspiró.
—Juzgas demasiado rápido, mi querida hija. Sí, es cierto que los humanos son débiles, tontos y traicioneros. Venden a sus semejantes por unos trozos de metal y les veo muy capaces de envenenar la misma tierra con tal de satisfacer su avaricia. Sin embargo, en sus corazones también tienen algo que los ayakashi no podemos comprender.
—¿El qué? —preguntó Kuzunoha con curiosidad.
—Una chispa de luz —respondió su madre—. La voluntad de hacer posible lo imposible, para bien y para mal. Y como polillas, los ayakashi acudimos a esa luz, bien para apagarla, bien para hacernos con ella.
Kuzunoha meneó la cabeza confundida.
—No lo entiendo.
—Quizás el día en que consigas tus nueve colas y te conviertas en una auténtica "Hagoromo Gitsune" lo entenderás, mi pequeña Kuzunoha —sonrió su madre—. Hasta entonces, sigue mis consejos y aléjate de los humanos. Sólo traen problemas.
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Palacio imperial, Heian-kyo
Ah, qué bueno era estar de vuelta en la civilización, lejos de los animales, el barro y las kitsunes entrometidas. Abe no Yasuna era un chico de pueblo, que nunca se había sentido muy cómodo en la rígida etiqueta de la corte imperial, pero no dudaba de que aquel lugar era el centro del universo.
Entró en el pabellón de los onmyoji y saludó a su maestro. Kamo no Tadayuki le dedicó una mirada bondadosa y le preguntó amablemente por el fruto de sus estudios en el bosque. A fin de cuentas, le recordó, el examen era dentro de una semana. Yasuna tuvo que reconocer que su entrenamiento no había salido tan bien como había previsto.
—¿Por qué no me sorprende? —intervino con displicencia otra voz masculina.
Quien así había hablado era Ashiya Doman, el otro discípulo de Tadayuki y rival declarado de Yasuna. Al contrario que el joven Abe, Doman no tenía mucho talento para la magia, pero era muy trabajador y muy aplicado en sus estudios. Doman consideraba (y parte de razón sí tenía) que su maestro demostraba demasiado favoritismo hacia Yasuna. ¿Pero qué podía hacer? Los Abe eran una familia antigua de la nobleza; bastante pobretones para ser nobles, sí, pero tenían conexiones. Además, Yasuna estaba prometido a Sakaki no Mae, la hija adoptiva de su maestro. ¿Cómo no iba a recibir un trato preferente?
Yasuna pasó del comentario sarcástico de su rival y preguntó a su futuro suegro por el paradero de su prometida. Kamo no Tadayuki le señaló el pabellón en el que vivía con su familia. Yasuna fue hasta allí.
Sakaki no Mae era una jovencita hermosa y encantadora. Desde que Yasuna había empezado a estudiar bajo el techo de Kamo no Tadayuki, los dos jóvenes habían compartido muchas conversaciones y habían congeniado enseguida. El maestro onmyoji había visto con buenos ojos su relación y había formalizado la promesa matrimonial. Yasuna sentía que había tenido una suerte inmensa, aunque aún estaba un poco nervioso. Con su patrimonio ridículo, no creía estar a la altura de la refinada Sakaki. Sin embargo, su prometida le amaba e incluso su futuro suegro le había asegurado que, una vez pasase el examen para ser onmyoji de la corte, nadie pondría pegas a su boda.
Cuando Sakaki lo vio, corrió a abrazarlo, aunque en el último momento se contuvo. Las excesivas demostraciones de afecto no eran muy bien vistas en la corte. En su lugar, le dio la bienvenida con una educada reverencia, aunque su tono de voz traicionaba sus sentimientos de alegría.
—¡Yasuna! ¡He pasado semanas sin verte! ¿Cómo estás? ¿Estás bien? Mi horrible madrastra no para de preguntarme que cuándo nos casaremos. Tiene muchas ganas de echarme de casa.
—Tranquila, Sakaki, estoy bien —sonrió Yasuna—. Y no te preocupes por tu madrastra. Dentro de una semana pasaré el examen para ser onmyoji y entonces podremos casarnos. Pero antes tengo que pedirte un favor.
Sakaki miró a su prometido con curiosidad mientras éste sacaba de entre sus ropas un tomo de aspecto antiguo y usado.
—Es el libro del Yin y el Yang que me dejó tu padre —respondió Yasuna, confirmando las suposiciones de la joven—. Sus conjuros serán necesarios para el examen que voy a pasar. Sin embargo, mañana parto a visitar la tumba de mis padres, para limpiarla y rezarles para que velen por mí, y no volveré hasta dentro de tres días. No quiero arriesgar este valioso libro durante el viaje, así que quiero que lo guardes tú hasta el día del examen.
Su prometida cogió el libro con muchísimo cuidado, como el mayor tesoro sobre la faz de la tierra.
—¿Estás seguro? —murmuró Sakaki nerviosa.
—Por supuesto —asintió Yasuna sin dudar—. Eres la persona en la que más confío, Sakaki. No dejaría este libro en manos de ningún otro.
La elegante joven sujetó con fuerza el tomo, para luego dedicarle a su futuro esposo una mirada cargada de voluntad.
—¡De acuerdo! —contestó Sakaki—. No te fallaré. Custodiaré este libro con mi propia vida.
—No te pido tanto —sonrió Yasuna, un poco incómodo—. Y ahora, ¿qué te parece si damos una vuelta por el parque zoológico del emperador? He oído que han traído unos pandas de China, unos osos blancos y negros muy curiosos.
Así, cogidos del brazo, los dos jóvenes enamorados pasaron la que sería su última velada feliz.
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Ashiya Doman estaba furioso. La fecha del examen se acercaba y él estaba estudiando y repasando con fiereza, noche y día. Se sabía todos los libros de memoria, así que estaba bastante seguro de que iba a hacer un gran papel ante la corte. Sin embargo, todo el mundo hablaba de Abe no Yasuna. Que si iba a ser un gran onmyoji, que si probablemente se convertiría en el sucesor de Tadayuki, que si era muy afortunado por casarse con una de las jóvenes más hermosas de Heian-kyo... Nadie se preocupaba del insignificante Ashiya Doman, a pesar de que él también iba a participar en el examen.
—Ese Yasuna... —masculló Doman—. Se cree muy listo sólo porque su padre fue amigo del maestro y porque tiene talento. ¡Menuda tontería! El talento no sirve de nada sin trabajo. Y ese estúpido Abe es un inútil redomado. Sin su Libro del Yin y el Yang haría un ridículo colosal. Ojalá hubiera alguna forma de demostrar a los demás lo incapaz que es...
En la penumbra de la habitación, un par de pequeños demonios observaron con sonrisas torcidas al estudioso aprendiz. Doman estaba tan centrado en sus libros que no se había dado cuenta de su presencia.
—¿Piensas lo mismo que yo, oni rojo? —le susurró uno de los dos ayakashi al otro.
—Desde luego, oni azul -asintió su compañero—. Robaremos el libro de ese rival que tan mal le cae y lo esconderemos en su habitación. Así esos dos se pelearán y, con un poco de suerte, se matarán entre sí.
—Me encanta hacer sufrir a esos tontos onmyoji —dijo el oni rojo.
Los dos demonios se perdieron en la oscuridad de la noche, rumbo al pabellón de los Kamo.
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En el pabellón de Kamo no Tadayuki, Sakaki no Mae se levantó con un sentimiento de inquietud en el corazón. No podía dormir.
En aquellos tiempos de misoginia, a las mujeres no se las entrenaba en el arte del onmyodo, pero nadie podía negar que algunas podían llegar a desarrollar percepciones y poderes más allá de lo natural. Sakaki era una de ellas, por eso su padre adoptivo la cuidaba como un tesoro. El caso era que la joven estaba sintiendo en aquellos momentos una presencia extraña en la casa. Y venía de una parte de la sección de las mujeres, el mismo lugar en el que había guardado el Libro del Yin y el Yang de su prometido.
Asustada por las implicaciones de aquel descubrimiento, Sakaki cogió una vela y corrió hasta el lugar. Para su sorpresa, se encontró con un par de demonios oni intentando llevarse el libro de su amado.
—¡Espíritus malignos! —exclamó Sakaki.
—Oh, oh —los oni se miraron entre sí con consternación—. Nos han descubierto. No merece la pena ser discretos ahora, cojamos el libro y salgamos pitando de aquí.
—¡No os lo permitiré! —les cortó el paso la joven, amenazándoles con el fuego de la vela—. ¡Ese libro le pertenece a una persona muy importante para mí! ¡No os escaparéis!
—¡Humana, cuidado! —exclamaron los ayakashi asustados.
Demasiado tarde. La valiente Sakaki consiguió pegar fuego a uno de los oni. El pequeño demonio gimió de dolor, revolcándose por el suelo y esparciendo chispas a su alrededor. En aquella época, todos los edificios estaban hechos de madera o papel. Bastaba una pequeña llama para provocar un incendio arrasador. Sin darse cuenta, Sakaki había provocado un desastre.
—¡Fuego! —gritó el otro demonio. Las llamas le alcanzaron y cayó al suelo. Sakaki contempló horrorizada como caía también con él el Libro del Yin y el Yang. La joven trató de cogerlo, pero quemaba demasiado. Pronto, el volumen fue pasto de las llamas que estaban empezando a devorar la casa.
El olor a quemado y el calor sofocante despertaron al resto de ocupantes del pabellón. Tadayuki y su mujer corrieron al lugar del foco del incendio, donde una petrificada Sakaki contemplaba los restos calcinados del libro de su prometido.
—¿Qué has hecho, maldita estúpida? —le espetó su madrastra iracunda.
—Yo... yo... —murmuró la joven, sin poder reaccionar.
—¡Ahora eso no importa! —intervino Tadayuki—. ¡Hay que sacar a la gente de la casa! ¡Que los que tengan brazos fuertes empiecen a traer cubos de agua! ¡Si el incendio se extiende, puede arder el palacio del emperador!
Un criado tuvo que sacar en volandas a Sakaki, que aún seguía en estado de shock. Con el resto de las mujeres y los niños pequeños, observó cómo su padre adoptivo y sus hermanos se organizaban para apagar el incendio, así como para rescatar cualquier objeto de valor que pudiesen sacar antes de que el fuego lo devorase todo. Kamo no Tadayuki se había quedado rezagado para coger unos tomos de astrología china cuando, de repente, el tejado de la casa se derrumbó.
—¡Padre! —gritó Sakaki no Mae consternada.
Los funcionarios de obras públicas llegaron poco después a la cabeza de los batallones de extinción de incendios, pero ya era demasiado tarde. Aunque lograron evitar que el fuego se propagase al resto de la zona palaciega, no pudieron hacer nada por rescatar al jefe de los onmyoji. Para cuando encontraron el cuerpo de Tadayuki, hacía horas que había muerto.
El suceso había despertado a media ciudad y muchos curiosos se acercaron a echar un vistazo, entre ellos Ashiya Doman.
"¡Oh, dioses del cielo! ¿Qué ha pasado? ¡Este desastre es culpa mía!", pensó Doman. Como buen estudiante de onmyodo, sabía que los malos deseos provocaban desastres terribles.
Mientras tanto, la esposa de Tadayuki estaba insultando a su traumatizada hijastra.
—¡Por tu culpa, mi marido está muerto, tus hermanos se han quedado sin su padre y la familia ha perdido su patrimonio! ¡Y tú también lo has perdido! ¡Seguro que ese libro que te dejó tu prometido ha ardido también! ¡Ya se lo dije a Tadayuki! ¡Traes la desgracia a todo lo que tocas!
La pobre Sakaki tragó saliva. Ella había provocado aquel incendio. Sin querer, sí, pero había sido culpa suya. Ahora su querido padre estaba muerto, libros de valor incalculable habían perecido entre las llamas y su prometido, que había confiado en ella, perdería su plaza como onmyoji por su descuido criminal.
Había manchado el honor de las personas a las que más quería en el mundo. Y sólo conocía una manera de equilibrar la balanza.
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Abe no Yasuna regresaba a la capital de buen humor. Cabalgaba a un paso tranquilo, disfrutando de una mañana espléndida.
Su buen humor empezó a estropearse cuando le llegó el desagradable olor a madera quemada. "Vaya, al parecer ha habido un incendio", pensó Yasuna. No se preocupó mucho, pues no era un suceso infrecuente en la ciudad. Sin embargo, su inquietud aumentó cuando empezó a darse cuenta de que el olor provenía de la zona del palacio. Su inquietud se transformó en auténtico pánico cuando, al entrar en los terrenos imperiales, pudo ver los restos calcinados del pabellón del maestro Tadayuki.
—¡Oh, no! —exclamó Yasuna consternado—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Un incendio —contestó Ashiya Doman, apareciendo junto a él. Su rival tenía un aspecto de abatimiento total—. Fue un accidente. El maestro intentó salvar los objetos de valor y entonces... entonces quedó atrapado y murió.
Fue un auténtico mazazo para Yasuna. ¿El maestro, muerto? La gente moría todos los días, pero siempre había tenido la vaga sensación de que el venerable Tadayuki era prácticamente inmortal. Si tenía que morir, tenía que hacerlo luchando contra un demonio terrible, no por culpa de un vulgar incendio.
—¿Qué hay de Sakaki? —preguntó Yasuna alarmado—. ¿Dónde está? ¿Pudo escapar del fuego?
Un nuevo ramalazo de tristeza se dibujó en la cara de Doman. Aunque no había tenido nada que ver en el suceso, la culpa por sus malos deseos le estaba corroyendo por dentro.
—Sakaki salió del incendio ilesa —empezó a decir Ashiya Doman, midiendo muy bien sus palabras—. Sin embargo, su madrastra le echó la culpa de lo sucedido. Y entonces... Ah, no, no puedo decirlo, es demasiado...
—¡Doman! —le gritó Yasuna a la cara—. ¡Escúpelo! ¿Qué ha pasado con mi prometida?
—Se ha suicidado —respondió Ashiya Doman, sin atreverse a mirarle a la cara—. Se tiró a un pozo y se ahogó.
—¡Mientes! —exclamó Yasuna, agarrando con violencia a Doman por su kimono.
Por toda respuesta, su rival le señaló un punto a su espalda. Allá, rodeada por sus familiares, estaba Sakaki. O al menos estaba su cuerpo sin vida, tendido en el suelo.
Yasuna se acercó corriendo. Hizo a un lado a los hermanos y se arrodilló al lado de Sakaki. La palidez de su prometida tenía el siniestro tono de la muerte, mientras el agua chorreaba de su delicado kimono púrpura.
—Sakaki, por favor, despierta... Soy yo, Yasuna. He vuelto —le susurró su prometido, estrechando sus frías manos sin vida entre las suyas.
—Olvídalo, joven Abe —rezongó la madrastra de Sakaki—. Está muerta. La muy desgraciada nos ha arruinado, pero al menos ha tenido la valentía de terminar con su vida de una manera honorable.
—¡Mamá! —protestó Yasunori, hijo y heredero de Kamo no Tadayuki, mirando con malos ojos a su madre.
—Yo sólo digo las cosas tal como son —se encogió de hombros la insensible mujer—. El joven Abe debería preocuparse más de su examen que de esa zorra.
Abe no Yasuna no les escuchaba. Estaba llorando, su corazón arrasado por el dolor. Su maestro había muerto. Sakaki había muerto. ¿Qué le importaba a él un estúpido examen? Su mundo se había acabado. Su futuro feliz yacía en ruinas a sus pies.
Preso del dolor, y ante el asombro de los presentes, agarró una cinta del vestido de su amada y salió corriendo. Corrió más allá de la zona palaciega, más allá de los muros de Heian-kyo, más allá de los límites de la provincia. No notaba el cansancio, sólo la pena que le embargaba. Cuando ya no pudo más, se arrojó sobre el suelo y alzó las manos al cielo con desesperación. Y gritó.
—¡AAAAAAAAAAAAAHHH!
Gritó, gritó y gritó hasta quedarse afónico. En respuesta, los cielos lloraron con lágrimas de lluvia. Y así se quedó Abe no Yasuna, solo bajo la lluvia, sintiendo cómo su corazón se partía en pedazos.
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Bosque de Shinoda
Kuzunoha estaba muy mosqueada. El estúpido aprendiz de onmyoji había regresado a su pequeña cabaña del bosque. Al principio pensaba que sería para entrenarse más, pero no. No estudiaba, no meditaba, simplemente vagaba por el bosque como un alma en pena. Sus ropas se habían convertido en harapos y sus sandalias hacía tiempo que se habían desintegrado. Sólo cuidaba con esmero una cinta púrpura que llevaba atada a la cabeza y una antigua espada que acariciaba todos los días.
—Qué raro —murmuró Kuzunoha para sí. Había intentado varias veces sacarle de sus casillas con algunas bromas de las suyas, pero el onmyoji la había ignorado por completo. Era como si para él no existiese nadie más en el mundo—. Ya no es divertido.
—Hija, ¿qué te he dicho de acercarte a los humanos? —la interrumpió su madre, apareciendo de repente.
—Madre, ese humano me da mala espina —dijo la más joven de las kitsunes—. Siento algo muy raro en él, una enorme energía negativa.
La kitsune de siete colas meneó la cabeza en un gesto de pesar.
—No lo entiendes porque aún eres muy joven, pero ese humano tiene el corazón roto. No sé cómo habrá sido exactamente, pero la energía negativa que detectas es una pena inmensa —le indicó su madre—. La chispa de luz de su alma se está apagando poco a poco. Pronto desaparecerá.
—Una pena inmensa... —repitió Kuzunoha, meditando las palabras de su madre.
—Es triste, pero no nos incumbe —sentenció la kitsune de siete colas—. Deberían preocuparte más otro tipo de humanos. Últimamente me llegan noticias de cazadores fuertemente armados que están rastreando los bosques del país en busca de kitsunes. Esos humanos creen que nuestros hígados pueden proporcionarles su ansiada inmortalidad. Son unos estúpidos ignorantes. Aún así, temo por ti y por tus hermanas.
Kuzunoha sonrió confiada.
—No te preocupes, madre. Sé cuidar de mí misma, y eso que soy la más joven. Cualquiera de mis hermanas puede darle mil vueltas a esos cazadores de pacotilla.
—Eso espero —suspiró su madre—. Eso espero.
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Abe no Yasuna caminaba por el bosque completamente solo. Su vida se había convertido en una mancha gris. No reía, no lloraba, no comía salvo lo indispensable para seguir viviendo, y cuando dormía sólo tenía pesadillas.
Durante los primeros días en el bosque, Yasuna había estado a punto de perder la cabeza e incluso había llegado a creer que la cinta púrpura que llevaba consigo era su prometida Sakaki, pero luego había recuperado la cordura. Aún así, conservaba aquella cinta como su posesión más valiosa, aparte de la espada de su padre. Había acariciado varias veces la idea de suicidarse, pero tampoco quería una muerte sin sentido. Su padre siempre le había dicho: "un samurai debe morir con honor".
Por eso vagaba por los bosques, buscando una razón para morir, sin encontrarla. Todos le evitaban: humanos, animales, ayakashi... todos salvo la misma kitsune insistente que aparecía cada pocos días tratando de incordiarle. En el fondo, Yasuna se lo agradecía. Las ocasionales visitas de la zorra blanca eran la única forma que tenía de ser consciente del paso del tiempo.
Entonces, un día, fue él el que encontró a la kitsune en lugar de que ella lo encontrase a él.
Había estado caminando sin dirección clara por el bosque, como tantas otras veces, cuando empezó a oír voces, voces humanas. También le llegó el sonido de gañidos de dolor.
—¡Mira cómo se retuerce! —se rió un hombre—. Menos mal que la tenemos inmovilizada, que si no...
—Aguanta, que saco el cuchillo... Sí, ahí está bien. Esta es la zona donde está el hígado —dijo otra voz.
—Ten cuidado, queremos el órgano intacto —le advirtió el otro—. El señor Fujiwara nos pagará mucho más por el hígado de una zorra de siete colas.
Se oyó entonces un ruido repugnante de vísceras arrancadas, seguido de un aullido de angustia.
—¡MADRE!
Incluso entre las nieblas de la melancolía, Abe no Yasuna reconoció aquel grito desesperado. Era la kitsune blanca que siempre le gastaba bromas. ¿Qué demonios estaba pasando?
Movido por un extraño sentimiento de urgencia, Yasuna corrió hasta el lugar del que provenían las voces. Lo que vio no le gustó nada.
Era una partida de caza. Hombres rudos, vestidos con cuero y metal, armados con espadas, arcos, cuchillos y hachas, estaban despiezando a sus presas. Hasta ahí, nada fuera de lo habitual. Pero sus presas no eran animales normales y corrientes, sino kitsunes. Una familia entera de kitsunes blancos, con sus entrañas arrancadas y su pellejo cortado y colgado para secarse. Estaban todos muertos, salvo una pequeña zorra que aún se debatía en la trampa-jaula en la que estaba apresada. Era la kitsune que tan bien conocía.
Cuando los cazadores se dieron cuenta de la presencia de Yasuna, se dirigieron a él con malos modos.
—¡Eh, tú! ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Acaso quieres robarnos nuestra mercancía?
—Kitsunes... Estáis matando kitsunes —murmuró Yasuna anonadado.
—¡Pues claro, imbécil! —le espetó el cazador más cercano—. Soy Akuemon, jefe de cazadores del ministro Fujiwara. Nuestro señor nos paga una fortuna por los hígados y las pieles de los kitsunes, pero cuesta un ojo de la cara cazarlos. No vamos a permitir que alguien se aproveche de nuestro duro trabajo. Así que, si no quieres acabar como ellos, más vale que te largues por donde has venido.
Yasuna ignoró al cazador y echó un nuevo vistazo a la dantesca escena. Sus ojos se cruzaron con los de la kitsune atrapada, que le dirigió una mirada implorante.
Mientras tanto, los cazadores empezaron a enfadarse. Claramente, aquel intruso debía ser un idiota o un tarado. Sin miramientos, Akuemon le dio a Yasuna un empujón que lo tiró para atrás.
—Los zorros blancos son sirvientes de Inari —musitó el joven Abe—. La diosa os castigará.
—¡Ja! Nosotros sólo tememos al hierro de los hombres, no a los castigos divinos —se jactó el jefe de los cazadores.
—Entonces yo seré el castigo de Inari —susurró Yasuna.
Con una rapidez fulgurante, Yasuna desenvainó la espada de su padre y ensartó de lado a lado al desprevenido Akuemon.
Al ver caer a su jefe, el resto de los hombres estallaron en gritos de ira y blandieron sus armas. Uno disparó una flecha a Yasuna y lo derribó, pero cuando otro compañero se acercó a rematar la faena con su cuchillo de caza, el antiguo aprendiz de onmyoji le rebanó la garganta con su espada. Antes de que el arquero pudiese reaccionar con rapidez, Yasuna cargó contra él y le cortó su brazo derecho de un tajo, para luego clavarle la espada en el pecho. Por desgracia, los dos cazadores restantes corrieron hacia él con espadas y hachas. Un corte en la pierna, otro en el brazo... En un golpe que rozó su sien, su adorada cinta púrpura fue desgarrada y cayó al suelo hecha jirones. Yasuna tenía la ventaja del entrenamiento, pero los cazadores eran salvajes y viciosos. Al final logró girar a tiempo para usar a uno de ellos como escudo humano. El cazador murió por el ataque de su compañero, y luego Yasuna le cortó la cabeza al que quedaba.
En menos de cinco minutos, todo había acabado. ¿Había sido su pericia con las armas, su locura suicida o la bendición de Inari? ¿O las tres cosas a la vez? No importaba. Yasuna había vencido. Y ahora iba a morir desangrado por sus graves heridas.
Antes de desfallecer, sin embargo, se acercó a la jaula y la abrió. La kitsune le miró con asombro.
—Vete, amiguita. Eres libre —le dijo Yasuna. Luego se derrumbó sobre el suelo.
Kuzunoha salió de la trampa-jaula. Lloró. Ella, que había sido la más orgullosa de la camada, estaba llorando. Por su madre. Por sus hermanas. Por toda su familia, muerta por un estúpido capricho. ¡Malditos humanos! ¡Eran una plaga maligna! ¡Seres corruptos que destruían la belleza del mundo! ¡Los odiaba! ¡Los odiaba, los odiaba, los odiaba!
Y sin embargo, un humano la había salvado. El estúpido onmyoji. El loco del bosque. ¿Por qué la había salvado? No lo sabía. Tampoco le importaba.
La joven kitsune empezó a marcharse de aquel lugar que apestaba con el hedor de la muerte. Antes de irse, sin embargo, llegó a sus oídos un gemido de dolor de Yasuna.
—Sakaki... —repetía el joven en su delirio.
Kuzunoha se detuvo, aunque no sabía muy bien por qué. Sentía una congoja enorme en su corazón. Y entonces recordó las palabras de su madre: "Ese humano tiene el corazón roto. No sé cómo habrá sido exactamente, pero la energía negativa que detectas es una pena inmensa".
Antes no lo había entendido, pero ahora sí. Una pena inmensa. Como la que ella estaba sintiendo en ese mismo momento. ¿Había perdido aquel estúpido onmyoji a sus seres queridos también? ¿Había sido el destino injusto con él como lo había sido con ella? Entonces volvió a oír la voz del hombre, que se estaba desangrando lentamente:
—Sakaki... Por favor, no estés muerta... No me abandones...
Kuzunoha gruñó. Odiaba a los humanos que habían destrozado su vida, pero aquel hombre no era tan malo y se estaba muriendo de pena delante de sus ojos.
"¿Qué hago?", se preguntó la kitsune.
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Abe no Yasuna soñó con los muertos. Primero apareció el espíritu de su padre, pero no para felicitarle por haber conseguido una muerte de guerrero, sino para criticarle por morir demasiado pronto. Luego fue su maestro, que se lamentó porque su brillante discípulo hubiera echado por la borda todas sus enseñanzas. Finalmente fue el fantasma de Sakaki el que hizo acto de presencia. Cuando Yasuna le preguntó por qué lo había abandonado, ella replicó:
—¿Y por qué te has abandonado tú a ti mismo? Yo escogí mi propia muerte para que tú pudieras vivir sin la mancha de mi deshonra. ¿Por qué ahora malgastas mi sacrificio?
—¡Qué me importa a mí la deshonra! Yo sólo te quería a mi lado... —contestó Yasuna desesperado.
—Fue un error por mi parte. Te juzgué como a otros hombres insensibles que se preocupaban más de su honor que del amor. Me equivoqué —Sakaki sonrió con melancolía—. Pero ahora tienes que vivir.
—¡SAKAKI! -gritó Yasuna, despertándose de su sueño.
Para su sorpresa, no se encontraba en mitad del bosque, rodeado de los cadáveres de los kitsunes destripados y de los cazadores a los que había matado, sino que se hallaba en su pequeña cabaña, abrigado con unas mantas y al lado de una agradable hoguera. Tampoco se estaba desangrando. Alguien había atendido sus heridas. Incluso le habían sacado la flecha que se había clavado en su hombro.
Aún estaba asombrándose por encontrarse vivo y a salvo, cuando la puerta se abrió de repente.
—Veo que te has despertado.
Las maravillas no dejaban de llegar unas tras otras. Yasuna tenía ante sí a la mujer más preciosa que hubiese visto nunca. Aunque vestía inmundos harapos, como una pobre campesina, aquella hermosa aparición tenía un cabello largo y sedoso, una piel pálida como la porcelana y unos ojos oscuros e insondables. Se movía con gracia sobrenatural, a pesar de que se la veía un poco incómoda en su presencia.
—¿Q-quién eres? —le preguntó Yasuna.
—Sólo soy una campesina, noble señor —respondió la mujer. Su tono era de respeto, aunque había cierto retintín burlón en la forma en que había dicho "noble señor"—. Te encontré herido en el bosque y te traje hasta aquí.
—¿Has sido tú quién ha atendido mis heridas?
—Sí, señor —asintió la misteriosa campesina.
Yasuna se quedó mirando a la mujer con extrañeza. Debía haber sido obra del destino que hubiese recibido aquella segunda oportunidad.
—Noble señor —murmuró la campesina un poco nerviosa—. Aún no estás curado. ¿Podría echar un vistazo otra vez a tus heridas? No quiero molestar, claro. Si te incomodo, me iré.
—Por supuesto que no tengo ningún inconveniente —se apresuró a decir Yasuna—. Al fin y al cabo, te debo la vida. Aunque hay algo que me llama la atención. ¿Por qué me llamas "noble señor"? Hace mucho que no llevo ropas civilizadas y todos me toman por un loco.
Por un momento, la pregunta pareció coger desprevenida a la mujer, pero enseguida se recompuso.
—Es obvio, señor. Tienes una espada —señaló la campesina—. Sólo los nobles y los bandidos llevan espadas.
—¿Y cómo sabes que no soy un bandido? —inquirió Yasuna con curiosidad.
—Lo sé y punto.
Abe no Yasuna no insistió. Se sentía muy cansado y, tal como había dicho la mujer, sus heridas sólo estaban parcheadas. No estaba curado. Además, habría sido una deshonra hacer enfadar a la persona que le había salvado la vida simplemente para satisfacer su curiosidad.
Antes de perder el conocimiento otra vez, Yasuna reunió fuerzas para hacer una última pregunta:
—Por favor, dime, ¿cómo he de llamar a mi salvadora?
—Kuzunoha —respondió ella tras pensárselo un momento—. Puedes llamarme Kuzunoha.
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Pasaron los días y las semanas. Kuzunoha atendió con solicitud las heridas de Yasuna, le dio de comer y, en general, cuidó de él mientras el antiguo aprendiz de onmyoji recobraba sus fuerzas. Todos sus remedios parecían ser flores, hojas y raíces del bosque. Natural, pues los pobres campesinos no podían acceder a la avanzada medicina china que tenían en la corte. No obstante, la mujer parecía ser más hábil con sus medicinas vegetales que los acupuntores con sus agujas.
Abe no Yasuna tenía muchas preguntas, pero Kuzunoha le daba pocas respuestas.
En cuanto a la mujer, a cada día que pasaba se ponía más y más de los nervios. ¿La razón? Que ella no era sino la kitsune Kuzunoha transformada. No estaba acostumbrada a tratar con humanos más allá de las chanzas ocasionales. Al principio le había parecido una idea muy astuta transformarse en mujer para salvarle la vida a aquel estúpido onmyoji, pero ahora se estaba arrepintiendo. No sabía si podía mantener aquella fachada durante mucho más tiempo.
Cada día se decía que aquel sería el último que pasaría en la cabaña, pero luego siempre encontraba alguna excusa para quedarse un poco más de tiempo. Una herida que necesitaba más tratamiento, una conversación inacabada, una promesa sobre comida... Cualquier nadería bastaba para hacer dudar a su corazón.
Yasuna veía las dudas de la mujer que le había salvado la vida. No quería ser acaparador. Quería dejarla marchar. A fin de cuentas, había vivido sin compañía durante meses. ¿Qué le importaba ahora volver a quedarse solo?
"Mucho, me importa mucho", se respondió a sí mismo Yasuna.
Pues había vuelto a recobrar el ánimo por la vida. De nuevo sentía curiosidad por cosas más allá de su propia desesperación. Quería conocer más a Kuzunoha. Quería alegrarse con ella, en lugar de entristecerla con sus penas y desventuras. Según pasaban los días, cada vez pensaba menos en Sakaki y más en Kuzunoha. "Tienes que vivir", le había dicho Sakaki en su sueño. Sí, tenía que vivir. Tenía que reconstruir su vida. Y sabía perfectamente con quién quería hacerlo.
Finalmente llegó el día en que Yasuna se recuperó por completo de sus heridas y a Kuzunoha no le quedaron más excusas para posponer su marcha. Ya se disponía a salir, en una hermosa mañana de orquídeas y crisantemos en flor, cuando su anfitrión la detuvo.
—¡Kuzunoha, espera! ¿Te vas a ir así sin más?
—Somos de mundos diferentes, noble señor —contestó Kuzunoha con una sonrisa triste—. Debemos seguir cada uno nuestro camino.
Abe no Yasuna frunció el ceño.
—¿Acaso vas a volver con tu familia? —le preguntó el joven.
Una sombra de dolor cruzó el rostro de Kuzunoha.
—Yo... Ya no tengo familia. Murieron todos —reconoció la mujer.
—Lo siento mucho —dijo Yasuna apenado—. Yo tampoco tengo familia, ni amigos a los que acudir. Mis padres murieron hace tiempo. Mi maestro y mi prometida fallecieron en un desgraciado incidente. No me queda nadie en este mundo.
—A mí tampoco —murmuró Kuzunoha apenada.
Los dos se quedaron así, en silencio y con la cabeza gacha. Entonces, en un gesto arrebatador, Yasuna sujetó a Kuzunoha por los hombros y le dijo:
—¡Sí tenemos a alguien en este mundo! Nos tenemos el uno al otro. Por favor, Kuzunoha, quédate conmigo. Gracias a ti, he vuelto a descubrir las maravillas de estar vivo. Y quiero hacer lo mismo por ti. Quiero que seas feliz. Si te falta un hogar, yo te daré uno. Construiré con mis propias manos un palacio para ti, si hace falta. Porque te amo, Kuzunoha. Siento no ser un poeta de la corte, porque mis palabras no hacen justicia a lo que siento.
Kuzunoha se ruborizó. Yasuna había tenido más valor que ella para decir lo que realmente pensaba. Sin embargo, apartó la vista a un lado.
—Noble señor... Yasuna... ¿Y si te dijera que no soy la mujer que crees que soy? Hay cosas que deberías saber sobre mí, cosas que no te gustarían. Si las supieras, no dirías lo que has dicho —murmuró la kitsune con aflicción.
Yasuna obligó a Kuzunoha a mirarle a los ojos.
—Eres la mujer que me rescató de la muerte y me dio nuevas razones para vivir. No necesito saber más —dijo él.
Entonces la besó.
Kuzunoha le devolvió el beso. No pudo evitarlo. Una parte de su cerebro le gritaba que era una mala idea, que un romance entre un humano y una ayakashi no podía funcionar. Pero no hizo caso. Yasuna tenía razón: no estaban solos. Se tenían el uno al otro. Y eso era más que suficiente.
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Habían pasado seis años desde que Abe no Yasuna saliese corriendo de Heian-kyo embargado por la pena para nunca volver. Muchos le habían dado por muerto. Sin embargo, había una persona que había estado a la caza de noticias suyas: Ashiya Doman.
El antiguo rival de Yasuna se había convertido en un onmyoji respetado de la corte imperial. No obstante, a pesar de que por fin recibía el prestigio que siempre había deseado, Ashiya Doman no era feliz. La culpa le reconcomía. Por sus celos, por su envidia, había provocado indirectamente la muerte de dos personas y había arruinado la vida de una tercera. No se podía perdonar a sí mismo. Quería hacer algo para remediar, aunque fuera en parte, el mal que había causado por sus malos deseos.
Por eso, cuando a sus oídos llegó que un tal Abe no Yasuna tenía una casita de campo en una villa de la provincia de Settsu, junto a la arboleda de Shinoda, enseguida decidió acudir al lugar.
Cuando terminó de subir el camino que según los lugareños conducía a la casa del "señor Abe", cual no fue su sorpresa al encontrarse con una hermosa casa de campo. Doman no lo sabía, pero durante los cinco años anteriores Yasuna había estado reuniendo todo su patrimonio para levantar aquel edificio. No era un palacio ni de lejos, pero tenía un aire a la vez elegante y acogedor.
La sorpresa de Ashiya Doman aumentó cuando se abrió la puerta y una hermosa mujer de lustroso cabello negro y piel de alabastro salió al patio con un pequeño de cinco años en sus brazos.
—¿Otra vez con tus travesuras, Doji? —le recriminó la mujer al niño, aunque con más amabilidad que severidad—. ¡Fíjate como estás, cubierto de barro de arriba abajo! Y pensar que ayer mismo papá te echó la bronca por esa manía que tienes de cazar bichos. "Nunca serás un buen hombre si te divierte matar a criaturas inocentes", eso te dijo. ¿Acaso lo has olvidado? ¡Y el susto que me has dado! ¿Qué haría yo si te pasa algo mientras tu padre está fuera, eh?
—Lo siento, mamá —se disculpó el pequeño—. Pero ahora tengo mucho sueño...
—Está bien, Doji. A la cama contigo. Pero la próxima vez, no te alejes del jardín, ¿de acuerdo? —dijo la madre, suspirando. Entonces se fijó en el recién llegado—. ¿Quién es usted? ¿Quería algo?
Ashiya Doman se recuperó rápidamente de la sorpresa y dijo:
—Me llamo Ashiya Doman, onmyoji del emperador. Fui un antiguo colega de Abe no Yasuna y estaba buscando su casa. Si me he equivocado de dirección, por favor, discúlpeme.
—No, no se ha equivocado —respondió la mujer—. Esta es la casa de Abe no Yasuna. Yo soy su esposa, Abe no Kuzunoha, y este es nuestro hijo Doji.
—¡Hola! —le saludó el pequeño alegremente con la mano.
—Por favor, ¿dónde están mis modales? Un noble señor como usted no debería quedarse aquí fuera —continuó Kuzunoha—. Pase, pase. Si quiere tratar con mi marido, volverá dentro de poco.
La mujer se excusó por el estado en el que se encontraba la casa. No esperaban visitantes. Enseguida se ofreció a preparar un refrigerio mientras esperaban al regreso de Yasuna, que había salido a hacer su ronda de inspección como guardabosques de la zona. Ashiya Doman se acomodó en el salón mientras su anfitriona trasteaba en la cocina. Se quedó solo con Doji, el hijo de la pareja. Al pequeño se le habían quitado de golpe las ganas de dormir al tener una nueva distracción en la figura del onmyoji. Empezó a hacerle preguntas, muchas preguntas. Al principio, Doman contestó con hastío, pero pronto se dio cuenta de que Doji cazaba al vuelo todas las respuestas y las entendía enseguida, incluso las más complicadas sobre el onmyodo.
Ashiya Doman examinó al niño con suma atención. Era extraordinariamente inteligente para su edad. Quizás había heredado el talento de su padre y algo más. Esta vez fue Doman el que le preguntó si podía ver cosas que otros no veían. Doji asintió enérgicamente.
—Por las noches veo monstruos —le confesó el niño en tono confidencial.
—¿En serio? ¿Y los monstruos entran en casa? —inquirió Doman.
—No, no —negó con la cabeza Doji—. No se atreven, porque tienen miedo de mamá.
—Oh, así que los monstruos tienen miedo de tu mamá —dijo Doman con una sonrisa. Los niños eran niños en todas partes.
—Sí, sí. Papá no se entera, porque es un despistado, pero mamá da mucho miedo, sobre todo cuando le salen orejas y cola de zorro. Yo puedo verlas, pero papá no.
La sonrisa de Doman se le congeló en la cara. Dioses del cielo, no podía ser lo que estaba pensando, ¿verdad?
Para complicar la situación, justo entonces apareció Kuzunoha con un delantal sobre su kimono y trayendo una bandeja con té y comida. La mujer no parecía haber oído la conversación entre Doman y Doji, y le conminó a su hijo que no molestase al señor onmyoji. El pequeño, un tanto enfurruñado, hizo como que se marchaba de la habitación, pero entonces se dio la vuelta y sujetó algo a la espalda de su madre. Luego se lo enseñó a Ashiya Doman con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Lo ve, lo ve? ¡Una cola de zorro! —presumió Doji. En efecto, de algún modo que violaba todas las leyes conocidas sobre la magia, el niño había atravesado la ilusión de Kuzunoha y había sacado a la luz la cola de kitsune de su madre.
Por un instante, la escena se paralizó. Ahí estaban Ashiya Doman con la boca abierta, Kuzunoha con una expresión de espanto en la cara y el pequeño Doji sonriendo sin darse cuenta del desastre que había provocado.
Doman se recuperó enseguida de su estupefacción y se puso de pie de un salto mientras blandía un talismán de papel.
—¡Atrás, ayakashi! —exclamó el onmyoji muy enfadado—. No sé qué maldad estás tramando, pero Abe no Yasuna ya ha sufrido demasiado en esta vida. ¡No dejaré que una maldita kitsune se siga aprovechando de él!
—¡No, por favor! ¡No haga daño a mi mamá! —gritó un lloroso Doji.
Ashiya Doman dudó. Si de verdad aquella kitsune era la madre del niño, y no simplemente una ayakashi que había ocupado su lugar, matarla delante de su hijo era una auténtica canallada. Sin quitar sus ojos de Kuzunoha, se guardó el talismán y salió con cuidado por la puerta.
—Por respeto al niño y a la hospitalidad que me has ofrecido antes, no te mataré —dijo Doman en tono grave—. Pero me voy a asegurar de decirle a Yasuna qué es realmente la criatura a la que llama "esposa".
Cerró la puerta y desapareció.
Kuzunoha cayó de rodillas sobre el suelo, derramando la comida y el té. Se llevó las manos a la cara, llorando de angustia. No, no podía ser. Tras tantos años y meses, su secreto había sido desvelado por una tonta jugarreta del destino. Ahora ese onmyoji iba a dar aviso a su amado... Pobre Yasuna, otra vez se le rompería el corazón. Kuzunoha barajó la posibilidad de correr y matar a ese tal Doman, pero no habría servido de nada. Había sido su propio hijo el que, por un descuido, la había delatado. Tarde o temprano, su verdadera naturaleza volvería a salir a la luz. Y entonces Yasuna... ¿Qué haría Yasuna?
Kuzunoha abrazó con fuerza a su hijo, que no entendía muy bien qué estaba pasando.
—¿Mamá? ¿Por qué lloras? —preguntó dubitativamente Doji.
—Hijo, mi querido hijo, mi dulce tesoro —susurró Kuzunoha mientras acariciaba tiernamente a su hijo—. Lo siento mucho, pero no puedo quedarme aquí. Soy una kitsune. Humanos y ayakashi no pueden estar juntos. Durante estos años intenté engañarme, porque tu padre es tan amable, tan valiente, tan maravilloso... Pero se acabó. Tengo que irme, tengo que volver al bosque.
—Pero papá... —balbució Doji
—Papá sabrá encontrar a otra mujer que le quiera y le haga feliz sin tener que preocuparse de tener a una bestia de la oscuridad en casa —respondió Kuzunoha con lágrimas en los ojos—. Una nueva madre que pueda criarte como a un humano, porque yo no me veo capaz. No guardes rencor a tu padre, él no tiene la culpa de nada. Pórtate bien, estudia mucho y no te metas en líos, ¿de acuerdo? Y recuerda... recuerda que siempre te querré.
La kitsune se levantó y se dispuso a marcharse por la puerta trasera, mientras su cuerpo empezaba a cambiar, de mujer a raposa. Doji intentó seguirla, pero sus cortas piernas infantiles no daban para mucho.
—¡Mamá, vuelve! ¡Mamá! —gritó el niño consternado.
A Kuzunoha se le partió el corazón al oír los gritos de su hijo. Perder a su familia otra vez era una tortura. Al menos en esta ocasión le quedaba el consuelo de que sus seres queridos estaban vivos, aunque no pudiese verlos de nuevo. Pero lo que más lamentaba era no poder despedirse de Yasuna. Entonces, mientras salía al patio, se fijó en los instrumentos de caligrafía de su hijo que había desparramados sobre el suelo. Tomó un pincel con su mano, que era ya más de animal que de humana, y se le ocurrió una idea.
—Un poema... Sí, un poema servirá...
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Abe no Yasuna volvía a casa después de un agradable día de trabajo. Ya no era el loco del bosque, sino un respetado guarda forestal y un inspector del estado. Sus vecinos le respetaban, tenía la esposa más maravillosa del mundo y su hijo era tan inteligente que seguro que triunfaría en todo lo que se propusiese cuando fuera mayor. De hecho, como premio por haber aprendido caligrafía en un tiempo récord, le había comprado un molinillo de juguete que en aquel momento llevaba bajo el brazo.
Para su sorpresa, de camino a casa se encontró cara a cara con Ashiya Doman. Qué giros daba la vida; en otros tiempos le habría mandado a paseo de inmediato, pero ahora era tan feliz que recibió a su antiguo rival con los brazos abiertos.
—¡Doman! —le saludó Yasuna con alegría—. ¡Qué sorpresa! ¿Como es que estás aquí? ¿Estás haciendo algún exorcismo para el emperador?
—No, venía precisamente a hablar contigo, Yasuna —replicó Ashiya Doman con seriedad—. Fui a tu casa, pero no estabas allí. Me encontré con tu esposa, eso sí.
—Ah, Kuzunoha es una mujer encantadora —suspiró Yasuna—. Seguro que en la corte me echarían a patadas por haberme casado con una campesina, pero la amo, Doman. Nunca he sido tan feliz. ¿Has visto a nuestro hijo? Te aseguro que ese pequeño se convertirá en un onmyoji mejor de lo que yo podría haber sido jamás.
A Doman se le hizo un nudo en el estómago. Yasuna parecía tan feliz que no se atrevía a romper la ilusión en la qué vivía. ¿Cómo explicarle que su mujer era en realidad una zorra ayakashi sin volver a arrojarle a los abismos de la desesperación? Al final se armó de valor y dijo:
—Yasuna, cuando fui a tu casa vi algo... algo malo. Tu mujer... Tu mujer es una kitsune.
—¿Qué? —exclamó Yasuna con los ojos como platos.
Doman iba a añadir más detalles, pero entonces apareció Doji corriendo a pasitos cortos desde la casa de campo.
—¡Papá! ¡Papá! —gritó el niño—. ¡Mamá se ha ido! ¡Se ha convertido en animal y se ha ido!
—Buf —suspiró Doman—. Bueno, mejor así. Eso evita que tengamos que hacer algo feo con la kitsune.
Pero su alivio no fue compartido por Yasuna, que le dirigió una mirada asesina. Doji llegó hasta ellos, con los ojos arrasados por las lágrimas y la nariz llena de mocos.
—Mamá... M-mamá ha dejado un m-mensaje pintado en la pared, p-pero no sé leerlo bien... —dijo el niño.
Sin mediar palabra, Yasuna cogió a su hijo en brazos y corrió a su casa, seguido de un asombrado Doman, que no comprendía el comportamiento de su antiguo compañero de estudios. Cuando llegaron al patio vieron, tal como había indicado Doji, un poema escrito en la pared.
Koishiku wa
tazunekite miyo
izumi naru
shinoda no mori
urami kuzunoha
—"Si continúas amándome, ven a verme, me encontrarás en el bosque de Shinoda, en la provincia de Izumi, donde las hojas de kudzu susurran con lamentaciones" —leyó Yasuna.
Acto seguido, aún con su hijo en brazos, Yasuna se encaminó hacia las lindes de la vegetación.
—¿A dónde vas? —le preguntó Ashiya Doman.
—¿A dónde crees? —le espetó con malos humos Yasuna—. ¡Al bosque de Shinoda! ¡Voy a buscar a mi esposa!
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El pequeño altar del bosque de Shinoda estaba dedicado a Inari, pero ya no quedaban zorros blancos que la atendiesen en sus cercanías. Todos habían muerto; todos salvo Kuzunoha, que en aquel momento, en su forma de ayakashi, observaba el lugar desconsolada. En el cielo brillaba el sol, pero llovía, un curioso fenómeno meteorológico conocido como kitsune no yomeiri, "la boda de los kitsunes", un presagio de felicidad conyugal. Kuzunoha consideró que era una broma amarga de los cielos, que parecían reírse de su desdicha.
—No voy a llorar... Soy una kitsune, no voy a llorar... Este destino estaba escrito desde el principio —se lamentó Kuzunoha—. Mi pobre hijo... Yasuna... ¿Por qué he escrito ese poema? Sólo les causaré más dolor así. Lo mejor que puedo hacer es retirarme a la corte de Inari... Sí, eso haré...
—¡No! —gritó de repente Yasuna, surgiendo de entre unos arbustos con Doji en brazos.
Los miembros de aquella pequeña familia se miraron los unos a los otros, sin saber qué decir. Kuzunoha en especial estaba muda de impresión. ¡Yasuna había ido a buscarla! Pero no, sería sólo para despedirse. O peor aún, para recriminarle que le hubiese engañado durante todos esos años. Lo más probable era que quisiese su cabeza.
Mas, para su sorpresa, Yasuna se puso de rodillas ante ella, en actitud implorante.
—¿Nos abandonas dejando un triste poema, Kuzunoha? —habló su marido con dolor en sus ojos y su voz—. ¿Acaso creías que no te iba a buscar?
—Yasuna, amado, esto... esto es mi despedida —acertó a decir la kitsune, apartando la mirada—. No puedo seguir viviendo contigo ni con nuestro hijo.
—¿Por qué? ¿Porque se ha descubierto tu verdadera naturaleza? —Yasuna se rió sin humor—. ¿Cuántos años crees que estuve estudiando onmyodo, Kuzunoha? ¿Acaso crees que desde el principio no sospeché quién eras realmente? Era demasiada casualidad que una campesina me encontrase, que supiese dónde estaba mi casa y encima que su nombre significase "hoja de kudzu", uno de los ingredientes de la magia de los kitsunes. No soy tan despistado como crees, amada mía. Lo sabía y no me importó, porque contigo era feliz.
Una pequeña esperanza nació en el corazón de Kuzunoha, pero la apagó enseguida. No podía tener fantasías, no en aquel momento.
—Mi querido Yasuna, mi amor, entonces sabes aún mejor las razones por las que he de irme. Soy una zorra. Ahora que la verdad ha salido a la luz, la vida será difícil para ti y para nuestro pequeño Doji. Por mi culpa los humanos os maldecirán, os darán la espalda y se reirán de vosotros.
—¡Déjales que nos maldigan! —explotó Yasuna indignado—. ¡Déjales que nos den la espalda! ¡Que se rían de nosotros si quieren! No me avergüenzo en lo más mínimo de lo que he hecho. Sí, eres una kitsune, pero también eres mi esposa, la madre de mi hijo, y te quiero. Por favor, Kuzunoha, vuelve con tu familia.
—¡Por favor, mamá! —suplicó Doji, que hasta entonces se había mantenido muy quieto y muy callado.
Las brasas de la esperanza volvieron a arder, en un fuego abrasador que calcinó las últimas dudas y lamentos de Kuzunoha. La kitsune se fue transformando de nuevo en mujer y corrió al encuentro de su familia. Los tres se abrazaron, intercambiando sonrisas y lágrimas. Tal vez lo que hacían estaba mal a los ojos del emperador y de los dioses, pero no les importaba.
Tosiendo para hacerse notar, Ashiya Doman interrumpió la feliz escena. Al momento, Kuzunoha se puso en guardia y Yasuna se colocó delante de su familia, presto a defender a sus seres queridos si fuera preciso. Pero Doman no tenía ninguna intención de hacerles daño. Ya había arruinado una vez la felicidad de su rival; no volvería a cometer el mismo error de nuevo, incluso si eso significaba dejar suelta a una zorra ayakashi.
—No diré nada que no quieras decir tú en público, Yasuna —le prometió a su antiguo colega. Luego se acercó a Doji y le revolvió el pelo, en un gesto de amabilidad—. Eres brillante, pequeño. Seimei, "brillo y claridad". Sí, ese podría ser un buen nombre de adulto para ti.
—Gracias, Doman —Yasuna hizo una reverencia, algo que jamás se habría dignado a hacer en otros tiempos.
—No me las des —dijo Doman muy serio—. Los humanos son el blanco puro, los ayakashi la negrura absoluta. Las existencias grises como la vuestra son impredecibles. Os dejaré vivir tranquilos, pero si algún día tu familia se pasa de la raya y empieza a hacer daño a los humanos, tendré que tomar cartas en el asunto.
Con estas palabras, Ashiya Doman se retiró. Kuzunoha y Yasuna se miraron, sonrieron y volvieron a casa con su hijo, como una familia feliz.
FIN DEL FLASHBACK
—Mi amado Yasuna murió muchos años más tarde, pero la suya fue una muerte natural y pacífica —explicó Hagoromo Gitsune en el presente—. Vivió el tiempo suficiente para ver a Seimei convertido en el mejor onmyoji de todos los tiempos. En cuanto a Ashiya Doman, se convirtió en un viejo amargado, pero cumplió su palabra. Eso sí, no paró de incordiar a mi Seimei para tratar de demostrar a la corte que la magia de mi hijo era algo más que humana. Y cuando vio que iba a morir mientras Seimei continuaba su camino hacia la inmortalidad, fundó su propia dinastía de onmyoji para que lo vigilaran por los siglos de los siglos.
—Los Keikain —murmuró Yura.
—Exacto —sonrió la kitsune—. Pero me alegra ver que al menos una descendiente de ese pesado de Doman se ha convertido en una jovencita de la que una madre se sentiría orgullosa.
Yura se puso roja como un tomate, mientras Hagoromo Gitsune y Wakana se reían. En lo que respectaba a Tsurara, la Yuki-onna tenía la vista puesta en el infinito mientras sonreía con felicidad. ¡El amor entre humanos y ayakashi era posible! ¡Lo del Nurarihyon y Yohime no había sido una excepción!
En esas estaban cuando Rikuo regresó.
—¡Asunto solucionado! —proclamó el joven señor de los Abe con una sonrisa—. El culpable ya está entre rejas. Y ahora, Yura, ¿qué decías de un email?
—Esto, sí, es verdad —se acordó de repente la joven onmyoji—. Rikuo, ¿recuerdas el nombre de Kiyotsugu, el que me envió aquella muñeca maldita para que le echase un vistazo? Me escribió ayer diciendo que está a la caza de más pruebas sobre la existencia de yokai y que además necesita ayuda porque una de sus amigas parece estar teniendo problemas con una maldición.
—Y eso significa...
—Significa que, el próximo fin de semana, el Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz va a venir a Kioto a visitarnos —contestó Yura.
Notas adicionales:
¡Hola de nuevo a todos! Gracias a Suki90, Corazón de Piedra Verde, Asphios de Geminis, Lonely Athena, Tsurara-Oikawa, Walberino, Alexsis y el resto de maravillosas personas que se toman la molestia de comentar en este humilde fic. Este capítulo ha salido más largo de lo normal, pues había mucho que contar (ahora entenderéis por qué Hagoromo Gitsune es tan protectora con su familia y tiene esa manía de querer arrancarles los hígados a los demás).
* Esta historia de Kuzunoha y Yasuna es una mezcla que he hecho con diferentes versiones del mito, más cosas de mi propia cosecha. La versión más conocida es el teatro de marionetas (luego adoptado a kabuki) Ashiya Dôman Ôuchi Kagami. El autor, Takeda Izumo, quiso, para variar, escribir a Ashiya Doman como héroe de la historia (aunque en Nuramago es el antepasado de los buenos Keikain, en la tradición japonesa es un villano), pero las partes más famosas de la obra son las del romance entre Kuzunoha y Yasuna.
* En Ashiya Dôman Ôuchi Kagami se dice que Kamo no Yasunori fue el maestro de Yasuna, pero es imposible porque por aquellos años Yasunori era un niño. He puesto en su lugar a su padre, Kamo no Tadayuki.
* Cada versión de la leyenda añade detalles propios para hacerla más interesante o más acorde a los gustos del público de la época. Por ejemplo, la primera prometida de Yasuna no existía en el mito orginal, y en muchas versiones la kitsune se disfraza de la hermana menor de Sakaki o de otra princesa para poder casarse con su amado, y tiene que huir cuando la verdadera persona aparece.
* El flashback transcurre mayoritariamente en la zona de Osaka. La arboleda de Shinoda estaba en Izumi, ahora una ciudad de la prefectura de Osaka donde existe un altar dedicado a Kuzunoha. En cuanto al lugar de la casa de campo donde Kuzunoha y Yasuna vivían, se dice que estaba en lo que hoy es la estación de Abeno (nombre derivado de la familia "Abe no"), en Osaka ciudad.
* La historia de Kuzunoha y Yasuna es una tragedia originalmente: o bien Kuzunoha asciende a los cielos, separándose para siempre de su familia, o muere. Como en Nuramago la madre de Seimei sigue viviendo en la cabaña del bosque tan feliz, he tenido que cambiar el final original y he usado el de una historia que sí acaba bien. Es la de un hombre llamado Ono que se casó y tuvo un hijo con la mujer de sus sueños. Todo iba bien hasta que uno de sus perros atacó a la mujer. Ésta, muerta de miedo, se convirtió en zorra y huyó. Pero Ono la seguía amando y le pidió que volviera. Desde entonces, durante el día ella se convertía en raposa, pero cada noche regresaba como humana con su familia. De ahí el nombre "kitsune", que puede leerse kitsu-ne ("ven y duerme") o como ki-tsune ("siempre regresa").
Próximo capítulo: "El Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz". Donde Rikuo conocerá a Kana y se enamorarán locamente el uno del... ejem, no adelantemos acontecimientos ;-)
