Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: El Clan Abe y la ciudad de Kioto van recuperando poco a poco la normalidad. Hagoromo Gitsune relata a Yura y Tsurara su pasado, cuando aún era una joven kitsune llamada Kuzunoha. Pero la gran noticia llega después, cuando Yura anuncia que el Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz va a venir a Kioto.


El Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz

Era sábado por la mañana en Kioto. Faltaba poco para el mediodía y Rikuo y Tsurara estaban corriendo por las calles de la ciudad.

—Un poco más despacio, joven señ... quiero decir, Rikuo —le rogó la Yuki-onna a su compañero.

—¡Lo siento, Tsurara, pero vamos mal de tiempo! —se disculpó el muchacho—. ¡Ánimo, ya falta poco!

Por fin llegaron al templo budista de Kosho-ji, donde habían quedado con Yura. La joven onmyoji les esperaba con el ceño fruncido, señalando su reloj de mano.

—¡Llegáis tarde! —les espetó a Rikuo y Tsurara.

—Discúlpame, Yura. Es que ha surgido un problema con uno de los clanes y... —empezó a explicar Rikuo, pero su amiga de la infancia le cortó con un suspiro de resignación.

—Está bien, está bien, lo entiendo, tú también tienes tus responsabilidades —dijo Yura—. Pero la próxima vez avísame por el móvil. El tren en el que vienen Kyokotsu y sus amigos estará a punto de llegar y no quiero hacerles esperar.

Rikuo asintió y tanto él como sus dos amigas se encaminaron hacia la principal estación de tren de la ciudad.

La estación central de Kioto era el centro de comunicaciones más importante de la antigua capital. También era la segunda estación de tren más grande de Japón, sólo por detrás de la de Nagoya. Era un auténtico complejo multiusos, que incluía un centro comercial, un hotel, salas de cine y oficinas del gobierno. Sin embargo, su estilo moderno de metal bruñido y aires futuristas aún levantaba ampollas entre los habitantes de Kioto, que preferían conservar las tradiciones antiguas.

Paradójicamente, la antigua capital había sido uno de los primeros lugares de Japón en estar conectado por el ferrocarril. En el país del sol naciente, cerrado al exterior durante siglos, no se vio ningún tren hasta 1868, pero apenas ocho años después se abrió la primera línea ferroviaria en Kioto, y en 1889 la milenaria ciudad pasó a ser una de las paradas principales de la línea que unía Tokio con Kobe. La línea Tokaido, que así se llamaba, aún existe y es la que más pasajeros registra de todo Japón. La estación central de Kioto ha pasado por varias reconstrucciones, la última de las cuales tuvo lugar en 1997. A muchos habitantes de la antigua capital seguía sin gustarles aquella mole de metal reflectante que sobresalía como un molesto grano de modernidad en el paisaje de Kioto, aunque nadie podía negar su funcionalidad.

—¿Vienen en Shinkansen? —preguntó Rikuo con curiosidad, mientras consultaba los horarios de llegadas. El famoso tren bala japonés había sido el primer tren de alta velocidad del mundo y unía Tokio con Osaka, pasando por Kioto, desde 1964.

—Sí —asintió Yura—. Aunque el tren bala es un poco caro, al parecer la familia de Kiyotsugu es rica y él corre con los gastos.

—Ah, cómo me gustaría montar en uno de esos trenes —dijo Tsurara con tono soñador—. El teletransporte de Kappa está bien, pero poder viajar sentada debe ser aún mejor.

—¿El orgullo yokai no te obligaría a ir corriendo en lugar de montarte en una máquina humana? —comentó Yura, enarcando una ceja.

—El orgullo yokai no debería estar en contra de los avances de la civilización. Sobre todo cuando significan viajar con más comodidad —replicó la Yuki-onna muy ufana.

De repente, Rikuo se fijó en un grupo de chavales de su edad que habían aparecido en la zona de llegadas. Le dio unos golpecitos en el hombro a Yura y le preguntó:

—¿Esos de ahí podrían ser los del Club Kiyo Cruz?

La joven onmyoji siguió su mirada y se topó con un grupo de lo más inusual.

Eran cinco, dos chicos y tres chicas. El que marcaba el paso era un joven henchido de confianza, que parecía incapaz de contener su excitación mientras sus dedos tamborileaban sobre una cartera que llevaba al costado, del tamaño justo para contener un ordenador portátil. Le seguía con aire cabizbajo un chaval bajito pero con piernas de deportista. Mostraba una sonrisa tensa y giraba la cabeza de un lado a otro, como si tuviera miedo de que la gente les mirase mal. A continuación venían dos chicas, una muy animosa que hablaba por los codos y otra más modosa, que asentía y sonreía a lo que su amiga le decía. Por último, cerraba la curiosa comitiva una jovencita mona pero de expresión triste, que parecía no haber dormido nada durante el viaje.

En general, su aspecto no se habría diferenciado de cualquier otro grupo de jóvenes tokiotas que viniesen a hacer una excursión por Kioto. Sin embargo, cuando su líder abrió la boca se hicieron notar enseguida.

—¡YA ESTAMOS AQUÍ! —exclamó el muchacho que iba en cabeza, alzando un puño en alto y ganándose las miradas reprobadoras de un grupo de ancianos que justo entonces pasaban a su lado—. ¡El Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz ha llegado a Kioto!

—Kiyotsugu, córtate un poco... —intentó aconsejarle el otro chico, pero el que sin duda era el presidente del club le hizo callar con un gesto de suficiencia.

—¿Dónde está tu sentido de la aventura, Shima? —le reprochó Kiyotsugu a su compañero—. ¡Estamos en Kioto! ¡La antigua capital! ¿No sientes ese aura de misterio a tu alrededor? Tengo preparado un "Tour Yokai" para visitar los templos de la ciudad, ¡y no pararemos hasta encontrar a un auténtico ser sobrenatural!

—Oh, no —suspiró el tal Shima.

—¡Oh, sí! —asintió el otro con alegría, sin percatarse del desánimo de su amigo—. ¡La investigación sobre yokai es una parte fundamental de nuestro trabajo!

Las dos chicas que iban justo detrás de ellos se adelantaron. La más enérgica soltó un gruñido de frustración al oír las palabras de Kiyotsugu.

—¡No estamos aquí para investigar yokai! —exclamó ella con el ceño fruncido—. Lo más importante ahora es encontrar una buena tienda de dulces. Mi hermano quiere que le lleve yatsuhashi, que dice que quiere probarlos.

—Esto, Maki... —murmuró su amiga, reacia a contradecirla—. ¿No habíamos venido por las pesadillas de Kana? Quiero decir...

—Oh. Tienes razón, Torii —musitó la tal Maki. Se volvió hacia la última chica del pelotón—. Lo siento, Kana, soy una idiota.

—No, no, yo... —murmuró la aludida, sacudiendo la cabeza—. Entiendo que esto es algo muy raro. Ni yo misma me lo creo del todo.

Maki no quedó muy convencida. Las palabras de su compañera sonaban apagadas y faltas de emoción. Pero no hubo tiempo para continuar la conversación, porque justo entonces aparecieron ante ellos Yura, Rikuo y Tsurara.

—Perdonad, ¿sois el Club Kiyo Cruz de Ukiyoe? —preguntó Yura con educación, aunque sabía perfectamente la respuesta después de haber oído a su líder proclamando el nombre de su club a los cuatro vientos.

—¡En efecto! Y tú debes de ser Keikain, ¿verdad? ¿La presidenta del Club Onmyoji de Investigación Paranormal? —preguntó Kiyotsugu. Cuando Yura asintió, el chico sonrió de oreja a oreja—. ¡Genial! Gente, prestad atención, tenemos a una onmyoji de verdad ante nosotros, una auténtica profesional. Los Keikain han salido varias veces por la tele, ¿lo sabíais? ¡Son la cumbre del mundo onmyoji!

—Oh, no, no es para tanto —se ruborizó Yura—. Aún estoy en prácticas. Mi abuelo, él sí es un onmyoji de verdad. Si pudiera enseñaros...

—Ejem —carraspeó Tsurara, interrumpiendo las divagaciones de Yura.

La joven onmyoji se recompuso y les presentó a Rikuo y a la Yuki-onna como miembros del Club Onmyoji. Por supuesto, se cuidó mucho de revelar la naturaleza sobrenatural de sus compañeros. Entonces fue el turno de los recién llegados para presentarse.

—Yo soy Kiyotsugu, presidente y fundador del Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz, así como el responsable de la web Cerebro Yokai, famosa en el mundo entero —dijo el chico que llevaba la voz cantante—. Este de aquí es Shima, mi mano derecha. Aquí donde le veis, juega muy bien al fútbol y está en la selección japonesa sub 14.

Shima asintió, sacando pecho, en especial cuando sus ojos se cruzaron con los de Tsurara. La Yuki-onna, sin embargo, se contentó con dedicarle una sonrisa cortés.

—Estas de aquí son Maki Saori y Torii Natsumi —continuó Kiyotsugu—. Maki está llena de energía y es todo un personaje, aunque me temo que no se toma a los yokai muy en serio. En cuanto a Torii, al principio me pareció una macarra, pero es muy equilibrada y sorprende lo buena chica que es.

—¡Eh! —protestaron enfadadas las dos amigas. Kiyotsugu las ignoró completamente.

Por último, el líder del Club Kiyo Cruz presentó a la última de las integrantes de su grupo, la joven de pelo castaño y expresión preocupada que se había mantenido unos pasos por detrás, más centrada en sus pensamientos que en la gente a su alrededor.

—Y esta es Ienaga Kana —dijo Kiyotsugu en tono triunfante—. No tiene ni idea de yokai, pero no sé por qué, siempre se topa con ellos. En cierto sentido, es la principal baza de nuestro grupo.

—¡Kiyo, muérdete la lengua de una vez, tío plasta, que Kana no está ahora como para hacer de cebo de yokai! —le echó la bronca Maki, secundada por su amiga Torii.

—Cierto, cierto —asintió Kiyotsugu, adoptando una expresión extremadamente seria—. Amigos del Club Onmyoji de Kioto, venimos a pediros un favor. Necesitamos ayuda con un tema sobrenatural, un asunto muy grave que amenaza a nuestra amiga. Venga, Ienaga, cuéntales lo que te pasa.

Las palabras de Kiyotsugu, teñidas de dramatismo, despertaron la curiosidad de Yura, Rikuo y Tsurara. Dubitativamente, Kana dio un paso adelante y alzó la cabeza. Sombras oscuras cercaban sus ojos.

—Hace tiempo que tengo el mismo sueño, una y otra vez —dijo la chica de pelo castaño—. C-creo... Creo que un yokai intenta matarme.

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Mansión Abe

Bajo el sol del mediodía, en una zona apartada del jardín, Hagoromo Gitsune estaba realizando los ejercicios que le habían recomendado sus médicos. Tanto su cuerpo como su espíritu habían quedado seriamente tocados durante su pelea contra el Nurarihyon. Aunque la mayoría de sus heridas habían sanado, ahora corría el riesgo de quedarse anquilosada. Incluso una kitsune milenaria como ella podía sufrir un esguince o algo peor si dejaba que sus músculos y tendones se quedasen atrofiados. Por eso en aquel momento se encontraba practicando su tabla de ejercicios de calentamiento y estiramiento. Que su uniforme de gimnasia fuese negro no le sorprendió a nadie. A su lado, la pequeña Kyokotsu trataba de imitarla con infantil devoción.

La señora de los yokai de Kioto estaba pensando en hacer una pausa, cuando de repente apareció Hakuzozu con noticias.

—Señora Hagoromo Gitsune, tenemos una visita inesperada.

—¿Quién es? ¿Algún humano metomentodo? La Presidenta ya ha intentado colarse un par de veces...

—No, mi señora. Bueno, sí, se trata de un humano, pero en este caso es el patriarca de los Keikain, Hidemoto 27º. Dice que quiere hablar con vos en privado.

Las palabras de Hakuzozu despertaron de inmediato el interés de Hagoromo Gitsune. Salvando el excepcional caso de Yura, rara vez los yokai de Kioto y los onmyoji Keikain se hablaban entre sí. Cuando lo hacían, solía ser en lugares acordados de antemano, puntos de encuentro neutrales como templos y otros santuarios. Sólo en contadas situaciones de extrema gravedad se habían dignado los Keikain a acudir a las puertas del Clan Abe para parlamentar. Dado que las cosas en Kioto estaban tranquilas por el momento, la presencia de Hidemoto allí era harto sorprendente.

—Supongo que no vendrá solo —comentó la kitsune.

—Le acompaña una escolta de onmyoji, pero son pocos. El patriarca insiste en que ha venido en son de paz y en que tiene algo muy importante que negociar con vos, mi señora —contestó Hakuzozu.

Hagoromo Gitsune se tomó unos momentos para meditar el asunto.

—Mm, así que el viejo cascarrabias quiere hablar. Está bien, déjale pasar, Hakuzozu —respondió finalmente la kitsune—. Veamos qué tiene en mente ese pesado...

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Cercanías del templo de Yasaka

Casualidades de la vida, Rikuo, Yura, Tsurara y sus nuevos amigos del Club Kiyo Cruz estaban sentados en las inmediaciones del santuario de Yasaka, uno de los lugares neutrales que solían utilizar los Keikain y los yokai de Kioto en sus esporádicas reuniones. Tenían asuntos graves que tratar. Sin embargo, aunque Kiyotsugu deseaba entrar de lleno en materia cuanto antes, sus compañeros habían hecho un viaje largo y tenían el estómago vacío. Era hora de comer.

No obstante, incluso mientras buscaban algo que llevarse a la boca, el entusiasmo de Kiyotsugu por Kioto no paraba de aumentar.

—¡Mirad, mirad! —les señalaba el presidente del Club Kiyo Cruz una y otra vez—. ¡El letrero del McDonald's es blanco en lugar de rojo! ¡Y el de ese Lawson es negro sobre blanco, en lugar de amarillo sobre azul!

—Que sí, pesado, que lo hemos visto —le espetó Maki, más interesada en las hamburguesas del McDonald's que en su letrero.

—Ah, cómo era de esperar en Kioto. ¡Un paisaje que conserva su belleza original! ¡La estética tradicional japonesa en todo su esplendor! —dijo Kiyotsugu extasiado.

—Sí, es que hace unos años pusieron unas normas muy estrictas —confirmó Rikuo con una sonrisa—. Los letreros luminosos, las vallas publicitarias en los tejados están prohibidos, así como los edificios de más de 31 metros de altura y algunos colores y diseños.

—Pero tampoco creáis que en este lugar todo es perfecto —añadió Yura con el ceño fruncido—. Antes de las regulaciones se hacían cosas muy chapuceras. La zona del centro es feísima, por ejemplo. Además, los turistas no se dan cuenta de que la mayor parte de la ciudad fue incendiada hace poco más de un siglo y que la mayoría de lo que ven son reconstrucciones modernas.

Las palabras de los dos nativos de Kioto enfriaron un poco el ánimo de Kiyotsugu, aunque sus compañeros se quedaron asombrados con los conocimientos de Rikuo y Yura. Como dijo Maki, "si nos preguntasen sobre la historia de nuestro pueblo, no sabríamos explicar ni lo que pasó el día anterior".

Por fin consiguieron sentarse a comer y, entre bocado y bocado, la atribulada Ieanaga Kana les explicó su historia.

—Todo empezó cuando tenía seis años —empezó a contar la chica de pelo castaño—. Estaba jugando en el parque cuando unos chicos mayores se juntaron para ver algo que habían encontrado. No sé por qué, me acerqué a echar un vistazo. Era un espejo de color púrpura, muy bonito y muy antiguo, pero ellos dijeron que les daba mal rollo. Luego, aquellos chicos mayores del parque... desaparecieron cuando entraron en secundaria.

—¿No habías dicho algo de un sueño? —inquirió Yura. Observaba a Kana con tanta fijeza que la joven tokiota empezó a ponerse nerviosa, pero aún así cogió aire y continuó.

—Sí... Bueno, más que un sueño es una pesadilla. Yo... Yo no quería contárselo a nadie, porque me parecía una tontería al principio, pero cada vez es peor... —confesó Kana, tragando saliva—. Es siempre el mismo sueño. Soy yo de pequeña, jugando con una pelota. Entonces aparece... No sé exactamente qué aparece, pero siento como nubes envolviéndome, oigo el timbre de una bicicleta... Y entonces escucho una voz que me llama: "Kana, Kana". Pero luego la voz se entristece, dice que es una pena que sólo tenga seis años y me promete que volverá para jugar conmigo cuando sea mayor.

Yura asintió reflexivamente. Luego le preguntó a Kana:

—¿Cuántos años tienes ahora, Ienaga?

—Trece —respondió la chica de pelo castaño rápidamente—. Los cumplí el 23 de junio. Entonces no pasó nada, pero desde que las vacaciones de verano terminaron los sueños se hacen más y más fuertes. Apenas puedo dormir por las noches y me levanto como si alguien me estuviera echando el aliento por detrás. Es espeluznante...

Kana se quedó en silencio. Rikuo la miró con preocupación. Sí, desde luego, aquello olía a yokai. Tanto él como el resto de los presentes se volvieron hacia Yura, pero la joven onmyoji, en lugar de hacer algún comentario, se dirigió a Kiyotsugu para preguntarle:

—¿Hay en vuestra zona alguna leyenda sobre un espejo púrpura?

—¡Sí! —saltó Kiyotsugu al instante—. Desde que Ienaga nos contó lo de sus pesadillas, he estado investigando. Hablé con el profesor Adashibara y...

—¿El profesor Adashibara? ¿No es ese erudito al que llaman "Profesor Yokai"? —le interrumpió Yura excitada.

Kiyotsugu asintió.

—¡El mismo! Es un buen amigo mío —presumió el presidente del Club Kiyo Cruz.

—Siempre he querido conocerlo —dijo la joven onmyoji en tono soñador.

—Buf, mejor que no —rezongó Maki—. Es un canijo con chepa y cara de mosca. Casi parece un yokai...

—Ejem, como iba diciendo, investigué y resulta que sí, existe una leyenda como la que cuenta Ienaga —continuó Kiyotsugu su relato—. Se trata del yokai Ungaikyo, "Espejo de Fuera de las Nubes" o "Espejo Púrpura". Es un espejo gigante que refleja el mal. Dicen que caza a los niños que lo han mirado cuando se hacen adultos. Estuve indagando también en el tema de las desapariciones de aquellos chicos que mencionó Ienaga, pero lo raro es que todos se esfumaron cuando tenían trece años, no veinte. Es algo muy extraño.

En ese momento, Tsurara levantó la mano.

—¿Por qué deberían desaparecer con veinte años en lugar de trece? —preguntó la Yuki-onna confundida.

—Esto, pues porque la mayoría de edad es a los veinte años, ¿no? —contestó Kiyotsugu, dudando entre si aquella chica de pelo azul estaba tomándole el pelo o realmente no había entendido cómo funcionaba la leyenda del Espejo Púrpura.

Tsurara se sonrojó, un tanto avergonzada por haber metido la pata en un tema de los humanos. Sin embargo, para su sorpresa, Yura salió en su defensa.

—No, Oikawa tiene razón —dijo la joven onmyoji—. Muchas leyendas urbanas hablan del vigésimo cumpleaños porque esa es la edad legal ahora en Japón, pero en la antigüedad el cumpleaños más importante era el decimotercero. Entonces el número trece no se pronunciaba jusan, como ahora, sino misho, que suena como minoru, "madurar". Para los yokai, la madurez se alcanza cuando cumplen trece años.

Tsurara asintió enérgicamente, pues a fin de cuentas ella era una yokai y sabía la importancia de la fecha del decimotercer cumpleaños. Lo mismo valía para Rikuo. En cuanto a los miembros del Club Kiyo Cruz, se quedaron aún más asombrados de la sapiencia de sus colegas de Kioto. Sin embargo, debían admitir que eran malas noticias.

—Eso significa... ¡Eso significa que Kana está en peligro! —exclamó Torii, poniendo voz a los pensamientos de todos.

—Tranquilos —les dijo Yura—. Ese Espejo Púrpura no parece un yokai muy poderoso, así que estoy segura de que en mi casa habrá algo para encargarnos de él. Le preguntaré a mi abuelo, o a mi primo Akifusa. Ellos sabrán que hacer —Como vio que sus nuevos amigos aún parecían alarmados, Yura añadió—: ¡No tengáis miedo! El miedo alimenta a los yokai. Además, ¿acaso no fuisteis vosotros los que acabasteis con el yokai Jami? Leí lo que puso aquella chica en vuestra página web, el agradecimiento al "cazador de yokai Kiyotsugu y sus amigos" por ayudarla con su problema con Jami. ¡Deberíais estar orgullosos!

Por desgracia, los "cazadores de yokai" del Club Kiyo Cruz se mostraron más avergonzados que orgullosos cuando Yura mencionó aquel episodio.

—Bueno, lo que se dice "acabar", pues nosotros no acabamos con nadie —tuvo que reconocer Kiyotsugu—. Simplemente le hicimos compañía a aquella chica, investigamos un poco y al final resultó que no había ningún Jami, el culpable era un sacerdote sintoísta que utilizaba shikigami para ahuyentar a la gente de sus casas y luego vender los terrenos a una corporación yakuza. Después, por alguna razón, el santuario se incendió, con el sacerdote y los yakuzas dentro. Aunque se salvaron, los han arrestado y ya no volverán a asustar a la gente.

—¿A qué me recordará eso? —murmuró Rikuo. Yura, que lo oyó, le dio un codazo discretamente para que se callase.

—El caso es que eso de vendernos como "cazadores yokai" no es muy exacto, que digamos —se disculpó Kiyotsugu a regañadientes. Le dolía no poder ser un genuino experto, sólo un aficionado—. No pudimos hacer nada.

—Eso, ni siquiera pudimos bañarnos en la playa... pero porque el lumbreras aquí presente se olvidó de que en realidad no había playa en aquel sitio —apostilló Maki, lanzándole una mirada envenenada a Kiyotsugu.

No era cuestión de ponerse a discutir en aquel momento por nimiedades, así que Yura propuso que se levantasen y fueran de inmediato a la casa ancestral de los Keikain. Todos estuvieron de acuerdo.

Así que allá fueron, Yura y Kiyotsugu al frente mientra charlaban animadamente sobre yokai; Maki y Torri después, haciendo compañía a una nerviosa Kana que, sin embargo, se permitía albergar ciertas esperanzas de que su problema tuviese una solución; luego Shima, en teoría encargado de vigilar que no fuese a aparecer un yokai con forma de espejo de repente, pero que en realidad estaba más pendiente de Tsurara. La chica de pelo azul le había fascinado desde el momento en que la había visto. Por desgracia, al parecer aquella preciosidad estaba más pendiente del chaval de gafas de su club. De hecho, en aquel momento Tsurara se acercó a un pensativo Rikuo y le preguntó qué ocurría.

—Hay algo que no encaja —le susurró Rikuo a la Yuki-onna—. Si Ienaga cumplió trece años en junio, ¿por qué ese Espejo Púrpura está esperando tanto tiempo para atacar? ¿No debería haber ido ya a por ella?

—Quizás no podía —sugirió Tsurara—. Por lo que he oído de él, ese yokai no es del Clan Nura. No recuerdo haber visto jamás a alguien como él, ni he tenido noticias suyas. En el clan no dejamos entrar a cualquiera, y al señor Rihan no le gustaban mucho los asesinos de niños.

—¿Qué ha cambiado ahora? —se preguntó Rikuo en voz alta.

Nada más soltar aquellas palabras, el joven señor de los Abe se arrepintió de haberlo hecho. Una sombra de pesar había asomado al rostro de su amiga yokai. Obviamente, lo que había pasado era que el Nurarihyon había muerto y que el Clan Nura había entrado en un escenario caótico. Muchos de sus miembros se estaban yendo. Los que quedaban se las veían y deseaban para mantener el orden en su territorio. Nadie iba a prestar atención a un vulgar espejo asesino, al menos si sólo se dedicaba a perseguir a una humana insignificante.

—No te preocupes, Rikuo —dijo Tsurara, obligándose a sonreír—. Entiendo lo que ocurre. Incluso creo que sé cómo pudo aparecer el Espejo Púrpura cuando esa humana era pequeña. Hace siete años el señor Rihan había muer... quiero decir, había desaparecido, y el señor Nurarihyon acababa de volver a ocupar el puesto de General Supremo. Las cosas estaban un poco movidas. Seguro que fue entonces cuando ese yokai se coló, pero luego se fue cuando el señor Nurarihyon se hizo fuerte otra vez.

Rikuo asintió. Sí, lo que decía la Yuki-onna tenía sentido. Otra vez tenían que enfrentarse a las consecuencias de las maldades de Sanmoto Gorozaemon. El líder del Clan de las Cien Historias tendría que responder por una larga lista de crímenes.

Andando, andando, llegaron por fin a las inmediaciones de la casa ancestral de los Keikain. Kana se sentía un poco más aliviada. Le había costado horrores contarles a sus compañeros del club su problema con las pesadillas, pues en general prefería que no la asociaran con líos de yokai. ¿Por qué entonces se había metido en el Club Kiyo Cruz? En principio, porque Maki y Torii eran sus amigas, y ellas a su vez eran amigas de Kiyotsugu y Shima. Sin embargo, en el fondo debía reconocer que los sucesos de su infancia la habían influenciado. Ahora, gracias a sus compañeros del club, por fin podría deshacerse de la pesada carga que había arrastrado durante siete años.

Eso estaba pensando cuando de repente oyó el timbre de una bicicleta. Se le heló el corazón.

"Son imaginaciones tuyas, son imaginaciones tuyas", se repitió Kana a sí misma. A su lado todo estaba igual que siempre, sus amigos charlaban animadamente, los coches rodaban por la carretera y no había ninguna bicicleta a la vista.

Entonces su mirada se posó en uno de los espejos colocados en el paso de peatones para que la gente pudiese controlar la aparición de coches. En la superficie reflectante vislumbró una forma vaga y ominosa.

—Ah, ah, chicos, estoy viendo algo muy raro... —murmuró Kana asustada.

Sin embargo, cuando quiso darse cuenta, se encontró con que sus amigos habían desaparecido, al igual que los chavales del Club Onmyoji. Es más, no había nadie en las calles, ni coches ni peatones. Las propias calles parecían estar mal. Nunca antes había visitado Kioto, pero sabía reconocer cuándo un semáforo estaba al revés. A falta de una explicación mejor, Kana habría jurado que estaba viendo una imagen invertida de la realidad.

Como en un espejo.

—Kana, Kana... —la llamó alguien desde lo lejos.

La joven de pelo castaño se dio la vuelta. Por la carretera venía pedaleando un ciclista. Pero no era un ciclista normal y corriente, sino un espantoso monstruo cabezón que parecía un cruce entre una calavera gigante y el espejo púrpura que recordaba de su niñez. Sí, aquel tenía que ser nada más y nada menos que Ungaikyo, el yokai asesino de niñós.

—¡Kaaaaanaaaaaaa! ¡Ya estooooy aquíiii!

—No puede ser, por favor, no, no... —balbuceó Kana. Intentó echar a correr, pero sus piernas no le respondían. Estaba aterrada.

—¡Te encontréee! —exclamó el Espejo Púrpura con una sonrisa siniestra, dando vueltas a su alrededor con la bici.

—¡Iiiiaaaah! —gritó Kana, en modo pánico.

—Oh, no seas así, Kana —dijo el yokai con voz triste—. Siento haberme perdido tu decimotercer cumpleaños, ¡pero por fin he podido venir a verte! Y ahora, ¡vamos a jugar al escondite!

—¿Al... al escondite? —repitió Kana, confusa.

—¡Sí! Te doy diez segundos para esconderte. Y si te pillo... ¡te devoraré! —anunció el Espejo Púrpura. Su sonrisa se ensanchó hasta límites insospechados.

En otro lugar, otro mundo, el Club Kiyo Cruz y el Club Onmyoji estaban a punto de subir las escaleras que conducían a la casa ancestral de los Keikain, cuando de repente Rikuo se plantó. No lo hacía porque como yokai y miembro del Clan Abe probablemente no le fuesen a dejar entrar en el cuartel general de los onmyoji (aunque tal eventualidad se le había pasado por la cabeza), sino porque había reparado en un detalle muy importante.

—Chicos —Rikuo llamó la atención de todos—, ¿dónde está Ienaga?

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Mansión Abe

Hagoromo Gitsune bebía su té a sorbos pequeños. Era una manera de ganar tiempo mientras trataba de asimilar las palabras de Hidemoto 27º. Los dos grandes líderes del mundo sobrenatural de Kioto estaban sentados a la mesa en uno de los salones de la casa. Solos. Tanto la exigua escolta del patriarca como los sirvientes de la kitsune se habían quedado fuera.

—A ver si lo he entendido bien —dijo Hagoromo Gitsune tras depositar su taza con cuidado encima de la mesa—. Quieres que Rikuo vaya a vuestra casa para que aprenda a ser un onmyoji. ¿Así de fácil?

—No es tan fácil, Hagoromo Gitsune —repuso su interlocutor—. Sabes tan bien como yo que se avecina una guerra contra ese malvado Sanmoto Gorozaemon. Los sucesos del verano han demostrado que no se rendirá ante nada. Por mucho que me duela admitirlo, si queremos salvar Kioto tendremos que olvidar por un momento nuestras diferencias y trabajar unidos.

Hidemoto sintió cómo le subía la bilis mientras pronunciaba aquellas palabras. No disfrutaba con su papel, pero Ryuji y los demás le habían hecho ver muy claramente que la familia Keikain no estaba preparada para afrontar una guerra masiva contra un ejército yokai. Era triste admitirlo, pero el talento para el onmyodo era raro de encontrar y podía perderse si no se cultivaba con cuidado. Quizás se habían dormido en los laureles, quizás habían pasado demasiado tiempo en paz. Era hora de tomar decisiones valientes.

Por eso se había tragado el orgullo, había aceptado los razonamientos de los suyos y se había encaminado a la Mansión Abe. Ver al líder de los onmyoji rebajarse ante ella había sido la única manera de lograr que la arrogante Hagoromo Gitsune considerase su propuesta. Aunque en el fondo, los dos sabían lo mismo: que no era cuestión de altruismo, sino que había que reunir cuanto antes todas las armas posibles para que un desastre como la guerra contra el Nurarihyon no se repitiese.

—Habla por ti —le interrumpió Hagoromo Gitsune—. Ahora que conocemos quién es nuestro enemigo y de qué es capaz, estoy segura de que mis ayakashi podrán con esa basura. Pero no te preocupes, no pondremos pegas si vosotros los onmyoji queréis apuntaros a la fiesta. La carne de cañón siempre es útil.

Al venerable patriarca no le hizo ni pizca de gracia oír aquello.

—Veo que tu larga postración no ha estropeado tu retorcido sentido del humor, kitsune —observó Hidemoto.

—Celebro que los achaques de la edad aún no hayan afectado tus facultades mentales, Hidemoto —contraatacó Hagoromo Gitsune con una falsa sonrisa de amabilidad.

El líder exorcista suspiró y decidió retomar el hilo de la negociación. Estaba en juego poder entrenar a Abe Rikuo como onmyoji. Seimei había sido el mayor genio de toda la historia; merecía la pena averiguar de qué era capaz su hijo.

—Normalmente no entrenamos a onmyoji que no pertenezcan a nuestra familia, así que sólo admitimos a los mejores —explicó Hidemoto, pagado de sí mismo—. Sin embargo, según tengo entendido, tu nieto demostró potencial para el onmyodo aún en su forma yokai, usando un sello para detener al Nurarihyon. Si el chico tiene una mínima fracción del talento de su padre, podría ser un excelente onmyoji. De hecho, dado que su sangre es más humana que yokai, es muy probable que tenga más talento para el onmyodo que para las... artes oscuras.

El anciano líder de los Keikain se quedó callado mientras veía cómo su anfitriona fruncía el ceño. A pesar de que Rikuo había demostrado con creces que podía ser un líder del clan capaz, el tema de su naturaleza humana aún era un punto flaco.

—Es sangre de mi sangre. Es lo único que importa —sentenció Hagoromo Gitsune.

—Entonces supongo que a la Señora de la Oscuridad no le importará que su nieto aprenda las bases de la magia del yin y el yang, ¿verdad? ¿O acaso teme que el hijo de Seimei cambie de bando? —la pinchó Hidemoto.

La mirada que le dirigió la kitsune estaba cargada de intenciones asesinas.

—No estarás pensando en llenarle la cabeza a mi nieto de ideas raras, ¿verdad?

—Por supuesto que no —contestó el anciano patriarca Keikain—. Sólo digo que todo el mundo tiene libre albedrío para decidir su destino, incluso aquellos con sangre yokai en sus venas y la responsabilidad de un clan a la espalda. ¿Que haría la gran yokai de Kioto si su nieto abrazase el camino del onmyoji y decidiese luchar por los humanos?

Sorprendentemente, Hagoromo Gitsune se rió.

—¿Tan segura estás de su lealtad que te parece cosa de risa? El chico es casi humano —le recordó Hidemoto 27º.

—De lo que estoy segura es de que no conoces a mi nieto —respondió la kitsune con una sonrisa calculadora—. Mi querido Rikuo siempre ha luchado por los humanos, al igual que su padre. Es una manía que sigo sin entender, pero si a él le hace feliz, no me importa, porque también lucha por los ayakashi. Seguro que cuando le hable de tu proposición, estará encantado, porque así tendrá otra forma de defender a los habitantes de Kioto. A todos, tanto a los humanos como a los ayakashi.

—Entonces, ¿estás de acuerdo con mi propuesta? —preguntó Hidemoto 27º, sin dejar traslucir su ansiedad.

Hagoromo Gitsune se tomó un momento para contestar. El silencio fue absoluto.

—Sí —suspiró finalmente la señora de la oscuridad de Kioto—. Aún no veo qué esperáis ganar vosotros con esto, pero no diré que no a una oportunidad para que mi nieto se haga más fuerte. Sin embargo, la última palabra la tiene él. También debo consultarlo con el Gran Tengu del monte Kurama. Hasta ahora ha sido el entrenador personal de Rikuo, así que tal vez presente alguna objeción...

Hidemoto asintió comprensivamente. Bueno, misión cumplida. Afortunadamente, no había sido tan desagradable como había temido. Ya se disponía a despedirse y marcharse, cuando la señora de la oscuridad de Kioto le conminó a sentarse de nuevo.

—¿A dónde vas tan rápido, Hidemoto? Aún no hemos hablado de las condiciones. Mis condiciones, por supuesto —dijo Hagoromo Gitsune.

El anciano onmyoji gruñó. Luego relajó los músculos de la espalda y, tras lanzar un profundo suspiro, volvió a tomar asiento.

—Qué remedio —musitó Hidemoto 27º, mientras su anfitriona esbozaba una sonrisa triunfal.

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Alrededores de la casa ancestral de los Keikain

El pánico se había apoderado de los miembros del Club Kiyo Cruz mientras buscaban desesperadamente a su compañera perdida.

—¡Kana! ¡Kana! —gritaban mientras corrían de un lado a otro.

Les acompañaban Rikuo, Yura y Tsurara, igual de consternados que sus nuevos amigos. Por desgracia, mirasen por donde mirasen, no había ni rastro de su amiga. Era como si se la hubiese tragado la tierra.

—¡No puede haber desaparecido tan fácilmente! —protestó Maki—. ¡Hace nada estaba aquí, con nosotros! ¿Cómo no hemos podido darnos cuenta de que se había marchado?

—¿Y si... ? —empezó a murmurar Torii asustada—. ¿Y si se la ha llevado ese Espejo Púrpura?

El humor de todos, ya de por sí alterado, se volvió terriblemente sombrío. Sin embargo, antes de que empezasen a ponerse en lo peor, Kiyotsugu saltó como si una bombilla se le hubiera encendido en la cabeza.

—¡No temáis, amigos míos! —proclamó pomposamente el presidente del Club Kiyo Cruz—. ¡Tengo la solución para saber qué le ha pasado a Ienaga!

Los demás le miraron con asombro mientras Kiyotsugu revolvía entre los contenidos de su mochila. Entonces, con un gesto teatral, sacó una horrenda muñeca que parecía haber sido torturada por un diseñador loco aquejado de pesadillas crónicas. Aún así, el chico parecía muy orgulloso de ella. Por su parte, sus compañeros del club se llevaron las manos a la cabeza.

—¡Aquí está! ¡Un auténtico muñeco yokai de marca!

Rikuo y Yura miraron a Kiyotsugu como si el tokiota hubiese perdido definitivamente la cabeza. Por el contrario, los ojos de Tsurara brillaron con emoción cuando vio el muñeco.

—¡Oooh! ¡Qué mono es! —dijo la Yuki-onna con absoluta sinceridad.

—¿Verdad que sí? —sonrió Kiyotsugu—. Tú sí que tienes buen gusto, Oikawa, no como mis compañeros. Cuando les planteé la idea de vender estos muñecos, casi se me echan encima...

Sin que su presidente la oyese, Maki murmuró por lo bajini: "Sólo un yokai querría comprar una cosa tan fea". Pero la discusión sobre las posibilidades comerciales de aquel juguete terminaron muy pronto, pues Yura se estaba impacientando. ¡Una humana estaba en peligro en su ciudad! ¡No podían quedarse de brazos cruzados!

—Kiyotsugu —dijo Yura en un tono amenazadoramente monocorde que Rikuo conocía (y temía)—, ¿se puede saber para qué queremos ese muñeco?

—¡Sí! —contestó Kiyotsugu, sin dejarse amilanar—. Esto no es un simple juguete, ¡sino que tiene un transmisor! Les regalé un muñeco personalizado a cada miembro del club, ¡y Ienaga tiene el suyo! Sólo tengo que pulsar la tecla... Ups, es un poco más difícil de lo que... ¡Ah, ya está! ¿Ienaga? ¿Me recibes? ¿Dónde estás?

El transmisor hizo contacto. Se escuchó un grito ahogado de Kana al otro lado. Y al momento todos se arremolinaron alrededor de Kiyotsugu para oír mejor lo que ocurría.

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Aquel debía ser sin duda el día más horripilante de la vida de Kana. Se encontraba atrapada en una ciudad que no conocía, encerrada con el monstruo que literalmente poblaba sus pesadillas. El Espejo Púrpura la perseguía implacablemente, aunque nunca llegaba a darle el golpe de gracia. Estaba claro que antes de matarla quería divertirse un poco a su costa. Era el juego del gato y el ratón. Tarde o temprano, el gato se aburriría y devoraría al ratón.

Kana se estaba agotando. No podía seguir corriendo más. Afortunadamente, aquella zona antigua de Kioto estaba llena de callejuelas y sitios más o menos recónditos, ideales para ocultarse durante un tiempo. Sin embargo, su alivio siempre era momentáneo. Tras unos cuantos malos tragos, había aprendido que debía evitar cualquier superficie reflectante, pues al parecer el maldito yokai las utilizaba para teletransportarse de un lugar a otro. De haber podido, la pobre Kana habría pedido ayuda a gritos, pero no había nadie en aquellos parajes. Ni siquiera podía encontrar a sus amigos. Estaba sola.

Bueno, no completamente sola.

—Kaaanaaa, Kaaanaaa... —se escuchaba a lo lejos la voz del Espejo Púrpura.

La chica recién llegada de Tokio se echó sobre el suelo, mientras trataba de calmarse. El corazón le iba a cien por hora, y no precisamente porque estuviese enamorada. Tenía que idear algún plan para salir de aquel lío, pero estaba demasiado aterrorizada como para pensar con claridad.

"Si hubiese prestado más atención a las charlas de Kiyotsugu...", se lamentó Kana.

Entonces, de repente, de su mochila empezó a salir un ruido extraño. Por un momento estuvo a punto de sufrir un infarto, porque pensó que se trataba del Espejo Púrpura, pero sus miedos desaparecieron cuando vio que se trataba del horrible muñeco que le había regalado Kiyotsugu por su cumpleaños. Tal como le había explicado el presidente, el horrendo juguete tenía un transmisor, y por eso ahora estaba oyendo la voz de Kiyotsugu que le llamaba:

—¿Ienaga? ¿Me recibes? ¿Dónde estás?

Al principio Kana fue a gritar de la sorpresa, pero luego ahogó su voz (no quería alertar al Espejo Púrpura sobre su localización, después de todo) y se lanzó sobre el muñeco.

—Ki... ¡Kiyotsugu! —respondió la chica asustada—. ¡Ayúdame, por favor! ¡Es el yokai de los espejos! ¡Me está atacando!

—¿El Espejo Púrpura? ¿Aquí, en Kioto? —se oyó la voz de Yura, siempre inquisitiva.

—¡Ienaga! —ahora fue Abe, el amable chico del Club Onmyoji, el que intervino—. ¿Dónde te encuentras? ¿Ves algún edificio que te llame la atención? ¿Algo que nos sirva de guía?

—N... ¡No lo sé! —sollozó Kana—. Aquí todo está al revés. Parece Kioto, p-pero no veo a nadie por las calles... No sé dónde estoy...

Fue en ese momento cuando una vaporosa nube de color púrpura asomó por la esquina.

—Kaaanaaa... Conque estabas aquí... —dijo su maléfico perseguidor—. ¿Con quién estás hablando, Kana? No me gusta que no me hagas caso...

—¡IIIAAAAAH! —gritó Kana.

La comunicación se cortó.

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En cuanto oyeron el grito de su amiga, tanto los chicos del Club Kiyo Cruz como los del Club Onmyoji se dieron cuenta de que la situación era gravísima.

—¡Ienaga está en peligro de muerte! ¡Hay que encontrarla! —exclamó Yura decidida.

—¿Pero cómo? —se preguntaron Maki y Torii, abatidas—. ¡Kioto es enorme! ¡No la vamos a poder encontrar así como así!

—¡No digáis eso! ¡Lo importante es no rendirse! —les aseguró Rikuo confiado.

—Si al menos pudiéramos sentir la energía demoníaca... —murmuró Kiyotsugu pensativo.

Tanto a Yura como a Rikuo se les ocurrió la misma idea. Primero fue ella la que habló. La joven onmyoji sugirió que se dividiesen en parejas para buscar a la desaparecida Ienaga: Kiyotsugu con Maki, Shima con Torii y Rikuo con Tsurara. Ella, por su parte, subiría a la casa ancestral de los Keikain y pediría ayuda a sus parientes. Seguro que gente con alto poder espiritual como los onmyoji podrían localizar a la desaparecida Ienaga enseguida.

Dicho esto, lanzó una mirada significativa a Rikuo. Luego se fue corriendo a su casa.

Una vez Rikuo se hubo asegurado de que los miembros del Club Kiyo Cruz se habían alejado lo suficiente y que no había moros en la costa, agarró a Tsurara con firmeza.

—Rikuo... —Tsurara se ruborizó un poco ante la proximidad física del joven señor, pero el muchacho ni se inmutó. Tenía su mente puesta en un asunto mucho más urgente.

—Tsurara, por favor, ve a la mansión y pide en mi nombre que busquen a Ienaga. Que estén atentos a cualquier noticia sobre ese Espejo Púrpura —le pidió el chico.

La Yuki-onna bajó los ojos.

—No sé si me harán caso si voy corriendo con el cuento de que tienen que buscar a una niña humana. Aún no les caigo muy bien. ¿Y si me dan la espalda?

—No lo harán —le aseguró Rikuo—. Es una orden del heredero del clan, así que prestarán atención. Y si no, acércate primero a Hakuzozu, al Gran Tengu o a mi madre. Ellos sabrán qué hacer.

—¿Y tú, Rikuo? —le preguntó Tsurara con preocupación. No le gustaba dejar a su amigo a solas y sin protección.

El muchacho frunció el ceño.

—Yo voy a intentar rescatar a Ienaga —contestó Rikuo con aire decidido.

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En el mundo al otro lado del espejo, las cosas se estaban poniendo feas para Kana. El Espejo Púrpura andaba a pocos pasos detrás de ella, riéndose con malsana alegría. Ella corría con toda la fuerza que le permitían sus piernas, que cada vez era menor. Ya no tenía espacio para intentar esconderse. Sólo podía correr.

—Kana... ¡Te tengo! —exclamó el yokai, cayendo sobre ella.

Kana no tenía energías ni siquiera para gritar. Tampoco había nadie que pudiese escucharla. Se hallaban en una calle comercial, pero no había ningún paseante. Sin embargo, cuando se fijó en los cristales de los escaparates, Kana vio un reflejo del Kioto real, donde cientos de personas andaban de aquí para allá, mirando las tiendas, sin percatarse del drama que estaba ocurriendo en el mundo inverso del espejo.

—Sigamos... donde lo dejamos... hace siete años... —le susurró el Espejo Púrpura en su oído—. He esperado tanto este momento... Incluso he venido a Kioto a buscarte... Mira qué bueno soy contigo...

—No... ¡Déjame! ¡Déjame en paz! —gritó Kana. Trató de arrear un golpe a la superficie reflectante del yokai, pensando que tal vez podría romperla. Fue en vano. Lo único que consiguió fue hacerse daño en la mano.

—¡Es inútil resistirse!

Los humos púrpuras del yokai envolvieron a Kana. Luego la arrastraron hasta la superficie reflectante de su perseguidor. Para su infinito horror, cuando su pierna tocó al Espejo Púrpura, empezó a disolverse en el cristal.

—¡NOOOOO! ¡Que alguien me ayude! —aulló Kana desesperada.

—Grita todo lo que quieras —se burló el Espejo Púrpura—. Aquí no puede entrar nadie. Este es terreno vedado a los no yokai...

Como si el destino quisiese llevarle la contraria al malvado yokai, de repente la imagen de Rikuo apareció al otro lado del cristal. Ienaga reconoció enseguida al chico Abe y se permitió albergar alguna esperanza, pero enseguida regresó la desesperación. No, el Espejo Púrpura tenía razón; incluso si parecía que su salvación estaba cerca, nadie podía cruzar al otro lado del espejo. Ni siquiera podían verla.

Por eso fue una sorpresa total, tanto para Kana como para el Espejo Púrpura, cuando Rikuo clavó sus ojos en ellos y exclamó alarmado:

—¡Ienaga!

Furioso, el Espejo Púrpura rompió el cristal del escaparate del mundo invertido. Lo mismo hizo con todos los demás. No quería interrupciones mientras se estaba divirtiendo.

—¡Maldita sea! —masculló el yokai para sí mismo—. No lo entiendo... ¿Cómo puede ese criajo ver el mundo del espejo?

—Abe-kun... —sollozó Kana, sintiendo que sus últimas esperanzas se esfumaban.

—Tranquila, Kana. Aquí sólo estamos nosotros dos. ¿Verdaaaaad? —dijo el Espejo Púrpura.

Kana sintió cómo se hundía en la superficie reflectante. Ya no era su pierna, sino todo su cuerpo. Dentro de poco desaparecería para siempre. Ni siquiera quedaría un cadáver que su familia pudiese llorar.

El Espejo Púrpura estaba saboreando el momento, disfrutando de los últimos instantes de vida de su víctima, cuando una mano poderosa lo agarró por la parte de arriba. Aquellos dedos, fuertes como garras, presionaron hasta lograr lo imposible: agrietar su cristal irrompible. El crujido resonó en todo el mundo del espejo.

—¡Aaaagh! —gritó dolorido el Espejo Púrpura. Por instinto, escupió a su presa. Afortunadamente para Kana, unos brazos firmes la sostuvieron antes de que tocase el duro suelo.

Cuando alzó la cabeza, Kana pudo por fin echar un vistazo a su salvador: un joven algunos años mayor que ella, guapo, con el pelo largo y blanco y ojos carmesíes. Tan ensimismada estaba por aquella aparición cuasi-angelical que tardó unos momentos en percatarse de que aquel chico tenía también una cola de zorro.

—¡Eh, tú! —le espetó el recién llegado al Espejo Púrpura—. ¿Qué demonios te crees que estás haciendo? ¡Nadie hace daño a los humanos en mi territorio!

—¿Yo? —se ofendió el otro—. Yo sólo hago lo que deben hacer los yokai... ¿Y tú quién te crees que eres para decirme esas cosas a la cara? ¡Soy el Espejo Púrpura! ¡El terror de todos los niños de Japón!

—Yo soy el joven señor de los Abe, nieto de Hagoromo Gitsune, Señora del Pandemónium —siseó Rikuo. Al oír mencionar el nombre de la temida kitsune de Kioto, el Espejo Púrpura se arrojó al suelo—. Y tú no eres más que un intruso. Kioto es nuestro territorio.

—Creía que Hagoromo Gitsune había muerto luchando con el Nurarihyon... —balbuceó su interlocutor a modo de disculpa.

—Creíste mal, gusano de mierda.

Quien así había hablado no era Rikuo, sino Ibaraki-Doji, que había aparecido de repente en el mundo del espejo. Le seguían Shokera, Hakuzozu, Gashadokuro, la pequeña Kyokotsu y muchos otros yokai de la mansión. Como había vaticinado Rikuo, habían escuchado las palabras de Tsurara y todos habían acudido de inmediato a la llamada de su joven señor. Habían seguido el rastro del "miedo" hasta donde se encontraba Rikuo y ahora observaban con desprecio al intruso que se había atrevido a cazar humanos en su territorio. Que la barrera mágica de Seimei hubiese caído no significaba que fuesen a permitir que cualquier piojoso se pasease por Kioto como Pedro por su casa. La antigua capital era suya. Así había sido durante mil años y así lo seguiría siendo por otros mil.

El Espejo Púrpura estaba tan preso del pánico como Kana lo había estado unos momentos antes. Nunca había sentido una presencia espiritual tan abrumadora. Entonces, en un suspiro, su cuerpo estalló en millones de trocitos de cristal.

—Debilucho —gruñó Ibaraki-Doji con desdén.

—¿Q-qué ha pasado? —preguntó Kana confundida.

—Nada importante —la tranquilizó Rikuo—. Ese estúpido presumía mucho, pero en realidad era un yokai de tres al cuarto. Simplemente sentir nuestro poder ha sido demasiado para él. Je, y yo que quería que probase un poco de mi espada...

—Otra vez será, joven señor —sonrió Shokera—. ¿Necesitáis nuestra ayuda para algo más o podemos volver con la Santa Madre de la Oscuridad?

—Podéis iros tranquilos —respondió Rikuo—. Yo enseguida acabo aquí.

Al oír las últimas palabras del chico de ojos carmesíes, el miedo volvió a hacer mella en Kana. Con la emoción de su rescate, casi se le había pasado por alto que aquellos también eran yokai (aunque algunos, como aquel muchacho en especial, fueran muy guapos...). ¿Y si había salido de la sartén para caer en las brasas? Quizás lo de "nadie hace daño a los humanos en mi territorio" significaba que sólo él tenía ese privilegio.

Kana empezó a ponerse nerviosa en los brazos de Rikuo. Sintiendo su desazón, el kitsune le dirigió una sonrisa confiada.

—¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo? —le preguntó a la chica de pelo castaño. Kana no dijo ni que sí ni que no, pero Rikuo entendió que era lo primero—. No tienes por qué. Tus amigos están preocupados por ti. Enseguida te llevo con ellos.

En un principio había pensado en dejar que Ienaga andase por su propio pie, pero en cuanto la muchacha apoyó su peso, cayó de inmediato al suelo. Se había torcido el tobillo.

—¿Te has hecho daño? —se interesó Rikuo con amabilidad—. No pasa nada; tengo la solución.

Sin más dilación, volvió a coger a Kana en brazos y se la llevó en volandas de allí. La chica se puso roja como un tomate.

—Eh... Esto... Yo no pretendía... —balbuceó Kana sin orden ni concierto.

Rikuo le guiñó un ojo.

—Agárrate fuerte a mí —le aconsejó a la ruborizada muchacha—. El viaje puede ser un poco movidito...

Con su preciada carga en los brazos, el joven señor de los Abe atravesó la barrera del espejo y pronto se le vio brincar por los tejados de la ciudad, de salto en salto.

"¡Estamos volando, estamos volando!", pensó Kana. Pero no estaba asustada. Ya no. En su lugar, se acurrucó en los brazos de su salvador y dejó que la llevara en silencio durante el resto del camino.

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Había caído la noche sobre Kioto. Los miembros del Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz estaban absolutamente desesperados. Kana no aparecía por ninguna parte. Los onmyoji de la familia Keikain habían prometido que echarían un vistazo por los alrededores, pero no habían encontrado ningún rastro. Ya se disponían a abandonar toda esperanza, ante la mirada entristecida de Yura, cuando de repente la desaparecida Ienaga surgió ante ellos.

—¡Chicos! —exclamó Kana con alegría.

—¿Ienaga? —Kiyotsugu se frotó los ojos, incrédulo—. ¡Ienaga, estás bien!

—¡Kana! —Maki y Torii se abalanzaron sobre su amiga, envolviéndola en sendos abrazos.

Como los integrantes del Club Kiyo Cruz estaban demasiado ocupados rodeando a su amiga, no se percataron de que Rikuo y Tsurara habían aparecido por detrás. Dado que Rikuo había vuelto a su forma humana después de dejar a Kana a unos pasos del lugar y que la Yuki-onna se había mantenido aparte en todo momento para no levantar las sospechas de la tokiota, simplemente parecía que habían llegado por casualidad al mismo tiempo que Ienaga. Muy discretamente, Rikuo y Tsurara se colocaron al lado de Yura. La joven onmyoji les dedicó una sonrisa de agradecimiento.

—Buen trabajo, Rikuo —le felicitó a su amigo.

—Oh, yo no he hecho gran cosa —repuso él con humildad—. Ha hecho más Tsurara, yendo a avisar a la gente de mi casa...

—Ah, no, si no llega a ser por Rikuo, habríamos llegado tarde y esa humana habría sido devorada por el Espejo Púrpura —contestó a su vez la Yuki-onna.

Mientras tanto, Kana estaba contando sus aventuras y desventuras a sus amigos con todo lujo de detalles. Afortunadamente, no había tenido que lamentar más daños que un tobillo torcido.

—Ha sido todo gracias a él —aseveró la chica—. Mi salvador...

En ese momento, ante la confusa mirada de sus amigos, Kana se plantó ante Yura y le preguntó:

—Esto, por favor, ¿podrías decirme si sabes algo sobre un yokai que parece un chico muy guapo, con pelo blanco, ojos rojos y una cola de zorro? Dijo que era el nieto de una kitsune con hagoromo, o algo así. ¿Es un yokai bueno o malo?

—Algo he oído hablar de él... —respondió la onmyoji, midiendo mucho sus palabras—. Sí, es un kitsune y aunque no diría que es la mejor persona del mundo, algo bueno sí que tiene, sí —Yura hizo una pausa dubitativa. Luego añadió—: Y guapo, pues sí, puede que lo sea, aunque me parece que se lo tiene un tanto creído...

Las últimas palabras de Yura se perdieron en un susurro mientras Rikuo ponía cara de póker y Tsurara aguantaba las ganas de reírse. En cuanto a Kana, sus ojos brillaron de emoción.

—¡Entonces le conoces! —dijo la tokiota, cogiendo de las manos a la joven onmyoji—. Por favor, ¿no podrías presentármelo de alguna forma? Me gustaría tanto volver a verle y decirle...

—¿Decirle qué? —se extrañó Yura.

Pero esta vez Kana no respondió, sino que desvío la mirada. Sus mejillas se pusieron coloradas y sonrió como si estuviese fantaseando con un sueño especialmente agradable. Al momento, Yura se volvió hacia Rikuo. Aunque parecía mantener una expresión tranquila y calmada, la vena de su frente palpitaba con fuerza.

—Rikuo, cuando dejemos a nuestros amigos en mi casa, me gustaría que tú y yo tuviéramos unas palabritas sobre tus actividades nocturnas... —dijo la joven onmyoji con un tono que daba auténtico pavor.

—Yura, estás un poco rara —comentó el muchacho, notando la tensión en el ambiente—. ¿No piensas lo mismo, Tsurara? ¿Tsurara?

Por desgracia para Rikuo, la Yuki-onna tampoco estaba de mejor humor. Sonreía, sí, pero era una sonrisa falsa que parecía esconder intenciones asesinas. La mejor prueba de ello fue que la temperatura del aire empezó a bajar a un ritmo acelerado.

—Joven señor... —Tsurara sonaba aún más peligrosa cuando dejaba de tutearlo—. ¿Ha pasado algo que no debía pasar?

"Oh, oh", pensó Rikuo. No sabía qué había hecho mal, pero se había metido en un lío.

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Mansión Abe

Unas horas después, Rikuo volvió a casa. Le acompañaba diligentemente Tsurara, aunque la dama de las nieves se había encerrado en un mutismo desconcertante. Pese a todas las explicaciones que les había dado a ella y a Yura, era evidente que sus amigas no le creían. En el caso de Tsurara tenía mucho menos sentido, ya que la Yuki-onna había visto lo ocurrido, aunque de lejos para no despertar las sospechas de Ienaga. Sin embargo, Tsurara seguía de mal humor y Rikuo no podía hacer nada por arreglarlo.

Cuando entraron en la casa, las sirvientas anunciaron que la cena estaría lista enseguida, pero que antes la señora Hagoromo Gitsune quería hablar con su nieto. "A solas", añadieron tras lanzar una significativa mirada a Tsurara. La dama de las nieves, un poco a su pesar, se retiró.

Rikuo suspiró. A pesar de que las cosas habían mejorado mucho tras la paz entre los Abe y los Nura, aún existía una patente animadversión hacia la "intrusa" de Edo. Pero en aquel momento no podía hacer nada, pues cuando su abuela ordenaba algo, ni siquiera el más alto gerifalte del clan podía negarse.

Dentro de la sala en la que le esperaba su abuela se hallaba también el Gran Tengu del monte Kurama. El anciano consejero parecía haber estado debatiendo vivamente con Hagoromo Gitsune hasta el momento en que la puerta se abrió.

—¡Joven señor! Es bueno volver a veros —le saludó el Gran Tengu—. Vuestra abuela y yo estábamos hablando de un nuevo entrenamiento para vos. Visto lo que ocurrió con Sanmoto Gorozaemon, tanto la señora Hagoromo Gitsune como un servidor consideramos que sería recomendable que lo hicierais. Sin embargo, vos tenéis la última palabra.

—¿He de trasladarme de nuevo al monte Kurama? —inquirió Rikuo, un poco nervioso. Aunque había aprendido mucho, el Gran Tengu había sido un maestro estricto y feroz. Además, viajar hasta allí probablemente causaría problemas con su día a día como humano. ¿Y si su abuela le pedía que abandonase la escuela para proseguir con su entrenamiento? No era una posibilidad que le gustase.

Sin embargo, como era habitual en ella, su abuela le sorprendió.

—No, no tendrías que ir al monte Kurama... sino a casa de tu amiga Yura —dijo Hagoromo Gitsune—. Hidemoto 27º ha venido a verme y me ha dicho que le gustaría entrenarte como onmyoji.

—¿Como Yura? —se asombró Rikuo.

—Exacto.

No tuvo que meditarlo ni un segundo. Se había pasado la vida oyendo historias de cómo su padre se había convertido en el mejor onmyoji de la historia. Y aunque nunca daría la espalda a su familia y sus amigos yokai, Yura se había encargado de que su admiración por el onmyodo no declinase. Si además tenía la oportunidad de hacerse más fuerte para vencer al malvado líder del Clan de las Cien Historias, no tenía que pensárselo dos veces.

—Está bien —asintió Rikuo—. Me entrenaré como onmyoji.


Notas adicionales:

Siento mucho el retraso en actualizar, pero vuelvo a estar hasta arriba de trabajo. Mis energías han vuelto tras echar un vistazo a la raw del nuevo capítulo del manga y leer la traducción de la primera historia de la tercera novela de Nuramago; en ambas los yokai de Kioto tienen un papel estelar (y según la novela, he acertado de pleno en la descripción de la mansión, de las sirvientas e incluso frases casi exactas de Hagoromo Gitsune). ¡Así que vamos allá!

* He intentado dar datos fieles sobre los trenes en Kioto. Como detalle divertido, en los extras del volumen 7 del manga Yura se queja de que su hermano es un tacaño, porque en vez de darle un billete para el tren bala de vuelta a Kioto, le ha dado el Seishun 18 Kippu, un billete juvenil de precio módico para trenes normales.

* Yatsuhashi es un tipo de dulce tradicional de Kioto, vendido sobre todo como regalo y souvenir. Es uno de los meibutsu, productos típicos locales de las distintas provincias de Japón. Otras especialidades de la zona de Kioto son las cerámicas Kiyomizuyaki, el té verde de Uji (que ya mencioné en el capítulo "Rikuo contra Yura") y las ricas telas de Nishijin (en la portada del capítulo 88 del manga aparece Hagoromo Gitsune examinando telas de ese tipo).

* Cómo presenta Kiyotsugu a sus compañeras no es una elucubración mía, sino que las define así una por una en los extras de los volúmenes del manga.

* No creo que McDonald's necesite una presentación, pero Lawson es la segunda cadena de supermercados más popular de Japón, después de 7-Eleven. Primero fue una pequeña cadena de Ohio, en EEUU, luego la compró un gran conglomerado alimenticio, que a su vez vendió los derechos de franquicia a una empresa japonesa. Mientras que en EEUU fue cambiando de dueños y de nombre, en Japón creció y se independizó. Ahora pertenece a la compañía japonesa Mitsubishi (sí, la de los coches).

Gracias a Suki90, Asphios (¿ya no es de Geminis?), Corazón de Piedra Verde, Alexsis, Lonely Athena, Tsurara-Oikawa y otros tantos muchos que con sus reseñas me han animado y me animan a continuar escribiendo.

Próximo capítulo: "El shikigami de Rikuo"