Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: El Club de Detectives de lo Paranormal Kiyo Cruz llega a Kioto para pedir ayuda a Rikuo y compañía. Su amiga Kana está siendo perseguida por un yokai. Tras vencer al malvado Espejo Púrpura, Rikuo recibe una oferta de Hidemoto 27º para entrenarse como onmyoji.
El shikigami de Rikuo
Hacía días que los miembros del Club de Detectives de lo Paranormal Kiyo Cruz habían regresado sanos y salvos a Tokio, pero ahora Rikuo se enfrentaba a una prueba más dura que mil combates contra un ejército de Espejos Púrpuras: era la primera vez que iba a poner un pie en la mansión donde vivía Yura.
Para el resto de chavales de su edad, ir a casa de una amiga de la infancia debía ser lo más normal del mundo. Pero Rikuo no era como los demás chicos. En sus venas corría la sangre de Hagoromo Gitsune, la señora de los yokai de Kioto, y la familia de su amiga estaba compuesta casi en exclusiva por onmyoji, la élite de los exorcistas de Japón. Había tenido la oportunidad de tropezarse varias veces con Ryuji, el despiadado hermano de Yura. El onmyoji se había encargado de remarcar una y otra vez la antipatía que sentía por todos los yokai. Rikuo no era una excepción.
Aún así, la enemistad entre las dos familias podía superarse. Rikuo estaba seguro de ello. Durante el ataque del Nurarihyon, habían aprendido a trabajar juntos. Vale, había sido una alianza por interés y se había desvanecido tan pronto como la amenaza de los Nura desapareció, pero aún había esperanzas. El entendimiento mutuo no era imposible. Por eso Rikuo había aceptado recibir clases de onmyodo de parte de los Keikain.
Sin embargo, aunque racionalmente estaba convencido de su decisión, sus pies se resistían tozudamente a dar un paso adelante.
—¿Qué pasa, Rikuo? —le llamó la atención Yura.
Los dos venían de la escuela secundaria. En lugar de apearse en su parada habitual, Rikuo había seguido el trayecto con Yura. Por su parte, Tsurara se había bajado en la Mansión Abe, muy a disgusto.
—¡No es justo! —había protestado la Yuki-onna—. ¿Y si intentan hacerte algo malo mientras yo no estoy, Rikuo?
—Lo siento, Tsurara, pero no creo que los Keikain vayan a dejar entrar a ningún otro yokai. La invitación fue sólo para mí —se disculpó el muchacho—. Además, Yura estará conmigo. No me pasará nada.
Estaba claro que Tsurara no creía que Yura fuese protección suficiente para el joven señor de los Abe (o peor aún, que la joven onmyoji se hubiese compinchado con su familia para hacer daño a Rikuo), pero se mordió la lengua. Como últimamente su relación con Rikuo había mejorado mucho, a veces olvidaba que ella sólo era una huésped. El nieto de Hagoromo Gitsune y la heredera de los Keikain habían sido amigos prácticamente desde parvulario. Tsurara no podía competir con esa clase de confianza mutua.
La Yuki-onna había regresado a la mansión, pero ahora era Rikuo el que estaba en un mar de dudas. En su momento se había mostrado muy confiado delante de su abuela, pero ahora, ante la perspectiva de enfrentarse a un mundo que no conocía, sentía algo de aprensión.
—Vamos, Rikuo, no te quedes ahí parado —le dijo Yura, tirándole del brazo—. No querrás llegar tarde a tu primer día de clase de onmyodo, ¿verdad?
Rikuo sonrió, recobrando parte de su seguridad perdida. Siguió a su amiga al interior del recinto.
La casa ancestral de los Keikain era tal como se la había descrito Yura. Diversos edificios de madera de corte tradicional y amplios patios, apartados todos de las miradas curiosas del exterior por un discreto muro, hacían del hogar de los onmyoji un lugar muy distinto y a la vez muy parecido a la Mansión Abe.
Su primera parada fue el Salón Consejos, donde les esperaba Hidemoto 27º. Por el camino se cruzaron con varios onmyoji, que lanzaron miradas a Rikuo que iban desde la curiosidad hasta una mal disimulada antipatía. Yura les ignoró por completo y el muchacho decidió seguir su ejemplo. Afortunadamente, el patriarca Hidemoto fue mucho más educado, aunque su tono no dejó de resultar frío y distante.
—Bienvenido a la casa ancestral de los Keikain, Abe Rikuo —le saludó el líder de los Keikain nada más entrar en el Salón de Consejos—. Espero que tu estancia en este lugar sea agradable y puedas hacer buen uso de las enseñanzas que nuestra familia ha pasado de generación en generación.
Al lado de Hidemoto, Akifusa asintió. Por su parte, Ryuji, que también estaba presente en la sala, hizo una mueca de disgusto.
—Pero no te olvides de que sólo eres un invitado, chico —señaló el hermano de Yura—. Y veremos si de verdad tienes talento para el onmyodo. Que seas el hijo de Seimei no significa nada tras los muros de esta casa, ¿entendido?
Por fuera, Yura mantuvo su habitual expresión estoica y apagada, pero por dentro estaba que trinaba. Su hermano era rudo y maleducado hasta límites insospechados. Por la cara que estaba poniendo, Akifusa también debía estar pensando lo mismo. Sin embargo, Rikuo, sentado de rodillas sobre el tatami, se mantuvo tranquilo y sereno. Es más, respondió al ataque de Ryuji con una sonrisa.
—Es un honor estar en esta casa —dijo el muchacho—. Aunque sé que mi familia y la suya no siempre se han llevado bien, espero que poco a poco podamos aprender a confiar los unos en los otros. Humanos y yokai debemos trabajar juntos si queremos defender Kioto. Por eso, y para agradecer esta oportunidad que me están dando, he traído un obsequio.
A continuación, Rikuo desenvolvió el paquete que hasta entonces había llevado consigo. Cuatro pares de ojos se clavaron en él. Al ver de qué se trataba, Akifusa no pudo evitar un murmullo de sorpresa.
—¿Es...? —empezó a preguntar Hidemoto 27º, impresionado.
—Sí —asintió Rikuo de inmediato—. Es la Nenekirimaru.
En efecto, el joven señor de los Abe tenía en sus manos los restos de la katana que en su día había creado el genio Hidemoto Decimotercero. La misma espada exorcista con la que el Nurarihyon había estado a punto de matar a Hagoromo Gitsune.
—Me preguntaba qué había sido de ella —comentó el patriarca de los Keikain.
—Recogimos los restos en el castillo Nijo y los juntamos, aunque me temo que no servirán para reforjar la espada —explicó Rikuo—. Sin embargo, incluso si sólo son trozos, los Keikain son los legítimos dueños de la Nenekirimaru.
El joven señor de los Abe hizo una pausa para ordenar sus pensamientos. Tenía que excoger con cuidado sus próximas palabras si quería lograr la colaboración de los onmyoji.
—Sé que es mucho pedir, dada la rivalidad entre nuestras dos familias, pero sería de gran ayuda tener una espada exorcista capaz de acabar con Sanmoto Gorozaemon —dijo el muchacho con honestidad—. Y sólo los Keikain pueden hacer algo así.
—Supongo que tú esperas blandir esa futura espada. ¿Me equivoco, Abe? —comentó Ryuji con malicia.
Rikuo no respondió. En cuanto a Hidemoto 27º, el venerable patriarca sospesó con cuidado sus opciones. Después se volvió hacia Akifusa, el mejor herrero de la familia.
—¿Te ves capaz de aceptar el encargo, Akifusa? —le preguntó al joven de pelo blanco.
El heredero de la rama Yaso del clan tardó un poco en responder, porque se había quedado embobado mirando los restos de la Nenekirimaru. La naturaleza del encargo era abrumadora. ¿Él, tratar de imitar, no, superar el trabajo del genio Hidemoto Decimotercero? Parecía una misión imposible. Aún así, dio un paso al frente y tomó la espada rota de las manos de Rikuo, acariciándola como si fuese el tesoro más valioso sobre la faz de la Tierra.
—Si... Si estáis de acuerdo conmigo... Si os parece bien mi nivel de poder... Yo... Lo intentaré —respondió finalmente Akifusa, visiblemente emocionado. Rikuo y Yura sonrieron.
Sin embargo, Ryuji observó a su primo con ojos censuradores. Había bastado el regalito de una espada rota para que Akifusa se ablandase. Tampoco se lo podía reprochar. El heredero de los Yaso era feliz creando armas exorcistas y la Nenekirimaru era como el Santo Grial para él. Hasta cierto punto, Ryuji podía entenderlo. Como especialista en barreras mágicas, él mismo admiraba a Tenkai, el monje budista que había trabajado para los shogunes Tokugawa. Si hubiese sido posible, Ryuji habría viajado al pasado para tener una charla con su ídolo.
Aún así, el deber era el deber. Uno nunca podía bajar la guardia ante los yokai. Ni tampoco ante los semi-yokai.
Pese a las reticencias de Ryuji, Hidemoto dio su visto bueno al acuerdo. Si luego de forjar la espada ésta acabaría en manos yokai o no, no lo dijo. Rikuo lo aceptó así, confiando en que con el tiempo aprendería a ganarse la confianza de los Keikain. Entonces llegó la hora del entrenamiento y Ryuji sorprendió a todos plantándose ante el joven señor de los Abe.
—Ven conmigo, chaval. Yo te enseñaré lo que es auténtico onmyodo —dijo con aires autoritarios.
—¿Ryuji va a ser el maestro de Rikuo? —se sorprendió Yura, volviéndose hacia su abuelo—. Creía que sería con Masatusugu o...
—¿Algún problema conmigo? —le espetó su hermano con malos humos.
Yura hizo esfuerzos por mantener la calma y morderse la lengua. Obviamente, Ryuji le tenía antipatía a Rikuo y no quería dejar solo a su amigo de la infancia en manos de su diabólico hermano mayor. Aún así, sabía que Ryuji utilizaría todo lo que dijese en su contra y, probablemente, en contra de Rikuo también. Tenía que tener mucho tacto.
—No... Quiero decir, ¿no se suponía que eras uno de mis maestros? ¡Y también de Mamiru! —le recordó Yura—. ¿Vas a faltar a tus responsabilidades?
Ryuji entrecerró los ojos.
—Vaya, vaya, hermanita, si no te conociera mejor, diría que temes que te abandone —comentó el joven de pelo negro con una sonrisa sardónica—. Me temo que tendrás que soportar mi ausencia un rato, pero tranquila: tu nivel es más o menos aceptable y tienes a Akifusa para ayudarte. ¿No querías profundizar en las técnicas de fusión humano-shikigami? Pues ahora tienes la oportunidad. Además, seguro que Akifusa agradecerá que convoques al espíritu de Hidemoto Decimotercero para que le enseñe a forjar una nueva Nenekirimaru. En cuanto a Mamiru, no te preocupes; a diferencia de una canija que conozco, él sabe cuidarse solito.
Yura no supo cómo contraatacar, así que se quedó en silencio. Akifusa, con cara de circunstancias, posó una mano sobre su hombro y la invitó a seguir con su entrenamiento en otra parte. La chica no tuvo más remedio que aceptar, aunque antes le dirigió a Rikuo una mirada de disculpa. Luego fue Hidemoto el que se excusó y se retiró de la sala. Rikuo y Ryuji se quedaron solos frente a frente, el primero sentado y el segundo de pie.
—Quedo a tu cuidado, maestro Keikain —dijo Rikuo con una reverencia.
—Corta el rollo de niño bueno, Abe —le cortó el otro de malos modos—. Que quede clara una cosa: me caes mal. Tú y los tuyos sois una mancha que ha ensuciado Kioto durante generaciones. El que tú mismo seas medio humano o algo parecido no lo arregla, al contrario. Sin embargo, el viejo quiere hacerse el simpático con tu abuela y no veo razón para no seguirle la corriente... por ahora.
Rikuo tragó saliva. Sí, ciertamente el hermano mayor de Yura no era la persona más amable y tolerante del mundo.
Al notar la expresión de Rikuo, el onmyoji hizo un gesto de displicencia.
—¿Preocupado? No tienes por qué. La zorra de tu abuela nos ha puesto tantas condiciones que, si me sobrepaso en lo más mínimo, le enviarán mi cabeza en bandeja de plata. Eso o la guerra. Como mi cabeza me gusta tal como está y una guerra sería ahora una estupidez, me comportaré —reconoció Ryuji con pesar—. Pero eso no significa que vaya a ser blando contigo. ¿Lo entiendes, chaval?
—Sí —asintió Rikuo decididamente—. Me esforzaré al máximo, no importa las pruebas que tenga que pasar.
Ryuji pareció satisfecho con la respuesta, aunque siguió manteniendo la misma actitud suspicaz de siempre. Luego, el hermano mayor de Yura llevó a Rikuo hasta un pequeño patio solitario y alejado de los edificios principales. Nadie les interrumpiría allí.
—Por lo que me ha contado Yura, aunque eres el hijo de Seimei no tienes ni idea de onmyodo, ¿me equivoco? —le preguntó Ryuji a su nuevo alumno.
—Bueno, algo de idea sí que tengo. Yura me ha enseñado varias cosas que... —respondió Rikuo diplomáticamente.
—Genial —le interrumpió su interlocutor, pasando olímpicamente de él—. Si te ha enseñado Yura, significa que tendré que empezar con lo básico, no vaya a ser que esa tonta haya metido la pata. Los errores de novato al principio se pagan caros más adelante.
Con un palo, Ryuji hizo un dibujo en el suelo. Aunque no había manera de pintarlo de blanco y negro, Rikuo lo reconoció al instante como el taijitu, el símbolo universal del yin y el yang.
—Para empezar, chaval, debes saber que la palabra "onmyodo" significa literalmente "el Camino del Yin y el Yang" —explicó Ryuji—. El yin y el yang son los dos principios que forman el universo. Son opuestos, y a la vez complementarios. El yin es lo oscuro, sombrío, pasivo y femenino. El yang es lo luminoso, claro, activo y masculino. El yin es la noche. El yang es el día.
—¿Los yokai son el yin y los humanos son el yang? —aventuró Rikuo, aunque conocía la respuesta.
Ryuji esbozó una sonrisa calculadora.
—Más o menos —respondió ambiguamente el onmyoji—. Para empezar, no existen seres de yin o yang puros. En el yin hay yang y en el yang hay yin. Los dos principios se consumen mutuamente y se transforman. Los extranjeros a veces lo confunden con el "bien" y el "mal", pero no es tan simple como eso. En el yin y el yang no hay juicios morales, sólo flujos. Después están los cinco elementos del Wu Xing: madera, fuego, tierra, metal y agua. Junto con el yin y el yang forman el equilibrio del universo. Es labor de los onmyoji proteger ese equilibrio.
Rikuo asintió. Yura ya le había explicado aquello tiempo atrás, pero nunca estaba de más repasar los principios del onmyodo.
—Si fueras uno de nuestros aprendices habituales, empezaríamos con los estudios de astrología y adivinación —continuó Ryuji—. Sin embargo, no está el horno para bollos. Mi propia hermana está recibiendo un curso acelerado y antes que nada debemos saber si realmente tienes talento para el onmyodo. Vi tu truquito del sello cuando luchabas contra el Nurarihyon, pero puede que no fuera más que un golpe de suerte. Dime, ¿cómo lo hiciste? ¿Qué sentiste cuando utilizaste el sello?
La pregunta no cogió desprevenido a Rikuo. Él mismo se la había hecho en incontables ocasiones desde aquella fatídica noche en que había peleado contra el Nurarihyon. La respuesta, por pobre que fuese, era que no tenía ni idea. Al principio había considerado el sello de Seimei poco más que un amuleto de buena suerte de parte de su madre. En aquel momento había estado prácticamente convencido de que no funcionaría, pues no sólo no sabía onmyodo, sino que en su forma yokai la magia exorcista debería haber sido imposible para él. Si lo había utilizado al final, había sido por pura desesperación.
Sin embargo, no podía negar que había sentido algo al utilizar el sello. Un poder diferente al de la oscuridad.
Ryuji escuchó sus explicaciones con atención, asintiendo de cuando en cuando. Tal vez sus vagas impresiones tenían sentido para un onmyoji hecho y derecho, pensó Rikuo.
—Bueno, puede que haya una posibilidad —musitó Ryuji finalmente—. No te vas a librar de la teoría, chico, pero para saber si tienes lo que hay que tener para ser un onmyoji, me gustaría empezar por una lección práctica. Piensa en ello como si fuera un examen. Si pasas la prueba, significará que estás preparado para aprender algo de exorcismo del bueno.
—¿De qué prueba estamos hablando? —preguntó Rikuo.
—De convocar un shikigami —contestó Ryuji.
El interés de Rikuo se despertó automáticamente. Cómo no, había oído hablar mucho de los shikigami, las deidades ceremoniales que usaban los onmyoji para hacer su magia. Eran espíritus, generalmente invisibles, que se podían convocar mediante el uso de talismanes de papel. Su poder dependía de la energía espiritual de su amo, así como de su habilidad y experiencia. En los últimos meses Rikuo había podido comprobar de primera mano el talento de Yura para los shikigami, y no podía negar que la idea de tener una deidad ceremonial para ayudarlo en combate le atraía mucho.
—Cada onmyoji dispone de shikigami diferentes, y cada shikigami tiene propiedades y virtudes distintas —estaba explicando Ryuji en aquel momento—. En la familia Keikain hay individuos capaces de usar un mismo shikigami durante tres días y tres noches seguidas, así como otros especializados en defensa. Lo mejor es que cada cual utilice los shikigami más acordes con su talento. La tonta de Yura, por ejemplo, tiene una energía espiritual tan absurda que lo suyo es convocar un montón de shikigami de tipo ofensivo a la vez.
—¿Y yo? —inquirió Rikuo dubitativamente—. ¿Cuál debe ser mi especialidad?
Ryuji se rascó la barbilla con aire pensativo.
—Primero aprende a convocar uno. Luego, ya veremos...
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Mansión Abe
Horas después, Rikuo volvió a su casa cargado hasta arriba de libros sobre onmyodo. En sus ejercicios anteriores, no había podido demostrar ni una gota de magia exorcista, pero Ryuji le había dicho que eso era normal en un principiante. Sólo genios como Akifusa o Yura eran capaces de hacer conjuros avanzados directamente, sin practicar. Eso sí, su nuevo maestro se había encargado de echarle un buen rapapolvo para que no se durmiera en los laureles y le había dado lectura suficiente para entretenerse durante toda la semana.
Contando también la escuela y sus responsabilidades como heredero del Clan Abe, Rikuo se preguntó si le quedaría tiempo para dormir.
A la puerta de la mansión esperaban una preocupada Tsurara y el siempre solícito Hakuzozu, que se ofreció a llevar los libros hasta su habitación. Rikuo se lo agradeció. Su espalda iba a crujir si no.
—Buf, qué hambre tengo —murmuró el muchacho después de que su estómago gruñese.
—¡Ahora mismo voy a prepararte algo! —exclamó Tsurara, deseosa de ayudar, pero Rikuo la detuvo.
—No hace falta, Tsurara. Tenemos criados para eso, ¿recuerdas? Además, eres una invitada. Ya fue malo que te hiciéramos trabajar antes, ahora no deberías preocuparte por eso.
—Pero...
La respuesta de la Yuki-onna se perdió en la brisa nocturna, porque Rikuo, muy hambriento, se dirigió derechito hacia el comedor. Tal como había dicho el chico, los sirvientes de la casa estaban prestos para actuar y, de hecho, ya habían previsto la llegada de su joven señor a esa hora. Tras dar las gracias por la comida, Rikuo se lanzó sobre la cena.
Estaba a punto de terminar cuando entraron en la sala Hagoromo Gitsune y el Gran Tengu del monte Kurama.
—¿Qué tal ha ido tu primer día con los Keikain? —le preguntó su abuela con una mezcla de curiosidad y preocupación—. ¿Se han portado bien contigo?
—Oh, sí, desde luego —respondió Rikuo entre bocado y bocado—. Como dijo el Gran Tengu, devolverles la Nenekirimaru ha sido una gran idea. Incluso Ryuji, el hermano de Yura, ha aceptado entrenarme. Es duro, pero sabe mucho de onmyodo.
—Supongo que no han respondido nada acerca de si nos prestarán la Nenekirimaru cuando luchemos contra Sanmoto, ¿verdad? —observó Hagoromo Gitsune.
—No —reconoció su nieto con pesar—. ¡Pero estoy seguro de que al final entrarán en razón! Al fin y al cabo, todos queremos proteger Kioto.
Hagoromo Gitsune sonrió, pero no dijo nada. Le hacía gracia la ingenuidad de su nieto. Ni siquiera la crueldad de la guerra contra el Nurarihyon le había hecho cambiar de opinión. Personalmente, la señora de los yokai de Kioto pensaba que ser tan confiado era terriblemente peligroso, pero tampoco podía olvidar que habían sido las palabras de Rikuo las que habían obrado el milagro de convencer a los onmyoji Keikain y a los yokai de Tono para que les ayudasen. Incluso había suavizado sus relaciones con el Clan Nura, aunque las rencillas seguían vivas.
—Debéis contarme con pelos y señales cómo va ese entrenamiento de onmyoji, joven señor —intervino Sojobo—. No os olvidéis de que tenéis dos maestros.
—Por supuesto, Gran Tengu. Si os interesa, el hermano de Yura me ha prestado varios libros para que vaya estudiando —dijo Rikuo.
Su abuela bufó con desdén.
—¿Acaso ese tonto onmyoji no sabe que en el sótano tenemos una de las mejores bibliotecas privadas del mundo? Aquí están los libros que Seimei usó en su día. Si tienes ganas de leer sobre onmyodo, Rikuo, no necesitas préstamos de los Keikain —señaló Hagoromo Gitsune.
—Eso le he dicho, pero él ha insistido —repuso Rikuo en tono aplacador.
No dijo que Ryuji había añadido otras cosas, como que no se fiaba de la calidad de la biblioteca de los Abe. "¿Cómo va a saber un yokai si un libro de onmyodo es bueno o malo?", había rezongado el hermano de Yura.
Rikuo pasó entonces a contarles a su abuela y al Gran Tengu cómo había sido su primer día aprendiendo con los Keikain. Se lamentó por no haber sabido conjurar un shikigami a la primera, pero les aseguró que pondría todo su empeño en ello.
—Quizás nunca llegue a ser un genio onmyoji como Yura o como mi padre, pero me esforzaré al máximo —prometió Rikuo.
Se despidió de su abuela y del Gran Tengu, para luego retirarse a su habitación. En cuanto desapareció escaleras arriba, el consejero principal del Clan Abe comentó:
—El joven señor está madurando.
—Sí —admitió Hagoromo Gitsune—. Hablando de madurar, ¿está todo listo para el 23 de septiembre?
—Casi —respondió Sojobo—. La señora Wakana aún está ultimando los detalles finales, pero calcula que no habrá problemas de última hora.
—Excelente.
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Casa ancestral de los Keikain
Habían pasado los días y Yura estaba de mal humor. En un principio había celebrado que Rikuo fuese a recibir clases de onmyodo. Pensaba que sería una buena forma de renovar sus lazos de amistad, incluso si significaba tener que aguantar al cretino de su hermano mayor. Por desgracia, apenas tenía tiempo para ver a Rikuo. Al igual que el primer día, Ryuji se lo llevaba a un rincón apartado de la mansión y le daba clases particulares, mientras que ella tenía que quedarse con Akifusa. En cualquier otra ocasión habría saltado de alegría ante la oportunidad de no verle el pelo a su hermano y poder aprender onmyodo con uno de sus primos favoritos, pero no así.
Pues a Yura no se le había escapado que Rikuo estaba cada vez más cansado y abatido.
Siempre que le preguntaba por sus avances en las clases de onmyodo, el joven señor de los Abe respondía con evasivas. Era evidente para Yura que su amigo de la infancia estaba teniendo problemas para avanzar en sus lecciones. Como no podía ser de otra manera, la joven onmyoji lo achacó a los métodos de su hermano mayor.
"Ese bruto de Ryuji... Seguro que está intentando hacerle fracasar a propósito", pensó Yura.
Afortunadamente, aquel día en concreto había acabado su entrenamiento con tiempo de sobra. Estaba profundizando con Akifusa en el arte de la fusión entre shikigami y humanos. Eran técnicas arriesgadas que causaban mucha tensión en la mente y el cuerpo del conjurador. Afortunadamente, Yura tenía ya algo de experiencia (su cañón de mano "Yura Max" era el ejemplo perfecto de ello) y además ahora contaba con el poder del Hagun.
Hablando del Hagun, en ese momento en que terminaba de recoger sus herramientas de entrenamiento, apareció el espíritu de Hidemoto Decimotercero. Yura lo había convocado para que la ayudase con las técnicas de fusión y, de paso, para que le diese consejos a Akifusa sobre cómo forjar de nuevo la Nenekirimaru. La charla con su primo hacía tiempo que había concluido, pero el fantasma se negaba a desaparecer.
—¿Por qué tanta prisa, Yura-chan? ¿Por qué no te quedas a tomar una copita de sake con el resto de tus parientes? —le preguntó el antiguo genio de los Keikain, señalando una de las terrazas que daban al jardín.
La joven onmyoji frunció el ceño al oír a su antepasado.
—Por si no te acuerdas, Hidemoto, tengo trece años —le espetó Yura con malos humos.
El genio onmyoji se quedó perplejo.
—¿Qué problema hay?
—¡Que la edad legal para beber alcohol es de veinte años! ¡Veinte! —contestó Yura, perdiendo la paciencia.
—Bah, eso son tonterías modernas. En mis tiempos, con trece años un chico podía pasar por el genpuku y ser considerado un hombre —comentó Hidemoto Decimotercero con nostalgia—. Sin embargo, algo me dice que, incluso si tuvieras veinte años, hay algo que te interesa más que todo el sake del mundo, ¿me equivoco?
—No sé de qué estás hablando —suspiró Yura, decidiéndose a salir al pasillo de una vez por todas.
Por desgracia, el espíritu de su antepasado se interpuso en su camino con una mueca burlona. Aunque no había malicia en sus actos (a diferencia del bruto de Ryuji), Hidemoto Decimotercero podía ser realmente cargante cuando se lo proponía.
—Oh, vamos, Yura-chan. No hace falta que seas tímida conmigo —le dijo Hidemoto en un falso tono de reproche—. Te has pasado toda la tarde con la mente puesta en el nieto de Hagu-chan. Seguro que estabas pensando: "¿Estará bien?", "¿Le habrá hecho daño mi hermano?", "¿Saldrá conmigo si se lo pido?"...
—¡Calla! —saltó Yura, roja como un tomate—. ¡Calla, calla, calla! ¡No quiero oír tonterías de un fantasma! ¡No tienes ni idea de nada!
La joven onmyoji salió como una tromba al pasillo seguida por Hidemoto, que se reía entre dientes mientras murmuraba la palabra "tsundere".
Los pasos de Yura la llevaron finalmente al rincón en el que Ryuji le solía dar clases a Rikuo. Por desgracia, la escena con la que se topó distaba mucho de ser agradable.
—¡Otra vez! —le gritó Ryuji al joven señor de los Abe.
—Lo intento, maestro Keikain... —se disculpó Rikuo.
El chico se hallaba en el centro de un círculo de meditación, rodeado de fórmulas oraculares y sellos de invocación. A pesar de que se le veía cansado, trataba de mantener sus buenos modales. Sin embargo, el onmyoji no se dejó conmover.
—No quiero excusas —insistió Ryuji—. Si no sabes convocar un mísero shikigami, no sirves de nada.
Rikuo agachó la cabeza consternado. Ryuji suspiró con mal disimulada irritación. Entonces se fijó en que su hermana y el espíritu de Hidemoto Decimotercero se acercaban a ellos. La cara de Yura mostraba un enfado tremendo. Como no quería discutir con su hermana pequeña, Ryuji decidió dar la lección por terminada. Sin embargo, antes de marcharse, se volvió una vez más hacia Rikuo:
—Chaval, si para cuando termine la semana no has aprendido a convocar un shikigami, tendré que darte por imposible. Hazme un favor y demuéstrame que no he perdido el tiempo contigo, ¿de acuerdo?
Rikuo asintió de mala gana. Entonces Ryuji se fue antes de que Yura tuviese la oportunidad de cantarle las cuarenta.
—¡Ryuji! ¡Vuelve aquí! —le gritó su hermana pequeña—. Agh, es un auténtico demonio. ¡Se va a enterar de lo que vale un peine!
—Déjalo, Yura. Él sólo está haciendo su trabajo —dijo Rikuo mientras recogía sus cosas con aire cabizbajo.
Su amiga de la infancia le miró con preocupación. Aquel no era el Rikuo que conocía. Parecía que toda su energía positiva se había evaporado. No lo había visto tan abatido desde la derrota que había sufrido a manos de Tsuchigumo el verano pasado. Sin embargo, entonces al menos había tenido un enemigo hacia el que apuntar su espada. Ahora, su único enemigo era él mismo.
—No dejes que las palabras de Ryuji te afecten, Rikuo —le rogó Yura—. Es un idiota.
—¡Pero tiene razón! —elevó la voz el joven señor de los Abe, exasperado—. ¡En todo este tiempo no he avanzado nada! No importa cuánto estudie o cuánto me concentre, soy incapaz de crear un simple shikigami.
—Bueno, es normal que al principio... —intentó racionalizar Yura, pero Rikuo la cortó enseguida.
—¿Tú cuánto tiempo tardaste en aprender a usar shikigami, Yura?
La pregunta era muy directa, algo poco habitual en el siempre educado Rikuo. Yura no supo qué responderle. Oh, sí, desde luego que sabía cuánto tiempo había tardado, y sabía que había sido muy poco, incluso para los exigentes estándares de la familia Keikain. Si se lo decía a Rikuo, seguro que su pobre amigo se deprimiría aún más, así que prefirió callarse. Por desgracia, el muchacho tomó su silencio como una confirmación implícita de sus sospechas.
Afortunadamente, Hidemoto Decimotercero estaba allí para quitar hierro al asunto.
—Vamos, vamos, Abe-kun, no hay por qué ponerse tan serio —le dijo el espíritu con una sonrisa—. No quiero parecer presuntuoso, pero yo fui un genio en su día y nuestra pequeña Yura-chan también. Un chico tan listo como tú no necesita que le digan lo absurdo que es comparar a un no iniciado con uno de nosotros, ¿verdad? Mi hermano, por ejemplo, tardó años en aprender a usar shikigami como los dioses mandan. Menos mal que yo estaba allí para llevar adelante a la familia, que si no...
—Ya, pero lo habéis oído: el plazo que tengo termina esta semana —repuso Rikuo con mala cara—. No voy a poder.
—Rikuo, no digas... —intervino Yura, intentando posar una mano sobre su hombro, pero su amigo se apartó, meneando la cabeza.
—Lo siento, Yura. Yo... Tengo mucho en qué pensar. Nos vemos mañana —se despidió el joven señor de los Abe.
Yura no pudo hacer otra cosa que quedarse mirando mientras Rikuo recogía sus cosas y salía por la puerta de la mansión. Quería ayudarlo, pero no podía hacer nada si su amigo se negaba a escuchar. Rikuo podía ser muy testarudo cuando quería. Sólo esperaba que no fuese demasiado tarde para que entrase en razón.
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Mansión Abe
Tumbado en su cama, Rikuo hojeaba sin mucho interés las páginas de su copia del Senji Ryakketsu. El libro, versado en temas de adivinación, había sido escrito por Abe no Seimei en el pasado, uno de los pocos títulos conocidos del maestro onmyoji. Cuando era pequeño, Rikuo lo había considerado una conexión especial con su padre, un pedazo de la sabiduría que Seimei había acumulado en su larga vida. Ahora, sin embargo, era un doloroso recordatorio de su fracaso como onmyoji.
"Mi padre era un genio", pensó Rikuo con amargura. "Yo no le llego ni a la suela de los zapatos".
Era difícil de admitir, pero envidiaba a Yura. Con ocho años, su amiga había aprendido a manejar varios shikigami sin ayuda de nadie. Ningún maestro y ningún material más allá del que "cogía prestado" a su hermano mayor. Ahora entendía a qué se referían los demás cuando decían que Yura era una genio.
No era precisamente teoría lo que le faltaba a él. Había aprendido a fabricar ofuda, talismanes de papel para mantener a raya a los espíritus malignos. Había memorizado los Sellos de Nueve Sílabas y los Nueve Cortes Simbólicos, para la meditación. Había estudiado cómo usar el Libro de las Mutaciones para hacer predicciones sobre el futuro. Incluso había aprendido algo de feng shui para ayudarse en sus intentos de concentración espiritual. Todas eran técnicas que formaban parte del onmyodo. Sin embargo, también eran técnicas que cualquier iniciado, con suficiente esfuerzo y dedicación, podía aprender. No hacía falta tener un talento especial para eso.
Para utilizar un shikigami, en cambio, sí necesitaba talento. Sin al menos un shikigami a su servicio, un onmyoji no podía participar en batallas contra yokai. Era una herramienta indispensable. Y Rikuo no la tenía.
Tan concentrado estaba en su melancolía que tardó unos segundos en darse cuenta de que alguien estaba llamando a su puerta.
—¿Quién es? —preguntó Rikuo.
—Soy yo, Tsurara —respondió la Yuki-onna al otro lado de la puerta—. ¿Puedo pasar?
Tras recibir permiso de Rikuo, la dama de las nieves entró con cuidado. Llevaba una bandeja de comida en las manos, mientras que en su cuello llevaba colgada una horripilante muñeca que parecía salida de una película de terror.
—Hoy no has cenado —observó la Yuki-onna con preocupación—. La señora Wakana me ha pedido que te traiga esta bandeja. ¿Vas a comer ahora?
—No, ahora no —negó Rikuo con la cabeza, con la mirada puesta en el techo—. Puedes dejar la bandeja por ahí, ya picaré algo después.
Tsurara frunció aún más el ceño.
—¿Te has peleado con Keikain? —aventuró la dama de las nieves, recordando la última vez que había visto a Rikuo tan abatido.
—No, no me he peleado con ella... Creo —repuso el muchacho dubitativamente. Ahora que estaba más calmado, debía reconocer que había sido un poco brusco con Yura. Le debía una disculpa.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Las clases de onmyodo no van bien? —preguntó Tsurara.
Por un momento, Rikuo barajó la idea de responder con una mentira piadosa, pero luego se lo pensó mejor. De todas las personas que conocía, Tsurara era probablemente la única que no le iba a juzgar por su fracaso. A fin de cuentas, a ella ni siquiera le gustaba el onmyodo.
—No, no van bien —reconoció Rikuo con pesar—. No me salen los hechizos, no puedo conjurar un solo shikigami y, para empeorar las cosas, Ryuji, el hermano de Yura, me ha dado de plazo hasta el fin de semana para conseguirlo. Si no, ya no podré seguir siendo su alumno. No sé qué hacer.
—¿Es tan importante para ti ser un onmyoji? —le preguntó Tsurara con curiosidad.
—Sí... No, yo... Ah, es difícil de explicar —balbució Rikuo, sintiéndose un tanto avergonzado.
—No tengo prisa. Quiero escuchar lo que tengas que decir —le aseguró la Yuki-onna, sentándose en la cama a su lado—. Soy tu amiga, recuérdalo.
Rikuo suspiró, pero vio la honestidad reflejada en los ojos caleidoscópicos de Tsurara, así que cogió aire y empezó a hablar.
—Es por mi padre. Ya sabes que fue un gran onmyoji en sus tiempos, ¿verdad? El mejor de todos, según algunos —Tsurara asintió comprensivamente—. Durante toda mi vida, la gente ha esperado que siga los pasos de mi padre. Cada uno a su manera, claro. A mi abuela siempre le interesó la parte de los yokai. Ahora, los Keikain quieren encontrar en mí la parte onmyoji. Pero no puedo. Como yokai, soy más débil que mi padre y que mi abuela. Como onmyoji... Bueno, como onmyoji no soy nada. Mi padre estaría avergonzado.
—No lo creo —repuso Tsurara—. Tú has salvado Kioto varias veces, has hecho que haya paz entre los clanes e incluso eres amigo de los onmyoji. Ni el gran Seimei logró llegar tan lejos.
—¡Pero no tengo ni su fuerza ni su talento! ¡Y eso que soy su hijo! —protestó Rikuo.
La dama de las nieves apoyó sus frías manos en las del muchacho.
—Rikuo es Rikuo —dijo Tsurara con firmeza—. No eres Abe no Seimei y nunca lo serás, porque no tienes que serlo. Yo no me ena... Eh, yo no me hice amiga de el mayor genio onmyoji del mundo ni del Señor de la Oscuridad, sino de Abe Rikuo. Sólo te pido que seas tú mismo. Los demás también.
—Mi abuela... —empezó a decir Rikuo, pero Tsurara le apretó las manos.
—La señora Hagoromo Gitsune quería que aceptases tu responsabilidad para con el clan, porque eres Abe Rikuo. Si, por ejemplo, hubieses sido el nieto del Nurarihyon y te llamases Nura Rikuo, habrías tenido otras responsabilidades. Pero no es tu obligación ser un onmyoji. Si no puedes, nadie te va a mirar mal por ello. O si lo hacen, no merecen ningún respeto por tu parte —aseveró Tsurara. Tras una pausa, añadió—: Estoy segura de que Keikain Yura piensa lo mismo que yo.
Sus palabras tuvieron un efecto balsámico en Rikuo, que enseguida se mostró más relajado. Aún así, aún tenía una espina clavada.
—Al menos me gustaría demostrarle al hermano de Yura que soy capaz de hacerlo —murmuró el chico.
—¿Cuál es exactamente el problema? —inquirió Tsurara con interés—. No es que sepa nada de utilizar shikigami, pero tal vez pueda ayudar...
—En teoría, los shikigami nacen de la energía espiritual del que los convoca —explicó Rikuo—. La teoría me la sé. El problema es que, cuando intento poner mi energía en los talismanes, nunca funciona. Se supone que tengo que visualizar la deidad ceremonial que va a aparecer, pero no hay manera. Se supone que debe ser una conexión espiritual, que la deidad llama al conjurador de la misma manera que el conjurador llama al shikigami. Pero no escucho ninguna llamada, y eso que he repasado listas y listas de shikigami conocidos, a ver si reconozco alguno.
—Una conexión espiritual... ¿Como la que tienes entre tu lado diurno y tu lado nocturno? —sugirió Tsurara.
Rikuo lo meditó durante unos instantes.
—Sí, supongo, aunque creo que los Keikain no lo explicarían así.
—Los Keikain son humanos —observó Tsurara, con ese aire de superioridad yokai que de vez en cuando sacaba—. Incluso si son onmyoji, hay cosas que no saben de nosotros. Seimei no utilizaba sólo magia onmyoji, ¿verdad? Intenta encontrar una forma de usar energía espiritual que sea natural para ti, aunque no sea "miedo".
—Quizás deberías ser tú mi maestra, Tsurara —bromeó Rikuo de buen humor.
La Yuki-onna se rió también. Era bueno ver a Rikuo animado otra vez. Se llevó las manos al pecho y acarició distraídamente la horripilante muñeca que tenía colgada del cuello.
—Vaya, veo que te gusta mucho el regalo del presidente del Club Kiyo Cruz —observó Rikuo, cambiando de tema.
Tras el rescate de Ienaga Kana, la visita del Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz había transcurrido sin nuevos incidentes. Aunque Yura y Rikuo habían jurado y perjurado que no habían tenido nada que ver en el feliz desenlace del misterio del Espejo Púrpura, Kiyotsugu había prometido que les enviaría unos regalos en cuanto regresase a casa. El presidente del club había hecho honor a su palabra y les había enviado tres muñecos yokai personalizados a sus camaradas del Club Onmyoji, uno para cada uno. Tanto Rikuo como Yura mantenían guardados los suyos en un rincón, como si estuviesen malditos, pero Tsurara llevaba el suyo a todas partes.
El feísimo juguete pronto causó sensación entre los habitantes de la Mansión Abe, y muchos habían dejado a un lado su animadversión hacia la Yuki-onna de los Nura para preguntarle dónde se podían conseguir esos muñecos tan monos. Tsurara no había dudado en pasarles la dirección de aquel humano tan simpático. Internet lo facilitaba todo. Así, contra todo pronóstico, el negocio de muñecas yokai de Kiyotsugu había empezado a dar sus frutos con una abultada cartera de clientes en Kioto.
"Cómo se nota que son de Kansai", había pensado el presidente del Club Kiyo Cruz, sin sospechar que sus clientes eran todos yokai. "Ellos sí que tienen buen gusto".
En cuanto a Tsurara, era feliz porque por primera vez tenía algo que compartir con el resto de la gente de la Mansión Abe.
—No entiendo por qué no os gusta a Keikain y a ti. Son unas muñecas muy monas —aseguró Tsurara.
—Eh, digamos que los gustos de humanos y yokai pueden ser un poco distintos... —respondió Rikuo lo más diplomáticamente que pudo.
Tsurara entrecerró los ojos con aire calculador.
—¿Oh? ¿Quizás al joven señor le interesan otro tipo de cosas?
—¿A qué te refieres, Tsurara? —se extrañó Rikuo.
—Según lo que le ha contado Kiyotsugu a Keikain, esa chica, Inega o como se llame, se ha vuelto una auténtica apasionada del mundo sobrenatural —comentó la Yuki-onna con un tono peligroso en su voz—. Asegura que quiere volver a Kioto a investigar sobre los yokai en cuento tenga la oportunidad. Aunque algo me dice que le interesa un yokai en particular... Un kitsune...
—Oh, no, otra vez no —suspiró Rikuo, poniendo los ojos en blanco.
Pero a Tsurara no había quién la parase.
—Rikuo, esa noche... ¡Seguro que pasó algo! —exclamó la dama de las nieves con desconfianza.
—¡Que no! ¡Pero si tú me viste, Tsurara! De lejos, pero me viste. ¡No pasó nada!
—Pues algo debió pasar, porque esa chica está completamente E-NA-MO-RA-DA.
Para reforzar el sentido de sus palabras, la Yuki-onna deletreó la palabra "enamorada" con abanicos y banderines. De dónde los había sacado, Rikuo no lo sabía.
—¿Eeeeeh? ¿De dónde has sacado eso? Vamos, Tsurara, no exageres...
—Ay, como si no tuviera ya bastante competencia aquí en Kioto —murmuró la dama de las nieves por lo bajo.
—¿Eh? ¿Has dicho algo?
—¡NO! —saltó Tsurara como un resorte—. Quiero decir, no, no he dicho nada, nada de nada, jajaja...
La Yuki-onna se deshizo en disculpas y salió de la habitación, roja como un tomate. Rikuo se quedó muy extrañado, pero sólo lamentó que su amiga se hubiese marchado antes de que pudiera darle las gracias. Sí, había estado dándole demasiadas vueltas en su cabeza al problema de sus clases de onmyodo. Era verdad, no tenía que demostrarle nada a nadie, salvo a sí mismo. No tenía que ser como su padre; le bastaba ser un mejor Rikuo. Y ahora que pensaba con más claridad, no iba a arrojar la toalla.
No al menos sin plantar batalla.
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Casa ancestral de los Keikain
—Bien, bien, chaval. Hoy es el gran día. Veremos si has aprendido algo en todo este tiempo o sólo eres un niño rico que vive de la herencia —anunció Ryuji.
Era una ocasión un tanto extraña, en tanto había muchas más personas de lo habitual en el pequeño rincón donde solían dar clases. Además de Ryuji y el propio Rikuo, estaban allí también Yura, Akifusa y Mamiru. En teoría, Yura debería haber estado entrenado con su primo en otro lugar, pero la joven onmyoji quería dar apoyo emocional a su amigo. Akifusa, gentil como siempre, no había puesto ninguna objeción. En cuanto al inexpresivo Mamiru, nadie sabía muy bien por qué se encontraba allí, pero al menos no molestaba. Silencioso e inmóvil como una estatua, se contentaba con contemplar los preparativos desde la esquina más alejada del lugar.
—Ya lo sabes: si hoy no consigues convocar a un shikigami, te tendrás que ir por donde has venido —le recordó Ryuji a Rikuo con aire de suficiencia—. Los Keikain no podemos malgastar nuestro valioso tiempo con un alumno que no se aplica en sus estudios.
—Sí, maestro Keikain —respondió Rikuo en tono conciliador.
Si Ryuji estaba sorprendido por la calma absoluta del joven señor de los Abe, no lo demostró. En su lugar le señaló el círculo de poder que había grabado en el suelo. Alrededor de él había papeles para talismanes, pinceles, tinta, cuentas, velas y más parafernalia exorcista. Desde luego, se trataba de un examen en toda regla.
—Puedes empezar —dijo Ryuji con sequedad.
Rikuo asintió y se dirigió al círculo.
Yura quiso dedicarle unas palabras de ánimo cuando pasó a su lado, pero tenía la boca seca por la aprensión. Sin embargo, para su sorpresa, fue Rikuo el que le hizo un gesto de ánimo. Su sonrisa volvía a ser la de siempre, pensó Yura. La chica se sintió más aliviada.
En un silencio sepulcral, Rikuo se sentó de rodillas en el centro del círculo de poder y cerró los ojos. Su concentración debía ser absoluta.
"El yin y el yang son el equilibrio", recitó mentalmente Rikuo, recordando las lecciones pasadas. "No se debe forzar lo que no puede ser forzado. Lo blando vence a lo duro. Lo débil vence a lo fuerte. Piensa sin pensar. Actúa sin actuar".
Dejó que su energía espiritual fluyese libremente, sin ataduras, pero también sin forzarla. No la estaba bombeando para la batalla, ni tampoco la estaba conteniendo para pasar desapercibido. No la clasificaba en "blanca" o "negra". Todo era Uno. El mundo era Uno. Él debía ser uno con el mundo, tanto el lado natural como el sobrenatural. Debía conectar con los Yaoyorozu-no-kami, los espíritus incontables que existían en todos los seres de la creación.
Y ahora tenía que encontrar el suyo.
"¿Quién soy yo?", pensó Rikuo.
"Yo soy yo", se respondió a sí mismo con su voz de día.
"Yo soy yo", se respondió de nuevo, esta vez con su grave voz nocturna.
En su mente, las dos formas se fundieron en una sola.
Entonces lo notó. No sabía cómo explicarlo, pero era muy similar a la sensación que había tenido después de haber bebido de las aguas del Nuega-ike, en su entrenamiento con el Gran Tengu del monte Kurama. Había oscuridad y, de repente, apareció una llama blanca.
"Yo soy el señor de los Nueve Caminos", dijo una voz. "He estado esperando a alguien digno de mí".
"¿Quién eres?", quiso saber Rikuo.
"Soy una parte de ti, pero también soy una parte que no está en ti", respondió enigmáticamente la voz. "¿Quieres poder? Puedo darte el poder que ansias. ¿Para qué lo deseas, joven kitsune?".
Por la mente de Rikuo aparecieron al instante imágenes de su abuela, de su madre, de Yura, de Tsurara, de toda la gente de su clan, de los habitantes de Kioto y de más allá. También surgieron dolorosas estampas como su duelo con Kidomaru, su derrota a manos de Tsuchigumo o la fuga del malvado Sanmoto Gorozaemon.
"Quiero poder... Quiero poder para proteger a la gente que quiero", pensó Rikuo.
"Veo en ti una gran fuerza de espíritu y de sacrificio por los seres queridos. Muy bien, tendrás mi poder. Llámame por mi nombre y acudiré en la forma más familiar para ti. A partir de ahora, soy tu shikigami".
Rikuo sintió como una ola de poder electrizante le recorría de arriba abajo. Abrió los ojos y sonrió satisfecho.
—Ya está —dijo el muchacho.
—¿Cómo que ya está? —repuso Ryuji, mosqueado—. Has estado media hora ahí sentado sin hacer nada y no veo un solo shikigami. ¿Debo dar por terminado el examen o aún quieres perder el tiempo un poco más?
Por toda respuesta, Rikuo tomó uno de los sellos de papel y trazó cuidadosamente las letras de su invocación. Luego, en lugar de utilizar alguna de los complicados rituales que había aprendido en los últimos días con Ryuji, usó los pasos básicos que había practicado con Yura en sus divertidas reuniones del Club Onmyoji.
—¡Uho tenho! —dio un paso—. ¡Tennai! ¡Tensho! —otro paso—. ¡Tenho tennin! ¡Adelante, mi deidad ceremonial! ¡Zorro de Nueve Colas! ¡KYUBI!
No era el ritual más elegante ni sofisticado del mundo, pero era con el que se sentía más cómodo. Y los resultados no se hicieron esperar: un enorme zorro blanco de nueve colas y ojos carmesíes apareció al instante ante los presentes.
—Gracias, Kyubi —le dijo el muchacho.
El recién aparecido shikigami asintió y adoptó una pose digna mientras Ryuji lo examinaba.
—¡Lo has conseguido, Rikuo! —celebró Yura, corriendo a su encuentro.
—Sí, jajaja —se rió el chico de buen humor—. Buf, no veas lo cansado que me siento ahora. ¿Es así cada vez que convocas un shikigami? No sabía que consumía tanta energía.
—Con el tiempo te acostumbrarás —le aseguró su amiga—. Pero en serio, has hecho un gran trabajo. Ahora que tienes un shikigami, podrás aprender técnicas onmyoji avanzadas. Tal vez... No sé, quizás podamos entrenarnos juntos algunas veces. Te he dejado un poco abandonado estos días...
—Lo espero con ganas. Tienes mucho que enseñarme... —dijo Rikuo, para luego apostillar—: maestra Keikain.
Yura se rió también. En cuanto al examinador, Ryuji no se mostró tan positivo. Echó un vistazo al shikigami de Rikuo con ojo crítico y chasqueó la lengua con desaprobación.
—Sí, la invocación ha sido correcta —aceptó el onmyoji a regañadientes—, pero te falta imaginación. Quiero decir, ¿un zorro de nueve colas? ¿En serio? Y creía que el colmo de la tontería era el estúpido Yura Max de mi hermana. "Kyubi". Je, a los kitsunes os sobra narcisismo. ¿O acaso tienes una obsesión enfermiza con tu abuela? Mejor no respondas, prefiero no saberlo.
—Ryuji, no seas maleducado —le reconvino Akifusa—. El hijo de Seimei ha pasado la prueba, ¿no es así? Es un momento para celebrar, no para criticar.
—Hablando de celebraciones, ¿tenéis algo que hacer mañana? —les preguntó Rikuo.
La cara de Yura se iluminó.
—¡Claro! Mañana es 23 de septiembre —recordó la joven onmyoji—. Eso significa que...
—Sí —asintió Rikuo con una sonrisa—. Estáis invitados a mi fiesta de cumpleaños.
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Mansión Abe
El 23 de septiembre, domingo, amaneció sin una nube en el cielo. Aunque empezado el otoño ya no hacía tanto calor como en los meses de verano, la temperatura aún era lo suficientemente agradable para estar en el jardín. Por supuesto, los habitantes de la Mansión Abe habían aprovechado para montar una fiesta de cumpleaños por todo lo alto.
—¡Hala! —no pudo evitar exclamar Yura al ver el despliegue.
De todos los onmyoji Keikain, ella había sido la única en aceptar la invitación de Rikuo. Akifusa se había disculpado educadamente, arguyendo tareas pendientes. Ryuji había sido mucho menos amable en su respuesta. En cuanto a Mamiru, siempre hacía lo que le decía Ryuji. Yura, sin embargo, no quería perderse la ocasión por nada del mundo. Era la primera vez que iba a una fiesta de cumpleaños en casa de Rikuo.
—Los yokai no reparáis en gastos, ¿verdad? —comentó la chica al ver las bandejas de comida, las luces de colores y la montaña de regalos que le esperaban al joven señor de los Abe.
Rikuo se sonrojó, un tanto avergonzado. No le gustaba presumir del dinero de su familia.
—En casa siempre se han esforzado en darme grandes fiestas de cumpleaños —explicó el muchacho—. En parte creo que es para compensarme porque nunca he podido traer amigos a casa. Bueno, hasta ahora.
—Me alegra estar aquí —le aseguró Yura.
Era verdad. Después de varias visitas, los yokai se habían acostumbrado a su presencia y viceversa. Salvo algunos elementos irredentos, todos la trataban como a una más. De hecho, a veces se pasaban de informales, para desespero de la seria y formal onmyoji. Ella prefería bajar la guerdia sólo con sus familiares y amigos cercanos, no con el primer duendecillo borracho que pasaba a su lado.
—El próximo año en mi casa, ¿de acuerdo? —le propuso Yura.
—Claro —asintió Rikuo—. Aunque espero que tu hermano no vaya a hacerte la vida imposible por eso.
—No te preocupes, me las arreglaré —le aseguró Yura decidida—. Además, tampoco le caes excesivamente mal.
Ahora el asombrado fue Rikuo.
—¿Ah, no?
—Ryuji siempre ha preferido el trabajo duro al talento —le contó Yura confidencialmente—. Que hayas conseguido aprender a usar un shikigami tras días de esfuerzo, eso lo respeta. A mí, en cambio, no me respeta nada. Dice que tengo la vida demasiado fácil. ¡Agh! A veces es peor que un yokai.
Rikuo sonrió comprensivamente.
En ese momento, llegó corriendo Tsurara con un regalo entre las manos.
—¡Rikuo! ¡Keikain! ¡Ya estáis aquí! —les dio la bienvenida la Yuki-onna con alegría—. ¡Vamos, vamos, la fiesta no puede empezar sin el invitado de honor! ¡Abre primero mi regalo, Rikuo, por favor!
Una presencia oscura se sintió de inmediato a su lado. Hagoromo Gitsune hizo acto de presencia acompañada de los dos Kyokotsus, padre e hija.
—¡El hermanito mayor cumple trece años! ¡Ya es un adulto! ¡Viva! —exclamó la pequeña de ojos serpentinos.
—No atosigues al joven señor, Kyokotsu —la reprendió con calma su padre.
—Veo que hoy todos estamos más excitados de lo normal —observó Hagoromo Gitsune, pasando de dirigirle una mirada amable a su pequeña protegida para luego clavar sus ojos fríos en Tsurara—. Si va a haber peleas por el orden de apertura de los regalos, creo que lo más justo es que Rikuo empiece por los presentes de su familia, ¿no es así?
Tsurara tragó saliva ruidosamente. En su rescate acudió la siempre sonriente Wakana que, tomándose libertades que nadie más se atrevía a tomar, posó una mano en el hombro de su suegra.
—Vamos, vamos, Kuzunoha, hoy es un día de fiesta. Relájate, mujer. No hace falta tomárselo todo tan en serio. Estás asustando a la pobre Tsurara.
—¿Asustar a alguien? ¿Yo? —se hizo la inocente Hagoromo Gitsune—. No estaba asustando a nadie, ¿verdad?
—No... Yo... Esto... —balbuceó Tsurara atropelladamente—. ¿Cuál era la pregunta?
Se oyó una carcajada general.
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Mientras la fiesta de cumpleaños de Rikuo continuaba en la mansión, dos figuras se mantenían ocultas en la sombra, observando los acontecimientos desde un árbol cercano. Cómo habían logrado acercarse tanto al cuartel general de los yokai de Kioto sin ser detectados, era algo que sólo ellos sabían.
—Mírales, divirtiéndose en una fiesta banal mientras las ruedas del destino giran en su contra. No saben lo que les espera —dijo uno, con textos cosidos a lo largo de su ropa y elegantes pendientes en sus orejas.
—¿Y lo sabemos nosotros? —comentó su acompañante, con un abanico tapándole la boca—. Las buenas historias tienen giros inesperados.
—Siempre el narrador, Encho.
—Por supuesto, Yanagida.
La Oreja y la Boca del Clan de las Cien Historias siguieron observando la fiesta desde lejos, hasta que al final se cansaron y se retiraron.
—Un empujón más y caerán —vaticinó Yanagida—. Ahora que tenemos prácticamente asegurado el aliado que necesitábamos, podemos conseguir la victoria antes de que regrese nuestro señor Sanmoto Gorozaemon.
—No olvides quién consiguió esos apoyos —le recordó Encho, apuntándole con su abanico—. En este mundo la pluma vale más que la espada.
—Lo sé bien. Pronto el frío llegará y con él un ejército que Hagoromo Gitsune y sus yokai no podrán detener. Me encantará oír sus gritos de dolor —sonrió Yanagida—. Sólo unos meses más...
—Sí —asintió Encho con aprobación—. Se acerca el invierno...
Notas adicionales:
Siento muchísimo el retraso. Por poco no actualizo en noviembre. Es imperdonable, sobre todo porque este mes se cumple un año desde que empecé a publicar el fic. A ver si cuando pasen las dos semanas de exámenes que tengo ahora puedo actualizar con más frecuencia. Según mis cálculos, aún me falta otro año antes de acabar. Para los interesados, decir que habrá una boda al final de la serie. ¿De quién? Ah, eso me lo guardo todavía ;-)
Gracias a todos mis lectores y sobre todo a las personas que entrega tras entrega se han tomado la inmensa molestia de reseñar lo que no es sino un ejercicio de amateurismo de aficionado. La lista es larguísima: Suki90 (que siempre recordaré como la primera persona en comentar una de mis obras), Lonely Athena, Corazón de Piedra Verde, Asphios, tsurara 12012, Alexsis, Adv Satoshi, timcanpy93, ivanchoFAA, Yuuko Ichihara, Tsurara—Oikawa123 y más (perdonen los no mencionados, pero es que si no no voy a acabar de escribir esta noche ^_^;).
* El genpuku que menciona Hidemoto era una antigua ceremonia de mayoría de edad para nobles y miembros de la casta samurai. No había una edad determinada, pero se solía producir entre los 11 y los 17 años. Se llevaba a los niños a un templo, se les regalaba ropa de adultos, se les cambiaba el peinado y se les daba un nuevo nombre (acordaos del caso de Doji-Seimei). Para las niñas había una ceremonia similar entre los 12 y 14 años llamada mogi.
* En efecto, tal como expliqué en el capítulo "El ejército desgarrador", el cumpleaños de Rikuo es el 23 de septiembre. Mi plan inicial era publicar este capítulo en esa fecha, pero no ha podido ser. Así sabéis ahora que llevo un retraso de dos meses sobre mis planes iniciales.
Próximo capítulo: "Complot para un magnicidio". ¡Empieza la nueva saga!
