Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo acude a la casa de los Keikain para aprender onmyodo. A pesar de las dificultades, logra convocar su propio shikigami: Kyubi, el Zorro de Nueve Colas. Luego celebra su cumpleaños con su familia y sus amigos, sin percatarse de que conspiradores en la sombra traman la caída del Clan Abe.
Complot para un magnicidio
En un rincón apartado de la prefectura de Kioto, no muy lejos de la capital, había un cementerio al que nadie osaba acercarse. Era sombrío, húmedo, casi pantanoso. La insalubridad se respiraba en el aire. Por si fuera poco, contaban los lugareños que en aquel lugar los muertos escapaban de sus tumbas y las almas en pena recorrían la noche. Por supuesto, muchos creían que los rumores no eran más que cuentos de viejos, supersticiones inofensivas pensadas para asustar a los niños y entretener a los turistas.
Sin embargo, hasta los más escépticos se encogieron de miedo cuando una noche se oyeron horripilantes gritos procedentes del cementerio. Incluso cuando los alaridos pararon, nadie se atrevió a acercarse.
La calma que había regresado al cementerio no era una buena noticia para un hombre que corría entre las tumbas. Su piel era gris y putrefacta, y tenía la cabeza vendada. También tenía el cuerpo surcado con heridas, aunque éstas parecían sospechosamente recientes.
"¡Tengo que avisar a la señora Hagoromo Gitsune!", pensó el fugitivo, casi sin aliento. "Tengo que decirle que nos están atacando los...".
Su hilo de pensamientos quedó interrumpido cuando se interpusieron en su camino varias sombras informes. El hombre sujetó su bastón de batalla con fuerza, aunque sabía que no se encontraba precisamente en las mejores condiciones para luchar. Los intrusos habían atacado por sorpresa, con una brutalidad despiadada y efectiva. Eran muchos y estaban bien armados. Sus muertos vivientes no habían durado mucho ante el empuje arrollador de sus enemigos. Él había logrado escapar por la mínima, pero era evidente que su suerte se había terminado.
—Mira, mira, una mosca que intenta escapar... —dijo uno de los que le estorbaban el paso, un hombre vestido de traje y corbata con un elegante sombrero en la cabeza. Los cristales de sus gafas oscurecían el brillo malévolo de sus ojos.
Su aspecto de mafioso de película americana ya habría levantado muchas suspicacias, pero se volvió una figura realmente aterradora cuando los dedos de sus manos crecieron hasta convertirse en gigantescas cuchillas de carnicero. Aún así, el fugitivo no se arredró.
—¡No sabéis lo que estáis haciendo! —les espetó indignado—. ¡Estáis cometiendo el mayor error de vuestras vidas! ¡Yo soy...!
—Sí, sí, sabemos quién eres —intervino otro de los desconocidos—. Eres Kyokotsu, un poderoso ayakashi de mil años y el líder de la facción cadáver del Clan Abe de Kioto. Créeme, hemos hecho nuestros deberes antes de venir a matarte.
Kyokotsu observó con atención al intruso que así había hablado. Para su sorpresa, se encontró con un muchacho no mucho mayor que el señor Rikuo. Es más, vestía un uniforme escolar que, junto con su peinado a raya y sus ojos de aristócrata, le daba la apariencia de un niño rico de instituto privado. A pesar de eso, el resto de los intrusos le trató con extrema reverencia. Sin lugar a dudas, debía ser su líder o, como mínimo, uno de los lugartenientes principales del enemigo.
—Entonces sabrás que nadie hace daño al Clan Abe y vive para contarlo —masculló Kyokotsu.
—Eso sería antes. Ahora, en cambio, los Abe sólo viven de su gloria pasada. La guerra contra el Nurarihyon lo demostró —sonrió el desconocido—. Es hora de que dejen paso a un nuevo conquistador del mundo.
—¡Por encima de mi cadáver! —rugió Kyokotsu, abalanzándose sobre él. Sabía que no iba a salir con vida de aquella encerrona, pero si al menos podía llevarse por delante a uno de los cabecillas enemigos, su muerte no habría sido en vano.
El chico con ansias de conquistador mantuvo la calma. Simplemente musitó:
—Muchi.
Al instante, ráfagas de viento acerado levantaron por los aires a Kyokotsu, cortándolo por fuera y por dentro. En otras circunstancias, el líder de la facción cadáver podría haber aguantado el embate, pero estaba débil, herido y para más inri el viento que lo azotaba estaba impregnado de veneno.
Su cuerpo destrozado cayó al suelo con un golpe seco. Mientras agonizaba, sus últimos pensamientos fueron para su hija. Ahora agradecía más que nunca haberla enviado a la mansión para que sirviese como dama de compañía de la señora Hagoromo Gitsune. Su pequeño tesoro no iba a sufrir el mismo destino que él.
—Kyokotsu... —murmuró el jefe cadáver mientras las tinieblas de la muerte definitiva le envolvían.
El líder de los intrusos se estaba limpiando las manchas de sangre de la cara cuando otra persona más apareció en escena. El recién llegado aplaudió satisfecho tras ver el estado del cementerio.
—Excelente trabajo, milord. En una noche habéis causado más daños al Clan Abe que el Nurarihyon con toda su guerra.
—Ah, eres tú, Encho. Sinceramente, esperaba un desafío mayor —comentó el líder de los atacantes en tono aburrido—. Estos cadáveres andantes no eran más que morralla. A este paso, nos haremos con Kioto en menos de una semana.
—Paciencia, señor de los 88 Demonios —le pidió el narrador de las Cien Historias sin perder su sonrisa—. Es cierto que el Clan Abe está a punto de caramelo, pero aún hay que quitar de en medio a Hagoromo Gitsune. Subestimar su poder es un error. Además, no debemos olvidar a los onmyoji. Son humanos, pero peligrosos. Hay que neutralizarlos antes de seguir adelante.
De repente, un chico de pelo rubio y lengua colgante se encaró con Encho. Al igual que el proclamado señor de los 88 Demonios, estaba vestido con un uniforme escolar, incongruente en aquel siniestro cementerio.
—¡No nos digas lo que tenemos que hacer! —ladró el joven—. ¡Aquí el jefe es Tamazuki!
—Calma, amigo Inugami —intervino el líder con aire conciliador—. Encho y el Clan de las Cien Historias son nuestros aliados, y sus observaciones no carecen de fundamento. Sí, ya tengo planes para encargarme de los onmyoji. Pronto, Kioto pertenecerá a la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku. Y entonces...
—Entonces nuestros sueños se cumplirán —intervino Encho.
Tamazuki esbozó una sonrisa astuta.
—Sí. "Nuestros" sueños...
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Sábado, 22 de diciembre, víspera del Cumpleaños del Emperador. El invierno había llegado por fin a Kioto con una mañana clara y despejada. Aunque hacía un frío de mil demonios, eso no impedía que los alumnos de una particular escuela de la ciudad disfrutaran de un emocionante partido de fútbol.
Rikuo era uno de los jugadores, a pesar de que hacía años que no tocaba un balón. De pequeño había jugado mucho al fútbol y a otros deportes, pero lo había dejado tras darse cuenta de que su sangre yokai le proporcionaba una ventaja injusta sobre sus rivales. Incluso en su forma humana, era más rápido, tenía mejores reflejos y se cansaba menos. No le importaba participar en los partidillos entre clases, en los que no se jugaba nada realmente importante, pero tomar parte en una competición oficial le parecía hacer trampa.
Esta vez, sin embargo, había hecho una excepción.
Era el torneo de fútbol de las escuelas de secundaria y la suya se jugaba la clasificación. Por desgracia, el chico que ocupaba la posición de extremo izquierda había caído enfermo y no había nadie que le pudiera sustituir. Alguien había recordado entonces que Rikuo solía jugar en esa posición cuando era pequeño y le habían rogado que les hiciera el favor de ocupar su lugar, sólo por un partido. Rikuo, que no había perdido sus tendencias de buen samaritano, no había tenido valor para decirles que no.
Eso sí, el puesto implicaba unas complicaciones que no había previsto.
—¡Tú puedes, Rikuo! —exclamó Tsurara desde las gradas, agitando unos banderines de colores.
—Mira qué suerte tiene Abe —comentó uno de los compañeros de equipo de Rikuo—. Oikawa le hace de animadora.
—Sí, parece que con una amiga de la infancia no tenía bastante —se rió otro.
Su comentario no era gratuito, pues en las gradas, justo al lado de Tsurara, estaba también Yura. La onmyoji tenía un bol de comida entre las manos, listo para almorzar. Sin embargo, los continuos movimientos de su compañera de al lado no la permitían comer en paz. Al final, la tranquila Yura perdió la paciencia y obligó a la Yuki-onna a sentarse.
—Chicos, no es para tanto... —repuso Rikuo azorado. Sabía que sus compañeros de equipo no tenían mala intención, pero aún así no quería que nadie se llevase a malentendidos.
—Cierto, cierto —salió uno de los medios en su defensa—. ¿Cómo os dejáis impresionar por Oikawa o Keikain cuando la hermana de Rikuo está aquí? ¡Yo quiero una hermana así!
En efecto, a pocos pasos de las dos chicas se encontraba Hagoromo Gitsune en persona. Como siempre que se encontraba en el mundo humano, la abuela de Rikuo se hacía pasar por su hermana mayor. Su belleza etérea y misteriosa cautivaba a muchos de los presentes. No venía sola. Con ella estaban también su nuera Wakana y su protegida, la pequeña Kyokotsu. La niña había tenido que dejar en casa su calavera y su serpiente para pasar desapercibida entre los humanos. Salvo algún exabrupto fuera de lugar, estaba haciendo un buen trabajo y se entretenía animando a Rikuo igual que Tsurara.
Rikuo habría preferido no tener ningún público en absoluto. Que Tsurara y Yura estuvieran allí lo podía entender en parte, pues ambas eran compañeras de clase, pero que su madre y su abuela se presentaran también ya era demasiado.
—Vamos, Rikuo, no todos los días puedo ver a mi hijo en un partido, ¿verdad? —había dicho Wakana. Por una vez, Hagoromo Gitsune había estado de acuerdo con su nuera.
Al joven señor de los Abe no le había quedado más remedio que aguantarse, pero eso no significaba que iba a dejar que sus compañeros le distrajesen con menudencias.
—Chicos, tenemos un partido que ganar —les recordó Rikuo—. ¡Vamos!
Jugaron como ellos sabían, que no era mal, pero podía ser mejor. Al principio Rikuo intentó no destacar mucho, asistiendo a sus compañeros cuando lo necesitaban y marcando a los rivales. Sin embargo, pronto quedó claro que aquello no era suficiente para ganar. Cuando el equipo contrario marcó el segundo gol, Rikuo tomó una decisión. Con una velocidad prodigiosa, se desmarcó de los defensas enemigos y se aprestó a recibir un balón aéreo. Tras controlarlo con maestría, pegó un potente chut y la pelota acabó en la red de la portería rival.
—¡Sí! ¡Lo ha conseguido! ¡Bravo, Rikuo! —saltó Tsurara emocionada.
—Bien hecho —asintió Yura, más comedida que la Yuki-onna.
—No —intervino Hagoromo Gitsune, sorprendiendo a propios y a extraños al negar con la cabeza—. El gol no ha sido válido.
Tenía razón. La jugada había sucedido muy rápido, pero cuando el árbitro se recuperó, anuló el gol. La alegría del equipo local se esfumó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Tsurara sin entender.
—Fuera de juego —dijo Hagoromo Gitsune con aire de entendida—. Un error habitual en delanteros demasiado ansiosos. Rikuo tendrá que pensar con la cabeza fría si quiere ganar.
La explicación no terminó de convencer a la dama de las nieves, pero como en realidad no sabía casi nada de fútbol, se calló y siguió viendo el partido. Ella sólo quería que Rikuo ganase, nada más. Si por ella fuera, habría congelado a los rivales para que no estorbasen.
Tal como había previsto Hagoromo Gitsune, Rikuo enfrió sus ánimos y decidió jugar con cabeza. No era cuestión de acaparar el protagonismo, así que se concentró en hacer pases en profundidad, internarse en territorio rival y facilitar jugadas de gol. En más de una ocasión pareció que iba a tirar a puerta, pero en el último momento siempre daba un pase a sus compañeros para que fueran ellos quienes metieran un gol a los desprevenidos defensas. Así, el equipo local empezó a avanzar e igualar el marcador.
Por desgracia, un empate a dos les dejaba fuera de la clasificación. Con apenas un minuto para que terminase el partido, Rikuo dejó a un lado la discreción y tras pegar un salto prodigioso metió un gol de cabeza que garantizó la victoria de su equipo.
—¡Viva! ¡Eres nuestro héroe, Abe! —le felicitaron sus compañeros.
—No ha sido nada —repuso el chico humildemente—. Ha sido un trabajo de equipo.
De repente, unos pálidos brazos le estrecharon por detrás.
—No seas tan modesto, Rikuo —dijo Hagoromo Gitsune—. Estamos orgullosas de ti.
Wakana, que venía justo por detrás de su suegra, asintió con una sonrisa encantadora. Lo mismo hizo Tsurara a su lado.
—¡Sí! ¡Has estado fantástico! —se apuntó la Yuki-onna.
—Buen trabajo, Rikuo —asintió Yura, uniéndose al grupo.
—¡Viva el hermanito mayor! —saltó Kyokotsu muy animada.
Rikuo sonrió. Quizás no estaba tan mal eso de jugar al fútbol de vez en cuando.
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Volvieron a casa. Podían haber cogido uno de los muchos coches que tenía el clan, pero el aire fresco del mediodía invernal no era desagradable. Yura se había separado de ellos a medio camino, rumbo a la casa ancestral de los Keikain, así que en el grupo estaban Wakana, Hagoromo Gitsune, Kyokotsu, Tsurara y el propio Rikuo. De vuelta a la mansión Abe, charlaron animadamente sobre el partido. Sobre todo Tsurara y Kyokotsu, que parecían las menos familiarizadas con el mundo del fútbol y querían que Rikuo les explicase todo. Lo que no terminaban de entender era por qué a los infractores se les castigaba con simples tarjetas de colores en lugar de aplicarles el "ojo por ojo, diente por diente".
—El que te ha dado esa patada se merecía que le sacasen los ojos —comentó Kyokotsu muy seria.
—Eso es pasarse —señaló Rikuo, tratando de hacerla entrar en razón.
—¿Por qué? —se extrañó la niña—. El hermanito mayor es el heredero del clan. No se puede permitir que un cualquiera le haga daño.
Hagoromo Gitsune sonrió y le revolvió el pelo con cariño a Kyokotsu.
—Eres una chica muy lista —alabó la kitsune.
—No le des malas ideas, abuela —se quejó el joven señor, para luego volverse hacia Kyokotsu—. Las cosas no funcionan así. Ese chico no sabe que soy el heredero de un grupo yokai y, aunque lo supiera, el fútbol tiene sus reglas. No puedes tomarte la venganza por tu mano.
—Pero la patada te ha dolido... —observó la pequeña, sin acabar de comprender—. Además, la hermana mayor ha dicho que esa tarjeta de color amarillo no era suficiente, que tenía que haber sido expulsado.
Rikuo tomó aire. Kyokotsu a menudo hacía preguntas muy difíciles.
—Sí, quizás el castigo no ha sido justo del todo —reconoció Rikuo a su pesar. Era verdad, aún le dolía la patada, que había ido a matar—. Pero son las reglas. Además, hay que saber perdonar.
Kyokotsu no quedó convencida del todo, pero no hizo más preguntas. Siguieron caminando.
Rikuo empezó a sentir que algo iba mal cuando a las puertas de la mansión se encontraron el doble de guardias de lo habitual, todos visiblemente agitados. Intercambió una mirada de preocupación con su abuela. La kitsune frunció el ceño. No le gustaban las malas sorpresas.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —exigió saber Hagoromo Gitsune.
Los guardias parecían tener miedo de responder. Afortunadamente, Shokera apareció para hacerse cargo de la situación. El yokai cristiano, inconfundible en su traje de sacerdote, hizo una reverencia ante su señora.
—Bienvenida a casa, madre de la Oscuridad —dijo Shokera—. Vos también, joven señor. Disculpad mi falta de alegría, pero hoy es un día aciago para el clan.
—¿Malas noticias? —preguntó Hagoromo Gitsune.
—Las peores. Han asesinado al líder de la facción cadáver.
Al lado de Rikuo, Kyokotsu se tensó de repente. No, no podía ser cierto. Habían dicho que el líder de la facción cadáver había sido asesinado, pero el líder era su padre, así que eso significaba... eso significaba...
—¿Qué ha ocurrido? —quiso saber Hagoromo Gitsune.
—Por favor, acompañadme al interior. Acaban de traer el cuerpo e íbamos a enviar ahora mismo mensajeros a buscaros, mi señora. Es mejor que lo veáis por vuestros propios ojos —respondió Shokera con tacto.
En uno de los salones de la casa esperaba una comitiva del cementerio. Rikuo nunca había visto que los miembros de la facción cadáver, con excepción de la pequeña Kyokotsu (la pequeña debía haber salido a su madre), fueran especialmente emotivos o sensibles. Desventajas de ser un muerto viviente. Sin embargo, en aquella ocasión estaban claramente apenados. No eran los únicos. Por la ventana, Gashadokuro, el esqueleto gigante, se lamentaba ruidosamente, al igual que muchos otros yokai menores. Incluso el irascible Ibaraki-Doji parecía más apesadumbrado de lo habitual. Todos formaban un corro en torno a un féretro tendido en el suelo.
Hagoromo Gitsune fue la primera en acercarse. Nadie dijo ni una palabra mientras la kitsune observaba con ojo crítico los restos de su antiguo lugarteniente. Rikuo la siguió inmediatamente después. Era el heredero del clan y tenía que dar ejemplo, por muy malo que fuera el trago. Temiendo lo que iba a encontrarse, Rikuo asomó la cabeza.
"Ugh, es peor de lo que pensaba", se dijo para sí Rikuo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la bilis que subía a su garganta.
Era difícil matar a un cadáver andante como Kyokotsu. Lo que se soltaba se podía remendar fácilmente si alguien tenía los conocimientos adecuados. Por eso los asesinos, quien quiera que fuesen, se habían empleado a fondo en destrozar el cuerpo. No era una vista agradable. Su madre, que le había dado apoyo moral poniéndose a su lado, tuvo que ausentarse, tal fue la náusea que sintió ante aquel macabro espectáculo.
—Esto... Esto es horrible —murmuró Tsurara espantada.
La única que no dijo nada fue Kyokotsu. La pequeña, nada más ver el cadáver mutilado de su padre, se mordió el labio y salió corriendo de la habitación. Shokera hizo amago de ir a por ella, pero Hagoromo Gitsune lo detuvo.
—No —dijo la señora de los yokai de Kioto en tono imperioso—. Déjame esto a mí.
Hagoromo Gitsune salió tras los pasos de Kyokotsu. Al principio Rikuo dudó entre seguirla o no, pero entonces Tsurara le dio un pequeño empujón por detrás.
—Tú también, Rikuo —le susurró la Yuki-onna—. Te necesita.
Captando el mensaje, el muchacho salió de la habitación.
Sus pasos le condujeron hasta un rincón del jardín adonde Kyokotsu había huido, lejos de los demás seres de la casa. Hagoromo Gitsune había llegado ya hasta ella y trataba de consolarla. Aunque estaba al borde del llanto, la pequeña hacía grandes esfuerzos para no llorar.
—Lo siento mucho, Kyokotsu —dijo la señora de Kioto—. Esto no tenía que haber pasado.
—N-no... Y-yo lo siento, lo siento m-mucho, m-mi señora —balbuceó la niña entre sollozos, tratando de aparentar una firmeza que no tenía—. Ahora... Ahora soy la líder de la fac.. de la facción, ¿verdad? M-mi padre dice... decía... Mi padre decía que un líder debe ser fuerte. Yo... yo seré fuerte, señora Hagoromo Gitsune, lo prometo, lo prometo... Un líder no puede llorar, ¿verdad? N-nadie quiere ver a un líder que ll-llora... Pero yo... pero yo...
Ver a Kyokotsu sufrir tanto le dolía en el alma a Rikuo. Él mejor que nadie sabía lo que era perder a un padre. No era una situación nueva para Kyokotsu, que ya había perdido a su madre en el pasado, pero al menos entonces había sido demasiado pequeña para recordar nada. Ahora el destino no había sido tan clemente con ella. Rikuo quería ayudarla, pero no sabía cómo. No encontraba las palabras. Afortunadamente, su abuela estaba allí.
Hagoromo Gitsune se agachó y rodeó a la temblorosa Kyokotsu entre sus brazos. Al momento, sus nueve colas blancas de zorro las envolvieron a las dos, ocultando a la niña de miradas indiscretas.
—Ahora no te puede ver nadie, Kyokotsu —le susurró la kitsune en el oído—. Puedes llorar.
Y Kyokotsu lloró.
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Yura se aburría. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ningún entrenamiento que hacer. En teoría debería haber estado practicando con Rikuo las técnicas de fusión humano-shikigami, pero su amigo la había llamado el día anterior para decirle que ese domingo no iría a la casa ancestral de los Keikain. Al parecer, un enemigo desconocido había atacado y asesinado a uno de los lugartenientes de Hagoromo Gitsune, así que el Clan Abe estaba en alerta roja.
No eran buenas noticias. Como los demás, Yura recordaba perfectamente la amenaza de Sanmoto Gorozaemon. Quizás el malvado Rey Demonio había empezado a moverse contra Kioto una vez más. La guerra contra los Nura había sido terrible. Yura no quería librar una nueva, si podía evitarlo.
Por eso, cuando la convocaron al Salón de Consejos, Yura tuvo un mal presentimiento.
La sensación negativa se agravó cuando entró en la amplia sala. Había velas encendidas y el aire olía a especias. Además del patriarca Hidemoto 27º, estaban allí la práctica totalidad de los jefes de las ramas secundarias de las familias, así como algunos de sus herederos, como Akifusa de los Yaso, Pato de los Aika y Masatsugu de los Fukuju. Tampoco faltaban Ryuji ni Mamiru, aunque no parecían haber sido invitados a la reunión sino que se habían presentado por cuenta propia. Todos, desde el más joven hasta el más anciano, tenían caras de funeral.
—Ya estoy aquí —se presentó Yura de rodillas, muy formal—. ¿Qué está pasando?
Por toda respuesta, los miembros de la familia se hicieron a un lado. Entonces Yura comprendió que las velas encendidas no eran una nota de color más en la sala, sino que formaban parte de un velatorio. Delante de los altares dorados de la Sala de Consejos había dos ataúdes abiertos.
—Shuji... Koreto... —Yura se quedó paralizada al reconocer los cuerpos.
A pesar de su juventud, Shuji y Koreto se habían convertido en hábiles onmyoji, y Yura les había admirado por ello. Solían ir de misión muy a menudo a las esquinas más inaccesibles de Japón, siempre encargándose de escurridizos yokai que ponían en peligro a los humanos. Era un trabajo peligroso, pero alguien tenía que hacerlo. Perderlos a los dos a la vez... Era un duro golpe para ella.
Conteniendo su estupor, Yura se obligó a examinar a sus caídos parientes. Tanto Shuji como Koreto tenían profundas cuchilladas en su piel y su ropa, y les habían sacado los ojos. Estaba claro que su atacante había sido el mismo en los dos casos.
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó Yura en voz alta.
—Yokai —explicó Akifusa—. Por las heridas, parece obra de un kamaitachi o de un muchi. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que sus muertes no se produjeron cuando estaban de misión por las provincias, sino que han sido aquí, en Kioto. Eso sólo puede significar una cosa...
—¡Sí! ¡Esta claro que esto ha sido obra de esa maldita Hagoromo Gitsune! —intervino de pronto el padre de Masatsugu, el jefe de la rama Fukuju.
Para horror de Yura, muchos otros jerarcas de la familia se mostraron de acuerdo con él.
—¡No, esperad! —exclamó la joven onmyoji—. ¡No son los yokai de Kioto! ¡Hablé ayer con Rikuo! ¡Uno de los lugartenientes de Hagoromo Gitsune ha sido asesinado también! ¡Esto es un ataque contra Kioto, no sólo contra nosotros!
Por desgracia, sus palabras no convencieron a sus parientes. Los cabezas de familia menearon la cabeza o sonrieron con suficiencia al oír aquello.
—Por favor, Yura, la heredera de la familia no debería ser tan ingenua —la reprendió Keikain Haigo, jefe de la rama Idoro y apodado "el vicedirector" por su afición al estudio—. ¿Qué es lo que decimos siempre a los iniciados? "Nunca te creas las mentiras de un tanuki o de un kitsune". Hasta los niños saben eso.
Frustrada, Yura se volvió hacia su abuelo, esperando que interviniese. Sin embargo, Hidemoto 27º parecía encontrarse muy lejos de allí, reflexionando sobre la situación con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Fue Ryuji el que acudió en su ayuda.
—Sí, todos estamos de acuerdo en que mi hermanita es una ingenua que aún cree en Santa Claus y en la bondad humana —se rió con sorna el onmyoji de cabello negro—. Pero los cínicos que se creen listos no son mejores. Estas cosas hay que pensarlas con frialdad. ¿Qué ganaría la vieja viuda negra atacándonos ahora? Nada. ¿Qué perdería? Mucho. Los asesinatos de Shuji y Koreto me parecen un burdo intento de provocar una guerra en Kioto. "Divide y vencerás". Hasta los niños saben eso.
Haigo acusó la indirecta de Ryuji haciéndose el ofendido, pero el resto de los cabezas de familia empezó a pensar seriamente en lo que había dicho.
—¿De verdad crees que esto puede ser obra de una tercera fuerza? —le preguntó Hidemoto a su nieto, abriendo los ojos.
—Es posible —contestó ambiguamente Ryuji—. No sería la primera vez, ¿verdad? Todos conocemos al menos a un bastardo manipulador al que le gustan ese tipo de cosas.
—Si Sanmoto Gorozaemon ha regresado, tenemos un grave problema entre manos —comentó Akifusa muy serio.
Todos los presentes asintieron. Los sucesos del verano aún estaban frescos en su memoria.
—Hay que estar atentos —dijo Hidemoto 27º—. A partir de ahora, que se redoblen las guardias en todas las casas y templos bajo nuestra protección, que los iniciados no salgan de noche y que ningún onmyoji viaje sin la compañía de al menos otro compañero. Si esos asesinos pretenden abatirnos como patos de feria, pronto descubrirán que los Keikain no somos una presa fácil.
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Era el día de Nochebuena, pero Japón no paraba. Las vacaciones de Navidad eran un invento de los países cristianos de Occidente, no una fiesta japonesa, aunque eran una buena excusa para que los grandes almacenes hiciesen su agosto. En Japón los únicos días de fiesta en aquellas fechas eran el Día del Cumpleaños del Emperador (23 de diciembre) y el Día de Año Nuevo (1 de enero). Nada más. Sin embargo, ese día en concreto muchos estudiantes de Kioto se iban a librar de la escuela gracias a una excursión cultural sin precedentes.
La Mona Lisa de Leonardo da Vinci iba a visitar Japón por segunda vez en su historia. La primera vez había tenido lugar en 1974, en el Museo Nacional de Tokio. La exposición atrajo a un millón y medio de visitantes, un número jamás visto antes ni después en Japón. En este segundo viaje de la Mona Lisa, el lugar elegido había sido el Museo Municipal de Arte de Kioto. Aunque los organizadores no soñaban con batir el récord de Tokio, esperaban una gran afluencia de gente. El museo estaba preparado para ello. Fundado en 1933, era el segundo museo más grande del país y su elegante estilo occidental, una rareza en el paisaje arquitectónico de Kioto, se prestaba como marco ideal para la obra renacentista de Leonardo da Vinci. Para despertar la pasión por el arte en los jóvenes, se había reservado el día 24 para que los institutos de la ciudad llevasen a sus estudiantes a ver el museo.
Para los chicos y chicas de Kioto, era una oportunidad inigualable, un auténtico regalo de Navidad del que podrían presumir durante años. Aunque no todos estaban contentos.
—Vaya asco. No sé por qué estamos perdiendo el tiempo por una birria de cuadro —rezongó Ryuji.
Estaba en el vestíbulo del museo, esperando su turno para ver la Mona Lisa con el resto de compañeros de su clase. Su instituto había sido uno de los agraciados con la oportunidad de asistir a la exposición. Gratis. Sus compañeros estaban emocionados, pero él no. Su mente estaba ocupada únicamente con las muertes de Shuji y Koreto. Ryuji conocía la habilidad de sus dos primos y sabía que no eran unos pusilánimes. Quien quiera que les hubiese asesinado tenía que ser un yokai muy peligroso.
Tampoco podía descartar que fuera obra de los yokai de Kioto. Ante los cabezas de familia se había mostrado muy seguro de sus palabras, pero tampoco habría sido la primera vez que disputas internas en el Clan Abe habían salpicado a los Keikain, como el asunto de los hanamachi. En cualquier caso, no merecía la pena enfrentarse a Hagoromo Gitsune por ello. O al menos no por el momento. Llegado el caso, los Keikain tenían un as bajo la manga.
En esas estaba pensando cuando una chica con coleta, animosa y eternamente positiva se acercó a él. Era Asumi, una de sus compañeras de clase.
—Keikain-kun, ¿no estás contento? ¡Vamos a ver la Mona Lisa!
Para su frustración, Ryuji pasó olímpicamente de ella, confiando en que la otra hiciese lo mismo. A fin de cuentas, se había labrado una fama de huraño y arisco en el instituto que mantenía convenientemente alejados a los pesados y entrometidos. Sin embargo, aquella chica no era de las que se rendían fácilmente.
—¡Eh! ¡Que te estoy hablando! ¿No sabes que ignorar a la gente es de mala educación?
—¡Asumi! —le llamó la atención una de sus amigas—. Déjale en paz, no merece la pena. Keikain nunca habla con nadie.
—¡Pero si sólo quiero saber por qué parece tan enfadado! —insistió Asumi, volviéndose hacia su compañera—. Quiero decir, probablemente sea la única oportunidad que tendremos de ver la Mona Lisa en Japón. ¿No os parece una pasada?
Para sorpresa de todos, en ese momento Ryuji habló:
—¿Una pasada? Por favor, ¿sabéis qué tamaño tiene ese cuadro birrioso? Es pequeñísimo, y con todas las medidas de seguridad no vais a distinguir casi nada. Si de verdad queréis ver la Mona Lisa, haríais mejor comprándoos un póster. Podríamos estar viendo el resto de obras del museo, pero nooo, aquí estamos, haciendo cola como borregos para ver un espectáculo de marketing. Genial.
—¿Un espectáculo de marketing? —repitió Asumi con interés—. ¿Por qué dices eso? Es arte, ¿no? Nos han traído aquí para...
—Nos han traído aquí para quedar bien en las noticias —terminó Ryuji por ella—. Oh, qué bien está eso de que los estudiantes conozcan el arte, pero si os fijáis bien, casi todos los institutos que han sido invitado son de alta categoría. Seguro que sus papaítos podrían pagarles la entrada sin problemas. Sólo un puñado de institutos pobretones como el nuestro han sido invitados también, probablemente para que no se note tanto que esto es una fiesta para ricos.
—¿Pero de qué vas? —se enfadó con él uno de sus compañeros.
Sin embargo, el resto de la clase se mantuvo en un silencio incómodo. Sí, la verdad era que, si se ponían a mirar bien, casi todos los demás estudiantes que les rodeaban pertenecían a instituciones de élite.
Por ejemplo, haciendo cola a su lado había un grupo proveniente de un famoso instituto para familias ricas de Kioto. Era un instituto sólo para chicas y eran inconfundibles con su elegante uniforme negro. Algunos chicos de la clase de Ryuji se habían acercado al grupo para tantear el terreno, pero las refinadas alumnas les habían hecho el mismo caso que si fuesen papeleras andantes. Para más inri, cuando llegaron más de ellas, les empujaron para hacer sitio sin miramientos.
—¡Eh! ¡Sólo porque seáis ricas no podéis hacer eso! —protestó Ayumi—. ¡Nosotros estábamos aquí antes!
Las otras la ignoraron completamente. Estaban pendientes de una pequeña comitiva que llegaba hasta ellas desde la entrada principal del museo.
Ayumi se estaba enfadando cada vez más. Ryuji iba a decirle que era inútil, que era mejor hacer caso omiso y aguantarse antes que provocar un altercado, cuando sintió un rastro de energía espiritual. Era una energía espiritual contenida, pero aún así su aura era inconfundible.
"No me j*****", pensó Ryuji.
—¡Kuzunoha-sama! —chillaron a una las chicas de negro, dando la bienvenida a nada más y nada menos que Hagoromo Gitsune en persona.
La señora de los yokai de Kioto estaba representando su papel de niña buena en el instituto. Aunque en realidad no tenía por qué hacerse pasar por humana, en el fondo le divertía y le permitía llamar menos la atención. O al menos llamar una atención distinta, porque lo cierto era que desde un principio había encandilado a sus compañeras de clase y a sus profesores con su aire distinguido, su belleza monocromática, su madurez y su saber estar.
La kitsune saludó con efusividad a sus compañeras de clase, mientras Ryuji se pegaba a la pared, tratando de mimetizarse con el muro del museo.
"Que no se fije en mí, que no se fije en mí...", deseó Ryuji con todas sus fuerzas.
Como si le hubiese leído la mente, Hagoromo Gitsune dijo entonces, lo suficientemente alto para que todos la oyeran:
—¡Ahí va! Pero si es Ryuji. ¿Qué haces aquí?
"Mierda", pensó el joven onmyoji.
Sin preocuparse de las miradas de sorpresa de los que les rodeaban, Hagoromo Gitsune se dirigió derechita hacia Ryuji, seguida por su cohorte de admiradoras. Mientras tanto, Ayumi y el resto de compañeros de clase de Ryuji se quedaron de piedra. ¿Cómo es que aquel huraño antisocial conocía a una chica como aquella?
Al ver que no había manera de escapar de aquella situación, Ryuji hizo de tripas corazón y se encaró con Hagoromo Gitsune.
—Vaya, vaya, pero si es la vieja viuda negra. ¿Vienes a jugar con las pinturas o qué?
Al momento, una de las chicas que acompañaban a la kitsune se plantó delante de él, furibunda como un león hambriento.
—¡Cómo se atreve a llamar así a la señorita Kuzunoha! ¿Quién se ha creído que es?
—Eso debería preguntarlo yo —replicó Ryuji sin arredrarse—. ¿Quién demonios eres tú?
—¡Soy la Presidenta del Club de Fans de la señorita Kuzunoha! —proclamó su interlocutora con orgullo—. ¡Y no permitiré que un macarra cualquiera mancille su nombre!
"Genial. Ahora tiene fans", pensó Ryuji, a punto de poner los ojos en blanco.
Para añadir más leña al fuego, en ese momento Ayumi decidió intervenir, pero no para defender a Ryuji, sino para interrogarlo con ojos acusadores.
—¿De qué conoces a esa chica, Keikain-kun? ¿Y por qué te llama por tu nombre? ¿Desde cuándo tienes tantas confianzas con ella? —exigió saber Ayumi.
—¡Eso, eso! —se apuntó la Presidenta del Club de Fans.
Ryuji intentaba encontrar una solución al problema en el que se había metido, cuando Hagoromo Gitsune acudió en su ayuda. La dama de negro apoyó una mano en el hombro de su fan irredenta y trató de apaciguar sus ánimos exaltados.
—No hace falta ponerse así, presidenta —dijo Hagoromo Gitsune con voz suave—. Ryuji y yo nos conocemos desde hace mucho. Es más, su hermana y mi hermano pequeño son amigos de la infancia. Sin embargo, he de confesar que la relación entre nuestras dos familias no es exactamente la mejor. Así que, por favor, perdona su falta de educación. Son los prejuicios de su familia los que hablan por él.
—Eh, pues a mí Keikain me ha parecido siempre un... ¡Au! —exclamó uno de los compañeros de clase de Ryuji al recibir un codazo de parte de Ayumi para que se callase.
La explicación de la kitsune pareció satisfacer a la presidenta de su club de fans. En cuanto a Ryuji, conociendo como conocía el retorcido sentido de humor de los zorros, decidió cortar por lo sano y hablar con Hagoromo Gitsune en privado.
—Venga —dijo el onmyoji, cogiéndola del brazo sin miramientos—. Tengo que decirte unas palabritas...
Algunas chicas chillaron de emoción y Ryuji no se quiso ni imaginar las habladurías que correrían por el instituto al día siguiente. En cuanto a Ayumi y a la Presidenta del Club de Fans de la Señorita Kuzunoha, al principio estuvieron muy tentadas de seguir a la dispar pareja, pero una mirada de Hagoromo Gitsune las disuadió al momento. La kitsune les había sonreído con una de esas sonrisas que provocan un miedo atroz, así que las dos chicas se quedaron quietecitas y empezaron a intercambiar confidencias sobre sus dos compañeros de clase.
Mientras tanto, Ryuji consiguió encontrar un rincón lo suficientemente apartado de oídos indiscretos. Apoyó a Hagoromo Gitsune contra la pared y miró de un lado a otro, vigilando que no viniese nadie en su dirección.
—Qué atrevido, señor onmyoji. Hoy nos hemos levantado confiados, ¿no es así? —sonrió Hagoromo Gitsune con malicia.
—No me des la lata, vieja viuda negra. Bastantes problemas me has causado ya —le espetó su interlocutor de malos modos.
Hagoromo Gitsune se hizo la ofendida.
—¿"Vieja viuda negra"? Esa no es forma de tratar a una chica.
—Corta el rollo, kitsune —gruñó Ryuji malhumorado—. Los dos sabemos que eres más vieja que la ciudad de Tokio y que has sobrevivido a una larga lista de maridos.
—Me ofendes, onmyoji —respondió Hagoromo Gitsune en tono juguetón—. Un caballero nunca comenta la edad de una dama. Además, mi único y verdadero amor fue Yasuna. Los demás no fueron más que complementos necesarios para mantener mis tapaderas humanas.
—Cómo si me importase —se encogió de hombros Ryuji—. Pero en serio, ¿a qué has venido? Ya sé que te gusta hacerte pasar por humana de vez en cuando, ¿pero no tienes cosas más importantes que hacer? He oído que uno de los tuyos la ha diñado de manera sospechosa...
Súbitamente, el rostro de Hagoromo Gitsune se ensombreció y Ryuji dio un paso atrás instintivamente. Ahora no estaba tratando con una kitsune bromista, sino con la Señora del Pandemónium.
—Lo mismo podría preguntarte yo a ti, onmyoji —contraatacó Hagoromo Gitsune—. Yo también he oído cosas. Dos exorcistas muertos en extrañas circunstancias. Incluso para los humanos, las muertes prematuras no son nada divertidas, ¿verdad?
—Yura debería haberse estado calladita y no compartir noticias con el enemigo —masculló Ryuji.
—Una buena chica. Qué desgracia que una muchacha tan educada y talentosa tenga a un bárbaro como hermano —replicó la kitsune.
Los dos se miraron a los ojos, frente a frente, sin pestañear. Muy a su pesar, Ryuji tuvo que apartar la mirada al cabo de unos incómodos instantes en silencio. Aquellos ojos oscuros eran demasiado incluso para él.
—Entonces es verdad, ¿no es cierto? Alguien ha atacado a los yokai de Kioto —comentó el onmyoji, tratando de retomar el hilo de la conversación.
—Alguien que también ha atacado a los onmyoji —observó Hagoromo Gitsune pensativamente—. Es un plan demasiado vulgar si su única intención era provocar una pelea entre nosotros. Pero puede que haya algo más. No me extrañaría que la mano de ese bastardo Sanmoto Gorozaemon esté detrás de esto.
—Sí —asintió Ryuji lentamente—. Eso he pensado yo también. Tal vez el responsable de estos asesinatos quiera enviarnos un mensaje: que tanto onmyoji como yokai somos sus objetivos y que tiene la fuerza suficiente para hacernos daño. Me temo que esto haya sido sólo su primer golpe.
Hagoromo Gitsune no dijo nada, pero asintió a las palabras del onmyoji. Ryuji estuvo a punto de añadir algo más, pero al final suspiró y se echó contra la pared, justo al lado de la kitsune.
—Si sigo pensando en las distintas posibilidades, creo que me va a estallar la cabeza —se quejó el chico—. Pensé que pasar la mañana en el instituto me ayudaría a desconectar, pero has tenido que venir para fastidiarme el día.
—Lo mismo iba a decir yo —contestó Hagoromo Gitsune con zorrería—. Mezclarme con los humanos siempre resulta entretenido.
—Sí, ya veo que tienes tu propia corte con primera ministra y todo —se burló Ryuji.
—¿Lo dices por la presidenta? Oh, no, es simplemente que esa chica me tiene un gran aprecio. La conocí un día en una librería. Tenía un gusto exquisito en libros, aunque era más pobre que las ratas. Su padre la había abandonado, su madre era una borracha y no tenía amigos porque decía que veía fantasmas y cosas así. Un poder espiritual leve, pero poder espiritual al fin y al cabo. Quizás por eso me encapriché con ella. Moví ciertos hilos y conseguí que fuera admitida como interna en mi instituto.
—Una buena forma de conseguir a una fanática devota —comentó Ryuji con astucia—. ¿Y qué harás con ella cuando te aburras? ¿Te comerás su hígado?
—No, pero si demuestra el suficiente sentido común y que es capaz de guardar un secreto, tal vez le dé trabajo en la mansión. Las buenas criadas son difíciles de encontrar.
—Ya veo.
Se quedaron en silencio un rato más, hasta que un murmullo de voces que se acercaba les avisó de que un grupo de estudiantes se dirigía hacia allí, probablemente después de ver la dichosa Mona Lisa. Era hora de regresar con sus respectivas clases.
Antes de volver, sin embargo, Hagoromo Gitsune dijo:
—Le prometí a una persona que es muy querida para mí que tendría en sus manos la vida del culpable de la muerte de su padre. Nunca rompo una promesa. Me encargaré personalmente de que esos gusanos que se han atrevido a atacarnos sufran horriblemente antes de morir.
—A la cola —dijo Ryuji—. No eres la única que quiere un pedazo de esos asesinos.
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Precisamente en otro lugar del museo, al lado de los cadáveres de un par de guardias de seguridad que habían tenido la desgracia de husmear donde no debían, uno de los responsables de las muertes de las que hablaban Ryuji y Hagoromo Gitsune se estaba poniendo impaciente. Era Muchi, el yokai con manos como cuchillas. Igual que en su asalto al territorio de Kyokotsu, vestía traje y corbata al más puro estilo mafioso. Lo mismo hacían sus subordinados, expertos como él en el arte de asesinar con el viento.
Pero no eran los otros muchis los que estaban colmando la paciencia del asesino de Shikoku, sino su extraño aliado. Era un hombre, o al menos parecía un hombre, de tez oscura y ojos pálidos eternamente aburridos, como si no encontrara ninguna diversión digna de su tiempo. A diferencia de sus acompañantes, vestía ropas antiguas anteriores a la Era Meiji. En sus manos sostenía varios pinceles. Aquello, unido a las manchas de pintura en sus manos y en su ropa, le señalaba como pintor de profesión.
—¿Aún no has terminado, Kyosai? —le preguntó Muchi—. El tiempo apremia.
—Paciencia, amigo mío —respondió el tal Kyosai—. El arte no se puede forzar. Si no hay auténtica inspiración, no sirve de nada.
—No creo que el señor Tamazuki esté contento si dejamos que nuestra presa se nos escape de entre las manos.
Kyosai sonrió, como si estuviera oyendo un chiste privado.
—Tu jefe debería saber que no es lo mismo matar a un mero lugarteniente y a un par de onmyojis que a la Señora del Pandemónium en persona. El Nurarihyon necesitó un ejército para llegar hasta ella, así que tendremos que crear el nuestro propio.
La atención de Kyosai se dirigió entonces al grupo de chicas que tenían atadas de pies y manos junto a ellos. Habían aprovechado el tumulto de la exposición para irlas secuestrando una a una. Probablemente notarían su ausencia en menos de una hora, pero para entonces Kyosai ya habría terminado su obra. En realidad le valía usar a cualquier humano incauto, pero el pintor demoníaco tenía una debilidad especial por las muchachas jóvenes y bellas. Decía que le ayudaban a inspirarse mejor.
Con delicadeza, pero con firmeza, Kyosai agarró a una de sus víctimas. La pobre chica lloraba y gimoteaba aterrorizada. Sin más preámbulos, Kyosai le rasgó la ropa por detrás.
—Ma... Mamá, sálvame... —sollozó la infortunada víctima.
—Sssh, no hay por qué llorar —le susurró Kyosai—. Tienes una espalda muy hermosa. Sí, es justo lo que necesito.
El pintor cogió su pincel y empezó a trazar un dibujo sobre la espalda de la chica. La muchacha no sabía qué clase de tinta estaba utilizando aquel depravado. Le quemaba la piel. Pero lo peor estaba por llegar. Cuando su secuestrador terminó de pintar, la quemazón que sentía se extendió al resto de su cuerpo. Su mente se fracturó por el dolor y fue sustituida por un hambre inhumana. Su cuerpo se desfiguró y, donde antes había habido una chica sollozante, apareció una horrenda bestia infernal.
El resto de las chicas secuestradas se quedaron mudas de espanto. Ahora sabían cuál iba a ser su destino.
—Magnífico —dijo Kyosai satisfecho—. Es una lástima que tengamos que destrozar este museo. Quizás debería llevarme esa Mona Lisa a casa...
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El primer signo de que algo iba mal llegó con los chillidos de terror de los estudiantes. Desde distintas esquinas del museo bestias horripilantes surgieron como por ensalmo, cayendo sobre los indefensos humanos mientras arrasaban todo a su paso. Para empeorar las cosas, el grupo de asesinos de Muchi se puso en marcha, lanzando a sus víctimas por los aires y acribillándolas sin compasión con cuchillas de viento afilado.
—Adelante —ordenó Muchi con calma, saboreando el momento—. No dejéis a nadie con vida.
En cuanto a Kyosai, decidió quedarse al margen. Lo suyo era el arte de la pintura, no el arte de la guerra.
Se desató un caos tremendo. Ni jóvenes ni adultos sabían qué hacer. Huían o se tiraban al suelo aterrados. Bueno, todos no. Dos figuras se quedaron de pie, sin mostrar el más mínimo signo de miedo.
—Genial. Y yo que pensaba que este día no se podía poner peor —rezongó Ryuji al lado de Hagoromo Gitsune.
Los monstruos creados por Kyosai se percataron de su presencia y, como si fuesen tiburones que hubiesen olido un rastro de sangre, se abalanzaron sobre ellos.
—¿Vienen a por ti o a por mí? —le preguntó Ryuji a Hagoromo Gitsune, haciendo caso omiso a la avalancha que se les venía encima.
—A por mí, por supuesto —contestó la kitsune—. Dudo mucho que se tomen tantas molestias por un onmyoji de segunda.
Tenía razón. Muchi, sus asesinos y las bestias de Kyosai se concentraron en aquella sala del museo. El resto de estudiantes y profesores había logrado huir a otra área, aunque pronto descubrirían que las puertas de emergencia estaban cerradas a cal y canto. Eso le daba vía libre a Hagoromo Gitsune para desatar su poder contra aquellos advenedizos. Sin embargo, cuando estaba a punto de lanzar sus nueve colas de zorro sobre los monstruos que cargaban contra ellos, Ryuji se puso en medio.
—¿Se puede saber que haces, onmyoji? —le preguntó Hagoromo Gitsune enfadada.
—¿No te has fijado? La mayoría de esos monstruos no son yokai de verdad, sino personas poseídas.
—¿Y qué?
—Con enemigo común o sin él, no pienso dejar que mates a humanos inocentes —dijo Ryuji muy serio.
Hagoromo Gitsune suspiró.
—Tienes el don de la inoportunidad, onmyoji. En fin, si tanto te interesan sus vidas, encárgate tú.
—No me des órdenes, kitsune —replicó Ryuji.
De sus bolsillos empezó a sacar el alijo de talismanes y sellos que siempre llevaba encima. "Hombre prevenido vale por dos", solía decir él. Nunca salía de casa sin estar preparado para el combate.
Primero, los monstruos creados por Kyosai se llevaron una sorpresa cuando chocaron con un muro invisible. Luego, Ryuji convocó su shikigami.
—Devora, Garo —recitó el onmyoji. Un lobo hecho de agua apareció de la nada, barriendo con sus fauces a los enemigos que encontraba a su paso. Cuando los monstruos intentaron levantarse para seguir atacando, Ryuji utilizó la segunda parte de su invocación—: Corre, Gengen.
Al instante, el shikigami de Ryuji empezó a agitar el líquido de los cuerpos que había tocado. No era una técnica mortal de necesidad, pero sí extremadamente dolorosa. Las bestias infernales fueron cayendo una detrás de otra, quedando expuestas a los sellos mágicos de Ryuji. El hermano de Yura tenía una larga experiencia como exorcista y junto con Mamiru había recorrido el país liberando a pobres desdichados de maldiciones y posesiones varias. Aunque el hechizo al que se estaba enfrentando era nuevo para él, no representaba ningún problema.
Pronto, los cuerpos de las víctimas de Kyosai jalonaron la sala del museo. Las chicas estaban heridas e inconscientes, pero al menos estaban vivas. Y todo en menos de cinco minutos.
—Aprended, yokai de pacotilla —presumió Ryuji—. Así es como hacemos las cosas en la familia Keikain.
Muchi gruñó. Su plan se había ido al garete en un tiempo récord. La idea inicial había sido abrumar a Hagoromo Gitsune con la superioridad numérica de los monstruos de Kyosai. Aunque probablemente la señora de Kioto habría podido con ellos, éstos la habrían cansado y distraído lo suficiente para que Muchi y los suyos pudieran darle el golpe de gracia. Sin embargo, no habían contado con la presencia de un onmyoji Keikain. ¿No se suponía que iban a quedar enfrentados con el Clan Abe? ¿Qué demonios hacia uno de ellos como guardaespaldas de Hagoromo Gitsune? Pese a toda su cacareada astucia y capacidad de planificación, el Clan de las Cien Historias estaba resultando un aliado muy pobre para la Procesión Nocturna de Shikoku. O eso pensaba Muchi.
Sin embargo, el asesino del viento no iba a arrojar la toalla. Tanto él como sus subordinados eran profesionales en el arte del asesinato. Desde un principio deberían haber confiado en sus propias habilidades en lugar de traer a uno de esos inútiles seguidores de Sanmoto Gorozaemon.
—Qué guardaespaldas más habilidoso —alabó Muchi a Ryuji—, pero no nos iremos sin la cabeza de Hagoromo Gitsune.
—¡Eh! ¡Que no soy su guardaespaldas! —protestó el onmyoji.
—Tanto da. ¡Muere!
Ryuji se preparó para un ataque frontal, pero a sus enemigos tampoco les faltaba astucia. Un viento huracanado lo tiró al suelo. Cuando se levantó, se dio cuenta de que Muchi y sus cinco adláteres se habían colocado en formación de hexágono a su alrededor, con Hagoromo Gitsune y él mismo en el centro.
"Maldición", pensó Ryuji. "Nos han rodeado".
Normalmente era Mamiru quien le cubría las espaldas en situaciones como aquella, pero esta vez tendría que arreglárselas solo. Tras invocar una barrera, convocó de nuevo a Garo (o mejor dicho, Gengen) con la intención de repetir el mismo truco que le había servido para detener a la horda de monstruos de antes. Sin embargo, esta vez sus enemigos estaban preparados.
—Formación de viento, látigo, lanza, arena: ¡Sunauchi no Muchi!
Los seis asesinos se convirtieron en torbellinos de viento cortante que empezaron a filetear todo lo que tocaban, incluso la piedra y el metal. Gengen no podía hacer nada contra adversarios que estaban hechos de aire y que no tenían una gota de agua en el cuerpo. Lo que era peor, la barrera que había colocado Ryuji podía aguantar hasta cierto punto los ataques físicos (era la única razón por la que no se habían convertido en carne picada todavía), pero no podía frenar el paso del aire. Ryuji comenzó a toser y a sentir que los pulmones le ardían.
"Son muchis", dedujo el onmyoji. "Yokai de Shikoku. Son vientos venenosos que hacen enfermar a las personas. ¿Cómo he podido caer en un error de principiante como éste?".
Muchi y sus sicarios se iban acercando más y más. Justo cuando Ryuji estaba a punto de asfixiarse, Hagoromo Gitsune, que hasta aquel momento se había quedado de brazos cruzados sin hacer nada, abrió la boca para decir:
—Me aburro.
Al instante, una presión espiritual abrumadora se abatió sobre los sicarios de Shikoku. En la otra punta del museo, Kyosai también la sintió.
"Este miedo... Sí, este miedo también es una obra de arte", pensó el pintor demoníaco, gozando en su sufrimiento. "Pero si me quedo aquí moriré. Será mejor que vuelva con Encho y Yanagida. Hagoromo Gitsune es una enemiga terrible".
Sí, sí que lo era. Paralizados por el terror que producía la señora de los yokai de Kioto, los cinco subalternos de Muchi recuperaron en parte su masa corporal. Un segundo después, eran despedazados sin contemplaciones por las nueve colas de Hagoromo Gitsune. Las paredes del museo fueron decoradas con cuadros abstractos de sangre y entrañas desparramadas.
—Supongo que a esos no los querías salvar, ¿verdad, onmyoji? —le preguntó a Ryuji.
El onmyoji boqueó de rodillas en el suelo. No tenía aliento para responder con una pulla, así que se contentó con asentir y toser. Desde luego, no estaba siendo el mejor día de su vida.
Mientras tanto, Muchi, que había esquivado la muerte a duras penas, decidió escoger la mejor parte del valor y hacer una retirada estratégica. Reunió el "miedo" suficiente para recuperar su forma ventosa y se dispuso a salir por la primera ventana abierta que encontrase. Por desgracia para él, Hagoromo Gitsune enseguida se percató de sus intenciones.
—Ah, no, tú no te vas a marchar tan fácilmente —dijo la kitsune entrecerrando los ojos—. ¡Lanza de las Cuatro Colas! ¡Tora Taiji!
De la cuarta cola de Hagoromo Gitsune salió disparada una descomunal lanza que no tenía nada que envidiar a la querida Dakini de Hakuzozu. La Tora Taiji, "Exterminadora de Tigres", ensartó a Muchi de lado a lado y lo clavó contra la pared como a una polilla en manos de un entomólogo. El asesino del viento trató de disolverse en el aire y escapar, pero el "miedo" que brotaba de aquella lanza era tan potente que no podía concentrarse.
Sin prisa, Hagoromo Gitsune se acercó a su presa.
—Vas a morir —susurró la señora de la Oscuridad de Kioto a la vez que sujetaba la Exterminadora de Tigres—. Fuiste tú el que mató a mi lugarteniente, ¿verdad? Un muchi del viento, debí suponerlo. Pero aún así, tú no eres más que un insecto insignificante. Dime, ¿qué hace un yokai de Shikoku tan lejos de casa? ¿Quién te dio la orden de asesinar a Kyokotsu? ¿Acaso ese gordo tanuki se ha vuelto completamente senil?
Por un momento, pareció que el asesino iba a confesar, pero tras escupir un espumarajo de sangre por la boca, lo único que dijo fue:
—Vete al infierno.
—Ya he estado allí —replicó Hagoromo Gitsune—. Espero que te guste el viaje.
De un tirón, la kitsune arrancó la lanza de la pared. El cuerpo de Muchi, incapaz de aguantar un golpe más, se desintegró en un millón de partículas que se disolvieron en el aire.
En la calma resultante, Ryuji pudo por fin recuperar el aliento. El momento de tranquilidad duró poco, porque justo entonces entro un bólido por la ventana más cercana. Tanto Ryuji como Hagoromo Gitsune se pusieron en guardia al instante, pero la kitsune se relajó en cuanto comprobó que el recién llegado no era otro que su fiel Hakuzozu.
—¡Mi señora! —exclamó el sirviente volador, arrodillándose frente a Hagoromo Gitsune—. Desde las alturas sentí energías fuera de control. ¿Qué ha ocurrido? ¿Os encontráis bien?
—Sí, Hakuzozu. Estoy bien —respondió la dama de negro.
—Yo también estoy bien, gracias por preguntar —interrumpió Ryuji irritado.
Hagoromo Gitsune y Hakuzozu ignoraron al onmyoji y en su lugar se pusieron a hablar sobre lo que había ocurrido. El pobre vasallo trató de convencer a su señora para que regresase de inmediato a la mansión, pero la kitsune tenía otros planes.
—No puedo volver a casa. Aún no —dijo la señora de los yokai de Kioto—. Tengo que hacer un viaje.
Las palabras de la Señora del Pandemónium despertaron la curiosidad de Ryuji.
—¿Un viaje? ¿A dónde? —preguntó el onmyoji, aunque intuía la respuesta.
—A Shikoku, por supuesto —respondió Hagoromo Gitsune.
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Horas después, en otro lado de la ciudad, Rikuo, Tsurara y Yura se dirigían a la parada del autobús. Aunque se avecinaban exámenes, los tres jóvenes estaban demasiado excitados por los sucesos recientes como para pensar en sus estudios. La muerte de un lugarteniente del Clan Abe y de dos onmyojis de la familia Keikain era un asunto demasiado grave como para dejarlo de lado. Incluso Yura, siempre tan dedicada a las actividades del club, había decidido posponer las reuniones del Club Onmyoji hasta que tuviesen una idea clara de a quién se estaban enfrentando.
—No me gusta —murmuró Rikuo—. Aún no estamos preparados para hacer frente a Sanmoto Gorozaemon. Si estos asesinatos son el principio de su regreso, me temo lo peor.
—No pongas esa cara, Rikuo —trató de animarlo Yura—. Seguro que encontramos una solución. Siempre lo hacemos.
—¡Eso, eso! —asintió energéticamente Tsurara.
Abstraído como estaba, Rikuo no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que había una persona interponiéndose en su camino. Chocó y a punto estuvo de caerse al suelo, pero el otro lo sostuvo. Ya estaba dando las gracias y se apresuraba a excusarse con el desconocido, cuando éste le preguntó:
—Eres Abe no Rikuo, ¿verdad?
Se trataba de un joven vestido con uniforme de instituto y con el pelo negro peinado con una raya muy marcada. A su lado, otro chaval, vestido con el mismo uniforme, le hacía de guardaespaldas. Por alguna razón tenía la lengua fuera, colgando como la de un perro.
Rikuo frunció el ceño. En el mundo humano siempre le llamaban "Abe Rikuo", no "Abe no Rikuo". Quienquiera que fuese aquel chico, sabía algo. Eso, o había sido educado según reglas de cortesía olvidadas hacía cien años.
—Sí, soy yo —respondió Rikuo con aplomo—. ¿Quién lo pregunta?
—Me llamo Tamazuki —respondió el otro con una sonrisa calculadora—. Tú y yo tenemos que hablar, nieto de Hagoromo Gitsune.
Notas adicionales:
¡Hola de nuevo! Gracias por vuestros comentarios y gracias por soportarme en una entrega más de este fic tan pesado (en serio, es larguísimo; hace falta tener mucha paciencia para leerlo todo). Hoy da comienzo la nueva saga. En este capítulo Hagoromo Gitsune ha tenido más protagonismo que otras veces, pero me temo que no la volveremos a ver hasta dentro de un rato. Será Rikuo el que tenga que hacer frente a la crisis, como siempre ;)
* Sí, aunque parece mentira, Hagoromo Gitsune sabe de fútbol. En el Jump Super Anime Tour Festival de 2010, los Nura juegan un partido (en el que casi todos acaban expulsados) y Hagoromo Gitsune aparece como espectadora de excepción. Mientras los demás se quedan admirados del gol que mete Rikuo, la kitsune señala correctamente que ha sido falta y hace una alusión a la famosa "Mano de Dios" de Maradona. Por cierto, el manga también dice que Rikuo es bueno al fútbol y que su posición natural es de extremo izquierda.
* No está claro si Shuji y Koreto eran hermanos de sangre de Yura (como Ryuji), si eran hermanos adoptados en la rama principal de la familia (como Mamiru) o si Yura los llamaba "hermanos" por considerarlos primos muy cercanos (como Akifusa). Creo que es lo segundo, pero en este universo no hay adopción porque nunca hubo maldición de Hagoromo Gitsune.
* Como prometí en su día, no hay Ocs. Asumi y los compañeros de Ryuji salieron en el manga en la historia de la aldea caníbal. La presidenta del club de fans de Kuzunoha, por su parte, es la protagonista de uno de los relatos de la tercera novela de Nuramago. Sí, en esa historia también es una fan... hasta que su adorada "Kitsune-sama" se la come. Kyosai, el pintor yokai, es un viejo conocido para los que siguen el manga, pero quizás no para los que sólo hayan visto el anime.
Próximo capítulo: "Los siete peregrinos"
