Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Unos misteriosos asesinos matan al padre de Kyokotsu y a dos onmyoji Keikain. Los culpables son yokai de Shikoku que, aliados junto con el Clan de las Cien Historias, intentan matar a Hagoromo Gitsune también. Fracasan y la señora de los yokai de Kioto se marcha rumbo a Shikoku para encontrar a los culpables. Pero estos están más cerca de lo que piensa...
Los siete peregrinos
—Me llamo Tamazuki. Tú y yo tenemos que hablar, nieto de Hagoromo Gitsune.
Rikuo se puso en guardia. Por el rabillo del ojo, vio que Tsurara y Yura hacían lo mismo. Ahora estaba claro que el encontronazo que había tenido con aquel chico misterioso no había sido casual. Al principio ya le había escamado que su interlocutor supiese su nombre, pero ahora estaba claro que no podía tratarse de un estudiante de instituto normal y corriente.
Los estudiantes de instituto normales y corrientes no sabían que su abuela era la mismísima señora de los yokai de Kioto.
—¿Qué s...? —empezó a preguntar Rikuo, para corregirse al momento—: ¿Quiénes sois?
Aquel que se había hecho llamar Tamazuki sonrió por toda respuesta. A su lado, el chico cuya lengua colgaba como la de un perro se relamió de gusto.
Tsurara parecía a punto de lanzarle un carámbano a la cabeza, así que Rikuo se volvió para apaciguarla. En cuanto se giró de nuevo hacia su interlocutor, éste avanzó y le apoyó una mano en el hombro. Sus músculos se tensaron, esperando un ataque, pero no ocurrió nada.
—Somos idénticos, tú y yo —le dijo Tamazuki, casi susurrando—. Jóvenes y rebosantes de talento. Herederos por sangre. Pero tú lo has tenido todo desde el principio y yo... Yo lo tendré todo a partir de ahora.
Rikuo frunció el ceño. No le gustaba la gente que hablaba con acertijos.
—¿Qué quieres? —le preguntó aparentando una calma que no sentía.
—Directo al grano. Me gusta —sonrió Tamazuki—. He venido a apoderarme de vuestra querida capital.
Los ojos de Rikuo se abrieron de par en par. Ahora todo encajaba. Ese chico debía estar relacionado con la muerte del padre de Kyokotsu y de los primos de Yura.
Súbitamente, Tamazuki se dio media vuelta.
—Tú observa, Abe no Rikuo. Kioto es poderoso, sí, pero tengo "miedo" para dar y regalar —dijo el chico que no era un chico. Hojas de árbol caídas revolotearon a su alrededor, dándole un aspecto dramático.
—Es... ¡Espera! —exclamó Rikuo, adelantándose.
Yura y Tsurara se dispusieron a seguirle, pero los tres amigos se detuvieron en seco cuando notaron una presencia justo detrás de ellos.
—Arf, arf, arf —jadeaba el secuaz de Tamazuki, el de la lengua colgando—. Mírale al Abe, una chica colgada de cada brazo. Cómo se nota que eres importante…
Confiado en exceso, el chico-perro quiso dar un buen susto a las amigas de Rikuo. Tomando a Yura por una humana indefensa, se acercó a ella con intención de lamerle la cara. Su sorpresa fue mayúscula cuando la joven de pelo negro blandió un talismán protector justo delante de su nariz.
—¡Aparta, yokai! –le espetó Yura enfadada—. ¡Soy una onmyoji Keikain! ¡No dejaré que me toque un perro baboso como tú!
El acompañante de Tamazuki se quedó pasmado, pero luego se recuperó y gruñó de forma amenazadora. Antes de que corriera la sangre al río, sin embargo, su jefe le llamó.
—Déjalas, Inugami –le dijo Tamazuki sin perder la compostura—. Pronto tendrás otras presas con las que jugar.
Cual perro obediente oyendo una orden de su amo, Inugami se apartó.
—Ha sido un placer –les dijo a Rikuo y compañía con una sonrisa falsa.
Los dos chicos se alejaron.
—¿Quiénes eran esos? –se preguntó Yura en voz alta—. Muy sospechosos. ¡Venga, Rikuo! ¡Vamos a seguirlos!
—¡No! –intervino Tsurara de repente—. Esperad un momento.
Yura se quedó muy sorprendida ante la reticencia de la Auki-onna, pero todavía más cuando Rikuo tampoco se movió.
—¿Pero qué hacéis? ¡Que se nos van a escapar!
—Yura, mira eso… —Rikuo le señaló la calle.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre? –Yura se dio media vuelta.
Tamazuki e Inugami se habían ido por un estrecho callejón, apenas el espacio que separaba dos casas entre sí. Al principio la calle había estado desierta, pero a su paso habían surgido seis sombras. Nadie podía verlos más que por el rabillo del ojo, pero estaban ahí, seis caminantes con sombreros de paja y cayados de peregrino que se unieron a la comitiva de Tamazuki.
Los siete seguidores, Inugami incluido, lanzaron miradas desconfiadas hacia Rikuo, Yura y Tsurara. El joven señor de los Abe y sus dos amigas tuvieron el buen juicio de no enfrentarse a ellos. Pero Tamazuki siguió caminando, sin hacerles caso.
—Estáis todos aquí. Los Siete Peregrinos. No, mejor dicho, los lugartenientes de la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku –asintió su joven líder complacido—. Venid, amigos míos. Pronto, toda esta tierra será nuestra.
Y ante la mirada atónita de Rikuo y compañía, desaparecieron de repente como si nunca hubiesen estado allí.
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Mansión Abe
Rikuo había regresado a todo correr a su casa tras su encuentro con el misterioso Tamazuki. Le compañaba Tsurara, por supuesto, pero también Yura. El joven señor había obligado a su amiga a acompañarle a la Mansión Abe. La joven onmyoji había protestado, recordándole que la casa ancestral de los Keikain estaba a apenas dos paradas de distancia y que era muy capaz de defenderse ella solita. Sin embargo, Rikuo se había mostrado inflexible.
—No podemos correr riesgos –le había dicho su amigo—. Ya han muerto varias personas, incluidos onmyoji, y seguro que esos tipos de antes tenían algo que ver. Avisaremos a mi abuela y luego yo mismo te acompañaré a tu casa, ¡de acuerdo? Eres mi amiga, no quiero que te ocurra nada malo.
Yura se había sonrojado un poco (algo que había sorprendido a Rikuo), pero al final había dado su brazo a torcer. Pero eso ahora estaban los tres ante la puerta enrejada de los terrenos de la Mansión Abe. Lo que no esperaban era encontrarse al hermano mayor de Yura discutiendo con los guardias de la entrada, a pesar de que un nervioso Hakuzozu trataba de poner orden, sin conseguirlo.
—¡Dejadme entrar de una vez, malditos monstruitos! –bramó Ryuji exasperado—. ¡Traigo un mensaje de parte de vuestra jefa!
—Ya, claro –se burló uno de los guardias. Aunque se disfrazaban como típicos vigilantes de seguridad humanos, apestaban a yokai por las cuatro esquinas—. Supongo que no traerás también una carta del señor Nue, ¿verdad?
—¿Te crees que me hace gracia hacer de mensajero? –bufó el onmyoji despectivamente—. La próxima vez le diré a esa zorra que se compre un smartphone.
—¡Ryuji! –exclamó Yura sorprendida—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Lo mismo podría preguntarte yo a ti, enana, pero no tengo tiempo para estupideces –Ryuji cayó entonces en la cuenta de quién la acompañaba—. Hombre, pero si es el nieto de la zorra. ¿Podrías decirles a tus lamebotas que me dejen pasar? Tengo un poco de prisa, si no te importa.
Rikuo estaba tan sorprendido como Yura. Para que el hermano de su amiga hubiese decidido ir por su propio pie a la Mansión Abe, debía haber ocurrido algo gordo.
—¿Qué está pasando aquí? –quiso saber Rikuo, curioso y preocupado a partes iguales.
—Nada importante. Un intento de asesinato, un museo destrozado, guerra, muerte, destrucción. Lo de siempre, vamos –masculló Ryuji de mala gana—. Tu señora abuela me ha encargado que os dé un mensaje, pero si no lo queréis, me largo ahora mismo. Ya ha sido bastante malo que me confundieran con su guardaespaldas, no quiero que la gente piense ahora que soy su recadero.
Rikuo suspiró. "Intento de asesinato". No le gustaba cómo sonaba eso, pero parecía que su abuela había sobrevivido. ¿Pero por qué no estaba ella allí? Ryuji tendría las respuestas. Seguro que iba a levantar muchas ampollas, pero les ordenó a los guardias que dejaran pasar al irascible onmyoji.
—Convocaré una reunión del clan –dijo Rikuo.
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Casa ancestral de los Keikain
En una pequeña estancia de la antigua mansión de madera, Hidemoto 27º montaba guardia. Tras atender sus responsabilidades como cabeza de familia, se había retirado a aquella oscura habitación para velar los cadáveres de Shuji y Koreto. Sus cuerpos reposaban en sus respectivos ataúdes con la cabeza apuntando al norte, como mandaba la tradición. A lo largo del día habían pasado familiares y amigos de los difuntos. Ahora sólo quedaba Hidemoto.
Los ataúdes estaban cerrados. Al lado de ellos, fotos primorosamente enmarcadas mostraban a Shuji y Koreto en la flor de su juventud, alegres y vitales. Pero Hidemoto sabía que era un espejismo. Sabía que debajo de las tapas de aquellos ataúdes no había más que cadáveres salvajemente mutilados. Ni los maquilladores profesionales de la funeraria habían podido hacer nada por disimular la carnicería. Para añadir sal a la herida, una autopsia privada había demostrado que también les habían sacado las entrañas, probablemente para devorarlas por su energía espiritual.
"Los yokai. Los yokai han hecho esto", pensó el viejo patriarca.
Había sido líder de la familia durante muchos años. Durante su largo mandato había tenido su buena ración de sufrimiento. La muerte de los padres de Ryuji y Yura había sido lo peor, pero la muerte de dos jóvenes tan prometedores como Shuji y Koreto no le iba a la zaga. Y pronto habría más, estaba seguro de ello.
"En la guerra los viejos mandan y los jóvenes mueren", rezaba el dicho. No era un pensamiento agradable para Hidemoto. Con gusto se habría cambiado por ellos. El legado de Ashiya Doman era muy pesado para sus hombros ancianos.
Estaba ahí, en silencio, envuelto en el blanco del luto, cuando entró Akifusa.
—Disculpadme, señor. Hemos recibido una llamada de Yura. Su retraso se debe a la precaución, no a que haya ocurrido nada malo. Ahora mismo se encuentra en la Mansión Abe. Ryuji está con ella. ¿Enviamos a una escolta para recogerlos?
—No hace falta. Ya vendrán –murmuró Hidemoto—. Lo importante es que estén bien y a salvo. Esas noticias sobre el Museo Municipal…
—Lo sé –asintió Akifusa—. Pero al menos hoy no tendremos que lamentar ningún muerto.
—El día aún no ha acabado –le recordó Hidemoto 27º—. Puedes retirarte. Quiero quedarme un rato más con Shuji y Koreto.
Akifusa asintió y se marchó de la habitación, dejando a solas a Hidemoto con sus recuerdos y sus lamentaciones.
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Mansión Abe
En el centro neurálgico de los yokai de Kioto, sentado a la mesa de la sala de reuniones del clan, Ryuji terminaba el relato de lo sucedido en el museo ante los lugartenientes de Hagoromo Gitsune.
—Y entonces la muy… Quiero decir, Hagoromo Gitsune me pidió que viniese aquí a soltaros este rollo. Dice que no os preocupéis, que volverá enseguida y que se traerá la piel de un tanuki gordo como recuerdo –concluyó Ryuji.
—¿Cómo sabemos que estás diciendo la verdad, exorcista? –le espetó Ibaraki-Doji desconfiado—. ¿Quién nos asegura que no has tenido algo que ver en ese intento de asesinato, eh?
—Claro, porque soy tan estúpido como para venir aquí después de haber matado a vuestra insigne líder, sólo para echarme unas risas –respondió Ryuji sin arredrarse—. Si no me queréis creer, allá vosotros, pero si la vieja viuda negra liquida este asunto por su cuenta, no me quejaré. Me gustaría pasar las Navidades sin sufrir otra guerra, muchas gracias.
Los ojos de Kyokotsu brillaron. Por su edad, no debería estar allí, pues aún no había cumplido los trece años, pero ahora era la líder de la facción cadáver y se negaba a delegar en ningún representante. Quería saber.
—¿Entonces… la señora Hagoromo Gitsune ha ido a matar al que le hizo eso a mi padre?
Ryuji no se dejó conmover por los ojos llorosos de la niña, pero asintió y respondió:
—Bueno, el autor material la ha palmado ya, de eso no te quepa la menor duda, pero sólo era un sicario. Vuestra querida kitsune cree que el cerebro es el jefe de los yokai de Shikoku y ahora va a por él. Me dijo que le había prometido a una persona muy querida que pondría en sus manos la vida del capullo que asesinó a su padre. Supongo que eras tú, ¿no?
La niña no contestó. Se volvió a sentar en su silla, con un brillo de emoción en los ojos. "Señora Hagoromo Gitsune", pensó Kyokotsu. Como siempre, la hermana mayor era demasiado buena con ella.
Los yokai de Kioto empezaron a discutir sobre las nuevas que había traído Ryuji.
—A ese Inugami Gyobu se le han podrido los sesos —comentó Ibaraki-Doji—. En serio, ¿cree qué mandarnos unos asesinos de pacotilla le va a servir de algo? Mejor haría quedándose en su tronco apolillado y rezar porque la señora Hagoromo Gitsune no lo encuentre.
—No es de él de quién tenemos que preocuparnos. Mi abuela se ha equivocado —le interrumpió Rikuo.
Todos los presentes se volvieron hacia él. El joven señor de los Abe estaba sentado a la cabecera de la mesa. Le acompañaban Yura y Tsurara. Durante la explicación de Ryuji, Rikuo se había quedado callado, pero ahora era el momento de intervenir.
—¿Qué queréis decir, mi señor? —le preguntó el Gran Tengu del monte Kurama.
—Mi abuela está persiguiendo fantasmas. El enemigo se encuentra ahora en Kioto. No sé quién será ese Inugami Gyobu del que habláis, pero el yokai que me he encontrado se hace llamar Tamazuki.
Acto seguido, Rikuo y sus amigas relataron a los demás su experiencia con el chico misterioso. Al escucharlo, el Gran Tengu se atusó la barba, pensativo.
—Mm, nuevas caras, nuevos peligros. Que estos invasores se hayan acercado tanto a la señora Hagoromo Gitsune y al señor Rikuo sin darnos cuenta es un punto a su favor. Con la barrera del Nue esto no pasaba.
Al oír mentar la barrera de Seimei, Ryuji se removió en su silla, inquieto, pero nadie le hizo el más mínimo caso.
—Tenemos que avisar a mi abuela —dijo Rikuo.
—Lo intentaremos, joven señor, pero no alberguéis muchas esperanzas —suspiró Sojobo—. Jamás ha llevado un móvil encima y ya sabéis cómo es la magia de los kitsunes: si la señora Hagoromo Gitsune no quiere que la encuentren, nadie la encontrará. Aún así, haremos lo que podamos. Si tenéis más órdenes...
Rikuo se fijó en que la atención de todos los presentes estaba puesta en él. Esperaban que hablase, aunque el muchacho no entendía muy bien por qué. Entonces cayó en la cuenta. "¡Pues claro!", se dijo. Sin más dilación, se levantó de la silla y se dirigió a los allí congregados:
—Lo único que sabemos con seguridad es que han entrado enemigos en nuestra ciudad. Han matado a nuestra gente y a gente de nuestros aliados. Nos corresponde a nosotros ajustar las cuentas con ellos. El miedo es nuestro. No dejaremos que nos lo arrebaten —dijo Rikuo. Al oír aquello, los más veteranos del clan asintieron—. Mi abuela regresará pronto, estoy seguro de ello. Hasta entonces, y en su ausencia, yo lideraré el Clan Abe. ¿Alguna objeción?
No hubo ninguna. De haber ocurrido algo así meses antes, probablemente habría oído más de un murmullo de desacuerdo, pero se había ganado los galones durante la guerra del Nurarihyon.
—Muy bien. Ahora, que algunos guardias acompañen a Yura y a su hermano a la casa Keikain. Hay asesinos ahí fuera y no quiero más muertes innecesarias —dijo Rikuo.
—¡Yo me ofrezco voluntario! —saltó Shokera de inmediato.
—Bah, no necesitamos vuestros guardaespaldas. Sabemos cuidarnos —rechazó la ayuda Ryuji, pero Rikuo insistió hasta que al gruñón hermano de Yura no le quedó más remedio que aceptar. A educación y amabilidad no había quien ganase a Rikuo.
Poco a poco, la sala de reuniones se vació según los lugartenientes fueron recibiendo sus órdenes. Había muchas cosas que hacer, empezando por doblar las guardias y patrullas en todo el territorio del clan. Cuando la habitación quedó despejada, sólo se quedaron en ella Rikuo y Tsurara. Kyokotsu había dudado antes de marcharse, pero al final había bajado con los demás. En cuanto a Tsurara, había sido Rikuo el que expresamente le había pedido que se quedase con él.
El joven señor se asomó a la ventana con aire preocupado. Apenas había empezado su andadura como líder del clan y ya notaba el peso de la responsabilidad sobre los hombros.
—Has estado impresionante, Rikuo —le dijo Tsurara.
—Qué va. Ni siquiera estaba en mi forma yokai —contestó Rikuo sin dejar de mirar por la ventana.
—No necesitas tu forma yokai para impresionar a nadie —le aseguró la Yuki-onna con sinceridad.
Pero el chico seguía mirando por la ventana.
—¿Hay algo que te preocupa, Rikuo?
—Sí —reconoció el chico con un suspiro. Se volvió hacia Tsurara—. Es demasiada casualidad que nos ataquen justo ahora los yokai de Shikoku. No me importa lo que diga Ryuji, aquí hay algo más que una lucha por el territorio.
—Sospechas que hay alguien detrás, ¿verdad?
—Sólo puede ser una persona.
—Sanmoto Gorozaemon —susurró Yuki-onna con odio contenido.
—Exacto. Y por eso necesito tu ayuda, Tsurara.
La dama de las nieves se sorprendió.
—¿Mi ayuda? No sé si yo...
—Hay algo que sólo tú puedes hacer —le dijo Rikuo, sujetándola de las manos. Estaban frías como el hielo, pero al muchacho no le importó—. Kioto necesita toda la ayuda que pueda conseguir.
Tsurara asintió ruborizada.
—De acuerdo. Si hay algo que necesites, Rikuo, sólo tienes que pedirlo. Haré lo que sea.
Rikuo sonrió agradecido. Luego le susurró en el oído:
—No tiene que enterarse nadie. Esto es lo que quiero que hagas...
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En algún lugar de Kioto, una empresa constructora con más dinero que sentido estético había empezado a levantar un rascacielos de metal y cristal. A los vecinos de la zona les parecía una horrenda monstruosidad que atentaba contra el paisaje tradicional de su querido barrio y habían puesto al responsable de urbanismo a parir, sospechando que alguien de la constructora le había llenado los bolsillos de dinero negro. Los rumores corrían y uno se repetía incesantemente: "yakuzas".
Fueran yakuzas o no sus promotores, lo cierto era que el edificio se estaba construyendo a una velocidad endiablada. Parecía cosa de magia. Pero seguía siendo feo. Sólo los viejos verdes apreciaban la utilidad del nuevo edificio, porque el rascacielos creaba corrientes de aire que oportunamente levantaban la falda de las chicas que pasaban por sus inmediaciones.
Aún así, ni en sus sueños más retorcidos habrían imaginado los vecinos del barrio que el rascacielos era una tapadera para una invasión yokai.
Dominando el paisaje de Kioto desde las alturas, Tamazuki observaba y planeaba. Fuera, el sol comenzaba a ponerse. "Si alargara la mano ahora, tendría en mi puño la mitad de la ciudad", pensó el líder de la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku, satisfecho de sí mismo. Se dio la vuelta.
Alrededor de una mesa para ejecutivos, se hallaban sentadas las personas que componían su círculo de colaboradores. Eran sus piezas en el tablero. A un lado, los Siete Peregrinos de Shikoku: Inugami, la deidad canina y su mano derecha; Yosuzume, la gorriona nocturna; Inuhoo, el perro fénix; Gangi-kozo, el niño de las orillas; Tearai Oni, el ogro lavamanos; Hari-onna, la mujer de agujas; y el más terrible de todos, Sodemogi, el estirador de mangas y devorador de dioses.
Enfrente, al otro lado de la mesa, se encontraban sus aliados, los Ejecutivos del Clan de las Cien Historias: Yanagida, el recolector de historias; Encho, el narrador; Kyosai, el pintor; Tamasaburo, el actor; y Raiden, el luchador. En teoría deberían haber sido siete Ejecutivos en lugar de cinco, pero al parecer uno había muerto a manos de los Nura y del otro no se sabía nada.
"Qué más da", se dijo Tamazuki. "Cuantos menos sean, menos problemas darán".
Existía una patente animadversión entre los Siete Peregrinos y los Ejecutivos. Los lugartenientes de la Procesión Nocturna eran fieles hasta la muerte a Tamazuki y desdeñaban a aquellos chaqueteros, sospechando que querían utilizarlos para llevar a cabo su propia venganza personal. A aquellas alturas todo el mundo yokai se había enterado de lo sucedido durante la guerra del Nurarihyon, pero nadie estaba seguro de a qué jugaba el Clan de las Cien Historias.
Tamazuki no era tonto. No confiaba en aquellos advenedizos salidos del cuerpo de un patán gordo e inútil. Sin embargo, mientras le fueran útiles no pensaba desdeñar su ayuda. Aunque sus hombres no estuviesen de acuerdo.
—Muchi muerto y Hagoromo Gitsune viva. Menudo resultado —protestó en aquel momento Inuhoo. El perro fénix se consideraba a sí mismo el principal organizador de la Procesión Nocturna de Shikoku, y no le gustaba cuando los resultados no eran los esperados—. ¡Vuestro Kyosai huyó como un cobarde mientras los nuestros morían! ¿Qué tenéis que decir a eso?
—Soy un artista, no un guerrero —se encogió de hombros el pintor yokai con expresión aburrida—. Además, no ha salido del todo mal, ¿verdad?
—¡Cómo te atreves! —se enfadó Inuhoo.
Fue Encho el que intervino para mantener la calma.
—Lo que mi brusco amigo ha querido decir, señor Inuhoo, es que siempre se puede sacar algo bueno incluso del peor de los desastres. Hagoromo Gitsune cree que el culpable es el viejo Inugami Gyobu. Ahora se marcha a Shikoku, dejando su capital desprotegida. No tendremos otra oportunidad así para conquistar la ciudad.
—¿Y qué hay de los onmyoji? —quiso saber Hari-onna, suspicaz.
—Los exorcistas caerán. Vuestro seños y yo tenemos algunos planes interesantes para ellos —prometió Encho sin perder su sonrisa.
—¡Bah! Nos tocará hacer el trabajo sucio a nosotros, como siempre —bufó el gigantesco Tearai Oni—. ¡Señor Tamazuki! ¿Por qué no nos los cargamos sin más? Estos debiluchos de ciudad no son más que un estorbo.
—¡Me gustaría verte intentándolo, paquidermo! —se encaró con él Raiden de las Cien Historias, haciendo crujir sus nudillos amenazadoramente.
—¡No sé que es un paquidermo, pero no te pienso dejar que me llames así! —respondió Tearai Oni.
Ni las palabras de Encho servían para calmar a aquellos dos salvajes. Pero Tamazuki no necesitaba palabras cuando tenía el "miedo" de un conquistador. Con un simple gesto de su mano (y con una mirada gélida y asesina), hizo que los dos pendencieros se sentaran obedientemente en sus sillas. Inugami se rió por lo bajini.
—Amigo Tearai Oni, no hay que ser descortés con nuestros invitados. ¿Acaso no compartimos una causa común? ¿Acaso no nos hemos aliado para poner a los grandes clanes bajo nuestros pies? —exclamó Tamazuki en tono grandilocuente—. Ellos nos ayudarán a conquistar Kioto y a cambio nosotros les ayudaremos a recuperar Edo.
Echo y Yanagida asintieron a las palabras de Tamazuki. El líder tanuki continuó.
—Durante generaciones, los tanuki de Shikoku hemos soñado con expulsar a los kitsunes de Kansai. ¡Ahora es el momento! —proclamó Tamazuki—. Mirad bien la ciudad que tenéis debajo de vosotros. Kioto, la antigua capital. Pronto será nuestra capital. En tres días, todo el "miedo" de esta ciudad será nuestro.
—No será tarea fácil —observó Inuhoo.
Tamazuki asintió.
—Sí, es cierto. Incluso con Hagoromo Gitsune de paseo y tras la guerra del Nurarihyon, el Clan Abe cuenta con avezados guerreros. Aunque su territorio es relativamente pequeño, su poder es enorme. ¿Sabéis por qué?
—¡Yo, yo lo sé! —saltó el inquietante Sodemogi—. ¡Es por las deidades locales!
—Sí y no —sonrió Tamazuki—. Es verdad que Kioto está lleno de altares y todas las deidades locales le deben vasallaje a Hagoromo Gitsune. Tanta concentración de energía espiritual en un solo lugar les da una riqueza comparable a la del Clan Nura, cuyo territorio es mucho más extenso. Pero hay más. Debéis entender una cosa: los yokai de Kioto no son como el resto de yokai.
Los Ejecutivos de las Cien Historias sonrieron con suficiencia, como si se hubiesen traído la lección aprendida de casa, pero varios de los lugartenientes de la Procesión Nocturna de Shikoku se mostraron sorprendidos.
—¿A qué se refiere, joven señor? —preguntó la Hari-onna.
Tamazuki señaló el mapa de la ciudad que estaba colgado de la pared.
—Durante más de mil años, Kioto ha conocido guerras, rebeliones y catástrofes sin fin. Los yokai de Kioto han bebido de todo ese terror acumulado. Más que yokai, son onnen, cúmulos de rencor, o incluso onryo, espíritus vengativos. Están unidos a las gentes de Kioto de una manera que no podemos entender. Y los humanos responden. Mientras las antiguas leyendas caen en el olvido en el resto del país, aquí siguen prosperando. Cada vez que un turista visita los restos de Rashomon, cada vez que una compañía de teatro representa el romance de Kuzunoha y Yasuna, cada vez que un peregrino reza en el templo de Seimei, los yokai de Kioto se hacen más fuertes. Por eso es casi imposible expulsarlos de aquí, salvo con una fuerza abrumadora.
—Como el Nurarihyon —señaló Inuhoo.
—Nosotros no somos el Clan Nura —continuó Tamazuki—. No somos tan fuertes, pero somos mejores, más listos. En tres o cuatro días, cinco como mucho, les habremos arrebatado a los yokai de Kioto el miedo de sus gentes. Destruiremos sus templos, mataremos a sus campeones y haremos que los habitantes de la capital aprendan a temer otros nombres. Nuestros nombres.
Encho y varios lugartenientes de Shikoku aplaudieron con aparente entusiasmo a las palabras de Tamazuki. El resto se mostró más reacio o no aplaudió en absoluto. Pero Encho aún tenía una observación que añadir.
—No podemos olvidarnos del muchacho.
—Ah, sí. Abe no Rikuo. Un personaje... interesante —dijo Tamazuki.
—¿Debo suponer que os habéis encontrado con él? —preguntó Encho.
—Supones bien. Tiene talento. Sólo espero que tenga también sentido común, porque tengo planes para él.
—Debe morir —intervino Yanagida de repente.
Tamazuki le miró contrariado. No le gustaba que nadie le diese órdenes, ni siquiera de manera indirecta.
—Yo decidiré lo que haré con él —siseó el líder tanuki—. Quién sabe, quizás lo convenza para que se una a mi Procesión Nocturna.
—No os podéis fiar de un kitsune —insistió Yanagida.
"¿Y de mentirosos y traidores como vosotros sí?", estuvo a punto de soltar Tamazuki. Pero se contuvo. Él era paciente. Sabía esperar al momento oportuno. Y sabía también que la venganza era un plato que se servía frío.
—¡Vamos, vamos! —intervino Encho—. No debemos discutir cuando hay mucho trabajo por hacer. ¿Qué tal si comemos un poco? No sé vosotros, pero yo estoy hambriento.
—Sí, tienes razón —concedió el líder tanuki—. Antes de atacar, hay que comer.
A un gesto de Tamazuki, entraron en la sala varios tanuki para servir la cena. Fueron pulcros y milimétricos hasta el punto que alguno podría haber pensado que se trataban de camareros de verdad y no de yokai. En menos de un minuto cada lugarteniente y ejecutivo tenía delante un bol de fideos humeantes, un surtido de palillos y una botella de agua mineral.
—Qué aproveche —dijo Tamazuki.
Comieron con apetito, especialmente los yokai de Shikoku. Sus huéspedes de las Cien Historias se mostraron más comedidos, salvo el bruto de Raiden, que comió por tres. Cuando terminaron, se limpiaron con las servilletas y entonces Tamazuki se levantó de su asiento. Los grandes ventanales del rascacielos le permitieron ver con perfecta claridad cómo la noche engullía la ciudad. Pronto, la antigua capital se convirtió en un mar de luces artificiales.
—Ha llegado la hora —anunció Tamazuki—. Quiero que Kioto arda.
Notas adicionales:
¡Un poco más y no llego! Pero prometí que actualizaría una vez al mes como mínimo y aunque sea 31 de enero, más vale tarde que nunca. Como habréis notado, el capítulo es más corto de lo normal porque con esta saga quiero empezar un experimento: capítulos más cortos, pero más actualizaciones (mínimo dos al mes). Si gusta más de esta manera, continuaré así hasta el final.
* Popularmente, se dice que existe una cierta rivalidad entre tanukis y kitsunes, ambos animales mágicos, cambiaformas y traviesos. Se dice que los tanukis son mejores cambiaformas que los kitsunes, pero que malgastan su talento en bromas tontas, mientras que los kitsunes son adorados como sirvientes de la diosa Inari. En Shikoku abundan las leyendas sobre los tanukis (y los propios tanukis de carne y hueso), mientras que las leyendas sobre kitsunes (y los zorros de verdad) escasean en la isla.
* En el manga se menciona de pasada que el plan inicial de Tamazuki era atacar Kansai (probablemente por la ya mencionada rivalidad tanuki-kitsune), pero que luego decidió conquistar Kanto para sumar las fuerzas y el territorio de los Nura a los suyos.
* La sopa de fideos que comen Tamazuki y su tropa antes del ataque es el Sanuki udon, una de las especialidades típicas (meibutsu, ver notas al pie del capítulo 25) de Shikoku. Está hecha con fideos udon, atún y algas.
Próximo capítulo: "Fuego en la capital".
