Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Con Hagoromo Gitsune en paradero desconocido, Rikuo se hace con el mando del Clan Abe. Mientras tanto, la alianza entre los yokai de Shikoku y el Clan de las Cien Historias planea su siguiente movimiento.
Fuego en la capital
Kiyotsugu estaba muy satisfecho. Su negocio de muñecos yokai marchaba viento en popa gracias a los buenos clientes de Kioto. Su página web, "Cerebro Yokai", se estaba convirtiendo poco a poco en uno de los sitios de referencia para los amantes de lo sobrenatural en Japón. Sí, las cosas marchaban bien. Como siempre hacía antes de ir a dormir, se conectó para leer los comentarios de los visitantes y actualizar la base de datos.
Grande fue la sorpresa de Kiyotsugu cuando encontró la web inundada de mensajes sobre ataques yokai. Decenas, no, cientos de mensajes de ciudadanos aterrorizados que pedían ayuda porque las autoridades no creían en sus palabras.
—¿Pero qué está pasando aquí? —se dijo Kiyotsugu en voz alta.
La inmensa mayoría de los mensajes procedían de Kioto. Hablaban de monstruos, fuego y destrucción, no muy diferente a lo que había ocurrido durante el verano. A toda prisa, Kiyotsugu fue al salón de su casa y encendió el televisor. Algo tan grande no podía estar pasando desapercibido. Y tenía razón. En todas las grandes cadenas, la programación habitual estaba siendo interrumpida para dar las imágenes de un devastador incendio que estaba asolando Kioto.
—¡Oh, no! —murmuró Kiyotsugu.
El presidente del Club Kiyo Cruz de Ukiyoe regresó corriendo a su ordenador y trató de ponerse en contacto con su contrapartida del Club Onmyoji de Kioto, pero no hubo respuesta.
"Espero que Keikain y sus amigos estén bien", pensó Kiyotsugu. Luego cogió el teléfono y llamó a los miembros de su club para contarles lo que estaba sucediendo en la antigua capital.
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En el antiguo Japón de edificios hechos de madera, los incendios eran acontecimientos corrientes. Los pequeños fuegos eran tan habituales que nadie solía prestarles demasiada atención. Por contra, los grandes incendios podían ser tremendamente destructivos y eran recordados por los siglos de los siglos. Edo, la capital de los Tokugawa, llegó a sufrir 49 de estos grandes fuegos en tiempos de los shogunes. Kioto fue más afortunada, pero en 1864 un incendio provocado por las guerras civiles del Bakufu arrasó buena parte de la ciudad. Lo que hoy se puede ver es una reconstrucción moderna de lo que se perdió entonces.
Desde entonces los tiempos habían cambiado mucho. La madera había dado paso a la piedra y al metal, mucho más resistentes al fuego. Sin embargo, en Kioto todavía se mantenían muchas de las antiguas tradiciones. La antigua capital estaba repleta de edificios de madera, fáciles de reconstruir pero fáciles también de quemar.
—¡Coooo, coooo! —cacareaba Inuhoo mientras escupía fuego sobre las casas de la capital.
Inuhoo, el perro fénix, un yokai de alas más oscuras que las tinieblas. Aunque parecía un gallo de corral hipertrofiado, era uno de los seres más poderosos de Shikoku y uno de los Siete Peregrinos. Aunque en el fondo pensaba que Tamazuki era demasiado joven para dirigir una Procesión Nocturna, sabía que por sus venas corría la sangre divina. Tenía el poder, la ambición y la itneligencia para convertirse en Señor del Pandemónium, y él no descansaría hasta ver cumplido el sueño de su joven amo.
Aunque la labor de Inuhoo era la más espectacular (ver a los humanos corretear como hormigas entre el fuego siempre era divertido), no era el único que estaba cumpliendo con su misión. Tearai Oni rompía vigas y ventanas, derribaba edificios y provocaba que una lluvia de cristales cayera sobre los infortunados transeúntes; Gangi-kozo reventaba tuberías y canalizaciones de agua; Yosuzume dejaba caer sus plumas negras que cegaban a la gente; y Sodemogi marchaba de altar en altar, atacando a las deidades locales.
Sólo los miembros del Clan de las Cien Historias se mantenían ocultos. No querían revelarse ante los Abe. No todavía, al menos.
Desde lo alto del rascacielos que había mandado construir en el mismo centro de la ciudad, Tamazuki observaba las llamas en compañía de Encho, la Boca de Sanmoto.
—Precioso —alabó el miembro del Clan de las Cien Historias—. Ah, qué historias podré contar sobre el incendio de Kioto y del conquistador que lo hizo posible. Como Nerón en Roma o Napoleón en Moscú, un nuevo emperador se alza sobre las cenizas del viejo mundo.
—Qué bonito —replicó Tamazuki con sorna—. Pero creo recordar que esos dos humanos acabaron mal. ¿Se trata de una de tus indirectas, Encho?
—Para nada, mi señor —sonrió el narrador en tono apaciguador—. No obstante, recomendaría la cautela que aquellos dos soberanos no tuvieron. Ahora que Kioto arde, hay que estar preparados para la respuesta de los Abe y de los onmyoji.
—No podrán hacer nada. Esta noche sólo cazarán fantasmas.
Encho asintió complacido.
—Me gusta vuestra idea. Aún así, me disculparéis si esta noche me doy un vuelta por la ciudad. Quiero asegurarme de que no hay problemas y no voy a tener otra oportunidad para saborear de primera mano el terror de la gente.
Tamazuki entrecerró los ojos, desconfiado.
—¿Cómo, Encho? Creía que tú y el resto de los ejecutivos de las Cien Historias preferíais quedaros al margen de momento. Que no queríais descubriros ante los Abe tan pronto. ¿Has cambiado de idea?
La Boca de Sanmoto se encogió de hombros.
—¿Qué puedo decir? —respondió Encho con una sonrisa siniestra—. Siempre he tenido un don para el espectáculo.
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Casa ancestral de los Keikain
Reinaba una actividad frenética en la mansión. Aunque oficialmente las autoridades achacaban el incendio a un accidente, en secreto habían pasado aviso a los onmyoji sobre los avistamientos de yokai en los focos del desastre. Ahora, los exorcistas de Kioto se preparaban una vez más para luchar contra las fuerzas de la oscuridad.
Mientras los demás se preparaban, Yura mantenía una acalorada conversación telefónica con su amigo de la infancia.
—¡No podemos dejar que sigan haciendo esto, Rikuo! —exclamó la joven onmyoji—. Sean o no yokai de Shikoku, están pegando fuego a nuestra ciudad. ¡Tenemos que detenerlos!
—No digo que no, Yura —respondió el chico con calma al otro lado del teléfono—. Sólo digo que hay que tener cuidado. Creo que hay alguien más detrás de todo esto. Tengo un mal presentimiento.
—Un mal presentimiento... Mm... —murmuró Yura—. ¡Bueno! ¡No importa! ¡Soy una onmyoji! ¡Quien quiera que sea el responsable, probará la justicia de los Keikain!
—Jajaja, no esperaba menos de ti, Yura. Pero por favor, ten cuidado. A saber quién está acechando ahí fuera.
—Tú ten cuidado también —contestó su amiga—. Algo me dice que tú también vas a salir, ¿verdad? Tu otro yo, quiero decir.
—Sí, es verdad. Yo tampoco puedo cruzarme de brazos cruzados. ¿Quieres que patrullemos juntos? —le ofreció Rikuo.
Por un momento, Yura se imaginó a sí misma al lado del Rikuo nocturno. Aquel arrogante kitsune, siempre burlón, con aquella sonrisa presuntuosa, su mirada penetrante, su... Sin darse cuenta, empezó a ponerse colorada.
—N-no, mejor que no... —musitó Yura al teléfono.
—¿Por qué no? Prometo que me portaré bien. O eso espero, ya sabes que por la noche a veces me pongo un poco...
—¡Otro día! —se apresuró a responder la onmyoji—. Lo dejamos para otro día. ¡Cuídate!
Colgó el teléfono. ¿Por qué había respondido así? A veces no se comprendía ni a sí misma. Vale que el Rikuo nocturno era un poco cargante, pero tampoco era para tanto. A fin de cuentas, ellla tenía que soportar a su hermano mayor todos los días. Al lado de Ryuji, el kitsune de ojos rubíes era el colmo de la caballerosidad. Incluso cuando hacía maldades yokai.
Hablando del rey de Roma, en aquel momento Ryuji entró en su habitación.
—Vamos, enana, deja de cotorrear y muévete, que hay que cazar yokai.
—¡Ryuji! ¡Llama a la puerta antes de entrar! —le echó la bronca Yura—. ¿Y si hubiese estado cambiándome de ropa, eh?
—Buf, cómo si me importara —se encogió de hombros su hermano—. ¿Qué, estás lista o aún tienes que charlar un poco más con tu noviete el zorro?
—¡Rikuo no es mi...! —explotó Yura, pero Ryuji no le dio tiempo a terminar.
—Que sí, que sí, lo que sea, pero déjalo para otro momento, que ahora tenemos trabajo que hacer. Esos imbéciles de Shikoku están armando un buen follón ahí fuera. No podemos dejar que se repita lo del verano pasado.
—Rikuo dice que los suyos también van a salir a enfrentarse a ellos —indicó Yura.
Ryuji bufó con desprecio.
—Yokai contra yokai. Todo se reduce a eso. Y de mientras los humanos sufren. Siempre lo mismo —Ryuji se volvió hacia su hermana—. Recuerda bien esto, Yura. No importa lo majos que te puedan parecer, los yokai siempre serán monstruos que no piensan más que en su propio beneficio. Incluso si ese kitsune intenta ir de bueno por la vida, al final habrá cosas que nunca cambiarán, lo quiera él o no.
La joven onmyoji agachó la cabeza. Sí, había verdad en las palabras de su hermano. A veces lo olvidaba, porque Rikuo era Rikuo y había muchos yokai que la trataban bien en la Mansión Abe, incluida la propia Hagoromo Gitsune en persona. Pero ella era una excepción. A fin de cuentas, ¿no había sufrido ya Kioto dos veces por culpa de los yokai? Si quería ser una onmyoji de pleno derecho, había verdades difíciles que no podía ignorar.
—Lo sé —admitió Yura—, pero estoy seguro de que Rikuo hará ahora todo lo posible para salvar la ciudad.
—Eso espero. Por su bien y por el nuestro —suspiró Ryuji—. Ahora vayámonos, antes de que el abuelo se impaciente más.
—¡Sí! —asintió Yura con decisión, siguiendo los pasos de su hermano.
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Mansión Abe
Tsurara estaba esperando fuera de la habitación de Rikuo. El joven señor había ido a cambiarse para la batalla que se avecinaba. Había oído también el murmullo de una conversación telefónica, probablemente por Keikain.
"Debe estar preocupado por ella", pensó la Yuki-onna. "Los onmyoji también van a ir a la guerra".
En un momento de flaqueza, se preguntó si Rikuo se preocuparía de ella de igual manera si ella estuviese en la situación de Keikain.
"Probablemente sí", se respondió a sí misma Tsurara. "Rikuo es así. Por eso le... le... le quiero".
No era una verdad difícil de admitir, pero por Rikuo estaba dispuesta a hacer muchas cosas. En aquel momento preciso acariciaba distraídamente su teléfono móvil. Lo que había hecho iba a levantar muchas ampollas, tanto en Kioto como fuera de la capital. Sin embargo, era necesario. Como había dicho Rikuo, Kioto necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir. La ciudad más hermosa de Japón no podía acabar reducida a escombros y cenizas.
"¿He hecho bien?", se preguntó Tsurara.
No tuvo mucho más tiempo para reflexionar. Con un crujido, la puerta se abrió y Rikuo salió envuelto en las vestiduras de un cazador noble de la era Heian. En su forma nocturna, transmitía gracia y poder como nadie. Tsurara no pudo evitar mirarlo con admiración. Al notarlo, Rikuo esbozó una de sus típicas sonrisas traviesas de kitsune.
—¿Qué ocurre, Tsurara? ¿Se te ha comido la lengua el gato?
—Um... Ah... Sí... No, quiero decir, esto... –balbuceó la dama de las nieves, roja como un tomate.
—Jajaja, tranquila, tranquila. Esta noche todos estamos un poco nerviosos –comentó Rikuo. Luego bajó la voz, hasta casi susurrar—. ¿Has podido contactar con ellos?
—Sí, ya está hecho. Están de acuerdo con el plan –constestó la Auki-onna, también en susurros.
—Perfecto –Rikuo le guiñó un ojo a su amiga—. Cuento contigo, Tsurara.
—¡Sí! –asintió ella enérgicamente.
—Bien. Entonces vamos a la guerra.
En el vestíbulo esperaban los principales lugartenientes del clan, desde Ibaraki-Doji hasta Shokera. Incluso la pequeña Kyokotsu estaba allí, a pesar de que la muerte de su padre aún estaba reciente. Rikuo intentó disuadirla de que los acompañase, pero la niña de ojos de serpiente no se dejó convencer.
—Ahí fuera están los que han matado a papá y a mis amigos. ¡Si el hermano mayor puede ir, yo también! –aseveró Kyokotsu con decisión.
Rikuo suspiró. Sabía que su abuela solía dar manga ancha a Kyokotsu en cantidad de ocasiones, pero a él no le hacía ninguna gracia. Aunque la pequeña era ducha en las artes negras que tanto gustaban a Hagoromo Gitsune, seguía siendo una niña. Una niña que encima había perdido a su padre y a la que las ansias de venganza podían poner en un brete. Sin embargo, en aquel momento no tenía tiempo para discutir. A cada minuto que pasaba, Kioto perdía un pedazo de su historia a manos del enemigo.
—El enemigo está atacando en diversos puntos de la ciudad. Nos dividiremos para cubrir más espacio –ordenó Rikuo—. Gran Tengu, coged a vuestros cuervos y vigilad los cielos. Seréis nuestro centro de comunicación. Ibaraki-Doji, toma tus oni y patrulla la zona este. Shokera, tú y los tuyos os quedaréis en el lado oeste. Si veis onmyoji, no los ataquéis ni estorbéis. Su objetivo también es expulsar a estos invasores. Ya sabéis, el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
—¿Y vos, joven señor? –preguntó el Gran Tengu.
—Yo seré la punta de lanza de una fuerza de reacción rápida. Cada vez que uno de esos malnacidos aparezca, le daremos caza. Tsurara, tú vienes conmigo.
La Yuki-onna asintió, con cuidado de no exteriorizar sus sentimientos. A los yokai de Kioto les seguía sin hacer gracia que su joven señor confiase tanto en una extranjera.
Rikuo se volvió hacia Kyokotsu.
—Tú también, Kyokotsu. Gashadokuro vendrá con nosotros.
—No os preoupéis, joven señor –dijo el esqueleto gigante—. Me aseguraré de que no le ocurra nada malo.
—Te tomo la palabra.
A Kyokotsu no le hizo ninguna gracia aquello.
—¡Señor Rikuo! –protestó con su aguda voz infantil—. ¡No soy una niña pequeña! ¡Sé luchar! ¡No necesito una niñera!
—¿Quién ha dicho nada de niñeras? –replicó el kitsune con sorna—. ¿No querías estar en el centro de la acción? Pues entonces tendrás que seguirme, te guste o no. Recuerda, en ausencia de Hagoromo Gitsune, yo doy las órdenes aquí.
La niña dejó su enfurruñamiento a un lado y asintió con un brillo apasionado en los ojos. Su lealtad infantil era encomiable y a prueba de bombas. Rikuo realmente quería tenerla bajo vigilancia, no fuera a pasarle nada malo. Su abuela nunca lo decía, pero Kyokotsu era como la hija que nunca había tenido. Hasta que Hagoromo Gitsune volviese, era tarea suya frenar su ímpetu y mantenerla a salvo.
—Si ya está todo aclarado, ¡adelante! Esos yokai de Shikoku se van a enterar de lo que es bueno.
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Hizo falta menos de una hora para que la confianza de Rikuo bajase en picado. Tal como había prometido Tamazuki, los yokai de Kioto no podían hacer otra cosa que perseguir fantasmas. Ninguno de los sicarios de Shikoku se quedaba demasiado tiempo en la escena del crimen, y si por un casual se topaban con las fuerzas de los Abe, en vez de luchar huían como alma que lleva el diablo. Mientras tanto, la ciudad seguía ardiendo.
—¡Maldita sea! –masculló Rikuo.
El joven señor era el que lo estaba pasando peor. Su "fuerza de reacción rápida" había sido pensada para apoyar a sus hombres en caso de enfrentamiento con el enemigo, una carga de caballería capaz de acudir rauda y veloz en rescate de los suyos. Sin embargo, no había enfrentamientos, sólo largas e infructuosas persecuciones.
En un momento de gran esfuerzo, Rikuo estuvo a punto de dar caza a la misteriosa mujer-pájaro de los 88 Demonios de Shikoku, pero su intento se vio frustrado cuando Tsurara lo tiró al suelo.
—¡Tsurara! ¿Se puede saber qué estás haciendo? –se enfadó el joven señor.
—¡Es una traidora! ¡Lo sabía, lo sabía! ¿Le puedo sacar los ojos, hermano mayor? –saltó Kyokotsu como resorte.
—¡No! Lo siento, es que no había tiempo para explicaciones –se excusó la dama de las nieves, manteniendo la distancia con la niña de la calavera y las serpientes—. ¡Mirad!
En su mano helada sostenía una de las plumas negras de la mujer-pájaro. Cuando se vio perseguida, la sicaria de Tamazuki había liberado un gran número de ellas sobre Rikuo. Habrían caído sobre él de no haberse interpuesto Tsurara en su camino.
—¿Son venenosas? –aventuró Rikuo, recordando al Zen, el famoso médico del Clan Nura, un ave yokai de alas mortales.
—No, pero si tocan tus ojos te dejan ciego –explicó Tsurara—. Mi madre me contó leyendas sobre los yokai de Shikoku. Estas son las plumas de Yosuzume, un yokai que ataca a los humanos que tienen miedo de la oscuridad. Debe haber venido con ese Tamazuki.
Rikuo gruñó. Conocía bien las leyendas de Kioto, pero apenas sabía nada sobre Shikoku. En su casa apenas hablaban de ellos, contentándose con tildarlos de "paletos de pueblo". Sin embargo, tan paletos no debían ser si tenían a su servicio yokai tan peligrosos como aquella misteriosa Yosuzume. Yura seguro que sabía mucho más, pero no había habido oportunidad de tratar el tema antes del ataque. La próxima vez se tomaría las reuniones del Club Onmyoji más en serio.
Una intensa llamarada a un kilómetro de allí atrajo su atención.
—¡Otra vez no! —exclamó Rikuo furioso.
Partió hacia el nuevo foco del incendio acomapañado de Tsurara, Kyokotsu y Gashadokuro, amén de otros seguidores, pero sabía que era en vano. Para cuando llegaran, los culpables haría rato que se habrían esfumado, no dejando más rastro que cenizas y destrucción.
Sus temores se cumplieron. Era un barrio residencial y decenas de personas gritaban y lloraban mientras veían como las llamas devoraban sus casas. Los bomberos de la Kioto no daban abasto, y ya estaban llamando a efectivos desde Osaka y otras ciudades cercanas. Incluso se hablaba de hacer intervenir a las Fuerzas de Autodefensa.
Rikuo apretó los dientes.
—Los culpables escapan. Tenemos que ir tras ellos —dijo un tengu del monte Kurama, enlace con el consejero Sojobo.
—No —dijo Rikuo—. Así no vamos a ninguna parte. Estoy harto de perseguir fantasmas. Quiero ayudar y eso es lo que voy a hacer.
—¿Rikuo? ¿Qué estás haciendo? —preguntó Tsurara sorprendida.
Por toda respuesta, el chico bajó al nivel de la calle para mezclarse con los transeúntes. No sabía qué podía hacer, pero quería hacer algo. Si su espada era inútil en aquel momento, siempre podía rescatar objetos y personas del fuego, traer suministros, lo que fuera necesario. Por desgracia, la gente a su alrededor estaba en estado de shock. No le prestaban ninguna atención. Ni siquiera se daban cuenta de que era un kitsune.
—¡Gente! ¡Estoy aquí para ayudar! ¡Decidme qué debo hacer! —exclamó Rikuo.
Nadie le respondió. Estaban demasiado ocupados llorando y lamentándose.
—¡No os quedéis parados! ¡Hay que hacer...! —elevó la voz Rikuo, hasta que notó cómo Tsurara le tiraba de la manga.
—Rikuo, déjalo. No escuchan. No pueden —le hizo ver la dama de las nieves en tono calmante.
—Pero... —quiso protestar el kitsune. Su sangre hervía. Necesitaba hacer algo, lo que fuera. Lo que más odiaba en el mundo era sentirse inútil.
—Qué difícil es ser el líder cuando el mundo se desmorona a tu alrededor —dijo una voz suave y aterciopelada.
Rikuo y Tsurara se dieron la vuelta. Entre la masa de personas que habían perdido su hogar habían aparecido dos figuras vestidas en elegantes trajes del periodo Edo. La gente les abrió paso, casi sin darse cuenta, hasta que se plantaron a escasa distancia de la pareja yokai.
—Rikuo... Esos dos... —murmuró Tsurara, frunciendo el ceño. Había algo raro en aquellos dos personajes, no sólo por su forma de vestir.
—¿Quiénes sois? —les preguntó el joven señor de los Abe—. ¿Sois yokai de Shikoku?
—Yokai de Shikoku, dice. Qué divertido —se burló el hombre de cabellos rubios que acompañaba al primero, un extraño ser de inhumanos ojos negros y sonrisa perenne.
—Es la ignorancia la que habla por ellos, Yanagida. Recuérdalo. El conocimiento es poder —le dijo su acompañante, para luego volverse hacia Rikuo y Tsurara—. No, nieto de Hagoromo Gitsune, no venimos de Shikoku, sino de la antigua Edo. Yo soy Encho, Boca de Sanmoto y Ejecutivo del Clan de las Cien Historias. Aquí a mi lado se encuentra mi colega, Yanagida.
—¡Entonces sois vosotros los que estáis detrás de todo esto! —rugió Rikuo furioso.
La explosión de ira del kitsune no perturbó a Encho en lo más mínimo.
—¿Nosotros? Puede ser que sí, puede ser que no —se hizo el enigmático el narrador de las Cien Historias—. No niego que nos interesa ver al Clan Abe caído en desgracia y que el joven señor de Shikoku está haciendo un buen trabajo. Por encima de nuestras expectativas, diría yo. En este juego de tronos, nuestro protegido apuesta como un ganador. ¿Cuál será vuestro movimiento, señor de los Abe?
—¡Esto no es un juego! —gritó Rikuo—. ¡No os perdonaré que hayáis causado tanta muerte y destrucción innecesaria!
—No es innecesaria —le cortó Encho, dejando su abanico a un lado y alzando tres dedos de su mano derecha—. Tres noches. En tres noches, vuestra existencia será borrada de la faz de Kioto. Eso sí lo puedo prometer.
—¿Ah, sí? —Rikuo enarcó una ceja, entre chulo y desconfiado—. Ya derrotamos al Nurarihyon hace medio año y él era mucho más hombre que cualquiera de vosotros, perros rastreros.
—Lo nuestro no es la fuerza bruta, señor Abe. Nosotros usamos la cabeza. Un buen estratega no pone todos los huevos en la misma cesta —le sermoneó Encho con suavidad, como un profesor aleccionando a su alumno favorito—. El juego ha empezado. El tablero es Kioto, la apuesta es el "miedo" de la capital. Y las piezas... Bueno, digamos que tengo un truco o dos bajo la manga.
—¡Te he dicho que esto no es un juego! —exclamó Rikuo, lanzándose sobre Encho.
Cuál no fue su sorpresa al darse cuenta de que un grupo de humanos normales y corrientes se interponía en su camino.
—¿Qué hacéis? —se enfadó el kitsune—. ¡Apartad!
—¡Aparta tú, apestoso yokai! —le espetaron ellos—. ¡Es por tu culpa que hemos perdido nuestras casas! ¡Ahora lo vas a pagar!
—¿Pero qué estáis diciendo? —se asombró Rikuo.
Entonces se fijó en Encho. La Boca de Sanmoto hablaba y sus palabras resonaban en todo el lugar, llegando a los corazones de las personas que más habían sufrido.
—Mirad... Yokai... No son una leyenda... Existen... Existen y son los culpables de esta desgracia... Son culpables de todas las desgracias... Matadlos... Salvad Kioto... Matad a los yokai...
—¡Serás...! —empezó Rikuo, pero se detuvo al instante cuando una botella le golpeó en la cabeza.
Las personas que antes habían estado llorando ante la destrucción de sus casas, ahora le miraban con un odio abrasador. Todo el que podía echaba mano de palos, piedras y botellas, munición para castigar al malvado yokai que les había causado tanto dolor.
—¡No, deteneos! ¡Os está engañando! ¡Él es el verdadero culpable! —intentó hacerles entrar en razón Rikuo, más fue en vano.
—¡Cállate y muere, maldito yokai!
Empezó la lluvia de proyectiles, desde pedradas a escupitajos, mientras Encho lo observaba todo con expresión satisfecha.
—¿Cómo se siente ser odiado por aquellos que proteges, nieto de Hagoromo Gitsune? —comentó Encho. Su sonrisa era más ancha que nunca—. Hay una línea muy delgada entre el miedo y el odio. Los humanos son seres patéticos, siempre dispuestos a echar la culpa de sus desgracias a cualquier otro. Mentiras, engaños... lo aceptarán todo siempre que crean que así se van a salvar. Esa es la clase de criaturas entre las que te camuflas, joven señor de los Abe. Ahora, si me disculpas, me requieren en otra parte.
Se dio la vuelta, seguido por Yanagida.
—¡Encho! ¡No te atrevas a darme la espalda, maldito malnacido! —bramó Rikuo, aunque era incapaz de atravesar la marea de ciudadanos furiosos que se interponía entre él y su objetivo.
—Hasta nunca, kitsune —se burló Yanagida, antes de desaparecer tras los pasos del narrador.
Influenciada por las palabras de Encho, la horda de humanos enfervorecidos se lanzó sobre Rikuo y compañía. Eran débiles, no tenían poderes y habían sufrido un trauma terrible. Pero eran muchos y estaban dominados por un odio homicida que los hacía imparables. Cuando una piedra estuvo a punto de sacarle un ojo a Rikuo, Tsurara no aguantó más y empezó a convocar una nube de hielo sobre sus cabezas.
—Volved a hacer eso y os convierto a todos en cubitos de hielo —amenazó la Yuki-onna.
—¡Tsurara, no! ¡No saben lo que están haciendo! —la detuvo Rikuo.
—P-pero yo... —intentó justificarse Tsurara. Un momento de distracción que aprovechó uno de los más lanzados para arrearle un fuerte golpe en la cabeza con una barra de hierro. La dama de las nieves se desplomó sobre el suelo, sangrando profusamente.
—¡TSURARA! —gritó Rikuo.
Sin más dilación, levantó con mucho cuidado a la Yuki-onna y la sujetó entre sus brazos.
—Kyokotsu, Gashadokuro, tenemos que irnos de aquí lo antes posible —ordenó el joven señor.
—¿Cómo? ¿Por qué? ¡Seguro que podemos con todos ellos! —protestó Kyokotsu.
—No vamos a hacer daño a los humanos. Es mi última palabra. Vámonos.
Estaba claro que ni a Kyokotsu ni al resto les parecía bien aquella disposición, pero Rikuo era el joven señor y no tenían más remedio que obedecer. Por desgracia, su retirada se vio entorpecida por más grupos de personas que acudían desde las cuatro esquinas del barrio como un enjambre de avispas enfurecidas. Las palabras de Encho habían llegado más lejos de lo que parecía.
—¿Qué hacemos? —preguntó Kyokotsu, por primera vez alarmada de verdad. Las piedras volaban y el número de humanos crecía sin parar.
—¿Luchar? —sugirió Gashadokuro inseguro. Su mayor tamaño no le proporcionaba más seguridad, al contrario: se había convertido en un blanco perfecto para los proyectiles de la marabunta que rugía a su alrededor.
—¡No! —les detuvo Rikuo una vez más—. Vamos a... vamos a...
Sin embargo, lo cierto era que ni él mismo sabía qué hacer. Nadie le había preparado para enfrentarse a una horda de humanos enfadados. Nunca se había visto en la tesitura de ser el blanco del odio de todos, y menos aún cuando no había hecho nada malo. Era como un ataque zombi, caótico, abrumador e interminable. Su agilidad de kitsune no podía escapar de cientos de manos que se alargaban hacia él.
Fue cuestión de tiempo que cayeran sobre él, sin que Kyokotsu o Gashadokuro pudieran hacer nada por evitarlo.
"¡Tengo que proteger a Tsurara!", pensó Rikuo. ¿Pero cómo? Con los brazos ocupados en escudar a su querida amiga, no podía blandir una espada. Y aunque hubiese podido, realmente no se sentía capaz de atacar a aquellas personas. Ellas también eran víctimas de la situación. ¿Qué podía hacer? ¿Su shikigami? ¡Sí, esa era la solución! Sin embargo, no alcanzaba el bolsillo donde tenía el talismán y la horda estaba a punto de lincharlo. No iba a llegar a tiempo.
Entonces ocurrió lo que parecía un milagro. Una fuerza poderosa lo agarró por los hombros y lo alzó sobre las cabezas de la turba, poniendo a salvo de paso a Tsurara. Mientras, un torrente de agua brotó de todas las alcantarillas y bocas de riego. El súbito manguerazo hizo retroceder a los humanos, una ducha fría que a muchos les aclaró las ideas. Poco a poco, los vecinos se dispersaron.
—¿Quién...? —empezó a preguntar Rikuo, contemplando a sus salvadores.
—¿Cómo? ¿No se acuerda de nosotros? ¡Pero si pensé que fue usted quien nos había llamado! Ah, no importa, mi memoria tampoco es la mejor. ¡Aotabo de los Nura, para servirle! —sonrió el gigantón que le tenía cogido por los hombros. Luego observó la fea herida que tenía Tsurara en la cabeza—. Ay, madre, será mejor que Setsura no vea eso o se va a poner hecha una furia.
—Disculpad que hayamos tardado un poco. Tenía que recordar el camino de los estanques —se disculpó Kappa, el yokai de pies palmeados de los Nura. Él había sido el responsable del baño de agua fría que habían recibido los humanos.
—Ciertamente —intervino la figura de un monje guerrero que había surgido de entre las sombras. El hombre hizo una reverencia ante Rikuo—. Soy Kurotabo, por si se había olvidado de mí. Siento que no podamos reunirnos en circunstancias más propicias, pero tal como quedó acordado, estamos aquí para ayudar en la lucha contra Sanmoto Gorozaemon y sus secuaces.
Kyokotsu, recuperada del susto de ver a Rikuo desaparecer bajo la marea humana, giró la cabeza de un lado a otro sin entender lo que estaba pasando. ¿Aquellos recién llegados no eran los mismos que habían intentado matar al joven señor meses atrás? ¿Qué estaban haciendo allí?
—¿Hermano mayor? ¿Qué es esto? —preguntó dubitativamente la niña.
—Mi as bajo la manga —sonrió Rikuo.
Notas adicionales:
Ay, Nuramago ha acabado definitivamente y me siento vacío. Mucho me temo que el fandom va a morir poco a poco. Pero este fic continuará hasta el final, aunque sólo me lea una persona. Por de pronto, a ver qué tal funciono con este ritmo de actualización y los capítulos más cortos.
* La información que he dado de los incendios en el antiguo Japón es veraz. No debía ser nada divertido vivir en aquellas épocas. Decir que en el canon Inuhoo y compañía también le prenden fuego a Ukiyoe, pero en un pueblo de piedra y metal el efecto no iba a ser tan devastador como en Kioto.
* Algunos reconocerán ciertas escenas similares a las del manga. El poder de Encho es hacer que la gente crea sus palabras. Un poco tonto, hasta que uno ve el alcance que puede tener. Durante la saga del Clan de las Cien Historias, él y sus compañeros ponían en más de un dilema moral a Rikuo... aunque luego el autor se lo saltó a la torera para hacer parecer a Rikuo más "heroico". No fue una buena saga, pero tenía buenas ideas. Espero no fastidiarlas yo también.
Aún queda por delante una OVA más y tal vez algún omake. Pero nada más. Ojalá Nuramago encontrara una segunda vida en fanfiction, como tantas otras series, pero mucho me temo que no será así. En fin, qué se le va a hacer. Yo seguiré escribiendo.
Próximo capítulo: "Rikuo contraataca".
