Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Los yokai de Shikoku empiezan su ataque sobre Kioto, provocando incendios y destrucción. Rikuo intenta detenerlos, pero en su camino se cruza Encho del Clan de las Cien Historias, que vuelve a los humanos en su contra. Antes de que le linchen, sin embargo, Kurotabo, Aotabo y Kappa llegan para rescatarlo.


Rikuo contraataca

Las caras eran largas en la sala de reuniones del Clan Abe. Sobre un enorme mapa de la ciudad de Kioto colgado en la pared, el Gran Tengu del monte Kurama iba marcando con un pincel los lugares que habían sido atacados por los yokai de Shikoku la noche anterior.

—El hanamachi de Shimabara... La escuela abandonada... Los templos sintoístas del este... —iba recitando el anciano consejero—. Todos estos sitios han sido objetivo de los invasores, por no mencionar los daños causados por el fuego en la ciudad antigua.

Las expresiones de los presentes, con Rikuo en su forma humana a la cabeza, se endurecieron. El Gran Tengu continuó con su exposición.

—Al contrario que los Nura el verano pasado, estos atacantes de ahora no buscan ocupar plazas fuertes. Su táctica preferida es el ataque relámpago y la retirada inmediata, antes de que lleguen refuerzos. Sin embargo, no hay que subestimarlos. La muerte de nuestro buen amigo Kyokotsu demuestra que son peligrosos. En mi humilde opinión, creo que su objetivo es alterar el equilibrio del "miedo" en la capital. En suma, buscan provocarnos y atacarnos en cuanto nos descuidemos.

Las exclamaciones de asombro no tardaron en hacerse oír en el auditorio.

—¿Qué significa esto? ¡Nos estamos dejando ganar! —gritó el preocupado representante de los comerciantes yokai.

—¡Si esto fuera una guerra de verdad, habríamos tenido que izar bandera blanca! —se quejó otro.

—Por si fuera poco, tengo entendido que el enemigo está formado por un escuadrón de tamaño reducido —añadió un tercero—. ¡Nos estamos dejando avasallar por un puñado de tanukis! ¡Qué vergüenza!

Ni el Gran Tengu, ni Ibaraki-Doji ni Shokera hicieron comentario alguno a las palabras de los alarmados representantes, aunque era evidente que desaprobaban aquel ataque de pánico. Una dubitativa Kyokotsu intentó intervenir para aclarar la situación, pero aún era muy pequeña y no estaba preparada para hacerse oír en una reunión del clan. Afortunadamente, fue entonces cuando Rikuo decidió intervenir.

—Os equivocáis —dijo el joven señor muy serio—. No son sólo un puñado de tanukis. Han demostrado que tienen inteligencia y recursos, y los secuaces de Sanmoto Gorozaemon les están ayudando. Están dispuestos a todo con tal de ganar, incluso a usar a los humanos contra nosotros.

Hubo un suspiro colectivo de pesar en la sala.

—Ay, si al menos Hagoromo Gitsune estuviera aquí con nosotros... —se lamentó uno.

—Si estuviera aquí, mi abuela os estaría echando la bronca por ser tan miedosos —les reprochó Rikuo—. Sabíamos que tarde o temprano Sanmoto haría un movimiento contra nosotros. Bueno, pues ese momento ha llegado. Ahora nos corresponde a nosotros ocuparnos de esta nueva amenaza. ¡Recordad que sois yokai de Kioto! Venceremos a este nuevo enemigo como hemos vencido a los demás.

Los presentes asintieron a las palabras de Rikuo, algunos con satisfacción, otros con resignación. Ciertamente, la mayoría habría preferido tener al frente a Hagoromo Gitsune en una situación de crisis como aquella, pero el joven señor se había ganado los galones de general durante la guerra con el Nurarihyon, así que no les quedaba más remedio que obedecer y confiar en que todo saliese bien. En el peor de los casos, la Señora del Pandemónium regresaría tarde o temprano y les enseñaría a esos paletos tanukis cuál era su lugar.

—Para cuando la abuela regrese, espero tener este problema solucionado —anunció Rikuo con confianza—. Precisamente tengo un plan que...

—¿Ese plan incluye a nuestros recientes "invitados"? —inquirió el Gran Tengu.

Rikuo se volvió hacia él, sorprendido. Aunque el tono del consejero principal del Clan Abe había sido educado, estaba claro que desaprobaba la presencia de los enviados de Ukiyoe en la mansión. Debía ser un rechazo muy grande para haber saltado así en mitad de la conversación, pensó Rikuo. No era propio del Gran Tengu ser tan brusco. ¿O quizás era su manera de lanzar al ruedo la cuestión en la que todos estaban pensando pero nadie se atrevía a mencionar? Tratándose del astuto Sojobo, uno nunca podía estar seguro.

—Pues sí, así es —contestó Rikuo sin ambages—. El Clan Nura es ahora un clan amigo y los señores Kurotabo, Aotabo y Kappa han venido a ayudarnos, así que espero que todo el mundo les trate con la cortesía que se merecen.

—Lo que se merecen es un corte limpio a la altura de la garganta —rezongó el irascible Ibaraki-Doji—. No me entendáis mal, joven señor. Haré lo que ordenéis, pero los Nura no son nuestros amigos. Nunca lo han sido y nunca lo serán.

—Ya veremos —susurró Rikuo.

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En otro lado de la mansión, concretamente en la zona del jardín dedicada a la fuente central, Tsurara estaba dando vueltas de acá para allá. La reunión de los jerifaltes del Clan Abe se estaba alargando más de lo previsto y a ella se le estaban comiendo los nervios. No soportaba estar inactiva. En Ukiyoe siempre había tenido tareas que hacer y hasta cierto punto su tiempo de criada de los Abe había sido llevadero gracias a eso. Ahora Rikuo insistía en que no tenía que hacer nada y ella no se atrevía a llevarle la contraria, ya que el muchacho tenía buena intención. Sin embargo, al igual que la señora Wakana, ella habría preferido echar una mano en la cocina antes que quedarse sentada y esperar.

En esas estaba cuando tres caras familiares aparecieron en su busca.

—¡Yuki-onna! ¡Así que estabas aquí! —la llamó Aotabo con su vozarrón capaz de hacer temblar las paredes—. ¡Hemos estado buscándote por todas partes! Esta casa es un auténtico laberinto. ¿Cómo pueden los yokai de Kioto vivir en un sitio tan... tan...?

—¿Occidental? —sugirió el palmeado Kappa—. A mí me gusta.

—A ti te gusta hasta la música occidental, así que tu opinión no cuenta —sentenció Aotabo, mientras el estoico Kurotabo esbozaba una media sonrisa divertida.

Tsurara salió a su encuentro con alegría.

—¡Ao! ¡Kuro! ¡Kappa! ¡Qué alegría que hayáis venido! Cuando mi madre dijo que iba a enviar ayuda, no pensé que se refería a vosotros.

—Éramos la opción más lógica. Tenemos más experiencia en Kioto que ningún otro y, además, somos miembros de la brigada de asalto —afirmó Kurotabo con mal disimulado orgullo.

—Bueno, eso y que nos ofrecimos voluntarios —añadió Aotabo con una sonrisa—. No pensábamos dejar a nuestra pequeña Yuki-onna sola ante el peligro por segunda vez. Ya fue bastante malo la primera.

Hubo un silencio incómodo. Los sucesos del verano aún pesaban en sus conciencias. Entonces, Tsurara se había interpuesto entre ellos y Rikuo cuando estos habían intentado asesinarlo. En parte había sido culpa suya por no revelarle a su compañera cuál era el objetivo real de su misión en Kioto. Luego, la llegada de refuerzos Abe les había obligado a poner pies en polvorosa, abandonando a Tsurara en las garras del enemigo. Al final todo había salido bien gracias a la misericordia del nieto de Hagoromo Gitsune, pero a los tres aún les reconcomía lo ocurrido. Abandonar a un compañero era un grave pecado en el mundo del honor yokai.

Intentando aligerar el ambiente, Tsurara decidió cambiar de tema:

—¿Qué hay de Kubinashi y Kejoro? ¿No vienen con vosotros?

—Huy, me temo que esto les ha pillado en un mal momento —contestó Aotabo.

—Ahora mismo están de luna de miel —explicó Kappa.

Tsurara se quedó asombrada.

—¿En serio se han casado? ¿De verdad, de verdad?

—No sé si lo recordarás, pero en aquel funesto día en el castillo Nijo nuestro Kubinashi dijo muchas cosas en voz alta cuando pensaba que Kejoro iba a morir —relató Kurotabo con su acostumbrada seriedad de monje vengador—. Obviamente, Kejoro se recuperó y no olvidó. Kubinashi intentó escaquearse, pero Kejoro es una mujer de armas tomar.

—¡Ja! ¡Vaya que sí! —se rió Aotabo—. Ha estado detrás de Kubinashi desde antes de que nos conociéramos. Ya era hora de que lo hicieran oficial, ya lo creo que sí.

—Kubinashi no parecía insatisfecho con el arreglo —observó Kappa.

La dama de las nieves sonrió.

—Me alegro mucho por ellos —dijo Tsurara con sinceridad—. Me gustaría que estuvieran aquí, con nosotros, pero se merecen un poco de felicidad. Todos se la merecen.

Al oír eso, Aotabo le dio un codazo cómplice a su antigua compañera.

—¿Y qué hay de tu felicidad, Yuki-onna? ¿Ya has intercambiado sakazuki con el nieto de Hagoromo Gitsune? —le preguntó con un guiño muy poco disimulado.

Tsurara se puso roja como un tomate.

—Como siempre, eres el colmo de la rudeza, Ao —suspiró Kurotabo.

—¿Qué pasa? ¡Sólo le he preguntado por el sakazuki! ¡No es nada de lo que avergonzarse! —protestó Aotabo, sin caer todavía en la cuenta de las repercusiones que aquel tema en concreto tenía para la joven dama de las nieves.

Para redondear el bochorno de Tsurara, justo entonces apareció en escena Rikuo, seguido de Ibaraki-Doji y Shokera.

—¿Qué es el sakazuki? —preguntó el muchacho con curiosidad—. Creo que no es la primera vez que oigo hablar de él, pero nunca he entendido de qué se trata.

—Señor Rikuo, es usted muy amable por dejarnos estar en su casa, después de todo lo que ha pasado —le saludó Kurotabo, guardando las formas—. En cuanto al sakazuki, estaría encantado de explicarle lo que es, si me lo permite.

—Adelante —asintió Rikuo, mientras Tsurara intentaba camuflarse con las flores del jardín. Qué decir tiene que no lo consiguió.

Kurotabo tosió para aclararse la garganta antes de empezar su exposición.

—Según el código de honor yokai, el sakazuki, ritual de la copa, representa un vínculo similar a un pacto de sangre entre yokai de diferentes clanes. En la época en que se formaron los grandes clanes de honor yokai, los honorables guerreros y los descendientes de éstos que formaron las procesiones nocturnas de los cien demonios intercambiaron sus copas de sake formando un vínculo. Si el contenido de sake de la copa se divide al 50%, los yokai se convierten en hermanos. Si la proporción es de 70—30, se establece un vínculo de lealtad entre señor y siervo. En cualquier caso, se trata de un rito que no puede llevarse a cabo a no ser que exista una confianza total entre las dos partes.

Rikuo se quedó admirado ante aquella explicación, pero Ibaraki-Doji a su lado se rió co evidente sorna, ganándose las miradas desaprobadoras de los Nura.

—¿Hay algo en mi explicación que os resulte gracioso, señor oni? —preguntó Kurotabo muy mosqueado.

—Me encanta como utilizas la expresión "honor yokai" para tapar el hecho de que no sois más que un puñado de yakuza, monjecillo —señaló el demonio de la cara partida—. Joven señor, ni caso. Lo pintan muy bonito, pero los juramentos de vasallaje que nos unen desde hace siglos al Clan Abe son más fuertes que esos rituales de vagos y maleantes.

Parecía que Aotabo le iba a espetar algo en la cara al orgulloso oni, pero Kurotabo se interpuso.

—Digamos que cada clan tiene sus propias tradiciones —dijo el monje negro diplomáticamente, para luego añadir en tono amenazante—: Para algunos son más importantes que su propia vida.

Ibaraki-Doji se encogió de hombros. La amenaza velada de Kurotabo no le inquietaba en lo más mínimo, pero tampoco le apetecía pelear por una chorrada. Sus espadas pedían sangre a gritos, pero era la sangre de aquellos apestosos tanuki de Shikoku lo que querían probar, no la de unos idiotas de Ukiyoe.

Al ver que la situación se había tranquilizado, Rikuo decidió explicar entonces la razón de que estuviese allí.

—Chicos, está claro que el enemigo va a volver a atacar esta noche. Debemos estar preparados y adelantarnos a sus movimientos en lugar de perseguir fantasmas. Por eso se me ha ocurrido un plan, un plan que necesita vuestra ayuda.

—¿La nuestra? —repitió Aotabo, sorprendido.

—Sí, la vuestra —asintió Rikuo—. Ni los yokai de Shikoku ni el Clan de las Cien Historias esperaba vuestra llegada. Sois nuestro as en la manga. Decidme, ¿qué tal se os da trabajar en equipo?

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Base secreta de Tamazuki

En el rascacielos a medio construir que habían levantado en el centro de Kioto, Tamazuki, Encho y sus respectivos lugartenientes examinaban con atención y evidente regocijo un mapa de la capital. Las marcas pintadas en él eran prácticamente un reflejo del análisis de la situación que había hecho el Gran Tengu en la sala de reuniones del Clan Abe, pero donde los yokai de Kioto veían malas noticias, Tamazuki y sus secuaces veían grandes victorias. El plan estaba marchando según lo previsto.

—¡Sí! ¡Les estamos dando donde más les duele! —exclamó el fortachón Tearai Oni de Shikoku.

—Mira, normalmente me dan ganas de pegarte porque sólo dices tonterías, ¡pero esta vez estoy de acuerdo contigo! —dijo Raiden de las Cien Historias, que parecía más animado que sus compañeros de clan—. A este paso, ni Plan B ni leches, Kioto caerá en dos días más. ¡Genial!

—Yo no cantaría victoria tan pronto —intervino Inuhoo, el perro fénix que había provocado la mayoría de incendios en la ciudad. Como siempre, le gustaba adoptar el papel de responsable del grupo y se había tomado como misión no dejar que sus camaradas se descontrolasen—. Sí, no podemos quejarnos de los resultados de la noche pasada, pero los Abe aún no están vencidos. ¿Os recuerdo que ayer mismo tuvimos que lamentar la muerte de nuestro compañero Muchi a manos de Hagoromo Gitsune? ¿O es que lo habéis olvidado?

—Eres un aguafiestas, Inuhoo —se quejó Tearai Oni.

Un golpe sobre la mesa interrumpió la conversación. Las cabezas de los presentes se giraron hacia la cabecera, donde Tamazuki se sentaba con el fiel Inugami a su espalda, cual guardia pretoriano.

—Inuhoo no está siendo aguafiestas, amigo Tearai Oni. Sólo está siendo precavido, y con razón —dijo el líder de los 88 Demonios de Shikoku—. Aunque lo de anoche fue todo un éxito, ha sido más un espectáculo de fuegos artificiales que otra cosa. La verdadera batalla está a punto de empezar. ¿Encho?

La Boca de Sanmoto asintió y se levantó para tomar la palabra.

—Estimados colegas de Shikoku, el señor Tamazuki tiene razón. Esta noche nos enfrentaremos a la prueba de fuego. Los Abe creerán que nuestro objetivo van a ser templos y otros lugares espirituales, como anoche. Que vamos a terminar el trabajo empezado. Y será verdad, pero sólo hasta cierto punto.

A un gesto de Encho, se colgó un nuevo mapa sobre el anterior. Tanto los yokai de Shikoku como los propios ejecutivos de las Cien Historias lo examinaron con atención.

—¿Estoy leyendo lo que creo que estoy leyendo? —preguntó Inuhoo con el ceño fruncido.

—Estás leyendo bien, Inuhoo —dijo Tamazuki son una sonrisa siniestra de oreja a oreja, mientras Inugami jadeaba con anticipación a su lado—. Vamos a tender una trampa a los onmyoji y a los yokai de Kioto. Cuando esta noche acabe, la capital no volverá a ser la misma.

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Casa ancestral de los Keikain

Si había un sentimiento generalizado entre los onmyoji de la mansión, era el de impotencia. Al igual que los yokai de Kioto, los valientes exorcistas de la familia Keikain habían salido para enfrentarse al enemigo invasor, sólo para volver con las manos vacías. Mientras tanto, barrios enteros de la ciudad habían ardido hasta los cimientos y si no se había perdido gran parte del patrimonio artístico y cultural de la ciudad había sido gracias al esfuerzo colectivo de los vecinos, no a ninguna clase de heroísmo de los yokai o de los onmyoji. Tanto los Abe como los Keikain habían sido meros convidados de piedra al "espectáculo de fuegos artificiales" que había organizado el malvado Tamazuki.

No hace falta decir que a los Keikain no les hacía ninguna gracia sentirse inútiles.

—¡Tenemos que hacer algo! —exclamó el líder de la estirpe Fukuju—. ¡Primero Shuji y Koreto, y ahora el resto de la ciudad! ¿Hasta cuándo dejaremos que esos yokai campen a sus anchas por Kioto?

—La solución no es sencilla, padre —intervino Masatsugu, su heredero y uno de los jóvenes más prometedores del clan—. Hemos pasado toda la noche jugando al escondite con esos malvados y sólo hemos conseguido cansarnos. Hemos de reconocerlo, si no nos anticipamos a sus movimientos, nunca los cazaremos.

Yura, sentada al lado de su abuelo como le correspondía como heredera oficial de la familia, escuchaba la discusión con mucha atención. Sí, su primo tenía razón. Ella misma había pasado la noche de aquí para allá y ahora estaba que se caía de sueño. Menos mal que aquel día era domingo y no tenía que ir a clase, pero si la cosa seguía así no sabía cómo aguantaría despierta en la escuela. "Aunque tampoco sería la primera vez que me quedo dormida en clase después de perseguir a un yokai escurridizo", pensó Yura, acordándose de cuando había estado siguiendo la pista de Rikuo, antes de que supiera que el kitsune bromista y su amigo de la infancia eran la misma persona.

En ese momento, su hermano mayor, hasta entonces muy callado, habló:

—Miradlo por el lado positivo.

—¿Qué lado positivo? —preguntó el padre de Masatsugu.

—Esta vez no hemos perdido a ninguno de los nuestros —comentó Ryuji—. No pasó lo mismo la última vez que una panda de yokai nos hizo quedar como imbéciles.

Hubo gruñidos de reproche, pero poco más. Ryuji siempre tenía una manera diferente de ver las crisis. Entonces Akifusa se levantó de su asiento con calma y tomó la palabra:

—Ryuji tiene razón. Es cierto que hemos sido afortunados. Sin embargo, lo que tenemos que defender no es nuestra sangre, sino Kioto. Y hemos fracasado.

—La batalla no ha hecho más que empezar —dijo Ryuji.

—Por supuesto. Y la próxima vez lo haremos mejor —añadió Akifusa—. Derrotaremos a esos yokai de Shikoku aunque nos cueste la vida en el intento.

Akifusa y Ryuji intercambiaron sonrisas. Nunca habían sido buenos amigos, pero desde la guerra del Nurarihyon había nacido un ligero sentimiento de camaradería entre ellos. Había ayudado mucho que ambos jóvenes hubiesen probado el amargo sabor de la derrota, tanto para apear a Akifusa de su caballo blanco como para limar la arrogancia de Ryuji (aunque su cinismo no había quien se lo quitara). Sin embargo, Keikain Haigo, el achaparrado jefe de la rama Idoro, no compartía el ánimo combativo de los dos jóvenes.

—¿Para qué malgastar la sangre de nuestros exorcistas cuando tenemos la solución aquí mismo? La barrera de Seimei está casi completa. Si colocamos el último sello en el castillo Nijo, expulsaremos a todos los yokai de Kioto. Sinceramente, no sé por qué no lo hicimos en su momento.

Si Yura esperaba que alguien le llevase la contraria a Heigo, quedó muy decepcionada. Al contrario, muchos empezaron a meditar seriamente aquella opción.

—¡No es una buena idea! —saltó la joven onmyoji—. ¡Si hacemos eso, el Clan Abe también será expulsado!

—¿Y? —fue la respuesta general.

—¿Acaso queréis haceros enemigos de Hagoromo Gitsune cuando nos estamos enfrentando a los yokai de Shikoku y a Sanmoto Gorozaemon? ¡Es una temeridad!

—Ah, ¿pero acaso no sabemos que Hagoromo Gitsune se ha ido de la ciudad? —señaló Heigo con una sonrisa de sabelotodo triunfal—. Si hay un momento para hacerlo es ahora, cuando los yokai están distraídos en sus guerras. Como ha dicho Akifusa, tenemos que proteger Kioto.

—Sobre todo cuando así no tenemos por qué mover el culo, ¿verdad, "jefe de estudios"? —le pinchó Ryuji. Heigo, con 43 años, era famoso por haberse pasado toda la vida estudiando con la vana esperanza de convertirse algún día en cabeza de la familia. La aparición de jóvenes genios como Akifusa, Mamiru o la misma Yura había enterrado todas sus esperanzas, así que ahora pasaba sus días entre libros y maldiciendo a las nuevas generaciones.

—Qué falta de respeto —se ofendió Heigo—. Aquí el que tiene que decidir es el cabeza de familia. Yo haré lo que el diga.

Todos los ojos se posaron en Hidemoto 27º. El anciano patriarca había permanecido toda la reunión con los ojos cerrados. Un observador menos perspicaz habría pensado que se había quedado dormido, pero en realidad estaba sumido en sus pensamientos, en especial las muertes de Shuji y Koreto. Aún le dolía la pérdida de dos jóvenes tan brillantes en la flor de su vida. No obstante, seguía siendo el patriarca de los Keikain. Había seguido el rumbo de la conversación, había sopesado los argumentos y había tomado una decisión.

—Seguiremos protegiendo Kioto como hasta ahora, confiando en la fuerza y la habilidad de nuestros onmyoji. Una guerra en dos frentes no es el paso más recomendable para nosotros ahora, en especial cuando compartimos un enemigo común que requerirá de todas nuestras energías para ser destruido.

Yura sonrió satisfecha, pero su sonrisa se desvaneció cuando su abuelo continuó:

—Dicho esto, no estoy ciego ante la amenza que se cierne sobre nosotros ni ignoro que nuestra primera responsabilidad es con Kioto y sus habitantes. Si se diera el caso de que la situación se escapa de nuestro control, daré la orden de cerrar la barrera espiritual de Seimei y expulsar a todos los yokai de la ciudad, sin importar a qué familia pertenezcan. Qué los dioses nos amparen si eso llega a ocurrir, porque Hagoromo Gitsune no perdona ninguna ofensa.

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Fushimi Inari

Era la noche del 23 y hacía frío en la antigua capital. Dos figuras envueltas en sombras hacían guardia junto al gran santuario de Inari en Kioto.

Desde antiguo, Inari era considerada patrona del arroz y de los negocios exitosos, así que agricultores, artesanos y comerciantes habían contribuido durante siglos a hacer de aquel santuario uno de los más hermosos de Japón. El altar de Inari propiamente dicho estaba en lo alto de una colina a la que se llegaba después de atravesar miles de torii, falsas puertas rojas colocadas a modo de arcos triunfales de madera a lo largo de la vía sagrada. Además del santuario, no faltaban pequeños altares diseminados por todo el recinto, hasta 32.000, según algunas fuentes. No era de extrañar, por tanto, que fuera uno de los lugares de culto más populares de la ciudad. Año Nuevo estaba a la vuelta de la esquina y se esperaba una afluencia de millones de visitantes.

Fushimi Inari era también uno de los lugares de culto más asociados con los kitsunes. No faltaban estatuas de zorros blancos a la entrada del santuario y hasta la misma Hagoromo Gitsune demostraba una reverencia especial por aquel sitio. Que no hubiese sido atacado la noche anterior resultaba harto sospechoso y los estrategas del Clan Abe estaban convencidos de que el enemigo planeaba algo especial para aquel santuario. Por eso estaban allí Shokera y Aotabo, vigilando como gárgolas.

La idea de combinar en equipos diferentes a los Nura y a los Abe había sido de Rikuo. Como les había dicho el joven señor a Kurotabo y compañía, "el enemigo nos espera a nosotros; no os espera a vosotros". Confiaba en que eso fuera suficiente para volver la balanza contra los yokai de Shikoku y al Clan de las Cien Historias, pero admitía también que la idea de combinar dos fuerzas en principio antagónicas para sorprender a sus rivales había sido de Tamazuki y los suyos. "Hay que aprender, aunque sea del enemigo", había dicho entonces Rikuo.

No era una idea fácil de poner en práctica. Aún había mucha mala sangre entre los dos bandos. Curiosamente, uno de los primeros en aceptarla había sido el siempre gruñón Ibaraki-Doji.

—Mientras no me toque con el capullo de las cuerditas, me importa un pimiento quien sea mi compañero siempre que pelee bien —había dicho el líder oni.

—Eh, me han dicho que Kubinashi no ha podido venir —había respondido Rikuo un poco nervioso.

—Mejor todavía.

A Shokera le había tocado con Aotabo, el monje forzudo de los Nura. Decir que los dos yokai no habían empastado bien era un error. El problema era que ni siquiera habían llegado a empastar. Desde que habían empezado la vigilancia, Aotabo había intentado por activa y por pasiva trabar conversación con Shokera, pero el yokai cristiano apenas le dirigía la palabra y se contentaba con responderle con monosílabos.

—Vaya, hombre. Y yo que pensaba que Kurotabo era un muermo cuando se ponía serio... Tú le ganas, desde luego —silbó Aotabo, dándose por vencido.

Shokera esbozó un amago de sonrisa.

—Tu falta de modales me recuerda a un oni que conozco bien —dijo el yokai insecto.

—¡Je! ¡Pero si sabe hablar!

—No te burles, criatura. En su infinita bondad, el joven señor ha decidido poner la otra mejilla y perdonar vuestras pasadas transgresiones, pero debes saber que Dios no olvida. Si te arrepientes de tus pecados, puede que cuando mueras halles la misericordia divina, porque en mí desde luego no la vas a encontrar.

—Lo siento, pero no entiendo de pecados. Verás, soy budista. Un monje budista, para ser más exactos.

—Lástima. Rezaré por tu alma, entonces.

En esas estaban cuando sintieron un brusco cambio espiritual en el ambiente.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Aotabo confundido.

—Ha sido... —empezó a murmurar Shokera. El yokai cristiano abrió mucho los ojos—. ¡No puede ser! ¿Tan rápido? ¡Es imposible!

—¿Qué pasa? ¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Espérame, que no soy tan rápido como tú!

—¡Quédate ahí! —le ordenó Shokera mientras se elevaba hacia el cielo—. Tengo que comprobar una cosa, enseguida vuelvo.

Ante la impotencia de Aotabo, el yokai insecto cruzó raudo y veloz por el aire la distancia que lo separaba del templo de Inari. El lugar parecía tranquilo, pero Shokera no se dejó engañar. Sus instintos se vieron confirmados cuando encontró tirado en el suelo el cuerpo del guardián del santuario, Nijunanamen Senju Mukade, el Ciempiés de las Veintisiete Caras y las Mil Manos. Era un poderoso yokai, maestro de las dimensiones ocultas y profusamente armado. Sin embargo, ahora Shokera sostenía su cuerpo agonizante entre sus brazos.

—¡Nijunanamen! —exclamó Shokera—. Por el amor de dios, dime, ¿quién te ha hecho esto?

De repente, Shokera notó que alguien le tiraba de la manga.

—¿Pero qué...? —musitó el yokai cristiano, dándose la vuelta de inmediato.

Lo que se encontró fue un extraño yokai que parecía una estatua de Buda bajita, clava y contrahecha. Su sonrisa era amplia y siniestra, y sus ojos carentes de vida estaban clavados en la manga del hábito de jesuita de Shokera, que en aquel momento estaba sujetando. El yokai de Kioto trató de soltarse, pero el desconocido estaba agarrado a su manga como una lapa.

—Soy Sodemogi, el dios que devora a otros dioses —dijo el atacante sin dejar de sonreír—. Todas las deidades de esta tierra serán olvidadas y la gente adorará mi nombre en su lugar. ¡Ahora sufre mi...!

No pudo acabar. Un rayo de luz hizo saltar a Sodemogi por los aires, aunque no sin llevarse un pedazo de la manga de Shokera por delante.

—Horrenda criatura, ¿qué le has hecho a mi hábito? —se quejó Shokera, agarrando a Sodemogi por el cuello—. Lo lamento, pero reconozco una maldición cuando la veo y tus poderes de tres al cuarto son inútiles contra la luz redentora del dios verdadero. Sin embargo, estoy seguro que el valiente Nijunanamen no habría caído ante un gusano como tú. Dime, ¿quién te ayuda? ¿Con quién trabajas?

—Conmigo.

Shokera no tuvo tiempo de reaccionar. El yokai de Kioto recibió un brutal golpe que le lanzó contra un grupo de torii, destrozándolas a su paso. No había sido un golpe normal. ¡Le habían derribado con un martillo gigante! Escupiendo sangre, Shokera se levantó de entre los restos de madera sólo para ver como una figura colosal se elevaba sobre él.

—¡Eh! ¡Mi nombre es Raiden el Martillo! —le saludó el nuevo enemigo, blandiendo el susodicho martillo. Tenía pinta de macarra callejero o jefe de una banda de moteros, pero medía tres metros de altura y sus manos parecían capaces de aplastar un coche como si fuera una bolsa de papel—. Tío, me encantaría quedarme a pelear y divertirme un poco, pero el jefe ha dicho que tenemos un horario que cumplir. Lástima, tendré que matarte ahora. Nada personal, ¿de acuerdo? ¡Sayonara!

Ya iba a descargar todo el peso de su martillo sobre la cabeza del atontado Shokera, cuando fue esta vez ocasión de Raiden recibir un golpe por sorpresa. Aunque el puñetazo no fue lo suficientemente fuerte como para mandarlo por los aires, sí dejó al ejecutivo del Clan de las Cien Historias completamente descolocado.

—¡Eh, tú! ¡Ese tío es un verdadero incordio, pero es mi aliado! —Aotabo hizo crujir sus nudillos mientras esbozaba una sonrisa de maníaco homicida—. ¡Si quieres un combate de verdad, ven a por mí, martillitos!

—¿Oh? ¿Un rival que se cree a mi altura? Esto va a ser interesante... —sonrió también Raiden—. ¡Vamos a divertirnos!


Notas adicionales:

¡Por poco no llego a tiempo de actualizar en marzo! De hecho, estaba casi convencido de que no llegaría (ahora espero que Fanfiction no haga algo raro). Algunos de vosotros ya sabéis que mi salud no ha estado en su mejor momento el último mes, así que he estado apartado del teclado más tiempo del que me habría gustado. Gracias a todos por vuestro apoyo, en serio. ¡Pero no temáis! Yo continuaré este fic hasta el final.

* Según datos oficiales, a Kappa le gusta la música occidental, toda una extrañeza en Japón.

* Como ya señalé en su día, ni en el canon ni en este universo los yokai de Kioto son yakuza (algo que a veces olvidan otros escritores de fics). A ellos les va más la vena aristócrata y en ningún momento mencionan el ritual de la copa, más propio de los yakuza. Por eso Rikuo necesita que le expliquen qué es en este capítulo.

* Aotabo es un monje budista, lo declara él así en el canon y precisamente ante Shokera. Y no, el budismo no tiene el concepto de "pecado", sino de "karma", que es algo distinto y puede ser positivo o negativo.

Próximo capítulo: Y la luz se hizo