Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Aunque tocados por el ataque de Tamazuki y los suyos, Rikuo y compañía se preparan para contraatacar. Aprovechando la llegada de refuerzos de los Nura, crean equipos para hacer frente a nuevos ataques. En Fushimi Inari, Shokera y Aotabo tienen que luchar contra Sodemogi de Shikoku y Raiden de las Cien Historias.


Y la luz se hizo

En una guerra las comunicaciones son casi tan importantes como las armas. Rikuo lo sabía y por eso aquella noche había ordenado que cada equipo de asalto se llevase un teléfono móvil en lugar de recurrir a los mensajeros de toda la vida.

Su decisión no había gustado a todo el mundo. La relación del Clan Abe con la tecnología moderna siempre había sido un tanto ambigua. Por una parte, ellos eran el clan yokai más antiguo de Japón, guardianes de la oscuridad de la muy tradicional ciudad de Kioto. Por otro lado, vivían en una mansión de estilo europeo y gustaban de llevar ropa occidental, a diferencia de otras familias yokai. Sin embargo, aún estaban atrasados en muchas costumbres humanas. Muchos no sabían utilizar un teléfono analógico, menos aún un smartphone, y Rikuo había tenido que dar clases aceleradas para asegurarse de que al menos una persona en cada equipo supiera pulsar el botón de llamada.

El esfuerzo había merecido la pena. Los sucesos de la noche anterior, con Kioto en llamas y los Abe incapaces de coordinar una respuesta adecuada, habían demostrado que el clan necesitaba adaptarse a los nuevos tiempos. Ahora Rikuo podía recibir aviso inmediatamente si encontraban al enemigo y también le permitía hacer una ronda de contactos cada hora para asegurarse de que todos los equipos estuviesen bien.

Por eso, que no tuvieran noticias de Shokera y Aotabo era una mala señal.

—¿Sigue sin haber suerte, Tsurara? —le preguntó a su amiga, mientras saltaban de tejado en tejado seguidos de la pequeña Kyokotsu, Hakuzozu y Gashadokuro.

—Lo siento, Rikuo. Lo estoy intentando, pero ese tonto de Ao no coge el teléfono —se lamentó la Yuki-onna—. Es tan bruto que seguro que lo ha aplastado sin darse cuenta.

—Eso, o que está demasiado ocupado para responder —dijo Rikuo con la vista clavada en el horizonte.

Tanto Tsurara como el resto de sus acompañantes asintieron con expresión sombría, calibrando el significado de sus palabras. Aotabo y Shokera habían sido asignados al santuario de Fushimi Inari. Si se habían encontrado con el enemigo, puede que estuviesen luchando por sus vidas.

—Tal vez deberíamos acercarnos para comprobar su estado —sugirió Hakuzozu con tacto, pero Rikuo negó con la cabeza.

—No, no debemos salirnos del plan. Hemos de confiar en ellos. Shokera es uno de nuestros grandes lugartenientes y pude comprobar en el pasado lo fuerte que era Aotabo. Sea lo que sea lo que encuentren, saldrán victoriosos. Estoy seguro de ello.

Hakuzozu no las tenía todas consigo, pero no protestó. Primero, porque Rikuo era su señor y había aprendido con el tiempo a confiar en el criterio del joven heredero del clan. Segundo, porque una nueva complicación acababa de salirles al paso en la forma de una tromba de agua. El líquido, sorprendentemente corrosivo, estuvo a punto de darles y abrió un boquete en el tejado en el que se habían apoyado.

—¡Quietos, monstruos repelentes! —exclamó una voz que Rikuo conocía muy bien—. Ah, vaya, si sois los lacayos de la vieja viuda negra...

Ryuji el onmyoji había aparecido comandando una de sus trampas típicas. No parecía muy arrepentido después de casi haberles bañado en ácido. Tras él llegó sudando y refunfuñando una agitada Yura, seguida del siempre estoico Mamiru. Yura no perdió tiempo en echarle un rapapolvo a su hermano mayor.

—¡Te dije que eran ellos! ¡Te lo dije! ¿Cómo se te ocurre atacarlos así de buenas a primeras?

—Hay que ser precavidos, enana —le espetó Ryuji—. ¿Y si fuera un cambiaformas enemigo disfrazado? ¿Has pensado en eso? Además, son yokai. No sería una gran pérdida para el mundo si muriesen.

—Oye, por si lo has olvidado, estamos aquí delante —señaló Rikuo frunciendo el ceño.

—¿Y? —Ryuji se encogió de hombros.

Rikuo volvió la cabeza, contrariado. Su yo diurno sabía aguantar las puyas del hermano mayor de Yura y llamarle "maestro Keikain" si era necesario, pero su yo nocturno no era tan paciente. Sin embargo, no era el momento de peleas dialécticas. Aunque la noche de Kioto parecía tranquila, sin incendios ni otras señales de ataque, los yokai de Shikoku podían aparecer en cualquier momento.

—¿A dónde os dirigíais? —les preguntó Rikuo.

—No respondas, Yura —le ordenó Ryuji.

—Íbamos al templo de Yasaka —respondió Yura, pasando olímpicamente de su hermano mayor.

—Qué casualidad, nosotros también —dijo Rikuo—. Es uno de los templos más antiguos de la ciudad. Si los yokai de Shikoku siguen con su estrategia de atacar puntos clave del "miedo" de la ciudad, ese podría ser su siguiente objetivo.

—Ya lo sabemos, zorro. No necesitamos a un kitsune metiendo sus narices donde no debe. Deja que los profesionales en exorcismo hagan su trabajo, ¿de acuerdo? Si quieres hacer ejercicio, ve a perseguir unas gallinas por ahí —intervino Ryuji.

—Serás... —masculló Rikuo entre dientes.

Yura quería llevarse una mano a la cabeza. Su hermano seguía siendo tan malicioso como siempre y cuando Rikuo se convertía en kitsune era incontrolable. Ya se iba a interponer entre los dos para evitar males mayores, cuando una llamarada brotó a unos cientos de metros de allí.

—¿El templo? —preguntó Ryuji de inmediato.

—No —musitó Mamiru con seriedad robótica—. Gion.

—¿Qué parte de Gion? —preguntó Rikuo. El distrito de las geishas (o mejor dicho, geikos) de Kioto era una famosa zona turística y había decenas de lugares de interés en el barrio y sus alrededores, de los cuales el santuario de Yasaka sólo era uno más. Pero la respuesta de Mamiru le dejó helado:

—Todo. Gion entero está siendo atacado.

Onmyoji y yokai se miraron de reojo. Sin decir ni una sola palabra, los dos grupos se dirigieron como uno solo al lugar de donde provenían las llamas.

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Fushimi Inari

En el gran santuario dedicado a la diosa Inari, la batalla estaba yendo mal para Aotabo. El forzudo monje de los Nura al menos daba las gracias por que su móvil hubiese parado de sonar. El maldito tono de llamada le estaba distrayendo justo cuando necesitaba sus cinco sentidos en la pelea. El tal Raiden balndía su colosal martillo con aparente indolencia, pero su fuerza era capaz de arrancar de cuajo las torii del templo.

—¡Hey! ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te arranque la cabeza? —se burló Raiden.

A pocos metros de allí, Shokera trató de incorporarse. El golpe por sorpresa que le había asestado Raiden aún hacía que la cabeza le diese vueltas, pero no podía quedarse sin hacer nada mientras su aliado luchaba. Antes muerto que quedar en evidencia ante uno de esos malditos yokai de Edo. Por su parte, Sodemogi, el devorador de dioses de Shikoku, procuraba pasar desapercibido en medio de la pelea.

—Oh, así que el bicho con sotana se está recuperando —observó Raiden—. ¡Hora de hacerle dormir para siempre!

Antes de que Shokera pudiera reaccionar, Raiden se lanzó sobre él con el martillo en alto, pero no llegó a descargar el golpe. Entre el yokai cristiano y él se interpuso Aotabo, deteniendo el impacto del martillo con sus propias manos.

—¿Estás loco? ¡No tenías que haber hecho eso! —le increpó Shokera, temiendo que su aliado hubiese perdido los brazos por escudarle.

Sin embargo, Aotabo parecía estar bien. Es más, sujetaba el martillo sin mucho esfuerzo, para asombro de Shokera y del propio Raiden. El ejecutivo del Clan de las Cien Historias se percató de que alrededor de Aotabo flotaba un grupo de calaveras luminiscentes.

—Pe... ¿Pero qué son esas cosas?

—Ups, se me había olvidado, lo siento —fingió disculparse Aotabo—. Verás, es que tengo que contener mi fuerza si no quiero meterme en líos en el mundo humano, ¿sabes? Soy demasiado fuerte. Por eso uso mi collar de calaveras. Sellan mi poder. Pero cuando me las quito, bueno... Ahora podrás comprobar lo que ocurre.

—¿Qué demonios estás diciendo? —bramó Raiden, tratando de liberar su martillo de las garras de Aotabo.

—¡Adoración del poder abrumador! ¡GORIKI RAISAN! —exclamó Aotabo.

En un instante, el monje guerrero redujo a astillas el martillo de Raiden y a punto estuvo de aplastar la cara de su dueño. El ejecutivo de las Cien Historias tuvo que retroceder, sorprendido por el inusitado aumento de fuerza de su rival. Incluso Shokera estaba impresionado. Como Aotabo sabía con qué clase de monstruo se las estaba gastando, siguió atacando para no dejar a su rival ni un momento de respiro. Raiden fue retrocediendo poco a poco hasta que, atrapado contra un altar, no pudo esquivar un puñetazo de Aotabo directo a su cabeza.

—¡Sí! ¡Aprende lo que es bueno! —exclamó Aotabo triunfalmente.

Mas el puñetazo no surtió los efectos deseados. Si el monje esperaba ver la cara de su enemigo reducida a una mancha de sangre, estaba muy equivocado. Raiden resistió el golpe e incluso se permitió sonreír.

—¿No os lo he dicho? No soy un ejecutivo cualquiera, ¡yo soy los huesos del gran Sanmoto! —presumió Raiden, mientras su piel empezaba a cubrirse de escamas óseas—. Mi piel no se rompe con tanta facilidad. ¿Sabéis cuál es el material más duro del mundo? ¿El diamante? Sí, seguro que ibas a decir que era el diamante... ¡Pues estáis equivocado! ¡Lo más duro del mundo soy yo! Y eso es porque... porque...

Raiden no parecía encontrar las palabras. Shokera y Aotabo se lo quedaron mirando con expresiones confusas.

—Uh... Kyosai me lo explicó una vez... Creo que era por la densidad o algo así —titubeó Raiden, intentando recordar la explicación de su compañero de las Cien Historias—. ¡Bueno, a lo que iba! ¡Que soy el tipo más duro del mundo y puedo hacer cosas con mis huesos que jamás creeríais! Como por ejemplo, este "Brazo del Dragón"...

Ante la mirada atónita de Shokera y Aotabo, el brazo derecho de Raiden empezó a desgajare en diferentes placas, alargándose más y más hasta adquirir la forma de un monstruoso látigo. Al parecer, era un proceso doloroso, ya que Raiden gritaba y gesticulaba cada vez que una nueva placa se extendía. Pero el resultado merecía la pena todo ese dolor: cuando Raiden atacó con su brazo, Shokera y Aotabo no pudieron hacer nada para bloquearlo. Más que un látigo, era una auténtica taladradora que reducía a migas incluso el granito más duro. La única solución que les quedaba era evitar el Brazo del Dragón antes de que les tocase.

Shokera lo tenía más fácil. Gracias a su poder, podía flotar en el aire mientras preparaba su contraataque.

—Eres una criatura repulsiva —chasqueó la lengua Shokera, observando a Raiden desde las alturas.

—¡Eh, monaguillo! ¿Te crees que así te vas a librar de mí? ¡Pues piénsatelo de nuevo! ¡Mis brazos no son lo único que se puede alargar!

—¿Qué?

—¡Colmillos Dobles del Dragón! —exclamó Raiden.

El ejecutivo de las Cien Historias hundió su pierna en el suelo. Un segundo después, ésta brotó del suelo como un gusano de arena, elevándose en dirección a Shokera.

—¡Atrás, engendro demoníaco! —dijo el yokai cristiano, blandiendo su lanza en forma de cruz para bloquear el avance de la pierna huesuda de Raiden.

—'Demasiado lento! —sonrió su enemigo.

Shokera logró detener la pierna de Raiden, pero en el último momento el pie del ejecutivo de las Cien Historias volvió a transformarse, llenándose de pinchos afilados que atravesaron la defensa de Shokera y lo agujerearon de parte a parte. Gravemente herido, Shokera se desplomó sobre el suelo del santuario desde una altura de ocho metros.

—Mierda —masculló Aotabo, incapaz de acudir en su ayuda. Bastante tenía ya con evitar el brazo de Raiden, que seguía pulverizando el templo a su alrededor como si estuviera hecho de paja.

Shokera, tendido en el suelo con varios huesos rotos y la sangre manando abundantemente de sus heridas abiertas, notó cómo su energía vital se escapaba. Y mientras la oscuridad le envolvía, su mente vagó por sus recuerdos de siglos atrás...


FLASHBACK


Montañas de Kyushu, 1549

Japón se desangraba en guerras civiles, y lo mismo ocurría en el mundo ayakashi. Oficialmente el Clan Abe seguía ostentando el título de Señor del Pandemónium, pero fuera de los límites de Kioto era un título que tenía poca fuerza. El Nue había muerto tiempo atrás y Hagoromo Gitsune estaba en el limbo, esperando su siguiente reencarnación tras la muerte de su último cuerpo humano. Por eso el Clan Abe tenía que practicar un delicado juego de diplomacia y equilibrio si quería mantener su posición. Lo cual significaba alguna guerra de vez en cuando.

En aquel momento, Shokera, con una espada en la mano, observaba con expresión indescifrable el círculo de cadáveres ayakashi que había a su alrededor. Todos pertenecían a la tribu araña de Kyushu, la isla meridional de Japón. A su lado, Ibaraki-Doji asintió complacido.

—Veo que no has perdido tu toque especial. Tal vez no seas uno de la vieja guardia, como Kidomaru o el viejo tengu, pero matar, sabes matar —dijo el oni, fácil de distinguir con la mitad de su cara tapada por una lápida de madera—. Ahora esos idiotas del Tsukumo Yako se lo pensarán dos veces antes de tocarnos las narices de nuevo.

—¿Sirve de algo toda esta sangre derramada, Ibaraki-Doji? —preguntó Shokera con aire melancólico.

—Yo qué sé —se encogió de hombros su compañero—. El viejales y los demás capitostes son los que hacen los planes. Yo soy un mandado.

—A ti te encanta la sangre —señaló Shokera.

—Oh, vamos, no me digas ahora que a tí no te gusta. No te hagas el remilgado. Además, si yo tuviera tu poder, aún me darían más ganas de mandar al otro barrio a esta panda de energúmenos.

Shokera negó con la cabeza, mas no dijo nada. Ibaraki-Doji no le entendía. Realmente nadie le entendía.

Él, como el resto de su tribu, era un Shokera. Pertenecía a una obscura familia de ayakashi insecto asociados al Koshin. ¿Qué era el Koshin? Era un ciclo de sesenta días que se repetía a lo largo del año. La noche del Koshin, los Shokera recogían los pecados de las personas y los llevaban al cielo para que los dioses juzgasen. Por eso, aquellos que hubiesen cometido faltas o crímenes no debían dormir la noche del Koshin, sino rezar al terrible dios Shomen-Kongo. Él era el único capaz de prevenir que los gusanos del pecado llegasen a oídos del cielo.

Shokera, ciertamente, podía descubrir los pecados de las personas y cumplía su trabajo diligentemente. No sólo en la noche del Koshin. Cuando mataba, podía descubrir también el pecado oculto en el corazón de las personas. Muchos creían que el poder de Shokera le daba más motivos para ser un asesino despiadado. A fin de cuentas, cuando conoces lo mala que ha sido la gente a lo largo de sus vidas, la pena de muerte parece a veces un castigo demasiado benigno.

Pero Shokera no pensaba así. Ser el custodio de tantos secretos oscuros no hacía que odiase más a sus enemigos caídos. Al contrario, los compadecía. ¿Qué eran los pecados de aquellos pobres desgraciados sino un reflejo de los suyos propios? Había matado, arruinado vidas y destruido esperanzas en nombre del Clan Abe. ¿En qué se diferenciaba él de sus víctimas?

—Venga, deja de papar moscas. Es hora de volver a Kioto —le dijo Ibaraki-Doji.

Shokera asintió. No tenía sentido quedarse más tiempo en aquel lugar.

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Yamaguchi, 1550

En la esquina de Honshu se encontraba la región de Chugoku, en aquel momento disputada por varios clanes samurai. Las guerras que habían desangrado el país, sin embargo, no habían impedido que la ciudad de Yamaguchi creciese hasta convertirse en un importante centro comercial. Mercaderías de Corea y China llegaban puntualmente al puerto de la ciudad, al igual que viajeros de distintos páises. Había incluso quien se atrevía a llamarla la "Kioto del Oeste", una afirmación risible, en opinión de Shokera.

El ayakashi insecto se encontraba allí por orden del clan para investigar la presencia de los misteriosos nanban. Los "bárbaros del sur" habían empezado a llegar a las costas de Japón siete años atrás. Provenían de tierras muy lejanas, más allá del Imperio Medio y de la India, de países de nombres tan extraños como España o Portugal. Según los rumores, eran sucios, peludos y ni siquiera sabían comer con palillos, prueba clara de su barbarismo.

Sin embargo, lo que les faltaba en civilización lo compensaban con una gran inventiva. A cambio de la plata y las mercancías japonesas, los nanban estaban introduciendo poderosas armas de fuego como cañones y mosquetes que dejaban en ridículo a los fuegos artificiales de los chinos. El Clan Abe, preocupado por lo que estos nuevos avances podían suponer en el delicado equilibrio de poder del mundo ayakashi, había enviado a Shokera a investigar.

En el fondo, Shokera agradecía la oportunidad de alejarse de Kioto. Aunque amaba la capital, sentía en su interior una angustia y una desazón que no lograba aplacar, ni recitando sutras budistas ni hundiendo sus penas en alcohol. Sus inquietudes eran de naturaleza más metafísica y tal vez un cambio de aires era lo que necesitaba para aplacarlas, al menos por un rato.

Su primer contacto con un nanban había sido de lo más pintoresco. No había sido un mercader, sino un monje vestido. Shokera se lo había encontrado una mañana en una esquina del mercado, recitando textos sagrados aprendidos de memoria en japonés ante una multitud a medias indiferente y a medias burlona.

—Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos...

Muchos se habían reído de aquel hombre, de sus extrañas ropas, de su barba, de sus ojos grandes y redondos. Shokera, en cambio, no lo había hecho. Aquellas palabras habían despertado su curiosidad, aunque no había entendido su significado. Se había acercado al extranjero y a su ayudante, que hacía las veces de traductor.

El extranjero se llamaba Francisco de Javier y, en sus palabras, venía del lejano reino de España para traer la palabra de Dios a Japón. Al principio Shokera había tomado la religión de los nanban por una extraña clase de budismo, pero luego había descubierto que se trataba de algo diferente. Al parecer, el misionero pertenecía a una orden religiosa llamada "jesuitas" y era el primero de su orden en pisar suelo japonés. La conversación era difícil, dado que el extranjero no sabía ni gota de japonés, pero poco a poco se creó una complicidad entre los dos.

Aunque sabía que no debía revelar los secretos del Clan Abe, Shokera sentía la necesidad de sincerarse con aquel hombre sabio, así que un día le dijo:

—Señor mío, ¿qué me diríais si os contara que puedo conocer los pecados de los hombres? ¿Que cada vez que mato a alguien con mi espada descubro sus secretos más oscuros?

El traductor se santiguó al oír aquello, pero el jesuita no se dejó impresionar.

—Hijo mío, ¿de qué estás hablando? Esa carga parece más propia de un ángel que de un hombre.

—¿Un ángel? No, mi señor, más bien un demonio —respondió Shokera—. Los pecados de los hombres me persiguen. Debería odiarlos y, sin embargo, no puedo sino compadecerme de ellos. ¿Pero acaso no soy yo tan pecador como ellos?

Hubo un silencio repentino, mientras el misionero trataba de pensar su respuesta. Entonces, lentamente, dijo:

—Cuentan que Jesús estaba predicando en el templo cuando los escribas y fariseos llevaron una mujer ante él. Ellos le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. La ley de Moisés nos mandó que hay que lapidar a esta clase de mujeres. ¿Cuál es vuestra respuesta?". Jesús no respondió, sino que se puso a escribir con el dedo en el suelo. Como los acusadores insistían, Jesús se incorporó y dijo: "Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Al oír esto, los acusadores se retiraron uno a uno. Al final se quedaron solos la mujer y Jesús. Él le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?". Ella respondió: "Ninguno, Señor". Entonces Jesús dijo: "Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar".

Shokera frunció el ceño, confuso.

—Pero si la mujer había pecado, ¿por qué un dios evitaría su castigo? ¿No era lo que la ley había dispuesto? —preguntó extrañado.

—El castigo de los hombres es un castigo sin misericordia, sin escape, cruel y lleno de sufrimiento. Es nuestro sino, porque somos seres imperfectos y con esa imperfección tenemos que vivir. La misericordia de Dios, sin embargo, es infinita. Por eso no te dejes derrumbar por los pecados del prójimo, ni por los tuyos propios. Todo tiene un sentido en el orden divino. Todos podemos disfrutar de la gracia de Dios, si nos esforzamos.

Shokera se quedó meditando sus palabras durante muchos días después de aquella charla. Y entonces tomó una decisión.


FIN DEL FLASHBACK


Raiden estaba machacando a Aotabo. Estaba jugando con él como un gato con un ratón, alargando la caza para saborear el golpe final. Ni con toda su fuerza el monje guerrero de los Nura era capaz de atravesar la defensa ósea de su enemigo, que se reía a mandíbula batiente, disfrutando el momento.

En ese momento, Shokera recuperó el conocimiento. Estaba mal, muy mal, pero tenía que hacer algo.

"Padre nuestro, que estás en los cielos, dame fuerzas", rogó el yokai insecto.

Por su parte, Raiden decidió acabar con el juego y convertir de una vez a Aotabo en una papilla de sangre y huesos.

—¡Ya no te queda más sitio para huir! ¡Muere de una vez! —exclamó el ejecutivo de las Cien Historias.

A ambos lados de Aotabo, el brazo y la pierna de Raiden formaron una trampa para aplastar al infortunado monje. Sin embargo, cuando todo parecía perdido, la voz de Shokera resonó en el santuario con la potencia de un coro gregoriano:

—¡Que se haga la luz!

Raiden se quedó momentáneamente cegado por un rayo de luz que iluminó la escena. Para cuando el brillo cegador se disipó, Aotabo había logrado escapar de la trampa, aunque a duras penas. Había recibido una buena tunda por parte de Raiden y estaba molido. Pero a Raiden no le importó. Al ejecutivo le importaba más el aguijón venenoso que se había clavado en su espalda y que le estaba provocando un dolor inimaginable.

—¿Cómo es posible...? —se preguntó el gigantesco macarra. Su defensa de huesos era inexpugnable, ¿verdad?

—Permíteme que te eduque en el catecismo —le dijo Shokera—. Mi aguijón es la lanza que atraviesa a los pecadores. ¿Notas el veneno que te corroe y te debilita? Mira ahora estas alas que me brotan de la espalda. ¿No son hermosas? Son la marca de un ángel. ¿Y estos ojos compuestos que todo lo ven? Una herramienta más para admirar la obra del Señor. Sí, lo mires por donde lo mires, soy uno de los elegidos...

Aotabo, tendido sobre el suelo, fue testigo de excepción de la trnasformación de Shokera. El yokai de Kioto diría lo que quisiera, pero aquella forma medio humana, medio artrópoda era más propia de una horrible pesadilla que del reino de los cielos. Sin embargo, Shokera estaba lanzado y siguió con su discurso:

—Soy un sirviente de Dios, ignorante desgraciado. En nombre del Señor, protegeré la obra de nuestro mesías el Nue y de la Santa Madre de la Oscuridad, esta ciudad de orden divino que ningún pecador irredento como tú debe mancillar. Que la misericordia de Dios te ampare en el Más Allá, porque ahora vas a recibir el castigo de los cielos.

—¿De qué estás hablando, majadero? ¡Soy Raiden de las Cien Historias! ¡Un bicho raro como tú no puede hacerme nada!

—Y la luz se hizo —susurró Shokera.

Un nuevo rayo de luz brotó de las alturas, pero esta vez impactó como un misil sobre Riaden. La energía se expandió en forma de cruz hasta atravesar el templo, causando una gran destrucción a su paso. En la intersección de la cruz, el lugar donde había golpeado con más fuerza, había quedado el cuerpo reducido a cenizas de Raiden. El ejecutivo había muerto.

—Buf, buen trabajo, cara-bicho —dijo Aotabo, incorporándose—. Por un momento creí que no lo contábamos.

—Nada es imposible si tienes fe —aseguró Shokera—. Un ángel como yo no podía hacer menos.

—Eres un poco feo para ser un ángel, ¿no crees? Y cuando digo "un poco feo", quiero decir "feo de narices".

—¡Bah! ¡Ignorantes por todas partes! Algún día veréis la luz y entonces...

—Que sí, que sí, lo que tú digas —le aplacó Aotabo—. Por cierto, ¿no nos estamos olvidando de alguien?

En la otra punta del templo, Sodemogi el devorador de dioses trataba de escapar sin que nadie lo viera. El plan no había salido como habían planeado. Raiden era fuerte, sí, pero no había podido contra el poder conjunto de los Abe y los Nura. Ahora la prudencia dictaba que lo mejor era salir por piernas cuanto antes. Había muchos más diosecillos por devorar, Por una noche que pasara en ayunas no iba a ocurrir nada malo, ¿verdad? Tamazuki lo entendería.

Por desgracia para él, antes de que pudiese escapar, Aoabo lo descubrió y lo levantó en el aire.

—Sí, sí, recordaba a este tipejo. ¿Qué deberíamos hacer con él? —le preguntó a Shokera.

—Si por mí fuera, le atravesaría con mi aguijón y le procuraría una muerte larga y dolorosa —dijo el yokai insecto. Sodemogi tragó saliva—. Sin embargo, estoy seguro de que este ser despreciable tiene información valiosa. Nos lo llevaremos. Tenemos expertos en la mansión capaces de hacer hablar incluso al más valiente.

Sodemogi se quedó blanco como la cal. No quería saber lo que tenía en mente aquel yokai retorcido.

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Distrito de Gion

Era el caos. Había incendios, como la noche anterior, pero también aparecían monstruos hasta de debajo de las esquinas. Rikuo ni siquiera sabía por donde empezar. ¿Qué le había ocurrido al barrio de las geikos? ¿Cómo habían podido traer los yokai de Shikoku tantos efectivos sin que se diesen cuenta? Sin embargo, Ryuji, a su lado, no dudó. Lanzó varios talismanes a un grupo de feroces yokai que se acercaban a ellos. Los yokai se esfumaron y en su lugar aparecieron varias mujeres temblando y llorando de miedo.

—¿Eh? ¿Qué clase de magia es esta? —se preguntó Rikuo.

—Ya he visto esta clase de magia antes, con tu señora abuela, en el museo —explicó Ryuji—. No sé quién es el malnacido responsable de esto, pero es capaz de fabricar yokai utilizando personas. Menos mal que estoy yo aquí, porque si no seguro que habrías matado a un montón de humanos inocentes, ¿me equivoco?

Rikuo apretó los dientes. No, no se equivocaba. Su primera reacción había sido enarbolar su espada para liquidar a aquellos atacantes. Ahora se daba cuenta de que en aquel lugar las apariencias engañaban.

—Está bien. Hakuzozu, Gashadokuro y Kyokotsu, vigilad el perímetro. Que nadie entre ni salga, sobre todo si son yokai, pero no matéis a nadie si podéis evitarlo. Tsurara, tú conmigo. Yura, tú también —ordenó Rikuo.

—¡Eh! ¡A mí no me des órdenes así! —se enfadó Yura.

—Cierto. Las órdenes las doy yo —dijo Ryuji—. Yura, vete con él.

—¿QUÉ?

—No hay tiempo para ser tsundere, canija —le dijo su hermano—. ¡Vamos! Mamiru y yo trataremos de liberar a todas las personas que podamos. Y si encontráis al responsable, avisadme. Quiero un pedazo de él.

Por encima de ellos, en lo alto de un edificio, Kyosai, el pintor de las Cien Historias, contemplaba su obra. Su trabajo en el museo había sido una primera toma de contacto, un mero bosquejo. Ahora quería crear la obra de arte definitiva y Gion era un marco incomparable para sus pinceles. A su lado, Inuhoo, el perro fénix de Shikoku, parecía menos satisfecho que él. Si por él hubiese sido, habrían prendido fuego al barrio y habrían huido antes de que llegasen los Abe.

—El nieto de Hagoromo Gitsune está aquí —observó Inuhoo con aire desaprobador—. Y no ha venido solo. ¿Tan confiado estás en tus capacidades que no te importa enfrentarte al hijo del Nue y a varios onmyoji?

—¿Tú no lo estás, señor Inuhoo? —le devolvió la pregunta Kyosai—. A un artista no se le debe presionar. Mira este lugar, lleno de deseos y ambiciones... Voy a poner todo mi esfuerzo en crear mi obra maestra aquí. Lo único que hace falta es un protagonista, un héroe trágico que acabe consumido en el mar de sangre de este Infierno que voy a crear.

La sonrisa de Kyosai se ensanchó aún más, sólo de pensar en las posibilidades artísticas.

—Que venga Abe no Rikuo si quiere. ¡Que traiga a sus amigos! Cuando termine de pintar, ninguno de ellos saldrá con vida de aquí...


Notas adicionales:

Y otra vez que llego justo. Eso me pasa por descuidar las fechas (fijaos que me había olvidado de que este mes tenía 30 días en vez de 31). Gracias a Suki90, Lonely Athena, Corazón de Piedra Verde, Fangking2, poisonousgolem y todos los demás que se esfuerzan en dejarme reseñas y comentarios. ¡Yo también me seguiré esforzando por vosotros!

* La sugerencia de Ryuji de que Hagoromo Gitsune se comprase un smartphone no era gratuita. Como en el canon, los yokai de Kioto dependen mucho de mensajeros, en lugar de usar las nuevas tecnologías. El Clan Nura, por el contrario, puede llegar a alquilar cien teléfonos móviles de golpe cuando los necesitan (según revelan los extras del volumen 4 del manga).

* Que Shokera sea cristiano es algo muy raro. En Japón es una religión muy minoritaria, aunque llegó al país en 1549. Menos de un siglo después sería prohibida por el shogun y en lugares como Nagasaki se crucificaron a un buen número de cristianos. Los cristianos que hay hoy en día son en general conversos recientes de los últimos cien años, cuando el país se había abierto a Occidente. Shokera, sin embargo, ya era cristiano durante el asedio de Osaka, así que su conversión tuvo que ser mucho más temprana.

Próximo capítulo: "Retrato del Infierno".