Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: El ataque de los yokai de Shikoku prosigue. Shokera y Aotabo logran desbaratar el ataque de Raiden y Sodemogi, pero mientras tanto el pintor Kyosai lanza un ataque sobre el barrio de Gion. Rikuo, Yura y Tsurara salen a enfrentarse a la nueva amenaza.
Retrato del infierno
Estaba siendo una noche interminable para Hidemoto 27º. El líder de la familia Keikain observaba cómo iban y venían sus onmyoji, así como el goteo intermitente de civiles que buscaban refugio entre los muros de la gran mansión de los exorcistas. Aunque el común de los habitantes de Kioto no creía en los yokai, los sucesos del verano pasado y de la noche anterior habían quebrado en parte ese escepticismo. Muchos se habían acercado a la casa ancestral de los Keikain para pedir refugio y Hidemoto, como buen ciudadano, les había dado asilo. Ahora, sus onmyoji patrullaban la ciudad y conducían a muchos otros a las puertas de la mansión, sobre todo los que habían perdido sus casas a manos del fuego o habían sufrido heridas provocadas por yokai.
Precisamente, Keikain Haigo regresaba de la ciudad con un nuevo grupo de atemorizados ciudadanos. Al principio había puesto muchas objeciones a la decisión de Hidemoto, asegurando que era un desperdicio de buenos exorcistas e insistiendo en la necesidad de levantar de nuevo la barrera espiritual de Seimei para proteger la ciudad, pero al final había dado su brazo a torcer y había salido a ayudar con los demás. Ahora, el achaparrado y miope jefe de la rama Idoro de los Keikain volvía con una enorme sonrisa de satisfacción.
—He vuelto, Hidemoto-sama —se presentó ante el patriarca—. He rescatado a estas familias de unos yokai que estaban destruyendo sus casas. Como no tenían donde quedarse, les he ofrecido venir aquí.
—Has hecho bien, Haigo —asintió Hidemoto—. Confío en que esos yokai no hayan supuesto un problema.
Mientras decía esto, Hidemoto observó con discreción el estado de Haigo. No presentaba ninguna herida, al menos. En el fondo había estado preocupado. Keikain Haigo se había pasado las últimas décadas entre libros, lo que le había ganado el apodo de "Jefe de Estudios". Aunque su conocimiento enciclopédico de onmyodo no tenía rival, le faltraba experiencia de campo.
—Ningún problema —aseguró Haigo—. ¡Con mi técnica maestra para inyectar energía yan directamente en el cuerpo, no hay yokai que se me resista!
Hidemoto asintió sin decir nada. A decir verdad, su nieto Ryuji le había dicho una vez que la técnica de los Idoro de inyectar energía yan en los músculos para ganar fuerza era bastante inútil en una batalla de verdad contra yokai. Las diferentes ramas de la familia Keikain se habían especializado en una u otra técnica de onmyodo, y mientras les sirviese para combatir el mal, él no era quien para juzgarlas.
En ese momento apareció Akifusa, con sus inseparables compañeros Pato y Masatsugu. Los tres jóvenes, a diferencia de Haigo, no regresaban de la ciudad, sino que se preparaban para marcharse. Habían llegado noticias preocupantes de un ataque yokai en el distrito de Gion. Aunque se decía que Ryuji, Mamiru y Yura se dirigían hacia allí, era mejor no correr riesgos.
—Buenas noches, señor Haigo —le saludó Akifusa con educación—. Veo que la patrulla ha ido bien.
Haigo sonrió aún más. Era una imagen perturbadora en el normalmente serio Jefe de Estudios.
—Ah, es fantástico ver a unos jóvenes tan preparados luchar por nuestra querida ciudad. ¡Adelante! ¡Enseñadles a esos malvados yokai el poder de la familia Keikain, como he hecho yo! —les animó Haigo antes de retirarse a las dependencias principales de la casa. Tenía que asegurarse de que sus nuevos huéspedes estuvieran bien atendidos.
Sorprendido, Akifusa intercambió una mirada con Hidemoto.
—¿Le ocurre algo al señor Haigo? —preguntó el joven de pelo blanco. Haigo era conocido por tratar con mucha displicencia a los jóvenes de la familia, probablemente fruto de su complejo de inferioridad por haber malgastado toda su vida estudiando para nada.
—Creo que simplemente está feliz porque ha podido combatir con unos yokai y vencer —explicó el patriarca—. De haber sabido que experimentar un combate tendría este efecto, habría insistido en que Haigo participase en misiones de campo mucho antes.
—Todos deberían hacer eso —musitó el taciturno Masatsugu.
—En fin, nosotros nos marchamos aho9ra —anunció Akifusa, seguido de sus parientes—. Falta poco para que amanezca, pero la ciudad aún está en peligro. Ayudaremos a Ryuji en todo lo que podamos.
Hidemoto asintió. Tras despedir a los tres jóvenes, regresó al edificio principal y buscó a Haigo, que ya había terminado de asistir a los refugiados.
—¿Sí, Hidemoto-sama? ¿Quería algo de mí? —le preguntó Haigo sorprendido, ajustándose las gafas.
—Ven conmigo, Haigo —le pidió Hidemoto—. Tengo una tarea especial para ti.
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Distrito de Gion
Incluso cuando Kioto había pasado por sus horas más bajas, cuando las luchas desangraban el país y el emperador no era más que una figura de papel en un mar de ambiciosos señores de la guerra, siempre había sido un centro de peregrinación gracias a sus más de mil templos. El santuario de Yasaka había sido uno de los más importantes y a su alrededor se creó un distrito de tabernas y posadas para atender a los visitantes que llegaban al templo. Con el tiempo, el distrito se agrandó hasta convertirse en una zona de ocio y entretenimiento, con dos hanamachi, varias casas de té, escuelas de geikos (las geishas de Kioto) y otros negocios menos respetables. Así nació Gion.
En los tiempos actuales, Gion ya no era el lugar de relax y entretenimiento de la ciudad, pero conservaba su encanto antiguo y el gobierno municipal había dedicado grandes esfuerzos a mantener intacta la arquitectura tradicional del barrio. Ahora, sin embargo, el hermoso Gion estaba bajo asedio.
—¿Qué está pasando aquí? —se preguntó Rikuo.
Había visto a Ryuji exorcizar a un grupo de yokai, revelando a los pobres humanos que habían sido transformados por obra de algún malvado lugarteniente de Shikoku o del Clan de las Cien Historias. Pero a diferencia de los sucesos del Museo Municipal de Arte de Kioto, donde su abuela Hagoromo Gitsune había sido atacada por un grupo reducido de asesinos, la transformación se estaba extendiendo como un virus por todo el barrio. Hombres y mujeres observaban aterrorizados cómo sus cuerpos mutaban de manera horripilante (y a menudo dolorosa) hasta convertirse en yokai sedientos de sangre. Y no eran sólo las personas. Los edificios, las señales, las mismas calles parecían cubrirse de una espesa capa de pintura y desdibujarse en un paisaje infernal.
Ryuji y Mamiru hacían lo que podían, pero hasta Rikuo podía ver que la talentosa pareja de onmyoji no daba abasto. Aún así, eso era mejor que no hacer nada. Rikuo, que había confiado en hallar un enemigo tangible con el que entrechocar haceros, se veía nuevamente impotente ante la amenaza. Cierto que había estado estudiando onmyodo las últimas semanas, pero aún no sabía practicar exorcismos y, en el fondo, era ante todo un estratega y guerrero. Si no tenía un rival contra el que luchar cara a cara, se sentía perdido.
Un rápido intercambio de miradas con sus amigos le reveló que no era el único que estaba en esa situación. Tsurara estaba lanza en ristre, pero tampoco ella encontraba un objetivo que atacar. Oh, sí, había monstruos sueltos de sobra corriendo por las calles, pero ahora que sabían que eran humanos inocentes transformados contra su voluntad, no se atrevía a hacerles daño. Quizás en otro momento la Yuki-onna habría sido menos reacia a defenderse con fuerza letal de aquellas bestias rabiosas, pero jamás delante de Rikuo. Sabía el aprecio que el joven señor de los Abe tenía por los humanos y no quería decepcionarlo... otra vez.
Lo mismo les ocurría a Kyokotsu, Hakuzozu y Gashadokuro, el inseparable trío del Clan Abe. Incluso Yura, que era una onmyoji de pleno derecho, no sabía que hacer. Su especialidad era convocar shikigami de tipo ofensivo. La clase de exorcismo necesaria para liberar el barrio entero quedaba fuera de sus posibilidades.
—¿Qué podemos hacer? —le preguntó Rikuo a Ryuji.
El hermano mayor de Yura no respondió inmediatamente. Se encargó de exorcizar a un par de monstruos más y luego examinó su bolsa de talismanes. Hizo una mueca de disgusto.
—Soy bueno, pero no un genio. Se me están acabando los talismanes y estos monstruos no paran de llegar. Hay que encontrar a quien quiera que esté causando esto o corremos peligro de que todos los habitantes del barrio se conviertan en un ejército de yokai —explicó Ryuji preocupado.
—Me encanta cuando el público comenta mis obras —dijo una voz desde lo alto.
Ocho pares de ojos se volvieron hacia el origen de la voz. En lo alto de un edificio histórico de madera, había aparecido la figura de un hombre de piel morena armado con un pincel. El recién llegado parecía extasiado. A su lado, un adusto hombre-pájaro montaba guardia con el ceño fruncido.
—¿Quién eres? —exigió saber Rikuo.
—Por supuesto, por supuesto, un artista debe firmar siempre sus obras —asintió el otro con una reverencia—. Me llamo Kyosai. Soy el Brazo de Sanmoto Gorozaemon. Sí, como podéis suponer, pertenezco al Clan de las Cien Historias. Aquí a mi lado se encuentra el compañero Inuhoo de los 88 Demonios de Shikoku. Podríamos decir que es mi "agente" en esta galería de arte.
—¿"Galería de arte"? —repitió Rikuo asqueado—. ¿Llamas arte a esta monstruosidad?
—¿Cómo? ¿Al heredero de los Abe no le gusta mi obra? Qué decepción —chasqueó la lengua Kyosai—. Pensaba titularla "Retrato del infierno", pero si se os ocurre un nombre mejor, estoy abierto a sugerencias. Aún queda tiempo antes de que termine de pintar.
Yura, tan furiosa o más que Rikuo, dio un paso al frente.
—¡Sea lo que sea lo que estés intentado hacer, no te lo permitiremos!
—Ah, una nueva crítica destructiva, y esta vez es la joven heredera de los Keikain. Qué conmovedor. ¿No te gustaría ser mi modelo? Con unos toques aquí y allá, serías un lienzo perfecto. ¿Te ha dicho alguien alguna vez que estarías muy guapa con el pelo largo?
Instintivamente, Rikuo se interpuso en la línea de visión entre Kyosai y Yura.
—¡No te atrevas a amenazar a mis amigos! —le advirtió el muchacho.
—Soy un artista incomprendido. Además, sólo estoy avanzando lo que va a ocurrir. Tamazuki y Encho me han prometido esta ciudad como mi propio estudio personal y pienso aprovechar la oportunidad al máximo. No sólo Gion, toda Kioto quedará cubierta con mi pincel. El miedo brotará de cada esquina y se convertirá en una obra que perdurará por los siglos de los siglos. ¿No es maravilloso?
Rikuo alzó su espada, apuntando a Kyosai a pesar de que estaba a decenas de metros de distancia.
—¿No has oído lo que te ha dicho Yura? ¡No lo permitiremos!
—¿Quiénes? ¿Los Abe y los Keikain, yokai y onmyoji unidos contra un enemigo común? —se burló Kyosai como si se tratase de una idea ridícula.
—¡Por supuesto! —exclamaron Rikuo y Yura al unísono.
—Bueno, "unidos", lo que se dice "unidos", no es exactamente... —intentó inmiscuirse Ryuji, pero Yura le mandó callar con una mirada envenenada.
Kyosai se rascó la barbilla, pensativo, sin importarle que su pincel le dejase manchas de tinta en la ropa.
—Os veo convencidos. Yanagida no estaría de acuerdo, pero creo que decías la verdad. Sin embargo, me pregunto si diréis lo mismo después de que el viejo patriarca haya muerto.
Sus palabras despertaron de inmediato la atención de los tres onmyoji allí presentes.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Ryuji.
—Bueno, no me gusta publicar spoilers antes de que acabe la película, pero dado que los actores ya están en escena, no creo que haga daño revelar los comentarios del director —sonrió Kyosai. A su lado, Inuhoo suspiró. La vena artística de su compañero podía ser de lo más cargante—. La verdad es que sólo soy una distracción. Una distracción enorme, y nadie más que el más poderoso de los ejecutivos del Clan de las Cien Historias, es decir, yo, podría llevarla a cabo. Ahora vosotros, los jóvenes herederos de las dos casas de Kioto, pero también muchos onmyoji y yokai se dirigen hacia aquí para luchar contra mis creaciones, dejando indefensas vuestras bases. Hagoromo Gitsune puede estar fuera de nuestro alcance, pero hay otro tan importante como ella para el delicado equilibrio de fuerzas en la ciudad.
Yura se puso pálida.
—Abuelo... —murmuró la joven onmyoji.
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Casa ancestral de los Keikain
Hidemoto 27º había conducido a Haigo a una de las salas de entrenamiento especiales de la familia Keikain. Allí los onmyoji practicaban y refinaban sus técnicas para luchar contra los yokai. Sin embargo, aparte de la sala en sí, no había nada más en aquella estancia, para sorpresa del propio Haigo que, carcomido por la curiosidad, acabó preguntando:
—¿Hidemoto-sama? ¿Qué era esa tarea especial para la que me necesitaba?
El patriarca se detuvo, dándole la espalda a Haigo.
—Deja ya de fingir y abandona esta farsa, yokai —susurró el anciano.
—Hidemoto-sama, no sé a qué se refiere, pero yo... —trató de defenderse su interlocutor, pero Hidemoto 27º no estaba para bromas.
—No te hagas el loco, yokai. Uno no llega a viejo al frente de la familia Keikain sin aprender uno o dos trucos. ¿O acaso crees que eres el primer yokai que viene a asesinarme? Además, como actor podrías haberlo hecho mejor.
El falso Keikain Haigo sonrió. El cristal de sus gafas relució con un brillo sobrenatural. Sin más dilación, se arrancó la piel de la cara con las manos, dejando al descubierto un rostro andrógino de expresión burlona y cabellos verde—azulados.
—Ah, no puedo resistirme cuando alguien reseña mis actuaciones. Todos los ejecutivos de las Cien Historias tenemos una vena artística, ¿sabe? Yo soy Tamasaburo, la Piel de Sanmoto. Dígame, ¿qué fue lo que me dejó en evidencia? Creía haber representado mi papel a la perfección.
Hidemoto 27º se volvió.
—Keikain Haigo siempre fue reacio a salir en misiones de campo y se encontraba más a gusto con los libros. Tanta emoción después de una patrulla era extraña. Además, siempre fue de los que preconizaban la importancia de la familia Keikain por encima de todo, así que no habría estado tan dispuesto a salvar desinteresadamente a unos civiles. Por último, Haigo siempre miró mal a nuestros jóvenes de más talento, como Akifusa, a los que envidiaba por tener las oportunidades que él jamás disfrutó. Demasiados fallos en tu actuación para resultar creíble.
—Vaya, tendría que haber dedicado unos minutos a interrogar a ese perdedor insufrible antes de rebanarle la garganta —dijo Tamasaburo.
—Debo suponer entonces que Haigo está muerto.
—Por supuesto. De hecho, me lo cargué casi sin querer. Se estaba poniendo tan pesado con su estúpida técnica de poder yan, que al final le corté la cabeza sin pensar.
Hidemoto 27º cerró los ojos, musitando una plegaria silenciosa por su familiar caído. Cuando volvió a abrirlos, en su mirada sólo había una decisión fría como el acero.
—Te he traído aquí, yokai, para que podamos tener una batalla lejos de los refugiados. Que me intenten asesinar son gajes del oficio, pero no pienso poner en peligro las vidas de aquellos que han venido a nuestra casa en busca de ayuda —dijo el patriarca.
Tamasaburo meneó la cabeza.
—El resultado será el mismo —dijo el yokai—. Cuando acabe con el líder de los Keikain, mi siguiente objetivo serán esos humanos. Con eso, nuestro "miedo" se hará invencible.
Por toda respuesta, Hidemoto sacó unos talismanes. Acto seguido, el suelo y las paredes de la sala de entrenamiento se llenaron de círculos mágicos, barreras y puntos de poder, mientras varios shikigami surgían a la espalda del líder de los Keikain, dispuestos para la batalla.
—No me subestimes. Puede que ya no sea joven, pero sigo siendo el sucesor de Ashiya Doman y no pienso caer ante un asesino cualquiera.
Tamasaburo no se dejó amedrentar.
—Bien dicho, señor Hidemoto de los Keikain. Pero me temo que el guión de esta historia ha sido escrito con antelación. ¡Ajara Enbu!
Una bruma espesa brotó de las cuatro esquinas de la sala, cegando momentáneamente a Hidemoto. El anciano patriarca se puso en guardia, esperando un ataque a traición en cualquier momento. Pero el ataque nunca llegó. Cuando la niebla se disipó, Tamasaburo seguía en el mismo sitio de antes, sólo que ahora en lugar de la sala de entrenamiento se encontraban en un típico escenario para teatro kabuki. El propio Tamasaburo había abandonado su apariencia andrógina original para metamorfosearse en un actor de kabuki ataviado con los brillantes colores del maquillaje y la vestimenta samurai.
—Este es mi "miedo", Ajara Enbu —explicó Tamasaburo, enarbolando una larga lanza—. Hasta que la obra termine, nadie puede entrar y nadie puede salir. Y en esta historia, yo soy el héroe. ¡En guardia, villano!
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Distrito de Gion
Yura se encontraba en una encrucijada. Si lo que Kyosai decía era verdad, su abuelo corría un grave peligro. Sin embargo, también era posible que aquel repugnante pintor sólo estuviese jugando con sus cabezas, confundiéndoles para dividirles y vencerles después. Pero... ¿Y si no era un engaño? ¿Y si en aquel mismo momento su abuelo se estaba debatiendo entre la vida y la muerte?
Envuelta en un mar de dudas, Yura se sorprendió cuando Rikuo se acercó y le puso una mano en el hombro, aunque la vista del kitsune seguía clavada en el ejecutivo del Clan de las Cien Historias.
—Ve, Yura. Tu abuelo te necesita —le dijo Rikuo.
—¿Qué? ¡Eres tú el que me necesita! —le espetó Yura—. ¿No has visto cómo está Gion? Si no detenemos a ese maníaco, esta pesadilla se extenderá por toda la ciudad.
—Yura... —musitó su amigo.
—Además, no sirve de nada preocuparse de eso ahora. Incluso si dice la verdad, no llegaría a tiempo de ayudar. Es demasiado tarde —repuso la joven onmyoji apesadumbrada.
—Nunca es demasiado tarde —le aseguró Rikuo—. ¡Hakuzozu!
Al instante, el fiel yokai volador del Clan Abe se personó junto a ellos.
—A sus órdenes, joven señor.
—Hakuzozu, lleva volando a Yura hasta su casa. ¡Rápido! Cada segundo cuenta —le pidió Rikuo.
—¡No le fallaré, joven señor!
—¡Eh! ¡Un momento! —protestó Yura—. ¡No pienso irme! ¡Si te abandonara en mitad de una pelea tan importante, no me lo perdonaría nunca!
—Y si no corres ahora a ayudar a tu abuelo, lo lamentarás el resto de tu vida —replicó Rikuo.
Yura se mordió el labio y apartó la mirada. Los ojos escarlatas del Rikuo nocturno no destellaban con la sorna habitual, sino que estaban mortalmente serios. Aún dudando, la amiga de la infancia de Rikuo se volvió hacia Ryuji y Mamiru. Su hermano también parecía preocupado, pero le hizo un gesto de asentimiento.
—Vete, enana. Total, aquí seguro que serías un estorbo —dijo Ryuji. No, la piedad fraternal seguía sin ser su punto fuerte.
—Tranquila, Yura. Nosotros nos encargamos. Además, ¿acaso crees que un tipo tan guapo y listo como yo va a caer ante un pintor de tres al cuarto como ese? —Rikuo le guiñó un ojo.
—¡Está bien, de acuerdo! —cedió Yura al fin, poniéndose roja—. ¡Pero no se te ocurra perder! ¡Como te mueras, te mato!
Rikuo sonrió.
—Descuida.
Hakuzozu entonces cogió a Yura por las axilas.
—Con permiso, señorita Yura. Me temo que el viaje no será muy cómodo, pero le prometo que enseguida estaremos en su casa.
—¡De acuerdo, vamos alláaaaaaaAAAHH!
La voz de Yura se perdió en lo alto mientras Hakuzozu cruzaba el cielo de Kioto a toda velocidad. Rikuo, Ryuji, Tsurara, Mamiru, Kyokotsu y Gashadokuro se encararon entonces con Kyosai.
—Vale, quizás debería haberme mordido la lengua sobre el tema del asesinato. No importa, Tamasaburo cumplirá su misión y yo la mía. No saldréis vivos de aquí.
El pintor chasqueó los dedos. Al momento, una horda de yokai recién creados por el pincel de Kyosai saltaron al tejado en que se encontraba. Monstruos de todas las clases, colmillos, garras, tentáculos, todos rugiendo con furia ante los intrusos. A un gesto de Kyosai, se lanzaron sobre Rikuo y compañía. Su mismo número los hacía temibles, pero además se trataba de versiones más elaboradas de las bestias que estaban brotando por todo Gion. No iban a ser tan fáciles de derrotar.
—Tú, zorro, olvídate de esos bichos que se nos vienen encima y concéntrate en el psicópata ese del pincel —le ordenó Ryuji a Rikuo—. Nosotros nos encargaremos de contener a la marabunta.
Rikuo, dubitativo, miró a sus compañeros.
—¡Sí, Rikuo! ¡Confía en nosotros! —le aseguró Tsurara, alzando su lanza de hielo como una auténtica onna—bugeisha—. ¡Por el honor del Clan Nura, juro que mantendré esta posición cueste lo que cueste!
—¡Y por el honor del Clan Abe también, hermano mayor! —se apuntó Kyokotsu—. ¡Los venceré a todos!
—Vencerlos, sí, pero no matarlos —le recordó Rikuo con severidad—. Recuerda, en el fondo son humanos inocentes que no quieren hacernos daño. No los mates.
—¿Ni siquiera unos pocos? —preguntó la niña, haciendo pucheros.
—No —Rikuo fue inflexible. Sabía que la pequeña clamaba contra aquellos que habían asesinado a su padre, pero no iba a permitir que se cobrase su venganza a costa de vidas inocentes.
—Vaaaale —aceptó Kyokotsu a regañadientes—. ¡Entonces date prisa en acabar con ese tipo divertido del pincel para que podamos matar a los malos de verdad!
—Estoy en ello —dijo Rikuo.
Para entonces, la horda de falsos yokai estaba a punto de chocar con su pequeño grupo. Rikuo sabía que por sí solo no alcanzaría a Kyosai, que observaba la escena con regocijo desde la seguridad del tejado. Así que echó mano a su túnica y sacó un talismán de papel.
—¡Uho tenho! —dio un paso—. ¡Tennai! ¡Tensho! —otro paso—. ¡Tenho tennin! ¡Adelante, mi deidad ceremonial! ¡Zorro de Nueve Colas! ¡Kyubi!
Del trozo de papel surgió su deidad ceremonial, Kyubi, el zorro blanco de nueve colas. Le había costado muchos días de esfuerzo aprender a convocarlo también en su forma yokai, y de hecho no lo podía mantener eternamente (seguía asombrándose de la enorme resistencia espiritual de Yura), pero en aquel momento necesitaba su ayuda. Mientras tanto, Tsurara se quedó mirando al shikigami con ojos como platos. Aunque había oído los resultados del entrenamiento onmyoji de boca del propio Rikuo, era la primera vez que veía a Kyubi. Además, no todos los días se podía ser testigo de un yokai convocando una deidad ceremonial.
—¿Preparado para la batalla, Kyubi? —le preguntó Rikuo a su shikigami.
—Siempre, joven kitsune —respondió Kyubi—. ¿Intentamos la técnica de fusión?
—Ahora no tenemos tiempo —respondió Rikuo—. Tenemos que llegar cuanto antes adonde ese maníaco de allí arriba, pero en medio tenemos a esos humanos convertidos en yokai. ¿Puedes ayudarme a llegar hasta él?
—Claro que sí. Súbete a mi grupa y agárrate fuerte, joven kitsune —le pidió Kyubi.
Rikuo hizo lo que le pedía. Entonces, Kyubi despegó. Bueno, en realidad no volaba, sino que pegaba saltos prodigiosos con los que podía esquivar a todos los atacantes. Los monstruos de Kyosai alzaban sus zarpas, impotentes, mientras su presa se escapaba de su alcance. Si Rikuo creía que era ágil en su forma yokai, no tenía ni punto de comparación la agilidad del zorro de nueve colas.
Inuhoo, el perro fénix de Shikoku, observó nervioso cómo Rikuo se aproximaba a ellos cabalgando sobre su shikigami sin que los esbirros de Kyosai pudiesen hacer nada por evitarlo.
—¡Kyosai! ¡Haz algo!
—Tranquilo, tranquilo. Todo está controlado —le aseguró Kyosai.
—Pues yo estoy viendo cómo Abe no Rikuo se está escapando de tus redes. ¿Qué harás cuando te corte en dos con su espada?
—Como he dicho, tengo la situación bajo control. Si quieres, puedes marcharte —le ofreció Kyosai.
Inuhoo parpadeó, confuso.
—¿Marcharme?
—Eso es —asintió Kyosai—. Puedo encargarme de este asunto solo. Además, se trata de mi obra maestra. Preferiría no tener que compartir la autoría, si puedo evitarlo.
El perro fénix de Shikoku meditó el ofrecimiento de Kyosai. Tomó su decisión rápidamente cuando vio que Rikuo estaba a punto de pisar el tejado en el que se encontraban.
—De acuerdo, lo dejo en tus manos. Yo soy un lugarteniente muy importante de Tamazuki, no tengo por qué arriesgar la vida si de verdad lo tienes todo controlado.
—Que sí, vete. Cuando mañana Kioto entera sea una de mis pinturas, apreciarás el alcance de mi arte.
—Eso espero. ¡Adiós!
Justo a tiempo. Justo cuando Inuhoo levantaba el vuelo, Rikuo y Kyubi aterrizaban en el tejado, justo enfrente de Kyosai. El shikigami gruñó a la figura del pájaro de fuego que en aquel momento se perdía en las alturas, pero Rikuo sólo estaba pendiente del pintor yokai que tenía enfrente.
—¡Sólo lo diré una vez! ¡Detén esta locura y ríndete! ¡Si no lo haces, te mataré! —exclamó el muchacho.
—¿Detenerme? Acabo de empezar —sonrió Kyosai.
—Te lo advertí —susurró Rikuo.
Sin segundo aviso, el joven señor de los Abe lanzó un tajo hacia el cuello de su enemigo, dispuesto a una ejecución rápida. No iba a correr riesgos con aquel maniático. Para su sorpresa, Kyosai no hizo el menor movimiento para esquivar el golpe. La hoja entró limpiamente en el cuerpo de Kyosai... y luego éste se disolvió en una nube de tinta.
—¿Qué demonios...? —se extrañó Rikuo.
Pues Kyosai había sido previsor. Aunque con su poder era capaz de convertir la monótona realidad mundana en un infierno de yokai, sabía muy bien que la lucha cuerpo a cuerpo no era lo suyo. Por eso había huido cuando Hagoromo Gitsune había desatado su poder en el museo apenas dos días atrás, y por eso ahora había dejado una copia suya para hacer de cebo. Con su poder para crear seres de la nada, era bastante sencillo. Ahora, por fin, había tenido una imagen nítida de Abe no Rikuo, de su carisma y su "temor".
—Esto es lo que me faltaba —sonrió Kyosai mientras preparaba un nuevo lienzo—. Un paisaje sólo es un paisaje. Mi retrato del infierno necesita un motivo, un héroe trágico que muera en la más terrible de las agonías. Por fin te puedo pintar, Abe no Rikuo. Experimenta el delicioso tormento del kusozu, las Nueve Etapas de la Putrefacción.
Y cogió el pincel.
Mientras tanto, Rikuo trataba de orientarse. Sabía que Kyosai debía estar en algún lugar cercano, controlando los acontecimientos. ¡Pero dónde? No podía malgastar su tiempo jugando al escondite. Si querían detener aquella pesadilla, tenían que encontrar al pintor loco cuanto antes. Aunque de momento Ryuji y compañía se las estaban arreglando para mantener a raya a la marea de yokai, era sólo cuestión de tiempo que la superioridad numérica de sus enemigos les sobrepasase.
Desde el suelo, Tsurara notó la confusión de Rikuo.
—¡Rikuo! —exclamó la Yuki-onna tras arrearle un bastonazo a una bestia con las manos demasiado largas—. ¿Qué ocurre? ¿Dónde está Kyosai?
—¡El muy bastardo ha desaparecido! —respondió Rikuo—. Está escondido en algún lugar. Sólo tengo que encontrarlo y... y...
Rikuo se quedó paralizado. De repente notó que el cuerpo le pesaba. Empezó a sentir nauseas y tuvo que apoyar una rodilla en el suelo. Se sentía mal, muy mal. Su sangre hervía, pero no con su furia yokai de siempre, sino con fuego de verdad.
—¿Rikuo? —Tsurara observaba sus movimientos con preocupación. Incluso desde el suelo, podía notar que algo iba mal.
—Ah... Ah... Ah... —jadeó el muchacho, para luego ponerse a gritar—: ¡Ah... Aaah... AAAAAAAAAHH!
Un horrible olor a carne quemada empezó a llenar el lugar. Era un olor repugnante y pegajoso, que impregnaba todo lo que tocaba. Sólo Gashadokuro estaba a salvo, ya que al ser un esqueleto no tenía nariz. Pronto quedó claro que el olor provenía del propio Rikuo, que se retorcía de dolor mientras su carne y su piel ardían de dentro hacia fuera. Poco a poco, empezó a rodar por el tejado hasta que se aproximó peligrosamente al borde. Entonces, loco de dolor, dio un paso en falso y se precipitó al vacío.
—¡RIKUOOOO! —gritó desesperada Tsurara.
En un rincón de Gion, Kyosai apartó por un momento el pincel del lienzo y contempló su obra.
—Shinshisou, "el cadáver reciente" —Kyosai bautizó su pintura, una enferma escena en blanco y negro de Rikuo agonizando en el suelo—. Este es el comienzo de la destrucción. Cuando termine las Nueve Etapas de la Putrefacción, Abe no Rikuo, tu miedo y tu misma existencia se descompondrán. Ah, qué emoción... Será la muerte más exquisita que jamás haya pintado.
Notas adicionales:
Esto de publicar el último día de cada mes se está convirtiendo en una mala costumbre y me temo que es sólo culpa mía. Vale que últimamente tengo muchas cosas que hacer, pero antes también y lograba sacar más tiempo. ¿Será que antes la publicación del manga mantenía despierta mi inspiración? No, no es excusa, que también hemos podido disfrutar de las nuevas OVAs de Nuramago (aunque me muero por leer los extras del último volumen, aparte de esa historia que confirma el RikuTsu ^_^). En fin, yo seguiré al pie del cañón hasta acabar la historia.
* Keikain Haigo, si alguien no lo recordaba, era uno de los guardianes de los sellos durante la saga de Kioto. Utilizaba una técnica para inyectar energía yan en su cuerpo que le daba músculos instantáneos, pero que contra rivales del calibre de Hagoromo Gitsune no servía para nada. La kitsune lo mató prácticamente sin querer con una de sus colas.
* El barrio de Gion tiene dos hanamachi. No era un distrito rojo (es decir, de prostitución). Pese a las habituales confusiones de los extranjeros, las geishas (o geikos, como se dice en la región de Kansai) tenían una categoría diferente. Eso sí, como en toda gran ciudad, en Kioto había un barrio de burdeles, pero ese era el hanamachi de Shimabara.
* No está muy claro si Tamasaburo era hombre o mujer en el manga, aunque creo que es más probable lo primero. Su apariencia andrógina probablemente tiene que ver mucho con el kabuki, donde durante siglos los hombres han interpretado papeles de mujer (algo que también ocurrió en otros teatros, como el inglés). Curiosamente, el kabuki lo inventó una mujer, Izumo no Okuni, una miko y bailarina del Gran Santuario de Izumo.
Próximo capítulo: Destruyendo a Rikuo.
