Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo y compañía descubren que el pintor demoníaco Kyosai está tratando de convertir el barrio de Gion en un infierno y que un espía enemigo pretende asesinar a Hidemoto 27º. Mientras Yura corre a salvar a su abuelo, Rikuo se enfrenta a Kyosai, pero cae en su trampa.


Destruyendo a Rikuo

—No confío en ellos —dijo Inugami.

Desde el rascacielos a medio construir que constituía su base, Tamazuki observaba el horizonte nocturno de Kioto. Aunque esta vez no iba a disfrutar del resplandor de las llamas, sabía que en diferentes puntos de la ciudad sus seguidores y sus aliados luchaban a brazo partido con los soldados del Clan Abe.

Los Siete Peregrinos de Shikoku habían partido para ayudar a sus contrapartidas del Clan de las Cien Historias en el nuevo plan pergeñado por Encho para debilitar el "temor" de los yokai de Kioto. Hari-onna, Tearai Oni, Yosuzume... Todos se habían ido, todos menos Inugami, el perro maldito. Como mano derecha y guardaespaldas de Inugami, se había quedado con su jefe en la torre a la espera de noticias. Otros habrían acusado a Tamazuki de cobarde por no haber salido a pelear aquella noche, pero el mafioso tanuki sabía que no siempre hacía falta ensuciarse las manos personalmente para ganar una batalla. No cuando había más peones en el tablero.

—¿De quién hablas, Inugami? —preguntó Tamazuki, aunque conocía la respuesta.

Inugami gruñó.

—Hablo de esos tipos del Clan de las Cien Historias. Son unos mentirosos. Sólo quieren que les hagamos el trabajo sucio y después nos echarán a un lado. Seguro.

Tamazuki sonrió desde su sillón.

—Inugami, ¿qué te prometí cuando te uniste a mi procesión de los 88 demonios?

—Que me llevarías a un mundo nuevo —contestó el otro chico sin dudar.

—Dime, Inugami, ¿dudas de mi palabra?

—¡No! —se apresuró a responder su interlocutor—. ¡Jamás! ¡Tú siempre cumples tus promesas!

—Exacto. Soy un yokai de palabra. Voy a ser el conquistador de este país y voy a crear un nuevo mundo sobre los cimientos del viejo. Es mi sueño. Pero no soy un iluso. ¿Acaso crees que dejaría que otros se quedasen con mi premio? No, Inugami, eso nunca. Usaremos al Clan de las Cien Historias del mismo modo que ellos quieren usarnos a nosotros, y cuando llegue el momento seremos nosotros quienes saldremos victoriosos.

Inugami no pareció del todo convencido. Su larga lengua se balanceó dubitativamente mientras asimilaba las palabras de Tamazuki.

—Ellos intentarán...

—Sí, ellos intentarán algo. No son tontos. Si yo hago planes, ellos también. Sobre todo ese Encho. Por eso necesito a Abe no Rikuo con vida —explicó Tamazuki—. Si logro que se una a mi procesión nocturna, tendré una ventaja con la que el Clan de las Cien Historias no contaba.

Su lugarteniente hizo una mueca de disgusto.

—Sigo creyendo que ese insolente está mejor muerto.

—¿Celoso, amigo Inugami? —le picó Tamazuki al otro lado de la sala.

—¡Yo ya soy tus colmillos, Tamazuki! ¡No necesitas a nadie más! —soltó Inugami.

Tamazuki sonrió. Se levantó del sillón, cruzó la sala y le dio una palmada en el hombro a su lugarteniente. Los dos se quedaron mirando por la ventana, hacia el horizonte nocturno de la antigua capital.

—Tranquilo, Inugami. Serás mis colmillos —le aseguró Tamazuki—. Pero nunca olvides que soy yo quien sostiene la correa. Ahora vamos, quiero ver lo que Encho está preparando con sus ordenadores.

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Distrito de Gion

Rikuo se moría. Se había caído del tejado y ahora agonizaba en el suelo. Sin embargo, no era la caída lo que le llevaba a las puertas de la muerte. A fin de cuentas, su cuerpo yokai había sufrido castigos peores en el pasado y había sobrevivido. No, el verdadero problema era la maldición que corroía sus entrañas.

Desde otro punto del barrio, Kyosai contemplaba con gozo el lienzo que acababa de pintar. El pintor demoníaco del Clan de las Cien Historias había terminado de dar los últimos toques al Shinshisou, "el cadáver reciente", la primera de las Nueve Etapas de la Putrefacción. Estaba satisfecho con el resultado, pero no había hecho más que empezar.

"Abe no Rikuo, para mí eres el modelo definitivo", pensó Kyosai, embargado de espíritu artístico. "Ese Tamazuki es prometedor, pero tú... tú eres el héroe trágico que mi obra necesita. ¡Oh, avaricia! ¡Con qué violencia excitas los deseos que hay en mí!".

Mientras, en el suelo, Rikuo trataba de recobrar sus fuerzas sin éxito. Habría sido pasto de los yokai que pululaban por Gion (en realidad humanos inocentes transformados por las artes oscuras de Kyosai), pero su shikigami Kyubi había bajado para protegerlo. El zorro de nueve colas gruñía con fiereza ante cualquiera que se aproximase. Afortunadamente, Tsurara, Kyokotsu y Gashadokuro lograron abrirse camino hasta ellos. Atrás habían dejado a Ryuji y Mamiru tratando de exorcizar al mayor número de personas posible. A los onmyoji no les hizo ninguna gracia que sus aliados les dejasen plantados en mitad de la marabunta, pero los tres yokai sólo tenían ojos para el chico que en aquel momento se debatía entre la vida y la muerte.

—¡RIKUO! —exclamó Tsurara muerta de preocupación—. ¿Qué te ocurre?

—¡Ah... Aaah... Quema! —jadeó Rikuo.

La Yuki-onna apoyó sus manos heladas sobre él, pero enseguida tuvo que retirarlas. El cuerpo del joven señor realmente quemaba y ella, como dama de las nieves, era especialmente vulnerable al calor.

—¡Hermano mayor! —Kyokotsu se plantó al lado de Tsurara. La niña de ojos de serpiente arrugó la nariz enseguida—. ¿Qué es eso? ¡Huele fatal! Huele como a... como a carne quemada. ¿Y por qué... por qué viene ese olor del hermano mayor?

Tsurara se tapó la boca. "No... No puede ser... ¡Rikuo se está pudriendo por dentro!", pensó la Yuki-onna horrorizada.

Entre tanto, Kyosai seguía con su macabra tarea. Volvió a coger el pincel, lo mojó en tinta negra y se dispuso a dibujar el siguiente paso en las Nueve Etapas de la Putrefacción.

Kusozu, ése era el nombre que recibía su técnica. Las Nueve Etapas de la Putrefacción era una de las variedades artísticas más peculiares de Japón. Se basaba en la antigua tradición budista de contemplar un cadáver en todas las etapas de la descomposición. En teoría, servía para enseñar al observador la impureza del mundo material, la futilidad de los deseos carnales y animar al iniciado a buscar la iluminación espiritual. A falta de un cadáver reciente, a menudo se utilizaba una representación pictórica de la putrefacción. Y así surgió el género del kusozu.

Sin embargo, Kyosai no buscaba ningún tipo de iluminación espiritual. Su poder yokai era convertir lo que pintaba en realidad y estaba usando las Nueve Etapas de la Putrefacción para destruir a Rikuo, paso a paso.

"Con esta tinta maldita, te tengo en mis manos, Abe no Rikuo. Aquí, esta será la culminación de mi obra de arte. Cuando las Nuvea Etapas de la Putrefacción estén completas, tu cuerpo se descompondrá y tu miedo desaparecerá. No habrá vuelta atrás. ¡Ni la mismísima Hagoromo Gitsune podría resucitar tras sufrir esta técnica!", se vanaglorió en silencio Kyosai.

Choso, "hinchazón" —recitó el pintor.

Al momento, el cuerpo de Rikuo empezó a amoratarse e hincharse, como un cadáver de verdad expuesto a los elementos. El olor nauseabundo que brotaba de su cuerpo se hizo más fuerte, para horror de Tsurara, Kyokotsu y el temblequeante Gashadokuro, que no sabían que hacer. Pero Kyosai no terminó ahí. Llevado por su fiebre artística, tras terminar la hinchazón pasó al siguiente dibujo.

—¡Sí, sí! Ahora kaiso, "ruptura", donde los tejidos y los músculos se rompen mientras los líquidos internos escapan por las fisuras... Qué delicia... ¿Y después? Oh, sí, noranso, la "putrefacción" que empieza a corroer el cuerpo. Dolor... Mucho dolor... Pero ahora viene lo mejor: tanshokuso, donde los animales devoran el cadáver. Dime, Abe no Rikuo, ¿cómo se siente cuando las larvas y los gusanos consumen tu cuerpo?

Kyosai se rió. Hacía mucho tiempo que no se lo pasaba tan bien. Convertir el barrio de Gion en un infierno sólo había sido el anticipo de su obra maestra.

En la otra punta del distrito histórico, Kyokotsu y Gashadokuro lloraban por ver a su joven señor sufriendo sin que pudieran hacer nada por remediarlo. Tsurara también tenía ganas de llorar, pero se contuvo. No había tiempo para lágrimas. Había que actuar.

La dama de las nieves se acercó a Kyubi.

—Eres el shikigami de Rikuo, ¿verdad? ¡Por favor, préstame tu fuerza! ¡Necesito encontrar al malvado que le está haciendo esto a Rikuo y detenerlo!

El zorro de nueve colas la examinó de arriba abajo. Tsurara se puso un poco nerviosa. Las deidades ceremoniales eran aliados de los onmyoji para destruir yokai, así que quizás no le apetecía colaborar con una Yuki-onna. Sin embargo, al final Kyubi asintió y dijo con voz grave:

—Sube.

Los ojos caleidoscópicos de Tsurara se iluminaron. Sin perder un instante, la dama de las nieves se subió a la grupa del zorro de nueve colas. La deidad ceremonial ya estaba a punto de saltar al tejado, cuando de repente unas manos pequeñas se aferraron a Tsurara por detrás.

—¡Voy con vosotros! —exclamó Kyokotsu—. ¡Quien haga daño al hermano mayor lo pagará!

—¡Eh! ¿Y yo que hago? —preguntó Gashadokuro. Obviamente, el esqueleto gigante no podía montarse en el shikigami.

—¡Gasha, tú coge al hermano mayor y protégelo! ¡No dejes que nadie se acerque a él! —le ordenó Kyokotsu con autoridad.

El esqueleto gigante asintió. Tomó al doliente Rikuo entre sus manos esqueléticas y lo elevó por encima de la miríada de yokai artificiales que pululaban a su alrededor. Gashadokuro podía ser un cobarde, pero seguía siendo uno de los yokai más grandes del país y no era fácil derribarlo.

—¿A dónde vamos? —preguntó Kyokotsu mientras el shikigami se ponía en marcha.

Era una buena pregunta, pensó Tsurara. A saber dónde podía estar el malvado que estaba matando a Rikuo. No en la azotea de enfrente, eso estaba claro. El tal Kyosai que se había presentado ante ellos antes había sido un señuelo. El verdadero debía estar en alguna parte de Gion.

"¡Concéntrate!", se ordenó Tsurara a sí misma. Antes de partir a Kioto como espía del Nurarihyon había aprendido a manipular su "miedo" mejor que otros, y también a encontrar a otras personas por su energía espiritual. Sabía que podía conseguirlo si se esforzaba. Cerró los ojos.

"No. No. No", Tsurara fue descartando mentalmente las energías de Gashadokuro y de los onmyoji, también las de los humanos y las de los yokai artificiales de Kyosai. Entonces lo encontró: una energía oscura abrumadora en una esquina apartada del barrio.

—¡Lo tengo! ¡Vamos, Kyubi! —exclamó Tsurara.

Mientras, ajeno a las pesquisas de Tsurara, Kyosai estaba al borde del éxtasis artístico. Su cara y sus ropas estaban llenas de manchas de tinta, sus manos se estaban agarrotando y sus ojos acusaban el cansancio. Le estaba costando terminar las últimas pinturas, a pesar de que había pintado las primeras en un abrir y cerrar de ojos. Pero valía la pena. Estaba a punto de culminar su obra maestra.

Entonces apareció la caballería.

—¡Ahí está! —exclamó Kyokotsu, aferrada al pelaje del zorro de nueve colas.

—¡Tú! ¿Qué le estás haciendo a Rikuo? —exigió saber Tsurara.

Kyosai suspiró. No le gustaban las interrupciones.

—¿Podríais hacerme el favor de marcharos a otra parte? —les pidió a las dos yokai—. Estoy trabajando y no me interesan los personajes secundarios.

—¿"Personajes secundarios"? ¿Quién te crees que eres? —le espetó furiosa Tsurara. En ese momento la Yuki-onna se fijó en qué estaba trabajando Kyosai—. Qué demonios... Esas imágenes asquerosas son... ¿Rikuo?

Alrededor de Kyosai había varios lienzos, ocho en total, representando las Nueve Etapas de la Putrefacción en todos sus macabros detalles. Sólo faltaba la última. En cada una, Rikuo aparecía más y más descompuesto. Era repugnante.

—Preciosas, ¿no crees? Abe no Rikuo ya no es ni un humano ni un ayakashi. Su forma, su aspecto, su "miedo", son míos para toda la eternidad. ¡Este es mi kuzosu! —presumió Kyosai.

—¡Ni hablar! ¡Antes te sacaré los ojos! —amenazó Kyokotsu, blandiendo su calavera.

—¡Exacto! ¡Kyubi, a por él! —dijo Tsurara mientras creaba una lanza de hielo en su mano.

Kyosai estaba francamente disgustado.

—¿Oh? Los personajes secundarios deberían estarse callados mientras los artistas trabajan.

Kyosai chasqueó los dedos. El tejado se abrió bajo los pies de Kyubi. Con la emoción de la persecución, habían olvidado que el poder de Kyosai estaba convirtiendo todo el barrio de Gion en una de sus pinturas. El ejecutivo del Clan de las Cien Historias podía ahora manipular el entorno a su antojo.

—Aquellos que no son capaces de apreciar el verdadero arte merecen morir —dijo Kyosai—. Adiós, personajes secundarios.

De los bordes del edificio surgieron infinidad de garras y manos que se lanzaron sobre el shikigami y sus dos pasajeras, dispuestos a estrangularlos.

—¡No me rendiré! ¡No soy un personaje secundario, soy la protagonista de mi propia historia! —exclamó Tsurara—. ¡Vamos, Kyubi! ¡Vamos, Kyokotsu! ¡Vendaval maldito, Fusei Kakurei!

—¡Sí! ¡Que aprenda lo que es el miedo de verdad! —asintió Kyokotsu.

—¡Que intenten detenerme! —gruñó el zorro de nueve colas.

La carga fue espectacular. Una ventisca gélida azotó el tejado, congelando a los monstruos de Kyosai. Kyokotsu cubrió el suelo con una alfombra de calaveras como la suya, de las cuales salieron serpientes venenosas listas para morder a todo aquel que atravesase la barrera helada de la Yuki-onna. En el centro de la tormenta, Kyubi avanzó sin miedo hacia Kyosai, mientras Tsurara preparaba su lanza para embestir al enemigo.

A su pesar, Kyosai se quedó contemplando la escena con admiración.

—Es... hermoso —reconoció entre susurros.

Y entonces la lanza de hielo de Tsurara le atravesó el corazón.

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Casa ancestral de los Keikain

Un solitario onmyoji estaba llevando unas mantas para los refugiados, cuando un bólido pasó corriendo a su lado.

—¡Eh! ¿Quién...? ¡Yura! ¿Qué haces a... aaaaah! ¡Mis mantas! ¡Que se me caen!

Yura ni siquiera se percató de que había empujado al infortunado onmyoji. Sólo tenía en mente una cosa: salvar a su abuelo.

Después de enterarse de los planes del Clan de las Cien Historias por boca de Kyosai, Hakuzozu había llevado raudo y veloz a Yura a la mansión de los Keikain. Al principio los onmyoji habían reaccionado alarmados ante la llegada de un yokai por el cielo, pero al ver que transportaba a Yura se habían tranquilizado. Aún así, no le habían dejado cruzar el umbral de la puerta. Yura no tenía tiempo para dar explicaciones, así que, en cuanto se enteró de que su abuelo había desaparecido horas antes en compañía de Keikain Haigo, dejó atrás a Hakuzozu y salió disparada.

"Por favor, por favor, que mi abuelo esté bien...", rogó Yura para sus adentros.

Por desgracia, en cuanto abrió la sala de entrenamientos en que según la gente se habían metido Hidemoto 27º y Haigo, su ánimo se derrumbó.

—Yura... ¿Qué... qué haces aquí? —balbució Hidemoto 27º.

El anciano patriarca estaba vivo, pero a duras penas. El malvado Tamasaburo le tenía atrapado con su técnica Ajara Enbu, de la que era imposible escapar. La edad había hecho mella en Hidemoto y no estaba en buena forma. Aún así, debería haber aguantado más. Sin embargo, cada vez que creía que había derribado a su rival con un ataque definitivo, el maldito actor kabuki se volvía a levantar. Su "miedo" le daba el control de la zona de combate y podía cambiar las reglas a su antojo para ser tan fuerte, tan rápido o tan previsor como necesitara.

—En este escenario hay un guión —le había explicado Tamasaburo con una sonrisa de superioridad—. No importa los giros que dé el guión, el resultado es el mismo: el héroe sale victorioso y el villano muere. Es así de sencillo.

—Supongo que eso me convierte en el villano de la obra —había observado Hidemoto.

—En efecto. ¡Ahora piérdete en la oscuridad, malvado!

Fue justo en ese momento cuando entró Yura en escena. Tamasaburo, en su disfraz de samurai, no se inmutó.

—¡Ah, el público ha llegado justo a tiempo! ¡No hay nada mejor que oír los aplausos de los espectadores cuando el héroe mata al villano!

—¡Abuelo! —gritó Rura, convocando rápidamente a su shikigami Rentei y convirtiéndolo en un cañón de mano—. ¡No dejaré que te salgas con la tuya, monstruo! ¡Prueba esto! ¡Yomi Okuri, YURA MAX!

Para sorpresa y desesperación de Yura, su cañonazo se disipó en el aire sin alcanzar a Tamasaburo.

—Perdón, señorita, pero mientras la representación está en marcha, el público no debe importunar a los actores. Ahora, si me lo permite, ¡ha llegado la hora del clímax!

Las luces se apagaron en la sala. Un único y solitario foco alumbró el escenario desde un ángulo cenital. En el centro, el vapuleado Hidemoto permanecía inmóvil, incapaz siquiera de sacar un talismán. A su lado, Tamasaburo alzó su lanza.

—¡Ha llegado la hora de que pagues por tus fechorías, villano! ¡Muere!

De nada sirvió que Yura descargase con ira un montón de cañonazos sobre el escenario. Fue inútil. Tamasaburo clavó limpiamente la punta de su lanza en el cuerpo de Hidemoto. El viejo onmyoji se derrumbó sobre el escenario, aunque aún le quedaron fuerzas para arrastrarse por el seulo de madera mientras lanzaba una mirada implorante a su nieta para que se marchase de allí. Sabía que en cuanto acabase con él, Tamasaburo dirigiría sus poderes contra Yura.

—¡Nooooo! —gritó la chica desesperada—. ¡ABUELO!

—¡Jo, jo, jo, el villano aún se resiste! —se regodeó Tamasaburo, dejando la lanza a un lado y desenfundando una katana—. ¡Claro está, ninguna ejecución está completa sin cortar la cabeza del malhechor!

El corazón de Yura se paró. Y empezó a oír voces en su cabeza.

"Sé lo que estás pensando, Yura—chan", dijo el espíritu de Hidemoto 13º. "Es cierto que has conseguido desarrollar la Fusión a Tres. Estoy sorprendido, de veras. Pero... Es una técnica peligrosa".

"¡No es una técnica prohibida! ¡Puedo usarla! ¡Necesito usarla!", le respondió Yura en su mente.

"No, no es una técnica prohibida", reconoció Hidemoto, "pero es casi una técnica gris. Es muy posible que tu cuerpo de trece años no pueda aguantarlo. Sin embargo, es tu decisión. Nosotros, los espíritus del Hagun, te daremos nuestro poder si nos lo pides".

Yura apretó los dientes. No era una opción fácil, pero sabía que no tenía elección.

"¿De qué sirve tener este poder si no lo uso?", pensó la joven onmyoji. Sacó sus talismanes.

—¡A mí, Rokuson! —Yura convocó a su shikigami ciervo—. ¡Invoco tu poder, Hagun! ¡Fusión humano-shikigami! ¡FUSIÓN A TRES!

El estallido de energía espiritual cogió desprevenido a Tamasaburo, que se detuvo en seco antes de cortarle la cabeza al malherido Hidemoto. Comprobó con alivio que los límites de su escenario seguían intactos, pero cuando sus ojos se posaron en Yura se puso muy nervioso.

Yura se había transformado en una arquera que rezumaba energía espiritual por los cuatro costados. Su ciervo Rokuson se había convertido en su arco, su carpa Rentei en sus flechas, y el poder de Hagun lo impregnaba todo. Como curioso efecto secundario, el pelo de Yura había crecido en longitud hasta llegarle a la altura de las rodillas.

—¡Voy a destruir ese maldito escenario! —proclamó Yura, tensando el arco.

—¡Estúpida! ¡Mientras Ajara Anbu esté activado, soy invencible! ¡Recuerda que tengo a tu abuelo!

La amenaza de Tamasaburo, sin embargo, era un farol. Estaba en una posición delicada. Si mataba a Hidemoto 27º, la obra se daría por concluida y el efecto de Ajara Anbu desaparecería, dejándolo desprotegido contra el ataque de Yura. Sin embargo, si lo dejaba correr, la obra perdería su ritmo. Ajara Anbu funcionaba mientras nada interrumpiese la obra. Este impasse no le convenía nada a Tamasaburo.

Pero Yura no tenía tiempo para sutilezas teatrales. Apuntó el arco y disparó.

¡Yomi Okuri, Yura Max Revised! —exclamó la joven onmyoji—. ¡FLECHA DIVINA!

Lo que salió del arco de Yura no fue realmente una flecha, sino un proyectil de energía pura. La técnica Ajara Anbu era incapaz de soportar un poder espiritual de tal calibre. El escenario se hizo añicos y el proyectil abrió un boquete incluso en la pared de la sala, causando un estropicio tremendo.

—Este final no estaba en el guión... —murmuró Tamasaburo antes de perecer desintegrado.

Yura se tambaleó. Tal como le había advertido Hidemoto, el esfuerzo había sido demasiado para ella. Sudaba a chorros y la cabeza le daba vueltas. Incluso sintió ganas de vomitar. Pero había vencido. Eso era lo que importaba.

—¡Abuelo! —Yura avanzó a trompicones hasta la figura tendida de su abuelo.

—Ah, Yura... —murmuró Hidemoto 27º.

—¡Abuelo, aguanta! ¡Enseguida traigo a los médicos! —le dijo Yura, pero antes de que pudiera marcharse su abuelo le agarró de la manga.

—Yura...

—¿Qué ocurre, abuelo? —preguntó la chica preocupada.

Hidemoto 27º apoyó su mano sobre la cabeza de la chica y le revolvió cariñosamente el pelo. Normalmente era un gesto que Yura detestaba, especialmente cuando lo hacía su hermano Ryuji, pero en aquel momento no le importó. Tenía que aguantarse las ganas de llorar.

—Eres una joya, Yura —Hidemoto tosió—. Brillas tanto... Mis viejos ojos no podían verlo, pero... Eres fuerte, Yura. Siempre avanzas hacia delante... Siempre me das esperanzas... Estoy muy orgulloso de ti, Yura. Hazte fuerte... y protege a todos en mi lugar...

—¡No digas eso, abuelo! ¡Aún te queda mucho por hacer!

Pero esta vez su abuelo no dijo nada. Cerró los ojos y su respiración se hizo más errática.

—¿Abuelo? ¡Abuelo! —gritó Yura. Un sudor frío recorrió su espalda y le entró el pánico—. ¡AYUDA! ¡Un médico! ¡Por favor, que alguien me ayude!

Y gritó y gritó hasta que, por fin, varios onmyoji que ya habían sido alertados por la explosión espiritual de antes corrieron en su busca.

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Distrito de Gion

En otro punto de Kioto, Tsurara y la pequeña Kyokotsu contemplaban los últimos momentos de vida de Kyosai.

—Derrotado por unos personajes secundarios... Je —murmuró el pintor para sí mismo.

Kyosai aún aguantaba de pie, pero su energía espiritual brotaba a raudales de su cuerpo. Su corazón se atrofiaba con la punta de hielo de la lanza de Tsurara alojada en él. Sin embargo, había sido el "miedo" combinado de sus rivales lo que de verdad había acabado con él.

—Estás derrotado, Kyosai —sentenció Tsurara con frialdad. A su lado, Kyokotsu lanzó miradas envenenadas al pintor demoníaco.

—Habéis tenido suerte —sonrió Kyosai—. Cuando muera, todo el "miedo" que he creado volverá conmigo al infierno. Si hubiese dejado libres a mis pinturas, nada habría podido detener la transformación de Kioto y vuestro precioso Rikuo estaría muerto a estas alturas.

—¿Por qué no lo has hecho? —le preguntó Tsurara, entrecerrando los ojos.

Kyosai no respondió de inmediato. Se asomó al borde del tejado, observando como el retrato del infierno que había creado se iba disolviendo poco a poco.

—No lo entendéis. Si vencemos aquí, nosotros ganamos, pero si nos derrotáis, nosotros ganamos también.

—¡Habla claro! —le conminó Tsurara. No le gustaban los acertijos.

Kyosai se volvió una vez más hacia ella.

—Nosotros, los ejecutivos de las Cien Historias, somos parte de Sanmoto Gorozaemon. No somos existencias individuales. Es nuestro destino volver a él, más tarde o más temprano —explicó el pintor—. Ahora, cuando muera, todo el "miedo" que he reunido se fusionará con nuestro señor Sanmoto. Ese es nuestro secreto: cada vez que matéis a uno de los nuestros, el Rey Demonio se hará más fuerte.

—¡Oh, no! ¡Qué malvado! —musitó la pequeña Kyokotsu escandalizada.

—Es mi turno... Mi obra ya ha acabado... —murmuró Kyosai.

—¡Espera! —exclamó Tsurara, yendo hacia él.

Era demasiado tarde, empero. Kyosai se arrojó al vacío, estampándose contra el suelo varios pisos por debajo. Para cuando Tsurara y Kyokotsu su asomaron para echar un vistazo, su cuerpo ya se había disuelto en una voluta de humo.

Como la Yuki-onna parecía consternada, Kyokotsu trató de animarla.

—Lo peor ya ha pasado, ¿no? ¡El hermano mayor se pondrá bien!

Tsurara sonrió débilmente.

—Sí... Rikuo se pondrá bien. Eso es lo que importa.

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Rascacielos en construcción

Tamazuki no estaba contento. Habían empezado a llegar informes de lo sucedido. Los grupos de distracción, como los de Hari-onna y Tearai Oni, habían salido indemnes de la persecución de los Abe, pero lo mismo no se podía decir de los escuadrones asesinos. Los ejecutivos de las Cien Historias habían fallado estrepitosamente: Kyosai, Tamasaburo y Raiden habían muerto sin acabar con ninguno de sus objetivos. De los siete peregrinos, Inuhoo había podido escapar, pero se desconocía el paradero de Sodemogi.

—Debemos asumir lo peor —dijo Inuhoo nada más empezar la reunión de urgencia—. Si no lo han matado, ahora mismo debe estar en las mazmorras de la Mansión Abe.

—¡Ja! ¡Menos mal que decíais que el Clan de las Cien Historias era bueno! —se burló Tearai Oni de los dos ejecutivos que quedaban. Encho y Yanagida—. ¡Menuda panda de inútiles!

—Nuestras muertes nunca son en vano —se limitó a responder Encho—. Además, no hemos acabado la noche con las manos vacías.

—¿Ah, no? Explica entonces como es que habéis perdido a más de la mitad de los vuestros, listillo —se encaró con él Inugami. Desde el principio nunca le habían gustado los ejecutivos y ahora tenía la oportunidad de dejarlos en evidencia ante Tamazuki.

—Por lo que sabemos, Hidemoto 27º están gravemente herido. Eso juega a nuestro favor y puede precipitar acontecimientos... interesantes, sí, muy interesantes. Además, nuestra estrategia en Internet está dando sus frutos y la mención de yokai en las redes ha crecido en un 283%, lo que nos permitirá...

Inugami se rió con la lengua colgando fuera.

—¡Ja, ja, ja! ¿Crees que a Tamazuki le importa de verdad una chorrada como esa de Internet?

Pero para sorpresa de Inugami, Encho y Tamazuki intercambiaron una mirada de entendimiento. Fuera lo que fuera lo que tenían planeado, los siete peregrinos de Shikoku no habían sido informados de ello. Al final, Tamazuki se incorporó de su asiento.

—Está bien, las noticias no han sido buenas pero aún marchamos según el plan —dijo el líder tanuki—. Dedicaremos el resto del día a descansar, reunir fuerzas y planear nuestro asalto final en la última noche. ¡Los aplastaremos!

La reunión se dio por terminada y cada cual volvió a sus puestos.

Mientras regresaba a su habitación. Inugami se percató de que Encho le seguía de cerca. Intrigado y un poco mosqueado, el yokai perro se dio media vuelta y se encaró con el narrador de las Cien Historias.

—¿Qué quieres? —le espetó Inugami sin más.

—Traigo una propuesta que os puede interesar, señor Inugami —le dijo Encho—. Por el bien de Tamazuki, Abe no Rikuo debe morir.

Sus palabras despertaron de inmediato el interés y la suspicacia de Inugami.

—Continúa.

—Voy a ser sincero: nuestra situación es delicada. La pérdida de Kyosai en especial limita las capacidades combativas de nuestro clan y mucho me temo que nuestra ventana de oportunidad se reduce cada día más. Hagoromo Gitsune puede aparecer en cualquier momento sin que hayamos conquistado Kioto todavía. Un clan es tan fuerte como su líder. Uno de los obstáculos, Hidemoto de los Keikain, ya ha sido quitado de en medio, pero aún queda Abe no Rikuo. Tamazuki ha tenido muchas oportunidades para acabar con él por la vía rápida, pero no lo ha hecho. Tanta caballerosidad puede costarle cara.

Inugami esbozó una sonrisa siniestra.

—¿Caballerosidad? ¿Él? ¡Ja! No, Tamazuki tiene sus razones.

—Y seguro que son unas razones muy buenas y que harán a los yokai de Shikoku más fuertes, pero de nada sirven si Abe no Rikuo le corta la cabeza a Tamazuki en la batalla que se avecina —insistió Encho con voz suave—. A veces, para ganar hay que recurrir a tácticas más sucias.

El narrador de las Cien Historias pasó de largo, no sin antes dejar en manos de Inugami una nota de papel a Inugami. El yokai perro la examinó y vio que había una dirección escrita en ella.

—¿Qué es esto? —preguntó Inugami.

Antes de doblar la esquina del pasillo, Encho se paró para responder:

—Es la dirección de la escuela secundaria a la que asiste Abe no Rikuo. De día está llena de rehenes humanos indefensos. Yo no puedo hacer nada sin levantar la ira de Tamazuki. Sin embargo, tal vez esté más dispuesto a perdonar a un fiel lugarteniente que sólo quería hacerle un favor a su señor, especialmente si trae con él la cabeza de su enemigo. Claro que es sólo una sugerencia. Cada cual escribe su propia historia.

Encho desapareció. Inugami volvió a leer la nota. Al final la arrugó y la tiró a una papelera. Había tomado una decisión.


Notas adicionales:

Los omakes del último volumen están siendo traducidos. Eso me ha dado energías para escribir este capítulo incluso antes de lo que tenía pensado. No siempre iba a actualizar el último día del mes, ¿verdad? (aunque casi, casi ^_^;). ¡Gracias a todos mis lectores!

Special thanks to Nayrael, though, who has gone great lengths to read this fic despite not knowing anything about Spanish. He's gone as far as translating the chapters with Google Translator... and understanding them! That's a great feat, that's for sure.

* Los detalles que he dado del kusozu son correctos. Lo que ocurre es que no hay una sola versión canónica de los nueve pasos. Como no sé qué versión utilizó el autor, me contento con seguir lo establecido por Nuramago.

* Las partes de Sanmoto que mueren en el mundo real se unen con él en el infierno, también en el canon. Es evidente en la primera aparición de Sanmoto en el infierno, un fantasma con diversas partes adosadas a él.

* La fusión a tres resultará desconocida para los que hayan seguido sólo el anime, pero en el manga marcó el punto en que la historia volvió a recobrar las fuerzas del pasado, así que yo la recuerdo con cariño. Por desgracia, la mejora no fue suficiente para evitar la cancelación del manga.

* Tamazuki es sorprendentemente "caballeroso" en el manga en su guerra contra los Nura, hasta el punto de recurrir a tácticas realmente sucias (dentro de lo que es una pelea de gángsters, claro) sólo cuando sus planes iniciales se tuercen. Aquí he querido darle una razón que justifique esa obsesión suya de dejar a Rikuo con vida.

Próximo capítulo: Inugami.