Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Tsurara, con ayuda de Kyokotsu, logra acabar con Kyosai y anular así la maldición que pesaba sobre Rikuo y el barrio de Gion. Yura destruye a Tamasaburo, pero no antes de que el yokai hiera de gravedad a su abuelo. Vistos estos fracasos, Encho sugiere a Inugami que asesine a Rikuo a espaldas de Tamazuki.
Inugami
Rikuo sentía dolor, mucho dolor. Vio como su piel se resquebrajaba, su carne se pudría y sus huesos se convertían en polvo. Intentó levantarse y luchar, pero su cuerpo de descomponía a marchas forzadas. Sobre él, la figura de Kyosai, el pintor demoníaco, se cernía con una sonrisa maligna.
—Bienvenido al infierno, Rikuo.
Y Rikuo gritó.
—¡AAAAAAAH! ¡KYOSAI!
Para su sorpresa, después de gritar no se encontró en el infierno que había prometido Kyosai, sino en su habitación de la Mansión Abe. Ni rastro tampoco de la carne descompuesta ni del hedor de la putrefacción, sólo su cuerpo humano sano y salvo.
—¡El hermano mayor ha despertado! —exclamó Kyokotsu.
Rikuo se giró. Al lado de su cama estaban Kyokotsu, Tsurara, Hakuzozu y el Gran Tengu, todos visiblemente aliviados. También estaba allí su madre, con una sonrisa reconfortante. Al otro lado de la ventana de su habitación, Gashadokuro observaba la escena mientras sus huesos temblequeaban de emoción.
—¡Qué alegría, joven señor! ¡No os habéis muerto! —dijo el esqueleto gigante.
—¿Muerto? —repitió Rikuo confuso—. ¿Qué me pasó? Lo último que recuerdo es que Kyosai se escapó, y luego...
En un gesto reflejo, Rikuo examinó su cuerpo otra vez, como si esperase encontrar de repente las marcas de la maldición del pintor. Obviamente, no encontró nada, así que volvió su mirada a sus amigos en una pregunta muda.
—La verdad, mi señor, es que una vez más habéis estado al borde de la muerte. Vuestra abuela lo desaprobaría —explicó el Gran Tengu—. De no ser por los rápidos reflejos de la Yuki-onna aquí presente, habríamos tenido que celebrar vuestro funeral.
—¿En serio? Vaya, debo tener más cuidado en el futuro —reconoció Rikuo a su pesar. Luego se volvió hacia la dama de las nieves—. Muchas gracias, Tsurara. Me has salvado la vida otra vez.
Tsurara se sonrojó, pero mantuvo la cabeza fría.
—Sólo hice lo que debía hacer —repuso modestamente la Yuki-onna—. Además, no lo hice sola. Fue Gashadokuro el que te puso a salvo, y sin Kyokotsu y sin tu shikigami, no habría podido detener a Kyosai.
—Kyokotsu, Gasha, gracias —dijo Rikuo, volviéndose hacia sus camaradas del Clan Abe. Se hizo una nota mental para darle las gracias también a Kyubi en cuento volviese a convocarlo.
Kyokotsu sonrió, emocionada por haber sido útil a su "hermano mayor". Gashadukuro no tenía labios con los que sonreír, pero demostró su alegría haciéndose el avergonzado. Sin embargo, las expresiones de alegría no duraron mucho. El Gran Tengu tosió discretamente y recordó a todos los presentes que tenía que transmitirle a su joven señor el informe de la noche pasada. Aunque habían conseguido una nueva victoria sobre el enemigo, la guerra contra los yokai de Shikoku y sus aliados del Clan de las Cien Historias distaba mucho de haber terminado.
Tsurara y los demás se dispusieron a abandonar la habitación para dar un poco de privacidad a Rikuo y Sojobo, pero el muchacho insistió en que se quedasen.
—No tengo nada que ocultar —le indicó Rikuo al anciano consejero del clan. Estaba claro que el Gran Tengu no aprobaba esa transparencia, pero no protestó. Rikuo preguntó—: ¿Qué me he perdido?
Sojobo se aclaró la garganta antes de empezar su exposición.
—A pesar de mis reticencias iniciales, he de reconocer que la nueva estrategia ha dado sus frutos. Los nuevos grupos de asalto y el uso de teléfonos móviles nos han dado más flexibilidad para reaccionar. Aunque en la mayoría de las ocasiones el enemigo consiguió escapar, logramos interrumpir sus acciones de sabotaje. Admito que ha sido buena idea utilizar las tácticas típicas de los Nura para esta guerra, por muy subversivas que estas sean... Sin ofender, señorita Tsurara —Sojobo hizo una respetuosa inclinación de cabeza hacia la Yuki-onna antes de continuar—. Sólo hemos tenido problemas cuando han intervenido yokai de las Cien Historias en ayuda de Shikoku.
—Ellos también debían estar preparando su propio cambio de estrategia —meditó Rikuo—. Obviamente, Kyosai ha sido derrotado. ¿Quién más apareció?
—Un tal Raiden, un bruto de una fuerza descomunal, atacó el santuario de Fushimi Inari. Afortunadamente, Shokera y el monje Aotabo de los Nura lograron acabar con él. Lo que es más, también consiguieron atrapar a uno de los lugartenientes de Shikoku. Ahora mismo está en las mazmorras, esperando que lo interroguemos.
Rikuo asintió y se rascó la barbilla con aire pensativo.
—Bien, veo que las cosas han ido incluso mejor de lo que esperábamos. Si lo que creo es cierto, la fuerza atacante es pequeña y los sucesos de la pasada noche les habrán hecho mucho daño. Sin embargo, ahora estarán desesperados y puede que tomen medidas drásticas —Rikuo hizo una pausa y preguntó de repente—: ¿Qué hora es?
Los presentes, confusos, trataron de buscar un reloj para consultar la hora, hasta que Wakana dijo:
—Son las siete y media de la mañana.
—Habéis dormido poco. Deberíais descansar más. La maldición del pintor no os causó un daño físico, pero necesitáis recuperar fuerzas. Dejad que yo me ocupe del interrogatorio de nuestro prisionero; os prometo que para cuando os despertéis ya habrá dicho todo lo que sabe sobre el enemigo —se ofreció el Gran Tengu.
—No lo dudo, pero prefiero llevar el interrogatorio yo mismo —contestó Rikuo con una sonrisa fingidamente inocente. El muchacho y el anciano consejero se miraron sin pestañear. Rikuo sospechaba qué clase de interrogatorio tenía pensado Sojobo para su prisionero y no pensaba consentirlo, pero no iba a dejar en evidencia al Gran Tengu delante de todos los demás—. Hasta que vuelva a casa, nadie hablará ni hará nada al prisionero, ni lo sacará de la mazmorra. Quiero ocuparme yo personalmente, ¿está claro?
—Por supuesto, joven señor —Sojobo se inclinó a su pesar—. Perdonad mi indiscreción, ¿pero por qué habéis dicho "hasta que vuelva a casa"? ¿A dónde pensáis ir?
—A la escuela, por supuesto.
Todos las personas de la habitación, excepto la siempre sonriente Wakana, se llevaron una sorpresa enorme.
—¿A LA ESCUELA? —repitieron todos a una.
—Ya sé lo que estáis pensando, pero tengo mis razones —se adelantó Rikuo antes de que empezasen a darle la lata con que se quedase en la cama—. Entre otras cosas, necesito hablar con Yura. Hablando de ella, ¿ha habido noticias de los Keikain? ¿Era verdad lo que había dicho Kyosai acerca de un ataque?
Fue una mala señal que los presentes se miraran los unos a los otros en actitud dubitativa, sin que nadie se atreviese a explicarle lo sucedido a Rikuo. Como siempre, fue Sojobo, el anciano consejero, el que tomó la palabra.
—Joven señor, me temo que tengo malas noticias...
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Hospital Universitario de Kioto
La Universidad de Kyoto era una de las más prestigiosas del país, y mantenía una cierta rivalidad con la mundialmente famosa Todai de Tokio. Por desgracia, siempre quedaba segunda por detrás de su rival. Era la segunda universidad más antigua de Japón, la segunda con más estudiantes del país, la segunda mejor valorada en los rankings. Como su rival, formaba parte de las Siete Universidades Nacionales de Japón, herederas de los centros de enseñanza imperiales levantados antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1899 la Universidad de Kioto abrió su campus de medicina y, con él, uno de los primeros hospitales de la antigua capital.
Un hospital que había trabajado a destajo los últimos días.
La unidad de quemados del hospital no había dado abasto desde la noche que los yokai de Shikoku prendieron fuego a la ciudad. Al drama de las casas destruidas se unían las horribles cicatrices del fuego. Los hospitales de toda la ciudad habían colaborado para atender a las víctimas, pero muchos habían respirado aliviados al ver que los incendios no se habían repetido la segunda noche. De haber logrado los yokai de Shikoku su objetivo, los servicios sanitarios de Kioto habrían colapsado.
Eso no significaba que no tuviesen trabajo, empero. Además de cuidar a las víctimas del incendio que aún seguían graves, siempre había emergencias. Como la de un anciano que había sido traído a toda prisa debatiéndose entre la vida y la muere, un anciano llamado Keikain Hidemoto, de la famosa familia de onmyoji.
—Abuelo... —murmuró Yura en sueños.
La joven exorcista estaba tirada en una silla en la sala de espera, completamente dormida. Estaba física y anímicamente agotada. No era para menos. Su abuelo había sido ensartado por Tamasaburo, el malvado actor yokai de las Cien Historias. En su mansión tenían sanadores, pero sus heridas eran demasiado graves y habían tenido que llevarlo a toda prisa al hospital más cercano, el Hospital Universitario. Sin dudarlo, Yura se había metido en la ambulancia, con cuidado de no estorbar la labor de los sanitarios.
Al principio, los médicos habían mirado con desconfianza la herida. ¿Ataque con arma blanca de ese calibre? Incluso habían llamado a la policía, pero los servicios de seguridad de la prefectura les habían ordenado no hacer preguntas y atender al herido de inmediato. Los asuntos de la familia Keikain debían quedar en la familia Keikain.
Desde entonces habían pasado horas y los cirujanos aún seguían trabajando. Al lado de Yura, su móvil vibraba insistentemente, y aún lo habría seguido haciendo de no ser porque Ryuji, harto del sonido, lo apagó.
—¿Quién era? —preguntó Mamiru, al lado de su primo.
—El noviete medio zorro de la enana —contestó Ryuji de malos humos—. No sabía que fueras tan cotilla, Mamiru.
Su primo no dijo nada. Se lo quedó mirando con cara inexpresiva. Ryuji gruñó. Esta a de muy mal humor. Durante la lucha en Gion, había estado a punto de temer que el barrio entero fuese engullido por la oscuridad. Al final, sus exorcismos no habían sido necesarios gracias a la oportuna intervención de aquella Yuki-onna rarita, por lo que Ryuji se había sentido bastante inútil. Ese sentimiento de inutilidad se multiplicó cuando, al regresar a casa, les dijeron que el anciano Hidemoto había sido llevado al hospital al borde de la muerte. Desde entonces estaban esperando, aunque, al contrario que Yura, Ryuji no podía dormir.
—Ten paciencia —le dijo Mamiru por enésima vez.
—Hum, paciencia, sí —masculló Ryuji de mala gana—. Ya me gustaría tener tu calma.
—No, no te gustaría —replicó Mamiru. Tenía razón. El proceso que le habían obligado a pasar... Era horrible lo que podían hacer unos padres con tal de trepar en las sutiles escalas de poder del clan—. Además, por dentro no estoy tranquilo.
—¿Ah, no? —repuso Ryuji sardónicamente.
—Él también es mi abuelo, Ryuji.
A su compañero no le quedó más remedio que cerrar la boca. No era su día, desde luego. Afortunadamente, justo en ese momento entró un cirujano en la sala de espera. Ryuji estuvo tentado de despertar a su hermana pequeña, pero luego se lo pensó mejor. Necesitaba descansar. Además, si las noticias eran buenas, la alegría sería la misma si se enteraba unas horas más tardes. Y si las noticias eran malas, bueno, tendría más tiempo para pensar cómo explicárselo de la manera más delicada posible.
—¿Qué noticias hay de nuestro abuelo, doctor? —quiso saber Ryuji.
El médico suspiró, ajustándose las gafas.
—Hemos hecho todo lo que hemos podido...
—¿Entonces está...? —empezó a decir Ryuji, temiéndose lo peor.
—Sigue vivo —se apresuró a responder el cirujano—. Por ahora, al menos. Esta muy fuerte para un hombre de su edad, pero con el paso de los años las defensas se debilitan y la capacidad de recuperación del cuerpo se atrofia. Esa herida ya sería extremadamente grave en un hombre joven; la hemos cerrado como hemos podido, pero ahora todo depende de cómo reaccionará su cuerpo.
Por el semblante sombrío del médico, Ryuji supuso que era mejor no albergar muchas esperanzas.
—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó el onmyoji.
—Rezar, si quieren —sugirió el doctor con aire resignado. No era la primera vez que había vivido aquella clase de situaciones—. Lo que ocurra a partir de ahora no está en nuestras manos.
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Escuela secundaria
Era miércoles 26, el día después de Navidad, pero nadie tenía muchas ganas de celebrar nada. La típica alegría navideña había dado paso a la desazón y la preocupación. Muchos alumnos e incluso algún que otro profesor habían faltado a clase, y la verdad es que nadie se lo podía reprochar. Si no habían perdido sus casas en el incendio o tenían familiares en el hospital, estaban demasiado asustados para salir a la calle.
Los rumores corrían entre susurros o en mensajes de móvil. Yokai. La palabra se repetía una y otra vez. Yokai, yokai, yokai. Los monstruos de las leyendas habían vuelto una vez más para llevar el terror a la gente. Los mismos rumores habían surgido durante los sucesos del pasado verano. Entonces, las autoridades habían logrado atribuirlo todo a la imaginación desmedida de algunos testigos, pero la duda había quedado ahí. Por eso, ya nadie se reía de aquellos que afirmaban haberse topado con yokai. Aunque no había fotos, lo ocurrido en Gion la noche anterior estremecía a todos los estudiantes por igual.
Sin embargo, entre tantas caras de tristeza y pánico, había un alumno que se mostraba impermeable al miedo. Era Rikuo, que hacía todo lo posible por echar una mano a sus compañeros y el profesorado en aquellos momentos de necesidad.
—¡Buenos días, Shimohira! —Rikuo saludó con alegría a una de sus compañeras de clase, que caminaba por el pasillo con aire cabizbajo.
—¿Eh? ¿Abe-san? —se sorprendió ella, levantando la cabeza de golpe.
—Hoy te tocaba escribir en el diario, ¿verdad? Me pillaba de paso. Toma —Rikuo le pasó el diario de la clase. Shimohira cogió el cuadernillo un poco confusa—. Pero aún te queda limpiar la pizarra, ¿vale? Ahora perdona, tengo más cosas que hacer.
Mientras Rikuo seguía adelante con sus tareas, Shimohira se acercó a la única de sus amigas que había decidido ir con ella a la escuela ese día.
—¿Me recuerdas quién era ese chico? —preguntó Shimohira.
—Ah, sí, a veces me olvido de que viniste a Kioto el año pasado. Es Abe Rikuo y es un buenazo —respondió su amiga—. Hace cualquier cosa que le pidas, pero no es un pelota. Eso sí, no te pases o su amiga Keikain te lanzará un mal de ojo.
—Ah, sí, Keikain. ¿No era ella la onmyoji? —dijo Shimohira.
—Sí. Hoy no ha venido a clase, y eso que es incluso más empollona que Abe. Me pregunto si le habrá pasado algo...
Sin que ellas lo supieran, Rikuo se estaba preguntando lo mismo. Había llamado una y otra vez a Yura, pero su amiga no contestaba. Con las clases había tenido más problemas para coger el móvil, pero aprovechaba cada descanso para hacer al menos una llamada, aunque con idéntico resultado. Tsurara lo observaba preocupada.
—¿Sigue sin haber noticias de Keikain? —quiso saber la Yuki-onna.
—Nada de nada —contestó Rikuo abatido—. Cada vez que llamo sale el aviso de teléfono desconectado. Estoy preocupado.
—El Gran Tengu dijo que ella estaba a salvo...
—Sí, sí, lo sé, pero seguro que ahora debe estar sufriendo mucho. Ni siquiera sé si su abuelo ha muerto o no. Espero que no —suspiró Rikuo con pesar—. Sé que suena cruel, pero Yura tuvo suerte al perder a sus padres cuando era demasiado pequeña para recordarlos. Sé lo que es perder a un familiar, y más de este modo. Duele mucho.
Tsurara apoyó su mano en el hombro de Rikuo. El muchacho sintió el frío de la Yuki-onna en su piel, pero no le importó. En aquel momento, era un frío reconfortante.
—Dado que Keikain no está y no va a venir, ¿no sería mejor regresar a la mansión? —sugirió Tsurara—. No soy quién para hablar de cómo debes llevar el Clan Abe, pero aquí corres peligro, Rikuo. Teniendo en cuenta la amenaza de los yokai de Shikoku y de las Cien Historias, ¿no deberías centrarte en organizar las fuerzas de tu clan en lugar de jugar a ser humano?
Para sorpresa de la dama de las nieves, Rikuo pareció ofenderse al escuchar sus palabras.
—Tsurara, ya te lo expliqué, no finjo ser humano, soy humano —dijo Rikuo con seriedad—. Y como soy humano, me preocupan todas las personas que me rodean, no sólo Yura. En el peor de los casos, ella sabe defenderse. ¿Pero quién protegerá a mis compañeros de clase si alguien decide hacerme daño a través de ellos?
—¡Ah! ¡Por eso has venido a la escuela! Ni siquiera lo había pensado —Tsurara se tapó la boca avergonzada—. ¿Pero de verdad crees que alguien querría atacar a los alumnos aquí? Hasta ahora, los enemigos siempre han atacado de noche, la hora de los yokai...
—Sí, lo sé, pero eso fue antes de que las cosas les fuesen mal. Como le he dicho al Gran Tengu, ahora estarán desesperados. No quiero que nadie más sufra por mi culpa, si puedo evitarlo —dijo Rikuo—. Y lo evitaré, cueste lo que cueste.
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La paranoia de Rikuo no iba desencaminada. Si bien Tamazuki seguía insistiendo en dejarle en paz para convertirlo luego a su causa, había alguien que quería su cabeza. En aquel mismo momento, Inugami, el yokai perro de Shikoku, espiaba discretamente al joven señor de los Abe. De hecho, llevaba haciéndolo desde el comienzo de las clases, aunque había tenido que robar un uniforme primero para pasar desapercibido.
"Ha sido una buena idea cambiar de ropa", pensó Tamazuki mientras fingía leer un libro para disimular. Hasta entonces, nadie le había parado para preguntarle cómo se llamaba o en qué clase estaba, pero era mejor seguir pasando desapercibido. "Casi tanto como esconder mi energía espiritual. Ese kitsune no me olerá".
Inugami se había sorprendido mucho al ver que Abe no Rikuo interactuaba como uno más con el resto de sus compañeros.
"El nieto de Hagoromo Gitsune, un vulgar recadero. ¡Ja!", se burló Inugami para sus adentros. "Como yokai, no le debe resultar fácil mezclarse con los humanos, por eso se esfuerza tanto para no llamar la atención. Todo lo contrario que Tamazuki. Él es especial. Incluso los humanos se someten a su poder".
Inugami empezó a recordar...
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Una escuela de Shikoku, hace un año...
Siempre había tratado de pasar desapercibido. Sabía que había algo extraño en él, algo que había en su sangre, pero en su familia era tabú mencionarlo siquiera. Así que trataba de no llamar la atención y vivir los días sin otro objetivo que seguir siendo un don nadie. Para sus compañeros de clase no era más que un paleto de pueblo rarito y poco hablador. Para todos menos para Tamazuki.
Tamazuki era el rey de la escuela. A donde quiera que fuese le seguía una cohorte de fans y aduladores. Incluso los profesores Sólo habían coincidido un par de veces, y ni siquiera se habían dirigido la palabra, pero notaba que ese Tamazuki tenía "algo", algo que a él le faltaba.
Qué sorpresa se llevó el día en que unos matones del colegio al servicio de Tamazuki le ataron las manos a la espalda y lo llevaron a un rincón apartado, por donde nunca pasaba nadie. Ahí estaba esperando Tamazuki, asintiendo con satisfacción. A su lado se encontraba una chica la mar de rara, con vendas por toda la cara.
—¿Qué estáis haciendo? —exigió saber él—. ¡No os he hecho nada!
—Ah, amigo mío, es verdad que no has hecho nada. Aún. Pero conseguiré que lo hagas, de una manera u otra —contestó Tamazuki.
—¿Eh? ¿De qué estás hablando?
—Amigo, dime, ¿sabes qué es un inugami? —le preguntó Tamazuki.
Él negó con la cabeza. No había oído esa palabra en su vida.
—Un inugami es, básicamente, una maldición —explicó Tamazuki—. Primero, entierras a un perro hambriento, dejando fuera sólo la cabeza. Esperas hasta que esté a punto de morir de hambre y luego le colocas un plato con comida delante, fuera de su alcance. Cuando el perro estira el cuello intentando alcanzar el alimento, lo decapitas con una espada. Los sentimientos oscuros que se desatan en el animal van más allá del rencor y el ansia. Se convierte en un poder capaz de matar a los hombres. Así se crea un inugami.
Curioso. Nunca había pensado que Tamazuki fuera un friki de los temas sobrenaturales. Sin embargo, eso no explicaba por qué le habían llevado hasta allí. De repente, se le ocurrió una idea: ¿y si pensaban hacerle a él lo mismo que a ese perro de la maldición? Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda.
—Es una maldición empleada desde la antigüedad —Tamazuki continuó con su explicación—. Durante las batallas por el poder en el periodo Heian, por ejemplo, muchos personajes importantes murieron de forma misteriosa.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Paciencia, ahora iba a eso —Tamazuki sonrió, una sonrisa cargada de codicia y maldad—. No es fácil crear una maldición así. Si el hechizo sale mal, se vuelve contra quien lo ha practicado con un poder varias veces superior. Así es como se recibe el efecto de la maldición. El mismo que quería controlar a un inugami acaba por convertirse en uno de ellos. Cuanto más odian, más aumenta su poder, hasta que se vuelven incontrolables. Hace tiempo que ya nadie practica esos hechizos, pero aquellos que sufrieron la maldición y sobrevivieron tuvieron descendientes que llegan hasta hoy.
Tamazuki se agachó y le tomó la cara entre sus manos.
—Sí, amigo mío, tú eres uno de esos descendientes. Eres un inugami y no descansaré hasta desatar la oscuridad que hay en ti.
—¡Estás completamente loco! ¡No soy uno de esos inugami!
—Todavía no, pero lo serás. Y entonces me darás las gracias —Tamazuki le hizo un gesto a sus matones—. Dadle una paliza. Sin prisa, tomaos vuestro tiempo. Quiero que sufra. Eso sí, aseguraos de dejarlo con vida. Si hoy no funciona, continuaremos el próximo día.
—¡TAMAZUKI! —gritó él aterrado. Pronto, sus gritos no fueron de miedo, sino de dolor.
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"Pero funcionó. Tamazuki tenía razón", recordó Inugami. "Siempre he sido un yokai, sólo que no lo sabía. Y he sufrido por ello. Entonces, tú, Abe no Rikuo, ¿por qué no sufres como yo? ¿Por qué finges ser lo que no eres?".
Sentía el odio crecer en su interior. Era un odio que nacía de la envidia, el sufrimiento pasado y, sí, también de la venganza. Porque aunque Tamazuki había tenido razón y él se había unido a su Procesión Nocturna, en el fondo siempre lo había odiado. Alguien tenía que pagar por lo que había sufrido, y como había prometido servir a Tamazuki, ese alguien tendrían que ser sus enemigos.
Notó cómo su poder crecía con el odio. Pronto fue incontenible y su energía espiritual se extendió por toda la escuela, como un faro iluminando la noche. Afortunadamente, en aquel momento el patio estaba casi desierto. Aparte de él mismo, sólo había un par de macarras tumbados a la bartola, y un profesor de traje y corbata con malos humos que les estaba echando la bronca. Nadie de quien preocuparse.
"¿Sientes mi poder, nieto de Hagoromo Gitsune?", se dijo Inugami para sus adentros. "Sí, seguro que lo sientes. Ahora mismo debes estar muerto de preocupación. Aquí hay decenas de humanos indefensos. Los mataré a todos, y así sentirás la misma impotencia que sentí yo. ¡Odiarás, pero nunca podrás odiar tanto como yo!".
Inugami se levantó de su asiento en el patio. Era hora de empezar la matanza. ¿Por dónde debía empezar primero? ¿Tal vez por las clases del piso de abajo? ¿O mejor por arriba? No, no, mejor por abajo, para asegurarse de que tuviesen menos salidas.
Se sintió un poco decepcionado, sin embargo, cuando nada más ponerse de pie Rikuo y esa chica de pelo azul que siempre andaba colgada de su brazo aparecieron junto a él. Supuso que sería la equivalente de Yosuzume para el nieto de Hagoromo Gitsune.
—Tenía un plan y me lo acabas de estropear —se quejó Inugami.
—Te recuerdo —dijo Rikuo con el ceño fruncido—. Eres uno de los secuaces de Tamazuki. ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?
"Qué mono", pensó Inugami. "Cree que hablando puede resolver las cosas. Cómo odio a esos buenistas hipócritas, siempre dándoselas de santos mientras miran por encima del hombro a los demás".
—¿A qué he venido? ¡A matarte, por supuesto! —anunció Inugami, relamiéndose con su larga lengua.
—¿Qué te hace pensar que triunfarás donde los Nura y el Clan de las Cien Historias han fallado? —preguntó Rikuo, tratando de mantener la calma. Era evidente que Tsurara quería clavarle un arpón de hielo al yokai de Shikoku, pero el muchacho la contuvo. Tenía que mantener la situación bajo control si no quería que ocurriese algo realmente malo.
—Que yo sé cuál es tu debilidad, Abe —sonrió Inugami—. ¡Los humanos! ¡Estos humanos son tu debilidad! No cualquier persona, no, los humanos que viven contigo y morirán por tu culpa. ¿Quieres tener una batalla campal conmigo, aquí y ahora? Adelante, te mataré igualmente, mi odio es lo suficientemente fuerte, pero acabaré también con todos estos humanos. Sin embargo, si te rindes como un buen chico, los perdonaré. Sólo necesito tu cabeza para entregársela a Tamazuki, nada más.
Por un momento, Rikuo pareció considerar su oferta. Pero fue sólo un momento.
—Tienes razón, estas personas son mi debilidad —reconoció Rikuo—. Así que, sabiendo eso, ¿de verdad crees que no las protegería?
Rikuo chasqueó los dedos. De repente, Inugami se vio empujado contra el suelo. Pero no era Rikuo el que se había movido, ni tampoco Tsurara. Eran sus guardaespaldas. ¿Los dos macarras que había visto Inugami? Eran Aotabo y Kappa disfrazados. ¿El profesor que les echaba la bronca? Kurotabo, el monje vengador. Los tres habían recibido el encargo de escoltar a Rikuo a la escuela. Al Gran Tengu no le había hecho mucha gracia dejar la seguridad del heredero de los Abe en manos de gente de un clan rival, pero era verdad que tenían más experiencia que nadie a la hora de hacerse pasar por humanos y controlar su energía espiritual. Si bien habían tardado en descubrir a Inugami, se las habían arreglado para tenderle una trampa.
—Estás atrapado —le dijo Rikuo—. No quiero matarte. Si te rindes, te perdonaremos la vida.
—¡Sí! ¡Más, más! —jadeó Inugami con la lengua colgando.
—¿Pero qué...? —murmuró Rikuo confuso.
—¡Más odio! ¡Más rencor! ¡TE MATARÉ!
La voz de Inugami se perdió en un gruñido ronco. Su cabeza se deformó hasta transformarse en la de un perro... y entonces se separó de su cuerpo y se lanzó sobre Rikuo con las fauces abiertas.
—¡Oh, mierda! —protestó Aotabo. No habían contado con eso.
—¡MUERE! —ladró Inugami.
Sin embargo, sus fauces ni siquiera lograron tocar a Rikuo. Un muro de hielo se interpuso entre él y su presa, cortesía de la siempre atenta Tsurara. Aunque lo hizo trizas enseguida a dentelladas, para entonces Rikuo ya se había puesto a salvo.
—¿Estás bien, Rikuo? —le preguntó Tsurara consternada.
—Sí, estoy bien —contestó Rikuo—. Vaya, es más peligroso de lo que creía.
—¡No lo sabes tú bien! —gruñó Inugami—. ¡Mi odio crece! ¡Y con él, mi fuerza!
Inugami se zafó de los tres Nura que lo retenían con una facilidad que no era normal. Su cuerpo creció, creció y creció hasta alcanzar la altura del segundo piso. Se había convertido en un monstruoso perro sin cabeza. Tanteó con sus zarpas hasta sujetar su cabeza y se la pegó de nuevo en el tronco. Salía humo de su boca y de sus ojos, como si acabase de cruzar las puertas del infierno.
—¿Qué, Abe? ¿Qué vas a hacer ahora? —ladró Inugami, sintiéndose más poderoso que nunca.
Otros se habrían asustado al ver una transformación semejante, pero no Rikuo. Para alguien que había visto enfadarse de verdad a la mismísima Hagoromo Gitsune, Inugami no era más que un cachorro.
—Siento no haberte tomado más en serio —repuso Rikuo—. Pero aunque seas fuerte, no eres el Nurarihyon. Y tampoco eres el único que sabe transformarse de día.
Inugami se olió algo raro al oír aquellas palabras, así que decidió cargar sin más dilación. Si alguno de sus guardaespaldas se interponía, lo arrollaría a su paso. Pero en lugar de guardianes incordiantes, lo que se encontró fue una ventisca helada que azotó el patio entero, lastrando su movimiento.
"¡Decidido! ¡Me voy a comer a esa maldita Yuki-onna en cuanto me cargue a Abe no Rikuo!", pensó Inugami.
Entonces oyó una voz sobre su cabeza.
—¡Eh, perrito faldero! ¡Aquí arriba!
Inugami alzó su cabeza perruna. Sobre él planeaba la figura de un kitsune armado con una espada larga. Era Rikuo, en su forma yokai, que se disponía a dar el golpe de gracia.
—¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡Tensa Zangetsu!
Inugami no tuvo ninguna oportunidad. Habían pasado muchos meses desde que Rikuo fuese un novato en asuntos yokai, y ahora la diferencia de poder era demasiado grande para el pobre yokai de Shikoku. La ola de energía brotó de la espada de Rikuo y se estrelló contra Inugami, dejándolo hecho una piltrafa.
—¡Bravo, Rikuo! —celebró Tsurara. Sus compañeros del Clan Nura asintieron complacidos. El joven señor de los Abe sabía cuidarse solo. Al final, su ayuda no había sido necesaria.
—Gracias, Tsurara —dijo Rikuo, con el vaho saliéndole de entre los labios—. Por cierto, ¿no crees que te has pasado un poco con la ventisca? Ya sé que estamos en invierno, pero me estoy congelando.
—Lo siento, Rikuo —musitó la Yuki-onna un poco avergonzada—, pero así, si alguien mira por la ventana, no verá yokai, sino una tormenta de nieve.
—Oooh, bien pensado —Rikuo le guiñó un ojo a la dama de las nieves.
En ese momento, Inugami se levantó del suelo. Había regresado a su forma humana y estaba sangrando. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse. Al verle incorporarse, Tsurara y compañía se dispusieron a encargarse de él de una vez y para siempre, pero Rikuo les mandó quedarse quietos. Sabía que Inugami estaba en las últimas. Si intentaba algo, se haría más daño a él mismo que a los demás.
—Je... No está mal —jadeó Inugami—. Pretendías hacerme pedazos, ¿eh?... Nieto de Hagoromo Gitsune... Ju, ju, ju, estúpido... ¡Estás acabado! ¡Cabrón! Cuanto más odio, más poderoso me vuelvo... ¡Desgraciado! ¡Ahora verás! ¡Te voy a...!
Hubo un silencio incómodo. Era evidente que Inugami estaba tratando de hacer algo, pero que no le salía.
—¡Mi cuello! ¡Tiene que estirarse! ¿Por qué no me transformo? —gimió Inugami.
—Déjalo, Inugami. Has fracasado.
Todos los presentes se volvieron hacia la persona que acababa de aparecer en el patio de la escuela. Para sorpresa de Rikuo y los demás, se trataba de Tamazuki en persona. De algún modo, el malvado tanuki había logrado colarse sin que nadie lo detectara. Rikuo frunció el ceño. No le gustaban las implicaciones de aquello.
—¿Ta... Tamazuki? —Inugami estaba tan sorprendido como el resto.
—Sospechaba que habías hecho alguna tontería cuando no apareciste en la reunión de hoy. Eres un idiota, Inugami. Has malgastado el don que te concedí —le espetó su jefe con frialdad.
—¿Qué... qué dices? ¡Tamazuki!
—Cuanto más odiabas, más fuerte te hacías. Tenías un potencial infinito. Sin embargo, aquel al que deberías odiar, ahora te aterra. Por eso no puedes transformarte ahora. Tienes miedo, Inugami. Ya no me sirves de nada.
Inugami se arrastró de rodillas y suplicó a los pies de Tamazuki. Era un espectáculo realmente patético. El jefe de los yokai de Shikoku, sin embargo, no se dejó conmover.
—¡Tú eres el único que me acepta como soy! ¡Tú crees en mí! ¡Tamazuki! ¡Sabes que puedo hacerlo! —gritó Inugami.
—No. Se acabó —Tamazuki apoyó sus manos en los hombros de su antiguo lugarteniente—. Muere, perro sarnoso.
Una nube de hojas de otoño envolvió a Inugami, cuando se retiraron, no quedaba ni rastro del lugarteniente. Aunque nadie tenía muy claro cómo había pasado, no había ninguna duda: Tamazuki había matado a su compañero.
—Desgraciado... —masculló Rikuo enfadado. Para él, criado en el seno de un clan yokai, los camaradas eran lo más importante del mundo. Acabar así con uno de ellos, simplemente porque había fracasado, era una crueldad intolerable.
—Vaya... Abe no Rikuo, cuánto tiempo —se volvió hacia él Tamazuki.
Nadie movió un dedo. Estaba claro que el líder de Shikoku tenía un poder por encima de los demás. No podían tomarlo a la ligera. Además, podía tener refuerzos en los alrededores. ¿Iba a intentar la misma estrategia que Inugami, utilizar como rehenes a los estudiantes de la escuela? Sin embargo, Tamazuki no estaba interesado en pelear, no en ese momento, al menos.
—No me mires así, Abe. Tú también recorres el camino de las tinieblas, como yo. Tu forma yokai es impresionante. Sí, tal y como eres ahora, mereces que me presente ante ti.
Tamazuki hizo que las hojas de otoño bailaran a su alrededor. Rikuo se puso en guardia, al giual que Tsurara y sus compañeros del Clan Nura, pero en lugar de atacar, Tamazuki descubrió su forma yokai: un impresionante Tanuki de dos metros de alto, de largo pelo blanco, ataviado con un traje de samurai y cubierto con una máscara blanca y roja. En muchos aspectos, parecía una versión más malvada y siniestra de la forma kitsune de Rikuo.
—Soy el líder de la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku, cabecilla y padre de los 808 tanuki. Soy Inugamigyobu Tanuki, aunque puedes llamarme Tamazuki —se presentó el líder enemigo con teatralidad—. Voy a quedarme con el "miedo" que te corresponde hasta que camines por detrás de mi procesión nocturna, Abe no Rikuo. Hasta entonces, me despido.
Las hojas volvieron a bailar. Cuando se retiraron, Tamazuki había desaparecido.
—Un tanuki con sentido dramático —comentó Rikuo en tono burlón—. Y un idiota. ¿Después de lo que ha hecho, cree que me voy a convertir en lugarteniente suyo? ¡Ja!
—Rikuo... —murmuró Tsurara. El joven señor recuperó su aspecto humano.
—Lo sé, Tsurara, lo sé. Esto aún no ha acabado. Volvamos a la escuela. Creo que me saltaré las clases de la tarde. Si ese Tamazuki presume tanto después de todo lo que ha pasado, significa que tiene un plan. Tenemos que prepararnos para lo inesperado —suspiró Rikuo—. Hasta que vuelva mi abuela, es mi responsabilidad. ¿Pero dónde se habrá metido? La echo de menos...
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En aquel momento, a varios kilómetros de distancia, una figura blanca y negra caminaba por las recónditas montañas de Shikoku. Era una estampa incongruente en el frío paisaje de la isla, pero andaba con seguridad y decisión.
—Ah, Shikoku... —murmuró Hagoromo Gitsune en tono nostálgico—. Hacía siglos que no venía por esta provincia de pueblerinos. Veremos si sobrevive alguien cuando salga de aquí...
Notas adicionales:
Huy, por un pelo no llego a tiempo. ¡Pero he llegado! Eso es lo que cuenta. Sigo manteniendo mi promesa de actualizar al menos una vez al mes. Por desgracia, veo que el fandom de Nuramago está muriendo poco a poco. Hace tiempo que no veo comentar tampoco a mis lectores habituales :_( ¡Pero yo seguiré! Además, Nayrael se ha leído de un tirón con Google translator todos los capítulos hasta ahora (thank you very much, Nayrael!), eso merece nuevas actualizaciones.
* Rikuo es tan formal que siempre insiste en ir a la escuela. Incluso después de la saga de Shikoku, aún estando cargado de vendas, Rikuo estaba más que dispuesto a ir. Tsurara tuvo que echarle una bronca monumental para que se quedase quietecito (incluso causándole otra herida en la cabeza).
* Shimohira no es una OC. Sale en la saga de Shikoku del canon, aunque entonces estaba más estresada que deprimida.
* La muerte de Inugami que aquí veis no salió en el anime, pero sí en el manga (fue uno más de los cuestionables cambios que hizo el director del anime en el argumento). En el manga, Inugami es muy bueno a la hora de esconder su energía espiritual, pero pésimo a la hora de detectar la de los demás, lo cual permite a Rikuo tenderle una trampa. Y por cierto, es verdad, Inugami no sabía nada de su herencia yokai hasta que Tamazuki sacó su poder a golpes.
Próximo capítulo: "Una kitsune en Shikoku".
