Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Inugami intenta asesinar a Rikuo a espaldas de Inugami, aprovechando las horas de escuela, pero fracasa estrepitosamente. Tamazuki, decepcionado con su derrota, se libra de él ante la mirada espantada de Rikuo. Mientras tanto, Hagoromo Gitsune se adentra en las montañas de Shikoku.


Una kitsune en Shikoku

Shikoku. Una de las cuatro islas principales de Japón, aunque también la más pequeña, la más pobre y la más deshabitada. Es un lugar montañoso, poco industrializado y con muchos bosques. La baja densidad de población respecto a las otras regiones del país ha permitido que se conserven casi intactos hermosos parajes naturales como la garganta de Oboke, el valle de Iya (y su famoso puente colgante hecho sólo con hojas de parra entrelazadas), y el río Shimanto, considerado "el último río puro de Japón".

Esto no quiere decir, sin embargo, que Shikoku se haya mantenido ajena a las vicisitudes de los hombres. La isla fue el último refugio del Clan Taira durante las guerras Genpei, y alcanzó gran fama durante el periodo Sengoku de la mano del señor feudal Chosokabe Motochika, que logró la gran hazaña de unificar todo Shikoku bajo su mando. Siglos después, los samurais de la región de Tosa tuvieron un papel fundamental en la caída del shogunato y la Restauración Meiji.

Sin embargo, probablemente lo que unía más a Shikoku con el resto de Japón era el Shikoku Henro, la peregrinación a los 88 lugares sagrados de la isla. Cuenta la leyenda que Kukai, uno de los primeros grandes maestros budistas de Japón, hizo este recorrido como parte de su formación personal. Con el paso de los siglos, este peregrinaje se hizo famoso en todo el país. En la actualidad, medio millón de personas recorren cada año los 88 templos y altares de la isla. Aunque la mayoría ya no van a pie ni tardan 50 días en completar el itinerario, aún hoy se puede ver a viajeros ataviados a la manera tradicional, con su camisa blanca, su sombrero en forma de cono y su kongo-zue, el bastón de madera típico de los peregrinos.

Lo que los humanos no saben es que tanto poder espiritual concentrado en un lugar atrae a las fuerzas sobrenaturales, además de a los turistas. En los viejos tiempos, por cada uno de los 88 santuarios de la ruta había un clan de demonios que se nutrían de su poder. Durante siglos, pelearon entre sí para demostrar su fuerza, hasta que una poderosa organización yakuza logró hacerse con el control completo de todos los lugares espirituales de la isla. Así nació la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku.

Y es era la razón de que una solitaria kitsune estuviese atravesando en pleno invierno las montañas cercanas a la ciudad de Matsuyama.

Después del intento de asesinato que había sufrido en el Museo Municipal de Arte de Kioto, Hagoromo Gitsune había decidido resolver aquel asunto sola. Aunque Rikuo había demostrado de sobra ser capaz de llevar el peso del clan sobre los hombros, su abuela prefería atajar ella misma el problema de raíz. A fin de cuentas, salvo un momento fulgurante, la Procesión Nocturna de los 88 Demonios no estaba precisamente entre las más fuertes de Japón. Que se hubieran atrevido a atacarla a ella en su propio dominio era una audacia impropia de ellos. Hagoromo Gitsune quería saber qué les había movido a hacer eso antes de rebanarles la cabeza.

Por un momento lamentó haber despedido a Hakuzozu y haberle obligado a volver a la mansión. Caminar sola por aquella isla de paletos era terriblemente aburrido. Luego sacudió la cabeza. No, no, era mejor así. Por mucho que apreciase la lealtad de su vasallo, Hakuzozu no era precisamente el yokai más discreto del mundo. Aquella tarea de infiltrarse en el corazón del territorio enemigo requería sutilidad, por una buena razón.

—Apesta a tanuki —masculló Hagoromo Gitsune, olfateando el aire con expresión desdeñosa.

Siempre había existido una gran rivalidad entre tanukis y kitsunes. Ambos eran yokai embaucadores y amantes de las bromas, además de maestros en el arte de transformarse. Decía el dicho que si los kitsunes tienen siete formas posibles, los tanukis tienen ocho, pues ocho es su número de la buena suerte. Una de las leyendas más populares de los tanukis cuenta cómo uno de los suyos, Danzaburo Tanuki, logró espantar a todos los kitsunes de la isla de Sado tras demostrar ser más listo que ellos.

Sin embargo, mientras que los kitsunes pronto aprendieron a hacerse un hueco entre los humanos y dioses como Inari para conservar su poder, los tanukis acabaron con fama de juerguistas y vagos, más propensos a beber sake que a hacer maldades. En la imaginación de los humanos, los tanuki acabaron identificados con un simpático animal gordinflón sentado sobre sus descomunales testículos. No obstante, un humano debería guardarse mucho de despertar las iras de un tanuki. Eran seres peligrosos y rencorosos. Hagoromo Gitsune lo sabía muy bien.

En teoría, Shikoku debía ser un hervidero de tanukis. Kitsunes como ella no eran bien recibidos en aquella isla. Sin embargo, Hagoromo Gitsune llevaba días recorriendo Shikoku y no había tenido ningún encontronazo con los tanukis. Si miraba a su alrededor, sólo veía montañas normales y corrientes. Y eso era lo raro.

Casi se alegró cuando, al ir a cruzar un río, un ogro de tres metros surgió de las aguas y le dio el alto. El monstruo olisqueó el aire ante la mirada impasible de Hagoromo Gitsune.

—¿Qué tenemos aquí? ¡Sniff, sniff! ¿Una humana extraviada en nuestras montañas? —sonrió el ogro. Obviamente, sus ojos sólo podían ver a una chica de pelo negro enfundada en su uniforme escolar. Sin embargo, su olfato le decía que había gato encerrado—. No... No es así. Apestas. Es el hedor de alguien que lleva mucho tiempo vivo. Tú... no eres una humana normal. Nunca había olido algo así en mis doscientos años como guardián del río...

—Me lo imagino —dijo Hagoromo Gitsune, nada impresionada.

—¡Silencio! —bramó el ogro, reventando el suelo de un puñetazo. Hagoromo Gitsune ni se inmutó. Le bastó dar un paso al lado para evitar las esquirlas—. ¡No sé a qué hueles, pero no hueles a Shikoku! ¡Eres una intrusa en nuestras montañas! ¡Y los intrusos deben morir!

—¿Ah, sí? —Hagoromo Hitsune enarcó una ceja en actitud burlona.

El ogro pareció confundido ante la impasibilidad de la intrusa, pero no dudó un segundo en volver a descargar un golpe sobre ella. Sin embargo, esta vez su puño ni siquiera llegó a tocar el suelo. Nueve colas blancas de zorro sujetaron sus miembros y lo alzaron en el aire.

—¡Una...! ¡Una...! —balbuceó el ogro indefenso, con los ojos como platos.

—Una kitsune, sí. Si ya has acabado tu presentación, guardián de pacotilla, me gustaría hacerte algunas preguntas. Hace siglos que no vengo por aquí, pero creía que a estas alturas ya me habría encontrado con un par de tribus de yokai. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? ¿Acaso Inugami Gyobu se ha mudado de madriguera?

—¡Aaaaaaah! —gritó el otro asustado, sin prestar atención a sus preguntas.

De repente, sonó un "¡plof!" y una humareda envolvió al ogro. Hagoromo Gitsune sintió como sus colas se aflojaban, sin nada que sujetar. De entre la neblina, surgió la figura de una diminuta cría de tanuki de aspecto aterrorizado. La kitsune suspiró. Tenía que haberse imaginado que aquel ogro no era sino otra de las ilusiones de los tanukis.

El pequeño tanuki trató de escapar, pero Hagoromo Gitsune fue más rápida que él. Le agarró del cuello y le obligó a mirarla directamente a sus ojos negros.

—¡Kitsune! ¡Kitsune! —gimió el crío.

—Sí, sí, ya hemos pasado por eso. ¡Ahora deja de gimotear y responde a mis preguntas de una vez!

Pero en lugar de responder, el pequeño tanuki puso los ojos en blanco y se desmayó. Hagoromo Gitsune se llevó una mano a la frente, tratando de contener la migraña que le producía aquella ridícula situación.

—Esto va a ser más complicado de lo que pensaba... —suspiró la kitsune.

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Casa ancestral de los Keikain

A cientos de kilómetros de las montañas de Shikoku, en Kioto, Keikain Ryuji también empezaba a sentir un irritante dolor de cabeza. Siempre le pasaba lo mismo cada vez que veía a los líderes de la familia hacer el idiota.

La noticia del ataque a Hidemoto 27º había corrido de boca en boca. Sin el patriarca al mando, los responsables de las ramas secundarias de la familia Keikain corrían como pollos sin cabeza. No ayudaba nada la sensación de impotencia ante un enemigo que les había hecho mucho daño pero que, hasta la noche anterior ni siquiera habían podido tocar. Pero la caída de Tamasaburo no compensaba los sacrificios que la habían hecho posible. O al menos era lo que pensaban los jefes de la familia.

—¡Primero fueron Shuji y Koreto! ¡Ahora han sido Haigo y el propio Hidemoto! ¿Nos vamos a quedar de brazos cruzados mientras los nuestros mueren uno a uno? —se quejó Masatsugu padre, jefe de la rama Fukuju.

—El señor Hidemoto aún no está muerto —le interrumpió Akifusa. El joven albino ocupaba el asiento reservado a la rama Yaso de la familia.

—¿Y cuánto durará así? No quiero ser irrespetuoso, Akisufa, pero todos los presentes sabemos que Hidemoto podría morir de un momento a otro. ¡No tenemos líder! Y mientras, esos malvados yokai nos golpean una y otra vez.

—Padre, no es para tanto. Estadísticamente hablando, las pérdidas que estamos sufriendo son menores que durante el ataque del Nurarihyon —intervino Masatsugu, tratando de aplacar a su progenitor.

Su argumento, aunque matemáticamente cierto, no convenció a nadie. Una cosa eran los números y otra muy distinta es ver a los muertos sobre la mesa. Alguien podría haber acusado a los líderes Keikain de cobardía, pero no habría sido un juicio justo. Los onmyoji estaban acostumbrados a la muerte. Sabían que debajo de la luminosa civilización humana había un mundo de tinieblas, y era raro el año en que la familia no tuviera que lamentar la muerte de alguno de los suyos. Eran gajes del oficio. Sin embargo, los sucesos del verano les habían demostrado que sus exorcismos habituales no podían compararse con una guerra de verdad. Sufrir otro ataque de ese tipo en un espacio tan corto de tiempo, después de haber disfrutado de generaciones de relativa tranquilidad, era un mal trago que aún no habían terminado de digerir.

—¡Las vidas no son números, Masatsugu! —le recriminó su padre—. ¿Qué les digo a aquellos que han perdido sus casas a manos del fuego que provocaron esos yokai? ¿Y a las víctimas de Gion? ¡Esto ya no es un mero ataque, esto es una estrategia de terror a gran escala!

—Fukuju tiene razón —dijo otro de los jefes de la familia—. Los yokai buscan causar el mayor miedo posible entre la gente. ¿Habéis visto lo que hay en Internet? Por todas partes están pululando sitios sobre yokai. El miedo se extiende y les hace más fuertes. Si no hacemos algo pronto, la ciudad entera se verá devorada por el terror.

—Hagoromo Gitsune... —empezó a decir Akifusa, pero el padre de Masatusugu le cortó al instante.

—¡Oh, no, tú también no, Akifusa! Primero Yura, luego Ryuji, ¿y ahora tú? ¿Qué clase de onmyoji somos que dejamos nuestra salvación en manos de una maldita yokai y de sus secuaces?

—Onmyoji débiles —musitó Ryuji, su primera intervención en toda la tarde.

El jefe de los Fukuju le miró con expresión antipática, pero como Ryuji no parecía tener ganas de continuar, volvió a la carga:

—¡Debemos tomar las riendas de la situación! ¡Si queremos salvar a la ciudad y a la familia, no podemos andarnos con medias tintas! ¡Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas! Haigo ya dijo en su día lo que debíamos hacer: terminar lo que empezamos y cerrar la barrera de Seimei. Sólo hace falta colocar el último sello en el Castillo Nijo. Cuando se complete, todos los yokai serán expulsados de Kioto.

—Incluido el Clan Abe —le recordó Akifusa—. El señor Hidemoto ya advirtió que tomar una medida así era arriesgado. Si Hagoromo Gitsune regresa...

—Hidemoto puede que no viva lo suficiente para dar la orden —dijo el jefe de los Fukuju—. Perdona que me importe muy poco lo que le pase a esos yokai. Sólo necesitamos saber una cosa. Ryuji, ¿puedes completar la barrera espiritual?

Todos los ojos de la sala de reuniones se volvieron hacia Ryuji. El joven exorcista se tomó su tiempo para responder, pero cuando lo hizo no había ni rastro de duda en sus palabras:

—Sí, por supuesto.

Ryuji no era un genio como Akifusa ni tenía la energía innata de su hermana pequeña. Pero era trabajador. Había estudiado a fondo las artes de Hidemoto Decimotercero y de el monje Tenaki, los mayores especialistas en barreras mágicas de la historia de Japón. Si había alguien que podía colocar el último sello de la barrera de Kioto, era él. A fin de cuentas, ese había sido el plan durante la guerra del Nurarihyon.

—Entonces ya lo tenemos —sonrió el padre de Masatsugu—. ¿Alguien más tiene algo que decir?

Silencio.

—¡Muy bien, esta noche recuperaremos Kioto para los humanos! —celebró el jefe de los Fukuju.

Ryuji fue el primero en irse de la sala, con el siempre silencioso Mamiru pisándole los talones. De haber dicho lo que se le pasaba por la cabeza, habría cometido un disparate. Le parecía especialmente hipócrita que el jefe de los Fukuju se mostrara tan seguro de sí mismo en la reunión cuando en presencia de Hidemoto 27º siempre había sido un cobarde pusilánime, más preocupado por mantener sus privilegios que por luchar. Menos mal que su hijo Masatsugu sí tenía madera de buen onmyoji. Tampoco le extrañaba que los demás jefes le hubiesen dado su apoyo. A fin de cuentas, los que lucharían serían los jóvenes. Como siempre.

Antes de que pudiera alejarse demasiado, sin embargo, Akifusa salió a su encuentro.

—¡Ryuji! ¡Espera! —exclamó el heredero de los Yaso.

Ryuji se paró. Mamiru le imitó. Ambos esperaron en silencio hasta que su primo llegó adonde ellos.

—Ryuji, ¿por qué no has dicho nada en la reunión? —le recriminó Akifusa.

—¿Qué querías que dijese? —fingió ignorancia Ryuji, aunque conocía la respuesta.

—Sabes tan bien como yo que este plan es un gran error. A mí tampoco me hace ninguna gracia tener a los yokai de Hagoromo Gitsune en la ciudad, pero aún menos nos conviene tenerlos como enemigos. Si se completa la barrera...

—Si se completa la barrera, ni Hagoromo Gitsune en persona podría levantarla, no al menos en unos cien años —le cortó Ryuji—. Para entonces, seguro que a nuestros descendientes se les ocurrirá algo.

—¿Ya está? ¿La solución es dejarles el muerto a los que vengan detrás de nosotros? —se escandalizó Akifusa—. ¿Y qué hay de Sanmoto Gorozaemon? Él no va a esperar cien años, estoy seguro. Viste lo que era capaz de hacer. ¿Así que nos esconderemos en Kioto como cobardes mientras el resto del mundo arde?

—Te recuerdo que eras tú el que siempre decía que nuestra prioridad debía ser proteger Kioto —le espetó Ryuji de mal humor. No tenía ganas de discutir con su primo—. Yo haré lo que la familia decida, ni más ni menos. Tú deberías hacer lo mismo. Ahora déjame, tengo cosas que hacer.

Sin más miramientos, Ryuji le dio la espalda y se marchó, seguido de Mamiru.

—¡Ryuji, espera! ¿A dónde vas? —quiso saber Akifusa.

—¡Al hospital! —le respondió Ryuji desde lejos. Luego, más para sí mismo que para su primo, añadió—: Tengo que hablar con mi hermana.

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Mansión Abe

En el Clan Abe también iban a celebrar una reunión urgente, pero más tarde. Hasta entonces, Rikuo tenía suficiente tiempo para encargarse de un asunto delicado. Tan delicado que no había dicho nada ni a su madre ni a Tsurara.

Aunque la noche anterior no había estado exenta de sufrimientos y tragedias, el Clan Abe no había salido con las manos vacías. Habían neutralizado a dos de los Ejecutivos del Clan de las Cien Historias y, más importante aún, habían capturado a uno de los lugartenientes de Tamazuki. En aquel momento, Sodemogi de Shikoku permanecía encerrado en una de las mazmorras del sótano de la Mansión Abe.

—Por aquí, joven señor —le guió el Gran Tengu.

Rikuo asintió. No le gustaba estar allí. Sabía que los cimientos de la casa albergaban almacenes y salas secretas, además de las susodichas mazmorras, pero se trataba de un lugar siniestro y lleno de secretos. Aunque ahora que era heredero oficial del clan muchas de esas puertas estaban abiertas para él, el muchacho sospechaba que su abuela ocultaba todavía salas y pasadizos cuya utilidad sólo ella sabía. A Rikuo no le gustaban los secretos, aunque comprendiera la necesidad de mantenerlos.

Llegaron por fin al pasillo de las celdas, las mismas en las que una vez habían estado Kidomaru el espadachín y la misma Tsurara. Ninguna de las dos sentencias le había parecido justa a Rikuo, pero ahora que tenían a un nuevo inquilino, debía reconocer que las mazmorras eran útiles.

—Aquí está —Sojobo abrió la puerta de la única celda ocupada del pasillo, custodiada por dos tengus armados y en actitud vigilante.

Rikuo entró, seguido por el Gran Tengu del monte Kurama. En la celda le esperaba un intranquilo Sodemogi, el devorador de dioses de Shikoku. Era una criatura horrenda, al menos a ojos humanos: una parodia de una estatua de Buda, calva y con una boca descomunal y desdentada. No resultaba muy impresionante. Aún así, Rikuo preguntó:

—¿Es peligroso?

—Aquí no —respondió el Gran Tengu—. La piedra de estas paredes es especial y absorbe la energía espiritual. Lo único, joven señor, tenga cuidado de que no le tire de la manga. Es uno de los casos en que su segundo nivel de "miedo" se activa y puede llegar a matar incluso a un dios.

—¡Exacto! —sonrió Sodemogi, satisfecho de recibir halagos a pesar de verse encerrado—. ¡Que no se os olvide! ¡Los yokai de Shikoku somos los yakuza más terribles de Japón!

El Gran Tengu se agachó hasta que su ganchuda nariz estuvo a apenas un milímetro de los ojos vacuos de Sodemogi.

—Bien, señor Sodemogi, seguro que sabéis lo que viene ahora. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Si nos contáis ahora mismo todo lo que sabéis de vuestro señor Tamazuki y de sus planes, os prometo que no se os hará ningún daño y podréis pasar el resto de esta guerra cómodamente comiendo mangas de camisa. Sin embargo, si os negáis, estaré encantado de enseñaros todas las sutilezas de la tortura china.

—¡Ja! ¡Inténtalo, viejo buitre! ¡Soy uno de los siete peregrinos! ¡Jamás traicionaré a Tamazuki! ¡Jamás! ¡Torturadme! ¡Sufriré lo que haga falta antes que fallar al futuro conquistador del mundo!

El Gran Tengu se apartó y le lanzó una mirada significativa a Rikuo.

—Una lealtad a toda prueba, ¿verdad? Ya lo veis, joven señor. Los de su calaña no atienden a buenas razones. Si queremos saber más, vamos a tener que utilizar métodos menos ortodoxos. Sé que no os gustan, pero es necesario. Dejadme una hora a solas con él. Cuando volváis, nos contará hasta el último detalle de los planes de Tamazuki.

Para sorpresa de todos, Rikuo se rió.

—Gran Tengu, sois muy amable, pero no hace falta. No me interesan los planes de Tamazuki.

—¿QUÉ? —exclamaron Sodemogi y Sojobo a la vez.

—Vamos, vamos, Gran Tengu, no hace falta sorprenderse. A fin de cuentas, todos sabemos que ese Tamazuki no es más que una marioneta —continuó Rikuo.

—¡Cómo te atreves! —rugió Sodemogi. Se habría lanzado sobre el muchacho, pero una mirada de reojo al Gran Tengu y a los dos guardias de la puerta le hizo ver que su intento habría sido inútil.

—Vuestra lealtad es encomiable, señor Sodemogi, pero no hace falta que finjáis —le dijo Rikuo con una mega-sonrisa—. Quiero decir, un plan tan elaborado para atacar Kioto no ha podido venir de un tanuki de provincias como él. No es más que una fachada para que el Clan de las Cien Historias continúe haciendo sus fechorías. Son ellos los que de verdad me interesan. Pobre Tamazuki... Seguro que ni él mismo comprende dónde se ha metido. Ahora que la mayoría de los Ejecutivos han muerto, debe estar muy asustado. ¿Le estarán lavando la cabeza Encho y sus secuaces? Es terrible sólo de pensarlo, pero supongo que será necesario para llevar a cabo su plan...

Sodemogi explotó.

—¡NO! ¡No, no, no, no, no! ¡Te equivocas! ¡Tamazuki no es así! ¡Tamazuki es grande! ¡Es fuerte! ¡Es el yokai más inteligente y terrorífico que existe! ¡Los de las Cien Historias no le están utilizando a él, es él quien les está utilizando! ¡A ellos no se les ocurrió nada, este plan es sólo cosa de Tamazuki!

—Bueno, quizás la parte en que dejan a los Shikoku hacer un poco de daño sí será cosa suya —dijo Rikuo con tono condescendiente—, pero no me vas a hacer creer que todo lo demás también es cosa de Tamazuki. Vamos, ahora está solo y sin amigos. Seguro que lo único que quiere es volver a casa y olvidar todo esto de la invasión.

—¡Ja! Si crees que Tamazuki se va a rendir así como así, estás muy equivocado. ¡No habéis visto más que una fracción de su poder! ¿Creéis acaso que los siete peregrinos son los únicos que le apoyan? ¡Ni hablar! ¡Incluso sin esos mentecatos de las Cien Historias, las hordas de Shikoku están a sus órdenes y pronto sufriréis en vuestra carne la ira de Tamazuki!

El Gran Tengu entrecerró los ojos. Su prisionero se estaba embalando y estaba dejando caer todos los detalles del plan de su señor, incluso si los formulaba entre palabrotas y amenazas. Creía comprender ahora la estrategia del señor Rikuo. Como para confirmar sus sospechas, en un momento en que Sodemogi no les prestaba atención, Rikuo le guiñó un ojo al anciano consejero. Todo estaba saliendo según el plan.

—¿Ah, de veras? Qué miedo —le dijo Rikuo a Sodemogi—. Continúa, continúa, soy todo oídos...

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Templo Yamaguchi Reijin, Matsuyama

Hubo una vez en que Inugami Gyobu fue respetado como el tanuki más poderoso de la historia. Más que Danzaburo Danuki, el que expulsó a los kitsunes de la isla de Sado; más que Shibaemon de Awaji, patrón de los actores; más incluso que Kamuro de Yashima, que fue señor de Shikoku antes que él. Pero sólo él había amasado un ejército de 808 tanukis y había conquistado todos y cada uno de los 88 lugares sagrados de la isla. Bajo la bandera del genuino temor y al estilo de los yakuzas de Kanto, Inugami Gyobu Tanuki se encontró a la altura de gigantes como el Nue de Kioto y el Nurarihyon de Edo. Pero no era suficiente. Quería más.

Ningún ayakashi se había atrevido nunca antes a atacar un castillo humano, pues significaba abandonar las sombras y exponerse a la vista de todos. Oh, sí, se contaban historias de cómo los kitsunes se habían disfrazado de humanos y habían manipulado reinos enteros desde bambalinas, pero no era lo mismo. El gran Inugami Gyobu Tanuki no vería colmada su ambición hasta clavar su bandera en las murallas de su propio castillo.

Por aquel entonces, Shikoku era un paraíso para los ayakashi, especialmente los tanukis. En números absolutos, su población superaba a la humana. Era el único lugar de Japón en el que ocurría eso. Mientras, en la ciudad de Matsuyama, los enviados del shogun habían levantado un castillo imponente, el más grande de toda la isla. Inugami Gyobu lo quería. Diez mil hombres normales y corrientes esperaron agazapados en el castillo la embestida de aquel ejército sobrenatural. La lógica indicaba que los defensores serían arrasados. Pero no ocurrió así.

Contra todo pronóstico, la Procesión Nocturna de los 88 Demonios perdió. El ejército de tanukis fue diezmado y el propio Inugami Gyobu Tanuki se vio relegado a un retiro forzoso en un templo de las montañas, su poder sellado y su espíritu roto.

Desde entonces, había engordado y ya apenas se movía de su trono en lo profundo del bosque. El trono en sí era una broma. No era más que un tanuki viejo, fofo y sedentario, incapaz de guiar el clan. Los que aún le seguían era por respeto a su leyenda, nada más. Su imperio yakuza se había desintegrado y sus días no eran más que una monótona sucesión de banalidades.

Ese día, sin embargo, la monotonía se rompió cuando una figura alta y negra penetró en el sanctasanctórum de su templo.

—Ah, menos mal. Por un momento pensé que habrías movido tus kilos de más y te habrías trasladado a otro lugar —dijo la recién llegada—. Por cierto, creo que tengo algo que te pertenece.

—Hagoromo Gitsune... —murmuró Inugami Gyobu con desaprobación.

—¡Señor Inugami Gyobu Tanuki! —chilló una vocecilla. Era el pequeño tanuki que se había enfrentado antes a Hagoromo Gitsune. La señora de Kioto dejó escapar a su presa y el tanuki corrió a esconderse detrás de la impresionante mole de Inugami Gyobu—. ¡Tenga cuidado, señor! ¡Es una kitsune!

—Sí, lo sé, Mamedanuki —le contestó pacientemente Inugami Gyobu—. De hecho, es más que una simple kitsune. Avisa a Sewakari no Medanuki. Dile que tenemos visita.

El pequeño tanuki no parecía tener muchas ganas de dejar a su jefe en compañía tan peligrosa, pero se tragó las lágrimas y salió de allí a toda prisa. Inugami Gyobu y Hagoromo Gitsune se quedaron solos.

—Bien, ¿a qué debo el honor de recibir esta visita sorpresa de la Señora del Pandemónium? Creía que Shikoku no era territorio del agrado de los kitsunes

—Déjate de cortesías, tanuki. Sabes perfectamente por qué estoy aquí —replicó Hagoromo Gitsune con frialdad.

Inugami Gyobu sintió la terrible presencia de la kitsune permeando todo el templo. Era un miedo atroz, una prueba más del poder de Kioto. Sin embargo, era demasiado viejo ya como para sentirse impresionado.

—¿Lo sé? —se rió Inugami Gyobu, una risa seca y sarcástica—. Ni siquiera sé lo que se transpira fuera de este templo. ¿Cómo voy a saber lo qué ocurre en la lejana Kioto? Decidme, señora Hagoromo Gitsune, ¿qué veis a vuestro alrededor?

Por educación, Hagoromo Gitsune recorrió con su mirada lo que le señalaba su anfitrión, aunque sin quitarle el ojo de encima. A saber si tenía preparada alguna trampa. No le gustaba reconocerlo, pero los tanukis eran maestros a la hora de utilizar las ilusiones para infiltrarse en cualquier parte. Que no hubieran hecho uso de ese don de manera constructiva sólo demostraba lo estúpidos que podían llegar a ser. En cuanto al templo en sí, no parecía más que un rincón sagrado en medio del bosque. La única característica reseñable era que estaban rodeados por cientos de estatuas de tanukis.

—Sí, ya he visto esas estatuas. Unas doscientas o así. ¿Qué tienen de especial? —dijo Hagoromo Gitsune, empezando a perder la paciencia.

—Hubo un tiempo en que eran 808 estatuas, ni más ni menos. Ni siquiera sé cuándo empezó a disminuir su número. Los años no perdonan —suspiró Inugami Gyobu Tanuki—. Hace 300 años, intenté conquistar un castillo humano. Fracasé. Los humanos eran débiles, pero tenían una espada capaz de obrar milagros. Desesperado, y temiendo el fin de los míos, supliqué ayuda al entonces Señor del Pandemónium. El Nue, vuestro hijo, me negó su ayuda. Dijo que era culpa mía haber roto el equilibrio entre la luz y la oscuridad, así que ahora debía cargar con las consecuencias.

Hagoromo Gitsune frunció el ceño.

—¿Por eso enviasteis asesinos a Kioto? ¿Para vengaros de eso? Oh, no finjáis sorpresa, gran tanuki. Os puedo asegurar que maté con mis propias manos a Muchi, uno de los vuestros, después de que el muy insensato tratase de asesinarme.

—¿Cómo? —musitó Inugami Gyobu Tanuki. Había algo que no encajaba.

La tensión que se palpaba en el ambiente se rompió un poco cuando entró en escena Sewagakari no Medanuki. Llevaba con ella una bandeja de comida y sonreía como si no hubiese nada raro en aquella situación.

—Usted debe ser la kitsune que ha mencionado Mamedanuki, ¿verdad? ¡Es tan raro que nuestro señor reciba visitas estos días! Me temo que no tenemos tofu frito, pero le he traído algunas especialidades de Shikoku: zumo de mandarinas yuzu de Kochi y judías con salsa de soja.

—Bueno, veo que el servicio aquí es bueno —comentó Hagoromo Gitsune—. ¿Es tu criada o una más de tus innumerables esposas?

Sin embargo, Inugami Gyobu aún estaba demasiado confundido como para captar la broma de su invitada. El nombre del yokai de Shikoku que había mencionado ella seguía grabado a fuego en su mente.

—¿Muchi? ¿Has dicho Muchi? ¿Por eso has venido? —le preguntó a Hagoromo Gitsune.

—Sí, eso he dicho —respondió la kitsune.

—¡Ah, Tamazusa! ¡Ese estúpido hijo mío...! —se lamentó Inugami Gyobu Tanuki.

Ahora Hagoromo Gitsune sí que estaba perdida del todo.

—¿Tu hijo?

—Sí, mi hijo —gruñó el tanuki, visiblemente agitado—. Hace mucho tiempo, el emperador Sutoku vino a morir a Shikoku, desterrado de su corte en Kioto. Cada vez que oía el canto de un ruiseñor, recordaba su antiguo hogar y lloraba. Cuando el ruiseñor se enteró, se entristeció y decidió llenarse el pico de hojas de tamazusa para ahogar su voz. Por eso le di ese nombre al nacer. Esperaba que mostrase la misma consideración en su vida. Tonto de mí...

—¿Este relato lacrimógeno lleva a alguna parte? —preguntó Hagoromo Gitsune aburrida.

Inugami Gyobu Tanuki se enderezó en su trono y miró a la kitsune a los ojos.

—Tamazusa es el octavo hijo de mi 88ª esposa —explicó Inugami Gyobu con seriedad—. De todos mis hijos, es quien ha heredado más de mi poder divino. Por desgracia, es evidente que también ha heredado mi antigua ambición. Muchi es sólo uno de los muchos yokai de Shikoku que me han abandonado para ponerse a sus órdenes. Sin embargo, no pensé que fuera tan estúpido como para atacar Kioto. Ay, mi pobre hijo... El poder se le ha subido a la cabeza desde que consiguió el Martillo de Mao...

Ahora fue el turno de Hagoromo Gitsune para sorprenderse.

—¿El Martillo de Mao, has dicho? —preguntó la kitsune inquieta.

—Sí, el Martillo de Mao, la katana maldita que ayudó a los defensores de Matsuyama a aniquilar a mi ejército hace 300 años. ¿Por qué? No sabía que en Kioto hubiesen oído hablar de ella...

—Sí, hemos oído hablar, pero el auténtico amo de esa katana es un peligro mayor que un ejército de humanos estúpidos —masculló Hagoromo Gitsune. Ahora veía claro que había cometido un tremendo error de cálculo—. Tengo que volver a Kioto de inmediato.

Ya se iba a marchar, cuando de repente Inugami Gyobu Tanuki sorprendió a todos al levantarse de su asiento. Dado que su mole era más parecida a la de un hipopótamo que a la de un tanuki de carne y hueso, el esfuerzo que tuvo que hacer fue considerable.

—¿Señor Inugami Gyobu? —murmuró Sewagakari no Medanuki preocupada.

—No dejaré que vaya sola a Kioto, señora Hagoromo Gitsune —anunció Inugami Gyobu—. Voy con usted.

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Rascacielos en construcción, Kioto

Tamazuki acariciaba la empuñadura de la katana. El Martillo de Mao era algo más que un regalo. Era el símbolo de su poder, la prueba de que había sido elegido para llevar a los yokai de Shikoku a la cima del mundo de las tinieblas. La espada que una vez había derrotado al perdedor de su padre ahora marcaría su ascenso como conquistador.

Ya no era Tamazusa. Ahora era Tamazuki, el aspirante al trono. Un trono que, por desgracia, todavía estaba ocupado por alguien que no era él. Pero las cosas cambiarían pronto.

En ese momento, Encho apareció a la puerta de su despacho.

—Aquí estoy, señor Tamazuki. ¿Me habíais llamado? —preguntó con tono inocente el narrador de las Cien Historias.

Por un segundo, Tamazuki estuvo tentado de desenvainar la espada y cortarle la cabeza a aquel arrogante cuentacuentos de pacotilla que se creía más listo de lo que era. Sin embargo, contuvo sus ansias homicidas. Aún necesitaba a Encho, por lo menos durante un día más. No obstante, eso no significaba que iba a irse de rositas.

—Sé que fuiste tú quien envió a Inugami a asesinar a Abe no Rikuo, Encho —le dijo Tamazuki sin más preámbulos.

En su honor, hay que decir que Encho ni siquiera intentó negar los cargos.

—Considerad más bien que le sugerí una idea y le di un empujón —sonrió Encho—. El pobre estaba deseoso de probarse ante vos. Es una lástima lo que ha pasado.

—Por tu culpa, he perdido a uno de mis mejores lugartenientes —le espetó Tamazuki fríamente.

—No fui yo quien le mató. Decidme, ¿acabasteis con él porque os desobedeció o porque fracasó? —preguntó Encho con una sonrisa maliciosa.

Tamazuki no se dignó a responder a aquella insinuación. Oficialmente, Inugami había sido asesinado por el malvado Abe no Rikuo, una historia para enardecer los ánimos de sus seguidores. Aunque había sido uno de los últimos en incorporarse a las filas de la Procesión Nocturna, enseguida se había ganado las simpatías de todos. "El encanto de los perros, supongo", pensó Tamazuki.

—Podría matarte. Lo sabes, ¿verdad? Sí que lo sabes. Encho, por tu bien, espero que me traigas buenas noticias que hagan que me olvide de esta metedura de pata tuya. La batalla final contra los Abe se acerca. Miles de yokai de Shikoku vienen hacia aquí. Si el Clan de las Cien Historias no va a aportar nada útil, tal vez sea hora de empezar a replantearme esta alianza nuestra —le amenazó Tamazuki.

—No creo que haga falta replantearse nada, señor Tamazuki. Seguidme. Tengo algo que os va a gustar.

Encho guió a Tamazuki hasta los cimientos del rascacielos, que se habían convertido en el improvisado cuartel de las Cien Historias. Mientras que los yokai de Shikoku preferían observar el mundo desde las alturas, las leyendas urbanas se contentaban con esconderse bajo tierra. Ahora su número se había visto reducido hasta niveles desesperados, pero ni Encho ni su compañero Yanagida parecían preocupados. Mientras los demás luchaban, ellos dos dedicaban su tiempo a los ordenadores.

Tal vez a otros les pareciese una frivolidad, pero Internet había demostrado ser una gran herramienta para extender el miedo entre los humanos. Y para acumularlo. Aquel sistema de ordenadores que tenían bajo el rascacielos no era como los de los humanos. Para empezar, parecía orgánico. Los cables brotaban de las paredes como venas o ráices, y en vez de pantallas, ojos gigantes que todo lo veían exploraban la red e iban acumulando gota a gota el miedo destilado de los humanos. Nunca se había visto nada parecido en el mundo yokai, y en él residían las esperanzas del Clan de las Cien Historias y el propio Tamazuki.

—¿Cómo va el proyecto? —quiso saber el jefe tanuki.

—Sobre ruedas. Cada hora que pasa, el miedo de los humanos aumenta y podemos sacar más energía. Antes de que caiga la noche, tendremos el arma definitiva para acabar con los yokai de Kioto. Eso si los Abe y los Keikain no se matan antes los unos a los otros, claro. Un pajarito me ha dicho que los onmyoji han tomado su decisión. Bastaría filtrársela a los Abe para que empiece la matanza.

Tamazuki asintió. A él en realidad Kioto le importaba bien poco. Levantaría su capital en un desierto si hacía falta. Lo que él quería era "miedo", el miedo de sus enemigos. Aquella mole negra e inmensa que le estaba mostrando Encho en aquellos momentos, el contenedor de todo el miedo que estaban destilando de Internet, sería su as en la manga. E incluso si todo fallaba, siempre le quedaría el Martillo de Mao.

—¿Has elegido un nombre para tu historia? —le preguntó Tamazuki a Encho.

—Oh, sí, por supuesto —respondió el narrador—. He decidido utilizar el nombre del yokai que siempre aparece al terminar el juego de las Cien Historias. "La lámpara azul", Ao Andon.


Notas adicionales:

Y otra vez llego justo, justo, pero al menos llego. Ya nos acercamos al final de esta saga. Dos capítulos más y se acabó (ya oigo los suspiros de alivio al fondo). Después, sólo queda un arco más para el final de este fic (más suspiros de alivio). Gracias como siempre a mis fieles lectores, entre ellos Suki90, Lonely Athena, Nayrael, Dennou y muchos más. ¡Gracias!

* Hay un montón de leyendas sobre tanuki en Japón, y la de Inugami Gyobu no es la más conocida. Ni siquiera es uno de "los tres grandes tanukis" de las leyendas, que son con los que se compara él en su retiro.

* He vuelto a escribir a Rikuo en una de esas escenas que me gustan en las que la astucia de su parte humana es más importante que la fuerza de su parte yokai. No es algo habitual, por desgracia. También así me rebelo un poco contra el canon, en el que Rikuo mató a Sodemogi a sangre fría a pesar de que le habría ido muy bien interrogarlo para sacar más información. Claro que el muy malvado hizo daño a su amiga, pero a Rikuo no le importa tanto si los villanos hacen daño a los amigos o familiares de otros.

* Ese extraño sistema de ordenadores orgánicos para acumular el miedo que utiliza Encho no es un invento mío, sino que aparece en la saga del manga de las Cien Historias. En principio iba a servir para crearle un nuevo cuerpo a Sanmoto Gorozaemon, pero después hubo un cambio de planes y se utilizó para crear a este Ao Andon.

Próximo capítulo: "El ritual de la copa".