Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo y Yura lideran la alianza entre yokai y onmyoji contra las fuerzas de Shikoku. A pesar de tener varios ases bajo la manga, Tamazuki es derrotado y sus aliados, el Clan de las Cien Historias, le traicionan y se llevan el miedo de todos los yokai de Shikoku que Tamazuki asesinó.


La fiesta de Año Nuevo

Año Nuevo es el día más importante del calendario japonés. Siguiendo el calendario gregoriano, se celebra el 1 de enero, como en la mayor parte del mundo. Sin embargo, no siempre fue así. Hasta 1873 se celebraba el mismo día que el Año Nuevo Chino, pero la Restauración Meiji lo cambió todo en su afán de modernizarse al estilo occidental. Desde entonces, el 1 de enero es la fiesta por excelencia en casi todo el país, aunque en ciertos lugares como Okinawa aún se recuerdan las festividades tradicionales.

Hay muchas celebraciones típicas de Año Nuevo en Japón, tantas que sería casi imposible listarlas todas. El primer día del año, los japoneses dan mucha importancia a los primeros eventos. El primer amanecer del año, la primera ceremonia de té, la primera compra, el primer saludo, la primera aparición de la familia imperial... Sin embargo, por lo que a Kioto respectaba, la celebración más importante es el hatsumode, la primera visita a un templo sintoísta.

En una ciudad con cientos de lugares de culto, había muchas opciones para elegir, pero el templo más popular era sin duda Fushimi Inari, el gran altar dedicado a la diosa del arroz y la prosperidad. Gentes de Kioto y del resto del país acudían a Fushimi Inari para rezar, lanzar sus deseos para el nuevo año, comprar amuletos o simplemente disfrutar con amigos y familiares. Muchos llevaban kimono, incluidos los hombres. Se calculaba que casi tres millones de visitantes pasarían por el santuario en los tres primeros días del año.

Aunque los santuarios budistas también organizaban celebraciones de Año Nuevo (como las 108 campanadas en la medianoche entre los dos años, con las que se purifican los 108 pecados y los 108 deseos del budismo), las tradiciones sintoístas se habían adaptado mejor que nadie al nuevo calendario. Y como buen kiotota, Rikuo fue a Fushimi Inari a dar las gracias por el nuevo año.

—Gracias, Inari, por este nuevo año —rezó Rikuo juntando las manos—. Deseo que en este nuevo año encontremos la paz y podamos asegurar la felicidad de todos.

—¡Rikuo! ¡Se supone que no debes decir tus deseos en voz alta! —le reprendió Yura.

El muchacho sonrió. Tanto él como su amiga estaban enfundados en sendos kimonos. No, no yukatas, sino auténticos kimonos, hechos a mano. El de Yura era una hermosa reliquia familiar, que probablemente su madre y su abuela habían llevado anteriormente. El de Rikuo, sin embargo, era nuevo cada año. A su abuela le gustaba que su nieto pudiese presumir de kimonos en público, aunque a Rikuo no le hacía mucha gracia.

—¡Eh! ¡Esperadme! ¡Yo también tengo que pedir mis deseos! —exclamó Tsurara un poco por detrás. Se había quedado contemplando los altares extasiada e insensible al frío invernal, pero eso había hecho que perdiese de vista a sus compañeros durante unos segundos.

De los tres amigos, Tsurara era probablemente la más feliz. Aunque no tenía nada en contra de la ropa occidental, añoraba poder usar de nuevo un kimono. Rikuo tenía que reconocer que aquella tela de un blanco inmaculado le quedaba muy bien. Según le había contado la Yuki-onna, en la casa principal de los Nura en Ukiyoe todos vestían así. Rikuo se preguntó cómo sería eso. En cualquier caso, estaba contento de que pudiesen disfrutar de un Año Nuevo en paz.

—¿Tu abuela no viene contigo? —se sorprendió Yura. Habían quedado en reunirse los tres en Fushimi Inari para celebrar el Año Nuevo juntos, pero casi esperaba que la anciana kitsune estuviese allí como carabina—. Quiero decir, esperaba que una kitsune como ella viniese a rezar a Inari. ¿No es su patrona?

—Oh, sí, mi abuela ha venido antes. Mucho antes. Ha estado aquí desde antes de medianoche, ha visto el primer amanecer y luego ha vuelto a casa. Normalmente vamos todos juntos, pero dijo que hoy quería algo más personal —le explicó Rikuo—. Además, hay mucho ajetreo en casa, organizando la fiesta y todo eso.

—Ah, sí la fiesta... —murmuró Yura pensativa.

—¡Ah, tengo ganas de ver cómo es! —dijo Tsurara con alegría—. En la casa Nura celebramos fiestas cada dos por tres, pero aquí no. Hasta ahora pensaba que nadie sabía divertirse en Kioto.

—Lo que pasa es que en Kioto somos gente más seria —la reprendió Yura.

Tsurara le sacó le lengua por detrás y Rikuo ahogó una risita. Era un buen día, y aún lo sería mejor. Había muchas cosas que celebrar. Incluso Yura estaba menos ceñuda que de costumbre. Después de días de angustia, su abuelo había salido del coma y se estaba recuperando a buen ritmo. Según los médicos, tendría que ir en silla de ruedas durante una buena temporada, tal vez para siempre, pero estaba vivo. Eso era lo único que importaba.

—Bueno, creo que ya va siendo hora de encaminarnos a la mansión —dijo Rikuo después de mirar su reloj—. Mi abuela y mi madre probablemente estarán terminando los preparativos, pero me gustaría echar una mano.

—Voy contigo, Rikuo —dijo Yura.

—¡Yo también! ¡Vamos allá! —exclamó Tsurara.

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Mansión Abe

Hagoromo Gitsune había tirado la casa por la ventana. Como una emperatriz haciendo ostentación de su poder ante sus súbditos, había ordenado que aquella fuese la mayor fiesta de Año Nuevo jamás celebrada en el Clan Abe. Habían sido enviadas diez mil postales de felicitación, y en los terrenos de la mansión cajas de comida e innumerables botellas de licr se alineaban a la espera de los invitados. Y había muchísimos.

Aquellos que habían tenido un papel preponderante en la batalla contra Tamazuki habían sido invitados a la mansión, incluso si no pertenecían a la casa principal. Eso incluía tanto a yokai de las afueras con sus familias, como a los mismísimos onmyoji Keikain y los yokai de los Nura. En efecto, por un día Hagoromo Gitsune había dejado a un lado las rencillas entre los clanes y había invitado a sus antiguos rivales. Muchos habían dicho que no, pero uno no rechazaba a la ligera una invitación de la Señora del Pandemónium. Por eso, tanto Yura como Tsurara se llevaron una gran sorpresa cuando cruzaron la puerta y vieron quiénes habían acudido a la llamada de Hagoromo Gitsune.

—¿Mamá? —dijo Tsurara.

Setsura venía en representación de los Nura de Ukiyoe, antiguos enemigos y ahora aliados contra Sanmoto Gorozaemon. El siempre fiel Gyuki había declinado participar en la fiesta, prefiriendo mantener el orden en casa. Tras la muerte del Nurarihyon, había muchas cosas que hacer en Kanto. Setsura había venido en su lugar, lo que constituía una buena excusa para vistar a su hija. A su lado, Kurotabo, Aotabo y Kappa montaban guardia. Los tres habían luchado con valor en la batalla contra Tamazuki y disfrutarían de un puesto de honor. También habían venido Kubinashi y Kejoro, recién casados. Aunque el asesino de las cuerdas y la mujer-cabellera no habían participado en la batalla, eran lugartenientes de importancia y amigos de Tsurara.

—Hija, ¿dónde están tus modales? —la reprendió Setsura, clavando sus hojos carmesíes en ella.

—¡Oh, lo siento! —se disculpó Tsurara, haciendo una reverencia—. Felicidades por el comienzo del nuevo año, madre.

—Eso está mejor —asintió Setsura. Luego suavizó su expresión—. Ahora ven y dame un abrazo. Tenemos mucho de qué hablar.

Tsurara corrió adonde ella.

Por su parte, Yura se quedó boquiabierta al ver al otro invitado de honor de la fiesta.

—¡Abuelo! ¡Deberías estar descansando!

A Hidemoto 27 º se le veía francamente incómodo. Si era por culpa de su silla de ruedas o por la presencia de yokai a su alrededor, sólo él lo sabía. Estaba más flaco y avejentado que antes, pero sus ojos seguían tan vivos como siempre. Aunque no le gustaba la idea de compartir comida y bebida con su archienemiga, Hagoromo Gitsune, estaba dispuesto a hacer ese sacrificio con tal de fortalecer las relaciones entre los dos clanes.

Después de que Hidemoto recuperase la conciencia, muchos jefes de la familia Keikain fueron a exponerle sus quejas contra Yura. La joven heredera había sido arriesgada e impulsiva, y se estaba acercando demasiado a los yokai de Kioto. Sin embargo, los jóvenes de cada rama apoyaron sin reservas a Yura. Si bien odiaban a los yokai, eran más abiertos de mente que sus mayores. La batalla contra Tamazuki había sido un éxito rotundo. Tras un año de golpes duros, aquella victoria sabía a gloria. Era un sabor que querían volver a repetir, incluso si eso significaba colaborar con esos malditos yokai.

Hidemoto había aceptado la posición de Yura y por eso estaba ahora en la mansión Abe. Aunque todos los Keikain habían sido invitados, muy pocos habían aceptado ir. Hidemoto podía haber enviado a un representante en su lugar. Después de todo, tenía la excusa de su convalecencia. Sin embargo, quiso ir. Así podía decir bien alto y bien claro a los suyos que el camino de Yura era el correcto. Por supuesto, eso era algo que su nieta no tenía por qué saber.

—Estoy bien, Yura. No te preocupes. Los médicos han dicho que me debe dar más el aire. He estado encerrado demasiado tiempo —dijo el anciano Hidemoto con voz cascada.

—Pero...

—¡Deja de molestar, enana! Si el viejo dice que está bien, está bien —le espetó Ryuji.

El hermano mayor de Yura se había apuntado a la fiesta, al igual que Mamiru, Akifusa, Pato, Masatsugu y algunos otros miembros de las ramas laterales de los Keikain. Más que para congeniar con los yokai, habían ido allí para demostrar que no tenían miedo. Además, una invitación así no se recibía todos los días. Todos observaban boquiabiertos el lujo que los yokai de Kioto, sabedores de que tenían invitados de alta alcurnia, habían desplegado para la ocasión. Bueno, todos salvo Mamiru, tan inexpresivo como siempre, y Ryuji, al que ningún yokai podía impresionar.

—Aún así, creo que el abuelo debería estar descansando. Lo pasó muy mal —insistió Yura.

Hidemoto iba a responder, pero Ryuji lo hizo por él:

—Lo que pasa es que te fastidia que hoy nos hayan invitado a todos. Ya no puedes ir diciendo por ahí: "ja, ja, ja, a mí me invitan a la casa de los yokai y a vosotros no". Eres una egocéntrica.

—¡Yo no soy así! ¡Nunca he dicho eso! —protestó Yura.

—Pero lo pensabas —le rebatió Ryuji.

Los dos hermanos estaban a punto de llegar a las manos cuando Akifusa intervino para calmar la situación.

—Vamos, vamos, hoy es un día para celebrar, no para discutir. Además, más os valdría estar atentos. La señora de la casa viene ahora hacia aquí.

En efecto, Hagoromo Gitsune se encaminaba en aquellos momentos a una tarima para dirigirse al público allí congregado. Los yokai de Kioto la vitorearon a su paso y aplaudieron a rabiar incluso antes de que la kitsune tomase la palabra. A su lado estaban el Gran Tengu, en su papel de consejero, y también Wakana. Normalmente, la madre de Rikuo no participaba en los actos públicos del clan. Sin embargo, aquel día había sido la principal organizadora de la fiesta, así que era natural que adoptase un papel más protagonista.

—Amigos míos, camaradas de Kioto, y también vosotros, nuestros aliados de Edo y nuestros viejos conocidos de la capital, hoy celebramos el comienzo de un nuevo año —empezó Hagoromo Gitsune—. Hemos dejado atrás un año lleno de peligros y dificultades, sí, pero también de descubrimientos y de oportunidades. Ahora queda en nuestras manos usar lo que hemos aprendido para asegurarnos de que el nuevo año sea más próspero y feliz que el anterior. Y ahora, como sé que lo que deseáis no es un discurso, sino llenaros las botas, doy la palabra a mi nuera.

Con una sonrisa resplandeciente, Wakana dio un paso al frente.

—¡Feliz año nuevo a todos! —les saludó la mujer—. No os entretendré más. Espero que os guste lo que hemos preparado. ¡Hora de comer!

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En tiempos de la era Heian, los japoneses también celebraban la llegada del nuevo año. En la corte imperial de Heian-kyo, la actual Kyoto, se seguían las tradiciones de la antigua China. Y su calendario también, por supuesto. Una de las tradiciones decía que durante los tres primeros días del nuevo año estaba prohibido utilizar el fuego del hogar o cocinar en él. Por eso surgió una nueva costumbre para celebrar tan magno día: los osechi-ryori.

La costumbre del osechi consiste en preparar una gran variedad de alimentos y servirlos en primorosas cajas llamadas jubako, muy similares a los famosos bento para el almuerzo. Por supuesto, la preparación de tales alimentos es mucho más exquisita y cada uno tiene un significado particular en la celebración de Año Nuevo.

Así, por ejemplo, se pone naranja amarga para desear tener hijos en el nuevo año, ya que el nombre del naranjo amargo en japonés, daidai, significa también "de generación en generación". Datemaki, tortilla dulce enrollada con pasta de pescado o calamar; kamaboko, rodajas de surimi rojo y blanco colocadas para recordar la bandera de Japón; kazunoko, huevas de arenque; kuro-mame, granos de soja negros para desear una buena salud; kohaku-namasu, encurtidos de rábano y zanahoria con un toque a cítrico; tazukuri, sardinas secas cocinadas en salsa de soja; y por supuesto el zoni, una sopa hecha con mochi, algas y vegetales que en su día fue patrimonio exclusivo de los samurai pero que luego se popularizó entre todas las clases sociales. De los innumerables alimentos simbólicos de Año Nuevo, se decía que nada traía más fortuna que tomar zoni.

Por supuesto, en la Mansión Abe no faltaban ni el zoni ni ninguno otro de los manjares habituales de Año Nuevo. Incluso habían preparado recetas desconocidas o olvidadas hace tiempo por el común de los japoneses, todas igualmente deliciosas.

Al ver aquel despliegue de lujo gastronómico, a Yura se le hizo la boca agua. Sin embargo, como heredera de la familia Keikain, tenía que dar buen ejemplo y mostrarse comedida.

—¿Qué te pasa, Yura? ¿No tienes hambre? —le preguntó Rikuo extrañado—. Si prefieres comer alguna otra cosa, puedo avisar a las cocinas para que te preparen algo.

—No, no es eso, Rikuo, pero gracias —respondió Yura. En casa solía comer muy rápido para ir a estudiar, practicar onmyodo o lo que tocase aquel día. Deseaba pegarse un buen atracón con la comida deliciosa que tenía delante, pero habría dado muy mala imagen si empezaba a llenarse la boca con los osechi-ryori.

Tsurara, que no tenía tantos remilgos y estaba dando buena cuenta de su ración de ebi, langostinos cocinados con sake y salsa de soja, ahogó una risita.

—Ya sé lo que le pasa a Keikain —sonrió la dama de las nieves con cierta malicia.

—Ah, ¿sí? —Yura enarcó una ceja.

—Keikain está preocupada por su peso. Ha engordado demasiado y ahora quiere hacer dieta —dijo Tsurara.

—¿Es verdad eso? Lo siento, Yura, no lo sabía... —dijo Rikuo, pero su amiga le cortó al instante.

—¡No es verdad! ¡No estoy gorda!

Yura se calló rápidamente al darse cuenta de que había gritado aquellas palabras en voz alta, atrayendo las miradas curiosas y divertidas de muchos comensales. Incluso Hagoromo Gitsune parecía estar riéndose para sus adentros. Roja como un tomate, Yura deseó que se la tragase la tierra, mientras por dentro maldecía a todas las Yuki-onnas habidas y por haber.

A su lado, su hermano Ryuji le dio un coscorrón.

—Deja de montar escenas, enana. Come y calla.

Eso hizo Yura. Dado que ya había hundido su imagen pública, quería resarcirse comiendo todo lo que pudiese comer. Tal como esperaba, los osechi-ryori de la Mansión Abe estaban deliciosos.

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La comida había terminado y había llegado la hora de la bebida. Los tres grandes del banquete, esto es, Hagoromo Gitsune, Hidemoto 27º y Setsura se habían retirado a un salón apartado del bullicio general para discutir de sus asuntos con discreción. Rikuo supuso que hablarían de política. Confiaba en que los tres mayores supieran valorar el peligro de Sanmoto Gorozaemon y la necesidad de unirse contra el enemigo común. Que los onmyoji Keikain y los yokai de Kioto hubiesen estado a un paso de la guerra abierta por culpa de las maquinaciones del Clan de las Cien Historias era un signo preocupante.

Mientras Tsurara trataba de conseguir que Yura bebiese un poco de sake (habiéndose criado en la fiestera casa de los Nura, la Yuki-onna estaba más acostumbrada a la bebida), Rikuo se acercó a Kyokotsu. Como aún no había cumplido los trece años, no le dejaban beber alcohol, la niña se conformaba con beber unos sorbos de té con actitud pensativa. Era evidente que lamentaba no haber podido ir con la señora Hagoromo Gitsune.

—Hola, Kyokotsu —la saludó Rikuo con una sonrisa. Luego se llevó una mano al bolsillo y sacó un sobre cerrado—. Ten, esto es para ti.

—¿Qué es? —preguntó Kyokotsu con curiosidad. Sus ojos serpentinos se iluminaron con alegría—. ¡Otoshidama!

—Sí, otoshidama —asintió Rikuo—. Feliz Año Nuevo, Kyokotsu.

Una de las costumbres habituales en Japón el día de Año Nuevo era regalar a los niños un sobre con dinero. Según la tradición yokai, Rikuo era ya mayor de edad y, por tanto, no podía recibir otoshidama, pero a Kyokotsu aún le quedaban un par de años de regalos.

—Mi abuela quería dártelo en persona, pero tenía que reunirse con el abuelo de Yura y la madre de Tsurara, así que me lo ha encargado a mí —explicó Rikuo.

—Gracias, hermano mayor —musitó Kyokotsu. No pudo evitar dibujar una expresión de decepción en su cara.

—¿Ocurre algo, Kyokotsu? —le preguntó Rikuo preocupado—. Sabes que puedes hablar conmigo si tienes algún problema, ¿verdad?

Kyokotsu asintió. Levantó la cabeza, clavando sus ojos dorados de serpiente en los ojos marrones de Rikuo.

—¿Está... está la señora Hagoromo Gitsune enfadada conmigo?

—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! —exclamó Rikuo sorprendido—. ¿Por qué dices eso? Supongo que lo sabes, pero mi abuela te quiere muchísimo. Yo también, y mi madre también. Eres prácticamente de la familia, Kyokotsu.

—Ya... lo sé... pero después de lo que ocurrió con Tamazuki el otro día... —murmuró la niña dubitativamente.

Rikuo suspiró.

—No, no está enfadada contigo, Kyokotsu. Créeme. En todo caso, está enfadada conmigo.

—¿Por qué?

Rikuo esbozó una sonrisa triste.

—En sus palabras, dice que estoy siendo una "mala influencia" para ti. Que te estoy contagiando mis "malas ideas" —Rikuo se encogió de hombros—. En fin, dejemos eso por ahora. Hoy es un día para celebrar. Además, en cuanto acabe con los invitados, estoy seguro de que la abuela vendrá a jugar contigo.

Kyokotsu sonrió de oreja a oreja. Rikuo respiró aliviado. Después de lo mal que lo había pasado tras la muerte de su padre, la niña se merecía un poco de felicidad. Además, aunque Hagoromo Gitsune desaprobase su decisión, Rikuo estaba muy orgulloso de Kyokotsu. Por dentro se preguntaba si él, en las mismas circunstancias, habría tenido la misma altura de miras que ella.

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Costa de Matsuyama, Shikoku

Era el primer atardecer del nuevo año. Desde un promontorio de la costa de Matsuyama, apartado de la vista de los humanos, una solitaria figura permanecía sentada cara al mar. Sin embargo, sus ojos no estaban clavados en el sol que se ponía en el horizonte, sino en cuatro lápidas de roca situadas justo enfrente. Aunque se los sabía de memoria, volvió a leer los nombres inscritos en ellas.

—Hari-onna, Inuhoo, Inugami...

Habían muerto muchos más durante la guerra en Kioto, pero esos tres habían recibido el privilegio de tener tumbas individuales cerca del templo Yamaguchi Reijin, el centro del poder de los yokai de Shikoku. Sin embargo, su jefe aún seguía con vida.

"Qué humillación", pensó Tamazuki. "Salvado por una niña pequeña".

El joven conquistador había sido derrotado de manera decisiva. Borracho con el poder del Martillo de Mao, había asesinado a muchos de los suyos para luego caer a manos de Rikuo. Repasaba la batalla una y otra vez en su cabeza, y siempre se le ocurría algo que podría haber inclinado la batalla a su favor. "Si hubiese absorbido el poder de Ao Andon con la espada", "si hubiese aprendido a controlar el Martillo de Mao", "si no hubiese confiado tanto en Yosuzume"... Sin embargo, la realidad inapelable es que había fracasado. La cicatriz que surcaba su cara era un recordatorio permanente de su derrota. Ahora vivía bajo arresto domiciliario, y su padre le había obligado a cavar tumbas para sus lugartenientes muertos.

Lo peor era que le debía su vida a aquella niña llamada Kyokotsu. Por un momento, pensó que la niña iba a ordenar que le cortaran la cabeza. Él lo habría hecho en su lugar. Pero la niña no hizo eso. En su lugar, le dejó con vida. Bajo unas condiciones, eso sí.

—Que pague todo el daño que ha hecho —había dicho Kyokotsu, aguantando las ganas de llorar—. Que celebre funerales por los que mató y que le vigilen para que no haga nada malo. Tendrá que prometer que nunca más volverá a atacar Kioto.

—Lo hará, lo prometo —había asentido el anciano Inugami Gyobu Tanuki.

Pero la pequeña no había terminado con sus exigencias.

—Hemos ganado —afirmó Kyokotsu—, así que ahora todos en Shikoku deberán obedecer a la señora Hagoromo Gitsune. Empezando por él.

Tamazuki había pensado que su padre jamás aceptaría ese trato. Suponía renunciar a la independencia y aceptar a esos malditos kitsunes como sus amos. Pero su padre aceptó y le obligó a él, malherido como estaba, a prestar juramento de vasallaje a Hagoromo Gitsune y a sus herederos. No era como el intercambio de copas del sakazuki, sino un juramento mucho más restrictivo. Aunque en teoría seguían teniendo libertad para administrar sus asuntos como hasta ahora, a ojos de todo Japón los yokai de Shikoku habían pasado a ser vasallos de Kioto.

Tamazuki jamás habría aceptado algo así. Sin embargo, había perdido miserablemente y la historia la escribían los vencedores. Ahora no le quedaba más remedio que tragar quina y obedecer.

"Mi ambición no ha muerto", se dijo Tamazuki, "pero por ahora puede esperar".

Se levantó de su asiento, un tronco tumbado junto a las lápidas. Gangi-kozo y Tearai Oni le esperaban en casa. Le asombraba que, después de todo lo que había hecho, esos dos le siguiesen siendo fieles. Sodemogi había sobrevivido también, pero había quedado traumatizado por su estancia en las mazmorras de la Mansión Abe y, según se decía, se había vuelto vegetariano.

De repente, notó que alguien le seguía.

—¿Tú otra vez? —masculló Tamazuki con voz cansina.

Se trataba de un cachorro, un perrito abandonado que parecía tener hambre. Con la lengua colgando fuera, tenía un aspecto un tanto patético. Sin embargo, también le recordaba a alguien, alguien cercano.

—¿Piensas seguirme todo el rato? —le preguntó Tamazuki. No esperaba ninguna respuesta, pero el perro ladró, como si quisiera decir que sí—. Uf, mira que llegas a ser raro. En fin, sígueme, te daré algo de comer. Pero más vale que te enteres, no soy lo que se dice un amo amable...

Tamazuki se fue, seguido por su nuevo compañero.

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Mansión Abe

De vuelta en Kioto, la fiesta de Año Nuevo había empezado a adoptar un rumbo peligroso según se vaciaban las copas de sake. Los yokai cantaban, armaban jaleo y a veces incluso se enzarzaban en peleas sin importancia. Rikuo temió que fueran a alertar a los vecinos.

—Controlaos un poco, chicos. No queremos que nadie descubra que esta es una mansión de yokai —les amonestó Rikuo.

Por desgracia, sólo el abstemio Shokera parecía inmune a los cantos de sirena del alcohol. Incluso Yura había probado un poco, más a regañadientes que a otra cosa.

—Vamos, vamos, joven señor, tenéis que relajaros —le dijo Hakuzozu. El yokai poeta traía consigo una botella de sake de aspecto distinguido—. Es la fiesta de Año Nuevo y además estamos celebrando nuestra última victoria sobre los enemigos de Kioto. Si no bebemos hoy, ¿cuándo vamos a beber? Animaos vos también, señor Rikuo. Mirad, nuestros amigos de Edo nos han traído esta botella de licor. Sería una pena desperdiciarla, ¿no creéis?

Rikuo suspiró.

—Está bien, está bien, tomaré un poco, no quiero hacerle un feo a nuestros invitados. Pero un vaso y nada más, ¿de acuerdo? Para los yokai seré mayor de edad, pero como me vea mi madre, se va a enfadar.

Hakuzozu abrió la botella y le sirvió un vaso a Rikuo. Otros yokai vitorearon al joven señor por unirse a la fiesta. Rikuo bebió lentamente, para que el alcohol no se le subiese a la cabeza.

—Ya sabeís cómo son las madres, joven señor. Siempre se preocupan por sus retoños —sonrió Hakuzozu—. Por cierto, deberíais ir pensando en buscar alguna "amiga especial", ¿no creéis? Después de lo que tardó el señor Nue en sentar cabeza, no estaría mal que la nueva generación se diera un poco más de prisa en dar al clan un nuevo heredero.

Rikuo se atragantó con el sake y acabó tosiendo. A Tsurara y Yura, que estaban a pocos pasos de ahí y habían oído todo, les pasó lo mismo.

—Hakuzozu, yo no... No estoy para pensar ahora en esas cosas, precisamente —Rikuo trató de mantener la compostura—. Lo primero es proteger al clan y vencer a Sanmoto Gorozaemon.

—Ya, ya, eso lo sabemos todos —rezongó Ibaraki-Doji. El feroz demonio había bebido más de la cuenta—. Pero en serio, ¿qué pasa en esta familia? De tal palo, tal astilla. Si el joven señor sale como su padre, tendremos que esperar otros cuatrocientos años para ver a un nuevo heredero.

—¡Ja! Eso en nuestro clan jamás ocurriría —se vanaglorió Aotabo. El yokai de los Nura también se había pasado con el alcohol—. Nuestros generales siempre han sabido cómo tratar a las mujeres.

—No sé yo... —murmuró Kappa. Él también se había emborrachado, pero era de los que se amodorraban en lugar de excitarse—. He oído que Setsura intentó convertir al señor Nurarihyon en cubito de hielo más de una vez. Y Rihan-sama... Bueno, cuando quería, sabía romper corazones.

Los yokai de ambos clanes empezaron a discutir entre ellos sobre cuál de sus líderes tenía un mayor sex appeal. Yura puso los ojos en blanco.

—Vamos, Rikuo, deja a esta panda de viejos verdes y vente con nosotras a... a... ¿Rikuo?

Para su sorpresa, Rikuo se había transformado de repente en su forma yokai. El kitsune siempre sabía cómo impresionar, pero en aquel momento tenía un brillo muy raro en los ojos. Tsurara también se dio cuenta.

—¿Rikuo? ¿Te pasa algo? —le preguntó la Yuki-onna.

—Discutir por discutir... ¡Bah! ¡Son todos unos aficionados! —exclamó Rikuo. Su tono de voz y sus ademanes indicaban a las claras que estaba borracho, a pesar de que sólo había bebido un vaso de sake—. ¿Por qué ir eligiendo cuando puedo tener a todas las mujeres que quiera? Empezando por estas dos bellezas...

De repente, sujetó a Yura y a Tsurara al mismo tiempo y las sentó en su regazo. Las dos chicas se pusieron rojas como cerezas.

—¡Rikuo! ¡Esto es muy atrevido! —dijo Tsurara nerviosa.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, maldito demonio? —protestó Yura enfadada.

—Oh, Yura, siempre tan tsun-tsun conmigo —Rikuo se hizo el ofendido—. ¿Por qué no puedes mostrarme un poco más de tu lado dere-dere?

—¡Vaya! ¡Una flor en cada mano! —silbó uno de los yoaki presentes—. ¡Nuestro joven señor apunta alto!

La sonrisa de Rikuo se amplió.

—¿Una flor en cada mano? ¡No me contento con tan poco! ¡Esto es sólo el principio! ¡No descansaré hasta tener el mayor harén de Japón!

—¿QUÉEEEEE? —gritaron a una Yura y Tsurara.

Para entonces, algún que otro comensal ya se había dado cuenta de que algo andaba mal con su joven señor. Incluso en su forma de kitsune, el muchacho no era tan atrevido. Kurotabo se acercó discretamente a Hakuzozu y le preguntó:

—¿Por casualidad la bebida que le has servido no provendrá de la botella que hemos traído de regalo?

—Sí, así es —confirmó Hakuzozu—. ¿Por qué lo dices?

Kurotabo se llevó una mano a la cara. Sus peores temores se habían visto confirmados.

—Era una botella de Yokai Goroshi, el licor yokai más fuerte que existe —explicó Kurotabo—. Una sola copa basta para emborrachar a un yokai normal, y los efectos suelen ser... bueno, ya lo ves...

—¿Hay alguna forma de pararlo? —preguntó Hakuzozu preocupado.

—Recomendaría una ducha de agua fría, pero no creo que se deje.

Mientras tanto, Yura trataba de zafarse de Rikuo. Su hermano Ryuji se levantó de la mesa y apuntó a Rikuo con uno de sus talismanes, despertando exclamaciones ofendidas entre los yokai.

—Borracho o no, ¡sólo yo puedo molestar a la tonta de mi hermana! —dijo el onmyoji. En efecto, él también estaba un poco borracho, aunque sabía disimularlo mejor que la mayoría de los demás—. ¡No aceptaré que Yura se case con un zorro debilucho como tú!

—¡Pero qué demonios estás diciendo, hermano! —protestó Yura.

—¿Debilucho? ¡Ja! Pelea conmigo, onmyoji. Quien gane, se queda con Yura —dijo Rikuo.

—¿QUÉ? —gritó Yura.

—Te vas a tragar esas palabras, kitsune —sonrió Ryuji.

Aotabo apareció entonces y se interpuso entre los dos.

—¡Eh! ¿Y qué pasa con Tsurara? ¿Acaso creéis que vamos a dejar que se vaya así como así con un yokai de Kioto, por muy nieto que sea de Hagoromo Gitsune? —exclamó el monje yokai.

—Ao, Tsurara hizo el ritual de la copa con él... —le dijo Kappa, pero su amigo no hizo caso.

—¡Aún así! ¡Somos como de la familia, así que si alguien debe defender el honor de Yuki-onna somos nosotros!

Tsurara quería que se la tragase la tierra, pero Rikuo sonrió aún más.

—¡Estupendo! ¡Venid todos a mí! ¡Os demostraré quién es el más fuerte de todo Japón! ¡Me quedaré con todas las mujeres del país!

—Esto no puede acabar bien... —musitó Yura con resignación.

Y estalló la pelea.

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Los ruidos de la pelea llegaron hasta la sala donde Hagoromo Gitsune y sus dos ilustres invitados tomaban el té. No les preocupó mucho. Lo único que hicieron fue subir el volumen de la radio que había en la sala, una joya de los años 40 en perfecto estado de conservación. En aquel momento estaba sonando la Novena Sinfonía de Beethoven. Era una tradición en Japón desde que prisioneros alemanes de la I Guerra Mundial introdujeran en el país la obra magna del compositor de Bonn.

—Una fiesta animada la que están teniendo —comentó Setsura despreocupadamente.

—Sí que lo es —respondió Hagoromo Gitsune en el mismo tono.

Hubo un momento de silencio, mientras Setsura trataba de encontrar las palabras para decir lo que quería decir.

—Espero que mi hija no le esté causando ningún problema —dijo la Yuki-onna.

—No, ningún problema —respondió Hagoromo Gitsune, para después añadir—. Me llevé una sorpresa cuando mi nieto me dijo que había intercambiado sake con ella. He oído hablar de esa costumbre, sí. Me resulta curioso que una jovencita que arriesgó tanto por su antiguo clan cambie sus lealtades con tanta facilidad.

Si esperaba ofender a Setsura con aquel comentario, se llevó una desilusión. La dama de las nieves asintió al escuchar las palabras de Hagoromo Gitsune.

—Para una familia aristocrática como la suya es difícil entenderlo, señora Hagoromo Gitsune, pero en las organizaciones de "honor yokai"...

—Yakuzas —interrumpió Hidemoto.

—En las organizaciones de "honor yokai" —repitió la Yuki-onna, ignorando deliberadamente la interrupción de Hidemoto—, nos guiamos por lealtades personales, no por vínculos nobiliarios. Aunque como buena hija ha seguido mis pasos, en último término Tsurara es libre de elegir a quién otorga su lealtad... o su amor.

—Veo que tienes muchas ganas de emparentar con el Clan Abe, mi querida Setsura —sonrió Hagoromo Gitsune.

Setsura trató de adoptar cara de circunstancias. Tenía que medir bien sus palabras si no quería ofender a su poderosa anfitriona.

—No se confunda, gran kitsune. No hay en mi interés ninguna intención espuria. Es sólo que tengo una larga experiencia en amores y desamores. Vuestro nieto y mi hija harían una bonita pareja que no me gustaría que se echase a perder por timidez o malentendidos. Además, he de confesar que Tsurara sería una esposa y madre mejor que yo. Podríamos concertar...

—Ejem —tosió Hidemoto con desdén.

Las dos mujeres se volvieron hacia él.

—Percibo que mi comentario no le ha gustado —dijo Setsura con frialdad —. ¿Tiene algo que añadir el señor de los Keikain?

Hidemoto se tomó su tiempo para sorber de su copa de té antes de responder. Con su parsimonia, camuflaba el hecho de que sus heridas le obligaban a vigilar cada movimiento que hacía.

—Aunque me duele reconocerlo, se puede encontrar sangre yokai en muchos sitios, pero el verdadero talento para el onmyodo es cada día más escaso —dijo el patriarca de los Keikain con pesar—. Diluir en la oscuridad la herencia exorcista de Abe no Seimei me parece una insensatez. Lo que habría que hacer es concentrarla en lugar de malgastarla, como ocurre en nuestro clan. Si las generaciones posteriores quieren procrear con seductoras demoníacas, es cosa suya. Hoy la opción correcta es la magia blanca.

—Adivino que tienes otra candidata en mente, ¿me equivoco? —dijo Hagoromo Gitsune, enarcando una ceja con expresión divertida.

—Puede ser —se limitó a responder Hidemoto.

Los tres jerarcas apuraron sus tazas de té antes de pasar a asuntos más serios.

—El último ataque de las Cien Historias demuestra que nuestro enemigo no se detendrá ante nada con tal de conseguir lo que desea —observó Hagoromo Gitsune, chasqueando la lengua—. Esos bastardos se aprovechan de nuestra falta de comunicación. A diferencia de mi hijo, no soy amiga de las novedades, pero mi nieto me ha demostrado que hay que adaptarse o morir.

—Estoy de acuerdo —asintió Setsura—. Propongo establecer un canal privado de comunicación entre nuestros tres clanes. Si surge algo relacionado con Sanmoto Gorozaemon y sus secuaces, lo pondremos en contacto con los demás.

—Hum, supongo que podemos hacer ese sacrificio —convino Hidemoto a regañadientes. Seguía sin hacerle mucha gracia colaborar con los yokai.

Hagoromo Gitsune se mostró de acuerdo con la propuesta. Los tres líderes también acordaron que intensificarían el reclutamiento y el entrenamiento en sus respectivos clanes. Una vez se le acabasen los trucos a Sanmoto Gorozaemon, el siguiente paso sería la guerra abierta. Necesitaban soldados.

—Pero no sólo los de abajo deben entrenar. Los de arriba también debemos hacernos más fuertes —señaló Hagoromo Gitsune—. Como mi nieto, que está aprendiendo técnicas yokai con Sojobo y onmyodo con los Keikain. Pero necesito más. Sería muy útil poder contar con habilidades como las del Nurarihyon, que podía volverse invisible a voluntad o crear ilusiones. Un tramposo como Sanmoto Gorozaemon jamás se esperaría eso.

Setsura negó con la cabeza.

—Lo siento, señora Hagoromo Gitsune, pero para poder utilizar las técnicas de un Nurarihyon se necesita la sangre de... un... —Setsura se detuvo en seco de repente y miró a la kitsune con ojos desorbitados—. ¿No estará pensando lo que yo estoy pensando?

La Señora del Pandemónium sonrió.

—Como he dicho, hay que adaptarse o morir.

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Había llegado la hora de regresar a casa. Tras una batalla campal, Rikuo había acabado cayendo en la fuente del jardín. El agua fría le había devuelto un poco de sobriedad, aunque también le había causado un catarro. Hacía mucho frío en Kioto aquel primero de enero.

—Uf... Lo siento mucho, chicas. No sé lo que me ha pasado —les dijo Rikuo a Yura y Tsurara mientras se sonaba los mocos.

—Tranquilo, Rikuo. No ha sido nada —dijo Tsurara.

—Para la próxima vez, ya lo sabes: ¡no bebas! —sentenció Yura.

Cuando se despidieron de todos sus invitados, Rikuo se quedó a solas con su madre en la cocina mientras esperaba a que se calentase el agua. El Gran Tengu le había recomendado una infusión contra constipados que era mano de santo.

—¿Te has divertido, Rikuo? —le preguntó su madre, pasándole una mano por el pelo con cariño.

—Sí —asintió el muchacho.

—Si tu padre te hubiese visto, juntando a yokai que antes eran enemigos, y a humanos también, se habría sentido muy orgulloso —le dijo Wakana.

—Gracias, mamá —sonrió Rikuo—. Sé que es muy pronto para decirlo y que Sanmoto Gorozaemon sigue ahí fuera, acechando, pero por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de que todo va a salir bien.

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Tokio

Rikuo no se habría mostrado tan confiado de saber lo que en aquel mismo momento estaba ocurriendo en la ciudad más grande del país. Como era habitual, muchos japoneses aprovechaban la fiesta de Año Nuevo para reunirse con sus familias. En aquel momento, un estudiante universitario en Kioto habría regresado a Tokio para una comida con sus padres y su hermano mayor. Los dos hermanos nunca se habían llevado muy bien, y aunque el mayor decía que había conseguido trabajo en un supermercado, en la familia todos sospechaban que estaba en una banda. Sin embargo, era Año Nuevo y no era tiempo para tener rencillas.

Para sorpresa del hermano mayor, su hermano menor pasó la mayor parte del día silencioso y casi recluido. Aunque nunca le había gustado que sus padres le comparasen con aquel cerebrito, seguía siendo su hermano.

—Eh, Tamaki, ¿qué demonios te pasa? No has dicho nada, ni has comido casi nada.

—No... no sabes lo que he visto... —murmuró su hermano. Parecía aterrorizado.

—Jo, tío, ni que hubieras visto a un fantasma.

Por toda respuesta, su hermano sacó un disco. Se lo mostró con mano vacilante.

—No sólo los he visto —dijo Tamaki con voz trémula—. Los he grabado.

—¿De qué demonios hablas?

El hermano menor metió el disco en el reproductor que aún acumulaba polvo en su antiguo cuarto. Había fotos y vídeos de lo ocurrido en Kioto. El hermano de Tamaki había oído algo de eso, pero suponía que había sido un atentado terrorista o algo así. Eso era lo que decía el gobierno, al menos. Sin embargo, ahora tenía ante sus ojos la prueba audiovisual de que se trataba de algo mucho más terrorífico que unos meros terroristas.

—¡Oh, por el amor de...! ¿Monstruos? ¿En Japón? ¿En el siglo XXI?

—Y eso no es todo. ¡Mira! —Tamaki señaló un punto de la grabación.

Su hermano aguzó la vista. Allí había un monstruo. Un monstruo de aspecto más humano que los demás, pero monstruo al fin y al cabo. Las personas normales no tenían cola y orejas de zorro. Para su sorpresa, de repente el monstruo se transformó en un chico humano. Aunque la imagen no tenía la mejor calidad del mundo, el hecho era irrefutable: aquellos monstruos podían convertirse en humanos. ¿O tal vez era al revés?

—¿Sabes lo que estoy pensando? —dijo el hermano mayor.

—¿Que están entre nosotros? ¿Que nos rodean? ¿Que se infiltran en nuestra sociedad para...? —empezó a decir Tamaki.

—No. Lo que estoy pensando es que con tus imágenes y mi cerebro, vamos a hacernos ricos —sonrió su hermano.


Notas adicionales:

Soy bastante despistado. ¡Mira que olvidarme de que noviembre tiene 30 días en lugar de 31! En cualquier caso, como siempre, aquí está mi actualización mensual. Muchas gracias a todos mis lectores por aguantarme un nuevo capítulo más, y gracias en especial a Suki90, Nayrael, Lonely Athena y todos los que se toman las molestias de dejar una reseña. Me animáis a seguir con ánimos el fic ;-)

* Fushimi Inari debe ser precioso en Año Nuevo, como indican las imágenes con las que me he documentado. También muy concurrido. Según The Japan Times, Fushimi Inari recibió 2,7 millones de visitantes en Año Nuevo en 2010, convirtiéndolo en el cuarto templo más visitado del país y en el primero fuera de Kanto. Es un santuario tan popular que tiene una "franquicia" de 32.000 santuarios asociados por todo Japón.

* En la víspera de Año Nuevo, Omisoka, se despide a la gente con un yoi o-toshi wo, que quiere decir "ten un buen año nuevo". Al día siguiente, sin embargo, se saluda por primera vez con un akemashite o-medetō , que significa algo así como "felicidades por el comienzo" (el comienzo del nuevo año, se entiende). Eso es lo que le dice Tsurara a su madre después de que Setsura la reprenda por no haberla saludado como corresponde.

* La botella de Yokai Goroshi aparece en los extras del último volumen del manda. Y el efecto es incluso más exagerado que aquí (sólo decir que Rikuo intenta ligarse a Mezumaru e incluso a su propia madre).

* Siempre me pareció raro que en el Japón hipertecnologizado nadie tomase fotos de yokai en Nuramago, con la de batallas campales que ha habido. Así que he aprovechado esa reflexión mía para dar un nuevo giro a la trama del fic, aunque uniéndola también con sucesos de la saga del Clan de las Cien Historias. Supongamos que los dos hermanos son dos de los muchos perseguidores humanos que tratan de dar caza a Rikuo en aquella historia.

Próximo capítulo: "Máscaras al descubierto".