Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Con Tamazuki derrotado, Rikuo y compañía pueden celebrar la llegada del nuevo año entre fiestas y alegría. Sin embargo, sin que ellos lo sepan, alguien ha conseguido grabar a Rikuo pasando de su forma kitsune a humana.


Máscaras al descubierto

El Infierno es el lugar al que todos van tarde o temprano. Es un paraje de pesadilla, imposible de describir para las mentes mortales. Sería como explicar un concierto a un sordo y ciego de nacimiento. Ni humanos ni yokai pueden escapar de la inexorable rueda del destino, incluso si estos últimos suelen alargar su estancia en la tierra un poco más. Allí esperan la purificación y renovación de sus almas, para renacer de nuevo y conti9nuar el ciclo de la vida.

No es un lugar del mal, sin embargo. El Infierno no juzga, simplemente espera. Aquellos que han sido malvados sufrirán más, aquellos que han sido mejores sufrirán menos, pero esos sufrimientos son fruto de sus propias acciones pasadas. Todos pasan por la ordalía, tarde o temprano.

Sin embargo, en un pequeño pedazo del Infierno, unos personajes de corazón negro se habían asentado de manera más o menos permanente. A diferencia del resto de almas atormentadas del lugar, ellos sí podían abrir por su propia mano la puerta que conducía de vuelta al mundo de los vivos. Dos de ellos, de hecho, la habían cruzado hacía poco, trayendo nuevas para su señor. Por desgracia, las noticias no habían sido del agrado de Sanmoto Gorozaemon, autoproclamado Rey Demonio de Japón y dueño de aquel lugar.

Encho lo sabía. El narrador del Clan de las Cien Historias había tenido que soportar la furia de su señor, que a cada día que pasaba se impacientaba más. Seguía acumulando poder desde su trono en el Infierno, pero había algo que le reconcomía: la duda. Se sabía más fuerte que cualquier otro ser de la tierra, incluyendo a esa maldita Hagoromo-Gitsune, pero le faltaba la certeza absoluta de que iba a ganar. Encho le habría explicado pacientemente que ningún plan podía tener garantizado el éxito al 100% por mucho que se esforzasen, pero su señor no quería escuchar. Sanmoto ya raramente escuchaba a nadie que no le dijese lo que quería oír.

Por esa razón suspiraba Encho, sólo en el Infierno, mientras utilizaba pequeños portales para observar lo que ocurría en el mundo de los vivos.

—Supongo que nuestro señor ha vuelto a hacer oídos sordos a tu consejo, Encho —dijo una voz a su lado.

Los ojos pintados de Encho se movieron imperceptiblemente a su izquierda. Yanagida, el buscador de historias, acababa de hacer acto de presencia. El ladino yokai había vuelto de una expedición a la Tierra, en busca de nuevo material que sumar a las fuerzas de Sanmoto Gorozaemon.

—¿Qué has traído esta vez, Yanagida? ¿Nuevas leyendas urbanas que quieren unirse a nuestras filas? —le preguntó Encho.

—Sí, eso también, pero he oído un relato que puede interesarte. Un relato que habla de un yokai que se transforma en chico.

Las palabras de Yanagida despertaron de inmediato el interés de Encho.

—Cuéntame más.

Yanagida abrió un portal, como si fuera una pantalla de ordenador. Pero en vez de ver el mundo lo que vieron fue Internet, aunque alguien habría dicho sin temor que el ciberespacio era un mundo en sí mismo. Yanagida señaló una página en concreto.

—Lee.

Según leía, la sonrisa de Encho fue ampliándose cada vez más.

—Parece que nuestros viejos enemigos se han vuelto descuidados —comentó Encho.

—Es una nueva era. Hay demasiados ojos y oídos en todas partes. No puedes controlarlos a todos —dijo Yanagida—. En cualquier caso, pensé que tal vez podrías darle un uso apropiado.

Encho asintió complacido.

—Sí, creo que sí. Una pieza más para el relato más asombroso jamás creado. Será la historia definitiva.

—La historia es secundaria, Encho. Lo primero es la gloria de nuestro señor Sanmoto —le reconvino Yanagida bruscamente, frunciendo el ceño.

—Por supuesto, Yanagida, por supuesto. Todo sea por nuestro padre —contestó Encho diplomáticamente.

Yanagida pareció satisfecho con esa respuesta, así que tras murmurar algo de una tarea pendiente se marchó, probablemente para pensar nuevas formas de acrecentar el poder del Rey Demonio. Encho se quedó nuevamente solo, aunque su cabeza bullía ahora con nuevas ideas. Tan ensimismado estaba en preparar su nuevo relato, que no se dio cuenta de que alguien había aparecido a su espalda hasta que una voz infantil dijo:

—¿Crees que sospecha algo?

Encho se puso en tensión, pero luego se relajó. Conocía muy bien aquella voz.

—Yanagida es un paranoico. Sospecha de todo el mundo —respondió Encho con una sonrisa.

—Pareces contento —observó su nuevo invitado—. ¿Buenas noticias?

—Oh, sí, las mejores. Parece que hemos encontrado una nueva herramienta para destruir al Clan Abe.

—¡Qué bien! —celebró alegremente el otro—. Los yokai de Shikoku fueron muy decepcionantes, la verdad, pero si alguien puede conseguirlo ése es sin duda Encho. Bueno, y el Primero, claro, pero él prefiere no mancharse las manos por ahora. Espero que vuestro Sanmoto sepa cumplir con su papel.

Los ojos de Encho resplandecieron con un brillo sibilino.

—Todos somos personajes en una historia. Cuando el narrador lo ordene, cumplirán su papel. Y cuando el narrador no los necesite, se deshará de ellos. Ahora vamos a ver qué nos tiene reservado el siguiente capítulo de esta historia.

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Escuela secundaria, Kioto

Las vacaciones de invierno habían terminado y era hora de volver a la escuela. La mayoría de los estudiantes japoneses acogían de mal grado este retorno a las clases y los deberes, pero Rikuo estaba exultante de energía. Habían pasado por un año difícil, muy difícil, pero ahora veía con más optimismo el comienzo del nuevo año. Había muerto gente y Sanmoto esperaba en alguna parte para lanzar su ataque final, pero también habían conseguido aliados. Enemistades centenarias habían sido restañadas, e incluso él había encontrado un equilibrio en su vida.

También creía haber encontrado algo más, pero eso ya era otra historia.

Tsurara, sin embargo, no compartía su buen humor. La Yuki-onna no paró de quejarse de camino a la parada de autobús. En opinión de la dama de las nieves, un señor yokai no debía andar perdiendo el tiempo en las clases cuando sus enemigos acechaban en las sombras.

—No es perder el tiempo. Es importante tener una buena educación —le recordó Rikuo amablemente—. Además, si no quieres, no tienes por qué venir.

—¿Y dejarte solo? ¡Ah, no, no señor! Aún recuerdo el ataque de Inugami, brrr.

—Yura también va a la escuela.

—¡Pero ella no es miembro de tu Procesión Nocturna! —Tsurara hizo una pausa—. Porque no es miembro, ¿verdad? Quier decir, no es asunto mío con quién decide el líder hacer el ritual de la copa, pero...

—Calma, Tsurara. Sólo he hecho ese ritual contigo —sonrió Rikuo.

Tsurara sonrió también, mientras un tenue rubor que no podía achacarse al frío (era una Yuki-onna, después de todo) asomaba a sus mejillas. Era importante para ella ser miembro de la Procesión Nocturna personal de Rikuo. Aunque el muchacho compartía el inmenso poder de la Procesión Nocturna de los Cien Demonios de Kioto, liderada por Hagoromo-Gitsune, para alguien criado en las reglas del honor yakuza eran mucho más importantes los lazos personales que los lazos de vasallaje.

En el autobús, Yura les saludó con su habitual aire reservado.

—Buenos días, Rikuo, Oikawa.

—¡Buenos días, Yura!

—¡Buenos días, Keikain-san!

Mientras avanzaban hacia los asientos libres de la parte trasera, al lado de Yura, otros estudiantes les miraron de reojo y empezaron a cuchichear.

—¿Qué les pasa? —susurró Tsurara.

—¿Qué? —musitó Rikuo distraído. Obivamente no se había dado cuenta de nada.

—Ni caso. Será algún rumor tonto, como siempre —le respondió Yura a Tsurara en voz baja.

Los cuchicheos del autobús quedaron aparcados en la memoria cuando llegaron a clase. Dado que en el grupo del Club Onmyoji no tenían más amigos que ellos mismos, ni siquiera se percataron de que muchos de sus compañeros no los saludaban ni les felicitaban por el año nuevo.

El primer signo de que algo iba mal llegó con el descanso. Como siempre, Rikuo se ofreció a ir a por bocadillos para aquellos que no habían traído comida de casa. Como siempre, Yura le echó la bronca por ser tan servil con los demás, una opinión que Tsurara compartía. Sin embargo, en lugar de aceptar su oferta como tantas otras veces, sus compañeros dijeron que no.

—N-no, tranquilo, Abe... Ya nos encargamos nosotros, no hace falta que te molestes —le dijo Sato, uno de sus compañeros de clase.

Rikuo volvió a su pupitre con expresión perpleja.

—¿Qué pasa, Rikuo? ¿Te has plantado por fin? —le preguntó Yura sorprendida.

—No, no, es sólo que... Bueno, parece que por hoy no les hace falta.

—Qué raro, con lo vagos que son esos... —musitó Yura—. En fin, mejor así. ¡Más vale que vayan aprendiendo que no pueden aprovecharse eternamente de la bondad de los demás!

Rikuo asintió con desgana. A él le gustaba ayudar. Por desgracia, sus ocasiones para hacerlo se redujeron a cero. De repente, nadie quería su ayuda. Desde escribir el diario de la clase, hasta llevar los libros, pasando por limpiar el suelo o ir a avisar al profesor, todas esas pequeñas tareas de las que Rikuo se mostraba tan solícito, ya no eran necesarias. O al menos su ayuda no era necesaria.

Al principio Yura y Tsurara habían visto con buenos ojos ese cambio, pero ahora ya no les hacía tanta gracia. Les dolía ver a Rikuo tan abatido.

—¿Qué está pasando? —le preguntó Tsurara a su compañera.

—No lo sé, pero vamos a averiguarlo.

Aunque Yura siempre prefería pasar desapercibida y era extremadamente educada con extraños, no se cortaba un pelo con sus compañeros de clase. Ni corta ni perezosa, se acercó directamente al grupo de Ayumi y sus amigas, que siempre estaban al tanto de todos los cotilleos, y preguntó bruscamente:

—¿Qué está pasando con Abe?

Las otras le miraron sorprendidas. Que Yura se dirigiese a ellas era una novedad. Al principio no respondieron nada, pero Yura insistió. Al final la propia Ayumi le soltó:

—¿Cómo? ¿Es que no te has enterado?

—¿Enterarme de qué? —preguntó Yura con irritación. No le gustaba que le respondiesen con preguntas.

—Del vídeo, claro. Está circulando por todos los móviles de la escuela —le explicó Ayumi.

Yura se mordió la lengua. No estaba muy al tanto de los correos de la escuela, ni tampoco era costumbre en ella abrir mensajes sin fundamento. Pero cuando examinó su móvil, descubrió que incluso ella misma había recibido aquel mensaje viral, aunque había sido clasificado como spam. A insistencia de Ayumi, decidió hacer click. Y lo que vio no le gustó un pelo.

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Sala del Club Onmyoji de Investigación Paranormal

—¿Cómo que me grabaron? —preguntó Rikuo incrédulo.

Al terminar las clases, Yura y Tsurara habían arrastrado a todo correr a Rikuo a la sala reservada a su club. Allí, lejos de ojos y oídos indiscretos, pudieron explicarle a su amigo el quid del problema. Al parecer, alguien había grabado en vídeo el final de la batalla entre Rikuo y Tamazuki. Hasta ahí no había mayor problema, aunque ciertamente había dado alas a los que creían que los yokai eran reales y habían sido los causantes de las recientes crisis en Kioto. Pero lo peor llegaba después, cuando asomaba el sol y Rikuo revertía a su forma humana. La calidad no era la mejor, pero era fácilmente reconocible.

El vídeo había sido colgado en Internet. Probablemente alguien de la escuela lo había visto, había recordado a Rikuo y había empezado a correr el rumor de que aquel chico tan simpático tenía algo que ver con la destrucción de los últimos días.

—Es culpa mía —se lamentó Rikuo—. Debería haber sido más cuidadoso.

—No es culpa tuya, Rikuo. Estabas intentando salvar a la gente —le dijo Tsurara.

—Oikawa tiene razón —asintió Yura—. Además, no creo que esto vaya a durar.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Rikuo.

Yura puso los ojos en blanco.

—Rikuo, salen rumores cada dos por tres. La gente los cree durante un tiempo, pero luego se olvidan. Además, este es especialmente fantasioso. Incluso después de lo que ha pasado, la gente no cree en los yokai, como para ponerse a pensar de repente que un chico tan majo como tú pueda ser uno.

—¡Pero es la verdad!

—Eso es lo de menos. Tú tienes que actuar como si nada hubiera pasado. Demuestra que los rumores no te afectan. En poco tiempo la gente comprenderá que esto ha sido un malentendido, o una broma muy pesada, y se olvidará del asunto.

Rikuo asintió con gravedad.

—Sí, supongo que tienes razón. Aún así, me pregunto si el Clan de las Cien Historias tiene algo que ver con todo esto.

—Un golpe bastante ridículo para ellos, ¿no crees? No, Rikuo, hay cámaras por todas partes. Tarde o temprano tenía que pasar. Hasta ahora la gente no les hacía más caso a esos vídeos que a las imágenes de platillos volantes o del monstruo del lago Ness. Esto también pasará.

Se quedaron en silencio unos momentos. Entonces Tsurara preguntó:

—¿El monstruo del lago Ness? ¿Qué es eso? ¿Algún tipo de yokai occidental?

Yura suspiró.

—Está bien, olvidémonos de esos malditos rumores y concentrémonos en las tareas del club. Hoy vamos a hablar de los espíritus y demonios occidentales.

—¿Cómo? ¿Hay yokai fuera de Japón? —se sorprendió Tsurara.

—Aún te queda mucho por aprender, pequeña saltamontes —sonrió Yura con suficiencia—. Vale, ¿alguien sabe decirme cuáles son los diferentes clanes de vampiros de la Camarilla?

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Mansión Abe

Los días pasaron, pero la profecía de Yura no se cumplió. Quizás la onmyoji había sobrestimado el escepticismo de sus compañeros de clase, o tal vez había subestimado el impacto que los ataques de Nurarihyon y Tamazuki habían tenido en el imaginario colectivo de Kioto. Los días se convirtieron en semanas, y los alumnos de la escuela seguían haciéndole el vacío a Rikuo.

El muchacho estaba deprimido. Durante años, la escuela había sido su refugio, su única esperanza de tener una vida normal frente a los intentos de su abuela para que aceptase su herencia yokai. Ahora que por fin había aprendido a conjugar la luz y la oscuridad en su vida, el destino se empeñaba en hacerle las cosas difíciles. De nada había servido haber sido un buen samaritano durante todo ese tiempo.

"Yura me lo advirtió en su día", recordó Rikuo. "Hacía muchos favores, pero no hacía amigos". Realmente, sus únicas amigas en clase eran Yura y Tsurara. Aún así, le dolía. Le dolía mucho.

Una noche se levantó de la mesa tras apenas probar bocado de su cena.

—Rikuo, ¿te ocurre algo? ¿Estás enfermo? —le preguntó Wakana preocupada.

—No, no es nada, mamá. Son sólo... problemas de clase, eso sí.

—Sabes que puedes hablar conmigo cuando quieras, ¿verdad? —le sonrió su madre.

Rikuo se mordió el labio. Estuvo a punto de responder, pero al final insistió en que no le pasaba nada y se fue a su cuarto.

Tras un minuto de silencio, Wakana dijo en voz alta:

—Le pasa algo.

—Le pasa algo —corroboró Hagoromo-Gitsune, tras dejar su taza de té vacía sobre la mesa. La kitsune cruzó los dedos—. Sin embargo, poco podemos hacer si no nos cuenta la verdad. No tenemos a nadie de los nuestros allí. Bueno, sí, tenemos al menos a una pequeña yokai. Quizás debería preguntarle a esa Yuki-onna...

—No hace falta, Kuzunoha. Ya le preguntaré yo a Tsurara-chan —se apresuró a intervenir Wakana. Temía que a la pobre dama de las nieves le fuese a dar un ataque al corazón si la interrogaba Hagoromo-Gitsune.

—Mm, está bien —meneó la cabeza Hagoromo-Gitsune, no del todo convencida. En opinión de la kitsune, su nuera era demasiado blanda con la nueva incorporación del clan. Hagoromo-Gitsune no olvidaba y rara vez perdonaba. Claro que todo el mundo sabía que ella misma malcriaba a Kyokotsu, aunque nadie se lo echaría en cara jamás—. En cualquier caso, si averiguas algo de la escuela, por pequeño que sea, avísame sin tardanza.

—¿Y qué pasa si estás en clase? —le preguntó Wakana. Aunque hacía pira a menudo, con la excusa de que tenía una constitución enfermiza, Hagoromo-Gitsune seguía manteniendo la fachada de ser la hermana mayor de Rikuo.

Hagoromo-Gitsune apretó los dientes. El momento había llegado. Era algo que había dejado pendiente desde su viaje a Shikoku, pero no podía retrasarlo por más tiempo.

—Nuera, tengo que pedirte un favor —confesó la kitsune de mala gana—. Todos los demás, fuera.

Sirvientes y otros asistentes a la cena se marcharon de inmediato. Wakana, cada vez más nerviosa, se quedó a solas con su suegra.

—¿Qué ocurre, Kuzunoha?

—Necesito tu ayuda con un tema delicado, algo que puede poner en juego mi reputación y mi orgullo. No hace falta decirte que esto debe quedar entre las dos, y que me sentaría muy mal que el secreto dejara de ser secreto, ¿entiendes?

—¡Puedes confiar en mí para lo que sea! —afirmó Wakana con una sonrisa.

Hagoromo-Gitsune frunció el ceño. La sonrisa de Wakana tenía un no-sé-qué que la hacía sentirse extraña. Algo debía tener, porque el resto de su clan e incluso su propio hijo habían demostrado ser vulnerables a aquella sonrisa. Sólo la vieja kitsune era inmune a ella. Quizás tras mil años de dolores y sufrimientos su corazón se había vuelto insensible a manifestaciones de bondad genuina.

—Está bien —suspiró la señora de los yokai de Kioto.

Sin más dilación, la kitsune sacó algo de su bolsillo y se lo enseñó a Wakana. La madre de Rikuo se acercó para ver mejor. Para su sorpresa, se trataba de un smartphone nuevo y reluciente.

—¿Cómo se utiliza uno de estos? —preguntó Hagoromo-Gitsune.

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—Hola, Abe-kun. Soy la doctora Hanada. Por favor, siéntate.

—¿Aquí? —se sorprendió Rikuo.

Al comienzo de las clases, un profesor le había dicho que se presentase a esa hora en la clase 3A. En aquel momento estaba vacía, salvo por el mismo y por una mujer joven de aspecto agradable con una larga cabellera clara. Sin embargo, pese a su tono amable, sus ojos parecían esconder algo más peligroso.

—No creo qué... Ah... No sé de qué va esto —confesó Rikuo confundido—. Sólo me dijeron que viniese aquí y...

—Calma, Abe-kun. Soy psicóloga. La junta de educación me ha pedido que venga aquí y que hable con algunos estudiantes especialmente delicados sobre los sucesos ocurridos en los últimos meses —explicó la doctora Hanada—. La escuela ha organizado estas sesiones para que los estudiantes como tú podáis enfrentaros a la tragedia de la que todos fuimos víctimas cuando esos terroristas atacaron la ciudad este verano y ahora en invierno —explicó la psicóloga en tono profesional.

—Espere, eso lo entiendo, ¿pero qué es eso de "especialmente deliucado"? —la interrumpió Rikuo, no de muy buenas maneras. Normalmente era más educado (en su forma diurna, al menos), pero estaba empezando a sentir una vaga inquietud.

La doctora Hanada trató de mostrar una sonrisa tranquilizadora.

—Bueno, los informes de la escuela dicen que tu padre murió en trágicas circunstancias cuando eras pequeño. Pensé que las recientes desgracias podrían haber hecho aflorar algún trauma del pasado...

Rikuo estuvo a punto de suspirar de alivio, aunque enseguida se contuvo. En el fondo, se sentía un poco culpable. Habían ocurrido tantas cosas que ni siquiera había pensado en lamentarse por la suerte de su padre, incluso si su muerte había provocado una reacción en cadena que a punto había estado de borrar a Kioto del mapa. Incluso su afán de derrotar a Sanmoto Gorozaemon tenía más que ver con proteger a su familia y a sus amigos que con vengar a su padre.

—No, no tengo problemas con eso. Hace tiempo que lloré a mi padre. Lo pasé mal, pero ahora ya estoy bien —dijo Rikuo.

—¿Y problemas con los compañeros? —preguntó de repente la doctora Hanada.

—¿Eh?

—Tus profesores me han dicho que últimamente tus compañeros se están portando mal contigo. Algo de un vídeo en el que te acusan de ser un... un... espera, que busco la palabra... Ah, sí, un yokai.

Rikuo se quedó mudo. ¿Es que ahora todo el mundo sabía su secreto?

—Yo no... —empezó a decir Rikuo, pero se quedó trabado. Tenía la boca seca.

—Obviamente Internet está lleno de rumores sin fundamento, teorías de la conspiración y esas cosas, pero la verdad es que me preocupa más que puedas estar sufriendo alguna clase de acoso escolar. Mi mejor amiga es profesora y trabaja en una escuela secundaria como esta en Ukiyoe, cerca de Tokio, y me ha hablado de casos parecidos. Si necesitas hablar, puedes confiar en mí. Estoy aquí para ayudarte.

Era una oferta sugerente, pero Rikuo no abandonó la prudencia. Si quería conservar su doble identidad, tenía que andar con pies de plomo.

—No... No hace falta. Ya tengo a gente con la que hablar de ello —dijo el muchacho.

—¿Como tu madre? —atacó la psicóloga.

Rikuo acusó el golpe y se quedó callado.

—He hablado con tu madre antes de empezar esta sesión. No sabía lo que estaba ocurriendo —le informó la doctora Hanada—. La he invitado a participar y ha dicho que vendrá aquí en unos momentos. De hecho, esperaba empezar esta sesión con ella, pero parece que se está retrasando.

Rikuo se puso en tensión, a punto de saltar de su asiento en cualquier momento.

—Perdone, pero pensaba que los psicólogos tenían que mantener la confidencialidad sobre sus sesiones. Esto no me parece muy regular... —comentó Rikuo con el ceño fruncido. Se olía gato encerrado.

—Estamos pasando por unos momentos difíciles. A veces hay que tomar medidas valientes para ayudar —se defendió la doctora Hanada sin perder su sonrisa.

—Lo siento, pero esto prefiero discutirlo en privado con mi familia. Buenas tardes —se despidió Rikuo, levantándose de su asiento.

—¿Tienes miedo de que se sepa la verdad, Abe-kun? —le preguntó la doctora Hanada. Su tono se había vuelto más duro, ya no sonaba tan amable como antes. Incluso sus ojos se habían vuelto más acerados.

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

—Adelante —dijo la psicóloga (si es que era una psicóloga, algo de lo que Rikuo cada vez tenía más dudas) con una sonrisa triunfal.

Rikuo tragó saliva. Quería mucho a su madre, pero Wakana no era lo que se podía llamar una persona astuta. Quizás era el efecto de tantos días sufriendo la malediciencia de sus compañeros, pero ni él mismo se veía capaz de hacer frente a un interrogatorio tan insidioso como aquel, y mucho menos su madre. Sin embargo, para sorpresa de ambos, quién abrió la puerta fue una pálida figura envuelta en negro.

—Perdona, ¿pero quién eres? Estaba esperando a otra persona —preguntó la doctora Hanada, visiblemente confundida.

—Buenas tardes, me llamo Abe Kuzunoha. Soy la hermana de Rikuo —se presentó Hagoromo-Gitsune, haciéndose la niña buena—. Madre me ha pedido que lleve a Rikuo de vuelta a casa.

—Yo soy la doctora Hanada. Confiaba en tener una charla con la señora Abe sobre... —empezó a decir la psicóloga, pero la kitsune la interrumpió en el acto.

—Madre ha dicho también que no hable con nadie que no pueda demostrar que es un doctor reconocido por el ministerio. ¿Tiene su título aquí, "doctora Hanada", o algún documento que acredite su profesión?

—Eh... Yo no... —balbuceó la mujer.

Rikuo sintió claramente cómo el nivel de "miedo" de su abuela subía imparable, impregnando la habitación entera. Incluso una humana normal como la doctora Hanada debía estar experimentando ese escalofrío característico de cuando uno se enfrenta a una oscuridad inmensa.

—Lo suponía —dijo Hagoromo-Gitsune en tono displicente—. Vámonos, Rikuo. Dejemos que esta "doctora" siga con su trabajo.

La mujer aún seguía paralizada cuando se despidieron y se fueron de la clase.

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Durante todo el trayecto a la Mansión Abe, Hagoromo-Gitsune no dijo ni una sola palabra. Rikuo tampoco. Había llamado a Yura para decirle que ese día no iría al club. Tsurara se había ofrecido a volver con él, pero una mirada de Hagoromo-Gitsune había bastado para hacerle comprender que no era una buena idea invitar a la Yuki-onna. Al final se habían montado en una limusina propiedad de la familia y minutos después entraban en los terrenos de la casa.

Aún tuvo que esperar varios minutos a que su abuela se sentase en el salón y pidiese un té antes de que pudieran hablar a solas.

—¿Sabes qué has hecho mal, Rikuo? —le preguntó Hagoromo-Gitsune de sopetón.

—No he sido lo suficientemente cuidadoso. He dejado que me vieron en mi transformación, y peor aún, que me grabaran. Es un fallo imperdonable después de lo que aprendimos de los espías del Nurarihyon. He puesto en peligro a...

Su abuela alzó la mano para mandarle callar. Rikuo cerró la boca.

—No, no es eso —dijo la señora de los yokai de Kioto con dureza—. Tu error ha sido no contárnoslo de inmediato. ¿Verdad, nuera?

Rikuo se dio la vuelta. Su madre había aparecido en el otro extremo del salón.

—Verdad, Kuzunoha —asintió Wakana. Su perenne sonrisa parecía más endeble que otras veces—. Rikuo, ¿por qué no nos lo has contado? Con razón tenías tan mala cara estas últimas semanas...

—Supongo que a tus dos "amiguitas" sí se lo contaste, ¿no? Esa terca Yuki-onna se negó a soltar prenda cuando le preguntamos.

Rikuo asintió. Era un alivio tener dos amigas tan buenas como Yura y Tsurara.

—Lo siento, yo... Pensaba que con el tiempo la gente se olvidaría de esto —reconoció el muchacho avergonzado.

—Pues no se están olvidando. ¿No lo notas, Rikuo? El miedo está creciendo —le dijo Hagoromo-Gitsune.

—¿A qué te refieres, abuela?

La kitsune bebió de su taza con parsimonia antes de continuar. Lo que iba a decir requería una larga explicación.

—Rikuo, tú no conoces cómo eran los viejos tiempos para los ayakashi. La gente creía en nosotros. No era como ahora, que nos consideran criaturas legendarias o cuentos para niños. Entonces, su miedo nos daba fuerzas. Hace más de un siglo que ya no es así, pero como el Clan Abe es fuerte nos mantenemos. Otros ayakashi no tienen tanta suerte.

—Pero las leyendas urbanas... —objetó Rikuo, acordándose del Clan de las Cien Historias.

—Las leyendas urbanas son ayakashi rastreros que no duran ni un suspiro —bufó Hagoromo-Gitsune con desdén—. Cuando se les olvide, perderán todo su miedo y desaparecerán. Nosotros somos de la sangre de los kitsunes, tan eternos como Inari. No es lo mismo.

—Sigo sin entender lo que quieres decirme, abuela.

Hagoromo-Gitsune suspiró. Ya era difícil explicarle algo así a un ayakashi que no había vivido antes de la era Meiji, pero además Rikuo sólo tenía un cuarto de sangre de kitsune. Conocimiento que era instintivo para otros ayakashi jóvenes, para él era totalmente obtuso.

—Lo que quiero decir es que el poder de los ayakashi de todo Japón está aumentando, Rikuo —le explicó su abuela—. No tanto como en los viejos tiempos, desde luego, pero por primera vez en muchos años, los humanos vuelven a tener miedo de la oscuridad. No muchos humanos ni tampoco mucho miedo, pero es sólo el principio. La mascarada que llevamos décadas manteniendo se ha ido rompiendo con las guerras del Nurarihyon y de ese Tamazuki.

—Aún así es raro que la gente crea tan fácilmente en un vídeo de Internet —señaló Rikuo.

Su abuela asintió. Sí, los dos pensaban en lo mismo.

—No podemos descartar que Sanmoto o alguno de sus lacayos hayan "ayudado" a propagar el mensaje. Sin embargo, no habrían tenido tanto éxito de no estar la situación como está. Tiemblo de pensar lo que puede ocurrir si Sanmoto Gorozaemon logra su propósito.

—Me sorprendes, abuela. Creía que preferías una nación dominada por yokai —comentó Rikuo.

—Y la prefiero, por supuesto. Pero no soy tonta. Cuando los humanos tienen miedo, se vuelven idiotas, y como son idiotas atacan lo que no pueden comprender. En los viejos tiempos abundaban los ayakashi, sí, pero también los exorcistas y los cazadores de monstruos. Hoy en día sólo quedan viejos vestigios, como nuestros vecinos Keikain, esos apolillados Tsuchimikado, o (los dioses nos libren) los Gokadoin. Pero si los humanos volviesen a creer en los ayakashi, retomarían sus bárbaras prácticas del pasado. Lo de hoy sólo ha sido un adelanto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Rikuo. Desde luego, aquel no era su día. Quizás necesitaba comer más azúcar, porque su mente iba demasiado lenta.

Hagoromo-Gitsune le dirigió una de sus características miradas penetrantes.

—¿De verdad crees que esa "doctora" era real? El Gran Tengu tiene sospechas fundadas de que se trata de una agente del gobierno. Naicho o Koanchosa-cho, no estamos seguros, pero en todo caso son malas noticias. Llevan semanas indagando por la zona y supongo que el rumor de que un niño podía estar relacionado con esos "ataques terroristas" ha despertado su atención.

Rikuo se hundió en su asiento. Después de todo lo que había vivido, lo último que se le había pasado por la cabeza era que el gobierno estuviese investigando sobre él. Su madre le abrazó, tratando de reconfortarlo.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Rikuo.

—Tú ahora vas a tomar un baño caliente, vas a cenar bien y vas a dormir —sentenció Hagoromo-Gitsune—. Mañana será otro día. Y la próxima vez que ocurra algo así, habla con tu madre o conmigo. Somos tu familia. Estamos aquí para ayudarnos los unos a los otros. Esa es la fuerza del clan.

—Lo siento —Rikuo agachó la cabeza.

—En cuanto a los perros del gobierno, ya veremos. De momento, no haremos nada que pueda llamar su atención. Si no... Bueno, los Keikain tienen contactos con el gobierno regional. Preferiría tragarme un barril de clavos antes que pedirles ayuda a esos chacales, pero por mi familia soy capaz de lo que sea.

Rikuo sonrió. Sí, así era su abuela. Entonces Hagoromo-Gitsune se puso seria.

—Sin embargo, es hora de empezar a actuar en vez de reaccionar. No podemos esperar a que Sanmoto Gorozaemon dé su próximo paso. Voy a convocar una Gran Asamblea, como no se ha convocado en siglos.

—¿Qué es una Gran Asamblea? —preguntó Rikuo.

—A pesar de los intentos de ese bastardo del Nurarihyon, sigo ostentando el título de Señora del Pandemónium. Nadie es más fuerte que yo y nadie puede resistirse a mis órdenes. En teoría, claro. En la práctica, muchos temen el poder de Kioto, pero no nos hacen caso. Puedo convocar a los grandes líderes de las familias ayakashi del país. Algunos vendrán, aunque sólo sea por curiosidad. La mayoría, sin embargo, no lo hará. Si queremos que la Gran Asamblea tenga algún viso de legitimidad, necesitamos más abanderados para la causa.

—Vaya, abuela, esa no parece una idea tuya —sonrió Rikuo.

—No, no lo es. Es de Sojobo —reconoció Hagoromo-Gitsune sin ambages—. Personalmente, creo que nos bastamos y sobramos para acabar con Sanmoto y sus secuaces, pero no negaré que la vía diplomática tiene sus ventajas. Principalmente, que así morirá menos gente de nuestro clan. Pero no es mi fuerte. Y ahí es donde entras tú.

—¿Yo?

—Sí, Rikuo, tú. Como tu padre, se te dan bien estas... cosas —Hagoromo-Gitsune arrugó el entrecejo. Era evidente que desaprobaba aquellas maneras tan "pacíficas" de resolver problemas—. Cuando acabes el curso, tendrás varios días libres. Quiero que los aproveches para viajar al este y convencer a los Nura y a la aldea de Toono para que nos de su apoyo en la Gran Asamblea. Todo el mundo sabe que nos hemos odiado durante siglos, así que si nos ven juntos no tendrán más remedio que admitir que nos enfrentamos a algo más que a una simple pelea por el poder.

Rikuo se preocupó al oír aquellas palabras.

—¿De verdad crees que Sanmoto es tan peligroso, abuela?

—No conoces las sutilezas del "miedo" todavía, Rikuo. Quizás en Toono puedan darte algunas clases avanzadas al respecto —sonrió sibilinamente Hagoromo-Gitsune—. En cualquier caso, recuerda que tu padre, el hombre más poderoso que jamás haya existido, se sacrificó para detenerlo. Eso te dará una idea de lo peligroso que es.

Rikuo sospechó que había algo más detrás de las palabras de su abuela. Aún tenía mucho que comprender acerca de la naturaleza del "miedo". Primero había creído que era un mero poder sobrenatural, luego había aprendido que se trataba de un recurso que se podía acumular o cambiar de manos, pero se ve que aún le quedaba mucho por descubrir.

En cualquier caso, ya había pasado por demasiadas emociones aquel día. Siguiendo el consejo de su abuela, se duchó, cenó y se metió en la cama. Espías del gobierno, amenazas en la sombra, una Gran Asamblea en el futuro... Curiosamente, lo que más le emocionaba era la posibilidad de viajar. Apenas había salido de Kansai.

"Tengo ganas de ver Tokio", pensó Rikuo. Y se durmió con una sonrisa en la boca.


Notas adicionales:

¡Feliz Año Nuevo a todos! Ay, dios, esto me pasa por estar más al tanto de los excesos navideños que de mis "deberes". Espero haber llegado a tiempo de que esto aparezca en Nochevieja antes que en Año Nuevo. No quiero romper mi promesa. En cualquier caso, bienvenidos a un mini-arco de unos cuatro capítulos en los que Rikuo hará un tour por Japón para recabar aliados. Y después, sí, por fin, la batalla final contra Sanmoto Gorozaemon. Gracias a Nayrael, Suki90, Lonely Athena, Dennou, Corazón de Piedra Verde y los otros muchos lectores y reseñadores que me han animado a llegar hasta aquí. ¡Gracias!

* No sé sin en el universo de Nuramago existirán monstruos y demonios en otros países. Prefiero asumir que sí, es más interesante, pero no veremos a ninguno por aquí salvo en referencias. Por cierto, un no-premio a quien responda la pregunta de Yura: ¿qué es la Camarilla y qué clanes de vampiros la componen?

* Una cosa que me duele del canon pero que he de respetar es que Rikuo nunca se confiesa a su madre. Cuando llega la batalla final contra el Nue en el manga, Wakana prácticamente tiene que arrastrarle para tener unas palabras. Y ni siquiera podemos asumir que es sólo porque el manga se centra más en la acción y no en las escenas íntimas, ya que Kappa confirma en ese mismo capítulo que es raro ver a madre e hijo juntos.

* ¿Os acordáis cuando Ryuji dijo que Hagoromo-Gitsune debería comprarse un smartphone? Bueno, por fin ha ocurrido xD

* La "doctora Hanada" es un nombre falso, pero el personaje no lo es. Es Ayako, del capítulo 138 del manga. Ella y su amiga Mana fueron atacadas por la leyenda urbana Tooryanse. En el manga, Mana se salvó y se convirtió en la profesora de Rikuo. ¿Pero qué hubiera pasado si Ayako se hubiese salvado, aceptando que en este universo Seimei y Rihan actuaron con más desvelo para aniquilar a las leyendas urbanas? Bueno, aquí tenéis mi versión.

* Naicho (acrónimo de Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete, que responde únicamente al Primer Ministro) y Kōanchōsa-chō (Agencia de Inteligencia de Seguridad Pública) son dos de los principales servicios de inteligencia de Japón. A diferencia de Jōhōhonbu (Cuartel General de Inteligencia de Defensa), operan con asiduidad en suelo japonés (de hecho se les critica mucho por eso).

Próximo capítulo: "Historias de amor en Tokio". ¡Sí señor, volveremos a ver a Kana! :-)