Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Un vídeo que muestra a Rikuo en sus formas humana y yokai recorre Internet, haciendo que muchos compañeros de clase le empiecen a mirar con malos ojos. Cuando se inmiscuye una agente del gobierno, Hagoromo-Gitsune decide enviar a su nieto a recabar apoyos para la Gran Asamblea que piensa convocar.
Historias de amor en Tokio
—¡Tokio!
Tsurara se incorporó de su asiento y observó con ojos brillantes el paisaje urbano que se acercaba más y más. Habían cogido el tren bala por la mañana y en poco tiempo habían llegado a la capital del país. La "verdadera" capital, como se había encargado Tsurara de recordarles a todos. Aunque la Yuki-onna no tenía especial interés en los asuntos humanos, había despertado en ella parte de su orgullo tokiota.
—Nunca he estado en Tokio —reconoció Rikuo.
—Yo normalmente no salía de Ukiyoe —admitió Tsurara—, pero las veces que he ido a Tokio siempre me ha impresionado. Es una ciudad tan grande, tan moderna, tan brillante... Sin embargo, no es un buen lugar para yokai. Demasiadas personas. Y jamás hay oscuridad total, ni siquiera a la noche.
—¿Demasiados letreros de neón, supongo?
—Sí. Me hacen daño a la vista. Si algo me ha gustado de Kioto, es que los humanos son más cuidadosos con esas cosas. ¡Pero estoy seguro de que Tokio te gustará mucho, Rikuo! ¡Y Ukiyoe aún más!
El muchacho sonrió.
—Entonces tendrás que darme una visita guiada.
—¡Desde luego! —asintió enérgicamente Tsurara—. Aunque no sé si las atracciones para yokai gustarán a todos los presentes en este vagón...
—¿Algún problema? —interrumpió Yura.
La joven onmyoji estaba sentada a su lado, leyendo una guía de viajes sobre Tokio con aspecto concentrado. Para ella era su primer viaje fuera de Kansai, y no quería parecer una turista despistada. Sin embargo, no podía dejar pasar aquel comentario de Tsurara.
—Te recuerdo que esta es una alianza a tres, no a dos —le dijo Yura a la Yuki-onna—. Los Keikain no vamos a dejar que los yokai nos dejen a un lado. Si va a haber una negociación, debemos estar presentes.
—¿Quién ha hablado de negociación? —respondió Tsurara—. Esta es una visita de cortesía para invitar a mi... antiguo clan a la Gran Asamblea que convocará la señora Hagoromo Gitsune, nada más. Es un asunto exclusivo de los yokai.
—Claro, y la visita programada a Toono tampoco implica ninguna negociación, ¿verdad? No, si queréis la ayuda de nuestros onmyoji, tendréis que aceptar nuestra presencia en cualquier acuerdo que se firme —repuso Yura, repitiendo punto por punto las palabras que había dicho su abuelo cuando le dio permiso para participar en aquella curiosa expedición.
—Ya, porque los Keikain no hicieron planes en secreto mientras nosotros los yokai luchábamos contra Tamazuki y los suyos, ¿no? —contestó Tsurara.
Antes de que la sangre llegara al río, Rikuo intervino para poner paz.
—Tranquilas, todo saldrá bien. Somos aliados. Los Keikain tienen derecho a intervenir, pero también deben comprender que en el mundo yokai las cosas se hacen de otra forma.
Las dos chicas asintieron a regañadientes. Tsurara suspiró con resignación.
—Aún así, no me gusta viajar con carabinas.
Yura volvió a enfadarse.
—¿Lo dices por mí, Yuki-onna?
—No, tú no, Keikain. Como si no hubiésemos estado los tres juntos durante todo el curso. No, lo digo por ellos...
Tsurara señaló a otra parte del vagón. Allí, cuatro figuras estaban sentadas frente a frente, con cara de pocos amigos.
Después de todo lo que había ocurrido el año pasado, ni Hidemoto 27º ni Hagoromo-Gitsune iban a permitir que nadie hiciese daño a sus respectivos nietos. Por eso, tanto por parte de los Keikain como por parte de los yokai de Kioto habían mandado guardaespaldas a proteger a los menores de edad en su viaje a Tokio y más allá.
Los yokai de Kioto tenían el problema de la falta de gente que se pudiese camuflar adecuadamente. Hakuzozu y Gashadokuro habrían dado un brazo por acompañar a su joven señor, pero eran incapaces de hacerse pasar por humanos. Kyokotsu sí podía, pero era demasiado joven como para hacer de guardaespaldas. Por eso, los elegidos habían sido el piadoso Shokera y el irascible Ibaraki-Doji. Esta último insistía en llevar la mitad de la cara tapada con su lápida de madera, así que había decidido llevar una capucha para disimular. Aunque le daba un aspecto de gamberro, al menos parecía humano.
En cuanto a los Keikain, Hidemoto había decidido mandar a dos de sus mejores exorcistas. Para irritación de Yura, estos no eran sino Ryuji y Mamiru. No tenía nada contra su primo, pero antes habría preferido viajar con otro yokai que con su hermano mayor.
Akifusa se habría presentado voluntario, pero el joven albino estaba fabricando espadas en algún lugar indeterminado de Japón. Además de acompañar a la delegación de los yokai de Kioto, la misión de los tres Keikain consistía también en reunirse con Akifusa y recabar las armas que había forjado.
En aquel momento, los dos grupos de guardaespaldas se miraban con mal disimulada irritación. Bueno, al menos Ibaraki-Doji y Ryuji lo hacían. Shokera estaba demasiado ocupado leyendo una biografía de Ignacio de Loyola y Mamiru permanecía tan inexpresivo como siempre.
—Huelo sangre —murmuró Ibaraki-Doji, sin apartar la vista de Ryuji.
—Quizás es que no te has bañado en varios meses —sugirió el onmyoji con una sonrisa torcida—. Porque si te refieres a la mía, no la olerás en la vida.
—¿Me estás retando, piltrafilla? No estás a la altura.
—Cierto. Desde mi posición, rebajarme al nivel de microbios como tú es casi imposible.
Tsurara puso mala cara.
—No irán a destrozar el tren ahora, ¿verdad?
—No, no lo creo. Pero cuanto antes salgamos del tren, mucho mejor —susurró Yura.
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Ukiyoe
Sin apenas tiempo de contemplar las maravillas de Tokio, los siete cogieron un tren a Ukiyoe, donde les esperaba un recibimiento inesperado.
—¡Keikain! ¡Aquí, estamos aquí! —les llamó alguien a lo lejos.
Ibaraki-Doji y Ryuji abandonaron al momento su duelo de miradas y se pusieron en guardia, pero Yura les tranquilizó. Reconocía aquella voz: se trataba de nada más y nada menos que de Kiyotsugu, el presidente del Club de Detectives de lo Sobrenatural Kiyo Cruz. Y no estaba solo.
Venía con él su segundo, Shima. También estaban allí la enérgica Maki Saori y su amiga de ojos de gato, Torri Natsumi. La última era Kana Ienaga, la chica a la que Rikuo (en su forma yokai) había salvado de las garras de Ungaikyo, el malvado Espejo Púrpura.
—¡Los Kiyo Cruz! ¿Pero qué hacéis aquí? —preguntó Yura intrigada, hablando en nombre de sus amigos—. Pensaba que habíamos quedado mañana para...
—Lo sé, lo sé, pero cuando supe que veníais a Ukiyoe no pude contenerme. ¡Tenía que venir a saludaros! Nos ayudasteis mucho con el asunto del espejo y queríamos dar un buen recibimiento a nuestros camaradas del Club Onmyoji de Investigación Paranormal. ¿No es así, chicos?
—A mí no me mires —rezongó Saori—. Ay, me habría encantado ir a la playa...
—Esta Maki, siempre tan bromista —sonrió Kiyotsugu, pasando olímpicamente de las quejas de su compañera—. Por cierto, si no habéis pensado aún donde alojaros, os ofrezco mi humilde morada. Mi abuelo tenía en ella un archivo privado que seguro que...
—Gracias, pero no hace falta —le interrumpió Yura tan amablemente como pudo—. Oikawa es de Ukiyoe y ya nos ha ofrecido su casa. De hecho íbamos ahora hacia allí.
—¡En ese caso, os acompañaremos hasta dejaros sanos y salvos en vuestro destino!
Yura no podía decir que no, así que aceptó su oferta con resignación. Los dos grupos se pusieron en marcha, con los presidentes a la cabeza. Al principio los miembros del Club Kiyo Cruz observaron con extrañeza a los acompañantes de sus tres amigos, pero Rikuo y Yura les explicaron que se trataba de familiares que venían a Tokio con ellos y que también habían sido invitados a casa de Oikawa. En cualquier caso, tanto Ibraki-Doji y Shokera como Ryuji y Mamiru prefirieron guardar las distancias y escoltar a sus protegidos desde una distancia prudente. Tampoco tenían muchas ganas de charlar.
Durante el trayecto, Kiyotsugu inquirió sobre sus planes en Tokio.
—No pensamos pasar mucho tiempo —admitió Yura—. Queremos aprovechar los días libres antes del inicio del nuevo curso para visitar varios sitios. Después de Ukiyoe iremos a Toono...
—¿La Toono de las leyendas? ¿La capital del folklore de Japón? —la interrumpió Kiyotsugu.
—La misma. Luego subiremos al monte Osore.
—¡El monte Osore! ¡Ah, qué envidia me dais, Keikain! Ya me gustaría a mí organizar un viaje así para expandir mis conocimientos del mundo yokai, pero entre que mi club es un poco desorganizado y que aún me queda mucho trabajo que hacer aquí, especialmente con la página web, me temo que no va a poder ser.
—Supongo que en Tokio no faltarán las historias de yokai —comentó Yura.
—Cierto, cierto. Las regiones de Chugoku, Tohoku, Shikoku y, por supuesto, Kansai son las que tienen más yokai, pero en Kanto no nos faltan. Además, últimamente se está observando un incremento en las historias de leyendas urbanas. Se están volviendo muy populares.
Yura sintió un escalofrío. Recordaba perfectamente que Sanmoto Gorozaemon era el experto en leyendas urbanas.
—Hablando de rumores, hay algo de lo que me gustaría discutir contigo, Keikain —Kiyotsugu se adelantó un poco más y comprobó que sus respectivos compañeros estaban charlando animadamente entre ellos, ajenos a lo que decían los dos presidentes—. Supongo que has oído hablar de ese vídeo, ¿verdad? Ese en el que un yokai se convierte en una persona muy parecida a tu amigo Abe.
—Sí, lo conocemos. A Rikuo le ha causado muchos problemas en clase —dijo Yura en tono cortante.
Kiyotsugu asintió.
—Lo imagino. Nosotros también estamos muy afectados. Especialmente Kana. Es una chica muy sensible y cuando vio aquel vídeo se quedó de piedra. Siempre le han dado miedo los yokai, pero esto...
—¿A dónde quieres llegar a parar?
—No es que dude de tus amigos, Keikain, pero me preguntaba si no... si no habría algo de verdad detrás de toda esa historia.
Yura se plantó. Miró a los ojos a Kiyotsugu tan seriamente que el muchacho empezó a ponerse nervioso.
—Soy una onmyoji Keikain. Mi familia ha estado luchando contra las fuerzas de la oscuridad desde antes de que se fundara Tokio. Créeme, si Rikuo fuese un peligro para alguien, no sería su amiga.
Kiyotsugu frunció levemente el ceño. No era exactamente la respuesta que esperaba, pero al final se encogió de hombros.
—De acuerdo, Keikain. Tienes razón. Ahora pasemos a asuntos más importantes. ¿Tú quién crees que ganaría en una pelea de fuego contra fuego, un furaribi o un ubagabi?
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Casa Nura
Cuando los Kiyo Cruz les dejaron frente a la mansión, se produjo otra emotiva reunión.
—¡Yuki-onna!
Muchos yokai de la casa principal salieron a recibir a sus huéspedes. O mejor dicho, a Tsurara. Hacía mucho tiempo que no la veían, y todos le tenían mucho cariño. Aunque las noticias de que había decidido intercambiar copas de sake con el nieto de Hagoromo-Gitsune no habían sido del agrado de todos, los pequeños yokai de la casa la recibieron con los brazos abiertos.
—¡Calma, clama, que me vais a tirar al suelo! —protestó Tsurara entre risas.
—Es que te quieren mucho —comentó Rikuo con una sonrisa.
—¿Tú crees?
—El nieto de Hagoromo-Gitsune tiene razón, Yuki-onna —dijo un hombre que acababa de salir por la puerta—. Bienvenida a casa.
—¡Kubinashi!
El yokai asesino de las cuerdas sonrió mientras Tsurara iba a su encuentro. A diferencia, de Kurotabo , Aotabo y Kappa, él no había ido a Kioto a ayudar al Clan Abe. Claro que tenía razón. Un poco por detrás de él, apareció Kejoro, completamente recuperada de su escarceo con la muerte tras su paso por el Nuega-ike. La última vez que Rikuo la había visto, la hermosa mujer había estado en unas condiciones lamentables, a un paso del más allá, pero ahora parecía completamente recuperada.
—¡Kejoro! ¿Cómo te encuentras? ¿Bien? ¿Y cómo es eso de ser la "señora de Kubinashi"? —le preguntó Tsurara guiñándole un ojo.
—Oh, es un placer que no te puedes imaginar —Kejoro le devolvió el guiño.
—¡Sí, ya era hora de que Kubinashi diera el paso! —se les unió Aotabo con una sonora carcajada. Kurotabo, más discreto, le seguía por detrás, al igual que Kappa.
—Sí. Quizás debería meterme en situaciones de vida o muerte más a menudo, parece que sirven para soltarle la lengua a este cabezota...
—No digas eso ni en broma, Kejoro —musitó Kubinashi, poniéndose rojo.
Tsurara se rió. Era un placer estar de nuevo con los suyos. Rikuo la miró con expresión triste. Él no formaba parte de aquel mundo.
—¿Qué ocurre, Rikuo? —le preguntó Yura, al notar su expresión melancólica.
—No es nada —respondió Rikuo sin ganas de entrar en detalles.
—Sí que lo es.
—No lo es.
—Que sí.
—Que no.
—Rikuo... —Yura entrecerró los ojos.
El chico suspiró. A cabezota sólo le podía ganar Yura.
—Es Tsurara. Sé que en Kioto ha pasado por momentos duros, pero ahora que estamos aquí me doy cuenta... Esta es su casa, su familia. Aquí la quieren. Me siento culpable por haber hecho que se quedase en Kioto.
—Fue su decisión, ¿no? —repuso Yura—. Ella sabrá lo que hace.
—Pero...
—Todos tenemos que vivir con las consecuencias de nuestras decisiones, Rikuo. Y esto no es una tragedia. Al menos Oikawa puede volver cuantas veces quiera para visitar a los suyos —señaló Yura, algo dolida.
Rikuo se sintió aún más culpable que antes. ¡Claro, cómo podía haberlo olvidado! Aunque Yura había crecido arropada por el cariño de su extensa familia de onmyoji (descontando a su hermano mayor, pero eso era otro cantar), había perdido a sus padres cuando aún era muy pequeña. Su amiga de la infancia nunca había querido entrar en demasiados detalles, pero Rikuo sospechaba que había sido obra de yokai. Que fuese amiga suya después de todo lo que había pasado era una de las razones por las que Rikuo agradecía haber conocido a Yura. Su amistad era más fuerte que el acero.
En ese momento apareció Gyuki, el señor del monte Nejireme. Aunque oficialmente el Clan Nura seguía sin líder y el asiento que antes perteneciese a Nurarihyon permanecía vacío, en la práctica Gyuki había tomado las riendas de la familia.
—Bienvenidos, amigos de Kioto. Señor Abe, señora Keikain, estábamos esperando su llegada. Esta noche celebraremos una asamblea general para tratar de los asuntos importantes. Mientras tanto, les ruego que acepten nuestra humilde hospitalidad.
—Es un honor estar aquí, gran Gyuki —Rikuo se inclinó con deferencia.
—Lo mismo digo de parte de los Keikain —Yura imitó a su amigo.
—¡No te inclines tanto, enana! ¡No te olvides de que es un yokai! —interrumpió Ryuji, rompiendo la magia del reencuentro.
Gyuki le dirigió una mirada de soslayo.
—Ah, sí, el señor Ryuji Keikain, si mi memoria no me falla. Y esos que le acompañan deben ser Mamiru Keikain y los honorables Shokera e Ibaraki-Doji. Tenemos alojamientos para ustedes, por supuesto. Espero que sean de su agrado.
—Hum, mejor que así sea... —bufó Ryuji. No estaba acostumbrado a que los yokai se plegaran tan rápidamente a sus deseos.
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—Sabía que había gato encerrado —musitó Ryuji cuando vio el alojamiento.
La casa principal de los Nura era una mansión muy antigua, algo roñosa, que había aguantado a duras penas el paso del tiempo. Con unos cuantos arreglos, no habría desentonado en Kioto. De hecho, llamaba más la atención allí, en la ordenada y pulcra zona residencial de Ukiyoe. Sólo le faltaba poner un letrero que dijera "aquí viven yokai". O eso pensaba Ryuji, claro que era un paranoico en cuestiones sobrenaturales.
La habitación a la que le habían llevado no tenía en principio nada de especial. Era una gran sala cubierta de tatami, con puertas correderas y armarios para los futones. En la casa ancestral de los Keikain había sitios así. El problema era que iban a tener que compartir aquella habitación con muchos otros yokai. Muchos otros.
—¿Qué significa esto? —le preguntó Ryuji a la criada que les había llevado hasta allí—. ¿Por qué los demás tienen habitaciones propias, pero Mamiru y yo tenemos que compartir espacio con estos monstruitos?
—¡Lo siento mucho! —exclamó la pobre criada, que temblaba como un flan. Cuando le habían ordenado escoltar a los dos peligrosos exorcistas, casi le había dado un infarto—. Con motivo de la asamblea, varios altos cargos del clan van a quedarse a pasar la noche en la mansión, y no tenemos espacio para todos.
—Pero mi hermana y sus amiguitos...
—Por supuesto, el joven señor de los Abe y la joven señora de los Keikain tienen habitaciones propias, ¡faltaría más! Somos yokai, pero nos tomamos la hospitalidad muy en serio. En cuanto a Yuki-onna, ella se queda con su madre, la señora Setsura.
—Ya, ¿y los dos demonios de Kioto que nos acompañaban? ¿También van a dormir con sirvientes?
—Oh, no, claro que no. Tienen que compartir la misma habitación, sí, pero son grandes lugartenientes de Kioto. Otra cosa sería un insulto a la señora Hagoromo-Gitsune.
Una vena parecía a punto de estallar en la frente de Ryuji.
—¿E insultar a los onmyoji Keikain sí os parece bien?
—¡Lo siento muchísimo! ¡No tenemos habitaciones suficientes! ¡Había que priorizar! ¡Muchos de los nuestros también han tenido que dejar sus habitaciones por esta noche! —La criada tragó saliva ruidosamente—. ¡Por favor, señor onmyoji, no me exorcice!
—¿Qué hacemos, Ryuji? —le preguntó Mamiru sin el más leve atisbo de emoción.
—Déjalo, nos conformaremos con esto —Ryuji se volvió entonces hacia los yokai allí reunidos, la mayoría pequeños diablillos, inútiles en una batalla de verdad, que sobrevivían al amparo del poderoso Clan Nura. Miraban a la pareja de onmyoji con una mezcla de curiosidad y recelo. El hermano de Yura blandió un par de talismanes—. Como alguno de vosotros se pase de listo con nosotros o nuestro equipaje, me encargaré personalmente de enviarlo al más allá.
Hubo un chillido de pánico y la mayoría de los yokai corrieron a apelotonarse en las esquinas más alejadas de la habitación, dejando el centro despejado para los onmyoji y sus pertenencias. Ryuji no pudo evitar una sonrisa de satisfacción. Era en momentos como esos que recordaba por qué le gustaba tanto ser un exorcista.
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En otro punto de la casa, Tsurara deshacía sus maletas. O al menos parte de ellas, ya que pronto tendrían que ponerse en marcha de nuevo. Como le había explicado Yura a Kiyotsugu, Ukiyoe no era sino la primera de varias paradas en su gira por el país.
Setsura examinó a su hija con atención.
¿Estás comiendo bien, Tsurara? Por mucho que Hagoromo-Gitsune diga lo contrario, ni siquiera un yokai puede vivir sólo a base de té y tofu frito.
—Como bien, madre. En la mansión Abe sirven todo tipo de platos, incluso occidentales —repuso Tsurara con paciencia.
—Mm, comida occidental, eso no es un punto a su favor —Setsura chasqueó la lengua disgustada—. Te estás quedando más delgada, hija mía. Eso no es bueno. Hazme caso, los hombres prefieren a las mujeres con curvas...
—¡Q-q-qué estás diciendo, madre! Eso... eso no tiene nada que ver...
Setsura suspiró.
—Ay, Tsurara, ¿no me digas que no has avanzado nada con el joven señor de los Abe? ¿Acaso te ha rechazado?
—¡No!
—¿Entonces te ha dicho que sí?
—¡Tampoco!
—¿Es que ni siquiera le has preguntado?
—Yo...
Tsurara se puso más roja que nunca. ¿Por qué su madre se ponía siempre igual? Cuando era pequeña su madre le decía que algún día tendría que casarse con el señor Rihan. Por eso, un día se armó de valor y se plantó en la puerta de la casa principal, asegurando que venía a robarle un beso al mismísimo Nura Rihan. El segundo general no se lo tomó a mal y la acogió como a una más de la familia, aunque pasarían años antes de que Tsurara pudiese recuperarse de la vergüenza sufrida.
—Yo sé lo que me hago —dijo por fin Tsurara.
—No, no lo sabes. Ya intuía yo que hacía bien en intentar acordar vuestro matrimonio con Hagoromo-Gitsune.
—¿Que hiciste QUÉ? —exclamó Tsuara. Oh, dioses, su madre se estaba metiendo donde no la llamaban.
—No hice nada. La señora de Kioto no parecía muy por la labor. Típico de los kitsunes, miran a todos los demás yokai por encima del hombro. En cualquier caso, ahora estamos en Ukiyoe, no en Kioto, así que esta es tu oportunidad, Tsurara.
—¿Oportunidad para qué, madre? —preguntó la joven dama de las nieves, temiendo la respuesta.
—¡Para conseguir un beso del joven señor de los Abe, por supuesto! Si antes de que os vayáis de la zona de Tokio no has conseguido al menos un beso del nieto de Hagoromo-Gitsune, ¡te desheredo!
—¿QUÉ?
—¡Sin discusión!
Tsurara se llevó una mano a la cabeza. ¿En qué lío se había metido? Ella no podía replicar a su madre. La respetaba muchísimo y, además, ella misma se sentía un tanto decepcionada por la falta de avances con Rikuo. Entendía que el muchacho tenía muchas cosas en la cabeza, con todo lo de Tamazuki primero y luego el asunto del vídeo en Internet. Pero aún así...
—Haré lo que pueda, madre —suspiró Tsurara.
—Así me gusta. Eres sangre de mi sangre. Ningún hombre puede resistirte... si sabes jugar tus cartas, claro —le dijo su madre.
"Con el señor Nurarihyon no te funcionó, madre", pensó Tsurara alicaída, pero no lo dijo en alto. Sin embargo, otra idea se le pasó por la cabeza.
—Madre, hay algo que quería preguntarte sobre tu, bueno, experiencia en temas de amor —dijo Tsurara, midiendo sus palabras.
—Adelante, Tsurara. Estoy aquí para ilustrarte.
—Es algo en lo que no había pensado mucho, pero al volver aquí he recordado mis primeros pasos en la casa Nura y ahora no puedo quitármelo de la cabeza. Quería saber si... bueno... ¿Pasó algo entre el señor Rihan y tú?
La temperatura de la habitación bajó un grado de repente.
—¿A qué te refieres, Tsurara? —preguntó Setsura con voz helada.
—Yo sólo pensaba... Quiero decir, el general Rihan debió sentirse muy solo cuando Yamabuki Otome murió. Pasaron muchos años, pero madre siempre estaba con él. Y madre siempre ha sido una mujer muy hermosa, así que me preguntaba si no habría...
Setsura se puso roja.
—¡Nada! —exclamó la dama de las nieves—. ¡No ocurrió nada! ¡Rihan era como un hijo para mí y nada más! ¡Cualquiera que insinúe lo contrario acabará congelado y troceado en cubitos de hielo para el alcohol! ¡Sin excepciones! ¿Está claro?
—¡Sí, madre! —saltó Tsurara como un resorte.
Era mejor dejar ese tema a un lado y pensar en cómo demonios iba a lograr llevarse un beso de Rikuo.
Como adivinando sus pensamientos, Setsura le advirtió:
—Si estás pensando en llevar a tu tortolito al callejón del Gato Encantado, mejor que lo olvides. Ya no es un sitio recomendable.
—¿Por qué? —se sorprendió Tsurara. El callejón del Gato Encantado era un lugar secreto de Ukiyoe, repleto de bares, restaurantes y casas de juego. Estaba regentado por el clan Bakeneko. Su establecimiento principal, el Bakenekoya, era una de las principales atracciones del lugar y un punto de encuentro para yokai de todo tipo.
Setsura apretó los puños.
—Son esas malditas ratas de alcantarilla, el grupo Kyuso. Cuando Rihan desapareció, empezaron a hacer de las suyas, pero desde que Nurarihyon murió la situación ha empeorado. Ahora controlan prácticamente todo el Distrito 1 y atraen a humanos para devorarlos. Deberíamos hacer algo, pero ya nos cuesta mucho simplemente mantener dentro del clan a los jerarcas más recalcitrantes.
—Vaya... —murmuró Tsurara—. No sabía que las cosas estuvieran tan mal.
Setsura sujetó a su hija por los hombros. Tsurara tragó saliva.
—No te voy a mentir, hija, las cosas están muy mal. Es muy posible que el Clan Nura no sobreviva un año más. Por eso es tan importante esta alianza con Kioto —Los ojos rojos de la dama de las nieves tenían un brillo peligroso—. ¡Si vamos a desaparecer, que sea después de hacer pagar a ese bastardo de Sanmoto Gorozaemon todo el daño que nos ha causado!
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Rikuo no podía dormir. Quería dormir, pero no podía. Había sido una tarde muy ajetreada. Después de asegurarse de que todos se habían alojado adecuadamente (y evitar que Ibaraki-Doji o Ryuji asesinaran a alguien en un arrebato de cólera), tanto él como Yura habían sido conducidos a la asamblea general del Clan Nura.
Decir que había habido hostilidad en el ambiente era quedarse corto. Aunque la mayoría de los jefes de la familia eran viejos y no habían tomado parte en las hostilidades, recordaban como una ofensa las muertes sufridas por los suyos en la guerra del pasado verano. Rikuo se cuidó de recordarles que había sido el Nurarihyon el primero en iniciar las hostilidades. En cualquier caso, no tuvo que decir nada, ya que Gyuki les recordó a todos:
—Nuestro verdadero enemigo es Sanmoto Gorozaemon. Esas muertes de las que habláis descansan sobre su conciencia. Si de verdad queréis vengaros, entonces es el momento de actuar. Yo voto a favor de participar en la Gran Asamblea que ha convocado la Señora del Pandemónium.
Hubo cuchicheos de reprobación, pero los jefes del Clan Nura habían votado finalmente a favor. Luego habían mirado con expresión compungida el asiento vacío reservado al líder del clan. Quizás estuvieran pensando en lo que diría el Nurarihyon de encontrarse en esa situación. O simplemente estaban haciendo planes para apuñalar a los demás y ocupar el trono.
Rikuo no lo sabía. Lo único que sabía era que había conseguido un nuevo apoyo.
"Ha sido más duro de lo que creía", pensó el muchacho. Como Yura no tenía ni idea de las costumbres yokai, y de hecho sólo estaba allí para demostrar que los onmyoji también daban su apoyo al plan, Rikuo había tenido que llevar la voz cantante todo el rato. "Y se supone que los Nura son nuestros aliados. ¿Qué haré cuando lleguemos a Toono? ¿Servirá lo que me enseñó el Gran Tengu?".
Se revolvió en su futón, incapaz de conciliar el sueño. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Entonces notó cómo la sangre le hervía.
"¡Ah, qué demonios! Dormir está sobrevalorado", pensó Rikuo, mientras su cuerpo se transformaba en su forma kitsune. Se puso rápidamente un kimono, se echó una capa por encima y salió al pasillo.
Justo entonces Tsurara caminaba hacia allí, hecha un manojo de nervios. Estaba pensando la mejor manera de abordar a Rikuo para el asunto del beso, pero no se le ocurría ninguna buena idea.
"¿Y si le digo que hoy es mi cumpleaños y que quiero un beso como regalo? No, no funcionará, el ya sabe que cumplí años el 11 de enero. Además, un beso es demasiado... ¿Y si me declaro tal cual? ¡No, no, no, me moriría de vergüenza! ¿Qué pasa si me dice que no? Ay, creo que lo mejor será esperar a que esté dormido y entonces hacerlo. Madre no especificó cómo tenía que conseguir ese beso".
Cuando vio que alguien salía de la habitación de Rikuo, Tsurara se parapetó detrás de un soporte de madera. Pronto se dio cuenta de que se trataba del propio Rikuo en su forma nocturna. Vio cómo de un par de saltos se subía al techo de la casa, luego se encaramó al cerezo favorito del general Nurarihyon. Parecía que Rikuo iba a quedarse allí, contemplando el paisaje, pero al final el kitsune volvió a saltar y se perdió entre las calles de Ukiyoe.
"¡Se ha ido! ¿Y ahora que hago?", pensó Tsurara. "¿Aviso a Yura? ¿O a Ibaraki-Doji y Shokera? No, no, seguro que me matan si les despierto ahora. ¡Ay, que le pierdo de vista! Espera, Rikuo!"
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Distrito 1
Rikuo estaba disfrutando de su paseo nocturno. Era algo que siempre le había gustado hacer. Incluso cuando negaba su lado yokai, a veces la sangre del kitsune era más fuerte que él y salía a dar una vuelta bajo las estrellas. Y un paseo por Ukiyoe se le antojaba una oportunidad irresistible de estirar las piernas.
No es que Ukiyoe fuera un sitio demasiado especial, pero era nuevo para él. Además, en el horizonte se recortaba la silueta de Tokio envuelta en luces brillantes. Tenía una belleza diferente a la de Kioto y se preguntó si podría llegar a la gran ciudad y volver antes de que los demás despertaran. Sabía que Ibaraki-Doji y Shokera se enfadarían mucho si se enteraban de que había salido solo sin su permiso.
"Bueno, no soy un niño y este no es el territorio de mi abuela", sonrió Rikuo para sí mismo. "Puedo hacer lo que quiera".
Con cuidado de que nadie le viera, fue avanzando a saltos hasta los límites de Ukiyoe. Entonces miró hacia abajo y se sorprendió al ver la animación de los bares. Al parecer, los yokai no eran las únicas criaturas nocturnas de aquella ciudad. Veía trabajadores borrachos, jóvenes en busca de emociones fuertes y chicos y chicas de compañía bellos y andróginos.
Rikuo no se habría molestado en volver a mirar de no ser porque un chillido atrajo su atención.
—¡Kyaaaaaaaaah!
El grito procedía de un callejón oscuro y sin salida, donde una chica joven trataba de mantener las distancias respecto a un grupo de hombres. Estos vestían de manera elegante y parecían trabajadores de un club de alterne, pero en aquel momento sus caras parecían deformadas por la codicia y la sed de sangre.
—No grites tanto, gatita. La noche es joven. Sólo quiero chuparte... ¡Chuparte hasta que de ti no queden ni los huesos! —alcanzó a oír que decía el líder de aquellos asaltantes.
Entonces Rikuo se fijó mejor en su víctima.
"No puede ser... ¿Ienaga?"
Sí, se trataba de Kana Ienaga, del Club Kiyo Cruz. La pobre chica estaba aterrada, no sólo porque sus atacantes se acercaban más y más, sino porque tenía que hacer frente a una inesperada plaga de ratones. Los repugnantes roedores trataban de mordisquearla y colarse entre su ropa, a pesar de los denodados esfuerzos de la muchacha por controlarlos.
El líder de los asaltantes se acercó aún más. Se llevó la mano a su lustroso cabello, dejando al descubierto una cara feroz y llena de dientes afilados, como la de una rata.
—Deberías haber aceptado nuestra invitación al club cuando tuviste la oportunidad, gatita —El yokai se relamió de gusto—. Ahora tenemos que hacerlo en este lugar tan sucio en lugar de devorarte en un lugar más acogedor...
—¡Hoy no vas a devorar a nadie, rata asquerosa! —intervino Rikuo.
—¿Qué demonios...?
Rikuo no contestó. En su lugar le arreó una patada que le envió por los aires. El líder de los asaltantes aterrizó sobre un montón de basura, para asombro y pánico de sus lugartenientes.
—¡Jefe! ¿Estás bien?
—¡Quitadme las manos de encima, inútiles! ¡Y tú, estúpido entrometido! ¿Sabes a quién te enfrentas? ¡Soy el señor del Distrito 1! ¡Soy el emperador de la noche! ¡Soy...!
—Eres un kyuso, ¿verdad? —dijo Rikuo, para nada impresionado—. Una amiga mía me ha hablado de los yokai de vuestra calaña. Sois bestias que sólo piensan con el estómago, unas ratas vulgares que se dedican a matar gatitos. Bueno, pues yo digo que ya basta. Seguro que ni siquiera sois miembros del Clan Nura.
—¿Y tú que sabes, mocoso? —le espetó el tal Kyuso.
—¿Yo? Mirad me bien —Rikuo les enseñó su cola de zorro—. Soy un kitsune. No, mejor dicho, no soy un kitsune cualquiera, soy el nieto de Hagoromo-Gitsune. Soy un zorro, y los zorros comen ratas. Así que si no queréis acabar mal, os iréis de aquí para siempre.
El nombre de Hagoromo-Gitsune paralizó a las ratas. Rikuo notó cómo una parte del "miedo" de su abuela fluía hasta él simplemente por esa relación con ella. Ese era el poder del "miedo". Pero Kyuso era un yokai demasiado avaricioso y demasiado estúpido como para darse cuenta del peligro.
—¡No le hagáis caso! ¡Es un farol! ¡Matadlos a los dos!
Rikuo se volvió hacia Kana.
—Por favor, retírate un poco hacia atrás. No quiero golpearte por accidente.
—¿Eh? —murmuró la chica, aún en estado de shock.
Tras apartarla gentilmente, Rikuo convocó su espada larga.
—Ichibi no Tachi —susurró el muchacho.
Fue un visto y no visto. Exactamente treinta segundos después, los cuerpos inconscientes de Kyuso y su banda yacían por todo el callejón. Rikuo había sido tan rápido que Kana no había podido seguir sus movimientos. La chica respiró aliviada. Estaba a salvo.
—Ahora, si me permites, tengo que irme —empezó a despedirse Rikuo, pero Kana le sujetó de la capa.
—¡Espera!
—¿Qué ocurre? ¿Te has hecho daño? ¿Quieres que te lleve a tu casa?
—¡No! Yo... Tú eres la misma persona que me rescató en Kioto, ¿verdad? —le preguntó Kana cohibida.
Rikuo esbozó una media sonrisa.
—Puede. O puede que me parezca a él —respondió enigmáticamente el kitsune.
—¿También te pareces a Abe-kun?
La sonrisa de Rikuo se esfumó de inmediato.
—¿A qué te refieres? —preguntó el muchacho, con una dureza que no pretendía.
—Y-yo he visto... he visto el vídeo —Kana tragó saliva—. Te reconocería en cualquier parte. Eres... eres mi salvador... Te debo la vida. Por favor, guardaré tu secreto hasta que me muera, pero dime la verdad: ¿eres Abe Rikuo?
Rikuo examinó a Kana detenidamente. ¿Qué debía responder? Podía mentirle, claro, pero la sospecha no se iría. Y la chica, aunque temblaba de miedo, mantenía una mirada firme y honesta. De algún modo, Rikuo sintió que podía confiar en ella.
—Sí, Ienaga, soy Rikuo, del Club Onmyoji, y sí, soy el mismo que conociste en Kioto.
—¡Lo sabía! —exclamó Kana con una sonrisa triunfal—. ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! No le he dicho nada a nadie, pero lo sospeché desde el momento en que vi el vídeo. Luego vinisteis a Ukiyoe, y luego apareciste aquí, y luego... ¡Me has salvado otra vez! Yo... No sé cómo agradecértelo...
—Me basta con que mantengas el secreto. ¿Pero qué hacías aquí, si puede saberse?
Kana puso cara de vergüenza.
—Había oído que aquí se habían visto yokai. Al parecer era verdad. Yo... quería encontrarlos.
—¿Sin el resto de tus compañeros del club? —se extrañó Rikuo—. Además, había oído que eras la que más miedo tenía a los yokai, y después de lo ocurrido con el Espejo Púrpura pensaba que querrías mantenerte lo más lejos posible de lo sobrenatural. ¿Tanto te interesan los yokai que estás dispuesta a arriesgarte de esta forma?
Kana sacudió la cabeza.
—No, los yokai no me interesan. O mejor dicho, sólo me interesa un yokai en concreto. Quería preguntar a otros yokai para que me pudiesen decir dónde podía encontrarlo.
—Mala idea —Rikuo chasqueó la lengua—. Siento decírtelo, Ienaga, pero la mayoría de los yokai no son tan majos (ni tan guapos) como yo. Has tenido suerte de que pasase por aquí. Si no, a estas alturas estarías muerta.
La chica agachó la cabeza, descorazonada. Rikuo suspiró. No, si al final él iba a ser el malo de la película.
—En fin, si puedo ayudarte, lo haré. ¿Quién es ese yokai que te interesa tanto? —le preguntó el kitsune.
Kana tuvo que tragar saliva varias veces antes de responder. Tenía la boca seca.
—Eres tú —contestó la muchacha en un murmullo apenas audible.
—¿Yo? —se sorprendió Rikuo.
"¿Él?", se alarmó Tsurara. La Yuki-onna había estado siguiendo a Rikuo por todo el pueblo y había llegado prácticamente sin resuello al Distrito 1, a tiempo de ver cómo Rikuo terminaba de dar aquella paliza relámpago a Kyuso y sus secuaces. Tenía que acordarse de avisar a Kurotabo y Aotabo para que limpiasen el callejón de aquellos elementos indeseables. Había estado a punto de descubrirse ante Rikuo, pero un sexto sentido le advirtió que era mejor permanecer escondida y escuchar la conversación desde las sombras.
—Eres mi héroe —confesó Kana con voz queda—. Eres la persona más valiente que conozco. Me has salvado no una, sino dos veces. Jamás creí esas historias que cuentan en Internet de que eres un demonio que quiere matar a los humanos. Tú eres bueno, Abe-kun. Por eso yo... por eso yo... ¡Por eso estoy enamorada de ti!
—¿Qué? —Rikuo dio un respingo.
"¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEEE?". Tsurara acarició la idea de salir de su escondrijo y encerrar en un bloque de hielo a aquella pelandusca. ¡Quién se había creído esa humana que era!
Rikuo parecía anonadado. No supo qué responder.
—Ienaga, yo...
—¡Lo siento, lo siento, no debería haber dicho nada! ¡Por favor, olvídalo! —exclamó Kana, roja de vergüenza. Sin más dilación, se dio la vuelta y echó a correr por las calles de Ukiyoe.
Rikuo se quedó solo, sin más compañía que sus pensamientos. Al cabo de un rato, se fue, pero no en dirección a Tokio, como tenía previsto, sino de vuelta a la casa principal de los Nura. Por aquella noche, se había acabado la diversión.
Tsurara no hizo amago de seguirle. Se quedó apoyada contra una farola mientras veía alejarse a Rikuo.
"Creo que mi madre me va a desheredar", suspiró la dama de las nieves con resignación.
Notas adicionales:
¡Ya estoy de vuelta! De vuelta con otro capítulo más de este fic tan pesado ^_^; Y otra vez justo rozando el límite, es que no tengo remedio. Tenemos cameos de viejos conocidos (no mucho más, ellos no son los protagonistas), ¡y tenemos a Kana siendo atacada por yokai! ¡Otra vez! Que no se diga que no mantengo la tradición de convertir a Kana en una damisela en apuros (sí, hoy me he levantado cínico).
* Furaribi y ubagabi son dos yokai mencionados por Kiyotsugu en el manga. El primero es una especie de pájaro con cara de perro envuelto en una bola de fuego. Se dice que nace de las almas que no han logrado pasar al más allá porque no han recibido los servicios fúnebres adecuados. El segundo es una bola de fuego con la cara de una anciana, en teoría una ladrona de aceite que se suicidó ante la ignominia de ser descubierta. Es propio de Osaka, así que en teoría sería un miembro del Clan Abe.
* Aunque no es un yokai de Kioto, Rikuo reconoce el tipo de yokai que es Kyuso por las lecciones de Yura. Recordemos que Yura en el manga supo enseguida qué tipo de yokai era Kyuso gracias a sus conocimientos enciclopédicos de onmyodo.
* En el manga nunca se explica qué demonios hace Kana en la zona roja de Ukiyoe. Yura tiene excusa, porque está perdida, pero hasta Kana misma le advierte que esa zona "es peligrosa a estas horas". Al menos aquí le doy una razón aceptable.
Como siempre, gracias a todos mis pacientes (muy, muy pacientes) lectores y a las almas caritativas que se toman la molestia de reseñar, especialmente a Suki90, Lonely Athena, Dennou y Nayrael, que sigue descifrando el fic con ayuda del traductor de Google.
También me gustaría dar las gracias personalmente a RIAS, pero me temo que no puedo responder directamente a ninguna de sus reseñas porque no aparece como usuario registrado. Y en cuanto al guest anónimo que comentó hace poco, tranquilidad. No voy a dejar morir el fic, el final está prácticamente cerrado, y actualizo lo más regularmente que puedo, normalmente al final de cada mes.
Próximo capítulo: "La prueba de Toono".
