Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo y sus amigos visitan Ukiyoe para lograr el apoyo del Clan Nura a la Gran Aasamblea que quiere convocar Hagoromo-Gitsune. En una excursión por la ciudad, Rikuo se topa con Kana y esta le confiesa su amor. Lo que ninguno de los dos sabe es que Tsurara lo ha oído todo.


La prueba de Toono

Tsurara suspiró. En los últimos días estaba suspirando mucho.

—¿Ocurre algo, Tsurara? —le preguntó Rikuo.

—No, nada. Sólo... sólo estaba mirando el paisaje —respondió la dama de las nieves sin mucho entusiasmo.

Su respuesta no pareció convencer del todo a Rikuo, pero el muchacho no dijo nada y desvió su mirada hacia el paisaje de fuera. Los árboles y los montes pasaban a toda velocidad mientras el tren proseguía su marcha hacia Morioka, la capital de la prefectura de Iwate.

Su destino no era otro que Toono, la aldea oculta de los aguerridos yokai de Tohoku. Después de las tensas reuniones con los lugartenientes del Clan Nura, los yokai de Kanto habían decidido sumarse a la Gran Aasamblea de Hagoromo-Gitsune. Sin embargo, su apoyo no era suficiente. Si conseguían que los independientes yokai del norte mandasen una delegación a la asamblea, muchos otros se les unirían, aunque fuera sólo por curiosidad.

"Y entonces decidiremos la manera de vencer a Sanmoto Gorozaemon", pensó Rikuo.

Por desgracia, aunque se avecinaba una reunión crucial para el destino de los yokai de todo el país, la mente de Rikuo estaba distraída por otros asuntos. En concreto, la confesión de Ienaga Kana. En los tres días que habían pasado en Ukiyoe, no había dicho ni una palabra sobre el asunto, pero tanto sus amigas como sus guardaespaldas notaban que el joven señor estaba más ensimismado de lo habitual.

Tsurara conocía la causa real, pero no había dicho nada. Haber mencionado la confesión habría supuesto reconocer que les había estado espiando. No lo había hecho con mala intención, pero su pasado colgaba como un péndulo afilado sobre su cabeza. Era mejor esperar a que Rikuo se sincerase con ellos... si es que lo hacía alguna vez.

Al principio, Tsurara no había podido evitar burlarse por dentro de la confesión de Ienaga. ¿Acaso una humana normal y corriente como ella creía estar a la altura del joven señor de los Abe? Hagoromo-Gitsune se la habría merendado con patatas.

Y sin embargo, la duda atenazaba su corazón. Porque por muy humana normal y corriente que fuera, Ienaga había tenido el valor de confesar sus sentimientos a la persona que le gustaba, incluso si sólo la había visto un par de veces antes y tenía la sospecha de que no era humano. En comparación. Tsurara se sentía una cobarde. Ni siquiera había cumplido la orden de su madre de conseguir un beso de Rikuo. Al final Setsura se había ablandado y había dejado en suspenso lo de desheredarla, pero Tsurara no podía quitarse la sensación de que había decepcionado a su madre.

"¿Y si Rikuo hubiese dicho que sí?", se preguntó Tsurara con un escalofrío.

En los días siguientes a la confesión, Ienaga había estado evitando a Rikuo. El último día, en cambio, se había acercado y los dos habían mantenido una conversación breve y discreta. Tsurara había resistido sus impulsos de acercarse a escuchar. Tampoco había hecho falta. Los ojos llorosos de Ienaga y la expresión turbada de Rikuo habían sido indicación suficiente de lo que había ocurrido.

Si Yura se había enterado de algo, no había dicho nada.

Tsurara meneó la cabeza. Era una tontería obsesionarse por eso. Lo pasado, pasado estaba. Además, ahora debía concentrarse para lo que les esperaba allá en el norte. A diferencia de sus amigos del Clan Nura, ni Rikuo ni ninguno de sus acompañantes eran bienvenidos en Toono. Sólo podían aferrarse a la promesa de Itaku, el kamaitachi, que había asegurado que hablaría a los ancianos en contra de Sanmoto Gorozaemon, y a los contactos que Setsura y otros veteranos del Clan Nura aún mantenían con su antigua patria chica.

Pero antes tenían que llegar a Toono.

Iban a la ciudad de Morioka para después ir a la aldea oculta. Habían hablado de coger el tran bala de Tohoku, pero Rikuo se había mostrado en contra. Decía que, aunque rápido, podía llamar demasiado la atención. Sanmoto podía tener ojos vigilando, y lo mismo ocurría con los servicios de inteligencia del gobierno. No, mejor usar la línea de ferrocarril normal, aunque fuese un viaje más lento. Para sorpresa de todos, Ryuji había estado de acuerdo. Pero algunos seguían protestando.

—Ya podría ir más rápido este cacharro —rezongó Ibaraki-Doji—. No entiendo por qué los humanos viajan en estos carros de metal.

—Tranquilo, Ibaraki-Doji. No es culpa de los humanos ser unos seres inferiores que no pueden correr sin tropezar —le dijo Shoker mientras se sacudía un poco de polvo de su hábito negro.

Rikuo frunció el ceño, mientras que Tsurara asintió ligeramente. Sin embargo, el comentario sentó muy mal en el compartimento de al lado, donde los tres onmyoji que viajaban con ellos no tardaron en protestar.

—¡Eh! ¡No somos seres inferiores! —exclamó Yura—. ¡Rikuo, dile algo!

—No te sulfures, Yura —dijo su primo Mamiru con tranquilidad.

Ryuji, por su parte, esbozó una sonrisa sardónica.

—Bueno, quizás somos algo inferiores a la hora de utilizar la fuerza bruta, pero al menos no somos unos vagos redomados como ciertos yokai que yo conozco.

Ibaraki-Doji le dirigió una mirada suspicaz con el ojo que no tenía tapado.

—¿Insinúas algo, exorcista de tres al cuarto?

—Sólo digo que os quejáis mucho de la velocidad, pero bien que hicisteis el viaje de Kioto a Tokio en tren bala.

—Hum, ese "tren bala" todavía tenía una velocidad aceptable. ¿Pero esto? ¿Por qué hemos cogido un tren más lento, si puede saberse? —se quejó Ibaraki-Doji.

—Es para pasar desapercibidos —les recordó Rikuo—. Sanmoto puede tener ojos en todas partes. Todos saben que el Clan de las Cien Historias es el enemigo común de los Abe y los Nura. Si podemos evitarlo, prefiero que nadie sepa que vamos a Toono.

—¡Eso, eso! Además, una cosa es estar orgulloso de ser yokai y otra muy distinta renunciar así sin más a las ventajas de la civilización —se apuntó Tsurara.

Ryuji entrecerró los ojos.

—"Ventajas de la civilización"? Lo sabía, los yokai de Kioto os habéis vuelto todos unos blandos. Qué decepcionada debe sentirse la vieja viuda negra...

—¿Qué has dicho? —murmuró Rikuo con voz amenazadora.

Yura y Tsurara abrieron mucho los ojos. Conocían aquel tono de voz. Tsurara echó un vistazo rápido por la ventana. El sol se estaba poniendo y la sangre yokai se hacía más fuerte.

Los ojos carmesíes de Rikuo en su forma nocturna brillaron con decisión.

—Ibaraki-Doji! ¡Abre la ventana! —ordenó Rikuo al espadachín oni—. ¡Vamos a demostrarles de lo que es capaz un yokai!

—Ya era maldita la hora —dijo Ibaraki-Doji con aprobación.

—¡Voy con usted, joven señor! —exclamó Shokera a continuación.

—¡Tú también, Tsurara! —dijo Rikuo, arrastrándola afuera.

—¿QUÉ? ¿Pero por qué? ¿Por qué estamos haciendo esto? ¡Espera, espera, que no quepo por la ventana! ¡Aaaaaaaaah!

Ryuji, muy satisfecho de sí mismo, cerró la ventana detrás de ellos.

—Eso ha sido de lo más retorcido —dijo Yura en tono acusatorio.

—Calla y disfruta del paisaje, canija.

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Sala común, Toono

Cuatro eran las regiones de Japón más pobladas por los yokai. Kansai, la cuna imperial, donde los Abe gobernaban con puño de hierro el mundo de las sombras. Shikoku, la isla agreste de los tanukis y ahora tributaria de Kioto. Chugoku, más al oeste, donde el territorio estaba dividido en distintos clanes sin que ninguno lograra alcanzar la primacía. Y por último Tohoku, cuna de los kappa, los kamaitachi, las damas de las nieves y muchos otros yokai salvajes.

La fama de los yokai de Toono era tal que había atraído a Yanagita Kunio, el padre del folklorismo japonés, que en 1910 publicaría su obra más famosa, la recopilación de leyendas Toono Monogatari.

A pesar de su fama, empero, los yokai de Toono eran pobres. Su tierra era fría, dura y agreste, difícil de cultivar y envuelta a menudo en guerras. En las tierras del norte, la fuerza era lo único que importaba, y los yokai de Toono eran los más feroces. Durante siglos, habían sobrevivido vendiendo sus servicios como mercenarios a los clanes del sur, pero jamás se habían arrodillado ante ningún poder exterior. Lo que les faltaba en riquezas lo compensaban con orgullo y afán de independencia.

Y con una lengua muy afilada, también.

—¿De verdad es el heredero del Clan Abe de Kioto? —preguntó en voz alta un yokai con aspecto de macaco, refiriéndose a Rikuo.

Estaban en la gran sala común de Toono y la tensión se mascaba en el ambiente. Rikuo pensaba que ya estaba curado de espanto después de su encuentro con los lugartenientes del Clan Nura, pero nada le había preparado para Toono.

Para empezar, los yokai de Toono no eran ni nobles ni yakuza. En la aldea oculta no había jerarquías definidas, y el jefe se elegía de común acuerdo. Su sala común era una prueba de ello: era grande, muy grande, más grande que cualquier otra sala de reuniones que Rikuo hubiese visto. Tenía que ser así de grande para dar cabida a todos los yokai de las inmediaciones que quisiesen participar en la cena común, una tradición de la aldea. No había trato de favor para nadie.

En segundo lugar, los yokai de Toono eran fuertes. Los rumores no exageraban. Rikuo nunca había sentido una concentración tan grande de "miedo" en toda su vida. Impregnaba el mismo aire que respiraban, hasta el punto de que al cruzar la barrera mágica que mantenía a la aldea fuera del alcance de los humanos, Rikuo se había transformado instantáneamente en yokai, para sorpresa de propios y extraños.

—Qué tipo más raro —comentó un compañero del macaco—. Nada más entrar le ha crecido el pelo. Y una cola.

—Se ve que es un medio demonio, porque tiene sangre humana. No es ni carne ni pescado —apostilló un tercero.

—Ni siquiera se puede decir eso —añadió un yokai con forma de lobo—. Por lo que he oído, sólo es ayakashi en una cuarta parte.

Se oyeron risas burlonas y algún silbido de desaprobación.

—¡Esto es inadmisible! ¿El nieto de Hagoromo-Gitsune, un humano? ¡Imposible! —volvió a la carga el primer macaco.

—Pues lo tienes ahí delante.

—Entonces será muy débil. No sé qué hace aquí, podría morir...

Rikuo aguantaba todos esos comentarios impasible. Su sangre de kitsune bullía con rabia contenida, pero ya había suficiente animadversión entre Kioto y Toono como para empeorar las cosas con un paso en falso. Sus guardaespaldas, sin embargo, no estaban tan tranquilos. Ibaraki-Doji en particular amenazaba con desenvainar su espada de un momento a otro, pero un gesto imperceptible de Rikuo le obligó a contenerse. Por el momento.

—¡Y se ha traído a onmyoji! Los Abe de Kioto ya no son lo que eran, desde luego...

—Mira quién fue hablar, una rana parlante —dijo Ryuji con una mueca.

—¡Ryuji! ¡Compórtate! —le echó la bronca Yura.

—Ni hablar.

En lugar de molestarse, como temía Yura, los yokai de Toono parecieron impresionados.

—Mm, parece que no todos en Kioto son unos pusilánimes. Aunque sean humanos...

Rikuo frunció el ceño. Aunque se estaba controlando, su paciencia tenía un límite, y más en su forma yokai. Había contado con que la presencia de Itaku y sus amigos ayudaría a suavizar las cosas, pero no había rastro del kamaitachi ni de sus camaradas por ninguna parte. Afortunadamente, en ese momento intervino el que parecía ser el jefe de la aldea, un enorme kappa de piel rojiza al que se conocía como Akagappa.

—Debéis disculpar a nuestra gente. No todos los días recibimos visitantes de la lejana Kioto —dijo Akagappa—. Hacía tiempo que no os veía, don Ibaraki-Doji, don Shokera...

—Es un placer estar de nuevo en vuestra aldea, señor Akagappa —dijo Shokera educadamente. Su compañero simplemente gruñó.

—En cuanto a ti, nieto de Hagoromo-Gitsune, supongo que si estás aquí es que esto es algo más que una mera visita de cortesía.

Rikuo tragó saliva. Había llegado el momento de la verdad.

—He venido con una invitación de mi abuela, la Señora del Pandemónium, para que participéis en la Gran Asamblea que pronto va a convocar.

Al momento, se oyó una carcajada general.

—¡Una invitación, dice! ¡Pero quién se ha creído que es?

—Con sangre humana o sin ella, todos los yokai de Kioto son unos engreídos.

—¿O es que espera que le sigamos como unas ovejas? ¡Bah!

Rikuo no entendía aquella animadversión. Simplemente había trasladado una invitación, nada más. ¿Acaso había escogido mal sus palabras? Miró directamente a Akagappa, tratando de adivinar los pensamientos del líder de Toono, pero el gran kappa no parecía ni complacido ni disgustado. Simplemente estaba pensativo.

—Una Gran Asamblea. Hacía tiempo que no oía hablar de una, no desde los tiempos de Seimei. Interesante...

—¿Entonces...? —empezó a preguntar Rikuo.

—Paciencia, nieto de Hagoromo-Gitsune. Estas cosas requieren tiempo para pensarlas con detenimiento. Además, no creas que no sabemos los verdaderos intereses de Kioto en este asunto. Preparáis una guerra contra ese Sanmoto Gorozaemon, ¿verdad? Itaku nos ha hablado de ese personaje.

—Entonces sabréis que el Clan de las Cien Historias supone una amenaza para todos los yokai de Japón.

Uno de los ayudantes de Akagappa, un kappa viejo y estirado, soltó una risa seca.

—¡Ja! Eso dices tú, kitsune. Siempre que algún clan del sur quiere hacer la guerra, viene a Toono a pedir ayuda, bien sea con dinero o con palabras bonitas. Pero nosotros siempre hemos sido neutrales. Vuestras guerras no nos interesan.

—Hasta que la guerra llega a vosotros —intervino Ryuji de repente, a pesar de que Yura le lanzaba cuchillos con los ojos—. Pero entonces ya es demasiado tarde.

Akagappa se atusó la barba pensativamente.

—Sí, grande debe ser el peligro para que enemigos irreconciliables como los Abe, los Nura y los onmyoji se unan en una causa común. Eso, y sólo eso, hace que me piense mejor mi respuesta. Hasta entonces, tendréis que esperar. Por el momento, sois huéspedes de nuestra aldea. Os hemos dejado una casa donde alojaros. Espero que sea de vuestro agrado.

—Se lo agradecemos infinitamente, señor Akagappa —Rikuo se arrodilló hasta tocar el suelo con la frente.

Rikuo y sus compañeros salieron. Cuando se fueron, una sombra aterrizó al lado de Akagappa.

—Los preparativos están listos —anunció Itaku el kamaitachi. Por decisión propia, había permanecido oculto todo el tiempo que había durado aquella reunión.

—Espero que sepas lo que haces, Itaku —le dijo Akagappa.

—Si quieren el respeto de Toono, primero tendrán que ganárselo. Si superan la prueba de Mayoiga, entonces podemos empezar a hablar de verdad.

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El viaje había dejado a Rikuo derrengado, pero por alguna razón no terminaba de conciliar el sueño. Quizás la causa estaba en las palabras que había dicho Ibaraki-Doji al ver la mansión.

—No me gusta.

—No es momento de mostrarse quisquillosos con el alojamiento —le recordó Rikuo—. Además, para ser una vieja mansión decrépita, podría ser peor.

Pero Ibaraki-Doji meneó la cabeza.

—El problema no es ese. El problema es que están siendo demasiado amables.

—¿A eso le llamas "demasiado amables"? —se asombró Yura—. ¡Pero si casi se lanzan a sacarnos los ojos!

—Tranquila, Yura. En tu caso no sería una gran pérdida.

—¡Cállate, Ryuji!

Esta vez fue Shokera el que negó con la cabeza.

—Mi compañero, por rudo, sanguinario y descortés que sea, tiene razón. En Toono sólo funciona la ley del más fuerte. Nadie da nada gratis, ni siquiera a los huéspedes. Tenemos que andar con cuidado.

Al principio Rikuo no le había dado importancia, pero ahora, revolviéndose en el futón, su cabeza no paraba de dar vueltas. Notaba algo raro en el ambiente.

Se incorporó. ¿Era imaginación suya o su habitación se había hecho más grande? Sin dudarlo, salió al pasillo con la intención de buscar a sus compañeros y preguntarles si sentían lo mismo que él. Pero la mansión volvió a jugarle una mala pasada. Cuanto más avanzaba, más se alargaba el pasillo, y si trataba de retroceder, el pasillo se volvía interminable.

"¿Estaré sufriendo una pesadilla?", se preguntó Rikuo.

Pero no, no era una pesadilla. Todo parecía demasiado real. Terriblemente real.

—¡Yura! ¡Tsurara! ¡Ibaraki-Doji! ¡Shokera! ¡Hermano pesado y cascarrabias de Yura! ¿Me oís?

—¿A quién llamas "hermano pesado y cascarrabias", maldito kitsune de pacotilla?

Rikuo sonrió. Sí, ahí estaba Ryuji. Pronto se les unieron Yura y Tsurara, las dos muy nerviosas, y también Mamiru, Ibaraki-Doji y Shokera. Sin embargo, por mucho que avanzasen, no había manera de salir de aquella casa encantada.

—¿Pero qué es esto? —preguntó Tsurara inquieta.

—Mayoiga —respondió Ryuji, frunciendo el ceño—. Tenía que habérmelo imaginado.

—¿Es un yokai? —quiso saber Yura.

—En cierto modo. Es una casa encantada en una dimensión paralela que puede conceder buena o mala suerte dependiendo de lo que hagan los visitantes que acaban en ella por accidente. O también se pueden perder en ella para siempre, que es lo que nos pasará a nosotros si no pensamos algo rápido.

Rikuo convocó su espada, la Ichibi no Tachi.

—Tampoco hace falta pensar mucho. Si la salida nos rehuye, entonces nosotros crearemos nuestra propia salida. ¡Tensa Zangetsu!

La explosión de energía espiritual fue grande y parte de la ilusión de la casa desapareció, dejando a la vista la auténtica puerta de salida de la casa. Por desgracia, estaba cerrada con cadenas y candado. La energía del ataque rebotó y se volvió contra ellos.

—¡Aaaaah! —gritó Tsurara, mientras sus ropas eran desgarradas por el impacto. Yura, en la misma tesitura, trató de tapar lo tapable.

—¡No miréis! ¡Si alguien mira, lo exorcizo! ¡Aunque sea humano!

—¿Qué? —Rikuo estaba muy sorprendido—. ¿Necesito más fuerza?

—Pensaba que los kitsunes eran famosos por tener algo de cerebro para ser yokai —le espetó Ryuji—. Cuanta más fuerza utilices, más daño nos harás a todos. No, esta trampa debe tener alguna clase de llave.

—Pues más vale que nos demos prisa en encontrarla —dijo Ibaraki-Doji con un gruñido de irritación—. ¡Mirad!

Herida por el ataque de Rikuo, la casa se defendía contra sus ocupantes indeseados. Las paredes se doblaban sobre ellos, las vigas del techo se soltaban y les atacaban, y el suelo se abría para tratar de atraparlos. En medio del caos, era imposible ponerse a buscar ninguna llave.

"Lo estamos enfocando mal. Lo estoy enfocando mal", pensó Rikuo. "El Gran Tengu ya me advirtió de que los yokai de Toono eran maestros a la hora de controlar su miedo. Quizás si yo controlo el mío, descubriré el punto débil de esta maldita casa".

Ignorando los trozos de madera que trataban de matarlo, Rikuo cerró los ojos y se concentró. Pensó en la puerta. Pensó en el candado. Su "miedo" era diferente de las ilusiones de la casa. Si quería encontrar la llave, tenía que encontrar una fuente de miedo diferente.

Y la encontró.

—¡Ya te tengo! —exclamó Rikuo con una sonrisa triunfal.

—¡Eh! ¿A dónde vas, Rikuo? ¡La pelea es aquí! —le llamó Yura, mientras Rikuo corría por el pasillo.

—¡Ahora vuelvo, Yura! ¡Pero primero tengo que matar a una mosca!

—¿Una mosca?

Rikuo no perdió el tiempo en responder. Sí, allí estaba. Una mosca, un insecto inofensivo, al menos en apariencia. Nadie habría reparado en ella, a menos que se concentrase y utilizase solamente su "miedo" para inspeccionar el entorno. El insecto trató de escapar volando, pero Rikuo fue más rápido. Con un golpe de espada, partió a la mosca en dos. Entonces el bicho se convirtió en una pequeña llave dorada.

—Perfecto —Rikuo sonrió—. Ya empiezo estar harto de la hospitalidad de Toono.

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Fuera de la mansión, Itaku aguardaba com gesto adusto. No estaba solo. Le acompañaban sus buenos amigos, los mismos que habían ido con él a Kioto: Dohiko, el hombre-mono; Reira, la dama de las nieves de pelo rosa; Amezo, el kappa del pantano; Awashima, el amanojaku que se convertía en mujer durante la noche; y Yukari, la duende de la suerte.

—Están tardando —se quejó Itaku.

—Dales tiempo. Probablemente se habrán llevado un susto, pero seguro que salen de un momento a otro —dijo Reira con optimismo.

La Yuki-onna tenía razón. Al poco rato, Rikuo y sus compañeros de viaje salieron de la casa encantada con cara de pocos amigos.

—¡Itaku! —exclamó Rikuo al reconocer al kamaitachi—. ¿Ha sido esto idea tuya?

—Claro que sí —respondió Itaku directamente—. Era una prueba. Y la habéis pasado. Por los pelos, pero la habéis pasado.

—¿Pero por qué? ¿Es que queréis matarnos? —preguntó Rikuo con ganas de asesinar a alguien.

—¡Ja! No seas tonto, chaval —le dijo Awashima sacudiéndole del hombro—. Esto es Toono, ¿te enteras? Aquí la vida es una lucha continua. El entrenamiento nunca acaba. Si no estás a la altura, más vale que te vayas.

—Si queréis que Toono os reconozca, tenéis que demostrar vuestra valía —añadió Itaku con seriedad.

Ibaraki-Doji dio un paso al frente.

—Si tantas ganas tenéis de probar lo que vale un auténtico yokai de Kioto, la próxima vez dejaos de memeces y desenvainad las espadas, caraculos.

—A eso íbamos —respondió Itaku sucintamente.

Con sonrisas amistosas, el kamaitachi y sus compañeros empezaron a desenfundar sus armas y convocar su "miedo".

—Si queréis conocer Toono, primero tenéis que luchar contra Toono.

—No es que me guste romper tradiciones centenarias ni nada de eso, ¿pero no hay manera de que podamos saltarnos ese paso y ser amigos? —sugirió Tsurara. Ella sólo quería descansar, no ponerse a luchar así porque sí. ¿De verdad se había criado su madre en aquella aldea de locos?

Ryuji sacó sus talismanes.

—No sé vosotros, pero a mí me han entrado muchas ganas de darle una paliza a alguien.

—Por una vez, estoy de acuerdo contigo, exorcista de pacotilla —dijo Ibaraki-Doji, sacando sus katanas gemelas.

—¡Vamos allá! —exclamó Rikuo con decisión. Aunque le parecía una locura, su sangre de kitsune hervía de excitación. Quizás ése era el verdadero espíritu de los guerreros yokai.

Itaku sonrió. La vida en Toono siempre era interesante.

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Baños termales

Había sido una salvajada, pensó Tsurara. Habían luchado durante horas. Al principio lo habían hecho movidos por la furia y el hartazgo, luego por la excitación y, al final, por la diversión. Habían luchado en serio, pero por alguna razón habían acabado sin que nadie le guardase rencor a nadie. Itaku y los suyos eran buena gente, eso estaba claro, y sólo les habían dado la bienvenida de la única manera conocida en Toono. Con una buena pelea entre amigos.

Cuando al acabar les habían ofrecido acompañarles a los gloriosos baños termales de la aldea, todos habían aceptado sin rencor. Bueno, todos menos Tsurara. No porque no quisiera, sino porque no podía. Era una dama de las nieves y corría el riesgo de quemarse gravemente si entraba en contacto con agua caliente.

Claro que había gente que no sabía aceptar un "no" por respuesta.

—¡Voy a morir! —gritó Tsurara, sin ropa y al borde del agua.

—Tranquila, estarás bien. Si sabes controlar tu "miedo", incluso unas Yuki-onnas como nosotras podemos bañarnos en las aguas termales —la animó Reira por detrás.

—No estoy yo muy segura...

—¡Ah, ah, nada de peros! ¡Vamos allá!

Tsurara, muerta de miedo, entró en el agua... y no pasó nada.

—¿Ves? —le guiñó un ojo Reira.

—Menudo jaleo has montado, Oikawa —le dijo Yura malhumorada. A su lado, la pequeña Yukari flotaba tranquilamente con los ojos cerrados.

Tsurara se relajó. Sí, notaba el calor del agua, pero si se concentraba podía mantener una temperatura agradable a su alrededor. Bueno, en realidad la que lo hacía era Reira, una uténtica maestra en el arte de controlar su "miedo". Quizás tenía que pasar una temporada entrenando en Toono algún día. Ahora que formaba parte de la Procesión Nocturna personal de Rikuo, quería hacerse más fuerte. Quería protegerlo.

—Muy bien, vas muy bien, Tsurara. Ahora voy a dejar que tú te encargues sola, ¿de acuerdo? —le dijo Reira con una sonrisa.

Tsurara asintió decidida. Podía hacerlo, podía hacerlo, podía hacerlo. No era difícil, el frío era su arma, sólo tenía que estar atenta, no pasarse ni quedarse corta... y entonces notó un pequeño picor de calor en su espalda.

—¡Aaaaaaaaaaaaaayyyyy!

Su "miedo" se salió fuera de control y acabó congelando el manantial entero. Reira meneó la cabeza, un poco decepcionada. Yura estaba congelada. Literalmente.

—¡YUKI-ONNA! —rugió la onmyoji.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento!

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El baño termal había recuperado de nuevo su temperatura habitual y Yura se había quedado para no caer en la hipotermia. Tsurara no había tenido el valor de volver a intentar el mismo experimento una segunda vez, así que en ese momento se dirigía a la casa de huéspedes. Itaku y los suyos les habían asegurado que esta vez no habría trampas raras, aunque con los yokai de Toono uno nunca sabía.

Entonces oyó unas voces familiares cerca de allí. Se acercó para ver mejor y luego apartó la mirada azorada.

Se trataba de los baños termales para hombres.

—Uf, duele —se quejó Rikuo. El agua caliente hacía que sus heridas abiertas le picasen. Ninguno de los yokai de Toono se había contenido a la hora de pelear.

—No te quejes tanto, Rikuo —le dijo Dohiko con una risita—. Un verdadero guerrero se mide por sus heridas.

—Menuda estupidez —rezongó Ryuji—. Sólo son heridos aquellos idiotas que no pueden evitar los ataques del enemigo. Personalmente, prefiero matar a distancia y que otros se lleven los palos.

—Muy propio de un onmyoji —comentó Itaku con una mueca de desprecio—. Aún así, todos habéis luchado bien. Si queréis haceros más fuertes, podéis venir a Toono cuando queráis.

—Pues menuda bienvenida de mierda —bufó Ibaraki-Doji. Incluso en el onsen, seguía con media cara tapada por la lápida de su padre.

Rikuo suspiró.

—Los yokai de Toono sois muy raros —dijo el muchacho.

—No. Es sólo que no nos comprendéis —contestó Itaku—. Como lo que ha pasado esta tarde.

—¿Te refieres a la invitación? —preguntó Rikuo—. ¿Por qué se rieron todos de mí?

Amezo salió entonces de entre las aguas, como un kaiju verde y escamoso.

—A ver, Rikuo, eres buena gente y eso, ¿pero a quién estabas invitando? ¿Y para qué?

—¿Cómo que a quién estaba invitando? Pues a Toono, claro —dijo Rikuo sorprendido.

—¿Y quién es Toono?

Rikuo fue a responder, pero se quedó callado. Sentía que se le escapaba algo.

—En Toono todos somos libres —explicó Itaku—. Si queremos quedarnos, nos quedamos. Si queremos irnos, nos vamos. Nadie puede hablar en nombre de todos, ni siquiera el señor Akagappa. Habrá gente a la que le parezca bien enfrentarse a ese Sanmoto Gorozaemon que tanto os preocupa, otros querrán mantenerse al margen y seguro que habrá alguno al que le gustaría unirse a él, aunque sólo sea por la posibilidad de luchar contra los Abe y los Nura.

—Qué caótico —comentó Shokera.

—Así es como somos en Toono. Si alguien va a tu Gran Asamblea, será porque quiere, no porque sea un representante oficial ni nada parecido. No será Toono la que vaya, sino unos yokai de Toono.

—¿Estarás tú entre ellos, Itaku? —le peguntó Rikuo.

El kamaitachi hizo una pausa.

—Tal vez —se limitó a contestar—. Ese Sanmoto es peligroso. Y tenemos una cuenta pendiente. No nos gusta que nos usen como peones en un juego que no entendemos.

Rikuo asintió. Por lo que veía, tampoco podía esperar mucho más de un yokai de Toono.

—Pero eso no significa que Kioto nos guste —añadió Itaku—. Vuestro clan nos ha usado varias veces en el pasado, pero siempre nos han mirado por encima del hombro.

—Y que lo digas. Esos yokai de Kioto son unos manipuladores —dijo Amezo.

—¡Eso, eso! ¡Y unos engreídos! ¡Incluso cuando nos contratan como mercenarios, no lo piden por favor, sino que exigen que les mandemos tropas como si fuera lo más normal del mundo! —añadió Dohiko.

—Ejem —carraspeó Shokera—. Que aquí hay yokai de Kioto presentes.

Dohiko y Amezo esbozaron unas sonrisas nerviosas.

—Oh, vamos, monaguillo, no es para tanto. Vosotros habéis cruzado espadas con nosotros, ¡eso es prácticamente como ser amigos! —dijo Awashima de repente, saltando al agua.

—¿Awashima? ¿Qué haces aquí? ¿Pero no eres una mujer? ¿Qué haces en el baño de hombres? —preguntó Rikuo sorprendido, mientras Shokera apartaba la mirada avergonzado.

Awashima pareció enfadarse.

—¡Ah, no, de eso nada! ¡Lo que pasa es que el amanojaku es hombre de día, y mujer por la noche! ¡Pero en el fondo soy un hombre!

—Ah... Ya... —musitó Rikuo, tratando con todas sus fuerzas de no posar sus ojos en los "atributos" del amanojaku.

—Oh, vamos, no hay que ponerse tan serios —dijo Awashima con una sonrisa maliciosa—. ¡Vamos a llevarnos bien! Dicen que desnudos en el baño es cuando se congenia mejor.

Desde su escondite detrás de unos arbustos, Tsurara estaba sopesando la idea de lanzarle un pedrusco de hielo a ese taimado Awashima. ¡Cómo se atrevía a atentar de esa forma contra la inocencia del pobre Rikuo!

Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada, alguien apoyó una mano en su hombro.

—¿Oikawa? ¿Qué haces aquí agazapada?

—¡Aaaaaah! —exclamó Tsurara—. Buf, eres tú, Keikain. Menudo susto me has dado.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? Eso es... ¡Eso es el baño de chicos!

—Chist, baja la voz, que nos van a oír.

Keikain frunció el ceño.

—Escuchar a escondidas está mal.

—Sólo quería asegurarme de que esos yokai de Toono no le fueran a hacer nada a Rikuo —se excusó Tsurara de manera muy poco convincente.

—Ya —Yura enarcó una ceja.

—En serio.

—Sí, claro.

—Keikain...

Yura suspiró.

—Mira, si nos vamos ahora, haré como que no he visto nada, ¿de acuerdo? Como nos pillen, nos va a caer una buena...

Pero no tuvo tiempo de terminar. Oyeron un grito y un estruendo. Se trataba de Awashima, que había aterrizado a varios metros después de que Shokera forcejease para quitársela a Rikuo de encima.

—¡Atrás, pecadora! O pecador, no entiendo muy bien cómo funciona eso del cambio de sexos, ¡pero da igual! ¡No permitiré que corrompas de esa manera al joven señor!

—¡Oh, vamos, pero si ya es un adulto! ¡Tiene trece años! —protestó Awashima—. Y vosotros sois nobles, ¿no? Seguro que sois los primeros en decirle al pobre chaval que se case y empiece a tener hijos, "por el bien de clan". ¡Panda de mojigatos hipócritas!

Rikuo apartó la vista, avergonzado. Ryuji soltó una risita de condescendencia.

—Je, algo me dice que el nieto de la vieja viuda negra no tiene ni idea de mujeres —dijo el hermano de Yura—. Pero bueno, ya aprenderá. Tiene pinta de ser de los que van rompiendo corazones de chicas para divertirse.

Las palabras de Ryuji pretendían ser una broma inofensiva, pero la expresión de Rikuo se ensombreció y se hundió un poco en el agua.

—¿Os ocurre algo, joven señor? —le preguntó Shokera con preocupación.

—No, nada, es sólo algo que me ha rondado la cabeza los últimos días. Hipotéticamente hablando, ¿qué debe hacer un hombre cuando una chica se le confiesa?

Aquellas palabras despertaron el interés de todos, tanto dentro del baño como fuera de él.

—¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? —cuchicheó Yura.

—¿No decías que escuchar a escondidas está mal? —le pinchó Tsurara.

—¡Calla, yokai!

En las aguas termales, Dohiko sonrió con expresión de quien sabe mucho de temas amorosos. Lo cual era una mentira cochina, pero ni Itaku ni los onmyoji parecían muy por la labor de hablar, y menos aún los cada vez más susceptibles yokai de Kioto, así que él tomó la voz cantante.

—"Hipotéticamente hablando", ¿eh? Bueno, en primer lugar, ¿al chico le gusta esa chica?

—No —respondió rápidamente Rikuo.

—Ya veo. ¿Es que acaso el chico tiene a otra chica en mente?

Rikuo se puso rojo, lo cual no ocurría casi nunca cuando estaba en su forma kitsune.

—Mejor lo dejamos. No me apetece hablar de eso ahora.

—¡Oh, vamos! ¡No es justo! ¡Ahora que llegábamos a la parte interesante! —se lamentó Amezo.

—¡No te cortes ahora, Rikuo! —le presionó Awashima—. ¡Esto es un pacto entre caballeros! ¡Guardaremos el secreto! ¡Sólo dinos si al menos hay alguien que te gusta! ¡Nada más!

Por un momento, pareció que Rikuo no iba a responder, que iba a salir del baño y nada más. Pero todos tenían la vista clavada en él. Incluso los onmyoji, que fingían desinterés, no se perdían detalle. Con un hilillo de voz confesó:

—Sí, hay alguien.

—¡Ja! ¡Lo sabía! —exclamó Awashima, mientras los demás se reían—. Venga, ahora dinos quién es.

—Ah, no de eso nada. Yo me salgo ya.

—¡Pero...!

—El joven señor ha dicho que no y es que no —intervino Shokera, cortándole el paso.

Los yokai de Toono se echaron unas risas, sin darle mayor importancia al asunto, mientras Ibaraki-Doji y Shokera se removían inquietos. No les gustaba la informalidad y la falta de respeto de sus anfitriones, pero no tenían más remedio que tragar. Ryuji y Mamiru se mantuvieron en un silencio pensativo.

En cuanto a Rikuo, harto de ser el blanco de las burlas, salió del agua y se dispuso a coger su ropa. Por un pelo no descubrió a Yura y Tsurara, que se pegaron contra las rocas con la esperanza de pasar desapercibidas. Lo consiguieron y Rikuo se marchó sin mirar atrás.

Las dos chicas intercambiaron una mirada significativa.

—Ni una palabra a nadie —dijo Yura.

—Ni una palabra a nadie —asintió Tsurara.


Notas adicionales:

Vale, mira que olvidarme que febrero es un mes más corto. Como siempre, vuelvo a rozar el límite, pero aquí está el nuevo capítulo de Kitsune no Mago. Gracias a mis fieles lectores y a los esforzados escritores de reseñas como Suki90, Lonely Athena, Nayrael, RAYHACHIBI y RIAS. Hablando de RIAS, sí, ya me divertiría hacer un omake o una historieta con este Rikuo y el Rikuo original encontrándose, pero le tengo que dar más vueltas. Acepto sugerencias ;)

* En el capítulo 23 del manga, Kiyotsugu menciona las regiones de Japón con mayor población yokai. Sorprendentemente, entre ellas no se encuentra Kanto, la patria de los héroes de Nurarihyon no Mago. De Chugoku no aparece gran cosa, así que me guío por el mapa de clanes yokai que publicó Nayrael en su tumblr.

* Rikuo no tiene ni idea de cómo tratar con Toono. Los yokai de Toono son más permeables al descaro yakuza de un Nurarihyon, pero incluso así en el manga Rikuo tuvo que pasar varios días entrenando en la aldea para hacerse una idea del modo de pensar de Toono. E incluso entonces seguía metiendo la pata de vez en cuando.

* En efecto, Tsurara no se puede bañar con agua caliente. En una sección de preguntas y respuestas, Tsurara revela que tiene que ducharse siempre con agua fría.

* La casa encantada aparece en el capítulo 185 del manga y en la OVA precuela con Nurarihyon como protagonista, cuando viaja por primera vez a Toono y reúne a sus primeros seguidores.

* Rikuo, incluso el Rikuo nocturno, es sorprendentemente susceptible a las bromas personales a su costa, como demuestra el OVA en el que se encuentra en una visión con su padre y su abuelo. Creo que es la única vez que hemos visto al Rikuo yokai sonrojándose, pero la OVA merece la pena sólo por eso xD

Próximo capítulo: "El monte del miedo"