Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo llega a Toono, aunque se encuentra con muchas dificultades para convencer a los yokai ninjas de que se unan a su causa. En un momento de descanso en las aguas termales, Yuta y Tsurara oyen algo que no deben.
El monte del miedo
En el inframundo, allá donde humanos y yokai por igual acaban al morir, Sanmoto Gorozaemon, el Rey Demonio, esperaba impaciente. Su poder crecía sin tener que hacer nada. Sentado en su trono dorado con el cuerpo robado a Nura Rihan, rodeado de almas en pena, parecía la viva estampa de la pereza. Pero su fuerza seguía aumentando. Lo notaba.
Por todo Japón, sus agentes en las sombras iban sembrando el miedo entre los humanos. Las leyendas urbanas se difundían con una velocidad asombrosa gracias a Internet y los teléfonos móviles. Nunca antes crear historias de terror había sido tan productivo. La tecnología había avanzado mucho, sí, pero los seres humanos eran tan cobardes y supersticiosos como trescientos años atrás. Un miedo del que Sanmoto pensaba aprovecharse.
Sin embargo, sus dudas no se habían apaciguado. Contra todo pronóstico, el Clan Abe de Kioto seguía en pie y ahora sus espías contaban que la vieja Hagoromo-Gitsune estaba tejiendo alianzas con otros clanes, sin duda para oponerse a él.
Era algo que le preocupaba a Sanmoto. Él no era un guerrero. En el pasado, había sido un exitoso mercader, un manipulador ambicioso y un gran tejedor de historias. Era la fuerza de sus historias y del té del conquistador lo que le había permitido obtener el poder de un demonio, pero sabía que no era suficiente. Podía crear leyendas urbanas a millares, alimentadas con el miedo de los humanos, pero una vez su miedo se rompía, eran débiles e incapaces de resistir a los grandes yokai. Con un ejército así, no podía conquistar un mundo.
En el pasado, Sanmoto había lavado el cerebro a otros yokai, más fuertes, para que fueran sus esbirros. Sin embargo, como Kurotabo había demostrado, no eran de fiar. Si el control mental se desvanecía, se podían volver en su contra.
Necesitaba más. Y Encho se lo iba a proporcionar.
—Sorpresa y pavor —dijo el narrador del Clan de las Cien Historias a su señor—. Sanmoto Gorozaemon es invencible contra cualquier loco que se le oponga, pero muchos se nos opondrán. Tenemos que hacer el mayor daño en el menor tiempo posible y llevarnos todo el "miedo" del país. Eso, y dejar que nuestros enemigos se maten entre nosotros.
Sanmoto y Ynagida le escuchaban atentamente. No lejos de allí, la siempre silenciosa Yosuzume montaba guardia. La mujer de alas negras había obtenido el privilegio de estar allí por su labor entre las filas de los yokai de Shikoku. Gracias a ella, el Martillo de Mao volvía a estar en poder de Sanmoto Gorozaemon, alimentado con las energías de los yokai muertos por el estúpido de Tamazuki.
—¿Aún sigues con esos tejemanejes? —le criticó Yanagida—. No funcionaron bien las últimas veces.
—Al contrario, funcionaron muy bien —le corrigió Encho con una sonrisa—. Tanto los Nura como los yokai de Shikoku fueron unas marionetas obedientes, pero se quedaron cortos. Necesitamos un enemigo más grande, más fuerte, más numeroso, que no se rinda pase lo que pase.
—¿A quién te refieres?
—A los humanos.
Yanagida bufó con incredulidad, pero Sanmoto Gorozaemon asintió complacido. Como siempre, Encho sabía superarse a la hora de crear estrategias alternativas.
—¿Y cómo pretendes conseguirlo? —insistió Yanagida, algo incrédulo.
Sanmoto dirigió una mirada de reojo a Yanagida y sonrió. Era bueno que sus dos lugartenientes pelearan. Habían trabajado juntos para conseguirle un buen cuerpo con el que regresar al mundo de los vivos, pero sabía que desconfiaban el uno del otro. Yanagida temía el trato de favor que recibía Encho, y Encho quería demostrar que sus planes seguían siendo buenos incluso después de los últimos fracasos. En cualquier caso, mientras estuviesen peleados no tratarían de volverse en su contra. Sanmoto siempre salía beneficiado.
—Con el plan del Mesías, con un añadido más.
Tanto Sanmoto como Yanagida entrecerraron los ojos. El plan del Mesías llevaba años, siglos incubándose, y se suponía que iba a ser la maniobra definitiva contra sus enemigos y el engaño masivo de todo el pueblo japonés. Añadidos de última hora no eran bienvenidos.
—Encho... —empezó a mascullar Yanagida.
—Podemos seguir recolectando miedo poco a poco y construir un ejército de leyendas urbanas, como hemos hecho siempre hasta ahora. O podemos lanzar un golpe que nadie se espera para recolectar todo el miedo del país —dijo Encho con aplomo—. Será una maniobra de sorpresa y pavor, que deje a los humanos anonadados y vulnerables a las historias que les queramos contar. Se convertirán en nuestras marionetas y ellos harán el trabajo sucio por nosotros. Luego se arrodillarán ante el Rey Demonio y el país entero pertenecerá a Sanmoto Gorozaemon.
Sanmoto parecía complacido, pero no era un valiente. La gloria le gustaba en su justa medida. Lo que quería era ganar, con honor o sin él.
—El plan del Mesías no puede alterarse a tu capricho, Encho —le advirtió el Rey Demonio muy seriamente.
—Hemos pavimentado las mentes sugestionables con nuestras historias, temido Sanmoto, pero no es suficiente. Necesitamos más miedo. Los humanos ya han puesto la primera piedra, con ese vídeo del joven señor de los Abe, que nos hemos encargado de azuzar en las redes —recordó Encho—. Pero hay muchos escépticos e incrédulos en estos tiempos modernos, gente que no se dejará mover por un puñado de vídeos o rumores en Internet.
—El té del conquistador... —sugirió Yanagida, pero Encho le cortó de inmediato.
—Imposible —sentenció el contador de historias—. Nura Rihan destruyó la Tetera de los Cien Demonios y lo que quedó lo tuvo que utilizar el señor Sanmoto para ascender a un nuevo plano de la existencia. No, lo que necesitamos son portentos terribles que convenzan hasta a los más reticentes de que lo único que pueden hacer para salvarse es seguir los dictados del Mesías.
Yanagida se cruzó de brazos.
—No niego que suena interesante, ¿pero no estarás tratando de anteponer tus deseos de contar la historia más grande jamás contada a los deseos de nuestro señor Sanmoto Gorozaemon?
—Yo soy sólo la Boca de Sanmoto. Es imposible para mí pensar en otra cosa que el bien de mi padre —dijo Encho con una reverencia.
Yansgida no estaba tan convencido de esa afirmación, pero él no tenía el privilegio de ser parte carnal de Sanmoto Gorozaemon. Simplemente era un ayakashi que había tenido la oportunidad de formar parte de algo más grande. Se volvió hacia el Rey Demonio, que seguía pensativo.
—¿Cuánto costaría hacer lo que propones, Encho? —preguntó Sanmoto.
—¿En miedo? Bastante, tendríamos que hacer una inversión inicial mayor de lo planeado. Pero en cuanto el terror de la gente se dispare, su pánico devolverá con creces lo gastado. Nuevas historias brotarán automáticamente sin que nosotros tengamos que hacer nada más que dirigirlas —explicó Encho con renovado optimismo—. ¿En tiempo? No costaría nada. Me he tomado la libertad de hacer los preparativos con antelación.
—Te concedes demasiadas libertades —murmuró Yanagida.
Sanmoto Gorozaemon asintió lentamente. Como antiguo mercader, no le gustaban los riesgos, pero sabía que había veces en que no se podía dejar pasar una oportunidad de oro. Su olfato nunca le engañaba.
—Adelante, Encho. Causa la ruina del mundo de los vivos con mi bendición.
Encho asintió e hizo una reverencia. Yosuzume le seguía de cerca. Sonrió. Sus planes y los de su socio estaban marchando exactamente como habían previsto.
"Marionetas, todos somos marionetas en una obra de teatro. Pero esta vez no será el Rey Demonio el que tire de los hilos", pensó Encho satisfecho.
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Monte Osore
En la prefectura de Aomori se halla la remota península de Shimokita, en el extremo norte de Honshu, la mayor de las islas del archipiélago japonés. Más allá está el mar y la norteña Hokkaido. De todos los accidentes geográficos de la península, el más destacable es el monte Osore, literalmente, "el monte del miedo". Se trata de un volcán aún activo del que las leyendas cuentan que es una de las entradas al infierno.
Las energías del monte Osore impregnan el lugar. Las itako, chamanes del norte generalmente ciegas, y los monjes shugenja, seguidores de la rama budista del Shugendo, son de los pocos que se acercan a ese sitio infernal. Incluso los yokai lo evitan normalmente.
Pero Rikuo no. Tenía una misión que cumplir en aquel lugar.
Habían hecho ya todo lo que tenían que hacer en Toono. Sus anfitriones, visto que sabían luchar, se habían mostrado más amables con ellos e Itaku había sido una gran ayuda para suavizar las relaciones, aunque el kamaitachi seguía tan hosco como siempre. Incluso les habían invitado a anmitsu, un postre de gelatina, pasta de judías dulces, frutas y jarabe, que en Toono adquiría proporciones colosales.
Al final, los yokai de Toono habían decidido que mandarían a algunos de los suyos a la Gran Asamblea de Hagoromo-Gitsune.
—Que te quede claro que sólo vamos para que nadie nos deje a oscuras. Tenemos tanto derecho a informarnos como el que más. Pero los que vayan no serán representantes legales. Si toman decisiones, será en su nombre, no en el de toda la aldea de Toono. Como ya te he dicho, nosotros no nos inclinamos ante nadie, ni siquiera ante nuestros camaradas —le advirtió Itaku.
A Rikuo no le importó. Le bastaba con esa promesa. Si los Nura de Tokio y los yokai de Toono acudían a la reunión, sabía que muchos otros se les unirían, aunque fuese sólo por curiosidad. No necesitaba una alianza firme, de momento se contentaba con advertirles del peligro.
Ahora, dejando Toono atrás, había ido allí a recoger la última pieza que le faltaba: la Nenekirimaru, la espada exorcista de los Keikain. Había sido destruida por Sanmoto Gorozaemon, pero Akifusa de los Keikain había prometido reconstruirla y hacerla mejor que antes. Era preciso, si querían una oportunidad para vencer al Rey Demonio.
—Akifusa sabe que venimos, ¿no? —le preguntó Rikuo a Yura.
—¿Qué? —murmuró su amiga distraída.
—Digo que Akifusa sabe que hoy vendremos a recoger la espada, ¿verdad?
—Sí, sí, le avisé por teléfono hace... hace unos días, creo.
Rikuo meneó la cabeza, extrañado. Su amiga de la ifnancia estaba más distraída de lo habitual. También Tsurara. No sabía qué les pasaba, pero cuando les preguntó si estaban enfermas ellas habían respondido que no.
Se encogió de hombros. Confiaba en sus amigas. Si ellas decían que no era nada importante, es que no sería nada importante.
Yura suspiró. Estaba bastante más espesa de lo habitual cuando trataba con Rikuo. Había intentado apartar de su mente las palabras que había oído junto a las aguas termales, pero cuanto más intentaba olvidarlas, más se grababan en su mente.
"Sí, hay alguien", había respondido cuando le habían preguntado si había alguien que le gustaba.
No era algo extraño. Los dos tenían ya trece años y a esa edad uno ya no es un niño, empieza a pensar en cosas más... profundas. Sus compañeras de clase no paraban de parlotear sobre los chicos que les gustaban, así que la revelación de Rikuo no era tan dramática.
Entonces, ¿por qué se sentía entre alegre y acongojada? ¿Qué era ese sentimiento de aprensión que la distraía? No era asunto suyo quién le gustaba a Rikuo. Si era buena gente, se alegraría por él. Porque se alegraría, ¿no? En ese momento recordó que no había acogido la intromisión de Tsurara en sus vidas muy bien, incluso antes de saber que era una yokai.
Eran... ¿celos? ¿Pero celos de amiga o algo más? Al pensar en eso, el corazón le latió más rápido de lo habitual. ¿Cuál era la respuesta que buscaba? ¿Cuál era la respuesta que quería?
"No puede ser, esto no es... no es...", trató de convencerse Yura a sí misma.
Tsurara, por su parte, tampoco paraba de pensar en lo que había confesado Rikuo. Había "alguien" que le gustaba. No era Ienaga Kana, menos mal, pero no sabía nada más. En un primer momento, se había emocionado. "¿Y si soy yo?", había pensado Tsurara con alegría.
Por desgracia, el pesimismo no tardó en envenenar esa alegría. ¿Y si no era ella? Si siguiente pensamiento había derivado a Yura. La onmyoji era humana, pero Rikuo no distinguía entre humanos y yokai. Además, era su amiga de la infancia. Tsurara no podía competir con eso.
Tampoco faltaban otras candidatas. En sus pesadillas, Tsurara veía a Rikuo confesar su amor a todas y cada una de sus compañeras de clase, y a todas las mujeres del Clan Abe, desde la pequeña Kyokotsu hasta la mismísima Hagoromo-Gitsune. También había otra respuesta en la que no había pensado antes: ¿quién decía que tenía que ser una chica? La lista de posibles intereses románticos de Rikuo se hacía entonces interminable.
"Sí, lo más probable es que no sea yo", tenía que admitir Tsurara. Aunque Rikuo se comportaba como un amigo y todo un caballero con ella, sabía que les separaba un abismo. Ella lo había estado espiando, lo había traicionado y, en el fondo, no se sentía digna de estar a su lado, incluso después de intercambiar copas de sake con él. E incluso si no fuera así, había clases. Rikuo descendía de los más poderosos ayakashi de Japón y en él corría la sangre de los divinos kitsune. Ella sólo era una Yuki-onna, de las que había a centenares. No, no se veía a su altura.
Si Rikuo hubiera sabido lo que pensaba Tsurara en ese mismo instante, le habría dicho que se trataba de una tontería. Pero entre sus poderes no estaba la telepatía y Tsurara se quedó sola con sus negativos pensamientos.
Tampoco es que el paraje invitara a ser optimista. El monte Osore era un lugar tétrico, lleno de rocas peladas y vapores sulfurosos.
Rikuo se adelantó, seguido de sus guardaespaldas Ibaraki-Doji y Shokera. Miró a un lado y a otro. A pesar de lo que le había dicho Yura, no había ni rastro de Akifusa.
—Pensé que vendría a recibirnos —comentó Rikuo decepcionado.
—Ni te molestes en esperar —dijo Ryuji, poniéndose a su altura—. Cuando ese idiota está enfrascado en la forja, no hay dios que lo mueva de allí.
—¿Entonces...?
—Supongo que tendremos que trepar nosotros mismos —Ryuji se encogió de hombros—. Yo no me sé las direcciones aquí.
—¿Y a dónde vamos?
Ryuji esbozó una sonrisa sardónica.
—¿No estuviste entrenando onmyodo con nosotros? —señaló el hermano de Yura—. ¿Dónde irías a forjar una espada exorcista?
Rikuo se quedó pensativo. Yura se acercó como quien no quiere la cosa y le susurró:
—En el lugar de más alta concentración espiritual, en el lugar donde haya más "miedo".
—Ya lo sabía —le respondió Rikuo en voz baja. Luego añadió en voz alta, para que Ryuji lo oyera—: Bien, creo que ya sé a dónde debemos ir.
—Entonces tú nos guiarás, chaval —respondió Ryuji.
Se pusieron en marcha sin darse cuenta de que una sombra observaba sus movimientos desde lejos con el ceño fruncido.
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En uno de los rincones más apartados del monte Osore había un lugar al que durante generaciones habían acudido los maestros armeros de todo Japón. Era un cementerio de espadas, como si de la tierra volcánica brotara afilado acero en lugar de musgo o líquenes. Hasta la misma roca podían herir, pero sus forjadores no las habían considerado dignas de llevárselas consigo y las habían dejado allí, abandonadas, engrosando un bosque de metal cada vez más tupido.
Porque no eran simples espadas las que se forjaban en ese lugar. Quien iba allí quería forjar acero capaz de cortar a los mismos dioses.
En una cueva tan opresiva que hasta respirar se hacía difícil, Keikain Akifusa trabajaba sin descanso en la fragua. Tras muchos intentos, y siguiendo las instrucciones dejadas por Hidemoto Decimotercero, el genio del pasado, había logrado perfeccionar su técnica. Ahora, por fin, estaba reforjando la Nenekirimaru como debía ser: el arma definitiva para destruir a los yokai.
Akifusa era un genio, pero no era estúpido. Después de la cura de humildad que había sufrido a manos de Tsuchigumo, sabía que no estaba a la altura en muchas cosas. Sin embargo, más que ninguna otra cosa, la forja era su pasión. Todas sus energías, todos sus conocimientos, los volcaba ahora en la nueva Nenekirimaru.
Tan absorto estaba en su trabajo que no se percató de la llegada de invitados a su humilde morada.
—Akifusa, ya hemos llegado —le dijo Ryuji.
El heredero de los Yaso no respondió. Siguió golpeando el metal.
—¡Akifusa! ¿Me oyes? —insistió Ryuji.
Ni caso. Más martillazos.
Ryuji apretó los dientes. Se acercó lentamente a su primo y entonces le gritó en la oreja:
—¡DESPIERTA YA, CABEZA CUADRADA!
Akifusa pegó un respingo y se volvió, presto a combatir al enemigo. Entonces se dio cuenta de que no eran enemigos, sino sus primos Yura, Ryuji y Mamiru acompañados de yokai del Clan Abe. Entonces se dio cuenta de que estaba sucio y sudoroso, una imagen que contrastaba con su apariencia pulcra y ordenada cuando visitaba la mansión ancestral de los Keikain. Cuando forjaba, las ropas ceremoniales eran un estorbo.
—¿Yura? ¿Ryuji? ¿Qué...? ¡Ah, es verdad, que veníais hoy! Lo siento mucho, estaba distraído.
—Sí, sí, ya sabemos que cuando haces espadas te emocionas, pero vamos al grano —Ryuji seguía siendo tan cortante como siempre—. ¿Has terminado la Nenekirimaru?
—Estoy en ello —confesó Akifusa—. Esta Nenekirimaru, o mejor dicho, la Nuekirimaru, pues Hidemoto Decimotercero la creó en sus inicios para acabar incluso con el propio Nue, será más fuerte que ninguna espada jamás creada. Pero le falta algo.
Rikuo frunció el ceño.
—¿Qué le falta? —quiso saber el que pronto sería el espadachín de la nueva Nenekirimaru.
Akifusa iba a responder cuando una nueva figura entró en la caverna.
—Señor Akifusa, necesita comer algo. Le traigo una sopa... Ah, disculpadme, no sabía que teníais visita.
Todos se volvieron hacia la recién llegada. Se trataba de una mujer joven, de apariencia grácil y delicada. Se movía con lentitud y cierta inseguridad, como si estuviera ciega. Bueno, realmente no estaba ciega del todo, pero si era verdad que su vista era bastante mala, pese a ser tan joven. Vestía ropajes tradicionales y llevaba un cuenco humeante en las manos.
—Momoishi, pasa, te presentaré a mi familia y mis amigos —la saludó Akifusa con una sonrisa.
Momoishi, que así se llamaba la chica, asintió y se adelantó. Sin embargo, al pasar cerca de los yokai, sintió un escalofrío y abrió mucho los ojos. Dejó caer el cuenco que llevaba y se acurrucó junto a Akifusa.
—¡Señor Akifusa! ¡Son ayakashi! —le advirtió Momoishi alarmada.
—Ya lo sé, tranquila, no te preocupes. Son amigos —le explicó el onmyoji.
—¿Amigos? —Momoishi estaba muy confundida.
Ryuji examinó con ojos calculadores a la recién llegada. Yura y Tsurara tampoco le quitaban el ojo de encima. En cuanto a Mamiru, Shokera e Ibaraki-Doji, no parecían interesados en lo más mínimo por la chica. Estaba claro que su capacidad d combate era nula.
—¿Quién es ella? —preguntó Ryuji desconfiado. Como maestro en trampas, sabía oler la posibilidad de que hubiera una allí mismo.
Akifusa captó enseguida la sospecha de su primo y trató de tranquilizar los ánimos.
—La señorita Momoishi es una de las itako que vive en el monte Osore —explicó el forjador de espadas—. Desde que vine aquí a perfeccionar mi técnica, ha sido mi benefactora. Sin su ayuda lo habría pasado mal.
—Así que tu "benefactora", dices —comentó Ryuji.
—Sí —asintió Akifusa.
Ryuji suspiró. Luego apoyó una mano en el hombro de su primo.
—Akifusa, no hace falta que mientas. No, no, déjame hablar. Te comprendo, y eso que soy algo más joven que tú. En fin, no parece mala chica, y estoy seguro de que en la rama Yaso de la familia estarán muy contentos de que hayas decidido continuar la estirpe.
—¿Qué? ¡Lo estás sacando todo de contexto, Ryuji! Yura, por favor, eres la heredera, dile algo a tu hermano —le pidió Akifusa a su prima.
Pero Yura no parecía muy por la labor de corregir a su hermano.
—A mí no me importa. Si el primo Akifusa es feliz, yo soy feliz —dijo la chica sin pizca de malicia.
Akifusa no se lo podía creer. Se volvió hacia los demás, pero no encontró ninguna mirada de consuelo. La misma Tsurara, de hecho, entrecerró los ojos con aire acusador.
—Qué sospechoso, los dos viviendo en una pequeña cueva en la montaña... —murmuró la dama de las nieves como quien no quiere la cosa.
Mientras tanto, Momoishi estaba pendiente de los yokai. Por fortuna, no parecían tener intención de atacar, aunque alguno de ellos, como ese demonio con media cara tapada, parecía extremadamente aterrador. Aún así, trató de mantener la entereza. Como itako, su especialidad no eran exterminar yokai, pero sabía de exorcismos y sabía que no había que mostrar miedo ante un ser sobrenatural.
—Señor Akifusa, ¿qué hacen estos ayakashi aquí?
—Como he dicho, son amigos. Mi familia y la suya se han aliado para acabar con el más horrible y malvado yokai que jamás haya conocido. La espada que he estado forjando y en la que he trabajado todos estos días es, precisamente, para acabar con ese monstruo.
—La katana... —recordó Momoishi—. Pero señor Akifusa, en esa espada ha puesto todo su esfuerzo. Yo lo he... lo he visto, toda esa emoción, todos esos sentimientos. Es como si pudiera oír las voces de mil años en ese metal. ¿Y se lo va a dar a unos ayakashi?
—¿Voces? —se sorprendió Akifusa.
Sí, tenía sentido. Momoishi era una itako especialmente dotada, incluso en una época en que las itako estaban camino de la desaparición, incluso allí, en el monte Osore. Podía ver cosas que otros no veían. Y era cierto que las voces de mil años le habían llegado a él, Akifusa, a través de todos los tratados de los antepasados de la familia Keikain. Esa katana era algo especial.
Akifusa sonrió.
—Lo importante no es si quien la vaya a manejar es humano o ayakashi —le dijo a Momoishi—. Lo importante es que quien la empuñe sepa canalizar la voluntad de esa espada. La voluntad de los Keikain, la voluntad de proteger Kioto. Y ahora se la paso a su nuevo dueño.
—¿No decías que le faltaba algo a esa espada? —señaló Ryuji.
—Sí —Akifusa asintió—. Le falta un maestro a su altura.
Rikuo se aproximó con ganas de examinar la que iba a ser su nueva espada, pero para sorpresa de propios y extraños, Yura se adelantó y cogió la Nenekirimaru de las manos de Akifusa.
—¿Yura? —musitó Rikuo confundido.
—¡Escucha bien, Rikuo! —exclamó su amiga de la infancia, adoptando el papel de heredera del clan—. Esta katana no es una espada más. Esta katana es el símbolo de todo por lo que han luchado los Keikain. Mi familia, ¿lo comprendes, Rikuo?
El muchacho asintió, sin decir palabra.
—Durante mil años, desde que nuestro antepasado Ashiya Doman fundó el clan, hemos defendido Kioto de todas las amenazas posibles. Sí, incluso de los yokai de Kioto. Esta misma espada se llamaba antes Nuekirimaru, pensada para abatir al Nue. Ahora ya no somos enemigos, tenemos un adversario común, pero no puedo dejar que cualquiera se lleve esta hoja que representa los sueños y esperanzas de mil años. Somos amigos, Rikuo, para siempre, pero también soy la heredera de la familia Keikain. Y necesito que el heredero del Clan Abe lo entienda.
Rikuo sonrió. No estaba acostumbrado a ver a su amiga mostrarse tan protocolaria, pero entendía que era necesario. Para todos. Hizo una reverencia.
—Como futuro líder del Clan Abe, prometo que sólo usaré esta espada para defender a los inocentes de Kioto, no importa su origen y condición. Jamás la enarbolaré contra los Keikain ni sus herederos. Si falto a mi palabra, que la misma Inari me condene al infierno.
Yura pareció satisfecha. Sin embargo, Ryuji fingió un bostezo de aburrimiento e Ibaraki-Doji gruñó, impaciente.
—¿Hemos terminado ya con esta pantomima? Nuestra señora espera y a Hagoromo-Gitsune no le gusta que la hagan esperar —se quejó el oni.
—Siempre tan diplomático, Ibaraki-Doji —se burló Shokera.
—Cierra el pico, santurrón —le espetó su compañero.
Parecía que las cosas volvían a la normalidad.
Rikuo contempló la Nenekirimaru, extasiado. Ni su Ichibi no Tachi, hecha con su propio miedo, era comparable a aquella arma exorcista. Cuando la blandió, se ajustó a él como si hubiera nacido para empuñarla. Y tal como habían dicho Momoishi y Yura, notaba el peso de mil años de historia en la espada. Las esperanzas de una de las estirpes de onmyoji más grandes del país, puestas en aquella katana.
"Bien", se dijo Rikuo, "yo cargaré con este peso".
—La espada está contenta —le comentó Momoishi a Akifusa con una sonrisa.
—Esperaba que así fuera —suspiró el joven forjador de espadas—. No es una katana normal, ni siquiera para ser una espada exorcista. Hidemoto Decimotercero, nuestro antepasado, la creó de forma que fuese incapaz de herir mortalmente a los humanos.
—¿En serio? —se asombró Momoishi.
—En serio —corroboró Akifusa—. Es una espada buena, ¿no te parece?
Momoishi asintió y sonrió aún más. Desde que había conocido a Akifusa, había sentido en él una gran bondad. Tensión, estrés y preocupación, también, pero eso era normal entre los forjadores de espadas del monte Osore. Tanto "miedo" concentrado en aquel lugar terminaba pasando factura. En cualquier caso, Momoishi estaba convencida de que Akifusa jamás habría entregado un arma semejante a los ayakashi sin una buena razón.
—Bien, tortolitos, es hora de separarse —les interrumpió Ryuji bruscamente—. Ya habéis oído al cara-de-lápida, los monstruitos se impacientan. Akifusa, coge todas las espadas decentes que haya por aquí y átalas. Nos las llevamos.
—Ryuji, me gustaría quedarme aquí —le confesó Akifusa.
Ryuji miró de reojo a Momoishi.
—Sí, ya me imagino por qué.
—¡No es eso! —se enfadó su primo—. Verás, he mejorado bastante, lo suficiente como para reparar la Nenekirimaru, pero aún me queda mucho por aprender. En el monte Osore vive un gran maestro forjador de espadas. Él me ha guiado en todos los pasos para restaurar la Nenekirimaru. Sabe más de lo que creía posible, y quiero seguir aprendiendo de él. Además, mientras esté aquí, puedo seguir fabricando espadas para enviarlas a Kioto.
Ryuji rumió la propuesta de su primo. Tenía lógica, aunque no le gustaba dejarle solo en aquel lugar tan remoto, por muy bueno que fuese ese maestro.
—En fin, es cosa tuya, pero a partir de ahora envía avisos todos los días, ¿de acuerdo? Vivimos en el mundo moderno, estoy seguro de que hasta tú tienes móvil. Si un día no recibimos noticias tuyas, aunque sea porque te hayas quedado dormido, convencerá al viejo de que nos permita a Mamiru y a mí devolverte a rastras a Kioto, ¿está claro?
Akifusa sonrió. Aquella era la manera de Ryuji de demostrar que estaba terriblemente preocupado por sus seres queridos.
—De acuerdo —aceptó el onmyoji.
—Y cuídate un poco más. Estás en los huesos. ¿Es que haces ayunos espirituales o qué?
En ese momento, Momoishi intervino:
—El señor Akifusa puede pasarse hasta setenta horas encerrado en esta cueva —se lamentó la itako—. Come poco, duerme poco, y piensa sólo en trabajar el metal. A veces me he pasado hasta diez minutos a su lado sin que se entere, a pesar de que le traigo la comida.
—Ya sabes que cuando me concentro en la forja, mi cuerpo segrega adrenalina y dopamina. No me canso fácilmente —se defendió Akifusa.
La expresión seria de la itako se rompió un poco.
—Hum, ¡pero Momo no puede evitar preocuparse! —exclamó Momoishi, hablando en tercera persona como una niña pequeña.
—Ja, ja, ja, lo sé, lo sé. Esta vez me lo tomaré con más calma, lo prometo —respondió Akifusa.
Ryuji meneó la cabeza. "Como una pareja casada", pensó. En el fondo, le daban un poco de envidia.
Su hermana, Mamiru y los yokai ya habían salido y le esperaban a la entrada de la cueva. Antes de seguir sus pasos, sin embargo, Ryuji se volvió una vez más hacia su primo. Había algo que quería saber.
—¿Cómo se llama ese maestro del que me has hablado? —le preguntó a Akifusa.
—Es el señor Taisei —respondió el heredero de los Yaso—. Gokadoin Taisei.
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A no mucha distancia de allí, dos misteriosas figuras observaban la escena. Una, embozada en una capa negra, rezumaba con rabia mal contenida. Yokai, sucios yokai mancillando el suelo sagrado del monte Osore con su presencia. Era una vergüenza. Habría dado lo que fuera por desatar sus poderes sobre aquellos monstruos de la oscuridad, convocar un ejército interminable de muertos y lanzarlos sobre esos perros.
Quería hacerlo, pero no podía. Tenía órdenes. Pues al lado de la primera, había una segunda figura, más bajita y envuelta en ropas de blanco impoluto.
—Señor Ariyuki, ¿de verdad debemos dejar que se marchen? —preguntó el primero.
—Taisei, Taisei, debes aprender que las cosas buenas se hacen esperar —contestó el otro alegremente—. Si no controlas tu impaciencia, no podrás llegar a ser uno de los cabezas de familia. Hiruko no lo dirá en voz alta, pero se sentiría muy decepcionado si eso pasa. Eres de sus favoritos, lo sabes, ¿verdad?
Taisei masculló algo ininteligible y su acompañante se dio por satisfecho. Sin embargo, el otro volvió a la carga apenas pasado un minuto de silencio.
—¿Pero hacía falta fabricar esa espada para ellos? Me duele ver el fruto de mi trabajo y el de ese pobre Keikain, engañado por los yokai, en manos de un odioso kitsune. Es una herejía.
—Keikain Akifusa es un genio, pero él solo no podría haber terminado la Nenekirimaru sin tu apoyo, Taisei. En el fondo, es una suerte que acudiera a ti. Un pajarito me ha dicho que el Rey Demonio pronto empezará a moverse, y todas las piezas tienen que estar en su sitio antes del gran final.
Taisei no parecía convencido. No le gustaban aquellos tejemanejes. Claro que quizás esa era la razón de que aún estuviese atascado en el escalafón de la familia.
—Sigo sin entender por qué hemos dejado esa magnífica katana en manos de los yokai. ¿No habría sido mejor quedárnosla nosotros? A fin de cuentas, los yokai de Kioto van a morir.
Ariyuki sonrió de oreja a oreja.
—Así es, van a morir. Sin embargo, tampoco nos conviene que mueran demasiado rápido. Hay que nivelar la balanza. Porque al Rey Demonio se le pueden ocurrir ideas raras si ve que gana muy rápido, y el Primero no quiere que eso ocurra. Tranquilo, Taisei. Como he dicho, ten paciencia. Más temprano que tarde podrás matar a todos los yokai que quieras.
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Mansión Abe
Hagoromo-Gitsune, la única e incontestable Señora del Pandemónium, observaba con atención un mapa de Japón dividido en zonas. Sin embargo, no eran las prefecturas oficiales del país, sino las fronteras de los distintos clanes yokai que regían el mundo de las sombras de Japón.
Era un poco deprimente. Había muchos huecos vacíos, que en su día habían sido ocupados por uno u otro clan. Sin embargo, esos clanes habían desaparecido y los demás no eran lo suficientemente fuertes para ocupar su lugar. Ese era el precio de la expansión humana, que poco a poco iba desplazando a los yokai a los lugares más recónditos e inaccesibles del archipiélago. Sólo los clanes de mayor solera podían vivir a la sombra de los humanos y prosperar.
Estaban el Clan Abe y el Clan Nura. Estaban los yokai de Toono en el norte. Estaban los yokai araña de las profundidades de Kyushu, de donde había venido el mismo Tsuchigumo. Estaba también Shikoku, ahora subordinada a Kioto. "Como debe ser", pensó Hagoromo-Gitsune con una sonrisa de suficiencia. Luego el Clan Tokaido, el Clan Jorogumo, el Clan Seto Akki, el Clan Tenka Fubu, incluso ese clan de bebedores de Yamaguchi.
Había marcado con verde los clanes que iban a mandar representación a la Gran Asamblea, con rojo los que no iban a ir, y con amarillo los que estaban en duda. Había pocos verdes, algunos rojos y muchos, muchos amarillos.
—La señora Hagoromo-Gitsune no debe preocuparse —le dijo el Gran Tengu, su más fiel consejero—. Vendrán.
—Muy seguro te veo, Sojobo —contestó la kitsune.
—El joven señor ya me ha demostrado que con palabras se puede llegar muy lejos. Y eso es lo que vamos a vender en la Gran Asamblea: palabras. La curiosidad podrá incluso con los más reticentes. Otra cosa es que después les convenzamos de que lo que les conviene es hacernos caso. Eso lo veo mucho más difícil.
—Yo también —reconoció Hagoromo-Gitsune a su pesar—. Pero que no se diga que no lo intentamos. Luego que no se quejen si decidimos ajustar cuentas con los cobardes.
No era la postura más diplomática del mundo, pero tampoco se le podía pedir más a la Señora del Pandemónium.
En ese momento, llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó Hagoromo-Gitsune malhumorada. Había dado orden expresa de que no se la molestara a menos que fuese para algo importante.
—Kuzunoha, soy yo —respondió Wakana al otro lado—. ¡Rikuo acaba de llamar!
Hagoromo-Gitsune hizo que le abrieran las puertas a su nuera. Esta irradiaba felicidad como la kitsune irradiaba oscuridad.
—¡Rikuo vuelve a casa! —anunció Wakana—. Dice que ya ha conseguido esa katana que quería, y asegura que podrá vencer con ella a Sanmoto si hace falta.
—Je, propio de mi nieto. ¡Pero dile que no se dé tanta prisa! Tiene que seguir entrenando, y la cola para llevarse un pedazo de ese maldito Rey Demonio es larga.
—Enseguida podrás decírselo en persona, Kuzunoha. Mañana estará en casa.
Hagoromo-Gitsune esbozó una sonrisa. La gran mansión no era la misma sin su nieto, aunque tenía a Kyokotsu y a su nuera para hacerle compañía.
Echó un vistazo más al mapa. Sí, Sojobo tenía razón. Nadie decía que no fácilmente a una invitación de la Señora de la Oscuridad de Kioto. Entonces, aunque la mayoría fuesen unos cobardes que se echasen para atrás o se pasasen al enemigo, empezaría a tejer sus propios planes. Sanmoto no era el único que sabía intrigar desde las sombras.
"Tengo que llamar a la Yuki-onna de nuevo", recordó Hagoromo-Gitsune entonces. Había dicho que Rikuo tenía que entrenar, pero no era el único. En las últimas semanas había estado practicando en secreto y creía que, por fin, podía empezar a hacer un avance significativo.
"Sanmoto no se lo esperará", pensó Hagoromo-Gitsune con satisfacción.
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Prefectura XXX
Kiyotsugu estaba entusiasmado. No había podido ir al monte Osore y sus planes de excursión se habían ido al traste porque sus compañeros del Club Kiyo Cruz se habían ido en distintas direcciones para aprovechar el breve descanso entre el curso anterior y el siguiente, pero había encontrado algo que bien valía haberse quedado en Ukiyoe.
La profecía de Kudan.
Kudan era un yokai con cuerpo de ternero y cabeza de persona. De hecho, los kanjis que formaban su nombre eran los de "persona" y "vaca". Según decían los antiguos rumores, cuando un Kudan nacía hacía una predicción. La predicción era absoluta, siempre se cumplía. De hecho, vivía sólo para contarla, porque el Kudan moría justo después. Pero nadie había vuelto a ver un Kudan en siglos.
Hasta ahora. Hasta que en sus múltiples búsquedas por Internet, Kiyotsugu había encontrado un chat en el que se decía que un Kudan iba a nacer en una granja abandonada de la prefectura XXX.
Al principio, Kiyotsugu había dudado. No parecía un rumor muy fiable. Sin embargo, juzgando que no tenía nada mejor que hacer (qué suerte tenían los del Club Onmyoji de Kioto, qué suerte), decidió acercarse al lugar. Para su sorpresa, vio que estaba lleno de gente que, como él, había seguido la pista de los rumores. Quizás no eran tan infundados como pensaba.
"Desde que circularon los vídeos de Kioto, la gente ya no se burla tanto de los buscadores de yokai", pensó Kiyotsugu, con cierto orgullo. Él había perseguido la verdad oculta desde pequeño.
Y allí estaba la prueba de la verdad: una vaca, a punto de parir. El proceso fue un poco asqueroso, pero Kiyotsugu mantuvo los ojos fijos como un buen investigador de yokai.
—Oh... Oh... ¡Oh! —exclamó uno de los presentes—. Es... ¡Es verdad! ¡Kudan! ¡Kudan!
Los demás corearon el nombre de Kudan, como una especia de mantra religioso. Porque en efecto, allí estaba, una horripilante criatura con cuerpo de vaca y cara de persona, contraída en una mueca de dolor y sufrimiento.
—¡Se está poniendo de pie! ¡Va a hacer una profecía!
Al momento, todos apuntaron sus cámaras a la criatura. No debían perderse ningún detalle.
—Escuchad, humanos —dijo Kudan—. Esta es mi profecía:
Cuando el sol naciente al terror sucumba
y los muertos se levanten de sus tumbas,
el Mesías regresará del infierno
y salvará a los hombres del averno.
Él vencerá al demonio renacido
y traerá la paz a un mundo agradecido.
Nada más pronunciar las últimas sílabas, el yokai se dejó caer sobre el suelo del establo. Dejó de respirar.
—¿Pero qué demonios significa eso? —preguntó alguien.
—No lo sé —confesó Kiyotsugu temblando—, pero no me gusta nada.
Notas adicionales:
Siento la tardanza, he andado muy atareado 8pésima excusa, lo sé; todos estamos atareados). Hace tiempo que no me paso por el portal de fanfiction y veo que tengo cosas que leer (incluido el nuevo capítulo en alfa del maestro Nayrael, enseguida me pongo a ello).
Gracias a todos los que me leen, y más gracias aún para los que me reseñan, como el ya mentado Nayrael, Suki90, Lonely Athena, RAYHACHIBI, Dennou, RIAS y ahora silvergoldmoonlight también, que se enfrenta al temido traductor de Google.
RIAS (hazte algún día cuenta, para que te pueda responder mejor!): Tiene sentido que acaben en Tokio, para que dé más juego, pero habría que encontrar una explicación "lógica" al portal dimensional. ¿Y por qué deberían cambiar de color de pelo?
* Kurotabo fue controlado por un tiempo por Sanmoto Gorozaemon. En principio había nacido como un yokai creado por los miedos y las esperanzas de los niños de las calles, que creían en un monje salvador que los rescataba de los malvados. En el capítulo 155 del manga Sanmoto reflexiona sobre la necesidad de haberle lavado el cerebro a Kurotabo con su té del conquistador porque los yokai creados con sus historias no tienen la fuerza de un yokai más "tradicional", por así decirlo. Sólo la acumulación de cien historias, al estilo de los cien demonios de una Procesión Nocturna, era capaz de igualar o superar ese poder.
* Momoishi y Taisei no son personajes originales, sino personajes del manga que aparecen en el arco argumental del monte Osore. Momoishi es, tal como se explica aquí, una itako del monte Osore. En general, las itako son videntes ciegas, pero Momoishi parece que sí conserva el sentido de la vista, aunque es todo muy ambiguo. Por eso he optado porque tenga mala vista, lo cual justifica la tradición de las itako y la ambigüedad del manga (por cierto, aviso que soy fan de emparejar a Akifusa y Momoishi). En cuanto a Taisei, es un onmyoji de la casa Gokadoin y maestro de Akifusa durante su estancia en el monte Osore.
* La profecía del Kudan aparece en el capítulo 159 del manga, aunque sinceramente parece más una instrucción de matar a Rikuo que otra cosa. Tengo mis razones para hacerla más poética aquí. Y sí, el manga oculta deliberadamente la prefectura en la que ocurre. Y sí, también es el inicio del "plan del Mesías", aunque yo voy a hacer mi versión particular del mismo.
Próximo capítulo: "Apocalipsis". Empieza el último arco argumental de Kitsune no Mago. Calculo que para el capítulo 50 ya habrá terminado.
IMPORTANTE: Agradecería si alguien me pudiera informar de bodas tradicionales japonesas, para el capítulo final. Ya dije que habría una boda, ¿verdad? ;)
