Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Akifusa forja para Rikuo una nueva Nenekirimaru, capaz de vencer a Sanmoto Gorozaemon. Mientras tanto, el Clan de las Cien Historias pone en marcha su plan definitivo, empezando por una terrible profecía sobre la destrucción de Japón y la llegada del Mesías.
Apocalipsis
Las semanas pasaron. Rikuo y Yura volvieron al colegio, empezando un nuevo curso. Tsurara también, claro, aunque más para hacer compañía a Rikuo que otra cosa. Sin embargo, no fue un regreso divertido. Aunque los rumores se habían acallado un poco después de varios días sin pisar la escuela, seguían corriendo habladurías acerca de Rikuo y los yokai. Decían la verdad, claro, pero para Rikuo, que tanto se había esforzado en ser un alumno ejemplar y tanto había luchado para mantener Kioto a salvo, era un suplicio ver cómo sus compañeros de clase e incluso algunos profesores le miraban raro.
Por eso era un alivio que por fin llegase la Golden Week. Aunque Rikuo presentía que sus días de vacaciones iba a emplearlos entrenando como un loco con el Gran Tengu y con Keikain Ryuji, en el fondo agradecía poder desconectar del enrarecido ambiente del instituto.
Y entonces empezó el desastre.
Era 28 de abril, último día de clases antes de la Golden Week. Rikuo estaba ayudando a Yura y a Tsurara a recoger las cosas de la reunión del Club Onmyoji cuando de repente oyó un grito.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAH!
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Rikuo.
—¡Era la voz de Shimohira-san! —exclamó Yura. Shimohira era una de sus compañeras de clase—. ¡Venía de los baños! ¡Vamos!
A aquellas alturas de la tarde apenas había gente en la escuela, así que fueron los primeros en llegar. Aunque a Rikuo le daba un poco de aprensión entrar en el baño de mujeres, Yura abrió la puerta sin vacilar. Entonces se quedó de piedra. Tsurara, a su lado, ahogó un grito. Rikuo venció sus recelos y se adelantó. Lo que vio le dejó anonadado.
Sangre. Sangre por todas partes. Manando del grifo, salpicando el suelo y las paredes, en las tazas de los váteres. Parecía que la misma agua se había convertido en sangre. No era pintura; Rikuo había estado en suficientes batallas para distinguir la sangre de verdad de un sucedáneo.
Shimohira estaba acurrucada en el suelo, junto a los grifos. Sin dudar un instante, Rikuo se arrodilló junto a ella.
—¡Shimohira-san! ¿Estás herida? —le preguntó Rikuo preocupado.
La chica negó con la cabeza. Sus manos temblaban.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Puedes hablar?
Shimohira tragó saliva con esfuerzo.
—Yo... Yo... Sólo quería lavarme la cara... Nada más. Pero entonces... entonces... del grifo ha empezado a salir sangre. Antes era agua, ¡lo juro, lo juro, lo juro! Era agua... No era sangre, era agua...
Parecía en estado de shock, así que Rikuo no la presionó más. A su lado, Yura examinó los grifos con expresión ceñuda. Cerrados, no daban problemas. Sin embargo, si los abría, ocurría tal y como Shimohira había dicho: salían cantidades industriales de sangre.
—Esto es muy raro —murmuró Yura—. Rikuo, ¿podrías hacerme un favor?
—Lo que tú digas, Yura.
—Ve al baño de chicos. Mira a ver si está ocurriendo lo mismo.
Rikuo asintió y se fue. Aunque había sido un juego hasta entonces y él era heredero de un clan yokai, seguía siendo miembro del Club Onmyoji. Ahora que ocurría un auténtico fenómeno paranormal en la escuela, era momento de actuar como habían practicado. Mientras tanto, Yura siguió probando todos los grifos y las cisternas de los váteres. Tsurara se acercó a ella y le susurró:
—¿Crees que se trata de otra trampa del Clan de las Cien Historias?
—Tal vez, pero aquí apenas detecto rastros de energía espiritual. Debería haber notado algo, un cambio, lo que fuera —Yura se mordió la lengua, frustrada.
Tsurara iba a añadir algo más, pero no pudo, porque entonces empezaron a aparecer más compañeros, atraídos por el grito de antes.
—¡Shimohira! —Sus amigas corrieron a asistirla, tomando el relevo de Yura y Tsurara.
Otros se asomaron por fuera. Yanagida y Sato, de su clase, estaban también allí.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué está todo rojo? —quiso saber Sato, mirando con ojos interrogadores a Yura y Tsurara.
—No lo sabemos —reconoció Yura. No tenía sentido mentir, ya que pronto toda la escuela se enteraría de lo ocurrido—. Por alguna razón, está saliendo un líquido rojo de todos los grifos.
—¿Sangre? —quiso saber Sato.
—Es muy probable que sí —reconoció la onmyoji—. Ahora mismo Rikuo está comprobando si en el baño de chicos ocurre lo mismo.
—Ah, así que Abe ha estado aquí... —murmuró Sato en un tono que a Tsurara no le gustó nada. La Yuki-onna notó un aura peligrosa en su compañero de clase.
En ese momento apareció Rikuo, con expresión alarmada.
—¡Yura! ¡En el baño de chicos también hay sangre! Debemos avisar a los profesores, hay que comprobar todos los...
¡PAF! Sin la menor advertencia, Sato le sacudió un puñetazo. Sus gafas saltaron por los aires.
—¡Agh! Sato, ¿qué estás haciendo? —preguntó Rikuo con voz dolida.
—¿Que qué estoy haciendo? ¡Que qué estoy haciendo! —repitió Sato, cada vez más enfadado—. ¿Qué has hecho tú, monstruo? ¿Qué le has hecho a Shimohira?
—¡Yo no he hecho nada! —protestó Rikuo.
Fue en vano. Sato le garró del cuello del uniforme y le zarandeó.
—¡No me vengas con esas, monstruo! ¡Todos hemos visto el vídeo! ¡Todos sabemos lo que ha pasado en el último año! ¿Qué, no te has divertido suficiente? ¡Pues te vas a enterar!
Sato amagó con darle otro puñetazo, pero entonces Tsurara se interpuso, más que dispuesta a recibir el golpe en su lugar.
—¡BASTA! —gritó la Yuki-onna, terriblemente enfadada—. ¡Rikuo no ha hecho nada! ¡Es más, estaba intentando ayudar! ¡Así que ni se te ocurra pegarle de nuevo!
—¡Aparta, Oikawa! ¡Esto no te concierne!
—¿Que no me concierne? ¡Serás...!
Tsurara habría estado más que dispuesta a congelar en aquel instante a Sato en un cubito de hielo, pero vio de reojo cómo Rikuo le hacía una seña casi imperceptible con la cabeza. "No lo hagas", venía a decir. Tsurara se mordió la lengua. No quería ir en contra de los deseos de Rikuo, pero su compañero de clase no iba a atender a razones.
Sato aprovechó ese momento de duda de Tsurara para lanzarle otro puñetazo a Rikuo, en toda la cara. Al muchacho le empezó a sangrar la nariz. Sato iba a conectar una tercera vez (y Tsurara iba a lanzarle una ráfaga helada para evitarlo, ¡y al cuerno la mascarada!), cuando de repente un potente chorro de agua golpeó a Sato por detrás y lo tiró al suelo.
Era Yura. La onmyoji había convocado a su shikigami Rentei para crear una vez más el cañón de agua de mano Yura Max, ante el asombro del resto de alumnos.
—¡Quien haga daño a mis amigos se las verá conmigo! —sentenció Yura.
—¿Tú también, Keikain? ¿Eres una de esos monstruos? —preguntó Sato con rabia.
—No tienes ni idea —suspiró Yura—. ¿Ves esto? Es una técnica de onmyodo. Exorcismo. Ya sabes, para acabar con espíritus malignos. Normalmente no la uso en humanos, pero como vuelvas a pegar a Rikuo te juro que el próximo chorro te enviará al otro lado del pasillo.
Estaba claro que Sato aún tenía ganas de pelea, pero se le acabaron enseguida cuando vio que Yura no se estaba echando un farol. Para cuando llegaron los profesores, la situación se había calmado. Ellos tampoco pudieron evitar lanzar una mirada de sospecha a Rikuo (hasta ese punto habían llegado los rumores), pero se contentaron con hacerles unas preguntas y luego se llevaron a Shimohira a la enfermería. Aunque no estaba herida, la sangre podía contener hepatitis u otras enfermedades. Era mejor asegurarse.
En los minutos siguientes, se oyeron nuevos gritos por la escuela.
—Algo me dice que esto no está ocurriendo sólo en este piso —observó Rikuo con pesar.
—Algo me dice que esto está ocurriendo también fuera de la escuela —apostilló Yura.
—¿Qué te hace pensar eso? —quiso saber Tsurara.
—Espera y verás, Oikawa. Espera y verás.
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Mansión Abe
Wakana seguía las noticias con preocupación. No era la única. A su lado, Rikuo miraba la televisión cruzado de brazos y con expresión sombría. Lo mismo hacía Tsurara, sentada a su vera. Otros yokai de la mansión estaban también allí, pegados al televisor.
—Es horrible —murmuró Wakana.
—Sí, sí que lo es —reconoció Rikuo.
Lo ocurrido aquella tarde en la escuela no había sido un caso aislado. Extraños fenómenos paranormales estaban ocurriendo por todo Japón. Aunque la transformación del agua de los lavabos en sangre parecía ser el suceso más extendido, los noticiarios no paraban de dar información sobre hechos igual o aún más preocupantes: animales que morían de repente, cosechas que se secaban sin causa aparente, plagas de insectos y, lo más inquietante de todo, cientos de desapariciones en el espacio de unas pocas horas.
Justo en aquel momento, la presentadora anunciaba que fuentes dentro del Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca temían por el estado de las reservas estratégicas de pescado del país.
—¿Reservas estratégicas de pescado? ¿Qué es eso? —preguntó Tsurara con curiosidad.
—Después de la guerra, el gobierno humano adoptó una política de reservas estratégicas para que Japón no volviese a sufrir una hambruna semejante —explicó el Gran Tengu sin quitar ojo a la pantalla—. El páis tiene reservas de pescado suficientes para alimentar a todos sus ciudadanos durante un año.
—Vaya —musitó Tsurara sorprendida.
Las malas noticias se sucedían. Por alguna razón, a pesar de lo ocurrido antes en la escuela, Kioto había sido una de las ciudades menos castigadas. En la mansión Abe no habían sufrido ninguna clase de fenómeno paranormal. Rikuo había hablado con Yura y había sabido por ella que la misma calma reinaba en la casa Keikain. Los edificios más cercanos a los templos también se habían librado.
—Es la energía espiritual —había explicado el Gran Tengu—. Lo que sea que está sucediendo, se trata de una maldición sobrenatural. Pero en Kioto hay tanta concentración de poder que no es fácil que nos afecte, incluso con una maldición tan poderosa como la que estamos contemplando.
—Sólo hay una persona capaz de hacer esto —había dicho Rikuo entonces.
Sí, todos lo sabían. Sanmoto Gorozaemon estaba detrás de aquellos extraños sucesos. Por qué lo hacía, nadie lo sabía muy bien, pero el Gran Tengu sospechaba que estaba tratando de asustar a todo el país a la vez, aunque le parecía una medida muy burda.
Rikuo respetaba la sabiduría del Gran Tengu, pero después de lo ocurrido durante el ataque de los yokai de Shikoku, había aprendido a no subestimar al Clan de las Cien Historias. Con la televisión e Internet, podían llegar a todas partes. Quizás esos fuegos de artificio no sorprendieran gran cosa a yokai y onmyoji experimentados, pero multiplicados por los millones de habitantes de Japón, se trataba de una fuente de "miedo" nada desdeñable.
Como para confirmar las sospechas de Rikuo, en ese momento la televisión empezó a fallar.
—¡Eh! ¡No pueden quitarla ahora, estábamos viendo las noticias! —protestó Kyokotsu, pensando que la gente que hacía el noticiario había decidido gastarles una mala pasada.
La imagen cambió, y poco a poco otra cara apareció en la pantalla. A Rikuo se le pusieron los pelos de punta. Incluso antes de que la nueva imagen sustituyera del todo a la anterior, el joven señor de los Abe reconoció enseguida de quién se trataba.
Encho.
El narrador de las Cien Historias sonreía, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos oscuros e inquietantes. Enseguida se oyeron voces de protesta y amenazas de muerte en el salón (como si Encho pudiese oírlas), pero Rikuo mandó callar a los alborotadores. Su enemigo no había invadido las ondas televisivas simplemente para reírse. Estaba seguro de que iba a decir algo.
El narrador no defraudó las expectativas de Rikuo, desde luego.
—¡Gentes de Japón! ¡Hijos del Sol Naciente! ¡Escuchad mis palabras! —exclamó Encho con su voz atractiva y bien modulada—. No soy vuestro enemigo, sino vuestro amigo. Por desgracia, os traigo malas noticias. Lo que habéis visto no es más que un adelante. El auténtico horror esta a punto de comenzar.
—¿Pero qué...? —murmuró Tsurara.
—¡Chist! Espera, quiero oír lo que dice —le pidió Rikuo.
—¡Recordad la profecía de Kudan! ¡Sí, esa que muchos habéis despreciado, pero que contiene la verdad absoluta!
Cuando el sol naciente al terror sucumba
y los muertos se levanten de sus tumbas,
el Mesías regresará del infierno
y salvará a los hombres del averno.
Él vencerá al demonio renacido
y traerá la paz a un mundo agradecido.
Era la primera vez que Rikuo había oído recitada la profecía. Tenía fuerza. Oh, sí, sabía de ella. Kiyotsugu, el presidente del Club Kiyo Cruz de Ukiyoe, les había pasado el aviso. Al parecer, él mismo había estado presente en el macabro espectáculo del nacimiento de Kudan, así que podía atestiguar que lo ocurrido era la completa verdad y que la criatura con cuerpo de vaca y cabeza de persona había dicho esas mismas palabras punto por punto.
—Yo no soy más que un mensajero —continuó Encho—. Por mi boca habla el Mesías. ¡Si queremos salvar Japón, tenemos que levantarnos y luchar! ¡Luchar contra la oscuridad! ¡Luchar contra los demonios que se esconden entre nosotros! ¡Ellos son los culpables de estas desgracias! ¡Irán a más si no hacemos algo! El Gobierno ya ha sido informado. Sólo queda esperar que...
—Apagad el televisor. Ahora —ordenó una voz perentoria.
El aparato fue apagado de inmediato. Nadie osaba contradecir una orden de la Señora del Pandemónium. Hagoromo-Gitsune había entrado al salón con cara de pocos amigos y ver a Encho en televisión había terminado de amargarle el día.
—¡Abuela! ¡Era importante! —protestó Rikuo.
—Sólo son supercherías de una leyenda urbana de tres al cuarto —dijo Hgaoromo-Gitsune de mal humor—. No son más que fuegos artificiales. El "miedo" que pueda generar es de pésima calidad, tan efímero como los pétalos de cerezo.
—Yo no estaría tan seguro —contestó Rikuo, frunciendo el ceño—. Tú no estuviste durante su ataque en Navidad, abuela. Ese Encho tiene un poder especial. Sus palabras pueden influir en los humanos.
—Para lo que le va a servir. Los humanos se asustan fácilmente, pero también son débiles. Incluso si vienen a por nosotros, sabremos encargarnos de ellos.
Rikuo se puso de pie.
—Abuela, no pienso hacer daño a los humanos, especialmente si están siendo manipulados por alguien como Encho.
Ahora fue Hagoromo-Gitsune la que adoptó una mirada gélida.
—No perdonaré a quien traiga violencia a mi casa. Sea quien sea —sentenció la Señora del Pandemónium.
Tsurara empezó a sentir un escalofrío que nada tenía que ver con el frío (a fin de cuentas, era una Yuki-onna). Cogió de la mano a Rikuo y trató de convencerle para que se sentase de nuevo.
—Bueno, bueno, no es momento de ponerse tan serios, ¿verdad? Todavía no ha pasado nada. La gente está asustada, pero no van a creer en las palabras de Encho así como así, ¿verdad? Lo que ocurrió en Navidad no tiene por qué repetirse. Eso era un grupo de humanos, ¡aquí estamos hablando de todo Japón! ¡Millones y millones de personas! Ni un miembro del Clan de las Cien Historias puede llegar tan lejos... ¿verdad?
Tsurara trataba de sonreír, pero le costaba mucho. Los ojos oscuros de Hagoromo-Gitsune en particular la taladraban. Entonces Wakana intervino.
—Tsurara-chan tiene razón, estamos todos demasiado tensos. Deberíamos descansar.
—¡Pero si es de noche! —exclamó Gashadokuro. Como buen yokai, el esqueleto gigante se encontraba más activo de noche.
—Aún así, agotarse a causa de los nervios no ayudará en nada —insistió Wakana.
Rikuo sonrió, pero meneó la cabeza. Dejó que su energía fluyera. Donde antes había estado un jovencito de pelo castaño y expresión amistosa, ahora había un kitsune de cabello blanco y afilados ojos carmesíes.
—Lo siento, mamá, pero esta noche debemos estar despiertos. Hay mucho por hacer, mucha información que reunir...
—Muchas órdenes que dar... —continuó Hagoromo-Gitsune por él—. Sí, no debemos dejar que el enemigo nos coma la moral, pero hay que moverse. Rikuo, ven conmigo.
—¡Te sigo! Vamos, tú también, Tsurara —dijo Rikuo, tirando de la mano de la Yuki-onna.
—¿Yo? No sé si debería...
Pero Rikuo se rió e insistió. No hacía falta decir más. Confiaba en ella. Tsurara lo comprendió y dio su brazo a torcer. Había mucho trabajo por delante.
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Casa ancestral de los Keikain
La antigua mansión de la familia Keikain era un hormiguero de actividad. Llegaban solicitudes de toda la prefectura para que exorcizaran lo que fuera que estuviese ocurriendo. El problema era que había demasiadas llamadas. Para cuando ponían una barrera en un edificio, habían entrado ocho mensajes más hablando de paredes que se movían, plagas de escarabajos o incluso avistamientos de criaturas que no tenían nada de natural.
"Esto es una locura", pensó Yura, mientras trataba de dar abasto a tanta actividad.
Aunque su abuelo había vuelto a casa, aún se encontraba muy débil, así que ella tenía que hacer de líder en funciones del clan. A la porra sus horas de sueño. Tampoco iba a quejarse. Eso era parte de su labor como onmyoji, y ya había pasado momentos más duros durante la invasión del Nurarihyon. Sin embargo, aquello había sido un ataque localizado. Incluso si conseguían por algún milagro acabar con todas las maldiciones de Kioto, el resto del país seguiría sumido en el caos.
—¡Que alguien envíe un mensaje al monte Osore! —pidió Yura—. ¡Necesitamos que el primo Akifusa venga a Kioto cuanto antes! ¡Y que se traiga todas las espadas exorcistas que pueda!
—¿No sería mejor que dejase las espadas en la forja? —sugirió su primo Masatsugu—. Llegaría más rápido. Además, no parece que necesitemos espadas para encargarnos de esto.
Yura negó vehementemente con la cabeza.
—¡No, no, esto es sólo el principio! Todos sabemos que ese maldito Sanmoto no se va a contentar con causar unos pocos problemas, no. ¿No habéis visto esa emisión televisiva? ¡Estaba en todas las cadenas! Apuesto todos mis shikigami a que va a atacar de un momento a otro.
—Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con la enana —dijo una voz por detrás.
—¡Ryuji! —exclamó Yura.
Su hermano venía seguido de Mamiru, los dos envueltos en sendas capas negras y equipados con un buen surtido de talismanes. Estaban preparados para salir.
—Ryuji, tal vez te necesitemos para defender la casa... —empezó a decir Yura, pero su hermano le hizo un gesto para que se callara.
—Los dos sabemos que lo mío son las misiones de campo. Hacerte la jefa buena no te pega nada, Yura —dijo Ryuji con una media sonrisa sardónica. Luego se puso serio—. No me preocupan estas chorradas de plagas o agua que se convierte en sangre, pero hemos recibido unas llamadas bastante inquietantes de vecinos que viven junto a los cementerios nuevos.
—¿Los nuevos?
—Sí, los construidos en los últimos 100 años —explicó Ryuji—. De momento parece que tanto en el Nishi Otani como en el Higashi Otani las cosas están tranquilas, pero no me fío. Si lo que sea que están haciendo los bastardos de las Cien Historias empieza a afectar a los sitios sagrados, estaremos en un buen lío.
Yura asintió y dejó que su hermano y su primo Mamiru se fueran. Ryuji tenía razón. Los cientos de templos de Kioto estaban protegiendo a la ciudad incluso en aquel momento. Pero sin la barrera protectora de Seimei, ¿hasta cuanto aguantarían?
Había vuelto a surgir la posibilidad de cerrar la barrera y expulsar a todas las fuerzas oscuras de la ciudad, pero esta vez casi nadie había tomado en serio la propuesta. No sólo las relaciones con los yokai de Kioto seguían siendo aceptablemente civilizadas, sino que los sucesos que acaecían en todo el país convencían incluso a los más tradicionalistas de que aquella crisis no se resolvería encerrándose en Kioto. Japón entero les necesitaba.
La pregunta era, ¿estarían los onmyoji Keikain a la altura del desafío?
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Kantei, Tokio
El 2-3-1 de Nagatacho, Chiyodaku, Tokio 100-8968 era más conocido como el Sōri Daijin Kantei , la residencia oficial del Primer Ministro de Japón. Había sustituido en 2002 a la antigua residencia, aunque esta aún se utilizaba como zona residencial.
Kantei no sólo era residencia y oficina principal del Primer Ministro, sino también de los principales secretarios del gabinete. Allí tenían lugar las reuniones de gobierno, donde se daba la bienvenida a los dignatarios extranjeros, y también era la localización de uno de los centros de emergencia para dar respuesta a las crisis nacionales. Y desde luego Japón estaba viviendo una crisis como no se veía desde la guerra.
—Señor Primer Ministro, tenemos que actuar —dijo el Ministro de Defensa—. Tenemos la localización de los elementos subversivos. Sólo necesitamos su aprobación como comandante en jefe.
El Primer Ministro cerró los ojos. Las últimas horas habían sido las más estresantes de su carrera. Estaba consumido, en cuerpo y energías. Sabía de crisis económicas y políticas, de tensiones diplomáticas y amenazas de guerra, pero nada le había preparado para hacer frente a amenazas sobrenaturales. Sin embargo, tampoco quería reaccionar a ciegas. El pueblo japonés no le había elegido para eso.
—¿De verdad quiere que de la orden de atacar a criaturas de leyenda? Puede ser un ridículo espantoso ahora que el país necesita ver que su gobierno les protege. Pero lo peor es que puede no servir para nada —dijo el Primer Ministro.
—Con el debido respeto, no hacer nada sería un crimen mayor para con el país —contestó el Ministro de Defensa—. Como he dicho, la información que hemos recibido es buena. El resto depende de nosotros.
El Primer Ministro examinó los papeles que le tendía su Ministro de Defensa.
—¿De dónde ha salido, por cierto? —quiso saber el jefe de gobierno—. ¿Es posible que venga de la figura misteriosa que ha intervenido las comunicaciones televisivas?
—Es posible —reconoció el Ministro de Defensa a regañadientes. Nadie en el gabinete confiaba en aquel extraño personaje, más aún porque no habían encontrado todavía explicación a la invasión de todos los canales de televisión del país. Cuando se les presionaba, los técnicos del gobierno se rascaban la cabeza y decían: "Parece cosa de magia".
Con un suspiro de resignación, el Primer Ministro firmó los papeles.
—Que los dioses me perdonen —murmuró el jefe de gobierno.
—Los hombres se pondrán en marcha de inmediato —dijo el Ministro de Defensa. Al ver que el Primer Ministro seguía cabizbajo, trató de animarlo—: Es la decisión correcta.
—Eso espero —contestó el otro—. Por nuestro bien y el bien de todo Japón.
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Mansión Abe
Era 29 de abril, aniversario del nacimiento de Hirohito, el Emperador Showa, pero casi nadie en Japón tenía muchas ganas de celebrar el inicio de la Golden Week. La noche había traído nuevos horrores, la mayoría relativamente inofensivos, pero que habían atacado los nervios de los sufridos ciudadanos japoneses.
La llegada de la mañana había supuesto un breve periodo de tregua en la Mansión Abe. Habían estado reuniendo los informes de sus agentes, se habían puesto en contacto con sus vasallos y con otros clanes de alrededor, y habían puesto en marcha un protocolo para defender los sitios sagrados que dependían de ellos. Con tantos templos, el Clan Abe tenía entre sus filas muchas deidades locales que se veían ahora abrumadas por el ataque sobrenatural a escala nacional. Como consecuencia positiva, sin embargo, mucha gente había acudido a rezarles, incrementando su poder espiritual. Incluso personas que no habían pisado un templo en su vida se habían inclinado aquella noche ante los pequeños dioses de Kioto.
—Incluso cuando intentan hacernos daño, nos volvemos más fuertes —había comentado Hagoromo-Gitsune con aprobación.
Pero Rikuo no las tenía todas consigo.
En cualquier caso, el cansancio acumulado había terminado por hacer mella en Rikuo y se había ido a echar una cabezada. Sólo por unas horas, se lo había prometido a sí mismo, pero necesitaba descansar. Su abuela, tan protectora como siempre, había dado orden para que no se lo molestase. Su nieto necesitaba dormir.
Apenas dos horas después, sin embargo, Tsurara rompió la prohibición.
—¡Rikuo, Rikuo, despierta!
La dama de las nieves zarandeó al muchacho, primero con delicadeza, luego con más fuerza. Grogui por la falta de sueño, Rikuo abrió los ojos lentamente.
—¿Tsurara? Aaaahh... ¿Qué haces aquí? ¿Ya es la hora?
—No, no es la hora, pero... Mejor que lo veas por ti mismo, Rikuo.
—¿Es algo grave? —quiso saber Rikuo, preocupado. Su amiga parecía más nerviosa que nunca.
—Muy grave —corroboró Tsurara. Le cogió del brazo y tiró de él—: ¡Venga, vamos!
—¡Espera, Tsurara! ¡Que no me he cambiado! —replicó Rikuo azorado, aún en pijama.
—¡No tenemos tiempo para eso! ¡Vamos!
Tsurara le arrastró escaleras arriba Por alguna razón, casi todos los yokai se habían recluido tras los muros de la mansión, espiando por las ventanas lo que ocurría fuera. Rikuo quería pararse a preguntar, pero la Yuki-onna no le dejó.
Rikuo encontró a su abuela en el último piso. Hagoromo-Gitsune también miraba hacia fuera por la ventana, con expresión indescifrable.
—¿Qué está pasando, abuela? —le preguntó Rikuo.
—Mira —Hagoromo-Gitsune señaló un punto en la calle.
Rikuo obedeció y miró. Luego se quitó las gafas, se las limpió y se las volvió a poner. No, sus ojos no le engañaban. En la calle había tanques. ¡Tanques! Y no era una ilusión óptica ni un engaño del Clan de las Cien Historias, pues los manejaban humanos de carne y hueso.
Ahora que Rikuo se fijaba mejor, veía movimientos al lado de los taques. Había policías, sí, pero también lo que parecían soldados de infantería.
—Esos son... —musitó Rikuo, tan sorprendido que apenas podía pronunciar palabra.
Hagoromo-Gitsune apretó los dientes. El odiado Rey Demonio y sus lacayos habían vuelto a demostrar su retorcida inteligencia para superar a sus enemigos. Tal como le había advertido su nieto, no debería haberlos subestimado.
—Sí —reconoció Hagoromo-Gitsune con una falsa calma—. Las Fuerzas de Autodefensa de Japón han venido a por nosotros.
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Casa ancestral de los Keikain
El nuevo día había llegado también para los onmyoji de la familia Keikain. Yura estaba exhausta. ¡Quién le iba a decir que el mero trabajo de organización consumiese tantas energías! Era increíble que su abuelo hubiese podido hacerse cargo de todo hasta entonces, con lo mayor que era. Las noticias seguían llegando, y parecía que a cada hora surgía una nueva maldición. Además, aunque no quería admitirlo, estaba preocupada por Ryuji. Su hermano mayor no había dado señales de vida desde que se fue al cementerio.
Yura confiaba en poder descansar un poco y tomar una ducha cuando su primo Pato vino a todo correr hacia ella.
—¡Yura, Yura, Yura, vienen peces gordos a hablar con el abuelo!
—¿Peces gordos? ¿De qué peces gordos estás hablando?
—¡De todos!
La explicación de Pato no tenía mucho sentido, pero estaba claro que había visitas. Yura fue a la sala de recepción. Al ver la puerta cerrada, se arrodilló y llamó con educación.
—Adelante —oyó decir a su abuelo.
Yura pasó al interior. Vaya, ahora entendía a Pato. Estaban allí el comisario de policía, el alcalde de Kioto y el gobernador de la región. Los tres tenían expresión seria. Probablemente venían a echarles la bronca sobre su incapacidad para defender la ciudad de aquel ataque sobrenatural. Típico.
Sin embargo, para su sorpresa, los tres inclinaron levemente la cabeza. No mucho, pero lo suficiente para dar a entender que tenían que pedir disculpas por algo.
—No hemos podido hacer nada —se excusó el gobernador—. Las órdenes han venido de las más altas instancias. No nos ha quedado más remedio que colaborar.
—Personalmente, tampoco me parece mala idea —añadió el alcalde de Kioto—. Ya era hora de que nuestra bella ciudad se librase de elementos indeseables.
—Perdonen mi interrupción —Yura se excusó con una reverencia—, pero me gustaría saber de qué se está hablando, si no es mucha molestia.
Su abuelo la miró con expresión compungida.
—El Primer Ministro ha ordenado que se capture a todos los yokai de Japón. Al parecer, una fuente anónima ha proporcionado la localización de los principales clanes del país a las Fuerzas de Autodefensa. Por supuesto, eso incluye Kioto.
—Oh, no... ¡No puede ser! —exclamó Yura, perdiendo la compostura—. Si es por lo que está ocurriendo ahora, ¡no es culpa suya! Todo esto es obra de Sanmoto Gorozaemon. ¡Deberían ir contra él, no contra los yokai de Kioto!
—Lo sé Yura, pero lo hecho, hecho está. Ahora mismo ya deben estar entrando en la Mansión Abe —le explicó Hidemoto con paciencia.
Yura se quedó helada. Y ahora, ¿qué hacía? ¿Le llevaba la contraria al gobierno? ¿Dejaba a Rikuo en manos de los soldados? Mirase por donde mirase la situación, no había ninguna salida buena. Las autoridades de Kioto parecían pensar lo mismo. Obviamente no sentían ningún aprecio por los seres sobrenaturales, por mucho que los onmyoji Keikain les hubiesen asegurado que estaban controlados, pero no querían ver la antigua capital convertida en campo de batalla. La última vez que había ocurrido, media ciudad había ardido hasta los cimientos.
En ese momento, como queriendo romper la gravedad del asunto, Ryuji entró en la sala con Mamiru. Ni siquiera pidió permiso. Su ropa estaba rasgada y apestaba a muerto. Llevaba consigo además un bulto voluminoso.
—Vaya, parece que hay reunión —comentó como quien no quiere la cosa. Apenas dirigió más que un saludo con la cabeza a las tres sorprendidas autoridades de Kioto. Luego se encaró con Hidemoto 27º—. Abuelo, enana, tenemos problemas.
Yura suspiró.
—Sí que los tenemos. La JSDF...
—Sí, sí, algo he oído de eso —la interrumpió Ryuji sin hacerle mucho caso—, pero estoy hablando de algo más grave.
—¿Más grave que el hecho de que puede estallar una guerra entre humanos y yokai ahora mismo, en las calles de nuestra ciudad? —preguntó Yura con irritación.
—Oh, sí, mucho más grave que eso.
Sin mayor ceremonia, Ryuji arrojó el bulto al suelo, frente a los sorprendidos (y escandalizados) hombres de la Administración local. Para susto de los presentes, el bulto se agitó.
—¡Aaaaah! ¿Qué es eso? —exclamó el alcalde asustado.
Por toda respuesta, Ryuji apartó con los pies la tela que cubría su carga.
—Puaj —murmuró Yura.
Era un cadáver nauseabundo en estado de descomposición. Sin embargo, a diferencia de los cadáveres normales, que se dejaban comer por los gusanos sin rechistar, este se movía y trataba de lanzar mordiscos a los presentes. Afortunadamente, Ryuji había tenido el sentido común de atarlo de pies y manos.
—¿Qué demonios esignifica esto? —quiso saber Hidemoto 27º.
—No puede ser... La profecía de Kudan... —dijo Yura.
—"Cuando el sol naciente al terror sucumba y los muertos se levanten de sus tumbas" —recitó Ryuji con una mueca de disgusto—. Parece que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Genial.
Notas adicionales:
Y otra vez apurando al máximo, es que no tengo remedio. En fin, aquí está, el primer capítulo del último arco argumental de Kitsune no Mago. Como dije, acabará en boda, pero mientras tanto estas pobres versiones alternativas de nuestros queridos personajes lo van a pasar muy, pero que muy mal. Y con ellos todo Japón. Puestos a terminar, más vale un final por todo lo alto.
* Aunque por la Biblia se ha asociado la palabra "apocalipsis" al fin del mundo, estrictamente hablando es una expresión que quiere decir "revelación". Un conocimiento grave y oculto que sale a la luz. En este caso, se trata del fin de la mascarada de los yokai, aunque la gente de Japón sí que estará pensando que se enfrentan al fin de los tiempos.
* Shimohira es una compañera de clase. La vimos en el capítulo "Inugami", una de las alumnas lo suficientemente valiente para ir al colegio cuando todos estaban aterrorizados por los yokai de Shikoku. A Yanagida y Sato les vimos en "Rikuo y el falso exorcista". Eran del grupo que se aprovechaba de la bondad de Rikuo para que este les trajese sus bocadillos.
* El poder de Encho, en efecto, se transmite a través de las redes e impregna sus mensajes en el canon. Quizás no tanto como el nivel directo de comunicación cara a cara, pero lo suficiente como para convencer a los humanos de cosas de las que en principio serían muy escépticos.
* Nishi Otani y Higashi Otani son dos antiguos cementerios budistas de Kioto.
* Dado que el Primer Ministro de Japón es una persona real, no creo que cuente como OC ;—) En cualquier caso, no menciono su nombre para no anclar la cronología de la historia demasiado. Por cierto, en efecto, es considerado comandante en jefe de la JSDF. Curiosamente, la Constitución japonesa indica que el Primer Ministro tiene que ser siempre un civil, jamás un militar.
* Las autoridades locales de Kioto si están al tanto de las actividades sobrenaturales, tal como se ve en el capítulo 89 del manga. Un cambio agradable respecto a autoridades que viven en la inopia o autoridades que intentan cazar o poner obstáculos a los héroes.
Gracias como siempre a mis lectores, y más aún a las sufridas buenas personas que me hacen la grandísima ilusión de reseñar: Nayrael, Lonely Athena, RAYHACHIBI, silvergoldmoonlight (más gente que se enfrenta al temido Google Translator, ¡valiente!), Dennou y, sí, RIAS, al que nunca puedo responder en un mensaje. Sí, yo también he tenido ideas de ese tipo, aunque no con seres sobrenaturales, sino con mundos de fantasía medieval versus extraterrestres. Si te ves con ganas, ¿por qué no lo intentas? Me temo que no domino todos los fandoms que mencionas ^_^;
Próximo capítulo: "La gran evasión".
