Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: El Clan de las Cien Historias pone en marcha su diabólico plan. Tras asustar a los habitantes de Japón con fenómenos paranormales, azuzan a las Fuerzas de Autodefensa contra los yokai del país, empezando por el Clan Abe. Mientras tanto, los onmyoji Keikain han descubierto un fenómeno aún más aterrador...


La gran evasión

29 de abril, día de Showa. Los tanques y los soldados de las Fuerzas de Autodefensa de Japón estaban a las puertas mismas de la Mansión Abe, pero Hagoromo-Gitsune no estaba dispuesta a permitir que eso le arruinase su rutina matutina. Pidió que le trajeran una taza de té verde de Tsuen al comedor, mientras alrededor se creaba una especia de comité de emergencia para discutir la situación. Algunos tenían ya ideas muy claras de lo que debían hacer.

—Matémoslos —dijo Ibaraki-Doji sin ambages.

—Tan sutil como siempre —Shokera puso los ojos en blanco—. Sin embargo, por una vez coincido con mi violento camarada. Esos humanos están mancillando terreno sagrado. Su castigo debe ser rápido y sangriento.

—¡No! ¡No podemos hacer eso! —exclamó Rikuo.

—¿Por qué no? —se sorprendió Shokera.

—¡Estamos hablando de enfrentarnos al gobierno! —les hizo ver el muchacho—. Sanmoto Gorozaemon les está manipulando. Si ahora matamos a unos soldados que sólo cumplen con su deber, les daremos aún más razones para que nos persigan. ¡Tenemos que demostrarles que no somos los malos aquí!

Hagoromo-Gitsune bajó su taza un momento.

—Me da igual que sirvan al gobierno —dijo la kitsune con frialdad—. Me da igual que les hayan manipulado para atacarnos. Humanos o no, han venido a mi casa y han amenazado a mi familia, y eso les hace perder todo el derecho. Sus vidas ahora dependen de mi misericordia, que no es mucha.

—Por no mencionar que somos ayakashi —señaló el Gran Tengu—. Es muy poco probable que nos crean, incluso si les decimos la verdad. Los humanos sólo ven amenazas en aquello que no entienden o no pueden controlar.

Rikuo se puso serio.

—Entonces Sanmoto ya ha ganado —declaró el chico—. Quiere que los humanos le hagan el trabajo sucio. Sabe que los yokai no pueden enfrentarse al odio de toda la Humanidad.

—Ah, ¿no podemos? —comentó Hagoromo-Gitsune con una sonrisa irónica.

—No, no podemos —Rikuo negó con la cabeza—. Seguro que podríamos ganar una o dos batallas aquí, incluso echarlos de Kioto si hiciera falta, pero a la larga nos superarán. Además, ahora tienen armas modernas. No es como en el asedio de Osaka.

Ibaraki-Doji gruñó.

—Los humanos son como las ovejas. Si les asustamos lo suficiente, se retirarán.

—No, Ibaraki-Doji —intervino entonces el Gran Tengu—. Me temo que en eso el joven señor tiene razón. Una vez el miedo se convierte en odio, deja de alimentarnos a nosotros para alimentar a los humanos. El Rey Demonio se ha asegurado de que los humanos concentren sus energías en atacarnos, en vez de en huir de nosotros.

—Resistiremos —insistió Ibaraki-Doji—. Total, no sería la primera vez.

—Los Toyotomi perdieron el asedio de Osaka —le recordó pacientemente el Gran Tengu del monte Kurama.

Hagoromo-Gitsune terminó su taza de té. Cruzó los dedos en actitud pensativa.

—Espero que no estéis sugiriendo que nos entreguemos —dijo la kitsune—. Soy la Señora del Pandemónium, la dueña de las tinieblas de Kioto, y no pienso arrodillarme ante unos advenedizos. Antes prefiero morir.

Los demás asistentes asintieron al oír las palabras de su señora. Habían gobernado el mundo sobrenatural durante siglos. No iban a rendirse así como así.

—¡Eso jamás! —exclamó Rikuo con decisión. Durante años había tratado de ser un ciudadano ejemplar, pero no era estúpido. Y en su fuero interno, si tenía que elegir entre su familia y unas normas e instituciones que ahora se volvían contra ellos, sabía qué iba a elegir. En eso consistía también ser el futuro líder de una Procesión Nocturna—. Si nos entregáramos ahora, Sanmoto se las arreglaría para convencer a las autoridades de que lo mejor sería ejecutarnos. Nos acusarían de traición o algo así y nos colgarían. Sin embargo, tampoco podemos darles más razones para que quieran hacer eso.

—Si no vamos a luchar ni a rendirnos, entonces sólo queda un camino posible —observó Hagoromo-Gitsune.

—Así es. Tenemos que irnos de aquí —dijo Rikuo.

Ibaraki-Doji bufó con desprecio.

—¿Huir? ¿De los humanos? ¡Sería una vergüenza!

—A mí no me parece tan mal —comentó Shokera—. Más que una huida, considéralo una "retirada estratégica".

—Eso es —dijo Rikuo—. Nuestro verdadero enemigo no es el gobierno, sino Sanmoto Gorozaemon. No podemos dejar que los soldados de ahí fuera nos distraigan de nuestro objetivo. Si vencemos a Sanmoto, ganaremos la guerra, pero si ahora nos liamos peleando contra todos, puede que estemos demasiado débiles para hacer frente al Clan de las Cien Historias.

Hagoromo-Gitsune frunció el ceño. Odiaba admitirlo, pero lo que decía Rikuo tenía sentido. Estaba claro que su nieto seguía sintiendo una gran debilidad por los humanos, por mucho que lo camuflara con palabras bonitas. Sin embargo, tampoco quería seguirle el juego al Clan de las Cien Historias. Esas malditas leyendas urbanas siempre utilizaban a otros para hacer la guerra. Rihan, Nurarihyon, Tamazuki, y ahora el gobierno japonés.

A Sanmoto le encantaría ver cómo sus víctimas se mataban entre sí. Bueno, pues Hagoromo-Gitsune no estaba dispuesta a darle esa alegría.

La kitsune se volvió hacia su primer consejero.

—Sojobo, ¿en cuánto tiempo podemos organizar la evacuación de la casa principal?

El Gran Tengu reflexionó cuidadosamente antes de dar su respuesta.

—Nuestra gran ventaja es el gran número de seres voladores que tenemos. Eso nos da una mayor libertad de acción. Los más grandes pueden incluso transportar a otros. El resto puede utilizar los túneles secretos del sótano —Sojobo se atusó su larga barba blanca—. Una hora, no, 45 minutos serían suficientes para organizarlo todo.

—Esos desgraciados de ahí fuera no van a esperar tanto —señaló Ibaraki-Doji.

—De eso me ocupo yo —dijo Rikuo.

Su voz se volvió más grave, su pelo se alargó y se volvió blanco, y sus ojos adoptaron un brillo rojo como la sangre. En su forma de kitsune, Rikuo exudaba confianza. Y la iba a necesitar.

—Abuela, empieza con los preparativos. No te preocupes, conseguiré el tiempo que haga falta.

—Rikuo, ten cuidado —le dijo Hagoromo-Gitsune.

—Lo tendré, abuela. Confía en mí —contestó su nieto—. ¡Kyokotsu, Hakuzozu, Gashadokuro! ¡Venid conmigo! ¡Hay que dar un buen recibimiento a nuestros "invitados"!

Kyokotsu pegó un salto de alegría. Entonces miró dubitativa a Hagoromo-Gitsune. Sin embargo, la kitsune asintió, dando permiso para que se fuera con Rikuo. Los otros dos mencionados ni siquiera dudaron.

—¡Mi lanza está para serviros, joven señor! —declaró Hakuzozu, volando en pos de Rikuo.

—¡Yo también, yo también! —dijo Gashadokuro, arrastrándose como podía entre los pasillos.

Por su parte, Tsurara corría detrás de Rikuo, un poco azorada.

—¡Rikuo! ¿Y yo? ¿Yo qué hago?

—¿Cómo que qué haces? Tú te vienes conmigo, claro. No tendría ni que decírtelo. ¿Acaso no intercambiamos las copas de sake? —Rikuo le guiñó un ojo.

Tsurara se puso colorada. Lo cierto era que seguía teniendo miedo de ser prescindible o, peor aún, ser un obstáculo para Rikuo. Sin embargo, parecía que el joven señor de los Abe no pensaba nada de eso. La Yuki-onna suspiró aliviada. Entonces Rikuo se acercó un poco más a ella.

—Más importante, has estado entrenando, ¿verdad, Tsurara? Hablamos de aquello el otro día, al principio de curso. ¿Crees que podrías hacerlo ahora?

—Ah, aquello... Uh, sí, he conseguido perfeccionarlo, pero...

—¿Pero qué?

—Ah... —Tsurara cogió aire—. Puedo hacerlo, Rikuo. Pero necesito que me consigas un poco de tiempo.

Rikuo sonrió.

—Descuida, déjalo en mis manos. Esos soldaditos no saben lo que les espera.

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Afueras de la mansión

A diferencia del anterior Ejército Imperial, las Fuerzas de Autodefensa de Japón eran un ejército nacional relativamente pequeño. Su objetivo era únicamente la defensa del archipiélago japonés y estaban supeditadas al poder civil. La guerra había causado un profundo trauma en la sociedad japonesa, y por el Artículo 9 de su Constitución, el país renunciaba para siempre a la guerra y el uso de la fuerza como medio de solucionar conflictos.

Sin embargo, aunque su alianza con Estados Unidos aseguraba que el gigante norteamericano cuidaría de que ninguna potencia extranjera amenazase a los japoneses, el país no podía quedarse indefenso. La JSDF era la respuesta a estas necesidades. Su misión era proporcionar ayuda a las fuerzas estadounidenses y colaborar en misiones de paz de la ONU, aunque en los últimos tiempos vigilaban con atención los movimientos de China y Corea del Norte. En caso de un ataque enemigo, la JSDF mantendría la línea hasta que los aliados pudiesen acudir en su ayuda.

Por eso había supuesto toda una novedad que el Primer Ministro, el comandante en jefe de las Fuerzas de Autodefensa, hubiese ordenado su despliegue en Kioto y otras localidades del país. La mayoría de las tropas se estaban concentrando en las regiones de Kansai, Chugoku, Tohoku y Shikoku.

—¿Qué hacemos aquí? —murmuró un soldado enfrente de la Mansión Abe. Lo hizo en voz muy baja. La gente ya estaba bastante nerviosa de por sí como para que empezaran a dudar de sus jefes.

Pertenecían a la 3ª División de Infantería del Ejército Central, que se encargaba de proteger la mayor parte de la región de Kansai. Normalmente no tenían mucho trabajo, más allá de las rutinas de rigor, pero la noche del 28 al 29 habían recibido una orden urgente del primer ministro para movilizarse desde su base en Itami y entrar en Kioto.

Ya era muy raro que les llamasen para un trabajo que parecía más propio de la policía local que de soldados profesionales, pero las alarmas se habían disparado cuando sus jefes habían decidido también sacar los tanques. Eran un puñado de tanques Tipo 74, obsoletos desde hacía décadas para la guerra moderna, pero en teoría capaces de meter el miedo en el cuerpo a los terroristas a los que habían venido a capturar. Si es que se trataban de terroristas, claro.

Eran soldados, pero no eran estúpidos. Habían oído las noticias. Habían visto el mensaje de aquel que hablaba en nombre del "Mesías", así que rumores no faltaban. ¿Les estaban mandado a luchar contra seres sobrenaturales? ¿En serio? Los jefes no decían ninguna palabra al respecto, pero el nerviosismo era palpable.

Entonces llegó la orden que todos estaban esperando. Pese a los avisos por megafonía, los ocupantes de la casa no habían respondido ni se habían entregado. Había llegado la hora de entrar.

—Esto debe de ser una broma...

Niebla. Una niebla espesa e impenetrable. A la porra el apoyo de los francotiradores. El plan se estaba estropeando nada más empezar. Sin embargo, pensaban los comandantes, la niebla también les permitiría a ellos acercarse más sin ser vistos. Así que, haciendo de tripas corazón, los soldados atravesaron las puertas y siguieron avanzando.

La niebla no sólo les dificultaba la visión, sino que les hacía tener escalofríos. La temperatura había bajado de golpe. Parecía mentira que estuviesen a finales de abril. No era difícil creer en fantasmas en una situación así.

"Fantasmas no, terroristas. Son terroristas, nada más", se trató de convencer a sí mismo más de un soldado nervioso.

Y entonces oyeron la canción.

Maru take ebisu ni oshi oike
Ane san rokkaku tako nishiki
Shi aya buttaka matsu man gojō
Setta chara-chara uo-no-tana
Rokujō hitchō tōrisugi
Hatchō koereba tōji-michi
Kujō-ōji de todome sasu

Era una canción infantil, sin mucho sentido para quien no se hubiese criado en Kioto. No contenía ninguna clase de amenaza, pero por alguna razón les ponía los pelos de punta.

—¡Atención! ¡A las doce! —exclamó un soldado.

Apuntaron sus rifles en esa dirección. Justo delante de ellos había aparecido una niña, cantando la canción que estaban oyendo. Estaban a punto de bajar sus rifles cuando se fijaron en lo que sostenía esa niña en sus manos: una calavera humana y una serpiente.

Era Kyokotsu, por supuesto, poniendo en acción el plan de Rikuo.

—¡Eh, tú! ¡Alto ahí! ¿De dónde sales? —le dio el alto el jefe del pelotón. Kyokotsu pasó olímpicamente de él y siguió cantando—. ¡He dicho alto! ¡Deja lo que tienes en las manos y tírate al suelo o dispararemos!

—Sargento, es una niña.

—¡No os dejéis engañar! ¡Puede ser una terrorista o algo peor! ¿Acaso no veis lo que tiene en las manos?

Los soldados tragaron saliva. Sí, un cráneo y una serpiente no eran los típicos juguetes de un niño.

En ese momento, Kyokotsu dejó de cantar.

—¿Eh? —Kyokotsu se volvió hacia el sargento, que pegó un respingo—. Oye... ¿tienes miedo?

El sargento iba a responder de malas maneras. ¿Él, un soldado profesional, sintiendo miedo de una niña pequeña? ¡Por favor, menuda ridiculez! Sin embargo, no podía negar que todo en aquel lugar le ponía los pelos de punta. Y notaba un desagradable sudor frío corriendo por su espalda.

Kyokotsu sonrió.

—Sí, tienes miedo...

De repente, el suelo del jardín se vio alfombrado con cientos de cráneos humanos. Los soldados no podían avanzar sin tropezar. Lo que era peor, de las calaveras empezaron a surgir serpientes que se enroscaron en torno a ellos, obstaculizando sus movimientos y buscando sus ojos.

Los soldados buscaban a tientas sus cuchillos para librarse de las serpientes, mientras estas apretaban más y más.

—¡Ugh! ¡Agh! ¡Ayuda...!

—Sois tontos. En una lucha contra seres sobrenaturales, pierde el que sienta miedo antes —les dijo Kyokotsu—. Tenéis suerte de que el hermanito mayor haya ordenado que no os hagamos daño. Qué pena, me gustaría tanto quedarme con vuestros ojos...

Fuera, el resto de las fuerzas militares seguía con preocupación los gritos de sus camaradas. Estaba claro que la operación se estaba torciendo. Los muy bastardos debían haber preparado una encerrona en la mansión. Pero seguían teniendo el mismo problema. Si entraban ahí con visibilidad cero, podían acabar igual que ellos. Sin embargo, no iban a quedarse de brazos cruzados.

—Ordena a los nuestros que se retiren. Que entren los tanques —dijo el comandante.

—¿Señor?

—No tenemos tiempo para finuras. Si están atacando a nuestros hombres, significa que son terroristas y que podemos quitarnos los guantes.

Las orugas de los tanques Tipo 74 se pusieron en marcha. Sin embargo, los vehículos acorazados no llegaron muy lejos. Desde el otro lado del muro que separaba los terrenos de la mansión de la calle, dos gigantescas manos huesudas surgieron de improviso, seguidas de un esqueleto humano igual de colosal.

—¡Hola, hola! —les saludó Gashadokuro—. Por favor, nada de estropear la casa de la señora Hagoromo-Gitsune...

Los Tipo 74 eran tanques obsoletos para la guerra moderna, pero seguían siendo monstruos mecánicos de más de 9 metros de largo y 38 toneladas de peso. Sin embargo, Gashadokuro los volteó sin esfuerzo aparente, poniéndolos boca abajo. Así eran completamente inservibles. Sus tripulantes salieron a gatas, ilesos pero humillados por la demostración de fuerza de aquel yokai.

—¡No os quedéis quietos! ¡Disparad!

Una lluvia de balas cayó sobre Gashadokuro. El esqueleto gigante era muy resistente, pero ni él podría aguantar durante mucho tiempo semejante fusilamiento.

—¡Ay, ay, ay! ¡Me hacen daño! ¡Joven señor, socorro!

—Tranquilo, Gashadokuro —dijo una voz desde lo alto—. ¡Aquí llega la caballería!

Rikuo estaba volando. Bueno, mejor dicho, Hakuzozu lo llevaba cogido de las axilas. El yokai de la larga lanza flotó con cuidado por encima de los soldados de la JSDF.

—¡Ahora! —ordenó Rikuo.

—¡Allá voy, joven señor!

Hakuzozu hizo un vuelo rasante, sorprendiendo a los soldados. Mientras estos seguían distraídos, soltó a Rikuo. El muchacho rodó por el suelo, amortiguando la caída, y se puso de pie de un salto. Los soldados vieron de repente cómo un kitsune en ropas de batalla dirigía el filo de su katana contra ellos.

"Recuerda las lecciones del hermano de Yura", recordó Rikuo.

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Casa ancestral de los Keikain, principios de abril

—Golpéame con todas tus fuerzas —le ordenó Ryuji.

—¿Qué? —se sorprendió Rikuo.

Era el primer domingo después del comienzo del curso, y Rikuo había vuelto a la casa de los Keikain a entrenar. En este caso, se trataba de aprender el manejo de la Nenekirimaru, recién reforjada por Akifusa en el monte Osore. El Gran Tengu era un maestro de la espada, pero Ryuji insistía en que usar una hoja exorcista no era como blandir una espada normal.

—Rikuo, no le hagas caso. Mi hermano es un idiota —intervino Yura, poniendo los ojos en blanco.

—Cállate, canija. ¿Quién es el profesor aquí? Esto es parte del entrenamiento —contestó Ryuji.

Rikuo, que tenía la espada en las manos, no las tenía todas consigo. Era de día y seguía en su forma humana, pero no era eso lo que le preocupaba (había aprendido a defenderse con una espada en cualquier situación, gracias al Gran Tengu).

—Prometí que no enarbolaría la Nenekirimaru contra los Keikain —Rikuo recordó el juramento que le había hecho a Yura en el monte Osore.

—Oh, vamos, lo importante es el espíritu del juramento, no la letra. No vas a usar esa espada para hacerme daño —replicó Ryuji.

Rikuo enarcó una ceja.

—¿Ah, no?

Ryuji se llevó una mano a la cabeza en un gesto de frustración.

—Escucha, zorro, este ejercicio es precisamente para que se te meta en la cabeza que la Nenekirimaru no es una espada normal. No puedes herir a ningún humano con esa espada. Vale, se llevarán un golpe, pero no sufrirán más daño que unos moratones.

—Ya lo sé —dijo Rikuo.

—Lo sabes, pero no terminas de entenderlo. Tienes reparos a la hora de atacar a los humanos —señaló Ryuji—. ¿Es que crees que los humanos somos débiles?

—No, no, claro que no.

—Bien. Porque no lo somos —declaró Ryuji con aplomo—. Quizás el yokai medio tenga más fuerza física y sepa hacer algunos trucos interesantes, pero los humanos tenemos nuestra inteligencia, nuestras armas y, sí, también nuestros números. Si subestimas a un humano, te matará. Recuerda, por muchas maldades que hayan hecho los yokai, los humanos siempre se las han arreglado para superarlas.

Yura frunció el ceño.

—No creo que haya que estar orgulloso de algo así.

Ryuji ignoró a su hermana pequeña. Siguió hablando con Rikuo.

—Por eso, más vale que empieces a superar tus reparos, zorro. Maldita la gracia que me hace enseñar a un yokai a atacar a los humanos, pero no es cuestión de andar con remilgos a estas alturas. Ese capullo de Sanmoto ya ha demostrado que no va a seguir las reglas.

Rikuo asintió. Sujetó la espada con fuerza, adoptando una posición de ataque.

—¡Allá voy! —exclamó el muchacho.

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Por supuesto, Ryuji había esquivado su golpe y todos los demás que habían venido después, o los había bloqueado con sus shikigami. Sin embargo, el entrenamiento había dado sus frutos.

Rikuo no dudó y con su espada atravesó limpiamente a los soldados que tenía enfrente de él.

—¡Aaaah! —gritaron los hombres, cayendo de espaldas.

Para su sorpresa, descubrieron que no estaban heridos. El golpe del kitsune había sido demoledor, pero ellos estaban ilesos. Sus armas y su equipamiento no, en cambio. Parecía cosa de magia.

—Marchaos de aquí. Ahora —les ordenó Rikuo, tratando de imitar la frialdad de Hagoromo-Gitsune.

Los soldados retrocedieron con miradas de extrañeza, aunque Rikuo no se llevó a engaño. No había sido tanto por el miedo que les había insuflado, como por los soldados que en ese mismo momento intentaban sorprenderle por detrás. Rikuo podía oír perfectamente sus pasos y su respiración, a la espera de que sus compañeros se alejasen de la línea de tiro para disparar.

Sin perder un instante, Rikuo sacó un talismán y lo arrojó a su espalda.

—¡Ven a mí, deidad ceremonial! ¡Zorro de Nueve Colas! ¡KYUBI!

Al momento, el shikigami de Rikuo hizo su aparición y causó el caos entre las filas de los soldados, que no se esperaban que un trozo de papel fuese a convertirse de repente en un zorro blanco gigante. Éste los atacaba con garras y colmillos, y barría a los demás con sus nueve colas.

—Calma, Kyubi. No queremos que sufran daño. No demasiado, al menos.

Kyubi gruñó.

—Haré lo que pueda —contestó el zorro de nueve colas de mala gana.

En ese momento, Hakuzozu descendió sobre ellos.

—¡Joven señor! ¡Las unidades adyacentes se están moviendo hacia esta calle! ¡Deberíamos pedir ayuda a la casa principal!

Rikuo meneó la cabeza.

—No, necesitan todos los brazos disponibles para la evacuación. Y cuanta más gente haya, más difícil será controlar las ansias de sangre de los nuestros —explicó el kitsune con el ceño fruncido—. Dime, Hakuzozu, ¿cuántos minutos hemos conseguido hasta ahora?

—Todavía no hemos llegado a los 15 minutos, joven señor.

Rikuo se rascó la cabeza, un tanto contrariado. Al final volvió a sujetar la espada exorcista con fuerza y se puso en guardia, pues más soldados se acercaban a todo correr hacia su posición. Esta vez, sin embargo, estaban más en guardia. No sería fácil pillarlos por sorpresa otra vez.

—Va a ser una media hora muy larga —masculló Rikuo.

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Casa ancestral de los Keikain

En aquel mismo momento, mientras Rikuo se enfrentaba a las Fuerzas de Autodefensa, un extraño espectáculo se estaba desarrollando en la antigua mansión de la familia Keikain. Yura, su abuelo Hidemoto, el alcalde de Kioto, el jefe de policía y el gobernador de la región contemplaban atónitos el "paquete" que Ryuji acababa de presentar ante ellos.

—¿Es un... un...? —empezó a preguntar el gobernador.

—Por favor, no use esa palabra —le pidió Ryuji haciendo una mueca.

—¿...un zombi?

Ryuji suspiró con pesar.

—No, no es un zombi. Los zombis existen, pero no son así. No hagan caso a lo que dicen las películas americanas. Los zombis de verdad son cadáveres reanimados por hechiceros bokor de Haití. Sólo existen para ser esclavos del nigromante que los resucitó y en general son inofensivos. Pero esta cosa —Ryuji le dio una patada al muerto viviente, que seguía intentando liberarse de sus ataduras— estaba atacando a la gente.

—Quizás un hechicero le ordenó que lo hiciese... —sugirió el comisario de policía, tratando de encontrar una solución racional a un misterio que no entendía.

—Puede —aceptó Ryuji—. Pero este cadáver no ha sido reanimado con magia vudú. Y si no es vudú, no es un zombi.

—Entonces, ¿qué es?

—No tengo ni la menor idea —reconoció Ryuji a su pesar.

Yura cruzó una mirada con su abuelo. El anciano había estado examinando al muerto viviente con atención, pero él tampoco parecía tener una idea mejor del secreto detrás de aquel suceso. En ese momento, Yura oyó la voz de su antepasado, Hidemoto Decimotercero.

—Yura, cariño, ¿te importaría convocar a Hagun? Me gustaría tener unas palabritas con estos señores.

—No te tomes tantas confianzas —bufó Yura mosqueada.

—¿Lo dices por lo de "cariño"? Oh, tranquila, no pasa nada. Recuerda, yo siempre he sido de Rikuo x Yura.

—¡Cállate, cállate!

—Tranquila, joven ama. No soy más que un shikigami ahora. En cualquier caso, invócame. Creo tener la explicación para esta aparición tan inquietante...

Mientras Yura hablaba con Hidemoto Decimotercero, los demás la observaban sorprendidos. La chica no se daba cuenta de que ella era la única que podía oír a Hidemoto, así que parecía que estaba hablando sola. Obviamente, tanto su abuelo como Ryuji y Mamiru sabían de qué iba el asunto, pero los tres representantes de la autoridad parecían preocupados.

—Oigan, ¿le pasa algo a la niña? —preguntó el gobernador.

—No se preocupen. La estupidez de mi hermana es incurable, pero no es contagiosa —respondió Ryuji.

Yura no le hizo caso. Se concentró y al poco tiempo el espíritu de Hidemoto Decimotercero hacía acto de presencia en la sala ante el asombro del gobernador, el alcalde y el jefe de policía.

—¿Y quién es este? —quiso saber el gobernador, un poco enfadado.

—¡Soy Hidemoto! —contestó el espíritu con una sonrisa.

El gobernador de la prefectura miró de hito en hito al abuelo de Yura y a Hidemoto Decimotercero.

—¿Eh? Pero si Hidemoto está aquí...

—No, no, nuestro querido y actual patriarca es Hidemoto 27º. Yo soy Hidemoto Decimotercero.

El genio de los antiguos tiempos posó una mano en la cabeza de Yura, que hizo una mueca de disgusto.

—Morí hace siglos, pero la pequeña Yura aquí presente me ha invocado y he regresado al momento actual —siguió explicando Hidemoto—. Aunque, como soy un shikigami, si ella no se presta a moverme, yo apenas puedo hablar y poca cosa más. ¿Verdad, Yura?

—Sí, sí, ¡pero deja de darme palmadas en la cabeza!

—¡Ja, ja, ja! ¡Mi joven ama es tan graciosa! —se rió Hidemoto. Luego se puso mortalmente serio—. Ahora hablemos de lo que interesa. Primero, una pregunta para Ryuji: ¿había más muertos andantes en el cementerio?

Ryuji asintió.

—No muchos, pero sí, había más. Mamiru y yo nos encargamos de incinerarlos antes de que provocasen el pánico en el vecindario. Hemos traído este para estudiarlo.

—Bien —Hidemoto meditó durante un rato—. Gracias a mis conversaciones con Seimei-kun, he podido investigar mucho sobre el ciclo de la vida y la muerte, aunque nunca he podido dominarlo. Por lo que sé, podemos enfrentarnos a tres escenarios aquí. Uno es malo, otro es peor y el tercero es el fin del mundo.

Hidemoto 27º tosió, como tratando de recordar a los demás que era él el anfitrión de la reunión.

—Oigamos primero el menos malo —sugirió el anciano patriarca.

—La primera opción es que esto no sea sino una leyenda urbana —explicó Hidemoto Decimotercero—. Crea una historia de muertos que vuelven de sus tumbas, extiende el pánico entre la población y luego deja que el miedo haga el resto. El relato buscará cadáveres relativamente intactos y los hará moverse como máquinas, sin voluntad ni inteligencia. Muy efectista, pero poco efectivo. Sin embargo, a Sanmoto Gorozaemon le encantan las historias, así que es una opción muy probable.

—Eso suena sospechosamente a la profecía de Kudan —señaló el gobernador.

—¡Premio para el caballero! —dijo Hidemoto dando palmadas—. La segunda opción es auténtica resurrección, no un simple genjutsu. El único método que conozco personalmente es Hangon no Jutsu, creado por Seimei y utilizado por sus descendientes.

Ryuji frunció el ceño.

—¿De qué descendientes hablas? ¿De los Tsuchimikado? —le preguntó a Hidemoto.

—¡Ja! Ya les gustaría a ellos tener en sus manos una técnica semejante —se burló el espíritu—. No, estoy hablando de los Gokadoin.

"Gokadoin", pensó Yura. ¿Dónde había oído ese nombre antes? No debían ser buenas noticias, ya que su hermano y su abuelo se pusieron en guardia.

—Si el Clan de las Cien Historias y los Gokadoin se han aliado, no creo que haya manera de vencerlos —dijo Hidemoto Decimotercero sin ambages—. Sin embargo, sé de buena tinta que los Gokadoin son unos narcisistas insufribles, así que no les veo haciendo de comparsas de uno de esos ayakashi que tanto odian. En cuanto a Sanmoto Gorozaemon, por lo que he oído hasta ahora es un maniático del control con delirios de grandeza. Tampoco le veo obedeciendo a nadie que no sea él, especialmente si se cree más fuerte que nunca.

El abuelo de Yura se relajó un poco al oír aquello, pero Ryuji siguió en tensión.

—Vale, esos son dos escenarios. ¿Cuál es el del fin del mundo? —le preguntó a Hidemoto.

El antiguo onmyoji se puso más serio que nunca.

—Sanmoto Mikanbune dividió su cuerpo en partes cuando se convirtió en un ser sobrenatural. Con eso sólo retrasaba su muerte completa, ya que sus partes han ido cayendo una tras otra a lo largo de los siglos. Sin embargo, al poseer al hijo del Nurarihyon, el Rey Demonio ha roto el equilibrio natural. Ahora existe como un ser completo tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos. Puede saltar de uno a otro sin obstáculos, y puede hacer lo mismo por otros.

—¿Eso qué significa? —quiso saber Yura.

—En primer lugar, que no se le puede matar —respondió su antepasado—. Si le matas en el mundo de los vivos, regresará al mundo de los muertos, pero eso no significa nada ya que puede volver cuando le plazca. La única solución sería exorcizarle del cuerpo que le sirve de ancla aquí, y entonces sí, matarlo y destruir todas las partes de él que aún existen con vida.

Ryuji asintió.

—Tomo nota.

—En segundo lugar —continuó Hidemoto—, puede romper las barreras entre los dos mundos. Ya habéis visto que puede teleportar a los suyos al Infierno para rescatarlos. Sin embargo, también puede hacerlo en la otra dirección: llevar muertos al mundo de los vivos. Si los halaga, los convence o directamente les lava el cerebro, Sanmoto puede desembarcar con un ejército de muertos andantes que nadie podrá vencer, porque por muchas veces que los maten volverán a la vida. La única solución es destruir sus cadáveres, quemándolos, para que esos espíritus de ultratumba no tengan a qué asirse en el mundo de los vivos y tengan que quedarse en el Infierno.

—¿Ese es el fin del mundo que decías? Parece peligroso, pero no más que otras cosas a las que nos hemos enfrentado —comentó Yura, escéptica.

—No me preocuparía si Sanmoto fuese un onmyoji experimentado, pero no lo es. No comprende las fuerzas sutiles que operan entre los dos mundos, ni el delicado equilibrio entre la vida y la muerte. Si abusa de su poder, se le escapará de control. La realidad misma puede verse comprometida. Por eso se sacrificó Seimei para sellarlo en el castillo Nijo. Comprendía el peligro que suponía.

Se hizo el silencio en la sala. El gobernador, nervioso, preguntó:

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Yo recomendaría vigilar todos los cementerios anteriores a la guerra mundial —sugirió Ryuji—. Y también los hospitales. Podríamos tener cadáveres andantes en cualquier rincón del país, dependiendo de lo que ese maldito bastardo esté haciendo.

—Por no mencionar que si matan a otras personas, es muy probable que sus cuerpos también resuciten, con lo que la gente pensará que se enfrentan a una plaga zombi como las de las películas —señaló Mamiru. Era tan raro en él decir tantas palabras juntas que Yura y Ryuji se lo quedaron mirando un momento antes de asentir.

Hidemoto les dio unas palmadas de ánimo.

—¡Es hora de moverse! —les dijo—. Bueno, tú no, Yura. Te tengo que enseñar unos exorcismos que te vendrán muy bien...

—Pero... pero... ¡Rikuo y los demás están siendo atacados por el ejército! —señaló Yura. Con toda la emoción del descubrimiento, casi se habían olvidado del motivo original de la visita de las tres autoridades públicas.

—¿Seguro que esos yokai no tienen nada que ver con esos zomb... quiero decir, con esos cadáveres andantes? —preguntó el gobernador.

—¡Segurísimo! —exclamó Yura. Los demás onmyoji de la sala, Hidemoto Decimotercero incluido, asintieron a sus palabras. Incluso Ryuji, aunque lo hizo de mala gana.

El gobernador suspiró.

—Intentaré convencer al Primer Ministro, pero no prometo nada. Por lo que sé, esos yokai pueden haber sido ya detenidos.

Ryuji esbozó una sonrisa sarcástica.

—En su lugar, yo me preocuparía más por los soldados.

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Alrededores de la Mansión Abe

El francotirador respiró hondo. Por fin tenía a aquel maldito kitsune en el punto de mira. Aquellos seres sobrenaturales estaban destrozando sus defensas. Afortunadamente, todavía no tenían que lamentar muertos, pero era sólo cuestión de tiempo que ocurriese una desgracia. Ahora tenía la oportunidad de acabar con ello con un solo disparo.

—Tengo al comandante terrorista en el punto de mira. ¿Órdenes? —comunicó el francotirador.

Sin embargo, las órdenes no llegaron. En su lugar apareció un yokai volador con una impresionante lanza colgada al hombro.

—Como guerrero, entiendo la necesidad de neutralizar al comandante en jefe, pero no puedo permitir que el joven señor caiga de una manera tan deshonrosa. Un disparo a traición es una estrategia propia de cobardes —dijo Hakuzozu en tono reprobador.

El francotirador ni siquiera pudo protestar. Hakuzozu le agarró por el pescuezo y lo metió de cabeza en un cubo de basura. Luego rompió el rifle y siguió buscando nuevos objetivos.

Estaba claro que las Fuerzas de Autodefensa no estaban acostumbradas a luchar en un entorno urbano. Estaban limitando sus disparos al mínimo imprescindible, probablemente para no causar daños colaterales ni víctimas civiles. Se estaban replegando y bloqueando las calles, confiando en mantener a los yokai controlados hasta que llegasen más refuerzos.

Que era justo lo que Rikuo quería que hicieran.

El objetivo de los yokai de Kioto era ganar tiempo para la evacuación. No iban a escapar por las calles, así que si los soldados querían quedárselas, que se las quedasen. Cada minuto que pasaba era un minuto a su favor. Pronto podrían dejar la mansión y replegarse en algún otro punto, para contraatacar. Sanmoto Gorozaemon no se saldría con la suya.

En ese momento, Hakuzozu vio varios puntos a lo lejos. Su vista era excelente, así que pronto distinguió de qué se trataba.

"Tengo que avisar al señor Rikuo", se dijo Hakuzozu.

El yokai poeta voló raudo a donde estaba el joven señor de los Abe. Las cosas parecían haberse tranquilizado un poco y ahora Rikuo podía permitirse recobrar un poco el aliento, parapetado tras el muro que rodeaba el jardín. El mayor peligro ahora eran los francotiradores. Afortunadamente, Hakuzozu se encargaba de localizarlos y neutralizarlos. Ventajas de la superioridad aérea.

Superioridad que pronto se iba a acabar, empero, pues Hakuzozu le dijo a Rikuo:

—Vienen helicópteros.

En efecto, los superiores de la 3ª División habían llamado a varios de sus helicópteros de combate. Eran dos antiguos helicópteros de reconocimiento OH-6D, pequeños pero muy maniobrables, y uno de los nuevos Kawasaki OH-1, con sus visores infrarrojos y mira láser. Lo peor era que entre los tres traían varias ametralladoras y misiles al escenario.

—¿Los intercepto, joven señor? —se ofreció Hakuzozu.

Rikuo negó con la cabeza. Confiaba mucho en su fiel sirviente, pero estaba seguro de que Hakuzozu no podría detener a los tres helicópteros a tiempo. Especialmente si, como habían venido haciendo hasta ahora, trataban de evitar la muerte de los soldados. Afortunadamente, tenía un as bajo la manga.

—¡Tsurara! —exclamó Rikuo—. ¿Puedes encargarte de ellos?

—¡Por supuesto! —respondió la Yuki-onna desde el tejado.

Tsurara había estado observando desde las alturas el transcurso de la pelea contra las Fuerzas de Autodefensa. Ella también había querido participar, pero Rikuo le había dicho que se quedase en la retaguardia.

—Eres la última línea de defensa —le había dicho Rikuo cuando ella había protestado—. Si nos vemos superados, sea por tierra o por aire, tienes que hacer que se detengan. Pero sin matarlos. Necesito que hagas esto por mí, Tsurara. No podemos fallar ahora.

Tsurara, sin dudar, le había dicho que estaba preparada. Y lo estaba, o eso creía. Había estado practicando duramente sus técnicas de hielo. A decir verdad, el nivel de creatividad de una Yuki-onna con sus ataques era limitado. Siempre era alguna combinación de hielo, nieve y ventisca. Sin embargo, con un adecuado control del "miedo", podía desencadenar las fuerzas de la naturaleza de la forma más adecuada en cada caso. Su experiencia en Toono, donde había fracasado miserablemente en una tarea tan sencilla como controlar la temperatura de unos baños termales, le había dejado claro que tenía que esforzarse más.

Ahora, en ese momento, era su oportunidad para demostrarle a Rikuo, no, para demostrarse a sí misma, que podía hacerlo. Podía ser una Yuki-onna de la que su madre se sentiría orgullosa.

—¡Recubre mi ser y congela a mis semejantes! ¡Trata con frialdad a los invitados!

La temperatura ambiental bajó varios grados de golpe. Los soldados, tanto los de los helicópteros como los de tierra, empezaron a sentir escalofríos.

—¡Brilla con blanco fulgor en la oscuridad! ¡Tiembla de miedo ante la gélida brisa!

De la nada, vientos cortantes zarandearon a los helicópteros. ¿Cómo podía ser posible? Las previsiones meteorológicas de la zona no decían nada de eso.

—¡Vendaval maldito! ¡Grulla del silbido del viento! ¡FUSEI KAKUREI!

Tsurara liberó hasta la última gota de su "miedo". Era su técnica habitual, pero normalmente la concentraba en el rival que tenía enfrente. Ahora tenía que extender su poder por todos los alrededores, asegurándose a la vez de que no perdiera su efecto congelador, incluso si era algo más débil.

La congelación se extendió como ondas en un estanque. El rocío de las plantas se convirtió en pepitas de hielo. Las cañerías de agua explotaron. La gente se refugió en sus casas por el frío que sentían. Y los motores de los helicópteros empezaron a fallar casi de inmediato.

—¡No puede ser! —gritaron los pilotos.

No tuvieron más remedio que efectuar un aterrizaje de emergencia, lo cual no era fácil en las calles y los tejados de Kioto. Lo consiguieron, pero cuando trataron de salir descubrieron que los cierres de las puertas se habían quedado atascados. Para más inri, empezó a nevar.

—Lo he... lo he conseguido... —musitó Tsurara con una sonrisa débil. Las piernas le fallaron, pero Rikuo estuvo al quite y de un salto subió al tejado para ayudarla a incorporarse.

—Buen trabajo, Tsurara —le dijo el muchacho con una sonrisa.

Probablemente en otro momento Tsurara se habría ruborizado, pero no le quedaban fuerzas ni para eso. Así que dejó que Rikuo la escoltase al interior de la casa, en la que reinaba el bullicio. Los últimos preparativos para la evacuación se estaban llevando a cabo.

Wakana se acercó a ellos con expresión preocupada.

—¿Estás bien, Tsurara? —le preguntó a la Yuki-onna.

—S-sí —contestó ella.

—Nada serio, mamá. Es que acaba de congelar todo el barrio. Ahora esos soldados no se acercarán en un buen rato.

—¿En serio? Yo no he notado nada —se sorprendió Wakana.

En ese momento, apareció Hagoromo-Gitsune.

—Eso es por la gran concentración de poder espiritual que hay en esta casa, nuera. Una Yuki-onna no puede tocarla —le explicó la kitsune con impaciencia—. Aún así, reconozco que ha sido un truco... útil. Para ser una Yuki-onna.

Rikuo puso los ojos en blanco. En fin, tampoco era momento de discutir.

—¿Estamos listos, abuela? —preguntó Rikuo.

—Sí —asintió ella—. Nos vamos.

Los vecinos del barrio nunca olvidarían aquel día. Después de la intervención de las Fuerzas de Autodefensa, habían sufrido aquella oleada de frío antinatural. Y ahora, elevándose hacia los cielos de la ciudad, una nube de criaturas fantásticas brotaba de la Mansión Abe. ¿Era de aquello de lo que hablaban los rumores? ¿Yokai viviendo entre ellos? Sin embargo, parecía que ahora se marchaban. Hasta los soldados respiraron aliviados.

Montada sobre un dragón, Hagoromo-Gitsune observaba con gesto adusto el horizonte de Kioto. Podían llamarlo "retirada estratégica", pero no soportaba que alguien la echase de su casa. Con el tiempo, había aprendido a amar aquella ciudad como una kiotense más.

—Ahora, ¿a dónde, abuela? —le preguntó Rikuo a su lado.

—Una parte irá al monte Kurama y a otros puntos de los alrededores. Sin embargo, la mayoría dejaremos la prefectura de Kioto. Ponemos rumbo a Osaka —El rostro de Hagoromo-Gitsune se ensombreció—. Es hora de que vuelva a casa.


Notas adicionales:

Esta vez no he apurado hasta fin de mes para tener el capítulo listo. Es que ya nos acercamos al final y las ideas se van encadenando una tras otra. Un poco más de paciencia, mis queridos lectores, el clímax está a la vuelta de la esquina. Mis mejores deseos para valientes reseñadores como Nayrael, Lonely Athena, Suki90, Dennou, RAYHACHIBI, RIAS, silvergoldmoonlight y Ernesto Osses (al que no puedo responder directamente por no haber reseñado desde una cuenta, lástima).

Gracias en especial a silvergoldmoonlight por facilitarme la imagen para la cubierta; Hagoromo-Gitsune y Nurarihyon quedan muy bien para este fic.

Y ahora, los detalles:

* Rikuo sabe de lo que habla. Puede que sorprenda a algunos, pero en Japón hay pena de muerte. Está reservada para delitos de asesinato y traición. El método de ejecución es la horca.

* Los detalles de organización y armamento de las Fuerzas de Autodefensa, y en concreto de la 3ª División, son correctos. No son unas fuerzas militares muy impresionantes en lo que respecta a medios convencionales, pero la JSDF tiene buena tecnología de misiles y anti-misiles, que supongo es lo que más preocupa a Japón.

* La canción que canta Kyokotsu es Kyō no tōri uta ("La canción de las calles de Kioto") y la utiliza también en el manga, concretamente en el capítulo 67. Es una popular canción infantil para enseñar a los niños de la ciudad el nombre de las calles (Maru-tamachi, Take-yamachi, Ebisu-gawa, Ni-jo, etc.).

* Sobre la relación entre Seimei (el gran onmyoji del pasado), los Tsuchimikado (una familia real de onmyoji) y los Gokadoin (un nombre que sonará a los lectores del manga) hablaré más en el futuro.

* Como bien advirtió Ernesto Osses en su reseña, en Japón la mayoría de los muertos son incinerados (un 99,81% en 2007). En el pasado, la práctica de la incineración era un privilegio de los ricos, mientras que los japoneses pobres eran enterrados. Sin embargo, después de la II Guerra Mundial, la incineración se convirtió en la opción preferida. De ahí los comentarios de Ryuji.

* Los yokai de Kioto no tienen una flota de barcos voladores como los Nura, pero los paneles del manga demuestran que tienen el ejército volador más numeroso de todos, con algunas criaturas especialmente grandes. Por eso pensé en una evacuación aérea.

Próximo capítulo: "La noche de los muertos vivientes".