Disclaimer:Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Los yokai de Kioto tienen que abandonar la Mansión Abe ante la presión de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Mientras el país entero se enfrenta al caos, los Keikain deben enfrentarse a una plaga de muertos vivientes.


La noche de los muertos vivientes

Era la noche del 2 al 3 de mayo. Hacía tres días que la Mansión Abe había sido atacada y los yokai de Kioto habían desaparecido sin dejar rastro. Y el caos seguía dominando el país.

A pesar de los intentos de las autoridades de Kioto de convencer a sus superiores de que estaban buscando al culpable equivocado, tanto el Primer Ministro como los generales de las Fuerzas de Autodefensa seguían creyendo que los yokai estaban detrás de los fenómenos que arrasaban el país. La gente ya no se atrevía a salir a la calle, abrir la ventana o incluso abrir los grifos de sus casas, por miedo a lo que pudiera aparecer. Pero lo peor estaba por llegar.

En un cementerio antiguo a las afueras de Kioto, tres onmyoji luchaban por sus vidas.

—¡Ten cuidado, Ryuji! —gritó Yura.

En aquel momento, una horda de cadáveres andantes se abalanzaron sobre su hermano mayor, que estaba preparando un encantamiento y tenía las manos ocupadas.

—Ya lo veo —masculló Ryuji—. Fusión de deidades ceremoniales. ¡Gyogen!

Los muertos vivientes no se dieron cuenta de que una nube de flores caía sobre ellos. Eran hermosas y parecían estar hechas de agua, pero cada vez que una tocaba una superficie sólida, bien fuese la tierra o el cuerpo de un cadáver, corroía todo a su paso.

—Oh, Gyogen, arraiga en la tierra y haz que florezcan los capullos —recitó Ryuji.

Al instante, la caída de las flores de agua se aceleró. Era konjosui, "el agua que surge en el metal", uno de los líquidos potencialmente más corrosivos de toda la creación. Los muertos vivientes no tuvieron ni una sola oportunidad. Antes siquiera de poder posar sus corrompidas manos sobre Ryuji, sus cuerpos habían sido convertidos en un charco nauseabundo de carne licuada.

—¡Ryuji! ¿Estás bien? —preguntó Yura.

—¡Vaya pregunta! Pues claro que estoy bien.

—¿No te han mordido?

—¿Qué pasa? ¿Temes que me convierta en un zombi? Sabes tan bien como yo que esto no funciona así —masculló Ryuji—. ¿O es que en el fondo quieres que me convierta en uno de estos cadáveres babeantes?

—No... ¡No, claro que no! —contestó Yura.

Ryuji esbozó una media sonrisa.

—¿He notado cierta vacilación en tu voz, hermanita?

—¡Argh! —gruñó Yura—. ¡Eres imposible! ¡Eso me pasa por preocuparme por ti!

Mientras hablaban, Mamiru estaba electrocutando y reduciendo a polvo a otros dos muertos vivientes. En general, estaban haciendo un buen trabajo en contener a los cadáveres andantes.

Y, sin embargo, no era suficiente.

Los muertos no eran fuertes. De hecho, sus cuerpos en descomposición hacían que fuesen más fáciles de reducir que una persona viva. Pero no sufrían dolor, no se cansaban y siempre se volvían a levantar. Matarlos era imposible, simplemente regresaban otra vez del infierno. La única forma de vencerlos era reducirlos y luego convertir sus cuerpos en cenizas, para que sus espíritus no tuvieran a donde volver. Era una tarea complicada, que se hacía aún más difícil porque su número aumentaba a cada noche que pasaba.

El gobierno hacía todo lo posible para ocultar las noticias, pero era sólo cuestión de tiempo que los ciudadanos de Japón descubriesen qué era aquella "epidemia" por la que se obligaba a la gente a entregar los cadáveres de sus familiares para su cremación inmediata e impedía el acceso a los cementerios anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Ya habían ocurrido varias tragedias en algunos hospitales, y los soldados no daban abasto. Los reporteros occidentales, menos susceptibles a las presiones del gobierno nipón, ya habían empezado a enviar notas a sus jefes sobre rumores de muertos que se levantaban de sus tumbas.

—"Cuando no quede más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra" —murmuró Ryuji.

—¿Decías algo? —le preguntó Yura.

—No, nada. Sólo pensaba en lo mal que está el país —contestó su hermano—. Por muchos muertos que sellemos, siempre vuelven a aparecer más. Y de mientras, el gobierno sigue convencido de que es culpa de los yokai que escaparon.

—Entrarán en razón.

—¿Tú crees? Ojalá, pero puede que para entonces sea demasiado tarde. Quiero decir, de momento aguantamos, pero tarde o temprano estas hordas de muertos nos superarán, empezarán a matar gente y causarán el pánico general. No podemos estar siempre a la defensiva.

Yura asintió.

—Sí, lo sé. Pero hasta que Sanmoto Gorozaemon aparezca, poco podemos hacer. Rikuo seguro que sabría algo, pero...

Ryuji suspiró. Sí, todos sabían cuál era el problema: desde que las Fuerzas de Autodefensa habían asaltado la Mansión Abe, nadie había vuelto a ver a los yokai de Kioto. Entre los Keikain estaban convencidos de que una parte se había refugiado en el monte Kurama. Sojobo, el Gran Tengu, no iba a dejar a los suyos desprotegidos. Empero, no había noticias de la Señora del Pandemónium. ¿Dónde se habían metido?

En ese momento, Ryuji observó por el rabillo del ojo que el suelo temblaba.

—¡Yura, cuidado! —gritó el onmyoji.

—¿Qué...? ¡Aaaaaaaah!

El suelo se hundió a los pies de Yura. La joven onmyoji pegó un brinco antes de que un par de manos mohosas se aferraran a su pierna. Un gran número de muertos vivientes brotaron del suelo, abalanzándose sobre Yura. Ésta intentaba aún mantener el equilibrio sobre el inestable suelo.

"Maldición", pensó Yura. Tenía que escapar.

Decidió volverse y disparar su cañón de mano Yura Max sobre los cadáveres andantes que la habían sorprendido antes, pero sólo consiguió que más manos surgiesen de la tierra y la arrojasen contra el suelo. Estaba inmovilizada.

—¡Yura! —gritó Ryuji. Mamiru se había percatado del peligro, pero estaba lejos. No llegaría a tiempo.

Los muertos eran tontos y lentos, pero ni ellos podían dejar escapar una presa tan fácil. Cayeron sobre ella, dispuestos a desgarrar su ropa y su carne.

—¡Yura! —gritó otra voz. Esta vez, sin embargo, no se trataba de Ryuji, ni tampoco de Mamiru.

Una telaraña de hielo surgida prácticamente de la nada se interpuso entre los muertos vivientes y Yura, deteniéndolos en seco. Mientras tanto, una hoja afilada troceó rápidamente las manos putrefactas que la sujetaban.

Yura se quedó de piedra al reconocer a sus rescatadores.

—¡Rikuo! ¡Oikawa!

En efecto, se trataba de Rikuo en su forma nocturna, acompañado de Tsurara, que en aquel momento se estaba ocupando de encerrar a los cadáveres en un bloque de hielo.

—Así dejarán de causar problemas por un rato —dijo la Yuki-onna satisfecha.

—Eh, Yura, parece que tenéis algunos problemas. ¿Os importa que os echemos una mano? —preguntó Rikuo, guiñándole un ojo a su amiga de la infancia.

—¡Sí! ¡No! Quiero decir... —se atropelló Yura—. ¿Dónde has estado, Rikuo? Estaba preocupada.

—Lo sé —contestó Rikuo con pesar—. Tenemos mucho de qué hablar. Pero antes deberíamos ocuparnos de estos muertos que no se quedan quietos, ¿no crees?

Yura no pudo sino darle la razón. No era momento de detenerse a charlar. Había cadáveres andantes que devolver a sus tumbas.

Entre los cinco, la tarea resultó ser mucho más fácil y llevadera. Yura estaba acostumbrada a luchar junto a su hermano y su primo, pero también junto a Rikuo y Tsurara, así que hacía las veces de coordinadora. Rikuo cortaba brazos y piernas, y Tsurara congelaba a sus objetivos para que no se movieran. Luego, Ryuji y Mamiru los sellaban o directamente los carbonizaban. Yura se aseguraba de que nadie les sorprendiera e intervenía cuando veía que alguien necesitaba su ayuda.

—¿Ahora podemos hablar? —preguntó Yura, una vez constataron que ningún muerto más salía de su tumba.

—¿Podemos hacerlo? De camino hasta aquí, he visto varios retenes de la policía —señaló Rikuo.

—Tranquilo, zorro —intervino Ryuji—. Sólo están aquí para asegurarse de que ningún muerto sale del perímetro. Están muy contentos de quedarse fuera del cementerio para dejar que nosotros nos encarguemos del trabajo sucio. No entrarán hasta que les digamos que todo está en orden.

Rikuo asintió. Tenía sentido. Eso significaba que podía hablar con libertad.

Yura fue la primera en saltar.

—¿Por qué no me has llamado, Rikuo? ¡No veas lo preocupados que estábamos por ti! Y por los demás yokai de la mansión, claro...

—Que conste que yo no estaba preocupado —intervino Ryuji, levantando la mano—. Por mí como si os hacían picadillo y os usaban para rellenar empanadillas.

—¡Cállate, Ryuji! —ladró Yura.

Rikuo se rió. Era un gesto que no se había permitido hacer desde la huida de la Mansión Abe, pero con Yura siempre se sentía más cómodo, incluso si ella no terminaba de sentirse a gusto al lado de su forma de kitsune.

—Ah, veo que hay cosas que nunca cambian —dijo Rikuo—. Siento no haberme puesto en contacto con vosotros antes. Hemos tenido mucho trabajo con la evacuación, y cada día que pasa recibimos más refugiados. Además, temía que los servicios de inteligencia os estuviesen vigilando...

—¡Que sí, que lo entendemos perfectamente, pero no te hagas de rogar! —le interrumpió Yura—. ¡Cuéntanos lo que ha pasado!

Rikuo contó su historia. Cómo habían luchado con las Fuerzas de Autodefensa, cómo habían escapado y cómo se habían instalado en su nuevo refugio. Al llegar a este punto, Rikuo le susurró unas palabras en el oído a Yura.

—Guardad el secreto, ¿vale? —Rikuo le volvió a guiñar un ojo—. Y toma este móvil. Es una línea segura, sólo para nosotros dos. Puedes llamarme cuando quieras.

—Vamos, Rikuo, pronto saldrá el sol —le metió prisa Tsurara.

Se fueron. Entonces Ryuji se acercó a Yura.

—¿Te ha dicho dónde están?

Para sorpresa de Ryuji, su hermana se dio una palmada en la cabeza.

—¡Agh! ¡Era tan lógico! ¿Cómo no he podido pensarlo antes? —Yura suspiró—. Sí, sé dónde están. Están en...

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Barrio de Kuzunoha, Izumi

Aunque Kioto y su prefectura eran el corazón de Kansai, la riqueza se la llevaba la prefectura de Osaka, más al oeste. Abierta a la bahía que llevaba su mismo nombre, la ciudad de Osaka era la tercera urbe más grande de Japón. Sus habitantes tenían fama de bebedores, juerguistas y comediantes, y un poco idiotas también, pero ellos se consolaban al saber que su querida Osaka era uno de los motores económicos de Japón.

Prácticamente al lado de la gran metrópolis de Osaka se levantaba otra ciudad, mucho más pequeña, llamada Izumi. No destacaba mucho. Frente a la riqueza de Osaka y el puerto y las forjas de Sakai, Izumi sólo podía presumir de sus repollos y sus cebollas. Sin embargo, había algo de lo que Izumi se enorgullecía.

En el pasado, el bosque de Shinoda había cubierto aquel territorio. Luego, el avance inexorable del hombre había devorado la naturaleza para construir edificios y carreteras. Sin embargo, el tiempo no había borrado del todo la memoria histórica de Shinoda. Pues en Izumi todos conocían la leyenda de la kitsune Kuzunoha y Abe no Yasuna. De su unión había nacido Abe no Seimei, el onmyoji más famoso de todos los tiempos. Y en honor de la ayakashi que había arriesgado todo por amor, los habitantes del lugar habían construido un templo a Kuzunoha, Mensajera de Inari.

Los fieles que rezaban a primera hora de la mañana en el santuario, pidiendo la protección de los dioses frente el caos de los últimos días, se habrían quedado de piedra al saber que el objeto de su adoración estaba en aquel momento junto a ellos.

—Veo que la han reformado —murmuró Hagoromo-Gitsune para sí misma.

El templo había sido reparado y repintado, al igual que varios altares secundarios. No faltaban toriis rojas y, sobre todo, un gran número de estatuas de zorros.

Era curioso. Los humanos habían destruido la belleza natural del bosque, pero luego habían creado una belleza artificial en aquel templo. ¿Por qué no podían contentarse con la calma de los árboles? "Idiotas", pensó Hagoromo-Gitsune. Y, sin embargo, habían decidido dedicarle aquel altar de Inari a ella, Kuzunoha, una ayakashi.

Sus pasos la condujeron a un rincón donde descansaba una piedra grabada. En ella, un zorro escribía un antiguo poema. Un poema que Hagoromo-Gitsune conocía muy bien.

Koishiku wa
tazunekite miyo
izumi naru
shinoda no mori
urami kuzunoha

—"Si continúas amándome, ven a verme, me encontrarás en el bosque de Shinoda, en la provincia de Izumi, donde las hojas de kudzu susurran con lamentaciones" —leyó una voz detrás de ella.

Hagoromo-Gitsune esbozó una media sonrisa. Al volverse se encontró con Rikuo, en su forma humana. El muchacho había regresado por fin de su excursión a Kioto. Había sido un riesgo, pero la kitsune sabía que su nieto no podría descansar hasta saber que sus amigos, especialmente Yura, estaban a salvo.

Rikuo señaló la piedra grabada.

—Me gusta mucho. Eres toda una poeta, abuela.

Hagoromo-Gitsune enarcó una ceja.

—Qué adulador. Sin embargo, no sé qué hace este poema aquí. La arboleda de Shinoda fue el lugar donde nací y me crié, pero el poema lo escribí en la casa de Yasuna, en Osaka.

—Pero forma parte de tu historia —dijo Rikuo—. Y este es el altar de Kuzunoha, no el de Yasuna, ni el de Seimei. Este templo es tuyo, abuela.

Hagoromo-Gitsune frunció el ceño. Luego meneó la cabeza.

—Por muchos siglos que pasen, nunca entenderé a los humanos —dijo la kitsune—. Pero no me quejo. Gracias a la fe de esta gente, en esta ciudad no soy solo Hagoromo-Gitsune, la señora de los ayakashi de Kioto, sino Kuzunoha, la deidad local de esta ciudad. Aquí mi poder es grande. No nos volverán a echar.

Rikuo asintió. A su abuela le había sentado como cuerno quemado tener que salir de Kioto. El Clan Abe tenía más propiedades fuera de la antigua capital, pero sólo una tenía los requisitos necesarios para convertirse en su nuevo refugio. Al menos hasta que pudiesen regresar a Kioto, claro. En Izumi no sólo tenían casa, sino que la presencia del templo de Kuzunoha Inari les daba una protección adicional.

A su lado, unos fieles rezaron con devoción y cierta desesperación junto a un altar. Probablemente pedían que Kuzunoha intercediera ante Inari para salvar a su ciudad de los fenómenos paranormales que estaban ocurriendo en todo el país. Hagoromo-Gitsune frunció el ceño y apartó la vista.

—¿Cómo están las cosas en Kioto? —preguntó la kitsune, tratando de cambiar de tema.

—Tan bien como podría esperarse. Los Keikain tratan de controlar a las creaciones de Sanmoto todo lo que pueden, pero no dan abasto. Tarde o temprano les superarán y ocurrirá una tragedia —Rikuo se puso serio—. ¿Es eso lo que quiere Sanmoto? ¿Ahogarnos lentamente?

—Puede ser —dijo Hagoromo-Gitsune tras meditarlo unos segundos—. Sin embargo, ese gordo avaricioso es de los que no pueden evitar vanagloriarse cuando creen que han ganado. Probablemente quiera darnos el golpe de gracia él mismo.

—Y le estaremos esperando.

La mirada de Hagoromo-Gitsune se endureció.

—Por supuesto —dijo la kitsune—. Yo misma me encargaré de arrancarle el corazón.

Rikluo sonrió. Su abuela era la persona más fuerte que conocía. Si alguien podía derrotar a Sanmoto Gorozaemon, era ella. Sin embargo, él no pensaba quedarse atrás. En la batalla que se avecinaba, todos los brazos iban a ser necesarios.

—¿Qué tal van los preparativos de la asamblea? —preguntó Rikuo.

Hagoromo-Gitsune puso cara de irritación.

—Es un caos. Por si no fuera bastante con nuestra mudanza forzosa, ahora tenemos que recibir a cientos de invitados. Aunque tiene su lado bueno —Hagoromo-Gitsune esbozó una sonrisa sádica—. Antes nos ignoraban o se reían de nosotros, pero ahora que Sanmoto ha echado a los perros de las Fuerzas de Autodefensa sobre ellos, vienen a mí arrastrándose y pidiendo disculpas. Es una escena que quiero que recuerden el resto de sus patéticas vidas.

—Abuela...

Hagoromo-Gitsune suspiró.

—Está bien, seré diplomática con esos advenedizos. Vamos, la Gran Asamblea nos espera.

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La casa del Clan Abe en Izumi estaba construida al estilo tradicional japonés, en marcado contraste con la mansión occidental de Kioto. Sus terrenos eran más limitados, pero aún así podía dar cabida a varios cientos de yokai. Lo cual era una bendición, ya que tenían que celebrar una Gran Asamblea como nunca antes se había visto desde hacía siglos.

—¡Uau! —exclamó la pequeña Kyokotsu, montada sobre la cabeza de Gashadokuro para ver mejor—. Es la primera vez que veo algo así. Han venido yokai de todo el país... ¡Ni siquiera sabía que había tantos!

—Así es —Hakuzozu descendió en ese momento junto a ellos. El yokai de la larga lanza examinó con atención a las muchedumbres de yokai que se apiñaban en los terrenos de la casa, tratando de mantenerse ocultos a los ojos de los humanos—. Han venido incluso clanes con los que no tenemos relaciones amistosas. Es un gran logro.

—He oído que el Gran Tengu ha estado enviando a los suyos por todo el país para pedir favores —comentó Gashadokuro—. Por no hablar de la gira que realizó el joven señor.

—¡El hermano mayor y los tengus son increíbles! —celebró Kyokotsu—. Quiero decir, ¡el jardín se ha convertido en una Procesión Nocturna! ¡Mirad cuántos yokai!

Hakuzozu asintió, pero se puso serio.

—Me pregunto cuántos habrán venido por voluntad propia y cuántos por obligación —dijo el yokai volador.

—¿A qué te refieres? —preguntó Kyokotsu sorprendida.

—La información desvelada por Sanmoto Gorozaemon nos ha hecho mucho daño. Los humanos están atacando nuestros antiguos refugios. Muchos han venido a Izumi porque no tienen otro lugar al que ir.

—¡Ja! ¡Seguro que ahora todos vienen a pedir ayuda a la hermana mayor! —Kyokotsu sonrió.

—Supongo —Hakuzozu se encogió de hombros—. No me importa ayudar en una causa honorable, pero espero que en el futuro no se olviden de quién les dio refugio cuando lo necesitaban.

Kyokotsu iba a responder cuando notó un "miedo" que conocía muy bien. Un nuevo invitado había llegado a la casa, uno que despertaba sentimientos oscuros en la pequeña líder de la facción cadáver.

—¡Tú! —exclamó Kyokotsu enfadada.

En el vano de la puerta había aparecido Tamazuki, el hijo y heredero de Inugami Gyobu Tanuki. Venía a la cabeza de una nutrida delegación de yokai de Shikoku. Su cara, cruzada por la cicatriz de la herida que le había hecho Rikuo, dibujó una mueca de displicencia al ver el estado de la mansión. Por alguna razón, llevaba entre sus brazos un lindo cachorrito.

Kyokotsu quiso encararse con él, pero antes de alcanzarlo Rikuo se interpuso.

—Que haya paz, Kyokotsu —le dijo Rikuo con seriedad. Aún en su forma humana, sabía imponer respeto a los suyos, si hacía falta—. Esta vez es nuestro invitado.

La niña tenía ganas de arrancarle los ojos a Tamazuki, pero se aguantó. Sabía lo importante que era aquella asamblea para la señora Hagoromo-Gitsune. Ahora ella era la líder de la facción cadáver y tenía que comportarse. Eso sí, jamás perdonaría a Tamazuki lo que le había hecho a su padre.

—Hm, si así es como recibís a vuestros invitados, quizás no debería haber venido —dijo Tamazuki.

—Tamazuki... —Rikuo frunció el ceño.

El tanuki esbozó una media sonrisa.

—Nos volvemos a encontrar, Abe no Rikuo. Es un honor ser invitado a esta asamblea. Aunque, ¿cómo podíamos negarnos? Ahora, la Señora de Kioto es también la Señora de Shikoku.

—¡Y que no se te olvide! —le espetó Kyokotsu, antes de dar media vuelta y marcharse corriendo.

—Por aquí —Rikuo guió a Tamazuki hasta la sala donde esperaban el resto de invitados.

Tamazuki no fue la única cara conocida que llegó a la mansión. Tsurara se llevó una gran alegría al ver a sus viejos amigos del Clan Nura entrar en la casa, guiados por Setsura en persona.

—¡Madre! —Tsurara fue corriendo a su encuentro—. ¿Estáis bien? ¿Cómo van las cosas en Ukiyoe?

—Discreción, hija mía —la advirtió su madre—. Hay muchos oídos indiscretos en este lugar.

—Todos están bien —intervino Kejoro, notando la ansiedad de su antigua compañera.

—No hay muertos —le aseguró Kubinashi—. Pudimos evacuar a tiempo y ahora el señor Gyuki se encarga de la defensa de nuestras fronteras. Los heridos han sido evacuados a... otro lugar.

—Pero no sabemos cuánto durará —añadió Kurotabo—. Ya se han visto muertos vivientes rondando el monte Nejireme y es sólo cuestión de tiempo que intenten algo. Por eso es tan importante esta asamblea.

Los Nura se fueron a ocupar sus asientos. Tsurara no podía seguirlos, pues ahora formaba parte oficialmente del Clan Abe. Sintió una punzada de tristeza por haber dejado a su familia, pero estar con Rikuo lo compensaba con creces.

Los yokai de Toono también habían mandado representación. Además de la mano derecha de Akagappa, habían acudido a la asamblea el kamaitachi Itaku y sus amigos.

—Una promesa es una promesa —dijo Itaku sucintamente cuando Rikuo le preguntó por sus razones para venir. El muchacho ni siquiera estaba seguro de a qué promesa se refería Itaku, pero le alegraba tener a los guerreros del norte en aquella reunión.

Desde Toono había venido también otra representante, que más parecía una bibliotecaria que una luchadora. Llevaba unas gafas enormes y estaba rodeada de rollos de papel escritos por los dos lados. En cuanto a su actitud, a pesar de la gravedad que se respiraba en el ambiente, la recién llegada parecía la alegría personificada.

—¡Hola! —saludó a Rikuo—. ¡Soy la secretaria oficial del mundo yokai, Fuguruma Yobi! Me dedico a viajar por el país y recolectar historias. He oído hablar mucho del joven señor de los Abe. ¿Quizás tienes alguna historia épica para mí? Por un módico precio, te la puedo editar en un libro.

—Eh... Gracias, pero ahora no es un buen momento —repuso Rikuo, cohibido.

—Así que "la secretaria oficial del mundo yokai" —Hagoromo-Gitsune se acercó a ellos—. Soy la Señora del Pandemónium y no recuerdo haber firmado jamás ese nombramiento.

Fuguruma Yobi tragó saliva. Tal como decían las historias que tanto le gustaba leer y escribir, Hagoromo-Gitsune imponía temor.

—Fuguruma Yobi-chan tiene una habilidad única —dijo el segundo de Akagappa, saliendo en defensa de su camarada—. Incluso con una cantidad ínfima de información, ella puede retenerla en palabras e imágenes completamente fieles a la realidad. Gracias a ella, esta Gran Asamblea quedará registrada para las futuras generaciones.

—Hm, está bien. Al menos será útil —dijo Hagoromo-Gitsune. Fuguruma Yobi respiró aliviada.

Mientras tanto, nuevos invitados fueron entrando en la sala.

—Teoi-hebi-sama del Clan Chubu Intaglio, Bakeneko-sama de Takasu, y Yatagarasu-sama han llegado —fueron anunciando los sirvientes.

Hagoromo-Gitsune los observaba a todos desde su posición superior con calculada frialdad. La asamblea era ciertamente impresionante. Estaban allí los representantes de 17 regiones, así como miembros de más de 500 grandes organizaciones de yokai.

Sí, era una reunión como no se había visto en siglos. Y aún así, no era suficiente.

No se le escapaba a Hagoromo-Gitsune que la mayoría de los presentes no eran los líderes oficiales de sus clanes, sino sus herederos o sus lugartenientes. En cualquier otro momento se lo habría tomado como un insulto personal, pero con Sanmoto azuzando a los humanos para atacar todos los refugios de los seres sobrenaturales en el país, era comprensible que los jefes de clan prefiriesen quedarse atrás para defender su territorio y enviar a otros en su lugar.

—Gracias a todos por venir —dijo Hagoromo-Gitsune cuando los invitados tomaron asiento. Rikuo estaba a su lado, aún en su forma humana—. Os he llamado para discutir un asunto de grave importancia: la amenaza de Sanmoto Gorozaemon.

Rikuo suspiró. Su abuela iba directa al grano. Ni fórmulas de cortesía ni inclinación de cabeza, nada. Pero era comprensible. Su abuela era la Señora del Pandemónium y la yokai más poderosa de Japón. Ella lo sabía, Rikuo lo sabía y todos los presentes lo sabían. Por eso, la kitsune podía permitirse tutear a los demás, aunque levantase más de una ampolla.

—Sanmoto Gorozaemon no se conforma con causar el pánico entre la población y robarnos el "miedo" que legítimamente nos pertenece, sino que ahora utiliza a los humanos para sacarnos de nuestros escondites y cazarnos como a ratones —Hagoromo-Gitsune hizo una pausa y observó con detenimiento a sus invitados—. Muchos de vosotros sabíais lo que iba a ocurrir. Os lo advertí, pero no me hicisteis caso. Bueno, ha llegado la hora de dejar de hacer oídos sordos. No os queda otro remedio si queréis sobrevivir.

Silencio. Varios de los presentes se miraron los unos a los otros, dubitativamente. Rikuo analizó sus reacciones con detenimiento.

Un demonio de cuatro ojos alzó la mano.

—¿Está diciendo la señora Hagoromo-Gitsune que tiene miedo? Supongo que es comprensible, después de que el gran Nue muriera. Por lo que yo veo, esta es una pelea entre el Clan de las Cien Historias y el Clan Abe. A nosotros, los guerreros del Clan Akki, no nos afecta.

Hagoromo-Gitsune entrecerró los ojos.

—Eres Housoushi del Clan Seto Akki de Chugoku, ¿verdad? —dijo la kitsune. El aludido asintió—. Sí, hemos recibido algunos refugiados de Chugoku. Pobres desgraciados que han tenido que huir de sus hogares porque los atomizados clanes de su región son incapaces de hacer frente a los humanos que Sanmoto les ha echado encima.

El joven heredero del Clan Seto Akki gruñó, pero no podía negar que las cosas en Chugoku estaban yendo mal. Los yokai de la región se concentraban en las zonas rurales en vez de las ciudades. Las Fuerzas de Autodefensa no tenían que preocuparse tanto de daños colaterales y podían liberar su poder militar a discreción.

—¡Bah! ¡El problema son los humanos! —exclamó otro de los invitados, el yokai acuático Kawaero de Gifu—. ¡Hay que matarlos!

Otras voces se unieron a la de Kawaero. Sí, los humanos eran el enemigo a batir. Si conseguían que les temieran más a ellos que a Sanmoto, el problema se resolvería solo.

Rikuo apretó los dientes. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la asamblea. En ese instante, sintió una voz que le llamaba. Al principio pensó que se trataba de Tsurara o de su abuela, que querían decirle algo, pero pronto comprendió que la voz salía de él mismo.

"No te lo tomes tan a pecho. Ya sabes cómo son los yokai", le dijo su kitsune interior. "¿Quieres que salga y les haga una demostración?".

"No", respondió Rikuo. "Todavía no ha llegado tu turno. Ahora me toca a mí hacerme oír".

En mitad de la discusión, y para sorpresa de los presentes que no le conocían, Rikuo alzó la voz para que todos le oyeran.

—Os equivocáis. Los humanos no son el enemigo. El enemigo es y sigue siendo Sanmoto Gorozaemon. El Clan de las Cien Historias no controla a los humanos con miedo, sino con mentiras. Para vencer a Sanmoto, hay que desvelar sus engaños.

—¿Y ése quién es? —preguntó más de uno.

—Es Abe no Rikuo, el nieto de la señora Hagoromo-Gitsune —respondieron otros—. Dicen que sólo tiene un cuarto de sangre yokai.

—¡Ja! ¡Por eso le asusta tanto la idea de hacer daño a los humanos! ¡Si prácticamente es uno de ellos!

Se oyeron risas de fondo que despertaron las iras de los anfitriones, los yokai de Kioto. Esos idiotas minusvaloraban al joven señor sólo por su sangre humana. Sin embargo, el primero en salir a defender a Rikuo no fue Ibaraki-Doji o Shokera, sino el mismísimo Tamazuki de Shikoku.

—Sí, Rikuo parece indefenso y poco de fiar, ¿verdad? —Tamazuki sonrió mientras acariciaba a su perro—. Sin embargo, sé por propia experiencia que es más fuerte de lo que parece. Tengo las cicatrices que lo demuestran. Además, incluso si fuera tan débil como un humano, ¿significa eso que no tiene razón? Yo mismo fui utilizado por ese maldito Sanmoto Gorozaemon en el pasado. Lo último que quiero es seguirle el juego.

—Coincido con el representante de Shikoku —intervino Setsura entonces—. Los Nura conocemos de primera mano hasta qué punto llegan las manipulaciones de Sanmoto Gorozaemon con tal de conseguir sus propósitos. Aquellos que crean que son demasiado fuertes o inteligentes para convertirse en sus marionetas, se engañan a sí mismos.

Hubo un silencio meditabundo tras las palabras de la Yuki-onna. Entonces se oyó un eructo.

—Vaya, vaya, quién me iba a decir que vería a un tanuki defendiendo a un kitsune, o a un Nura apoyando a un Abe —comentó uno de los presentes.

Decenas de pares de ojos se volvieron hacia quien así había hablado. Se trataba de Dassai, del clan de rufianes bebedores de Yamaguchi. No tenía pinta de estar participando en una asamblea que iba a decididr los destinos del mundo yokai, sino que parecía ir de fiesta. Al menos se había llevado consigo un gran cántaro lleno de alcohol.

—¿Sabéis? Creo que todos estamos un poco asustados —dijo Dassai.

—¿Cómo dices? —se enfadó Housoushi de los Seto Akki.

—Eh, eh, tranquilo. Sólo digo que ese chaval tiene mucho valor para llevar la contraria a este grupo tan variopinto de ayakashi —Dassai tomó otro trago—. No me hace gracia seguir a Kioto, pero he visto muchas cosas en mi vida y ninguna se parece a lo que estamos viendo ahora. Y ya no tenemos al Nue para que nos saque las castañas del fuego. Si hay que hacer algo para fastidiar a ese Sanmoto, podéis contar conmigo.

Tamazuki y Setsura sonrieron. Rikuo también. Sin embargo, otros seguían albergando dudas.

—Eso suena bien —intervino Housoushi—, ¿pero se supone que ahora tenemos que prestar todos vasallaje a la señora Hagoromo-Gitsune si queremos vivir, como han hecho los yokai de Shikoku? Todos tenemos cuentas pendientes con Kioto de una u otra manera. Seguro que los representantes de Kyushu estarán de acuerdo conmigo.

El joven señor de los Seto Akki se volvió hacia un enorme ayakashi de cuatro brazos que hasta entonces no había dicho ni una palabra. A Rikuo le recordaba vagamente a alguien, pero no sabía a quién. Según habían anunciado, se trataba del líder de la aldea escondida de Tsukumo, en la isla de Kyushu. Sin embargo, para frustración de Housoushi, el gigantón se encogió de hombros.

—Si lo decís por mi hermano pequeño, Tsuchigumo, él se lo buscó —dijo el representante de Kyushu. Rikuo abrió mucho los ojos. ¿El hermano mayor de Tsuchigumo? ¡Increíble!—. Mira que le decía yo: "no te vayas a Kioto, estás mejor en la aldea". Pero ni caso. Siempre fue un cabezota. No obstante, es algo que viene de familia. Nosotros, los del clan araña de Tsukumo, siempre hemos sobrevivido sin arrodillarnos ante nadie. Creo que es un deseo que todos podemos compartir.

Ahora la pelota estaba en el campo de Kioto. Era hora de dar el golpe de gracia.

—Honorables invitados —empezó Rikuo—, somos todos diferentes, sí, pero como bien ha dicho el representante de la aldea de Tsukumo, tenemos cosas en común. Cosas que queremos proteger. El poder para aplastar a nuestros enemigos es el poder para proteger las vidas diarias de nuestros compañeros y seres queridos.

Esta vez nadie interrumpió al joven señor de los Abe. Todos querían escuchar.

—Por mis venas corre la sangre de Hagoromo-Gitsune y de Abe no Seimei —continuó Rikuo con gravedad—, pero no pido a nadie que incline la cabeza ante Kioto. No, al contrario, soy yo el que se inclina. Yo, Abe no Rikuo, soy vuestro humilde servidor. Prometo luchar sin descanso hasta que Sanmoto Gorozaemon sea destruido. Por favor, grandes señores del mundo sobrenatural, les ruego su ayuda. Por el bien de la noche.

Rikuo hizo una reverencia. Los que conocían a Rikuo, como sus compañeros del Clan Abe, los Nura y los yokai de Toono, sonrieron con satisfacción. En cuanto al resto, murmuraron algunas palabras ininteligibles, pero ahora ya nadie se atrevía a llevar la contraria.

—Buen discurso —murmuró Hagoromo-Gitsune—, aunque no me gusta ver a mi nieto inclinando la cabeza. Es humillante. Además, ¿no se suponía que la asamblea la iba a dirigir yo?

—Era necesario —repuso Rikuo entre susurros—. Ahora estarán de nuestra parte.

—Eso espero. Por su propio bien.

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Kantei, Tokio

En la residencia del Primer Ministro, otro tipo de reunión estaba teniendo lugar. En realidad, era una reunión continua, pues desde que había empezado la Golden Week, el 2-3-1 de Nagatacho, Chiyodaku, Tokio, vivía en un estado de emergencia permanente.

Era irónico, pensaba el Primer Ministro. Era 3 de mayo, Día de la Constitución. Se suponía que tenían que estar celebrando la constitución que en 1947 había dado origen al Japón moderno. Ahora, sin embargo, parecían estar asistiendo a su destrucción.

Tras noticias sin fin de fenómenos paranormales, el descubrimiento de las guaridas de los yokai gracias al chivatazo de aquella fuente anónima había sido un golpe de suerte que había permitido recuperar la iniciativa al gobierno. Las Fuerzas de Autodefensa no estaban preparadas para luchar contra seres de leyenda, pero habían obedecido las órdenes sin rechistar y cientos, no, miles de esos ayakashi habían sido expulsados de sus guaridas. Sin embargo, en más de un caso habían causado terribles pérdidas entre las tropas.

Pese a esos reveses, iban ganando. Eso decían todos los informes. Entonces, ¿por qué las desgracias seguían sucediéndose? Incluso las pocas victorias que estaban consiguiendo sabían a ceniza.

—Señor Primer Ministro, el problema de Nagoya ha sido controlado —le dijo el Ministro de Defensa.

—¿Se trata de lo de ese hospital?

—En efecto. Hemos precintado el recinto. Nadie podrá entrar ni salir —le aseguró el Ministro de Defensa.

—Incluyendo los civiles sanos —señaló uno de los secretarios con cierta amargura.

—No sabemos cómo funciona esa plaga. Las medidas pueden parecer drásticas, pero son necesarias para mantener la situación bajo control.

—Las autoridades de Kioto han dicho...

—Con perdón, señor Primer Ministro, pero no les creo ni una palabra. El gobierno de la nación no puede dejarse llevar por la opinión de unos supuestos exorcistas. Seríamos el hazmerreír del mundo.

El Primer Ministro meneó la cabeza. A diferencia de su Ministro de Defensa, no estaba tan convencido de que los exorcistas no tuvieran en parte algo de razón. A fin de cuentas, acababan de descubrir por las malas que los yokai existían. Durante sus actuaciones, las Fuerzas de Autodefensa habían sacado fotos y vídeos de las criaturas a las que habían combatido. No cabía ninguna duda: las leyendas eran reales.

En ese momento, un secretario entró corriendo en la sala.

—¡Señor Primer Ministro! ¡Un mensaje de la Casa Blanca!

El jefe de gobierno leyó con atención el mensaje. Luego, cansado y enfadado, hizo una bola con él y lo tiró al suelo.

—¿Qué decía? —preguntó el Ministro de Defensa preocupado.

—Los americanos lo saben —dijo el Primer Ministro.

—¿Qué saben?

—¡Todo! Lo de los yokai, los muertos que se levantan de las tumbas y, peor aún, que estos fenómenos se extienden cada día más. Pronto alcanzarán Okinawa, y allí está la base americana. Es más, sus expertos creen que puede estar afectando ya las costas coreanas. Según la Casa Blanca, los rusos y los chinos están a la espera. Si no resolvemos esto pronto...

El Primer Ministro dejó la frase en el aire. Luego se derrumbó sobre su asiento. Estaba agotado.

En ese momento, las televisiones de la sala que en aquel momento servían para seguir las noticias empezaron a sufrir interferencias.

—¿Pero qué demonios...?

La imagen del noticiero desapareció. En su lugar apareció la cara de Encho. Para el Clan Abe y sus aliados, era la mano derecha de Sanmoto Gorozaemon. Para los humanos, sin embargo, era la voz de la profecía de Kudan, el mismo que les había advertido contra los yokai y los muertos vivientes.

—¡Gentes de Japón! ¡Hijos del Sol Naciente! ¡Escuchad otra vez mis palabras! —exclamó Encho—. Habéis sufrido mucho, sí, y aún queda más sufrimiento por delante. Vuestro gobierno os engaña, trata de ocultaros la verdad, pero los signos del fin ya han llegado. La profecía se cumple.

—¡Eh! ¡Eso es traición! —protestó el Ministro de Defensa.

—Pero es la verdad —apostilló el Primer Ministro.

Mientras tanto, Encho seguía hablando.

—¡Pero no desfallezcáis! ¡Recordad las palabras de Kudan! ¡El Mesías regresará! ¡Él vencerá al demonio renacido! ¡Él traerá la paz! ¡Tened fe, gentes de Japón! ¡El Mesías pronto llegará!

La interferencia terminó y Encho desapareció de la pantalla. Enseguida los ayudantes se lanzaron a comprobar si el mismo fenómeno se había dado en el resto del país, pero el Primer Ministro no tuvo ninguna duda de que así era. Era una hazaña que sólo podía ser posible con magia.

—No me gusta —comentó el Ministro de Defensa.

—A mí tampoco —reconoció el Primer Ministro—, pero no podemos hacer otra cosa que esperar. Si el Mesías existe, espero que venga cuanto antes. Japón necesita un milagro.


Notas adicionales:

Segunda entrega de Kitsune no Mago este mes. ¡A ver si mantengo este ritmo de actualización! Con el próximo capítulo empiezan ya las batallas dramáticas que nos llevarán al final de la historia.

Gracias a todos los que leen, pero sobre todo gracias a los que me reseñan y me ayudan a seguir escribiendo, gente maravillosa Suki90, Lonely Athena, Nayrael, RAYHACHIBI, tsukinotora (tras los cambios de nombre, je), RIAS y OsoreKitsune.

Hablando de estos dos últimos, como no tienen cuenta, tendré que responderles aquí:

RIAS: Sí, como se ve en este capítulo, los humanos ya tienen los números y la tecnología para hacer retroceder a los yokai, especialmente cuando los yokai no se esperaban un ataque así. Demasiado acostumbrados a las peleas tradicionales con otros yokai o contra onmyoji. Sin embargo, en Kioto los soldados tenían un problema: es una ciudad. No podían disparar o causar explosiones alegremente con tantos civiles alrededor. Sí, en ese caso deberían haber mandado a las fuerzas especiales de la policía, más acostumbradas al combate urbano. Fue un error por parte del ministro.

OsoreKitsune: Siempre me quedo de piedra cuando alguien empieza un fic largo y lo lee en un tiempo récord. Me alegro de que te esté gustando. Bueno, llegas prácticamente para el clímax. La actualización se mantendrá regular, como mínimo una vez al mes.

Y ahora el resto de notas:

* El título, por supuesto, es un homenaje a la película inmortal de George A. Romero de 1968, que popularizó los zombis tal y como los conocemos hoy. La cita de Ryuji sobre el infierno y los muertos procede de El amanecer de los muertos, la continuación de La noche de los muertos vivientes.

* La ciudad de Izumi tiene, en efecto, un barrio con el nombre de Kuzunoha y un templo dedicado a ella, en el lugar donde antes estaba el bosque de Shinoda. Lo mencioné en el capítulo "Kuzunoha y Yasuna". En términos de Nuramago, eso significa que Hagoromo-Gitsune no es sólo una yokai, sino también una tochigami o deidad local.

* En el manga, la presencia de herederos del clan en lugar de los líderes mismos en la reunión organizada por Rikuo era una cierta falta de respeto hacia el Clan Nura. Como no creo que nadie sería lo suficientemente suicida para hacerle algo así a Hagoromo-Gitsune (o vas tú, o no va nadie), pero no quería crear OCs, he encontrado la justificación en los ataques orquestados por Sanmoto. No es que los jefes no quieran ir, es que no pueden.

* Todos los yokai nuevos que veis aquí han salido en el manga. Algunos, como Fuguruma Yobi, son secundarios con cierta relevancia. La mayoría, sin embargo, son nombres que se mencionan una sola vez.

Próximo capítulo: "La llegada del Mesías".