Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Los yokai se han reunido en una gran asamblea para decidir qué hacer con Sanmoto Gorozaemon. Mientras tanto, los sucesos paranormales se suceden y es sólo cuestión de tiempo que el mundo entero averigüe que los muertos han vuelto de sus tumbas.
La llegada del Mesías
Kiyotsugu estaba horrorizado. Sus ojos no querían creer lo que estaban viendo, pero no importaba las veces que volviese a cargar el vídeo, las imágenes se repetían una y otra vez.
Muertos, muertos vivientes, cadáveres andantes que se levantaban y buscaban la carne de los vivos. Eran imágenes captadas por un grupo de valerosos activistas que no se habían creído las versiones oficiales y habían entrado a hurtadillas en el hospital de Nagoya que las autoridades habían precintado. "Un asunto de seguridad pública", habían dicho. Y tanto que sí. Los muertos estaban volviendo de sus tumbas.
"Es tal y como dijo la profecía de Kudan", pensó Kiyotsugu.
Una parte de él, la del amante del mundo sobrenatural, estaba satisfecha. Ahora todo el mundo comprendería que las historias de yokai eran ciertas. De hecho, gracias a la crisis que vivían desde el inicio de la Golden Week, las visitas a su página web habían crecido de manera exponencial. Ahora Kiyotsugu era un experto reconocido en Internet, y su web un punto de contacto para aficionados e informantes de todo el país. Lo que el Gobierno censuraba, Kiyotsugu lo publicaba. Nunca habían sido sus esfuerzos tan valorados como ahora.
Sin embargo, como persona normal y ciudadano de Japón, Kiyotsugu estaba destrozado por dentro. Su país se desmoronaba. Ahora que las mentiras del Gobierno habían salido a la luz, se contaban las horas para que empezasen las revueltas en las calles. El pánico iba a apoderarse de todos. Y si Kudan decía la verdad, eso sería tan sólo el primer paso para el fin del mundo.
Kiyotsugu miró el contador de visitas de su web. Estaba por las nubes. Sin embargo, cerró su portátil de golpe y se llevó las manos a la cabeza.
—¡No sé qué hacer! —exclamó en voz alta. Estaba desesperado.
Tal vez los internautas le consideraran un experto en temas yokai, pero no sabía responder a la pregunta más acuciante de todas: ¿cómo detener el desastre? No lo sabía. Nadie lo sabía.
Kiyotsugu encontró consuelo en que sus compañeros del Club Kiyo Cruz estaban a salvo, por el momento. Ienaga, Torii y Maki se habían refugiado en casa de esta última, con sus familias, mientras que Shima estaba casualmente fuera en un partido de fútbol internacional con la selección sub 14. Eso le dejaba las manos libres a él para gestionar la web.
El presidente del Club Kiyo Cruz recordó a sus amigos del Club Onmyoji de Kioto. La familia de Keikain Yura estaba compuesta de exorcistas de verdad. Quizás ellos tuvieran la solución a aquel problema. Sin embargo, en su fuero interno, Kiyotsugu no tenía muchas esperanzas. Cada nueva noticia de horrores sin nombre que llegaba a su página web le pesaba en el alma. Sólo quería que la pesadilla acabase cuanto antes.
"Si de verdad existe el Mesías, por favor, que venga cuanto antes. Le necesitamos", pensó el atribulado joven.
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El Inframundo
Sanmoto Gorozaemon observaba el mundo de los vivos. No había parado de hacerlo desde que su plan se pusiese en marcha. Bueno, si era sincero, la mayor parte del plan había sido idea de Encho con cierta ayuda de Yanagida, pero él era el impulsor, la verdadera fuerza detrás del apocalipsis que había llegado al mundo.
—¿Es la hora? —preguntó Sanmoto con impaciencia, mirando a Yanagida.
El coleccionista de historias hizo una reverencia, pero no respondió. En su lugar se volvió hacia Encho. El narrador también observaba complacido los acontecimientos. Todos sabían que su pasión era contar historias y, en aquel momento, estaba escribiendo con fuego y sangre el relato más importante de la historia: el fin del mundo.
Al principio Encho fingió que no había oído el requerimiento de su señor, pero a insistencia de Yanagida suspiró y cerró su abanico, que siempre llevaba a mano.
—Sí, mi señor, es la hora. El Día en Memoria de la Constitución pronto dará paso al Día del Verdor. Las piezas están en su sitio. Los onmyoji se revuelven, pero no saben a donde mirar. Los yokai se reúnen, ¿pero cuánto durará su alianza? Y los humanos sólo son marionetas que bailan a nuestro son. Su "miedo" será nuestro —dijo Encho.
—Querrás decir que su "miedo" será para el señor Sanmoto Gorozaemon —le corrigió Yanagida.
—Es lo mismo —Encho se encogió de hombros—. ¿Acaso no somos partes de su cuerpo? Todos compartimos el mismo destino. ¿O tal vez no? ¿Quizás Yanagida teme no compartir la misma historia, dado que no nació de Sanmoto como un servidor?
Yanagida iba a responder enfadado, pero Sanmoto les interrumpió.
—¡Basta! ¡No me importan vuestras estúpidas peleas! ¡Aquí el que manda soy yo!
Los dos ejecutivos del Clan de las Cien Historias se apresuraron a inclinar la cabeza. Ahora el poder del Rey Demonio había crecido tanto con las ofrendas de terror recibidas que le bastaba elevar la voz para introducir el miedo en el cuerpo a los demás.
—Por supuesto, mi señor —dijeron Encho y Yanagida a una.
Sanmoto Gorozaemon asintió complacido.
—Muy bien, si ese punto está aclarado, es hora de que haga mi llegada triunfal en el mundo de los vivos. Esos idiotas me van a dar el poder que necesito sin darse cuenta —sonrió el malvado Rey Demonio—. ¡Encho, Yanagida! ¡Empezad los preparativos!
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Izumi
La reunión había terminado y la paz reinaba de nuevo en la casa que servía de base de operaciones temporal del Clan Abe, a la espera de poder regresar a Kioto y reclamar lo que era suyo. Esa era al menos la esperanza que tenía Rikuo. Sin embargo, en su fuero interno se preguntaba si no convendría más acostumbrarse a su nuevo hogar cuanto antes. Era muy posible que los humanos no volviesen a aceptar a los yokai en su casa. De una forma u otra, una era había cabado, la era de la mascarada. Ahora todos los habitantes de Japón, no, del mundo entero, sabían que los yokai eran seres reales, no criaturas de leyenda.
Sí, Izumi no estaba tan mal, después de todo. Quizás era el poder de su abuela, que impregnaba el barrio entero gracias a ser la deidad local del templo. Para sus enemigos debía de ser un aura opresiva, pero él, por ser su nieto, se sentía seguro. Aún así, echaba de menos su casa en Kioto.
—¿Te preocupa algo, Rikuo? —Tsurara apareció de repente, llevando un par de tazas en una bandeja.
—Ah, hola, Tsurara —la saludó el muchacho con una media sonrisa—. No, estoy bien.
La dama de las nieves hizo un mohín de protesta.
—A mí no me engañas, Rikuo. Te preocupa algo, lo sé.
El chico suspiró.
—Ahora me conoces demasiado bien, Tsurara.
—¿Acaso te disgusta? —dijo la Yuki-onna, sonrojándose.
—No, por supuesto que no —Rikuo sacudió la cabeza. Luego sonrió—. Muchas cosas han cambiado desde que nos conocimos, pero no cambiaría lo vivido por nada del mundo. Sí, me preocupa algo. Me preocupa no poder volver a casa.
—No es por Sanmoto, ¿verdad? A él le vencerás. Es por los humanos —dijo Tsurara. No era una pregunta, sino la constatación de un hecho.
Rikuo asintió.
—Incluso si vencemos a Sanmoto, no sé cómo será el mundo después de esto. Puede que la gente acabe odiando a los yokai más que nunca. Y entonces, ¿a dónde iremos? La cabeza me da vueltas sólo de pensarlo.
Tsurara sonrió.
—Pensar demasiado tampoco es bueno. Hay que hacer las cosas paso a paso. Toma, te he traído una taza de té caliente. Estaba segura de que la ibas a necesitar.
—¿Y la otra taza? —Rikuo señaló la bandeja.
—Esta es para mí, por supuesto —contestó Tsurara. La suya contenía té frío—. Venga, vamos a sentarnos y ver el amanecer.
Bebieron en silencio. Era una sensación de paz que no habían vivido desde que empezase todo el lío de la profecía, los sucesos paranormales y los muertos vivientes. Por no hablar de la reunión, claro. Varios de los delegados habían vuelto a sus dominios, para convencer a sus clanes y reunir las tropas contra Sanmoto Gorozaemon. No obstante, muchos otros se habían quedado, bien porque no tenían a donde ir, bien porque estaban deseosos de participar en la batalla.
Entre estos últimos se encontraba Dassai, el joven heredero de los bebedores de Yamaguchi. "Suena interesante", había dicho el yokai juerguista tras vaciar una jarra entera de sake. Para sorpresa de propios y extraños, Tamazuki había dicho exactamente lo mismo y se había quedado en Izumi. Por desgracia, su presencia no era tan bienvenida y tenían que mantenerlo apartado de Kyokotsu, so pena de que la niña le arrancase los ojos con sus serpientes.
—Mi madre no se ha marchado —comentó Tsurara.
—No parece que la noticia te alegre demasiado —señaló Rikuo, apurando su taza de té.
—No me entiendas mal, me gusta estar con mi madre, pero temo que esté aquí sólo para protegerme. Sé que el señor Gyuki puede ocuparse de la defensa de Kanto mientras tanto, y que mi madre ha dicho algo de cerrar unos detalles con la señora Hagoromo-Gitsune, pero me pregunto si sólo son excusas para estar cerca de mí —dijo Tsurara pensativa—. No quiero ser una carga.
—No lo eres —se apresuró a decir Rikuo—. Estoy seguro de que tu madre tiene sus razones. Además, no seré yo el que se queje. Necesitamos toda la ayuda posible para acabar con Sanmoto Gorozaemon.
En ese momento, Tsurara se volvió hacia él. Sus ojos caleidoscópicos brillaban con las primeras luces del amanecer. El Día en Memoria de la Constitución terminaba y tras él llegaba el Día del Verdor, la penúltima jornada de la Golden Week.
—¿Y mi ayuda? ¿También la necesitas? —le preguntó Tsurara.
—Por supuesto. A fin de cuentas, ¿no eres miembro de mi Procesión Nocturna? —sonrió Rikuo. No lo hizo con el desparpajo de su forma nocturna, sino con la calidez y sinceridad de su forma diurna, la misma calidez y sinceridad que había heredado de su madre Wakana.
La Yuki-onna le devolvió la sonrisa. Sin decirse nada, sin saber lo que hacían, se aproximaron lentamente. Y entonces...
—¡Rikuo! ¡Yura está al teléfono! ¡Dice que es urgente! —exclamó Wakana, apareciendo prácticamente de la nada.
—¡V-voy!
Rikuo se puso de pie de un salto y fue a coger el teléfono, mientras Tsurara se ponía colorada como un tomate. Wakana la observó con cierta resignación. Oh, sí, sabía muy bien lo que le pasaba a la dama de las nieves por la cabeza. Por desgracia, no podía hacer nada. La realidad era así de inoportuna.
En una estancia vacía y apartada, algo casi imposible de encontrar dado que la mansión de Izumi estaba atiborrada de yokai, Rikuo se puso el teléfono al oído.
—¿Qué ocurre, Yura?
—¡Cómo que qué ocurre! ¿No estás viendo las noticias? —le gritó su amiga de la infancia al otro lado de la línea.
—Lo siento, hemos estado muy ocupados. No sé siquiera si hay algún televisor encendido...
—¡Pues ve y encuentra uno, rápido!
Rikuo se sorprendió un poco. Su amiga no solía ser tan mandona con él, no al menos cuando estaba en su forma humana.
—¿Se puede saber qué ocurre? —quiso saber el joven señor de los Abe.
—¡Están anunciando en todas las cadenas que el Mesías va a llegar! ¡Sanmoto Gorozaemon viene hacia aquí!
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Castillo Nijo, Kioto
Después de la invasión del Nurarihyon, y a causa de los destrozos ocasionados durante la batalla, el Castillo Nijo había sido cerrado al público mientras se llevaban a cabo las reparaciones. Los expertos en arquitectura antigua de Japón se lamentaban de aquella situación, aunque todavía no podían comprender cómo el año anterior había aparecido una fortaleza de piedra sobre los terrenos del castillo erigido por los Tokugawa. Jamás habían creído en explicaciones de magia y seres sobrenaturales.
Sin embargo, en el amanecer del día 4 de mayo, una multitud se había congregado allí para ser testigos de la llegada del Mesías profetizado por Kudan.
Cuando el sol naciente al terror sucumba
y los muertos se levanten de sus tumbas,
el Mesías regresará del infierno
y salvará a los hombres del averno.
Él vencerá al demonio renacido
y traerá la paz a un mundo agradecido.
Los versos de la profecía se repetían como un mantra entre muchos de los presentes. En Internet había corrido el rumor de que el Mesías iba a aparecer en aquel sitio a aquella hora y cientos, no, miles habían acudido con la esperanza de recibir a su salvador.
Al lugar habían acudido también muchos periodistas. Aquella reunión era noticia, tanto si aparecía el Mesías como si no. Tampoco faltaban policías tratando de mantener el orden e incluso algún soldado de las Fuerzas de Autodefensa patrullando "por si acaso". Muchos, sin embargo, confiaban en que la profecía fuera cierta. La gente necesitaba esperanza en aquellos días de oscuridad.
El amanecer llegó. Sin embargo, miraran por donde miraran, el Mesías no aparecía. Ni estaba en el recinto, ni subía por ninguna de las calles.
—¡Menudo timo! —exclamó uno de los presentes, perdiendo la paciencia.
—¡Cállate! ¡Mira arriba! —gritó otro.
Cientos de miradas se elevaron hacia el cielo. Pues flotando a varios metros por encima de sus cabezas se había materializado una puerta envuelta en llamas. Se fue abriendo más y más, hasta dejar un bloque de luz que parecía perforar los límites del universo. Y así era, pues se trataba de la puerta al Infierno.
Y por ella salió el Mesías.
Muy a pesar de sus enemigos, lo cierto era que Sanmoto Gorozaemon daba el pego. Tenía en su poder el cuerpo de Rihan, un cuerpo fuerte, hermoso y atlético, tal como alguien se habría imaginado a un héroe. Su cabello que desafiaba la gravedad despertaba ciertas extrañezas, sí, pero lo compensaba con una sonrisa brillante y una gracia natural. Además, para realzar aún más su figura, el Rey Demonio había aparecido ataviado en una refulgente armadura dorada.
Detrás de él, manteniéndose siempre en un segundo plano, aparecieron Encho y Yanagida. Sin embargo, nadie se fijó en ellos, o si lo hicieron, los tomaron por pajes o escuderos. Todos tenían ojos únicamente para su salvador.
—¡Mesías! ¡Mesías! ¡Mesías! —exclamaron cientos de personas al unísono.
Sanmoto Gorozaemon acogió los vítores de sus incondicionales con satisfacción. Hacía siglos que no recibía semejante clase de alabanzas. Concretamente, desde que aún se le conocía como Sanmoto Mikanbune, el mercader más rico de Edo. Entonces, había conseguido las alabanzas gracias a su dinero. Ahora, lo hacía gracias a su poder. En el fondo, era lo mismo. Gusanos arrastrándose a los pies de un ser superior para rogar que les ayudase con sus nimiedades.
Sanmoto sabía cuál era su papel en esa historia, y también sabía representarlo a la perfección.
—¡Escuchadme, hijos del Sol Naciente! ¡Yo soy el Mesías prometido por Kudan! ¡Yo acabaré con las tinieblas que están sumiendo el mundo! ¡A cambio, sólo os pido vuestra fe! ¡No escuchéis a los falsos profetas! ¡Poned vuestras esperanzas en mí y yo conseguiré traer la paz a este país!
Los vítores se repitieron, aún más enfervorizados que antes. Los periodistas trataron de hacer preguntas, pero era difícil entre tanto tumulto. Por no mencionar que la persona a la que querían entrevistar estaba flotando en el aire, lo cual complicaba las cosas.
Entonces, gritos de terror empezaron a oírse sobre los cánticos en honor al Mesías.
—¡Los muertos! ¡Los muertos vienen!
Así era. Una horda de cadáveres andantes subía por la calle, directos a ellos. Aquel grupo de civiles apelotonados era una presa fácil. Ni siquiera los policías podían maniobrar bien para apuntar.
Sanmoto intercambió una mirada silenciosa con Encho. Este sonrió y asintió.
"Todo marcha según lo planeado", venía a decir.
Sin perder un instante, pero manteniendo siempre una postura erguida y gallarda, Sanmoto Gorozaemon descendió al nivel de la calle y se interpuso entre los aterrorizados humanos y los muertos vivientes. Desenvainó su espada, el Martillo de Mao.
—¿De verdad cree poder ocuparse de ellos con una espada medio rota? —exclamó uno de los periodistas.
Sanmoto sonrió aún más. Sí, que dudasen de él ahora. Eso sólo haría su inevitable victoria más dulce.
Cuando los muertos estaban a apenas tres metros de él, Sanmoto Gorozaemon blandió su katana.
—¡Atrás, criaturas repugnantes! ¡Volved al infierno del que salisteis! ¡Yo, el Mesías, os lo ordeno!
Con un golpe seco de su espada, Sanmoto liberó una ola de energía que vaporizó a los cadáveres andantes. Los que quedaron más o menos intactos se derrumbaron en el suelo. No se volvieron a levantar. La razón era, por supuesto, que eran siervos del Rey Demonio, pero eso los humanos no lo sabían ni necesitaban saberlo.
Los vítores se mutiplicaron por diez. Hasta los policías aplaudían. Algunos de los periodistas más audaces decidieron vencer su temor y fueron a entrevistar al Mesías.
—¿Señor Mesías? ¿Cómo hemos de llamarle? ¿Tiene un nombre de pila?
—La profecía decía que usted "regresaría del infierno". ¿Significa eso que murió y ha vuelto a la vida?
—¿Piensa reunirse con el emperador o con el primer ministro?
En ese momento, Yanagida y Encho se interpusieron.
—Disculpen, señores del cuarto poder, pero nuestro maestro no puede detenerse ahora —les dijo Encho con tacto—. Aún tiene una tarea muy importante que acometer.
—¡Así es! —exclamó Sanmoto Gorozaemon—. ¡Mi poder es grande, pero las tragedias que asolan Japón no se detendrán a menos que consiga acabar con la Señora de la Oscuridad en persona! ¡Para que el Sol Naciente viva, Hagoromo-Gitsune debe morir!
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Casa ancestral de los Keikain
—¡Menudo morro tiene! —le gritó Yura al aparato de televisión—. ¡Es él, él es el culpable de todo lo que está pasando, y aún tiene la cara de echarle la culpa a los demás!
Estaban todos reunidos en la sala común de la mansión, viendo las noticias embobados. Definitivamente, Sanmoto Gorozaemon era un maestro del engaño. Un engaño que le estaba sirviendo para hacerse con la confianza de sus futuras víctimas. Hasta el más cínico de los onmyoji convenía en que se trataba de una táctica repugnante.
—¡Tenemos que ir ahora y detenerlo! —dijo Yura.
—¿Y cómo lo vamos a hacer? Ese demonio bastardo se ha rodeado de rehenes estúpidos —señaló Ryuji—. ¿En serio crees que no está dispuesto a usarlos como escudos humanos si se diera el caso?
—¡Pues les diremos la verdad! ¡Que es un falso Mesías! —insistió Yura.
—¿Y quién nos va a creer, tonta? —contestó su hermano—. Los humanos somos así de irracionales. Buscamos la salvación donde sea, incluso donde no nos conviene.
Su abuelo Hidemoto y los demás asintieron. No podían hacer nada, al menos de momento. Su mejor opción era esperar a que Sanmoto se separase de sus admiradores y entonces atacar. Y aún así, se trataba de un enemigo formidable. Incluso desde aquella distancia podían sentir el inconmensurable poder del Rey Demonio. Estaba claro que había aprovechado sus meses en el Inframundo para absorber todo el "miedo" que había podido reunir.
—¿Y hasta entonces nos quedaremos de brazos cruzados? —preguntó Yura—. ¡Ese monstruo va a atacar a Rikuo y a los suyos!
—Entonces confía en él —dijo Ryuji—. Confía en que esos yokai aguanten el tiempo suficiente para que lleguemos con la caballería.
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Izumi
En la casa de los yokai, la escena no era muy diferente.
—¡Maldito sea! —exclamó Setsura—. ¡Cómo se atreve a profanar de ese modo el cuerpo de Rihan!
Para los yokai del Clan Nura, que habían decidido quedarse en Izumi, ver a Sanmoto Gorozaemon hablando en televisión con la cara de Rihan les revolvía el estómago. Muchos querían salir cuanto antes para enfrentarse con él, pero Hagoromo-Gitsune pidió calma.
—No hace falta. Ya lo ha dicho: él vendrá a buscarnos —señaló la kitsune—. Y le estaremos esperando. Rikuo, ven conmigo. Tenemos que hablar.
El muchacho tragó saliva. Por fin había llegado la hora de la verdad.
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El mediodía había llegado y una sensación opresiva se notaba en el ambiente. Incluso los humanos sin ninguna habilidad espiritual podían notarlo, ya que dos enormes poderes sobrenaturales estaban a punto de encontrarse frente a frente. El lugar era la frontera entre las municipalidades de Sakai e Izumi, no muy lejos de la vibrante metrópolis de Osaka. Los protagonistas no eran otros que la Señora del Pandemónium, Hagoromo-Gitsune, y el Rey Demonio, Sanmoto Gorozaemon.
—No esperaba que estuvieses sola, Hagoromo-Gitsune —exclamó Sanmoto. Aunque parecía confiado, miraba a un lado y a otro, temiéndose una trampa.
Hagoromo-Gitsune frunció el ceño. No le gustaba que un bicho asqueroso como Sanmoto la tutease, por muy poderoso que se hubiese vuelto.
—Tú veo que te has traído a todos tus fans —observó la kitsune.
En efecto, tras Sanmoto Gorozaemon venían sus consejeros Encho y Yanagida, así como toda una legión de seguidores, periodistas, curiosos y otras gentes deseando ser testigos del combate más importante de sus vidas. Aquel que, según les había dicho el Mesías, decidiría la guerra entre la luz y la oscuridad. Por supuesto, Sanmoto se había cuidado mucho de decirles que él mismo representaba la oscuridad que tanto temían.
—¿Qué puedo decir? La gente me quiere —sonrió Sanmoto.
—¿Te querrán igual cuando te escondas detrás de ellos en cuanto las cosas te empiecen a ir mal? Lo siento, pero yo no soy mi nieto. Esos trucos no funci8onarán conmigo —dijo Hagoromo-Gitsune. Su semblante se puso mortalmente serio—. Con gusto les arrancaría el corazón a esos palurdos que te siguen si con eso consigo matarte, Sanmoto.
El Rey Demonio aplaudió.
—Perfecto, hablas como una auténtica supervillana. Contigo ni siquiera tendré que fingir ser un héroe.
—Ven a por mí. Si te atreves, claro —le retó la kitsune.
Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió. De hecho, no se movía nadie. Las calles se habían vaciado de gente. El grupo que venía siguiendo a Sanmoto contuvo la respiración. Alguno incluso dudó de que se tratase de una pelea justa. A un lado, el Mesías, enfundado en una armadura esplendorosa y armado con una espada que había demostrado su poder con aquellos muertos vivientes. Al otro lado, una chica joven, vestida en un uniforme escolar de negro impoluto y sin más arma (aparentemente) que una cartera.
Sus dudas se esfumaron rápidamente cuando nueve largas colas blancas de zorro brotaron de la espalda de la chica y arrasaron el pavimento. Habrían alcanzado a Sanmoto Gorozaemon de no ser porque éste se apartó justo a tiempo.
—Bonito —comentó Sanmoto—, pero no lo suficientemente rápido.
Buscando un golpe rápido que le diese la victoria, Sanmoto descargó una ola de energía sobre la kitsune desde atrás, pero no era tan fácil coger desprevenida a la señora de los yokai de Kioto.
—Nibi no Tessen —murmuró Hagoromo-Gitsune.
De la nada, la kitsune sacó un enorme abanico de metal. Abierto, la escudó sin muchos problemas del ataque de Sanmoto.
—Necesitarás algo más que eso —le dijo Hagoromo-Gitsune.
—Tranquila, tengo más —respondió su contrincante, tratando de aparentar que aquel revés le traía sin cuidado—. El combate acaba de comenzar.
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A pocos kilómetros de distancia, Rikuo observaba la pelea con el corazón en un puño. El resto de los yokai del Clan Abe, e incluso algunos de los invitados, estaban igual.
De hecho, el poder contemplar la batalla desde la seguridad de su hogar en Izumi era un privilegio que debían agradecer a uno de los yokai invitados a la gran asamblea, Hyakume de la Procesión Nocturna de los 53 Demonios de Tokaido. Era un yokai compuesto de muchos ojos que podía liberar y mover a discreción. No sólo podía espiar lo que pasaba a kilómetros de distancia, sino que podía proyectar luego las imágenes para que otros las viesen.
—No soy un guerrero, pero quiero ayudar en lo que pueda —había dicho Hyakume, lo cual le había valido el agradecimiento en persona de Hagoromo-Gitsune, un honor que pocos habían tenido el lujo de recibir.
Sin embargo, ahora mismo Rikuo no sabía si debía agradecer aquella muestra de buena voluntad. Pues su abuela y el maldito Sanmoto Gorozaemon llevaban luchando durante largos y agónicos minutos, y no parecía que ninguno de los dos tuviese ventaja. No, se estaba engañando a sí mismo: a cada golpe intercambiado, se notaba que la superioridad de Sanmoto iba aumentando.
—Es por el "miedo" de la gente —señaló Sojobo. Tras cerciorarse de que la situación en el monte Kurama era estable, el Gran Tengu había acudido raudo y veloz a reunirse con el resto de las fuerzas del Clan Abe—. Los humanos tienen miedo de que nuestra señora gane, así que ponen sus esperanzas en Sanmoto, aumentando su fuerza.
—No sabía que la esperanza diese esa clase de poder —comentó Tsurara, tratando de distraer la mente de los demás indagando sobre aquella curiosidad.
—La esperanza nace del miedo —dijo Sojobo—. En el fondo, no son muy diferentes.
Pero Rikuo no escuchaba. Estaba en su forma yokai, preparado para salir a combatir en cualquier momento. De hecho, lo que más deseaba era estar luchando al lado de su abuela. Sin embargo, la misma Hagoromo-Gitsune en persona se lo había prohibido.
—Tú te quedarás aquí con todas nuestras fuerzas aliadas —le había ordenado.
—¿Qué? —Rikuo se había sorprendido mucho.
—Yo misma me encargaré de Sanmoto Gorozaemon. Estoy segura de que podré con él, pero si algo me pasara, tú tienes que coger el testigo y continuar la lucha.
—¡No! —había exclamado Rikuo—. ¡Tenemos que ir todos juntos! ¡Así podremos vencerle!
—Ay, mi querido Rikuo, qué poco entiendes sobre los duelos entre yokai. ¡Y no hables como si fuese a perder! Recuerda, Rikuo, más sabe la kitsune por vieja que por kitsune, y aún me quedan un par de trucos bajo la manga. Seguro que te van a sorprender.
Eso le había dicho a Rikuo entonces y su nieto seguía teniendo fe en ella, pero era una fe que se iba agotando lentamente. Y cuando En un momento de descuido Sanmoto Gorozaemon rasgó una de las colas de Hagoromo-Gitsune y se dispuso a lanzar una estocada fatal, Rikuo no pudo evitar que un grito de angustia brotase de su garganta. Lo mismo que había visto meses atrás con el Nurarihyon parecía volver a repetirse:
—¡ABUELA!
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"He sido descuidada", pensó Hagoromo-Gitsune. Sanmoto Gorozaemon había mantenido un estilo tosco y brutal, basado más en la fuerza bruta que el el virtuosismo de la espada. Algo lógico, por otra parte, ya que se trataba de un mercader sin instrucción militar, por mucho poder que hubiese acumulado. Sin embargo, aunque lento, su estilo era efectivo. Hagoromo-Gitsune había confiado en mantener al malvado a raya con su propio poder, pero este, a su pesar, se había revelado insuficiente.
—Esto se acabó —susurró Sanmoto Gorozaemon con una sonrisa triunfal, mientras su espada apuntaba directa al corazón de la kitsune. El Martillo de Mao había bebido la sangre de algunos de los yokai más poderosos de la historia. Ahora se cobraría su víctima más importante.
Para su sorpresa y la del resto de testigos que observaban la batalla, nada más tocar a Hagoromo-Gitsune, el cuerpo de la ayakashi se desdibujó y se disolvió, como si fuera humo.
—¿Ha ganado? —se preguntó uno de los periodistas.
No, no había ganado. Sanmoto Gorozaemon sentía que su rival estaba allí, en alguna parte. La confirmación llegó cuando un filo acerado le rasgó la espalda, cortando incluso su misma armadura dorada.
—Sanbi no Tachi —murmuró Hagoromo-Gitsune, blandiendo su Espada de las Tres Colas.
Sanmoto Gorozaemon tenía los ojos abiertos como platos.
—No puede ser... —balbuceó el Rey Demonio—. Conozco esa técnica... Es... es...
—Sí, claro que la conoces —Hagoromo-Gitsune sonrió con malicia—. La técnica favorita del Nurarihyon y de su hijo Rihan. "La flor que se refleja en el espejo, la luna que navega en el agua". Kyoka Suigetsu.
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Ahora en Izumi el asombro era general. Especialmente entre los yokai del Clan Nura.
—¡Imposible! ¿Por qué puede Hagoromo-Gitsune usar la técnica del señor Nurarihyon? —se preguntó en voz alta Kurotabo.
—Porque yo le enseñé cómo hacerlo.
Quien había hablado era nada más y nada menos que Setsura, la madre de Tsurara. Hasta Rikuo la miró asombrado, por no hablar de su hija. Los yokai de Kioto se mantenían en un silencio incómodo. En cuanto a los yokai del Clan Nura, estaban atónitos.
—¿Cómo? —preguntó Kubinashi, sin conseguir encontrar las palabras que diesen voz a sus sentimientos encontrados.
—He acompañado a los Nurarihyon durante siglos. Me sé más de un truco o dos sobre ellos. Por supuesto, es imposible para alguien que no comparta su sangre, pero el cuerpo actual de Hagoromo-Gitsune es el de la hija de Rihan. Tiene un cuarto de la sangre del Nurarihyon y, por tanto, una cuarta parte de su poder. No había caído en la cuenta de las implicaciones hasta la fiesta de Año Nuevo, pero desde entonces he estado aconsejando a la señora de Kioto.
—¿Pero por qué? —insistió Kubinashi.
Los ojos carmesíes de Setsura relucieron como brasas encendidas, si algo así era posible en una Yuki-onna.
—¿Por qué? ¿De verdad me lo preguntas? ¡Porque Hagoromo-Gitsune es ahora la única con el poder de derrotar a ese monstruo frente a frente! ¡Si no podemos salvar a Rihan, quiero al menos que ese maldito demonio pague! ¡Y haré lo que sea para eso, incluso si eso significa vender nuestros secretos a Kioto! ¡Rihan era algo más que mi jefe para mí! ¡Era mi hijo! ¡Y nadie hace daño a mi familia y vive para contarlo!
Setsura se calmó un poco, mientras sus compañeros del Clan Nura se quedaban callados. En ese momento, Tsurara se acercó a su madre y la abarazó.
—Sanmoto Gorozaemon pagará lo que ha hecho, madre.
—Sí, lo pagará —asintió Setsura—. Y todos estaremos agradecidos por ello.
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Por primera vez desde que huyese por patas del Castillo Nijo, Sanmoto Gorozaemon tenía miedo. Oh, sí, mucho miedo. Una cosa era vencer a una kitsune milenaria. ¿Pero vencer a una kitsune milenaria que además tenía los poderes del maldito Nurarihyon? No, eso no había entrado en los planes.
Era culpa de Encho, eso estaba claro. ¡Qué gran idea, forzar a la madre de Seimei a reencarnarse en el cuerpo equivocado para causar una guerra entre los dos grandes clanes yokai de Japón! Pero no solo habían sobrevivido ambos clanes, sino que la maldita kitsune había conseguido dominar su cuerpo y había convertido su debilidad en uno de sus puntos fuertes. Ahora, cada golpe que daba era desviado por Kyoka Suigetsu, y cuando Hagoromo-Gitsune quería atacar, tenía otra arma en su arsenal.
—Agua quieta en el espejo claro —recitó la kitsune—. Meikyo Shisui.
Y entonces la Señora del Pandemónium se volvía invisible a sus ojos y podía golpear a placer. Bueno, en realidad no era invisible del todo, Sanmoto Gorozaemon podía sentir su presencia y tratar de defenderse, pero su cuerpo siempre reaccionaba tarde y mal. Ese era otro de los poderes del Nurarihyon, otro de los poderes que prácticamente le habían regalado a Hagoromo-Gitsune.
—Yonbi no Yari. Ven a mí, Exterminadora de Tigres —dijo la kitsune.
—¡Mi señor! ¡Cuidado! —exclamó Yanagida.
Demasiado tarde. Una lanza de proporciones colosales salió disparada hacia Sanmoto Gorozaemon, ensartándolo por el hombro y arrojándolo cientos de metros por el aire. El Rey Demonio trató de incorporarse, pero la lanza estaba bien clavada en la pared de la casa con la que había chocado.
Afortunadamente para él, sus consejeros fueron los primeros en llegar a él.
—¡Rápido, señor Sanmoto! —le conminó Yanagida—. ¡Hagoromo-Gitsune viene hacia aquí!
—No puedo, yo... Tengo que hacer una retirada estratégica, eso es —dijo el Rey Demonio.
—Señor Sanmoto, sois el yokai más poderoso que jamás ha existido. Si dejáis que Hagoromo-Gitsune rompa vuestro "miedo" de manera tan fácil sólo porque ha usado los trucos de feria del Nurarihyon, entonces no hay nada que hacer. Tenéis poder de sobra, señor Sanmoto. Sólo debéis aprender a utilizarlo —le dijo Encho, con cierto desprecio en su voz.
Sanmoto Gorozaemon reflexionó. Sí, Encho tenía razón. Si se retiraba ahora, nunca volvería a levantarse. Todo el "miedo" que había conseguido reunir hasta el momento no serviría de nada, ya que perdería la confianza de los humanos. La historia del Mesías le daba un poder inmenso, mayor que ninguna otra leyenda urbana hasta el momento, pero sólo se mantendría mientras siguiese sus reglas. Si el héroe se retiraba como un cobarde, ya no sería el Mesías prometido.
Además, Encho tenía razón en otra cosa. Sí, era verdad, tenía "miedo" de sobra. Sólo debía hacer uso de él.
—Como siempre, Encho, tus ideas son las mejores —sonrió Sanmoto Gorozaemon—. Ya sé de dónde sacar el poder que necesito para vencer a esa zorra.
Y sin más dilación, atravesó de lado a lado a Encho con su espada, ante la mirada asombrada de Yanagida.
—¡Ugh! —gruñó el narrador del Clan de las Cien Historias, escupiendo sangre por la boca.
—Vamos, vamos, no pongas esa cara, Encho —dijo Sanmoto Gorozaemon—. Tú mismo lo dijiste: eres parte de mi cuerpo, compartes mi destino. Y ahora compartirás conmigo todo el poder que has acumulado, como el resto de tus hermanos.
Encho agonizaba. Sin embargo, aún tuvo tiempo de murmurar:
—Qué padre más avaricioso... ¿Así ha de acabar mi historia? Supongo que sí... A menos que alguien escriba una secuela...
Cuando murió, su cuerpo se fundió con el de Sanmoto Gorozaemon. Yanagida notó de inmediato cómo el poder de su señor crecía de manera exponencial. Sus heridas sanaron de inmediato. Las grietas en su armadura se repararon automáticamente, aunque el brillo dorado perdió su fulgor y empezó a llenarse de manchas oscuras. Su rostro también se transformó. Si antes era la cara limpia y clara de Rihan, ahora estaba empezando a adquirir rasgos de un demonio.
—Ah, Encho, tenías más "miedo" escondido del que yo creía —Sanmoto se relamió con satisfacción—. Perfecto.
Sin aparente esfuerzo, el Rey Demonio alcanzó la lanza clavada en su hombro y la redujo a añicos con sólo apretar un poco. Luego se puso en pie y salió al encuentro de Hagoromo-Gitsune, que venía hacia allí dispuesta a rematarlo.
—Vaya, Sanmoto, te has vuelto más feo —observó la kitsune frunciendo el ceño—. ¿Es que tu cuerpo robado no puede soportar la fealdad de tu alma?
—Búrlate, zorra, ahora que puedes. No volverás a burlarte más —la amenazó Sanmoto Gorozaemon.
Hagoromo-Gitsune pronto descubrió que no se trataba de una bravata a la desesperada. De alguna manera, Sanmoto Gorozaemon había accedido a una nueva reserva de poder. ¿Sería a causa de sus consejeros? No veía al tal Encho por ninguna parte. En cualquier caso, no tenía tiempo para reflexionar sobre el tema, ya que Sanmoto la estaba golpeando con todo lo que tenía.
Las tornas habían cambiado. El Martillo de Mao golpeaba con tanta fuerza que sus armas, hechas del "miedo" de sus colas, se partían enseguida. Meikyo Shisui no servía de nada, pues ahora Sanmoto utilizaba toda su fuerza bruta para romper el conjuro. Lo mismo ocurría con Kyoka Suigetsu. Ahora, la espada del Rey Demonio estaba bebiendo su sangre. Y cuanta más sangre bebía, más débil se volvía Hagoromo-Gitsune y más fuerte se hacía Sanmoto.
—¡Agh! —gritó la kitsune, cuando su enemigo le cortó una de sus hermosas colas de zorro.
Al final, el Rey Demonio consiguió arrinconarla. A Hagoromo-Gitsune ya no le quedaban más trucos en la cartera, literalmente.
—¡Ah, qué ganas tenía de humillar a la Señora del Pandemónium! —celebró Sanmoto Gorozaemon—. ¿últimas palabras? No es que me importen realmente, pero tal vez pueda hacer una historia sobre tu caída. Seguro que puedo robarte la energía espiritual de alguna forma.
—Vete al infierno, hijo de...
—Pensándolo mejor, te mato ahora y listos —dijo el Rey Demonio.
Sin embargo, antes de que pudiera dar el golpe de gracia, una sombra se interpuso entre ellos. Las espadas chocaron. Un kitsune de cabello blanco, ojos carmesíes y nueve colas de zorro había llegado para unirse al combate.
—¡Rikuo! —exclamó Hagoromo-Gitsune asombrada, y un tanto irritada. Le había dicho que se quedase cuidando la mansión de Izumi pero, como siempre, su nieto iba a su bola.
—¡Lo siento, abuela, pero no me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo te mataban!
Y no venía solo. Con él habían llegado los lugartenientes del Clan Abe, con el Gran Tengu a la cabeza. Estaban allí Ibaraki-Doji y sus demonios, Shokera y sus ángeles-insecto, el fiel Hakuzozu, Gashadokuro y la pequeña Kyokotsu, Tsurara la Yuki-onna, Setsura, Kubinashi, Kejoro, Aotabo y Kurotabo del Clan Nura, así como Itaku y sus amigos de Toono. Incluso habían venido Tamazuki de Shikoku, Dassai de Yamaguchi y el hermano mayor de Tsuchigumo, por no hablar de muchos otros guerreros. Todos querían un pedazo de Sanmoto Gorozaemon.
—No tengo tiempo para todos vosotros. ¡Largaos! —bufó el Rey Demonio con desprecio.
Sanmoto chasqueó los dedos. Al momento, varios portales directos al infierno se abrieron y hordas de muertos y almas en pena salieron para enfrentarse a los recién llegados. Era una lástima que las cámaras de televisión no pudieran verlo, ya que habrían tenido la prueba de que Sanmoto Gorozaemon no era de fiar.
—¡Maldito seas! ¡Eso es jugar sucio! —protestó Rikuo.
—Vamos, hombre, ¿te crees que me hice rico jugando limpio? —se burló Sanmoto Gorozaemon—. Ahora veamos si eres tan bueno como aparentas.
Por desgracia, no era así. Rikuo se había fusionado con su shikigami Kyubi para conseguir un poco de poder extra, pero ni de lejos era suficiente para alcanzar, no digamos ya superar, a Sanmoto. Éste, aburrido de ver cómo Rikuo sólo podía esquivar o amortiguar sus golpes, decidió cortar por lo sano.
—En fin, qué le vamos a hacer. No tienes el poder de tu abuela ni el genio de tu padre, Abe no Rikuo. Si te enfrentas a mí con eso, sólo puedes acabar así.
Fue un visto y no visto. Un segundo antes, Rikuo estaba desviando con sus dos espadas, la Ichibi no Tachi y la reconstruida Nenekirimaru, el enésimo golpe de su enemigo. Al segundo siguiente, aprovechando precisamente el desequilibrio causado por su anterior golpe, el Rey Demonio le atravesó limpiamente el corazón.
—¿Qué? —fue todo lo que llegó a decir Rikuo antes de expirar.
Sanmoto sacó la espada machada de sangre de su cuerpo, que se derrumbó sobre el suelo como un saco de patatas. El mundo a su alrededor de paralizó con un horror mudo. Una expresión de horror asomó en el rostro de la orgullosa Hagoromo-Gitsune. Sus vasallos se quedaron de piedra. En cuanto a Tsurara, la desolación más absoluta apagó sus ojos. Ni siquiera sabía lo que hacía, su cuerpo se movía automáticamente mientras corría hacia Rikuo, ignorando el resto de la batalla.
Amaba a Rikuo. Lo sabía. Y ahora estaba muerto. ¿Qué importaba lo demás?
—¡Rikuo! ¡No, Rikuo, no! —gritó la Yuki-onna, mientras lágrimas de hielo corrían por sus mejillas.
Fue la primera en llegar, seguida muy de cerca de Hgaoromo-Gitsune. Tsurara quería abrazar el cuerpo tendido de Rikuo, comprobar que estaba vivo, que todo había sido un susto, una falsa alarma. Pero sabía que no era así, que Rikuo estaba muerto, y que la primera en llorarlo tenía que ser su abuela.
—Te dije que no vinieses, Rikuo... Te lo dije... —murmuraba una desconsolada Hagoromo-Gitsune, acunando a su nieto entre sus brazos. Era una imagen triste y patética, pero es que no podían hacer nada más.
Sanmoto Gorozaemon, por otra parte, no estaba dispuesto a darles tiempo para llorar a sus caídos. Se sabía poderoso, más poderoso que nadie, y era hora de demostrarlo a lo grande. Vale, podía dejar que sus huestes de muertos vivientes ahogasen a sus enemigos, pero era mejor no correr riesgos.
—¡Adiós, yokai! —exclamó Sanmoto Gorozaemon—. ¡Es hora de que os reunáis todos en el infierno!
Y aprovechando que los ayakashi estaban distraídos luchando contra los muertos vivientes o envueltos en la desesperación por la muerte del joven señor de los Abe, el Rey Demonio acumuló todo el poder que pudo en su espada. El Martillo de Mao lo soportaba, pues era su corazón, y su corazón estaba lleno de odio y ansias de destrucción.
—¡Contemplad el poder del Mesías!
Para los humanos que contemplaban el espectáculo, parecía que su salvador hubiese lanzado una pequeña bomba nuclear sobre la zona. El suelo gimió, agrietándose y revolviéndose contra la superficie. Las casas se convirtieron en escombros primero, luego en polvo. Los árboles ardieron hasta transformarse en cenizas. Pronto no quedó rastro de lo que antes había sido un barrio residencial. Y, por supuesto, tampoco quedó rastro de los yokai.
Al principio la gente no entendió lo que había ocurrido. Pero como los minutos pasaban y los yokai no aparecían de nuevo, enseguida entendieron que el Mesías había cumplido su palabra. Esa Hagoromo-Gitsune y su legión de criaturas infernales había muerto por fin. Japón estaba a salvo.
—¡Mesías! ¡Mesías! ¡Mesías! —gritaron su nombre a coro.
La escena se estaba repitiendo por todo el país, casi se podía decir que por el mundo entero, pues las imágenes de la batalla habían sido retransmitidas en vivo y en directo por los principales canales de televisión. Había sido una pelea caótica. Nadie estaba muy seguro de cómo se habían sucedido los hechos, y el Mesías había estado a punto de perder en un par de ocasiones, pero al final, como en todas las buenas historias, el héroe había ganado.
Algunos se preguntaban si el sacrificio de todo un barrio había sido necesario, y también se preguntaban por qué la apariencia de su salvador había cambiado a lo largo de la batalla. Sin embargo, eran preguntas para después. Lo importante ahora era celebrar la victoria.
Henchido de satisfacción, Sanmoto Gorozaemon se dirigió a las cámaras que en aquel momento le estaban grabando.
—¡Ciudadanos de Japón! ¡Escuchadme y celebrad! ¡El reinado de terror de Hagoromo-Gitsune ha terminado!
La gente estalló en gritos de alegría y alabanzas, repitiendo una y otra vez: "¡Mesías, Mesías, Mesías!".
Entonces, para sorpresa y horror de todos los testigos y televidentes, su adorado Mesías lanzó una ola de energía contra la cercana ciudad de Osaka. El tajo, larguísimo y poderosísimo, cortó los rascacielos como un cuhcillo caliente la mantequilla, nivelando la urbe entera y causando destrozos por doquiera.
El Rey Demonio sonrió, y todos vieron que su sonrisa estaba cargada de maldad.
—¡El reinado de terror de Sanmoto Gorozaemon acaba de comenzar!
Notas adicionales:
Sí, Rikuo ha muerto. No, no es broma.
Otra vez me he retrasado hasta el último segundo. Fallo mío, de verdad, aunque he tenido un final de junio muy atareado y preveo que julio lo va a ser mucho más. Aún así, insisto, la regularidad se va a mantener. Ya queda poco para el final, ¡así que estad atentos!
¿Y sabéis qué me hace mucha ilusión? ¡Vuestras reseñas! Por eso muchísimas gracias a Lonely Athena, Suki90, Nayrael, Aspros, RAYHACHIBY, Gold Moonlight, RIAS, OsoreKitsune, y muchos otros más que me dejo en el tintero, porque el reloj avanza y es hora de ir a dormir. Gracias a vosotros que os tomáis la molestia de dejarme reseñas, y gracias también al resto de mis lectores.
Ahora, algunas notas sobre el capítulo:
* Sí, Hagoromo-Gitsune no debería haber salido a enfrentarse sola a Sanmoto Gorozaemon. Ha sido su gran error. Aunque ha aprendido muchas cosas, aún sigue siendo demasiado protectora con su nieto. Por supuesto, ni Rikuo ni ninguno de sus fieles subordinados iban a quedarse de brazos cruzados, pero no es lo mismo lcuhar todos juntos cuando tu líder va ganando que cuando va perdiendo, como demostraron Tsuchigumo y Seimei en el canon.
* Me pregunto quién adivinó que Hagoromo-Gitsune iba a utilizar los poderes del Nurarihyon. Lo llevaba insinuando desde la fiesta de Año Nuevo, aunque era algo lógico después de revelar de dónde había salido su cuerpo actual. Y sí, Sanmoto Gorozaemon podía haber aprendido lo mismo, pero como es un bastardo egocéntrico, no lo pensó. Hagoromo-Gitsune, aunque poco, ha cambiado.
Próximo capítulo: "Luto".
