Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: El día de la profecía ha llegado. Aprovechándose de la credulidad de los humanos, Sanmoto Gorozaemon hace su entrada triunfal y se enfrenta a Hagoromo-Gitsune. Aunque la pelea parece igualada, al final Sanmoto se hace con la victoria, no sin antes atravesar a Rikuo de lado a lado, para luego destrozar el lugar y revelarse como el Rey Demonio, enemigo de la humanidad.
Luto
Yura se estaba dejando las uñas, pero no le importaba. A falta de palas, removería la tierra con sus manos si hacía falta. No iba a parar, no iba a descansar, no iba a darse por vencida hasta averiguar lo que le había pasado a Rikuo.
El Día del Verdor llegaba a su fin. Aunque la Golden Week era una época de celebraciones, ahora todo el país estaba de luto. Habían podido presenciar en vivo y en directo la traición de su adorado "Mesías". El maldito Sanmoto Gorozaemon había nivelado Osaka y se había marchado para continuar con sus maldades. Aunque las informaciones eran confusas, corrían rumores de que una figura dorada estaba abriendo portales al infierno en las cuatro esquinas de Japón. Portales de los que salía un ejército cada vez más grande de muertos vivientes.
Yura sabía todo eso. Sabía también que, derrotada Hagoromo-Gitsune y sus yokai, ahora todas las esperanzas del país recaían en los onmyoji. Tenían que ayudar. Sin embargo, Yura también recordaba cómo el Gobierno había hecho caso omiso a sus advertencias y le había seguido el juego a Sanmoto Gorozaemon.
Sí, los onmyoji cumplirían con su deber, pero antes de eso tenía que resolver un asunto personal.
En aquel momento se encontraba en Izumi junto a otros exorcistas de su familia. Habían llegado demasiado tarde para ayudar a los yokai en su pelea. Ahora sólo podían contemplar el paisaje de destrucción que Sanmoto Gorozaemon había creado (después de limpiar la zona de sus repugnantes muertos vivientes, claro). Un tercio del pueblo había sido sepultado bajo toneladas de polvo, tierra y escombros. Sólo se había salvado milagrosamente el altar de Inari-Kuzunoha.
Habían visto la pelea por televisión. Aún así, Yura aún guardaba esperanzas. Por eso, mientras el resto de sus primos se quedaba embobado sin saber qué hacer, ella empezó a remover los escombros, buscando pistas de lo que le había pasado con los yokai. O mejor dicho, lo que le había pasado con Rikuo.
Viendo cómo se afanaba en apartar pedazos de ladrillo y roca, Akifusa se acercó a ella.
—Yura... —susurró su primo—. Yura, déjalo, así no vas a conseguir nada.
Pero la joven onmyoji le ignoró y siguió cavando en silencio. El muchacho albino suspiró. Sabía que aquello tenía que ser muy duro para su prima. No era justo que una chica que apenas había empezado la adolescencia tuviera que pasar por estas situaciones tan a menudo. En ocasiones anteriores, Rikuo se había salvado de la muerte en el último momento. Pero Akifusa había visto las noticias también. Sabía que no había esperanza.
Se volvió hacia Ryuji, que observaba el paisaje con expresión indescifrable.
—Ryuji, ayúdame. Tu hermana se va a dejar las manos si sigue así.
Su primo estuvo callado durante unos segundos, como si su mente estuviese en otra parte. De repente, para sorpresa de todos, sonrió.
—Sí, tienes razón, Akifusa. Vamos a hablar con mi hermana.
Akifusa parpadeó, perplejo. ¿En qué estaba pensando su primo? Le siguió por detrás con algo de reparo. Cuando Ryuji llegó a la altura de Yura, se agachó y le gritó al oído:
—¡Yura! ¡Para de una vez, cabeza hueca! ¡Lo estás haciendo mal!
Al contrario que con Akifusa, esta vez la joven sí que reaccionó.
—¡Déjame en paz, Ryuji! —le espetó a su hermano. Y siguió cavando.
Pero Ryuji no estaba dispuesto a darse por vencido. Sin miramientos, agarró a su hermana por la oreja y la obligó a volverse hacia él. Yura normalmente habría intentado soltarle un bofetón, pero esta vez no. Estaba a punto de llorar.
—¡Ya lo sé! —exclamó Yura con voz quebrada—. ¡Ya sé lo que ha pasado! ¡Pero tengo que intentarlo! ¡Tengo que hacerlo! Yo... ¡Sé que tienen que estar en alguna parte! ¡Lo sé! ¡Sanmoto no habrá podido con todos! ¡Tenemos que buscarlos!
Ryuji gruñó.
—Estoy de acuerdo —dijo el chico. Yura se quedó muda de la sorpresa—. Pero esta no es la manera de hacerlo. Reúne a todos. Este lugar está infestado de energía espiritual sin controlar por culpa del combate. Si quedan yokai con vida debajo de estos escombros, tenemos que concentrarnos y encontrar su rastro antes de hacer nada.
Yura se secó las lágrimas y asintió.
—¡Vamos allá! —exclamó la joven onmyoji.
A regañadientes, los exorcistas trataron de concentrarse para encontrar rastros de energía espiritual. Tal como había dicho Ryuji, era difícil. Sin embargo, unos minutos después, Mamiru señaló un punto cien metros a su derecha.
—Allí —dijo lacónicamente el muchacho.
Sí, notaban algo, y cuanto más se acercaban, más fuerte era la sensación. Empezaron a apartar escombros con ahínco. Yura gritaba, tratando de hacerse oír. No recibieron respuesta.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Akifusa.
La respuesta llegó de inmediato cuando el suelo a sus pies tembló. Como un pequeño terremoto, la tierra se abrió para luego escupir escombros sobre sus cabezas. Los onmyoji se apartaron corriendo.
—¡Allí están! —señaló Yura.
Cansados, cubiertos de tierra y polvo, heridos, deprimidos y derrotados, pero vivos. Un montón de yokai habían aparecido en un boquete abierto varios metros bajo tierra.
—¿Cómo es posible? —se sorprendieron muchos onmyoji.
Mientras los exorcistas se afanaban en ayudar a los yokai a salir del agujero, algunos tuvieron la entereza de explicar lo que había pasado.
El ataque de Sanmoto Gorozaemon había sido brutal, pero poco meticuloso. Anticipándose a la oleada de destrucción que se cernía sobre ellos, algunos yokai de tierra habían abierto un agujero a todo correr, mientras las criaturas más grandes, como el propio esqueleto Gashadokuro, sostenían las paredes. El autor de aquel plan de emergencia había sido nada más y nada menos que el hermano mayor de Tsuchigumo, líder de la aldea escondida de Tsukumo.
—Nosotros, la tribu araña, somos la personificación de la tierra —explicó el gigante de Kyushu—. Nacemos de ella, somos uno con ella, y por eso entendemos la tierra mejor que nadie. Y sí, sabemos protegernos con ella cuando hace falta. Sin embargo, ha sido la colaboración la que nos ha salvado a todos.
"Y la suerte", pensaban muchos. Los yokai de Toono se habían traído a Yukari, la zashiki-warashi que traía la buena suerte. Tampoco podían desdeñar el efecto benéfico del templo de Inari en Izumi. El poder de Hagoromo-Gitsune impregnaba el ambiente.
Pero Yura no quería saber eso. Tenía otra preocupación más acuciante.
—¿Dónde está Rikuo? —preguntó insistentemente a los yokai que conocía.
Nadie se atrevió a responder. Hakuzozu, Kyokotsu y Gashadokuro, probablemente los yokai más simpáticos que había conocido en la Mansión Abe, rehuyeron su mirada. Ni siquiera el sabio Gran Tengu del monte Kurama encontraba palabras para explicarle lo que había pasado.
No hizo falta. Yura se acercó al fondo, donde un cuadro trágico estaba teniendo lugar.
Allí se encontraba Hagoromo-Gitsune, sucia y despeinada, con la expresión más sombría que Yura le había visto jamás. A su lado, una catatónica Tsurara tenía las mejillas cosidas con regueros de hielo. Entre las dos, descansando en los brazos de su abuela, se hallaba el cuerpo sin vida de Rikuo, retornado a su aspecto humano. Una mancha oscura en el pecho indicaba el destino que había sufrido el muchacho.
—¡NO! —gritó Yura—. ¡No puede ser! ¡No, no, no! ¡NO! ¡Es mentira, tiene que ser mentira! ¡Oh, no, por favor, Rikuo, no me hagas esto...!
Yura cogió la mano de su amigo de la infancia. Estaba fría. El calor de la vida hacía tiempo que había abandonado su cuerpo.
La joven onmyoji cayó de rodillas y se echó a llorar, gritando con toda la fuerza de sus pulmones. Yokai y onmyoji contemplaron la escena con tristeza. Ese era el precio de luchar contra el Rey Demonio. Rikuo ni siquiera era el único que había muerto durante el enfrentamiento, pero sin duda era el más relevante y el más querido.
Yura sintió que se ahogaba en sus lágrimas. De hecho, notó que le faltaba el aire. Entonces una mano se posó en su cabeza, tratando de calmarla. La chica levantó la vista. Para su sorpresa, era Hagoromo-Gitsune en persona la que le estaba acariciando el pelo.
—Lo siento —murmuró la kitsune—. He fracasado.
Yura comprendió. Comprendió que Hagoromo-Gitsune quería llorar como ella, pero no podía. Tenía que mantenerse fuerte. Y Yura también tenía que hacer lo mismo.
En ese momento, pensó en Tsurara. Sabía que la Yuki-onna compartía sus sentimientos por Rikuo. ¿Cómo lo estaba afrontando ella?
Un simple vistazo a la dama de las nieves fue suficiente para que Yura se diese cuenta de que su amiga había pasado el horizonte de la desesperación, el punto de no retorno. Sus ojos caleidoscópicos estaban tan muertos como el cuerpo de Rikuo. No reaccionaba a ninguna palabra, y eso que su madre estaba al lado, sujetándola del brazo, incapaz de aliviar su pena. A sus pies había un charco de hielo, producto de todas las lágrimas que había vertido en las horas anteriores.
—¡Maldito seas, Sanmoto! —gritó Yura—. ¡Pagarás por esto!
—Sí, lo pagará —siseó Hagoromo-Gitsune—. No estamos muertos. Aún no. No pienso descansar hasta verle destruido. Pero antes... antes he de ocuparme de otra cosa.
—¿Eh?
La kitsune acunó el cuerpo de su nieto muerto entre sus brazos.
—Mi nuera tiene que saber lo que ha pasado. Y Rikuo... Rikuo merece algo mejor que dejar su cuerpo tirado en este agujero.
Yura agachó la cabeza. Era verdad, pero no quería ver la cara de Wakana al enterarse de la noticia.
En ese momento, Setsura se decidió a intervenir.
—Señora Hagoromo-Gitsune, no quiero meterme donde no me llaman, pero... Puede que haya una pequeña esperanza.
La kitsune entrecerró los ojos.
—¿Qué estás diciendo, Yuki-onna?
—Es una posibilidad entre un millón, no, menos que eso, pero hay un lugar que... Bueno, Rihan me habló de él. Se llama... la aldea de Hanyo.
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Kantei, Tokio
En el 2-3-1 de Nagatacho, Chiyodaku, la residencia del Primer Ministro de Japón, también reinaba la desolación. En este caso, fruto de comprender que habían sido completamente engañados y que ahora no había modo de solucionar la situación. En las calles reinaba el caos. Los japoneses siempre habían sido un pueblo paciente y resistente ante la adversidad, pero ver cómo el Mesías les había traicionado había sido la gota que colmaba el vaso. Saqueos y violencia desenfrenada reinaban en las ciudades, mientras que los casos de avistamiento de muertos vivientes y demonios se multiplicaban. Sin lugar a dudas, ese "Sanmoto Gorozaemon" estaba detrás de todo.
Sin embargo, la puntilla había sido una llamada directa desde Washington DC. Tras colgar el teléfono, el Primer Ministro se había puesto lívido.
—¿Qué han dicho los americanos? —quiso saber el Ministro de Defensa.
—El presidente de los EEUU me ha informado que se han avistado muertos vivientes en Corea, China y ahora también en la isla de Sajalín. La Federación Rusa ha reconocido a Sanmoto Gorozaemon como enemigo del estado y está dispuesta a utilizar todos los medios a su disposición para acabar con él.
—¿Y eso quiere decir...?
—Bombas nucleares.
Hubo un momento de silencio mientras el Ministro de Defensa y el resto de miembros del gabinete trataban de digerir las palabras del Primer Ministro.
—¿De verdad... de verdad planean bombardear Japón? ¿Con bombas nucleares? ¿Es que están locos? —preguntó alguien en voz alta.
—No, no están locos. Tienen miedo, igual que nosotros —contestó el Primer Ministro con voz cansada.
—¿Y los americanos no van a hacer nada?
—Oficialmente, el presidente de los EEUU condena esa acción. Extraoficialmente, me ha confesado que no habrá represalias nucleares si Rusia no bombardea sus bases militares.
Se oyó un gemido de angustia en la sala.
—Nos abandonan a nuestra suerte...
—No del todo. Aún tenemos una salida. Si logramos detener a Sanmoto Gorozaemon antes de que la Federación Rusa prepare su ataque, los EEUU nos apoyarán. Mientras tanto, sus negociadores están tratando de ganar tiempo. No obtendremos más ventajas de ellos.
El Ministro de Defensa se puso de pie de un salto.
—¡Ahora mismo ordenaré a todas nuestras fuerzas de reacción rápida que se reúnan! ¡Hay que atacar a Samoto Gorozaemon en cuanto tengamos su localización exacta!
Los miembros del gabinete asintieron. Trabajaban contra reloj, pero aún tenían una oportunidad.
—Pero... ¿Y si las Fuerzas de Autodefensa fracasan? ¿No deberíamos pensar en alertar a la población? Medidas de evacuación, organizar refugios...
—Si la JSDF fracasa, sólo nos queda una salida: rezar y esperar un milagro.
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Aldea de Hanyo
—¿Qué es este lugar? —preguntó Hagoromo-Gitsune.
Habían utilizado uno de los barcos voladores de los Nura para llegar hasta allí, el mismo que había llevado a Izumi a la delegación encabezada por Setsura, Kubinashi y compañía. Aparte de los yokai de Edo, que conocían el camino, viajaban en el barco la propia Hagoromo-Gitsune, Yura, Tsurara, los lugartenientes más fieles del Clan Abe e incluso Tamazuki y Dassai. Todos se quedaron boquiabiertos al ver la aldea de Hanyo.
Hanyo, es decir, "medio yokai", era un pueblecito pequeño y tranquilo, situado en un lugar recóndito muy cerca del monte Fuji, el lugar más sagrado de todo Japón. Las líneas de energía de la tierra convergían en aquel punto. Pero lo más sorprendente no era eso. No, lo más sorprendente era que aquel lugar estaba habitado por mestizos humanos y yokai.
Había de todo, desde individuos que parecían más yokai que humanos, hasta otros que parecían más humanos que yokai. Sin embargo, todos parecían vivir en armonía.
—Tanto el Nurarihyon como el Segundo General solían venir aquí de visita —explicó Setsura—. Es un lugar tranquilo, pero de mucho poder. Rihan dijo una vez que... que este era su mundo ideal. Un lugar donde yokai y humanos pudieran vivir en paz.
—Seimei decía lo mismo... Humanos y ayakashi... —murmuró Hagoromo-Gitsune.
Yura no perdía detalle de lo que estaba viendo. Seguramente Ryuji se pondría a rabiar cuando se lo contase. Había dejado a su hermano atrás en Izumi para reunir a todos los onmyoji para el ataque final contra Sanmoto, a pesar de las quejas de éste. Sin embargo, Yura necesitaba acompañar a los yokai. Tenía que saber lo que iba a pasar con Rikuo.
Tsurara, por su parte, seguía sin despertar de su desolación. Apenas había dicho nada desde que salieron de Izumi, a pesar de que su madre estaba encima de ella, tratando de animarla sin éxito. Era evidente que la orgullosa Setsura estaba conteniendo también las ganas de llorar.
Al principio, cuando el barco volador apareció, varios lugareños se retiraron alarmados. Afortunadamente, pronto reconocieron el emblema del Clan Nura y regresaron más tranquilos a recibir a sus inesperados visitantes.
—Oh —murmuraron muchos al ver quién venía en el barco. Algunos incluso se postraron—. Es... es...
—¿Qué les pasa ahora? —murmuró Hagoromo-Gitsune irritada. No tenía tiempo que perder.
Uno de los ancianos de la aldea se adelantó para saludarles.
—Disculpadlos, mi señora. Desde que el Nue se fue, no hemos recibido ninguna vista del amo de los seres sobrenaturales del país. Es un honor tenerla en nuestra humilde aldea, señora Hagoromo-Gitsune.
—¿Seimei estuvo aquí? —preguntó la kitsune sorprendida.
—Por supuesto, y fue muy bien recibido. Todos en esta aldea conocen la historia de Kuzunoha y Yasuna.
Ah, sí, la historia de amor entre una kitsune y un humano. Eso explicaba los gestos de admiración en una aldea basada en la convivencia entre humanos y ayakashi. Sin embargo, ya tendría más tiempo en el futuro para hacer una visita de cortesía. Ahora el destino de Rikuo estaba en juego.
—Me temo que no tengo tiempo para ser educada, anciano. Tengo entre mis brazos el cuerpo sin vida de mi nieto. Me han dicho que en este pueblo hay un lugar que puede obrar milagros —Hagoromo-Gitsune suspiró e hizo una reverencia. Le dolía el orgullo, pero más le dolía la muerte de Rikuo—. Por favor, necesito vuestra ayuda. Pagaré lo que haga falta.
El anciano de la aldea de Hanyo examinó con atención el cadáver de Rikuo.
—Señora Hagoromo-Gitsune, ningún pago será aceptado. Tenemos con vuestro hijo una gran deuda. El Nue y el señor Rihan protegieron este lugar durante siglos. Si tenemos un hogar, es gracias a ellos. Sin embargo, he de advertirle que no podemos devolver la vida a los muertos.
—Lo sé —dijo Hagoromo-Gitsune. Su expresión se endureció—. Las leyes de la naturaleza son inamovibles. Sin embargo, los kitsunes siempre hemos hecho trampa. Yo misma tengo ese poder. No sé lo que pasará con Rikuo, pero tengo que intentarlo.
Yura, que estaba escuchando todo, no se enteraba de nada. ¿El Nue y Rihan? ¿La aldea de Hanyo? ¿Y de qué poder hablaba Hagoromo-Gitsune? Demasiadas cosas para asimilarlas a la vez. Sin embargo, parecía que el anciano sí comprendía las palabras de la Señora del Pandemónium.
—Está bien. Síganme, por favor. Tendremos los preparativos listos enseguida.
El anciano les llevó a un rincón aún más oculto, un estanque de aguas puras y cristalinas enclavado en el corazón del bosque que rodeaba la montaña sagrada. En el centro, un árbol de proporciones colosales cuyas raíces nudosas se hundían en el agua y en la tierra, bebiendo de las líneas de energía que confluían en aquel lugar. Octaedros cristalinos flotaban sobre el estanque, como por arte de magia.
Siguiendo las indicaciones del anciano, Hagoromo-Gitsune dejó el cuerpo de Rikuo en el agua, entre las raíces del árbol. Parecía que estuviera durmiendo.
—Hemos terminado los preparativos —dijo el anciano de la aldea de Hanyo—. Ahora todo depende del "miedo" de esta tierra.
Hagoromo-Gitsune asintió. No podía hacer nada más. Volvió con los suyos.
—Hermana mayor... —musitó Kyokotsu. Hagoromo-Gitsune le dio una palmada cariñosa en la cabeza.
—Lo que se podía hacer, ya se ha hecho. Ahora todo queda en manos de los dioses. No podemos entretenernos más. Sanmoto Gorozaemon nos espera.
Los yokai de Kioto y sus aliados Nura asintieron. Yura meneó la cabeza. Al final, no sabía para qué habían ido hasta allí. ¿Se trataba de un misterioso ritual funerario de los yokai? Sabía que en un funeral ordinario se habría echado a llorar a moco tendido, pero ahora parecía vivir en una especie de paréntesis. Primero, derrotar a Sanmoto Gorozaemon. Luego ya tendría tiempo de llorar por los caídos.
—Hakuzozu —Hagoromo-Gitsune llamó a su fiel servidor—. Quédate aquí. No importa lo que pase, protege este lugar con tu vida, ¿está claro?
—Mientras me quede aliento en el cuerpo, ningún enemigo profanará este lugar, mi señora Hagoromo-Gitsune —prometió el yokai de la larga lanza.
Los demás no se entretuvieron mucho. Era hora de marcharse. Yura se acercó a Tsurara, pero la dama de las nieves no le hizo caso. Sus ojos estaban clavados en el cuerpo de Rikuo en el estanque.
—Tsurara, sé que es duro, pero tenemos que irnos ya —le susurró Yura, no sin simpatía.
Pero la Yuki-onna negó con la cabeza. No, ella no pensaba irse.
—Tsurara... —trató de insistir Yura, pero Hagoromo-Gitsune la cortó enseguida.
—Déjala —le ordenó la kitsune.
—Pero yo...
—No es culpa tuya. Ni culpa suya. Una Procesión Nocturna no funciona sin su amo —le explicó Hagoromo-Gitsune—. El Clan Abe aguanta porque aún sigo viva, pero realmente esa Yuki-onna no pertenece a mi Procesión Nocturna, sino a la de Rikuo. Para bien... o para mal.
Yura estaba convencida de que había algo más en la depresión de Tsurara que haber perdido al líder de su pequeña y personal Procesión Nocturna, pero se calló. A fin de cuentas, si se detenía a pensar demasiado en eso, seguramente ella también acabaría llorando en el suelo. No, tenía que dejar que el calor de la rabia la mantuviese de pie antes de que las aguas turbias de la tristeza apagaran su llama.
El barco volador partió sin Tsurara, para angustia de su madre. Sin embargo, el combate esperaba.
—¿A dónde deberíamos ir primero? —le preguntó Setsura a Hagoromo-Gitsune.
—A Kioto —respondió la kitsune con expresión decidida—. Seguramente los onmyoji querrán matarme después, pero es hora de ver a un viejo conocido.
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Nagoya
—¡Mira cómo huyen! —exclamó Sanmoto Gorozaemon—. ¿No te parecen patéticos, Yanagida?
El Rey Demonio se estaba divirtiendo. Embebido de su victoria contra Hagoromo-Gitsune y sus yokai, ahora se divertía haciendo diabluras a lo largo y ancho de Japón. En este momento le había llegado el turno a Nagoya, la capital de la prefectura de Aichi y la cuarta ciudad más grande de Japón. Destruir edificios, provocar incendios, traer monstruos y demonios, o convertir a los muertos en zombis asesinos, todo era válido para que Sanmoto se divirtiese.
Había algo de poético en todo ello, pensó Yanagida. En el pasado, de la prefectura de Aicho, llamada Owari en su momento, habían salido los grandes líderes militares que habían unificado Japón, como Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi. Ahora, el Rey Demonio estaba rompiendo el país que tanto esfuerzo les había costado construir.
Yanagida estaba convencido de que Encho habría podido escribir un cuento apropiado al respecto. Él, sin embargo, no tenía esa alma artística. Y eso le preocupaba.
—¿Te ocurre algo, Yanagida? ¿No me digas que aún sigues molesto porque maté a Encho? —le preguntó Sanmoto Gorozaemon.
Justo en el blanco.
—Mi señor, ¿por qué?
—Ya te lo he dicho, Yanagida. Necesitaba esa fuerza espiritual extra para vencer a esa zorra de Kioto. Nada más —respondió Sanmoto Gorozaemon, encogiéndose de hombros.
Sin embargo, la respuesta no terminó de satisfacer a Yanagida.
—¿Pero por qué él y yo no? —quiso saber el coleccionista de historias—. ¿Es acaso porque yo no soy de verdad una de vuestras partes?
Sanmoto Gorozaemon se echó a reír.
—Vaya, vaya, ¿es eso lo que te preocupa? Ah, Yanagida, siempre has sido mi sirviente más fiel. En verdad te estoy recompensando por tus servicios. Pero tranquilo, tarde o temprano todo el "miedo" de este mundo me pertenecerá. Y entonces te absorberé, que no te quepa la menor duda.
Yanagida se tranquilizó. No, no había perdido el favor de su señor. Eso era lo que más le importaba.
—¿Sigues oyendo historias, Yanagida? —le preguntó Sanmoto Gorozaemon.
—El país está lleno de historias de terror sobre vuestro poder, mi señor. Japón entero ofrece su "miedo" al Rey Demonio. Pero también oigo otras historias de Tokio. Al parecer, los bárbaros extranjeros quieren destruir el país entero para deteneros. El poder atómico se desatará pronto sobre estas islas.
Sanmoto Gorozaemon se relamió de gusto.
—¿Te lo imaginas, Yanagida? Un país traumatizado por la energía atómica desde hace generaciones. Un ataque con bombas nucleares. ¡Cuando esas hormigas perezcan entre la radiación, liberarán tanto "miedo" que prácticamente me convertiré en un dios!
Yanagida asintió, contento de ver a su amo de tan buen humor. Sin embargo, a continuación se puso mortalmente serio.
—El gobierno japonés tratará de evitarlo usando sus Fuerzas de Autodefensa.
—¿Contra ellos o contra mí? —Sanmoto Gorozaemon parecía más divertido que preocupado.
Por toda respuesta, Yanagida señaló un punto en el cielo.
Cazas multiusos Mitsubishi F-2 y F-4EJ-Kai habilitados como cazabombarderos se dirigían a toda velocidad hacia Nagoya. Eran lo mejor de la JASDF, la división aérea de las Fuerzas de Autodefensa. En cuanto tuvieron a tiro a Sanmoto Gorozaemon, dispararon sus misiles aire-tierra. En cualquier otra ocasión, utilizar semejante poder destructivo en un área tan densamente habitada como la ciudad de Nagoya habría sido considerado prácticamente un crimen, pero no había tiempo para pensar en daños colaterales. Del mismo modo que las grandes potencias estaban dispuestas a sacrificar Japón para salvar el mundo, el Gobierno estaba dispuesto a sacrificar Nagoya para salvar Japón.
Explosiones naranjas iluminaron el crepúsculo. Los pilotos no tuvieron tiempo de celebrar su puntería, empero, ya que largas ráfagas de energía volaron sobre ellos, partiendo decenas de aparatos por la mitad. Sanmoto Gorozaemon no sólo seguía vivo, sino que estaba dispuesto a "jugar" con ellos.
—Mi señor, oigo más cosas —le informó Yanagida—. Tras los aviones vienen helicópteros, y detrás llegan las fuerzas de tierra. Prácticamente todas las unidades cercanas de las Fuerzas de Autodefensa convergen hacia aquí.
En el rostro robado a Rihan se dibujó una sonrisa sádica.
—¡Espléndido! ¡Quiero que sufran! ¡Que noten el sabor de la desesperación! ¡Que me den todo el "miedo" que puedan! ¡Antes del plato principal, que comprendan que Sanmoto Gorozaemon es invencible!
Yanagida sonrió. Las cosas marchaban bien. Ni las armas convencionales ni las nucleares eran un peligro para su señor. Entonces, ¿por qué tenía ese extraño presentimiento de que se estaban olvidando de algo importante?
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Shokoku-ji
El templo budista Shokoku-ji de Kioto había sido reconstruido tras los desastres de la guerra del Nurarihyon el año anterior. Había recuperado su antiguo esplendor zen, aunque había un detalle nuevo que los expertos en restauración no habían podido soslayar: un enorme pilar de madera envuelto en sellos. A decir verdad, en el pasado había habido uno similar en los sótanos del templo. Sin embargo, el pilar actual era diez veces más grande y se encontraba en la explanada, a la vista de todo el mundo.
En un principio los restauradores habían pensado quitarlo, pero habían recibido órdenes tajantes de las autoridades: el pilar tenía que quedarse donde estaba. ¡Nada de tocarlo!
Pues las autoridades sabían que aquel pilar era algo más que una aportación artística al templo. Se trataba de un selló mágico que mantenía atrapado a Tsuchigumo, uno de los yokai más terribles de Japón. Ryuji había logrado encerrarlo después de una batalla épica en la que Rikuo, Yura y sus respectivas familias habían logrado lo imposible.
Yura lo recordaba muy bien. Por eso se puso de los nervios cuando Hagoromo-Gitsune se acercó al pilar espada en ristre. Antes de dejar a Rikuo en el estanque de Hanyo, había cogido la Nenekirimaru para usarla ella misma. Ahora sí que tenía todas las armas del Nurarihyon en su poder.
—¡Un momento! ¿De verdad vamos a liberar a Tsuchigumo? —protestó Yura.
—¿Algún problema, onmyoji? —le espetó Ibaraki-Doji de mal humor.
Yura tragó saliva. Ahora lamentaba no haber traído a Ryuji consigo, aunque bastante difícil había sido conseguir la confianza de los yokai para acompañarles a la muy secreta aldea de Hanyo. Pero en aquel momento veía que estaba sola, la única onmyoji entre un nutrido grupo de yokai, todos malhumorados y poco dispuestos a escuchar a una humana.
Pero Yura no era de las que se dejaba amilanar fácilmente.
—¡Pues sí tengo un problema! ¡Tsuchigumo es un matón y un peligro! ¡Seguro que se pone a destrozar este lugar otra vez!
Ibaraki-Doji le dirigió una mirada peligrosa. Afortunadamente, su señora no iba a permitir que la sangre llegase al río.
—Keikain Yura, ¿confías en mí? —preguntó Hagoromo-Gitsune en voz alta.
—S-sí, supongo... —balbució Yura.
La Señora del Pandemónium se permitió una sonrisa.
—Una respuesta equivocada para una onmyoji. Nunca confíes en una kitsune. Sin embargo, es una respuesta adecuada para una amiga de la familia. Y como al, créeme cuando te digo que no permitiré que nadie amenace Kioto. Sin embargo, momentos desesperados requieren medidas desesperadas. Es hora de reconocer que yo también tengo mis límites.
Yura suspiró. Qué más daba su aprobación. Total, los yokai lo iban a hacer de todas maneras.
Ante la mirada atenta de Yura, los lugartenientes del Clan Abe y los aliados del Clan Nura, Hagoromo-Gitsune partió de un tajo el pilar del sello.
Kubinashi recordó lo que había sucedido con el Nurarihyon. Al principio no ocurrió nada. Luego, la tierra de la explanada se removió. Cuatro brazos gigantes aparecieron para agrandar el agujero y abrir paso a la inmensa mole de Tsuchigumo, el yokai araña. Sin embargo, estaba en peores condiciones esta vez. Tenía la cara partida y el cuerpo lleno de heridas y magulladuras, el precio de su combate contra Rikuo y sus compañeros.
—Cuánto tiempo, Tsuchigumo —le saludó la kitsune.
—¿Hagoromo-Gitsune? —se sorprendió Tsuchigumo—. Vaya, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que tu nieto y sus amiguitos me encerraron otra vez aquí?
—Menos de un año.
—Menos de un año, ¿eh? Ya decía yo que no me había dado tiempo ni a echarme una siesta. En fin, con permiso...
Con la fuerza de sus poderosos músculos, Tsuchigumo juntó los dos lados de su cara partida. Luego cogió una eguja del tamaño de una lanza y un cordel que habría servido para atar barcos, y empezó a coserse la herida, ante los ojos asombrados de todos. La única que no parecía sorprendida era Hagoromo-Gitsune. Conocía demasiado bien a Tsuchigumo.
—¿Y por qué me quiere liberar la madre del Nue? Fue tu hijo el primero que me encerró en este templo, ¿recuerdas?
—Sí, como también recuerdo que ayudaste al Nurarihyon cuando vino a atacar Kioto —replicó la kitsune. No había malicia en su voz, simplemente la constatación de un hecho.
Tsuchigumo asintió.
—Una buena pelea es una buena pelea —dijo el gigante—. Tú nieto no es el Nue, pero luchó bien. ¿Dónde está ahora, por cierto? No me importaría tener la revancha...
—Rikuo está muerto.
Aquello sí que despertó la curiosidad de Tsuchigumo.
—Vaya, es una lástima. Pero es algo que no me incumbe —El gigante se encogió de hombros.
Hagoromo-Gitsune dio un paso al frente, sin miedo. Con una gran confianza en sí misma, dijo:
—Tsuchigumo, me prestarás tu fuerza. El demonio que ha matado a mi nieto es también el responsable de la muerte de mi hijo. Vamos a matarlo, y tú vendrás con nosotros.
Su interlocutor se rió con ganas.
—¡Ja, ja, ja, tú siempre igual, Hagoromo-Gitsune! No recuerdo haberme aliado contigo ni con los tuyos. ¿Por qué iba a hacerte caso ahora? Ese Nurarihyon al menos era simpático, pero ni a él le obedecí.
—Pero tú me harás caso porque sólo buscas rivales fuertes contra los que luchar. Y no hay ahora mismo nadie más fuerte en todo Japón que Sanmoto Gorozaemon. Ni siquiera tú podrías vencerlo.
Durante unos segundos que se hicieron eternos, Tsuchigumo se quedó mirando a la kitsune. Luego su máscara blanca se dobló en una mueca grotesca que trataba de ser una sonrisa.
—Me gusta cómo suena eso —dijo al fin Tsuchigumo.
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En algún lugar indeterminado...
Rikuo abrió los ojos. A su alrededor no veía nada más que un blanco impoluto. ¿No estaba luchando unos momentos antes contra Sanmoto Gorozaemon?
Entonces lo recordó. El movimiento de la hoja. El dolor en sus entrañas. La sangre que manaba.
"¿Estoy muerto?", pensó el muchacho.
La muerte era más rara de lo que había imaginado. Y más húmeda. Pues cuando intentó ponerse de pie, descubrió que estaba medio sumergido en el agua. ¿Qué demonios significaba todo esto? ¿Dónde estaba?
Intentó caminar. El agua le estorbaba los movimientos. Se vio reflejado en ella. Primero como humano, luego como yokai. Era todo muy raro.
"Debo estar muerto", pensó Rikuo. "No hay otra explicación".
El chico quería echarse a llorar. Les había fallado a todos. A su abuela, a su madre, a sus compañeros del clan, a Yura, a Tsurara. Había querido ser un héroe, pero al final no había sido más que otra víctima para engrosar la lista de atrocidades de Sanmoto.
De repente, Rikuo oyó una voz resonando en aquel espacio en blanco.
—No digas esas cosas, Rikuo. Aún no es demasiado tarde para ti.
El muchacho se giró sobre sí mismo. ¿De dónde salía aquella voz? Además, le resultaba extrañamente familiar.
Entonces recordó. Por supuesto que le resultaba familiar.
—¡PAPÁ!
Notas adicionales:
Otra vez a última hora. En mi descargo, he de decir que he tenido un julio infernal y estresante. Me voy a resarcir en agosto, ¡vivan las vacaciones!
Pero antes de disfrutar de un verano como dios manda, tengo que dar las gracias a mis lectores y sobre todo a la gente maravillosa que me reseña, como Nayrael, Suki90, Lonely Athena, Aspros, RAYHACHIBI, OsoreKitsune, Shiroyasa, Madero y muchos más. ¡Gracias! Sé que me repito, pero en serio, son vuestras reseñas las que me han llevado hasta aquí.
Ya sólo quedan 3 capítulos para acabar. ¡No os perdáis el final!
* La aldea de Hanyo no es un invento mío tampoco. Los lectores del manga la reconocerán de varios capítulos y, sí, ese estanque tiene propiedades milagrosas. Es también el lugar en el canon donde está enterrado Rihan. El anciano aparece en el capítulo 195, hablando con Nurarihyon de la resurrección de un personaje muy importante. Me habría gustado describir el lugar con más detalle, pero por culpa del cierre apresurado de la serie, nos quedamos con las ganas de saber más.
* La derrota de Rikuo ante Tsuchigumo fue un buen ejemplo de cómo funciona una Procesión Nocturna. Cuando Rikuo perdió, todos sus seguidores se quedaron "apagados", como decía Yura. Sólo los más fuertes y voluntariosos aguantaron bien hasta que Rikuo se recuperó. En este caso, Rikuo tiene una Procesión Nocturna muy pequeñita que sólo forman él y Tsurara. El golpe de su muerte debe ser brutal para nuestra pobre Yuki-onna :-(
* Hablando de Tsuchigumo, no lo veíamos desde el capítulo "El ejército desgarrador". ¡Pero no me había olvidado de él! Aunque débil, sigue siendo un rival formidable, y Hagoromo-Gitsune lo sabe, tanto en el canon como en este universo.
Próximo capítulo: "Padre e hijo".
