Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Summary: Rikuo ha muerto, pero la guerra continúa. Mientras las autoridades japonesas tratan de lanzar un contraataque sobre el falso Mesías, Hagoromo-Gitsune deja el cuerpo de su nieto al cuidado de los poderes sobrenaturales de la aldea Hanyo. Luego, regresa a Kioto para liberar a un posible aliado contra Sanmoto Gorozaemon: el feroz Tsuchigumo. Mientras, Rikuo encuentra en el limbo a alguien de su pasado...


Padre e hijo

Era la noche entre el 4 y el 5 de mayo en Nagoya, y la ciudad estaba reviviendo su peor pesadilla.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Nagoya había sido la capital de la industria aeronáutica de Japón y, por tanto, objetivo de los bombardeos aliados. En la primavera de 1945, los ataques americanos se hicieron más virulentos para quebrar el espíritu de resistencia japonés. El resultado: más de 3.000 toneladas de bombas incendiarias lanzadas sobre Nagoya, más de 110.000 edificios destruidos, 15 kilómetros cuadrados de ciudad arrasada. Con el tiempo, Nagoya se reconstruyó y se volvió a convertir en una de las urbes más pobladas y dinámicas del país, pero ese era un terror difícil de olvidar.

Un terror que había regresado. Pero esta vez los culpables no venían de allende los mares. Eran las propias Fuerzas de Autodefensa de Japón las que habían bombardeado la ciudad. ¿El objetivo? Detener a Sanmoto Gorozaemon.

Y habían fracasado.

Las Fuerzas de Autodefensa habían mandado a sus cazas y sus cazabombarderos, saturando el aire de bombas y misiles. En vano. Sanmoto era un blanco demasiado pequeño, demasiado móvil y demasiado poderoso. Cuando el ataque empezó a cansarle, como a una persona normal le podía cansar una bandada de mosquitos, había utilizado el Martillo de Mao para cortar los aviones en dos con olas de afilada energía. Los pilotos no habían tenido la más mínima oportunidad.

Tras los aviones habían llegado los helicópteros, pequeños y ágiles OH-6D y pesados Kawasaki OH-1, como los que habían atacado la Mansión Abe varios días atrás. Estos tuvieron la precaución de esperar a las unidades de tierra, en concreto la 10ª división con base en Nagoya. Los soldados vinieron con sus tanques Tipo 74 y sus vehículos acorazados de reconocimiento Tipo 87. Incluso habían traído grandes tanques Tipo 90, morteros, lanzacohetes y sus mejores rifles de asalto. Desde la costa, el portahelicópteros Hyuga montaba guardia, presto a apoyar a sus camaradas de tierra con sus misiles de largo alcance.

—Fíjate, Yanagida —le dijo Sanmoto Gorozaemon a su fiel lugarteniente—. Creen que pueden vencerme así.

—Son unos ilusos, mi señor.

Se defendieron bien. Sus oficiales supieron dirigirlos. Y contra otro enemigo podrían haber tenido éxito, seguramente. La tecnología humana había avanzado mucho en los últimos siglos y la JSDF estaba dispuesta a soportar las pérdidas necesarias con tal de derribar a Sanmoto. Un tiro bien colocado podía ser suficiente.

Pero Sanmoto Gorozaemon era demasiado para ellos.

El Rey Demonio levantó la tierra, cortó los tanques en pedazos y convirtió los cadáveres de los soldados caídos en carne de cañón que ametrallaba a sus propios compañeros. Algunas balas le alcanzaron, sí, pero su cuerpo mutado tras haber absorbido a Encho era demasiado fuerte para morir de un simple disparo. Y cuando el Hyuga trató de envolverlo en una bola de fuego, Sanmoto partió el buque en dos con un golpe del Martillo de Mao.

La JSDF aún podría haber hecho más. Pero Sanmoto Gorozaemon tenía otra herramienta. El miedo, miedo en estado puro que convertía a soldados entrenados en niños asustados que eran incapaces de apuntar sus armas sin echarse a temblar. Eso, más que otra cosa, significó la derrota de las Fuerzas de Autodefensa.

Sobre las ruinas humeantes de Nagoya y los restos destrozados de los aviones, los tanques y las armas de la JSDF, Sanmoto Gorzaemon se vanaglorió de su victoria.

—¡Mira cómo corren, Yanagida! —celebró el Rey Demonio—. ¿Lo has visto? ¡Ahora tengo el poder de destruir ejércitos enteros! ¡Ya nadie puede detenerme!

—Mi señor... —trató de atraer su atención Yanagida.

—Y ahora que han visto la humillación de Japón, esos bárbaros extranjeros querrán atacarme con sus bombas nucleares. ¡Pues que lo intenten! Cuanto más terror causen, más poderoso me haré yo. Sí, mi sueño de convertirme en un buda no está muy lejos... —pensó Sanmoto con deleite.

Yanagida ya no tenía tiempo de ser sutil.

—¡Mi señor! —gritó el lugarteniente.

—¿Qué te ocurre ahora, Yanagida? —preguntó Sanmoto algo molesto. No le gustaba que lo interrumpiesen en mitad de su regodeo.

El coleccionista de historias señaló un punto a su espalda.

—Tenemos compañía, mi señor.

Sanmoto Gorozaemon dirigió su mirada hacia donde estaba señalando Yanagida. Y lo que vio no le gustó un pelo.

Un ejército sobrenatural venía hacia él por tierra, y por el aire llegaba una flotilla de barcos voladores. Reconoció los emblemas: eran barcos del Clan Nura. Sin embargo, la mujer que estaba al frente de la expedición no era ni mucho menos del Clan Nura.

Hagoromo-Gitsune había regresado.

Eso de por sí ya era malo, sobre todo porque Sanmoto Gorozaemon la había dado por muerta en Izumi. Pero es que la acompañaba la plana mayor del Clan Abe, con el Gran Tengu del monte Kurama liderando su tengus, Ibaraki-Doji con sus oni, Shokera y sus yokai insectos, y también la pequeña Kyokotsu y sus muertos vivientes. Otros monstruos y dragones poblaban el cielo. Pero había más. Del Clan Nura llegaban los lugartenientes de Rihan: Kubinashi, Kappa, Aotabo, Kurotabo y Kejoro. De la aldea de Toono venían el kamaitachi Itaku y sus camaradas, Dohiko el hombre-mono, la Yuki-onna Reira, el kappa del pantano Amezo, el amanojaku Awashima y la duende Yukari. Otros clanes aportaban también efectivos, desde el ambicioso Tamazuki representando a los yokai de Shikoku hasta el bebedor Dassai de Yamaguchi, pasando por bakenekos y demonios araña de Kyushu.

Y hablando de arañas, por detrás se asomaba una figura gigantesca que hasta Sanmoto Gorozaemon sabía que había que respetar.

—Vaya, vaya —dijo Tsuchigumo, examinando el campo de batalla con emoción—. ¡Tenías razón, Hgaoromo-Gitsune! ¡Ese tipo es fuerte! ¡Qué ganas tengo de luchar contra él!

—¡Eh! ¡Tsuchigumo! —le avisó una figura diminuta a sus pies—. ¡Mira bien dónde pisas!

—No es culpa mía que seas tan bajita, onmyoji —se rió el gigantón.

Oh, sí, yokai no eran los únicos que componían aquel auténtico ejército de las tinieblas. Con ellos había venido la flor y nata de la familia Keikain, los exorcistas de Kioto, encabezados por una decidida Yura, acompañada a su vez de su hermano Ryuji y de sus primos, desde Akifusa a Mamiru.

Yura tenía el corazón partido. La imagen del cuerpo sin vida de Rikuo taladraba su mente. Pero no iba a llorar. Iba a pelear, iba a salvar Japón e iba a mandar a Sanmoto Gorozaemon al infierno del que había venido.

—Esto va a ser la batalla final —les había dicho a los suyos antes de reunirlos en Kioto para marchar hacia el este. Tenían que darse prisa. Aunque los yokai venían desde más lejos, desde Izumi, los seres sobrenaturales podían moverse más deprisa que los humanos. Incluso sin coche—. Ya sé que no os gusta combatir al lado de yokai, pero si no ganamos ahora, será el fin.

—¿Me lo dices o me lo cuentas, enana? —había replicado Ryuji—. Sabemos a qué hemos venido aquí.

—A matar a Sanmoto —había dicho Mamiru.

Yura asintió. Había llegado la hora de la verdad.

A su pesar, Sanmoto Gorozaemon debía reconocer que estaba impresionado. Al parecer, su victoria total iba a retrasarse un poco. En otra ocasión, se habría sentido incluso atemorizado, pero ahora que había absorbido más "miedo" que nunca tras aterrorizar a los habitantes de Japón, sentía que podía ganar. Si no, le quedaba un último as bajo la manga.

—¡Sanmoto! —exclamó Hagoromo-Gitsune, blandiendo la espada Nenekirimaru que había cogido del cuerpo de Rikuo—. ¡Vas a morir, cerdo traidor y carnicero!

El Rey Demonio enarboló a su vez el Martillo de Mao.

—Eres más difícil de matar de lo que pensaba, Hagoromo-Gitsune —dijo Sanmoto con una mueca—. Pero esta vez no fallaré. ¡Ni tú ni tus insignificantes compinches podrán detener mi destino! ¡Soy Sanmoto Gorozaemon! ¡El Rey Demonio! ¡Y me convertiré en un dios, cueste lo que cueste!

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Aldea Hanyo

A varios kilómetros del lugar de la pelea, en las faldas del sagrado monte Fuji, el árbol de la vida de la aldea Hanyo rezumaba de energía, trayendo alegría y vitalidad a las personas que había a su alrededor.

Bueno, no a todas.

Junto al estanque en el que el árbol hundía sus raíces, una desamparada Tsurara permanecía de rodillas, encerrada en su mutismo, observando con ojos huecos y vacíos el cuerpo de Rikuo. El joven señor de los Abe descansaba en el agua, entre las raíces del árbol. Su expresión era tan serena y pacífica que cualquiera podría haber pensado que estaba durmiendo.

Pero no estaba durmiendo, eso Tsurara lo sabía muy bien. Estaba muerto. Y ella no había podido hacer nada por evitarlo.

A su lado, Hakuzozu montaba guardia sin saber muy bien qué hacer.

—¿Quiere que le traiga algo de comer, Yuki-onna? —se ofreció el yokai volador.

Tsurara no respondió. ¿Para qué quería comer ella? Cualquier apetito que pudiera haber tenido se había esfumado.

Hakuzozu lo comprendió enseguida, así que dijo:

—Voy un momento a la aldea a por viandas. Por favor, custodie al joven señor en mi lugar —le pidió a la dama de las nieves.

En realidad, el tampoco tenía apetito y no tenía necesidad de ir a por comida. Pero sabía que la dama de las nieves necesitaba desesperadamente estar a solas con Rikuo. Sin nadie a su alrededor, tal vez podía desahogar la acongojante oscuridad que tenía dentro.

Pasó un minuto, pasaron dos, pasaron cinco y pasaron diez. Tsurara no se movió. Tal vez había olvidado que estaba sola. Sin embargo, poco después, se levantó lentamente del suelo y se adentró en las aguas que bañaban el árbol mágico. Estructuras romboidales flotantes brillaban en el aire, iluminando su camino en la oscuridad de la noche. El agua no estaba caliente, no la quemaba, aunque Tsurara se habría metido igualmente en ella incluso si hubiese estado hirviendo.

Cuando llegó a la altura de Rikuo, no supo que hacer. Un impulso la había guiado hasta allí. Dubitativamente, alargó su mano, pálida y suave como la nieve. Acarició el pelo de Rikuo. En vida, no habría tenido el valor de hacer eso. La vergüenza habría podido con ella. Ahora, en cambio, ¿qué importaba la modestia?

—Rikuo... —murmuró Tsurara con tristeza.

Su corazón gritaba de dolor. Rikuo era su líder, el guardián de su diminuta Procesión Nocturna. Su mismo "miedo" notaba que faltaba algo. Pero Rikuo también había sido algo más.

—Qué cobarde soy, Rikuo —le dijo al muchacho caído—. Yo... Siempre he tenido secretos. Sí, es verdad. Cuando te espiaba a las órdenes del Nurarihyon, te mentí. Y tú aún así me perdonaste. Como siempre, fuiste muy bueno conmigo. Demasiado bueno.

La dama de las nieves aguantó las ganas de llorar. Había muchos recuerdos compartidos, algunos dolorosos, pero siempre había un destello de esperanza en todos ellos. Hasta que llegó Sanmoto Gorozaemon.

—E incluso ahora... Tengo un secreto, Rikuo. Uno que no le he contado a nadie —confesó Tsurara—. Pero ahora... Ahora no tiene sentido ocultarlo, ¿verdad? No, sería una tontería hacerlo. ¿Quién me va a oír? Ay... Ni siquiera tú puedes oírme, Rikuo. Pero tienes que saberlo.

La Yuki-onna acercó su cara a la del chico, hasta que sus labios estuvieron a unos pocos centímetros de su oído.

—Yo... te amo, Rikuo —susurró Tsurara.

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En algún lugar indeterminado...

—¿Papá? —exclamó un asombrado Rikuo.

Estaba en un gran páramo blanco lleno de agua que le llegaba hasta las rodillas. No veía nada más que eso, una blancura nuclear llenando el infinito y una superficie inmaculada de agua reflejándolo a él mismo, ora como humano, ora como yokai. Sin embargo, no estaba solo. Había oído una voz. Y sabía de quién era.

—Ha pasado mucho tiempo, hijo —dijo una voz a su espalda.

Rikuo se dio la vuelta. Frente a él se encontraba Abe no Seimei, el Nue de Kioto, el antiguo líder del Clan Abe, el onmyoji más poderoso de toda la historia. Y su padre. Lo veía en la plenitud de sus fuerzas, imponente en sus ropas de exorcista, con unos ojos inmortales e insondables que habían visto los límites del universo y más allá.

Estaba tan cerca que casi podía tocarlo. Y eso hizo.

—¡Papá! —Rikuo se lanzó a abrazar a su padre, con el espíritu de un niño pequeño.

El abrazo entre padre e hijo fue emotivo. Seimei siempre había sido un estudioso racional, más dado a la reflexión que a espontáneas muestras de afecto, pero incluso un exorcista tan poderoso no podía sino emocionarse al reencontrarse con su hijo después de tantos años de separación.

—Has crecido mucho, Rikuo —observó Seimei con una sonrisa, revolviéndole el pelo—. Estás hecho todo un hombre.

—Papá... Padre... Yo... —balbuceó el muchacho. Se secó las lágrimas que asomaban a sus ojos—. Tengo tantas cosas que contarte...

Y se las contó. Allí el tiempo no existía realmente, así que pudo explayarse a gusto. Le habló de su abuela liderando el clan, de su madre conservando su sonrisa pese a los problemas que habían surgido uno detrás de otro. Eran recuerdos que llevaron la sonrisa a su padre. Seimei siempre había querido mucho a su madre Kuzunoha y, aunque breve, el amor que había sentido por Wakana le había llenado de felicidad, incluso si la amenaza de una nueva guerra había empañado sus últimos años al frente del Clan Abe. Quizás por eso el onmyoji que había llevado siglos sin pareja había decidido tener un hijo por fin. Un legado para el futuro.

De su familia Rikuo pasó a sus amigos, desde los yokai del Clan Abe hasta sus compañeros de la escuela, especialmente Yura. Y Tsurara, por supuesto, aunque la historia de cómo la había conocido tenía su intríngulis. Pero era una historia que acababa bien.

Sin embargo, otras noticias causaron pesar incluso al gran Seimei. La cruda guerra contra el Nurarihyon, que había causado hondo dolor a dos clanes enfrentados durante años. O los ataques a traición de Tamazuki y sus yokai de Shikoku, apoyados por el Clan de las Cien Historias de Sanmoto Gorozaemon. El Nue lamentó en especial la muerte de sus antiguos lugartenientes, Kidomaru y Kyokotsu, que le habían seguido desde la era Heian.

—Qué mal pagué su lealtad —suspiró Seimei—. Debería haber estado allí para ayudar al clan. Me alegro que al menos tu abuela y tú lo hayáis defendido en mi lugar.

Rikuo contuvo las ganas de llorar.

—Yo no he conseguido nada —se lamentó el chico, descorazonado—. Por eso estoy aquí. He muerto, ¿no es así? Esto es el infierno, el más allá, como se diga.

Su padre se puso serio.

—La muerte es la gran igualadora, Rikuo. Humanos y ayakashi, todos vamos al mundo de los muertos. Sin embargo, tú has venido demasiado pronto, hijo mío.

El rostro de Rikuo se ensombreció aún más.

—Es culpa mía —dijo el chico apesadumbrado—. Me creí demasiado fuerte. Y sólo he estropeado las cosas. Ahora es demasiado tarde.

Seimei apoyó su mano en la cabeza de su hijo, con afecto paternal. Sonrió.

—No, Rikuo, aún no es tu hora. Todavía no debes cruzar la última frontera. Hay personas a las que tienes que proteger.

—¿Pero cómo? ¡Incluso si regreso por algún milagro, Sanmoto es demasiado fuerte! No se le puede vencer. Es imposible.

Seimei se inclinó para que su cara estuviese a la altura de Rikuo.

—No digas que algo es imposible, Rikuo. Sólo que no sabes cómo hacerlo —le indicó como un profesor enseñando a su alumno—. Sin embargo, no niego que Sanmoto Gorozaemon representa un peligro terrible, no sólo para Kioto, sino para el mundo entero.

El gran onmyoji cogió la mano de su hijo.

—Ven conmigo, Rikuo. Hay alguien a quien quiero presentarte. Creo que ya lo conoces, pero está dispuesto a enseñarte cosas que de otro modo no podrías aprender. Y tal vez, sólo tal vez, tengamos entre todos la clave para restaurar el equilibrio entre los dos mundos.

Rikuo apenas entendía lo que su padre estaba diciendo, pero en su fuero interno sabía que tenía razón. Le daba miedo albergar esperanzas, pero si existía una mínima oportunidad de volver al mundo de los vivos y proteger a sus seres queridos de la amenaza del Rey Demonio, no iba a rechazarla.

—¡Voy! —exclamó el muchacho, siguiendo los pasos de su padre en el mar blanco del Más Allá.

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Nagoya

—¡ALLÁ VOY! —bramó Tsuchigumo, pegando un salto prodigioso.

Sanmoto Gorozaemon trató de bloquear el golpe. Habría tenido el mismo éxito que si hubiese tratado de detener un huracán.

¡BUM! El cuerpo del Rey Demonio se estrelló contra el suelo, abriendo gritas en el asfalto de Nagoya. Por supuesto, no fue suficiente siquiera para hacerlo sangrar. Eso sí, estaba muy enfadado.

—¡Tú! —Sanmoto Gorozaemon apuntó a Tsuchigumo con su espada—. ¿Cómo te atreves a...?

—A callar —le interrumpió el gigante, dándole una torta para estamparlo contra el suelo.

A continuación, Tsuchigumo procedió a sacudir de lo lindo a Sanmoto con sus cuatro brazos. Cada golpe hacía temblar la tierra, igual que un terremoto. Entre puñetazo y puñetazo, el Rey Demonio trataba de gritar o amenazar, pero su enemigo no escuchaba. Tsuchigumo estaba allí solamente para derrotar a los enemigos más fuertes que pudiera encontrar.

A cierta distancia, los observadores de la escena se quedaron atónitos.

—¡Mi señor! —Yanagida estaba tremendamente preocupado.

Un poco más allá, sus enemigos no sabían qué pensar.

—¿De verdad... de verdad le está dando una paliza a Sanmoto? —se maravilló Yura.

—Mi hermano no es muy dado a la reflexión, pero cuando es hora de pelear, es el más fuerte de entre nosotros —dijo el líder de la aldea escondida de Tsukumo en Kyushu. Tal vez él y su hermano mayor no tenían una relación estrecha, pero eran familia al fin y al cabo, y se sentía orgulloso de que el poder de su clan fuese reconocido.

Sin embargo, Hagoromo-Gitsune siguió frunciendo el ceño.

—No durará —vaticinó la dama de negro.

La kitsune tenía razón. De repente, hubo un fogonazo de energía. Un segundo después, los dos brazos derechos de Tsuchigumo volaron por los aires, cortados limpiamente con un tajo de espada.

—¿Qué ha pasado aquí? —se sorprendió Tsuchigumo.

—Yo he pasado —gruñó Sanmoto Gorozaemon, libre por fin de la somanta de palos de su rival.

El Rey Demonio se disponía a cortarle los otros dos brazos que tenía, pero en el último momento Hagoromo-Gitsune se interpuso, cruzando aceros con Sanmoto. El malvado creía poder romper su "miedo" tan fácilmente como la última vez, pero para su consternación resultó que la kitsune tenía en sus manos la reforjada Nenekirimaru. La espada exorcista no se iba a quebrar tan fácilmente.

—¿Otra vez tú? Hagoromo-Gitsune, siempre te interpones en mi camino —masculló un contrariado Sanmoto—. Pero ahora sabes que soy más fuerte que tú. No puedes vencerme.

—Yo sola no. Pero esta vez vengo acompañada —respondió la señora de los yokai de Kioto.

—¡Mi señor, cuidado! —le avisó Yanagida desde la distancia.

Demasiado tarde.

¡Yomi Okuri, Yura Max Revised! —recitó Yura—. ¡FLECHA DIVINA!

—¡AAAGH!

Sanmoto Gorozaemon gritó de dolor cuando la felcha de energía de Yura se le clavó en la espalda, atravesándolo de lado a lado y explotando en una sucesión de rayos destructores que le carbonizaron la piel y consumieron buena parte de su "miedo".

Por su parte, Yura cayó de rodillas en el suelo. Había puesto casi todas sus fuerzas en aquel ataque sorpresa. Así lo había acordado con Hagoromo-Gitsune. Su Hagun y su fusión a tres se disolvieron en el aire, dejándola indefensa.

—¡Maldita cría onmyoji! —Sanmoto Gorozaemon se revolvió como un animal herido—. ¡Muere!

El Rey Demonio no era el más imaginativo de los villanos, así que volvió a elegir una onda de energía explosiva a distancia para castigar a la insolente que se había atrevido a atacarlo por la espalda. Sin embargo, un formidable escudo de energía bloqueó y disipó su ataque. Cuando la humareda de la explosión se esfumó, descubrió que había aparecido todo un muro de sellos místicos cubriendo a Yura.

—La canija es una pesada, pero la queremos viva, muchas gracias —dijo Ryuji, aguantando las defensas junto a sus primos Mamiru, Akifusa, Masatsugu y Pato—. A fin de cuentas, ella será la futura líder de nuestra familia.

Sanmoto Gorozaemon iba a responder con otro ataque, pero en ese momento Hagoromo-Gitsune volvió a trabar espadas con él.

—No te olvides de con quién estás luchando —le espetó la kitsune.

—¡Zorra asquerosa! —exclamó Sanmoto furioso—. ¡No creas que esto bastará para hacer caer al futuro dios de este mundo!

—Tranquilo, Sanmoto. Acabo de empezar.

Hagoromo-Gitsune decía la verdad. Como respondiendo a una señal, una nube de yokai con ganas de pelea se cernió sobre el Rey Demonio. De repente, Sanmoto se dio cuenta de que estaba rodeado de un mar de enemigos.

—¡No me atraparéis tan fácilmente! —dijo el villano.

En un gesto que tenía más de desesperación que de buena planificación, Sanmoto Gorozaemon empezó a abrir portales al infierno como un loco, inundando la ciudad de puertas por las que entraban espíritus enloquecidos de los muertos e historias de terror pergeñadas por el Rey Demonio. Los cadáveres de los ciudadanos de Nagoya y, sobre todo, de los soldados que habían perdido sus vidas allí unos minutos antes, se levantaron y se volvieron contra los yokai.

—¡Ay! ¡Eso duele! —exclamó Awashima, interrumpiendo su carga al sentir los picotazos de las balas.

No fue la única. Si bien los muertos vivientes normales eran poco más que carne de cañón para las entrenadas garras y espadas de los yokai, no ocurría lo mismo con el armamento moderno. Incluso animados por espíritus con más ira que cerebro, era recomendable actuar con sensatez ante el nuevo despliegue de fuerzas de Sanmoto Gorozaemon.

—Ya no estáis tan seguros, ¿verdad? ¡Contemplad el poder del Rey Demonio!

Hagoromo-Gitsune ni siquiera se inmutó. Con sus nueve colas blancas, redujo a trocitos de carne a los muertos vivientes próximos a ella. Iba a seguir atacando, a cualquier precio.

—¡Conmigo, ayakashi de Kioto! —exclamó la dama de negro.

Y allá fueron sus más fieles lugartenientes, mientras los demás yokai se quedaban conteniendo al ejército de muertos de Sanmoto.

El Rey Demonio era demasiado fuerte, ciertamente. La Nenekirimaru no se quebraba, pero tampoco hacía muescas en el Martillo de Mao. De hecho, Hagoromo-Gitsune sólo se salvaba de ser herida gracias al Kyoka Suigetsu heredado de la sangre de Rihan. Gashadokuro trataba de aplastar a Sanmoto con sus manos esqueléticas, pero éste lo empujaba hacia atrás cada vez. Ibaraki-Doji le lanzaba descargas eléctricas con Ondeko, el Tambor del Demonio, pero apenas le causaba cosquillas a su enemigo. Lo mismo pasaba cuando Shokera, en su forma de insecto descomunal, trataba de aguijonear al Rey Demonio. El Gran Tengu dirigía a sus cuervos, pero sólo podían hacer de apoyo y poco más. Y las serpientes de Kyokotsu rara vez tenían la oportunidad de morder la carne del odiado demonio.

Y, sin embargo, poco a poco estaban haciendo retroceder a su rival. Sanmoto Gorozaemon había acumulado un "miedo" descomunal, pero el Clan Abe no había sido roto. Seguían luchando. Unidos, tal vez tenían la fuerza necesaria para vencer al Rey Demonio.

Sanmoto lo vio y empezó a reconocer la familiar sensación del miedo crepitando por detrás. Por el rabillo del ojo, vio cómo su ejército de cadáveres andantes iba perdiendo terreno tras la sorpresa inicial.

"Oh, no, otra vez no, ¿tan difícil es matar a estos malditos insectos?", se quejó el antiguo mercader reconvertido en yokai. En su fuero interno, pensaba que no era justo.

Yanagida también lo vio. Había tratado de mantenerse entre bastidores, pues él no era un luchador. Sin embargo, ahora su señor necesitaba su ayuda. No pensaba defraudarlo.

—¡Ya voy, mi señor Sanmoto! —exclamó el coleccionista de historias.

—¿A dónde crees que vas?

Yanagida se detuvo en seco. Enfrente de él habían aparecido Kurotabo, Aotabo, Kejoro, Kappa y Kubinashi, los subordinados más fieles de Nura Rihan.

—Kurotabo, maldito traidor —masculló Yanagida.

—Los que me lavaron la cabeza para tenerme a sus órdenes no tienen derecho a llamarme "traidor" —replicó el monje de negro con disgusto—. Y tú tienes una deuda que pagar, Yanagida.

—No tengo tiempo para vuestras... —empezó a decir su interlocutor, pero entonces notó cómo un par de cuerdas se tensaban en torno a sus muñecas.

Kubinashi le dirigió al ejecutivo del Clan de las Cien Historias una mirada glacial.

—¿Te crees que somos estúpidos? —siseó el asesino de las cuerdas—. Sabemos lo que pretendes. No, no dejaremos que te unas a Sanmoto Gorozaemon. Te quedarás aquí, mientras Hagoromo-Gitsune y los suyos acaban con ese bastardo. Si no, nosotros mismos terminaremos el trabajo. Si el Segundo General no puede ser salvado, al menos nos aseguraremos de que sea vengado.

Yanagida se puso pálido. Kubinashi hablaba en serio. Los del Clan Nura estaban dispuestos a impedir que se fusionase con su señor.

Por desgracia, había otra gente que desconocía aquel peligro.

Explosiones, muchas explosiones. Descargas de artillería y misiles teledirigidos que llenaron de fuego el aire enrarecido de Nagoya.

—¿Pero qué demonios...? —se enfadó Kubinashi.

Era la JSDF, o mejor dicho, lo que quedaba de ella. Estaban utilizando sus últimos cartuchos sobre Sanmoto Gorozaemon, los yokai, los soldados vivos y muertos, y los inocentes civiles que seguían atrapados entre las ruinas de la ciudad, en un vano intento por acabar su misión. Los pobres habitantes de Nagoya se escondían, lloraban, suplicaban y rezaban para que la pesadilla acabase.

—¡Que estamos de vuestro lado, atontados! —gritó Awashima a los cuatro vientos.

—Deja de gritar y ponte a esquivar si no quieres acabar con media cara quemada —le advirtió su compañero Itaku con seriedad.

Así hicieron todos. Y Yanagida aprovechó ese momento de confusión para librarse de las ataduras y salir disparado hacia Sanmoto Gorozaemon.

—¡Mi señor, ya estoy aquí! —gritó el lugarteniente de las Cien Historias.

—¡Yanagida! —respondió Sanmoto con alegría.

Hagoromo-Gitsune lo vio, como lo vieron sus seguidores, pero fueron demasiado lentos. Sanmoto Gorozaemon los apartó con brusquedad y corrió al encuentro del último seguidor que le quedaba.

—¡Mi señor Sanmoto!

—¡Yanagida!

Al momento siguiente, el Martillo de Mao atravesaba a Yanagida limpiamente a la altura del pecho. Mientras su corazón bombeaba los últimos segundos de sangre, el coleccionista de historias sonrió.

—Ahora ya no me abandonaréis más... mi señor...

—Buen trabajo, Yanagida —alabó Sanmoto, menos preocupado por la muerte de su lugarteniente que por las oleadas de "miedo" fresco que estaba absorbiendo.

Sí, Yanaguida había sido un buen subordinado, y había adquirido a lo largo de los siglos un poder de gran calidad. Era un poder algo extraño, ya que Yanagida no había sido originalmente una de sus partes, como Encho o Kyosai, pero eso no importaba ahora. El "miedo" de Yanagida era suyo para hacer lo que quisiera con él, un torrente de energía tal que su cuerpo no podía contenerlo.

—Mierda —masculló Hagoromo-Gitsune.

Oleadas de "miedo" en estado puro brotaron de Sanmoto Gorozaemon. Su armadura se tiñó de oscuro, y adoptó un aspecto mucho más amenazante. Su cuerpo se hinchó, y se deformó, hasta convertirse en una caricatura de la figura elegante y esbelta de Rihan. La cara que había robado al Segundo General de los Nura también se transformó, incluso más que cuando había absorbido a Encho. Sí, ahora su cara era la de un auténtico demonio. Una cara que reflejaba la verdadera negrura de su alma.

Las fuerzas aliadas de yokai y onmyoji mantuvieron instintivamente su distancia. Hasta luchadores sedientos de batalla como Tsuchigumo comprendieron que había que tener cuidado.

Sanmoto Gorozaemon había alcanzado los insospechados límites de su "miedo".

—¡Segunda ronda! —exclamó el Rey Demonio, borracho de poder. Esta vez los mataría a todos de una vez y para siempre.

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El limbo entre la vida y la muerte

Rikuo se quedó de piedra al reconocer a una figura sentada en una roca sobre el agua tomando una taza de té.

—¡Hola, hola, pero si es el pequeño Abe! —le saludó un sonriente onmyoji—. ¿Qué, te gusta el mundo de los muertos? ¡A mí me encanta! Como el de los vivos, también.

Quien así había hablado era nada más y nada menos que Hidemoto Decimotercero, genio de los Keikain y antepasado de Yura. Lo había visto varias veces formar parte del Hagun, pero no esperaba encontrárselo allí.

—¿Pero cómo...? —empezó a preguntar Rikuo.

—Ah, sí, sí, un espíritu como el mío debería haber entrado en la rueda de la reencarnación hace tiempo. Pero ese es el gran sacrificio de la familia, Keikain, ¿sabes? Hagun no es un simple shikigami, sólo puede funcionar si lo animan los espíritus de los antepasados de la familia —le explicó Hidemoto—. Muchos se van perdiendo por el camino y volverán al ciclo de la transmigración, pero cuanto más aguantemos, más ayudaremos a nuestros descendientes.

Rikuo asintió, sorprendido. Tenía sentido.

—Es un gran sacrificio —señaló el muchacho.

Hidemoto le dedicó una media sonrisa enigmática.

—Pareces sorprendido. ¿Creías que por ser un juerguista no me tomaba mi deber hacia los Keikain en serio? —Al ver la expresión avergonazada del chico, el onmyoji se rió—. No te preocupes, me pasa continuamente. Hasta mi joven ama piensa lo mismo. Además, no voy a negar que quedarse un ratito más en el infierno no tiene sus ventajas. Por ejemplo, gracias a eso he tenido oportunidad de charlar con mi colega. ¿A que sí, Abe-kun?

Seimei suspiró, tratando de mitigar su frustración.

—Tan irreverente como siempre, Hidemoto —censuró el Nue.

—Oh, vamos, no te pongas así. Además, el muchacho necesita saber el precio de lo que vamos a hacer.

—¿Qué precio? —preguntó de inmediato Rikuo.

Seimei frunció el ceño. Había llegado la hora de la verdad. Apoyó las manos en los hombros de Rikuo con solemnidad.

—Hijo mío, no nos queda mucho tiempo. Sanmoto Gorozaemon ha alcanzado un poder que no comprende, un poder que mezcla por igual a vivos y muertos. Si esto continúa así, será el fin del mundo, ya que las mismas leyes que rigen la naturaleza dejarán de tener sentido.

Rikuo comprendió la gravedad de la situación.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó el chico.

Su padre agachó la cabeza.

—Una vez, creí que la solución era sellar a ese malvado para que nunca pudiera causar daño, incluso si eso significaba sacrificar mi vida —dijo Seimei—. Subestimé su odio y, sobre todo, subestimé a los supervivientes de su clan. Fue, sin lugar a dudas, mi mayor error. Pero desde entonces he estado investigando una forma mejor. El exorcismo definitivo que acabará con él.

Rikuo se puso nervioso al intuir lo que su padre estaba intentado decir.

—Padre, yo... Yo no soy un gran exorcista, como tú. No creo que podría hacerlo.

—Oh, no, claro que no, es imposible para ti, al menos ahora, Abe-kun. Te falta muuuucho poder y muuuucha experiencia —le dijo Hidemoto sin cortarse un pelo.

A Rikuo se le cayó el alma a los pies. Seimei le lanzó una mirada de advertencia a su colega. Incluso si Hidemoto tenía razón, había formas y formas de decirlo.

—Hidemoto... —murmuró el Nue de manera amenazante.

—¡Pero no te preocupes! —exclamó Hidemoto con alegría—. ¡Tenemos la solución! Seimei está dispuesto a hacer ese sacrificio, y yo te ayudaré con una técnica de la que soy un verdadero maestro. Además, te será mucho más fácil que a mi ama, ya que sólo necesitas convocar a un solo antepasado. Si tuvieras que convocar a 26, como Yura, te explotaría la cabeza.

Rikuo parpadeó confuso. ¿Estaba pensando Hidemoto Decimotercero en lo que él estaba pensando? El onmyoji le dirigió una mirada de complicidad.

—Abe-kun, en este mundo tus pensamientos son tan transparentes como tu voz. Y sí, tienes razón. Te voy a enseñar a convocar tu propio Hagun...

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Aldea Hanyo

Junto al árbol de la vida de la aldea oculta de los medio-yokai, Tsurara se seguía sincerando.

—No sé cuándo empezó —confesó la Yuki-onna—. ¿Fue cuando te conocí en la escuela? ¿Cuando me salvaste en Shimabara? ¿O fue en el templo de Seimei, cuando tuve que elegir entre obedecer las órdenes del Nurarihyon o salvarte a ti? No lo sé. Creo... Creo que siempre te he amado... Incluso si existieran miles de universos diferentes, y en cada uno un Rikuo como tú y una Tsurara como yo, te seguiría amando igualmente. Lo sé. Estoy segura de ello.

La dama de las nieves contaba todo esto con una calma serena. Estaba sola con el cuerpo muerto de Rikuo. Nadie más la oía. No había espacio para vergüenzas o histrionismos. Sólo para la verdad.

—A veces no te entendía. ¿Por qué el nieto de Hagoromo-Gitsune querría ser un humano? Y esa onmyoji... Pero pronto comprendí que realmente para ti no había diferencia entre "humanos" y "yokai", y que querías vivir las vidas de los dos. Y aunque me da rabia admitirlo, Keikain es importante para ti —Tsurara esbozó una sonrisa melancólica—. Me consolaba pensando que con el paso del tiempo, en 50 años, en 100 años, yo sería la que estaría más cerca de ti. Pero ahora... ahora...

No lo pudo evitar. Lágrimas de hielo volvieron a asomar en sus ojos.

—No sé qué me dirías si pudieras verme, Rikuo. Probablemente pensarías que soy una tonta —Tsurara apretó los dientes—. No me importa que mis sentimientos no sean correspondidos, no me importa si sólo soy tu amiga o tu subordinada, yo... sólo quiero seguir protegiéndote... estar a tu lado... hasta el final.

La dama de las nieves se inclinó sobre el cuerpo de Rikuo. El joven señor en su forma humana parecía tan inocente, tan delicado... Sin embargo, le había visto liderar a un clan, luchar en la guerra y, sobre todo, proteger a aquellos que le importaban, y a los débiles y los inocentes del mundo.

Los yokai eran monstruos de la oscuridad, pero Rikuo era una luz que acogía también a las tinieblas en su seno. Yin y yang. Un mundo. El mundo del que Tsurara había querido formar parte.

—Te querré siempre, Rikuo —dijo Tsurara. Y se inclinó para darle un beso.

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El tiempo pasaba y no pasaba, y la mente de Rikuo se había llenado de conocimientos que le costaba asimilar. Pero tenía que hacerlo. El futuro del mundo dependía de ello.

Sin embargo, todavía quedaba un problema. ¿Cómo iba a volver?

—¿Tenéis alguna técnica para devolverme al mundo de los vivos? —les preguntó a su padre y a Hidemoto.

—Alguna hay —reconoció Seimei—, pero no te hace falta. Lo siento en ti, Rikuo. El poder está en tu interior. Sólo necesitas encontrar el camino del kitsune.

Rikuo no entendió lo que su padre quería decir.

—No estás solo en el camino, Rikuo —continuó el Nue—. Hay otros que te quieren, tanto como yo, y que esperan tu regreso. ¿No oyes las voces que te llaman? Síguelas. Siento el poder que fluye del monte sagrado y que alimenta al kitsune que llevas dentro.

Rikuo miró con pena a su padre.

—Tengo tantas cosas que me quedan por decirte, papá...

—Lo sé, hijo —Seimei sonrió—. Pero tranquilo. Las conversaciones inacabadas continúan sin cesar. Cuando regreses, dile a tu abuela que no es ni ha sido nunca culpa suya. Y a tu madre... Dile a Wakana que la quiero.

Rikuo asintió. Luego cerró los ojos y se concentró.

Sí, notaba algo. Un hilo de vida. Un hilo de esperanza. Un hilo al que aferrarse.

Y un hilo del que tirar.

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Fue como volver a nacer. No, de hecho era exactamente volver a nacer. Un grito, un espasmo, cruzar la frontera de mundos, ver pasar su vida y su muerte. Regresar. Un trauma doloroso y, a la vez, una promesa de vida y futuro.

Lo primero que sintió fue que la boca le sabía a hielo y que unos labios fríos estaban posados sobre los suyos. Sin embargo, por alguna razón, le reconfortó.

Al abrir sus ojos, su mirada le reveló lo que pasaba.

—¿Tsurara? —murmuró Rikuo soprendido.

Pero para sorpresa la que se llevó la dama de las nieves.

—¡AAAAAAAAH! —gritó Tsurara, que se llevó el susto de su vida. Un segundo después, se había apartado tres metros de un salto—. ¿R-rikuo? ¿C-cómo es posible? ¡Estabas muerto! Estabas...

Rikuo sonrió.

—Estoy vivo, Tsurara. Mírame. Tócame si no te lo crees.

No hizo falta repetírselo. La Yuki-onna se aferró a él, como temiendo que de un momento fuese a desaparecer. Sin embargo, cuanto más lo abrazaba, más segura estaba de que aquello no era un espejismo. Rikuo había vuelto. No sabía cómo, pero había regresado de entre los muertos. Las lágrimas volvieron a surcar sus mejillas, pero esta vez lloró de felicidad.

—Rikuo... —gimió Tsurara—. Cuánto me alegro... Estás vivo...

—Es bueno estar de vuelta, Tsurara —dijo el joven señor, acariciando suavemente el pelo de su compañera.

De repente, un pensamiento inquietante cruzó por la mente de la dama de las nieves.

—Esto, ¿cuándo te has despertado, Rikuo?

El muchacho se puso rojo como un tomate.

—Bueno, yo... Con el beso, creo...

Ahora la que se puso roja fue Tsurara.

—Yo... Esto... No sé cómo decirlo... Ha sido muy impropio... —balbuceó la Yuki-onna—. Tenía las emociones a flor de piel y... y...

Pero entonces Rikuo le puso un dedo en los labios.

—Lo sé. Créeme, lo sé —murmuró el muchacho.

Sus caras se acercaron. El corazón de Tsurara palpitaba a mil revoluciones por minuto. ¿De verdad el joven señor de los Abe iba a...?

—¡SEÑOR RIKUO! —gritó una voz de repente, rompiendo la magia del momento.

Los dos se volvieron al instante, Rikuo con azoramiento y Tsurara con un resentimiento mal contenido. Sin embargo, la dama de las nieves no tuvo el valor de enfadarse con el responsable de tan inoportuna interrupción. Hakuzozu, el fiel Hakuzozu, estaba tirado de rodillas sobre el suelo, contemplando al resucitado Rikuo como si fuera una aparición divina.

—Esto es... es un milagro —musitó el yokai de la larga lanza.

Rikuo se acercó a su camarada del Clan Abe y le puso una mano en el hombro.

—Levántate, Hakuzozu. Esto no es un milagro. Es la magia de los kitsunes. Mi segundo "miedo". Mira.

Rikuo adoptó entonces su forma kitsune. Su cabello blanco y sus ojos rojos destilaban una confianza envidiable en tiempos tan oscuros. Pero había una importantísima diferencia. La energía que despedía era más fuerte que antes. Por supuesto, ni de lejos el nivel de Hagoromo-Gitsune, pero sí suficiente para causar una honda impresión. ¿La razón? Que su "miedo" había evolucionado. Ya no tenía una cola de zorro, sino dos. Se había convertido en un nibi, un kitsune de dos colas.

—Vuestra abuela estará loca de alegría cuando se entere —dijo Hakuzozu, pero luego su rostro se ensombreció—. Sin embargo, ahora mismo estará luchando contra Sanmoto Gorozaemon.

—Entonces tienes que llevarme hasta allí, Hakuzozu. En mi viaje por el limbo de los muertos he aprendido algo que puede salvar las vidas de todos —le explicó Rikuo.

—Pero...

—La abuela no te dijo que no me llevases hasta allí si resucitaba, ¿verdad? Entonces, como joven señor de los Abe, te lo exijo, Hakuzozu: llévame adonde se encuentra Sanmoto Gorozaemon.

Era una orden dura, pero fiel a su estilo, Hakuzozu clavó una rodilla en el suelo y declaró:

—Así lo haré, mi señor.

—¡Yo también voy! —exclamó entonces Tsurara.

Rikuo puso mala cara.

—No es una buena...

Pero la Yuki-onna ni siquiera le dejó acabar la frase.

—¡No pienso quedarme atrás! —proclamó Tsurara con decisión—. ¡No mientras estés delante de mí! No quiero volver a fracasar... No estoy dispuesta a sufrir otra vez la frustración de no poder protegerte...

—Tsurara... —murmuró Rikuo entristecido.

—Por eso... Te protegeré. Ahora y en el futuro, para toda la eternidad —afirmó la dama de las nieves, mirando a Rikuo directamente a sus ojos carmesíes—. No en vano, realizamos el ritual de la copa, ¿no es verdad?

Rikuo sonrió. Así le gustaba Tsurara, dispuesta a no rendirse jamás.

—Está bien —cedió el kitsune finalmente—. Dame tu pasión y tu fuerza, Tsurara. Y tú también, Hakuzozu. Ahora, voy a pedirle a la abuela que me devuelva la espada, y luego vamos a enseñarle una lección a Sanmoto Gorozaemon. ¡Ese falso Mesías no sabe lo que le espera!


Notas adicionales:

¿Por qué no he actualizado antes si estaba de vacaciones? Siento andar siempre al límite, pero quería aprovechar el mes de agosto para escribir un libro para un concurso literario y eso lleva su tiempo. Es que después de que este año me hayan publicado mi primer libro (:D), quiero seguir intentando esto de ser escritor.

¿Pero qué es un escritor sin sus lectores? Nada, por eso, como siempre, quiero agradeceros a vosotros, que estáis ahí leyendo, vuestro apoyo, y sobre todo a mis queridísimos reseñadores, como Suki90, Lonely Athena, Nayrael, RAYHACHIBI, OsoreKitsune, Shiroyasha y Dennou, que me animan a seguir escribiendo. ¡Gracias!

* Nuramago no utiliza tantas escenas de "encuentro espiritual en el Más Allá" como otros mangas similares, pero las hay. Tal vez la más importante sea la de Nurarihyon y Yohime en el capítulo 210. A diferencia de otras escenas similares no se trata de una simple ensoñación, ya que Nurarihyon se ve curado milagrosamente gracias a la influencia de la princesa Yo. Aquí Rikuo recibe otra clase de influencia.

* He ido insinuando que Rikuo podía heredar alguna forma de inmortalidad desde el primer capítulo. En su caso, no es reencarnación (como su abuela) o eterna juventud (como lo que buscaba su padre y lo que consiguieron los Gokadoin en el manga), sino "resurrección": si su cuerpo aguanta, puede resucitar (nota para los enemigos de Rikuo: desintegrar el cuerpo serviría para matarlo por completo).

* Y Tsurara por fin se confiesa. He aprovechado también algunas líneas y momentos que los fans del manga reconocerán ;)

Próximo capítulo: "El Día de los Niños".