Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Las Fuerzas de Autodefensa han fracasado, pero los yokai de Kioto y sus aliados se enfrentan nuevamente a Sanmoto. Sin embargo, este absorbe a Yanagida y se hace más poderoso que nunca. Mientras tanto, Rikuo se reúne en el Más Allá con su padre y con Hidemoto 13º, para luego regresar al mundo de los vivos con un conocimiento que podría salvar el mundo.
El Día de los Niños
Las pocas energías que quedaban en el 2-3-1 de Nagatacho, Chiyodaku, la residencia oficial del Primer Ministro de Japón, se habían esfumado. Por las pantallas habían podido ser testigos de la derrota completa e inapelable de las Fuerzas de Autodefensa. Sanmoto Gorozaemon había ganado. Y con su victoria, llegaría el apocalipsis nuclear.
—Una hora —dijo el Ministro de Defensa—. En una hora la Federación Rusa iniciará su ataque nuclear. Tenemos que avisar a la flota para que prepare el escudo antimisiles.
El Primer Ministro asintió con desgana. Todos sabían que, a lo sumo, la JSDF sólo podría detener una parte de las bombas nucleares. No podían pararlas todas, al menos sin la ayuda de los Estados Unidos, pero los americanos se habían concentrado en defender sus bases y habían abandonado Japón a su suerte. El miedo a la plaga de muertos vivientes se había extendido por el mundo. Y al ver al responsable de tamaña maldad aplastar ejércitos y ciudades enteras, no podía culparlos. Quizás el fuego nuclear era la única forma de detener a aquel monstruo.
—¿Se ha evacuado ya a la familia imperial? —preguntó el Primer Ministro.
—Sí. Se está procediendo a la extracción en las zonas costeras, y buena parte de los altos cargos del gobierno están ya a salvo. Sólo falta el gabinete presidencial —respondió el Ministro de Defensa, recordándole que todos en Kantei esperaban su orden para salir.
El Primer Ministro suspiró resignado. En eso había acabado su mandato. En huir del país como un cobarde, junto a unos pocos miles de afortunados, mientras el resto del país era devorado por las llamas de la locura. Si hubiese sido un samurai, probablemente habría tenido que recurrir al seppuku.
Entonces tomó una decisión.
—Yo me quedo —dijo el Primer Ministro.
—¿Cómo?
—Ya lo ha oído. Me quedo. Si voy a ver mi país destruido, prefiero compartir su destino. Me moriría de vergüenza de otro modo.
Hubo un silencio incómodo entre los presentes. El resultado del orgullo chocando con las ganas de vivir.
—No estoy obligando a nadie a quedarse conmigo. De hecho, ordeno la evacuación de este lugar. Quien quiera irse, tiene mi permiso. No juzgaré a nadie. No puedo. A fin de cuentas, si hemos llegado a este punto es culpa mía. Pase lo que pase hoy, no seguiré siendo Primer Ministro mucho tiempo.
Y muchos se fueron. Poco a poco, uno a uno, con la cabeza gacha, avergonzados. Muchos pequeños cargos y trabajadores sin ninguna responsabilidad, sí, pero también altos cargos del gobierno que corrieron raudos a las zonas de evacuación que había organizado la JSDF. Otros se quedaron. Incluido el Ministro de Defensa.
Durante unos segundos, no dijeron nada. Entonces el Primer Ministro le preguntó:
—¿Sabe qué día es hoy?
—Por supuesto —respondió su ministro—. 5 de mayo, el Día de los Niños.
—Sí —El Primer Ministro asintió—. Hoy las familias deberían estar ondeando las koinobori, no temiendo por su vida. ¿Qué clase de futuro hemos dejado a nuestros niños?
El Ministro de Defensa se quedó callado. Tampoco era una pregunta que esperase respuesta.
Habían tenido esperanza, efímera y vana. Incluso cuando las Fuerzas de Autodefensa habían fallado, y oficialmente estaba todo perdido, habían asistido a través de las imágenes captadas por soldados y civiles al espectáculo de un ejército de yokai enfrentándose a Sanmoto Gorozaemon. Los mismos monstruos a los que habían perseguido a lo largo y ancho de Japón podían ser la clave de su supervivencia.
Por desgracia, los dioses debían querer castigar la arrogancia humana. Porque aunque habían luchado con más habilidad y suerte que los pobres soldados de la JSDF, el resultado había sido el mismo. Y ahora todos iban a morir.
0000
Nagoya
Entre las ruinas de lo que unas horas antes había sido la joya de la bahía de Ise, la lucha había amainado. Los habitantes de Nagoya se arrastraban entre los escombros, tratando de encontrar a sus seres queridos o simplemente huyendo de la matanza. Primero había sido Sanmoto Gorozaemon y su ejército de muertos vivientes, luego las propias Fuerzas de Autodefensa habían bombardeado la ciudad a conciencia para detenerlo, y al final se había desatado una batalla campal entre las fuerzas de la oscuridad.
Como siempre, Sanmoto Gorozaemon había ganado.
El villano estaba exultante. El hombre que una vez había sido el fofo y avaricioso mercader Sanmoto Mikanbune estaba irreconocible. Ahora que había absorbido a todas sus partes, incluido el propio Yanagida, estaba completo por primera vez en siglos. El cuerpo robado a Rihan y el miedo absorbido de las cuatro esquinas de Japón le hacían invencible. Sin embargo, tanto poder había retorcido su fisonomía. Ya no era guapo y esbelto, como Rihan, sino un monstruoso guerrero demoníaco de armadura negra, piel quebrada y rasgos bestiales.
Por fin, Sanmoto Gorozaemon hacía honor a su nombre. Se había convertido en un auténtico Rey Demonio.
A Sanmoto no le importaba la belleza. Sólo le interesaba el poder. Cualquier precio era aceptable para conseguirlo. A fin de cuentas, no había un placer mayor en el mundo. Como ahora, que sostenía a una derrotada Hagoromo-Gitsune a punta de espada mientras se vanagloriaba de su victoria.
—¡Ja, ja, ja! ¿Qué dices ahora, zorra? ¡Inclínate ante mí! ¡Reconoce que soy tu superior!
Hagoromo-Gitsune escupió sangre. Estaba herida, apaleada, y, lo peor de todo, sin salidas. A su alrededor veía los cuerpos tendidos de sus servidores del Clan Abe. Varios de ellos estaban muertos. Algunos, los más fuertes, como Ibaraki-Doji, Shokera y el Gran Tengu, aún respiraban. Sus aliados de otros clanes no estaban en mejores condiciones.
Incluso el brutal Tsuchigumo había dejado de moverse, aunque en su caso era porque Sanmoto le había cortado todos sus brazos. Y sus piernas. Aún así, el gigante de Kyushu gruñía desde el suelo y le pedía la revancha al Rey Demonio, asegurando que lo suyo era sólo "una herida superficial".
Sólo otra persona seguía de pie, aparte de la propia Hagoromo-Gitsune. Se trataba de Yura. La heredera de los Keikain estaba llena de magulladuras y había consumido buena parte de su energía espiritual. Pero seguía luchando. Armada con su cañón de agua Yura Max, apuntaba a Sanmoto sin pestañear.
—¡Apártate de ella! —le ordenó al Rey Demonio. Quién lo iba a decir, una onmyoji defendiendo a la Señora del Pandemónium.
Sin embargo, Sanmoto Gorozaemon la ignoró deliberadamente. Sabía que los disparos de Yura, sin la carga de Hagun, sólo le harían cosquillas.
—¡Lo digo en serio! ¡Apártate o disparo!
—Fuera de aquí, mosquita muerta —masculló Sanmoto irritado.
Dio una patada que hizo retumbar el suelo. Como empujada por un terremoto, Yura se vio impelida hacia atrás y dio con sus huesos en el suelo. Sanmoto Gorozaemon volvió su atención nuevamente a la señora de los yokai de Kioto.
A Hagoromo-Gitsune ya no le quedaban trucos. Había sido incapaz de atravesar a Sanmoto con la Nenekirimaru. Y las técnicas Kyoka Suigetsu y Meikyo Shisui no podían protegerla ante tal abrumadora cantidad de miedo concentrado. Sabía que estaba al límite de sus fuerzas.
—¿Qué pasa, Hagoromo-Gitsune? Venga, arrodíllate y puede que deje a algunos de los tuyos con vida para que me sirvan. A fin de cuentas, se me han acabado los sirvientes. Necesitaré unos nuevos.
La Señora del Pandemónium ni siquiera fingió dejarse engañar. Sabía muy bien que un villano sádico, tramposo y manipulador como Sanmoto Gorozaemon no pensaba cumplir su palabra. Lo único que quería era verla humillarse ante él, para alimentar su ego.
Por supuesto, Hagoromo-Gitsune no pensaba concederle semejante satisfacción. Antes morir que arrodillarse.
—Jamás cederé ante un gusano con ínfulas —dijo Hagoromo-Gitsune fríamente, enarbolando la Nenekirimaru una última vez. Si iba a morir, lo haría matando.
Pero Sanmoto ni siquiera pensaba concederle el honor de un último baile de espadas. Mantuvo las distancias y se preparó para lanzarle una ola de energía mortal.
—¡Adiós, zorra entrometida!
Sanmoto Gorozaemon disparó una ráfaga capaz de cortar ciudades en dos. Del Rey Demonio se podían decir muchas cosas, pero desde luego no era tonto. Había dado por muerta a Hagoromo-Gitsune una vez. No iba a cometer el mismo error dos veces.
La kitsune se posicionó para bloquear el golpe, pero sabía que era imposible sobrevivir a eso. Aún así, se preparó para recibir el impacto.
Entonces, en el último segundo, una sombra se interpuso entre ella y la ola de energía.
"¿Kyokotsu?", pensó Hagoromo-Gitsune alarmada.
En efecto, era la pequeña y valiente Kyokotsu. La niña de ojos serpentinos había luchado con tanta fiereza como los demás, y había caído derrotada. Pero su lealtad y admiración por su señora era tal que, incluso renqueante, no había dudado ni un instante en convertirse en escudo humano.
La ráfaga perdió energía y Hagoromo-Gitsune pudo desviarla a duras penas. Sin embargo, lo hizo en piloto automático. Sus ojos desorbitados estaban clavados en Kyokotsu. La pequeña líder de la facción cadáver estaba sonriendo. Sí, sonreía de felicidad, a pesar de que la mitad derecha de su cuerpo se había volatilizado.
—Señora Hagoromo-Gitsune... —balbució Kyokotsu—. No debéis morir... No debéis desaparecer... Sois demasiado elegante para... para...
Antes de que el cuerpo destrozado de la niña cayera, Hagoromo-Gitsune la sujetó entre sus brazos. Era un espectáculo espantoso, atroz. La sangre de Kyokotsu empapó sus ropas negras. La estrechó con más fuerza, como si así pudiese evitar que los órganos de la pequeña se desparramasen por el suelo.
—Ah... Mi señora me sostiene entre sus brazos... Soy tan feliz... —murmuró Kyokotsu, mientras sus energías se desvanecían poco a poco.
Hagoromo-Gitsune seguía en estado de shock. ¿Primero Seimei, luego Rikuo y ahora Kyokotsu? ¿Tanto había ofendido a los dioses para ser castigada de ese modo?
—Kyo... kotsu...
—¡Ja, ja, ja, ja! —Sanmoto Gorozaemon se partía de risa—. ¿Dónde está la feroz Hagoromo-Gitsune ahora, eh? ¡Pero qué sacrificio más estúpido! ¿Es que esa niña tonta no se da cuenta de que no ha conseguido nada? ¡Os voy a matar a todos!
Hagoromo-Gitsune apretó los dientes. Su rabia era brutal.
—¡SANMOTO GOROZAEMON! —le gritó a su oponente—. ¿Quién te has creído que eres?
—¿No está claro? Después de todos estos siglos, por fin he conseguido mi sueño. Más que un buda, más que un demonio, ¡yo soy un dios!
Y Sanmoto se aprestó a descargar el golpe final sobre Hagoromo-Gitsune, que aún tenía en brazos a la desgraciada Kyokotsu y apenas podía levantar la espada para defenderse. La kitsune, por primera vez en siglos, se permitió un gesto de debilidad. Cerró los ojos. Ya no tenía ganas de luchar. Lo había perdido todo. Todo.
"Se acabó", pensó la señora de los yokai de Kioto.
Entonces ocurrió algo. El golpe no llegó. Sintió una respiración entrecortada, pasos veloces, una ola de frío, y oyó un gruñido de sorpresa proveniente del mismo Sanmoto. De repente, notó que alguien le arrebataba a Kyokotsu de las manos. Intentó detenerlo instintivamente, pero unos brazos fuertes la cogieron en volandas y la apartaron de allí.
Hagoromo-Gitsune volvió a abrir los ojos.
Lo que vio sobrepasó sus más frágiles y esperanzadas fantasías.
—¿RIKUO? —exclamó la kitsune.
00000
Rikuo estaba furioso. No, más que furioso, estaba poseído de una rabia vengativa y homicida. Pero era una cólera fría y decidida, no una locura transitoria que le hiciera perder el dominio sobre sí mismo. Se había preparado mentalmente para lo que pudiera encontrarse al regresar con los suyos, pero ni toda la meditación del mundo podría haber evitado que sintiese un odio visceral en aquellos momentos. La última vez que había experimentado una sensación semejante había sido al ver al Nurarihyon empalar a Hagoromo-Gitsune contra una pared.
Su abuela estaba bien, pero ahora era Kyokotsu, a la que quería como a una hermana pequeña, la que estaba al borde de la muerte. Otros subordinados del clan seguramente no habían tenido tanta suerte.
—Lo siento, abuela. Tendría que haber venido antes —se lamentó Rikuo. Hakuzozu había hecho todo lo posible por llevarlo raudo y veloz hasta allí; la culpa era suya, por haberse dejado matar y por no haber resucitado antes.
Hagoromo-Gitsune seguía atónita.
—¿Rikuo...? —murmuró la kitsune, sin terminar de creerse que su nieto, al que creía muerto, estuviese ahora delante de ella, llevándola en brazos.
Rikuo no había venido solo. A su lado se encontraban Hakuzozu y Tsurara. El yokai volador parecía derrengado, un resultado natural después de haber volado sin parar durante cientos de kilómetros con dos pasajeros. En cuanto a la Yuki-onna, estaba concentrada en tapar las heridas de Kyokotsu con una capa de hielo.
—Cuida de ella, Tsurara —le ordenó Rikuo—. ¡Aún no es tarde! ¡Podemos llevarla a ese estanque! Si ha funcionado conmigo, tiene que funcionar con ella también.
Quizá lo decía para darse más ánimos a sí mismo que a los demás, pero sus palabras surtieron efecto. Incluso Hagoromo-Gitsune despertó de su trance.
—Rikuo... —dijo la kitsune, alargando una mano para acariciarle el rostro y asegurarse de que el muchacho de cabello blanco y ojos rojos que tenía delante no era una ilusión—. Estás... vivo. ¡Estás vivo! Entonces, ¿las aguas de la aldea Hanyo han funcionado? ¿Te han devuelto a mí?
Su nieto esbozó una media sonrisa.
—Es algo más complicado que eso, abuela. Pero sí, han funcionado. Además, te alegrará saber que ahora soy un nibi, un zorro de dos colas. No está mal, ¿verdad?
Hagoromo-Gitsune no era la única a la que la repentina aparición de Rikuo había cogido por sorpresa. A lo largo y ancho del campo de batalla, varios yokai hacían esfuerzos ímprobos para incorporarse y ver lo que estaba sucediendo. Pero de todos los presentes, nadie tuvo una reacción tan explosiva como la de Yura.
—¡RIKUO! —exclamó la onmyoji, corriendo hacia él como una posesa y lanzándose a su cuello—. ¡Estás vivo, estás vivo, estás vivo!
Para alguien tan comedido en su día a día, aquella explosión de energía, y más aún después de una batalla feroz, era muy inusual. Pero a Rikuo no le importó. Él también estaba contento de ver a Yura sana y salva, aunque magullada.
—¡Eh! No hace falta que me ahogues, Yura. No me voy a ir a ningún sitio —le dijo Rikuo.
La onmyoji sonrió, con lágrimas en los ojos. Era un día de milagros.
Sin embargo, era sólo un pequeño respiro. El causante de sus dolores seguía allí y no parecía en absoluto impresionado con el retorno de Rikuo.
—Vaya, vaya, el joven Abe. ¿No te había matado a ti antes? —se burló Sanmoto Gorozaemon—. Parece que debo ser más cuidadoso a la hora de confirmar la muerte de mis enemigos. La primera vez es divertido, pero tantos retornos empiezan a ser cansinos. ¿Por qué no os morís de una vez ya? Hasta un dios como yo puede perder la paciencia.
Rikuo se puso serio. Dejó con cuidado a su abuela en el suelo y se encaró con Sanmoto.
—He venido a derrotarte, Rey Demonio —anunció el muchacho.
—¿Tú y quién más? Pareces algo más fuerte que la primera vez que nos vimos, pero sigues sin estar a mi altura, chico. Te puedo aplastar como a un insecto —presumió Sanmoto Gorozaemon.
Rikuo frunció el ceño. El Rey Demonio decía la verdad. Aunque sus energías prácticamente se habían duplicado desde su resurrección, aún no estaba a la altura de un kitsune de nueve colas como su abuela, por no decir a la altura de un monstruo como Sanmoto Gorozaemon.
Hagoromo-Gitsune también lo notó.
—Coged a Kyokotsu y marchaos de aquí —le susurró la kitsune a su nieto—. Yo le entretendré tanto tiempo como sea posible.
—Necesito algo de tiempo, sí —reconoció Rikuo—, pero no para huir. Padre me lo ha explicado: si no detenemos a Sanmoto Gorozaemon aquí y ahora, no sólo Japón, sino el mundo de los vivos en general desaparecerá. Afortunadamente, tengo un plan. Bueno, no es exactamente mío, sino de padre y del antepasado de Yura.
Hagoromo-Gitsune entrecerró los ojos.
—Espera, ¿has dicho que Seimei...?
Pero Rikuo no tenía tiempo para explicaciones. Se volvió hacia Yura. Cogió la mano de su amiga de la infancia.
—Yura, lo que te voy a pedir es muy difícil, pero necesito tu ayuda. Necesito tu Hagun.
La onmyoji aparentó confianza en sí misma.
—Vamos, Rikuo, sabes que eso lo sé hacer con los ojos cerrados.
—Yura, no me engañes —la reprendió su amigo—. Estás agotada. Si gastas demasiada energía, podrías morir.
Yura se puso seria. Sí, sabía las consecuencias, pero también sabía que si Rikuo se lo pedía era por una buena razón. Él no era de la clase de personas que sacrifican a sus amigos como piezas de ajedrez.
—¿Servirá para detener a Sanmoto? —le preguntó Yura.
—Por supuesto —respondió Rikuo.
—Entonces no perdamos más el tiempo. ¡Vamos allá! —exclamó la onmyoji.
A Sanmoto Gorozaemon no le gustaban las sorpresas, especialmente si no las preparaba él. Aunque quería mostrarse confiado, el retorno de Abe no Rikuo le daba mala espina. Malditos kitsunes, parecía que no había manera de matarlos. Aún así, lejos de él preocuparse por aquel muchacho imberbe. A fin de cuentas, ya le había aplastado anteriormente, y eso que aún no había llegado a la cima de su poder.
Sin embargo, siempre resultaba más rentable prevenir antes que curar, así que decidió cortarles las cabezas a todos los presentes y acabar por fin con aquellas molestias. No obstante, apenas había dado un paso adelante cuando Hagoromo-Gitsune se interpuso en su camino. A un lado tenía la Nenekirimaru. Al otro lado tenía su Abanico de Dos Colas, el Nibi no Tessen.
—¿Tienes prisa, Sanmoto? —le picó la kitsune.
—¡Aparta, zorra! ¡Estoy harto de que siempre te entrometas en mi camino!
Cruzaron sus aceros. Y Hagoromo-Gitsune sonrió. El Rey Demonio había picado el anzuelo. Ella sabía perfectamente que era incapaz de derrotarlo. Era un golpe duro para ella reconocer sus limitaciones. Sin embargo, confiaba en Rikuo. Tenía que distraer a Sanmoto unos segundos más, aprovechándose de que su enemigo se creía invencible.
Mientras tanto, Yura y Rikuo se prepararon para realizar la invocación.
—Guíame, Yura —le pidió el muchacho a su amiga.
—Espera, espera, ¿de verdad vas a intentar convocar a Hagun? ¿Pero cómo? ¡Ni siquiera eres un Keikain! Pensaba que estabas bromeando, de hecho.
—Nada de bromas —Rikuo permaneció mortalmente serio—. Además, no voy a convocar a tus antepasados, sino a los míos.
Los ojos de Yura se iluminaron. Había entendido cuál era el objetivo de Rikuo.
—Bien, entonces sigue mis pasos —ordenó la onmyoji. Aunque sus ojos marrones reflejaban un agotamiento terrible, aún tuvo ánimos para esbozar una sonrisa—. Parece que volvemos a estar en el Club Onmyoji.
—Fue una gran idea crearlo —Rikuo le guiñó un ojo—. Cuando todo esto acabe, tenemos que volver a organizarlo. Seguro que más gente se querrá apuntar.
Yura puso cara de incredulidad.
—¿De verdad crees que vamos a poder llevar una vida normal después de esto? Quiero decir, ¡si ni siquiera sabemos si vamos a sobrevivir! —señaló la chica.
—Oh, por supuesto que vamos a sobrevivir. Vamos a ganar —repuso Rikuo con aplomo—. Y después volveremos al Club Onmyoji. Te lo prometo.
Yura asintió. Sí, era una promesa que había que cumplir.
La onmyoji cerró los ojos y se concentró. Normalmente no seguía el proceso completo a la hora de invocar a Hagun, pero en aquel momento necesitaba conservar hasta la última gota de energía espiritual. Además, Rikuo necesitaba sus indicaciones. Incluso si Sanmoto Gorozaemon estaba a apenas unos metros de ellos, tenían que aguantar esos segundos.
—¡Uho tenho! —Yura dio un paso.
—¡Tennai! ¡Tensho! —Rikuo la imitó.
—¡Tenho tennin! —Yura volvió a adelantarse.
—¡Kenkon genkoritei! —Rikuo la siguió justo por detrás.
Los dos jóvenes tomaron aire.
—¡A mí, mi deidad ceremonial! —gritaron Yura y Rikuo al unísono—. ¡Ejército desgarrador! ¡HAGUN!
La explosión de energía espiritual subsiguiente resonó por toda la ciudad de Nagoya.
00000
Al principio, Sanmoto Gorozaemon no entendió lo que había ocurrido. De los dos herederos de los Keikain y los Abe había brotado una increíble cantidad de poder espiritual. Incluso él mismo se había visto empujado hacia atrás, lo que le había dado a Hagoromo-Gitsune la oportunidad de retirarse momentáneamente del combate.
Bah, le daba igual qué truco estuviesen utilizando. Los aplastaría igualmente. O al menos eso pensaba. Sin embargo, cuando el resplandor amainó y el aire se aquietó nuevamente, el Rey Demonio se quedó sin habla.
Detrás de Yura habían aparecido los 26 cabezas de familia de los Keikain, incluyendo Hidemoto Decimotercero. El genio onmyoji sonreía evidentemente complacido de sí mismo. Pero eso no le preocupaba lo más mínimo a Sanmoto. Había visto antes el Hagun de los Keikain. Era poderoso, sí, pero no le tenía miedo. Era más fuerte que unos esqueletos de exorcistas vejestorios.
La persona que estaba detrás de Rikuo, empero, le causaba un miedo atroz.
Pues Rikuo había conseguido convocar su propio Hagun. La técnica llamaba a los antepasados que habían firmado el contrato espiritual. Se quedaban anclados en el ciclo de la resurrección para poder ayudar a sus descendientes. La familia Abe era rica en onmyoji, pero Rikuo sólo había podido contactar con uno durante su estancia en el limbo. Sin embargo, ese uno era más que suficiente.
Abe no Seimei. El Nue. El mayor exorcista de todos los tiempos había regresado.
No, no era exactamente Seimei, se dio cuenta Sanmoto. Aunque su imagen era calcada a la misma que había visto más de ocho años atrás, le faltaba consistencia. Volutas de energía espiritual en los bordes de su túnica revelaban que no era un resucitado, sino una deidad ceremonial, una invocación shikigami.
Hagoromo-Gitsune sintió que le temblaban las piernas. Producto de las heridas que había recibido, sí, ya casi no podía seguir combatiendo, pero también de la impresión de ver a su amado hijo de vuelta en el mundo de los vivos.
—Seimei... —murmuró la dama de negro, casi sin fuerzas.
Su hijo le dirigió una sonrisa bondadosa.
—Siento causarte esta desazón, madre, pero era necesario que me convirtiera en un shikigami. Le prestaré mi fuerza a Rikuo, por el bien de todos. Dale recuerdos a Wakana de mi parte —dijo Seimei con cariño. Luego su rostro se endureció y se volvió hacia Sanmoto Gorozaemon—. Tú, Rey Demonio, has jugado demasiado tiempo con fuerzas que están por encima de tu comprensión. Es hora de que recibas el castigo divino que te corresponde.
—¡Así se habla, Abe-kun! —celebró Hidemoto Decimotercero—. ¿Qué te parece si después de exorcizar a este mal bicho nos vamos a beber por ahí? He oído que en esta era hay unos licores la mar de buenos...
Aquello despertó la ira de Yura.
—¡A callar! —le espetó a su díscolo antepasado—. ¡Menos hablar y más trabajar, que el mundo no se va a salvar solo!
Rikuo no dijo nada. No podía. La cabeza le daba vueltas y parecía que le iba a estallar de un momento a otro. Convocar el shikigami de su padre le estaba drenando de energía. Le costaba trabajo incluso respirar. No podía entender cómo Yura podía andar discutiendo cuando ella misma tenía que mantener convocados 26 shikigami a la vez, y eso después de haberlos usado poco antes en una batalla campal.
Ryuji tenía razón. La energía espiritual de Yura era absurda. Jamás llegaría a su altura. Pero tampoco lo necesitaba. Sólo tenía que mantener convocado a su Hagun por unos minutos más.
Su padre notó su agonía y le puso una mano en el hombro.
—Aguanta un poco más, Rikuo.
El muchacho asintió. No podía hacer otra cosa.
Los espíritus de Seimei y de Hidemoto Decimotercero intercambiaron una mirada significativa.
—Empecemos —dijo el Nue.
Los dos onmyoji del pasado juntaron las manos, dibujando un símbolo de exorcismo. Los otros 25 antepasados de la familia Keikain hicieron lo mismo detrás de Hidemoto.
—La madera se nutra de la tierra, la tierra retiene el agua, el agua apaga el fuego, el fuego funde el metal, el metal corta la madera... —empezó a recitar Seimei.
—Dios del mar del este, de nombre Amei. Dios del mar del oeste, de nombre Shukura... —rezó por su parte Hidemoto Decimotercero.
Sanmoto Gorozaemon se rió. ¿Qué pretendían aquellos dos con ese cántico absurdo? Sin embargo, su risa pronto se congeló en sus labios cuando sintió que algo se removía en su interior. Sellos mágicos empezaron a flotar a su alrededor como polillas atraídas por la luz. El Rey Demonio trató de deshacerlos con su espada, pero era inútil. Además, sentía un hormigueo extraño cada vez que las tocaba.
—¿Qué estáis haciendo, malditos? —exigió saber Sanmoto Gorozaemon.
Ni Seimei ni Hidemoto respondieron. Estaban demasiado concentrados en su invocación. Quién sí logró articular palabra fue Rikuo que, a fuerza de voluntad, dijo:
—Vamos... a echarte... para siempre... Sanmoto...
El Rey Demonio no entendió lo que quería decir ni tenía ganas de averiguarlo. Se lanzó sobre él con un bramido, pero entonces una enorme lanza se trabó con su Martillo de Mao.
—¿Qué demonios...? —protestó Sanmoto.
—¡Yo, Hakuzozu, no permitiré que le hagáis nada a nuestro joven señor! —clamó el yokai volador—. ¡Gashadokuro, échame una mano!
Y vaya si se la echó. El esqueleto gigante, recuperado de la paliza anterior, atrapó con su mano a Sanmoto. Gashadokuro sabía que se liberaría de un momento a otro, así que lo lanzó a varios cientos de metros de distancia, siguiendo las indicaciones de su amigo Hakuzozu. Era cuestión de ganar tiempo, costase lo que costase.
Sanmoto Gorozaemon se incorporó de nuevo enseguida, claro.
—¿Creéis que esto me detendrá? ¡Ahora veréis!
Pero antes de que pudiera dar un paso más, notó cómo varios hilos rodeaban sus tobillos y muñecas.
—¿Pero qué...?
Se trataba de Kubinashi, el asesino sin cuello, que había utilizado sus famosas cuerdas para interrumpir los pasos de Sanmoto Gorozaemon. No estaba solo. Su compañera, Kejoro, estaba utilizando sus largos cabellos para el mismo fin.
—No dejaremos que te salgas con la tuya, monstruo. ¡Aunque nos cueste la vida! —aseguraron los dos recién casados.
—¡Dejadme en paz, moscas pesadas! —se quejó Sanmoto.
Cortó sin mucho esfuerzo las cuerdas y cabellos que lo retenían, pero para su irritación vio cómo de todas partes del campo de batalla acudían más guerreros. El resto de los Nura y los Abe, Itaku y sus amigos de Toono, Tamazuki y otros grandes lores del mundo yokai. Todos estaban derrengados, heridos y apaleados, pero ahora habían recuperado las ganas de luchar. Sabían que había una última oportunidad de vencer a su enemigo. La iban a aprovechar.
—¡Argh! —gruñó el Rey Demonio.
Podía con todos. Lo sabía. Sin embargo, esos dos críos y sus puñeteros antepasados estaban haciendo algo, lo notaba. De hecho, cada vez le costaba más controlar sus movimientos. Estaba como borracho. No coordinaba. Era como si estuviese pilotando el cuerpo de otro.
Entonces se dio cuanta de lo que pasaba. Claro que estaba pilotando el cuerpo de otro. Aquel cuerpo no era suyo, sino de Rihan. Y esos exorcistas querían quitárselo.
—¡NO LO PERMITIRÉ! —ladró Sanmoto Gorozaemon—. ¡Este cuerpo es mío! ¡Mío! ¡Yo lo conseguí! ¡Al igual que este poder! ¡Y nadie me lo quitará!
No había tiempo para finuras. El reloj corría en su contra. Apartaba a los yokai entrometidos como si fueran sacos de arena. ¿Qué algunos conseguían herirle? Futesas sin importancia. Ellos no eran importantes. Si le ponían zancadillas, aplastaba sus piernas. Si le ponían trabas, las cortaba sin miramientos. Sólo tenía ojos para Yura y, sobre todo, para Rikuo. Él era el eslabón débil. Si lo mataba, el exorcismo terminaría y el fantasma del odiado Seimei desaparecería.
—¡RIKUO! —exclamó Hagoromo-Gitsune cuando Sanmoto Gorozaemon la envió por los aires con una ráfaga del Martillo de Mao.
—¡Rikuo! —repitió a su vez Yura. Quería actuar, pero si perdía la concentración, todo su esfuerzo no habría servido de nada.
El Rey Demonio sonrió. Estaba al borde del infarto, pero ya nadie le detendría. Levantó su espada sobre la cabeza de Rikuo.
—Se acabó —declaró Sanmoto.
Pero justo antes de que el filo mellado del Martillo de Mao rozara los blancos cabellos del kitsune, una hoja de hielo paró el golpe. En el último momento, Tsurara había cruzado su lanza con la espada del malvado.
—¿Es que siempre tenéis que fastidiarme, malditos yokai? —protestó Sanmoto Gorozaemon, como un niño caprichoso al que le hubiesen negado un gigante.
Hizo fuerza para apartar a la entrometida Yuki-onna, pero la dama de las nieves no cedió un palmo de terreno.
—¿Una muñeca insignificante como tú se atreve a desafiarme? —dijo el Rey Demonio incrédulo.
—¡Sí! —declaró Tsurara con convicción absoluta—. ¡No pasarás! ¡Haré lo que haga falta para detenerte, asesino!
Sanmoto Gorozaemon no entendía lo que estaba pasando. ¡Por qué no podía apartar de su camino a aquella Yuki-onna? Había oído hablar de ella por los informes de Encho y Yanagida. Una simple dama de las nieves de la estirpe de las montañas del norte, nadie importante, nadie de quién preocuparse. En teoría, debería haberla podido espachurrar como a una cucaracha. Entonces, ¿por qué esa Yuki-onna seguía manteniendo su posición? Maldita sea, ¿por qué no cedía?
Detrás de su protectora, Rikuo sonrió al ver el estupor en la cara de Sanmoto.
—Jamás lo comprenderás. No naciste yokai... No te criaste entre yokai... —señaló Rikuo—. Mira a tu alrededor.
A su pesar, Sanmoto Gorozaemon lo hizo. Miró a su alrededor. Lo que vio fue un conglomerado de yokai de pie o arrastrándose, cansados pero no rotos. Los enemigos con los que había luchado y que aún no se rendían. Y no eran sólo los yokai. Más allá, los habitantes de Nagoya se habían acercado al lugar de la batalla. En sus rostros se podían leer muchas emociones enfrentadas, pero sobre todo había esperanza.
Sus enemigos se acercaron, percibiendo su tranquilidad. Incluso el Gran Tengu del monte Kurama, viejo y herido, pareció recuperar su ímpetu.
—Miedo y esperanza son dos caras de la misma moneda, Rey Demonio —masculló Sojobo—. Osore, "miedo", es la sensación que todos tenemos ante lo desconocido. Las muertes, el dolor, las amenazas, sí, pueden aumentar el miedo... pero también otras cosas.
—¡No me des lecciones, viejo chocho! ¡Puedo con todos! ¡Nadie ha conseguido reunir más "miedo" que yo! —presumió Sanmoto.
—No importa lo poderoso que seas, una batalla de ayakashi es una batalla de miedos. Ahora que todo el mundo ha visto la verdad de tus engaños, ya no te queda nada. Incluso esa pequeña Yuki-onna es más temible que tú —señaló el Gran Tengu—. El "miedo" no es una mercancía que se pueda almacenar. Fluye. Tiene vida propia. Y cuando un amo no da la talla, busca uno nuevo. Igual que vuestra mal llamada "profecía". ¿La recordáis, Rey Demonio?
Oh, sí, Samoto Gorozaemon la recordaba perfectamente. La había escrito él, a fin de cuentas. Bueno, en realidad había sido idea de Encho, pero como él era una de sus partes, era lo mismo. ¿No? La había creado para robar el miedo de todo Japón. Que le adoraran como su Mesías salvador, que le hicieran más fuerte. Ya no la necesitaba, empero. Aún así, la tenía grabada a fuego en la mente.
Cuando el sol naciente al terror sucumba
y los muertos se levanten de sus tumbas,
el Mesías regresará del infierno
y salvará a los hombres del averno.
Él vencerá al demonio renacido
y traerá la paz a un mundo agradecido.
Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Había escrito esas líneas para que se ajustasen como un guante al escenario que había creado para su retorno al mundo de los vivos. Sin embargo, ahora que lo pensaba bien, ¿quién era "el demonio renacido"? ¿Quién "el Mesías que había regresado del infierno"?
Lo comprendió por fin. Los roles se habían invertido. Ahora él era el villano.
Sintió miedo. Más miedo del que nunca había sentido jamás. Y eso fue su perdición.
—¡Atrás! —exclamó Tsurara.
Y Sanmoto Gorozaemon retrocedió, empujado por una Yuki-onna a la que el miedo no afectaba, porque a ella la sostenían una fe y un amor capaz de mover montañas.
Para entonces, Hidemoto y Seimei habían finalizado sus preparativos.
—Todo tuyo, Abe-kun —dijo Hidemoto.
La voz de Seimei se llenó de solemnidad.
—Oh, doce dioses de vanguardia —recitó el onmyoji—, ¡expulsad a los cien demonios y exorcizad las calamidades!
Sanmoto Gorozaemon sintió que se partía por dentro. Era irónico, en su día había preparado un arma secreta similar para neutralizar a Hagoromo-Gitsune. Sin embargo, ahora era él el que sufría en sus carnes el verse desconectado de su cuerpo. No, más que desconectado. La fuerza de la técnica de los dos grandes onmyoji del pasado estaba despegándolo literalmente del cuerpo que poseía.
Fue como si alguien hubiese extirpado un gigantesco tumor de maldad pura. Después de una larga agonía, las dos piezas se separaron. Por un lado, una gran masa oscura flotó en el espacio. Por el otro, una figura de largo cabello negro cayó sobre el suelo.
—¡RIHAN! —gritó Setsura.
La dama de las nieves de los Nura se lanzó sin pensárselo ni un segundo. Se arrodilló junto al cuerpo caído de Rihan y lo acunó entre sus brazos. Estaba débil, demacrado, y con cara de haber pasado por un trauma terrible. Pero estaba respirando. Estaba vivo.
—¿Setsura...? ¿Nee-san? —murmuró Rihan—. He.. he... una pesadilla... yo... oh, dioses... me arrepiento tanto... lo siento, lo siento, lo siento...
—Tranquilo, Rihan, estás a salvo, estás a salvo...
La Yuki-onna lo arrulló como a un niño pequeño. Lágrimas de felicidad se congelaron en sus mejillas. Era un milagro. Después del Nurarihyon, creía haber perdido a Rihan para siempre. El cielo era clemente a veces.
Rikuo también estaba contento. Había cumplido la promesa que le había hecho al Nurarihyon meses antes. Por fin pudo romper la concentración. El fantasma de su padre se disipó, aunque no sin antes dirigirle unas últimas palabras de apoyo.
—Buen trabajo, hijo mío. Estoy orgulloso de ti —le dijo Seimei a su hijo.
—Gracias, papá —Rikuo sonrió.
Por desgracia, Sanmoto Gorozaemon no estaba dispuesto a admitir la derrota. Aunque había perdido su cuerpo, ahora todas sus energías oscuras y maléficas se concentraban tomando forma. Era una forma retorcida, llena de órganos imposibles, lenguas ácidas y huesos afilados. Era masiva, enorme, el reflejo de un rencor acumulado durante siglos. Parecía poder oscurecer el mismo sol. Era, en definitiva, la personificación del resentimiento del Rey Demonio.
—¡Maldito Seimei! ¡Maldito Clan Abe! Yo no... ¡Yo no seré destruido! —ladró aquella masa de odio informe.
Kurotabo y Kubinashi sintieron un escalofrío. Conocían aquella "cosa". Era la forma real y definitiva del Rey Demonio, la misma que había surgido cuando Sanmoto Mikanbune se empapó de las energías acumuladas en su Tetera del Conquistador, la herramienta que había usado para crear el Clan de las Cien Historias.
Sanmoto se había vuelto tan grande que derrumbaba los edificios de Nagoya a su paso, mientras daba vueltas poseído por un dolor y una rabia incontenibles.
—¡Aaaah! —exclamó Tsurara al ver que se le venía un cacho de rascacielos encima.
—¡Cuidado! —Rikuo la apartó del peligro y se la llevó en volandas—. Gracias por el rescate de antes, Tsurara, pero no bajes la guardia. Ese tipo sigue siendo peligroso.
—¡Hay que mantener las distancias! ¡Todos, apartaos! —ordenó Hagoromo-Gitsune.
Así lo hicieron. El nuevo cuerpo abominable del Rey Demonio dejaba caer tentáculos de oscuridad que emponzoñaban el mismo suelo. Nuevos portales al infierno se abrían sin parar, trayendo hordas de muertos vivientes para suplir a los caídos. Sin embargo, ya no obedecía a una estrategia predefinida. No había un plan detrás de aquel último gesto de destrucción. Sanmoto Gorozaemon ya no pensaba. Se había convertido en una bola de rencor puro, nada más.
—¡Os odio! ¡Os odio! ¡Os odio! —repetía el Rey Demonio con voz tenebrosa.
—Rikuo, ¿cómo vamos a derrotar a esa cosa? —le preguntó Yura alarmada.
Para su asombro, su amigo de la infancia no parecía en absoluto preocupado. Rikuo observó a Sanmoto Gorozaemon con calculadora displicencia.
—No hacen falta más trucos —concluyó Rikuo—. Esa cosa de ahí no es más que una masa de odio enorme.
—¿Eh?
—¿No lo notas, Yura? Lo único que hace es arrasar lo que encuentra a su paso. Sólo le mueve su sentimiento de hostilidad hacia todo y todos. Por eso, no importa lo inflado que esté, ni siquiera es capaz de sentir el "miedo" de otros —Rikuo entonces hizo aparecer su Ichibi no Tachi, su Espada Larga de Una Cola—. Yo mismo me encargaré de él. Frente a frente. Sólo necesito que la abuela me... ¿Abuela?
En aquel momento, mientras los demás mantenían las distancias, Hagoromo-Gitsune se había acercado a apenas unos metros del enfurecido Sanmoto Gorozaemon.
—Tu odio no es comparable al de una kitsune, Rey Demonio —dijo la Señora del Pandemónium—. Sé que estás tan embrutecido que no me puedes entender, pero escúchame y recibe la maldición del zorro, la maldición que no se puede romper. Yo te maldigo, Sanmoto Gorozaemon. Maldigo tu espíritu hasta el fin de los tiempos. No encontrarás descanso ni en este mundo ni en el siguiente. Sólo en el olvido encontrarás la paz.
Tal como había predicho, el enloquecido Rey Demonio ni siquiera se percató de su presencia, mucho menos de su maldición. Entonces Hagoromo-Gitsune se volvió hacia Rikuo y le arrojó la Nenekirimaru, la espada exorcista por excelencia.
—Acaba con esta historia, Rikuo.
—Ahora mismo, abuela —respondió su nieto.
En su mano derecha la Ichibi no Tachi. En su mano izquierda la Nenekirimaru. Y enfrente suyo la masa retorcida y caótica de Sanmoto Gorozaemon.
Rikuo respiró hondo. Luego dio un salto.
Por su padre. Por su abuela. Por su clan. Por su amiga Yura. Por Tsurara. Por todas y cada una de las personas a las que Sanmoto Gorozaemon había arruinado la vida.
—Se acabó —dijo Rikuo, las mismas palabras que el Rey Demonio había usado con él.
Fue un golpe duro y difícil. Tuvo que atravesar metros y metros de odio enquistado en forma de músculo y grasa emponzoñados. Pero la Nenekirimaru cortaba el "miedo" como un cuchillo caliente la mantequilla, y la Ichibi no Tachi le ayudaba a abrirse paso. Al final, logró partir al Rey Demonio en dos.
—Os... odio... —musitó Sanmoto Gorozaemon por última vez.
Hubo una explosión y el cuerpo del Rey Demonio voló por los aires. Sus pedazos se desintegraron, hasta que no quedó rastro alguno del ser que había causado la ruina de tantos.
Con la muerte de Sanmoto, sus hordas de muertos vivientes se derrumbaron de inmediato. Ya no estaba la fuerza que los animaba como marionetas. Los portales que había abierto entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se cerraron. Y las leyendas urbanas y las historias de terror que había dejado sueltas para crear el caos perdieron su fuerza y se esfumaron. Algunas sobrevivieron, pero todas sintieron que había llegado el momento de retirarse.
Era la victoria.
—¡Rikuo! ¡Lo has conseguido! —exclamó Tsurara alborozada. Vencida su vergüenza, se arrojó a los brazos de Rikuo y le plantó un beso helado.
Rikuo se puso colorado, mientras los demás se rieron. Pues habían acudido a felicitarlo no sólo los miembros del Clan Abe, sino también la gente de Tokio y de Toono. Incluso Tamazuki se permitió un escueto "no ha estado mal" a la hora de dirigirse a Rikuo. El único que se quejaba era Tsuchigumo. El gigante de Kyushu seguía sin brazos ni piernas y se lamentaba por haberse perdido la pelea de su vida.
Una de las pocas personas que no se unía a las celebraciones era, paradójicamente, Hagoromo-Gitsune. Tranquila al saber que su odiado enemigo había desaparecido por fin y que su familia estaba a salvo, la kitsune había devuelto su atención al cuerpo destrozado de Kyokotsu. En aquel momento le estaba dando parte de su "miedo" y estaba colaborando con los tengus y varios médicos de clanes aliados para mantener a la pequeña con vida hasta que pudieran llevarla al estanque de la aldea Hanyo. No sería la única, seguramente; la pelea contra Sanmoto Gorozaemon había dejado un gran número de heridos.
En cuanto a Yura, la chica se cruzó de brazos, algo disgustada.
—¡Eh! ¡Que sin el Hagun de la familia Keikain esto no habría sido posible! —señaló la onmyoji.
—Cierto. ¡Vente conmigo! —Rikuo la arrastró consigo para recibir los parabienes de los presentes.
—¡Espera un momento! ¡No te tomes tantas libertades! —protestó Yura.
—Disfruta de la ocasión, canija, ahora que puedes —le aconsejó Ryuji con una sonrisa maliciosa.
Sin embargo, la sonrisa le duró poco. Por el rabillo del ojo, Ryuji vio como grupos de personas, la mayoría habitantes de Nagoya o soldados supervivientes de la JSDF, se acercaba con paso lento y cauteloso hacia ellos.
—¿Problemas? —le preguntó Akifusa a Ryuji entre susurros.
—Ahora lo veremos —masculló su primo.
—¿Qué hacemos si intentan atacar a los yokai?
—Proteger a los humanos... supongo —respondió Ryuji a regañadientes.
Los yokai se percataron de la presencia de los humanos y pusieron mala cara. Todos recordaban perfectamente cómo los habían perseguido durante días, azuzados por las mentiras de Sanmoto Gorozaemon. Muchos les estaban grabando o haciendo fotografías con sus móviles, y colgando las imágenes en Internet. Por si quedaba alguna duda, ya nadie podía negar la existencia de los yokai. La luz había entrado en el reino de las tinieblas.
Muchos yokai se pusieron en guardia, pero Rikuo se adelantó.
—Que haya paz. No hemos terminado una guerra para empezar otra —les dijo a los suyos.
No todos estaban convencidos, pero se quedaron quietos. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando, al ver a Rikuo, los humanos empezaron a lanzar gritos de júbilo y a aplaudir a rabiar.
—¿Qué está pasando aquí? —se sorprendió Hagoromo-Gitsune, frunciendo el ceño. Como siempre, la milenaria kitsune se olía una trampa.
—La profecía —respondió sencillamente el Gran Tengu del monte Kurama con una sonrisa.
Como para confirmar las palabras de Sojobo, muchos de los presentes empezaron a alzar los puños y gritar:
—¡Mesías! ¡Mesías! ¡Mesías! ¡Mesías!
00000
Kantei, Tokio
A varios kilómetros de distancia, el Primer Ministro de Japón y su Ministro de Defensa estaban observando las imágenes que llegaban desde Nagoya con suma atención. Tendría que pasar mucho tiempo para que pudieran asimilar toda esa información, pero una cosa estaba clara: estaban salvados.
—¿Cuánto tiempo queda? —preguntó el Primer Ministro.
—Once minutos —respondió su colega tras consultar el reloj.
—Que me pongan con la Casa Blanca. ¡Ahora!
00000
Afueras de Nagoya
Yosuzume, la yokai de alas negras como la noche, había observado lo ocurrido sin intervenir.
Nadie se había percatado de su presencia. Eso era bueno. A fin de cuentas, pocos solían reparar en ella. Para los yokai de Shikoku, había sido una traidora. Para el Clan de las Cien Historias, una aliada veleidosa. Sanmoto Gorozaemon ni siquiera había cuestionado su ausencia. El muy bruto se había creído invencible. Tal vez las cosas le habrían ido mejor de haber contado con más ayuda, en lugar de absorber a los suyos como baterías de poder.
A Yosuzume no le importaba. Sanmoto Gorozaemon había sido un amo temporal más. Pese a la creencia de sus enemigos, a ella no le faltaba lealtad. De hecho, se consideraba la criatura más leal del mundo. Lo que pasaba era que pocos conocían a su verdadero amo.
Echó a volar. Ya no tenía nada más que hacer allí. Tenía que volver a casa e informar de lo que había sucedido en Nagoya.
Los Gokadoin querrían respuestas.
Notas adicionales:
Bueno, hemos llegado al penúltimo capítulo de esta larga aventura. El próximo capítulo será el último de Kitsune no Mago y, sí, como prometí, habrá boda por todo lo alto.
A la espera del broche final a esta historia, no puedo sino agradecer de todo corazón a los lectores que me han acompañado hasta aquí, y muy especialmente a mis maravillosos reseñadores: Suki90, Lonely Athena, Nayrael, Rayhachibi, poisonousgolem, Shiroyasa, OsoreKitsune y muchos, muchos más.
Y ahora ciertas aclaraciones:
* Las koinobori son banderas en forma de carpa que son muy típicas de Japón. Se cuelgan de un mástil y se dejan ondear al viento. Es tradición que en el día de los niños se coloque una carpa negra simbolizando al padre, una carpa roja simbolizando a la madre, y luego carpas más pequeñas que representan a los niños del hogar.
* La escena de Tsuchigumo sin brazos ni piernas y hablando de "heridas superficiales" es, por supuesto, un guiño al Caballero Negro de los Monty Python.
* Los lectores del manga recordarán que no es la primera vez que Kyokotsu se sacrifica por su adorada Hagoromo-Gitsune. No podía desaprovechar una escena así.
* El exorcismo utilizado es, con algunos añadidos, el mismo que utilizó Hidemoto Decimotercero contra Hagoromo-Gitsune en el manga cuando la kitsune y el Nurarihyon se enfrentaron. Ya que no pudo utilizarlo contra la señora de los yokai de Kioto, estoy seguro de que Hidemoto querría darle un nuevo uso. El añadido principal es el ciclo de destrucción que recita Seimei, que es de hecho el Ko del Wu Xing y los cinco elementos.
* Sanmoto Gorozaemon como una simple bola monstruosa de odio y rencor aparece por primera vez en el capítulo 182. Qué decir tiene que, aunque impresionante, acaba exactamente igual que aquí.
Próximo capítulo: "Siete años después".
