Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Rikuo se enfrenta a Sanmoto Gorozaemon con el futuro del mundo pendiendo de un hilo. Gracias a sus amigos y al espíritu de su padre, resucitado gracias a la técnica Hagun, logra la victoria sobre el malvado Rey Demonio.
Siete años después
"Ya no hay vuelta atrás".
Era un pensamiento compartido por muchos, tanto humanos como yokai. Sanmoto Gorozaemon había devastado el país y había demostrado ante las cámaras de medio planeta que la magia, los espíritus y los monstruos que durante siglos habían atormentado la imaginación de los mortales no eran simples ilusiones, sino una realidad. Los yokai estaban a la vista de todos. No podían volver a esconderse.
Alguien habría pensado que la victoria de Rikuo sobre Sanmoto Gorozaemon habría convertido a los yokai en héroes. Y algo de ello había, ciertamente. En los días posteriores a la derrota del Rey Demonio, muchos habitantes de Nagoya cantaron las alabanzas del joven kitsune que los había salvado de la destrucción. En Kioto, patria de leyendas, también se mostraron abiertos de miras.
Por desgracia, eran la excepción.
Aunque reveladas como burdas mentiras creadas por Sanmoto Gorozaemon para hacerse con el poder, las acusaciones que éste había vertido sobre los yokai seguían presentes en muchas mentes y corazones. A fin de cuentas, era difícil aceptar de buenas a primeras que aquellos "monstruos" (porque así les llamaban, "monstruos") fueran los héroes del día. De hecho, muchos humanos les acusaban a partes iguales de la devastación provocada por el Rey Demonio. ¿No había sido todo una lucha por el poder entre clanes de demonios? ¿Por qué tenían que pagar los pobres ciudadanos de Japón por las tropelías de aquellos engendros criminales?
—¿Cuándo acabará, abuela? —le había preguntado Rikuo un día a Hagoromo-Gitsune.
—Nunca —había respondido la Señora del Pandemónium.
Alguien podría haber acusado a la kitsune de ser demasiado cínica. Después de todo, y gracias a la mediación de los Keikain, el Clan Abe había podido volver a su mansión de Kioto. Las autoridades locales se habían mostrado respetuosas, fruto del sentimiento de culpabilidad. El gobierno central era más frío. No había dicho ni una palabra sobre los yokai, ni a favor ni en contra. Sin embargo, al menos ya no enviaba a sus soldados contra ellos.
Los que ahora asediaban las puertas de la mansión eran otra clase de buitres: los periodistas.
Después de semanas de inacción, el gobierno había decidido llevar el "asunto yokai" al Tribunal Supremo de Japón. La pregunta clave: ¿eran los seres sobrenaturales, vulgarmente conocidos como "yokai", ciudadanos de Japón?
La polémica estaba servida. Para el Tribunal Supremo fue una patata caliente poco bienvenida. Aunque la corte de mayor categoría del país estaba facultada para decidir sobre la aplicación de la Constitución en las leyes, el Tribunal Supremo solía aborrecer estos casos y tendía a delegar la responsabilidad en el gobierno. Ahora, sin embargo, tenía que enfrentarse a un largo y costoso proceso de reflexión ante las miradas atentas de miles de millones de personas de todo el planeta.
Durante semanas, partidarios del "sí" y del "no" se enfrentaron en las tribunas, en los periódicos, en los debates televisivos y en las calles. El país era un hervidero de opiniones encontradas.
Reporteros de todo el mundo habían acudido al país del Sol Naciente para cubrir las reacciones de los ciudadanos nipones. Muchos extranjeros se preguntaban también si habría criaturas semejantes en sus fronteras. De repente, las historias sobre vampiros, súcubos y hombres lobo ya no parecían tan risibles. Por desgracia, este acoso mediático estaba acompañado demasiado a menudo por otro acoso más violento: casas incendiadas, guaridas taponadas, gente acusada de ser yokai (irónicamente, los inquisidores raramente acertaban con sus víctimas; la mayoría de los acusados no tenían ni una sola gota de sangre yokai en sus venas).
Ante semejante muestra de desagradecimiento y mala voluntad, muchos entre los clanes yokai propugnaban una respuesta rápida y sangrienta. "Que aprendan a temernos", decían. No obstante, pocos se atrevieron a dar ese paso.
La razón era que los grandes líderes yokai habían acordado esperar hasta ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. En particular, la decisión del Tribunal Supremo. Volver a esconderse había dejado de ser una opción; ya sólo quedaba unirse a la nación japonesa o empezar una guerra total. El mayor defensor de este acercamiento pacífico no había sido Hagoromo-Gitsune, que gratamente habría enarbolado su espada para defender a los suyos, sino el recién reinstaurado líder del Clan Nura: Rihan, el hijo del Nurarihyon. Aunque debilitado por sus años de prisionero de Sanmoto Gorozaemon, su carisma y su poder seguían siendo suficientes para mantener el orden en Kanto e influir en los ánimos exacerbados de los demás.
A todo esto, ¿qué ocurría con Rikuo durante todas estas semanas y meses de tensión? El pobre muchacho sufría. Durante años había intentado rehuir su lado yokai e integrarse perfectamente en el mundo humano. Ahora que por fin había aceptado su sangre sobrenatural, veía que las puertas de la humanidad se le habían cerrado. No podía ir a clase sin ser atacado. No podía salir a la calle sin ser rodeado. Sólo cuando por las noches se convertía en kitsune y saltaba de tejado en tejado, podía sentir algo de libertad.
Yura venía casi todos los días a la Mansión Abe, pasándole libros y deberes. También le confiaba datos de las charlas que los onmyoji de medio Japón mantenían entre sí sobre el "asunto yokai".
—La mayoría están de nuestra parte —le dijo Yura—. Saben que durante años hemos estado al pie del cañón, no como esos estirados de los Tsuchimikado. Los únicos que podrían oponerse realmente serían los Gokadoin, pero hace años que nadie sabe de ellos.
Rikuo escuchaba y no escuchaba. Estaba preocupado. ¿Qué pasaba si al final Japón decidía volverse en contra de los yokai? ¿Se vería él obligado a luchar contra la misma gente que meses antes había intentado salvar?
Afortunadamente, tenía a Tsurara con él. Lo que había sido una chispa se había ido inflamando hasta ser una llama que calentaba su corazón en aquellos días oscuros.
—No sé qué haré, Tsurara —le había confiado Rikuo más de una vez, cogidos de la mano bajo la luz de la luna.
—Yo sí lo sé —había dicho la Yuki-onna con seguridad.
—¿Ah, sí? —había preguntado Rikuo sorprendido.
—Harás lo que sea bueno y justo, porque eso es lo que siempre haces —había afirmado Tsurara con una sonrisa que reconfortaba el ánimo—. Lo que opinen los demás es secundario. Yo estoy contigo, Rikuo. Para siempre.
Para Rikuo, sus palabras eran un soporte salvador. Y como tantas otras veces, se besaron. El aliento frío de ella era para el muchacho un bálsamo que aplacaba sus nervios y alejaba las preocupaciones, aunque fuera sólo por un instante mágico.
Y entonces sucedió.
Un día, sin avisar a nadie, Hagoromo-Gitsune en persona se presentó en el Palacio Imperial de Tokio con sus mejores galas para pedir una audiencia con el Emperador. Al principio nadie quiso recibirla, pero a fuerza de insistir (y de aterrorizar a los vulgares subalternos que se atrevían a tratarla sin el respeto que merecía), el Tenno le concedió una breve entrevista fuera de los cauces habituales.
Nadie supo jamás lo que pasó allí. Ni Hagoromo-Gitsune ni el Emperador dijeron nada al respecto. Pero a los miembros del Clan Abe no se les escapaba que su líder había sido parte de la familia imperial en reencarnaciones anteriores. Era probable que el actual Emperador descendiese de ella sin saberlo. Había cosas que sólo podían entenderse entre familia.
Cualquiera que fuera la influencia que aquella breve y cuasi-secreta audiencia tuvo en los ánimos de los gobernantes, el caso es que el Tribunal Supremo anunció por fin su veredicto:
—Habiendo examinado las leyes que nos gobiernan y habiendo comprobado que los seres sobrenaturales, vulgarmente conocidos como "yokai", son capaces de entendimiento y raciocinio, que pueden comprender y respetar los derechos y deberes recogidos en la Constitución, que son nacidos en el país y que se consideran a sí mismos nacionales, decretamos: que los seres sobrenaturales son "personas" y, por tanto, ciudadanos de pleno derecho de la Nación japonesa.
La alegría entre los yokai fue indescriptible. Pero no en todos.
Para muchos, aceptar aquel fallo judicial significaba renunciar a las sombras y someterse a la tiranía de la luz y las reglas de los humanos. Muchos clanes dependían del miedo que causaban en los humanos para ser fuertes, así que tener que respetar las leyes del país los convertía en criminales. Más de uno observó que aquella decisión favorecía sobre todo a los clanes más antiguos y poderosos de Japón, como los Abe y los Nura, que habían acumulado "miedo" durante generaciones y cuyos miembros eran tan famosos que no necesitaban nada más para ser fuertes. Otros no tenían tanta suerte, por no hablar de seres sobrenaturales como las leyendas urbanas, no asociadas a ninguna familia en concreto y que sólo vivían para causar el caos.
Hubo protestas, peleas y conatos de revuelta. Afortunadamente, cualquier intento de empezar una guerra con los humanos fue acallado antes de empezar. Bien por la diplomacia, bien por la fuerza, los grandes clanes yokai de Japón se aseguraron de que nadie obstaculizase el camino a la paz.
Los únicos que se dieron cuenta de aquel conflicto encubierto fueron los onmyoji, pero estos se callaron. A ellos también les interesaba un Japón en calma.
Sí, la transición a un nuevo país donde humanos y yokai pudiesen vivir en igualdad de condiciones no fue sencilla ni pacífica. Entre los humanos tampoco faltaban voces que pedían encerrar a los yokai en campos de concentración. Ahora que las criaturas de las tinieblas habían salido a la luz, también lo habían hecho sus crímenes. No había semana en que no se publicase una noticia al respecto. Pero también ellos fueron acallados por un gobierno deseoso de calma y tranquilidad.
La situación no era perfecta, pero nada en esta vida lo es. En cualquier caso, el Clan Abe se adaptó a los cambios, como había hecho durante siglos. Y siete años después, un frío 11 de noviembre, el grupo yokai más grande y poderoso de Japón se dispuso a olvidarse por un rato de sus preocupaciones mundanas para celebrar un evento de lo más especial: la boda del heredero del clan, Abe no Rikuo.
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Mansión Abe, Kioto
Rikuo estaba más nervioso que nunca. Se había enfrentado a Kidomaru, había vencido al Nurarihyon por la mínima y había logrado destruir a Sanmoto Gorozaemon para siempre. Sin embargo, nada le había preparado para la mayor aventura de su vida: el matrimonio.
—Si no te estás quieto, no podré ayudarte a ponerte el kimono —le dijo Wakana.
El chico suspiró. Ya no era el niño de antaño, sino que se había hecho todo un hombre, pero aún así había cosas que nunca cambiaban. Su madre estaba radiante de felicidad, mientras que a él le temblaban las piernas. Casarse era algo aterrador. Le reconfortaba saber que la primera parte de la ceremonia, celebrada en un templo cercano dedicado a Inari, sería pequeña y recogida. Sólo acudirían familiares y amigos íntimos.
Sin embargo, después vendría la recepción. Una vez terminada la boda propiamente dicha, habría que agasajar a los más de 500 invitados que llegarían a la Mansión Abe desde los cuatro rincones de Japón. Por no hablar de los 10.000 vasallos del Clan Abe, claro.
Esos números mareaban a Rikuo. Por desgracia, no tenía otra opción. Así que se calló e hizo lo que su madre le pedía.
Wakana acarició la tela negra del montsuki, el kimono masculino tradicional de las bodas. El de Rikuo estaba lujosamente decorado con hilos de plata que dibujaban el emblema de la familia Abe.
—A tu padre le habría encantado verte con este kimono —murmuró Wakana.
Rikuo le pasó un brazo por los hombros.
—Lo sé, mamá. Yo también querría que estuviera aquí. Tal vez podría usar el Hagun...
—¡No! —exclamó su madre, sorprendiéndole un poco—. Lo pasado, pasado está. Sé lo que te cuesta esa técnica, Rikuo. Este es tu día. Tienes que disfrutarlo.
El chico le dio un beso en la frente.
—Gracias, mamá.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió y por ella entró Hagoromo-Gitsune, envuelta en un elegante kimono negro.
—¿Aún no estás listo, Rikuo? —le preguntó a su nieto.
—Todavía no, abuela. Lo siento.
—Oh, por mí no lo sientas —Hagoromo-Gitsune esbozó una media sonrisa maliciosa—. Si quieres sentirlo por alguien, siéntelo por tu prometida. Está abajo, aguantando los nervios.
Rikuo hizo una mueca de sorpresa y disgusto.
—¿Tsurara me está esperando ya?
Por toda respuesta, la kitsune se encogió de hombros, dando a entender que le importaba un comino.
Rikuo masculló algo ininteligible. Su abuela había cambiado muy poco en aquellos siete años. Seguía siendo muy hermosa, una dama de exquisita belleza monocromática, pero sus ojos no habían perdido su fría determinación y su lengua era tan afilada como siempre.
En público sabía comportarse, eso sí. Cuando le convenía, se hacía la niña buena, especialmente delante de los periodistas y políticos influyentes. Pero era una máscara. De puertas para adentro, seguía siendo la calculadora y temible Señora de la Oscuridad de Kioto.
El proyecto más ambicioso de Hagoromo-Gitsune era la futura Confederación de Partidos Sobrenaturales de Japón. Aunque los yokai no eran muy amigos de los procesos democráticos para dirimir conflictos, entendían mejor que nadie las jerarquías de un partido político. Así, los clanes regionales habían empezado a fundar sus propios partidos, que enmascaraban con una pátina de legitimidad democrática las antiguas estructuras de poder feudales o mafiosas.
Curiosamente, los yokai de Toono fueron la excepción. Como no aceptaban ningún poder por encima de ellos, tampoco iban a dejar que un partido político se arrogase la facultad de convertirse en su representante de cara al exterior. Paradójicamente, este sentimiento de individualidad e independencia les había convertido en el grupo más entusiasta ante la idea de participar en unas elecciones. Los atribulados jefes de comunicación de los partidos humanos oficiales casi se murieron del susto cuando guerreros yokai de las salvajes montañas del norte empezaron a acudir a sus sedes para pedir información sobre sus programas o sus requisitos de militancia.
En cuanto al resto de clanes yokai, el mayor problema era la falta de unidad. Sí, había muchos Partidos Sobrenaturales regionales, pero si querían tener la oportunidad de influir en la política nacional, necesitaban unirse. Una Confederación, donde todos fueran más o menos independientes pero compartiendo un objetivo común, parecía la solución idónea. Claro que la CPSJ necesitaba unos dirigentes y representantes oficiales, y allí estaba el meollo del asunto.
Hagoromo-Gitsune, como Señora del Pandemónium, exigía ser la presidenta de la CPSJ. Tenía a su favor los votos del Partido Sobrenatural de Kansai, así como los del Partido Sobrenatural de Shikoku (para los observadores externos no parecía tener sentido que el partido de Shikoku estuviese bajo la administración de Kioto; lo que no sabían era que, según las reglas yokai, los de Shikoku eran vasallos del Clan Abe). Pero no era suficiente. Hagoromo-Gitsune confiaba en que una negociación con los líderes del Clan Nura desbloquease la situación. La boda era una excusa perfecta para ello.
—Cuando termines tu luna de miel, seré la Presidenta de la Confederación de Partidos Sobrenaturales —proclamó la kitsune con confianza—. Espero que entonces aceptes mi oferta de convertirte en el líder oficial del Clan Abe. Inari sabe que ya tengo bastantes responsabilidades.
Rikuo puso los ojos en blanco.
—Abuela, hoy es el día de mi boda. No estoy para politiqueos.
—Creí que a estas alturas ya habrías aprendido que no puedes huir de tu destino, Rikuo —se burló la kitsune—. ¿Acaso no te llaman todos "Mesías", incluso entre los humanos?
—No me lo recuerdes —Rikuo suspiró—. Por culpa de Sanmoto, voy a cargar con ese sambenito el resto de mi vida.
—Oh, ¿acaso crees que tu padre eligió el nombre de "Nue", o que yo inventé el de "Hagoromo-Gitsune"? Los títulos no se crean a gusto del interesado, sino que se ganan a ojos de los demás.
Rikuo levantó las manos en un gesto de frustración.
—¡Lo que sea! Ya hablaremos después de eso, abuela. ¡Me tengo que vestir ya! ¡Tsurara me está esperando!
Hagoromo-Gitsune se retiró con una sonrisa condescendiente, no sin antes revolverle el pelo a su nieto. Wakana se puso manos a la obra y en poco tiempo Rikuo estuvo vestido de gala.
—¡Estas guapísimo, Rikuo! —le dijo su madre alborozada.
El chico inspiró y espiró con calma.
—Está bien —musitó Rikuo—. ¡Estoy listo!
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Apenas había bajado las escaleras al piso inferior, cuando Rikuo oyó una voz perentoria que le echó la bronca sin reparos:
—¿Dónde te habías metido, Rikuo! ¡Has tardado una eternidad!
Quien así había hablado era Yura. Su amiga de la infancia frunció el ceño con manifiesta irritación, lo que estropeaba su imagen cuidada y elegante. Como amiga íntima de la familia, la onmyoji había sido invitada a la primera parte de la ceremonia.
Keikain Yura había cambiado mucho en los últimos años. No en estatura, por desgracia para ella; su complejo de bajita era más fuerte que nunca. Lo que sí había crecido había sido su cabello. Ahora Yura lucía una espléndida melena negra que era la envidia de muchas jóvenes Keikain, que admiraban el talento y el saber estar de la nueva líder de la familia.
Hidemoto 27º había muerto tres años antes, llorado por los suyos. Estaba viejo y las heridas sufridas durante la guerra contra Sanmoto Gorozaemon habían terminado por pasarle factura. Sin embargo, el anciano patriarca pudo descansar tranquilo sabiendo que dejaba el clan en buenas manos. Ya nadie dudaba de Yura. Su poder era abrumador y su liderazgo durante la crisis de siete años atrás la había ensalzado entre los suyos. Bueno, no entre todos; su hermano mayor, Ryuji, seguía siendo tan incordiante como siempre.
Era también una época dorada para el onmyodo. Ahora que nadie dudaba de la existencia de los yokai, muchos se habían dirigido a los antiguos exorcistas en busca de respuestas. Los que antes se reían de ellos ahora los respetaban. El gobierno había sufragado los gastos de varias escuelas para onmyoji. Después de todo, por mucho que los grandes clanes yokai hubiesen apoyado la transición, siempre era conveniente tener una policía sobrenatural preparada para hacer frente a cualquier amenaza de los ayakashi. No todos eran pacíficos y no se podía confiar solamente en la buena voluntad de sus congéneres.
En aquellos años, la prioridad de Yura había sido mantener la independencia de la familia Keikain. Aunque agradecía el interés del gobierno, no pensaba dejar que les convirtiesen en sus marionetas. En su lugar, prefería cerrar tratos con las autoridades locales de Kioto y Kansai, tradicionalmente más comprensivas.
—Mis disculpas, Yura —se excusó Rikuo—. Me he retrasado demasiado con la ropa.
—Hum —rezongó su amiga, examinándolo con ojo crítico—. Al menos estás guapo. ¡Ahora corre escaleras abajo, que Tsurara te está esperando!
Rikuo obedeció sin rechistar. Yura suspiró. Para ciertas cosas, su amigo de la infancia era muy torpe. Aún así, le deseaba toda la felicidad del mundo aquel día. Se lo había ganado. Claro que una pequeña parte de ella, que siempre trataba de aplacar, pensaba: "¿y si hubiera sido yo?".
Pero no merecía la pena pensar en un futuro que jamás ocurriría.
Notó que una mano se posaba en su brazo. Al darse la vuelta, vio que Wakana le dirigía una sonrisa luminosa.
—¿Vamos abajo con los demás, Yura-chan? —le preguntó la madre de Rikuo.
Yura asintió.
—Sí.
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Cuando Rikuo vio por fin a Tsurara, se quedó sin habla.
En lugar del típico vestido rojo sobre un kimono blanco, Tsurara había decidido llevar por consejo de su madre un bellísimo traje de factura exquisita, bordado con hilo de zafiro y cuajado de símbolos sobre la nieve. Con aquellas ropas, Tsurara se había convertido en la auténtica personificación del invierno. No un invierno frío y cruel, sino un invierno de belleza etérea e inmaculada.
Pero no podía seguir sin respiración eternamente, así que Rikuo tomó aire y se disculpó por su retraso. Tsurara sonrió.
—He esperado siete años por algo que en su día parecía imposible. Esperar unos minutos más no me va a hacer daño —dijo la Yuki-onna con cariño.
Su madre, empero, no compartía la misma opinión. Setsura había viajado días antes desde Ukiyoe para poder asistir a su hija. El resto de los amigos del Clan Nura, incluido Rihan en persona, llegarían poco después. En cualquier caso, la mayor de las Yuki-onnas tenía poca paciencia para los retrasos. Quería que la boda de su hija fuese perfecta, y para eso necesitaba que el novio fuera puntual.
—El carruaje nos está esperando fuera. ¿Podemos partir ya? —preguntó Setsura con impaciencia. Claro que luego moderó su tono al ver llegar a Hagoromo-Gitsune. Lo último que debía hacer era soliviantar a la anfitriona—. Por supuesto, sólo si estamos todos. La señora Hagoromo-Gitsune tiene la última palabra.
La kitsune miró a un lado y a otro.
—Creo que falta alguien... ¡Kyokotsu! ¿Dónde está Kyokotsu? —quiso saber Hagoromo-Gitsune.
—¡Aquí estoy, hermana mayor!
Una chica corrió a toda prisa hacia el hall de la casa. Se trataba de Kyokotsu, la líder de la facción cadáver. La niña había crecido y se había convertido en una linda jovencita, aunque seguía conservando sus ojos dorados de serpiente y su gusto por los pasatiempos macabros. Y su dedicación por la señora Hagoromo-Gitsune era absoluta.
A decir verdad, Kyokotsu había estado a un paso de la tumba siete años atrás. Aquel golpe de Sanmoto Gorozaemon había volatilizado parte de su cuerpo. Afortunadamente, gracias al estanque sagrado de la aldea Hanyo, había podido salvar su vida. Luego había tenido que pasar por meses de curas y terapias hasta recuperarse del todo. Aquel mal trago había servido curiosamente para mejorar sus relaciones con Tsurara; si la Yuki-onna no hubiese conservado su cuerpo en hielo, probablemente habrían llegado demasiado tarde al estanque. Desde entonces, Kyokotsu insistía en llamar a la dama de las nieves "Tsurara-nee-san".
—Con cuidado, Kyokotsu. No vayas a tener un accidente justo un día como hoy —le advirtió Hagoromo-Gitsune.
—¡Claro que no! ¡Soy muy cuidadosa! Jamás estropearía la boda del hermano mayor —se defendió Kyokotsu. Después se fijó en los presentes—. ¿Soy la última que falta?
Sí, era la última. Estaban allí Rikuo y Tsurara, los novios. También Yura, la amiga de la infancia. Setsura, la madre de la novia, y Wakana, la madre del novio. Hagoromo-Gitsune, la abuela y anfitriona. Y la propia Kyokotsu, claro.
Era una comitiva muy, muy pequeña, pero era lo normal para aquella parte de la ceremonia. Cuando terminasen, regresarían a casa, se cambiarían de ropa y entonces recibirían a los miles de invitados a la fiesta. Eso sí que sería una auténtica celebración.
—Cuando quieras, Rikuo —dijo Hagoromo-Gitsune. Se volvió hacia sus lugartenientes, que esperaban junto a la puerta, un tanto compungidos por no poder acompañar a los demás—. Hakuzozu, Gashadokuro, os quedáis a cargo de la mansión. Si vienen invitados antes de tiempo, aseguraos de que son recibidos como merecen.
—¡Podéis contar con nosotros, señora Hagoromo-Gitsune! —declaró Hakuzozu—. La casa estará en orden y las cocinas habrán terminado de preparar el banquete para cuando regreséis.
En ese momento, Rikuo tomó la mano de Tsurara. La dama de las nieves y el joven señor de los Abe se miraron con una sonrisa.
—¿Vamos? —le preguntó Rikuo a su prometida.
—Vamos —respondió Tsurara con firmeza.
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En un principio, Hagoromo-Gitsune había planeado una ceremonia espectacular para la boda de su nieto. Se barajó usar el templo de Seimei en Kioto, el templo de Kuzunoha en Izumi, o incluso el gran Fushimi Inari. Sin embargo, Rikuo se opuso. No quería que su boda se convirtiese en un circo mediático. Bastante tenía ya con evitar a los periodistas en su día a día.
Cuando su abuela intentó convencerlo para que cambiase de opinión, Rikuo señaló:
—¿Cómo se casó papá? ¿Y cómo te casaste tú con el abuelo Yasuna? Tsurara y yo estamos de acuerdo en que queremos una boda íntima. Si no estás de acuerdo, nos casaremos nosotros dos solos por nuestra cuenta.
Contra esos argumentos Hagoromo-Gitsune nada podía hacer, así que al final dio su brazo a torcer. El lugar finalmente elegido fue un templo local, apartado y discreto, asociado a Fushimi Inari, por lo que también estaba dedicado a la diosa de la prosperidad y patrona de los kitsunes.
El transporte se realizó en limusinas negras con los cristales tintados para que nadie reconociese a los ocupantes. Si alguien les veía pasar, pensaría que se trataba de una pareja más que iba a celebrar su boda. En todo caso, la hora era temprana y había poca gente en las calles.
A la puerta del pequeño templo del barrio esperaban el sacerdote y las mikos, muy nerviosos. Sabían quiénes eran los prometidos y la responsabilidad que ello conllevaba. Su inquietud aumentó cuando Hagoromo-Gitsune bajó del coche. Para personas entrenadas en la espiritualidad como ellos, el poder de la kitsune era más que evidente. Afortunadamente, se calmaron un poco al ver la expresión de absoluta felicidad, mezclada con un poco de impaciencia y nervios, de los dos contrayentes. Rikuo y Tsurara eran contagiosos en su alegría.
Había también un fotógrafo, que había sido advertido muy claramente de las terribles consecuencias que podrían suceder si las fotografías que iba a realizar aparecían en los medios de comunicación.
—Si quieren posar junto a la puerta antes de la ceremonia... —sugirió el fotógrafo.
Así lo hicieron. Rikuo y Tsurara solos, luego con sus respectivas familias, luego el trío de amigos, etc. Cuando se quedaron satisfechos, el sacerdote y las mikos iniciaron la procesión al interior del recinto.
Una miko se ofreció a llevar el tradicional parasol rojo para ellos, pero Rikuo negó con la cabeza.
—Yo me encargo —dijo el muchacho, sujetando el guardasol carmesí sobre su cabeza y la de Tsurara. Notó que su encantadora prometida le observaba con una mirada curiosa—. ¿Te parece mal?
—¿Eh? ¡No, no, para nada! —se apresuró a responder Tsurara.
Era un poco vergonzoso sentirse tan emocionada por aquel gesto, como una adolescente cualquiera, pero la imagen de compartir un paraguas (o en este caso un parasol) con su amado la llenaba de contento. Era un símbolo auspicioso para la boda, desde luego.
La comitiva se puso en marcha, a un paso tranquilo y sosegado. Entraron en el templo propiamente dicho. Familia y amigos se hicieron a un lado para que los novios entrasen en la pequeña sala que contenía el altar de la diosa. Tsurara lo hizo cogida del brazo de Setsura, mientras que Rikuo, dado que su padre no estaba allí, lo hizo cogido del brazo de Wakana.
El sacerdote dio inicio a la ceremonia. Rikuo y Tsurara se inclinaron. Bajo los atentos ojos de las estatuas de Inari y sus kitsunes, el sacerdote procedió con la purificación ritual del lugar. Luego, el responsable del templo leyó una oración en japonés clásico.
Tras la oración, un poco aburrida, llegó el momento del intercambio. Rikuo sacó un rosario de lindas cuentas, el juzu, y se lo pasó a Tsurara. La dama de las nieves hizo lo mismo. Luego, con una sonrisa, Rikuo sacó una cajita con los anillos de compromiso.
Tsurara enarcó una ceja con aire divertido.
—¿No dijo la señora Hagoromo-Gitsune que no le gustaban estas modas occidentales? Hasta mi madre le dio la razón —comentó la Yuki-onna.
—Dado que vamos a vivir en una casa occidental, no creo que tenga nada de malo seguir alguna que otra costumbre extranjera. ¿Prefieres que los guarde?
—¡Para nada! Quiero que todo el mundo sepa que estoy casada con el hombre más maravilloso del mundo.
Rikuo sonrió y le puso con delicadeza uno de los anillos dorados. Tsurara hizo lo mismo con él. Eran unos aros simples, desprovistos de cualquier otra cosa que no fuese el metal amarillo, pero para la dama de las nieves significaban mucho.
Y entonces llegó la parte más importante de la ceremonia.
En la mesa que tenían frente a ellos había dos grupos de copas de sake apiladas en forma de torre. Cada torre tenía tres copas, una sobre otra, y las dos mikos que acompañaban al sacerdote empezaron a servir licor en cada una. Era el comienzo del ritual del san san kudo, "tres veces tres", que sellaba oficialmente la boda. Primero empezó Rikuo. Tomó la primera copa y la bebió en tres sorbos, como mandaba la tradición. Hizo lo mismo con la segunda, y después con la tercera.
Entonces fue el turno de Tsurara. Sujetó la primera copa con manos temblorosas y se la llevó a los labios.
Recordó una escena similar, siete años atrás. Entonces, el ritual de sakazuki había servido para que entrase a formar parte de la Procesión Nocturna de Rikuo. En aquel momento, Tsurara se había enfadado un poco al ver que el joven señor de los Abe había llenado las copas con cantidades iguales de sake. ¡Ella quería ser su subordinada! Entonces recordó con un estremecimiento de nostalgia la respuesta de Rikuo:
"No quiero que camines detrás de mí, sino a mi lado".
En aquel entonces, Rikuo no había entendido el significado completo de sus palabras. Ahora, sin embargo, se revelaban proféticas. Tsurara iba a caminar a su lado, para siempre, como su esposa y compañera. Como su amor.
Estaba tan ensimismada en sus recuerdos, que Rikuo tuvo que decirle:
—Te estás tomando tu tiempo. ¿Has cambiado de opinión? —le preguntó su prometido con tono burlón.
—¡Ah, no, no, ahora mismo me la bebo! —exclamó Tsurara. Con un sonrojo que la hacía aún más encantadora, recordó que lo mismo había ocurrido siete años atrás.
Con las prisas, casi se bebió la copa de un trago, pero se contuvo y recordó que tenía que hacerlo en tres. Cuando terminó, Wakana y Setsura se adelantaron para que las mikos les sirviesen también a ellas. Como representantes de las dos familias, que las dos madres realizasen también el san san kudo era una forma de reforzar los vínculos matrimoniales.
Se acabó. La ceremonia había terminado. A ojos de los dioses protectores de Kioto, Rikuo y Tsurara estaban casados.
Todavía quedaba la parte de los votos matrimoniales. Rikuo leyó unas líneas preparadas para la ocasión. Cuando llegó el turno de Tsurara, la Yuki-onna meneó la cabeza.
—No, no necesito eso. Ya sabes cuál es mi promesa: te amaré y te protegeré siempre, ahora y en el futuro, para toda la eternidad. Ni la muerte podría cambiar eso.
—¡Eh! Soy yo el que te debe proteger —señaló Rikuo—. Soy el futuro líder del Clan Abe, ¿recuerdas?
—Sí, pero yo soy parte de tu Procesión Nocturna, y ahora soy tu esposa. Si alguien se atreve a hacerte daño, ¡lo convertiré en un cubito de hielo!
Rikuo se rió. El resto de los asistentes hizo lo mismo. Incluso Hagoromo-Gitsune asintió apreciativamente al oír las palabras de la Yuki-onna.
La pareja, ahora marido y mujer, se tomó de la mano.
—Volvamos a casa —dijo Rikuo.
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Una hora después, estaban de regreso en la Mansión Abe. Tsurara observó el lujoso dormitorio con cama de matrimonio que ahora sería suyo, de ella y de Rikuo.
Recordó su primera visita a la mansión. Entonces había sido una pequeña espía aterrorizada ante la idea de encontrarse cara a cara con la temida Hagoromo-Gitsune. Ahora, sin embargo, era su hogar. Con el tiempo se había acostumbrado a aquellos pasillos decimonónicos y las salas de inspiración occidental. Pero siempre echaría de menos la casa de los Nura en Ukiyoe.
"Cómo cambian las cosas", pensó la dama de las nieves, "pero no me arrepiento de nada".
—¡Tsurara! —la llamó Rikuo desde el pasillo—. ¡Los invitados del Clan Nura están a punto de llegar! ¿Vienes a recibirlos?
—¡Sí! —exclamó la Yuki-onna alborozada. Tenía ganas de volver a ver al señor Rihan y a sus amigos de Tokio.
Mientras los dos jóvenes, ingenuos y felices, bajaban a toda prisa al jardín, Hagoromo-Gitsune se quedó observando el panorama desde su habitación en las alturas. El ajetreo en el jardín era considerable. Había que poner muchas mesas y organizar los asientos para dar cabida a los cientos de invitados que pronto llegarían. Era en cierto sentido la culminación de todos sus esfuerzos.
—¿He hecho bien, Sojobo? —le preguntó a su consejero sin apartarse del cristal de la ventana.
—Desde luego, mi señora —respondió el Gran Tengu del monte Kurama, que también se había quedado observando el panorama.
—Después de tanto sufrimiento, después de tantos sacrificios... Me da miedo ser feliz, Sojobo —reconoció la kitsune con amargura—. Me gusta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, porque siempre creo que las grandes están fuera de mi alcance.
—Todo pasa, señora Hagoromo-Gitsune. Las penas y las alegrías por igual —dijo el sabio y anciano consejero—. Disfrutemos de las alegrías, ahora que podemos.
Se oyeron golpes al otro lado de la puerta.
—¡Abuela! —exclamó Rikuo—. ¿Estás preparada ya? ¡La Señora del Pandemónium también tiene que ser parte de la fiesta, o no tendrá gracia!
Hagoromo-Gitsune sonrió. Había perdido un hijo, pero, como decía Sojobo, su nieto la había colmado de alegrías. Después de siglos de reencarnaciones dolorosas, por fin había encontrado algo de paz.
—Hum, supongo que puedo dignarme a recibir a esos yakuza y onmyoji —comentó la kitsune, medio en broma, medio en serio—. Ya voy, Rikuo. Espérame.
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Rikuo estaba feliz. Se había casado con la mujer de sus sueños, sus amigos y aliados habían acudido a compartir su alegría, y su familia estaba con él. No podía pedir nada más. Pronto tendría que empezar a asumir más responsabilidades, eso sí. El mundo yokai estaba en permanente transformación, y el sueño de Seimei aún estaba lejos de cumplirse. Sin embargo, lucharía para que humanos y yokai pudiesen vivir en paz.
Se lo debía a su padre. Se lo debía a su madre. Se lo debía a su abuela y a Abe no Yasuna, al que nunca había podido conocer. Se lo debía a su amiga Yura y a los onmyoji de la familia Keikain. Se lo debía a Nura Rihan y a los otros yokai de Kanto. Se lo debía a Tsurara. Y lo más importante, se lo debía a sí mismo.
—¿Listo, Rikuo? —preguntó una voz a su espalda.
El muchacho se dio la vuelta. Allí estaba Yura, con ojos cansados pero expresión decidida; su abuela, con su media sonrisa calculadora; su madre, brillante como el sol de verano; Kyokotsu, Hakuzozu y Gashadokuro, compitiendo por ver quién llevaba el mejor traje de gala (sí, hasta el esqueleto gigante había conseguido un traje); y Tsurara, siempre Tsurara.
El futuro estaba lleno de incógnitas, pero sabía que tenía a su lado la mejor compañía que pudiera desear.
—Vamos allá —dijo Rikuo—. La fiesta acaba de empezar.
FIN DE KITSUNE NO MAGO
Afueras de Kioto
Desde lo alto de uno de los montes que rodeaban la antigua capital imperial, un ejército de sombríos personajes envueltos en túnicas negras contemplaban el paisaje de Kioto con expresión indescifrable. No era un simple pasatiempo; sus desarrollados sentidos trataban de captar lo que ocurría a varios kilómetros de distancia sin alertar a los que estaban siendo espiados.
—Qué concentración de poder espiritual —dijo uno de ellos—. Los informes no mentían. El nieto de la kitsune se ha casado y ahora los monstruos del país se juntan para celebrarlo. Incluso veo algunos exorcistas. Repugnante.
—¿Es lo que dicen tus halcones, Arihiro? —preguntó otro.
—Así es. Mis shikigami son muy útiles para encontrar a las alimañas. La pregunta ahora es: ¿qué vamos a hacer?
Inmediatamente, todas las cabezas se giraron hacia una solitaria y seria figura que parecía estar al margen de sus compañeros. Él era el Primero, y como tal era el más respetado de entre todos los líderes de la familia Gokadoin. Una palabra suya y se desencadenaría un infierno sobre Kioto.
Pero dudaba. ¿Un residuo de nostalgia, tal vez? Kioto había sido una vez su hogar, después de todo. Además, no le hacía gracia mandar a sus fieles onmyoji a morir en un conflicto abierto contra los yokai. Durante siglos, el secreto y la discreción habían sido sus armas. Ahora, sin embargo, no quedaba otra salida que la guerra total si querían salvar Japón y el mundo entero de la corrupción.
—¿A qué tantas dudas, Primero? —le reprochó otro de los suyos—. ¡Da la orden! ¡Por muchos yokai que sean, yo solo me basto para acabar con ellos! A fin de cuentas, soy el más fuerte de los Gokadoin.
El Primero sonrió para sí. Se preguntó si aquella afirmación le incluiría a él también. Gokadoin Hiruko había servido bien a la causa durante el convulso periodo del Bakumatsu, el fin del shogunato Tokugawa, pero a veces le perdía el orgullo. Sin embargo, tenía razón: había que tomar una decisión.
El Primero tomó aire y dijo:
—Matadlos a todos.
CONTINUARÁ EN KITSUNE NO MAGO: GOKADOIN
Notas adicionales:
Un capítulo tranquilo e incluso realista para acabar. Más que amor, se nota más el embrollo de organizar una boda. Pero así es la vida, ¿no es así? En cualquier caso, lo prometí y lo he cumplido. Hace casi 3 años, el 8 de noviembre de 2011, empezó esta larga aventura. Dije en su día que actualizaría regularmente y que no dejaría la obra inconclusa. Bueno, pues ya ha llegado el día. Kitsune no Mago ha acabado.
Jamás había escrito antes tan largo. 390.000 palabras después (más que cualquier novela de Jane Austen o Charles Dickens, más que La comunidad del anillo y Las dos torres juntos), aún no me lo creo. Y ha sido gracias a vosotros, mis lectores y lectoras. ¡Gracias, de todo corazón!
(Ay, me estoy poniendo sensible).
Y muchas gracias en especial a mis reseñadores. En riguroso orden cronológico: Suki 90 (¡la primera persona que comentó en este fic, y en mi primer fic también! ¡Te quiero!), Lonely Athena (segunda y una de las habituales, ¡yay!), ivanchoFAA, Yuuko Ichihara, Effie Rosier, hentai18ancilla, tsurara12012, QueenDeedee, Corazón De Piedra Verde, genecis, Aspros, Arethahiwatari, poisonousgolem, Adv Satoshi, alecita122, Tsurara-Oikawa123, Walberino, Alexsis, Fangking2, Dennou (a friend from the Mangafox forum), Nayrael (another Mangafox friend and the most devilish Nuramago fan XD), NNeko, RIAS, RAYHACHIBI, Hell Vanguard, Ernesto Osses, tsukinotora, Shiroyasha Joestar Ushiromiya, OsoreKitsune, Shiroyasha, Madero y unos pocos guest anónimos que nunca sabré quiénes son (a vosotros también os quiero, guest anónimos!).
(Sé que en algunos casos alguien ha usado diferentes nombres por las necesidades del momento; aún así, los recojo todos aquí).
Sin embargo, todavía queda un pequeño cabo suelto por resolver antes de poder dar por cerrada la historia de este particular universo alternativo. Como habéis visto, los Gokadoin aún tienen un as bajo la manga.
Pero antes, las sempiternas notas del autor (lo sé, soy un pesado). Allá vamos:
* El 11 de noviembre se considera el día más auspicioso para las bodas en Japón, por ser el 11 un número que da buena suerte en esta clase de ocasiones. Que el mes coincida con el de la fecha en que empecé a publicar Kitsune no Mago también ayuda ;)
* En un principio investigué sobre ritos de boda de la era Heian (cuando nació el Clan Abe), pero es que no había ritos en sí. Los novios intercambiaban cartas primero, luego pasaban la noche juntos y, si el novio no se iba a la mañana, significaba que estaba interesado en algo más que una aventura amorosa. Al cabo de tres noches, el padre de la novia hablaba con él. Si llegaban a un acuerdo, celebraban una comida entre las dos familias y se consideraba que los novios estaban oficialmente casados. Para Rikuo y Tsurara prefiero la boda sintoísta clásica.
* El parasol rojo que comparten Rikuo y Tsurara no es, pese a lo que pueda parecer, una alusión al capítulo 136 del manga (que hizo las delicias de muchos fans de la pareja). Realmente es una costumbre típica en las bodas tradicionales japonesas.
* Kitsune no Mago: Gokadoin no es una nueva serie larga, sino una miniserie de 5 capítulos + 1 epílogo (así que no se eternizará, lo prometo). Como algunos ya sabéis, se trata del Gran Final de esta historia. Cuando empecé a escribir el fic, los Gokadoin todavía no habían aparecido en el manga. Enseguida pensé la forma de encajarlos y la miniserie es el resultado (así que nada de OCs, como siempre). Habrá oscuros secretos familiares, acción y explosiones, y serpientes gigantes.
¡Nos vemos en Kitsune no Mago: Gokadoin, ya en la portada de la web! ;-)
